miércoles, 19 de abril de 2017

Tras la Comunión y la Unción exclamó con leve sonrisa: «Gracias, ahora me voy en paz»


Ginés, un enfermo al que atendí la víspera de su muerte, después de administrarle la Comunión y la Unción exclamó con leve sonrisa: «Gracias, ahora me voy en paz, porque me reencontraré con mis padres en el cielo». Eugenia, la esposa que estaba presente, me hizo después esta pregunta: ¿Qué es el cielo que él espera? Como respuesta le aporto estas sugerencias:
«Jesús, en la cruz, promete al buen ladrón: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Evoca el sueño primigenio de Dios para la humanidad, inmersos en un ámbito gozoso donde se vive la plena comunión con Dios, con la naturaleza y con los otros seres humanos. Para Ginés se cumple la promesa de Jesús cuando se despide de sus discípulos: «No tengáis miedo, me voy a la casa del Padre, os prepararé sitio, volveré y os llevaré conmigo para que donde yo esté, me acompañéis vosotros para siempre».
El Apocalipsis anuncia la visión de una nueva ciudad bajada del cielo, del lado de Dios, como su morada entre los hombres. Él habitará en medio, enjugará las lágrimas de sus ojos y ya no habrá más muerte ni luto, ni llanto, ni pena, porque el mundo del dolor y del fracaso habrá desaparecido para siempre. Pablo reconoce que «ahora vemos, como por medio de un espejo, confusamente, junto a Dios le veremos cara a cara, de la misma manera que Dios nos conoce».
El cielo es Dios mismo que, en Cristo, se abajó de su cielo a nuestro suelo para, en su Ascensión, subir a la humanidad hasta el abrazo definitivo de todos los hijos pródigos en la casa del Padre que nos rehabilita, nos reviste y organiza una fiesta interminable de felicidad.
A esa gozosa realidad apuntabais, cuando en momentos de plenitud os decíais: «Tú eres un cielo para mí». Todos estamos convocados a la tarea de multiplicar rincones paradisíacos en los diversos ámbitos de nuestra vida como anticipo de ese cielo definitivo, donde todo es gratuito. La acción de gracias es la única acción que se cotiza y la única obligación es la caridad. Ten confianza, porque tu esposo ha tomado refugio en el regazo del amigo».
Jesús García Herrero
Capellán del tanatorio M-30. Madrid
Alfa y Omega

La sangre de los mártires y la ironía cristiana de construir la ciudad


La liturgia de la Semana Santa, que acabamos de celebrar, nos ha puesto delante de los ojos el hecho imponente de que la salvación del mundo no acontece mediante la victoria de una justicia o de un poder humano, sino mediante el sufrimiento del Justo, mediante la muerte y resurrección de Jesús. 
Para los apóstoles, que no andaban sobrados de filosofía, se trataba de algo a la vez sencillo y tremendo, que tuvo que cambiar radicalmente su modo de pensar. Ellos esperaban que el verdadero Reino de Israel fuese restablecido por la fuerza (evidentemente buena y justa) de un Mesías que habría tenido que abatir a sus enemigos en el campo de batalla, y se encontraron con la paradoja de que el Mesías era ejecutado en el infamante palo de la cruz. Así había de ser, como les había advertido el Maestro, y al verle resucitado, en medio de un estupor inenarrable, evidentemente recordaron aquella advertencia, lo cual no quita nada al hecho de que su mentalidad hubo de darse la vuelta como un calcetín.
La historia cristiana que arranca del acontecimiento de la Resurrección ha necesitado volver una y otra vez a este punto central, ciertamente paradójico: es la muerte y resurrección de Cristo la que realiza la única liberación radical, la única salvación personal e histórica verdaderamente sustancial, y ningún esfuerzo por establecer la justicia puede sustituir a ese hecho. Ahora bien, para los cristianos hubo de plantearse inmediatamente cómo moldeaba esta verdad central su forma de estar en el mundo, cómo habían de entender su relación con los diversos poderes de la época y con los ordenamientos de una ciudad de la que nunca quisieron segregarse (como bien revela la famosa Carta a Diogneto) y de la que siempre se han sentido protagonistas en la medida de sus posibilidades.
Dejando a un lado exageraciones unilaterales que siempre fueron adecuadamente corregidas y purificadas, la línea maestra del magisterio y del sentir eclesial fue siempre la de reconocer la autoridad civil constituida y colaborar con ella en cuanto fuera posible. Evidentemente no por instinto de sumisión, sino porque entendía que esa autoridad ocupaba un lugar en el designio de Dios para el hombre. Para los cristianos dicha autoridad nunca fue portadora del sentido de la vida, del bien y de la verdad, y por tanto no se le reconocía un valor sagrado, pero sí un valor relevante para el orden y la convivencia, como formularía de modo transparente San Agustín.
Bajo la guía de los grandes Padres y Maestros de la Iglesia antigua, con la experiencia viva de la fe encarnada en circunstancias históricas cambiantes, fue creciendo la conciencia eclesial de cómo habían de afrontar los cristianos todo tipo de vicisitudes: desde el asedio de los bárbaros a las leyes de la familia, la ayuda a los pobres, o la protección de las caravanas frente a los bandidos. Esto sucedió de un modo dinámico, nunca cerrado o completo; podríamos decir que se trataba de aproximaciones llenas de realismo y marcadas por una especie de ironía. Las leyes, las formas sociales o los ejércitos eran necesarios para la peregrinación terrena y debían ser continuamente plasmados y purificados por la experiencia de la fe, pero no eran una respuesta definitiva ni exhaustiva al problema del mal, de la inseguridad o de la infidelidad de los hombres. Sobre eso, el cristiano no se hacía ilusiones.
De hecho la centralidad de los mártires en la vida de las primeras comunidades cristianas recordaba siempre que sólo Cristo, que pasó por la muerte en cruz, es salvador del hombre y del mundo. La raíz del mal, tanto si anida en el corazón como si permea las entrañas de la convivencia social, es demasiado profunda como para ser vencida definitivamente con nuestro coraje y empeño, por otra parte siempre necesarios para intentar limitar sus consecuencias.
También hoy, ante la prepotencia del mal manifestado de tantas formas, los cristianos se sienten llamados a sumar brazos, inteligencia y corazón para establecer formas más adecuadas para la convivencia, para proteger a los inocentes y defender una ciudad más digna del hombre. Deben hacerlo apasionadamente y con toda la riqueza de sugerencias que fluye de la tradición cristiana, pero con la conciencia última de que sus intentos son siempre insuficientes y provisionales, porque sólo la potencia del Resucitado puede curar la enfermedad profunda que recorre la historia. Ambas dimensiones quedan ilustradas, por ejemplo, en la dramática circunstancia que viven ahora mismo las comunidades cristianas en Medio Oriente.
Joseph Ratzinger ha afrontado esta cuestión ampliamente y con profundo equilibrio. En su libro Fe, verdad, tolerancia, explica que los ordenamientos que podemos alcanzar son necesariamente relativos, y sólo en ese sentido pueden considerarse justos. Nuestra tarea en la construcción de la ciudad consiste en conservar el bien que ya se haya conseguido en cada momento, y en defendernos contra la irrupción de los poderes de la destrucción, que siempre vuelven. Al mismo tiempo, en sus catequesis del Año de la Fe, ya como Papa Benedicto XVI, subrayaba que «es la sangre de los mártires, el grito de la Madre Iglesia lo que hace caer a los falsos dioses» y permite así la transformación radical del mundo.
José Luis Restán/PáginasDigital.es

Papa Francisco en Lunes del Ángel: La última palabra no es sepulcro ni muerte sino vida



Al presidir el rezo de la oración mariana del Regina Coeli que en el tiempo de Pascua reemplaza al Ángelus, el Papa Francisco señaló que con la resurrección de Cristo, «la última palabra no es sepulcro, no es la muerte, sino la vida».
Así lo indicó el Santo Padre bajo un soleado mediodía de Roma en el llamado ‘Lunes del Ángel’, ante miles de personas reunidas en la Plaza de San Pedro en el Vaticano.
«Desde que, en la aurora del tercer día, Jesús crucificado ha resucitado, ¡la última palabra no es más de la muerte sino de la vida! ¡La última palabra no es el sepulcro, no es la muerte, sino la vida!», exclamó Francisco.
«Por esto repetimos tanto: 'Cristo ha resucitado'. Porque en Él el sepulcro ha sido derrotado y ha nacido la vida», agregó.
“En este lunes de fiesta, llamado ‘Lunes del Ángel’, la liturgia hace resonar el anuncio de la Resurrección proclamado ayer ‘¡Cristo ha resucitado, aleluya!’ En el hodierno pasaje evangélico podemos escuchar el eco de las palabras que el Mensajero celestial dirige a las mujeres que llegaron al sepulcro: ‘Rápido, vayan a decirle a los discípulos que ha resucitado de entre los muertos’».
Esta invitación, dijo el Papa, está dirigida «a nosotros también» a «‘hacer rápido’ e ‘ir’ y anunciar a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo este mensaje de alegría y esperanza».
Ante la fuerza de la resurrección del Señor, «que constituye la verdadera y propia novedad de la historia y del cosmos, estamos llamados a ser hombres y mujeres nuevos según el Espíritu, afirmando el valor de la vida. ¡Esto ya es comenzar a resurgir!».
«Seremos hombres y mujeres de resurrección si, en medio de las pruebas que afligen al mundo, a la mundanidad que aleja de Dios, sabemos dar gestos de solidaridad y acogida, alimentar el deseo universal de la paz y la aspiración a un ambiente libre de deterioro».
Se trata, precisó el Pontífice, «de signos comunes y humanos pero que, sostenidos y animados por la fe en el Señor resucitado, pueden adquirir una eficacia muy superior a nuestras capacidades».
«Sí, porque Cristo está vivo y obra en la historia por medio de su Espíritu Santo: rescata nuestras miserias, llega a todo corazón humano y devuelve la esperanza a quien está oprimido y sufriendo».
El Santo Padre hizo votos para que «la Virgen María, testigo silencioso de la muerte y la resurrección de su Hijo Jesús, nos ayude a ser signos claros de Cristo resucitado entre las pruebas del mundo, para que cuantos están en tribulación y en dificultades no sigan siendo víctimas del pesimismo, de la resignación, sino que encuentren en nosotros muchos hermanos y hermanas que ofrecen su sostenimiento y consuelo».
«Que nuestra Madre nos ayude a creer fuertemente en la resurrección de Jesús, admirable misterio de salvación, y en su capacidad de transformar los corazones y la vida».
El Papa también pidió la intercesión de la Madre de Dios para que «interceda de modo particular por las comunidades cristianas que están llamadas hoy en nuestro mundo a un testimonio más difícil y valiente».
«A cada uno de ustedes les auguro que pasen en la serenidad estos días de la Octava de Pascua, en la que se prolonga la alegría de la resurrección de Cristo», dijo luego.
Finalmente exhortó a tomar «cada buena ocasión para ser testimonio de la paz del Señor resucitado. ¡Buena y Santa Pascua a todos! Por favor, no se olviden de rezar por mí».
ACI/Walter Sánchez Silva

Lo reconocieron al partir el pan




Lectura del santo evangelio según san Lucas 24, 13-35
Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo:
- «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?»

Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó:
- «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?»

Él les preguntó: - «¿Qué?»

Ellos le contestaron:

- «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; como lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace ya dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.»

Entonces Jesús les dijo:

- «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?»

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.

Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo:

- «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída,»

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.
Ellos comentaron:

- «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?»
Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:

- «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.»

Y ellos contaron lo que les habla pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.                                           

martes, 18 de abril de 2017

El documental de los Franciscanos sobre el lugar desde el que resucitó Cristo


El Christian Media Center, de la Custodia Franciscana de Tierra Santa, ha preparado el documental ¡No está aquí, ha resucitado!, un vídeo de 40 minutos en el que se relata la historia del Santo Sepulcro y que termina con la explicación de la última restauración que se ha hecho en el lugar desde donde resucitó Cristo.
¡No está aquí, ha resucitado! incluye imágenes de dicha restauración –que concluyó el pasado mes de marzo– así como del resultado final.

Cardenal Osoro: «Jesús ha cambiado mi mirada, veo hermanos en todos los demás»


El arzobispo de Madrid ha querido sumarse a la iniciativa Jesús está vivo ¡Cuéntalo! y ha mandado un vídeo con su testimonio.
El cardenal Osoro confiesa que «Jesús ha cambiado mi corazón, en él entran todos los hombres; ha cambiado mi mirada, veo hermanos en todos los demás; y ha cambiado mis pensamientos, me dice que tengo que amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo, sea quien sea y esté donde esté».
Iniciativa Jesús está vivo ¡Cuéntalo!
Jesús está vivo, resucitado, y se ha quedado en la tierra junto a nosotros –en la Eucaristía, en los hermanos, en la oración– para que tengamos una vida nueva y feliz.
¿Quién es Jesús para ti? ¿Has experimentado su amor, su misericordia, su perdón? ¿Jesús te ayuda a ser feliz? ¿Ha cambiado tu vida? ¡Cuéntalo!
Te invitamos a participar en el proyecto Jesús está vivo. ¡Cuéntalo!
Tanto si te ha salvado de una vida de pecado, como si experimentas su amor y su alegría cada día en tu vida… ¡cuéntalo!
Graba un vídeo testimonial de 2 o 3 minutos máximo, en horizontal, y cuenta todo lo que Él ha hecho y hace por ti. Sé concreto, abre un poco tu corazón y habla de Jesús.
Después mándalo por email a: jesusestavivo@alfayomega.es (Se recomienda mandar el archivo comprimido, o a través de WeTransfer; o subirlo a tu canal de YouTube y mandarnos el link).
Editaremos tu vídeo y lo publicaremos en la web. Y te mandaremos en enlace por si quieres compartir tu testimonio con tus amigos, con tu familia o con quien quieras, en tu Facebook o en tus grupos de WhatsApp.
Rompe el hielo. Muestra a los demás tu fe, habla de Dios que mueve tu vida. Si quieres que todo el mundo sepa lo que Dios ha hecho por ti… ¡cuéntalo!
Alfa y Omega

Características de las apariciones de Cristo resucitado. Juan Pablo II

1. Conocemos el pasaje de la Primera Carta a los Corintios, donde Pablo, el primero cronológicamente, anota la verdad sobre la resurrección de Cristo: «Porque os transmití... lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras: que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce...” (1 Co 15, 3-5). Se trata, como se ve, de una verdad transmitida, recibida, y nuevamente transmitida. Una verdad que pertenece al “depósito de la Revelación” que el mismo Jesús, mediante sus Apóstoles y Evangelistas, ha dejado a su Iglesia.

2. Jesús reveló gradualmente esta verdad en su enseñanza prepascual. Posteriormente ésta, encontró su realización concreta en los acontecimiento de la pascua jerosolimitana de Cristo, certificados históricamente, pero llenos de misterio.

Los anuncios y los hechos tuvieron su confirmación sobre todo en los encuentros de Cristo resucitado, que los Evangelios y Pablo relatan. Es necesario decir que el texto paulino presenta estos encuentros ―en los que se revela Cristo resucitado― de manera global y sintética (añadiendo al final el propio encuentro con el Resucitado a las puertas de Damasco: cf. Hch9, 3-6). En los Evangelios se encuentran, al respecto, anotaciones más bien fragmentarias.

No es difícil tomar y comparar algunas líneas características de cada una de estas apariciones y de su conjunto, para acercarnos todavía más al descubrimiento del significado de esta verdad revelada.

3. Podemos observar ante todo que, después de la resurrección, Jesús se presenta a las mujeres y a los discípulos con su cuerpo transformado, hecho espiritual y partícipe de la gloria del alma: pero sin ninguna característica triunfalista. Jesús se manifiesta con una gran sencillez. Habla de amigo a amigo, con los que se encuentra en las circunstancias ordinarias de la vida terrena. No ha querido enfrentarse a sus adversarios, asumiendo la actitud de vencedor, ni se ha preocupado por mostrarles su “superioridad”, y todavía menos ha querido fulminarlos. Ni siquiera consta que se haya presentado a alguno de ellos. Todo lo que nos dice el Evangelio nos lleva a excluir que se haya aparecido, por ejemplo, a Pilato, que lo habla entregado a los sumos sacerdotes para que fuese crucificado (cf. Jn 19, 16), o a Caifás, que se habla rasgado las vestiduras por la afirmación de su divinidad (cf. Mt 26, 63-66).

A los privilegiados de sus apariciones, Jesús se deja conocer en su identidad física: aquel rostro, aquellas manos, aquellos rasgos que conocían muy bien, aquel costado que hablan visto traspasado; aquella voz, que habían escuchado tantas veces. Sólo en el encuentro con Pablo en las cercanías de Damasco, la luz que rodea al Resucitado casi deja ciego al ardiente perseguidor de los cristianos y lo tira al suelo (cf. Hch 9, 3-8): pero es una manifestación del poder de Aquel que, ya subido al cielo, impresiona a un hombre al que quiere hacer un “instrumento de elección” (Hch 9, 15), un misionero del Evangelio.

4. Es de destacar también un hecho significativo: Jesucristo se aparece en primer lugar a las mujeres, sus fieles seguidoras, y no a los discípulos, y ni siquiera a los mismos Apóstoles, a pesar de que los habla elegido como portadores de su Evangelio al mundo. Es a las mujeres a quienes por primera vez confía el misterio de su resurrección, haciéndolas las primeras testigos de esta verdad. Quizá quiera premiar su delicadeza, su sensibilidad a su mensaje, su fortaleza, que las habla impulsado hasta el Calvario. Quizá quiere manifestar un delicado rasgo de su humanidad, que consiste en la amabilidad y en la gentileza con que se acerca y beneficia a las personas que menos cuentan en el gran mundo de su tiempo. Es lo que parece que se puede concluir de un texto de Mateo: “En esto, Jesús les salió al encuentro (a las mujeres que corrían para comunicar el mensaje a los discípulos) y les dijo: ‘¡Dios os guarde!’. Y ellas, acercándose, se asieron de sus pies y le adoraron. Entonces les dice Jesús: ‘No temáis. Id y avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán’” (28, 9-10).

También el episodio de la aparición a María de Magdala (Jn 20, 11-18) es de extraordinaria finura ya sea por parte de la mujer, que manifiesta toda su apasionada y comedida entrega al seguimiento de Jesús, ya sea por parte del Maestro, que la trata con exquisita delicadeza y benevolencia.

En esta prioridad de las mujeres en los acontecimientos pascuales tendrá que inspirarse la Iglesia, que a lo largo de los siglos ha podido contar enormemente con ellas para su vida de fe, de oración y de apostolado.

5. Algunas características de estos encuentros postpascuales los hacen, en cierto modo, paradigmáticos debido a las situaciones espirituales, que tan a menudo se crean en la relación del hombre con Cristo, cuando uno se siente llamado o “visitado” por Él.

Ante todo hay una dificultad inicial en reconocer a Cristo por parte de aquellos a los que El sale al encuentro, como se puede apreciar en el caso de la misma Magdalena (Jn 20, 14-16) y de los discípulos de Emaús (Lc 24, 16). No falta un cierto sentimiento de temor ante Él. Se le ama, se le busca, pero, en el momento en el que se le encuentra, se experimenta alguna vacilación...
Pero Jesús les lleva gradualmente al reconocimiento y a la fe, tanto a María Magdalena (Jn 20, 16), como a los discípulos de Emaús (Lc 24, 26 ss.), y, análogamente, a otros discípulos (cf. Lc 24, 25-48). Signo de la pedagogía paciente de Cristo al revelarse al hombre, al atraerlo, al convertirlo, al llevarlo al conocimiento de las riquezas de su corazón y a la salvación.

6. Es interesante analizar el proceso psicológico que los diversos encuentros dejan entrever: los discípulos experimentan una cierta dificultad en reconocer no sólo la verdad de la resurrección, sino también la identidad de Aquel que está ante ellos, y aparece como el mismo pero al mismo tiempo como otro: un Cristo “transformado”. No es nada fácil para ellos hacer la inmediata identificación. Intuyen, sí, que es Jesús, pero al mismo tiempo sienten que Él ya no se encuentra en la condición anterior, y ante Él están llenos de reverencia y temor.

Cuando, luego, 
¡Entonces una luz absolutamente nueva ilumina en sus ojos incluso el acontecimiento de la cruz; y da el verdadero y pleno sentido del misterio de dolor y de muerte, que se concluye en la gloria de la nueva vida! Este será uno de los elementos principales del mensaje de salvación que los Apóstoles han llevado desde el principio al pueblo hebreo y, poco a poco, a todas las gentes.

7. Hay que subrayar una última característica de las apariciones de Cristo resucitado: en ellas, especialmente en las últimas, Jesús realiza la definitiva entrega a los Apóstoles (y a la Iglesia) de la misión de evangelizar el mundo para llevarle el mensaje de su Palabra y el don de su gracia.

Recuérdese la aparición a los discípulos en el Cenáculo la tarde de Pascua: “Como el Padre me envió, también yo os envío...” (Jn 20, 21): ¡y les da el poder de perdonar los pecados!
Y en la aparición en el mar de Tiberíades, seguida de la pesca milagrosa, que simboliza y anuncia la fertilidad de la misión, es evidente que Jesús quiere orientar sus espíritus hacia la obra que les espera (cf. Jn 21, 1-23). Lo confirma la definitiva asignación de la misión particular a Pedro (Jn 21, 15-18): “¿Me amas?... Tú sabes que te quiero... Apacienta mis corderos.. Apacienta mis ovejas...”.
Juan indica que “ésta fue va la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos” (Jn 21, 14). Esta vez, ellos, no sólo se habían dado cuenta de su identidad: “Es el Señor” (Jn 21, 7); sino que habían comprendido que, todo cuanto había sucedido y sucedía en aquellos días pascuales, les comprometía a cada uno de ellos ―y de modo particular a Pedro― en la construcción de la nueva era de la historia, que había tenido su principio en aquella mañana de pascua.
JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERALMiércoles 22 de febrero de 1989

Parroquias y diócesis profundizan en la Eucaristía con el pro multis



«No queríamos que el cambio se quedara en un libro al que solo tenemos acceso los sacerdotes», explica uno de los párrocos que ha aprovechado el nuevo Misal para organizar charlas sobre liturgia para sus fieles
«Por vosotros y por muchos». La nueva traducción de la fórmula de la consagración tendrá más fuerza que nunca en la tarde de este Jueves Santo. Para vivir mejor este momento, el oído de los fieles –y la lengua de los sacerdotes– se ha ido acostumbrando a la nueva edición del Misal durante toda la Cuaresma. Para facilitar la adaptación, además, los obispos miembros y los colaboradores de la Comisión de Liturgia de la Conferencia Episcopal Española han recorrido las diócesis españolas explicando el cambio a sacerdotes y, en algunas ocasiones, también a laicos.
Es el caso de José Antonio Goñi Beásoain, delegado de Liturgia de Pamplona y Tudela y consultor de la Comisión de Liturgia. Él ha visitado desde Canarias hasta Vitoria, pasando por Ibiza. En varios de estos lugares, y en su propia diócesis, la presentación del Misal era abierta a los laicos. «La gente no se hace más problema sobre este cambio, ni es beligerante –explica–. Algunos sacerdotes sí protestan al principio. Pero cuando se les explica el porqué lo entienden y ven que tiene fundamento, que no es un capricho». Aunque sí conoció –añade–, a un sacerdote que «se lo había explicado a sus parroquianos por si iban a otro sitio, pero que él en su parroquia no lo iba a aplicar». El delegado de Liturgia confía en que «poco a poco se implante. Estos cambios se hacen gradualmente».
Una «puesta a punto»
José Luis Simón, párroco de la madrileña parroquia de San Leopoldo, reconoce que «me pasé las dos primeras semanas leyendo la fórmula al consagrar, por si me despistaba. Y en algún sitio donde aún no estaba el Misal nuevo, por inercia me seguía yendo al “y por todos los hombres”». Sus parroquianos, en cambio, no han tenido problema. Los dos sacerdotes de San Leopoldo habían dedicado a explicar el cambio las homilías del fin de semana anterior al I domingo de Cuaresma, y repartieron la carta de Benedicto XVI a los obispos alemanes en 2012 sobre esta cuestión.
Además, organizaron un ciclo de cuatro conferencias. El pro multis, reconoce Simón, se explica «en media hora. Pero en la parroquia buscamos ocasiones como esta para hacer una puesta a punto. Quisimos volver a explicar qué celebramos realmente en la Eucaristía»: el sacrificio actualizado de Cristo por cada uno, al que alimenta con Su vida. «Queríamos dar, a la gente que ya participa de ella con fe y devoción, palabras y razones para que también lo hagan con la cabeza. No queríamos que el cambio se quedara en un libro al que solo tenemos acceso los sacerdotes. Cuando intentas hacer la teología didáctica, la gente lo valora mucho».
Hasta los monjes
No es el único caso. En León –cuyo obispo, monseñor Julián López, preside la Comisión Episcopal de Liturgia–, se organizaron unas charlas cuaresmales en torno al Misal y a la Eucaristía. Fueron en la Real Colegiata de San Isidoro, muy vinculada al culto eucarístico porque tiene adoración eucarística prolongada. A Goñi, el delegado de Liturgia de Pamplona, un monasterio cisterciense de Palencia le ha pedido, también con ocasión de la nueva edición, que les dé un cursillo amplio sobre la Eucaristía.
En la diócesis madrileña de Getafe, el obispo auxiliar monseñor José Rico Pavés ha recorrido varios templos explicando los cambios y su relación con la institución de la Eucaristía. Uno de ellos fue la parroquia de Nuestra Señora de La Saleta, en la localidad de Alcorcón.
El párroco, José Antonio Medina, quiso «aprovechar para profundizar en el misterio de la Eucaristía» durante una de las catequesis parroquiales que cada segundo martes de mes reúnen a miembros de distintos grupos, áreas y movimientos de la comunidad. Al encuentro asistieron fieles de otras parroquias de la ciudad, porque Medina les invitó. La grabación se subió a la web de la parroquia, desde donde se ha descargado muchas veces, y se ofreció a Radio María, que la ha emitido varias veces.
María Martínez López

Una llamada a la misión
Para el sacerdote José Antonio Medina, párroco de Nuestra Señora de La Saleta en Alcorcón (Madrid), interpretar el «por muchos» de la nueva fórmula de la consagración «como una reducción del “por todos” a “por algunos” ha sido simplemente la lectura apresurada de unos pocos sin incidencia real en el pueblo de Dios».
En su carta a los obispos alemanes, Benedicto XVI recordaba varios textos del Antiguo Testamento en los que se afirma que Jesús «murió por todos». «El ser y obrar de Jesús –explicaba el ahora Papa emérito– abarca a toda la humanidad. Pero históricamente, en la comunidad concreta de aquellos que celebran la Eucaristía, Él llega de hecho solo a “muchos”».
Para el fiel, esto tiene tres lecturas: en primer lugar, la gratitud por haber sido llamado y poder «estar con Él». Esta cercanía implica, además, la responsabilidad de «ser luz en el candelero, ciudad puesta en lo alto de un monte, levadura para todos». Por último, es un antídoto contra el desánimo que se puede sentir a veces por «no ser en absoluto “muchos”, sino muy pocos». «Nosotros somos muchos y representamos a todos», concluía el Pontífice alemán.
Alfa y Omega

“¿Por qué lloras?”





Mujer, ¿por qué lloras?” 

Amantísimo Señor, ¿cómo es que quieres saber porque llora ella? ¿No te había visto cruelmente inmolado, agujereado por los clavos, suspendido en el madero como un ladrón, entregado a las burlas de los impíos? ¿Cómo puedes ahora decirle: “Mujer, ¿por qué lloras?  

Ya que no pudo arrancarte de la muerte, hubiera querido, por lo menos, embalsamar tu cuerpo a fin de protegerlo de toda corrupción el mayor tiempo posible... Y ahora, para colmo, cree haber perdido ese cuerpo que conservaba la esperanza de poseer todavía. Con ello se desvaneció toda esperanza para ella ya que no tiene aquello que quería conservar como recuerdo de ti. ¿Cómo puedes, pues, preguntarle ahora: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿Qué buscas?”

      Oh mi buen Señor, es tu fiel discípula, rescatada con tu sangre, que está atormentada por el deseo de verte. ¿Es que vas a dejarla mucho tiempo con esta pena? Ahora que tú estás libre de toda corrupción ¿has perdido la compasión? Llegado a la inmortalidad, ¿has olvidado la misericordia?. No; tu dulce bondad, Amigo mío te hace intervenir sin tardar para que, aquella que llora a su Señor, no dé paso a la amargura de corazón.

      “¡María!” Oh Señor, has llamado a tu sierva por su nombre familiar, y ella reconoce inmediatamente la voz familiar de su Señor. “María”. ¡Palabra tan dulce, tan desbordante de ternura y de amor! Maestro, te es imposible de decirlo más corto y más fuerte: “

¡María! Sé que eres tú. Sé qué es lo que quieres. ¡Aquí me tienes! No llores más. Soy yo, a quien tu buscas.” Inmediatamente las lágrimas cambian de naturaleza: ¿Cómo se pueden parar, ahora que brotan de un corazón en fiesta?

San Anselmo, doctor de la Iglesia

Martes de la Octava de Pascua. Aparición a María Magdalena



Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 11-18

En aquel tiempo, fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús. 

Ellos le preguntan: 

- «Mujer, ¿por qué lloras?» 

Ella les contesta: 

- «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han 
puesto.» 

Dicho esto, da media vuelta y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. 

Jesús le dice: 

- «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?» 

Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: 

- «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.» 

Jesús le dice: 

- «¡María!» 

Ella se vuelve y le dice: 

- «¡Rabboni!», que significa: «¡Maestro!» 

Jesús le dice: 

- «Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Anda, ve a mis hermanos y diles: "Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro."» 

María Magdalena fue y anunció a los discípulos: 

- «He visto al Señor y ha dicho esto.»

lunes, 17 de abril de 2017

Benedicto XVI: los 90 años de un Papa anciano y sabio

Benedicto XVI, el Papa anciano y sabio, cumple 90 años, 10 más que su sucesor, el Papa Francisco, y en perfecta sintonía con él, a pesar de los intentos del ala más conservadora de utilizarlo como ariete de un cisma contra la primavera bergogliana. Pasará, sin duda, a la historia por su legado, por su renuncia y por la perfecta cohabitación con el Papa 'llegado del fin del mundo', para hacer florecer de nuevo a la Iglesia católica.
Llegó a la Iglesia, definiéndose el día de su elección papal desde el balcón central de la basílica de San Pedro, como el "humilde trabajador de la viña del Señor". Era el 19 de abril de 2005, cuando fue elegido sucesor de Juan Pablo II, en un momento, en que, según declaró posteriormente, ya "esperaba retirarse pacíficamente".
Ocho años después, el 28 de febrero de 2013, renunciaba al pontificado con estas palabras de despedida: "Aunque me retiro ahora, en la oración estoy siempre cercano a todos vosotros y estoy seguro de que también todos vosotros estaréis cercanos a mí, aunque permaneceré escondido para el mundo".
Su renuncia al pontificado se produjo después de un año marcado por el denominado caso Vatileaks, el escándalo de la filtración de documentos reservados, que concluyó con la concesión de la gracia por parte de Benedicto XVI a su exmayordomo, Paolo Gabriele.
Siempre honesto y sincero para con Dios, se fue, reconociendo que ya no tenía las fuerzas "ni espirituales ni materiales" para hacer frente a los problemas ni para seguir limpiando la Iglesia de la plaga de la pederastia y de la lacra del carrerismo de una Curia vaticana, que funcionaba en clave de poder.
Fiel a su promesa, ha permanecido "escondido", sin apenas protagonismo, centrado en la oración y en la mística de la "otra orilla". El primer Papa emérito, discípulo de San Agustín y San Buenaventura, experto en Santo Tomás y perito en los Padres de la Iglesia, se pasó a la "interior bodega" de nuestro San Juan de la Cruz, para gozar "de la noche sosegada, de la música callada, de la soledad sonora, de la cena que recrea y enamora, en diálogo íntimo y secreto con el Amado".
Muchos siguen pensando en él como el adalid del antiguo régimen. Algunos hasta quisieron utilizarlo como la coartada para sus ansias de involución. Pero Benedicto se mantuvo siempre en su papel de Moisés rezando por el pueblo de Dios con los brazos en cruz. Sin prestarse a juegos de banderías eclesiásticas. Consciente de que fue él el que puso en marcha, con su valiente renuncia, el reloj de la revolución tranquila, que tanto necesitaba la Iglesia.
Única institución global regenerada
Y es que, como decía Lincoln, la tarea más difícil del estadista consiste en tomar las medidas adecuadas para asegurar la permanencia de la institución. Y eso fue lo que hizo Benedicto.
De hecho, en alas de su renuncia y de la elección de Francisco, la Iglesia católica fue la única institución global capaz de resucitar, de recrearse desde dentro, de poner en marcha una profunda regeneración de sus estructuras internas, algo que no consiguieron hacer otras grandes instituciones mundiales, como el sistema financiero o el sistema político.
A Benedicto hay que agradecerle no sólo eso, sino también su capacidad de diálogo con ateos, agnósticos, hombres de ciencia y saber, responsables de la política y la economía, jóvenes y adultos. Siempre fiel a su empeño de mostrar que "Dios no es enemigo del hombre; que no quita nada de lo que hace verdaderamente hermosa la existencia humana, y que, antes al contrario, cuando eclipsamos a Dios con otros falsos ídolos, la vida humana pierde valor".
Ratzinger fue, sin duda, uno de los grandes pensadores del siglo XX, aunque su obra se quedó manca, por su dedicación primero a la Congregación para la Doctrina de la Fe (desde la que marcó los ejes doctrinales del pontificado del Papa polaco) y, después, como Sumo Pontífice.
"Posee el don de la palabra escrita"
Lo sabe todo de la Teología, pero además, sabe explicarla. Como dice el presidente del episcopado, Ricardo Blázquez, "posee el don de la palabra escrita y sus formulaciones son precisas, simplifican lo complejo, hacen accesible lo profundo, edifican espiritualmente, son brillantes y bellas".
Su pensamiento teológico, marcadamente centroeuropeo, siempre defendió la conjunción integradora de fe y razón, tradición y renovación, frente a la disyuntiva de la modernidad: razón o fe, tradición o renovación. No en vano se le llamó el teólogo del 'y/y'. Siempre sumando, convencido de que la fe, explicada por la razón, puede y debe seguir dando sentido a la existencia humana.
Como todo buen intelectual, Benedicto también supo gobernar, mientras pudo. Y es que, como dice la Biblia, "vale más hombre sabio que hombre fuerte, vale más el saber que el poder, pues la guerra se hace con buenos planes y la victoria depende de los muchos consejeros" (Proverbios 24. 5).
Por ejemplo, fue el primer Papa que reconoció 4.000 abusos sexuales a menores por parte de clérigos, colocó a las víctimas en el centro de las preocupaciones de la Iglesia, terminó con la dinámica generalizada del encubrimiento, promulgó la "tolerancia cero" y se convirtió en el "barrendero de Dios".
También abordó la reforma del Banco Vaticano (IOR), luchó contra el blanqueo de dinero en las instituciones vaticanas, revocó la excomunión de los obispos lefebvrianos, inauguró la primera cuenta de un Papa en Twitter y proclamó 34 santos y unos 600 beatos, entre ellos su predecesor, Juan Pablo II, algo que no ocurría desde la Edad Media.
Publicó tres encíclicas y numerosos libros, entre ellos la trilogía sobre 'Jesús de Nazaret', siendo ya Papa. Visitó 24 países de diversos continentes, excepto Asia, y distinguió a nuestro país con tres visitas.

El Papa de lo esencial
Por sus obras y por sus reflexiones, algunos le han llamado "el Papa de lo esencial", porque se centró en la fe (sin ella, "la Iglesia se convertiría en una ong piadosa") y en el diálogo con todos, incluidos los no creyentes del 'atrio de los gentiles'.
Por eso, quizás uno de los párrafos de su rico magisterio que mejor lo retrata podría ser el siguiente:
"No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva... Y puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4,10), ahora el amor ya no es sólo un "mandamiento", sino la respuesta al don del amor, con el cual Dios viene a nuestro encuentro" (Deus caritas est, 1).
Llegó al solio pontificio con la denuncia del "relativismo imperante" que, a su juicio, puede acabar con las entrañas morales de la Humanidad. Y ya Papa, lo repitió en innumerables ocasiones. Tantas, que se convirtió en un lugar común doctrinal y, siguiendo su ejemplo, muchos obispos de todo el mundo, entre ellos los españoles, copiaron su frase y su denuncia.
Fue el Papa de las certezas, de la fe razonada. Un Papa que tiene fe y que sabe razonarla y proponerla. Como hizo siempre en su cátedra y en sus libros. Y en su ya larga vida de Papa emérito nonagenario, al que Dios guarde.
Religión Digital

¿Ha llegado la Pascua?



 ¿Verdaderamente ha llegado la Pascua a tu vida? La Regla de los monjes dice que en la víspera de la Pascua “ofrecer espontáneamente algo a Dios con gozo del Espíritu Santo: esto es que sustraiga a su cuerpo algo de comida, bebida, sueño, conversación y pasatiempo, y esperar la santa Pascua con la alegría de un espiritual anhelo”… (RB 49,6)
Quizás esto era para recordarlo mejor al principio de Cuaresma. Pero lo que no podemos hacer cuando deseamos vivir en profundidad la experiencia de Dios, es partir de nosotros mismos, de nuestras previsiones y prácticas, de nuestros planteamientos, pues nuestra debilidad nos impide ser plenamente fieles. Por esto debemos partir siempre de la iniciativa divina, de escuchar su palabra. Dice san Hilario:
Instruido en la ciencia divina, el hombre se convierte en una morada de Dios… Dios no viene a habitar en la mente de los creyentes con una venida corporal, sino que penetra en el corazón en virtud de una fuerza espiritual e infunde como una luz a toda la mente…. (Coment Sal 131)
De aquí que la preparación de la Pascua ha venido siempre recomendada como un tiempo especial de escucha y meditación de la Palabra. Y a partir de aquí tienen sentido todas nuestras penitencias.
¿Lo has hecho así?
Pues atiende a lo que exhorta la Palabra:
Hijo mío, no olvides mi instrucción, conserva en la memoria mis preceptos, porque alargaran los días y años de tu vida y tu prosperidad… En todos tus caminos piensa en él y él allanará tus sendas… (Prov 3,1s)
Esta instrucción nos lleva a penetrar en el misterio de Dios, que es un misterio de amor. Un misterio que es más fuerte que la vida, pues es precisamente de este misterio de amor de donde brota la vida. Y este es el misterio que celebramos estos días: el amor hasta el extremo. Y cuando llevamos el amor hasta el extremo la vida misma está subordinada a este amor. Y este amor se resuelve en una nueva vida.
Pero vivir este misterio exige crecer en el apego o en el deseo de ese amor. Y, simultáneamente, crecer en el desapego a la vida. En una palabra:
valorar más el amor que la vida

Y esta no es una tarea fácil. Escribe el Papa Benet XVI: “Sólo cuando alguien valora más el amor por encima de la vida, a saber: sólo cuando alguien está dispuesto a someter la vida al amor, por el amor del amor, puede el amor ser más fuerte que la muerte y mayor que la muerte”.
Quizás los 50 días que tenemos los cristianos, hasta Pentecostés, para profundizar en la vivencia del misterio de Pascua, pueden ser interesantes si reflexionamos sobre la relación entre la vida y el amor, teniendo como referencia a Quien vivió en plenitud esta relación: Jesús de Nazaret.
En el ritmo de la vida de hoy no es fácil esta reflexión, pero sin vivir esta reflexión difícilmente puede crecer en nosotros la fe en la Resurrección. Si lo aceptas te puedo ofrecer un punto de ayuda a tu reflexión, que tomo del “Libro del Amigo y del Amado de Ramón Llull:
“El Amigo preguntó a su Amado: ¿Qué es más grande, el amor o el hecho de amar? Y el Amado le respondió: En la criatura el amor es el árbol, amar es el fruto; las penas y los sufrimientos son las flores y las hojas del árbol. Pero en Mí, amor y amar son, sin penas y sin sufrimientos, una sola y misma cosa.” (nº 85)
(José Alegre).

Comunicad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán



Lectura del santo evangelio según san Mateo 28, 8-15

En aquel tiempo, las mujeres se marcharon a toda prisa del .,sepulcro; impresionadas y llenas de alegría, corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo:

- «Alegraos.»

Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies.

Jesús les dijo:

- «No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.»

Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido. Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma, encargándoles:

- «Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros.»
Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Y esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta hoy.