miércoles, 5 de octubre de 2016

Mira lo que hacía Jesús con los que llevaban mala vida



Jesús come con pecadores y da una oportunidad a los que pensaban que ya no tenían ninguna oportunidad con Dios: “En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: – Ése acoge a los pecadores y come con ellos”.

Me emociona leer este pasaje y pienso, al leerlo, que merece la pena seguir y entregar la vida por alguien así. Al leer esto, arde mi corazón y repito mi sí a Jesús, a mi vocación, a estar con Él a intentar conformar mi vida según ese estilo que me queda grande. Quiero vivir según su corazón.

Su forma de vivir suena a verdad para cualquier hombre, creyente o no. Lo que hoy escuchamos era algo que solía pasar. No es un hecho aislado. A Jesús se le acercan publicanos y pecadores. Y Él los acoge y come con ellos. Los acoge en su vida, a su lado.

Y no sólo eso, sino que se deja acoger por ellos. Comparte su vida tal como es en ese momento. Comparte la mesa con ellos. No hay prejuicios ni barreras. El que es puro come con los impuros. Esa es la principal crítica que le hacen fariseos y escribas. Los que se supone que no pecan.

Ellos condenan, son puros. Condenan que los pecadores se sienten a su mesa. Condenan que Jesús entre en sus casas. Sin poner condiciones. Sin pedirles que primero se conviertan o por lo menos hagan una declaración de buenas intenciones. No les exige un cambio de actitud.

El otro día leía: “El pueblo judío creía en el perdón de todos los pecados, incluidos el homicidio y la apostasía. Dios sabe perdonar a quienes se arrepienten. Eso sí, era necesario seguir un camino. En primer lugar, el pecador debía manifestar su arrepentimiento mediante los sacrificios apropiados en el templo; debía abandonar su vida alejada de la Alianza y volver al cumplimiento de la ley; por último, los daños y ofensas al prójimo exigían la debida restitución o reparación. Si Jesús hubiera acogido a su mesa a pecadores para predicarles el retorno a la Ley, logrando que publicanos y prostitutas abandonaran su vida de pecado, nadie se hubiera escandalizado. Al contrario, lo hubieran admirado y aplaudido”[1].

Pero Jesús no actuó así. Jesús comparte su vida con cualquier hombre que se le acerqueY además parece que los pecadores públicos, marginados y condenados por la sociedad, eran sus predilectos.

Dios, que es todo pureza y perfección, se deja tocar y amar por los pecadores que lo buscan. Se sentó con ellos a la misma mesa.

Comenta el papa Francisco: “La misericordia se revela como dimensión fundamental de la misión de Jesús. Ella es un verdadero reto para sus interlocutores que se detienen en el respeto formal de la ley. Jesús va más allá de la ley; su compartir con aquellos que la ley consideraba pecadores permite comprender hasta dónde llega su misericordia”.

Comparte con los impuros sin hacerse Él impuro. Me gustaría ser así. No poner etiquetas. Me gustaría que no me importara que me las pusieran. No poner barreras, no crear distancias, no temer hacerme impuro.

Me gustaría compartir mi vida y mi camino con cualquier hombre, sin encasillarlo por su moral, por su religión, por su forma de vida. No quiero servir sólo a los que sirven, amar sólo a los que me aman, dar sólo a los que me dan.

Miro a Jesús y me sigo sorprendiendo de lo grande que es su corazón. Todos caben en él. Siempre me ha impresionado. Simplemente amó a los pecadores. Comió con publicanos y prostitutas. Se detuvo con aquellos que estaban fuera de la ley sin hacer que volvieran inmediatamente a la ley.

Su actitud me inquieta. A veces me empeño en querer convertir a todos los que no actúan de acuerdo a la ley. Lo quiero ya. Un cambio absoluto.

Ese abrazo del padre al hijo pródigo me parece excesivo. No hay castigo, ni exigencia. Y pienso que volverá a caer en lo mismo. Se dejará llevar de nuevo por la tentación de huir lejos de su padre. Me cuesta creer en la verdadera conversión del corazón.

Y eso que sé en el fondo del alma que sólo el amor incondicional sana lo más profundo de mi corazón. Lo sé, lo he experimentado y soñado tantas veces.

Los publicanos, las prostitutas, los pecadores públicos que no tienen acceso a Dios según la ley, reciben a Dios en sus casas sin hacer nada para merecerlo. Eso es amor incondicional. Y ese amor los cambió para siempre y seguramente fueron de los discípulos más fieles. Habían conocido de verdad la hondura de Jesús.

María Magdalena. Zaqueo. Mateo. Y muchos otros. Al que mucho se le perdonó, mucho amó. Los fariseos y escribas juzgan desde lejos, no se acercan. Colocan a Jesús bajo sospecha. Si fuera un hombre de Dios, un profeta, no se mezclaría con lo impuro. Se quedan lejos. Construyen un muro y no se dejan amar ni mirar por Jesús.

Me gustaría preguntarme hoy si yo soy de los que juzgo de lejos como esos fariseos y escribas. Si vivo lejos de los que considero impuros, o distintos a mí en la forma de pensar o vivir, encerrado en mi comodidad, protegido y guardado.

O si soy de los que me siento en la mesa de los que pecan dejando de lado mis prejuicios y miedos. Como lo hacía Jesús. Él acoge y se deja acoger por cualquiera. A cambio de nada. Sin contrapartida. Sin pretensiones. Sólo mira al otro hasta el fondo. Le comprende. Se pone en su mesa públicamente para darle la dignidad que se merece cualquier persona.

[1] José Antonio Pagola, Jesús, aproximación histórica

Aleteia

Santa Faustina Kowalska – 5 de octubre


Helena Kowalska nació el 25 de agosto de 1905 en Glogowiec, Polonia, en el hogar de una familia de campesinos, piadosos practicantes. Fue la tercera de diez hermanos. Espiritualmente fue forjada en la fe sobre todo por su madre. Y desde su más tierna infancia manifestó una inclinación religiosa que se apreciaba en su comportamiento. Los suyos conocían perfectamente sus prácticas de oración, la tendencia a procurar todo el bien posible a su alrededor y su marcada predilección por las vidas de santos que le gustaba leer y compartir con otros niños de su edad. A los 7 años fue sellada por la experiencia del amor de Dios. Antes de ir a la escuela, su padre le había enseñado a leer. Luego añadió lo que pudo aprender en la escueta formación académica que recibió, que no llegó a tres años. Los escasos recursos para tan numerosa familia demandaban la pronta ayuda de los hijos mayores. Y ella con 16 años tuvo que ganarse el sustento como empleada de hogar y dependienta. Trabajó en varios hogares y localidades diversas.
Soñaba con la vida religiosa, y en las contadas ocasiones que viajó a su casa paterna expuso este anhelo, recibiendo siempre una negativa como respuesta. En una de ellas ya tenía 18 años. Fue entonces cuando pasó por un corto periodo en el que las diversiones ocuparon su tiempo. En su Diario explicó que de ese modo trataba de sofocar las constantes invitaciones que recibía de lo alto para mudar sus hábitos. Pero la predilección divina se extendió sobre ella. Un día en una fiesta, mientras bailaba, vio al divino Redentor lleno de llagas; poniéndose a su altura, le dijo: «Helena, hija mía, ¿cuándo cesarás de ignorarme y cuánto más estarás alejada de mi lado?». Profundamente turbada, como no podía ser menos, acudió presurosa a la catedral de San Estanislao de Kostka. Cristo se manifestó explícitamente ante la pregunta acuciante de la joven, ansiosa por saber qué debía hacer: «Ve inmediatamente a Varsovia; allí entrarás en un convento».
En esa época la dote era condición imprescindible para ingresar en él. Solo cabía la fe, ya que de ningún modo poseía la cantidad exigida. Pero su confianza en Dios no tenía fisuras, y con ella tocó las puertas del convento de las Hermanas de Nuestra Señora de la Misericordia. Para reunir la suma necesaria aún tuvo que trabajar otro año más. Por fin, en 1925 pudo cumplir la indicación de Cristo integrándose en la vida religiosa; tomó la iniciativa sin contar con la venia de sus padres. Ahora bien, no le resultó fácil la consagración. Le acuciaron las tentaciones de volver al mundo y de mirar retrospectivamente su pasado. Cristo le instó a mantenerse fiel para superar las sombras que se cernían sobre ella y, una vez disipadas con su gracia, siguió el camino trazado desempeñando tareas de cocinera, jardinera y portera. El 30 de abril de 1926 profesó en Cracovia con el nombre de Faustina del Santísimo Sacramento, nombre que se le reveló durante el acto litúrgico.
Era humilde, sencilla, trabajadora, muy alegre. Durante el primer año de noviciado vivió la experiencia de la «noche oscura». Hacia mediados de 1930 y después de haber pasado por casi todas las casas de la Orden, llegó al convento de Płock. En febrero de 1931 recibió la primera revelación. En ella Cristo le pedía: «Pinta una imagen según el modelo que ves, y firma: ‘Jesús, en Ti confío’. Deseo que esta imagen sea venerada primero en su capilla y [luego] en el mundo entero». Esta imagen fue realizada en 1935 por Eugene Kazimierowski siguiendo sus indicaciones. Es venerada en Ostra Brama, Vilma, aunque la más conocida es obra de Adolf Hyla, que la pintó en 1943 en agradecimiento por haber preservado a su familia de la guerra.
Progresivamente, y en sucesivas manifestaciones, Cristo confiaba a Helena la devoción y ejercicio de la virtud de la misericordia: «Debes mostrar misericordia al prójimo siempre y en todas partes. No puedes dejar de hacerlo, ni excusarte, ni justificarte. Te doy tres formas de ejercer misericordia al prójimo: la primera, la acción; la segunda, la palabra; la tercera, la oración. En estas tres formas está contenida la plenitud de la misericordia y es el testimonio irrefutable del amor hacia Mí». En una ocasión, después atender a un enfermo de gravedad, el Redentor le dijo: «Hija mía, me has dado una alegría más grande haciéndome este favor que si hubieras rezado mucho tiempo». Ella respondió: «Si no te he atendido a Ti, oh Jesús mío, sino a este enfermo». Cristo corroboró el alcance de esa virtud: «Sí, hija mía, cualquier cosa que haces al prójimo me la haces a Mí».
Estas revelaciones fueron marcando su vida mística, sellada por profunda aflicción: «Experimento un terrible dolor cuando veo los sufrimientos del prójimo. Todos los dolores del prójimo repercuten en mi corazón, llevo en mi corazón sus angustias de tal modo que me agotan incluso físicamente. Quisiera que todos los dolores cayesen sobre mí para llevar alivio al prójimo». En medio de ello, Cristo la consolaba. Su director espiritual el beato Miguel Sopoćko fue de inmensa ayuda para dilucidar cuánto había de verdad en sus experiencias místicas, y qué debía hacer respecto a la fundación de una nueva Congregación como había percibido. En una de las locuciones Cristo le comunicó su deseo de que instaurase una Fiesta dedicada a la Divina Misericordia. Y ella impulsó esta devoción que contiene la «Coronilla a la Divina Misericordia», oración que Él mismo le dictó, haciéndole saber que quien la rezara recibiría gran misericordia en el momento de la muerte, entre otras gracias.
Mientras, su vida iba deteriorándose paulatinamente con lesiones diversas. La tuberculosis atacó sus pulmones y estómago. Y murió en Łagiewniki, Cracovia, el 5 de octubre de 1938. Había sido agraciada con numerosos carismas. Juan Pablo II la beatificó el 18 de abril de 1993, y la canonizó el 30 de abril de 2000. Determinó también que la Fiesta de la Divina Misericordia se celebre el primer domingo después de la Pascua de Resurrección.
ZENIT

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Algunos colegas están desconcertados. Durante su visita a Georgia y Azerbaiyán, el Papa de la acogida y de la misericordia ha empleado unos tonos de gran severidad a la hora de valorar las consecuencias del divorcio y la pretensión de imponer la ideología de género desde los poderes públicos. Demasiado duro es este lenguaje, han debido pensar, como si las afirmaciones de Francisco fueran nuevas en su pontificado, y como si contradijesen su imagen de la Iglesia como hospital de campaña. La cuestión se la han planteado a Francisco a bocajarro, durante su habitual rueda de prensa en el vuelo de regreso a Roma. En su respuesta, el Papa ha partido de su propia experiencia pastoral como sacerdote y obispo, en la que ha acompañado a personas con tendencia y con prácticas homosexuales. Y ha reconocido que a algunas de esas personas las ha acercado al Señor, pero en otros casos no ha sido posible. Hay que acompañar a las personas como las acompañaría Jesús, que seguramente no despacharía a una persona que se le acerca diciéndole «¡vete, porque eres homosexual!».
Este acompañamiento hecho de acogida, comprensión, paciencia y lealtad a la verdad, no está en contradicción con la denuncia planetaria de la pretensión de muchos poderes (mediáticos, económicos y políticos) de imponer la «teoría de género». A esta pretensión de adoctrinamiento, el Papa Francisco la ha denominado en numerosas ocasiones «colonización ideológica», y esto lo ha hecho en Nueva York, ante la sede de Naciones Unidas, y en el último rincón de Filipinas o del Cáucaso. «La vida es la vida -dijo el Papa a los periodistas- y hay que tomar las cosas como vienen… El pecado es el pecado… cada caso hay que acogerlo, acompañarlo, estudiarlo, discernir e integrarlo. Esto es lo que haría Jesús hoy… Es un problema humano, de moral. Y hay que resolverlo como se puede, siempre con la misericordia de Dios, con la verdad, pero siempre con el corazón abierto». Como hacía Jesús.
Francisco había dicho a los sacerdotes, religiosos y seminaristas en Georgia que hoy está en marcha una «guerra mundial en contra del matrimonio», al que calificó como la obra más bella de la creación de Dios, y fue especialmente duro al hablar de las consecuencias del divorcio. Como explicó en el avión, en realidad esas cosas están ya dichas (aunque con otras palabras) en la Exhortación Amoris Laetitia. Y es curioso que algunos se sorprendan ahora de este modo de hablar del Papa, como si ello estuviese en contradicción con el ímpetu de acompañar e integrar a las familias heridas.
La Iglesia custodia y presenta la hermosura y la verdad del matrimonio a la humanidad en todo tiempo y lugar. Eso es parte esencial de su misión, pero ella no olvida que «las debilidades humanas existen, los pecados existen, pero siempre la última palabra no la tienen las debilidades, los pecados, ¡sino la misericordia!». Francisco recordó los cuatro criterios recogidos en la AL: acoger a las familias heridas, acompañar, discernir cada caso e integrar. De esta manera, la Iglesia «colabora en esa recreación maravillosa que ha hecho el Señor con la redención». La estocada final es de antología: «EnAmoris Laetitia todos van al capítulo octavo, pero hay que leerla toda, desde el principio hasta el fin. El centro es el capítulo cuarto, sirve para toda la vida. Pero hay que leerla toda, y releerla y discutirla toda, es un conjunto. Está el pecado, la ruptura, pero también está la cura, la misericordia, la redención».
José Luis Restán/PáginasDigital.es

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (11,1-4)




No hay necesidad de emplear tantas palabras para rezar: el Señor sabe lo que queremos decirle. Lo importante es que la primera palabra de nuestra oración sea «Padre». Es el consejo de Jesús a los apóstoles. 

Para rezar, no hay necesidad de hacer ruido ni creer que es mejor derrochar muchas palabras. No podemos confiarnos al ruido, al alboroto de la mundanidad, que Jesús identifica con «tocar la tromba» o «hacerse ver el día de ayuno». Para rezar no es necesario el ruido de la vanidad: Jesús dijo que esto es un comportamiento propio de los paganos. Y la oración no se ha de considerar como una fórmula mágica: «La oración no es algo mágico; no se hace magia con la oración»; «esto es pagano».

Entonces, ¿cómo se debe orar? Jesús nos lo enseñó: «Dice que el Padre que está en el Cielo “sabe lo que necesitáis, antes incluso de que se lo pidáis”». Por lo tanto, la primera palabra debe ser «“Padre”. Esta es la clave de la oración. Sin decir, sin sentir, esta palabra no se puede rezar».

«¿A quién rezo? ¿Al Dios omnipotente? Está demasiado lejos. Esto yo no lo siento, Jesús tampoco lo sentía. ¿A quién rezo? ¿Al Dios cósmico? Un poco común en estos días, ¿no? Rezar al Dios cósmico. Esta modalidad politeísta llega con una cultura superficial». 

Es necesario, en cambio, «orar al Padre», a Aquél que nos ha generado. Pero no sólo: es necesario rezar al Padre «nuestro», es decir, no al Padre de un «todos» genérico o demasiado anónimo, sino a Aquél «que te ha generado, que te ha dado la vida, a ti, a mí», como persona individual. Es el Padre «que te acompaña en tu camino», quien «conoce toda tu vida, toda».

Para profundizar en el sentido de la palabra «Padre», podemos pensar en la actitud confiada con la que Isaac —«este muchacho de veintidós años no era un tonto»- se dirige a su padre cuando se da cuenta de que no estaba el cordero para sacrificar y sospecha que él mismo era la víctima sacrificial: «Debía hacer la pregunta, y la Biblia nos dice que dijo: “Padre, falta el cordero”. Pero se fio de quien estaba a junto a él. Era su padre. Su preocupación: “¿tal vez soy la oveja?”, la arrojó en el corazón de su padre». 

Es lo que sucede también en la parábola del hijo que despilfarra la herencia «pero luego regresa a casa y dice: «Padre, he pecado». Es la clave de toda oración: sentirse amados por un padre»; y nosotros tenemos «un Padre, muy cercano, que nos abraza» y a quien podemos confiarle todas nuestras preocupaciones porque «Él sabe lo que necesitamos».

Pero, ¿es «un padre solamente mío? No, es el Padre nuestro, porque yo no soy hijo único. Ninguno de nosotros lo es. Y si no puedo ser hermano, difícilmente puedo llegar a ser hijo de este Padre, porque es un Padre, con certeza, mío, pero también de los demás, de mis hermanos». Por ello, se deduce que «si yo no estoy en paz con mis hermanos, no puedo decirle Padre a Él. 

Y así se explica lo que dice inmediatamente Jesús, después de enseñarnos el Padrenuestro: “Si vosotros perdonáis las culpas a los demás, vuestro Padre que está en los cielos os perdonará también a vosotros; pero si vosotros no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas».
(De la homilía del Papa Francisco el 20-6-2013)

JESÚS NOS ENSEÑA A ORAR

Lectura del santo evangelio según san Lucas (11,1-4):

Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.»

Él les dijo: «Cuando oréis decid: "Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación."»

Palabra del Señor

martes, 4 de octubre de 2016

Violencia, estética y Francisco de Asís


 Como en muchas partes del mundo, también en muchas parroquias de New York, el mes de octubre se recuerda y se celebra la festividad de san Francisco de Asís. Se sabe que es un santo muy querido a nivel universal incluso fuera de ámbitos creyentes. Su vida sigue iluminando muchas situaciones complejas del mundo de hoy. Recordarlo en estos tiempos, donde se pretende infligir no sólo daño sino también el pánico y la desorientación, resulta una terapia eficaz contra una violencia que alimenta el miedo, el aislamiento en los propios puntos de vista y la instalación en los extremismos.
La paz, la contemplación, la oración y todo lo que inspira el santo de Asís desactiva el pánico y ayuda a mantener la calma en momentos sombríos de la vida. Como bien dice la carta a los hebreos, "resistir hasta la sangre luchando contra el pecado" (Heb 12, 4). El creyente está llamado a combatir todo tipo de violencia, pero combate con un corazón sereno, y ese combate es tanto más eficaz cuanto más sereno está su corazón. Francisco de Asís comprendió y nos transmitió que la paz del corazón sólo puede venir de la contemplación de la belleza.
En la visión franciscana es fundamental la contemplación de la belleza (estética) de todo lo creado, algo que a veces se nos olvida y es necesario recuperarlo. La belleza a la que nos referimos no es aquella que seduce o la que se vende por diversos medios sociales, es la belleza que hace visible el bien. Cuando la belleza es negada entonces el mal triunfa, el odio se hace presente, el rencor ocupa el lugar del amor. Recordar a Francisco de Asís, en un contexto violento y agresivo, es recuperar la belleza desde la conversión, la generosidad, y la creatividad. El pobre de Asís nos señala que en la búsqueda del bien se encuentra la paz.
La experiencia estética para el santo de Asís es apertura en un momento de la conversión personal: El individuo siente la necesidad de mirar de nuevo, a prestar más atención a lo que está sucediendo. Mirando de nuevo, cuestionamos nuestras actitudes iniciales, revisamos nuestras opiniones y nos disponemos a admitir que podríamos haber cometido un error.
La consecuencia de "entrar" en la cosmovisión franciscana es la adquisición de una esperanza que nos lleva a concebir un estilo de vida diferente y a luchar por un mundo mejor. Nos lleva a hacer frente a la violencia y resistir posturas políticas enfermas y egoístas. Como vimos en la noche del pasado lunes, en el debate entre D. Trump y H. Clinton. Ahí quedó claro que Trump representa el capitalismo degradado a puro egoísmo. Clinton aparentemente mejor preparada pero que en el fondo representa una imagen que no inspira el bien común.
Frente a estos sucesos hace bien a la mente y al corazón humano venerar a san Francisco de Asís. Él nos ofrece la posibilidad de ampliar nuestro universo moral en la que se puede incluir a más personas e incrementar nuestras categorías morales. Nos ayuda a amar la creación y a verla como un regalo de la mano del artista divino que encanta al corazón humano y ayuda a comprender que no hay ruptura entre este mundo y el siguiente. El pobre de Asís acoge sin reservas a todo el que encuentra, amigo o adversario, aceptándolo como compañero de camino. Ante hechos violentos y desesperantes no nos sugiere encerrarnos, sino proclamar la belleza divina para construir un futuro de esperanza con toda la humanidad. Nos invita a ser signo visible de comunión, comunicación en modo tal que todos puedan sentirse acogidos, amados y perdonados.

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO DE SAN LUCAS (10, 38-42)




“Queridos hermanos y hermanas, 

En el Evangelio de hoy el evangelista Lucas habla de Jesús que, mientras está de camino hacia Jerusalén, entra en un pueblo y es acogido en casa de las hermanas Marta y María (cf. Lc 10, 38-42). Ambas ofrecen acogida al Señor, pero lo hacen de modo diverso. María se sienta a los pies de Jesús y escucha su palabra (cf. v. 39), en cambio Marta estaba totalmente absorbida por las cosas que tiene que preparar (...)

En su obrar hacendoso y de trabajo, Marta corre el riesgo de olvidar —y este es el problema— lo más importante, es decir, la presencia del huésped. Y al huésped no se le sirve, nutre y atiende de cualquier manera. Es necesario, sobre todo, que se le escuche. 

Recuerden bien esta palabra: escuchar. Porque al huésped se le acoge como persona, con su historia, su corazón rico de sentimientos y pensamientos, de modo que pueda sentirse verdaderamente en familia. Pero si tú acoges a un huésped en tu casa y continúas haciendo cosas, le haces sentarse ahí, mudo él y mudo tú, es como si fuera de piedra: el convidado de piedra. No. Al huésped se le escucha. 

Ciertamente, la respuesta que Jesús da a Marta —cuando le dice que una sola es la cosa de la que tiene necesidad— encuentra su pleno significado en referencia a la escucha de la palabra de Jesús mismo, esa palabra que ilumina y sostiene todo lo que somos y hacemos. 

Si nosotros vamos a rezar —por ejemplo— ante el Crucifijo, y hablamos, hablamos, hablamos y después nos vamos, no escuchamos a Jesús. No dejamos que Él hable a nuestro corazón. Escuchar: esta es la palabra clave. No lo olviden. 

Y no debemos olvidar que en la casa de Marta y María, Jesús, antes que ser Señor y Maestro, es peregrino y huésped. Por lo tanto, la respuesta tiene este primer y más importante significado: «Marta, Marta, ¿por qué te afanas tanto en hacer cosas para el huésped hasta olvidar su presencia? Para acogerlo no son necesarias muchas cosas; es más, necesaria es una cosa sola: escucharlo, demostrarle una actitud fraterna, de modo que se dé cuenta de que se está en familia, y no en una «hospedaje provisional».

Así entendida, la hospitalidad, que es una de las obras de misericordia, aparece verdaderamente como una virtud humana y cristiana, una virtud que en el mundo de hoy corre el riesgo de ser descuidada. En efecto, se multiplican los hospicios y asilos, pero no siempre en estos ambientes se practica una hospitalidad real. (...) Incluso en la propia casa, entre los propios familiares puede suceder que encuentren fácilmente servicios y curas de varios tipos más que de escucha y acogida. 

Hoy estamos absorbidos por el frenesí, por tantos problemas —algunos de los cuales no resultan importantes— que carecemos de la capacidad de escuchar. 

Y yo quisiera preguntarles, hacerles una pregunta, cada uno responda en el propio corazón: tú, marido, ¿tienes tiempo para escuchar a tu mujer? Y tú, mujer, ¿tienes tiempo para escuchar a tu marido? Ustedes padres, ¿tienen tiempo que «perder» para escuchar a sus hijos, o a sus abuelos y a los ancianos? —«Pero los abuelos dicen siempre las mismas cosas, son aburridos...»— Pero tienen necesidad de ser escuchados. 

Escuchar. Les pido que aprendan a escuchar y a dedicarse más tiempo entre ustedes. En la capacidad de escucha está la raíz de la paz.

La Virgen María, Madre de la escucha y del servicio atento, nos enseña a ser acogedores y hospitalarios hacia nuestros hermanos y hermanas”.
Papa Francisco, Ángelus del 17-7-2016

Papa: ¡Desde el primer momento sentí que debía estar entre ustedes!

En la fiesta de San Francisco de AsísPatrono de Italia, el Santo Padre visitó a las poblaciones de la localidad de Amatrice y sus alrededores, víctimas del terremoto del pasado 24 de agosto. “Estoy cerca de ustedes y rezo por ustedes”, dijo el Obispo de Roma a las personas que viven allí en medio de tantas dificultades, animándolas a ir adelante.
El Pontífice llegó a la 9.10 en automóvil a la ciudad símbolo del sismo que se cobró tantas vidas en el centro de Italia para realizar una visita lo más reservada posible “para no molestar”, como él mismo dijo. Acompañado por Monseñor Domenico Pompili, Obispo de Rieti, el Papa Bergoglio se dirigió ante todo al local en el que, provisionalmente, se encuentra la escuela gracias al trabajo de la Protección civil  de Trentino. En este contendedor pintado de rojo, elPontífice saludó a los alumnos  y maestros. Los niños de primaria lo recibieron con gran alegría, que manifestaron con su canto y los tantos dibujos mediante los cuales recuerdan el drama vivido. Una vez fuera de la escuela, y rodeado por la gente, el Papa les dijo:
“He pensado mucho en los primeros días de estos tantos dolores que mi visita, tal vez, podía ser más un estorbo que una ayuda, que un saludo, y no quería causar molestias… Por esto he dejado pasar un poquito de tiempo, a fin de que se organizaran algunas cosas, como la escuela. Pero desde el primer momento ¡sentí que debía estar entre ustedes! Sencillamente para decirles que estoy cerca, que estoy cerca de ustedes, nada más, y que rezo ¡rezo por todos ustedes! Cercanía y oración, éste es mi ofrecimiento para ustedes. Que el Señor los bendiga a todos, que la Virgen los custodie en este momento de tristeza, de dolor y de prueba”.
Tras la bendición, Francisco rezó el Avemaría con todas las personas presentes, invitándolas a “ir siempre hacia adelante, porque existe un futuro”. “Hay tantos seres queridos que nos han dejado – les dijo el Papa –  que han caído aquí, bajo los escombros. Recemos a la Virgen por ellos, lo hacemos todos juntos, Avemaría… Y los animó a mirar siempre hacia adelante. Adelante con coraje, ayudándose mutuamente, porque juntos siempre se camina mejor que solos. “¡Adelante y gracias!”, añadió antes de entregarse a los abrazos y saludos de tantas personas, niños, jóvenes y ancianos.
(María Fernanda Bernasconi - RV).
(from Vatican Radio)

EL CÁNTICO DE LAS CRIATURAS. SAN FRANCISCO DE ASÍS.


Altísimo y omnipotente buen Señor,
tuyas son las alabanzas,
la gloria y el honor y toda bendición.

A ti solo, Altísimo, te convienen
y ningún hombre es digno de nombrarte.

Alabado seas, mi Señor,
en todas tus criaturas,
especialmente en el Señor hermano sol,
por quien nos das el día y nos iluminas.

Y es bello y radiante con gran esplendor,
de ti, Altísimo, lleva significación.

Alabado seas, mi Señor,
por la hermana luna y las estrellas,
en el cielo las formaste claras y preciosas y bellas.

Alabado seas, mi Señor, por el hermano viento
y por el aire y la nube y el cielo sereno y todo tiempo,
por todos ellos a tus criaturas das sustento.

Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego,
por el cual iluminas la noche,
y es bello y alegre y vigoroso y fuerte.

Alabado seas, mi Señor,
por la hermana nuestra madre tierra,
la cual nos sostiene y gobierna
y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas.

Alabado seas, mi Señor,
por aquellos que perdonan por tu amor,
y sufren enfermedad y tribulación;
bienaventurados los que las sufran en paz,
porque de ti, Altísimo, coronados serán.

Alabado seas, mi Señor,
por nuestra hermana muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.
Ay de aquellos que mueran
en pecado mortal.

Bienaventurados a los que encontrará
en tu santísima voluntad
porque la muerte segunda no les hará mal.


Alaben y bendigan a mi Señor
y denle gracias y sírvanle con gran humildad.

San Francisco de Asís – 4 de octubre



Hoy esta sección de ZENIT honra, junto a toda la Iglesia, a esta figura gigantesca, cuya trayectoria espiritual tiene un influjo de incuestionable riqueza en la historia, la ciencia, la música, la poesía, la naturaleza y el arte, entre otras disciplinas. Además de fundador, este dechado de virtudes fue peregrino en distintos países, apóstol en el Oriente, un hombre de paz. El patrimonio que ha legado a la Iglesia es inmenso. Su irrupción en la misma y en la sociedad fue un regalo del cielo en una época socio-política y eclesial compleja, la de la Edad Media en la que le tocó vivir. El prestigioso franciscanista P. Enrique Rivera ha explicado el alcance de la respuesta del Poverello al secularismo actual a través de tres grandes vertientes: sociología, historia y pensamiento. A la ausencia de Dios respondió con el testimonio de su íntimo diálogo con Jesús, cuya cumbre alcanza ante el Cristo de san Damián y en el monte Alverna.
Nació en Asís, Italia, en 1182. Era hijo del rico comerciante de tejidos Pietro di Bernardone y de la noble Pica. Le bautizaron con el nombre de Juan. Se formó con los canónigos de la parroquia y fue asiduo al hospital de San Jorge. Aunque procedía de una familia pudiente, a los 14 años ayudaba a su padre en la tienda. Después se fue desvinculando del compromiso laboral y de sus estudios, que no casaban con su proyecto de vida desenfadada a la que se entregó de lleno. Era un líder nato un tanto inconformista; un idealista en extremo, aunque todavía no sabía cómo encauzar sus sueños. Exhibía por la ciudad sus dotes poéticas y musicales, siguiendo la estela trovadoresca con la que emulaba a los caballeros. Por un lado, disipaba el dinero, y por otro, daba limosna a los pobres.
En 1198 se desató un grave conflicto entre la burguesía y los nobles de Asís, solventado con la instauración del régimen comunal. Se implicó en el litigio, luchó contra Perusa y fue apresado. Durante unos meses soportó el rigor de la prisión, y tras su liberación, en 1204 cayó enfermo. Fueron instantes de reflexión preparatorios para dar un vuelco decisivo a su vida. En 1205 se propuso combatir en Puglia según vio en un sueño, pero en Espoleto una fuerza interior le instó a regresar. Se dijo: «Señor, ¿qué quieres que haga?», aunque de momento siguió con sus costumbres. Pero Dios se hizo notar en su corazón ese mismo año invadiéndole con gran dulzura.
La prodigalidad con los pobres y su compasión hacia ellos comenzaron a adueñarse de él. Su oración vivificaba un amor que iba in crescendo. Rogó a Dios su ayuda, y Él le exigió la total donación de sí; debía elegir lo que más le costase. Una vez se vio frente a un leproso, y superó su repugnancia besándolo; lo tomó como un don del cielo. A continuación, experimentó un intenso aborrecimiento de su vida pasada y se dispuso a iniciar un camino sin retorno. Se puso al servicio de estos enfermos y compartió con ellos su vida.
Un fuego interior le consumía. La necesidad de oración y soledad eran cada vez más intensas, y se redoblaban las pruebas. Luchó contra sí mismo y obtuvo el don de la fidelidad. El Cristo del crucifijo de San Damián le pidió que reparara su Iglesia. Entendió que se refería a la ruinosa capilla, y en Foligno vendió su caballo y mercancía del establecimiento paterno obteniendo los recursos para restaurarla. Se afincó en San Damián sin contar con la venia de su progenitor, que montó en cólera. Puesto en la tesitura de elegir, se abrazó a la pobreza, desprendiéndose de sus vestiduras ante el prelado de Asís. Previamente, su frustrado padre lo había mantenido recluido y golpeado, sin vencer su voluntad.
En 1208 escuchó en misa el texto evangélico de (Mt 10, 5-15), y se lo aplicó. Vio que el desprendimiento absoluto y la penitencia eran su destino; en ello se encerraba la idea de restauración. Se vistió con una humilde túnica ceñida con un cordón y se hizo pobre con los pobres en medio del desprecio y mofas de sus conocidos, con la alegría de verse convertido en un mendigo. En la Porciúncula se congregaron numerosos jóvenes que querían seguir esa vida de penitencia. Con ellos fundó la Orden de Frailes Menores, aprobada por Inocencio III. Su saludo era: «La paz del Señor sea contigo». Amaba tanto a la Virgen que puso su obra bajo su protección, y como recuerda su biógrafo Celano: «cobijó bajo sus alas a los hijos que debía abandonar para que Ella los favoreciese y auxiliase».
Encarnaba fielmente el evangelio. Se acusaba de sus faltas y se castigaba públicamente. Inundado de gozo multiplicaba por todas las vías los dones que iba recibiendo. «¿Qué son los siervos de Dios –decía a sus frailes– sino juglares suyos que deben levantar los corazones de la gente y entusiasmarlos con su alegría espiritual?». En 1212 santa Clara se unió a su carisma dando lugar a la fundación de las clarisas. En 1224, hallándose en el monte Alverna, recibió los estigmas de la Pasión, y antes el don de milagros y de profecía. Devotísimo de la Eucaristía, fue agraciado con numerosas revelaciones. Lidió con graves problemas dentro de su Orden, y sufrió extremadamente con los estigmas y la grave lesión ocular padecida en los últimos años de su vida.
Casi ciego en 1224 compuso el bellísimo Cántico de las criaturas. Era una consecuencia inmediata del amor que sentía por Dios; las criaturas son reflejo de la perfección divina. Y ante este espectáculo de la creación entera elevó su cántico a Dios Padre. Así es como vivió la presencia de la paternidad de Dios en todas las criaturas, a las que trataba como hermanas. Sin embargo, esta peculiar ternura del Poverello hacia los seres irracionales en los que percibía alguna semejanza con Dios no ha sido bien comprendida. Pero ahí están magníficos estudios, rigurosos como los del mencionado Rivera de Ventosa, que permiten constatar cuán lejos estaba el santo de concepciones panteístas, hinduistas o románticas, como a veces se ha afirmado. Murió en el suelo el 3 de octubre de 1226. Gregorio IX lo canonizó el 16 de julio de 1228.
 Zenit

Marta lo recibió en su casa. María ha escogido la parte mejor


Lectura del santo Evangelio según san Lucas 10, 38-42
En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa.
Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra.
Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose. dijo:
«Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano».
Respondiendo, le dijo el Señor:
«Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; sólo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».
Palabra del Señor.

lunes, 3 de octubre de 2016

Tres detalles poco conocidos sobre el Purgatorio



Algunas precisiones en temas de escatología, de la mano de Santa Caterina de Génova y Santo Tomás de Aquino.

Curiosamente, mientras la filosofía y la teoría política contemporáneas –al menos desde el siglo XX- han utilizado categorías extraídas de la escatología católica –de maneras sorprendentemente fructíferas, cabe decir-, la reflexión sobre las realidades últimas, al menos intraeclesialmente, parece no ocupar un sitial demasiado privilegiado hoy día.

Sin embargo, eso no quiere decir que en la tradición católica la escatología no haya sido objeto de reflexión ardua, intensa y, con frecuencia, erudita. Recientemente, Shaun McAfee publicó en EpicPew un listado de diez cosas que, muy probablemente, desconocemos sobre el Purgatorio. De ellas, hemos seleccionado las tres que nos han parecido más interesantes, con el fin de despertar en las redes –si es posible- una conversación a propósito de estos temas.

Quienes están en el Purgatorio están ya unidos a Cristo

Las ánimas del Purgatorio son parte de la llamada “Iglesia Purgante”, también conocida como “Iglesia Sufriente”. La Tradición reconoce que los fieles estamos, digámoslo así, agrupados en tres grandes estados: la iglesia militante, la iglesia purgante y la iglesia triunfante. En la Lumen Gentiumse lee:
“Hasta que el Señor venga revestido de majestad y acompañado de sus ángeles y, destruida la muerte, le sean sometidas todas las cosas, de sus discípulos, unos peregrinan en la tierra (Iglesia militante); otros, ya difuntos, se purifican (Iglesia purgante); otros, finalmente, gozan de la gloria (Iglesia triunfante), contemplando ‘claramente a Dios mismo, Uno y Trino, tal como es”.

Si las ánimas del Purgatorio son parte de la Iglesia Purgante –tanto como podríamos serlo nosotros, también, en medio de nuestros sufrimientos como Iglesia Militante-, entonces son obviamente parte del Cuerpo Místico de Cristo y, en consecuencia, permanecen unidos a Él.

El sufrimiento en el Purgatorio es voluntario

Esto merece una explicación un tanto más detallada. Como se lee en el post de Shaun McAfee en EpicPew, en el tratado sobre el Purgatorio de Santa Caterina de Génova se explica que, al ver lo que le espera en el Cielo, el alma se arroja voluntariamente al Purgatorio. El Purgatorio es voluntario no porque alguien pudiese escoger no ir, sino porque al ver lo que gana al pasar por él, el alma voluntariamente se somete. En este particular, Santo Tomás de Aquino dice exactamente lo mismo.

En el Purgatorio también hay alegría

Generalmente, se piensa en el Purgatorio como en un lugar de sufrimiento, así sea temporal. Pero en realidad, como lo explica Santa Caterina de Génova, el Purgatorio no está exento de alegrías: así como el propio Cristo consuela a las almas de la Iglesia Militante, también lo hace con la Iglesia Purgante, y así como nosotros podemos consolarnos unos a otros durante nuestra vida en la tierra, así podemos también hacerlo en el Purgatorio. Pero, explica Santa Caterina, hay algo más:

“El fuego del amor de Dios es lo que precisamente va consumiendo en el alma toda herrumbre o mancha de pecado. El sufrimiento del purgatorio es, pues, ante todo la pena de daño, mucho más que la pena de sentido, es decir, mucho más que «cualesquiera otras penas que allí puedan encontrarse» (15b).
En efecto, lo más terrible para el alma es el desgarramiento interior producido por un amor que, a causa de esos impedimentos aún no del todo aniquilados, se ve retardado en el ansia de su perfecta posesión de Dios. Y cuanta más purificación, más intenso el amor y más cruel el dolor. Amor y dolor parecen crecer así en el purgatorio en acelerada progresión.
El purgatorio es, pues, un crescendo de amor y dolor que conduce al cielo, a la felicidad perfecta. Hay en las almas del purgatorio un gozo inmenso, parecido al del cielo, y un dolor inmenso, semejante al del infierno; y el uno no quita el otro”.

 DANIEL R. ESPARZA. ALETEIA

5 citas bíblicas que te muestran el gran poder de la oración



La oración es una fuerza tan poderosa. Nosotros la subestimamos tanto porque a veces no vemos los resultados tangibles. La oración puede mover montañas si tan sólo lo CREEMOS de verdad, Dios así lo afirmó. Si tan sólo nos diéramos cuenta de lo poderosa que puede ser la oración, nunca perderíamos la fe o la esperanza.

De vez en cuando hablo y pido a los ángeles a que me ayuden a elevar mi oración a Dios, es por ello que procuro estar en el mayor estado de gracia posible. Les pido a los ángeles que intercedan y le presenten mi petición humilde a las manos de Creador.

Ninguno de nosotros está solo en la oración. Cuando rezas tu ángel de la guarda está allí contigo, él une su oración a la tuya y se la presenta al Señor, convirtiéndola en una poderosa arma de lucha espiritual que te hará crecer en santidad.

Lo increíble que nuestras oraciones hechas con gran fe puede hacer grandes cosas, incluso marcar la diferencia en otra persona. A continuación te presentamos las siguientes cítas bíblicas que te harán recordar hoy el GRAN PODER que tiene la oración

1.- Siempre pedir, buscar y llamar

“Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá” (Mateo 7,7-8)
Pedir, pedir, pedir. Muchas veces, el Señor nos llamó a la inisistencia en la oración. ¿Por qué desistimos a veces? Recuerda que tus tiempos no son los de Dios, Él sabe cuando y de qué manera contestar… Sigue pidiendo, buscando y llamando.

2- Mover montañas con la fe
“Jesús les respondió: “Les aseguro que si tienen fe y no dudan, no sólo harán lo que yo acabo de hacer con la higuera, sino que podrán decir a esta montaña: “Retírate de ahí y arrójate al mar”, y así lo hará. Todo lo que pidan en la oración con fe, lo alcanzarán” (Mateo 21,21-22)
¡Esto me parece increíble! pero es Palabra de Dios. Cuántas cosas podríamos hacer con este poder si tan sólo tuviésemos esa fe de las que nos habla el Señor. Aprendamos a decir como el padre de aquel joven endemoniado: “Señor, creo, pero aumenta mi fe”

3.- Oración: Poder liberador contra el demonio
“Jesús les respondió: “Esta clase de demonios se expulsa sólo con la oración” (Marcos 9,29)
La oración se nos presenta como una comunicación directa con Dios, pero también como una gran armadura espiritual contra el demonio. Que poder tan tremendo nos ha regalado Dios en la oración que podemos ser hasta capaces de expulsar demonios en su Nombre.

4.- No hay que vacilar
“Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, que la pida a Dios, y la recibirá, porque él la da a todos generosamente, sin exigir nada en cambio. Pero que pida con fe, sin vacilar, porque el que vacila se parece a las olas del mar levantadas y agitadas por el viento. El que es así no espere recibir nada del Señor” (Santiago 1,5-7)
No vacilemos en ningún momento. No perdamos la esperanza. El Señor es bondadoso y fiel, Él da con una generosidad infinita, Él es fuente inagotable de compasión y está siempre dispuesto a darnos lo mejor, lo que nos conviene para nuestra salvación, pero, TENGAMOS FE y nuestra oración será poderosa

5.- Una forma de alcanzar la paz
“No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios. Entonces la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús”. (Filipenses 4,6-7)

Esta cita bíblica es una de mis favoritas, ¿por qué? ¿Quién no necesita paz en su corazón? Estamos en un mundo donde a cada vuelta de la esquina nos espera un problema que nos aflige y nos roba la paz. San Pablo nos da la fórmula secreta para alcanzar la paz en el corazón: Oración y Acción de gracias, es decir: oración y Eucaristía, puesto que la Eucaristía en es sí misma, una acción de gracias.

Nunca subestimes el poder de la oración. Cuando oramos con fe, si es la voluntad de Dios, esa oración es indetenible. Y ¿cómo sabemos cuál es la voluntad de Dios? Que te responda el Señor:

“Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán” (Juan 15,7)
Esta es una promesa del Señor. Si estamos caminando en comunión con Dios y su Iglesia, entonces vamos a empezar a orar conforme a la voluntad de Dios. ¿Cómo permanecemos en Dios? A través de los Sacramentos de la Iglesia, viviendo según sus mandamientos, así Su Palabra vivirá en nuestros corazónes.
Y entonces, comenzaremos a ver que nuestras oraciones son contestadas.
Qriswell Quero
Artículo originalmente publicado por pildorasdefe.net

El Santo Padre asegura que tras la persecución en Azerbaiyán la fe “ha realizado maravillas”


El papa Francisco ha recordado a los muchos cristianos valientes que han tenido confianza en el Señor y han sido fieles en la adversidad. Lo ha hecho al introducir la oración del ángelus, al finalizar la misa celebrada en Kabú, capital de Azerbaiyán, donde ha aterrizado esta mañana.
De este modo, el Santo Padre ha indicado que en la celebración eucarística ha dado “gracias a Dios con vosotros, pero también con vosotros”. Y ha afirmado que en este lugar, la fe, después de los años de la persecución, ha realizado maravillas.
El Pontífice ha dirigido un saludo cordial a los fieles de Azerbaiyán, “animando a cada uno a testimoniar con alegría la fe, la esperanza y la caridad, unidos entre vosotros y con vuestros pastores”.
Además, ha dado las gracias de forma particular a la familia salesiana –que gestiona la iglesia donde se ha celebrado la misa– que cuida de este pueblo y promueve varias obras de caridad. Del mismo modo ha saludado a las hermanas Misioneras de la Caridad y las ha invitado a seguir con entusiasmo su obra de servicio a todos.
Al finalizar la oración mariana, Francisco ha improvisado algunas palabras dirigidas a la pequeña comunidad católica de este país. “Alguno puede pensar que el Papa pierde mucho tiempo: hacer tantos kilómetro de viaje para visitar una pequeña comunidad de 700 personas, en un país de 2 millones”, ha observado. Incluso –ha precisado el Papa– una comunidad no uniforme, porque entre vosotros se habla azerí, italiano, inglés, español… Es una comunidad de periferia.
Pero “el Papa, en esto, imita al Espíritu Santo: también Él bajó del cielo en una pequeña comunidad de periferia cerrada en el Cenáculo”. Y esa comunidad, ha indicado el Santo Padre, con miedo, se sentía pobre y perseguida quizá o dejada de lado: le da la valentía, la fuerza, la parresía para ir adelante y proclamar el nombre de Jesús.
Asimismo, ha explicado que las puertas de esa comunidad de Jerusalén, que estaban cerradas por el miedo o la vergüenza, se abrieron y salió la fuerza del Espíritu. De este modo ha asegurado que “el Papa ‘pierde tiempo’ como lo ha perdido el Espíritu Santo en ese tiempo. Finalmente les ha pedido que no se olviden de la Madre y de la caridad, el amor fraterno que el Espíritu Santo derramó sobre ellos.