viernes, 5 de febrero de 2016

Comentario sobre san Juan Bautista por san Juan XXIII

Pero la primera figura de hombre, con cuerpo y alma, que avanza ante nuestra mirada, propuesta a nuestro respeto y veneración, esj San Juan Bautista, flor solitaria y tardía de Zacarías e Isabel, llamados a preparar, por medio de la voz de este inesperado hijo, el mensae celestial y la invitación a la generación universal que los profetas habían prometido, desde hacía siglos.

¡Qué exclamación la que salió de los labios de aquel anciano afortunado y emocionado que había recuperado la palabra! "Et tu, puer, propheta Altissimi vocaberis, praeibis enim ante faciem Domini parare vias eius" (Lc 1, 76). (Tú, hijo, serás llamado Profeta del Altísimo, pues irás delante de Él para prepararle el camino.)

Aquel Benedictus, todo en conjunto, cuyo alegre eco nos ha conservado San Lucas, como exaltación del palpitar religioso de todos los siglos, como invitación para toda alma sacerdotal, que saludando la luz de la mañana, de todas las mañanas, es llamada a encontrar en aquella luz como la aparición del rostro de Cristo, renaciendo siempre para salvar y bendecir al mundo, a lo largo de los siglos.

La primera constatación del honor de preferencia, reservado a San Juan Bautista, aparece en seguida en los relatos evangélicos, es decir, a los comienzos del Magisterio Divino de Cristo Salvador, tanto en las primeras páginas de San Mateo, como de San Marcos, San Lucas y San Juan.

Era natural que esta característica singular fuera consagrada rápidamente por la veneración de los siglos, aún a través de las voces de la liturgia y en los monumentos de piedra, y templos, modestos o grandiosos, y que correspondiese a Roma verdaderamente la primacía en el culto a San Juan Bautista, la primacía de estas manifestaciones artísticas y religiosas.

No tratándose de un simple primer puesto como si se dedicara a un santo singular de carácter casi doméstico y local, sino a un verdadero Precursor del Señor corno él fue en su nacimiento y como permaneció en su muerte; su muerte violenta que precedió a la misma de San Esteban Protomártir. 
Es de San Ambrosio la idea de que el Bautista continúa siempre, aún en la acción que el ejerce desde el cielo sobre las almas que él protege, teniéndolas próximas a sí y a su espíritu, en íntima conformidad con cuanto cantó en el Benedictus su anciano padre, enfocando la luz de la fe sobre nuestras almas, enderezando los caminos tortuosos de la vida, impidiéndonos caer en los abismos del error, y ayudándonos a rellenar nuestros valles con las más bellas virtudes, mortificando todo el orgullo humano para postrarnos ante el Señor y dirigir siempre nuestros pasos por los caminos de la paz. (San Ambrosio in Lucam, 1, 38).

Sobre los monumentos de veneración de toda la Iglesia católica a San Juan Bautista, basta recordar los títulos y altísimos merecimientos de este precursor, los prodigiosos acontecimientos acaecidos en su nacimiento, su dignidad de profeta del Altísimo, cerrando el período del Antiguo Testamento y abriendo las puertas del Nuevo, el primer santo canonizado y, reconozcámoslo, canonizado por Cristo en persona cuando dijo en alta voz: "Entre los nacidos de mujer, no hay ninguno más grande que San Juan Bautista" (Mt 11, 11).

Finalmente su glorioso martirio, su cabeza en la bandeja después de la decapitación; "conticescit et adhuc timetur" (calló, y aún es temido). (Ex Libro S. Ambr. Ep. de Virginibus-Liber 3 post initium). Estaba completamente reservado a la veneración del cielo y de la tierra.

Su culto, pues, a diferencia del de los santos, y aun del de los mártires, de fisonomía siempre esplendorosa, pero puramente local, se presenta con aspecto y características universales.
El emperador Constantino, construyó aquí en Letrán el noble baptisterio con el nombre del primer Juan, que poco después sirvió de título a otros muchos baptisterios del siglo IV. Y a él se le dedicó la primera basílica del Salvador, que después de muchas reconstrucciones a lo largo de los siglos, mereció siempre el nombre singular —y ahora como en el pasado— de Sacrosanta Archibasílica Lateranense, madre y cabeza de todas las Iglesias de Roma y del mundo.
Aquel emperador no cesó de construir, puesto que a él se le atribuyen basílicas dedicadas a San Juan Bautista en Ostia, Albano y Constantinopla; y después de él, en el siglo IV y siguientes, en Roma y en todo el Occidente, el culto de San Juan Bautista tuvo una difusión extraordinaria.

Sólo en Roma se contaban una veintena de iglesias con el título de San Juan, a la par que en la serie de los Pontífices, se contaron y fueron honrados por los fieles veintitrés con este nombre, desde Juan I, Papa y mártir (523-526) hasta Juan XXII (1316-1334), Papa del período de Aviñón, y después de seis siglos (1334-1958), el más reciente Juan XXIII, que os habla, indigno de esta tarea y de esta sucesión, pero confiado en el Señor que todo lo sabe, todo lo ve y todo lo gobierna, sirviéndose de quien se abandona en él, bajo los auspicios, aun lejanos, de su gran misericordia y paz, serena y tranquila.
San Juan XXIII, 24 de junio de 1062

MARTIRIO DE SAN JUAN BAUTISTA

Evangelio según San Marcos 6,14-29.
El rey Herodes oyó hablar de Jesús, porque su fama se había extendido por todas partes. Algunos decían: "Juan el Bautista ha resucitado, y por eso se manifiestan en él poderes milagrosos:

Otros afirmaban: "Es Elías". Y otros: "Es un profeta como los antiguos".


Pero Herodes, al oír todo esto, decía: "Este hombre es Juan, a quien yo mandé decapitar y que ha resucitado".
Herodes, en efecto, había hecho arrestar y encarcelar a Juan a causa de Herodías, la mujer de su hermano Felipe, con la que se había casado. Porque Juan decía a Herodes: "No te es lícito tener a la mujer de tu hermano".
Herodías odiaba a Juan e intentaba matarlo, pero no podía,
porque Herodes lo respetaba, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo protegía. Cuando lo oía quedaba perplejo, pero lo escuchaba con gusto.

Un día se presentó la ocasión favorable. Herodes festejaba su cumpleaños, ofreciendo un banquete a sus dignatarios, a sus oficiales y a los notables de Galilea.
La hija de Herodías salió a bailar, y agradó tanto a Herodes y a sus convidados, que el rey dijo a la joven: "Pídeme lo que quieras y te lo daré". Y le aseguró bajo juramento: "Te daré cualquier cosa que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino".
Ella fue a preguntar a su madre: "¿Qué debo pedirle?". "La cabeza de Juan el Bautista", respondió ésta.
La joven volvió rápidamente adonde estaba el rey y le hizo este pedido: "Quiero que me traigas ahora mismo, sobre una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista".
El rey se entristeció mucho, pero a causa de su juramento, y por los convidados, no quiso contrariarla.
En seguida mandó a un guardia que trajera la cabeza de Juan.
El guardia fue a la cárcel y le cortó la cabeza. Después la trajo sobre una bandeja, la entregó a la joven y esta se la dio a su madre.

Cuando los discípulos de Juan lo supieron, fueron a recoger el cadáver y lo sepultaron.

jueves, 4 de febrero de 2016

La Iglesia destinó 150 millones de dólares para atender a los refugiados que llegan a Jordania, Líbano, Irak, Turquía o Egipto

La Santa Sede pide a la comunidad internacional más fondos para acoger a cuatro millones de personas.

Gallagher: "El precio de la crisis se mide con la muerte y el sufrimiento de millones de seres humanos"
La Iglesia Católica destinó en 2015 un total de 150 millones de dólares para la atención de los refugiados que llegan a Jordania, Líbano, Irak, Turquía y Egipto y pide más fondos para 2016.
Más de cuatro millones de personas se han beneficiado de estas donaciones que se recaudaron gracias a los llamamientos de las conferencias episcopales, a los donativos privados y en colaboración con los gobiernos y las organizaciones internacionales.
Así lo ha trasladado el secretario para las Relaciones con los Estados, el arzobispoPaul R. Gallagher, durante la Conferencia de Países Donantes para Siria que ha tenido lugar este jueves en Londres (Reino Unido) y que tiene como objetivo dar respuesta a la crisis humanitaria en Siria.
En 2015, las instituciones católicas destinaron estos fondos a: educación con 37 millones de dólares para programas de formación en el Líbano y Jordania; asistencia alimentaria, con 30 millones de dólares, en su mayoría para Siria; asistencia no alimentaria, con aproximadamente 30 millones de dólares en Siria e Irak; salud, con cerca de 16 millones de dólares destinados al sector sanitario, especialmente en Siria, Jordania e Irak; y vivienda, con 10 millones de dólares para alojamiento de los refugiados y desplazados internos.
Otros 12 millones de dólares han sido utilizados para proporcionar asistencia directa en efectivo, agua y saneamiento, medios de sustento y asistencia socio-psicológica.
 En todo caso, las solicitudes de fondos para el 'Plan Regional para los Refugiados y la Resiliencia 2016-2017 en respuesta a la crisis de Siria (3RP) de las Naciones Unidas' son más altas en 2016. "Teniendo en cuenta las enormes necesidades humanitarias, la Santa Sede une su voz a las peticiones de más fondos para la asistencia a los refugiados y las comunidades de acogida", ha subrayado el arzobispo.
Además, ha mostrado su satisfacción por el hecho de que en esta conferencia de donantes se haya puesto el acento en la necesidad de proporcionar educación, empleo y desarrollo económico.
"A pesar de las esperanzas renovadas de una solución política de la crisis, nuestros esfuerzos humanitarios se concentran cada vez más no sólo en la ayuda de emergencia, sino también en las necesidades a medio y largo plazo de los refugiados y de los países que los reciben", ha apuntado.
Además, ha asegurado el compromiso de la Iglesia católica para seguir prestando asistencia humanitaria en el próximo año y ha explicado que a la hora de ayudar no distinguen por religión. "En la distribución de ayudas, los organismos y los entes católicos no hacen distinciones respecto a la identidad religiosa o étnica de las personas que la necesitan", ha aclarado.

Según ha precisado Gallagher, el mundo se encuentra ante una crisis caracterizada por un creciente sufrimiento, que incluye "casos de desnutrición extrema de niños inocentes y de otros civiles, especialmente entre el gran número de personas atrapadas en zonas de difícil acceso y en estado de sitio" y ha advertido de que "el precio de la crisis se mide con la muerte y el sufrimiento de millones de seres humanos".
Fuente: Religión Digital

El Papa en Santa Marta: La fe es la mayor herencia que podemos dejar

La mayor herencia que podemos dejar a los demás es la fe. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta, durante la que también invitó a no tener miedo de la muerte, porque el recorrido de la vida continúa.

El pensamiento de la muerte ilumina la vida

“En cada vida hay un fin” – subrayó el Papa aludiendo a la lectura del día que se refiere a la muerte del Rey David – y afirmó que se trata de “un pensamiento que no gusta tanto”, que “siempre se encubre” pero que “es la realidad de todos los días”. Pensar “en el último paso” – dijo – es “una luz que ilumina la vida”, “es una realidad que debemos tener siempre ante nosotros”:
“En una de las audiencias del miércoles había entre los enfermos una monjita anciana, pero con un rostro de paz, con una mirada luminosa: ‘¿Cuántos años tiene usted, hermana?’. Y con una sonrisa: ‘Ochenta y tres, pero estoy terminando mi recorrido en esta vida, para comenzar el otro itinerario con el Señor, porque tengo un cáncer en el páncreas’. Y así, en paz, aquella mujer había vivido su vida consagrada con intensidad. No tenía miedo de la muerte: ‘Estoy terminando mi recorrido de vida, para comenzar el otro’. Es un pasaje. Estas cosas nos hacen bien”.

La fe, la más bella herencia

David reinó en Israel durante cuarenta años: “Pero también cuarenta años pasan”, observó Francisco. Antes de morir, David exhortó a su hijo Salomón a observar la Ley del Señor. Él había pecado mucho en su vida, pero había aprendido a pedir perdón y la Iglesia lo llama “el Santo Rey David. ¡Pecador, pero Santo!”. Ahora, en punto de muerte, deja al hijo “la herencia más bella y más grande que un hombre o una mujer puede dejar a los hijos: deja la fe”:
“Cuando se hace testamento la gente dice: ‘A éste le dejo esto, a éste le dejo aquello, a éste le dejo esto…’. Sí, está bien, pero la herencia más bella, la mayor herencia que un hombre, una mujer, puede dejar a sus hijos es la fe. Y David hace memoria de las promesas de Dios, hace memoria de su propia fe en estas promesas y se las recuerda a su hijo.  Dejar la fe en herencia. Cuando en la ceremonia del Bautismo damos a los padres la vela encendida, la luz de la fe, les estamos diciendo: ‘Consérvala, hazla crecer en tu hijo y en tu hija y déjala como herencia’. Dejar la fe como herencia, esto nos enseña David, y muere así, sencillamente como cada hombre. Pero sabe bien qué aconsejar a su hijo y cuál es la mejor herencia que le deja: ¡no el reino, sino la fe!”.

Dios es Padre fiel que jamás decepciona

El Santo Padre concluyó su homilía invitando a la asamblea a preguntarse: “¿Cuál es la herencia que yo dejo con mi vida?”:
“¿Dejo la herencia de un hombre, de una mujer de fe? ¿Les dejo esta herencia a los míos? Pidamos al Señor dos cosas: no tener miedo de este último paso, como la hermana de la audiencia del miércoles – ‘Estoy terminando mi recorrido y comienzo el otro’ – no tener miedo; y la segunda, que todos nosotros podamos dejar con nuestra vida, como la mejor herencia, la fe, la fe en este Dios fiel, este Dios que está junto a nosotros siempre, este Dios que es Padre y jamás decepciona”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).

COMENTARIO AL EVANGELIO DE HOY POR BENEDICTO XVI



En el Evangelio de hoy, Jesús toma la iniciativa de enviar a los doce apóstoles en misión (cf. Mc 6, 7-13). En efecto, el término «apóstoles» significa precisamente «enviados, mandados». Su vocación se realizará plenamente después de la resurrección de Cristo, con el don del Espíritu Santo en Pentecostés.

Sin embargo, es muy importante que desde el principio Jesús quiere involucrar a los Doce en su acción: es una especie de «aprendizaje» en vista de la gran responsabilidad que les espera. El hecho de que Jesús llame a algunos discípulos a colaborar directamente en su misión, manifiesta un aspecto de su amor: esto es, Él no desdeña la ayuda que otros hombres pueden dar a su obra; conoce sus límites, sus debilidades, pero no los desprecia; es más, les confiere la dignidad de ser sus enviados. 

Jesús los manda de dos en dos y les da instrucciones, que el evangelista resume en pocas frases. La primera se refiere al espíritu de desprendimiento: los apóstoles no deben estar apegados al dinero ni a la comodidad. 

Jesús además advierte a los discípulos de que no recibirán siempre una acogida favorable: a veces serán rechazados; incluso puede que hasta sean perseguidos. Pero esto no les tiene que impresionar: deben hablar en nombre de Jesús y predicar el Reino de Dios, sin preocuparse de tener éxito. El éxito se lo dejan a Dios. 

Los enviados de Dios a menudo no son bien recibidos. Este es el caso del profeta Amós, enviado por Dios a profetizar en el santuario de Betel (…) Amasías, sacerdote de Betel, ordena a Amós que se marche. Él responde que no ha sido él quien ha elegido esta misión, sino que el Señor le ha enviado precisamente allí. Por lo tanto, ya se le acepte o rechace, seguirá profetizando, predicando lo que Dios dice y no lo que los hombres quieren oír decir.

Y este sigue siendo el mandato de la Iglesia: no predica lo que quieren oír decir los poderosos. Y su criterio es la verdad y la justicia aunque esté contra los aplausos y contra el poder humano. 

Igualmente, en el Evangelio Jesús advierte a los Doce que podrá ocurrir que en alguna localidad sean rechazados. En tal caso deberán irse a otro lugar, tras haber realizado ante la gente el gesto de sacudir el polvo de los pies, signo que expresa el desprendimiento en dos sentidos: desprendimiento moral —como decir: el anuncio os ha sido hecho, vosotros sois quienes lo rechazáis—; y desprendimiento material —no hemos querido y nada queremos para nosotros-.

La otra indicación muy importante del pasaje evangélico es que los Doce no pueden conformarse con predicar la conversión: a la predicación se debe acompañar, según las instrucciones y el ejemplo de Jesús, la curación de los enfermos; curación corporal y espiritual. Habla de las sanaciones concretas de las enfermedades, habla también de expulsar los demonios, o sea, purificar la mente humana, limpiar, limpiar los ojos del alma que están oscurecidos por las ideologías y por ello no pueden ver a Dios, no pueden ver la verdad y la justicia. 

Esta doble curación corporal y espiritual es siempre el mandato de los discípulos de Cristo. Por lo tanto la misión apostólica debe siempre comprender los dos aspectos de predicación de la Palabra de Dios y de manifestación de su bondad con gestos de caridad, de servicio y de entrega. 

(…) Jesús instruyó, preparó, formó a sus discípulos, también mediante el «aprendizaje» misionero, para que fueran capaces de asumir la responsabilidad apostólica en la Iglesia. En la comunidad cristiana éste es siempre el primer servicio que ofrecen los responsables: a partir de los padres, que en la familia cumplen la misión educativa con los hijos; pensemos en los párrocos, que son responsables de la formación en la comunidad; en todos los sacerdotes, en los distintos ámbitos de trabajo: todos viven una dimensión educativa prioritaria; y los fieles laicos… están involucrados en el servicio formativo con los jóvenes o los adultos… o comprometidos en ambientes civiles y sociales, siempre con una fuerte atención en la formación de las personas. 
El Señor llama a todos, distribuyendo diversos dones para diversas tareas en la Iglesia… Dios llama: es necesario escuchar, acoger, responder. Como María: «Heme aquí, que se cumpla en mí según tu palabra» (cf. Lc 1, 38)…

Permaneced firmes en la fe, arraigados en Cristo mediante la Palabra y la Eucaristía; sed gente que ora para estar siempre unidos a Cristo, como sarmientos a la vid, y al mismo tiempo id, llevad su mensaje a todos, especialmente a los pequeños, a los pobres, a los que sufren. En cada comunidad quereos entre vosotros; no estéis divididos, sino vivid como hermanos, para que el mundo crea que Jesús está vivo en su Iglesia y el Reino de Dios está cerca… para que vuestra comunidad se renueve en la fe y dé de ella claro testimonio con las obras de la caridad. Amén.
(Benedicto XVI, homilía del 15 de julio de 2012)

FUERON A PREDICAR, EXHORTANDO A LA CONVERSIÓN


Evangelio según San Marcos 6,7-13.
Entonces llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros.
Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero; que fueran calzados con sandalias, y que no tuvieran dos túnicas.
Les dijo: "Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir.
Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos".

Entonces fueron a predicar, exhortando a la conversión; expulsaron a muchos demonios y curaron a numerosos enfermos, ungiéndolos con óleo.
Palabra del Señor.

miércoles, 3 de febrero de 2016

Catequesis del Papa: “Sólo perdonando y deseando el bien se obtiene la justicia”

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
La Sagrada Escritura nos presenta a Dios como misericordia infinita, pero también como justicia perfecta. ¿Cómo conciliar las dos cosas? ¿Cómo se articula la realidad de la misericordia con las exigencias de la justicia? Podría parecer que sean dos realidades que se contradicen; en realidad no es así, porque es justamente la misericordia de Dios que lleva a cumplimiento la verdadera justicia. Es propio la misericordia de Dios que lleva a cumplimiento la verdadera justicia. ¿Pero, de qué justicia se trata?
Si pensamos en la administración legal de la justicia, vemos que quien se considera víctima de una injusticia se dirige al juez en un tribunal y pide que se haga justicia. Se trata de una justicia retributiva, que aplica una pena al culpable, según el principio que a cada uno debe ser dado lo que le corresponde. Como recita el libro de los Proverbios: «Así como la justicia conduce a la vida, el que va detrás del mal camina hacia la muerte» (11,19). También Jesús lo dice en la parábola de la viuda que iba repetidas veces al juez y le pedía: «Te ruego que me hagas justicia contra mi adversario» (Lc 18,3).
Pero este camino no lleva todavía a la verdadera justicia porque en realidad no vence el mal, sino simplemente lo circunscribe. En cambio, es solo respondiendo a esto con el bien que el mal puede ser verdaderamente vencido.
Entonces hay aquí otro modo de hacer justicia que la Biblia nos presenta como camino maestro a seguir. Se trata de un procedimiento que evita recurrir a un tribunal y prevé que la víctima se dirija directamente al culpable para invitarlo a la conversión, ayudándolo a entender que está haciendo el mal, apelándose a su conciencia. En este modo, finalmente arrepentido y reconociendo su proprio error, él puede abrirse al perdón que la parte agraviada le está ofreciendo. Y esto es bello: la persuasión; esto está mal, esto es así… El corazón se abre al perdón que le es ofrecido. Es este el modo de resolver los contrastes al interno de las familias, en las relaciones entre esposos o entre padres e hijos, donde el ofendido ama al culpable y desea salvar la relación que lo une al otro. No corten esta relación, este vínculo.
Cierto, este es un camino difícil. Requiere que quien ha sufrido el mal esté listo a perdonar y desear la salvación y el bien de quien lo ha ofendido. Pero solo así la justicia puede triunfar, porque, si el culpable reconoce el mal hecho y deja de hacerlo, es ahí que el mal no existe más, y aquel que era injusto se hace justo, porque es perdonado y ayudado a encontrar la camino del bien. Y aquí está justamente el perdón, la misericordia.
Es así que Dios actúa en relación a nosotros pecadores. El Señor continuamente nos ofrece su perdón y nos ayuda a acogerlo y a tomar conciencia de nuestro mal para poder liberarnos. Porque Dios no quiere nuestra condena, sino nuestra salvación. ¡Dios no quiere la condena de ninguno, de ninguno! Alguno de ustedes podrá hacerme la pregunta: ¿Pero padre, la condena de Pilatos se la merecía? ¿Dios la quería? ¡No! ¡Dios quería salvar a Pilatos y también a Judas, a todos! ¡Él, el Señor de la misericordia quiere salvar a todos! El problema es dejar que Él entre en el corazón. Todas las palabras de los profetas son un llamado apasionado y lleno de amor que busca nuestra conversión. Es esto lo que el Señor dice por medio del profeta Ezequiel: «¿Acaso deseo yo la muerte del pecador … y no que se convierta de su mala conducta y viva?» (18,23; Cfr. 33,11), ¡aquello que le gusta a Dios!
Y este es el corazón de Dios, un corazón de Padre que ama y quiere que sus hijos vivan en el bien y en la justicia, y por ello vivan en plenitud y sean felices. Un corazón de Padre que va más allá de nuestro pequeño concepto de justicia para abrirnos a los horizontes ilimitados de su misericordia. Un corazón de Padre que nos trata según nuestros pecados y nos paga según nuestras culpas. Y precisamente es un corazón de Padre el que queremos encontrar cuando vamos al confesionario. Tal vez nos dirá alguna cosa para hacernos entender mejor el mal, pero en el confesionario todos vamos a encontrar un padre; un padre que nos ayude a cambiar de vida; un padre que nos de la fuerza para ir adelante; un padre que nos perdone en nombre de Dios. Y por esto ser confesores es una responsabilidad muy grande, muy grande, porque aquel hijo, aquella hija que se acerca a ti busca solamente encontrar un padre. Y tú, sacerdote, que estás ahí en el confesionario, tú estás ahí en el lugar del Padre que hace justicia con su misericordia. Gracias.

(Traducción del italiano: Renato Martinez - Radio Vaticano)

Ejemplos de la misericordia de Dios en el Antiguo Testamento


Ez 34,11 "Porque así dice el Señor Yahvé: Aquí estoy yo; yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él.  12 Como un pastor vela por su rebaño cuando se encuentra en medio de sus ovejas dispersas, así velaré yo por mis ovejas. Las recobraré de todos los lugares donde se habían dispersado en día de nubes y brumas.  13 Las sacaré de en medio de los pueblos, las reuniré de los países, y las llevaré de nuevo a su suelo. Las pastorearé por los montes de Israel, por los barrancos y por todos los poblados de esta tierra.  14 Las apacentaré en buenos pastos, y su majada estará en los montes de la excelsa Israel. Allí reposarán en buena majada; y pacerán pingües pastos por los montes de Israel.  15 Yo mismo apacentaré mis ovejas y yo las llevaré a reposar, oráculo del Señor Yahvé.  16 Buscaré la oveja perdida, tornaré a la descarriada, curaré a la herida, confortaré a la enferma; pero a la que está gorda y robusta la exterminaré; las pastorearé con justicia.



Is 54, 6 . Porque como a mujer abandonada y de contristado espíritu, te llamó Yahveh; y la mujer de la juventud ¿es repudiada? - dice tu Dios. 7 . Por un breve instante te abandoné, pero con gran compasión te recogeré. 8 . En un arranque de furor te oculté mi rostro por un instante, pero con amor eterno te he compadecido - dice Yahveh tu Redentor. 9 . Será para mí como en tiempos de Noé: como juré que no pasarían las aguas de Noé más sobre la tierra, así he jurado que no me irritaré mas contra ti ni te amenazaré. 10 . Porque los montes se correrán y las colinas se moverán, mas mi amor de tu lado no se apartará y mi alianza de paz no se moverá - dice Yahveh, que tiene compasión de ti. 

Oriente Medio: Ayuda a la Iglesia Necesitada propone jornada de oración y ayuno por la paz

«Ayuda a la Iglesia Necesitada es como una madre para nosotros cristianos de Siria e Irak. Sin vosotros, muchos de nosotros estaríamos muertos o hubiéramos emigrado. Tenemos necesidad extrema de vuestra ayuda, pero lo que os pedimos ahora es la misericordia. Rezad y ayunad para que el Señor tenga misericordia de nosotros».
Este es el llamamiento que ha llegado hasta Ayuda a la Iglesia Necesitada de parte de patriarca caldeo Louis Raphael I Sako que, junto al patriarca melquita Gregorios III Laham, ha enviado a benefactores, voluntarios, trabajadores y colaboradores de las 21 sedes de AIN en el mundo, para rezar y ayunar por la paz «en nuestras amadas naciones».
Por esta razón, AIN ha decidido promover una jornada mundial de oración y ayuno para la paz en Siria e Irak, para el miércoles de ceniza, 10 de febrero, invitando a todos los cristianos del mundo a adherirse a la iniciativa que lleva por título: ¿Llevarás su Cruz por un día? En el miércoles de ceniza reza y ayuna por Irak y Siria.
También se puede formar parte de la campa a través de las redes sociales, utilizando los hashtag #fastandpray #carrythecross y #AshWednesday.
Desde el inicio de la crisis siria en marzo de 2011, AIN ha realizado proyectos para apoyar a la población de Siria e Irak por un total de 27 millones y 670 mil euros.

Zenit

Reflexión por Benedicto XVI del Evangelio de Marcos 6,1-6

Queridos hermanos y hermanas:
Voy a reflexionar brevemente sobre este pasaje evangélico, un texto del que se tomó la famosa frase «Nadie es profeta en su patria», es decir, ningún profeta es bien recibido entre las personas que lo vieron crecer (cf. Mc 6, 4). 
De hecho, Jesús, después de dejar Nazaret, cuando tenía cerca de treinta años, y de predicar y obrar curaciones desde hacía algún tiempo en otras partes, regresó una vez a su pueblo y se puso a enseñar en la sinagoga.
Sus conciudadanos «quedaban asombrados» por su sabiduría y, dado que lo conocían como el «hijo de María», el «carpintero» que había vivido en medio de ellos, en lugar de acogerlo con fe se escandalizaban de Él (cf. Mc 6, 2-3).
Este hecho es comprensible, porque la familiaridad en el plano humano hace difícil ir más allá y abrirse a la dimensión divina. A ellos les resulta difícil creer que este carpintero sea Hijo de Dios. Jesús mismo les pone como ejemplo la experiencia de los profetas de Israel, que precisamente en su patria habían sido objeto de desprecio, y se identifica con ellos.
Debido a esta cerrazón espiritual, Jesús no pudo realizar en Nazaret «ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos» (Mc 6, 5). De hecho, los milagros de Cristo no son una exhibición de poder, sino signos del amor de Dios, que se actúa allí donde encuentra la fe del hombre, es una reciprocidad. 
Orígenes escribe: «Así como para los cuerpos hay una atracción natural de unos hacia otros, como el imán al hierro, así esa fe ejerce una atracción sobre el poder divino» (Comentario al Evangelio de Mateo 10, 19).
Por tanto, parece que Jesús —como se dice— se da a sí mismo una razón de la mala acogida que encuentra en Nazaret. En cambio, al final del relato, encontramos una observación que dice precisamente lo contrario.
El evangelista escribe que Jesús «se admiraba de su falta de fe» (Mc 6, 6). Al estupor de sus conciudadanos, que se escandalizan, corresponde el asombro de Jesús. También Él, en cierto sentido, se escandaliza. Aunque sabe que ningún profeta es bien recibido en su patria, sin embargo la cerrazón de corazón de su gente le resulta oscura, impenetrable: ¿Cómo es posible que no reconozcan la luz de la Verdad? ¿Por qué no se abren a la bondad de Dios, que quiso compartir nuestra humanidad?
De hecho, el hombre Jesús de Nazaret es la transparencia de Dios, en Él Dios habita plenamente. Y mientras nosotros siempre buscamos otros signos, otros prodigios, no nos damos cuenta de que el verdadero Signo es Él, Dios hecho carne; Él es el milagro más grande del universo: todo el amor de Dios contenido en un corazón humano, en el rostro de un hombre.

Quien entendió verdaderamente esta realidad es la Virgen María, bienaventurada porque creyó (cf. Lc 1, 45). María no se escandalizó de su Hijo: su asombro por Él está lleno de fe, lleno de amor y de alegría, al verlo tan humano y a la vez tan divino. Así pues, aprendamos de ella, nuestra Madre en la fe, a reconocer en la humanidad de Cristo la revelación perfecta de Dios.
(Benedicto XVI, Ángelus del 8 de julio de 2012)

No desprecian a un profeta más que en su tierra


Lectura del santo Evangelio según san Marcos 6, 1-6 

En aquel tiempo, Jesús se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos. 
Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: -«¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?». 
Y se escandalizaban a cuenta de él. Les decía: -«No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.» 
No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

Palabra del Señor.

martes, 2 de febrero de 2016

Manuel María Bru: "Desinformación, difamación, calumnias"."Esto es darle una bofetada a Jesús", dijo el Papa

El Papa Francisco, que habla con tanta claridad, se ha mostrado dolido varias veces por un mal diabólico que arruina las relaciones humanas, las familias, las instituciones, las empresas, los grupos... En la sociedad, y también, desgraciadamente, en la Iglesia. No es solo el mal del cotilleo, sino un mal aún mucho peor, que es el mal de la desinformación, la difamación y la calumnia unidos al cotilleo, también al clerical, que no solo se contagia entre los clérigos, sino también entre los laicos. Hay algo mucho peor que un clérigo laicizado, y es un laico clericalizado. Y si además ese triple mal se hace en el ámbito de las publicaciones y de las redes sociales, crece exponencialmente, tanto en su responsabilidad moral como jurídica.

Denunciaba el Papa por un lado la desinformación, que consiste en «decir solo la mitad que nos conviene y no la otra mitad». En muchos casos ni siquiera hay una verdad a medias, sino que, de cabo a rabo, se engaña, se inventa una información de principio a fin a sabiendas de que es mentira, con el único propósito de hacer daño.

En segundo lugar está la difamación: «Cuando una persona realmente tiene un defecto, y ha errado, entonces contadlo... ¡Y la fama de esta persona está arruinada!». Y la tercera es la calumnia: «Decir cosas que no son ciertas. ¡Eso es también matar a su hermano!». Todas ellas, decía el Papa, la desinformación, la difamación y la calumnia, «¡son pecado! ¡Este es el pecado! Esto es darle una bofetada a Jesús en la persona de sus hijos, de sus hermanos».

Los sacerdotes somos un blanco fácil para la desinformación, la difamación, y la calumnia. Somos personas socialmente vulnerables. Cae sobre nosotros, por parte de la cultura dominante, una ligera guillotina que cuelga fácilmente de cualquier esquina. Incluso los críticos con esa misma cultura anticlerical la pueden aprovechar cuando quieren acabar con la confianza privada y pública sobre un sacerdote. Basta inventar algo, o insinuar algo, o decir una verdad a medias, y ese sacerdote puede quedar herido en el desarrollo de su vocación sacerdotal para siempre.

Siempre se puede insinuar que un sacerdote quiere y pide cuotas de poder, aunque siguiendo la santa recomendación de san Vicente de Paul, jamás haya «ni pedido nada ni rehusado nada» a sus superiores. Yo no conozco a ningún sacerdote que le haya pedido a su obispo cargo alguno. A lo sumo, le ha dado su opinión, favorable o adversa, sobre la propuesta de un destino cuando la ha recibido.

Pero más fácil aún que esto es insinuar que un sacerdote es un pervertido. Eso hace saltar no las alarmas, sino los focos del interés mediático. Por un lado, no faltan precedentes en la triste historia de los abusos en la Iglesia. Por otro, qué mejor arma contra ella que estos escándalos, reales o ficticios. ¡Es tan fácil, y tan barato, y tan inmediato, insinuar o hacer este tipo de calumnias! Tal vez no haga cuenta ir uno a uno porque, para bien o para mal, no somos pocos los sacerdotes. Pero basta con que alguien le tome inquina a un sacerdote, casi siempre por no doblegarse ni ideológicamente ni efectivamente a sus requerimientos interesados, y que este caiga en la tentación de calumniarlo.

Nadie va a comprobarlo. Los enemigos de la Iglesia lo aprovecharán hasta la saciedad, y no pocos católicos se callarán por no molestarse, y se escudarán en el «si el río suena, agua lleva», que es el complemento perfecto a otro refrán tan mezquino como el primero: «Miente, que algo queda».


A lo largo de mis veintiséis años de sacerdocio he recibido de todo: desinformaciones, difamaciones y calumnias. Y las sigo recibiendo. A veces las tres cosas en un solo día. Y por supuesto públicamente. Sé que haber tenido responsabilidades en la presencia eclesial en los medios de comunicación me hace más vulnerable aún a este tipo de acoso y derribo, que, por otro lado, va inherente al sacerdocio por ser el sacerdocio de Cristo, que es el gran injuriado, difamado y calumniado de la historia.

Toca siempre abrazar este dolor. Y si uno cuenta con el apoyo de muchos hermanos, sacerdotes o laicos, ese dolor es más llevadero. El apoyo más importante, lógicamente, es el del obispo. Porque el sacerdote para el mundo es un incomprendido, es social y culturalmente un huérfano. Solo el obispo puede ejercer esa paternidad para con sus sacerdotes que les rescate del pozo al que los desinformadores, difamadores y calumniadores quieren encerrar a los sacerdotes a los que acosan. Si este falla, que puede fallar porque también es humano, sabemos que siempre hay alguien que nunca falla. ¡Solo Dios! Solo Él basta. Pero gracias a Dios, a mí mi querido obispo no me falla. Además, también él, como la mayoría de los obispos, son blancos predilectos de la desinformación, la difamación y la calumnia. Lo que nos une sacramentalmente nos une también cotidianamente y mediáticamente: la deshonra de la cruz.
No se crean lo que digan a la primera de los sacerdotes, o de los obispos, no solo en general, sino sobre fulano o mengano en particular. Tiene muchas posibilidades de que sea falso (o parcialmente o completamente falso), y de que sea difamatorio (vamos, que quienes lo difunden solo busquen arruinar el prestigio que tengan), y que sea calumnioso, que a la postre es querer acabar si no física, sí moralmente con alguien. Esa es su parte para no hacerle el juego al maligno.
¿La nuestra? Por nuestra parte, solo nos queda una cosa, hacernos las mismas preguntas y creernos de verdad las mismas respuestas que se hacía san Pablo: «¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo? ¿La aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?, como dice la Escritura: Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza. Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado». (Rom. 8, 32-38).

(Manuel María Bru, Alfa y Omega)

MIRAR A CRISTO.


Presentación de Jesús en el Templo por el Papa Francisco

La fiesta de la Presentación de Jesús en el templo es llamada también fiesta del encuentro: en la liturgia, se dice al inicio que Jesús va al encuentro de su pueblo, es el encuentro entre Jesús y su pueblo; cuando María y José llevaron a su niño al Templo de Jerusalén, tuvo lugar el primer encuentro entre Jesús y su pueblo, representado por los dos ancianos Simeón y Ana.
Ese fue un encuentro en el seno de la historia del pueblo, un encuentro entre los jóvenes y los ancianos: los jóvenes eran María y José, con su recién nacido; y los ancianos eran Simeón y Ana, dos personajes que frecuentaban siempre el Templo.
Observemos lo que el evangelista Lucas nos dice de ellos, cómo les describe. De la Virgen y san José repite cuatro veces que querían cumplir lo que estaba prescrito por la Ley del Señor (cf. Lc 2, 22.23.24.27). Se entiende, casi se percibe, que los padres de Jesús tienen la alegría de observar los preceptos de Dios, sí, la alegría de caminar en la Ley del Señor. Son dos recién casados, apenas han tenido a su niño, y están totalmente animados por el deseo de realizar lo que está prescrito. Esto no es un hecho exterior, no es para sentirse bien, ¡no! Es un deseo fuerte, profundo, lleno de alegría. Es lo que dice el Salmo: «Mi alegría es el camino de tus preceptos... Tu ley será mi delicia (119, 14.77).
¿Y qué dice san Lucas de los ancianos? Destaca más de una vez que eran conducidos por el Espíritu Santo. De Simeón afirma que era un hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel, y que «el Espíritu Santo estaba con él» (2, 25); dice que «el Espíritu Santo le había revelado» que antes de morir vería al Cristo, al Mesías (v. 26); y por último que fue al Templo «impulsado por el Espíritu» (v. 27). De Ana dice luego que era una «profetisa» (v. 36), es decir, inspirada por Dios; y que estaba siempre en el Templo «sirviendo a Dios con ayunos y oraciones» (v. 37). En definitiva, estos dos ancianos están llenos de vida. Están llenos de vida porque están animados por el Espíritu Santo, dóciles a su acción, sensibles a sus peticiones...
He aquí el encuentro entre la Sagrada Familia y estos dos representantes del pueblo santo de Dios. En el centro está Jesús. Es Él quien mueve a todos, quien atrae a unos y a otros al Templo, que es la casa de su Padre.
Es un encuentro entre los jóvenes llenos de alegría al cumplir la Ley del Señor y los ancianos llenos de alegría por la acción del Espíritu Santo. Es un singular encuentro entre observancia y profecía, donde los jóvenes son los observantes y los ancianos son los proféticos. En realidad, si reflexionamos bien, la observancia de la Ley está animada por el Espíritu mismo, y la profecía se mueve por la senda trazada por la Ley. ¿Quién está más lleno del Espíritu Santo que María? ¿Quién es más dócil que ella a su acción?

A la luz de esta escena evangélica miremos a la vida consagrada como un encuentro con Cristo: es Él quien viene a nosotros, traído por María y José, y somos nosotros quienes vamos hacia Él, conducidos por el Espíritu Santo. Pero en el centro está Él. Él lo mueve todo, Él nos atrae al Templo, a la Iglesia, donde podemos encontrarle, reconocerle, acogerle y abrazarle.
Jesús viene a nuestro encuentro en la Iglesia a través del carisma fundacional de un Instituto: ¡es hermoso pensar así nuestra vocación! Nuestro encuentro con Cristo tomó su forma en la Iglesia mediante el carisma de un testigo suyo, de una testigo suya. Esto siempre nos asombra y nos lleva a dar gracias.
Y también en la vida consagrada se vive el encuentro entre los jóvenes y los ancianos, entre observancia y profecía. No lo veamos como dos realidades contrarias. Dejemos más bien que el Espíritu Santo anime a ambas, y el signo de ello es la alegría: la alegría de observar, de caminar en la regla de vida; y la alegría de ser conducidos por el Espíritu, nunca rígidos, nunca cerrados, siempre abiertos a la voz de Dios que habla, que abre, que conduce, que nos invita a ir hacia el horizonte.
Hace bien a los ancianos comunicar la sabiduría a los jóvenes; y hace bien a los jóvenes recoger este patrimonio de experiencia y de sabiduría, y llevarlo adelante, no para custodiarlo en un museo, sino para llevarlo adelante afrontando los desafíos que la vida nos presenta, llevarlo adelante por el bien de las respectivas familias religiosas y de toda la Iglesia.
Que la gracia de este misterio, el misterio del encuentro, nos ilumine y nos consuele en nuestro camino. Amén.

Papa Francisco Domingo 2 de febrero de 2014

MIS OJOS HAN VISTO LA SALVACIÓN

Evangelio según San Lucas 2,22-40.

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor.

También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor.

Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:

"Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel".

Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de Él.

Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: "Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos".


Estaba también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones.

Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea.

El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con Él.