miércoles, 3 de febrero de 2016

Reflexión por Benedicto XVI del Evangelio de Marcos 6,1-6

Queridos hermanos y hermanas:
Voy a reflexionar brevemente sobre este pasaje evangélico, un texto del que se tomó la famosa frase «Nadie es profeta en su patria», es decir, ningún profeta es bien recibido entre las personas que lo vieron crecer (cf. Mc 6, 4). 
De hecho, Jesús, después de dejar Nazaret, cuando tenía cerca de treinta años, y de predicar y obrar curaciones desde hacía algún tiempo en otras partes, regresó una vez a su pueblo y se puso a enseñar en la sinagoga.
Sus conciudadanos «quedaban asombrados» por su sabiduría y, dado que lo conocían como el «hijo de María», el «carpintero» que había vivido en medio de ellos, en lugar de acogerlo con fe se escandalizaban de Él (cf. Mc 6, 2-3).
Este hecho es comprensible, porque la familiaridad en el plano humano hace difícil ir más allá y abrirse a la dimensión divina. A ellos les resulta difícil creer que este carpintero sea Hijo de Dios. Jesús mismo les pone como ejemplo la experiencia de los profetas de Israel, que precisamente en su patria habían sido objeto de desprecio, y se identifica con ellos.
Debido a esta cerrazón espiritual, Jesús no pudo realizar en Nazaret «ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos» (Mc 6, 5). De hecho, los milagros de Cristo no son una exhibición de poder, sino signos del amor de Dios, que se actúa allí donde encuentra la fe del hombre, es una reciprocidad. 
Orígenes escribe: «Así como para los cuerpos hay una atracción natural de unos hacia otros, como el imán al hierro, así esa fe ejerce una atracción sobre el poder divino» (Comentario al Evangelio de Mateo 10, 19).
Por tanto, parece que Jesús —como se dice— se da a sí mismo una razón de la mala acogida que encuentra en Nazaret. En cambio, al final del relato, encontramos una observación que dice precisamente lo contrario.
El evangelista escribe que Jesús «se admiraba de su falta de fe» (Mc 6, 6). Al estupor de sus conciudadanos, que se escandalizan, corresponde el asombro de Jesús. También Él, en cierto sentido, se escandaliza. Aunque sabe que ningún profeta es bien recibido en su patria, sin embargo la cerrazón de corazón de su gente le resulta oscura, impenetrable: ¿Cómo es posible que no reconozcan la luz de la Verdad? ¿Por qué no se abren a la bondad de Dios, que quiso compartir nuestra humanidad?
De hecho, el hombre Jesús de Nazaret es la transparencia de Dios, en Él Dios habita plenamente. Y mientras nosotros siempre buscamos otros signos, otros prodigios, no nos damos cuenta de que el verdadero Signo es Él, Dios hecho carne; Él es el milagro más grande del universo: todo el amor de Dios contenido en un corazón humano, en el rostro de un hombre.

Quien entendió verdaderamente esta realidad es la Virgen María, bienaventurada porque creyó (cf. Lc 1, 45). María no se escandalizó de su Hijo: su asombro por Él está lleno de fe, lleno de amor y de alegría, al verlo tan humano y a la vez tan divino. Así pues, aprendamos de ella, nuestra Madre en la fe, a reconocer en la humanidad de Cristo la revelación perfecta de Dios.
(Benedicto XVI, Ángelus del 8 de julio de 2012)

No desprecian a un profeta más que en su tierra


Lectura del santo Evangelio según san Marcos 6, 1-6 

En aquel tiempo, Jesús se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos. 
Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: -«¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?». 
Y se escandalizaban a cuenta de él. Les decía: -«No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.» 
No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

Palabra del Señor.

martes, 2 de febrero de 2016

Manuel María Bru: "Desinformación, difamación, calumnias"."Esto es darle una bofetada a Jesús", dijo el Papa

El Papa Francisco, que habla con tanta claridad, se ha mostrado dolido varias veces por un mal diabólico que arruina las relaciones humanas, las familias, las instituciones, las empresas, los grupos... En la sociedad, y también, desgraciadamente, en la Iglesia. No es solo el mal del cotilleo, sino un mal aún mucho peor, que es el mal de la desinformación, la difamación y la calumnia unidos al cotilleo, también al clerical, que no solo se contagia entre los clérigos, sino también entre los laicos. Hay algo mucho peor que un clérigo laicizado, y es un laico clericalizado. Y si además ese triple mal se hace en el ámbito de las publicaciones y de las redes sociales, crece exponencialmente, tanto en su responsabilidad moral como jurídica.

Denunciaba el Papa por un lado la desinformación, que consiste en «decir solo la mitad que nos conviene y no la otra mitad». En muchos casos ni siquiera hay una verdad a medias, sino que, de cabo a rabo, se engaña, se inventa una información de principio a fin a sabiendas de que es mentira, con el único propósito de hacer daño.

En segundo lugar está la difamación: «Cuando una persona realmente tiene un defecto, y ha errado, entonces contadlo... ¡Y la fama de esta persona está arruinada!». Y la tercera es la calumnia: «Decir cosas que no son ciertas. ¡Eso es también matar a su hermano!». Todas ellas, decía el Papa, la desinformación, la difamación y la calumnia, «¡son pecado! ¡Este es el pecado! Esto es darle una bofetada a Jesús en la persona de sus hijos, de sus hermanos».

Los sacerdotes somos un blanco fácil para la desinformación, la difamación, y la calumnia. Somos personas socialmente vulnerables. Cae sobre nosotros, por parte de la cultura dominante, una ligera guillotina que cuelga fácilmente de cualquier esquina. Incluso los críticos con esa misma cultura anticlerical la pueden aprovechar cuando quieren acabar con la confianza privada y pública sobre un sacerdote. Basta inventar algo, o insinuar algo, o decir una verdad a medias, y ese sacerdote puede quedar herido en el desarrollo de su vocación sacerdotal para siempre.

Siempre se puede insinuar que un sacerdote quiere y pide cuotas de poder, aunque siguiendo la santa recomendación de san Vicente de Paul, jamás haya «ni pedido nada ni rehusado nada» a sus superiores. Yo no conozco a ningún sacerdote que le haya pedido a su obispo cargo alguno. A lo sumo, le ha dado su opinión, favorable o adversa, sobre la propuesta de un destino cuando la ha recibido.

Pero más fácil aún que esto es insinuar que un sacerdote es un pervertido. Eso hace saltar no las alarmas, sino los focos del interés mediático. Por un lado, no faltan precedentes en la triste historia de los abusos en la Iglesia. Por otro, qué mejor arma contra ella que estos escándalos, reales o ficticios. ¡Es tan fácil, y tan barato, y tan inmediato, insinuar o hacer este tipo de calumnias! Tal vez no haga cuenta ir uno a uno porque, para bien o para mal, no somos pocos los sacerdotes. Pero basta con que alguien le tome inquina a un sacerdote, casi siempre por no doblegarse ni ideológicamente ni efectivamente a sus requerimientos interesados, y que este caiga en la tentación de calumniarlo.

Nadie va a comprobarlo. Los enemigos de la Iglesia lo aprovecharán hasta la saciedad, y no pocos católicos se callarán por no molestarse, y se escudarán en el «si el río suena, agua lleva», que es el complemento perfecto a otro refrán tan mezquino como el primero: «Miente, que algo queda».


A lo largo de mis veintiséis años de sacerdocio he recibido de todo: desinformaciones, difamaciones y calumnias. Y las sigo recibiendo. A veces las tres cosas en un solo día. Y por supuesto públicamente. Sé que haber tenido responsabilidades en la presencia eclesial en los medios de comunicación me hace más vulnerable aún a este tipo de acoso y derribo, que, por otro lado, va inherente al sacerdocio por ser el sacerdocio de Cristo, que es el gran injuriado, difamado y calumniado de la historia.

Toca siempre abrazar este dolor. Y si uno cuenta con el apoyo de muchos hermanos, sacerdotes o laicos, ese dolor es más llevadero. El apoyo más importante, lógicamente, es el del obispo. Porque el sacerdote para el mundo es un incomprendido, es social y culturalmente un huérfano. Solo el obispo puede ejercer esa paternidad para con sus sacerdotes que les rescate del pozo al que los desinformadores, difamadores y calumniadores quieren encerrar a los sacerdotes a los que acosan. Si este falla, que puede fallar porque también es humano, sabemos que siempre hay alguien que nunca falla. ¡Solo Dios! Solo Él basta. Pero gracias a Dios, a mí mi querido obispo no me falla. Además, también él, como la mayoría de los obispos, son blancos predilectos de la desinformación, la difamación y la calumnia. Lo que nos une sacramentalmente nos une también cotidianamente y mediáticamente: la deshonra de la cruz.
No se crean lo que digan a la primera de los sacerdotes, o de los obispos, no solo en general, sino sobre fulano o mengano en particular. Tiene muchas posibilidades de que sea falso (o parcialmente o completamente falso), y de que sea difamatorio (vamos, que quienes lo difunden solo busquen arruinar el prestigio que tengan), y que sea calumnioso, que a la postre es querer acabar si no física, sí moralmente con alguien. Esa es su parte para no hacerle el juego al maligno.
¿La nuestra? Por nuestra parte, solo nos queda una cosa, hacernos las mismas preguntas y creernos de verdad las mismas respuestas que se hacía san Pablo: «¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo? ¿La aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?, como dice la Escritura: Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza. Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado». (Rom. 8, 32-38).

(Manuel María Bru, Alfa y Omega)

MIRAR A CRISTO.


Presentación de Jesús en el Templo por el Papa Francisco

La fiesta de la Presentación de Jesús en el templo es llamada también fiesta del encuentro: en la liturgia, se dice al inicio que Jesús va al encuentro de su pueblo, es el encuentro entre Jesús y su pueblo; cuando María y José llevaron a su niño al Templo de Jerusalén, tuvo lugar el primer encuentro entre Jesús y su pueblo, representado por los dos ancianos Simeón y Ana.
Ese fue un encuentro en el seno de la historia del pueblo, un encuentro entre los jóvenes y los ancianos: los jóvenes eran María y José, con su recién nacido; y los ancianos eran Simeón y Ana, dos personajes que frecuentaban siempre el Templo.
Observemos lo que el evangelista Lucas nos dice de ellos, cómo les describe. De la Virgen y san José repite cuatro veces que querían cumplir lo que estaba prescrito por la Ley del Señor (cf. Lc 2, 22.23.24.27). Se entiende, casi se percibe, que los padres de Jesús tienen la alegría de observar los preceptos de Dios, sí, la alegría de caminar en la Ley del Señor. Son dos recién casados, apenas han tenido a su niño, y están totalmente animados por el deseo de realizar lo que está prescrito. Esto no es un hecho exterior, no es para sentirse bien, ¡no! Es un deseo fuerte, profundo, lleno de alegría. Es lo que dice el Salmo: «Mi alegría es el camino de tus preceptos... Tu ley será mi delicia (119, 14.77).
¿Y qué dice san Lucas de los ancianos? Destaca más de una vez que eran conducidos por el Espíritu Santo. De Simeón afirma que era un hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel, y que «el Espíritu Santo estaba con él» (2, 25); dice que «el Espíritu Santo le había revelado» que antes de morir vería al Cristo, al Mesías (v. 26); y por último que fue al Templo «impulsado por el Espíritu» (v. 27). De Ana dice luego que era una «profetisa» (v. 36), es decir, inspirada por Dios; y que estaba siempre en el Templo «sirviendo a Dios con ayunos y oraciones» (v. 37). En definitiva, estos dos ancianos están llenos de vida. Están llenos de vida porque están animados por el Espíritu Santo, dóciles a su acción, sensibles a sus peticiones...
He aquí el encuentro entre la Sagrada Familia y estos dos representantes del pueblo santo de Dios. En el centro está Jesús. Es Él quien mueve a todos, quien atrae a unos y a otros al Templo, que es la casa de su Padre.
Es un encuentro entre los jóvenes llenos de alegría al cumplir la Ley del Señor y los ancianos llenos de alegría por la acción del Espíritu Santo. Es un singular encuentro entre observancia y profecía, donde los jóvenes son los observantes y los ancianos son los proféticos. En realidad, si reflexionamos bien, la observancia de la Ley está animada por el Espíritu mismo, y la profecía se mueve por la senda trazada por la Ley. ¿Quién está más lleno del Espíritu Santo que María? ¿Quién es más dócil que ella a su acción?

A la luz de esta escena evangélica miremos a la vida consagrada como un encuentro con Cristo: es Él quien viene a nosotros, traído por María y José, y somos nosotros quienes vamos hacia Él, conducidos por el Espíritu Santo. Pero en el centro está Él. Él lo mueve todo, Él nos atrae al Templo, a la Iglesia, donde podemos encontrarle, reconocerle, acogerle y abrazarle.
Jesús viene a nuestro encuentro en la Iglesia a través del carisma fundacional de un Instituto: ¡es hermoso pensar así nuestra vocación! Nuestro encuentro con Cristo tomó su forma en la Iglesia mediante el carisma de un testigo suyo, de una testigo suya. Esto siempre nos asombra y nos lleva a dar gracias.
Y también en la vida consagrada se vive el encuentro entre los jóvenes y los ancianos, entre observancia y profecía. No lo veamos como dos realidades contrarias. Dejemos más bien que el Espíritu Santo anime a ambas, y el signo de ello es la alegría: la alegría de observar, de caminar en la regla de vida; y la alegría de ser conducidos por el Espíritu, nunca rígidos, nunca cerrados, siempre abiertos a la voz de Dios que habla, que abre, que conduce, que nos invita a ir hacia el horizonte.
Hace bien a los ancianos comunicar la sabiduría a los jóvenes; y hace bien a los jóvenes recoger este patrimonio de experiencia y de sabiduría, y llevarlo adelante, no para custodiarlo en un museo, sino para llevarlo adelante afrontando los desafíos que la vida nos presenta, llevarlo adelante por el bien de las respectivas familias religiosas y de toda la Iglesia.
Que la gracia de este misterio, el misterio del encuentro, nos ilumine y nos consuele en nuestro camino. Amén.

Papa Francisco Domingo 2 de febrero de 2014

MIS OJOS HAN VISTO LA SALVACIÓN

Evangelio según San Lucas 2,22-40.

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor.

También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor.

Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:

"Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel".

Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de Él.

Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: "Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos".


Estaba también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones.

Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea.

El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con Él.


lunes, 1 de febrero de 2016

Homilía del Papa en Santa Marta: No hay humildad sin humillaciones

La humildad es el camino de la santidad. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta. El Santo Padre se detuvo sobre la vicisitud del Rey David que, consciente de su propio pecado, acepta las humillaciones con espíritu de confianza en el Señor. Además el Pontífice advirtió que Dios perdona el pecado, “pero las heridas de una corrupción – dijo – difícilmente se curan”.
El Rey David “se encuentra a un paso de entrar en la corrupción”, pero el profeta Natán, enviado por Dios, le hace comprender el mal que había hecho. Francisco se detuvo a considerar en su homilía la figura de David, “pecador, pero santo”.
Las heridas de la corrupción difícilmente se curan
Por tanto, señaló el Papa, David es pecador, pero no corrupto, porque “un corrupto no se da cuenta de esto”:
“Se necesita una gracia especial para cambiar el corazón de un corrupto. Y David, que tenía el corazón noble, dice: ‘¡Ah, es verdad: he pecado!’, y reconoce su culpa. ¿Y qué cosa dice Natán? ‘El Señor perdona tu pecado, pero la corrupción que tú has sembrado crecerá. Tú has matado a un inocente para cubrir un adulterio. La espada jamás se alejará de tu Casa’. Dios perdona el pecado, David se convierte, pero las heridas de una corrupción difícilmente se curan. Lo vemos en tantas partes del mundo”.
David se encuentra con que debe afrontar al hijo Absalón, corrupto, que le hace la guerra. Pero el Rey reúne a los suyos y decide dejar la ciudad sin usar a Dios para defenderse. Se va de allí “para salvar a su pueblo”. “Y éste – reveló Francisco – es el camino de la santidad que David, después de aquel momento en que había entrado en la corrupción, comienza a poner en práctica”.
El Rey David se encomienda a Dios y así pasa del pecado a la santidad
Por tanto, David llorando y con la cabeza cubierta deja la ciudad y hay quien lo sigue para insultarlo. Entre estos, Simei que lo llama “sanguinario” y lo maldice. David acepta esto porque “si maldice es porque el Señor se lo ha dicho, afirmó el Papa:
“Después David dijo a sus siervos: ‘He aquí, el hijo salido de mis vísceras que trata de quitarme la vida’. Absalón. ‘Y entonces, a este benjamín déjenlo que maldiga, puesto que esto se lo ha ordenado el Señor. David sabe ver los signos: es el momento de su humillación, es el momento en el que él está pagando su culpa. ‘”Quizás el Señor mire mi aflicción y me devuelva el bien a cambio de la maldición de hoy’, y se encomienda en las manos del Señor. Este es el recorrido de David, desde el momento de la corrupción a esta entrega en las manos del Señor. Y esto es santidad. Esto es humildad”.
“Yo pienso – reafirmó Francisco – en cada uno de nosotros, si alguien nos dice algo, una cosa fea, inmediatamente tratamos de decir que no es verdad”. O hacemos como Simei: “Damos una respuesta aún peor”.
Que los cristianos tengan la gracia de la humildad
“La humildad – subrayó el Santo Padre – sólo puede llegar a un corazón a través de las humillaciones. No hay humildad sin humillaciones, y si tú no eres capaz de aceptar algunas humillaciones en tu vida, no eres humilde”. Es simple, es “matemático”, reafirmó el Papa:
“El único camino para la humildad es la humillación. La finalidad de David, que es la santidad, viene a través de la humillación. El fin de la santidad que Dios regala a sus hijos, que regala a la Iglesia, viene a través de la humillación de su Hijo, que se deja insultar, que se deja llevar sobre la Cruz, injustamente… Y este Hijo de Dios que se humilla, es el camino de la santidad. Y David, con su actitud, profetiza esta humillación de Jesús. Pidamos al Señor la gracia, para cada uno de nosotros, para toda la Iglesia, la gracia de la humildad, pero también la gracia de comprender que no es posible ser humildes sin humillación”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).

El Amor es Dios mismo

El amor nos supera, es mayor que nosotros. Nos precede siempre. Es iniciativa de Dios, que nos amó y nos sigue amando el primero, enviándonos a Jesús, el Hijo Unigénito y entregándonos el Espíritu Santo.

El amor es Dios mismo. Recuerdo un comentario bellísimo del danés Kierkegaard: << Tú nos has amado primero, oh Dios. Hablamos de Ti, como si nos hubieses amamdo primero una sola vez. Sin embargo, Tú nos amas continuamente primero, día tras día, durante toda la vida. Cuando me despierto por la mañana y elevo mi espíritu y me plegaria hacia Ti, Tú te anticipas y eres el primero en amarme. Y si madrugo al alba e inmediatamente elevo hacia Ti mi espíritu y mi plegaria, también Tú te has anticipado ya y estás amándome primero. Y siempre es así. ¡Qué ingratos somos cuando hablamos como si Tú nos hubieses amado primero una sola vez...!>>

Por otra parte, el Amor exige hacerse concreto y efectivo en nuestro amor a los hermanos.

Hemos comprendido lo que es el amor porque Él se desprendió de su vida por nosotros; ahora también debemos desprendernos de la vida por nuestros hermanos..

Por los caminos del Señor
Carlo María Martini

Roma exhibirá el sepulcro donde fue enterrado san Pablo. En la vía Ostiense, junto a la basílica de Extramuros.

 Con el fin de las persecuciones, al comienzo del siglo IV, el emperador Constantino hizo construir una basílica sobre el lugar en el que los cristianos veneraban la memoria de San Pablo
Roma mostrará desde hoy el sepulcro de la vía Ostiense, parte integrante de una necrópolis mucho más amplia y que aún permanece sepultada e inexplorada en la que, según la tradición, fue enterrado el Apóstol San Pablo.
La apertura al público de este yacimiento arqueológico se enmarca en los actos del Año Santo Extraordinario de la Misericordia, convocado por el papa Francisco hasta el próximo 20 de noviembre.
Las visitas, gratuitas, tendrán lugar una vez al mes hasta el próximo junio y serán explicadas por los técnicos de la superintendencia cultural del ayuntamiento romano.
Estos restos, al aire libre desde que fueron desenterrados en 1917, son "una pequeña porción de una amplia necrópolis en la que fue enterrado el mártir San Pablo", según explicó la arqueóloga Cristina Carta.
La mayor parte de este área sepulcral permanece sepultada y, como recuerdo de su remota existencia, en la actualidad puede verse este sepulcro y, unos metros más adelante, la imponente Basílica de San Pablo, donde fue enterrado el apóstol tras ser decapitado por Nerón, en aquellos años de persecuciones y cultos clandestinos.
Ahora el visitante podrá recorrer los laberínticos callejones que componen este sepulcro y adentrarse en los angostos panteones familiares que lo componen.
La necrópolis estuvo en funcionamiento entre el siglo I a.C y el IV d.C y se extendía a lo largo de la vía Ostiense, la que unía el corazón de la Roma "caput mundi" con el importante puerto de Ostia.
La vía Ostiense era hace dos milenios un concurrido camino recorrido por las numerosas personas que llegaban a la capital del Imperio desde múltiples lugares y, muestra de ello, son algunas lápidas con inscripciones en griego que pueden apreciarse.
Asimismo pueden visitarse las austeras salas en las que eran depositadas las cenizas de los difuntos, los columbarios, pero también los ricos receptáculos reservados a las más notables "gens".
En cualquier caso, tanto los enterramientos más pobres como los más fastuosos de este área dan muestra de la importancia que la muerte tenía en el idiosincrasia romana.
El visitante podrá descubrir las delicadas decoraciones que han sobrevivido al paso de los siglos y que reproducen en asombroso buen estado iconografías como la paloma, el pavo real o el pegaso, símbolos todos del tránsito al más allá.
Pero si por algo es importante el sepulcro de vía Ostiense es porque, según la arqueóloga, "ofrece una documentación puntual sobre el paso del rito de la incineración al de la inhumación", dos rituales vigentes de manera simultánea durante "mucho tiempo".
La mayor parte de este lugar está destinado a acoger cenizas pero su nivel más reciente documente el empleo de las inhumaciones.
El punto de inflexión se ubica a partir del siglo II, cuando se impuso el rito del enterramiento debido a la preponderancia que estaba adquiriendo la nueva religión, el Cristianismo, en perjuicio de los credos paganos politeístas.
"Todas las áreas sepulcrales suponen una importante documentación tanto desde el punto de vista del estudio de los grupos sociales y de las técnicas constructivas y decorativas, como de los rituales usados dentro de estos recintos", explicó Carta.
Entre los objetos hallados están los usados durante ritos como el "refrigerium", el banquete que se hacía en torno al finado, o el óbolo a Caronte, la moneda que se dejaba bajo la lengua del difunto para que este pagara su viaje al más allá.
También numerosas falanges ya que los romanos creían que una parte de su cuerpo debía permanecer intacta en el mundo de los vivos, por lo que era depositada junto a sus cenizas en las urnas funerarias.
Sea como fuere, Carta asegura que esta necrópolis fue, sin lugar a dudas, un espacio extenso que acogió numerosos enterramientos, entre ellos el del "apóstol de las gentes", San Pablo.
Con el fin de las persecuciones, al comienzo del siglo IV, el emperador Constantino hizo construir una basílica sobre el lugar en el que los cristianos veneraban la memoria de San Pablo, enterrado en una necrópolis por su condición de ciudadano romano.
Este templo ha ido evolucionando con el paso de los siglos y en él puede verse un sarcófago en el que según la Iglesia Católica reposan los restos del apóstol.
(RD/Agencias)


COMENTARIO AL EVANGELIO DE MARCOS, 5, 1-20 POR SAN JUAN PABLO II:


“Arrojar los demonios” es una categoría especial de los milagros de Cristo, que Jesús realiza como señal para manifestar que ha venido como salvador del mundo, que tiene como misión principal librar al hombre del mal espiritual, el mal que separa al hombre de Dios e impide la salvación en Dios, como es precisamente el pecado.

“Sal, espíritu inmundo, de ese hombre”, ordena Jesús cuando encuentra a un endemoniado en la región de los gerasenos. En esta ocasión asistimos a un coloquio insólito. Cuando aquel “espíritu inmundo” se siente amenazado por Cristo, grita contra Él: “¿Qué hay entre ti y mí, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Por Dios te conjuro que no me atormentes”. A su vez, Jesús “le preguntó: ‘¿Cuál es tu nombre?’. Él le dijo: Legión es mi nombre, porque somos muchos”. 

Estamos, pues, a orillas de un mundo oscuro, donde entran en juego factores físicos y psíquicos que, sin duda, tienen su peso en causar condiciones patológicas en las que se inserta esta realidad demoníaca, representada y descrita de manera variada en el lenguaje humano, pero radicalmente hostil a Dios y, por consiguiente, al hombre y a Cristo que ha venido para librarlo de este poder maligno. 

Pero, muy a su pesar, también el “espíritu inmundo”, en el choque con la otra Presencia –la de Cristo- prorrumpe en esta admisión que proviene de una mente perversa, pero, al mismo tiempo, lúcida: “Jesús, Hijo del Dios Altísimo”.

Jesús da a conocer claramente esta misión suya de librar al hombre del mal y, antes que nada del pecado, mal espiritual. Es una misión que comporta y explica su lucha con el espíritu maligno que es el primer autor del mal en la historia del hombre. (…)

Así se manifiesta el poder del Hijo del hombre sobre el pecado y sobre el autor del pecado. El nombre de Jesús, que somete también a los demonios, significa Salvador. Sin embargo, esta potencia salvífica alcanzará su cumplimiento definitivo en el sacrificio de la cruz. La cruz sellará la victoria total sobre Satanás y sobre el pecado, porque éste es el designio del Padre, que su Hijo unigénito realiza haciéndose hombre: vencer en la debilidad, y alcanzar la gloria de la resurrección y de la vida a través de la humillación de la cruz. También en este hecho paradójico resplandece su poder divino, que puede justamente llamarse la “potencia de la cruz”. (…)

Sí, todos los “milagros, prodigios y señales” de Cristo están en función de la revelación de Él como Mesías, de El como Hijo de Dios: de Él, que, solo, tiene el poder de liberar al hombre del pecado y de la muerte, de Él que verdaderamente es el Salvador del mundo.
(De la catequesis de san Juan Pablo II el 25-11-1997)

Espíritu inmundo, sal de este hombre


Evangelio según San Marcos 5,1-20.

Llegaron a la otra orilla del mar, a la región de los gerasenos. Apenas Jesús desembarcó, le salió al encuentro desde el cementerio un hombre poseído por un espíritu impuro.

El habitaba en los sepulcros, y nadie podía sujetarlo, ni siquiera con cadenas. Muchas veces lo habían atado con grillos y cadenas, pero él había roto las cadenas y destrozado los grillos, y nadie podía dominarlo. Día y noche, vagaba entre los sepulcros y por la montaña, dando alaridos e hiriéndose con piedras.

Al ver de lejos a Jesús, vino corriendo a postrarse ante él, gritando con fuerza: "¿Qué quieres de mí, Jesús, Hijo de Dios, el Altísimo? ¡Te conjuro por Dios, no me atormentes!".

Porque Jesús le había dicho: "¡Sal de este hombre, espíritu impuro!".

Después le preguntó: "¿Cuál es tu nombre?". El respondió: "Mi nombre es Legión, porque somos muchos".

Y le rogaba con insistencia que no lo expulsara de aquella región.

Había allí una gran piara de cerdos que estaba paciendo en la montaña. Los espíritus impuros suplicaron a Jesús: "Envíanos a los cerdos, para que entremos en ellos".

El se lo permitió. Entonces los espíritus impuros salieron de aquel hombre, entraron en los cerdos, y desde lo alto del acantilado, toda la piara -unos dos mil animales- se precipitó al mar y se ahogó.

Los cuidadores huyeron y difundieron la noticia en la ciudad y en los poblados. La gente fue a ver qué había sucedido.

Cuando llegaron adonde estaba Jesús, vieron sentado, vestido y en su sano juicio, al que había estado poseído por aquella Legión, y se llenaron de temor.

Los testigos del hecho les contaron lo que había sucedido con el endemoniado y con los cerdos.
Entonces empezaron a pedir a Jesús que se alejara de su territorio.

En el momento de embarcarse, el hombre que había estado endemoniado le pidió que lo dejara quedarse con él.

Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: "Vete a tu casa con tu familia, y anúnciales todo lo que el Señor hizo contigo al compadecerse de ti".

El hombre se fue y comenzó a proclamar por la región de la Decápolis lo que Jesús había hecho por él, y todos quedaban admirados. 

El Papa en el Ángelus: “El único privilegio a los ojos de Dios es aquel de no tener privilegios”

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!
El relato evangélico de hoy nos conduce nuevamente, como el pasado domingo, a la sinagoga de Nazaret, el pueblo de Galilea donde Jesús creció en familia y es conocido por todos. Él, que hacía poco tiempo se había marchado para iniciar su vida pública, regresa ahora por primera vez y se presenta a la comunidad, reunida el sábado en la sinago. Lee el pasaje del profeta Isaías que habla del futuro Mesías y al final declara: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír» (Lc 4,21). Los conciudadanos de Jesús, primero sorprendidos y admirados, comienzan luego a poner cara larga y a murmurar entre ellos y a decir: ¿Por qué éste, que pretende ser el Consagrado del Señor, no repite aquí, en su pueblo, los prodigios que se dice haya cumplido en Cafarnaúm y en los pueblos cercanos? Entonces Jesús afirma: «Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra» (v. 24), y cita a los grandes profetas del pasado Elías y Eliseo, que obraron milagros en favor de los paganos para denunciar la incredulidad de su pueblo. A este punto los presentes se sienten ofendidos, se levantan indignados, echan a Jesús fuera del pueblo y quisieran arrojarlo por el precipicio. Pero Él, con la fuerza de su paz, «pasando en medio de ellos, se pone en camino» (v. 30). Su hora aún no ha llegado.
Este relato del evangelista Lucas no es simplemente la historia de una pelea entre paisanos, como a veces pasa en nuestros barrios, suscitada por envidias y celos, sino que saca a la luz una tentación a la cual el hombre religioso está siempre expuesto, -todos nosotros estamos expuestos- y de la cual es necesario tomar decididamente las distancias. ¿Y cual es esta tentación? Es la tentación de considerar la religión como una inversión humana y, en consecuencia, ponerse a “negociar” con Dios buscando el propio interés. En cambio en la verdadera religión se trata de acoger la revelación de un Dios que es Padre y  que se preocupa de cada una de sus criaturas, también de aquellas más pequeñas e insignificantes a los  ojos de los hombres. Precisamente en esto consiste el ministero profético de Jesús: en anunciar que ninguna condición humana pueda constituir motivo de exclusión -¡ninguna condición humana puede ser motivo de exclusión!- del corazón del Padre, y que el único privilegio a los ojos de Dios es aquel de no tener privilegios. El único privilegio a los ojos de Dios es aquel de no tener privilegios, de no tener padrinos, de abandonarse en sus manos.
«Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír» (Lc 4, 21). El“hoy”, proclamado por Cristo aquel día, vale para cada tiempo; resuena también para nosotros en esta plaza, recordándonos la actualidad y la necesidad de la salvación traída por Jesús a la humanidad. Dios viene al encuentro de los hombres y las mujeres de todos los tiempos y lugares en las situaciones concretas en las cuales estos estén. También viene a nuestro encuentro. Es siempre Él quien da el primer paso: viene a visitarnos con su misericordia, a levantarnos del polvo de nuestros pecados; viene a extendernos la mano para hacernos alzar del abismo en el que nos ha hecho caer nuestro orgullo, y nos invita a acoger la consolante verdad del Evangelio y a caminar por los caminos del bien. Siempre viene Él a encontrarnos, a buscarnos. Volvamos a la sinagoga...
Ciertamente aquel día, en la sinagoga de Nazaret, también estaba María allí, la Madre. Podemos imaginar los latidos de su corazón, una pequeña anticipación de aquello que sufrirá bajo la Cruz, viendo a Jesús, allí en la sinagoga, primero admirado, luego desafiado, después insultado, después amenazado de muerte. En su corazón, lleno de fe, ella guardaba cada cosa. Que ella nos ayude a convertirnos de un dios de los milagros al milagro de Dios, que es Jesucristo.

(Traducción del italiano: Raúl Cabrera, Radio Vaticano)

domingo, 31 de enero de 2016

¿No necesitamos profetas?

«Un gran profeta ha surgido entre nosotros». Así gritaban en las aldeas de Galilea, sorprendidos por las palabras y los gestos de Jesús. Sin embargo, no es esto lo que sucede en Nazaret cuando se presenta ante sus vecinos como ungido como Profeta de los pobres.

Jesús observa primero su admiración y luego su rechazo. No se sorprende. Les recuerda un conocido refrán: «Os aseguro que ningún profeta es bien acogido en su tierra». Luego, cuando lo expulsan fuera del pueblo e intentan acabar con él, Jesús los abandona. El narrador dice que «se abrió paso entre ellos y se fue alejando». Nazaret se quedó sin el Profeta Jesús.

Jesús es y actúa como profeta. No es un sacerdote del templo ni un maestro de la ley. Su vida se enmarca en la tradición profética de Israel. A diferencia de los reyes y sacerdotes, el profeta no es nombrado ni ungido por nadie. Su autoridad proviene de Dios, empeñado en alentar y guiar con su Espíritu a su pueblo querido cuando los dirigentes políticos y religiosos no saben hacerlo. No es casual que los cristianos confiesen a Dios encarnado en un profeta.

Los rasgos del profeta son inconfundibles. En medio de una sociedad injusta donde los poderosos buscan su bienestar silenciando el sufrimiento de los que lloran, el profeta se atreve a leer y a vivir la realidad desde la compasión de Dios por los últimosSu vida entera se convierte en «presencia alternativa» que critica las injusticias y llama a la conversión y el cambio.

Por otra parte, cuando la misma religión se acomoda a un orden de cosas injusto y sus intereses ya no responden a los de Dios, el profeta sacude la indiferencia y el autoengaño, critica la ilusión de eternidad y absoluto que amenaza a toda religión y recuerda a todos que solo Dios salva. Su presencia introduce una esperanza nueva pues invita a pensar el futuro desde la libertad y el amor de Dios.

Una Iglesia que ignora la dimensión profética de Jesús y de sus seguidores, corre el riesgo de quedarse sin profetas. Nos preocupa mucho la escasez de sacerdotes y pedimos vocaciones para el servicio presbiteral. ¿Por qué no pedimos que Dios suscite profetas? ¿No los necesitamos? ¿No sentimos necesidad de suscitar el espíritu profético en nuestras comunidades?

Una Iglesia sin profetas, ¿no corre el riesgo de caminar sorda a las llamadas de Dios a la conversión y el cambio? Un cristianismo sin espíritu profético, ¿no tiene el peligro de quedar controlado por el orden, la tradición o el miedo a la novedad de Dios?
José Antonio Pagola

Comentario de Benedicto XVI a Lucas 4, 21-30

Nos hallamos en la sinagoga de Nazaret, el lugar donde Jesús creció y donde todos le conocen, a Él y a su familia. Después de un período de ausencia, ha regresado de un modo nuevo: durante la liturgia del sábado lee una profecía de Isaías sobre el Mesías y anuncia su cumplimiento, dando a entender que esa palabra se refiere a Él, que Isaías hablaba de Él.

Este hecho provoca el desconcierto de los nazarenos: por un lado, «todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca» (Lc 4, 22); san Marcos refiere que muchos decían: «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada?» (6, 2); pero por otro lado sus conciudadanos le conocen demasiado bien: «¿No es éste el hijo de José?» (Lc 4, 22), que es como decir: un carpintero de Nazaret, ¿qué aspiraciones puede tener?
Conociendo justamente esta cerrazón, que confirma el proverbio «ningún profeta es bien recibido en su tierra», Jesús dirige a la gente, en la sinagoga, palabras que suenan como una provocación. Cita dos milagros realizados por los grandes profetas Elías y Eliseo en ayuda de no israelitas, para demostrar que a veces hay más fe fuera de Israel. En ese momento la reacción es unánime: todos se levantan y le echan fuera, y hasta intentan despeñarle; pero Él, con calma soberana, pasa entre la gente enfurecida y se aleja.

Entonces es espontáneo que nos preguntemos: ¿cómo es que Jesús quiso provocar esta ruptura? Al principio la gente se admiraba de Él, y tal vez habría podido lograr cierto consenso... Pero esa es precisamente la cuestión: Jesús no ha venido para buscar la aprobación de los hombres, sino —como dirá al final a Pilato— para «dar testimonio de la verdad» (Jn 18, 37). El verdadero profeta no obedece a nadie más que a Dios y se pone al servicio de la verdad, dispuesto a pagarlo en persona.

Es verdad que Jesús es el profeta del amor, pero el amor tiene su verdad. Es más, amor y verdad son dos nombres de la misma realidad, dos nombres de Dios… Creer en Dios significa renunciar a los propios prejuicios y acoger el Rostro concreto en quien Él se ha revelado: el hombre Jesús de Nazaret. Y este camino conduce también a reconocerle y a servirle en los demás.

En esto es iluminadora la actitud de María. ¿Quién tuvo más familiaridad que ella con la humanidad de Jesús? Pero nunca se escandalizó como sus conciudadanos de Nazaret. Ella guardaba el misterio en su corazón y supo acogerlo cada vez más y cada vez de nuevo, en el camino de la fe, hasta la noche de la Cruz y la luz plena de la Resurrección. Que María nos ayude también a nosotros a recorrer con fidelidad y alegría este camino. (Benedicto XVI, de febrero de 2013)

Ningún profeta es bien recibido en su pueblo

Lectura del santo evangelio según san Lucas 4, 21-30

En aquel tiempo, Jesús comenzó a decir en la sinagoga:

«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír.»
Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca.
Y decían: «¿No es éste el hijo de José?»

Pero Jesús les dijo: 

«Sin duda me diréis aquel refrán: "Médico, cúrate a ti mismo"; haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún.»

Y añadió: 

«En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio.»

Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se seguía su camino.

Palabra del Señor.