jueves, 14 de enero de 2016

Homilía del Papa Francisco: Nuestra victoria es la fe


La fe vence siempre, porque transforma en victoria incluso la derrota, pero no es una cosa “mágica”, es una relación personal con Dios que no se aprende en los libros porque es un don de Dios, un don que hay que pedir. Son los conceptos que expresó el Papa Franciscoen su homilía de la Misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta.

La primera lectura tomada del Libro de Samuel relata la derrota del Pueblo  de Dios por obra de los filisteos: “La matanza fue muy grande” – dijo el Papa – y recordó que el pueblo perdió todo, “incluso la dignidad”. Francisco se preguntó qué consecuencia tuvo esta derrota. Y afirmó que el pueblo, “lentamente se había alejado del Señor, vivía mundanamente, incluso con los ídolos que tenía”. Iba al Santuario de Silo, pero “como si fuera una costumbre cultural”, porque había perdido su relación filial con Dios. ¡No adoraba a Dios! – prosiguió  Francisco –. “Y el Señor los dejó solos”. El pueblo usa incluso el Arca de Dios para vencer la batalla, pero como si fuera una cosa “un poco mágica”.

“En el Arca – recordó asimismo el Pontífice – estaba la Ley, la Ley que ellos no observaban y de la que se habían alejado”. ¡Ya no tenían “una relación personal con el Señor! – dijo –. Se habían olvidado de Dios que los había salvado”. Y fueron derrotados, treinta mil israelíes muertos, y los filisteos, los dos hijos de Elí, toman el Arca de Dios, eran “aquellos sacerdotes delincuentes que explotaban a la gente en el Santuario de Silo”, y mueren.

“Una derrota total” –  afirmó el Papa –. Y añadió: “Un pueblo que se aleja de Dios termina así”. Cuenta con un Santuario, pero el corazón no está con Dios, no sabe adorar a Dios: “Cree en Dios, pero en un Dios un poco brumoso, lejano, que no entra en el corazón, por lo que se obedecen sus Mandamientos. ¡Esta es la derrota!”. Pero el Evangelio del día, en cambio, nos habla de una victoria:
“En aquel tiempo fue a ver a Jesús un leproso que le suplicaba de rodillas – precisamente en un gesto de adoración – y le decía: ‘Si quieres, puedes purificarme’. Desafía al Señor diciendo: ‘Yo soy un derrotado en la vida – el leproso era un derrotado, porque no podía hacer vida común, era siempre ‘descartado’, puesto a parte – ¡pero tú puedes transformar esta derrota en victoria!’. Es decir: ‘Si quieres, puedes purificarme’. Ante esto Jesús tuvo compasión, tendió la mano, lo tocó y le dijo: ‘¡Yo lo quiero! ¡Estás purificado!’. Así, sencillamente: esta batalla terminó en dos minutos con la victoria; aquella otra, toda la jornada, con la derrota. Aquel hombre tenía algo que impulsaba a ir hacia Jesús y lanzarle aquel desafío. ¡Tenía fe!”.
El Apóstol Juan dice que la victoria sobre el mundo es nuestra fe
“Nuestra fe vence, ¡siempre!”, dijo el Papa y añadió:
“La fe es victoria. La fe. Como este hombre: ‘Si quieres, puedes hacerlo’. Los derrotados de la  Primera Lectura rezaban a Dios, llevaban el Arca, pero no tenían fe. Se habían olvidado de Él. Este tenía fe y cuando se pide con fe, el mismo Jesús nos ha dicho que se mueven las montañas. Somos capaces de mover una montaña de una parte a otra: la fe es capaz de esto. El mismo Jesús nos ha dicho: ‘Todo lo que le pidan al Padre en mi nombre, les será dado. Pidan y les será dado; llamen y se les abrirá’. Pero con fe. Y ésta es nuestra victoria”.
El Santo Padre Francisco concluyó su homilía con la siguiente oración:
“Pidamos al Señor que nuestra oración tenga siempre aquella raíz de fe, que nazca de la fe en Él. La gracia de la fe: es un don la fe. No se aprende en los libros. Es un don que te da el Señor, pero pídelo: ‘¡Dame la fe!’. ‘¡Creo, Señor!’ dijo aquel hombre que pedía a Jesús que curara a su hijo: ‘Te pido Señor, aumenta mi poca fe’. La oración con la fe… y es curado. Pidamos al Señor la gracia de rezar con fe, de tener la seguridad de que cada cosa que le pedimos a Él nos será dada, con esa seguridad que nos da la fe. Y esta es nuestra victoria: ¡nuestra fe!”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).


“Crecer misericordiosos como el Padre”, Mensaje del Papa para el Jubileo de los Jóvenes

 “Mantengan la esperanza en el Señor, con valentía para ir contra corriente y así poder sentir el gozo de ser sus testigos”, es el aliento del Papa Francisco en su mensaje a los chicos y chicas que se preparan a celebrar el Jubileo de los Jóvenes en el marco del Año de la Misericordia. En su mensaje publicado la mañana de este jueves 14 de enero, el Santo Padre invitó a los jóvenes “a aspirar a grandes ideales, a preparar el corazón para poder meditar las palabras del Señor y vivir intensamente este Año Santo”.
El evento es organizado por el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización en colaboración con el Servicio nacional italiano de pastoral juvenil. El 23 de abril estará dedicado a la peregrinación de la Misericordia. Los diversos grupos de jóvenes partirán de Castel Sant’Angelo y recorrerán la Vía de la Conciliación, en un camino penitencial, leyendo la Palabra de Dios y meditando. Una vez llegados a la Plaza de San Pedro podrán recibir el Sacramento de la Reconciliación, después, entrarán en la Basílica por la Puerta Santa para la profesión de fe en el Altar de la Confesión junto a la tumba de San Pedro.
A lo largo de su Jubileo, los jóvenes podrán visitar las plazas y lugares más significativos de Roma donde se colocarán una serie de instalaciones explicativas de las siete obras de misericordia corporales y espirituales y algunos testigos de la caridad les hablarán de cómo traducir la misericordia en actos concretos.

(Renato Martinez – Radio Vaticano) 

EL BIEN ES CONTAGIOSO



“Queridos hermanos y hermanas,

El evangelista san Marcos nos relata la acción de Jesús contra todo tipo de mal, en beneficio de los que sufren en el cuerpo y en el espíritu: endemoniados, enfermos, pecadores... Él se presenta como Aquél que combate y vence el mal donde quiera que lo encuentre.

En el Evangelio de hoy esta lucha afronta un caso emblemático, porque el enfermo es un leproso. La lepra es una enfermedad contagiosa que no tiene piedad, que desfigura a la persona, y que era símbolo de impureza: el leproso tenía que estar fuera de los centros habitados e indicar su presencia a los que pasaban. Era marginado por la comunidad civil y religiosa. Era como un muerto ambulante. 

El episodio de la curación del leproso tiene lugar en tres breves pasos: la invocación del enfermo, la respuesta de Jesús y las consecuencias de la curación prodigiosa.

El leproso suplica a Jesús «de rodillas» y le dice: «Si quieres, puedes limpiarme». Ante esta oración humilde y confiada, Jesús reacciona con una actitud profunda de su espíritu: la compasión. Y «compasión» es una palabra muy profunda: compasión significa «padecer-con-el otro». El corazón de Cristo manifiesta la compasión paterna de Dios por ese hombre, acercándose a él y tocándolo. 

Y este detalle es muy importante. Jesús «extendió la mano y lo tocó... la lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio» (v. 41-42). La misericordia de Dios supera toda barrera y la mano de Jesús tocó al leproso… Jesús, toma de nosotros nuestra humanidad enferma y nosotros de Él su humanidad sana y capaz de sanar. Esto sucede cada vez que recibimos con fe un Sacramento: el Señor Jesús nos «toca» y nos dona su gracia. En este caso pensemos especialmente en el Sacramento de la Reconciliación, que nos cura de la lepra del pecado. 

Una vez más el Evangelio nos muestra lo que hace Dios ante nuestro mal: Dios no viene a «dar una lección» sobre el dolor; no viene tampoco a eliminar del mundo el sufrimiento y la muerte; viene más bien a cargar sobre sí el peso de nuestra condición humana, a conducirla hasta sus últimas consecuencias, para liberarnos de modo radical y definitivo. Así Cristo combate los males y los sufrimientos del mundo: haciéndose cargo de ellos y venciéndolos con la fuerza de la misericordia de Dios. 

A nosotros, hoy, el Evangelio de la curación del leproso nos dice que si queremos ser auténticos discípulos de Jesús estamos llamados a llegar a ser, unidos a Él, instrumentos de su amor misericordioso, superando todo tipo de marginación. 

Para ser «imitadores de Cristo» ante un pobre o un enfermo, no tenemos que tener miedo de mirarlo a los ojos y de acercarnos con ternura y compasión, y de tocarlo y abrazarlo. He pedido a menudo a las personas que ayudan a los demás que lo hagan mirándolos a los ojos, que no tengan miedo de tocarlos; que el gesto de ayuda sea también un gesto de comunicación: también nosotros tenemos necesidad de ser acogidos por ellos. Un gesto de ternura, un gesto de compasión...

Yo os pregunto: vosotros, ¿cuándo ayudáis a los demás, los miráis a los ojos? ¿Los acogéis sin miedo de tocarlos? ¿Los acogéis con ternura? Pensad en esto: ¿cómo ayudáis? ¿A distancia o con ternura, con cercanía? Si el mal es contagioso, lo es también el bien. Por lo tanto, es necesario que el bien abunde en nosotros, cada vez más. Dejémonos contagiar por el bien y contagiemos el bien”. 

(Papa Francisco, Ángelus del 5 de febrero de 2015).

La lepra se le quitó, y quedó limpio


Lectura del santo evangelio según San Marcos 1,40-45
En aquel tiempo, se acerca a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:
-«Si quieres, puedes limpiarme.»
Compadecido, extendió la mano y lo tocó, diciendo:
-«Quiero: queda limpio.»
La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.
Él lo despidió, encargándole severamente:
-«No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu, purificación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio ».
Pero, cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun así acudían a él de todas partes.
Palabra del Señor.


miércoles, 13 de enero de 2016

La curación de la suegra de Pedro

La obra salvadora de Cristo, no se agota con su persona durante su vida terrena; ésta prosigue mediante la Iglesia, sacramento del amor y de la ternura de Dios hacia los hombres.

Al enviar en misión a sus discípulos, Jesús les confiere una doble misión: anunciar el Evangelio de la salvación y sanar a los enfermos. Fiel a esta enseñanza, la Iglesia siempre ha considerado la asistencia a los enfermos como parte integrante de su misión.

"Los pobres y los que sufren, los tendrán siempre”, advierte Jesús. Y la Iglesia continuamente les encuentra en la calle, considerando a las personas enfermas como una vía privilegiada para encontrar a Cristo, para acogerlo y servirlo.

Curar a un enfermo, acogerlo y servirlo es servir a Cristo, el enfermo es la carne de Cristo.

Esto sucede en nuestro tiempo, cuando a pesar de las diversas adquisiciones de la ciencia, el sufrimiento interior y físico de las personas despierta fuertes interrogantes sobre el sentido de la enfermedad y del dolor, y sobre el porqué de la muerte.

Son preguntas existenciales a las cuales la acción pastoral de la Iglesia debe responder a la luz de la fe, teniendo delante de los ojos al Crucifico, en el cual aparece todo el misterio de salvación de Dios padre, que por amor de los hombres no escatimó a su propio Hijo.

Por lo tanto cada uno de nosotros está llamado a llevar la luz del evangelio y la fuerza de la gracia a quienes sufren y a todos aquellos que los asisten, familiares, médicos, enfermeros, para que el servicio al enfermo sea realizado cada vez con más humanidad, con dedicación generosa, con amor evangélico, y con ternura. 

(Homilía de S.S. Francisco,  8 de febrero de 2015).

Jesús, puerta de Misericordia. Arzobispo de Barcelona.


Mirando desde el Tibidabo la ciudad de Barcelona, he observado una gran urbe y he pensado que el corazón de las personas que la habitan se puede ganar con el mismo amor que en cualquier rincón del planeta. Bajando a la ciudad he pensado que estamos en el Año de la Misericordia, que es precisamente un año único para poner a prueba nuestra estima, que se manifiesta en lo más tierno que tenemos los hombres y las mujeres en nuestro interior, como es el amor, la comprensión, el perdón y la capacidad de volver a empezar.

En mi camino de regreso a casa, cerca de la Catedral, me han preguntado dónde está la Puerta de la Misericordia en este Jubileo al que hemos sido llamados por el papa Francisco. Me ha parecido que lo que debía responder no es sólo dónde está el portalón que da acceso al templo, sino que el hecho de cruzarlo es dar un paso más allá...Debemos cruzar la puerta del amor que representa el Señor.

En el Antiguo Testamento, la primera manifestación de Dios al pueblo de Israel se revela a Moisés diciendo: “Yahveh, Yahveh, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad” (Ex 34,6). La misericordia es el primer atributo de Dios, seguido inmediatamente de la compasión. Es un Dios que se nos presenta desde la benevolencia, desde el amor y la ternura que muestra siempre el don gratuito, puesto que éste se expresa queriendo visceralmente, dándolo todo, ofreciéndolo todo, sin esperar nada a cambio. A lo largo del Antiguo Testamento hallamos muchas expresiones de la misericordia de Dios: en la compasión por todas las criaturas, en la acogida de quien ha pecado, proclamando que el amor misericordioso de Dios es para siempre. Por eso, la benevolencia de Dios se nos presenta, se nos hace cercana y nos ilumina a través de Jesús y su Evangelio, “porque Él es la puerta que nos conduce hacia el Padre”. A través de los relatos de san Lucas, la misericordia de Dios se hace misericordia humana en Jesús. Esto es lo que distingue a los cristianos en su forma de entender a los hombres como prójimos y como hermanos. Por eso el Evangelio nos dice: “Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo” (Lc 6,36).

Lo que hay que traspasar en el año de la misericordia es la puerta del Cristo que nos lleva a Dios Padre. Y la Puerta Santa tiene que ser ese signo que, una vez traspasado, haga que nuestro corazón vaya de lo humano a lo divino, recordando la cita de Gregorio de Niza en su tratado de las bienaventuranzas: “Si el nombre de misericordioso se atribuye a Dios, ¿a qué te invita Jesús cuando te pide que seas misericordioso si no es a ser Dios?” “[...] Si, efectivamente, la escritura proclama a Dios misericordioso y la verdadera beatitud es Dios en sí mismo, es evidente que el hombre que se hace misericordioso se convierte en Dios”.
Desde la ciudad he mirado el Tibidabo y he vuelto a pensar que los corazones de los hombres y las mujeres deberían estar abiertos a esta misericordia que nos hace cruzar la puerta de los corazones de nuestros hermanos vecinos, la puerta de la Catedral como signo, la Puerta de Cristo como transformación de nuestra vida.
+ Juan José Omella
Arzobispo de Barcelona

La misericordia es el nombre de Dios, dijo el Papa en la catequesis

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy iniciamos las catequesis sobre la misericordia según la perspectiva bíblica, para aprender sobre la misericordia al escuchar aquello que Dios mismo nos enseña con su Palabra. Iniciamos por el Antiguo Testamento, que nos prepara y nos conduce a la revelación plena de Jesucristo, en el cual se realiza la revelación de la misericordia del Padre.

En las Sagradas Escrituras, el Señor es presentado como “Dios misericordioso”. Este es su nombre,  a través del cual nos revela, por así decir, su rostro y su corazón. Él mismo, como narra el Libro del Éxodo, revelándose a Moisés  se autodefinió como: «El Señor, Dios misericordioso y bondadoso, lento para enojarse, y pródigo en amor y fidelidad» (34,6). También en otros textos encontramos esta fórmula, con alguna variación, pero siempre la insistencia está puesta en la misericordia y en el amor de Dios que no se cansa nunca de perdonar (cfr Gn 4,2; Gl 2,13; Sal 86,15; 103,8; 145,8; Ne 9,17). Veamos juntos, una por una, estas palabras de la Sagrada Escritura que nos hablan de Dios.

El Señor es “misericordioso”: esta palabra evoca una actitud de ternura como la de una madre con su hijo. De hecho, el término hebreo usado en la Biblia hace pensar a las vísceras o también en el vientre materno. Por eso, la imagen que sugiere es aquella de un Dios que se conmueve y se enternece por nosotros como una madre cuando toma en brazos a su niño, deseosa sólo de amar, proteger, ayudar, lista a donar todo, incluso a sí misma. Esa es la imagen que sugiere este término. Un amor, por lo tanto, que se puede definir en sentido bueno “visceral”.

Después está escrito que el Señor es “bondadoso, en el sentido que hace gracia, tiene compasión y, en su grandeza, se inclina sobre quien es débil y pobre, siempre listo para acoger, comprender, perdonar. Es como el padre de la parábola del Evangelio de Lucas (cfr Lc15,11-32): un padre que no se cierra en el resentimiento por el abandono del hijo menor, sino al contrario continúa a esperarlo, lo ha generado, y después corre a su encuentro y lo abraza, no lo deja ni siquiera terminar su confesión, como si le cubriera la boca, qué grande es el amor y la alegría por haberlo reencontrado; y después va también a llamar al hijo mayor, que está indignado y no quiere hacer fiesta, el hijo que ha permanecido siempre en la casa, pero viviendo como un siervo más que como un hijo, y también sobre él el padre se inclina, lo invita a entrar, busca abrir su corazón al amor, para que ninguno quede excluso de la fiesta de la misericordia. La misericordia es una fiesta.

De este Dios misericordioso se dice también que es lento para enojarse”, literalmente, “largo de respiro”, es decir, con el respiro amplio de la paciencia y de la capacidad de soportar. Dios sabe esperar, sus tiempos no son aquellos impacientes de los hombres; Es como un sabio agricultor que sabe esperar, da tiempo a la buena semilla para que crezca, a pesar de la cizaña (cfr Mt 13,24-30).

Y por último, el Señor se proclama grande en el amor y en la fidelidad”. ¡Qué hermosa es esta definición de Dios! Aquí está todo. Porque Dios es grande y poderoso, pero esta grandeza y poder se despliegan en el amarnos, nosotros así pequeños, así incapaces. La palabra “amor”, aquí utilizada, indica el afecto, la gracia, la bondad. No es un amor de telenovela. Es el amor que da el primer paso, que no depende de los méritos humanos sino de una inmensa gratuidad. Es la solicitud divina que nada la puede detener, ni siquiera el pecado, porque sabe ir más allá del pecado, vencer el mal y perdonarlo.
Una “fidelidad” sin límites: he aquí la última palabra de la revelación de Dios a Moisés. La fidelidad de Dios nunca falla, porque el Señor es el Custodio que, como dice el Salmo, no se adormenta sino que vigila continuamente sobre nosotros para llevarnos a la vida:

«El no dejará que resbale tu pie:
¡tu guardián no duerme!
No, no duerme ni dormita
el guardián de Israel.
[...]
El Señor te protegerá de todo mal
y cuidará tu vida.
El te protegerá en la partida y el regreso,
ahora y para siempre» (121,3-4.7-8).

Y este Dios misericordioso es fiel en su misericordia. Y Pablo dice algo bello: si tú, delante a Él, no eres fiel, Él permanecerá fiel porque no puede renegarse a sí mismo, la fidelidad en la misericordia es el ser de Dios. Y por esto Dios es totalmente y siempre confiable. Una presencia sólida y estable. Es esta la certeza de nuestra fe. Y luego, en este Jubileo de la Misericordia, confiemos totalmente en Él, y experimentemos la alegría de ser amados por este “Dios misericordioso y bondadoso, lento para enojarse y grande en el amor y en la fidelidad”.
(Traducción por Mercedes De La Torre – Radio Vaticano).

Francisco: la oración cambia a la Iglesia, no los Papas

 La oración hace milagros e impide que el corazón se endurezca, olvidando la piedad. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Misa de la mañana celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta. “La oración de los fieles  – dijo el Santo Padre  – cambia la Iglesia: no somos nosotros, los Papas, los obispos, los sacerdotes” quienes llevamos adelante la Iglesia, sino “los Santos”, dijo.
Podemos ser personas de fe y haber perdido el sentido de la piedad bajo las cenizas del juicio y de las críticas a ultranza. La historia que relata la página de la Biblia que el Pontífice comentó en esta ocasión ofrece un gran ejemplo. Los protagonistas son Ana – una mujer angustiada a causa de su esterilidad que suplica llorando a Dios que le dé un hijo  – y un sacerdote, Elí, que la observa distraídamente desde lejos, sentado en un banco del templo.
La “apuesta” de la oración
La escena descrita en el libro de Samuel refiere primero las palabras angustiadas de Ana y después los pensamientos del sacerdote, que al no lograr oír nada juzga con malévola superficialidad el mudo diálogo de la mujer: para él es sólo “una borracha”. Y en cambio, como después sucederá, aquel llanto incontenible está a punto de obtener de Dios el milagro pedido:
“Ana rezaba en su corazón y se movían sólo los labios, si bien la voz no se oía. Este es el coraje de una mujer de fe que con su dolor, con sus lágrimas, pide al Señor la gracia. Tantas buenas mujeres son así en la Iglesia, ¡tantas!, que van a rezar como si fuera una apuesta… Pensemos sólo en una grande, Santa Mónica, que con sus lágrimas logró obtener la gracia de la conversión de su hijo, San Agustín. Tantas cosas son así”.
Luchar de rodillas
Elí, el sacerdote, es “un pobre hombre” hacia el cual – admitió textualmente el Papa Francisco – “tengo cierta simpatía” porque “también en mí encuentro defectos que me acercan a él y me permiten comprenderlo bien”. “Con cuánta facilidad  – dijo también el Papa – nosotros juzgamos a las personas, con cuánta facilidad les faltamos el respeto al decir: ‘¿Pero qué cosa tendrá en su corazón? No lo sé, pero yo no digo nada…’”. Cuando “falta la piedad en el corazón, siempre se piensa mal” y no se comprende a quien, en cambio, reza “con dolor y con angustia” y “encomienda aquel dolor y angustia al Señor”:
“Esta oración la ha conocido Jesús en el Huerto de los Olivos, cuando era tanta la angustia y tanto el dolor que sudó sangre. Y no reprochó al Padre: ‘Padre, si tú quieres quítame esto, pero que se haga tu voluntad’. Y Jesús ha respondido por el mismo camino de esta mujer: la docilidad. A veces, nosotros rezamos, pedimos al Señor, pero tantas veces no sabemos llegar precisamente a aquella lucha con el Señor, a las lágrimas, a pedir, a pedir la gracia”.
Los fieles santos, no los Papas
El Papa recordó la historia de un hombre de Buenos Aires quien teniendo a su hija de nueve años internada en fin de vida, fue a ver a la Virgen de Luján y transcurrió toda la noche aferrado a la verja del Santuario pidiendo la gracia de la curación. Y a la mañana siguiente, al regresar al hospital, la encontró curada:
“La oración hace milagros. También hace milagros a quienes son cristianos, ya sean fieles laicos, sacerdotes, obispos, que han perdido la piedad. La oración de los fieles cambia a la Iglesia: no somos nosotros, los Papas, los obispos, los sacerdotes, las religiosas quienes llevamos adelante la Iglesia. ¡Son los santos! Y los santos son estos, como aquella mujer. Los santos son aquellos que tienen el coraje de creer que Dios es el Señor que puede hacer todo”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).

Curó a muchos enfermos de diversos males


Lectura del santo evangelio según San Marcos 1, 29-39
En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés.
La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, e inmediatamente le hablaron de ella. Él se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles.
Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.
Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron en su busca y, al encontrarlo, le dijeron:
-«Todo el mundo te busca.»
Él les respondió:
- «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido.»
Así recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios
Palabra del Señor.

martes, 12 de enero de 2016

¿Por qué Jesús quiso bautizarse?

«Un día, cuando se bautizaba mucha gente, Jesús también se bautizó». Con esta frase tan sencilla nos narra el evangelista Lucas el acontecimiento del Bautismo de Jesús cuya fiesta celebramos este Domingo. Un hecho que probablemente pasó desapercibido para muchos de los que estaban recibiendo el bautismo de conversión de manos de Juan y que, sin embargo, transformó ese gesto ritual en una realidad totalmente nueva y radicalmente distinta. Juan, el primo de Jesús, fue consciente de ello. Sabía que Jesús era “mas fuerte que él” y que administraría el bautismo con fuego y Espíritu Santo, que llevaría a plenitud lo que él realizaba como figura.
Jesús quiso participar del bautismo que impartía Juan como uno más entre la multitud. ¿Por qué hace esto Jesús? ¿Por qué Jesús quiso bautizarse? Desde los primeros siglos de la historia cristiana, la Iglesia ha dado respuesta a esta pregunta desde distintos y complementarios ángulos. Ciertamente Jesús no necesitaba ser purificado de pecado alguno. Y, sin embargo, se hace bautizar por Juan. San Ambrosio de Milán redondea una respuesta y explica: «Fue bautizado el Señor no para purificarse sino para purificar las aguas, a fin de que, purificadas por la carne de Jesucristo, que no conoció el pecado, tuviesen la fuerza para bautizar a los demás». Otros padres y autores explican cómo el Bautismo de Jesús lleva a su plenitud una serie de hechos de la historia del pueblo de Israel (el paso del Mar Rojo, el diluvio universal por ejemplo) que precisamente anunciaban la llegada de ese momento definitivo en el que Dios salvaría a la humanidad no ya del faraón y sus ejércitos sino de la plaga más terrible de todas, de la mayor de las rupturas, de su peor enemigo: del pecado.
Como cristianos formamos parte del devenir histórico de ese Cuerpo que nace de las aguas del Bautismo. El Papa Francisco lo describe como el eslabón de una cadena que nos une con todos los cristianos que han sido sumergidos en las aguas del Bautismo y han renacido a la vida nueva en Cristo: «En este Cuerpo, en este pueblo en camino, se transmite de generación en generación la fe de la Iglesia. Es la fe de María, nuestra Madre, la fe de San José, de San Pedro, de San Andrés, de San Juan, la fe de los Apóstoles y de los mártires, que llegó hasta nosotros, a través del Bautismo». ¡Qué hermosa y profunda realidad! Como bautizados somo parte de esa cadena initerrumpida de transmisión de la fe. Ante ello nos podemos una pregunta concreta: ¿Mi vida cotidiana es reflejo coherente de esa fe que he recibido en mi Bautismo? ¿Qué puedo hacer para ser cada día un poquito más coherente que el anterior?
Siempre descubriremos en nuestra conciencia y en nuestro actuar faltas y pecados que nos alejan del Señor, que nos hacen indignos del nombre de cristianos. No es motivo para desanimarse ni para profundizar las rupturas. El Señor Jesús, al ponerse en la “fila” para recibir el bautismo de Juan nos da una gran lección en este sentido. Él realmente se ha hecho uno más entre nosotros.  Aquél que no necesita conversión se pone en fila junto con los pecadores (con cada uno de nosotros que sí la necesitamos). Se pone —podríamos decir— de nuestra parte. «Jesús quiere ponerse del lado de los pecadores haciéndose solidario con ellos, expresando la cercanía de Dios. Jesús se muestra solidario con nosotros, con nuestra dificultad para convertirnos, para dejar nuestros egoísmos, para desprendernos de nuestros pecados, para decirnos que si le aceptamos en nuetra vida, Él es capaz de levantarnos de nuevo. Jesús se sumergió realmente en nuestra condición humana, la vivió hasta el fondo, salvo en el pecado, y es capaz de comprender su debilidad y fragilidad» (Benedicto XVI). ¡Qué bendición podernos experimentar comprendidos por Alguien justamente cuando nos descubrimos débiles y frágiles!
Esta fiesta del Señor Jesús es, pues, una celebración de esperanza para todos los que somos pecadores y reconocemos la ruptura y la tentación en nuestra vida. Tenemos esperanza porque Cristo, que se ha hecho uno de nosotros, camina a nuestro lado y nos vivifica. Cuando nos descubramos siendo incoherentes, cuando experimentemos la fuerza del pecado, cuando nos sintamos vulnerables, cuando nos falten las fuerzas, miremos a nuestro alrededor: somos parte de un Cuerpo del que Cristo es la Cabeza. No estamos solos. Profesamos la misma fe que María y los Apóstoles. Jesús nos sostiene y nos fortalece, nos levanta si caemos, nos da aliento si desfallecemos. En verdad Él es nuestro Salvador y su Rostro nos manifiesta la infinita misericordia y amor que Dios nos tiene.
Ignacio Blanco

Reflexiones sobre la Misericordia de Dios en Navidad. 3. ANDAR EL CAMINO

Pero los magos no se conformaron con ver la estrella, ni se sintieron satisfechos con conocer el lugar dónde estaba Jesús. Se pusieron en camino, buscaron y fueron al encuentro.

Podremos saber dónde se manifiesta Dios, dónde nace Jesús, pero no es suficiente ver ni saber. Hay un camino que realizar hacia el encuentro de la epifanía de Dios, para también abrir nuestros tesoros. El tesoro en Mateo es el corazón de la persona, porque “donde esté tu tesoro allí también estará tu corazón (afirma Jesús en Mt 6,21). Por ello no está demás preguntarnos por nuestros tesoros para caer en la cuenta de lo fundamental en nuestra vida, por lo que desgastamos nuestra existencia.

La presencia de Dios en nuestras vidas nos está repitiendo los imperativos a través del profeta Isaías de ese día 6: ¡levántate y brilla!” (Is 60,1) que llega tu luz, que ha terminado el tiempo del cansancio y de los lamentos, de la apatía y del conformismo, del mirar sin reaccionar. Es preciso salir de los individualismos y pesimismos, porque ha amanecido el tiempo de la fe, de la misericordia y de la esperanza, aparece la certeza de una vida nueva.

¡Levántate y brilla!” para continuar con el proyecto creador de Dios, pues cuando nos ponemos en camino, cuando estamos en ese proceso continuo de conversión la estrella que buscamos vuelve a brillar para guiarnos, para hacernos crecer en esa acogida de la luz que amanece, que aparece, que ha venido a nosotros como vida.

No es suficiente dejarse impresionar. Se sobresaltaron, se turbaron Herodes y toda la gente de Jerusalén al oír las palabras de los Magos diciendo: hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarlo” (Mt 2,2). Un sobresalto porque han de decidir qué tipo de rey quieren: Herodes o a quien Dios ha prometido, decisión que tomarán al final de la vida de Jesús.

Porque no es suficiente el saber, ni la emoción que sorprende, sino que también se nos pide a nosotros el adorarlo, la primera carta de Juan nos ayuda a concretar nuestra adoración, a abrir nuestros cofres y poder ofrecer lo que uno tiene (oro), lo que uno anhela y sueña (incienso) y lo que uno es (mirra), en los días anteriores a la Epifanía del Señor.
Hacer el camino, reconocer la manifestación de Dios, permanecer en la luz exige amar al hermano. En esto hemos conocido lo que es el amor, en que Él ha dado su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos” (1Jn 3,16). Aquí se muestra la misericordia. El amor a los hermanos injerta a las personas en el reino de la vida. Pero no olvidemos a quiénes declara Jesús hermanos: a los últimos, a los pequeños. Por ello, continúa diciéndonos esa 1 carta de Juan que ese amor exige gestos concretos ante las necesidades del prójimo:
“Si alguien que tiene bienes de este mundo ve a su hermano en necesidad y no se apiada de él ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (1Jn 3,17)

Adorar a Jesús, reconocer la manifestación de Dios en la vida, vivir la misericordia, que se abra la puerta de la justicia, conlleva dar y compartir con los más pobres, así como generar vida donde está ausente. Por ello, también esa misma carta en distintas ocasiones vincula el nacimiento de Dios con la justicia:Todo el que practica la justicia ha nacido de Dios” (1Jn 2,29, lectura del 3 de enero), “quien no practica la justicia, y quien no ama a su hermano, no es de Dio” (1Jn 3,10, de la lectura del 4 de enero). Pero no nos sorprende, pues durante todo el Adviento, el profeta Isaías nos ha expresado como la manifestación de Dios hará justicia a favor de los débiles (Is 11,4), “será la justicia el ceñidor de sus lomos” (Is 11,5), abriendo de este modo el mundo a la esperanza de un renovado paraíso terreal sin violencias ni sobresaltos.

A nosotros nos corresponde realizar esos signos que, como Jesús ante Juan Bautista, den testimonio de que la presencia de Dios entre nosotros construye una sociedad nueva, posibilita una vida digna a los que carecen de ella, transforma la desgracia y la injusticia, anuncia una Buena Nueva a todos los hombres y mujeres de nuestro mundo.

  • Tal vez pueda comprometerme personalmente, podamos asumir como familia, podríamos iniciar como comunidad, como parroquia pequeñas acciones o grandes proyectos que requieran esperanza, que estén clamando justicia; de personas que suplican una acogida, a quienes les baste tu servicio o tu misericordia, que estén necesitados de vida. Comprometámonos con cualquier cosa necesaria; todo, menos quedarnos pasmados como la gente de Jerusalén y menos aún con la sospecha y el miedo de que nos van quitar algo de vida, como Herodes.



Signos todos ellos que como a los Magos al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría” (Mt 2, 10), también posibiliten a quienes experimenten estas señales del Reino como signos liberadores, una presencia de Dios capaz de transformar su tristeza en inmensa alegría. Y, de esta manera, continuemos anunciando “que por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, nos vista la Luz de lo alto”.
 Lorenzo DE SANTOS MARTÍN

Reflexiones sobre la Misericordia de Dios en Navidad. 2. ¿DÓNDE SE MANIFIESTA?

Al igual que los magos preguntan: ¿Dónde está el que ha nacido?” (Mt 2,2), también nosotros hemos de preguntarnos ¿dónde se manifiesta Dios? ¿Cuáles son los signos de la manifestación de Dios? Pregunta que se hicieron los magos, que se hizo Herodes y que continuamos haciéndonos nosotros hoy para poder descubrir la epifanía de Dios.

Las indicaciones de lugar narradas en el evangelio del día 6 de enero son dos ciudades: Belén y Jerusalén, y una casa. Por dos veces se nos menciona Belén refiriéndonosla como un pueblo: Jesús nació en Belén de Judea”, (Mt 2,1), En Belén de Judea” (Mt 2,5) respondieron los jefes de los sacerdotes y los escribas a Herodes, y la tercera ocasión nos especifica las características de este pueblo, con las palabras del profeta Miqueas:

“Y tú, Belén, tierra de Judá,
no eres, ni mucho menos,
la menor entre las ciudades
principales de Judá;
porque de ti saldrá un jefe,
que será pastor de mi pueblo, Israel” (Mt 2,6)

El cambio realizado por Mateo de la cita profética sirve para evidenciar la característica de ayer y hoy del lugar: la menor. Entre lo pequeño escoge siempre Dios para manifestarse, por lo que pasa de ser, gracias a su mirada, lo más insignificante a lo más importante. De ahí esas palabras proféticas afirmando como lo pequeño y lo último recobra el primer puesto, lo principal en la perspectiva divina.

Dios escoge Israel entre los más pequeños (Dt 7,7). Prefiere a Ábel a Caín, por ser el segundo y significar “soplo, álito” (Gn 4,4). Elige a David que es el más pequeño de los hermanos (1Sam 16,11). Dios escoge “lo pequeño y despreciable del mundo, lo que no es”, nos dice Pablo en su carta a los corintios (1Cor 1,28). Hoy también para continuar reconociendo la presencia de Dios es necesario mirar en la dirección adecuada.

En contraposición, la otra ciudad mencionada es Jerusalén. Allí se esconde la estrella. No hay signos de la presencia de Dios. Jerusalén, lugar que requiere el acercamiento a la Escritura para ayudar a entender lo que sucede. Jerusalén, la ciudad más importante, incluso religiosamente. La principal ante los hombres, donde habitan los que tienen todo el poder: económico, social y religioso. Lugar dónde deciden eliminar y acabar con quien encarna la manifestación definitiva de Dios: Jesús de Nazaret. El lugar de los importantes, de los poderosos, de los que aniquilan al Justo, de los que provocan la muerte de los inocentes, de los que crucifican al que ama, al que libera, al que cura, al que manifiesta a Dios, al Salvador. Pero donde no puede brillar la estrella, sino que se oculta; donde Jesús no hará ningún milagro según la tradición sinóptica. En Jerusalén no puede nacer la manifestación definitiva y plena de Dios.

En la casa, el tercer lugar mencionado en el texto mateano (“entraron en la casa” Mt 2,11). No en ninguno de los palacios de Herodes, ni en el templo de Jerusalén, sino en una casa está Jesús. Ya anunció el ángel a los pastores qué características tenía ese habitáculo: “encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2,12, del evangelio de la misa de medianoche del día de Navidad). Jesús no ha venido con el poder humano de majestad y fuerza, sino compartiendo la existencia humana de los más pobres y humildes, la suerte de los necesitados y últimos. Por ello serán los pastores los primeros en reconocerlo.

Después, los magos, los que están dispuestos a ir allí dónde se manifiesta, donde está. Y continúa estando entre los pequeños, sus hermanos, entre los últimos: "En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”, afirma el mismo Jesús en Mt 25,40. Hacia ellos han de ir dirigidas las obras de misericordia que se nos piden en este Año Jubilar. Por amor, gratuitamente, Jesús se identifica con ellos, al igual que por amor Dios se manifiesta, es luz y nace para nosotros en el que sufre, en el enfermo, en el que vive solo, en el hambriento, en el desnudo, en el que está en la cárcel, en el extranjero, en el refugiado, en las víctimas de la injusticia, de la violencia, en el necesitado.

Pongamos nombre a esas situaciones y personas que conocemos que pueden ser signos durante este Año Jubilar para indicarnos el encuentro hacia la presencia y manifestación del nacimiento de Jesús.

 Lorenzo DE SANTOS MARTÍN