martes, 15 de diciembre de 2015

Homilía del Papa: La verdadera riqueza de la Iglesia son los pobres

 Que la Iglesia sea humilde, pobre y confiada en el Señor, dijo el Papa Francisco en su homilía de la misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta.
El Pontífice subrayó que la pobreza es la primera de las Bienaventuranzas y añadió que la verdadera riqueza de la Iglesia son los pobres y no el dinero o el poder mundano.
Jesús reprochaba con fuerza a los jefes de los sacerdotes y les advierte que incluso las prostitutas los precederán en el Reino de los cielos. El Santo Padre Francisco se inspiró en el Evangelio del día para advertir ante las tentaciones que también hoy pueden corromper el testimonio de la Iglesia. También en la Primera Lectura, tomada del Libro de Sofonías – destacó – se ven las consecuencias de un pueblo que se vuelve impuro y rebelde por no haber escuchado al Señor.

Que la Iglesia sea humilde y que no ostente los poderes

Ante la pregunta de cómo debe ser una Iglesia fiel al Señor, una Iglesia que confíe en Dios, Francisco respondió que debe “tener tres rasgos”: debe ser humilde, pobre y con confianza en el Señor:
“Una Iglesia humilde, que no se pavonee de los poderes, de las grandezas. Humildad no significa una persona lánguida, desganada, que tiene los ojos en blanco… No, ¡ésta no es humildad, esto es teatro! Esto es fingir humildad. La humildad tiene un primer paso: ‘Yo soy pecador’. Si tú no eres capaz de decirte a ti mismo que eres pecador y que los demás son mejores que tú, no eres humilde. El primer paso en la Iglesia humilde es sentirse pecadora, el primer paso de todos nosotros es lo mismo. Si alguno de nosotros tiene la costumbre de mirar los defectos de los demás y parlotear de ellos no es humilde, se cree juez de los demás”.

Que la Iglesia no esté apegada al dinero, los pobres son la verdadera riqueza

Nosotros – afirmó el Pontífice – debemos pedir “esta gracia, para que la Iglesia sea humilde, para que yo sea humilde, para que cada uno de nosotros” sea humilde. El segundo paso es la pobreza que – añadió  – “es la primera de las Bienaventuranzas”. Pobre en el espíritu – precisó – quiere decir estar “sólo apegado a las riquezas de Dios”. No, por tanto,  a “una Iglesia que vive apegada al dinero, que piensa en el dinero, que piensa en cómo ganar dinero”. “Como se sabe  – afirmó el Papa – en un templo de la diócesis, para pasar la Puerta Santa, decían ingenuamente a la gente que se debía hacer una oferta: ésta no es la Iglesia de Jesús, ésta es la Iglesia de estos jefes de los sacerdotes, apegada al dinero”.
“Nuestro diácono, el diácono de esta diócesis, Lorenzo, cuando el emperador – era el ecónomo de la diócesis – le dice que lleve las riquezas de la diócesis, así, pagar algo y no ser asesinado, vuelve con los pobres. Los pobres son las riquezas de la Iglesia. Si tú tienes un banco tuyo, eres el dueño de un banco, pero tu corazón es pobre, no estás apegado al dinero, esto está al servicio, siempre. La pobreza es este desapego, para servir a los necesitados, para servir a los demás”.

Que la Iglesia confíe siempre en el Señor que jamás decepciona


El Papa  también invitó a formularnos esta pregunta: “¿Somos una Iglesia, un pueblo humilde, pobre? ‘¿Yo soy o no soy pobre?’”. Y, en fin, el tercer punto es que la Iglesia debe confiar en el nombre del Señor:
“¿Dónde está mi confianza? ¿En el poder, en los amigos, en el dinero? ¡En el Señor! Esta es la herencia que nos promete el Señor: ‘Dejaré en medio de ti a un pueblo humilde y pobre, confiará en el nombre del Señor’. Humilde porque se siente pecador; pobre porque su corazón está apegado a las riquezas de Dios y si las tiene es para administrarlas; confiado en el Señor, porque sabe que sólo el Señor puede garantizar una cosa que le haga bien. Y verdaderamente estos jefes de los sacerdotes a los que se dirigía Jesús no entendían estas cosas y Jesús ha tenido que decirles que una prostituta entrará antes que ellos en el Reino de los Cielos”.
“En esta espera del Señor, de la Navidad  – concluyó Francisco su homilía  – pidamos que nos dé un corazón humilde, que nos dé un corazón pobre y, sobre todo, un corazón confiado en el Señor, porque el Señor jamás decepciona”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).


¿Por qué es tan importante obedecer a Dios? por el P. Cantalamessa

¿Por qué es tan importante obedecer a Dios? ¿Por qué a Dios le importa tanto ser obedecido? ¡Ciertamente no por el gusto de mandar y de tener súbditos! Es importante porque obedeciendo hacemos la voluntad de Dios, queremos las mismas cosas que quiere Dios, y así realizamos nuestra vocación originaria, que es la de ser «a su imagen y semejanza
Estamos en la verdad, en la luz y como consecuencia en la paz, como el cuerpo que ha alcanzado su punto de quietud. Dante Alighieri encerró todo ello en un verso considerado por muchos el más bello de toda la Divina Comedia: «y en su querer se encuentra nuestra paz» [4]. (…)
Cuando Dios encuentra un alma decidida a obedecer, entonces toma su vida en sus manos, como se toma el timón de una embarcación, o como se toman las riendas de un carro. Él se convierte en serio, y no sólo en teoría, en «Señor», en quien «rige», quien «gobierna» determinando, se puede decir, momento a momento, los gestos, las palabras de esa persona, su modo de utilizar el tiempo, todo.
Esta «dirección espiritual» se ejerce a través de las «buenas inspiraciones» y con mayor frecuencia aún en las palabras de Dios de la Biblia. Lees o escuchas pasajes de la Escritura y he aquí que una frase, una palabra, se ilumina; se hace, por decirlo así, radiactiva. Sientes que te interpela, que te indica qué hay que hacer. Aquí se decide si se obedece a Dios o no.
El Siervo de Yahvé dice de sí mismo en Isaías: «Mañana tras mañana despierta mi oído para escuchar como discípulo» (Isaías 50, 4). También nosotros, cada mañana, en la Liturgia de las Horas o de la Misa, deberíamos estar con el oído atento. En ella hay casi siempre una palabra que Dios nos dirige personalmente y el Espíritu no deja de actuar para que se la reconozca entre todas (… )
 Como el servidor fiel no toma jamás una iniciativa ni atiende una orden de extraños sin decir: «Debo escuchar antes a mi patrón», igualmente el verdadero siervo de Dios no emprende nada sin decirse a sí mismo: «¡Debo orar un poco para saber qué quiere mi Señor yo que haga!». ¡Así se ceden las riendas de la propia vida a Dios!
 La voluntad de Dios penetra, de esta forma, cada vez más capilarmente en el tejido de una existencia, embelleciéndola y haciendo de ella un «sacrificio vivo, santo y agradable a Dios» (Rm 12, 1). Toda la vida se convierte en una obediencia a Dios y proclama silenciosamente su soberanía en la Iglesia y en el mundo.
Dios --decía San Gregorio Magno-- «a veces nos advierte con las palabras, a veces, en cambio, con los hechos», esto es, con los sucesos y las situaciones. Existe una obediencia a Dios --a menudo entre las más exigentes-- que consiste sencillamente en obedecer a las situaciones. Cuando se ha visto que, a pesar de todos los esfuerzos y los ruegos, hay en nuestra vida situaciones difíciles, a veces hasta absurdas y --en nuestra opinión-- espiritualmente contraproducentes, que no cambian, es necesario dejar de «dar coces contra el aguijón» y empezar a ver en ellas silenciosa, pero resuelta voluntad de Dios en nosotros.
La experiencia demuestra que sólo después de haber pronunciado un «sí» total y desde lo profundo del corazón a la voluntad de Dios, tales situaciones de sufrimiento pierden el poder angustiante que tienen sobre nosotros. Las vivimos con más paz.
Antes de terminar nuestras consideraciones sobre la obediencia, contemplemos un instante el icono viviente de la obediencia, a aquella que no sólo imitó la obediencia del Siervo, sino que la vivió con Él. (…) También María obedeció con seguridad a sus padres, a la ley, a José (…) a la Palabra de Dios. Su obediencia es la antítesis exacta a la desobediencia de Eva. (…)

Sin duda María habrá recitado o escuchado, durante su vida terrena, el versículo del Salmo en el que se dice a Dios: «Enséñame a cumplir tu voluntad» (Sal 142,10). Nosotros dirigimos a Ella la misma oración: «¡Enséñanos, María, a cumplir la voluntad de Dios como la cumpliste tú!».
(Del segundo sermón del P. Cantalamessa para el Pontífice y la curia romana en la Cuaresma del 2006)

SI EL AFLIGIDO INVOCA AL SEÑOR, ÉL LO ESCUCHA

Del Salmo 33:



Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren.

Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha

Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
Si el afligido invoca al Señor,
Él lo escucha y lo salva de sus angustias.

Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha

Pero el Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria.
Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias.

Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha

El Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos.
El Señor redime a sus siervos,
no será castigado quien se acoge a Él.


Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha

¿Quién hace lo que quire el Padre?


Lectura del santo evangelio según san Mateo 21, 28-32
En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
- «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: "Hijo, ve hoy a trabajar en la viña. " Él le contestó: "No quiero." Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: "Voy, señor." Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?»
Contestaron: - «El primero.»
Jesús les dijo: - «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñandoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis.»
Palabra del Señor-
Fuente: News.va

lunes, 14 de diciembre de 2015

Osoro volverá a bendecir a miles de familias en La Almudena El 27 de diciembre, fiesta de la Sagrada Familia

El arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, ha decidido que repetirá este año 2015 el nuevo formato de celebración de la denominada Misa de las Familias que inauguró el año pasado y que consistió en una especie de maratón de bendiciones en la catedral de La Almudena, solo interrumpida por la eucaristía. El acto tendrá lugar el próximo domingo 27 de diciembre, según han informado a Europa Press fuentes del Arzobispado.
Esta iniciativa sustituyó en 2014 a la misa de Colón que venía celebrándose desde hacía seis años de la mano del cardenal y entonces arzobispo de Madrid Antonio María Rouco Varela. Tras aceptar el papa Francisco la renuncia de Rouco en agosto del año pasado, en octubre de 2014 le relevó al frente de la diócesis de Madrid el hasta entonces arzobispo de Valencia, Carlos Osoro. El nuevo obispo decidió trasladar la celebración al interior de la Catedral.
Durante la fiesta de 2014, Osoro bendijo a unas 1.000 personas a la hora, y este año hará lo propio. Impartirá bendiciones hasta que no queden familias pues, tal y como dijo el año pasado: "Me quedaré bendiciendo toda la noche si hace falta".
Este año se volverán a abrir las puertas de la Catedral el domingo por la mañana para que el obispo comience a recibir a todos los que deseen acercarse. A las 12.00 horas, se interrumpirán las bendiciones para celebrar la eucaristía y, al término de la misma, continuará saludando a las familias hasta que no quede ninguna en la cola.

El año pasado, el arzobispo entregaba a cada familia una oración y unos dibujos realizados por él en los que quería representar la importancia de la familia cristiana. Por su parte, los matrimonios, parejas y personas solas que guardaban la fila lo hacían para saludarle y pedirle su ayuda.

Homilía del Papa: Es hermoso esperar en la misericordia de Dios

 La esperanza en la misericordia de Dios abre los horizontes y nos hace libres, mientras la rigidez clerical cierra los corazones y hace mucho mal. Son los conceptos que expresó el Papa Francisco en su homilía de la Misa de la mañana celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta.

La primera Lectura del día, tomada del Libro de los Números, se refiere a Balaam, un profeta contratado por un rey para maldecir a Israel. Balaam – observó el Papa – “tenía sus defectos, e incluso sus pecados, porque todos tenemos pecados, todos. Todos somos pecadores. Pero no se asusten – exhortó el Pontífice – Dios es más grande que todos nuestros pecados”. “En su camino, Balaam encuentra al ángel del Señor y cambia su corazón”. “No cambia de partito”, sino que “cambia del error a la verdad, y cuenta lo que ve”: el Pueblo de Dios vive en las tiendas, en medio del desierto, y él, “además del desierto ve la fecundidad, la belleza, la victoria”. Abrió su corazón, “se convirtió” y “vio lejos, vio la verdad”, porque “con buena voluntad siempre se ve la verdad”. “Es una verdad que da esperanza”.

“La esperanza – afirmó el Papa – es esta virtud cristiana que nosotros tenemos como un gran don del Señor y que nos hace ver lejos, más allá de los problemas, los dolores, las dificultades, más allá de nuestros pecados”. Nos hace “ver la belleza de Dios”:

“Cuando yo me encuentro con una persona que tiene esta virtud de la esperanza y se encuentra en un momento feo de su vida – ya sea una enfermedad, una preocupación por un hijo o una hija, o por alguien de la familia, que padece algo – pero que tiene esta virtud, en medio del dolor, tiene el ojo penetrante, tiene la libertad de ver más allá, siempre más allá. Y ésta es la esperanza. Y ésta es la profecía que hoy nos ofrece la Iglesia: nos quiere mujeres y hombres de esperanza, incluso en medio de los problemas. La esperanza abre horizontes, la esperanza es libre, no es esclava, siempre encuentra un lugar para resolver una situación”.

En el Evangelio se habla de los jefes de los sacerdotes que preguntan a Jesús con qué autoridad actúa: “No tienen horizontes” – dijo el Papa – son “hombres cerrados en sus cálculos”, “esclavos de las propias rigideces. Y los cálculos humanos “cierran el corazón, cierran la libertad”, mientras “la esperanza nos vuelve ligeros”:

“Qué hermosa es la libertad, la magnanimidad, la esperanza de un hombre y una mujer de Iglesia. En cambio, qué fea y cuánto mal hace la rigidez de una mujer y de un hombre de Iglesia, la rigidez clerical, que no tiene esperanza. En este Año de la Misericordia, están estos dos caminos: quien tiene esperanza en la misericordia de Dios y sabe que Dios es Padre; Dios perdona siempre, pero todo; más allá del desierto está el abrazo del Padre, el perdón. Y también están aquellos que se refugian en su propia esclavitud, en su propia rigidez, y no saben nada de la misericordia de Dios. Estos eran doctores, habían estudiado, pero su ciencia no los ha salvado”.

El Papa concluyó su homilía relatando un hecho que sucedió en 1992 en Buenos Aires, durante una Misa para los enfermos. Estaba confesando ya desde hacía muchas horas, cuando llegó una mujer muy anciana, de 80 años de edad, “con los ojos que ven más allá, esos ojos llenos de esperanza”:

“Y yo le dije: ‘Abuela, ¿usted viene para confesarse?’. Porque yo me estaba levantando. ‘Sí’. ‘Pero, usted no tiene pecados’. Y ella me dijo: ‘Padre, todos los tenemos’. ‘Pero, ¿acaso el Señor no los perdona?’. ‘¡Dios perdona todo!’, me dijo. Dios perdona todo. ‘¿Y cómo lo sabe?’, le pregunté. ‘Porque si Dios no perdonara todo, el mundo no existiría’. Ante estas dos personas – el libre, la esperanza, el que te trae la misericordia de Dios, y el cerrado, el legalista, precisamente el egoísta, el esclavo de las propias rigideces – recordemos esta lección que esta anciana de 80 años de edad – era portuguesa – me dijo: Dios perdona todo, sólo espera que tú te acerques”. 
(María Fernanda Bernasconi - RV).

“¡Conviértete! Para poder recibir al Dios de la alegría”, el Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!
En el Evangelio de hoy hay una pregunta repetida tres veces: «¿Qué debemos hacer? » (Lc3,10.12.14). Le preguntan a Juan Bautista tres categorías de personas: primero, la muchedumbre en general; segundo, los publicanos, es decir los cobradores de impuestos; y tercero, algunos soldados. Cada uno de estos grupos pregunta al profeta qué debe hacer para realizar la conversión que él está predicando. La respuesta de Juan a la pregunta de la muchedumbre es el compartir los bienes de primera necesidad:  «El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; y el que tenga qué comer, haga otro tanto» ( v.11). A los cobradores de impuestos dice no exigir nada más de la suma debida (cfr v.13), ¿qué quiere decir esto? No hacer sobornos, es claro Bautista; y el tercer grupo a los soldados les pide no extorsionar nada a ninguno sino contentarse de sus pagos (cfr v.14). Son las tres respuestas para las tres preguntas. Tres respuestas para un idéntico camino de conversión, que se manifiesta en empeños concretos de justicia y de solidaridad. Es el camino que Jesús indica en toda su predicación: el camino del amor hecho por el prójimo.
Y en estas advertencias de Juan Bautista comprendemos cuáles eran las tendencias generales de quien en aquella época tenía el poder, bajo las formas diversas. Las cosas no han cambiado tanto. No obstante, ninguna categoría de personas está excluida del recorrer el camino de la conversión para obtener la salvación, ni siquiera los publicanos considerados pecadores por definición. Ni siquiera ellos están excluidos de la salvación. Dios no impide a ninguno la posibilidad de salvarse. Él está –se puede decir esta palabra– Él está ansioso por usar la misericordia, usarla hacia todos en el tierno abrazo de reconciliación y de perdón.

Esta pregunta - ¿qué debemos hacer? – la sentimos también nuestra. La liturgia de hoy nos repite, con las palabras de Juan, que es necesario convertirse, es necesario cambiar dirección de marcha y emprender el camino de la justicia, de la solidaridad, de la sobriedad: son los valores imprescindibles de una existencia plenamente humana y auténticamente cristiana. ¡Conviértanse! Es la síntesis del mensaje del Bautista. Y la liturgia de este tercer domingo de Adviento nos ayuda a redescubrir una dimensión particular de la conversión: la alegría. Quien se convierte y se acerca al Señor siente la alegría. El profeta Sofonías nos dice hoy: «¡Alegráte, hija de Sion!», dirigido a Jerusalén (Sof 3,14); y el apóstol Pablo exhorta así a los cristianos de Filipo: «Alégrense siempre en el Señor» (Fil 4,4). Hoy se necesita valentía para hablar de alegría, ¡se necesita sobre todo fe! El mundo está sofocado por tantos problemas, el futuro agobiado por incógnitas y temores. Y sin embargo, el cristiano es una persona alegre, y su alegría no es cualquier cosa superficial y efímera, sino profundo y estable, porque es un don del Señor que llena la vida. Nuestra alegría deriva de la certeza que «el Señor está cerca» (Fil 4,5). Está cerca con su ternura, con su misericordia, con su perdón, con su amor.
Que la Virgen María nos ayude a reforzar nuestra fe, para que sepamos acoger al Dios de la alegría, que siempre quiere vivir en medio de sus hijos. Y que nuestra Madre nos enseñe a compartir las lágrimas con quien llora, para poder compartir también la sonrisa.
(Traducción por Mercedes De La Torre – Radio Vaticano).

Llamamiento del Papa sobre el Clima: que la solidaridad sea más concreta


Tras dirigir el rezo del Ángelus, el Papa Francisco recordó que este sábado concluyó la Conferencia sobre el clima de París “con la adopción de un acuerdo que muchos definieron histórico”.
Texto completo de las palabras del Papa Francisco después del rezo del Ángelus:
Queridos hermanos y hermanas,
La Conferencia del clima ha apenas concluido en París con la adopción de un acuerdo que muchos definieron histórico. Su actuación requerirá un empeño coral y una generosa dedicación por parte de cada uno. Deseando que sea garantizada una particular atención a las poblaciones más vulnerables exhorto a la entera comunidad internacional proseguir con solicitud el camino emprendido en el signo de una solidaridad que se convierta cada vez más concreta.
Martes próximo, 15 de diciembre, en Nairobi iniciará la Conferencia Ministerial de la Organización Internacional del Comercio. Me dirijo a los Países que participarán, de modo que las decisiones que serán tomadas tengan en cuenta las necesidades de los pobres y de las personas más vulnerables, como también de las legítimas aspiraciones de los Países menos desarrollados y del bien común de la entera familia humana.
En todas las catedrales del mundo, están abiertas las Puertas Santas, para que el Jubileo de la Misericordia pueda ser vivido plenamente en las Iglesias particulares. Deseo que este momento fuerte estimule a tantos para hacerse instrumentos de la ternura de Dios. Como expresión de las obras de misericordia, están abiertas también las “Puertas de la Misericordia” en los lugares de dificultad y de marginación.  En este sentido, saludo a los detenidos de las cárceles de todo el mundo, especialmente aquellos de la cárcel de Padua, que hoy están unidos a nosotros espiritualmente para este momento de oración, y les agradezco el regalo del concierto.
Saludo a todos ustedes, peregrinos llegados de Roma, de Italia y de tantas partes del mundo. En particular saludo a aquellos procedentes de Varsovia y de Madrid. Dirijo un pensamiento especial a la fundación Dispensario Santa Marta en el Vaticano: a los padres con sus hijos, a los voluntarios y a las Hermanas Hijas de la Caridad; ¡gracias por su testimonio de solidaridad y de acogida! Saludo también a los miembros del Movimiento de los Focolares junto a amigos de algunas comunidades islámicas. Vayan hacia adelante, vayan hacia adelante con valentía en su camino de diálogo y de fraternidad, porque ¡todos somos hijos de Dios!
A todos un cordial deseo de buen domingo y buen almuerzo. No se olviden, por favor, de rezar por mí. ¡Hasta la vista!
(Traducción por Mercedes De La Torre – Radio Vaticano).

Señor, instrúyeme en tus sendas.


Sal 24, 4-5ab. 6-7bc. 8-9

Señor, instrúyeme en tus sendas.
Señor, enséñame tus caminos,
instrúyeme en tus sendas: 
haz que camine con lealtad; 
enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador.
Señor, instrúyeme en tus sendas.
Recuerda, Señor, que tu ternura 
y tu misericordia son eternas; 
acuérdate de mí con misericordia, 
por tu bondad, Señor.
Señor, instrúyeme en tus sendas.
El Señor es bueno y es recto, 
enseña el camino a los pecadores; 
hace caminar a los humilles con rectitud, 
enseña su camino a los humildes.
Señor, instrúyeme en tus sendas.


El bautismo de Juan ¿de dónde venía?


Lectura del santo evangelio según san Mateo 21, 23-27
En aquel tiempo, Jesús llegó al templo y, mientras enseñaba, se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo para preguntarle:
- «¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?»
Jesús les replicó:
-«Os voy a hacer yo también una pregunta; si me la contestáis, os diré yo también con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan ¿de dónde venía, del cielo o de los hombres?»
Ellos se pusieron a deliberar:
-«Si decimos "del cielo", nos dirá: "¿Por qué no le habéis creído?' Si le decimos "de los hombres". tememos a la gente; porque todos tienen a Juan por profeta.»
Y respondieron a Jesús:
- «No sabemos.»
Él, por su parte, les dijo:
- «Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto.»
Palabra del Señor.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Carlos Osoro abre la puerta de la misericordia en Madrid Arzobispo de Madrid: "Comunicar el amor misericordioso de Dios es nuestra misión"

El arzobispo de Madrid, monseñor Carlos Osoro, presidió hoy en la catedral de Santa María la Real de la Almudena la apertura del Año de la Misericordia en la diócesis. En su homilía, el prelado de la capital asegura que la misión de los católicos es "comunicar el amor misericordioso de Dios", cuya omnipotencia "se manifiesta en su misericordia, que es paciente y eterna". E inivta a llevarla a "todas las periferias".
Acompañaban a Carlos Osoro, el nuncio del Papa en España, Renzo Fratini, el obispo auxiliar, Martínez Camino, y decenas de sacerdotes. También estuvo presente, sin concelebrar, el cardenal Rouco Varela, en un sitial colocado al otro lado del del arzobiso madrileño.
Texto íntegro de la homilía del arzobispo de Madrid
Una vez inaugurado el Año Jubilar de la Misericordia el pasado día 8 de diciembre en Roma por el Papa Francisco, en todas las catedrales de las Iglesias Particulares del mundo, en este III Domingo de Adviento, hemos abierto la Puerta Santa, que nos expresa visiblemente cómo se abre, para todos nosotros y para la humanidad entera, la puerta de la misericordia de Dios. Es una gracia inmensa para todos nosotros atravesar esta puerta, que representa a Cristo.
Os invito a todos a atravesar esta puerta, a deteneros en ella unos momentos, y sentir en lo más profundo del corazón cómo, entrando por Cristo, en Cristo y con Cristo, estamos dispuestos a vivir con todas las consecuencias el paso por esta puerta de Verdad, de Vida, de Amor, de Misericordia; que no es más que mostrar con nuestra vida que, lo que Cristo nos da, lo repartimos a quienes nos encontremos en el camino de nuestra vida. Cristo te acoge. Te regala su amor. Te acoge.
Cuando paséis la Puerta, que es Cristo, tomad conciencia del regalo que nos hace. Entramos por ella para obtener misericordia y perdón. «Yo soy la puerta -dice el Señor-: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos» (Jn 10, 9). Jesús tiene un rostro y con él, nos da su mensaje, que no es otro que la misericordia. Es el mensaje más fuerte del Señor. Cristo con su misericordia nos abraza y nos da la gracia de poder confiarle a Él nuestra vida. ¿Cuál es ese mensaje que nos dice? Este: «No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores».

Quizá tengáis la tentación de decir: «¡Ay, señor arzobispo, si usted conociera mi vida!». No importa, entra por Él, confía en la misericordia de Dios. Dile a Jesús lo que tienes, ya que te pesa y te ata quitándote la esperanza, la libertad y la alegría. El Señor te abraza, te besa, te dice «tampoco yo te condeno, anda en adelante no peques más». Es verdad que no es fácil. No es fácil hacerlo, pues supone entrar en un abismo incomprensible. La omnipotencia de Dios se manifiesta en la misericordia, que es paciente y es eterna. No estamos acostumbrados a esto, a que se nos ame de esa manera; tampoco nosotros los hacemos con los demás. No estamos acostumbrados a escuchar lo que Jesús dijo desde la Cruz: «Perdónales, porque no saben lo que hacen». Y sin embargo, hemos de hacerlo. Escuchar estas palabras trae salud al mundo, a la historia de los hombres.

Repartir al que no tiene

La palabra del Bautista desde el desierto tocó el corazón de las gentes. Su llamada a la conversión y al inicio de una vida más fiel a Dios despertó en muchos de ellos una pregunta concreta: ¿Qué debemos hacer? Es la pregunta que brota siempre en nosotros cuando escuchamos una llamada radical y no sabemos cómo concretar nuestra respuesta.
El Bautista no les propone ritos religiosos ni tampoco normas ni preceptos. No se trata propiamente de hacer cosas ni de asumir deberes, sino de ser de otra manera, vivir de forma más humana, desplegar algo que está ya en nuestro corazón: el deseo de una vida más justa, digna y fraterna.
Lo más decisivo y realista es abrir nuestro corazón a Dios mirando atentamente a las necesidades de los que sufren. El Bautista sabe resumirles su respuesta con una fórmula genial por su simplicidad y verdad: «El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo». Así de simple y claro.
¿Qué podemos decir ante estas palabras quienes vivimos en un mundo donde más de un tercio de la humanidad vive en la miseria luchando cada día por sobrevivir, mientras nosotros seguimos llenando nuestros armarios con toda clase de túnicas y tenemos nuestros frigoríficos repletos de comida?
¿qué podemos decir los cristianos ante esta llamada tan sencilla y tan humana?¿No hemos de empezar a abrir los ojos de nuestro corazón para tomar conciencia más viva de esa insensibilidad y esclavitud que nos mantiene sometidos a un bienestar que nos impide ser más humanos?
Mientras nosotros seguimos preocupados, y con razón, de muchos aspectos del momento actual del cristianismo, no nos damos cuenta de que vivimos «cautivos de una religión burguesa». El cristianismo, tal como nosotros lo vivimos, no parece tener fuerza para transformar la sociedad del bienestar. Al contrario, es esta la que está desvirtuando lo mejor de la religión de Jesús, vaciando nuestro seguimiento a Cristo de valores tan genuinos como la solidaridad, la defensa de los pobres, la compasión y la justicia.
Por eso, hemos valorar y agradecer mucho más el esfuerzo de tantas personas que se rebelan contra este «cautiverio», comprometiéndose en gestos concretos de solidaridad ycultivando un estilo de vida más sencillo, austero y humano.

José Antonio Pagola

LA ALEGRÍA DEL EVANGELIO

El papa Francisco nos sorprende constantemente con su testimonio y enseñanzas, como sucedió con la exhortación “Evangelii Gaudium” (La alegría del Evangelio), referencia oportuna para este tiempo de Adviento, y de manera especial para este Domingo de la Alegría.
Aún tengo en mis oídos la memoria del eco de los cánticos que entonamos por las calles de Jerusalén, al alba, durante el Via Crucis. Como parábola y deseo, los peregrinos cantábamos: “¡Qué alegría cuando me dijeron: “Vamos a la casa del Señor”!”
Hoy es el profeta quien invita a la ciudad santa a alegrarse: “Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel; alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén”. “El Señor, tu Dios, en medio de ti, es un guerrero que salva. Él se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta».
La razón de la alegría a la que nos invita la Liturgia no es otra que la certeza de la proximidad del Señor. Pero no como si hiciéramos representación, poniéndonos en el supuesto de que va a llegar el Señor a visitarnos, sino porque está en medio de nosotros. “Gritad jubilosos: «Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel.».”
La razón de la alegría es la proximidad de la Navidad -“Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca”-, pero sobre todo el sabernos habitados por la presencia divina. Él nos habita.
Esta verdad nos debería hacer a todos los humanos mucho más respetuosos. Juan Bautista nos aconseja: -«No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie, sino contentaos con la paga.» Y el papa Francisco, al inicio de su exhortación, nos invita: “En esta Exhortación quiero dirigirme a los fieles cristianos, para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría”, que no es otra que Jesucristo: “Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (EG 1).
Hoy, en las Iglesias particulares, se abre la puerta de la misericordia, motivo de alegría, de reconciliación, de paz, de convivencia, de novedad de vida, de agradecimiento, de encuentro más vivo con la persona de Jesucristo, pues Él es la Puerta, y de reconciliación con los hermanos y con toda la creación.
El motivo de la alegría es la celebración del amor de Dios, quien “en la « plenitud del tiempo» (Gal 4,4), cuando todo estaba dispuesto según su plan de salvación, envió a su Hijo, nacido de la Virgen María, para revelarnos de manera definitiva su amor. Quien lo ve a Él, ve al Padre (cfr Jn 14,9). Jesús de Nazaret, con su palabra, con sus gestos y con toda su persona revela la misericordia de Dios”.

Buenafuente es “Templo Jubilar”. ¡Feliz Año de la Misericordia!

Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego

Lectura del santo evangelio según san Lucas 3, 10-18

En aquel tiempo, la gente preguntaba a Juan: - «¿Entonces, qué hacemos?»

Él contestó: - «El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo.»

Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron: - «Maestro, ¿qué hacemos nosotros?»

Él les contestó: - «No exijáis más de lo establecido.»

Unos militares le preguntaron: - «¿Qué hacemos nosotros?»

Él les contestó: - «No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie, sino contentaos con la paga.»

El pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no seria Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: - «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego; tiene en la mano el bieldo para aventar su parva y reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga.»

Añadiendo otras muchas cosas, exhortaba al pueblo y le anunciaba el Evangelio

Palabra del Señor