lunes, 7 de septiembre de 2015

Estaban al acecho para ver si curaba en sábado

Lectura del santo evangelio según san Lucas 6, 6-11
Un sábado, entró Jesús en la sinagoga a enseñar.
Había allí un hombre que tenía parálisis en el brazo derecho.
Los escribas y los fariseos estaban al acecho para ver si curaba en sábado, y encontrar de qué acusarlo.
Pero él, sabiendo lo que pensaban, dijo al hombre del brazo paralítico:
-«Levántate y ponte ahí en medio.»
Él se levantó y se quedó en pie.
Jesús les dijo:
-«Os voy a hacer una pregunta: ¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar a uno o dejarlo morir?»
Y, echando en torno una mirada a todos, le dijo al hombre:
-«Extiende el brazo.»
Él lo hizo, y su brazo quedó restablecido.
Ellos se pusieron furiosos y discutían qué había que hacer con Jesús.

Palabra del Señor.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Francisco pide a obispos, parroquias, monasterios y santuarios de Europa que acojan a una familia de refugiados

El Evangelio nos llama a dar una esperanza concreta, no solamente pedirles valor y paciencia.

Porque "la misericordia es el segundo nombre del amor", el Papa Francisco pidió "un gesto concreto" durante el rezo del Angelus de hoy. "Que cada parrroquia, cada comunidad religiosa, cada monasterio, cada monasterio de Europa,acoja a una familia de prófugos, comenzando por mi diócesis de Roma", señaló el Papa, quien también pidió lo propio a "mis hermanos obispos de Europa".
Decenas de miles de seres humanos huyen "de la guerra y del hambre", recordó el Papa, quien señaló que "la esperanza cristiana es combativa". "Frente a la tragedia de decenas de miles de prófugos, que huyen de la muerte por la guerra y por el hambre, y están en camino hacia una esperanza de vida, el Evangelio nos llama, nos pide ser prójimos de los más pequeños y abandonados, a darles una esperanza concreta, no solamente pedirles valor y paciencia", sostuvo el pontífice, que apunta esta acción como preludio al Jubileo de la Misericordia.
La petición del Papa supondrá que la gran mayoría de los refugiados que han llegado en las últimas semanas a Europa puedan ser acogidos en instituciones de la Iglesia. En esta ocasión, la respuesta de la Iglesia ha sido rotunda: de acogida y misericordia. Las dos parroquias del Vaticano también acogerán a una familia, y no es de extrañar que el propio Francisco reciba en Santa Marta a algunos de estos hombres y mujer.
Francisco también se dirigió, en español, a las autoridades de Venezuela y Colombia,que en los últimos días han visto crecer la tensión en sus fronteras. "En estos días -dijo- los obispos de Venezuela y Colombia se han reunido para examinar juntos la dolorosa situación que ha creado en la frontera entre ambos países. Veo en este ecuentro un claro signo de esperanza. Invito a todos, en particular a los amados pueblos venezolano y colombiano a rezar para que con un espíritu de solidaridad se puedan superar las actuales dificultades".
El Pontífice también tuvo un recuerdo para el aniversario de la muerte de Madre Teresa de Calcuta y para la beatificación que tuvo lugar ayer en Gerona. Las tres religiosas "muertas por fidelidad a Cristo y a la Iglesia. No obstante las amenazas, permanecieron valientemente en su lugar para asistir a los enfermos confiando en Dios". "Que su heroico testimonio dé fuerza y esperanzas por cuantos son perseguidos hoy a causa de la fe de Cristo. Y nosotros sabemos que hay muchos", concluyó Bergoglio.
Durante el Angelus, el Papa se refirió al Evangelio de Marcos en el capítulo 7, del domingo 6 de setiembre de 2015. La sordera "expresa la incapacidad de escuchar y de comprender no solamente las palabras de los hombres, sino también la Palabra de Dios", explicó.
Francisco afirmó que "Dios no está cerrado en sí mismo, sino que se abre y se pone en comunicación con la humanidad. En su inmensa misericordia, supera el abismo de la infinita diferencia entre él y nosotros, y viene a nuestro encuentro... Jesús es el gran constructor de puentes. Construye en sí mismo el gran puente de la comunión plena con el Padre".
El Sucesor en la Cátedra de Pedro dijo que "muchas veces nosotros estamos replegados en nosotros mismos y creamos tantas islas inaccesibles e inhabitables", incapaces de apertura recíproca "en la pareja cerrada, en la familia cerrada, en el grupo cerrado, en la parroquia cerrada, en la patria cerrada, y esto no es de Dios".

Y el Vicario de Cristo proclamó que precisamente "en el origen de nuestra vida cristiana, en el Bautismo, están los gestos y esta palabra de Jesús: "¡Effatá!, ¡Abrete!". Y el milagro se realiza: Somos curados de la sordera del egoísmo y del mutismo de la cerrazón en sí mismos, y fuimos inseridos en la gran familia de la Iglesia. Podemos ecuchar a Dios que nos habla y comunicar su Palabra a cuantos no la han escuchado, o a quienes la han olvidado o sepultado bajo las espinas de las preocupaciones y de los engaños del mundo".

«SOBRE LOS GRADOS DE LA CONTEMPLACIÓN» San Bernardo.

Vigilemos en pie, apoyándonos con todas nuestras fuerzas en la roca firmísima que es Cristo, como está escrito: Afianzó mis pies sobre roca, y aseguró mis pasos. Apoyados y afianzados en esta forma, veamos qué nos dice y qué decimos a quien nos pone objeciones. Amadísimos hermanos, éste es el primer grado de la contemplación: pensar constantemente qué es lo que quiere el Señor, qué es lo que le agrada, qué es lo que resulta aceptable en su presencia. Y, pues todos faltamos a menudo, y nuestro orgullo choca contra la rectitud de la voluntad del Señor, y no puede aceptarla ni ponerse de acuerdo con ella, humillémonos bajo la poderosa mano del Dios altísimo y esforcémonos en poner nuestra miseria a la vista de su misericordia, con estas palabras: Sáname, Señor, y quedaré sano; sálvame y quedaré a salvo. [...]

En estos dos grados está todo el resumen de nuestra vida espiritual: Que la propia consideración ponga quietud y tristeza en nuestra alma, para conducir a la salvación, y que nos hallemos como en nuestro elemento en la consideración divina, para lograr el verdadero consuelo en el gozo del Espíritu Santo. Por el primero, nos fundaremos en el santo temor y en la verdadera humildad; por el segundo, nos abriremos a la esperanza y al amor.


De los sermones de san Bernardo, abad
(Sermón 5 sobre diversas materias, 4-5: Opera omnia, edición cisterciense, 6,1 [1970] 103-104)
Fuente: News.va

LLAMADOS A LA CONFIANZA

Quizá no sea tu caso, pero es muy posible que el comienzo del mes de septiembre sea para muchos el momento de reiniciar las tareas, de comenzar el curso escolar, de retornar de los días pasados en la montaña, en el medio rural, o junto al mar. En cualquier caso, a todos, en algún momento de la vida nos puede asaltar la pereza y el bloqueo ante el trabajo que tenemos por delante. De aquí que nos venga bien la lectura del profeta Isaías: “Decid a los cobardes de corazón: «Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará».” (Isa 34, 4)
Hace poco he practicado los Ejercicios Espirituales, y en una de las meditaciones contemplaba la opción de Jesucristo de venir a nuestro lado, de ser nuestro compañero de camino. Pocas certezas hay mayores que la que nos da la afirmación bíblica sobre la fidelidad divina. El salmista nos asegura: “El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos” (Sal 145).
Ante el mensaje optimista y esperanzado que ofrece la Liturgia de la Palabra de este domingo, cabe la reacción, aparentemente honesta, de resistirse, porque uno se siente débil, pecador, pequeño. Y ante esta posible reacción, que encubre amor propio y cierta soberbia, el Apóstol Santiago argumenta: “¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino que prometió a los que lo aman?” (Sant 2, 5).
Déjate acompañar, perdonar, curar. Jesús abre los ojos al ciego, devuelve la capacidad auditiva al sordo, y el habla al mundo. En una frase apodíctica del Evangelio que hoy se proclama, se resume el quehacer del Señor: “Todo lo ha hecho bien” (Mc 1, 37).
Normalmente, aplicamos la Palabra a nuestra vida, pero también cabe personalizar el texto, y asumir que también nosotros estamos llamados a pasar por nuestro mundo haciendo el bien, y siendo motivo de esperanza para muchos. ¡Cuántas veces depende de nuestra actitud y del modo como nos situemos ante los acontecimientos, que los que nos rodean sientan fuerza, ánimo, alegría e ilusión!
De ti y de mi depende que en nuestros ambientes más cercanos se experimente la certeza de la Palabra, porque somos fortaleza para los débiles, y manos alargadas en servicio de quienes lo necesitan.
Todo gesto solidario, toda sonrisa que envíes, el menor acto bondadoso que podamos tener, se convierten en semilla de esperanza y en confirmación de la fidelidad de Dios, pues Él nos hace mediación suya para los más necesitados.


Curar nuestra sordera

Los profetas de Israel usaban con frecuencia la «sordera» como una metáfora provocativa para hablar de la cerrazón y la resistencia del pueblo a su Dios. Israel «tiene oídos pero no oye» lo que Dios le está diciendo. Por eso, un profeta llama a todos a la conversión con estas palabras: «Sordos, escuchad y oíd».

En este marco, las curaciones de sordos, narradas por los evangelistas, pueden ser leídas como «relatos de conversión» que nos invitan a dejarnos curar por Jesús de sorderas y resistencias que nos impiden escuchar su llamada al seguimiento. En concreto, Marcos ofrece en su relato matices muy sugerentes para trabajar esta conversión en las comunidades cristianas.

·El sordo vive ajeno a todos. No parece ser consciente de su estado. No hace nada por acercarse a quien lo puede curar. Por suerte para él, unos amigos se interesan por él y lo llevan hasta Jesús. Así ha de ser la comunidad cristiana: un grupo de hermanos y hermanas que se ayudan mutuamente para vivir en torno a Jesús dejándose curar por él.

·La curación de la sordera no es fácil. Jesús toma consigo al enfermo, se retira a un lado y se concentra en él. Es necesario el recogimiento y la relación personal. Necesitamos en nuestros grupos cristianos un clima que permita un contacto más íntimo y vital de los creyentes con Jesús. La fe en Jesucristo nace y crece en esa relación con él.

·Jesús trabaja intensamente los oídos y la lengua del enfermo, pero no basta. Es necesario que el sordo colabore. Por eso, Jesús, después de levantar los ojos al cielo, buscando que el Padre se asocie a su trabajo curador, le grita al enfermo la primera palabra que ha de escuchar quien vive sordo a Jesús y a su Evangelio: «Ábrete».

Es urgente que los cristianos escuchemos también hoy esta llamada de Jesús. No son momentos fáciles para su Iglesia. Se nos pide actuar con lucidez y responsabilidad. Sería funesto vivir hoy sordos a su llamada, desoír sus palabras de vida, no escuchar su Buena Noticia, no captar los signos de los tiempos, vivir encerrados en nuestra sordera. La fuerza sanadora de Jesús nos puede curar.
José Antonio Pagola


«VAMOS A SUBIR AL MONTE DEL SEÑOR» SAN AGUSTÍN.


Mira a aquel cuyas manos y pies fueron traspasados por los clavos, cuyos huesos pudieron contarse cuando pendía en la cruz, cuyas vestiduras fueron sorteadas; mira cómo reina ahora el mismo que ellos vieron pendiente de la cruz. Ve cómo se cumplen aquellas palabras: Lo recordarán y volverán al Señor hasta de los confines del orbe; en su presencia se postrarán las familias de los pueblos. Y, viendo esto, exclama lleno de gozo: Lo que habíamos oído lo hemos visto. Con razón se aplican a la Iglesia llamada de entre los gentiles las palabras del salmo: Escucha, hija, mira: olvida tu pueblo y la casa paterna. Escucha y mira: primero escuchas lo que no ves, luego verás lo que escuchaste. Un pueblo extraño —dice otro salmo— fue mi vasallo; me escuchaban y me obedecían. Si obedecían porque escuchaban es señal de que no veían. 

¿Y cómo hay que entender aquellas palabras: Verán algo que no les ha sido anunciado y entenderán sin haber oído? Aquellos a los que no habían sido enviados los profetas, los que anteriormente no pudieron oírlos, luego, cuando los oyeron, los entendieron y se llenaron de admiración. Aquellos otros, en cambio, a los que habían sido enviados, aunque tenían sus palabras por escrito, se quedaron en ayunas de su significado y, aunque tenían las tablas de la ley, no poseyeron la heredad. [...]

No se engrían los que dicen: El Mesías está aquí o está allí. El que dice: Está aquí o está allí induce a división. Dios ha prometido la unidad: los reyes se alían, no se dividen en facciones. 


De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos
(Salmo 47, 7: CCL 38, 543-545)

Hace oír a los sordos y hablar a los mudos.


Lectura del santo Evangelio según san Marcos 7, 31-37

En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo:


–Effetá, esto es: Ábrete.

Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. El les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían:

–Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.

sábado, 5 de septiembre de 2015

Pablo D'Ors: "Hoy puedo decir que tengo un corazón sacerdotal, me preocupa el destino de mis semejantes"

"Yo he sido llamado por Dios y solo en Él quiero descansar; este es mi deseo más profundo"
 Todo comenzó cuando sentí que mi vida quedaba en suspenso y que, de dar un paso, me precipitaría en el abismo. Pero di ese paso adelante convencido de que aquel abismo, aunque oscuro y peligroso, era Dios. Y caí en él sintiendo, mientras me desplomaba, una felicidad inaudita, casi insoportable.
- Sí, sí, sí -alcancé a decir mientras era absorbido por aquel abismo, hasta que de pronto, sin saber cómo ni por qué, volví a encontrarme arriba, como si nunca hubiera empezado a caer en sus manos divinas y como si todo aquello fuera un sueño del que ahora me despertaba para volver a la normalidad.
La opción por Dios pasa necesariamente por la perdición humana: no podemos llegar a Él sin vaciarnos o renunciar a lo que somos. Ese momento de renuncia, olvido o vaciamiento es muy raro en la vida de los hombres, pero cuando se produce, aunque sea por pocos segundos, se experimenta algo que a falta de otro nombre habrá que llamar milagro.
Mi acceso a Dios no fue un ascenso, como otros lo describen, sino más bien una caída en el abismo de sus manos. Él puso ese abismo ante mí y yo, evitando el pensamiento, di en un segundo el paso decisivo: "Sí, sí, sí". Aún resuenan en mí aquellas tres palabras que dije; y dije "sí", porque aquello que me estaba sucediendo lo deseaba ardientemente.
Desde entonces, aunque luego volviera a la superficie, entre Dios y yo quedó sellada una unión aún superior. Y supe entonces que ningún otro ideal del mundo, por sublime que fuera, satisfaría mi corazón.
Yo he sido llamado por Dios y solo en Él quiero descansar; este es mi deseo más profundo. Me pregunto cómo llegar a esta meta lo mejor y lo antes posible y, mientras tanto, visito a los enfermos y escribo mis libros, predico sobre el silencio y hago meditación. Mi corazón está en ese abismo por el que un día empecé a caer y por el que, según presumo, caeré también en el instante de mi muerte. Meditar es acercarse a ese abismo, convocarlo. Pero el abismo aparece cuando quiere y a nosotros compete tan solo, llegado el momento, dar un solo paso. Uno solo. Es así de sencillo. Toda la vida caminando para poder dar, en el instante cumbre, un solo paso.
 Hoy puedo decir que tengo un corazón sacerdotal, pues percibo cómo me preocupa el destino de mis semejantes y cómo les miro y hablo como si fueran hijos que necesitan del cariño, protección y consejo de un padre. Nunca me he sentido padre hasta ahora; me entristece y enfada ver cómo se pierde la gente tomando derroteros equivocados e insensatos. "No lo hagas, por favor", les digo.
Me alegro cuando les va bien y me sonrío con indulgencia cuando veo cómo ponen su esperanza en cosas hermosas, sí, pero que pronto les decepcionarán. Lloro cuando lloran porque se han perdido y no les puedo ayudar. Tengo, por primera vez en casi 25 años de sacerdocio, un corazón auténticamente paternal. Será que me he hecho viejo, me digo, burlándome de mí. Pero no es eso. Es solo que hacen falta décadas para empezar a ser aquello a lo que habíamos sido llamados.
Hoy veo a mis semejantes sentados en los bancos de la Iglesia, o en los asientos del metro, o incluso en la calle, corriendo quién sabe adónde, y tengo ganas de decirles: "Venid a mí los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré". Así lo pienso, tal cual, como si yo fuera Cristo, sin ningún pudor. ¿Y qué haría si vinieran? ¿Qué hago, de hecho, cuando vienen? Les doy el único nombre que nos puede salvar, el de Cristo. Les digo que repitan esa palabra, solo "Jesucristo", y que esa palabra, sin nada más, les purificará.
Hoy soy un apóstol de la oración del corazón, en eso me he convertido. Y reparto estampas de la Virgen a los enfermos. ¡Yo, que nunca imaginé que repartiría estampas! Y rezo el rosario por las noches, caminando de un lado al otro en la iglesia de la que soy capellán. Me he convertido en un cura de los de antes, pienso. Y sonrío al comprender que hay que vivir tanto para volver al punto en el que fuimos engendrados en el Espíritu.
Un corazón sacerdotal. Solo con escribirlo me emociono como si fuera un niño. Ese corazón mío ha dejado por fin de ser duro y frío y es ahora, por fin, ¡qué tarde, Dios mío!, sencillamente el corazón de un hombre sencillo.
 Fuente: Religión Digital

¿Siembro paz o cizaña?

«Señor tú has dado tu vida, dame la gracia de pacificar, de reconciliar. Tú has derramado tu sangre, que no me importe que se me hinche la lengua un poco si me muerdo antes que hablar mal de los demás».
En la Carta a los Colosenses san Pablo muestra la tarjeta de identidad de Jesús: es el primogénito de Dios, es Dios mismo. El Padre lo ha enviado a “reconciliar y pacificar” a la humanidad después del pecado. “La paz es obra de Jesús”, dijo el Papa, de su “abajarse para obedecer hasta la muerte y muerte de cruz”. “Y cuando hablamos de paz o reconciliación”, aunque sean pequeñas paces, pequeñas reconciliaciones, tenemos que pensar en la “gran paz y en la gran reconciliación” que hizo Jesús”. “Sin Él la paz no es posible. Sin Él no es posible la reconciliación”. “Nuestra tarea - dijo el Papa Francisco - es la de ser “hombres y mujeres de paz, hombres y mujeres de reconciliación”, en medio de las noticias de guerras, de odio, “incluso en las familias”.
«Y nos hará bien preguntarnos: ¿Yo siembro paz? Por ejemplo, con mi lengua, ¿siembro paz o siembro cizaña?¿Cuántas veces hemos oído decir de una persona: “Pero, ¡tiene una lengua de serpiente!”, porque hace siempre lo que hizo la serpiente con Adán y Eva, ha destruido la paz. Y esto es un mal, esta es una enfermedad en nuestra Iglesia: sembrar división, sembrar el odio, no sembrar la paz. Es bueno para nosotros que cada día nos hagamos esta pregunta: '¿Hoy sembré paz o sembré cizaña?'. 'Pero, a veces, hay que decir las cosas, porque aquél y aquella…': con esta actitud, ¿qué siembras tú?»
Quien trae paz es santo, quien habla mal, es un terrorista
Los cristianos, por lo tanto, están llamados a ser como Jesús, que “vino a nosotros para pacificar y reconciliar”:
«Si una persona, durante su vida, no hace otra cosa que reconciliar y pacificar, se la puede canonizar: esa persona es santa. Pero, debemos crecer en esto, debemos convertirnos: nunca una palabra que sea para dividir, nunca. Nunca una palabra que traiga guerra, pequeñas guerras, nunca las habladurías. Yo pienso: ¿qué son las habladurías? 'Eh, nada, decir una palabrita contra otro o contar una historia: hizo esto…' ¡No! Decir habladurías es terrorismoporque el que las hace es como un terrorista que tira una bomba y se va, destruye: con la lengua destruye, no hace la paz. Pero, ¿es vivo eh? No es un terrorista suicida, no, no, él se cuida bien».
Hay que morderse la lengua
El Santo Padre repitió entonces una pequeña exhortación:
«Cada vez que me viene a la boca decir algo que sea sembrar cizaña y división y hablar mal del otro... ¡morderse la lengua! Se los aseguro, ¿eh? Que si ustedes hacen este ejercicio de morderse la lengua en lugar de sembrar cizaña, las primeras veces se les hinchará la lengua, herida, porque el diablo nos ayuda en esto porque es su trabajo, su oficio: dividir».
(GM - RV)
(from Vatican Radio)

El Hijo del Hombre es señor del sábado.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 6, 1-5 

Un sábado, Jesús atravesaba un sembrado; sus discípulos arrancaban espigas y, frotándolas con las manos, se comían el grano. Unos fariseos les preguntaron:


–¿Por qué hacéis en sábado lo que no está permitido?


Jesús les replicó:


–¿No habéis leído lo que hizo David, cuando él y sus hombres sintieron hambre?


Entró en la casa de Dios, tomó los panes presentados –que sólo pueden comer los sacerdotes–, comió él y les dio a sus compañeros. Y añadió:


–El Hijo del Hombre es señor del sábado.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Los obispos españoles ofrecen sus instalaciones para acoger a refugiados

Los cristianos tienen "razones humanitarias y evangélicas" y "un especial deber de justicia y caridad"

Los obispos españoles han ofrecido suscentros de acogida y comunidades para acoger a refugiados y han pedido "más generosidad" al Gobierno y a los ciudadanos para acoger a los refugiados que están llegando a las fronteras europeas y que huyen de la guerra o el hambre.
"Reiteramos nuestra petición de la más amplia generosidad en este momento, para la acogida de quienes piden refugio y acogida de manera urgente. Pedimos también la comprensión y colaboración de todos los ciudadanos, a la vez que ofrecemos la de nuestras comunidades y centros de acogida", señalan en un comunicado firmado por la Comisión Episcopal de Migraciones.
Según indican, hace dos años ya pidieron al Gobierno desde la Conferencia Episcopal, la acogida en España de algún grupo de refugiados sirios pero no obtuvieron respuesta.
En todo caso, vuelven a insistir porque consideran que los cristianos tienen "razones humanitarias y evangélicas" y "un especial deber de justicia y caridad".Por ello, reclaman "respuestas urgentes, eficaces y generosas" ante la que muchos califican de "verdadera catástrofe humanitaria".
"Europa, a cuyas puertas llaman angustiadas estas personas pidiendo refugio, ha de implicarse con mayor empeño en buscar soluciones globales. Han de comprometerse de manera efectiva en primer lugar los gobiernos, pero también los ciudadanos", añaden.
Para los obispos, "sería horrible que la repetición de los hechos acabara anestesiando" a los ciudadanos y que se dejara de "clamar contra este grave crimen contra la humanidad". "Clama al cielo constatar, junto a las abismales desigualdades de renta media per cápita y de esperanza media de vida, la violencia y las persecuciones desatadas por fanatismos inhumanos o por otras razones políticas", apuntan.
Finalmente, rezan para que se encuentre una respuesta que "reclaman a gritos y con lágrimas tantos hermanos desplazados ante las fronteras de Europa", como un día lo hicieron los españoles.
 Religión digital

Entrad en la presencia del Señor con vítores.

Sal 99, 2. 3. 4. 5 

Entrad en la presencia del Señor con vítores.
Aclama al Señor, tierra entera, 
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con vítores.
Entrad en la presencia del Señor con vítores.
Sabed que el Señor es Dios: 
que él nos hizo y somos suyos, 
su pueblo y ovejas de su rebaño.
Entrad en la presencia del Señor con vítores.
Entrad por sus puertas con acción de gracias, 
por sus atrios con himnos, 
dándole gracias y bendiciendo su nombre.
Entrad en la presencia del Señor con vítores.
«El Señor es bueno, 
su misericordia es eterna, 
su fidelidad por todas las edades.»
Entrad en la presencia del Señor con vítores.

Llegará el día en que se llevan al novio, y entonces ayunarán

Lectura del santo evangelio según san Lucas 5, 33-39
En aquel tiempo, dijeron a Jesús los fariseos y los escribas:
-«Los discípulos de Juan ayunan a menudo y oran, y los de los fariseos también; en cambio, los tuyos, a comer y a beber.»
Jesús les contestó:
-«¿Queréis que ayunen los amigos del novio mientras el novio está con ellos? Llegará el día en que se lo lleven, y entonces ayunarán. »
Y añadió esta parábola:
-«Nadie recorta una pieza de un manto nuevo para ponérsela a un manto viejo; porque se estropea el nuevo, y la pieza no le pega al viejo.
Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino nuevo revienta los odres, se derrama, y los odres se estropean.
A vino nuevo, odres nuevos.
Nadie que cate vino añejo quiere del nuevo, pues dirá: "Está bueno el añejo."»

Palabra del Señor

jueves, 3 de septiembre de 2015

Homilía del Papa: Humildad y estupor abren el corazón al encuentro con Jesús

 La capacidad de reconocernos pecadores nos abre al estupor del encuentro con Jesús. Lo

afirmó el Santo Padre Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta en el día de la memoria litúrgica de San Gregorio Magno, Papa y Doctor de la Iglesia.

Al comentar el Evangelio del día sobre la pesca milagrosa, con Pedro que echa las redes confiando en Jesús, incluso después de una noche transcurrida sin haber pescado nada, el Papa se refirió al encuentro con el Señor. Ante todo  – afirmó – “a mí me gusta pensar que Jesús pasaba la mayor parte de su tiempo en la calle, con la gente; y que después, a la noche iba solo a rezar, pero se encontraba con la gente, buscaba a la gente”. Por nuestra parte – añadió –  tenemos dos modos para encontrar al Señor. El primero es el de Pedro, de los apóstoles, del pueblo:

“El Evangelio usa la misma palabra para esta gente, para el pueblo, para los apóstoles, para Pedro: se quedaron ‘asombrados’: ‘En efecto, el estupor lo había invadido a él y a todos aquellos’. Cuando llega este sentimiento de estupor… Y el pueblo sentía a Jesús y sentía este estupor, ¿y qué decía?: ‘Pero este habla con autoridad. Jamás un hombre ha hablado de este modo’. Otro grupo que se encontraba con Jesús no dejaba que entrara en su corazón el estupor, sentía a Jesús, hacía sus cálculos, los doctores de la ley: ‘Pero es inteligente, es un hombre que dice cosas verdaderas, pero a nosotros no nos convienen estas cosas, no, ¡eh!’. Hacían cálculos, tomaban distancia”.
Los mismos demonios – observó el Pontífice  – confesaban, es decir, proclamaban que Jesús era el “Hijo de Dios”, pero como los doctores de la ley y los fariseos malos “no tenían la capacidad del estupor, estaban encerrados en su suficiencia, en su soberbia. Pedro reconoce que Jesús es el Mesías, pero confiesa también que es un pecador:
“Los demonios llegan a decir la verdad sobre Él, pero acerca de ellos no dicen nada. No pueden: la soberbia es tan grande que les impide decirlo. Los doctores de la ley dicen: ‘pero éste es inteligente, es un rabino capaz, hace milagros, ¡eh!’. Pero no dicen: ‘Nosotros somos soberbios, somos suficientes, nosotros somos pecadores’. La incapacidad de reconocernos pecadores nos aleja de la verdadera confesión de Jesucristo. Y ésta es la diferencia”.
Es la diferencia que existe entre la humildad del publicano que se reconoce pecador y la soberbia del fariseo que habla bien de sí mismo:
“Esta capacidad de decir que somos pecadores nos abre al estupor del encuentro de Jesucristo, el verdadero encuentro. También en nuestras parroquias, en nuestras sociedades, incluso entre las personas consagradas: ¿cuántas personas son capaces de decir que Jesús es el Señor? ¡Tantas! Pero qué difícil es decir sinceramente: ‘Soy un pecador, soy una pecadora’. Es más fácil decirlo de los demás, ¡eh! Cuando se parlotea, ¡eh! ‘Este, éste, éste sí…’. Todos somos doctores en esto, ¿verdad? Para llegar a un verdadero encuentro con Jesús es necesaria la doble confesión: ‘Tú eres el Hijo de Dios y yo soy un pecador’, pero no en teoría: por esto, por esto, por esto y por esto…”.

El Papa Bergoglio recordó que Pedro después se olvida del estupor del encuentro y reniega al Señor; pero puesto que “es humilde, deja que el Señor lo encuentre y cuando sus miradas se encuentran, él llora, vuelve a la confesión: ‘Soy pecador’”.
Francisco concluyó su homilía diciendo: “Que el Señor nos dé la gracia de encontrarlo pero también de dejarnos encontrar por Él. Que nos dé la gracia, tan hermosa, de este estupor del encuentro. Y nos dé la gracia de la doble confesión de nuestra vida: ‘Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo, creo. Y yo soy un pecador, creo’”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).
(from Vatican Radio)


Carlos Osoro: "Los inmigrantes buscan salvar sus vidas y las de sus familias, y llaman a las puertas de Europa"

Al comenzar mi encuentro con vosotros de todas las semanas, quiero hablaros del resumen que hace el Señor de los mandamientos: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. ¿Por qué? En estos meses de verano y en los días presentes, estamos leyendo, oyendo y viendo por los diferentes medios de comunicación social las frecuentes tensiones que amenazan la paz y la convivenciaentre los hombres de todos los pueblos, aunque muy especialmente algunos se encuentren afectados con más crudeza.

El fenómeno migratorio constituye un dato importante en las relaciones entre los países y los pueblos. Proviene de desigualdades injustas e insidiosas, y de derechos no reconocidos al acceso a los bienes más esenciales: comida, agua, casa, salud, trabajo, paz, vida de familia. Los inmigrantes buscan mejores condiciones de vida o salidas en búsqueda de paz y de salvar sus vidas y las de sus familias, y llaman a las puertas de Europa.

Los problemas que surgen para su acogida solamente se pueden resolver colaborando todos los países y teniendo como meta el respeto a la persona: el hombre es el valor fundamental, vale más que todas las estructuras sociales en las que participa. La persistente desigualdad en el ejercicio de los derechos humanos fundamentales ahoga a tantos hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos. Es un imperativo para todos el reconocimiento de la igualdad esencial entre las personas humanas. Nace de su misma dignidad trascendente y está inscrita en la gramática natural que se desprende cuando contemplamos el proyecto de Dios sobre toda la creación. Contemplemos al ser humano desde el valor que Dios le da.

¡Qué hondura tiene contemplar y acoger lo que dice la Sagrada Escritura sobre el ser humano! En esa contemplación escuchamos: “Dios creó al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó” (Gn 1, 27). Y en esa contemplación descubrimos las consecuencias que tiene tal hechura humana: por haber sido creado a imagen de Dios,el ser humano tiene la dignidad de persona. No es algo, es alguien con capacidad de conocerse, poseerse, entregarse libremente y entrar en comunión con otras personas. Por pura gracia está llamado a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y amor que nadie puede dar en su lugar (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 357). Solamente desde el horizonte que Dios le ha dado, se puede comprender al ser humano. Desde esta perspectiva admirable en todos los aspectos es desde donde podemos comprender la tarea que le ha confiado al ser humano de madurar en su capacidad de amor y de hacer progresar el mundo en justicia, verdad, paz, fraternidad, unidad, defensa de la vida y ver al prójimo como a uno mismo. Hay urgencia y necesidad de anunciar el Evangelio, de entregar la alegría del Evangelio, en un mundo de muchas conquistas, de grandes descubrimientos, pero de grandes robos de la dignidad de las personas. Jesús ha venido a este mundo a darnos su vida para que aprendamos a enriquecer al ser humano, para que descubramos que vivir junto a los otros es siempre enriquecerlos en su verdad plena, en la justicia verdadera.

Como nos ha dicho el Papa Francisco en la bula del Jubileo de la Misericordia, “el amor, después de todo, nunca podrá ser una palabra abstracta. Por su misma naturaleza es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano. La misericordia de Dios es su responsabilidad con nosotros. Él se siente responsable, es decir, desea nuestro bien y quiere vernos felices, colmados de alegría, serenos. [...] Como ama el Padre, así aman los hijos” (Misericordiae vultus, 23). Hoy ese amor en nuestra vida tiene rostros concretos en los que se debe mostrar: los refugiados, los emigrantes, los pobres. ¡Qué bien lo decía san Agustín! “Dios, que nos ha creado sin nosotros, no ha querido salvarnos sin nosotros” (Sermón 169, 11, 13: PL 38, 923). En el origen de las tensiones, luchas y enfrentamientos entre nosotros, que nacen de las frecuentes afrentas de la dignidad de todo ser humano, la Iglesia se hace pregonera de los derechos fundamentales de cada persona que habita esta tierra. La convivencia y el logro de la fraternidad entre los hombres necesita que se establezca un límite claro entre lo que es disponible y lo que no lo es: no se puede disponer de la persona, no se le puede robar su dignidad, hay que respetar los derechos que le ha dado el mismo Creador. Ytodos, personas, instituciones y fuerzas sociales, hemos de buscar no hacer intromisiones indebidas en ese patrimonio indisponible del ser humano.

La persona emigrante, refugiada, prófuga, desplazada, objeto de trata, pobre en todas sus dimensiones, quien por diversas causas y motivos tiene que marchar fuera de su país de origen, tiene derecho a encontrarse con quien les diga como el apóstol Pablo: “También yo fui conquistado por Cristo Jesús”. Añadió algo fundamental: “Sed imitadores míos” (cf. Fil 3, 12-17). Y es que, quien se ha dejado conquistar por Cristo, tiene su Vida e imita a Cristo, da siempre como Jesucristo hasta su vida, construye, rehace a quien se encuentra, le hace vivir desde la profundidad a la que él ha llegado con Jesucristo, pone fundamentos a su vida que le hacen no solo vivir seguro a él, sino también da seguridad a quien se encuentra en el camino. Trabajemos incansablemente por quienes llegan de otros lugares. Hagamos que se reconozcan sus derechos, y todo lo que está en nuestra mano para que todos los que llegan encuentren hermanos que les reconocen en su dignidad de “imagen y semejanza de Dios”. Esto es un don y una tarea inaplazable. El don nos ha sido regalado por Dios; Él desea que esta tarea la hagamos con quienes nos encontremos, reconociendo la grandeza de ese don y haciendo lo posible para que se desarrolle en su plenitud.

Vivir en la alegría del Evangelio no es secundario. Cuanto más unidos estemos a Jesucristo, más solícitos seremos con el prójimo, más reconoceremos su dignidad; nos sentiremos “hermanos”, y veremos cómo el tesoro de la fraternidad nos hace practicar la hospitalidad. ¿Cómo no vamos a hacernos cargo de las personas que se encuentran en penuria, en situaciones y condiciones difíciles? ¿Cómo no salir al encuentro de quien tiene necesidad de que se le reconozca su dignidad? ¿Qué dignidad? No existe otra más sublime y suprema que la que da Dios mismo a todas las personas sin excepción. Los seres humanos no podemos poner medidas que limitan el reconocimiento de esa dignidad, sin caer nosotros mismos en el abismo de la indignidad. “No os olvidéis de mostrar hospitalidad, porque por ella, sin saberlo, algunos hospedaron ángeles” (Hebreos 13, 2). La construcción de un mundo habitable, de esta “casa de todos” en la que nadie tiene que desplazarse forzosamente, no es cuestión secundaria, sino fundamental. El Dios que se revela en Jesucristo exige construir la convivencia desde derechos inalienables, iguales para todos. Su fundamento y garante es Dios. Nosotros somos llamados a ser “guardianes de nuestros hermanos” (Gen. 4, 9).
Con gran afecto, os bendice,
+Carlos, Arzobispo de Madrid