viernes, 3 de julio de 2015

No despreciar al profeta


El relato no deja de ser sorprendente. Jesús fue rechazado precisamente en su propio pueblo, entre aquellos que creían conocerlo mejor que nadie. Llega a Nazaret, acompañado de sus discípulos, y nadie sale a su encuentro, como sucede a veces en otros lugares. Tampoco lo presentan a los enfermos de la aldea para que los cure.
Su presencia solo despierta en ellos asombro. No saben quién le ha podido enseñar un mensaje tan lleno de sabiduría. Tampoco se explican de dónde proviene la fuerza curadora de sus manos. Lo único que saben es que Jesús es un trabajador nacido en una familia de su aldea. Todo lo demás «les resulta escandaloso».
Jesús se siente «despreciado»: los suyos no le aceptan como portador del mensaje y de la salvación de Dios. Se han hecho una idea de su vecino Jesús y se resisten a abrirse al misterio que se encierra en su persona. Jesús les recuerda un refrán que, probablemente, conocen todos: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».
Al mismo tiempo, Jesús «se extraña de su falta de fe». Es la primera vez que experimenta un rechazo colectivo, no de los dirigentes religiosos, sino de todo su pueblo. No se esperaba esto de los suyos. Su incredulidad llega incluso a bloquear su capacidad de curar: «no pudo hacer allí ningún milagro, solo curó a algunos enfermos».
Marcos no narra este episodio para satisfacer la curiosidad de sus lectores, sino para advertir a las comunidades cristianas que Jesús puede ser rechazado precisamente porquienes creen conocerlo mejor: los que se encierran en sus ideas preconcebidas sin abrirse ni a la novedad de su mensaje ni al misterio de su persona.
¿Cómo estamos acogiendo a Jesús los que nos creemos «suyos»?
En medio de un mundo que se ha hecho adulto, ¿no es nuestra fe demasiado infantil y superficial?
¿No vivimos demasiado indiferentes a la novedad revolucionaria de su mensaje?
¿No es extraña nuestra falta de fe en su fuerza transformadora?
¿No tenemos el riesgo de apagar su Espíritu y despreciar su Profecía?
Esta era la preocupación de Pablo de Tarso: «No apaguéis el Espíritu, no despreciéis el don de Profecía. Revisadlo todo y quedaos solo con lo bueno» (1 Tes 5,19-21). ¿No necesitamos algo de esto los cristianos de nuestros días?
José Antonio Pagola

"Romero construyó la paz con la fuerza del amor"

Querido Hermano: La beatificación de monseñor Óscar Arnulfo Romero Galdámez, que fue Pastor de esa querida Arquidiócesis, es motivo de gran alegría para los salvadoreños y para cuantos gozamos con el ejemplo de los mejores hijos de la Iglesia. Monseñor Romero, queconstruyó la paz con la fuerza del amor, dio testimonio de la fe con su vida entregada hasta el extremo.
El Señor nunca abandona a su pueblo en las dificultades, y se muestra siempre solícito con sus necesidades. Él ve la opresión, oye los gritos de dolor de sus hijos, y acude en su ayuda para librarlos de la opresión y llevarlos a una nueva tierra, fértil y espaciosa, que “mana leche y miel” (cf. Ex 3, 7-8). Igual que un día eligió a Moisés para que, en su nombre, guiara a su pueblo, sigue suscitando pastores según su corazón, que apacienten con ciencia y prudencia su rebaño (cf. Jer 3, 15).
En ese hermoso país centroamericano, bañado por el Océano Pacífico, el Señor concedió a su Iglesia un Obispo celoso que, amando a Dios y sirviendo a los hermanos, se convirtió en imagen de Cristo Buen Pastor. En tiempos de difícil convivencia, Monseñor Romero supo guiar, defender y proteger a su rebaño, permaneciendo fiel al Evangelio y en comunión con toda la Iglesia. Su ministerio se distinguió por una particular atención a los más pobres y marginados. Y en el momento de su muerte, mientras celebraba el Santo Sacrificio del amor y de la reconciliación, recibió la gracia de identificarse plenamente con Aquel que dio la vida por sus ovejas.
En este día de fiesta para la Nación salvadoreña, y también para los países hermanos latinoamericanos, damos gracias a Dios porque concedió al Obispo mártir la capacidad de ver y oír el sufrimiento de su pueblo, y fue moldeando su corazón para que, en su nombre, lo orientara e iluminara, hasta hacer de su obrar un ejercicio pleno de caridad cristiana.
La voz del nuevo Beato sigue resonando hoy para recordarnos que la Iglesia, con vocación de hermanos entorno a su Señor, es familia de Dios, en la que no puede haber ninguna división. La fe en Jesucristo, cuando se entiende bien y se asume hasta sus últimas consecuencias genera comunidades artífices de paz y de solidaridad. A esto es a lo que está llamada hoy la Iglesia en El Salvador, en América y en el mundo entero: a ser rica en misericordia, a convertirse en levadura de reconciliación para la sociedad.
Monseñor Romero nos invita a la cordura y a la reflexión, al respeto a la vida y a la concordia. Es necesario renunciar a “la violencia de la espada, la del odio”, y vivir “la violencia del amor, la que dejó a Cristo clavado en una cruz, la que se hace cada uno para vencer sus egoísmos y para que no haya desigualdades tan crueles entre nosotros”.
Él supo ver y experimentó en su propia carne “el egoísmo que se esconde en quienes no quieren ceder de lo suyo para que alcance a los demás”. Y, con corazón de padre, se preocupó de “las mayorías pobres”, pidiendo a los poderosos que convirtiesen “las armas en hoces para el trabajo”.
Quienes tengan a Monseñor Romero como amigo en la fe, quienes lo invoquen como protector e intercesor, quienes admiren su figura, encuentren en él fuerza y ánimo para construir el Reino de Dios, para comprometerse por un orden social más equitativo y digno.
Es momento favorable para una verdadera y propia reconciliación nacional ante losdesafíos que hoy se afrontan. El Papa participa de sus esperanzas, se une a sus oraciones para que florezca la semilla del martirio y se afiancen por los verdaderos senderos a los hijos e hijas de esa Nación, que se precia de llevar el nombre del divino Salvador del mundo.
Querido hermano, te pido, por favor, que reces y hagas rezar por mí, a la vez que imparto la Bendición Apostólica a todos los que se unen de diversas maneras a la celebración del nuevo Beato.

Fraternamente, Francisco - Vaticano, 23 de mayo de 2015.

Siria: nueva emergencia humanitaria en Hassaké

El último ataque a la ciudad de Hassake en la noche entre el miércoles 24 y el jueves 25 de junio por parte de milicianos yihadistas del Daesh (acrónimo utilizado para definir en árabe al Estado Islámico) ha provocado una nueva emergencia humanitaria en la provincia siria al noreste de Jazeera. Cientos de familias se han visto obligadas a abandonar sus hogares aumentando así la masa de refugiados internos que ya están presentes en la región siria. 

“Los milicianos del Daesh --refiere a la Agencia Fides el obispo caldeo Antoine Audo, presidente de Cáritas Siria-- han bombardeado en la noche entre el miércoles y el jueves todas las zonas de la ciudad. Luego, en la madrugada del jueves 25, ha comenzado el éxodo masivo, entre ellos cientos de familias cristianas. Sólo de entre los caldeos, se han marchado sesenta familias a Qamishli, junto con el párroco Nidal, mientras que otras diez familias han llegado a la parroquia de al-Malikiyah. Y ahora todo el mundo está esperando para ver cómo evolucionan las cosas”.

Hassaké en las últimas semanas había sido objeto de ataques por parte del grupo fundamentalista islámico, hasta ahora siempre rechazada por el ejército del gobierno y la milicia kurda. Ahora el obispo Audo ve en esta última ofensiva yihadista, un intento de presionar a las fuerzas armadas, principalmente a las kurdas, que en los últimos días parecían ganar terreno en la provincia de al-Raqqa, donde está la fortaleza de Daesh en Siria.

“La situación --explica Mons. Audo-- parece confusa. En el campo de batalla están los kurdos, los yihadistas y el ejército gubernamental y no siempre se entiende bien la agenda a la que responden cada una de las fuerzas en combate”. Caritas Siria ya ha tomado medidas para enviar alimentos, medicamentos y artículos de primera necesidad para ayudar a los nuevos refugiados. “Todos los días --añade el obispo caldeo de Aleppo-- surgen nuevas emergencias, incluso en zonas que hasta ahora no habían sufrido por el conflicto. La gente está cansada, los nervios están a flor de piel, todos tienen miedo. Se ven muchas armas. Por lo que basta un pequeño incidente para hacer explotar la tensión y provocar la violencia, incluso dentro de las aldeas. Nuestro deber es permanecer aquí, y tratar de avanzar en esta situación. Pero no es fácil”.


jueves, 2 de julio de 2015

PAPA FRANCISCO: LA JUSTICIA Y LA MISERICORDIA

"Recordemos la relación existente entre justicia y misericordia. No son dos momentos contrastantes entre sí, sino dos dimensiones de una única realidad que se desarrolla progresivamente hasta alcanzar su ápice en la plenitud del amor.
La justicia es un concepto fundamental para la sociedad civil cuando, normalmente, se hace referencia a un orden jurídico a través del cual se aplica la ley. Con la justicia se entiende también que a cada uno se debe dar lo que le es debido.
En la Biblia, muchas veces se hace referencia a la justicia divina y a Dios como juez. Generalmente, es entendida como la observación integral de la ley y como el comportamiento de todo buen israelita conforme a los mandamientos dados por Dios.
Esta visión, sin embargo, ha conducido no pocas veces a caer en el legalismo, falsificando su sentido originario y oscureciendo el profundo valor que la justicia tiene. Para superar la perspectiva legalista, sería necesario recordar que, en la Sagrada Escritura, la justicia es concebida esencialmente como un abandonarse confiado en la voluntad de Dios.
Por su parte, Jesús habla muchas veces de la importancia de la fe, más bien que de la observancia de la ley. Es en este sentido que debemos comprender sus palabras cuando estando a la mesa con Mateo y otros publicanos y pecadores, dice a los fariseos que le replicaban: «Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores » (Mt 9,13).
Ante la visión de una justicia como mera observancia de la ley que juzga, dividiendo las personas en justos y pecadores, Jesús se inclina a mostrar el gran don de la misericordia que busca a los pecadores para ofrecerles el perdón y la salvación.
Se comprende por qué, en presencia de una perspectiva tan liberadora y fuente de renovación, Jesús fue rechazado por los fariseos y por los doctores de la ley. Estos, para ser fieles a la ley, ponían solo pesos sobre las espaldas de las personas, pero así frustraban la misericordia del Padre. El reclamo a observar la ley no puede obstaculizar la atención a las necesidades que tocan la dignidad de las personas.
Al respecto es muy significativa la referencia que Jesús hace al profeta Oseas –«yo quiero amor, no sacrificio » (6, 6). Jesús afirma que, de ahora en adelante, la regla de vida de sus discípulos deberá ser la que da el primado a la misericordia, como Él mismo testimonia compartiendo la mesa con los pecadores.
La misericordia, una vez más, se revela como dimensión fundamental de la misión de Jesús. Ella es un verdadero reto para sus interlocutores que se detienen en el respeto formal de la ley. Jesús, en cambio, va más allá de la ley; su compartir con aquellos que la ley consideraba pecadores permite comprender hasta dónde llega su misericordia".
"Francisco, obispo de Roma, siervo de los siervos de Dios, a cuantos lean esta carta: gracia, misericordia y paz".

(De la Bula Misericordiae Vultus -El rostro de la misericordia-, mediante la que el Papa convocó el Jubileo de la Misericordia el pasado 11 de abril)

AMO AL SEÑOR PORQUE ESCUCHA MI VOZ SUPLICANTE



Del Salmo 114:
Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida
Amo al Señor, porque escucha
mi voz suplicante,
porque inclina su oído hacia mí
el día que lo invoco.
Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida
Me envolvían redes de muerte,
me alcanzaron los lazos del abismo,
caí en tristeza y angustia.
Invoqué el nombre del Señor:
«Señor, salva mi vida.»
Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida
El Señor es benigno y justo,
nuestro Dios es compasivo;
el Señor guarda a los sencillos:
estando yo sin fuerzas, me salvó.
Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida
Arrancó mi alma de la muerte,
mis ojos de las lágrimas,
mis pies de la caída.
Caminaré en presencia del Señor
en el país de la vida.
Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida

TEN CONFIANZA, TUS PECADOS TE SON PERDONADOS

Evangelio según San Mateo 9,1-8.

Jesús subió a la barca, atravesó el lago y regresó a su ciudad. Entonces le presentaron a un paralítico tendido en una camilla. Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: "Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados".

Algunos escribas pensaron: "Este hombre blasfema".

Jesús, leyendo sus pensamientos, les dijo: "¿Por qué piensan mal? ¿Qué es más fácil decir: 'Tus pecados te son perdonados', o 'Levántate y camina'? Para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados -dijo al paralítico- levántate, toma tu camilla y vete a tu casa".


El se levantó y se fue a su casa. Al ver esto, la multitud quedó atemorizada y glorificaba a Dios por haber dado semejante poder a los hombres.

miércoles, 1 de julio de 2015

¿Qué cosas preferimos antes que a Dios?


“¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?” Los demonios le rogaron; “Si nos echas, mándanos a la piara de cerdos”. Jesús les dijo: “Id”. La piara entera se abalanzó acantilado abajo y se ahogó en el agua, Los porquerizos huyeron al pueblo y lo contaron todo, incluyendo lo de los endemoniados. Entonces el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara del su país”. (Mt 8,28-34)
Un texto un tanto extraño y complejo. Muchos cerdos y muchos endemoniados.
Y un pueblo que expresamente le pide se vaya.
No basta reconocer a Jesús como Hijo de Dios.
Esto hasta los endemoniados lo saben. Pero, no por eso dejan de ser endemoniados.
Los demonios reconocen sus poderes. Y en vez de abandonar a los endemoniados prefieren meterse en la piara de cerdos y ahogarse en el lago.
La fe no es cuestión de saber y conocer.
La fe es cuestión de fiarse de Él.
La fe es cuestión de dejarse transformar y cambiar por El.
La fe es cuestión de abrirse a una vida nueva y no preferir morir ahogado.
Se puede creer que Jesús es Dios y preferir vivir como cerdos.
Se puede creer que Jesús es Dios y preferir ahogarse a cambiar y estrenar la nueva vida de la gracia.
Una fe que no nos cambia, es una fe inútil.
Una fe que no nos transforma, es una fe estéril.
Una fe que no nos abre a la esperanza, es una fe muerta.
Tenemos que conocer nuestra fe en Jesús, pero convertirla luego en vida.
Tenemos que conocer la verdad de Jesús, pero una verdad que se haga vida.
Por eso, el mejor conocimiento será siempre la experiencia.
Por eso, el mejor conocimiento es vivir.
“Le rogaron que se marchara de su país”
Jesús siempre resulta peligroso.
Por eso son tantos los que prefieren pedirle, también hoy, que se “vaya de sus vidas”.
Preferían la piara de cerdos, al don salvífico de Jesús.
No estaban dispuestos a abrirse a su palabra, si el precio iba a ser la pérdida de sus cerdos. Prefieren a sus cerdos.
A veces el Evangelio resulta curioso.
Y “sin querer queriendo”, con frecuencia, nos pone al descubierto.
Estos gerasenos prefieren los cerdos a Jesús.

Habría que preguntarse:
¿Qué cosas preferimos también nosotros a Dios?
¿Con qué frecuencia los cerdos que hay en muchos corazones valen más que la salvación de Jesús?
¿Con qué frecuencia también nosotros preferimos muchas cosas que impiden la presencia de Dios en nuestros corazones.
Incluso, me atrevo a preguntarme:
¿Cuántas veces le he dicho a Jesús que se vaya lejos?
¿Cuántas veces le he dicho a Jesús que me deje en paz con mis malos espíritus?
¿Cuántas veces, tal vez sin decirlo, hemos hecho lo imposible para que Jesús desaparezca y se vaya de nuestro país y de nuestras vidas?

No están lejos esos problemas de los Crucifijos en las Escuelas.
No están lejos esos problemas de los signos religiosos en público.
Fácilmente lo justificamos diciendo “para no ofender a otras confesiones”.
Pero, en el fondo, lo que interesa es que “él se vaya de nuestro país”.
Esto me recuerda a aquella fea que se encontró con un borracho.
El borrachito se atrevió a llamarle “fea”.
Ella le respondió: “¡borracho!”
Pero el borrachito ni corto ni perezoso le respondió: “Sí, pero a mí se me pasa”.
Podemos sacar a Jesús de nuestras vidas o de nuestra vida pública.
Pero, será inútil.
Lo sacaremos de nuestras paredes, pero seguirá vivo en el corazón de cada uno.

Juan Jáuregui Castelo

"¿Que quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?"

Evangelio según San Mateo 8,28-34.

Cuando Jesús llegó a la otra orilla, a la región de los gadarenos, fueron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros. Eran tan feroces, que nadie podía pasar por ese camino. 

Y comenzaron a gritar: "¿Que quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?" 

A cierta distancia había una gran piara de cerdos paciendo. 

Los demonios suplicaron a Jesús: "Si vas a expulsarnos, envíanos a esa piara". 

El les dijo: "Vayan". Ellos salieron y entraron en los cerdos: estos se precipitaron al mar desde lo alto del acantilado, y se ahogaron. 

Los cuidadores huyeron y fueron a la ciudad para llevar la noticia de todo lo que había sucedido con los endemoniados. 

Toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, al verlo, le rogaron que se fuera de su territorio.

martes, 30 de junio de 2015

María, Pedro y Pablo: son nuestros compañeros de viaje en la búsqueda de Dios

Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!
Como saben, la Iglesia universal celebra hoy la solemnidad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, pero se la vive con una alegría especial en la Iglesia de Roma, porque en su testimonio, sellado con la sangre, tiene sus propios cimientos. Roma siente especial afecto y reconocimiento por estos hombres de Dios, que vinieron de una tierra lejana a anunciar, a costa de su vida, aquel Evangelio de Cristo al que se había dedicado totalmente.
La gloriosa herencia de estos dos Apóstoles es motivo de orgullo espiritual para Roma y, al mismo tiempo, es una llamada a vivir las virtudes cristianas, de modo particular la fe y la caridad: la fe en Jesús cual Mesías e Hijo de Dios, que Pedro profesó primero y que Pablo anunció a la gente; y la caridad, que che esta Iglesia está llamada a servir con horizonte universal.
En la oración del Ángelus, en el recuerdo de los santos Pedro y Pablo, asociamos el de María, imagen viva de la Iglesia, esposa de Cristo, que los dos Apóstoles “fecundaron con su sangre” (Antífona de ingreso de la Misa del día).
Pedro conoció personalmente a María y en su diálogo con ella, especialmente en los días que precedieron Pentecostés (Cfr. Hch 1, 14), pudo profundizar el conocimiento del misterio de Cristo. Pablo, al anunciar el cumplimiento del designio salvífico “en la plenitud de los tiempos”, no dejó de recordar a la “mujer” de la que el Hijo de Dios había nacido en el tiempo (Cfr. Ga 4, 4).
En la evangelización de los dos Apóstoles aquí, en Roma, también están las raíces de la profunda y secular devoción de los romanos a la Virgen, invocada especialmente come Salus Populi Romani.
María, Pedro y Pablo: son nuestros compañeros de viaje en la búsqueda de Dios; son nuestras guías en el camino de la fe y de la santidad; ellos nos impulsan hacia Jesús, para hacer todo lo que Él nos pide. Invoquemos su ayuda a fin de que nuestro corazón esté siempre abierto a las sugerencias del Espíritu Santo y al encuentro con los hermanos.
En la celebración Eucarística, que tuvo lugar esta mañana en la Basílica de San Pedro, he bendecido los Palios de los Arzobispos Metropolitanos nombrados en el último año, procedentes de varias partes del mundo. Renuevo mi saludo y mis felicitaciones a ellos, a sus familiares y a cuantos los acompañan en esta significativa circunstancia, y deseo que el Palio, además de acrecentar los lazos de comunión con la Sede de Pedro, sea un aliciente para un servicio cada vez más generoso a las personas encomendadas a su cuidado pastoral.
En la misma liturgia, tuve el placer de saludar a los Miembros de la Delegación que ha venido a Roma en nombre del Patriarca Ecuménico, el amadísimo hermano Bartolomé I, para participar, como cada año, en la fiesta de los santos Pedro y Pablo. También esta presencia es signo de los vínculos fraternos existentes entre nuestras Iglesias. Recemos para que se refuerce entre nosotros el camino de la unidad.

Nuestra oración hoy es sobre todo por la ciudad de Roma, por su bienestar espiritual y material, para que la gracia divina sostenga a todo el pueblo romano, a fin de que viva en plenitud la fe cristiana, que testimoniaron con intrépido ardor los santos Pedro y Pablo. Que interceda por nosotros la Santísima Virgen, Reina de los Apóstoles.

Tengo ante los ojos, Señor, tu bondad.



Sal 25, 2-3. 9-10. 11-12 
Tengo ante los ojos, Señor, tu bondad.
Escrútame, Señor, ponme a prueba, 
sondea mis entrañas y mi corazón, 
porque tengo ante los ojos tu bondad, 
y camino en tu verdad.
Tengo ante los ojos, Señor, tu bondad.
No arrebates mi alma con los pecadores, 
ni mi vida con los sanguinarios, 
que en su izquierda llevan infamias, 
y su derecha está llena de sobornos.
Tengo ante los ojos, Señor, tu bondad.
Yo, en cambio, camino en la integridad; 
sálvame, ten misericordia de mí. 
Mi pie se mantiene en el camino llano; 
en la asamblea bendeciré al Señor.

Tengo ante los ojos, Señor, tu bondad.

Se puso en pie, increpó a los vientos y al lago, y vino una gran calma

Lectura del santo evangelio según san Mateo 8, 23-27
En aquel tiempo, subió Jesús a la barca, y sus discípulos lo siguieron.
De pronto, se levantó un temporal tan fuerte que la barca desaparecía entre las olas; él dormía.
Se acercaron los discípulos y lo despertaron, gritándole:
-«¡Señor, sálvanos, que nos hundimos!»
Él les dijo:
-«¡Cobardes! ¡Qué poca fe!»
Se puso en pie, increpó a los vientos y al lago, y vino una gran calma.
Ellos se preguntaban admirados:
-«¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y el agua le obedecen!»

Palabra del Señor

lunes, 29 de junio de 2015

Oración, fe y testimonio de Cristo: llamada del Papa a los metropolitanos y obispos del mundo

Enseñen a rezar rezando, anuncien la fe creyendo, den testimonio con la vida: no se avergüencen del Nombre de Cristo y de su Cruz
«¡También ustedes sean ángeles y mensajeros de caridad para los más necesitados!»
(RV).- Junto con el palio, el Papa Francisco quiso confiar a los 46 Arzobispos Metropolitanos, nombrados este año, una llamada a la oración, a la fe y al testimonio.
Sin olvidar «las atroces, inhumanas e inexplicables persecucionesque desgraciadamente perduran todavía hoy en muchas partes del mundo, a menudo bajo la mirada y el silencio de todos», el Obispos de Roma quiso «venerar la valentía de los Apóstoles y de la primera comunidad cristiana, la valentía para llevar adelante la obra de la evangelización, sin miedo a la muerte y al martirio, en el contexto social del imperio pagano; venerar su vida cristiana que,  para nosotros creyentes de hoy, constituye una fuerte llamada a la oración, a la fe y al testimonio».
El Papa Francisco, presidiendo la celebración de la solemnidad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, patronos principales de la Iglesia de Roma, destacó en su homilía que el palio entregado a los Arzobispos Metropolitanos «es un signo que representa a la oveja que el pastor lleva sobre sus hombros como CristoBuen Pastor» y es «signo litúrgico de la comuniónque une a la Sede de Pedro y su Sucesor con los metropolitanos y, a través de ellos, con los demás obispos del mundo»  (Benedicto XVI, Ángelus, 29 junio 2005).
El Santo Padre recordó  asimismo que «la Iglesia los quiere hombres de oración, maestros de oración, que enseñen al pueblo que les ha sido confiado por el Señor que la liberación de toda cautividad es solamente obra de Dios y fruto de la oración, que Dios, en el momento oportuno, envía a su ángel para salvarnos de las muchas esclavitudes y de las innumerables cadenas mundanas».
«Cuántas fuerzas, a lo largo de la historia, han intentado – y siguen intentando – acabar con la Iglesia, desde fuera y desde dentro, pero todas ellas pasan y la Iglesia sigue viva y fecunda», señaló el Sucesor de Pedro e hizo hincapié en que la Iglesia es del Señor
Y recordando que «la Iglesia los quiere hombres de fe, maestros de fe, que enseñen a los fieles a no tener miedo de los muchos Herodes que los afligen con persecuciones, con cruces de todo tipo», reiteró que «ningún Herodes es capaz de apagar la luz de la esperanza, de la fe y de la caridad de quien cree en Cristo».
«La Iglesia los quiere hombres de testimonio». «No hay testimonio sin una vida coherente. Hoy no se necesita tanto maestros, sino testigos valientes, convencidos y convincentes, testigos que no se avergüencen del Nombre de Cristo y de su Cruz, ni ante leones rugientes ni ante las potencias de este mundo, a ejemplo de Pedro y Pablo y de tantos otros testigos a lo largo de toda la historia de la Iglesia, testigos que, aun perteneciendo a diversas confesiones cristianas, han contribuido a manifestar y a hacer crecer el único Cuerpo de Cristo».
En este contexto, el Obispo de Roma destacó con mucho agrado la presencia de la «Delegación del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, enviada por el querido hermano Bartolomé I».

"Jesús nos dice: 'Tú eres mi hijo, mi hija, tú estás curado, yo perdono todo, yo curo a todos y a todo'

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de hoy presenta el relato de la resurrección de una niña de doce años, hija de uno de los jefes de la sinagoga, el cual se arroja a los pies de Jesús y le suplica: "Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se cure y viva" (Mc 5, 23). En esta oración sentimos la preocupación de todo padre por la vida y por el bien de sus hijos. Pero sentimos también la gran fe que aquel hombre tiene en Jesús. Y cuando llega la noticia que la niña ha muerto, Jesús le dice: "No temas, basta que creas" (v. 36). ¡Da coraje esta palabra de Jesús! Y también la dice a nosotros tantas veces: "No temas, solamente ten fe". Una vez entrado en la casa, el Señor hizo salir a toda la gente que llora y grita y se dirige a la niña muerta, diciendo: "¡Niña, yo te lo ordeno, levántate!" (v. 41). E inmediatamente la niña se levantó y comenzó a caminar. Aquí se ve el poder absoluto de Jesús sobre la muerte, que para Él es como un sueño del cual nos puede despertar. ¡Jesús ha vencido la muerte, y tiene también poder sobre la muerte física!

Al interno de este relato, el Evangelista introduce otro episodio: la curación de una mujer que desde hacía doce años sufría de pérdidas de sangre. A causa de esta enfermedad que según la cultura del tiempo la hacía "impura", ella debía evitar todo contacto humano: pobrecita, estaba condenada a una muerte civil. Esta mujer anónima, en medio a la multitud que sigue a Jesús, dijo a sí misma: "Con sólo tocar su manto quedaré curada" (v. 28). Y así sucedió: la necesidad de ser liberada la empujó a probar y la fe "arranca", por así decir, al Señor la curación. Quién cree "toca" a Jesús y toma de Él la gracia que salva. La fe es esto: tocar a Jesús y tomar de Él la gracia que salva. Nos salva, nos salva la vida espiritual, nos salva de tantos problemas. Jesús se da cuenta y en medio a la gente, busca el rostro de aquella mujer. Ella se adelanta temblorosa y Él le dice: "Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad" (v. 34). Es la voz del Padre celestial que habla en Jesús: "¡Hija, no estás condenada, no estás excluida, eres mi hija!" Y cada vez que Jesús se acerca a nosotros, cuando nosotros vamos hacia Él con la fe, escuchamos esto del Padre: "Hijo, tú eres mi hijo, tú eres mi hija, tú te has curado, tú estás curada. Yo perdono a todos y todo. Yo curo todo y a todos".

Estos dos episodios - una curación y una resurrección - tienen un único centro: la fe. El mensaje es claro, y se puede resumir en una pregunta: ¿creemos que Jesús - una pregunta que nos hacemos nosotros - nos puede curar y nos puede despertar de la muerte? Todo el Evangelio está escrito en la luz de esta fe: Jesús ha resucitado, ha vencido la muerte, y por esta victoria suya también nosotros resucitaremos. Esta fe, que para los primeros cristianos era segura, puede empañarse y hacerse incierta, al punto que algunos confunden resurrección con reencarnación. Pero la Palabra de Dios de este domingo nos invita a vivir en la certeza de la resurrección: Jesús es el Señor, Jesús tiene poder sobre el mal y sobre la muerte, y quiere llevarnos a la casa del Padre, en donde reina la vida. Y allí nos encontraremos todos, todos los que estamos en la plaza hoy, nos encontraremos en la casa del Padre, en la vida que Jesús nos dará.
La Resurrección de Cristo actúa en la historia como principio de renovación y de esperanza. Cualquier persona que está desesperada y cansada hasta la muerte, si se confía en Jesús y en su amor puede recomenzar a vivir. También recomenzar una nueva vida, cambiar vida es un modo de resurgir, de resucitar. La fe es una fuerza de vida, da plenitud a nuestra humanidad; y quien cree en Cristo se debe reconocer porque promueve la vida en toda situación, para hacer experimentar a todos, especialmente a los más débiles, el amor de Dios que libera y salva.
Pidamos al Señor, por intercesión de la Virgen María, el don de una fe fuerte y valerosa, que nos empuje a ser difusores de esperanza y de vida entre nuestros hermanos.

Gracias por el ministerio del Papa

Celebramos mañana ( en este caso hoy )  la solemnidad de los apóstoles san Pedro y san Pablo. La fe cristiana se fundamenta en el testimonio de los Apóstoles. Jesús escogió a los Doce "para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar". Los Apóstoles entregaron su vida al anuncio de la buena nueva del Reino, y coronaron su trabajo apostólico con el martirio.
Los apóstoles Pedro y Pablo son las dos columnas de la Iglesia: Pedro, el líder en la confesión de la fe; Pablo, el que la puso a plena luz. Pedro instituyó la primera Iglesia con el resto de Israel. Pablo evangelizó a los otros pueblos llamados a la fe. Esto es lo que expresa el prefacio de la solemnidad de estos dos apóstoles.
El apóstol Pedro fue uno de los primeros llamados por Jesús y siempre ocupa un lugar preeminente en los evangelios. Esta primacía la pone de relieve el Señor con estas palabras que le dirigió: "Tú eres Pedro. Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.” El ministerio de Pedro proviene de la voluntad de Jesús, que quiso que él y sus sucesores fueran instrumentos a través de los cuales el Espíritu Santo constituye y mantiene la unidad de la Iglesia.
Al Papa le corresponde mantener y promover la unidad con Jesucristo de todos los pastores y fieles reunidos en las Iglesias particulares; es decir, el hecho de mantenerse en la fidelidad íntegra e incondicional a la palabra de Cristo, a sus sacramentos, al mandamiento nuevo del amor. Esto significa que todos deben seguirle indefectiblemente para que la Iglesia extendida de Oriente a Occidente pueda dar un testimonio unánime del Evangelio para la salvación de todos los hombres. Por ello, en la persona del Papa se visibiliza a Cristo de modo eminente, como buen pastor de toda la Iglesia.
Los cristianos tenemos que agradecer al Señor el ministerio de Pedro y de sus sucesores y acoger con un profundo sentido eclesial y con reconocimiento el servicio que ofrece a pastores y fieles el actual sucesor de Pedro, el Papa Francisco.
Francisco tiene la costumbre de pedir a menudo a todos los miembros de la Iglesia que roguemos por él y por las intenciones de su ministerio como obispo de Roma y responsable de la comunión de todas las Iglesias diocesanas del mundo. A mí muchas veces me ha dicho que pida a los diocesanos que recen por él. Si siempre lo tenemos que hacer, sobre todo cuando se menciona su nombre en la oración eucarística de cada misa, mucho más debemos hacerlo en el día dedicado cada año a recordar y orar por el sucesor de san Pedro.
† Lluís Martínez Sistach

Cardenal arzobispo de Barcelona

Francisco condena los atentados de Túnez, Francia y Kuwait

El Papa, "profundamente apenado" por los ataques de los integristas islámicos
El Papa Francisco ha expresado su dolor por los atentados de este viernes 26 de junio en Túnez, Francia y Kuwait a través de tres diversos telegramas, firmados por el cardenal Secretario de Estado Pietro Parolin.
Dirigiéndose a los Nuncios Apostólicos, el Pontífice "condena nuevamente la violencia que genera tanto sufrimiento y pide al Señor el don de la paz, invocando la bendición divina sobre las familias de las víctimas, tanto francesas como tunecinas".
"Profundamente apenado ante la noticia de la de la trágica pérdida de vidas humanas y de los heridos causados por el ataque contra una mezquita de Kuwait City", el Papa "ofrece sus fervientes oraciones por las víctimas y por todos aquellos que lloran".
Lamentando "tales actos bárbaros", el Santo Padre pide que se transmita su cercanía espiritual a las familias afectadas por este momento de dolor y alienta al pueblo de Kuwait a no desanimarse de frente al mal, invocando sobre la nación "el amor consolador y curativo del Omnipotente".
Fuente: Religión digital