lunes, 4 de mayo de 2015

Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho


Evangelio según San Juan 14,21-26.

Jesús dijo a sus discípulos:

«El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él".


Judas -no el Iscariote- le dijo: "Señor, ¿por qué te vas a manifestar a nosotros y no al mundo?".
Jesús le respondió: "El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él.


El que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió.


Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes.


Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho.»

"Si nos separamos de Jesús, somos cristianos de palabra, pero no de vida"

Papa en una parroquia romana: "Rezad por mí, que soy ya un poco mayor y un poco enfermo, aunque no demasiado"

"Cuando criticamos o engañamos a los demás, somos sarmientos muertos"
Algunas frases del Papa en la homilía
"Esta es la vida cristiana: permanecer en Jesús"
"Para explicarnos qué quiere decir esto, Jesús utiliza la bella figura de la vid y los sarmientos"
"El sarmiento que no está unido a la vid no da fruto"
"Lo sarmientos, unidos a la vid, reciben de la vid la savia de la vida"
"Sencilla, la imagen"
"Permanecer en Jesús significa permanecer en él para recibir la vida, el amor, el Espíritu Santo"
"Todos nosotros somos pecadores"
"Pero, si permanecemos en Jesús, como los sarmientos en la vid, el Señor viene y nos cuida, para que podamos dar más fruto"
"Si nosotros nos separamos de él somos cristianos de palabra, pero no de vida"
"Somos cristianos muertos, porque no damos vida"
"Permanecer en Jesús quiere decir querer recibir la vida de Él, el amor y la podadura"
"Significa rezar, acercarse a los sacramentos: la eucaristía, la reconciliación"
"Y lo más difícil, permanecer en Jesús significa hacer lo mismo que Él hizo, tener su misma actitud"
"Cuando criticamos a los demás, no permanecemos en Jesús"
"Cuando engañamos a los demás, somos sarmientos muertos"
"Es hacer lo mismo que Él hacía: hacer el bien, curar a los enfermos, ayudar a los enfermos, tener la alegría del Espíritu..."
"¿Yo permanezco en Jesús o estoy lejos de Él? ¿Estoy unido a la vid o soy un sarmiento muerto, incapaz de dar fruto y testimonio?"
"Hay otros sarmientos, los que se hacen ver como discípulos de Jesús y hacen lo contrario. Son los sarmientos hipócritas"
"Van todos los domingos a misa, y ponen cara pía, pero viven como paganos"
"A éstos Jesús en el Evangelio les llama hipócritas"
"El nos da la fuerza para permanecer"
"Lo que quiere Jesús son dos cosas: que permanezcamos en Él y que no seamos hipócritas"
"¿Qué nos da el Señor, si permanecemos en Él?"
"Pedid lo que queráis y se os dará"
"Es la fuerza de la oración"
"Es la potencia de la oración"
"Nuestra oración es débil...y no da su fruto"
"Ésta es la oración omnipotente, que procede del permanecer en Jesús"
"Que el Señor nos dé esta gracia"

Homenaje el Día de la Madre. Tú me enseñaste a rezar

Cuando era muy pequeño me enseñaste a rezar. Lo más importante que sé no lo he aprendido en la escuela ni en la iglesia. Lo aprendí de ti. Contigo repetía aquellas palabras en las que los dos subíamos muy alto, muy alto, muy por encima de nosotros. 

Con ellas rezábamos y nos hacíamos pequeños para llegar más arriba. Llamábamos a Dios y hablábamos con él, y él era un padre que lo podía todo, lo tenía todo, nos lo daba todo. Era un Padre bueno que nos escuchaba en nuestros momentos felices y en nuestros apuros y nos ayudaba a esforzarnos para ser buenos como él.

Ahora yo le rezo a Dios por ti todos los días. Y ahora mismo le digo: Gracias, Dios mío, por mi madre. Delante de ti, ella y yo, todos, somos igual que niños. Abrázala. Bendícela. Pon tus manos sobre su frente. Bésala con tu infinito amor.

Amén.

LA FUERZA DEL NOMBRE DE JESÚS

 El consejo de obrar en el nombre de Jesús puede parecer un atavismo, intento de usar su nombre como una especie de talismán, como palabra mágica. Las autoridades de los tiempos de los Apóstoles así lo creyeron, y les prohibieron pronunciar ese nombre a Pedro y a Juan.
La virtud que posee el nombre de Jesús no implica una fuerza esotérica, sino que por la fe en la persona del Señor se da el signo trascendente. Cuando San Pablo afirma: “Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo” (Flp 2, 10), no está hablando de una fórmula secreta, sino del triunfo de Cristo sobre todos los poderes, una vez que ha realizado el plan de Dios, su Padre, y ha sometido a todos sus enemigos, incluso a la muerte.
San Pablo testimonia cómo, después de su encuentro con el Señor, camino de Damasco, descubrió que no hay otro que pueda salvar, y contó a los discípulos “cómo había visto al Señor en el camino, lo que le había dicho y cómo en Damasco había predicado públicamente el nombre de Jesús” (Act 9, 27).
Decir el nombre de Jesús es invocar su presencia, creer en Él, y es la fuerza de la fe en su persona lo que da firmeza y valor, aun para compartir con Él el camino de Cruz. San Juan afirma: “… éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó” (1Jn 3, 23). En ello se resumen las dos dimensiones esenciales, la trascendente y la social, la teologal y la de alteridad fraterna.
Invocar el nombre de Jesús es entrar en comunión con Él y con su enseñanza, porque se sabe y se cree que está vivo. De ello depende tener vitalidad, experiencia del Resucitado, razón evangelizadora, fecundidad apostólica. La afirmación del Evangelio es contundente, y de ella dependen los frutos del evangelizador. Dice Jesús: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 5).
¡Cuánta pretensión es actuar de manera emancipada, aunque sea para hacer obras buenas! Porque en el caso de actuar en favor de los demás no es por bondad, sino por gracia recibida. Reivindicar como propio lo que es de Dios significa, en el mejor de los caso inconsciencia, cuando no presunción, vanidad, protagonismo narcisista.
La parábola de la vid y los sarmientos es una imagen intuitiva que hoy nos sirve el Evangelio, y que nos debiera curar la prepotencia. ¡Qué triste es ver a los agentes de pastoral derrotados después de haber trabajado sin parar! Pero es posible que se deba a que lo han hecho en nombre propio.
Solo nos podremos mantener con gozo y con paz en la tarea de anunciar el Evangelio, si permanecemos relacionados con Jesús y actuamos en su nombre.
Ángel Moreno de Buenafuente

domingo, 3 de mayo de 2015

"Somos sarmientos de la única vid", el Papa durante el Regina Coeli

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús durante la Última Cena, en el momento en el que sabe que la muerte está ya cercana. Ha llegado su “hora”. Por última vez Él está con sus discípulos, y entonces quiere imprimir bien en sus mentes una verdad fundamental: también cuando Él no estará más físicamente en medio a ellos, podrán permanecer aún unidos a Él de una manera nueva, y así dar mucho fruto. Todos podemos permanecer unidos a Jesús de manera nueva. Si por el contrario uno perdiese la comunión con Él, se volvería estéril, es más, dañino para la comunidad. Y para expresar esta realidad Jesús usa la imagen de la vid y de los sarmientos: «Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos» (Jn 15, 4-5). Y con esta figura nos enseña a permanecer unidos a Él.

Jesús es la vid, y a través de Él – como la linfa en el árbol – pasa a los sarmientos el amor mismo de Dios, el Espíritu Santo.  Precisamente: nosotros somos los sarmientos, y a través de esta parábola Jesús quiere hacernos entender la importancia de permanecer unidos a Él. Los sarmientos no son autosuficientes, sino dependen totalmente de la vid, en donde se encuentra la fuente de su vida. Es así para nosotros cristianos. Injertados en Cristo con el Bautismo, hemos recibido gratuitamente de Él el don de la vida nueva; y gracias a la Iglesia podemos permanecer en comunión vital con Cristo. Es necesario mantenerse fieles al Bautismo, y crecer en la amistad con el Señor mediante la oración, la escucha y la docilidad a su Palabra, leer el Evangelio, la participación a los Sacramentos, especialmente a la Eucaristía y a la Reconciliación.

Si uno está íntimamente unido a Jesús, goza de los dones del Espíritu Santo, que – como nos dice san Pablo – son «amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia» (Gal 5,22); y en consecuencia hace tanto bien al prójimo y a la sociedad, como un verdadero cristiano. De estas actitudes, de hecho, se reconoce que uno es un verdadero cristiano, así como por los frutos se reconoce al árbol. Los frutos de esta unión profunda con Jesús son maravillosos: toda nuestra persona es trasformada por la gracia del Espíritu: alma, inteligencia, voluntad, afectos, y también el cuerpo, porque somos unidad de espíritu y cuerpo. Recibimos un nuevo modo de ser, la vida de Cristo se convierte también en la nuestra: podemos pensar como Él, actuar como Él, ver el mundo y las cosas con los ojos de Jesús. Entonces, con su corazón, como Él lo ha hecho, podemos amar a nuestros hermanos, a partir de los más pobres y sufrientes, y así dar al mundo frutos de bondad, de caridad y de paz.

Cada uno de nosotros es un sarmiento de la única vid; y todos juntos estamos llamados a llevar los frutos de esta pertenencia común a Cristo y a la Iglesia. Confiémonos a la intercesión de la Virgen María, para que podamos ser sarmientos vivos en la Iglesia y testimoniar de manera coherente nuestra fe, coherencia de vida y de pensamiento. De vida y de fe. Conscientes que todos, según nuestras vocaciones particulares, participamos de la única misión salvífica de Jesucristo.      

(Raúl Cabrera, Radio Vaticano)

MES DE MAYO, MES DE MARÍA

Al acercarse el mes de mayo, consagrado por la piedad de los fieles a María Santísima, se llena de gozo Nuestro ánimo con el pensamiento del conmovedor espectáculo de fe y de amor que dentro de poco se ofrecerá en todas partes de la tierra en honor de la Reina del Cielo. En efecto, el mes de mayo es el mes en el que los templos y en las casas particulares sube a María desde el corazón de los cristianos el más ferviente y afectuoso homenaje de su oración y de su veneración. Y es también el mes en el que desde su trono descienden hasta nosotros los dones más generosos y abundantes de la divina misericordia.

Nos es por tanto muy grata y consoladora esta práctica tan honrosa para la Virgen y tan rica de frutos espirituales para el pueblo cristiano. Porque María es siempre camino que conduce a Cristo. Todo encuentro con Ella no puede menos de terminar en un encuentro con Cristo mismo. ¿Y qué otra cosa significa el continuo recurso a María sino un buscar entre sus brazos, en Ella, por Ella y con Ella, a Cristo nuestro Salvador, a quien los hombres en los desalientos y peligros de aquí abajo tienen el deber y experimentan sin cesar la necesidad de dirigirse como a puerto de salvación y fuente trascendente de vida?

Precisamente porque el mes de mayo nos trae esta poderosa llamada a una oración más intensa y confiada, y porque en él nuestras súplicas encuentran más fácil acceso al corazón misericordioso de la Virgen, fue tan querida a Nuestros Predecesores la costumbre de escoger este mes consagrado a María para invitar al pueblo cristiano a oraciones públicas siempre que lo requiriesen las necesidades de la Iglesia o que algún peligro inminente amenazase al mundo. Y Nos también, Venerables Hermanos, sentimos este año la necesidad de dirigir una invitación semejante al mundo católico. Si consideramos, en efecto, las necesidades presentes de la Iglesia y las condiciones en las que se encuentra la paz del mundo, tenemos serios motivos para creer que esta hora es particularmente grave y que urge más que nunca hacer una llamada a un coro de oraciones de todo el pueblo cristiano.


FUENTE: CARTA ENCÍCLICA MENSE MAIO DE SU SANTIDAD PABLO VI

«EL MANDAMIENTO NUEVO»



De los tratados de san Agustín, obispo, sobre el evangelio de san Juan (Tratado 65,1-3: CCL 36, 490-492)


El Señor Jesús pone de manifiesto que lo que da a sus discípulos es un nuevo mandamiento, que se amen unos a otros: Os doy —dice— un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros.

¿Pero acaso este mandamiento no se encontraba ya en la ley antigua, en la que estaba escrito: Amarás a tu prójimo como a ti mismo? ¿Por qué lo llama entonces nuevo el Señor, si está tan claro que era antiguo? ¿No será que es nuevo porque nos viste del hombre nuevo después de despojarnos del antiguo? Porque no es cualquier amor el que renueva al que oye, o mejor al que obedece, sino aquél a cuyo propósito añadió el Señor, para distinguirlo del amor puramente carnal: como yo os he amado.

Éste es el amor que nos renueva, y nos hace ser hombres nuevos, herederos del nuevo Testamento, intérpretes de un cántico nuevo. [...] Este amor nos lo otorga el mismo que dijo: Como yo os he amado, amaos también entre vosotros. Pues para esto nos amó precisamente, para que nos amemos los unos a los otros; y con su amor hizo posible que nos ligáramos estrechamente, y como miembros unidos por tan dulce vínculo, formemos el cuerpo de tan espléndida cabeza.

Jesús Eucaristía es el corazón palpitante de la Iglesia

Decía el cardenal Ratzinger, quien luego fue el Papa Benedicto XVI: Una iglesia, sin la presencia de Cristo, se halla, de algún modo, muerta; aunque pretenda invitar a los hombres a la oración. Pero, una iglesia, en la cual hay un sagrario, ante el cual luce la lamparita, está siempre viva y es algo más que una edificación de piedra.

El Papa Juan Pablo II decía que Jesús Eucaristía es el corazón palpitante de la Iglesia, el centro de nuestra vida. Por eso, nunca dejemos solo a Jesús, hagamos turnos de adoración en las iglesias, construyamos capillas hermosas a Jesús sacramentado, donde esté permanentemente Expuesto en la custodia, rodeémoslo de flores y de luces para que sintamos más de cerca su amor y su presencia, y nos resulte más fácil decirle que lo amamos.
Cuantas más veces visites a Jesús sacramentado, más robusta estará tu alma. ¡Qué momentos tan sublimes puedes pasar delante de Jesús! La luz roja del sagrario parpadea como si fuera un corazón, que late de amor por Jesús. No seas menos que la lamparita, haz que tu corazón vibre de amor por Jesús, déjate bañar por su luz invisible y dile muchas veces: Jesús te amo. No olvides las palabras que tu ángel te inspira y que Marta le dijo a su hermana María: El Maestro está ahí y te llama (Jn 11, 28).
Por eso, veamos algunas cosas que podrían mejorar la oración:
1) Algunos días, se puede poner una bonita música de fondo durante la oración.
2) Se pueden colocar más luces y flores ante el sagrario para resaltar la presencia viva de Jesús.
3) Se puede hacer la oración ante el Santísimo Expuesto en la custodia para sentir más cercana su presencia.
Ciertamente, orar ante Jesús Expuesto en la custodia con flores y luces especiales, nos llega más al alma. Ojalá que en todas las parroquias del mundo hubiera capillas de adoración perpetua a Jesús sacramentado. La experiencia enseña que estas capillas de adoración dan más facilidad a los fieles para acercarse a Jesús y allí se siente más intensamente su presencia real.

Un sacerdote me decía que en una parroquia habían construido una bella capilla al Santísimo Sacramento para adorarlo durante el día. Y consiguió que todos los días fuera mucha gente a visitar a Jesús con enormes bendiciones para todos. Pero él mismo que, antes se dormía o se distraía fácilmente en su oración personal, iba ante Jesús Expuesto en la custodia y sentía su presencia más cercana, viva y real. Para él, el orar ante Jesús Expuesto en la custodia, resultó ser una fuente inmensa de bendiciones jamás antes conocidas.
Del libro “La oración del corazón”, por el Padre Ángel Peña.

sábado, 2 de mayo de 2015

Impulso misionero, devoción mariana y testimonio de santidad. El Papa destaca la vida de Fray Junípero Serra.

“Yo te he establecido para ser la luz de las naciones, para llevar la salvación hasta los confines de la tierra”. (Hch 13, 47; cf. Is 49, 6). Estas palabras del Señor, en el pasaje de los Hechos de los Apóstoles que acabamos de escuchar, nos presentan el carácter misionero de la Iglesia que es enviada por Jesús a salir para anunciar el Evangelio. Así sucedió, desde el primer momento, con los discípulos cuando, desencadenada la persecución, salieron de Jerusalén (cf. Hch 8, 1-3).

Esto es válido también para aquella multitud de misioneros que llevaron el Evangelio al Nuevo Mundo y al mismo tiempo defendieron a los indígenas contra los abusos de los colonizadores. Entre ellos estaba también Fray Junípero; su obra de evangelización nos trae a la memoria los primeros “12 apóstoles franciscanos” que fueron los pioneros de la fe cristiana en México. Él fue protagonista de una nueva primavera evangelizadora en aquellas extensas tierras que, desde hacía doscientos años, habían sido alcanzadas por los misioneros provenientes de España, desde Florida hasta California. Mucho tiempo antes que llegasen los peregrinos del Mayflower al litoral atlántico norte.

La vida y el ejemplo de Fray Junípero ponen de relieve tres aspectos: su impulso misionero, su devoción mariana y su testimonio de santidad.

En primer lugar, fue un incansable misionero. ¿Qué fue lo que llevó a Fray Junípero a abandonar su patria, su tierra, su familia, la cátedra universitaria y su comunidad franciscana en Mallorca, para ir hacia los extremos confines de la tierra?  Sin duda, la pasión por anunciar el Evangelio ad gentes, o sea el ímpetu del corazón que quiere compartir con los más lejanos el don del encuentro con Cristo: el don que él mismo había recibido primero y que había experimentado en su plenitud de verdad y de belleza.

Como Pablo y Bernabé, como los discípulos en Antioquía y en toda Judea, él fue colmado de alegría y de Espíritu Santo en el difundir la palabra del Señor. Un celo tal nos provoca, ¡es un gran reto para nosotros! Estos discípulos misioneros, que han encontrado a Jesús, Hijo de Dios, que a través de él han conocido al Padre misericordioso y, movidos por la gracia del Espíritu Santo, se han proyectado hacia todas las periferias geográficas, sociales y existenciales, para dar testimonio a la caridad, ¡estos nos desafían!

A veces nos detenemos a examinar escrupulosamente sus virtudes y, sobre todo, sus límites y sus miserias. Sin embargo, me pregunto, si hoy somos capaces de responder con la misma generosidad y con el mismo coraje a la llamada de Dios, que nos invita a dejarlo todo para adorarlo, dejar todo para adorarlo, para seguirlo, para encontrarlo en el rostro de los pobres, para anunciarlo a aquellos que no han conocido a Cristo, y por esto, no se sienten abrazados por su misericordia.
El testimonio de Fray Junípero nos llama a dejarnos implicar, en primera persona, en la misión continental, que encuentra sus propias raíces en el “Evangelii gaudium”.

Esta alegría se manifiesta (en segundo lugar), cuando Fray Junípero encomendó su compromiso misionero a la Santísima Virgen María. Sabemos que antes de regresar a California quiso ir a consagrar su vida a Nuestra Señora de Guadalupe, y a pedirle, para la misión que estaba por iniciar, la gracia de abrir el corazón de los colonizadores y de los indígenas. En esta invocación podemos ver todavía a este humilde fraile arrodillado ante la “Madre del mismísimo Dios”, la “Morenita”, que llevó a su Hijo al Nuevo Mundo.

La imagen de Nuestra Señora de Guadalupe estaba presente – o al menos lo estuvo – en las veintiún misiones que Fray Junípero fundó a lo largo de la costa de California. Desde entonces, Nuestra Señora de Guadalupe se convirtió, de hecho, en la Patrona de todo el continente americano. No es posible separarla del corazón del pueblo americano. En efecto, Ella constituye la raíz común de este continente, ¡la raíz común de este continente! Es más, la actual misión continental es confiada a aquella que es la primera y santa discípula misionera, presencia y compañía, fuente de consolación y de esperanza. A ella que está siempre a la escucha para cuidar a sus hijos americanos.
En tercer lugar, hermanos y hermanas, contemplamos el testimonio de santidad de Fray Junípero – uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, santo de la catolicidad y especial protector de los hispanos del país –, para que todo el pueblo americano descubra la propia dignidad, consolidando cada vez más la propia pertenencia a Cristo y a su Iglesia.
En la comunión universal de los santos y, en especial, en la corona de los santos americanos, nos acompañe Fray Junípero Serra e interceda por nosotros, junto a tantos otros santos y santas que se han distinguido con diversos carismas:
- Contemplativas como Rosa de Lima, Mariana de Quito y Teresita de los Andes; Pastores que emanaban el perfume de Cristo y el olor de las ovejas, como Toribio de Mogrovejo, Francois de Laval, Rafael Guizar Valencia; Humildes obreros de la Viña del Señor, como Juan Diego y Kateri Tekakwhita; Servidores de los que sufren y de los marginados, como Pedro Claver, Martín de Porres, Damián de Molokai, Alberto Hurtado y Rose Philippine Duchesne; Fundadoras de comunidades consagradas al servicio de Dios y de los más pobres, como Francisca Cabrini, Elizabeth Ann Seaton y Catalina Drexel; Misioneros incansables como Fray Francisco Solano, José de Anchieta, Alonso de Barzana, María Antonia de la Paz y Figueroa, José Gabriel de Rosario Brochero;Mártires como Roque González, Miguel Pro y Oscar Arnulfo Romero; y tantos otros santos y mártires que no nombro ahora, pero que rezan delante del Señor por sus hermanos y hermanas que son todavía peregrinos en aquellas tierras. Hubo tanta santidad en América, ¡tanta santidad sembrada!

Que un impetuoso viento de santidad recorra el próximo Jubileo extraordinario de la Misericordia en todas las Américas. Confiando en la promesa hecha por Jesús, que hemos escuchado hoy en el Evangelio, pedimos a Dios esta particular efusión del Espíritu Santo.

Pidamos a Jesús Resucitado, Señor de la historia, que la vida de nuestro continente americano se arraigue más y más en el Evangelio que ha recibido; que Cristo esté cada vez más presente en la vida de las personas, de las familias, de los pueblos y de las naciones, para la mayor gloria de Dios.

Y que esta gloria se manifieste en la cultura de la vida, en la fraternidad, en la solidaridad, en la paz, en la justicia, con amor preferencial y comprometido por los más pobres, a través del testimonio de los cristianos de las diversas comunidades y confesiones, de los creyentes de otras tradiciones religiosas y de los hombres de recta conciencia y de buena voluntad.

¡Oh Señor Jesús, nosotros somos solamente tus discípulos misioneros, tus humildes cooperadores para que venga tu Reino!
Llevando esta invocación en el corazón, pido la intercesión de Nuestra Señora de Guadalupe, y también aquella de Fray Junípero y de los otros santos y santas americanos, para que me conduzcan y me guíen en mis próximos viajes apostólicos en América del Sur y en América del Norte. Por esto les pido a todos ustedes que continúen rezando por mí. Amén.

No desviarnos de Jesús


La imagen es sencilla y de gran fuerza expresiva. Jesús es la «vid verdadera», llena de vida; los discípulos son «sarmientos» que viven de la savia que les llega de Jesús; el Padre es el «viñador» que cuida personalmente la viña para que dé fruto abundante. Lo único importante es que se vaya haciendo realidad su proyecto de un mundo más humano y feliz para todos.

La imagen pone de relieve dónde está el problema. Hay sarmientos secos por los que no circula la savia de Jesús. Discípulos que no dan frutos porque no corre por sus venas el Espíritu del Resucitado. Comunidades cristianas que languidecen desconectadas de su persona.

Por eso se hace una afirmación cargada de intensidad: «el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid»: la vida de los discípulos es estéril «si no permanecen» en Jesús. Sus palabras son categóricas: «Sin mí no podéis hacer nada». ¿No se nos está desvelando aquí la verdadera raíz de la crisis de nuestro cristianismo, el factor interno que resquebraja sus cimientos como ningún otro?

La forma en que viven su religión muchos cristianos, sin una unión vital con Jesucristo, no subsistirá por mucho tiempo: quedará reducida a «folklore» anacrónico que no aportará a nadie la Buena Noticia del Evangelio. La Iglesia no podrá llevar a cabo su misión en el mundo contemporáneo, si los que nos decimos «cristianos» no nos convertimos en discípulos de Jesús, animados por su espíritu y su pasión por un mundo más humano.

Ser cristiano exige hoy una experiencia vital de Jesucristo, un conocimiento interior de su persona y una pasión por su proyecto, que no se requerían para ser practicante dentro de una sociedad de cristiandad. Si no aprendemos a vivir de un contacto más inmediato y apasionado con Jesús, la decadencia de nuestro cristianismo se puede convertir en una enfermedad mortal.

Los cristianos vivimos hoy preocupados y distraídos por muchas cuestiones. No puede ser de otra manera. Pero no hemos de olvidar lo esencial. Todos somos «sarmientos». Solo Jesús es «la verdadera vid». Lo decisivo en estos momentos es «permanecer en él»: aplicar toda nuestra atención al Evangelio; alimentar en nuestros grupos, redes, comunidades y parroquias el contacto vivo con él; no desviarnos de su proyecto.

José Antonio Pagola

Día del Trabajo


San José, hombre de trabajo

"Lo que hacéis, hacedlo con toda el alma, como para servir al Señor... Servid a Cristo Señor" ( Col 3, 23 s.).

¿Cómo no ver en estas palabras de la liturgia de hoy el programa y la síntesis de toda la existencia de San José, cuyo testimonio de generosa dedicación al trabajo propone la Iglesia a nuestra reflexión en este primer día de mayo? San José, "hombre justo", pasó gran parte de su vida trabajando junto al banco de carpintero, en un humilde pueblo de Palestina. Una existencia aparentemente igual que la de muchos otros hombres de su tiempo, comprometidos, como él, en el mismo duro trabajo. Y, sin embargo, una existencia tan singular y digna de admiración, que llevó a la Iglesia a proponerla como modelo ejemplar para todos los trabajadores del mundo.

¿Cuál es la razón de esta distinción? No resulta difícil reconocerla. Está en la orientación a Cristo, que sostuvo toda la fatiga de San José. La presencia en la casa de Nazaret del Verbo Encarnado, Hijo de Dios e Hijo de su esposa María, ofrecía a José el cotidiano por qué de volver a inclinarse sobre el banco de trabajo, a fin de sacar de su fatiga el sustento necesario para la familia. Realmente "todo lo que hizo", José lo hizo "para el Señor", y lo hizo "de corazón".

Todos los trabajadores están invitados hoy a mirar el ejemplo de este "hombre justo". La experiencia singular de San José se refleja, de algún modo, en la vida de cada uno de ellos. Efectivamente, por muy diverso que sea el trabajo a que se dedican, su actividad tiende siempre a satisfacer alguna necesidad humana, está orientada a servir al hombre. Por otra parte, el creyente sabe bien que Cristo ha querido ocultarse en todo ser humano, afirmando explícitamente que "todo lo que se hace por un hermano, incluso pequeño, es como si se le hiciese a Él mismo" (cf. Mt 25, 40). Por lo tanto, en todo trabajo es posible servir a Cristo, cumpliendo la recomendación de San Pablo e imitando el ejemplo de San José, custodio y servidor del Hijo de Dios.

Al dirigir hoy, primer día de mayo, un saludo cordialísimo a todos vosotros, (...), mi pensamiento va con todo afecto especialmente a los trabajadores presentes y, mediante ellos, a todos los trabajadores del mundo, exhortándoles a tomar renovada conciencia de la dignidad que les es propia: con su fatiga sirven a los hermanos: sirven al hombre y, en el hombre, a Cristo. Que San José les ayude a ver el trabajo en esta perspectiva, para valorar toda su nobleza y para que nunca les falten motivaciones fuertes a las que pueden recurrir en los momentos difíciles.

Autor: SS Juan Pablo II | Fuente: Catholic.net

viernes, 1 de mayo de 2015

La fe es historia de pecado y de gracia, recordó el Papa en su homilía

El cristiano está colocado en una historia de pecado y de gracia, puesto siempre ante la alternativa de servir o de servirse de los hermanos. Es uno de los conceptos que expresó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta.

Hombre y mujer de historia es el cristiano

“La historia y el servicio”. En su homilía, el Papa Bergoglio se detuvo sobre estos “dos rasgos de la identidad del cristiano”. Y, ante todo, de la historia. San Pablo, San Pedro y los primeros discípulos “no anunciaban a un Jesús sin historia: ellos anunciaban a Jesús en la historia del pueblo, un pueblo que Dios ha hecho caminar durante siglos para llegar” a la madurez, “a la plenitud de los tiempos”. Dios entra en la historia y camina con su pueblo:

“El cristiano es un hombre y una mujer de historia, porque no pertenece a sí mismo, está integrado en un pueblo, un pueblo que camina. No se puede pensar en un egoísmo cristiano, no, esto no va. El cristiano no es un hombre, una mujer espiritual de laboratorio, es un hombre, es una mujer espiritual colocado en un pueblo, que tiene una historia larga y sigue caminando hasta que el Señor vuelva”.

Historia de gracia y de pecado

Es una “historia de gracia, pero también una historia de pecado”:

“Cuántos pecadores, cuántos crímenes. También hoy Pablo menciona al Rey David, santo, pero antes de llegar a ser santo fue un gran pecador. Un gran pecador. Nuestra historia debe asumir a santos y pecadores. Y mi historia personal, de cada uno, debe asumir nuestro pecado, el propio pecado y la gracia del Señor que está con nosotros, acompañándonos en el pecado para perdonar y acompañándonos en la gracia. No hay identidad cristiana sin historia”.

Servir, no servirse


El segundo rasgo de la identidad cristiana es el servicio: “Jesús lava los pies a los discípulos invitándonos a hacer como él, es decir servir:

“La identidad cristiana es el servicio, no el egoísmo. ‘Pero padre, todos somos egoístas’. ¿Ah sí? Es un pecado, es un hábito del que debemos desprendernos. Pedir perdón, que el Señor nos convierta. Estamos llamados al servicio. Ser cristiano no es una apariencia o incluso una conducta social, no es un poco maquillarse el alma, para que sea un poco más bella. Ser cristiano es hacer lo que ha hecho Jesús: servir”.

El Papa concluyó su homilía invitando a plantearnos la siguiente pregunta: “¿En mi corazón qué es lo que más hago? ¿Me hago servir por los demás, me sirvo de los demás, de la comunidad, de la parroquia, de mi familia, de mis amigos, o sirvo, estoy al servicio de…?”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).