viernes, 20 de marzo de 2015

Teresa y Jesús: amor que obra la semejanza

Tocada por dentro: «Aguardar a que el Señor obrase»
De jovencita, se había acostumbrado a un modo de orar de intuitiva cercanía a Cristo Hombre. Teresa se representaba a sí misma, junto a Él, abandonado de todos en el huerto de Getsemaní, la noche de la traición. Y acompañaba su desamparo.
Con la lectura del Tercer Abecedario comenzó a practicar el recogimiento interior. Recogerse era para ella abrirse amorosamente a la presencia del Señor: «Procuraba lo más que podía traer a Jesucristo, nuestro Bien y Señor, dentro de mí presente» (Vida 4, 7). Son años de acercamiento y búsqueda.
Pero conoció más adelante el enfriamiento del amor, cuando su encanto de mujer la tuvo permanentemente atada al locutorio, en las interminables visitas de quien rondaba sus gracias. Y sin embargo, todos le aseguraban que no había nada malo en ello: «que no era mal ver persona semejante, ni perdía honra, antes que la ganaba» (Vida 7, 7). Y el mismo Cristo se presenta ante ella cuando está con esas amistades, mostrándole cuánto le pesa verla extraviada, desentendida de su amor.
Ni eso le valió. Esta frívola distracción había encadenado los afectos de Teresa. Ni haciéndose fuerza podía deshacerse de sus grilletes. Tuvo que ser de nuevo el sufriente, el injuriado, el escarnecido Cristo de la pasión quien la apasionara para siempre. Y ella le suplica que la haga al fin fuerte y libre, hincada a sus pies, y como María Magdalena, deshecha en llanto.
Y comenzó a cambiar. El protagonismo de Cristo será creciente, avasallador, en la conquista de esta plaza fuerte que es Teresa, la de corazón recio. Una conquista de besos y vibrantes palabras de amor que zarandearon los cimientos de esta mujer: «Ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles». Y se obró el milagro.
«Tenía este modo de oración, que, como no podía discurrir con el entendimiento, procuraba representar a Cristo dentro de mí; y hallábame mejor –a mi parecer– de las partes adonde le veía más solo. Parecíame a mí que, estando solo y afligido, como persona necesitada, me había de admitir a mí. De estas simplicidades tenía muchas; en especial me hallaba muy bien en la oración del huerto; allí era mi acompañarle; pensaba en aquel sudor y aflicción que allí había tenido; si podía, deseaba limpiarle aquel tan penoso sudor; mas acuérdome que jamás osaba determinarme a hacerlo, como se me representaban mis pecados tan graves. Estábame allí lo más que me dejaban mis pensamientos con él, porque eran muchos los que me atormentaban. Muchos años, las más noches, antes que me durmiese (cuando para dormir me encomendaba a Dios), siempre pensaba un poco en este paso de la oración del huerto, aun desde que no era monja, porque me dijeron se ganaban muchos perdones. Y tengo para mí que por aquí ganó muy mucho mi alma, porque comencé a tener oración sin saber qué era, y ya la costumbre tan ordinaria me hacía no dejar esto, como el no dejar de santiguarme para dormir» (Vida 9, 4).

Estarse con Él: «Acallado el entendimiento»

 Hay muchos modos de mirar, de mirarse. La mirada en Teresa es oración. Ese mirarse de Cristo y ella trasluce una relación personal, de inmediata viveza, en la que cada uno sabe de la presencia atenta y amorosa del otro. Y no hace falta más. Viven esa etapa de la relación en que se puede amar mirándose al fondo de los ojos, y descubriendo allí la propia alma. Las palabras son entonces lo de menos. Y, si llegan a surgir, son tan sólo un latido, un suspiro, una súplica, un susurro. Palabras de amor, sencillas y cálidas:
«Pues, tornando a lo que decía (de pensar a Cristo a la columna), es bueno discurrir un rato y pensar las penas que allí tuvo, y por qué las tuvo, y quién es el que las tuvo, y el amor con que las pasó; mas que no se canse siempre en andar a buscar esto, sino que se esté allí con él, acallado el entendimiento. Si pudiere, ocuparle en que mire que le mira, y le acompañe y hable y pida y se humille y regale con él, y acuerde que no merecía estar allí. Cuando pudiere hacer esto (aunque sea al principio de comenzar oración), hallará grande provecho, y hace muchos provechos esta manera de oración; al menos, hallóle mi alma» (Vida 13, 22).

Cristo Hombre: «Tan buen amigo al lado»
Cristo Hombre expresa la inaudita proximidad de Dios y su deseo de compartir la suerte humana. «Compañero nuestro», empeñado en amar hasta el extremo en la dificultad: «no parece fue en su mano apartarse un momento de nosotros».
Por ello, se lamentará Teresa del tiempo en que se dejó contagiar por teorías contrarias a la Humanidad de Cristo, de corte neoplatónico, que invitaban a desentenderse de todo lo corpóreo. Pronto percibe que va por mal camino, que en lugar de avanzar en la relación, se queda fría y como «en el aire». Su carácter humanizador la lleva a reaccionar enérgicamente y convertirse en vigorosa defensora de un modo de orar en el que Cristo sea el centro. No importa la etapa espiritual en que uno se encuentre. Por Él nos vienen todos los bienes. Ella renuncia gustosa a cualquier gracia que le pudiera llegar por otra vía. La mística de Teresa está transida de Cristo: «Quisiera yo traer delante de los ojos su retrato e imagen, ya que no podía traerle esculpido en mi alma como yo quisiera» (Vida 22, 4).
Y como un amigo ante otro, Cristo llega hasta Teresa, «con quien tenía conversación tan continua». Y la palabra del Señor resuena tan intensa que no la capta el oído, pero se vierte mansamente en la sangre de Teresa como un bálsamo: «yo soy y no te desampararé». Es la suya siempre una palabra que «trae consigo esculpida una verdad».
Y el Señor también se le dejará ver, como a los amigos en la mañana de Pascua, en carne resucitada: «De ver a Cristo me quedó imprimida su grandísima hermosura».
Verdad que se esculpe en el alma, hermosura que se imprime en sus adentros. Así es Cristo para ella.

Su persona desprende una majestad infinita, pero con todo, lo que a Teresa le conmueve es la humildad y cercanía con que se le muestra, lejanísima del señorío ficticio de este mundo. Y sobre todo, le deslumbra tanto amor…
 «Pues quiero concluir con esto: que siempre que se piense de Cristo, nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mercedes, y cuán grande nos le mostró Dios en darnos tal prenda del que nos tiene; que amor saca amor. Y aunque sea muy a los principios y nosotros muy ruines, procuremos ir mirando esto siempre y despertándonos para amar; porque, si una vez nos hace el Señor merced que se nos imprima en el corazón este amor, sernos ha todo fácil y obraremos muy en breve y muy sin trabajo. Dénosle su Majestad, pues sabe lo mucho que nos conviene, por el que él nos tuvo y por su glorioso Hijo, a quien tan a su costa nos le mostró. Amén» (Vida 22, 14).
Fuente: Carmelitas Descalzas de Puzol, 

Yo no vine por mi propia cuenta; pero el que me envió dice la verdad, y ustedes no lo conocen.


Evangelio según San Juan 7,1-2.10.25-30.

Jesús recorría la Galilea; no quería transitar por Judea porque los judíos intentaban matarlo.

Se acercaba la fiesta judía de las Chozas, Sin embargo, cuando sus hermanos subieron para la fiesta, también él subió, pero en secreto, sin hacerse ver.

Algunos de Jerusalén decían: "¿No es este aquel a quien querían matar? ¡Y miren cómo habla abiertamente y nadie le dice nada! ¿Habrán reconocido las autoridades que es verdaderamente el Mesías?

Pero nosotros sabemos de dónde es este; en cambio, cuando venga el Mesías, nadie sabrá de dónde es".

Entonces Jesús, que enseñaba en el Templo, exclamó: "¿Así que ustedes me conocen y saben de dónde soy? Sin embargo, yo no vine por mi propia cuenta; pero el que me envió dice la verdad, y ustedes no lo conocen.

Yo sí lo conozco, porque vengo de él y es él el que me envió".
Entonces quisieron detenerlo, pero nadie puso las manos sobre él, porque todavía no había llegado su hora.

“El verdadero poder es el servicio”, decía el Papa hace dos años

En efecto, el martes  19 de marzo de 2013, en la Solemnidad de San José, Esposo de la Bienaventurada Virgen María y Patrono de la Iglesia Universal, el entonces recién elegido Papa Francisco celebraba la Santa Misa por el inicio oficial del su ministerio petrino. Misa solemne en la que participaron unos 200 mil fieles y peregrinos junto a las delegaciones oficiales de más de 130 países.
Antes de la misa el Papa Francisco había recorrido la Plaza de San Pedro durante varios minutos, deteniéndose a saludar, besar a algunos niños y bendecir a los miles de fieles presentes. Aquel día, el nuevo Obispo de Roma, que llegaba en un jeep blanco descubierto a una Plaza de San Pedro abarrotada de fieles, saludaba sonriendo y bendiciendo como hoy estamos acostumbrados a ver, mientras pasaba por el recinto, en el que se escuchaba, en tantos idiomas, el cariño y la devoción de la multitud.
El nuevo Papa ingresaba en la Plaza de San Pedro a las 8.50 hora local, en medio de miles de aplausos y vivas, así como del ondear de cientos de banderas, entre ellas muchas argentinas, y pancartas de movimientos eclesiales y otras de bienvenida en las que se podía leer “estamos contigo”.  Francisco, muy sonriente, no dudaba en besar a tantos pequeños que le acercaban sus padres y madres, e incluso en bajar del jeep para saludar a un discapacitado.
Tras el recorrido, el Obispo de Roma entró en la Basílica vaticana para vestir los paramentos de la Misa y bajar a orar ante la tumba de San Pedro. Después, en la Plaza de San Pedro le fue colocado el palio, y el anillo del Pescador, símbolos del pontificado.
En su homilía, el Papa Francisco comenzó diciendo:
“Queridos hermanos y hermanas: Doy gracias al Señor por poder celebrar esta Santa Misa de comienzo del ministerio petrino en la solemnidad de san José, esposo de la Virgen María y Patrono de la Iglesia Universal: es una coincidencia muy rica de significado, y es también el onomástico de mi venerado Predecesor: le estamos cercanos con la oración, llena de afecto y gratitud”.
Y se preguntaba:
“¿Cómo ejerce José esta custodia? Con discreción, con humildad, en silencio, pero con una presencia constante y una fidelidad total, aun cuando no comprende. Desde su matrimonio con María hasta el episodio de Jesús en el Templo de Jerusalén a los doce años, acompaña en todo momento con esmero y amor. Está junto a María, su esposa, tanto en los momentos serenos de la vida como los difíciles, en el viaje a Belén para el censo y en las horas temblorosas y gozosas del parto; en el momento dramático de la huida a Egipto y en la afanosa búsqueda de su hijo en el Templo; y después en la vida cotidiana en la casa de Nazaret, en el taller donde enseñó el oficio a Jesús”.
El Papa Francisco también se preguntaba: “¿Cómo vive José su vocación como custodio de María, de Jesús, de la Iglesia?”:
“Con la atención constante a Dios, abierto a sus signos, disponible a su proyecto, y no tanto al propio;  y eso es lo que Dios le pidió a David, como hemos escuchado en la primera Lectura: Dios no quiere una casa construida por el hombre, sino la fidelidad a su palabra, a su designio; y es Dios mismo quien construye la casa, pero de piedras vivas marcadas por su Espíritu”.
José – prosiguió diciendo en su homilía – es “custodio” porque sabe escuchar a Dios, se deja guiar por su voluntad, y precisamente por eso es más sensible aún a las personas que se le han confiado, sabe cómo leer con realismo los acontecimientos, está atento a lo que le rodea, y sabe tomar las decisiones más sensatas.
También explicaba que, en el fondo, todo está confiado a la custodia del hombre, y es una responsabilidad que nos afecta a todos. Por eso pidió que seamos custodios de los dones de Dios:
“Quisiera pedir, por favor, a todos los que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico, político o social, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: seamos «custodios» de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente; no dejemos que los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro. Pero, para ‘custodiar’, también tenemos que cuidar de nosotros mismos. Recordemos que el odio, la envidia, la soberbia ensucian la vida. Custodiar quiere decir entonces vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen. No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura”.
Francisco añadía una ulterior anotación:
“El preocuparse, el custodiar, requiere bondad, pide ser vivido con ternura. En los Evangelios, san José aparece como un hombre fuerte y valiente, trabajador, pero en su alma se percibe una gran ternura, que no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor. No debemos tener miedo de la bondad, de la ternura”.
Y al recordar que hoy, junto a la fiesta de San José, celebramos el inicio del ministerio del nuevo Obispo de Roma, Sucesor de Pedro, que también comporta un poder, el Papa Francisco explicaba:
“Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz; debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de fe, de san José y, como él, abrir los brazos para custodiar a todo el Pueblo de Dios y acoger con afecto y ternura a toda la humanidad, especialmente los más pobres, los más débiles, los más pequeños; eso que Mateo describe en el juicio final sobre la caridad: al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25, 31-46). Sólo el que sirve con amor sabe custodiar”.
Y concluía con las siguientes palabras:
“Imploro la intercesión de la Virgen María, de San José, de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, de San Francisco, para que el Espíritu Santo acompañe mi ministerio, y a todos ustedes les digo: Recen por mí. Amén”.
Además, esa misma mañana, a las 7.30 hora de Roma, y cuando en Argentina eran las 3 y media de la madrugada, Francisco llamó por teléfono al rector de la Catedral de Buenos Aires para transmitir un saludo a los fieles presentes en la Plaza de Mayo – que se encuentra frente a la misma Catedral Metropolitana de la que hasta hacía pocos días el nuevo Papa era su Arzobispo –. Toda la gente reunida en la plaza pudo escuchar la voz y el mensaje de un Padre que se dirigía a sus hijos y a quienes les agradecía, porque sabía que estaban rezando por él.
“Les quiero pedir un favor – decía el Papa a sus compatriotas –. Les quiero pedir que caminemos juntos todos”:
“Cuidemos los unos a los otros, cuídense entre ustedes, no se hagan daño, cuídense, cuídense la vida. Cuiden la familia, cuiden la naturaleza, cuiden a los niños, cuiden a los viejos; que no haya odio, que no haya pelea, dejen de lado la envidia, no critiquen a nadie. Dialoguen, que entre ustedes se viva el deseo de cuidarse”.
“Que vaya creciendo el corazón y acérquense a Dios. Dios es bueno, siempre perdona, comprende, no le tengan miedo; es Padre, acérquense a Él. Que la Virgen los bendiga mucho, no se olviden de este obispo que está lejos pero los quiere mucho. Recen por mí”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).
(from Vatican Radio)

SAN JOSÉ POR SANTA TERESA DE JESÚS. Carmelitas descalzas de Daimiel

jueves, 19 de marzo de 2015

CATEQUESIS DEL PAPA SOBRE LOS NIÑOS: UNA SOCIEDAD QUE SE QUEDA SIN NIÑOS ES TRISTE, ES GRIS


Queridos amigos, les ofrecemos el texto completo de la catequesis de hoy del Papa. ¡No se la pierdan, especialmente si tienen hijos o nietos!

La familia: los niños

«Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Después de haber analizado las diversas figuras de la vida familiar - madre, padre, hijos, hermanos, abuelos, - quisiera concluir este primer grupo de catequesis sobre la familia hablando de los niños.

Lo haré en dos momentos: hoy me detendré sobre el gran don que son los niños para la humanidad (aplausos). Pero es verdad eh - y gracias por aplaudir - que son el gran don de la humanidad, pero también son los grandes excluidos, porque ni siquiera los dejan nacer.

Y la próxima semana, me detendré sobre algunas heridas que, lamentablemente, hacen mal a la infancia. Me vienen a la mente los tantos niños que he encontrado durante mi último viaje a Asia: llenos de vida, de entusiasmo, y por otra parte, veo que en el mundo muchos de ellos viven en condiciones no dignas…

En efecto, por como son tratados los niños se puede juzgar la sociedad, pero no sólo moralmente, también sociológicamente. Si es una sociedad libre o una sociedad esclava de intereses internacionales.

En primer lugar, los niños nos recuerdan que todos, en los primeros años de la vida, hemos sido totalmente dependientes de los cuidados y de la benevolencia de los demás. Y el Hijo de Dios no se ha ahorrado este pasaje. Es el misterio que contemplamos cada año, en Navidad. El Belén es el icono que nos comunica esta realidad en el modo más simple y directo.

Es curioso: Dios no tiene dificultad para hacerse entender por los niños, y los niños no tienen problemas en entender a Dios. No por casualidad en el Evangelio hay algunas palabras muy bellas y fuertes de Jesús sobre los “pequeños”.

Este término “pequeños” indica a todas las personas que dependen de la ayuda de los demás, y en particular, a los niños. Por ejemplo Jesús dice: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños” (Mt 11, 25). Y todavía: “Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial” (Mt 18, 10).

Por lo tanto, los niños son en sí mismos una riqueza para la humanidad y también para la Iglesia, porque nos llaman constantemente a la condición necesaria para entrar en el Reino de Dios: no considerarnos autosuficientes, sino necesitados de ayuda, de amor, de perdón. ¡Y todos estamos necesitados de ayuda, de amor, de perdón! ¡Todos!

Los niños nos recuerdan otra cosa bella; nos recuerdan que somos siempre hijos. Incluso si uno se convierte en adulto o anciano, aún si se convierte en padre, si se ocupa un lugar de responsabilidad, por debajo de todo esto permanece la identidad de hijo. Todos somos hijos.

Y eso nos vuelve a llevar siempre al hecho de que la vida no nos la hemos dado nosotros, sino que la hemos recibido. El gran don de la vida es el primer regalo que hemos recibido: la vida. A veces corremos el riesgo de vivir olvidándonos de esto, como si fuéramos nosotros los dueños de nuestra existencia, y en cambio somos radicalmente dependientes.

En realidad, es motivo de gran alegría sentir que en cada edad de la vida, en cada situación, en cada condición social, somos y permanecemos hijos. Este es el mensaje principal que los niños nos dan, con su sola presencia. Solamente con la presencia nos recuerdan que todos nosotros y cada uno de nosotros somos hijos.

Pero hay tantos dones, tantas riquezas que los niños traen a la humanidad. Recordaré sólo algunos.

Traen su modo de ver la realidad, con una mirada confiada y pura. El niño tiene una confianza espontánea en el papá y la mamá; y tiene una confianza espontánea en Dios, en Jesús, en la Virgen.

Al mismo tiempo, su mirada interior es pura, todavía no está contaminada por la malicia, por los dobleces, por las “costras” de la vida que endurecen el corazón. Sabemos que también los niños tienen el pecado original, que tienen sus egoísmos, pero conservan una pureza y una simplicidad interior.

Pero los niños no son diplomáticos: dicen lo que sienten, dicen lo que ven, directamente. Y muchas veces, ponen en dificultad a los padres... Dicen: “esto no me gusta porque es feo” delante de otras personas… Los niños dicen lo que piensan, no son personas dobles. Todavía no han aprendido aquella ciencia del “doblez” que nosotros, los adultos, hemos aprendido.

Los niños, además, en su simplicidad interior, traen consigo la capacidad de dar y recibir ternura. Ternura es tener un corazón “de carne” y no “de piedra”, como dice la Biblia (cf. Ez 36, 26). La ternura también es poesía; es “sentir” las cosas y los acontecimientos, no tratarlos como meros objetos, sólo para usarlos porque sirven...

Los niños tienen la capacidad de sonreír y de llorar. Algunos cuando los tomo para besarlos, sonríen. Otros, me ven de blanco, creen que soy el médico y que vengo a hacerles la inyección, ¡y lloran! ¡Espontáneamente! ¡Los niños son así!

Sonreír y llorar, dos cosas que en nosotros los grandes, a menudo se “bloquean”, ya no somos capaces… Y muchas veces nuestra sonrisa se convierte en una sonrisa de cartón, una cosa sin vida, una sonrisa que no es vivaz, incluso una sonrisa artificial, de payaso. Los niños sonríen espontáneamente y lloran espontáneamente.

Siempre depende del corazón. Y nuestro corazón se bloquea y pierde a menudo esta capacidad de sonreír y de llorar. Y entonces los niños pueden enseñarnos de nuevo a sonreír y llorar.

Tenemos que preguntarnos nosotros mismos: ¿yo sonrío espontáneamente, con frescura, con amor? ¿O nuestra sonrisa es artificial? ¿Yo todavía lloro? ¿O he perdido la capacidad de llorar? Dos preguntas muy humanas que nos enseñan los niños.

Por todas estas razones, Jesús invita a sus discípulos a “ser como los niños”, porque «el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos» (cf. Mt 18, 3; Mc 10, 14).

Queridos hermanos y hermanas, los niños traen vida, alegría, esperanza. Cierto, también traen preocupaciones y a veces muchos problemas; pero es mejor una sociedad con éstas preocupaciones y estos problemas, que una sociedad triste y gris, porque se ha quedado sin niños.

Y cuando vemos que el nivel de nacimiento de una sociedad apenas llega al uno por ciento podemos decir: “Esta sociedad es triste, es gris, porque se ha quedado sin niños”».

(Traducción del italiano: María Cecilia Mutual, Griselda Mutual - Radio Vaticano)


SAN JOSÉ, HOMBRE JUSTO Y OBEDIENTE A LA VOZ DEL SEÑOR


Evangelio según San Mateo 1,16.18-21.24a.

Jacob fue padre de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo.

Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.

Mientras pensaba en esto, el Angel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: "José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo.

Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados".

Al despertar, José hizo lo que el Angel del Señor le había ordenado.

CANTARÉ ETERNAMENTE LAS MISERICORDIAS DEL SEÑOR


Del Salmo 88:
Cantaré eternamente las misericordias del Señor
Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dije: «Tu misericordia es un edificio eterno,
más que el cielo has afianzado tu fidelidad.»
Cantaré eternamente las misericordias del Señor
Sellé una alianza con mi elegido,
jurando a David, mi siervo:
«Te fundaré un linaje perpetuo,
edificaré tu trono para todas las edades.»
Cantaré eternamente las misericordias del Señor
Él me invocará: «Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora.»
Le mantendré eternamente mi favor,
y mi alianza con él será estable.
Cantaré eternamente las misericordias del Señor

Solemnidad de San José, Reflexión espiritual: «No debemos tener miedo de la ternura.»

Homilía de Padre Francisco, Martes 19 de marzo de 2013

«José hizo lo que el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer» (Mt 1,24). En estas palabras se encierra ya la misión que Dios confía a José, la de ser custos, custodio. Custodio ¿de quién? De María y Jesús; pero es una custodia que se alarga luego a la Iglesia. [...]

¿Cómo ejerce José esta custodia? Con discreción, con humildad, en silencio, pero con una presencia constante y una fidelidad total, aun cuando no comprende. Desde su matrimonio con María hasta el episodio de Jesús en el Templo de Jerusalén a los doce años, acompaña en todo momento con esmero y amor. [...] En él, queridos amigos, vemos cómo se responde a la llamada de Dios, con disponibilidad, con prontitud; pero vemos también cuál es el centro de la vocación cristiana: Cristo. Guardemos a Cristo en nuestra vida, para guardar a los demás, para salvaguardar la creación. [...]

El preocuparse, el custodiar, requiere bondad, pide ser vivido con ternura. En los Evangelios, san José aparece como un hombre fuerte y valiente, trabajador, pero en su alma se percibe una gran ternura, que no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor. No debemos tener miedo de la bondad, de la ternura.
Nwes va

miércoles, 18 de marzo de 2015

"Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo".

Evangelio según San Juan 5,17-30.

Jesús dijo a los judíos:
"Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo".

Pero para los judíos esta era una razón más para matarlo, porque no sólo violaba el sábado, sino que se hacía igual a Dios, llamándolo su propio Padre.

Entonces Jesús tomó la palabra diciendo: "Les aseguro que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo sino solamente lo que ve hacer al Padre; lo que hace el Padre, lo hace igualmente el Hijo.

Porque el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que hace. Y le mostrará obras más grandes aún, para que ustedes queden maravillados.

Así como el Padre resucita a los muertos y les da vida, del mismo modo el Hijo da vida al que él quiere.

Porque el Padre no juzga a nadie: él ha puesto todo juicio en manos de su Hijo, 
para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió.

Les aseguro que el que escucha mi palabra y cree en aquel que me ha enviado, tiene Vida eterna y no está sometido al juicio, sino que ya ha pasado de la muerte a la Vida.

Les aseguro que la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan, vivirán.

Así como el Padre dispone de la Vida, del mismo modo ha concedido a su Hijo disponer de ella, y le dio autoridad para juzgar porque él es el Hijo del hombre.

No se asombren: se acerca la hora en que todos los que están en las tumbas oirán su voz y saldrán de ellas: los que hayan hecho el bien, resucitarán para la Vida; los que hayan hecho el mal, resucitarán para el juicio.

Nada puedo hacer por mí mismo. Yo juzgo de acuerdo con lo que oigo, y mi juicio es justo, porque lo que yo busco no es hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió.

News.va

A los maestros italianos: Id hasta las “periferias de las escuelas” como testigos de vida y esperanza


La enseñanza, es una hermosa tarea porque permite ver cómo crecen día tras día las personas confiadas a nuestro cuidado. Es cómo ser padres, al menos espiritualmente. ¡Es una gran responsabilidad!`` Así se ha dirigido el Papa esta mañana a los miembros de la Unión Católica Italiana de profesores (UCIIM) a los que ha recibido en audiencia en el Aula Pablo VI. ``La enseñanza -ha añadido- es un compromiso serio que sólo una personalidad madura y equilibrada puede realizar. Un compromiso de este tipo puede atemorizar, pero hay que recordar que ningún maestro está solo: comparte su trabajo siempre con el resto de los colegas y con toda la comunidad educativa a la que pertenece``. 

``Como Jesús nos enseñó, toda la Ley y los Profetas se resumen en dos mandamientos: Amarás al Señor tu Dios y amarás al prójimo. Podemos preguntarnos: ¿Quién es el prójimo para un maestro? ¡El prójimo son sus alumnos! Con ellos pasa sus días. Son ellos los que de él esperan orientación, una dirección, una respuesta - y, antes de esto, ¡buenas preguntas! -ha continuado-. Entre las tareas de la UCIIM no puede faltar la de iluminar y motivar una justa idea de escuela, a veces eclipsada por las discusiones y posiciones reductivas. La escuela esta hecha ciertamente de una educación válida y cualificada, pero también de relaciones humanas, que para nosotros son las relaciones de acogida, de benevolencia, que se ofrece a todos indistintamente. De hecho, el deber de un buen maestro, mucho más el de un maestro cristiano, es amar con mayor intensidad a los estudiantes más difíciles, más débiles, más desfavorecidos``. 

Francisco ha mencionado que si hoy en día una asociación profesional de maestros cristianos quiere dar testimonio de su inspiración, está llamada a comprometerse con las periferias de la escuela, ``que no se pueden abandonar a la exclusión, la ignorancia, y la mala vida``, y les ha alentado a seguir el ejemplo de las muchas figuras de grandes maestros que existen en la comunidad cristiana para animar desde el interior una escuela que, independientemente de su administración estatal o no, necesita educadores creíbles y testigos de una humanidad madura y completa. ``La enseñanza -ha finalizado- no es sólo un trabajo: es una relación en la que cada maestro debe sentirse plenamente involucrado como persona, para dar sentido a la tarea de la educación de sus estudiantes... Os animo a renovar vuestra pasión por el ser humano en su proceso de formación y a ser testigos de vida y esperanza``.

Papa: paz y reconciliación para toda Nigeria

Con una carta a los Obispos de Nigeria, el Papa Francisco asegura su cercanía y los alienta con gratitud a perseverar sin desalentarse por el camino de la paz.  

«¡Acompañen a las víctimas! ¡Socorran a los pobres, eduquen a los jóvenes! ¡Sean promotores de una sociedad más justa y solidaria!». Son  algunas de las apremiantes exhortaciones de la misiva pontificia, mientras, con toda la Iglesia cumplimos el camino cuaresmal hacia la Resurrección de Cristo, Príncipe de la Paz.

Cristianos y musulmanes sufren la trágica violencia de quienes abusan de la religión

El Obispo de Roma exhorta a la Iglesia en la nación nigeriana a seguir testimoniando «la misericordia del Evangelio» ante las graves dificultades que conoce el país. Ante las «nuevas y violentas formas de extremismos y fundamentalismos, sobre base étnica, social y religiosa,muchos nigerianos han sido asesinados, heridos y mutilados, secuestrados y privados de todo: de sus seres queridos, de su tierra, de medios para subsistir, de su dignidad, por mano de personas que se proclaman religiosas, pero que abusan de la religión para hacer de ella una ideología, para doblegarla según sus propios intereses de abusos y de muerte».

Como ha recordado Benedicto XVI (Africae Munus 20) – escribe también el Papa Francisco - hay testimonios conmovedores de los fieles de África, «testimonios concretos de sufrimientos y de reconciliación en las tragedias de la historia reciente del continente» que muestran el poder del Espíritu Santo que transforma los corazones de las víctimas y de sus verdugos para restablecer la fraternidad».

El Papa Bergoglio empieza su carta destacando que «Nigeria – conocida como el ‘gigante de África’ con sus más de 160 millones de habitantes, está destinada a jugar un papel de primer plano, no sólo en ese Continente, sino en el mundo entero». Y recuerda su crecimiento económico y su compromiso en la resolución de situaciones de crisis en los pueblos africanos.

Impartiendo de corazón la Bendición Apostólica también a «los sacerdotes, religiosos y religiosas, misioneros, catequistas, fieles laicos y sobre todo a los miembros sufrientes del Cuerpo de Cristo», el Papa Francisco desea que «¡la Resurrección del Señor pueda ser portadora de conversión, de reconciliación y de paz para todo el pueblo de Nigeria!». Y  encomienda a todos a «María Reina de África», pidiendo asimismo que recen por él.

No cerréis la puerta

La Cuaresma es tiempo propicio para pedir al Señor, «para cada uno de nosotros y para toda la Iglesia», la «conversión a la misericordia de Jesús». Demasiadas veces, en efecto, los cristianos «son especialistas en cerrar las puertas a las personas» que, debilitados por la vida y por sus errores, estarían, en cambio, dispuestas a recomenzar, «personas a las cuales el Espíritu Santo mueve el corazón para seguir adelante».
La ley del amor está en el centro de la reflexión que el Papa Francisco desarrolló, el martes 17 de marzo, por la mañana, en Santa Marta, a partir de la liturgia del día. Una Palabra de Dios que parte de una imagen: «el agua que cura». En la primera lectura el profeta Ezequiel (47, 1-9.12) habla, en efecto, del agua que brota del templo, «un agua bendecida, el agua de Dios, abundante como la gracia de Dios: abundante siempre». El Señor, en efecto, explicó el Papa, es generoso «al dar su amor, al sanar nuestras llagas».
El agua está presente también en el Evangelio de san Juan (5, 1-16) donde se narra acerca de una piscina —«llamada en hebreo Betesda»— caracterizada por «cinco soportales, bajo los cuales estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos». En ese sitio, en efecto, «había una tradición» según la cual «de vez en cuando bajaba del cielo un ángel» a mover las aguas, y los enfermos «que se tiraban allí» en ese momento «quedaban curados».
Por ello, explicó el Pontífice, «había tanta gente». Y, así, se encontraba también en ese sitio «un hombre que estaba enfermo desde hacía treinta y ocho años». Estaba allí esperando, y a él Jesús le preguntó: «¿Quieres quedar sano?». El enfermo respondió: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua, cuando viene el ángel. Para cuando llego yo, otro se se me ha adelantado». Es decir, quien se presenta a Jesús es «un hombre derrotado» que «había perdido la esperanza». Enfermo, pero —destacó el Papa Francisco— «no sólo paralítico»: está enfermo de «otra enfermedad muy mala», la acedia.
«Es la acedia la que hacía que estuviese triste, que sea perezoso», destacó. Otra persona, en efecto, hubiese «buscado el camino para llegar a tiempo, como el ciego en Jericó, que gritaba, gritaba, y querían hacerle callar y gritaba más fuerte: encontró el camino». Pero él, postrado por la enfermedad desde hacía treinta y ocho años, «no tenía ganas de curarse», no tenía «fuerza». Al mismo tiempo, tenía «amargura en el alma: “Pero el otro llega antes que yo y a mí me dejan a un lado”». Y tenía «también un poco de resentimiento». Era «de verdad un alma triste, derrotada, derrotada por la vida».
«Jesús tiene misericordia» de este hombre y lo invita: «Levántate. Levántate, acabemos esta historia; toma tu camilla y echa a andar». El Papa Francisco describió la siguiente escena: «Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar. Pero estaba tan enfermo que no lograba creer y tal vez caminaba un poco dudoso con su camilla sobre los hombros». A este punto entraron en juego otros personajes: «Era sábado, ¿qué encontró ese hombre? A los doctores de la ley», quienes le preguntaron: «¿Por qué llevas esto? No se puede, hoy es sábado». Y el hombre responde: «¿Sabes? Estoy curado». Y añadió: «El que me ha curado es quien me ha dicho: “Toma tu camilla”».
Sucede, por lo tanto, un hecho extraño: «esta gente en lugar de alegrarse, de decir: “¡Qué bien! ¡Felicidades!”», se pregunta: «¿Quién es este hombre?». Los doctores comienzan «una investigación» y discuten: «Veamos lo que sucedió aquí, pero la ley... Debemos custodiar la ley». El hombre, por su parte, sigue caminando con su camilla, «pero un poco triste». Comentó el Papa: «Soy malo, pero algunas veces pienso qué hubiese sucedido si este hombre hubiese dado un buen cheque a esos doctores. Hubiesen dicho: “Sigue adelante, sí, sí, por esta vez sigue adelante”».
Continuando con la lectura del Evangelio, tenemos a Jesús que «encuentra a este hombre más tarde y le dijo: “Mira, has quedado sano, pero no vuelvas atrás —es decir, no peques más— para que no te suceda algo peor. Sigue adelante, sigue caminando hacia adelante”». Y el hombre fue a los doctores de la ley para decir: «La persona, el hombre que me curó se llama Jesús. Es Aquel». Y se lee: «Por esto los judíos perseguían a Jesús, porque hacía tales cosas en sábado». De nuevo comentó el Papa Francisco: «Porque hacía el bien también el sábado, y no se podía hacer».
Esta historia, dijo el Papa actualizando su reflexión, «se repite muchas veces en la vida: un hombre —una mujer— que se siente enfermo en el alma, triste, que cometió muchos errores en la vida, en un cierto momento percibe que las aguas se mueven, está el Espíritu Santo que mueve algo; u oye una palabra». Y reacciona: «Yo quisiera ir». Así, «se arma de valor y va». Pero ese hombre «cuántas veces hoy en las comunidades cristianas encuentra las puertas cerradas». Tal vez escucha que le dicen: «Tú no puedes, no, tú no puedes; tú te has equivocado aquí y no puedes. Si quieres venir, ven a la misa del domingo, pero quédate allí, no hagas nada más». Sucede de este modo que «lo que hace el Espíritu Santo en el corazón de las personas, los cristianos con psicología de doctores de la ley lo destruyen».
El Pontífice dijo estar disgustado por esto, porque, destacó, la Iglesia «es la casa de Jesús y Jesús acoge, pero no sólo acoge: va a al encuentro de la gente», así como «fue a buscar» a ese hombre. «Y si la gente está herida —se preguntó—, ¿qué hace Jesús?, ¿la reprende diciéndole: por qué está herida? No, va y la carga sobre los hombros». Esto, afirmó el Papa, «se llama misericordia». Precisamente de esto habla Dios cuando «reprende a su pueblo: “Misericordia quiero, no sacrificios”».

Como es costumbre, el Pontífice concluyó la reflexión sugiriendo un compromiso para la vida cotidiana: «Estamos en Cuaresma, tenemos que convertirnos». Alguien, dijo, podría reconocer: «Padre, hay tantos pecadores por la calle: los que roban, los que están en los campos nómadas... —por decir algo— y nosotros despreciamos a esta gente». Pero a este se le debe decir: «¿Y tú quién eres? ¿Y tú quién eres, que cierras la puerta de tu corazón a un hombre, a una mujer, que tiene ganas de mejorar, de volver al pueblo de Dios, porque el Espíritu Santo ha obrado en su corazón?». Incluso hoy hay cristianos que se comportan como los doctores de la ley y «hacen lo mismo que habían hecho con Jesús», objetando: «Pero este, este dice una herejía, esto no se puede hacer, esto va contra la disciplina de la Iglesia, esto va contra la ley». Y así cierran las puertas a muchas personas. Por ello, concluyó el Papa, «pidamos hoy al Señor» la «conversión a la misericordia de Jesús»: sólo así «la ley estará plenamente cumplida, porque la ley es amar a Dios y al prójimo, como a nosotros mismos».