miércoles, 7 de enero de 2015

Papa Francisco explica el significado de la estrella de los Reyes Magos

Después de celebrar la Misa de la Epifanía del Señor en la Basílica de San Pedro, el Papa Francisco rezó el ángelus desde la ventana de su estudio en el Palacio Apostólicos antes miles de personas, algunas de ellas llegadas desde Alemania, Irlanda o Estados Unidos de América.
Antes de rezar, el Pontífice explicó que en este día “hacemos memoria de la llegada de los Reyes, llegados de Oriente, para adorar al recién nacido Rey de los Judíos y Salvador universal y ofrecerle regalos simbólicos”.
“La estrella que es capaz de guiar a todo hombre a Jesús es la Palabra de Dios: Es la luz que orienta nuestro camino, nutre nuestra fe y la regenera. Es la palabra de Dios que renueva continuamente nuestros corazones y nuestras comunidades”, afirmó.
Para el Papa es importante “no olvidar leerla y meditarla todos los días, para que sea para cada uno como una llama que llevamos dentro de nosotros para iluminar nuestros pasos, e incluso para aquellos que caminan a nuestro lado, y que tal vez luchan por encontrar el camino a Cristo”.
Francisco remarcó que el viaje que realizan los Reyes Magos es “un viaje del alma, como un camino hacia el encuentro con Cristo”. Y “ellos están atentos a los signos que les indican la presencia; están cansados por afrontar las dificultades de la búsqueda; son valientes en las consecuencias de la vida derivadas del encuentro con el Señor”.
De hecho, “la experiencia de los Magos evoca el camino de todos los hombres hacia Cristo”. “Como para los Magos, también para nosotros buscar a Dios quiere decir caminar, mirando el cielo y viendo en él el signo visible de la estrella del Dios invisible que habla a nuestro corazón”.
De nuevo sobre los Magos, señaló que “con su gesto de adorar, los Magos testimonian que Jesús ha venido a la tierra para salvar no sólo a un pueblo, sino a todas las personas”.
“En la fiesta de hoy –continuó el Pontífice- nuestra mirada se ensancha al horizonte del mundo entero para celebrar la ‘manifestación’ del Señor a todos los pueblos, es decir, la manifestación del amor y de la salvación universal de Dios”.
Sobre esto, subrayó que “no se reserva su amor sólo para algunos privilegiados, sino que lo ofrece a todos” porque “así como de todos es el Creador y el Padre, así de todos quiere ser el Salvador”.

Esto es lo que hace que estemos llamados a “cultivar siempre con gran fidelidad y esperanza hacia cada persona su salvación: También a aquellos que nos parecen estar lejos del Señor son seguidos –o mejor ‘perseguidos’- por su amor apasionado y fiel”, concluyó.

EL PAPA EN EL DÍA DE REYES: JESÚS ESTÁ EN TODOS LOS HERMANOS Y HERMANAS MÁS PEQUEÑOS QUE SUFREN



Queridos amigos, les ofrecemos el texto completo de la homilía del Papa Francisco en la Misa de la Solemnidad de la Epifanía del Señor: 

"Ese Niño, nacido de la Virgen María en Belén, vino no sólo para el pueblo de Israel, representado en los pastores de Belén, sino también para toda la humanidad, representada hoy por los Magos de Oriente. Y precisamente hoy, la Iglesia nos invita a meditar y rezar sobre los Magos y su camino en busca del Mesías.

Estos Magos que vienen de Oriente son los primeros de esa gran procesión de la que habla el profeta Isaías en la primera lectura (cf. 60,1-6). Una procesión que desde entonces no se ha interrumpido jamás, y que en todas las épocas reconoce el mensaje de la estrella y encuentra el Niño que nos muestra la ternura de Dios. Siempre hay nuevas personas que son iluminadas por la luz de la estrella, que encuentran el camino y llegan hasta Él.

Según la tradición, los Magos eran hombres sabios, estudiosos de los astros, escrutadores del cielo, en un contexto cultural y de creencias que atribuía a las estrellas un significado y un influjo sobre las vicisitudes humanas. Los Magos representan a los hombres y a las mujeres en busca de Dios en las religiones y filosofías del mundo entero, una búsqueda que no acaba nunca. Hombres y mujeres en búsqueda.

Los Magos nos indican el camino que debemos recorrer en nuestra vida. Ellos buscaban la Luz verdadera: «Lumen requirunt lumine», dice un himno litúrgico de la Epifanía, refiriéndose precisamente a la experiencia de los Magos; «Lumen requirunt lumine». Siguiendo una luz ellos buscan la luz. Iban en busca de Dios. Cuando vieron el signo de la estrella, lo interpretaron y se pusieron en camino, hicieron un largo viaje.


El Espíritu Santo es el que los llamó e impulsó a ponerse en camino, y en este camino tendrá lugar también su encuentro personal con el Dios verdadero.

En su camino, los Magos encuentran muchas dificultades. Cuando llegan a Jerusalén van al palacio del rey, porque consideran algo natural que el nuevo rey nazca en el palacio real. Allí pierden de vista la estrella. Cuántas veces se pierde de vista la estrella. Y encuentran una tentación, puesta ahí por el diablo, es el engaño de Herodes. El rey Herodes muestra interés por el niño, pero no para adorarlo, sino para eliminarlo. 

Herodes es un hombre de poder, que sólo consigue ver en el otro a un rival. Y en el fondo, también considera a Dios como un rival, más aún, como el rival más peligroso. En el palacio los Magos atraviesan un momento de oscuridad, de desolación, que consiguen superar gracias a la moción del Espíritu Santo, que les habla mediante las profecías de la Sagrada Escritura. Éstas indican que el Mesías nacerá en Belén, la ciudad de David.


En este momento, retoman el camino y vuelven a ver la estrella. El evangelista apunta que experimentaron una «inmensa alegría» (Mt 2,10), una verdadera consolación. Llegados a Belén, encontraron «al niño con María, su madre» (Mt 2,11). Después de lo ocurrido en Jerusalén, ésta será para ellos la segunda gran tentación: rechazar esta pequeñez. Y sin embargo: «cayendo de rodillas lo adoraron», ofreciéndole sus dones preciosos y simbólicos. La gracia del Espíritu Santo es la que siempre los ayuda. Esta gracia que, mediante la estrella, los había llamado y guiado por el camino, ahora los introduce en el misterio. 

Esta estrella que les ha acompañado durante el camino los introduce en el misterio. Guiados por el Espíritu, reconocen que los criterios de Dios son muy distintos a los de los hombres, que Dios no se manifiesta en la potencia de este mundo, sino que nos habla en la humildad de su amor. El amor de Dios es grande, sí. El amor de Dios es potente, sí. Pero el amor de Dios es humilde, muy humilde. De ese modo, los Magos son modelos de conversión a la verdadera fe porque han dado más crédito a la bondad de Dios que al aparente esplendor del poder.

Y ahora nos preguntamos: ¿Cuál es el misterio en el que Dios se esconde? ¿Dónde puedo encontrarlo? Vemos a nuestro alrededor guerras, explotación de los niños, torturas, tráfico de armas, trata de personas… Jesús está en todas estas realidades, en todos estos hermanos y hermanas más pequeños que sufren tales situaciones (cf. Mt 25, 40.45). El pesebre nos presenta un camino distinto al que anhela la mentalidad mundana. Es el camino del anonadamiento de Dios, de esa humildad del amor de Dios que se abaja, se anonada, de su gloria escondida en el pesebre de Belén, en la cruz del Calvario, en el hermano y en la hermana que sufren.

Los Magos han entrado en el misterio. Han pasado de los cálculos humanos al misterio, y éste es el camino de su conversión. ¿Y la nuestra? Pidamos al Señor que nos conceda vivir el mismo camino de conversión que vivieron los Magos. Que nos defienda y nos libre de las tentaciones que oscurecen la estrella. Que tengamos siempre la inquietud de preguntarnos, ¿dónde está la estrella?, cuando, en medio de los engaños mundanos, la hayamos perdido de vista. 

Que aprendamos a conocer siempre de nuevo el misterio de Dios, que no nos escandalicemos de la “señal”, de la indicación, de aquella señal anunciada por los ángeles: «un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12), y que tengamos la humildad de pedir a la Madre, a nuestra Madre, que nos lo muestre. 

Que encontremos el valor de liberarnos de nuestras ilusiones, de nuestras presunciones, de nuestras “luces”, y que busquemos este valor en la humildad de la fe y así encontremos la Luz, Lumen, como han hecho los santos Magos. Que podamos entrar en el misterio. Que así sea".

Qué nos han traído los Reyes Magos

Te traemos ALEGRÍA. Ya sabemos que, en muchas ocasiones, avanzas cabizbajo y triste. Que te preocupa la situación de tu entorno y del mismo mundo. La alegría, aunque sea un bien escaso, viene por un gran torrente que se da en las personas buenas.

Te dejamos VALOR. En varios momentos, la rectitud, se convierte en enemiga del pillaje. Ante la debilidad o la incertidumbre te vendrá bien para hacerles frente.

Te obsequiamos FE. En nuestras subidas y bajadas a las casas, percibimos una cosa: el hombre está tremendamente solitario. En un rincón te hemos dejado “fe”. Te garantizamos que, con ella, nunca te encontrarás solo.

Te inyectamos un poco de AMOR. Por experiencia, aunque seamos reyes, sabemos que, quien ama, sufre. También, en propias carnes, para llegar hasta Belén tuvimos que esquivar varios inconvenientes. Luego vimos que, el amor, lo multiplica y satisface todo.
 
Te regalamos un vaso de SENSIBILIDAD. Constatamos que, por diversas causas, en el mundo se llora mucho pero, a veces, las lágrimas se quedan sólo en eso. La sensibilidad que te traemos, tal vez, no te hará llorar pero sí te empujará a trabajar en contra de aquello que consideres injusto.
 
Si buscas hoy, en el fondo de tu corazón, verás que te hemos puesto un nombre: DIOS. Nos extraña tantos que dicen ser sus hijos, pero, por otro lado, les cuesta dar la cara por El. Es el regalo del que más nos cuesta desprendernos. Aprovéchalo.
 
Debajo de tu almohada depositamos LA VERDAD. No te dejes vencer por las verdades a medias que son grandes mentiras. El decir las cosas a la cara puede llevar a un gran disgusto. El no decir la verdad puede generar un maremoto de complicaciones.
 
En la sala de estar, te hemos confiado la SINCERIDAD. Ya sabemos que muchos dicen que “hay que ser sinceros”. Pero, amigo, ser sincero no es lo mismo que abrir el corazón. A veces, en nombre de la sinceridad, sólo se busca el hacer daño buscando la debilidad del otro. Cuando hables…piensa lo que dices y, si de verdad, es sentimiento noble de tu corazón.
 
Nos ha costado entrar en tu hogar. Hemos comprobado que, prácticamente, tenías de todo. Por ello mismo, y visto lo visto, te damos lo que –sin ella- nada de lo que posees te dará la felicidad: SALUD. Con ella disfrutarás, incluso, de lo que no tienes. Sin ella, hasta la mayor riqueza te producirá ansiedad y desdicha.
 
Cuando te encuentres airado, violento, fuera de ti mismo, sube a lo más alto de tu casa. Allá arriba, en un rincón, hemos dejado el don de la PAZ. Ella, por ser una meta difícil de alcanzar y puesta en lo más alto de la cumbre, te hará erguir tu cabeza para pedírsela a Dios.
Siempre, tus amigos y reyes.

De Reflejos de Luz

lunes, 5 de enero de 2015

“El papa Francisco está armando la que había que armar”

Carlos Osoro, el hombre elegido por el papa Francisco para liderar en España la primavera eclesiástica, escenificó ayer su primer golpe de mano al frente de la archidiócesis de Madrid. Cada año por estas fechas, desde el 2007, su predecesor, el cardenal Antonio María Rouco, reunía en la plaza de Colón a cientos de miles de fieles en manifestación contra el Gobierno de turno, con la pretensión de imponer la moral católica al resto de la sociedad. La disculpa era la Jornada de la Familia con motivo de la Navidad. Osoro, en el cargo desde hace apenas dos meses, ha suprimido aquella manifestación y la ha sustituido por una jornada diocesana de oración y bendiciones.
Se ha desarrollado en la catedral de La Almudena, convertida durante 24 horas en hogar de familias numerosas a las que el arzobispo ha atendido sin prisas, una a una. Con los mayores conversaba; a los niños les iba regalando una artística estampa dibujada por él mismo, además de medallas de chocolate. A todos apretó la mano efusivamente, abrazos o besos incluidos. Es una de sus características, no pequeña: la campechanía. En la terminología al uso, ya existe una definición. “Osoro no tiene mano de obispo”. Hace referencia a cómo dan la mano la mayoría de los prelados, acostumbrados a que los fieles se la besen con reverente y sumisa inclinación.
La Iglesia no está perseguida en España, lo he dicho muchas veces
No está siendo fácil el cambio en Madrid después de dos décadas de pontificado de Rouco. Osoro no suelta una mala palabra sobre sus pasos hasta ahora, pero deja algunas claves. Sobre la supresión de la ruidosa jornada de la familia, presume de que muchos obispos le han agradecido la medida. “Podrán dedicarse a su diócesis sin sentirse obligados a venir a Madrid”, dice. También cuenta, como de pasada, que recibió en su despacho y conversó durante cuatro horas con Kiko Argüello, el fundador del Camino Neocatecumenal, los famosos kikos, auténtico jaleador de las jornadas. En otro momento de la entrevista, cuando se le pregunta por la economía de la diócesis (más de 60 millones de euros de presupuesto anual), reconoce que la polémica jornada “la pagaba entera la diócesis y costaba un dineral”.
Las polémicas que no cesan
El arzobispo Osoro no se sale del guión oficial al abordar tres temas que queman en la Iglesia católica española, perpleja por la creciente secularización y abrumada por las encuestas que reflejan que es una de las instituciones peor valoradas.
»Abuso de menores. Francisco quiere acabar con la teoría de que la ropa sucia se lava en casa. Lo ha demostrado en el caso del joven sometido a abusos por sacerdotes de Granada. Osoro reconoce que la Conferencia Episcopal ha tratado el tema. “Es tan evidente que no se puede tolerar abuso alguno”, dice. No todos los obispos cumplen. Ha ocurrido con los llamados miguelianos, la orden desautorizada por el obispo de Tuy-Vigo. Allí se les ha tolerado incluso después de las primeras denuncias. Osoro, en cambio, cuando se trasladaron a Madrid, resolvió condenarlos en apenas una semana.
»Acuerdos de 1979. Los obispos son conscientes de que más pronto que tarde algún Gobierno va a pedir renegociar los privilegios que España concede al Estado vaticano. Osoro justifica: “Con ese dinero hacemos mucho bien”. ¿Piensa que los ciudadanos harían el mal si tuvieran su mismo privilegio fiscal? Asume la ironía, pero insiste en que España y el Vaticano tienen relaciones desde 1480.
»Inmatriculaciones. La ley permite a los obispos poner a su nombre cualquier bien sin propietario. Algunas diócesis han llegado a registrar jardines o la casa del maestro. Osoro reconoce que él también ha ordenado inmatriculaciones. La Conferencia Episcopal ha tratado el tema, preocupada por la mala imagen que dan esos sucesos. “Nos perjudican, pero tenemos derecho a inmatricular lo que siempre ha sido de la Iglesia, como los templos”. ¿También las casas de los maestros? “De esas exageraciones no estoy de acuerdo”.
Hay una pregunta que permite este vulgarismo: ¿la que está armando el papa Francisco, no? Osoro está de acuerdo. Y más. “Es la que había que armar. Nos está diciendo que debemos salir al mundo desde Jesús. Se nota que ha trabajado mucho el libro de los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola. Está haciendo posible que gente que estaba mirando hacia otra parte, vuelva la vista hacia la Iglesia con un cariño especial y con curiosidad. Nos dice que tenemos que ser audaces y que el Evangelio es alegría y encuentro, no la condena o la derrota del otro. Y todo sin miedo”.
Vive en un hogar de ancianos, visita cárceles y recorre poblados chabolistas.
La Conferencia Episcopal ha repetido estos años que la Iglesia romana está perseguida en España y que aquí se vive con miedo, en un ambiente casi pre bélico, como el que precedió al golpe de Estado militar de 1936. Osoro niega con energía. “Desde luego, no estoy de acuerdo. He dicho muchas veces que la Iglesia no está perseguida en España, ni está arrinconada, ni tiene miedo a salir al encuentro de la gente. Pero, desgraciadamente, sí que hay persecuciones en otros lugares”.
Osoro vive en un hogar de ancianos en Aravaca, a 20 kilómetros de Madrid, visita cárceles, ha recorrido —¡sin prensa!— poblados chabolistas y se presentó un día en la parroquia de san Carlos Borromeo, que Rouco quiso cerrar por díscola. También acudió a rezar con los curas del Foro de Curas, siempre perseguidos. Es el modelo Francisco. “No hago nada extraordinario. Cumplo con mi misión, que es la de Jesús. Como él, estoy abierto a todo el mundo, sin descartar a nadie”.
Se va sabiendo cómo decidió Francisco elegir a Osoro como su hombre en España. Lo sugirió en público, cuando se reunió con los obispos españoles llegados a Roma para rendir cuentas, el 3 de marzo pasado. Francisco dijo ese día a Osoro: “Le voy a cambiar el nombre; voy a llamarle el Peregrino”. Osoro, efectivamente, antes de llegar a Madrid, ha peregrinado por tres diócesis (Orense, Oviedo y Valencia), además de haber mandado mucho en Cantabria como vicario y rector del Seminario.
No hago nada extraordinario. Estoy abierto a todo el mundo
Al pontífice argentino debió llamarle la atención esa movilidad, siempre ascendente. Lo habitual es que los obispos se retiren en su primera diócesis aunque lleven décadas en el mismo destino. Pero Osoro sigue pensando que el sucesor natural de Rouco habría sido otro cardenal, en concreto Antonio Cañizares. “Si he de decir verdad, y debo decirla, no sé por qué me eligió. Nunca esperé estar aquí. Es la primera vez en mi vida que he hecho un acto de obediencia absoluta”.
Parece evidente que, al colocarlo en la archidiócesis de Madrid, tan enorme en cifras y en influencia, Francisco señala a Osoro como el próximo líder del catolicismo español y, ahora mismo, como el encargado de remover las resistencias de la Iglesia española a los cambios que exige el Vaticano. El arzobispo no está tan seguro. “Lo que se me pide es que sea el obispo de esta iglesia y que lo sea con la manera y el estilo que Francisco nos ha regalado en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium, es decir, que me entregue a los fieles con la alegría del Evangelio, sin miedo, sin recelos, abierto a todos”.


"No hay futuro sin proyectos de paz", el Papa a la hora del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Bello domingo nos regala el año nuevo. ¡Bella jornada!

San Juan dice en el Evangelio que hemos leído hoy: «En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron». «La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre» (Jn. 1,1-18).Los hombres hablan tanto de la luz, pero a menudo prefieren la tranquilidad engañadora de la oscuridad. Nosotros hablamos mucho de la paz, pero a menudo recurrimos a la guerra o elegimos el silencio cómplice o no hacemos nada concreto para construir la paz. De hecho, San Juan dice: «Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Porque el juicio es éste: la luz - Jesús - ha venido al mundo, pero los hombres prefirieron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Cualquier persona, de hecho, que hace el mal, odia la luz. Y no viene a la luz para que sus obras no sean reprendidas. Así dice el Evangelio de San Juan. El corazón del hombre puede rechazar la luz y preferir las tinieblas, porque la luz descubre sus malas obras. ¡Quien hace el mal, odia la luz! ¡Quien hace el mal, odia la paz!

Hemos iniciado hace pocos días el año nuevo en el nombre de la Madre de Dios, celebrando la Jornada Mundial de la Paz, sobre el tema “No esclavos, sino hermanos”. Mi auspicio es que se supere la explotación del hombre por parte del hombre. Esta explotación es un plaga social que mortifica las relaciones interpersonales e impide una vida de comunión marcada por el respeto, la justicia y la caridad. Cada hombre y cada pueblo tiene hambre y sed de paz; cada hombre y cada pueblo tiene hambre y sed de paz…por lo que es necesario y urgente construir la paz.

La paz no es solamente la ausencia de guerra, sino una condición general en la cual la persona humana está en armonía consigo misma, en armonía con la naturaleza y en armonía con los demás. Ésta es la paz. Sin embargo, silenciar las armas y apagar los focos de guerra sigue siendo la condición inevitable para dar inicio a un camino que conduce al logro de la paz en sus diferentes aspectos. Pienso en los conflictos que todavía ensangrientan demasiadas regiones del planeta, en las tensiones en las familias y comunidades: ¡en cuántas familias, en cuántas comunidades también parroquiales hay guerras! Así como también en los contrastes encendidos en nuestras ciudades, nuestros países, entre grupos de diferentes estratos culturales, étnicos y religiosos. Tenemos que convencernos, no obstante todas las apariencias en contrario, que la concordia es siempre posible, en todos los niveles y en todas las situaciones. ¡No hay futuro sin propósitos y proyectos de paz! ¡No hay futuro sin paz!

Dios en el Antiguo Testamento hacía una promesa. El profeta Isaías decía: «Con sus espadas forjarán arados y podaderas con sus lanzas. No levantará la espada una nación contra otra ni se adiestrarán más para la guerra» (Is 2, 4). ¡Es bello! La paz es anunciada como don especial de Dios en el nacimiento del Redentor: «Paz a los hombres que amados por Él». (Lc 2, 14)Ese don debe ser incesantemente implorado en la oración. Recordemos, aquí, en la plaza, aquel cartel: “En la raíz de la paz está la oración”. Este don tiene que ser implorado y tiene que ser recibido cada día con compromiso, en las situaciones en las que nos encontramos. En los albores de este nuevo año, todos nosotros estamos llamados a reavivar en el corazón un impulso de esperanza, que debe traducirse en obras concretas de la paz. “¿Tu no estás bien con esto? ¡Haz la paz! En tu casa, ¡haz la paz! En tu comunidad,  ¡haz la paz! En tu trabajo, ¡haz la paz! Obras de paz, de reconciliación y fraternidad. Cada uno de nosotros debe cumplir gestos de fraternidad hacia su prójimo especialmente hacia quienes están extenuados por tensiones familiares o disidencias de diversa índole. Estos pequeños gestos tienen mucho valor: pueden ser semillas que dan esperanza, puede abrir caminos y perspectivas de paz.


Invoquemos ahora a María, Reina de la Paz. Ella, durante su vida terrena, conoció no pocas dificultades, relacionadas con la fatiga diaria de la existencia. Pero nunca perdió la paz del corazón, fruto del abandono confiado en la misericordia de Dios. A María, nuestra tierna Madre, le pedimos que indique al mundo entero el camino seguro del amor y de la paz. Ángelus domini...

Los Magos maestros de humildad, no confiaron en su sabiduría



Los Magos fueron los primeros de la larguísima fila de aquellos que han sabido encontrar a Cristo en su propia vida y que han conseguido llegar a Aquel que es la luz del mundo, porque tuvieron humildad y no confiaron sólo en su propia sabiduría.

A Belén, no los poderosos y los reyes de la tierra, sino unos Magos, personajes desconocidos, quizás vistos con sospecha, en todo caso indignos de particular atención.


Estos personajes procedentes de Oriente no son los últimos, sino los primeros de la gran procesión de aquellos que, a través de todas las épocas de la historia, saben reconocer el mensaje de la estrella, saben caminar por los caminos indicados por la Sagrada Escritura y saben encontrar, así, a Aquél que es aparentemente débil y frágil, pero que en cambio es capaz de dar la alegría más grande y más profunda al corazón del hombre.


En Él, de hecho, se manifiesta la realidad estupenda de que Dios nos conoce y está cerca de nosotros, de que su grandeza y poder no se expresan en la lógica del mundo, sino en la lógica de un niño inerme, cuya fuerza es sólo la del amor que se nos confía.


Los dones de los Magos, acto de justicia


Los Magos llevaron en regalo a Jesús oro, incienso e mirra. "No son ciertamente dones que respondan a necesidades primarias", en aquel momento la Sagrada Familia habría tenido ciertamente mucha más necesidad de algo distinto que el incienso y la mirra, y tampoco el oro podía serle inmediatamente útil.


Estos dones, sin embargo, tienen un significado profundo: son un acto de justicia.


Según la mentalidad oriental, representan el reconocimiento de una persona como Dios y Rey: es decir, son un acto de sumisión.


La consecuencia que deriva de ello es inmediata. Los Magos no pueden ya proseguir por su camino. Han sido llevados para siempre al camino del Niño, la que les hará desentenderse de los grandes y los poderosos de este mundo y les llevará a Aquel que nos espera entre los pobres, el camino del amor que por sí solo puede transformar el mundo.


No sólo, por tanto, los Magos se han puesto en camino, sino que desde aquel acto ha comenzado algo nuevo, se ha trazado una nueva vía, ha bajado al mundo una nueva luz que no se ha apagado.


Esa luz, no puede ya ser ignorada en el mundo: los hombres se moverán hacia aquel Niño y serán iluminados por la alegría que solo Él sabe dar.


La importancia de la humildad


Sin embargo, aunque los pocos de Belén que reconocieron al Mesías se han convertido en muchos a lo largo de la historia, los creyentes en Jesucristo parecen ser siempre pocos.


Muchos han visto la estrella, pero son pocos los que han entendido su mensaje.


¿Cuál es la razón por las que unos ven y encuentren, y otros no? ¿Qué es lo que abre los ojos y el corazón? ¿Qué les falta a aquellos que permanecen indiferentes, a aquellos que indican el camino pero no se mueven?


El obstáculo que lo impide, es la demasiada seguridad en sí mismos, la pretensión de conocer perfectamente la realidad, la presunción de haber ya formulado un juicio definitivo sobre las cosas volviendo cerrados e insensibles sus corazones a la novedad de Dios.


Lo que falta es la humildad auténtica, que sabe someterse a lo que es más grande, pero también el auténtico valor, que lleva a creer a lo que es verdaderamente grande, aunque se manifieste en un Niño inerme.


Falta la capacidad evangélica de ser niños en el corazón, de asombrarse, y de salir de sí para encaminarse en el camino que indica la estrella, el camino de Dios.


El Señor sin embargo tiene el poder de hacernos capaces de ver y de salvarnos,


Pido a Dios que nos de un corazón sabio e inocente, que nos consienta ver la estrella de su misericordia, nos encamine en su camino, para encontrarle y ser inundados por la gran luz y por la verdadera alegría que él ha traído a este mundo.


Benedicto XVI, Solemnidad de la Epifanía del Señor

ACOGER A DIOS

Jesús apareció en Galilea cuando el pueblo judío vivía una profunda crisis religiosa. Llevaban mucho tiempo sintiendo la lejanía de Dios. Los cielos estaban «cerrados». Una especie de muro invisible parecía impedir la comunicación de Dios con su pueblo. Nadie era capaz de escuchar su voz. Ya no había profetas. Nadie hablaba impulsado por su Espíritu.

Lo más duro era esa sensación de que Dios los había olvidado. Ya no le preocupaban los problemas de Israel. ¿Por qué permanecía oculto? ¿Por qué estaba tan lejos? Seguramente muchos recordaban la ardiente oración de un antiguo profeta que rezaba así a Dios: «Ojalá rasgaras el cielo y bajases».

Los primeros que escucharon el evangelio de Marcos tuvieron que quedar sorprendidos. Según su relato, al salir de las aguas del Jordán, después de ser bautizado, Jesús «vio rasgarse el cielo» y experimentó que «el Espíritu de Dios bajaba sobre él». Por fin era posible el encuentro con Dios. Sobre la tierra caminaba un hombre lleno del Espíritu de Dios. Se llamaba Jesús y venía de Nazaret.

Ese Espíritu que desciende sobre él es el aliento de Dios que crea la vida, la fuerza que renueva y cura a los vivientes, el amor que lo transforma todo. Por eso Jesús se dedica a liberar la vida, curarla y hacerla más humana. Los primeros cristianos no quisieron ser confundidos con los discípulos del Bautista. Ellos se sentían bautizados por Jesús con su Espíritu.

Sin ese Espíritu todo se apaga en el cristianismo. La confianza en Dios desaparece. La fe se debilita. Jesús queda reducido a un personaje del pasado, el Evangelio se convierte en letra muerta. El amor se enfría y la Iglesia no pasa de ser una institución religiosa más.

Sin el Espíritu de Jesús, la libertad se ahoga, la alegría se apaga, la celebración se convierte en costumbre, la comunión se resquebraja. Sin el Espíritu la misión se olvida, la esperanza muere, los miedos crecen, el seguimiento a Jesús termina en mediocridad religiosa.

Nuestro mayor problema es el olvido de Jesús y el descuido de su Espíritu. Es un error pretender lograr con organización, trabajo, devociones o estrategias diversas lo que solo puede nacer del Espíritu. Hemos de volver a la raíz, recuperar el Evangelio en toda su frescura y verdad, bautizarnos con el Espíritu de Jesús.


No nos hemos de engañar. Si no nos dejamos reavivar y recrear por ese Espíritu, los cristianos no tenemos nada importante que aportar a la sociedad actual, tan vacía de interioridad, tan incapacitada para el amor solidario y tan necesitada de esperanza.

José Antonio Pagola

domingo, 4 de enero de 2015

Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.

Evangelio según San Juan 1,1-18.

Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.

Al principio estaba junto a Dios.

Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.

En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron.

Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.

Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.

El no era la luz, sino el testigo de la luz.

La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre.

Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció.

Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron.

Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.

Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios.

Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de él, al declarar: "Este es aquel del que yo dije: El que viene después de mí me ha precedido, porque existía antes que yo".

De su plenitud, todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre gracia: porque la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.

Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre.

News.Va

lunes, 29 de diciembre de 2014

Dos tórtolas ofrecidas en sacrificio


La Redención tiene infinitas facetas para que nuestro corazón, en meditación, las descubra. Cuando rezamos el cuarto misterio gozoso del Santo Rosario, por ejemplo, meditamos la Presentación de Jesús en el templo. Y sabemos que allí recordamos la celebración de un rito que el pueblo judío heredó de las leyes de Moisés: se presentaba a Dios al hijo primogénito en el Templo, en forma de sacrificio. Y la costumbre de los humildes era presentar dos tórtolas como ofrenda. Cuando aquel día José y María ofrecieron a Jesús en el Templo se vivió un anticipo de lo que ocurriría luego: el Cordero de Dios iba a ser verdaderamente ofrecido en sacrificio, para la Salvación de toda la humanidad. Allí el anciano Simeón profetizó a María que su corazón iba a ser traspasado por una espada, por el destino de Cruz que su Hijo iba a enfrentar.

Aquí se esconde un gran misterio: se ofrecieron entonces dos tórtolas como símbolo de sacrificio a Dios. Ellas representaban a Jesús y también a María. Se ofreció en sacrificio al Redentor y a la Corredentora, juntos inseparablemente en la obra de la Salvación. Dios Padre recibió la ofrenda de Su propio Hijo y también la de la Criatura más perfecta, verdadera Arca que contuvo y dio su naturaleza humana al Salvador.

Las dos tórtolas ofrecidas en sacrificio en Jerusalén dos mil años atrás unieron indisolublemente a Madre e Hijo en la obra de la Salvación, frente a Dios Padre. Jesús murió física y místicamente por nosotros en la Cruz, pero su Madre lo siguió en todo momento, de tal modo que también sufrió místicamente la Pasión de su Hijo amado. Así, el misterio de la Redención va unido al de la Corredención de María.


El único y verdadero Salvador de la humanidad no quiso en ningún momento tener a Su Madre lejos de él: espiritualmente ellos siempre estuvieron unidos, como lo están ahora. Estos tiempos son importantes para recibir de nuestra Madre Celestial el consuelo y la guía para que lleguemos a su Hijo. Porque como dijo San Luis Grignion de Montfort: María es el camino más corto y seguro para llegar a Jesús.

¡Jesús y María, sean la Salvación del alma mía!

Autor: Oscar Schmidt 

¿Queda algún lugar para Dios en nuestro mundo? - Entrevista a Andrés Torres Queriuga

El Discípulo Amado

Juan, hijo de Zebedeo y de Salomé, hermano de Santiago, fue capaz de plasmar con exquisitas imágenes literarias los sublimes pensamientos de Dios. Hombre de elevación espiritual, se lo considera el águila que se alza hacia las vertiginosas alturas del misterio trinitario: “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios”.

Es de los íntimos de Jesús y le está cerca en las horas más solemnes de su vida. Está junto a él en la última Cena, durante el proceso y, único entre los apóstoles, asiste a su muerte al lado de la Virgen. Pero contrariamente a cuanto pueden hacer pensar las representaciones del arte, Juan no era un hombre fantasioso y delicado, y bastaría el apodo que puso el Maestro a él y a su hermano Santiago -”hijos del trueno”- para demostrarnos un temperamento vivaz e impulsivo, ajeno a compromisos y dudas, hasta parecer intolerante.

En el Evangelio él se presenta a sí mismo como “el discípulo a quien Jesús amaba”. Aunque no podemos indagar sobre el secreto de esta inefable amistad, podemos adivinar una cierta analogía entre el alma del “hijo del trueno” y la del “Hijo del hombre”, que vino a la tierra a traer no sólo la paz sino también el fuego. Después de la resurrección, Juan parmanecerá largo tiempo junto a Pedro. Pablo, en la carta a los Gálatas, habla de Pedro, Santiago y Juan “como las columnas” de la Iglesia.

En el Apocalipsis Juan dice que fue perseguido y relegado a la isla de Patmos por la “palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo.” Según una tradición, Juan vivió en Éfeso en compañía de la Virgen, y bajo Domiciano fue echado en una caldera de aceite hirviendo, de la que salió ileso, pero con la gloria de haber dado también él su “testimonio”. Después del destierro en Patmos, regresó definitivamente a Éfeso en donde exhortaba infatigablemente a los fieles al amor fraterno, como resulta de las tres epístolas contenidas en el Nuevo Testamento. Murió de avanzada edad en Éfeso, durante el imperio de Trajano, hacia el año 98.

Autor: P. Ángel Amo

EL EJEMPLO DE NAZARET. PABLO VI

Nazaret es la escuela donde empieza a entenderse la vida de Jesús, es la escuela donde se inicia el conocimiento de su Evangelio.

Aquí aprendemos a observar, a escuchar, a meditar, a penetrar en el sentido profundo y misterioso de esta sencilla, humilde y encantadora manifestación del Hijo de Dios entre los hombres. Aquí se aprende incluso, quizá de una manera casi insensible, a imitar esta vida.

Aquí se nos revela el método que nos hará descubrir quién es Cristo. Aquí comprendemos la importancia que tiene el ambiente que rodeó su vida durante su estancia entre nosotros, y lo necesario que es el conocimiento de los lugares, los tiempos, las costumbres, el lenguaje, las prácticas religiosas, en una palabra, de todo aquello de lo que Jesús se sirvió para revelarse al mundo. Aquí todo habla, todo tiene un sentido.

Aquí, en esta escuela, comprendemos la necesidad de una disciplina espiritual si queremos seguir las enseñanzas del Evangelio y ser discípulos de Cristo.

¡Cómo quisiéramos ser otra vez niños y volver a esta humilde pero sublime escuela de Nazaret! ¡Cómo quisiéramos volver a empezar, junto a María, nuestra iniciación a la verdadera ciencia de la vida y a la más alta sabiduría de la verdad divina!

Pero estamos aquí como peregrinos y debemos renunciar al deseo de continuar en esta casa el estudio, nunca terminado, del conocimiento del Evangelio. Mas no partiremos de aquí sin recoger rápida, casi furtivamente, algunas enseñanzas de la lección de Nazaret.
Su primera lección es el silencio. Cómo desearíamos que se renovara y fortaleciera en nosotros el amor al silencio, este admirable e indispensable hábito del espíritu, tan necesario para nosotros, que estamos aturdidos por tanto ruido, tanto tumulto, tantas voces de nuestra ruidosa y en extremo agitada vida moderna. Silencio de Nazaret enséñanos el recogimiento y la interioridad, enséñanos a estar siempre dispuestos a escuchar las buenas inspiraciones y la doctrina de los verdaderos maestros. Enséñanos la necesidad y el valor de una conveniente formación del estudio, de la meditación, de una vida interior intensa de la oración personal que sólo Dios ve.

Se nos ofrece además una lección de vida familiar.
Que Nazaret nos enseñe el significado de la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable, lo dulce e irreemplazable que es su pedagogía y lo fundamental e incomparable que es su función en el plano social.

Finalmente, aquí aprendemos también la lección del trabajo. Nazaret, la casa del hijo del artesano: cómo deseamos comprender más en este lugar la austera pero redentora ley del trabajo humano y exaltarla debidamente; restablecer la conciencia de su dignidad, de manera que fuera a todos patente; recordar aquí, bajo este techo que el trabajo no puede ser un fin en sí mismo, y que su dignidad y la libertad para ejercerlo no provienen tan sólo de sus motivos económicos, sino también de aquellos otros valores que lo encauzan hacia un fin más noble.

Queremos finalmente saludar desde aquí a todos los trabajadores del mundo y señalarles al gran modelo, al hermano divino, al defensor de todas sus causas justas, es decir: a Cristo, nuestro Señor.

(Alocución en Nazaret, 5 de enero de 1964)


domingo, 28 de diciembre de 2014

BANDERA DISCUTIDA


Simeón es un personaje entrañable. Lo imaginamos casi siempre como un sacerdote anciano del Templo, pero nada de esto se nos dice en el texto. 
Simeón es un hombre bueno del pueblo, que guarda en su corazón la esperanza de ver un día «el consuelo» que tanto necesitan. «Impulsado por el Espíritu de Dios», sube al templo en el momento en que están entrando María, José y su niño Jesús.

El encuentro es conmovedor. Simeón reconoce en el niño, que trae consigo aquella pareja pobre de judíos piadosos, al Salvador que lleva tantos años esperando. El hombre se siente feliz. En un gesto atrevido y maternal, «toma al niño en sus brazos» con amor y cariño grande. Bendice a Dios y bendice a los padres. Sin duda, el evangelista lo presenta como modelo. Así hemos de acoger al Salvador.

Pero, de pronto, se dirige a María y su rostro cambia. Sus palabras no presagian nada tranquilizador:«Una espada te traspasará el alma». Este niño que tiene en sus brazos será una «bandera discutida»: fuente de conflictos y enfrentamientos. Jesús hará que «unos caigan y otros se levanten». Unos lo acogerán y su vida adquirirá una dignidad nueva: su existencia se llenará de luz y de esperanza. Otros lo rechazarán y su vida se echará a perder: el rechazo a Jesús será su ruina.

Al tomar postura ante Jesús, «quedará clara la actitud de muchos corazones». Él pondrá al descubierto lo que hay en lo más profundo de las personas. La acogida de este niño pide un cambio profundo. Jesús no viene a traer tranquilidad, sino a generar un proceso doloroso y conflictivo de conversión radical.

Siempre es así. También hoy. Una Iglesia que tome en serio su conversión a Jesucristo, no será nunca un espacio de tranquilidad sino de conflicto. No es posible una relación más vital con Jesús sin dar pasos hacia mayores niveles de verdad. Y esto es siempre doloroso para todos.
Cuanto más nos acerquemos a Jesús, mejor veremos nuestras incoherencias y desviaciones; lo que hay de verdad o de mentira en nuestro cristianismo; lo que hay de pecado en nuestros corazones y nuestras estructuras, en nuestras vidas y nuestras teologías.

José Antonio Pagola

Una familia feliz porque ahí estaba Dios.

Hoy se celebra la fiesta de la Sagrada Familia. Una familia formada por José, María y el Niño Jesús. Era una familia muy pobre, tenía lo elemental para vivir. Sin embargo, ha sido la familia más feliz.

Feliz porque ahí estaba Dios. Una familia feliz porque ahí se rezaba todos los días. Feliz porque ahí se trabajaba con paz y con amor. Allí se amaba la vida, allí se amaban entre ellos con un grandísimo corazón.

¡Cuánto necesitamos nosotros que esa Sagrada Familia nos ayude a recuperar muchos valores familiares que se ha llevado el viento!

¡Oh Familia de Nazareth, qué pocos elementos te bastaron para ser una familia feliz y hermosa! ¡Cómo necesitamos que vuelvas a injertar en nuestros hogares, en nuestros corazones, esa maravillosa gama de virtudes que tiene la familia!

Todos los que quieran saber cuál es la familia más maravillosa deben visitar Nazareth, y preguntar a José a Jesús y a María cómo se puede ser feliz en familia.

P. Mariano de Blas

La Familia de Nazaret es santa, porque está centrada en Jesús, explicó Francisco en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas,
En este primer domingo después de Navidad, mientras estamos todavía inmersos en el clima gozoso de la fiesta, la Iglesia nos invita a contemplar la Santa Familia de Nazaret. El Evangelio hoy nos presenta a la Virgen y San José en el momento en el cual, cuarenta días después del nacimiento de Jesús, se dirigen al templo de Jerusalén. Lo hace en religiosa obediencia a la Ley de Moisés, que prescribe ofrecer al Señor al primogénito (cfr. Lc 2,22-24).
Podemos imaginar esta pequeña familia, en medio a tanta gente, en los grandes cortiles del templo. No resalta a los ojos, no se distingue… ¡Pero todavía no pasa desapercibida! Dos ancianos, Simeón y Ana, movidos por el Espíritu Santo, se acercan y se ponen a alabar a Dios por ese Niño, en el cual reconocen al Mesías, luz de las gentes y salvación de Israel (cfr. Lc 2,22-38). Es un momento simple pero rico de profecía: el encuentro entre dos jóvenes esposos llenos de alegría y de fe por las gracias del Señor; y dos ancianos también ellos llenos de alegría y de fe por la acción del Espíritu. ¿Quién los hace encontrar? Jesús. Jesús es Aquel que acerca a las generaciones. Es la fuente de aquel amor que une a las familias y a las personas, venciendo toda desconfianza, todo aislamiento, todo alejamiento. Esto nos hace pensar también a los abuelos: ¡Cuánto es importante su presencia! ¡Cuánto es precioso su rol en las familias y en la sociedad! Las buenas relaciones entre jóvenes y ancianos es decisivo para el camino de la comunidad civil y eclesial.
El mensaje que proviene de la Sagrada Familia es sobre todo un mensaje de fe. En la vida familiar de María y José Dios está verdaderamente al centro, y lo está en la persona de Jesús. Por esto la familia de Nazaret es santa: porque está centrada en Jesús.
Cuando los padres y los hijos respiran juntos este clima de fe, poseen una energía que permite a ellos afrontar pruebas también difíciles, como muestra la experiencia de la Sagrada Familia, por ejemplo en el evento dramático de la huida en Egipto.
El Niño Jesús con su Madre María y con San José son un icono familiar sencillo pero sobre todo luminoso. La luz que ella irradia es luz de misericordia y de salvación para el mundo entero, luz de verdad para todo hombre, para la familia humana y para cada familia. Esta luz que viene de la Sagrada Familia nos anima a ofrecer calor humano en aquellas situaciones familiares en el cual, por diversos motivos, falta la paz, falta la armonía y el perdón. Nuestra concreta solidaridad no disminuya especialmente en relación a la familia que están viviendo situaciones muy difíciles por las enfermedades, la falta de trabajo, las discriminaciones, la necesidad de emigrar…
Encomendamos a María, Reina de la familia, a todas las familias del mundo, para que puedan vivir en la fe, en la concordia, en la ayuda recíproca, y para esto invoco sobre ellas la materna protección de quien fue madre e hija de su Hijo. (Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)