Te traemos ALEGRÍA. Ya sabemos que, en muchas ocasiones, avanzas cabizbajo y triste. Que te preocupa la situación de tu entorno y del mismo mundo. La alegría, aunque sea un bien escaso, viene por un gran torrente que se da en las personas buenas.
Te dejamos VALOR. En varios momentos, la rectitud, se convierte en enemiga del pillaje. Ante la debilidad o la incertidumbre te vendrá bien para hacerles frente.
Te obsequiamos FE. En nuestras subidas y bajadas a las casas, percibimos una cosa: el hombre está tremendamente solitario. En un rincón te hemos dejado “fe”. Te garantizamos que, con ella, nunca te encontrarás solo.
Te inyectamos un poco de AMOR. Por experiencia, aunque seamos reyes, sabemos que, quien ama, sufre. También, en propias carnes, para llegar hasta Belén tuvimos que esquivar varios inconvenientes. Luego vimos que, el amor, lo multiplica y satisface todo.
Te regalamos un vaso de SENSIBILIDAD. Constatamos que, por diversas causas, en el mundo se llora mucho pero, a veces, las lágrimas se quedan sólo en eso. La sensibilidad que te traemos, tal vez, no te hará llorar pero sí te empujará a trabajar en contra de aquello que consideres injusto.
Si buscas hoy, en el fondo de tu corazón, verás que te hemos puesto un nombre: DIOS. Nos extraña tantos que dicen ser sus hijos, pero, por otro lado, les cuesta dar la cara por El. Es el regalo del que más nos cuesta desprendernos. Aprovéchalo.
Debajo de tu almohada depositamos LA VERDAD. No te dejes vencer por las verdades a medias que son grandes mentiras. El decir las cosas a la cara puede llevar a un gran disgusto. El no decir la verdad puede generar un maremoto de complicaciones.
En la sala de estar, te hemos confiado la SINCERIDAD. Ya sabemos que muchos dicen que “hay que ser sinceros”. Pero, amigo, ser sincero no es lo mismo que abrir el corazón. A veces, en nombre de la sinceridad, sólo se busca el hacer daño buscando la debilidad del otro. Cuando hables…piensa lo que dices y, si de verdad, es sentimiento noble de tu corazón.
Nos ha costado entrar en tu hogar. Hemos comprobado que, prácticamente, tenías de todo. Por ello mismo, y visto lo visto, te damos lo que –sin ella- nada de lo que posees te dará la felicidad: SALUD. Con ella disfrutarás, incluso, de lo que no tienes. Sin ella, hasta la mayor riqueza te producirá ansiedad y desdicha.
Cuando te encuentres airado, violento, fuera de ti mismo, sube a lo más alto de tu casa. Allá arriba, en un rincón, hemos dejado el don de la PAZ. Ella, por ser una meta difícil de alcanzar y puesta en lo más alto de la cumbre, te hará erguir tu cabeza para pedírsela a Dios.
Siempre, tus amigos y reyes.
De Reflejos de Luz
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Este blog se crea con el objetivo de que todos los que formamos parte de de la comunidad cristiana, podamos expresar nuestras opiniones, consultar nuestras dudas y, sobre todo, ayudarnos unos a otros en este caminar con Jesús y hacia Jesús. Anímate y participa
miércoles, 7 de enero de 2015
Qué nos han traído los Reyes Magos
lunes, 5 de enero de 2015
“El papa Francisco está armando la que había que armar”
Carlos Osoro, el hombre
elegido por el papa Francisco para liderar en España la primavera eclesiástica,
escenificó ayer su primer golpe de mano al frente de la archidiócesis de
Madrid. Cada año por estas fechas, desde el 2007, su predecesor, el
cardenal Antonio María Rouco, reunía en la plaza de Colón a cientos de miles de
fieles en manifestación contra el Gobierno de turno, con la pretensión de
imponer la moral católica al resto de la sociedad. La disculpa era la Jornada
de la Familia con motivo de la Navidad. Osoro, en el cargo desde hace apenas
dos meses, ha suprimido aquella manifestación y la ha sustituido por una
jornada diocesana de oración y bendiciones.
Se ha desarrollado en la catedral
de La Almudena, convertida durante 24 horas en hogar de familias numerosas a
las que el arzobispo ha atendido sin prisas, una a una. Con los mayores
conversaba; a los niños les iba regalando una artística estampa dibujada por él
mismo, además de medallas de chocolate. A todos apretó la mano efusivamente,
abrazos o besos incluidos. Es una de sus características, no pequeña: la
campechanía. En la terminología al uso, ya existe una definición. “Osoro no
tiene mano de obispo”. Hace referencia a cómo dan la mano la mayoría de los
prelados, acostumbrados a que los fieles se la besen con reverente y sumisa
inclinación.
No está siendo fácil el cambio en
Madrid después de dos décadas de pontificado de Rouco. Osoro no suelta una mala
palabra sobre sus pasos hasta ahora, pero deja algunas claves. Sobre la
supresión de la ruidosa jornada de la familia, presume de que muchos obispos le
han agradecido la medida. “Podrán dedicarse a su diócesis sin sentirse
obligados a venir a Madrid”, dice. También cuenta, como de pasada, que recibió
en su despacho y conversó durante cuatro horas con Kiko Argüello, el
fundador del Camino Neocatecumenal, los famosos kikos, auténtico jaleador de
las jornadas. En otro momento de la entrevista, cuando se le pregunta por la
economía de la diócesis (más de 60 millones de euros de presupuesto anual),
reconoce que la polémica jornada “la pagaba entera la diócesis y costaba un
dineral”.
El arzobispo Osoro no se sale del
guión oficial al abordar tres temas que queman en la Iglesia católica española,
perpleja por la creciente secularización y abrumada por las encuestas que
reflejan que es una de las instituciones peor valoradas.
»Abuso de menores. Francisco
quiere acabar con la teoría de que la ropa sucia se lava en casa. Lo ha
demostrado en el caso del joven sometido a abusos por sacerdotes de Granada.
Osoro reconoce que la Conferencia Episcopal ha tratado el tema. “Es tan
evidente que no se puede tolerar abuso alguno”, dice. No todos los obispos
cumplen. Ha ocurrido con los llamados miguelianos, la orden desautorizada por
el obispo de Tuy-Vigo. Allí se les ha tolerado incluso después de las primeras
denuncias. Osoro, en cambio, cuando se trasladaron a Madrid, resolvió
condenarlos en apenas una semana.
»Acuerdos de 1979. Los obispos
son conscientes de que más pronto que tarde algún Gobierno va a pedir
renegociar los privilegios que España concede al Estado vaticano. Osoro
justifica: “Con ese dinero hacemos mucho bien”. ¿Piensa que los ciudadanos
harían el mal si tuvieran su mismo privilegio fiscal? Asume la ironía, pero
insiste en que España y el Vaticano tienen relaciones desde 1480.
»Inmatriculaciones. La ley
permite a los obispos poner a su nombre cualquier bien sin propietario. Algunas
diócesis han llegado a registrar jardines o la casa del maestro. Osoro reconoce
que él también ha ordenado inmatriculaciones. La Conferencia Episcopal ha
tratado el tema, preocupada por la mala imagen que dan esos sucesos. “Nos
perjudican, pero tenemos derecho a inmatricular lo que siempre ha sido de la
Iglesia, como los templos”. ¿También las casas de los maestros? “De esas
exageraciones no estoy de acuerdo”.
Hay una pregunta que permite este
vulgarismo: ¿la que está armando el papa Francisco, no? Osoro está de acuerdo.
Y más. “Es la que había que armar. Nos está diciendo que debemos salir al mundo
desde Jesús. Se nota que ha trabajado mucho el libro de los ejercicios
espirituales de san Ignacio de Loyola. Está haciendo posible que gente que
estaba mirando hacia otra parte, vuelva la vista hacia la Iglesia con un cariño
especial y con curiosidad. Nos dice que tenemos que ser audaces y que el
Evangelio es alegría y encuentro, no la condena o la derrota del otro. Y todo
sin miedo”.
La Conferencia Episcopal ha
repetido estos años que la Iglesia romana está perseguida en España y que aquí
se vive con miedo, en un ambiente casi pre bélico, como el que precedió al
golpe de Estado militar de 1936. Osoro niega con energía. “Desde luego, no
estoy de acuerdo. He dicho muchas veces que la Iglesia no está perseguida en
España, ni está arrinconada, ni tiene miedo a salir al encuentro de la gente.
Pero, desgraciadamente, sí que hay persecuciones en otros lugares”.
Osoro vive en un hogar de
ancianos en Aravaca, a 20 kilómetros de Madrid, visita cárceles, ha recorrido
—¡sin prensa!— poblados chabolistas y se presentó un día en la parroquia de san
Carlos Borromeo, que Rouco quiso cerrar por díscola. También acudió a rezar con
los curas del Foro de Curas, siempre perseguidos. Es el modelo Francisco. “No
hago nada extraordinario. Cumplo con mi misión, que es la de Jesús. Como él,
estoy abierto a todo el mundo, sin descartar a nadie”.
Se va sabiendo cómo decidió
Francisco elegir a Osoro como su hombre en España. Lo sugirió en público,
cuando se reunió con los obispos españoles llegados a Roma para rendir cuentas,
el 3 de marzo pasado. Francisco dijo ese día a Osoro: “Le voy a cambiar el
nombre; voy a llamarle el Peregrino”. Osoro, efectivamente, antes de llegar a
Madrid, ha peregrinado por tres diócesis (Orense, Oviedo y Valencia), además de
haber mandado mucho en Cantabria como vicario y rector del Seminario.
Al pontífice argentino debió
llamarle la atención esa movilidad, siempre ascendente. Lo habitual es que los
obispos se retiren en su primera diócesis aunque lleven décadas en el mismo
destino. Pero Osoro sigue pensando que el sucesor natural de Rouco habría sido
otro cardenal, en concreto Antonio Cañizares. “Si he de decir verdad, y
debo decirla, no sé por qué me eligió. Nunca esperé estar aquí. Es la primera
vez en mi vida que he hecho un acto de obediencia absoluta”.
Parece evidente que, al colocarlo
en la archidiócesis de Madrid, tan enorme en cifras y en influencia, Francisco
señala a Osoro como el próximo líder del catolicismo español y, ahora mismo,
como el encargado de remover las resistencias de la Iglesia española a los
cambios que exige el Vaticano. El arzobispo no está tan seguro. “Lo que se me
pide es que sea el obispo de esta iglesia y que lo sea con la manera y el
estilo que Francisco nos ha regalado en su exhortación apostólica Evangelii
Gaudium, es decir, que me entregue a los fieles con la alegría del Evangelio,
sin miedo, sin recelos, abierto a todos”.
"No hay futuro sin proyectos de paz", el Papa a la hora del Ángelus
Queridos hermanos y
hermanas, ¡buenos días! Bello domingo nos regala el año nuevo. ¡Bella jornada!
San Juan dice en el Evangelio que
hemos leído hoy: «En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron». «La Palabra
era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre» (Jn.
1,1-18).Los hombres hablan tanto de la luz, pero a menudo prefieren la
tranquilidad engañadora de la oscuridad. Nosotros hablamos mucho de la paz,
pero a menudo recurrimos a la guerra o elegimos el silencio cómplice o no hacemos
nada concreto para construir la paz. De hecho, San Juan dice: «Vino a los
suyos, y los suyos no la recibieron. Porque el juicio es éste: la luz - Jesús -
ha venido al mundo, pero los hombres prefirieron más las tinieblas que la luz,
porque sus obras eran malas. Cualquier persona, de hecho, que hace el mal, odia
la luz. Y no viene a la luz para que sus obras no sean reprendidas. Así dice el
Evangelio de San Juan. El corazón del hombre puede rechazar la luz y preferir
las tinieblas, porque la luz descubre sus malas obras. ¡Quien hace el mal, odia
la luz! ¡Quien hace el mal, odia la paz!
Hemos iniciado hace pocos días el
año nuevo en el nombre de la Madre de Dios, celebrando la Jornada Mundial de la
Paz, sobre el tema “No esclavos, sino hermanos”. Mi auspicio es que se supere
la explotación del hombre por parte del hombre. Esta explotación es un plaga
social que mortifica las relaciones interpersonales e impide una vida de
comunión marcada por el respeto, la justicia y la caridad. Cada hombre y cada
pueblo tiene hambre y sed de paz; cada hombre y cada pueblo tiene hambre y sed
de paz…por lo que es necesario y urgente construir la paz.
La paz no es solamente la
ausencia de guerra, sino una condición general en la cual la persona humana
está en armonía consigo misma, en armonía con la naturaleza y en armonía con
los demás. Ésta es la paz. Sin embargo, silenciar las armas y apagar los focos
de guerra sigue siendo la condición inevitable para dar inicio a un camino que
conduce al logro de la paz en sus diferentes aspectos. Pienso en los conflictos
que todavía ensangrientan demasiadas regiones del planeta, en las tensiones en
las familias y comunidades: ¡en cuántas familias, en cuántas comunidades
también parroquiales hay guerras! Así como también en los contrastes encendidos
en nuestras ciudades, nuestros países, entre grupos de diferentes estratos
culturales, étnicos y religiosos. Tenemos que convencernos, no obstante todas
las apariencias en contrario, que la concordia es siempre posible, en todos los
niveles y en todas las situaciones. ¡No hay futuro sin propósitos y proyectos
de paz! ¡No hay futuro sin paz!
Dios en el Antiguo Testamento
hacía una promesa. El profeta Isaías decía: «Con sus espadas forjarán arados y
podaderas con sus lanzas. No levantará la espada una nación contra otra ni se
adiestrarán más para la guerra» (Is 2, 4). ¡Es bello! La paz es anunciada como
don especial de Dios en el nacimiento del Redentor: «Paz a los hombres que
amados por Él». (Lc 2, 14)Ese don debe ser incesantemente implorado en la oración.
Recordemos, aquí, en la plaza, aquel cartel: “En la raíz de la paz está la
oración”. Este don tiene que ser implorado y tiene que ser recibido cada día
con compromiso, en las situaciones en las que nos encontramos. En los albores
de este nuevo año, todos nosotros estamos llamados a reavivar en el corazón un
impulso de esperanza, que debe traducirse en obras concretas de la paz. “¿Tu no
estás bien con esto? ¡Haz la paz! En tu casa, ¡haz la paz! En tu
comunidad, ¡haz la paz! En tu trabajo, ¡haz la paz! Obras de paz, de
reconciliación y fraternidad. Cada uno de nosotros debe cumplir gestos de
fraternidad hacia su prójimo especialmente hacia quienes están extenuados por
tensiones familiares o disidencias de diversa índole. Estos pequeños gestos
tienen mucho valor: pueden ser semillas que dan esperanza, puede abrir caminos
y perspectivas de paz.
Invoquemos ahora a María, Reina
de la Paz. Ella, durante su vida terrena, conoció no pocas dificultades,
relacionadas con la fatiga diaria de la existencia. Pero nunca perdió la paz
del corazón, fruto del abandono confiado en la misericordia de Dios. A María,
nuestra tierna Madre, le pedimos que indique al mundo entero el camino seguro
del amor y de la paz. Ángelus domini...
Los Magos maestros de humildad, no confiaron en su sabiduría
|
Los Magos fueron los primeros de la larguísima fila de aquellos que han
sabido encontrar a Cristo en su propia vida y que han conseguido llegar a
Aquel que es la luz del mundo, porque tuvieron humildad y no confiaron sólo
en su propia sabiduría.
Benedicto XVI, Solemnidad de la Epifanía del Señor
|
ACOGER A DIOS
Jesús apareció en Galilea cuando el pueblo judío vivía
una profunda crisis religiosa. Llevaban mucho tiempo sintiendo la lejanía de
Dios. Los cielos estaban «cerrados». Una especie de muro invisible parecía
impedir la comunicación de Dios con su pueblo. Nadie era capaz de escuchar su
voz. Ya no había profetas. Nadie hablaba impulsado por su Espíritu.
Lo más duro era esa sensación de que Dios los había
olvidado. Ya no le preocupaban los problemas de Israel. ¿Por qué permanecía
oculto? ¿Por qué estaba tan lejos? Seguramente muchos recordaban la ardiente
oración de un antiguo profeta que rezaba así a Dios: «Ojalá rasgaras el cielo y
bajases».
Los primeros que escucharon el evangelio de Marcos
tuvieron que quedar sorprendidos. Según su relato, al salir de las aguas del
Jordán, después de ser bautizado, Jesús «vio rasgarse el cielo» y experimentó
que «el Espíritu de Dios bajaba sobre él». Por fin era posible el encuentro con
Dios. Sobre la tierra caminaba un hombre lleno del Espíritu de Dios. Se llamaba
Jesús y venía de Nazaret.
Ese Espíritu que desciende sobre él es el aliento de
Dios que crea la vida, la fuerza que renueva y cura a los vivientes, el amor
que lo transforma todo. Por eso Jesús se dedica a liberar la vida, curarla y
hacerla más humana. Los primeros cristianos no quisieron ser confundidos con
los discípulos del Bautista. Ellos se sentían bautizados por Jesús con su
Espíritu.
Sin ese Espíritu todo se apaga en el cristianismo. La
confianza en Dios desaparece. La fe se debilita. Jesús queda reducido a un
personaje del pasado, el Evangelio se convierte en letra muerta. El amor se
enfría y la Iglesia no pasa de ser una institución religiosa más.
Sin el Espíritu de Jesús, la libertad se ahoga, la
alegría se apaga, la celebración se convierte en costumbre, la comunión se
resquebraja. Sin el Espíritu la misión se olvida, la esperanza muere, los
miedos crecen, el seguimiento a Jesús termina en mediocridad religiosa.
Nuestro mayor problema es el olvido de Jesús y el
descuido de su Espíritu. Es un error pretender lograr con organización,
trabajo, devociones o estrategias diversas lo que solo puede nacer del
Espíritu. Hemos de volver a la raíz, recuperar el Evangelio en toda su frescura
y verdad, bautizarnos con el Espíritu de Jesús.
No nos hemos de engañar. Si no nos dejamos
reavivar y recrear por ese Espíritu, los cristianos no tenemos nada importante
que aportar a la sociedad actual, tan vacía de interioridad, tan incapacitada
para el amor solidario y tan necesitada de esperanza.
José Antonio Pagola
domingo, 4 de enero de 2015
Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.
Evangelio según San Juan 1,1-18.
Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron.
Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios.
Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él, al declarar: "Este es aquel del que yo dije: El que viene después de mí me ha precedido, porque existía antes que yo".
De su plenitud, todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre gracia: porque la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.
Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre.
News.Va
Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.
Al principio estaba junto a Dios.
Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.
En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron.
Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.
Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.
El no era la luz, sino el testigo de la luz.
La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre.
Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció.
Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios.
Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él, al declarar: "Este es aquel del que yo dije: El que viene después de mí me ha precedido, porque existía antes que yo".
De su plenitud, todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre gracia: porque la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.
Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre.
News.Va
lunes, 29 de diciembre de 2014
Dos tórtolas ofrecidas en sacrificio
La Redención tiene infinitas facetas para que nuestro corazón, en
meditación, las descubra. Cuando rezamos el cuarto misterio gozoso del Santo
Rosario, por ejemplo, meditamos la Presentación de Jesús en el templo. Y
sabemos que allí recordamos la celebración de un rito que el pueblo judío
heredó de las leyes de Moisés: se presentaba a Dios al hijo primogénito en el
Templo, en forma de sacrificio. Y la costumbre de los humildes era presentar
dos tórtolas como ofrenda. Cuando aquel día José y María ofrecieron a Jesús en
el Templo se vivió un anticipo de lo que ocurriría luego: el Cordero de Dios
iba a ser verdaderamente ofrecido en sacrificio, para la Salvación de toda la
humanidad. Allí el anciano Simeón profetizó a María que su corazón iba a ser
traspasado por una espada, por el destino de Cruz que su Hijo iba a enfrentar.
Aquí se esconde un gran misterio: se ofrecieron entonces dos tórtolas como
símbolo de sacrificio a Dios. Ellas representaban a Jesús y también a María. Se
ofreció en sacrificio al Redentor y a la Corredentora, juntos inseparablemente
en la obra de la Salvación. Dios Padre recibió la ofrenda de Su propio Hijo y
también la de la Criatura más perfecta, verdadera Arca que contuvo y dio su
naturaleza humana al Salvador.
Las dos tórtolas ofrecidas en sacrificio en Jerusalén dos mil años atrás
unieron indisolublemente a Madre e Hijo en la obra de la Salvación, frente a
Dios Padre. Jesús murió física y místicamente por nosotros en la Cruz, pero su
Madre lo siguió en todo momento, de tal modo que también sufrió místicamente la
Pasión de su Hijo amado. Así, el misterio de la Redención va unido al de la
Corredención de María.
El único y verdadero Salvador de la humanidad no quiso en ningún momento tener
a Su Madre lejos de él: espiritualmente ellos siempre estuvieron unidos, como
lo están ahora. Estos tiempos son importantes para recibir de nuestra Madre
Celestial el consuelo y la guía para que lleguemos a su Hijo. Porque como dijo
San Luis Grignion de Montfort: María es el camino más corto y seguro para
llegar a Jesús.
¡Jesús y María, sean la Salvación del alma mía!
Autor: Oscar Schmidt
El Discípulo Amado
Juan, hijo de Zebedeo y de Salomé,
hermano de Santiago, fue capaz de plasmar con exquisitas imágenes literarias
los sublimes pensamientos de Dios. Hombre de elevación espiritual, se lo
considera el águila que se alza hacia las vertiginosas alturas del misterio
trinitario: “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el
Verbo era Dios”.
Es de los íntimos de Jesús y le está cerca en las horas más solemnes de su vida. Está junto a él en la última Cena, durante el proceso y, único entre los apóstoles, asiste a su muerte al lado de la Virgen. Pero contrariamente a cuanto pueden hacer pensar las representaciones del arte, Juan no era un hombre fantasioso y delicado, y bastaría el apodo que puso el Maestro a él y a su hermano Santiago -”hijos del trueno”- para demostrarnos un temperamento vivaz e impulsivo, ajeno a compromisos y dudas, hasta parecer intolerante.
En el Evangelio él se presenta a sí mismo como “el discípulo a quien Jesús amaba”. Aunque no podemos indagar sobre el secreto de esta inefable amistad, podemos adivinar una cierta analogía entre el alma del “hijo del trueno” y la del “Hijo del hombre”, que vino a la tierra a traer no sólo la paz sino también el fuego. Después de la resurrección, Juan parmanecerá largo tiempo junto a Pedro. Pablo, en la carta a los Gálatas, habla de Pedro, Santiago y Juan “como las columnas” de la Iglesia.
En el Apocalipsis Juan dice que fue perseguido y relegado a la isla de Patmos por la “palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo.” Según una tradición, Juan vivió en Éfeso en compañía de la Virgen, y bajo Domiciano fue echado en una caldera de aceite hirviendo, de la que salió ileso, pero con la gloria de haber dado también él su “testimonio”. Después del destierro en Patmos, regresó definitivamente a Éfeso en donde exhortaba infatigablemente a los fieles al amor fraterno, como resulta de las tres epístolas contenidas en el Nuevo Testamento. Murió de avanzada edad en Éfeso, durante el imperio de Trajano, hacia el año 98.
Es de los íntimos de Jesús y le está cerca en las horas más solemnes de su vida. Está junto a él en la última Cena, durante el proceso y, único entre los apóstoles, asiste a su muerte al lado de la Virgen. Pero contrariamente a cuanto pueden hacer pensar las representaciones del arte, Juan no era un hombre fantasioso y delicado, y bastaría el apodo que puso el Maestro a él y a su hermano Santiago -”hijos del trueno”- para demostrarnos un temperamento vivaz e impulsivo, ajeno a compromisos y dudas, hasta parecer intolerante.
En el Evangelio él se presenta a sí mismo como “el discípulo a quien Jesús amaba”. Aunque no podemos indagar sobre el secreto de esta inefable amistad, podemos adivinar una cierta analogía entre el alma del “hijo del trueno” y la del “Hijo del hombre”, que vino a la tierra a traer no sólo la paz sino también el fuego. Después de la resurrección, Juan parmanecerá largo tiempo junto a Pedro. Pablo, en la carta a los Gálatas, habla de Pedro, Santiago y Juan “como las columnas” de la Iglesia.
En el Apocalipsis Juan dice que fue perseguido y relegado a la isla de Patmos por la “palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo.” Según una tradición, Juan vivió en Éfeso en compañía de la Virgen, y bajo Domiciano fue echado en una caldera de aceite hirviendo, de la que salió ileso, pero con la gloria de haber dado también él su “testimonio”. Después del destierro en Patmos, regresó definitivamente a Éfeso en donde exhortaba infatigablemente a los fieles al amor fraterno, como resulta de las tres epístolas contenidas en el Nuevo Testamento. Murió de avanzada edad en Éfeso, durante el imperio de Trajano, hacia el año 98.
Autor: P. Ángel Amo
EL EJEMPLO DE NAZARET. PABLO VI
Nazaret es la escuela donde
empieza a entenderse la vida de Jesús, es la escuela donde se inicia el
conocimiento de su Evangelio.Aquí aprendemos a observar, a escuchar, a meditar, a penetrar en el sentido profundo y misterioso de esta sencilla, humilde y encantadora manifestación del Hijo de Dios entre los hombres. Aquí se aprende incluso, quizá de una manera casi insensible, a imitar esta vida.
Aquí se nos revela el método que nos hará descubrir quién es Cristo. Aquí comprendemos la importancia que tiene el ambiente que rodeó su vida durante su estancia entre nosotros, y lo necesario que es el conocimiento de los lugares, los tiempos, las costumbres, el lenguaje, las prácticas religiosas, en una palabra, de todo aquello de lo que Jesús se sirvió para revelarse al mundo. Aquí todo habla, todo tiene un sentido.
Aquí, en esta escuela, comprendemos la necesidad de una disciplina espiritual si queremos seguir las enseñanzas del Evangelio y ser discípulos de Cristo.
¡Cómo quisiéramos ser otra vez niños y volver a esta humilde pero sublime escuela de Nazaret! ¡Cómo quisiéramos volver a empezar, junto a María, nuestra iniciación a la verdadera ciencia de la vida y a la más alta sabiduría de la verdad divina!
Pero estamos aquí como peregrinos y debemos renunciar al deseo de continuar en esta casa el estudio, nunca terminado, del conocimiento del Evangelio. Mas no partiremos de aquí sin recoger rápida, casi furtivamente, algunas enseñanzas de la lección de Nazaret.
Su primera lección es el silencio. Cómo desearíamos que se renovara y fortaleciera en nosotros el amor al silencio, este admirable e indispensable hábito del espíritu, tan necesario para nosotros, que estamos aturdidos por tanto ruido, tanto tumulto, tantas voces de nuestra ruidosa y en extremo agitada vida moderna. Silencio de Nazaret enséñanos el recogimiento y la interioridad, enséñanos a estar siempre dispuestos a escuchar las buenas inspiraciones y la doctrina de los verdaderos maestros. Enséñanos la necesidad y el valor de una conveniente formación del estudio, de la meditación, de una vida interior intensa de la oración personal que sólo Dios ve.
Se nos ofrece además una lección de vida familiar. Que Nazaret nos enseñe el significado de la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable, lo dulce e irreemplazable que es su pedagogía y lo fundamental e incomparable que es su función en el plano social.
Finalmente, aquí aprendemos también la lección del trabajo. Nazaret, la casa del hijo del artesano: cómo deseamos comprender más en este lugar la austera pero redentora ley del trabajo humano y exaltarla debidamente; restablecer la conciencia de su dignidad, de manera que fuera a todos patente; recordar aquí, bajo este techo que el trabajo no puede ser un fin en sí mismo, y que su dignidad y la libertad para ejercerlo no provienen tan sólo de sus motivos económicos, sino también de aquellos otros valores que lo encauzan hacia un fin más noble.
Queremos finalmente saludar desde aquí a todos los trabajadores del mundo y señalarles al gran modelo, al hermano divino, al defensor de todas sus causas justas, es decir: a Cristo, nuestro Señor.
(Alocución
en Nazaret, 5 de enero de 1964)
domingo, 28 de diciembre de 2014
BANDERA DISCUTIDA

Simeón es un personaje entrañable. Lo
imaginamos casi siempre como un sacerdote anciano del Templo, pero nada de esto
se nos dice en el texto.
Simeón es un hombre bueno del pueblo, que guarda en su
corazón la esperanza de ver un día «el consuelo» que tanto necesitan.
«Impulsado por el Espíritu de Dios», sube al templo en el momento en que están
entrando María, José y su niño Jesús.
El encuentro es conmovedor. Simeón
reconoce en el niño, que trae consigo aquella pareja pobre de judíos piadosos,
al Salvador que lleva tantos años esperando. El hombre se siente feliz. En un
gesto atrevido y maternal, «toma al niño en sus brazos» con amor y cariño
grande. Bendice a Dios y bendice a los padres. Sin duda, el evangelista lo
presenta como modelo. Así hemos de acoger al Salvador.
Pero, de pronto, se dirige a María y su
rostro cambia. Sus palabras no presagian nada tranquilizador:«Una espada te
traspasará el alma». Este niño que tiene en sus brazos será una «bandera
discutida»: fuente de conflictos y enfrentamientos. Jesús hará que «unos caigan
y otros se levanten». Unos lo acogerán y su vida adquirirá una dignidad nueva:
su existencia se llenará de luz y de esperanza. Otros lo rechazarán y su vida
se echará a perder: el rechazo a Jesús será su ruina.
Al tomar postura ante Jesús, «quedará
clara la actitud de muchos corazones». Él pondrá al descubierto lo que hay en
lo más profundo de las personas. La acogida de este niño pide un cambio
profundo. Jesús no viene a traer tranquilidad, sino a generar un proceso
doloroso y conflictivo de conversión radical.
Siempre es así. También hoy. Una Iglesia
que tome en serio su conversión a Jesucristo, no será nunca un espacio de
tranquilidad sino de conflicto. No es posible una relación más vital con Jesús
sin dar pasos hacia mayores niveles de verdad. Y esto es siempre doloroso para
todos.
Cuanto más nos acerquemos a Jesús, mejor
veremos nuestras incoherencias y desviaciones; lo que hay de verdad o de
mentira en nuestro cristianismo; lo que hay de pecado en nuestros corazones y
nuestras estructuras, en nuestras vidas y nuestras teologías.
José Antonio Pagola
Una familia feliz porque ahí estaba Dios.
Hoy se celebra la fiesta de la Sagrada Familia. Una
familia formada por José, María y el Niño Jesús. Era una familia muy pobre,
tenía lo elemental para vivir. Sin embargo, ha sido la familia más feliz.
Feliz porque ahí estaba Dios. Una familia feliz porque ahí se rezaba todos los
días. Feliz porque ahí se trabajaba con paz y con amor. Allí se amaba la vida,
allí se amaban entre ellos con un grandísimo corazón.
¡Cuánto necesitamos nosotros que esa Sagrada Familia nos ayude a recuperar
muchos valores familiares que se ha llevado el viento!
¡Oh Familia de Nazareth, qué pocos elementos te bastaron para ser una familia
feliz y hermosa! ¡Cómo necesitamos que vuelvas a injertar en nuestros hogares,
en nuestros corazones, esa maravillosa gama de virtudes que tiene la familia!
Todos los que quieran saber cuál es la familia más maravillosa deben visitar
Nazareth, y preguntar a José a Jesús y a María cómo se puede ser feliz en
familia.
P. Mariano de Blas
La Familia de Nazaret es santa, porque está centrada en Jesús, explicó Francisco en el Ángelus
En este primer domingo después de Navidad, mientras estamos todavía
inmersos en el clima gozoso de la fiesta, la Iglesia nos invita a contemplar la
Santa Familia de Nazaret. El Evangelio hoy nos presenta a la Virgen y San José
en el momento en el cual, cuarenta días después del nacimiento de Jesús, se
dirigen al templo de Jerusalén. Lo hace en religiosa obediencia a la Ley de
Moisés, que prescribe ofrecer al Señor al primogénito (cfr. Lc 2,22-24).
Podemos imaginar esta pequeña familia, en medio a tanta gente, en los
grandes cortiles del templo. No resalta a los ojos, no se distingue… ¡Pero
todavía no pasa desapercibida! Dos ancianos, Simeón y Ana, movidos por el
Espíritu Santo, se acercan y se ponen a alabar a Dios por ese Niño, en el cual
reconocen al Mesías, luz de las gentes y salvación de Israel (cfr. Lc 2,22-38).
Es un momento simple pero rico de profecía: el encuentro entre dos jóvenes
esposos llenos de alegría y de fe por las gracias del Señor; y dos ancianos
también ellos llenos de alegría y de fe por la acción del Espíritu. ¿Quién los
hace encontrar? Jesús. Jesús es Aquel que acerca a las generaciones. Es la
fuente de aquel amor que une a las familias y a las personas, venciendo toda
desconfianza, todo aislamiento, todo alejamiento. Esto nos hace pensar también
a los abuelos: ¡Cuánto es importante su presencia! ¡Cuánto es precioso su rol
en las familias y en la sociedad! Las buenas relaciones entre jóvenes y
ancianos es decisivo para el camino de la comunidad civil y eclesial.
El mensaje que proviene de la Sagrada Familia es sobre todo un mensaje de
fe. En la vida familiar de María y José Dios está verdaderamente al centro, y
lo está en la persona de Jesús. Por esto la familia de Nazaret es santa: porque
está centrada en Jesús.
Cuando los padres y los hijos respiran juntos este clima de fe, poseen una
energía que permite a ellos afrontar pruebas también difíciles, como muestra la
experiencia de la Sagrada Familia, por ejemplo en el evento dramático de la
huida en Egipto.
El Niño Jesús con su Madre María y con San José son un icono familiar
sencillo pero sobre todo luminoso. La luz que ella irradia es luz de
misericordia y de salvación para el mundo entero, luz de verdad para todo
hombre, para la familia humana y para cada familia. Esta luz que viene de la
Sagrada Familia nos anima a ofrecer calor humano en aquellas situaciones
familiares en el cual, por diversos motivos, falta la paz, falta la armonía y
el perdón. Nuestra concreta solidaridad no disminuya especialmente en relación
a la familia que están viviendo situaciones muy difíciles por las enfermedades,
la falta de trabajo, las discriminaciones, la necesidad de emigrar…
Encomendamos a María, Reina de la
familia, a todas las familias del mundo, para que puedan vivir en la fe, en la
concordia, en la ayuda recíproca, y para esto invoco sobre ellas la materna protección
de quien fue madre e hija de su Hijo. (Traducción del italiano,
Renato Martinez – Radio Vaticano)
viernes, 26 de diciembre de 2014
Natividad del Señor, de los sermones de san León Magno, papa
Hoy, queridos
hermanos, ha nacido nuestro Salvador; alegrémonos. No puede haber lugar para la
tristeza, cuando acaba de nacer la vida; la misma que acaba con el temor de la
mortalidad, y nos infunde la alegría de la eternidad prometida.
Nadie tiene por qué sentirse alejado de la participación de semejante gozo, a todos es común la razón para el júbilo: porque nuestro Señor, destructor del pecado y de la muerte, como no ha encontrado a nadie libre de culpa, ha venido para liberarnos a todos. Alégrese el santo, puesto que se acerca a la victoria; regocíjese el pecador, puesto que se le invita al perdón; anímese el gentil, ya que se le llama a la vida.
Pues el Hijo de Dios, al cumplirse la plenitud de los tiempos, establecidos por los inescrutables y supremos designios divinos, asumió la naturaleza del género humano para reconciliarla con su Creador, de modo que el demonio, autor de la muerte, se viera vencido por la misma naturaleza gracias a la cual había vencido.
Por eso, cuando nace el Señor, los ángeles cantan jubilosos: Gloria a Dios en el cielo, y anuncian: y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. Pues están viendo cómo la Jerusalén celestial se construye con gentes de todo el mundo; ¿cómo, pues, no habrá de alegrarse la humildad de los hombres con tan sublime acción de la piedad divina, cuando tanto se entusiasma la sublimidad de los ángeles?
Demos, por tanto, queridos hermanos, gracias a Dios Padre por medio de su Hijo, en el Espíritu Santo, puesto que se apiadó de nosotros a causa de la inmensa misericordia con que nos amó; estando nosotros muertos por los pecados; nos ha hecho vivir con Cristo, para que gracias a él fuésemos una nueva criatura, una nueva creación.
Despojémonos, por tanto, del hombre viejo con todas sus obras y, ya que hemos recibido la participación de la generación de Cristo, renunciemos a las obras de la carne.
Reconoce, cristiano, tu dignidad y, puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. Piensa de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. No olvides que fuiste liberado del poder de las tinieblas y trasladado a la luz y al reino de Dios.
Gracias al sacramento del bautismo te has convertido en templo del Espíritu Santo; no se te ocurra ahuyentar con tus malas acciones a tan noble huésped, ni volver a someterte a la servidumbre del demonio: porque tu precio es la sangre de Cristo.
Nadie tiene por qué sentirse alejado de la participación de semejante gozo, a todos es común la razón para el júbilo: porque nuestro Señor, destructor del pecado y de la muerte, como no ha encontrado a nadie libre de culpa, ha venido para liberarnos a todos. Alégrese el santo, puesto que se acerca a la victoria; regocíjese el pecador, puesto que se le invita al perdón; anímese el gentil, ya que se le llama a la vida.
Pues el Hijo de Dios, al cumplirse la plenitud de los tiempos, establecidos por los inescrutables y supremos designios divinos, asumió la naturaleza del género humano para reconciliarla con su Creador, de modo que el demonio, autor de la muerte, se viera vencido por la misma naturaleza gracias a la cual había vencido.
Por eso, cuando nace el Señor, los ángeles cantan jubilosos: Gloria a Dios en el cielo, y anuncian: y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. Pues están viendo cómo la Jerusalén celestial se construye con gentes de todo el mundo; ¿cómo, pues, no habrá de alegrarse la humildad de los hombres con tan sublime acción de la piedad divina, cuando tanto se entusiasma la sublimidad de los ángeles?
Demos, por tanto, queridos hermanos, gracias a Dios Padre por medio de su Hijo, en el Espíritu Santo, puesto que se apiadó de nosotros a causa de la inmensa misericordia con que nos amó; estando nosotros muertos por los pecados; nos ha hecho vivir con Cristo, para que gracias a él fuésemos una nueva criatura, una nueva creación.
Despojémonos, por tanto, del hombre viejo con todas sus obras y, ya que hemos recibido la participación de la generación de Cristo, renunciemos a las obras de la carne.
Reconoce, cristiano, tu dignidad y, puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. Piensa de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. No olvides que fuiste liberado del poder de las tinieblas y trasladado a la luz y al reino de Dios.
Gracias al sacramento del bautismo te has convertido en templo del Espíritu Santo; no se te ocurra ahuyentar con tus malas acciones a tan noble huésped, ni volver a someterte a la servidumbre del demonio: porque tu precio es la sangre de Cristo.
Consuelo, esperanza, cercanía y oración del Papa a los cristianos de Oriente Medio
«Queridos hermanos y hermanas
¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en cualquier tribulación nuestra hasta el punto de poder consolar nosotros a los demás en cualquier lucha, mediante el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios!» (2 Co 1,3-4). Fueron estas palabras del apóstol Pablo las que se me vinieron a la mente cuando pensaba dirigirme a los hermanos cristianos de Oriente Medio».
Así empieza la carta del Papa animando a perseverar en la fe y fidelidad y a la comunión fraterna - «el ecumenismo de la sangre» - a ejemplo de la primera comunidad de Jerusalén. Recuerda «con afecto y veneración a los Pastores y fieles que en los últimos tiempos se les ha pedido el sacrificio de la vida, a menudo por el mero hecho de ser cristianos». Así como a las personas secuestradas y exhorta, una vez más, a impulsar el diálogo con judíos y musulmanes, que es «un servicio a la justicia y una condición necesaria para la tan anhelada paz».
«La dramática situación que viven nuestros hermanos cristianos en Irak, y también los Yazidíes y los miembros de otras comunidades religiosas y étnicas, exige por parte de todos los líderes religiosos una postura clara y valiente, para condenar unánimemente y sin rodeos esos crímenes, y denunciar la práctica de invocar la religión para justificarlos», reitera asimismo el Obispo de Roma y añade que casi todos los queridos hermanos cristianos en Oriente Medio son ciudadanos nativos de sus países y, por lo tanto, tienen «el deber y el derecho» de participar plenamente en la vida y crecimiento de su nación. Y que en la Región están «llamados a ser constructores de paz, de reconciliación y desarrollo, a promover el diálogo, construir puentes, según el espíritu de las bienaventuranzas (cf. Mt 5,3-12), a proclamar el evangelio de la paz, dispuestos a colaborar con todas las autoridades nacionales e internacionales».
Tras hacer hincapié en que «no podemos resignarnos a los conflictos como si no fuera posible un cambio». En sintonía con su peregrinación a Tierra Santa y el posterior encuentro deoración en el Vaticano con los Presidentes israelita y palestino, el Santo Padre invita a seguir orando por la paz en Oriente Medio. «Que quien se vio obligado a abandonar sus tierras, pueda regresar y vivir con dignidad y seguridad. Que la asistencia humanitaria se incremente, siempre buscando el bien de la persona y de cada país, respetando su propia identidad, sin anteponer otros intereses. Que toda la Iglesia y la Comunidad internacional sean cada vez más conscientes de la importancia de la presencia de los cristianos en la Región».
(CdM – RV)
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