lunes, 27 de enero de 2014

LLAMAMIENTO DEL PAPA POR LA PAZ EN UCRANIA


Ayer, tras rezar el Ángelus el pensamiento del Papa Francisco se dirigió a la violencia que está sacudiendo Ucrania:

“Estoy cercano con la oración a Ucrania, en particular a cuantos han perdido la vida en estos días y a sus familias. ¡Deseo que se desarrolle un diálogo constructivo entre las instituciones y la sociedad civil y, evitando todo recurso a acciones violentas, prevalezcan en el corazón de cada uno el espíritu de paz y la búsqueda del bien común!”

En la imagen (de Sergei Supinsky / AFP/Getty Images), un sacerdote ordotoxo intenta evitar el choque entre la policía y los manifestantes en el centro de Kiev, la capital de Ucrania. Escenas como ésta se repiten desde hace días: los sacerdotes, con gran riesgo de sus personas, se interponen tratando de evitar la violencia. Oremos por estos hermanos nuestros.
De News.va

Le llaman el “Papa de las sorpresas” Pero sus decisiones no deberían sorprender… ¿o es que nadie se lee el Evangelio?


El hombre de la memoria de hierro. Capaz de recordar que los fundamentos de la aventura cristiana en el mundo nacen en los brazos ardientes de un encuentro, ese con el Resucitado
en la mañana de la primera Pascua cristiana: sin esos brazos, el fuego de la Gracia cede el puesto a las cenizas de la desgracia, quizás disfrazada de Evangelio. La de Cristo, por tanto, es la única amistad que los hombres de todo tiempo pueden vanagloriarse de poseer. Todas las demás – decantadas en las formas más extravagantes, el célebre “amigo del amigo” – son malas imitaciones de esa única amistad reconocida por los Evangelios. Una amistad que trae sorpresa, quizás incluso cierta vergüenza. La sorpresa de algo inesperado, de un cambio de trayectoria, de un cambio que tenga como objetivo el único fin por el que vale la pena cambiar: hacer de manera que el pasado pueda ser contado un día a los que vengan detrás. Lo sabe bien el 
papa Francisco: definirlo como el hombre de las sorpresas es banalizar su persona, caracterizarlo como un conquistador de masas es quizás reírnos de su intento incansable de enganchar el mundo a Cristo, exaltarlo demasiado es no conocer que su grandeza tiene lugar en la impopularidad evangélica.

Y sin embargo, a él le gusta a menudo hablar de sorpresa: “Dios es siempre una sorpresa, y por tanto nunca sabes dónde y cómo lo encuentras, no eres tu el que fija los tiempos ni los lugares del encuentro”. Una sorpresa leída también en su doble vertiente: “me has dado una sorpresa”, porque cuando Cristo se acerca es siempre en vista de confiarse al hombre. Y en su otro significado: “me has sorprendido”, porque si bien es verdad que el cristianismo nace de un encuentro, también es verdad que de ese encuentro nosotros no decidimos los tiempos ni tampoco podemos tomar la iniciativa. Y si el Dios de las sorpresas no está en el centro, la Iglesia se desorienta. Podrá también organizar sorpresas, pero le faltará el ingrediente necesario para no leerlas como farsas: la imposibilidad de prever. Y, en consecuencia, la grandeza de quien acepta dejarse sorprender. De dejarse amar, más que de amar.
 
Le llaman el “Papa de las sorpresas”, y sin embargo es tan previsible en sus decisiones que dan ganas de decir a algunos: “¿pero habéis leído alguna vez el Evangelio?” Se sorprenden – hasta conmoverse – cuando habla de periferia:¿no es quizás cierto que desde las primeras palabras de la Escritura, cuando Dios decide cambiar el mundo, parte siempre de la periferia? Llama a pescadores y cobradores de impuestos, mujeres de mala vida y usureros, endereza a los cojos y a los paralíticos. Da la vuelta a la historia con un puñado de pescadores y un contable traidor: por no hablar de su entrada en el Paraíso llevando del brazo a un delincuente. Otros se sorprenden porque los cardenales se eligen en base a la proximidad a los pobres más que a las sedes cardenalicias y a las amistades interesadas: ¿no es cierto acaso que Dios elige lo débil del mundo para confundir a los fuertes? A las ambiciones de los hijos de Zebedeo – esponsorizadas por la inquietud de su madre – declaró abiertamente que prefería la otra cara de la historia: la que no es considerada, la olvidada, la despreciada. Las historias de periferia.
 
Le llaman el “Papa de las sorpresas". Pero después se enfadan si las sorpresas que da al mundo no se corresponden con su voluntad. Desde que el mundo existe, sin embargo, la sorpresa es bonita si es inesperada, impredecible, inimaginable. Las demás se parecen a los regalos de cumpleaños “pilotados”: “por favor, por lo menos finge sorprenderte cuando lo abres”. Ha existido también ese tiempo en la Iglesia: ciertas sorpresas tenían poco de sorprendente, aunque iban a la moda. Se hacían sorpresas unos a otros: es decir, se compartía la apatía del descontento. Esta vez parece la vez buena: la única sorpresa es Cristo. Y los primeros birretes cardenalicios han ido derechos a la periferia, allí donde late fuerte el corazón de Cristo.
 
Artículo tomado del blog Sulla Strada di Emmaus

domingo, 26 de enero de 2014

Que la alegría del Evangelio llegue hasta a los confines de la tierra y ninguna periferia se prive de su luz: el Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! El Evangelio de este domingo narra los inicios de la vida pública de Jesús en las ciudades y aldeas de Galilea. 

Su misión no parte de Jerusalén, es decir del centro religioso, social y político, sino de una zona periférica, despreciada por los judíos más observantes, con motivo de la presencia en aquella región de diversas poblaciones; por ello el profeta Isaías la indica como “Galilea de los gentiles” (Is 8, 23).
 

Es una tierra de frontera, una zona de tránsito donde se encuentran personas diferentes por raza, cultura y religión. Galilea se convierte así en el lugar simbólico para la apertura del Evangelio a todos los pueblos. 

Desde este punto de vista, Galilea se parece al mundo de hoy: comprendida por diversas culturas, necesidad de confrontación y de encuentro. También nosotros estamos inmersos cada día en una “Galilea de los gentiles”, y en este tipo de contexto podemos asustarnos y ceder a la tentación de construir recintos para estar más seguros, más protegidos. 

Pero Jesús nos enseña que la Buena Noticia no está reservada a una parte de la humanidad, hay que comunicarla a todos. Es un buen anuncio destinado a cuantos lo esperan, pero también a quienes, tal vez, ya no esperan, y ni siquiera tienen la fuerza de buscar y de pedir.
 

Partiendo de Galilea, Jesús nos enseña que nadie está excluido de la salvación de Dios, más bien, que Dios prefiere partir desde la periferia, de los últimos, para alcanzar a todos. Nos enseña un método, su método, que expresa el contenido, es decir la misericordia del Padre. “Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 20).
 

Jesús comienza su misión no sólo desde un lugar descentrado, sino también a partir de hombres que se dirían “de bajo perfil”. Para elegir a sus primeros discípulos y futuros apóstoles, no se dirige a las escuelas de los escribas y doctores de la Ley, sino a las personas humildes y sencillas, que se preparan con empeño a la llegada del Reino de Dios. 

Jesús va a llamarlos allí donde trabajan, en la ribera del lago: son pescadores. Los llama, y ellos lo siguen inmediatamente. Dejan las redes y van con Él: su vida se convertirá en una aventura extraordinaria y fascinante.
 


Queridos amigos y amigas, ¡el Señor llama también hoy! Pasa por los caminos de nuestra vida cotidiana; también hoy, en este momento, aquí, el Señor, pasa por la plaza. Nos llama a ir con Él, a trabajar con Él por el Reino de Dios, en las “Galileas” de nuestros tiempos. Cada uno de ustedes piense: el Señor pasa hoy, el Señor me mira, ¡me está mirando! ¿Qué me dice el Señor?
 

Y si alguno de ustedes oye que el Señor le dice: “sígueme”, sea valiente, vaya con Él; Él no decepciona jamás. ¡Dejemos alcanzarnos por su mirada, por su voz, y sigámoslo! “Para que la alegría del Evangelio llegue hasta a los confines de la tierra y ninguna periferia se prive de su luz” (Ibíd., 288)
(Traducción de Griselda Mutual – RV).

Dios, como a Pablo, te invita a la conversión

Hoy, 25 de enero, se hace memoria de la "Conversión de san Pablo" (...) En el caso de Pablo, algunos prefieren no utilizar el término conversión, porque -dicen- él ya era creyente, es más hebreo ferviente y por ello no pasó de la no-fe a la fe, de los ídolos a Dios, ni tuvo que abandonar la fe hebrea para adherirse a Cristo. En realidad, la experiencia del Apóstol puede ser el modelo de toda auténtica conversión cristiana.

La de Pablo maduró en el encuentro con el Cristo resucitado; fue este encuentro el que le cambió radicalmente la existencia. En el camino de Damasco sucedió para él lo que Jesús pude en el Evangelio de hoy: Saulo se convirtió porque, gracias a la luz divina, "creyó en el Evangelio". En esto consiste su conversión y la nuestra: en creer en Jesús muerto y resucitado y en abrirse a la iluminación de su gracia divina.

En aquel momento, Saulo comprendió que su salvación no dependía de las obras buenas realizadas según la ley, sino del hecho que Jesús había muerto también por él -el perseguidor- y que estaba, y está, resucitado. Esta verdad, que gracias al Bautismo ilumina la existencia de cada cristiano, alumbra completamente nuestro modo de vivir.

Convertirse significa, también para cada uno de nosotros, creer que Jesús "se ha entregado a sí mismo por mí", muriendo en la cruz (cfr Gal 2,20) y, resucitado, vive conmigo y en mí. Confiándome al poder de su perdón, dejándome tomar la mano por Él, puedo salir de las arenas movedizas del orgullo y del pecado, de la mentira y de la tristeza, del egoísmo y te toda falsa seguridad, para conocer y vivir la riqueza de su amor. 

Queridos amigos, la invitación a la conversión, valorada por el testimonio de san Pablo, resuena hoy (...) El Apóstol nos indica la actitud espiritual adecuada para poder progresar en el camino de la comunión. "Ciertamente no he llegado a la meta -escribe a los Filipenses -, no he llegado a la perfección; pero me esfuerzo en correr para alcanzarla, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús" (Fil 3,12).

Ciertamente, nosotros los cristianos no hemos conseguido llegar aún a la meta de la unidad plena, pero si nos dejamos continuamente convertir por el Señor Jesús, llegaremos seguramente.

La Virgen María, Madre de la Iglesia una y santa, nos obtenga el don de una conversión verdadera, para que cuanto antes se realice el anhelo de Cristo: "Ut unum sint". 
Fragmento de las palabras dSS Benedicto XVI durante el Ángelus, en la Fiesta de la Conversión de San Pablo 25 enero 2009.
Fuente: Catholic.net

Para un examen de conciencia, por el Papa Francisco

«¿Nos avergonzamos de los escándalos en la Iglesia?». Es un profundo examen de conciencia el que propuso el Papa Francisco el jueves 16 de enero, por la mañana, durante la homilía de la misa celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta. Un examen de conciencia que se dirige a la raíz de las razones de los «muchos escándalos» que dijo no querer «mencionar en particular» porque «todos sabemos donde están».

Y precisamente a causa de los escándalos no se da al pueblo de Dios «el pan de la vida» sino «un alimento envenenado». Los escándalos —explicó una vez más el Papa— tuvieron lugar porque « la Palabra de Dios era algo raro en esos hombres, en esas mujeres» que los realizaron, aprovechando su «posición de poder y comodidad en la Iglesia» sin tener, sin embargo, ninguna relación con «la Palabra de Dios». Porque, puntualizó, no sirve para nada decir «yo llevo una medalla» o «yo llevo la cruz» si no se tiene «una relación viva con Dios y con la Palabra de Dios». Además, algunos de estos escándalos —indicó una vez más el Papa— hicieron justamente también «pagar mucho dinero».
La reflexión del Pontífice se inspiró en la oración del salmo responsorial —el número 43— proclamado en la liturgia del día. Una oración que se refiere a lo relatado en la primera lectura: la derrota de Israel. Se habla de ello en el primer libro de Samuel (4- 1,11). Recita el salmo citado por el Papa: «Ahora, en cambio, nos rechazas y nos avergüenzas, y ya no sales, Señor, con nuestras tropas; nos haces retroceder ante el enemigo, y nuestro adversario nos saquea». Es con estas palabras, dijo el Pontífice, que «reza el justo de Israel después de las muchas derrotas que tuvo en su historia».
Derrotas que suscitan algunas preguntas: «¿Por qué el Señor dejó así a Israel, en manos de los filisteos? ¿Abandonó el Señor a su pueblo? ¿Ocultó su rostro?». El Papa precisó que la pregunta de fondo es: «¿Por qué el Señor abandonó a su pueblo en esa lucha contra los enemigos? Pero los enemigos no sólo del pueblo, sino del Señor». Enemigos que «odiaban a Dios», que «eran paganos».
«La clave para buscar una respuesta» a esta pregunta decisiva el Pontífice la indicó en algunos versículos de la liturgia del día anterior: «En aquellos días era rara la Palabra del Señor» (1 Samuel 3, 1). «En medio de su pueblo —explicó nuevamente refiriéndose a la Escritura— no estaba la Palabra del Señor, a tal punto que el joven Samuel no comprendía» quién le llamaba. El pueblo, por lo tanto, «vivía sin la Palabra del Señor. Se había alejado de Él». El anciano sacerdote Elí era «débil» y «sus hijos, mencionados dos veces aquí», eran «corruptos: asustaban al pueblo y lo apaleaban». Así «sin la Palabra de Dios, sin la fuerza de Dios» dejaban espacio al «clericalismo» y a la «corrupción clerical».
En este contexto, sin embargo, prosiguió el Papa, el pueblo se «da cuenta» de que estaba «lejos de Dios y dice: “vayamos a buscar el arca”». Pero llevan «el arca al campamento» como si fuese la expresión de una magia: de este modo no se disponían a la búsqueda del Señor sino de «una cosa que es mágica». Y con el arca «se sienten seguros».
Por su parte, «los filisteos comprendieron el peligro», sobre todo, tras oír «el eco de ese alarido» que suscitó la llegada del arca al campamento de Israel y se preguntaron qué significaba. «Se enteraron —continuó— que había llegado a su campo el arca del Señor». Se lee, en efecto, en el libro de Samuel: «Los filisteos se sintieron atemorizados y dijeron: “Dios ha venido al campamento”». Por lo tanto, los filisteos pensaban que habían ido a buscar a Dios y que Él estaba realmente presente en su campamento. En cambio, el pueblo de Israel no se había dado cuenta de que con el arca no había «entrado la vida».
Y la Escritura relata luego detalladamente las dos derrotas contra los filisteos: en la primera murieron cerca de cuatro mil; en la segunda, treinta mil. Además, «el arca de Dios fue tomada por los filisteos y los dos hijos de Elí, Jofní y Pinjás, murieron».
«Este pasaje de la Escritura —destacó el Papa— nos hace pensar» en «cómo es nuestra relación con Dios, con la Palabra de Dios. ¿Es una relación formal, o una relación lejana? La Palabra de Dios entra en nuestro corazón, cambia nuestro corazón, ¿tiene este poder, o no?». ¿O bien «es una relación formal, todo bien, pero el corazón está cerrado a esa Palabra?».
Una serie de preguntas —precisó el Pontífice— que «nos lleva a pensar en tantas derrotas de la Iglesia. En tantas derrotas del pueblo de Dios». Derrotas debidas «sencillamente» al hecho de que el pueblo «no percibe al Señor, no busca al Señor, no se deja buscar por el Señor». Luego, al verificarse la tragedia se dirige al Señor para preguntar: «pero Señor, ¿qué pasó?». Se lee en el salmo 43: «Nos haces el escarnio de nuestros vecinos, irrisión y burla de los que nos rodean; nos has hecho el refrán de los gentiles, nos hacen muecas las naciones» (vv. 14-15). Y es lo que nos lleva, destacó el Papa Francisco, a «pensar en los escándalos de la Iglesia: ¿pero nos avergonzamos?». Y añadió: «Muchos escándalos que yo no quiero mencionar en particular, pero todos los conocemos. Sabemos donde están». Algunos «escándalos —dijo— hicieron pagar mucho dinero. Está bien...». Y fue en este punto que habló sin medios términos de «vergüenza de la Iglesia» por esos escándalos que suenan como muchas «derrotas de sacerdotes, obispos y laicos».
La cuestión, continuó el Pontífice, es que « la Palabra de Dios en esos escándalos era poco común. En esos hombres, en esas mujeres, la Palabra de Dios era rara. No tenían relación con Dios. Tenían una posición en la Iglesia, una posición de poder, incluso de comodidad». Pero «no la Palabra de Dios», eso no. Y «de nada sirve decir “pero yo llevo una medalla, yo llevo la cruz: como aquellos que llevaban el arca, sin una relación viva con Dios y con la Palabra de Dios». Recordando las palabras de Jesús respecto a los escándalos repitió que de ellos «derivó toda una decadencia del pueblo de Dios, hasta la debilidad, la corrupción de los sacerdotes».

El Papa Francisco concluyó la homilía con dos pensamientos: la Palabra de Dios y el pueblo de Dios. En cuanto al primero propuso un examen de conciencia: «¿Está viva la Palabra de Dios en nuestro corazón? ¿Cambia nuestra vida o es como el arca que va y viene» o «el evangeliario muy bonito» pero «no entra en el corazón?». En cuanto al pueblo de Dios se centró en el mal que le ocasionan los escándalos: «Pobre gente —dijo—, pobre gente. No damos de comer el pan de la vida. No damos de comer la verdad. Muchas veces damos de comer un alimento envenenado».
Fuente: http://www.osservatoreromano.va/es

Jesús llama a los primeros apóstoles. Evangelio según San Mateo 4,12-23.


Cuando Jesús se enteró de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea.
Y, dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí,para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías:

¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, país de la Transjordania, Galilea de las naciones!
El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en las oscuras regiones de la muerte, se levantó una luz.
A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: "Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca".

Mientras caminaba a orillas del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar porque eran pescadores.

Entonces les dijo: "Síganme, y yo los haré pescadores de hombres".
Inmediatamente, ellos dejaron las redes y lo siguieron.

Continuando su camino, vio a otros dos hermanos: a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca con Zebedeo, su padre, arreglando las redes; y Jesús los llamó.
Inmediatamente, ellos dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron.

Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias de la gente. 
Fuente: News. va

sábado, 25 de enero de 2014

«LA DEVOCIÓN SE HA DE EJERCITAR DE DIVERSAS MANERAS», de san Francisco de Sales

En la misma creación, Dios creador mandó a las plantas que diera cada una fruto según su propia especie: así también mandó a los cristianos, que son como las plantas de su Iglesia viva, que cada uno diera un fruto de devoción conforme a su calidad, estado y vocación.



 La devoción, insisto, se ha de ejercitar de diversas maneras, según que se trate de una persona noble o de un obrero, de un criado o de un príncipe, de una viuda o de una joven soltera, o bien de una mujer casada. Más aún: la devoción se ha de practicar de un modo acomodado a las fuerzas, negocios y ocupaciones particulares de cada uno.

Dime, te ruego, mi Filotea, si sería lógico que los obispos quisieran vivir entregados a la soledad, al modo de los cartujos; que los casados no se preocuparan de aumentar su peculio más que los religiosos capuchinos; que un obrero se pasara el día en la iglesia, como un religioso; o que un religioso, por el contrario, estuviera continuamente absorbido, a la manera de un obispo, por todas las circunstancias que atañen a las necesidades del prójimo. Una tal devoción ¿por ventura no sería algo ridículo, desordenado o inadmisible?

Y, con todo, esta equivocación absurda es de lo más frecuente. No ha de ser así; la devoción, en efecto, mientras sea auténtica y sincera, nada destruye, sino que todo lo perfecciona y completa, y, si alguna vez resulta de verdad contraria a la vocación o estado de alguien, sin duda es porque se trata de una falsa devoción.

viernes, 24 de enero de 2014

Ver siempre en el otro la imagen de Dios, el Papa el viernes en Santa Marta


No es fácil construir el diálogo con los demás, especialmente si nos divide el rencor. Pero el cristiano busca siempre el camino de escucha y reconciliación, con humildad y docilidad, porque eso es lo que nos ha enseñado Jesús. Fue en síntesis el pensamiento del Papa Francisco en su homilía durante la Misa de la mañana en la Casa de Santa Marta.


Me rompo, pero no me doblego, afirma un cierto dicho popular. Me doblego para no romperme, sugiere la sabiduría cristiana. Dos modos de entender la vida: el primero, con su dureza, fácilmente destinado a levantar muros de incomunicación entre las personas, hasta la degeneración del odio. El segundo proclive a tender puentes de comprensión, también después de un altercado, una discusión. Pero, advirtió Francisco, a condición de buscar y practicar “la humildad”. La homilía en Santa Marta continuó a aquella de ayer. Al centro de la lectura litúrgica, y de la reflexión del Papa, nuevamente el enfrentamiento entre el Rey Saúl y David. El segundo, en un arranque, tiene ocasión de matar al primero pero, observó el Santo Padre, escoge “otro camino: el camino de acercarse, de esclarecer la situación, de explicarse. El camino del diálogo para hacer la paz”:“Para dialogar es necesaria la docilidad, sin gritar. Es necesario pensar que también la otra persona tiene más que yo, y David lo pensaba: ‘Él es el ungido del Señor, es más importante que yo’. La humildad, la docilidad… Para dialogar, es necesario hacer lo que hoy hemos pedido en la oración, al inicio de la Misa: darse todo a todos. Humildad, docilidad, darse todo a todos y también – pero no está escrito en la Biblia – todos sabemos que para hacer esto es necesario tragarse tantas cosas. Pero, debemos hacerlo, porque la paz se consigue así: con la humildad, la humillación, buscando siempre ver en el otro la imagen de Dios”.



“Dialogar es difícil”, reconoció el Obispo de Roma. Pero peor del tentar construir un puente con un adversario es dejar crecer en el corazón el rencor hacia él. De esta manera, afirmó, nos quedamos “aislados en este caldo amargo de nuestro resentimiento”. Un cristiano, en cambio, tiene como modelo a David, que vence el odio con “un acto de humildad”:“Humillarse, y siempre hacer el puente, siempre. Siempre. Y esto es ser cristiano. No es fácil. No es fácil. Jesús lo hizo: se humilló hasta el final, nos hizo ver el camino. Y es necesario que no pase tanto tiempo: cuando existe el problema, lo más pronto posible, en el momento en el que se pueda hacer, después que la tormenta ha pasado, acercarse al diálogo, porque el tiempo hace crecer el muro, así como hace crecer la mala hierba que impide el crecimiento del grano. Y cuando los muros crecen es muy difícil la reconciliación: ¡es muy difícil!”.


No es un problema si “alguna vez los platos vuelan” – “en familia, en las comunidades, entre los vecinos” – repitió el Papa. Lo importante es “buscar la paz lo más pronto posible”, con una palabra, un gesto. Un puente antes que un muro, como aquel que por tantos años dividió Berlín. Porque “también, en nuestro corazón – dijo el Papa Francisco – hay la posibilidad de convertirse en Berlín con el Muro con los demás”:“Yo tengo miedo de estos muros, de estos muros que crecen cada día y favorecen los resentimientos. También el odio. Pensemos en este joven David: habría perfectamente podido vengarse, habría podido echar al rey y eligió el camino del diálogo, con la humildad, la mansedumbre, la dulzura. Hoy, podemos pedir a San Francisco de Sales, Doctor de la dulzura, que dé a todos nosotros la gracia de hacer puentes con los demás, jamás muros”.

(RC-RV)

ORAR CON EL SALMO DE HOY: CUANDO ME ASALTA EL TEMOR, PONGO MI CONFIANZA EN DIOS


Del salmo 56: 

Ten piedad de mí, Señor, porque me asedian,

todo el día me combaten y me oprimen:
mis enemigos me asedian sin cesar,
son muchos los que combaten contra mí.

Cuando me asalta el temor,
yo pongo mi confianza en Ti, Dios Altísimo;
confío en Dios y alabo su Palabra,
confío en Él y ya no temo:

¿qué puede hacerme un simple mortal?
Tú has anotado los pasos de mi destierro;
recoge mis lágrimas en tu odre:
¿acaso no está todo registrado en tu Libro?

Mis enemigos retrocederán cuando te invoque.
Yo sé muy bien que Dios está de mi parte;
confío en Dios y alabo su palabra;
confío en Él y ya no temo:
¿qué pueden hacerme los hombres?

Debo cumplir, Dios mío, los votos que te hice:
te ofreceré sacrificios de alabanza

De News.va

jueves, 23 de enero de 2014

“Quien odia a su hermano es un homicida”, el Papa el jueves en Santa Marta


Que los cristianos cierren las puertas a los celos, envidias y habladurías que dividen y destruyen nuestras comunidades: fue la exhortación lanzada por el Papa Francisco, esta mañana, en la Misa presidida en la Casa de Santa Marta en la sexta jornada de oración por la unidad de los cristianos.


La reflexión del Papa partió de la primera lectura del día que habla de la victoria de los israelitas sobre los filisteos gracias al coraje del joven David. La alegría de la victoria se trasforma rápidamente en tristeza y celos del rey Saúl ante las mujeres que alaban a David por haber matado a Goliat. Entonces, “aquella gran victoria – afirmó el Santo Padre - comienza a convertirse en derrota en el corazón del rey” en el que se insinúa, como ocurrió con Caín, el “gusano de los celos y de la envidia”. Como Caín con Abel, el rey decide asesinar a David. “Así actúan los celos en nuestros corazones – observó el Pontífice – es una mala inquietud, que no tolera que un hermano o una hermana tengan algo que yo no tengo”. Saúl, “en vez de alabar a Dios, como hacían las mujeres de Israel, por esta victoria, prefiere encerrarse en sí mismo, amargarse”, “cocinar sus sentimientos en el caldo de la amargura”:


“Los celos llevan a matar. La envidia lleva a matar. Justamente fue esta puerta, la puerta de la envidia, por la cual el diablo entró en el mundo. La Biblia dice: ‘Por la envidia del diablo entró el mal en el mundo’. Los celos y la envidia abren las puertas a todas las cosas malas. También dividen a la comunidad. Una comunidad cristiana, cuando sufre – algunos de los miembros – de envidia, de celos, termina dividida: uno contra el otro. Este es un veneno fuerte. Es un veneno que encontramos en la primera página de la Biblia con Caín”.

En el corazón de una persona golpeada por los celos y por la envidia – subrayó el Obispo de Roma- ocurren “dos cosas clarísimas”. La primera cosa es la amargura:

“La persona envidiosa, la persona celosa es una persona amargada: no sabe cantar, no sabe alabar, no sabe qué cosa sea la alegría, siempre mira ‘qué cosa tiene aquel y que yo no tengo’. Y esto lo lleva a la amargura, a una amargura que se difunde sobre toda la comunidad. Son, estos, sembradores de amargura. Y la segunda actitud, que lleva a los celos y a la envidia, son las habladurías. Porque este no tolera que aquel tenga algo, la solución es abajar al otro, para que yo esté un poco más alto. Y el instrumento son las habladurías. Busca siempre y tras un chisme verás que están los celos, está la envidia. Y las habladurías dividen a la comunidad, destruyen a la comunidad. Son las armas del diablo”.


“Cuántas hermosas comunidades cristianas” – exclamó el Papa – van bien, pero luego en uno de sus miembros entra el gusano de los celos y de la envidia y, con esto, la tristeza, el resentimiento de los corazones y las habladurías. “Una persona que está bajo la influencia de la envidia y de los celos – recalcó – mata”, como dice el apóstol Juan: “Quien odia a su hermano es un homicida”. Y “el envidioso, el celoso, comienza a odiar al hermano”:


“Hoy, en esta Misa, recemos por nuestras comunidades cristianas, para que esta semilla de los celos no sea sembrada entre nosotros, para que la envidia no encuentre lugar en nuestro corazón, en el corazón de nuestras comunidades, y así podremos ir adelante con la alabanza del Señor, alabando al Señor, con la alegría. Es una gracia grande, la gracia de no caer en la tristeza, del estar resentidos, en los celos y en la envidia”. (RC-RV)

El hombre ve la apariencia, pero el Señor el corazón, el Papa el martes en Santa Marta

Custodiemos nuestra pequeñez para dialogar con la grandeza del Señor. Lo afirmó el Papa Francisco en la Misa matutina en la Casa de Santa Marta. El Pontífice subrayó que el Señor tiene con nosotros una relación personal, jamás un diálogo masivo. El Señor, prosiguió, elige siempre a los pequeños, quien tiene menos poder, es porque mira a nuestra humildad.
El Señor y los pequeños. El Santo Padre centró su homilía en este binomio subrayando que “la relación del Señor con su pueblo es una relación personal” “siempre, de persona a persona”. Él, agregó, “es el Señor y el pueblo tiene un nombre”, “no es un diálogo entre el poderoso y la masa”. Es un diálogo “personal”:
“Y en un pueblo, cada uno tiene su lugar. El Señor jamás habla a la gente así, a la masa, jamás. Habla siempre personalmente, con los nombres. Y elige personalmente. El relato de la creación es una figura que hace ver esto: es el mismo Señor que con sus manos artesanalmente hace al hombre y le da un nombre: 'Tú te llamas Adán'. Y así comienza aquella relación entre Dios y la persona. Y hay otra cosa, una relación entre Dios y nosotros pequeños: Dios, es grande, y nosotros pequeños. Cuando debe elegir a las personas, también a su pueblo, Dios siempre elige a los pequeños”.
Dios, prosiguió, elige a su pueblo porque es “el más pequeño”, tiene “menos poder” que los otros pueblos. Precisamente hay un “diálogo entre Dios y la pequeñez humana”. También la Virgen dirá: “El Señor ha mirado mi humildad”. El Señor “ha elegido a los pequeños”. En la primera Lectura de hoy, observó, “se ve claramente esta actitud del Señor”. El profeta Samuel está ante el más grande de los hijos de Jesé y piensa que sea “su consagrado, porque era un hombre alto, grande”. Pero el Señor, observó el Pontífice, le dice “No te fijes en su aspecto ni en lo elevado de su estatura, porque yo lo he descartado, porque aquello que ve el hombre no cuenta”. De hecho, recalcó el Pontífice, “el hombre ve la apariencia, pero el Señor ve el corazón. El Señor elige según sus criterios”. Y elige “a los débiles y a los dóciles, para confundir a los poderosos de la tierra”. Al final, por lo tanto, “el Señor escoge a David, el más pequeño”, que “no contaba para su padre”. “No estaba en casa”, estaba “cuidando las ovejas”. El mismo David también “fue elegido”:
“Todos nosotros con el Bautismo hemos sido elegidos por el Señor. Todos somos elegidos. Nos ha elegido uno a uno. Nos ha dado un nombre y nos mira. Hay un diálogo, porque el Señor ama así. También David luego se volvió rey y se equivocó. Quizás cometió tantas equivocaciones, pero la Biblia nos cuenta dos errores fuertes, dos errores de aquellos grandes. ¿Qué hizo David? Se humilló. Volvió a su pequeñez y dijo: ‘Soy un pecador’. Y pidió perdón e hizo penitencia”.
Y después del segundo pecado, prosiguió, David dijo al Señor: “Castígame, no al pueblo. El pueblo no tiene la culpa, yo soy el culpable”. David, reflexionó el Obispo de Roma, “custodió su pequeñez, con el arrepentimiento, con la oración, con el llanto”. “Pensando en estas cosas, en este diálogo entre el Señor y nuestra pequeñez”, agregó, “me pregunto dónde está la fidelidad cristiana”:
“La fidelidad cristiana, nuestra fidelidad, es simplemente custodiar nuestra pequeñez, para que pueda dialogar con el Señor. Custodiar nuestra pequeñez. Por esto la humildad, la docilidad, son muy importantes en la vida del cristiano, porque es una custodia de la pequeñez, a la cual el Señor gusta mirar. Y siempre existirá el diálogo entre nuestra pequeñez y la grandeza del Señor. Que el Señor nos dé, por intercesión de San David - también por la intercesión de la Virgen que cantaba alegre a Dios, porque había mirado su humildad - el Señor nos de la gracia de custodiar ante Él nuestra pequeñez”. (RC-RV)

LA CONVERSIÓN A DIOS “Conviértete al Señor, tu Dios”

Éxodo 3,1-15: Yo Soy me envía a vosotros.
Sal 102: El Señor es compasivo y misericordioso.
1 Corintios 10,1-6.10-12: La vida del pueblo en el desierto fue escrita para escarmiento nuestro.
Lucas 13, 1-9 :Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.

Yo Soy (Yahvé):
Dios es indefinible, el hombre no puede usar su santo nombre en vano; ante Él hay que descalzarse las sandalias. ¿Quién es Dios para mí? ¿Cómo me ponga delante de Él ¿Le adoro y amo sobre todas las cosas?

Zarza que no se extingue:
Se trata del fuego que es Dios mismo, en su misteriosa proximidad al hombre; un fuego, que debe llamear en el corazón de la historia y de cada ser humano, para purificarlo. ¿? ¿Arde mi corazón ante su presencia y la escucha de su Palabra?

El Dios Libertador:
Él ve la opresión de su pueblo, y oye su lamento; no es indiferente a su esclavitud, viene a liberarlo y a darle la Tierra prometida. ¿Experimento que Dios está atento a mis problemas? ¿Le presento en la oración mis sufrimientos y los de los hombres?

Un Dios “Celoso”:
Dios desea ardientemente la conversión del pecador, y sabe esperar antes de intervenir con su justicia. Como buen Labrador exige a su viña que dé higos, si no, la cortará. Porque, çomo nos dice el evangelio, “si no os convertís, pereceréis!” ¿Siento a Dios “celoso” de mi amor? ¿La exigencia de Dios me hace crecer o me frena y aleja de El? ¿La fe me libera o me oprime?

Un Dios Pedagogo:
Es un Dios providente, que nos pone ante los ojos la historia de Israel para que estemos atentos y nos mantengamos en pie. Esa historia es para todos nosotros invitación fuerte a la conversión: “Todo esto se escribió para escarmiento vuestro.” ¿Veo en mi vida concreta a Dios? ¿Miro mis experiencias pasadas como historia de salvación? ¿Cómo me enseña Dios a través de la vida?

Un Dios Paciente:
Dios sabe que convertirse de verdad no es fácil, ni cosa de horas o días. Porque conoce el interior del hombre, Dios sabe esperar, no tiene prisas, cuando ve una disposición sincera para la conversión; “Déjala todavía un año, a ver si da fruto.” ¿Cómo experimento la paciencia de Dios conmigo? ¿Me ayuda a aceptarme?

Dios Compasivo y Misericordioso:
El Dios que nos trae Jesús, sobre todo, es Padre. “El perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades”; “rescata tu vida de la fosa, te coIma de gracia y de ternura”. “Hace justicia y defiende a los oprimidos”; “enseña sus caminos”. Es “lento a la cólera y rico en clemencia”. Por eso “bendice, alma mía al Señor, y todo mi ser a su santo nombre.” ¿Me conmueve su ternura y su clemencia? ¿Es de ver dad para mí compasivo y misericordioso? ¿Tengo presentes sus beneficios?

Bendice, alma mía, al Señor, / y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor, / y no olvides sus beneficios.
Él perdona todas tus culpas / y cura todas tus enfermedades;
Él rescata tu vida de la fosa / y te colma de gracia y de ternura.
El Señor hace justicia / y defiende a todos los oprimidos;
enseñó sus caminos a Moisés / y sus hazañas a los hijos de Israel
El Señor es compasivo y misericordioso, / lento a la ira y rico en clemencia;
como se levanta el cielo sobre la tierra, / se levanta su bondad sobre sus fieles.

miércoles, 22 de enero de 2014

“Que todos sean una sola cosa”: Invocación del Papa durante la Audiencia General recordando la Semana de oración por la unidad de los cristianos

Como cada miércoles la Plaza de San Pedro volvió a ser escenario de la Audiencia General del Papa. Ante miles de fieles y peregrinos Francisco dedicó su catequesis a reflexionar sobre la Semana de oración por la unidad de los cristianos: “un tiempo dedicado a la oración para seguir la voluntad de Cristo”. El Obispo de Roma recordó que cada año un grupo ecuménico de una región del mundo, bajo la guía del Consejo ecuménico de las Iglesias y del Pontificio Consejo para la unidad de los cristianos, sugieren un tema para la Semana de Oración. Este año, la pregunta es: “Acaso está dividido Cristo?”. No, Cristo no está dividido, dijo el Papa. “Sin embargo, notó debemos reconocer con dolor que en nuestras comunidades se dan divisiones que son un escándalo y que afectan a la credibilidad y eficacia de nuestro compromiso evangelizador”. “También nosotros, a pesar del sufrimiento causado por las divisiones, debemos aprender a reconocer con gozo los dones que Dios ha concedido a otros cristianos, y a recibirlos con un corazón grande y generoso. Y para esto se requiere humildad, reflexión y una continua conversión”.

Resumen de su catequesis y palabras del Papa en nuestro idioma:
Queridos hermanos y hermanas:
Estamos celebrando la semana de oración por la unidad de los cristianos, que concluirá el próximo sábado, fiesta de la Conversión de san Pablo. Se trata de un tiempo dedicado a la oración para que, como quiere el Señor, todos los bautizados seamos una sola familia (cf. Jn 17,21). El tema propuesto para este año se refiere a la pregunta que san Pablo dirigió a los cristianos de Corinto, que se encontraban divididos en distintas facciones: «¿Acaso está dividido Cristo? (1 Co 1,13). No, Cristo no está dividido. Sin embargo, debemos reconocer con dolor que en nuestras comunidades se dan divisiones que son un escándalo y que afectan a la credibilidad y eficacia de nuestro compromiso evangelizador.
Ahora bien, Pablo no sólo les reprende por sus disputas, sino que también da gracias a Dios por los dones que ha derramado en ellos.
También nosotros, a pesar del sufrimiento causado por las divisiones, debemos aprender a reconocer con gozo los dones que Dios ha concedido a otros cristianos, y a recibirlos con un corazón grande y generoso. Y para esto se requiere humildad, reflexión y una continua conversión. Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos venidos de España, Argentina, México y otros países latinoamericanos. Invito a todos a que llenos de gozo por el don de la filiación divina recibida en el bautismo, sepamos reconocer con alegría y humildad los dones que Dios concede a otros cristianos. Que Dios les bendiga.

martes, 21 de enero de 2014

Ponerme entre tus manos

Un momento de pausa. El sol inicia su caída. La noche avanza con prisas. Llega el tiempo necesario para descansar. El camino no termina. Dejo para mañana el inicio de una nueva etapa. 

¿Qué ha sido de este día? ¿Qué pude sembrar? ¿Qué recibí? ¿Dónde estuvo anclado mi corazón? ¿Hacia dónde dirigí mi mirada?


Hoy avancé entre dudas y certezas, alegrías y penas. Tuve ratos de luz y momentos de oscuridad. El camino sigue allí, y mañana tendré que reemprender la marcha.

Las noticias a mi alrededor hablan de guerras y de crímenes, de injusticias y de hambres, de pecados y de angustias. El mundo no consigue esa felicidad que tanto anhela.

Mientras, hombres y mujeres desconocidos levantan sus manos y dirigen una oración al Dios que hizo el cielo y la tierra, que nos sueña y nos espera, que nos perdona y nos salva.

Mi vida pende de un hilo frágil. Hoy tomé decisiones, inicié proyectos, fracasé y empecé de nuevo. La salud me sostuvo, pero mañana puede llegar ese accidente tan temido. O, Dios lo quiera, esa ayuda que viene de lo alto y limpia las heridas de mi alma.

No hay certezas en este mundo inquieto. Sólo puedo mirar al cielo y descubrir, más allá de las tinieblas, la belleza del hogar en el que el Padre espera a cada uno de sus hijos.

Ante el camino que me espera necesito, simplemente, ponerme entre tus manos, abandonarme a tu Amor. Te dejaré entonces guiar mis pasos, sostener mi corazón, curar mis heridas, perdonar mis pecados. Permitiré que seas ese Amigo íntimo que escucha y aconseja, que acaricia y que levanta, que salva y que acompaña.
P. Fernando Pascual

lunes, 20 de enero de 2014

SEMANA DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS (18-25 DE ENERO). REFLEXIÓN DEL PAPA FRANCISCO Y ORACIÓN


«Hoy en día, el camino ecuménico y las relaciones entre los cristianos están atravesando cambios significativos, debidos en primer lugar al hecho de que hemos de profesar nuestra fe en el contexto de sociedades y culturas en las que cada vez está menos presente la referencia a Dios y a todo lo que recuerde la dimensión trascendente de la vida. Lo notamos sobre todo en Europa, pero no sólo. 

Precisamente por este motivo, es necesario que nuestro testimonio se concentre en el núcleo de nuestra fe, en el anuncio del amor de Dios que se ha manifestado en Cristo su Hijo. Encontramos aquí espacio para crecer en la comunión y en la unidad entre nosotros, promoviendo el ecumenismo espiritual, que nace directamente del mandamiento del amor dejado por Jesús a sus discípulos. A esta dimensión se refiere también el Concilio Vaticano II: “Esta conversión del corazón y santidad de vida, juntamente con las oraciones privadas y públicas por la unidad de los cristianos, han de considerarse como el alma de todo el movimiento ecuménico, y con razón puede llamarse ecumenismo espiritual” (Decr. Unitatis redintegratio, 8). 

El ecumenismo es, de hecho, un proceso espiritual que se realiza en la obediencia fiel al Padre, en el cumplimiento de la voluntad de Cristo y bajo la guía del Espíritu Santo». Papa Francisco, discurso a la Delegación ecuménica de Finlandia, 17 de enero.

Oración por la unidad: 

Señor, tómanos desde donde estamos actualmente
y condúcenos allá donde Tú quieres que vayamos. 
Haz que no seamos solo los encargados de una herencia,
sino las señales vivas de tu reino que viene. 
Enciéndenos la pasión por la justicia y la paz
entre todos los pueblos.

Llénanos de fe, de esperanza y de amor 
que están en el corazón del Evangelio 
y háznos UNO en el poder del Espíritu Santo: 

Que el mundo crea, 
que tu nombre sea santificado en tu Pueblo, 
que tu Iglesia pueda reconocerse efectivamente reunida en un único cuerpo. 
Nos comprometemos a amarte, servirte y seguirte 
no como extranjeros unos de otros, sino como peregrinos. 
Amén.

Fuente: News.va