viernes, 24 de enero de 2014

Ver siempre en el otro la imagen de Dios, el Papa el viernes en Santa Marta


No es fácil construir el diálogo con los demás, especialmente si nos divide el rencor. Pero el cristiano busca siempre el camino de escucha y reconciliación, con humildad y docilidad, porque eso es lo que nos ha enseñado Jesús. Fue en síntesis el pensamiento del Papa Francisco en su homilía durante la Misa de la mañana en la Casa de Santa Marta.


Me rompo, pero no me doblego, afirma un cierto dicho popular. Me doblego para no romperme, sugiere la sabiduría cristiana. Dos modos de entender la vida: el primero, con su dureza, fácilmente destinado a levantar muros de incomunicación entre las personas, hasta la degeneración del odio. El segundo proclive a tender puentes de comprensión, también después de un altercado, una discusión. Pero, advirtió Francisco, a condición de buscar y practicar “la humildad”. La homilía en Santa Marta continuó a aquella de ayer. Al centro de la lectura litúrgica, y de la reflexión del Papa, nuevamente el enfrentamiento entre el Rey Saúl y David. El segundo, en un arranque, tiene ocasión de matar al primero pero, observó el Santo Padre, escoge “otro camino: el camino de acercarse, de esclarecer la situación, de explicarse. El camino del diálogo para hacer la paz”:“Para dialogar es necesaria la docilidad, sin gritar. Es necesario pensar que también la otra persona tiene más que yo, y David lo pensaba: ‘Él es el ungido del Señor, es más importante que yo’. La humildad, la docilidad… Para dialogar, es necesario hacer lo que hoy hemos pedido en la oración, al inicio de la Misa: darse todo a todos. Humildad, docilidad, darse todo a todos y también – pero no está escrito en la Biblia – todos sabemos que para hacer esto es necesario tragarse tantas cosas. Pero, debemos hacerlo, porque la paz se consigue así: con la humildad, la humillación, buscando siempre ver en el otro la imagen de Dios”.



“Dialogar es difícil”, reconoció el Obispo de Roma. Pero peor del tentar construir un puente con un adversario es dejar crecer en el corazón el rencor hacia él. De esta manera, afirmó, nos quedamos “aislados en este caldo amargo de nuestro resentimiento”. Un cristiano, en cambio, tiene como modelo a David, que vence el odio con “un acto de humildad”:“Humillarse, y siempre hacer el puente, siempre. Siempre. Y esto es ser cristiano. No es fácil. No es fácil. Jesús lo hizo: se humilló hasta el final, nos hizo ver el camino. Y es necesario que no pase tanto tiempo: cuando existe el problema, lo más pronto posible, en el momento en el que se pueda hacer, después que la tormenta ha pasado, acercarse al diálogo, porque el tiempo hace crecer el muro, así como hace crecer la mala hierba que impide el crecimiento del grano. Y cuando los muros crecen es muy difícil la reconciliación: ¡es muy difícil!”.


No es un problema si “alguna vez los platos vuelan” – “en familia, en las comunidades, entre los vecinos” – repitió el Papa. Lo importante es “buscar la paz lo más pronto posible”, con una palabra, un gesto. Un puente antes que un muro, como aquel que por tantos años dividió Berlín. Porque “también, en nuestro corazón – dijo el Papa Francisco – hay la posibilidad de convertirse en Berlín con el Muro con los demás”:“Yo tengo miedo de estos muros, de estos muros que crecen cada día y favorecen los resentimientos. También el odio. Pensemos en este joven David: habría perfectamente podido vengarse, habría podido echar al rey y eligió el camino del diálogo, con la humildad, la mansedumbre, la dulzura. Hoy, podemos pedir a San Francisco de Sales, Doctor de la dulzura, que dé a todos nosotros la gracia de hacer puentes con los demás, jamás muros”.

(RC-RV)

ORAR CON EL SALMO DE HOY: CUANDO ME ASALTA EL TEMOR, PONGO MI CONFIANZA EN DIOS


Del salmo 56: 

Ten piedad de mí, Señor, porque me asedian,

todo el día me combaten y me oprimen:
mis enemigos me asedian sin cesar,
son muchos los que combaten contra mí.

Cuando me asalta el temor,
yo pongo mi confianza en Ti, Dios Altísimo;
confío en Dios y alabo su Palabra,
confío en Él y ya no temo:

¿qué puede hacerme un simple mortal?
Tú has anotado los pasos de mi destierro;
recoge mis lágrimas en tu odre:
¿acaso no está todo registrado en tu Libro?

Mis enemigos retrocederán cuando te invoque.
Yo sé muy bien que Dios está de mi parte;
confío en Dios y alabo su palabra;
confío en Él y ya no temo:
¿qué pueden hacerme los hombres?

Debo cumplir, Dios mío, los votos que te hice:
te ofreceré sacrificios de alabanza

De News.va

jueves, 23 de enero de 2014

“Quien odia a su hermano es un homicida”, el Papa el jueves en Santa Marta


Que los cristianos cierren las puertas a los celos, envidias y habladurías que dividen y destruyen nuestras comunidades: fue la exhortación lanzada por el Papa Francisco, esta mañana, en la Misa presidida en la Casa de Santa Marta en la sexta jornada de oración por la unidad de los cristianos.


La reflexión del Papa partió de la primera lectura del día que habla de la victoria de los israelitas sobre los filisteos gracias al coraje del joven David. La alegría de la victoria se trasforma rápidamente en tristeza y celos del rey Saúl ante las mujeres que alaban a David por haber matado a Goliat. Entonces, “aquella gran victoria – afirmó el Santo Padre - comienza a convertirse en derrota en el corazón del rey” en el que se insinúa, como ocurrió con Caín, el “gusano de los celos y de la envidia”. Como Caín con Abel, el rey decide asesinar a David. “Así actúan los celos en nuestros corazones – observó el Pontífice – es una mala inquietud, que no tolera que un hermano o una hermana tengan algo que yo no tengo”. Saúl, “en vez de alabar a Dios, como hacían las mujeres de Israel, por esta victoria, prefiere encerrarse en sí mismo, amargarse”, “cocinar sus sentimientos en el caldo de la amargura”:


“Los celos llevan a matar. La envidia lleva a matar. Justamente fue esta puerta, la puerta de la envidia, por la cual el diablo entró en el mundo. La Biblia dice: ‘Por la envidia del diablo entró el mal en el mundo’. Los celos y la envidia abren las puertas a todas las cosas malas. También dividen a la comunidad. Una comunidad cristiana, cuando sufre – algunos de los miembros – de envidia, de celos, termina dividida: uno contra el otro. Este es un veneno fuerte. Es un veneno que encontramos en la primera página de la Biblia con Caín”.

En el corazón de una persona golpeada por los celos y por la envidia – subrayó el Obispo de Roma- ocurren “dos cosas clarísimas”. La primera cosa es la amargura:

“La persona envidiosa, la persona celosa es una persona amargada: no sabe cantar, no sabe alabar, no sabe qué cosa sea la alegría, siempre mira ‘qué cosa tiene aquel y que yo no tengo’. Y esto lo lleva a la amargura, a una amargura que se difunde sobre toda la comunidad. Son, estos, sembradores de amargura. Y la segunda actitud, que lleva a los celos y a la envidia, son las habladurías. Porque este no tolera que aquel tenga algo, la solución es abajar al otro, para que yo esté un poco más alto. Y el instrumento son las habladurías. Busca siempre y tras un chisme verás que están los celos, está la envidia. Y las habladurías dividen a la comunidad, destruyen a la comunidad. Son las armas del diablo”.


“Cuántas hermosas comunidades cristianas” – exclamó el Papa – van bien, pero luego en uno de sus miembros entra el gusano de los celos y de la envidia y, con esto, la tristeza, el resentimiento de los corazones y las habladurías. “Una persona que está bajo la influencia de la envidia y de los celos – recalcó – mata”, como dice el apóstol Juan: “Quien odia a su hermano es un homicida”. Y “el envidioso, el celoso, comienza a odiar al hermano”:


“Hoy, en esta Misa, recemos por nuestras comunidades cristianas, para que esta semilla de los celos no sea sembrada entre nosotros, para que la envidia no encuentre lugar en nuestro corazón, en el corazón de nuestras comunidades, y así podremos ir adelante con la alabanza del Señor, alabando al Señor, con la alegría. Es una gracia grande, la gracia de no caer en la tristeza, del estar resentidos, en los celos y en la envidia”. (RC-RV)

El hombre ve la apariencia, pero el Señor el corazón, el Papa el martes en Santa Marta

Custodiemos nuestra pequeñez para dialogar con la grandeza del Señor. Lo afirmó el Papa Francisco en la Misa matutina en la Casa de Santa Marta. El Pontífice subrayó que el Señor tiene con nosotros una relación personal, jamás un diálogo masivo. El Señor, prosiguió, elige siempre a los pequeños, quien tiene menos poder, es porque mira a nuestra humildad.
El Señor y los pequeños. El Santo Padre centró su homilía en este binomio subrayando que “la relación del Señor con su pueblo es una relación personal” “siempre, de persona a persona”. Él, agregó, “es el Señor y el pueblo tiene un nombre”, “no es un diálogo entre el poderoso y la masa”. Es un diálogo “personal”:
“Y en un pueblo, cada uno tiene su lugar. El Señor jamás habla a la gente así, a la masa, jamás. Habla siempre personalmente, con los nombres. Y elige personalmente. El relato de la creación es una figura que hace ver esto: es el mismo Señor que con sus manos artesanalmente hace al hombre y le da un nombre: 'Tú te llamas Adán'. Y así comienza aquella relación entre Dios y la persona. Y hay otra cosa, una relación entre Dios y nosotros pequeños: Dios, es grande, y nosotros pequeños. Cuando debe elegir a las personas, también a su pueblo, Dios siempre elige a los pequeños”.
Dios, prosiguió, elige a su pueblo porque es “el más pequeño”, tiene “menos poder” que los otros pueblos. Precisamente hay un “diálogo entre Dios y la pequeñez humana”. También la Virgen dirá: “El Señor ha mirado mi humildad”. El Señor “ha elegido a los pequeños”. En la primera Lectura de hoy, observó, “se ve claramente esta actitud del Señor”. El profeta Samuel está ante el más grande de los hijos de Jesé y piensa que sea “su consagrado, porque era un hombre alto, grande”. Pero el Señor, observó el Pontífice, le dice “No te fijes en su aspecto ni en lo elevado de su estatura, porque yo lo he descartado, porque aquello que ve el hombre no cuenta”. De hecho, recalcó el Pontífice, “el hombre ve la apariencia, pero el Señor ve el corazón. El Señor elige según sus criterios”. Y elige “a los débiles y a los dóciles, para confundir a los poderosos de la tierra”. Al final, por lo tanto, “el Señor escoge a David, el más pequeño”, que “no contaba para su padre”. “No estaba en casa”, estaba “cuidando las ovejas”. El mismo David también “fue elegido”:
“Todos nosotros con el Bautismo hemos sido elegidos por el Señor. Todos somos elegidos. Nos ha elegido uno a uno. Nos ha dado un nombre y nos mira. Hay un diálogo, porque el Señor ama así. También David luego se volvió rey y se equivocó. Quizás cometió tantas equivocaciones, pero la Biblia nos cuenta dos errores fuertes, dos errores de aquellos grandes. ¿Qué hizo David? Se humilló. Volvió a su pequeñez y dijo: ‘Soy un pecador’. Y pidió perdón e hizo penitencia”.
Y después del segundo pecado, prosiguió, David dijo al Señor: “Castígame, no al pueblo. El pueblo no tiene la culpa, yo soy el culpable”. David, reflexionó el Obispo de Roma, “custodió su pequeñez, con el arrepentimiento, con la oración, con el llanto”. “Pensando en estas cosas, en este diálogo entre el Señor y nuestra pequeñez”, agregó, “me pregunto dónde está la fidelidad cristiana”:
“La fidelidad cristiana, nuestra fidelidad, es simplemente custodiar nuestra pequeñez, para que pueda dialogar con el Señor. Custodiar nuestra pequeñez. Por esto la humildad, la docilidad, son muy importantes en la vida del cristiano, porque es una custodia de la pequeñez, a la cual el Señor gusta mirar. Y siempre existirá el diálogo entre nuestra pequeñez y la grandeza del Señor. Que el Señor nos dé, por intercesión de San David - también por la intercesión de la Virgen que cantaba alegre a Dios, porque había mirado su humildad - el Señor nos de la gracia de custodiar ante Él nuestra pequeñez”. (RC-RV)

LA CONVERSIÓN A DIOS “Conviértete al Señor, tu Dios”

Éxodo 3,1-15: Yo Soy me envía a vosotros.
Sal 102: El Señor es compasivo y misericordioso.
1 Corintios 10,1-6.10-12: La vida del pueblo en el desierto fue escrita para escarmiento nuestro.
Lucas 13, 1-9 :Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.

Yo Soy (Yahvé):
Dios es indefinible, el hombre no puede usar su santo nombre en vano; ante Él hay que descalzarse las sandalias. ¿Quién es Dios para mí? ¿Cómo me ponga delante de Él ¿Le adoro y amo sobre todas las cosas?

Zarza que no se extingue:
Se trata del fuego que es Dios mismo, en su misteriosa proximidad al hombre; un fuego, que debe llamear en el corazón de la historia y de cada ser humano, para purificarlo. ¿? ¿Arde mi corazón ante su presencia y la escucha de su Palabra?

El Dios Libertador:
Él ve la opresión de su pueblo, y oye su lamento; no es indiferente a su esclavitud, viene a liberarlo y a darle la Tierra prometida. ¿Experimento que Dios está atento a mis problemas? ¿Le presento en la oración mis sufrimientos y los de los hombres?

Un Dios “Celoso”:
Dios desea ardientemente la conversión del pecador, y sabe esperar antes de intervenir con su justicia. Como buen Labrador exige a su viña que dé higos, si no, la cortará. Porque, çomo nos dice el evangelio, “si no os convertís, pereceréis!” ¿Siento a Dios “celoso” de mi amor? ¿La exigencia de Dios me hace crecer o me frena y aleja de El? ¿La fe me libera o me oprime?

Un Dios Pedagogo:
Es un Dios providente, que nos pone ante los ojos la historia de Israel para que estemos atentos y nos mantengamos en pie. Esa historia es para todos nosotros invitación fuerte a la conversión: “Todo esto se escribió para escarmiento vuestro.” ¿Veo en mi vida concreta a Dios? ¿Miro mis experiencias pasadas como historia de salvación? ¿Cómo me enseña Dios a través de la vida?

Un Dios Paciente:
Dios sabe que convertirse de verdad no es fácil, ni cosa de horas o días. Porque conoce el interior del hombre, Dios sabe esperar, no tiene prisas, cuando ve una disposición sincera para la conversión; “Déjala todavía un año, a ver si da fruto.” ¿Cómo experimento la paciencia de Dios conmigo? ¿Me ayuda a aceptarme?

Dios Compasivo y Misericordioso:
El Dios que nos trae Jesús, sobre todo, es Padre. “El perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades”; “rescata tu vida de la fosa, te coIma de gracia y de ternura”. “Hace justicia y defiende a los oprimidos”; “enseña sus caminos”. Es “lento a la cólera y rico en clemencia”. Por eso “bendice, alma mía al Señor, y todo mi ser a su santo nombre.” ¿Me conmueve su ternura y su clemencia? ¿Es de ver dad para mí compasivo y misericordioso? ¿Tengo presentes sus beneficios?

Bendice, alma mía, al Señor, / y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor, / y no olvides sus beneficios.
Él perdona todas tus culpas / y cura todas tus enfermedades;
Él rescata tu vida de la fosa / y te colma de gracia y de ternura.
El Señor hace justicia / y defiende a todos los oprimidos;
enseñó sus caminos a Moisés / y sus hazañas a los hijos de Israel
El Señor es compasivo y misericordioso, / lento a la ira y rico en clemencia;
como se levanta el cielo sobre la tierra, / se levanta su bondad sobre sus fieles.

miércoles, 22 de enero de 2014

“Que todos sean una sola cosa”: Invocación del Papa durante la Audiencia General recordando la Semana de oración por la unidad de los cristianos

Como cada miércoles la Plaza de San Pedro volvió a ser escenario de la Audiencia General del Papa. Ante miles de fieles y peregrinos Francisco dedicó su catequesis a reflexionar sobre la Semana de oración por la unidad de los cristianos: “un tiempo dedicado a la oración para seguir la voluntad de Cristo”. El Obispo de Roma recordó que cada año un grupo ecuménico de una región del mundo, bajo la guía del Consejo ecuménico de las Iglesias y del Pontificio Consejo para la unidad de los cristianos, sugieren un tema para la Semana de Oración. Este año, la pregunta es: “Acaso está dividido Cristo?”. No, Cristo no está dividido, dijo el Papa. “Sin embargo, notó debemos reconocer con dolor que en nuestras comunidades se dan divisiones que son un escándalo y que afectan a la credibilidad y eficacia de nuestro compromiso evangelizador”. “También nosotros, a pesar del sufrimiento causado por las divisiones, debemos aprender a reconocer con gozo los dones que Dios ha concedido a otros cristianos, y a recibirlos con un corazón grande y generoso. Y para esto se requiere humildad, reflexión y una continua conversión”.

Resumen de su catequesis y palabras del Papa en nuestro idioma:
Queridos hermanos y hermanas:
Estamos celebrando la semana de oración por la unidad de los cristianos, que concluirá el próximo sábado, fiesta de la Conversión de san Pablo. Se trata de un tiempo dedicado a la oración para que, como quiere el Señor, todos los bautizados seamos una sola familia (cf. Jn 17,21). El tema propuesto para este año se refiere a la pregunta que san Pablo dirigió a los cristianos de Corinto, que se encontraban divididos en distintas facciones: «¿Acaso está dividido Cristo? (1 Co 1,13). No, Cristo no está dividido. Sin embargo, debemos reconocer con dolor que en nuestras comunidades se dan divisiones que son un escándalo y que afectan a la credibilidad y eficacia de nuestro compromiso evangelizador.
Ahora bien, Pablo no sólo les reprende por sus disputas, sino que también da gracias a Dios por los dones que ha derramado en ellos.
También nosotros, a pesar del sufrimiento causado por las divisiones, debemos aprender a reconocer con gozo los dones que Dios ha concedido a otros cristianos, y a recibirlos con un corazón grande y generoso. Y para esto se requiere humildad, reflexión y una continua conversión. Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos venidos de España, Argentina, México y otros países latinoamericanos. Invito a todos a que llenos de gozo por el don de la filiación divina recibida en el bautismo, sepamos reconocer con alegría y humildad los dones que Dios concede a otros cristianos. Que Dios les bendiga.

martes, 21 de enero de 2014

Ponerme entre tus manos

Un momento de pausa. El sol inicia su caída. La noche avanza con prisas. Llega el tiempo necesario para descansar. El camino no termina. Dejo para mañana el inicio de una nueva etapa. 

¿Qué ha sido de este día? ¿Qué pude sembrar? ¿Qué recibí? ¿Dónde estuvo anclado mi corazón? ¿Hacia dónde dirigí mi mirada?


Hoy avancé entre dudas y certezas, alegrías y penas. Tuve ratos de luz y momentos de oscuridad. El camino sigue allí, y mañana tendré que reemprender la marcha.

Las noticias a mi alrededor hablan de guerras y de crímenes, de injusticias y de hambres, de pecados y de angustias. El mundo no consigue esa felicidad que tanto anhela.

Mientras, hombres y mujeres desconocidos levantan sus manos y dirigen una oración al Dios que hizo el cielo y la tierra, que nos sueña y nos espera, que nos perdona y nos salva.

Mi vida pende de un hilo frágil. Hoy tomé decisiones, inicié proyectos, fracasé y empecé de nuevo. La salud me sostuvo, pero mañana puede llegar ese accidente tan temido. O, Dios lo quiera, esa ayuda que viene de lo alto y limpia las heridas de mi alma.

No hay certezas en este mundo inquieto. Sólo puedo mirar al cielo y descubrir, más allá de las tinieblas, la belleza del hogar en el que el Padre espera a cada uno de sus hijos.

Ante el camino que me espera necesito, simplemente, ponerme entre tus manos, abandonarme a tu Amor. Te dejaré entonces guiar mis pasos, sostener mi corazón, curar mis heridas, perdonar mis pecados. Permitiré que seas ese Amigo íntimo que escucha y aconseja, que acaricia y que levanta, que salva y que acompaña.
P. Fernando Pascual

lunes, 20 de enero de 2014

SEMANA DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS (18-25 DE ENERO). REFLEXIÓN DEL PAPA FRANCISCO Y ORACIÓN


«Hoy en día, el camino ecuménico y las relaciones entre los cristianos están atravesando cambios significativos, debidos en primer lugar al hecho de que hemos de profesar nuestra fe en el contexto de sociedades y culturas en las que cada vez está menos presente la referencia a Dios y a todo lo que recuerde la dimensión trascendente de la vida. Lo notamos sobre todo en Europa, pero no sólo. 

Precisamente por este motivo, es necesario que nuestro testimonio se concentre en el núcleo de nuestra fe, en el anuncio del amor de Dios que se ha manifestado en Cristo su Hijo. Encontramos aquí espacio para crecer en la comunión y en la unidad entre nosotros, promoviendo el ecumenismo espiritual, que nace directamente del mandamiento del amor dejado por Jesús a sus discípulos. A esta dimensión se refiere también el Concilio Vaticano II: “Esta conversión del corazón y santidad de vida, juntamente con las oraciones privadas y públicas por la unidad de los cristianos, han de considerarse como el alma de todo el movimiento ecuménico, y con razón puede llamarse ecumenismo espiritual” (Decr. Unitatis redintegratio, 8). 

El ecumenismo es, de hecho, un proceso espiritual que se realiza en la obediencia fiel al Padre, en el cumplimiento de la voluntad de Cristo y bajo la guía del Espíritu Santo». Papa Francisco, discurso a la Delegación ecuménica de Finlandia, 17 de enero.

Oración por la unidad: 

Señor, tómanos desde donde estamos actualmente
y condúcenos allá donde Tú quieres que vayamos. 
Haz que no seamos solo los encargados de una herencia,
sino las señales vivas de tu reino que viene. 
Enciéndenos la pasión por la justicia y la paz
entre todos los pueblos.

Llénanos de fe, de esperanza y de amor 
que están en el corazón del Evangelio 
y háznos UNO en el poder del Espíritu Santo: 

Que el mundo crea, 
que tu nombre sea santificado en tu Pueblo, 
que tu Iglesia pueda reconocerse efectivamente reunida en un único cuerpo. 
Nos comprometemos a amarte, servirte y seguirte 
no como extranjeros unos de otros, sino como peregrinos. 
Amén.

Fuente: News.va

¿Soy dócil a la Palabra de Dios? El Papa este lunes en Santa Marta

La libertad cristiana está en la “docilidad a la Palabra de Dios”. Lo afirmó el Papa Francisco en la Misa de esta mañana en la Casa de Santa Marta. El Pontífice subrayó que debemos estar siempre listos a acoger la “novedad” del Evangelio y las “sorpresas de Dios”.

“La Palabra de Dios es viva y eficaz, discierne los sentimientos y los pensamientos del corazón”. El Santo Padre partió de esta consideración para desarrollar su homilía, subrayando que para acoger verdaderamente la Palabra de Dios tenemos que tener una actitud de “docilidad”. “La Palabra de Dios - observó – es viva y por eso viene y dice aquello que quiere decir: no aquello que yo espero que diga o aquello que yo quiero que diga”. Es una Palabra “libre”. Y es también “sorpresa, porque nuestro Dios es el Dios de las sorpresas”. Es “novedad”:

“El Evangelio es novedad. La Revelación es novedad. Nuestro Dios es un Dios que siempre hace las cosas nuevas y pide de nosotros docilidad a su novedad. En el Evangelio, Jesús es claro en esto, es muy claro: vino nuevo en odres nuevas. El vino lo trae Dios, pero debe ser recibido con apertura a la novedad. Y esto se llama docilidad. Podemos preguntarnos: ¿soy dócil a la Palabra de Dios o hago siempre aquello que yo creo sea la Palabra de Dios? ¿O hago pasar la Palabra de Dios por un alambique y al final es otra cosa con respecto a aquello que Dios quiere hacer?”.

Si hago esto, agregó el Papa, “termino como el pedazo de tela nuevo sobre el vestido viejo, y el remendón es peor”. Y evidenció que “aquello de adecuarse a la Palabra de Dios para poder recibirla” es “toda una actitud ascética”:

“Cuando quiero tomar la electricidad de la fuente eléctrica, si el aparato que tengo no es adecuado, busco un adaptador. Debemos buscar siempre adaptarnos, adecuarnos a esta novedad de la Palabra de Dios, estar abiertos a la novedad. Saúl, precisamente el elegido de Dios, ungido de Dios, había olvidado que Dios es sorpresa y novedad. Había olvidado, se había cerrado en sus pensamientos, en sus esquemas, y así razonó humanamente”.

El Papa reflexionó sobre la Primera Lectura, recordando que, al tiempo de Saúl, cuando uno vencía una batalla tomaba el botín y con parte de él se cumplía el sacrificio. “Estos animales tan bellos – afirma Saúl – serán para el Señor”. Pero, constató Francisco, él “razonó con su pensamiento, con su corazón, cerrado en sus costumbres”, mientras “nuestro Dios, no es un Dios de costumbre: es un Dios de sorpresas”. Saúl “no obedeció a la Palabra de Dios, no fue dócil a la Palabra de Dios”. Y Samuel le reprochaba justamente esto, “le hace sentir que no ha obedecido, no ha sido siervo, ha sido señor, él. Se ha adueñado de la Palabra de Dios”. “La rebelión, no obedecer a la Palabra de Dios – remarcó el Obispo de Roma – es pecado de adivinación”. Y agregó: “La obstinación, la no docilidad a hacer lo que tú quieres y no aquello que quiere Dios, es pecado de idolatría”. Y esto, prosiguió, “nos hace pensar” sobre “qué cosa es la libertad cristiana, qué cosa es la obediencia cristiana”:

“La liberad cristiana y la obediencia cristiana son docilidad a la Palabra de Dios, es tener aquel coraje de convertirse en odres nuevos, para este vino nuevo que viene continuamente. Este valor de discernir siempre: discernir, digo, no relativizar. Discernir siempre qué cosa hace el Espíritu en mi corazón, qué cosa quiere el Espíritu en mi corazón, a dónde me lleva el Espíritu en mi corazón. Y obedecer. Discernir y obedecer. Pidamos hoy la gracia de la docilidad a la Palabra de Dios, a esta Palabra que es viva y eficaz, que discierne los sentimientos y los pensamientos del corazón”. (RC-RV)

domingo, 19 de enero de 2014

Jesús ha venido al mundo con una misión precisa: liberarlo del pecado, cargándose las culpas de la humanidad, el Papa durante el Ángelus

Con la fiesta del Bautismo del Señor, celebrada el pasado domingo, hemos entrado en el tiempo litúrgico llamado “ordinario”.

En este segundo domingo, el Evangelio nos presenta la escena del encuentro entre Jesús y Juan el Bautista, cerca del rio Jordán.
Quien la describe es el testigo ocular, Juan Evangelista, que antes de ser discípulo de Jesús era discípulo del Bautista, junto con el hermano Santiago, con Simón y Andrés, todos de Galilea, todos pescadores.
El Bautista ve a Jesús que avanza entre la multitud e, inspirado del alto, reconoce en Èl al enviado de Dios, por esto lo indica con estas palabras: «¡Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo! » (Jn 1,29).El verbo que viene traducido con “quitar”, significa literalmente “levantar”, “tomar sobre sí”. Jesús ha venido al mundo con una misión precisa: liberarlo de la esclavitud del pecado, cargándose las culpas de la humanidad. ¿De qué manera? Amando. No hay otro modo de vencer el mal y el pecado que con el amor que empuja al don de la propia vida por los demás. En el testimonio de Juan el Bautista, Jesús tiene las características del Siervo del Señor, que «soportó nuestros sufrimientos, y aguantó nuestros dolores» (Is 53,4), hasta morir sobre la cruz. Él es el verdadero cordero pascual, que se sumerge en el rio de nuestro pecado, para purificarnos.
El Bautista ve ante sí a un hombre que se pone en fila con los pecadores para hacerse bautizar, si bien no teniendo necesidad. Un hombre que Dios ha enviado al mundo como cordero inmolado. En el Nuevo Testamento la palabra “cordero” se repite varias veces y siempre en referencia a Jesús. Esta imagen del cordero podría sorprender; de hecho, es un animal que no se caracteriza ciertamente por su fuerza y robustez y se carga un peso tan oprimente. La enorme masa del mal viene quitada y llevada por una creatura débil y frágil, símbolo de obediencia, docilidad y de amor indefenso, que llega hasta el sacrificio de sí misma. El cordero no es dominador, sino dócil; no es agresivo, sino pacifico; no muestra las garras o los dientes frente a cualquier ataque, sino soporta y es remisivo.¿Qué cosa significa para la Iglesia, para nosotros, hoy, ser discípulos de Jesús Cordero de Dios? Significa poner en el lugar de la malicia la inocencia, en el lugar de la fuerza el amor, en el lugar de la soberbia la humildad, en el lugar del prestigio el servicio. Ser discípulos del Cordero significa no vivir como una “ciudadela asediada”, sino como una ciudad colocada sobre el monte, abierta, acogedora y solidaria. Quiere decir no asumir actitudes de cerrazón, sino proponer el Evangelio a todos, testimoniando con nuestra vida que seguir a Jesús nos hace más libres y más alegres.(Traducción del italiano: Raúl Cabrera -Radio Vaticano)

Éste es el Hijo de Dios


  • Contexto bíblico
  • Juan Bautista presenta a Jesús a los judío. En los versículos anteriores, el evangelista Juan nos relata cómo se presenta Juan bautista ante una comisión de sacerdote y levitas, venidos de Jerusalén, para investigar la predicación y actividad del bautista. Él declaró abiertamente: Yo soy el Mesías (v. 19).

    Texto
  • Juan describe a Jesús. El relato no señala  qué personas presenta el Bautista a Jesús. Queriendo decir que su declaración y testimonio son para todas las personas de todos los tiempos.
  • Su testimonio no es fruto de una reflexión personal. Juan afirma: yo no lo conocía (vs. 31 y 33). Sino que reconoce que ha sido una inspiración y una "visión" del Espíritu cuando se posaba sobre Jesús en el momento del bautismo.

    1. ¿Quién es Éste?
    Juan presenta a Jesús como:
    a. Cordero de Dios (v. 29)
  • Este título hace referencia al "cordero pascual". El libro del Éxodo (12, 1-28) nos describe cómo los hebreos en Egipto se liberaron del exterminio por tener marcadas las puertas de sus casas con la sangre de los corderos.
  • Jesús será con su muerte el Cordero sacrificado a favor del pueblo. El que de hecho borrará todos los pecados del mundo. Jesús es el verdadero y definitivo Libertador de la esclavitud del pecado. En cada persona, que lo acepta por la fe, inicia esta purificación en el sacramento del bautismo.

    b. Hijo de Dios (v. 34)
  • Jesús es el Hijo de Dios, la Palabra hecha carne (v. 14). Con su Hijo Jesús, Dios entra definitivamente en la historia de los humanos. Su misión es liberar del pecado, como Cordero de Dios, y dar vida plena, como Hijo de Dios.
  • En ella (la Palabra) estaba la vida y la vida era la luz de los hombres (v. 4). Y a cuantos la recibieron les dio la capacidad de ser hijos de Dios (v. 12). Ésta es la vida que da el Hijo de Dios encarnado: la misma vida de Dios.
  • El Evangelio de Juan fundamenta la acción de Jesús en la donación de la vida. Por eso, le presenta a Jesús: Yo soy el camino, la verdad y la vida (14, 16).
  • Yo he venido para dar la vida a los hombres y para que la tengan en plenitud (Jn 10, 10).

    c. Ungido por el Espíritu (v. 32)
  • Jesús es el Mesías, que significa Ungido. Era costumbre en Israel de ungir con aceite a los sacerdotes, profetas y reyes. También Juan el Bautista ve a Jesús como el verdadero Mesías, que no recibe una unción con aceite, sino la unción del Espíritu. Jesús es el Elegido por Dios para manifestar su presencia total entre los hombres y consagrarlos a Dios.

    2. ¿Quién soy yo?

    a. Ungido por el Espíritu. Por el bautismo soy consagrado a Dios. Mi ser, cuerpo y espíritu, no me pertenecen. He recibido la condición de: sacerdote, profeta y rey.

    b. Hijo de Dios. El bautismo me regala esta segunda naturaleza: ser hijo de Dios, hermano de Jesús, el Hijo predilecto. En Jesús, soy perdonado y amado por el Padre. Con Él, puedo invocar a Dios como a mi verdadero Padre.

    c. Que quita el pecado del mundo. No sólo estoy llamado a alejar el pecado de mi vida sino a hacer posible que otros hermanos no lo cometan. Estoy llamado a trabajar por una familia, comunidad y sociedad donde brillen la justicia, la solidaridad, la ayuda y la entrega.
  • P. Martín Irure

    Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos


    Pidamos un corazón abierto para recibir la Palabra de Dios, el Papa el viernes en Santa Marta

    El don de ser hijos de Dios no se puede “vender” por un mal entendido sentido de “normalidad”, que induce a olvidar su Palabra y a vivir como si Dios no existiese. Fue la reflexión que el Papa Francisco propuso la mañana del viernes, durante la homilía de la Misa presidida en la Casa de Santa Marta.

    La tentación de querer ser “normales”, cuando en cambio se es hijo de Dios. Que en esencia quiere decir ignorar la Palabra del Padre y seguir sólo la humana, la “palabra del propio deseo”, escogiendo en cierto modo “vender” el don de una predilección para sumergirse en una “uniformidad mundana”.

     Esta tentación el pueblo judío del Antiguo Testamento la experimentó más de una vez, recordó el Santo Padre, que se detuvo en el episodio propuesto por el pasaje de la liturgia tomado del primer Libro de Samuel. En él, los jefes del pueblo piden al mismo Samuel, ya viejo, establecer para ellos un nuevo rey, de hecho pretendiendo autogobernarse. En aquel momento, observó el Pontífice, “el pueblo rechaza a Dios: no sólo no escucha la Palabra de Dios, sino que la rechaza”. Y la frase reveladora de este desapego, subrayó el Papa, es aquella proferida por los ancianos de Israel: queremos un “rey juez”, porque así “también nosotros seremos como todos los pueblos”. O sea, observó Francisco, “rechazan al Señor del amor, rechazan la elección y buscan el camino de la mundanidad”, de forma parecida a tantos cristianos de hoy:
    “La normalidad de la vida exige del cristiano fidelidad a su elección y no venderla para ir hacia una uniformidad mundana. Esta es la tentación del pueblo, y también la nuestra. Tantas veces, olvidamos la Palabra de Dios, aquello que nos dice el Señor, y tomamos la palabra que está de moda, ¿no?, también aquella de la telenovela está de moda, tomemos esa, ¡es más divertida! La apostasía es precisamente el pecado de la ruptura con el Señor, pero es clara: la apostasía se ve claramente. Esto es más peligroso, la mundanidad, porque es más sutil”.
    “Es verdad que el cristiano debe ser normal, como son normales las personas”, reconoció el Obispo de Roma, “pero – insistió – existen valores que el cristiano no puede tomar para sí. El cristiano debe retener sobre él la Palabra de Dios que le dice: ‘tú eres mi hijo, tú eres elegido, yo estoy contigo, yo camino contigo’”. Por lo tanto resistiendo a la tentación – como en el episodio de la Biblia – de considerarse víctimas de “un cierto complejo de inferioridad”, de no sentirse un “pueblo normal”:
    “La tentación viene y endurece el corazón y cuando el corazón es duro, cuando el corazón no está abierto, la Palabra de Dios no puede entrar. Jesús decía a los de Emaús: ‘¡Necios y lentos de corazón!’. Tenían el corazón duro, no podían entender la Palabra de Dios. Y la mundanidad ablanda el corazón, pero mal: un corazón blando ¡jamás es una cosa buena! El bueno es el corazón abierto a la Palabra de Dios, que la recibe. Como la Virgen, que meditaba todas estas cosas en su corazón, dice el Evangelio. Recibir la Palabra de Dios para no alejarse de la elección”.
    Pidamos, entonces – concluyó el Papa Francisco – “la gracia de superar nuestros egoísmos: el egoísmo de querer hacer de las mías, como yo quiero”:
    “Pidamos la gracia de superarlos y pidamos la gracia de la docilidad espiritual, o sea abrir el corazón a la Palabra de Dios y no hacer como han hecho estos nuestros hermanos, que cerraron el corazón porque se alejaron de Dios y desde hacía tiempo no sentían y no entendían la Palabra de Dios. Que el Señor nos de la gracia de un corazón abierto para recibir la Palabra de Dios y para meditarla siempre. Y de ahí tomar el verdadero camino”.

    viernes, 17 de enero de 2014

    "En los escándalos de la Iglesia no está la Palabra de Dios”, el Papa el jueves en Santa Marta

     Los escándalos en la Iglesia ocurren porque no hay una relación viva con Dios y con su Palabra. De esta forma, sacerdotes corruptos, en vez de dar el pan de la vida, dan un alimento envenenado al santo pueblo de Dios: lo afirmó el Papa Francisco en su homilía matutina, durante la Misa presidida en la Casa de Santa Marta.
     

    Comentando la lectura del día y el salmo responsorial, que narran una dura derrota de los israelitas por obra de los filisteos, el Pontífice observó que el pueblo de Dios en aquella época había abandonado al Señor. Se decía que la Palabra de Dios era “rara” en aquel tiempo. El viejo sacerdote Elí era un “tibio” y sus hijos “corruptos, asustaban al pueblo y lo golpeaban”. Los israelitas para combatir contra los filisteos utilizan el arca de la alianza, pero como una cosa “mágica”, “una cosa externa”. Y son derrotados: el arca es tomada por los enemigos. 

    No hay verdadera fe en Dios, en su presencia real en la vida:
    “Este pasaje de la Escritura nos hace pensar en cómo es nuestra relación con Dios, con la Palabra de Dios: ¿es una relación formal? ¿Es una relación lejana? La Palabra de Dios entra en nuestro corazón, cambia nuestro corazón, tiene este poder o no, es una relación formal, ¿todo bien? ¡Pero el corazón está cerrado a aquella Palabra! 

    Y nos lleva a pensar en tantas cosas de la Iglesia, en tantas derrotas del pueblo de Dios simplemente porque no siente al Señor, no busca al Señor, ¡no se deja buscar por el Señor! Y luego después de la tragedia, la oración: ‘Pero, Señor, ¿qué ha pasado? Nos haces el escarnio de nuestros vecinos, todos en derredor se burlan y se ríen. Servimos de escarmiento a las naciones, y los pueblos menean la cabeza”.
     

    El Papa reflexionó sobre los escándalos de la Iglesia:
    “Pero ¿nos avergonzamos? Tantos escándalos que no quiero mencionar individualmente, pero que todos conocemos… ¡Sabemos cuáles! Escándalos, algunos que han costado tanto: ¡está bien! Se debe hacer así…. ¡La vergüenza de la Iglesia! ¿Pero nos hemos avergonzado de aquellos escándalos, de aquellas derrotas de sacerdotes, de obispos, de laicos? La Palabra de Dios en aquellos escándalos era una cosa rara; en aquellos hombres y en aquellas mujeres la Palabra de Dios ¡era rara! ¡No tenían un lazo con Dios! Tenían una posición en la Iglesia, una posición de poder, también de comodidad. ¡Pero no la Palabra de Dios! ‘Pero, yo tengo una medalla’; ‘Yo llevo la Cruz’… ¡Si, como esos llevaban el arca! ¡Sin la relación viva con Dios y con la Palabra de Dios!

    Me viene a la mente aquella Palabra de Jesús para aquellos por los cuales vienen los escándalos… Y aquí el escándalo ha venido: toda una decadencia del pueblo de Dios, hasta la debilidad, a la corrupción de los sacerdotes”.
    El Obispo de Roma concluyó su homilía dirigiendo su pensamiento al pueblo de Dios:
    “¡Pobre gente! ¡Pobre gente! No damos de comer el pan de la vida; no damos de comer - en aquellos casos - ¡la verdad! Y hasta damos de comer comida envenenada, tantas veces! ‘¡Despiértate, porque duermes Señor!’. ¡Que ésta sea nuestra oración! ‘¡Despierta! ¡No nos rechaces para siempre! ¿Por qué escondes tu rostro? ¿Por qué olvidas nuestra miseria y opresión?’. Pidamos al Señor no olvidar jamás la Palabra de Dios, que es viva, que entre en nuestro corazón y no olvidar jamás al santo pueblo fiel de Dios, ¡que nos pide un alimento fuerte!”.

    Del porqué hacemos, en definitiva, las cosas.

    Nuestro amigo Javier nos ha mandado el enlace de un buen artículo. Muchas gracias: 


    Partir de la mirada atenta y creativa para comprenderme a mí y a los demás. Ser consciente de la existencia propia –autoconciencia–, para que a partir de ella, uno sea capaz de conocer otras realidades –alteridad– y una vez conocidas, poder trascenderlas.
    En el quehacer del día a día vemos que aquello que deseamos, aquello que intentamos alcanzar es, en la gran mayoría de los casos, algo de lo que adolecemos –en ese preciso momento cuando empieza la vida moral de la persona–. En la carestía –indigencia– en la sensación de impotencia, de no plenitud. Como si tratásemos de llenar un paso de agua inútilmente ya que éste está lleno de pequeños agujeros por donde se pierde el agua. Es esta la sensación con la que uno comienza a vivir moralmente.

    Según Santo Tomás de Aquino, de esto trata la moralidad, del deseo insaciable de llenar nuestro corazón; es éste mismo deseo del que parte toda intención. “Es necesario, por tanto, que el fin último colme de tal modo los deseos del hombre, que no excluya nada deseable. Y esto no puede darse si requiere, para ser perfecto, algo distinto de él.” 1

    Como si de un cuento infantil se tratase, así ocurre en la vida moral, llevarnos a la última morada, la unión con algo tan bueno que por serlo ponga fin a nuestros deseos. Ese “objeto de bondad” ha de ser tan sumamente bueno y perfecto que satisfaga todas nuestras apetencias y por ende nuestro ser. Todo lo realmente bueno, lo verdaderamente bueno recibe3 dicha bondad de lo perfecto y de lo perfectamente bueno.
    Cuando anteriormente hemos hablado de la “adolescencia”– como sustantivo de adolecer– de lo deseado cabe destacar la paradoja que existe en el deseo.
    Por una parte la apertura de la persona –el deseante– hacia el infinito –deseo inalcanzable– y la existencia limitada –finita– el origen de este– origen en una existencia limitada–. Así pues reconocer la imposibilidad de alcanzar el deseo a pesar de que uno alcance deseos parciales, es decir, que el deseo más íntimo –finito– le anima a llegar algo más allá –infinito– de su propia capacidad limitada.

    Por otro lado existe la imposibilidad de negar el deseo como algo propio del hombre – el “quid” de la cuestión será ver la importancia y el papel que desarrolla este deseo dentro de la dinámica del actuar en la persona.

    Observar la naturaleza humana, – lo que uno hace, cómo lo hace, por qué lo hace…– no para llegar a controlar al hombre sino para entenderlo. Como el arquitecto que, antes de ponerse a dibujar su próximo proyecto arquitectónico, comprueba que tiene todas las herramientas necesarias. Comprueba que el lápiz está bien afilado y que dispone de papel suficiente para acometer la empresa que desea. El arquitecto conoce cada pequeño detalle del encargo que quiere proyectar: la normativa, la resistencia de los materiales, el manejo de la luz y de los volúmenes. En este caso el arquitecto observa su propio quehacer como un fin: evocar el espacio idóneo; nuestra mirada atenta al comportamiento es distinta a la mirada del arquitecto, nosotros no queremos evocar espacios sugerentes sino sólo comprendernos.
    Si la mirada del arquitecto pretendía alcanzar el fin de construir un proyecto, la nuestra ha de ser concebida como el fin; el fin como el timón de la vida moral2 de la persona. Todo lo que hace una persona tiene posee un fin, siempre existe un “para” al final de cada acción humana. En este sentido deberíamos llamarnos a nosotros “mismos finalistas”.
    Sobre los propósitos. ¿Cuáles son mis propósitos?, ¿cómo han de ser? si observo, si atiendo a mis propósitos puedo ver que algunos poseen una mayor relevancia que otros. Lo realmente importante no sólo es el tiempo sino los modos y los medios que dedicamos de nuestra vida en conseguir alcanzar cada uno de ellos. En esta línea encontramos dos situaciones extremas –a mi juicio bastante peligrosas– en las personas.

    1. La pérdida de vista de un fin unitario e integrador.
    La persona autómata que pierde por completo el sentido del propósito que buscaba anteriormente. Esto no significa que la persona que alcanza un propósito y en ausencia de otro propósito, se viene abajo sino de la persona que, teniendo un propósito que todavía no ha alcanzado, pierde el apetito por conseguirlo y alcanzarlo.

    2. La sustitución de un gran propósito inalcanzable por infinidad de pequeños propósitos fácilmente alcanzables.
    Este caso puede ser consecuencia de lo anterior, una alternativa para no caer en dicha situación. En vista de poder perder de vista único propósito, sustituye por una serie de propósitos menores cuya conclusión producen placer directamente proporcional al tiempo empleado en conseguirlo.

    La intención como una disposición, un tender hacia, una tensión que pone en relación dos elementos. Cada acto nace del fin que está llamado a realizar. Existe en la acción –podemos decir– una participación previa del fin último de la misma –como si de un breve bosquejo previo se tratase–. Antes de ponerse uno a dibujar un paisaje, la visión de los distintos elementos compositivos, los colores, la luz, los reflejos… como si estas percepciones previas me adelantaran cosas del fin que pretendo. Pero además es el acto el que crece alrededor de su intención. En tensión, así pues, perfila nuestros actos pero su vez nos delimita nosotros mismos. En consecuencia, la intención principal en nuestra vida delimita aquello a lo que más inclinados estamos, en definitiva, lo que más amamos. Dice Blondel que en nuestras acciones siempre subyace algo más grande. La acción promete algo que va más allá de ella misma. Así, una acción tan sencilla como es dibujar tiene esa dimensión de trascendencia. Ese “más” unido a toda acción humana indica que el dinamismo de la acción humana es trascendente; la acción siempre transporta al hombre a algo más que la propia acción. Ese añadido que necesitamos, no tenemos otra forma de buscarlo sino a través de nuestras  propias acciones. La persona alcanza la meta a través de sus acciones, no de otra forma; de unas acciones que siempre tienen un valor de promesa de cara al futuro. La acción se hace en el presente, pero siempre enraizada en el pasado que conocemos y siempre de cara a la construcción del futuro que deseamos. En la acción, que siempre es presente, nos jugamos nuestro destino, que siempre es futuro. No nos es posible abrirnos a la promesa que nos ofrece el futuro si no es a través de la acción presente. Ahora bien nuestra vida, nuestras apetencias, nuestras intenciones no están dirigidos a plasmar el paisaje de antes sobre el lienzo, sino que existe una inclinación mucho mayor, un amor hacia algo que va más allá.
    El objeto, en definitiva, no tiene que ver con la intención propia de uno, sino con el fin próximo del acto, y tiene un contenido objetivo que se determina racionalmente. Aunque evidentemente también hay una dimensión subjetiva,  el objeto no es lo que yo quiera. En el objeto hay una integración del aspecto objetivo y del aspecto subjetivo de la acción. En la acción humana no hay objetivismo, pero sí una objetividad.  En la acción humana hay una “objetividad en la subjetividad”: objetividad y subjetividad no se oponen dialécticamente, como en un conflicto, sino que se armonizan.
    Notas
    1 Summa Theologiae  I–II, 1, 5.
    2 La moralidad no nace necesariamente de la situación de indigencia sino que también puede empezar con el deseo de mantener lo bueno.
    3 Esta “recepción” pudiera ser comprendida como donación o participación. El bien perfecto perfecciona sin perder ninguna perfección.