miércoles, 8 de noviembre de 2017

Catequesis del Papa: Primera de la Eucarístia.


Queridos hermanos:
Comenzamos hoy una serie de catequesis sobre la Eucaristía. Intentaremos comprender mejor su importancia y su significado, y cómo el amor de Dios se refleja en este misterio de fe.
Inspirándose en las palabras de Cristo: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna», cristianos de todas las épocas no han dudado en entregar su vida por amor a la Eucaristía. El testimonio de los mártires nos cuestiona también a nosotros: ¿Qué importancia le damos al sacrificio de la Misa y a la comunión en la mesa del Señor? ¿Buscamos de verdad esa fuente de "agua viva", que transforma nuestra vida en un sacrificio espiritual de alabanza y acción de gracias? La Eucaristía significa "acción de gracias": acción de gracias a la Trinidad, que nos introduce en su comunión de amor.
El Concilio Vaticano II alentó la formación litúrgica de los fieles, porque la Iglesia vive siempre de la Liturgia y se renueva gracias a ella. Por eso, intentemos conocer mejor este gran don que Dios nos ha dado con la Eucaristía, en la que Cristo se hace presente para que participemos de su pasión y muerte redentora.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en modo particular a los grupos provenientes de España y América Latina. Pidamos a la Virgen María que interceda por nosotros para que sintamos el deseo de conocer y amar más el misterio de la Eucaristía, sacramento del Cuerpo y la Sangre de su Hijo Jesús. Que el Señor los bendiga. Muchas gracias.
Texto completo de la catequesis del Papa Francisco
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Iniciamos hoy una nueva serie de catequesis, que dirigirá la mirada al "corazón" de la Iglesia, es decir, la Eucaristía. Es fundamental para nosotros cristianos comprender bien el valor y el significado de la Santa Misa, para vivir siempre más plenamente nuestra relación con Dios.
No podemos olvidar el gran número de cristianos que, en el mundo entero, en dos mil años de historia, han resistido hasta la muerte por defender la Eucaristía; y cuantos, aun hoy, arriesgan la vida por participar en la Misa dominical. En el año 304, durante la persecución de Diocleciano, un grupo de cristianos, del Norte de África, fueron sorprendidos mientras celebraban la Misa en una casa y fueron arrestados. El procónsul romano, en el interrogatorio, les pregunto porque lo habían hecho, sabiendo que era absolutamente prohibido. Y ellos respondieron: «Sin el domingo no podemos vivir», que quería decir: si no podemos celebra la Eucaristía, no podemos vivir, nuestra vida cristiana moriría.
De hecho, Jesús dice a sus discípulos: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6,53-54).
Estos cristianos del Norte de África fueron asesinados por celebrar la Eucaristía. Han dejado el testimonio que se puede renunciar a la vida terrena por la Eucaristía, porque ella nos da la vida eterna, haciéndonos partícipes de la victoria de Cristo sobre la muerte. Un testimonio que nos interpela a todos y pide una respuesta sobre qué cosa signifique para cada uno de nosotros participar en el Sacrificio de la Misa y acercarnos al Banquete del Señor. ¿Estamos buscando esa fuente de donde "brota agua viva" para la vida eterna?, ¿Qué hace de nuestra vida un sacrificio espiritual de alabanza y de acción de gracias y hace de nosotros un solo cuerpo con Cristo? Este es el sentido más profundo de la Santa Eucaristía, que significa "acción de gracias": Eucaristía significa acción de gracias. Acción de gracias a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo que nos envuelve y nos transforma en su comunión de amor.
En las próximas catequesis quisiera dar respuesta a algunas preguntas importantes sobre la Eucaristía y la Misa, para redescubrir, o descubrir, como a través de este misterio de la fe resplandece el amor de Dios.
El Concilio Vaticano II ha sido fuertemente animado por el deseo de llevar a los cristianos a comprender la grandeza de la fe y la belleza del encuentro con Cristo. Por este motivo era necesario sobre todo actuar, con la guía del Espíritu Santo, una adecuada renovación de la Liturgia, porque la Iglesia continuamente vive de ella y se renueva gracias a ella.
Un tema central que los Padres conciliares han subrayado es la formación litúrgica de los fieles, indispensable para una verdadera renovación. Y es justamente este el objetivo de este ciclo de catequesis que hoy iniciamos: crecer en el conocimiento de este gran don de Dios que nos ha donado en la Eucaristía.
La Eucaristía es un evento maravilloso en el cual Jesucristo, nuestra vida, se hace presente. Participar en la Misa «es vivir otra vez la pasión y la muerte redentora del Señor. Es una teofanía: el Señor se hace presente en el altar para ser ofrecido al Padre para la salvación del mundo» (Homilía, Santa Misa en la Capilla de la Domus Sanctae Marthae, 10 de febrero de 2014). El Señor está ahí con nosotros, presente. Pero, muchas veces nosotros vamos ahí, miramos las cosas, hablamos entre nosotros mientras el sacerdote celebra la Eucaristía... pero nosotros no celebramos cerca de él.
¡Pero es el Señor! Si hoy viniera aquí el presidente de la República o alguna persona muy importante del mundo, seguramente todos estaríamos cerca de él, que quisiéramos saludarlo. Pero, piensa: cuando tú vas a Misa, ¡ahí está el Señor! Y tú estás distraído, volteado... ¡Es el Señor! Debemos pensar en esto, ¡eh! "Padre, es que las misas son aburridas" - "Pero que cosa dices, ¿Qué el Señor es aburrido?" - "No, no. La Misa no, los sacerdotes". "Ah, que se conviertan los sacerdotes, pero es el Señor que está ahí, ¡eh!" ¿Entendido? No lo olviden. Participar en la Misa «es vivir otra vez la pasión y la muerte redentora del Señor».
Tratemos ahora de ponernos algunas simples preguntas. Por ejemplo, ¿Por qué se hace el signo de la cruz y el acto penitencial al inicio de la Misa? Una pregunta. Y aquí quisiera hacer un paréntesis. ¿Ustedes han visto como los niños se hacen el signo de la cruz? Tú no sabes que cosas hacen, si es el signo de la cruz o un diseño. Hacen así... Pero, aprender, enseñar a los niños a hacer bien el signo de la cruz, así comienza la Misa, así inicia la vida, así inicia el día. Esto quiere decir que nosotros somos redimidos con la cruz del Señor. Miren a los niños y enséñenles bien a hacer el signo de la cruz. Y esas Lecturas, en la Misa, ¿Por qué están ahí? ¿Por qué se leen el domingo tres Lecturas y los otros días dos? ¿Por qué están ahí, qué cosa significa la Lectura de la Misa? ¿Por qué se leen y que tienen que ver?
O quizás, ¿Por qué a cierto momento el sacerdote que preside la celebración dice: "Levantemos el corazón"?. No dice: "Levantemos nuestros celulares para tomar una fotografía". No, es una cosa fea. Y les digo que a mí me da mucha tristeza cuando celebro aquí en la Plaza o en la Basílica y veo muchos celulares levantados no solo de los fieles, también de algunos sacerdotes y también de obispos. ¡Por favor! La Misa no es un espectáculo: es ir al encuentro de la pasión, de la resurrección del Señor. Por esto el sacerdote dice: "Levantemos el corazón". ¿Qué cosa quiere decir esto? Recuerden: nada de celulares.
Es muy importante regresar a los fundamentos, redescubrir lo que es esencial, a través de aquello que se toca y se ve en la celebración de los Sacramentos. La pregunta del apóstol Santo Tomás (Cfr. Jn 20,25), de poder ver y tocar las heridas de los clavos en el cuerpo de Jesús, es el deseo de poder de algún modo "tocar" a Dios para creerle. Lo que Santo Tomas pide al Señor es aquello del cual todos nosotros tenemos necesidad: verlo y tocarlo para poder reconocerlo. Los Sacramentos van al encuentro de esta exigencia humana. Los Sacramentos, y la celebración eucarística de modo particular, son los signos del amor de Dios, las vías privilegiadas para encontrarnos con Él.
Así a través de estas catequesis que hoy iniciamos, quisiera redescubrir junto a ustedes la belleza que se esconde en la celebración eucarística, y que, una vez revelada, da sentido pleno a la vida de cada uno. La Virgen nos acompañe en este nuevo tramo del camino. Gracias.

Francisco advierte de que "la misa no es un espectáculo" para que fieles, curas y obispos hagan fotos con sus móviles





Con dulleta (hace frío en Roma), el Papa Francisco preside la audiencia de los miércoles. Con un nuevo ciclo de catequesis sobre la eucaristía, que "no es un espectáculo" a fotografiar por files, curas u obispos. También pidió a los padres que enseñen a sus hijos a "hacer bien la señal de la cruz" y a los enfermos a ofrecer sus sufrimientos por "tantos cristianos perseguidos".

P. Antonio Rivero: ¿Tendremos la lámpara de nuestra fe encendida?



P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos.
Idea principal: Dado que es incierto el día en que llegará el Señor para pedirnos cuentas de nuestra vida es de prudentes y sabios vivir en vigilancia perenne ahora, con la lámpara de la fe encendida, llena del aceite de nuestra caridad o buenas obras.
Síntesis del mensaje: el año litúrgico se encamina a su término y la Palabra de Dios nos invita este domingo a dirigir la mirada de la fe hacia “las cosas últimas”. Es de sabios meditar en las cosas venideras (primera lectura). Esta dimensión del más allá (escatológica) tiene que estar siempre en nuestro presupuesto existencial: ¿tendremos a la hora de la muerte la lámpara de nuestra fe encendida, las cuentas exactas y saldadas, y con el aceite de la caridad a tope para alimentar la lámpara y no quedarnos a medio camino? Después de la muerte, ya no podemos llenar la lámpara.
Puntos de la idea principal
En primer lugar, miremos a estas muchachas del evangelio de hoy. Son necias y desprevenidas. Por eso hacen cuatro cosas inútiles: ruegan a las otras que las salven –ya no es tiempo-, salen de noche a buscar vendedores –es absurdo-, llegan a puerta cerrada –obvio- y gritan –sin ser oídas-: “Señor, Señor, ábrenos”. ¿Resultado? “No os conozco”. ¿Moraleja? Tenemos que estar preparados para esta segunda venida de Cristo y no estar perdiendo el aceite de nuestra lámpara durante el camino de la vida por negligencia, por estar jugando en el carrusel de la fortuna y a los dados del placer. Yo, como san Pablo, sí creo en la segunda venida (segunda lectura). Y por eso quiero estar preparado y despierto. Y quiero ayudar a otros a prepararse conmigo. De esta manera, cuando venga el Señor nos encontrará con la lámpara de la fe encendida, con el aceite de la caridad derramándose por esa lámpara, con la conciencia tranquila y con la paz en el alma esperando el abrazo de Dios.
En segundo lugar, miremos a Cristo, aquí presentado como Esposo, pues lo que allá tendremos y saborearemos serán las bodas eternas con nuestro Salvador y sus amigos que se mantuvieron fieles a la alianza. La metáfora de las bodas simboliza la relación de amor, de índole nupcial, que se entabla entre Dios y cada uno de nosotros. ¿Por qué este Esposo Cristo llega tarde, de improviso? ¿Por qué ese grito en la noche? Cristo abre la puerta a las muchachas sensatas que estaban despiertas y tenían todo preparado y entran en la fiesta de bodas. Y, tras ellas, la puerta se cierra. Pudieron ingresar porque llenaron de aceite sus frascos, y así impidieron que la caridad, que es la llama del alma, se extinguiera. No podemos dormir. Un automovilista no puede permitirse el lujo de conducir durmiendo; un médico no puede ausentarse de una operación delicada e irse a dormir; un piloto de avión no puede convertir su cabina en salón dormitorio. Un solo instante de sueño sería fatal para tales personas y causaría un desastre nunca justificable. Así en nuestra vida cristiana.
Finalmente, y a nosotros, ¿qué nos dice esta parábola tan aleccionadora? Justamente esto: primero que estamos en la vida para ir hacia la eternidad, es decir, ese encuentro con Cristo que está ya preparando ese banquete de bodas definitivo, pues aquí en la tierra el banquete de la Eucaristía es a través del signo y del velo del sacramento; no perdamos la ruta; segundo, que tenemos que llenar siempre la lámpara de nuestra fe con el aceite de la caridad y amor, pues sólo así Jesús nos reconocerá y daremos con la puerta en medio de la oscuridad del camino; finalmente, que si no hacemos esto entraremos desgraciadamente dentro del grupo de los necios y fatuos y seremos excluidos del banquete y escucharemos de Cristo: “No te conozco”. Con esto, el Señor nos está alertando que junto con la posibilidad de la salvación final, existe la de la condenación eterna, que muchos hoy quieren negar, escudándose en este sofisma: “Dios es tan bueno, que no permitirá que ninguno se condene”. Dios es serio. “De Dios nadie se burla. Lo que el hombre siembre, eso cosechará” (cf. Gál 6, 7). Si estuvimos jugando con la lámpara de la fe comprando otras velas en el supermercado de las sectas, tal vez se quebrará. Quien no alimenta esa lámpara con la caridad, se apagará.
Para reflexionar: ¿Tengo preparadas las maletas para mi último viaje hacia Dios? ¿Cuido mi lámpara de la fe cristiana y católica, íntegra e incontaminada? ¿Llevo aceite de caridad de repuesto durante el trayecto hacia la eternidad?
Para rezar: Señor, hazme sensato. Señor, ayúdame para no tropezar durante el camino y dejar caer mi lámpara. Señor, que camine feliz y radiante durante el trayecto hacia Ti, ayudando a mis hermanos que me necesiten, repartiendo el aceite de mi fe y amor, antes de que sea ya tarde. ¡Ven, Señor Jesús! Amén.

Juan Pablo I no murió asesinado. Un libro pone fin a las especulaciones



La vice-postuladora de la causa de canonización del Pontífice italiano, Stefania Falasca, revela en el libro Papa Luciani. Crónica de una muerte que Juan Pablo I sufrió un dolor en el pecho el mismo día de su muerte del que nada supieron sus médicos
A los 33 días de ser elegido Papa, Albino Luciani murió repentinamente. Esto dio lugar a un sinfín de conjeturas, algunas de las cuales sugerían incluso que Juan Pablo I había sido asesinado. Este martes 7 de noviembre, la periodista de Avvenire Stefania Falasca ha puesto fin a todas las especulaciones. En el libro Papa Luciani. Crónica de una muerte, publicado hoy, la también vice-postuladora de la causa de canonización del Pontífice italiano desvela, al fin, las circunstancias de la muerte del Pontífice. El cardenal secretario de Estado Vaticano, Pietro Parolin, firma el prólogo.
Falasca ha tenido acceso a archivos secretos de la Santa Sede, a diferentes registros clínicos y ha interrogado a testigos inéditos. Entre ellos, destaca sor Margherita Marin, que trabajó al servicio del Papa y que es quien ha desmentido que el Pontífice tuviera fatiga o que hubiera fallecido agobiado por el peso de la responsabilidad. «Lo vi siempre tranquilo, sereno, lleno de confianza, seguro», ha explicado sor Margherita en el libro.
Dolor pectoral
Entre los documentos secretos, sobresale uno redactado en los días sucesivos a la muerte y en el que se habla de una indisposición que Luciani sintió la misma noche de su muerte, poco antes de la cena, mientras rezaba con el secretario irlandés John Magee. El documento fue escrito por Renato Buzzonetti, primer médico que acudió al lecho de muerte del Papa. En el informe, que envió a la Secretaría de Estado el 9 de octubre de 1979, se habla del «episodio de dolor localizado en la parte superior de la región esternal, sufrido por el Santo Padre hacia las 19:30 del día de la muerte, prolongado durante más de cinco minutos, que se verificó mientras el Papa estaba sentado y preparado para rezar con el padre Magee y retrocedió sin ninguna terapia».
Ante la desaparición del dolor, síntoma del problema coronario que esa misma noche le paró el corazón en 1978, no fue abierta la farmacia del Vaticano, no fue advertida sor Vincenza, enfermera del Papa, y tampoco se alertó al médico del Pontífice, Antonio Da Ros. Fue el padre Magee el que ha contado ahora que fue el mismo Santo Padre el que no quiso advertir al doctor.
Un café envenenado
Antes de conocerse esta afección papal, hubo quien atribuyó la muerte de Juan Pablo I a un café envenenado. Sin embargo, sor Vicenza y sor Margherita, que fueron quienes encontraron el cuerpo sin vida del Obispo de Roma, pudieron comprobar de primera mano que Luciani no había tocado el café que habían dejado para él en la sacristía a las 17:15 y, por eso, entraron en la habitación y descubrieron el cadáver.
Las dudas de los cardenales
Entre los documentos inéditos en el apéndice del libro de Falasca están recogidos también los registros clínicos en los que se evidencia que en 1975, durante un ingreso hospitalario, a Juan Pablo I ya le había sido diagnosticada una patología cardiovascular que entonces se consideró resuelta.
Asimismo, otro de los archivos revela las preguntas que los cardenales hicieron antes del nuevo cónclave convocado a la muerte de Albino Luciani a los médicos que habían atendido al Papa en su embalsamiento. Los purpurados quisieron saber si «el examen del cuerpo» permitía «excluir lesiones traumáticas de cualquier naturaleza», si era correcto el diagnóstico de «muerte repentina» y si «la muerte repentina era siempre natural». Los cardenales no excluían a priori la hipótesis de una muerte provocada. Desmentida, sin embargo, por los médicos.
Virtudes heroicas
El mismo día que en se publica en Italia el libro de Stefania Falasca –este martes 7 de noviembre–, el Vaticano ha celebrado una sesión ordinaria de cardenales y obispos de la Congregación para la Causa de los Santos. En ella, están llamados a pronunciarse sobre «la heroicidad de las virtudes» de Albino Luciani. De esta forma, todo parece indicar que en breve se anunciará la firma del decreto del Papa Francisco que convertirá en venerable al Papa de la eterna sonrisa.
Andrea Tornielli. Vatican insider
José Calderero @jcalderero. Alfa y Omega

Hablaba del templo de su cuerpo


Lectura del santo Evangelio según san Juan 2, 13-22
Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo:
«Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre».
Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito:
«El celo de tu casa me devora».
Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron:
«¿Qué signos nos muestras para obrar así?»
Jesús contestó:
«Destruid este templo, y en tres días lo levantaré».
Los judíos replicaron:
«Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?».
Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y creyeron a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.
Palabra del Señor.

martes, 7 de noviembre de 2017

Guerra y muerte: «El mundo no quiere aprender la lección»


«Las guerras solo producen cementerios y muerte. El mundo no quiere aprender la lección». Palabras pronunciadas por el Papa dos veces en apenas 48 horas. Justo en medio de la escalada de tensión entre Corea y Estados Unidos, Francisco decidió irrumpir en la escena internacional a su estilo. Con gestos ineludibles. Por eso, en el día de los fieles difuntos, visitó un cementerio donde yacen los restos de soldados estadounidenses caídos en la Segunda Guerra Mundial. Los puso como ejemplo de la violencia sin sentido, que jamás se debería repetir
Además de una ceremonia litúrgica, la visita del Papa pareció una jugada geopolítica en un escenario mundial cada vez más incierto. Un escenario que preocupa a una Santa Sede con poca capacidad de maniobra. En ese contexto, el Pontífice quiso mandar señales inconfundibles. Por eso eligió, este año, celebrar su tradicional Misa de difuntos en el cementerio americano de Nettuno.
Durante los primeros años de su pontificado visitó en tres ocasiones el panteón más grande de Roma, el Verano. La cuarta fue a Prima Porta, siempre dentro la ciudad. Esta vez fue distinta. Se trasladó mucho más al sur, fuera de su diócesis.
Nettuno es una localidad costera, pegada a Anzio, puerto elegido para el desembarco de las tropas aliadas en 1944. Desde allí avanzaron hacia la capital en una batalla sangrienta con los soldados nazis que duró unos cuatro meses y dejó miles de víctimas.
7.000 estadounidenses enterrados
Unos 7.000 estadounidenses, caídos entonces, están enterrados en ese cementerio. El Papa recorrió en silencio el camposanto, un prado verdísimo. Rezando. Deslizó algunas rosas blancas sobre las pálidas cruces de mármol que señalan cada tumba. Una tras otra, todas iguales. Fueron momentos coreográficos de enorme impacto. La foto del Pontífice blanco en medio de aquellas cruces se convirtió inmediatamente en noticia.
Después celebró la Misa. Prácticamente no habló de los fieles difuntos. Al menos no lo hizo del modo tradicional. Ya el día anterior, en la fiesta de Todos los Santos, había improvisado hablando ante una multitud en la plaza de San Pedro: «Las guerras no producen otra cosa que cementerios y muerte, por eso he querido cumplir este signo en un momento en el cual nuestra humanidad parece no haber entendido la lección o no querer entenderla», había dicho tras rezar el ángelus, anticipando su visita al cementerio del día siguiente.
En Nettuno repitió el concepto. Y clamó: «¡Nunca más la guerra. Nunca más esta masacre inútil!». Porque «con la guerra se pierde todo». Habló de aquel «lugar especial» que conmemora «la muerte de tantos que eran poco más que veinteañeros». Y recordó la historia de aquella anciana que, mirando las ruinas de Hiroshima devastadas por la bomba nuclear, exclamó: «Los hombres hacen todo para declarar y hacer una guerra y al final se destruyen a sí mismos».
«Esta es la guerra, la destrucción de nosotros mismos. Seguramente aquella mujer había perdido hijos y nietos, tenía una plaga en su corazón y lágrimas. Si hoy es un día de esperanza, hoy también es un día de lágrimas. Lágrimas como las de las esposas y madres que durante los conflictos mundiales vieron llegar una carta acompañada de la frase trágica: “Usted, señora, tiene el honor de que su esposo fue un héroe de la patria, que sus hijos son héroes de la patria”. Lágrimas que la humanidad de hoy no debe olvidar», precisó.
Inmediatamente repitió que, por orgullo, la humanidad «no ha aprendido la lección y parece que no quiere aprenderla». «Cuando tantas veces en la historia los hombres piensan en hacer una guerra, están convencidos de traer un nuevo mundo, de hacer una primavera y, sin embargo, termina un invierno, feo, cruel, el reino del terror y de la muerte», dijo.
Para el Papa, el único fruto de la guerra es la muerte: del futuro, de los jóvenes, de los niños inocentes. Por eso invocó la «gracia de llorar» por las víctimas que «mueren en las batallas diarias en esta amarga guerra que está arruinando nuestro mundo».
Tercera Guerra Mundial a pedazos
Ninguna de estas palabras resulta casual. Demuestra la preocupación del pontífice, en primera persona, por esa «Tercera Guerra Mundial a pedazos» que denuncia desde el inicio de su papado pero que, en los últimos meses, ha tenido una drástica aceleración. Y demuestra, también, que él mismo decidió enviar un mensaje a Estados Unidos a falta de interlocutores fluidos con el Gobierno de Donald Trump.
Entre la Casa Blanca y el palacio apostólico vaticano, no existe hoy un hilo rojo de comunicación. «Nos salvamos de Hillary Clinton, pero con Trump no sabemos a dónde iremos a dar, es una incógnita», confesó un alto funcionario diplomático de la Santa Sede a este cronista hace pocas semanas. Esto no ha impedido que la Santa Sede intente empujar su mensaje de paz en un contexto difícil, pero sin demasiado éxito.
Así se ha abierto paso la diplomacia de los gestos. Como fue la visita al ce menterio de Nettuno y el posterior recorrido, también en el día de los fieles difuntos, por las fosas Ardeatinas, las cavas donde fueron fusiladas 335 personas, entre civiles y soldados italianos, a manos de las fuerzas nazis. Una represalia al ataque de la resistencia contra soldados de las SS alemanas en vía Rasella de Roma. Tras recordar a estas víctimas, el Papa escribió en el libro de honor del monumento: «Estos son los frutos de la guerra: odio, muerte, venganza…».
Francisco tiene muy presente el impacto devastador de las guerras y la amenaza nuclear. En los próximos días tendrá la oportunidad de profundizar en materia. Lo hará este viernes, cuando tome la palabra ante los participantes en un encuentro vaticano sobre desarme y bombas atómicas. Un coloquio inédito, que llevó erróneamente a algunos medios a hablar de «mediación del Papa» entre Estados Unidos y Corea del Norte.
El equívoco provocó una desmentida seca del portavoz vaticano Greg Burke, quien advirtió que la conferencia Perspectivas para un mundo libre de armas nucleares y el desarrollo integral no significa mediación alguna. Pero al mismo tiempo dejó claro que «el Santo Padre trabaja con determinación para promover las condiciones necesarias para un mundo sin armas nucleares».
Andrés Beltramo Álvarez

Una propuesta para evangelizar las sociedades secularizadas


El P. Jesús Morán miembro y copresidente del Movimiento de los Focolares que cumplió 50 años de fundación en Chile, explicó cómo la Iglesia puede hacer frente a las sociedades secularizadas.
El sacerdote dijo a ACI Prensa que hay «países que están viviendo un proceso de exculturación» vale decir, el rechazo a «la encarnación del anuncio en la cultura, los grandes valores del humanismo cristiano». «Si no escuchamos al mundo, corremos el riesgo de ofrecer respuestas equivocadas». Este, por ejemplo, «es el gran drama de la Iglesia en Europa».
Para evangelizar el mundo actual, explicó el presbítero, los movimientos eclesiales deben ser fieles a su carisma y buscar los modos para hacerlo cada vez más fértil. Este proceso, indicó, se puede plasmar con un concepto de San Juan Pablo II conocido como la «fidelidad creativa».
En primer lugar, resaltó el P. Morán, es necesario recurrir «a las fuentes, es decir, al Evangelio y al carisma» a través de la revelación dada por Dios. También, se deben «escuchar los signos de los tiempos, el lenguaje del hombre de hoy».
En segundo lugar, «entra en juego la creatividad, como un impulso del Espíritu Santo» para hacer frente al desafío de «recrear la cultura cristiana en un mundo distinto poniendo en movimiento la técnica de Jesús que son los encuentros significativos con las personas». Es decir, «hacer que Jesús esté vivo en las comunidades, en las parroquias, en los movimientos porque de otra manera no tenemos receptividad». «Estos encuentros significativos son el futuro de la Iglesia en sociedades secularizadas», enfatizó el P. Morán.
El copresidente de los Focolares manifestó su alegría por su movimiento que «siempre quiso ser un signo de unidad y fraternidad en un país que ha sufrido muchas divisiones».
Los 50 años del movimiento en Chile constituyen «una gran oportunidad para agradecer a Dios por tantas personas que han dado la vida por este ideal de unidad». «Para poder escuchar al hombre de hoy, pienso que también han adquirido la madurez para poder ser un signo visible y eficaz, para poder ser más incisivos en la sociedad», finalizó.
Medio siglo
El Movimiento de los Focolares llegó a Chile en 1967 con el apoyo del obispo de Osorno, de esa época, monseñor Francisco Valdés Subercasseaux.
El P. Morán vivió en Chile durante 23 años y llegó al país sureño para celebrar los 50 años de vida con el lanzamiento de su libro titulado ‘Tomar el Pulso del tiempo: El desafío de la actualización de un Carisma’, el pasado 2 de noviembre en la Pontificia Universidad Católica de Chile.
La reflexión del P. Morán se basa en su experiencia como miembro del Movimiento de los Focolares iniciado por la italiana Chiara Lubich en 1943 en Trento, Italia.
Sus miembros insertos en todos los ámbitos de la sociedad, consagrados y laicos, viven una espiritualidad de comunión y promueven la construcción de un mundo más unido, motivados por la oración de Jesús al Padre: «Que todos sean uno» (Jn. 17, 21).
Algunos movimientos eclesiales y nuevas comunidades laicales surgieron en la Iglesia como fruto del Concilio Vaticano II.
Son realidades que han recibido el aliento de San Juan Pablo II, especialmente en el Congreso Mundial de los Movimientos Eclesiales de 1998; de Benedicto XVI, especialmente en Pentecostés de 2006; y el Papa Francisco que recibe a algunos de ellos anualmente.
ACI/Giselle Vargas

Santa Marta: «Cada uno de nosotros es un elegido, una elegida de Dios»


«Cada uno de nosotros es un elegido, una elegida de Dios». «Cuando Dios llama, esa llamada permanece durante toda la vida». Lo ha dicho el Papa en la homilía de la Misa matutina celebrada este lunes, 6 de noviembre, en la capilla de la Casa de Santa Marta, inspirada en el tema de la «elección de Dios» presente en la liturgia a través de la Carta de San Pablo a los Romanos.
«Cuando Dios da un don, este don es irrevocable: no lo da hoy y lo quita mañana. Cuando Dios llama, esa llamada permanece durante toda la vida». Con esta reflexión comenzó el Papa la homilía.
«Cada uno de nosotros es un elegido, una elegida de Dios. Cada uno de nosotros lleva una promesa que el Señor hizo: ‘Camina en mi presencia, sé irreprensible y yo te haré esto’», así lo ha explicado el Papa. «Y cada uno de nosotros hace alianzas con el Señor. Puede hacerlas, si no quiere hacerlas, es libre», ha descrito el Papa como «un hecho».
El Santo Padre también lo plantea como un interrogante: «¿Cómo siento yo la elección? ¿O me siento cristiano de casualidad? ¿Cómo vivo yo la promesa, una promesa de salvación en mi camino, y cómo soy fiel a la alianza? ¿Cómo Él es fiel?».
El Papa Francisco continuó con la reflexión en torno a San Pablo en cuanto a la elección de Dios, y dijo que el Apóstol usa «cuatro veces» dos palabras: «desobediencia» y «misericordia». A la vez que añadió que donde está una, estuvo la otra, porque éste es nuestro camino de Salvación:
«Esto quiere decir que en el camino de la elección, hacia la promesa y la alianza, se producirán pecados, habrá desobediencia, pero ante esta desobediencia siempre está la misericordia. Es como la dinámica de nuestro caminar hacia la madurez: siempre está la misericordia, porque Él es fiel, Él jamás revoca sus dones. Está relacionado: esto está relacionado con el hecho de que los dones son irrevocables. ¿Por qué? Porque ante nuestras debilidades, ante nuestros pecados, siempre está la misericordia y cuando Pablo llega a esta reflexión, da un paso más – pero no nos da una explicación a nosotros – de adoración».
Así, el Sumo Pontífice ha exhortado a «pensar hoy en nuestra elección, en las promesas que el Señor nos ha hecho y en cómo vivo yo la alianza con el Señor». Y «cómo me dejo –permítanme la palabra– ‘misericordiar’ por el Señor» –ha añadido Francisco– «ante mis pecados, ante mis desobediencias».
Y al final, «si yo soy capaz, como Pablo, de alabar a Dios por esto que me ha dado a mí, a cada uno de nosotros: alabar y hacer aquel acto de adoración. Pero sin olvidar jamás que los dones y la llamada de Dios son irrevocables», ha concluido el Papa.
Zenit/Rosa Die Alcolea

El Papa Francisco nombra a dos mujeres para importantes cargos en el Vaticano


El Papa Francisco ha nombrado a dos mujeres como Subsecretarias del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida. Se trata de la profesora Gabriella Gambino, que se encargará de la sección para la Vida del dicasterio, y de Linda Ghisoni, juez y docente, que se hará cargo de la Sección para los fieles laicos.
Gabriella Gambino
Nació en Milán el 24 de abril de 1968 y es madre de cinco hijos. En 1995 se licenció en Ciencias Políticas por la Universidad de los Estudios de Milán y en 2001 obtuvo el doctorado en Bioética por el Instituto de bioética de la Universidad Católica del Sacro Cuore en Roma.
Desde 2001 hasta 2007 ha desarrollado su carrera como docente e investigadora en bioética en el Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Universidad LUISS-Guido Carli en Roma.
En 2002 fue nombrada Experta Científica del Comité Nacional para la Bioética por la Presidencia del Consejo de Ministros.
De 2013 a 2016 ha colaborado con el Pontificio Consejo para los Laicos y la Pontificia Academia para la Vida. En la actualidad es profesora agregada de Bioética en la Facultad de Filosofía, así como profesora de esta materia en la Facultad de Filosofía y Jurisprudencia de la Universidad de los Estudios de Roma en Tor Vergata.
También es profesora en el Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II para las Ciencias del Matrimonio y de la Familia en la Universidad Lateranense.
Linda Ghisoni
Nació en a Cortemaggiore, Piacenza, en 1965 y es madre de dos hijos. Está diplomada en Filosofía y Teología por la Eberhard-Karls-Universität de Tübingen (Alemania).
En 1999 se doctoró en Derecho Canónico por la Pontificia Universidad Gregoriana y obtuvo el diploma de abogado de la rota en el Studium rotale del Tribunal de la rota Romana en 2002. En 1994 obtuvo el diploma de praxis administrativa en la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos.
En el Tribunal de primera instancia y de apelo del Vicariato de Roma ha desarrollado la actividad de Notario, Defensor del vínculo, auditor, y de juez.
En la Santa Sede ha sido Defensor del vínculo por el Tribunal de la rota Romana de 2003 a 2009. Pero también Comisario diputado en la Defensa del vínculo en las causas de disolución del matrimonio rato y no consumado en la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de 2006 a 2011.
ACI

El Papa en Santa Marta: No perder la capacidad de sentirnos amados

"Si se pierde la capacidad de sentirse amados, se pierde todo", con estas palabras el Papa Francisco sintetizó su homilía matutina en la capilla de Santa Marta, el martes 7 de noviembre, reflexionando sobre el pasaje del Evangelio de San Lucas en el que Jesús responde con una parábola, a uno de los comensales que le había dicho: “¡Bienaventurado el que tomará la comida en el Reino de Dios!".
El Santo Padre reflexionó sobre el pasaje del Evangelio de San Lucas propuesto por la liturgia del día, en el que Jesús narra una parábola, sin explicaciones, para responder a uno de los comensales que le había dicho: “¡Bienaventurado el que tomará la comida en el Reino de Dios!”. El Señor aconseja a quien debe invitar a alguien a su casa, que invite a quien no puede devolver la invitación.
Un hombre ofreció una gran cena – relata precisamente la parábola – e invitó a muchas personas. Los primeros invitados no quisieron ir porque no tenían interés ni por la cena, ni por la gente, ni por la invitación del Señor: estaban ocupados en sus propios intereses que eran más grandes que esa invitación. Estaba el que había comprado cinco pares de bueyes, el que había comprado un campo, o el que estaba recién casado. En una palabra – subrayó el Papa – se preguntaban qué habrían podido ganar. Estaban “ocupados” como aquel hombre que había construido depósitos para acumular sus bienes, pero que murió aquella noche.
Estaban apegados a sus intereses hasta el punto de que esto los llevaba a una “esclavitud del Espíritu”, es decir a ser “incapaces de comprender la gratuidad de la invitación”. Una actitud ante la cual el Papa Francisco hizo una recomendación:
“Y si no se comprende la gratuidad de la invitación de Dios no se entiende nada. La iniciativa de Dios siempre es gratuita. Pero para ir a este banquete, ¿cuánto hay que pagar? El boleto de entrada es estar enfermo, es ser pobre, es ser pecador… Así estos te dejan entrar. Este es el boleto de entrada: estar necesitado, tanto en el cuerpo como en el alma. Pero, para la necesidad de cuidado, de curación, hay que tener necesidad de amor…”.
De manera que hay dos actitudes: por una parte la de Dios que no hace pagar nada y dice después al siervo que conduzca a los pobres, a los lisiados, a los buenos y a los malos. Se trata de una gratuidad que “no tiene límites”. Dios – subrayó el Santo Padre – “recibe a todos”. Por otra parte, está el modo de actuar de los primeros invitados que, en cambio, no comprenden la gratuidad. Como el hermano mayor del Hijo Pródigo, que no quiere ir al banquete organizado por el padre para su hermano que se había ido, y que no entiende.
“Pero a éste, que ha gastado todo su dinero, que ha gastado la herencia, con los vicios, con los pecados, ¿tú le haces fiesta? ¿Y yo que soy un católico, que practico, que voy a misa todos los domingos, que cumplo con las cosas, a mí nada?”. Este no entiende la gratuidad de la salvación, piensa que la salvación es fruto del “yo pago y tú me salvas”. Pago con esto, con esto, con esto… No. ¡La salvación es gratuita! Y si tú no entras en esta dinámica de la gratuidad no entiendes nada. La salvación es un don de Dios al que se responde con otro don, el don de mi corazón”.
El Papa Francisco volvió a referirse a quienes piensan en sus propios intereses, que cuando oyen hablar de dones, saben que se deben hacer, pero que inmediatamente piensan en “la devolución”: “Haré este regalo”, y él después “en otra ocasión, me hará otro”.
En cambio el Señor “no pide nada a cambio”: “Sólo amor y fidelidad, como Él es amor y Él es fiel” – dijo el Papa Bergoglio – evidenciando que “la salvación no se compra, sencillamente se entra en el banquete”. “Bienaventurado quien tomará alimento en el Reino de Dios”: ésta es la salvación.
Pero aquellos que no están dispuestos a entrar en el banquete, “se sienten seguros”, “salvados a su modo, fuera del banquete”. “Han perdido el sentido de la gratuidad – explicó Francisco – el sentido del amor”. “Han perdido – añadió – una cosa más grande y más bella aún y esto es muy malo: han perdido la capacidad de sentirse amados”.
“Y cuando tú pierdes – no digo la capacidad de amar, porque eso se recupera – la capacidad de sentirte amado no hay esperanza, has perdido todo. Nos hace pensar en lo que está escrito en la puerta del infierno dantesco: “Dejen la esperanza”, has perdido todo. Debemos pensar ante este Señor: “Porque yo les digo, yo quiero que mi casa se llene”. Este Señor que es tan grande, que es tan amoroso, que en su gratuidad quiere llenar la casa. Pidamos al Señor que nos salve de perder la capacidad de sentirse amados”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).

ORAR CON EL SALMO DE HOY: GUSTAD Y VED QUÉ BUENO ES EL SEÑOR





Del Salmo 33:

 Bendigo al Señor en todo momento

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. 

 Bendigo al Señor en todo momento

Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su Nombre.
Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará. 

 Bendigo al Señor en todo momento

Gustad y ved qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a Él.
Venid, hijos, escuchadme:
os instruiré en el temor del Señor. 

 Bendigo al Señor en todo momento

Guarda tu lengua del mal,
tus labios de la falsedad;
apártate del mal, obra el bien,
busca la paz y corre tras ella. 

 Bendigo al Señor en todo momento

COMENTARIO DE BENEDICTO XVI AL EVANGELIO DE SAN MATEO (19,27-29)


 


Después del episodio del "joven rico", que no había tenido la valentía de separarse de sus "muchas riquezas" para seguir a Jesús, el apóstol san Pedro pregunta al Señor qué recompensa les tocará a ellos, los discípulos, que en cambio han dejado todo para estar con Él. 

La respuesta de Cristo revela la inmensa generosidad de su corazón: a los Doce les promete que participarán en su autoridad sobre el nuevo Israel; además, asegura a todos que "quien haya dejado" los bienes terrenos por su nombre, "recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna". 

Quien elige a Jesús encuentra el tesoro mayor, la perla preciosa, que da valor a todo lo demás, porque Él es la Sabiduría divina encarnada que vino al mundo para que la humanidad tenga vida en abundancia. Y quien acoge la bondad, la belleza y la verdad superiores de Cristo, en quien habita toda la plenitud de Dios, entra con Él en su reino, donde los criterios de valor de este mundo ya no cuentan e incluso quedan completamente invertidos.

... La persona que, fascinada por la sabiduría, la busca y la encuentra en Cristo, deja todo por Él, recibiendo en cambio el don inestimable del reino de Dios, y revestida de templanza, prudencia, justicia y fortaleza —las virtudes "cardinales"— vive en la Iglesia el testimonio de la caridad.

(Homilía del 6 de mayo de 2006)

EVANGELIO DE HOY: LA RECOMPENSA POR SEGUIR A JESÚS






Lectura del santo evangelio según san Mateo (19,27-29):

En aquel tiempo, dijo Pedro a Jesús: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?»

Jesús les dijo: «Os aseguro: cuando llegue la renovación, y el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, también vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis en doce tronos para regir a las doce tribus de Israel. 

El que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna.»

Palabra del Señor

lunes, 6 de noviembre de 2017

Papa Francisco: Ser “hombres de la vida y no de la muerte”


“La fe que profesamos en la resurrección nos lleva a ser hombres de esperanza y no de desesperación, hombres de la vida y no de la muerte, porque nos consuela la promesa de la vida eterna enraizada en la unión con Cristo resucitado”, ha dicho el Papa Francisco.
A las 11:30 horas de esta mañana, en el Altar de la Cátedra de la Basílica Vaticana, el Santo Padre Francisco ha presidido la Santa Misa en sufragio de los cardenales y obispos fallecidos este año.
«Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?» (42,3). “Son palabras poéticas que expresan de manera conmovedora nuestra espera vigilante y sedienta del amor, de la belleza, de la felicidad y de la sabiduría de Dios”, ha explicado el Papa.
Estas palabras del Salmo –ha aclarado el Santo Padre– se habían quedado grabadas en el alma de nuestros hermanos cardenales y obispos que hoy recordamos. “Damos gracias por su servicio generoso al Evangelio y a la Iglesia” y ha añadido que Dios es fiel y nuestra esperanza en Él no es inútil.
Sigue el texto de la homilía del Papa:
Homilía del Papa Francisco
La celebración de hoy nos pone una vez más frente a la realidad de la muerte, haciendo que también se reavive en nosotros el dolor por la separación de las personas que han estado cerca de nosotros, y nos han ayudado; pero la liturgia alimenta sobre todo nuestra esperanza por ellos y por nosotros mismos.
La primera lectura expresa una firme esperanza en la resurrección de los justos: «Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra despertarán: unos para vida eterna, otros para vergüenza e ignominia perpetua» (12,2). Los que duermen en el polvo, es decir, en la tierra, son obviamente los muertos, y el despertar de la muerte no es en sí mismo un retorno a la vida: algunos despertarán para la vida eterna, otros para vergüenza eterna. La muerte hace definitiva la «encrucijada» que ya está ante nosotros aquí, en este mundo: la senda de la vida, es decir, con Dios, o la senda de la muerte, es decir, lejos de Él. Esos «muchos» que resucitarán para la vida eterna son los «muchos» por los que Cristo ha derramado su sangre. Son esa muchedumbre que, gracias a la bondad misericordiosa de Dios, experimenta la realidad de la vida que no acaba, la victoria completa sobre la muerte a través de la resurrección.
En el Evangelio, Jesús fortalece nuestra esperanza, cuando dice: « Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre» (Jn 6,51). Estas palabras remiten al sacrificio de Cristo en la cruz. Él aceptó la muerte para salvar a los hombres que el Padre le había entregado y que estaban muertos en la esclavitud del pecado. Jesús se hizo nuestro hermano y compartió nuestra condición hasta la muerte; con su amor rompió el yugo de la muerte y nos abrió las puertas de la vida. Con su cuerpo y su sangre nos alimenta y nos une a su amor fiel, que lleva en sí la esperanza de la victoria definitiva del bien sobre el mal, sobre el sufrimiento y sobre la muerte. En virtud de este vínculo divino de la caridad de Cristo, sabemos que la comunión con los muertos no es simplemente un deseo, una imaginación, sino que se vuelve real.
La fe que profesamos en la resurrección nos lleva a ser hombres de esperanza y no de desesperación, hombres de la vida y no de la muerte, porque nos consuela la promesa de la vida eterna enraizada en la unión con Cristo resucitado.
Esta esperanza, que la Palabra de Dios reaviva en nosotros, nos ayuda a tener una actitud de confianza frente a la muerte: en efecto, Jesús nos ha mostrado que esta no es la última palabra, sino que el amor misericordioso del Padre nos transfigura y nos hace vivir en comunión eterna con Él. Una característica fundamental del cristiano es el sentido de la espera palpitante del encuentro final con Dios. Lo hemos reafirmado hace poco en el Salmo Responsable: «Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?» (42,3). Son palabras poéticas que expresan de manera conmovedora nuestra espera vigilante y sedienta del amor, de la belleza, de la felicidad y de la sabiduría de Dios.
Estas palabras del Salmo se habían quedado grabadas en el alma de nuestros hermanos cardenales y obispos que hoy recordamos: nos han dejado después de haber servido a la Iglesia y al pueblo que se les confió con la mirada puesta en la eternidad. Por tanto, damos gracias por su servicio generoso al Evangelio y a la Iglesia, al mismo tiempo que nos parece oírles repetir con el Apóstol: «La esperanza no defrauda» (Rm 5,5). Sí, no defrauda. Dios es fiel y nuestra esperanza en Él no es inútil. Invoquemos para ellos la intercesión materna de María Santísima, para que participen en el banquete eterno, que con fe y amor gustaron ya durante su peregrinación terrena.
ZENIT

Video del Papa: “Testimoniar el Evangelio en Asia”