martes, 7 de noviembre de 2017

Guerra y muerte: «El mundo no quiere aprender la lección»


«Las guerras solo producen cementerios y muerte. El mundo no quiere aprender la lección». Palabras pronunciadas por el Papa dos veces en apenas 48 horas. Justo en medio de la escalada de tensión entre Corea y Estados Unidos, Francisco decidió irrumpir en la escena internacional a su estilo. Con gestos ineludibles. Por eso, en el día de los fieles difuntos, visitó un cementerio donde yacen los restos de soldados estadounidenses caídos en la Segunda Guerra Mundial. Los puso como ejemplo de la violencia sin sentido, que jamás se debería repetir
Además de una ceremonia litúrgica, la visita del Papa pareció una jugada geopolítica en un escenario mundial cada vez más incierto. Un escenario que preocupa a una Santa Sede con poca capacidad de maniobra. En ese contexto, el Pontífice quiso mandar señales inconfundibles. Por eso eligió, este año, celebrar su tradicional Misa de difuntos en el cementerio americano de Nettuno.
Durante los primeros años de su pontificado visitó en tres ocasiones el panteón más grande de Roma, el Verano. La cuarta fue a Prima Porta, siempre dentro la ciudad. Esta vez fue distinta. Se trasladó mucho más al sur, fuera de su diócesis.
Nettuno es una localidad costera, pegada a Anzio, puerto elegido para el desembarco de las tropas aliadas en 1944. Desde allí avanzaron hacia la capital en una batalla sangrienta con los soldados nazis que duró unos cuatro meses y dejó miles de víctimas.
7.000 estadounidenses enterrados
Unos 7.000 estadounidenses, caídos entonces, están enterrados en ese cementerio. El Papa recorrió en silencio el camposanto, un prado verdísimo. Rezando. Deslizó algunas rosas blancas sobre las pálidas cruces de mármol que señalan cada tumba. Una tras otra, todas iguales. Fueron momentos coreográficos de enorme impacto. La foto del Pontífice blanco en medio de aquellas cruces se convirtió inmediatamente en noticia.
Después celebró la Misa. Prácticamente no habló de los fieles difuntos. Al menos no lo hizo del modo tradicional. Ya el día anterior, en la fiesta de Todos los Santos, había improvisado hablando ante una multitud en la plaza de San Pedro: «Las guerras no producen otra cosa que cementerios y muerte, por eso he querido cumplir este signo en un momento en el cual nuestra humanidad parece no haber entendido la lección o no querer entenderla», había dicho tras rezar el ángelus, anticipando su visita al cementerio del día siguiente.
En Nettuno repitió el concepto. Y clamó: «¡Nunca más la guerra. Nunca más esta masacre inútil!». Porque «con la guerra se pierde todo». Habló de aquel «lugar especial» que conmemora «la muerte de tantos que eran poco más que veinteañeros». Y recordó la historia de aquella anciana que, mirando las ruinas de Hiroshima devastadas por la bomba nuclear, exclamó: «Los hombres hacen todo para declarar y hacer una guerra y al final se destruyen a sí mismos».
«Esta es la guerra, la destrucción de nosotros mismos. Seguramente aquella mujer había perdido hijos y nietos, tenía una plaga en su corazón y lágrimas. Si hoy es un día de esperanza, hoy también es un día de lágrimas. Lágrimas como las de las esposas y madres que durante los conflictos mundiales vieron llegar una carta acompañada de la frase trágica: “Usted, señora, tiene el honor de que su esposo fue un héroe de la patria, que sus hijos son héroes de la patria”. Lágrimas que la humanidad de hoy no debe olvidar», precisó.
Inmediatamente repitió que, por orgullo, la humanidad «no ha aprendido la lección y parece que no quiere aprenderla». «Cuando tantas veces en la historia los hombres piensan en hacer una guerra, están convencidos de traer un nuevo mundo, de hacer una primavera y, sin embargo, termina un invierno, feo, cruel, el reino del terror y de la muerte», dijo.
Para el Papa, el único fruto de la guerra es la muerte: del futuro, de los jóvenes, de los niños inocentes. Por eso invocó la «gracia de llorar» por las víctimas que «mueren en las batallas diarias en esta amarga guerra que está arruinando nuestro mundo».
Tercera Guerra Mundial a pedazos
Ninguna de estas palabras resulta casual. Demuestra la preocupación del pontífice, en primera persona, por esa «Tercera Guerra Mundial a pedazos» que denuncia desde el inicio de su papado pero que, en los últimos meses, ha tenido una drástica aceleración. Y demuestra, también, que él mismo decidió enviar un mensaje a Estados Unidos a falta de interlocutores fluidos con el Gobierno de Donald Trump.
Entre la Casa Blanca y el palacio apostólico vaticano, no existe hoy un hilo rojo de comunicación. «Nos salvamos de Hillary Clinton, pero con Trump no sabemos a dónde iremos a dar, es una incógnita», confesó un alto funcionario diplomático de la Santa Sede a este cronista hace pocas semanas. Esto no ha impedido que la Santa Sede intente empujar su mensaje de paz en un contexto difícil, pero sin demasiado éxito.
Así se ha abierto paso la diplomacia de los gestos. Como fue la visita al ce menterio de Nettuno y el posterior recorrido, también en el día de los fieles difuntos, por las fosas Ardeatinas, las cavas donde fueron fusiladas 335 personas, entre civiles y soldados italianos, a manos de las fuerzas nazis. Una represalia al ataque de la resistencia contra soldados de las SS alemanas en vía Rasella de Roma. Tras recordar a estas víctimas, el Papa escribió en el libro de honor del monumento: «Estos son los frutos de la guerra: odio, muerte, venganza…».
Francisco tiene muy presente el impacto devastador de las guerras y la amenaza nuclear. En los próximos días tendrá la oportunidad de profundizar en materia. Lo hará este viernes, cuando tome la palabra ante los participantes en un encuentro vaticano sobre desarme y bombas atómicas. Un coloquio inédito, que llevó erróneamente a algunos medios a hablar de «mediación del Papa» entre Estados Unidos y Corea del Norte.
El equívoco provocó una desmentida seca del portavoz vaticano Greg Burke, quien advirtió que la conferencia Perspectivas para un mundo libre de armas nucleares y el desarrollo integral no significa mediación alguna. Pero al mismo tiempo dejó claro que «el Santo Padre trabaja con determinación para promover las condiciones necesarias para un mundo sin armas nucleares».
Andrés Beltramo Álvarez

Una propuesta para evangelizar las sociedades secularizadas


El P. Jesús Morán miembro y copresidente del Movimiento de los Focolares que cumplió 50 años de fundación en Chile, explicó cómo la Iglesia puede hacer frente a las sociedades secularizadas.
El sacerdote dijo a ACI Prensa que hay «países que están viviendo un proceso de exculturación» vale decir, el rechazo a «la encarnación del anuncio en la cultura, los grandes valores del humanismo cristiano». «Si no escuchamos al mundo, corremos el riesgo de ofrecer respuestas equivocadas». Este, por ejemplo, «es el gran drama de la Iglesia en Europa».
Para evangelizar el mundo actual, explicó el presbítero, los movimientos eclesiales deben ser fieles a su carisma y buscar los modos para hacerlo cada vez más fértil. Este proceso, indicó, se puede plasmar con un concepto de San Juan Pablo II conocido como la «fidelidad creativa».
En primer lugar, resaltó el P. Morán, es necesario recurrir «a las fuentes, es decir, al Evangelio y al carisma» a través de la revelación dada por Dios. También, se deben «escuchar los signos de los tiempos, el lenguaje del hombre de hoy».
En segundo lugar, «entra en juego la creatividad, como un impulso del Espíritu Santo» para hacer frente al desafío de «recrear la cultura cristiana en un mundo distinto poniendo en movimiento la técnica de Jesús que son los encuentros significativos con las personas». Es decir, «hacer que Jesús esté vivo en las comunidades, en las parroquias, en los movimientos porque de otra manera no tenemos receptividad». «Estos encuentros significativos son el futuro de la Iglesia en sociedades secularizadas», enfatizó el P. Morán.
El copresidente de los Focolares manifestó su alegría por su movimiento que «siempre quiso ser un signo de unidad y fraternidad en un país que ha sufrido muchas divisiones».
Los 50 años del movimiento en Chile constituyen «una gran oportunidad para agradecer a Dios por tantas personas que han dado la vida por este ideal de unidad». «Para poder escuchar al hombre de hoy, pienso que también han adquirido la madurez para poder ser un signo visible y eficaz, para poder ser más incisivos en la sociedad», finalizó.
Medio siglo
El Movimiento de los Focolares llegó a Chile en 1967 con el apoyo del obispo de Osorno, de esa época, monseñor Francisco Valdés Subercasseaux.
El P. Morán vivió en Chile durante 23 años y llegó al país sureño para celebrar los 50 años de vida con el lanzamiento de su libro titulado ‘Tomar el Pulso del tiempo: El desafío de la actualización de un Carisma’, el pasado 2 de noviembre en la Pontificia Universidad Católica de Chile.
La reflexión del P. Morán se basa en su experiencia como miembro del Movimiento de los Focolares iniciado por la italiana Chiara Lubich en 1943 en Trento, Italia.
Sus miembros insertos en todos los ámbitos de la sociedad, consagrados y laicos, viven una espiritualidad de comunión y promueven la construcción de un mundo más unido, motivados por la oración de Jesús al Padre: «Que todos sean uno» (Jn. 17, 21).
Algunos movimientos eclesiales y nuevas comunidades laicales surgieron en la Iglesia como fruto del Concilio Vaticano II.
Son realidades que han recibido el aliento de San Juan Pablo II, especialmente en el Congreso Mundial de los Movimientos Eclesiales de 1998; de Benedicto XVI, especialmente en Pentecostés de 2006; y el Papa Francisco que recibe a algunos de ellos anualmente.
ACI/Giselle Vargas

Santa Marta: «Cada uno de nosotros es un elegido, una elegida de Dios»


«Cada uno de nosotros es un elegido, una elegida de Dios». «Cuando Dios llama, esa llamada permanece durante toda la vida». Lo ha dicho el Papa en la homilía de la Misa matutina celebrada este lunes, 6 de noviembre, en la capilla de la Casa de Santa Marta, inspirada en el tema de la «elección de Dios» presente en la liturgia a través de la Carta de San Pablo a los Romanos.
«Cuando Dios da un don, este don es irrevocable: no lo da hoy y lo quita mañana. Cuando Dios llama, esa llamada permanece durante toda la vida». Con esta reflexión comenzó el Papa la homilía.
«Cada uno de nosotros es un elegido, una elegida de Dios. Cada uno de nosotros lleva una promesa que el Señor hizo: ‘Camina en mi presencia, sé irreprensible y yo te haré esto’», así lo ha explicado el Papa. «Y cada uno de nosotros hace alianzas con el Señor. Puede hacerlas, si no quiere hacerlas, es libre», ha descrito el Papa como «un hecho».
El Santo Padre también lo plantea como un interrogante: «¿Cómo siento yo la elección? ¿O me siento cristiano de casualidad? ¿Cómo vivo yo la promesa, una promesa de salvación en mi camino, y cómo soy fiel a la alianza? ¿Cómo Él es fiel?».
El Papa Francisco continuó con la reflexión en torno a San Pablo en cuanto a la elección de Dios, y dijo que el Apóstol usa «cuatro veces» dos palabras: «desobediencia» y «misericordia». A la vez que añadió que donde está una, estuvo la otra, porque éste es nuestro camino de Salvación:
«Esto quiere decir que en el camino de la elección, hacia la promesa y la alianza, se producirán pecados, habrá desobediencia, pero ante esta desobediencia siempre está la misericordia. Es como la dinámica de nuestro caminar hacia la madurez: siempre está la misericordia, porque Él es fiel, Él jamás revoca sus dones. Está relacionado: esto está relacionado con el hecho de que los dones son irrevocables. ¿Por qué? Porque ante nuestras debilidades, ante nuestros pecados, siempre está la misericordia y cuando Pablo llega a esta reflexión, da un paso más – pero no nos da una explicación a nosotros – de adoración».
Así, el Sumo Pontífice ha exhortado a «pensar hoy en nuestra elección, en las promesas que el Señor nos ha hecho y en cómo vivo yo la alianza con el Señor». Y «cómo me dejo –permítanme la palabra– ‘misericordiar’ por el Señor» –ha añadido Francisco– «ante mis pecados, ante mis desobediencias».
Y al final, «si yo soy capaz, como Pablo, de alabar a Dios por esto que me ha dado a mí, a cada uno de nosotros: alabar y hacer aquel acto de adoración. Pero sin olvidar jamás que los dones y la llamada de Dios son irrevocables», ha concluido el Papa.
Zenit/Rosa Die Alcolea

El Papa Francisco nombra a dos mujeres para importantes cargos en el Vaticano


El Papa Francisco ha nombrado a dos mujeres como Subsecretarias del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida. Se trata de la profesora Gabriella Gambino, que se encargará de la sección para la Vida del dicasterio, y de Linda Ghisoni, juez y docente, que se hará cargo de la Sección para los fieles laicos.
Gabriella Gambino
Nació en Milán el 24 de abril de 1968 y es madre de cinco hijos. En 1995 se licenció en Ciencias Políticas por la Universidad de los Estudios de Milán y en 2001 obtuvo el doctorado en Bioética por el Instituto de bioética de la Universidad Católica del Sacro Cuore en Roma.
Desde 2001 hasta 2007 ha desarrollado su carrera como docente e investigadora en bioética en el Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Universidad LUISS-Guido Carli en Roma.
En 2002 fue nombrada Experta Científica del Comité Nacional para la Bioética por la Presidencia del Consejo de Ministros.
De 2013 a 2016 ha colaborado con el Pontificio Consejo para los Laicos y la Pontificia Academia para la Vida. En la actualidad es profesora agregada de Bioética en la Facultad de Filosofía, así como profesora de esta materia en la Facultad de Filosofía y Jurisprudencia de la Universidad de los Estudios de Roma en Tor Vergata.
También es profesora en el Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II para las Ciencias del Matrimonio y de la Familia en la Universidad Lateranense.
Linda Ghisoni
Nació en a Cortemaggiore, Piacenza, en 1965 y es madre de dos hijos. Está diplomada en Filosofía y Teología por la Eberhard-Karls-Universität de Tübingen (Alemania).
En 1999 se doctoró en Derecho Canónico por la Pontificia Universidad Gregoriana y obtuvo el diploma de abogado de la rota en el Studium rotale del Tribunal de la rota Romana en 2002. En 1994 obtuvo el diploma de praxis administrativa en la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos.
En el Tribunal de primera instancia y de apelo del Vicariato de Roma ha desarrollado la actividad de Notario, Defensor del vínculo, auditor, y de juez.
En la Santa Sede ha sido Defensor del vínculo por el Tribunal de la rota Romana de 2003 a 2009. Pero también Comisario diputado en la Defensa del vínculo en las causas de disolución del matrimonio rato y no consumado en la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de 2006 a 2011.
ACI

El Papa en Santa Marta: No perder la capacidad de sentirnos amados

"Si se pierde la capacidad de sentirse amados, se pierde todo", con estas palabras el Papa Francisco sintetizó su homilía matutina en la capilla de Santa Marta, el martes 7 de noviembre, reflexionando sobre el pasaje del Evangelio de San Lucas en el que Jesús responde con una parábola, a uno de los comensales que le había dicho: “¡Bienaventurado el que tomará la comida en el Reino de Dios!".
El Santo Padre reflexionó sobre el pasaje del Evangelio de San Lucas propuesto por la liturgia del día, en el que Jesús narra una parábola, sin explicaciones, para responder a uno de los comensales que le había dicho: “¡Bienaventurado el que tomará la comida en el Reino de Dios!”. El Señor aconseja a quien debe invitar a alguien a su casa, que invite a quien no puede devolver la invitación.
Un hombre ofreció una gran cena – relata precisamente la parábola – e invitó a muchas personas. Los primeros invitados no quisieron ir porque no tenían interés ni por la cena, ni por la gente, ni por la invitación del Señor: estaban ocupados en sus propios intereses que eran más grandes que esa invitación. Estaba el que había comprado cinco pares de bueyes, el que había comprado un campo, o el que estaba recién casado. En una palabra – subrayó el Papa – se preguntaban qué habrían podido ganar. Estaban “ocupados” como aquel hombre que había construido depósitos para acumular sus bienes, pero que murió aquella noche.
Estaban apegados a sus intereses hasta el punto de que esto los llevaba a una “esclavitud del Espíritu”, es decir a ser “incapaces de comprender la gratuidad de la invitación”. Una actitud ante la cual el Papa Francisco hizo una recomendación:
“Y si no se comprende la gratuidad de la invitación de Dios no se entiende nada. La iniciativa de Dios siempre es gratuita. Pero para ir a este banquete, ¿cuánto hay que pagar? El boleto de entrada es estar enfermo, es ser pobre, es ser pecador… Así estos te dejan entrar. Este es el boleto de entrada: estar necesitado, tanto en el cuerpo como en el alma. Pero, para la necesidad de cuidado, de curación, hay que tener necesidad de amor…”.
De manera que hay dos actitudes: por una parte la de Dios que no hace pagar nada y dice después al siervo que conduzca a los pobres, a los lisiados, a los buenos y a los malos. Se trata de una gratuidad que “no tiene límites”. Dios – subrayó el Santo Padre – “recibe a todos”. Por otra parte, está el modo de actuar de los primeros invitados que, en cambio, no comprenden la gratuidad. Como el hermano mayor del Hijo Pródigo, que no quiere ir al banquete organizado por el padre para su hermano que se había ido, y que no entiende.
“Pero a éste, que ha gastado todo su dinero, que ha gastado la herencia, con los vicios, con los pecados, ¿tú le haces fiesta? ¿Y yo que soy un católico, que practico, que voy a misa todos los domingos, que cumplo con las cosas, a mí nada?”. Este no entiende la gratuidad de la salvación, piensa que la salvación es fruto del “yo pago y tú me salvas”. Pago con esto, con esto, con esto… No. ¡La salvación es gratuita! Y si tú no entras en esta dinámica de la gratuidad no entiendes nada. La salvación es un don de Dios al que se responde con otro don, el don de mi corazón”.
El Papa Francisco volvió a referirse a quienes piensan en sus propios intereses, que cuando oyen hablar de dones, saben que se deben hacer, pero que inmediatamente piensan en “la devolución”: “Haré este regalo”, y él después “en otra ocasión, me hará otro”.
En cambio el Señor “no pide nada a cambio”: “Sólo amor y fidelidad, como Él es amor y Él es fiel” – dijo el Papa Bergoglio – evidenciando que “la salvación no se compra, sencillamente se entra en el banquete”. “Bienaventurado quien tomará alimento en el Reino de Dios”: ésta es la salvación.
Pero aquellos que no están dispuestos a entrar en el banquete, “se sienten seguros”, “salvados a su modo, fuera del banquete”. “Han perdido el sentido de la gratuidad – explicó Francisco – el sentido del amor”. “Han perdido – añadió – una cosa más grande y más bella aún y esto es muy malo: han perdido la capacidad de sentirse amados”.
“Y cuando tú pierdes – no digo la capacidad de amar, porque eso se recupera – la capacidad de sentirte amado no hay esperanza, has perdido todo. Nos hace pensar en lo que está escrito en la puerta del infierno dantesco: “Dejen la esperanza”, has perdido todo. Debemos pensar ante este Señor: “Porque yo les digo, yo quiero que mi casa se llene”. Este Señor que es tan grande, que es tan amoroso, que en su gratuidad quiere llenar la casa. Pidamos al Señor que nos salve de perder la capacidad de sentirse amados”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).

ORAR CON EL SALMO DE HOY: GUSTAD Y VED QUÉ BUENO ES EL SEÑOR





Del Salmo 33:

 Bendigo al Señor en todo momento

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. 

 Bendigo al Señor en todo momento

Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su Nombre.
Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará. 

 Bendigo al Señor en todo momento

Gustad y ved qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a Él.
Venid, hijos, escuchadme:
os instruiré en el temor del Señor. 

 Bendigo al Señor en todo momento

Guarda tu lengua del mal,
tus labios de la falsedad;
apártate del mal, obra el bien,
busca la paz y corre tras ella. 

 Bendigo al Señor en todo momento

COMENTARIO DE BENEDICTO XVI AL EVANGELIO DE SAN MATEO (19,27-29)


 


Después del episodio del "joven rico", que no había tenido la valentía de separarse de sus "muchas riquezas" para seguir a Jesús, el apóstol san Pedro pregunta al Señor qué recompensa les tocará a ellos, los discípulos, que en cambio han dejado todo para estar con Él. 

La respuesta de Cristo revela la inmensa generosidad de su corazón: a los Doce les promete que participarán en su autoridad sobre el nuevo Israel; además, asegura a todos que "quien haya dejado" los bienes terrenos por su nombre, "recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna". 

Quien elige a Jesús encuentra el tesoro mayor, la perla preciosa, que da valor a todo lo demás, porque Él es la Sabiduría divina encarnada que vino al mundo para que la humanidad tenga vida en abundancia. Y quien acoge la bondad, la belleza y la verdad superiores de Cristo, en quien habita toda la plenitud de Dios, entra con Él en su reino, donde los criterios de valor de este mundo ya no cuentan e incluso quedan completamente invertidos.

... La persona que, fascinada por la sabiduría, la busca y la encuentra en Cristo, deja todo por Él, recibiendo en cambio el don inestimable del reino de Dios, y revestida de templanza, prudencia, justicia y fortaleza —las virtudes "cardinales"— vive en la Iglesia el testimonio de la caridad.

(Homilía del 6 de mayo de 2006)

EVANGELIO DE HOY: LA RECOMPENSA POR SEGUIR A JESÚS






Lectura del santo evangelio según san Mateo (19,27-29):

En aquel tiempo, dijo Pedro a Jesús: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?»

Jesús les dijo: «Os aseguro: cuando llegue la renovación, y el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, también vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis en doce tronos para regir a las doce tribus de Israel. 

El que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna.»

Palabra del Señor

lunes, 6 de noviembre de 2017

Papa Francisco: Ser “hombres de la vida y no de la muerte”


“La fe que profesamos en la resurrección nos lleva a ser hombres de esperanza y no de desesperación, hombres de la vida y no de la muerte, porque nos consuela la promesa de la vida eterna enraizada en la unión con Cristo resucitado”, ha dicho el Papa Francisco.
A las 11:30 horas de esta mañana, en el Altar de la Cátedra de la Basílica Vaticana, el Santo Padre Francisco ha presidido la Santa Misa en sufragio de los cardenales y obispos fallecidos este año.
«Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?» (42,3). “Son palabras poéticas que expresan de manera conmovedora nuestra espera vigilante y sedienta del amor, de la belleza, de la felicidad y de la sabiduría de Dios”, ha explicado el Papa.
Estas palabras del Salmo –ha aclarado el Santo Padre– se habían quedado grabadas en el alma de nuestros hermanos cardenales y obispos que hoy recordamos. “Damos gracias por su servicio generoso al Evangelio y a la Iglesia” y ha añadido que Dios es fiel y nuestra esperanza en Él no es inútil.
Sigue el texto de la homilía del Papa:
Homilía del Papa Francisco
La celebración de hoy nos pone una vez más frente a la realidad de la muerte, haciendo que también se reavive en nosotros el dolor por la separación de las personas que han estado cerca de nosotros, y nos han ayudado; pero la liturgia alimenta sobre todo nuestra esperanza por ellos y por nosotros mismos.
La primera lectura expresa una firme esperanza en la resurrección de los justos: «Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra despertarán: unos para vida eterna, otros para vergüenza e ignominia perpetua» (12,2). Los que duermen en el polvo, es decir, en la tierra, son obviamente los muertos, y el despertar de la muerte no es en sí mismo un retorno a la vida: algunos despertarán para la vida eterna, otros para vergüenza eterna. La muerte hace definitiva la «encrucijada» que ya está ante nosotros aquí, en este mundo: la senda de la vida, es decir, con Dios, o la senda de la muerte, es decir, lejos de Él. Esos «muchos» que resucitarán para la vida eterna son los «muchos» por los que Cristo ha derramado su sangre. Son esa muchedumbre que, gracias a la bondad misericordiosa de Dios, experimenta la realidad de la vida que no acaba, la victoria completa sobre la muerte a través de la resurrección.
En el Evangelio, Jesús fortalece nuestra esperanza, cuando dice: « Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre» (Jn 6,51). Estas palabras remiten al sacrificio de Cristo en la cruz. Él aceptó la muerte para salvar a los hombres que el Padre le había entregado y que estaban muertos en la esclavitud del pecado. Jesús se hizo nuestro hermano y compartió nuestra condición hasta la muerte; con su amor rompió el yugo de la muerte y nos abrió las puertas de la vida. Con su cuerpo y su sangre nos alimenta y nos une a su amor fiel, que lleva en sí la esperanza de la victoria definitiva del bien sobre el mal, sobre el sufrimiento y sobre la muerte. En virtud de este vínculo divino de la caridad de Cristo, sabemos que la comunión con los muertos no es simplemente un deseo, una imaginación, sino que se vuelve real.
La fe que profesamos en la resurrección nos lleva a ser hombres de esperanza y no de desesperación, hombres de la vida y no de la muerte, porque nos consuela la promesa de la vida eterna enraizada en la unión con Cristo resucitado.
Esta esperanza, que la Palabra de Dios reaviva en nosotros, nos ayuda a tener una actitud de confianza frente a la muerte: en efecto, Jesús nos ha mostrado que esta no es la última palabra, sino que el amor misericordioso del Padre nos transfigura y nos hace vivir en comunión eterna con Él. Una característica fundamental del cristiano es el sentido de la espera palpitante del encuentro final con Dios. Lo hemos reafirmado hace poco en el Salmo Responsable: «Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?» (42,3). Son palabras poéticas que expresan de manera conmovedora nuestra espera vigilante y sedienta del amor, de la belleza, de la felicidad y de la sabiduría de Dios.
Estas palabras del Salmo se habían quedado grabadas en el alma de nuestros hermanos cardenales y obispos que hoy recordamos: nos han dejado después de haber servido a la Iglesia y al pueblo que se les confió con la mirada puesta en la eternidad. Por tanto, damos gracias por su servicio generoso al Evangelio y a la Iglesia, al mismo tiempo que nos parece oírles repetir con el Apóstol: «La esperanza no defrauda» (Rm 5,5). Sí, no defrauda. Dios es fiel y nuestra esperanza en Él no es inútil. Invoquemos para ellos la intercesión materna de María Santísima, para que participen en el banquete eterno, que con fe y amor gustaron ya durante su peregrinación terrena.
ZENIT

Video del Papa: “Testimoniar el Evangelio en Asia”

Carta del arzobispo de Madrid: Un encuentro que lo cambia todo


Conozco muchas vidas de santos, he leído mucho sobre ellos, y he llegado a la conclusión de que en todos hay unas dimensiones humanas que nacen de la visión del hombre que nos regala Jesucristo: la personal y comunitaria; la espiritual; la intelectual; y la misionera
Este mes de noviembre celebramos la fiesta de Todos los Santos, hombres y mujeres de todas las edades, niños, jóvenes, adultos, ancianos que se dejaron llenar la vida por la fuerza del Espíritu Santo y de la Palabra; en diversas circunstancias, esto los llevó a contagiar a sus contemporáneos y a los que vivimos hoy de Jesucristo, haciendo posible que viésemos obras del Señor expresamente manifestadas en sus vidas. Ellos reconocieron la verdad del ser humano en Cristo, creyeron en Él como su Salvador, vieron que solo el seguimiento de su persona daba pleno significado a sus vidas y, entrando por caminos diversos al encuentro de los hombres, siguieron sus pasos. Escucharon aquellas palabras que un día Mateo, el recaudador de impuestos, escuchó: «Sígueme».
La presencia de Cristo Resucitado fue un factor imprescindible de su vida entregada y de todo su proceso de prestarla para que el rostro del Señor se manifestase. De acuerdo con el desarrollo de sus personas, por la edad que tenían, por las circunstancias en las que vivieron, por la pasión que el Señor ponía en su corazón, describieron con su propia sangre una página del Evangelio que los llevaba siempre a salir de sí mismos e ir a los demás en medio de las exigencias de la historia.
¿Cómo era su vida? Aunque formulada y vivida desde diversas realidades y épocas, en todos se dan unas dimensiones que ellos, en nombre de Jesucristo, nos animan a cultivar siempre. Conozco muchas vidas de santos, he leído mucho sobre ellos, y he llegado a la conclusión de que en todos hay unas dimensiones humanas que nacen de la visión del hombre que nos regala Jesucristo: la personal y comunitaria; la espiritual; la intelectual, y la misionera. Deseo hacer alguna reflexión sobre cada una de ellas:
Dimensión personal y comunitaria: todos los santos han asumido su propia historia y la historia de su tiempo para acercar a Jesucristo. Han sabido vivir esta dimensión en un mundo plural, siempre con gran equilibrio, fortaleza y enorme serenidad a pesar de las dificultades que tuvieran y con una gran libertad interior. Son personalidades que maduraron en contacto con la realidad y siempre abiertas a la misión en el tiempo que les tocó vivir.
Dimensión espiritual: ¡qué atractivo tiene contemplar en los santos esta dimensión! Siempre les ha conducido a Jesús, es la que da fundamento, raíces y vida. Tienen una experiencia profunda de Dios que los lleva a un encuentro radical con Jesucristo y a una maduración profunda de entrega absoluta de sus vidas. El Señor se encarga de dar diversos carismas que se arraigan en sus personas en su camino de vida y de servicio propuesto por Jesucristo, al que dan un estilo personal, con una adhesión sincera realizada desde la fe, haciéndolo como la Virgen María; que tuvo que pasar por los caminos gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos de Jesucristo, el Maestro y el Señor.
Dimensión intelectual: ¡qué fuerza y potencia da a la razón de los santos el encuentro con Jesucristo! Les hace ver el profundo significado que tiene la realidad cuando el ser humano se abre a Dios. Ellos piensan con la luz que les da la fe y ven la verdad de lo que hay que hacer con la profundidad que da a la inteligencia quien nos ha dicho que es el Camino, la Verdad y la Vida. En los santos entendemos la novedad que trae el encuentro con Jesucristo para dialogar con la realidad y con la cultura.
Dimensión misionera: Cristo ha sido quien ha movido a los santos a anunciarlo de todas las maneras, en los ambientes diversos en los que el Señor los situó. En todos los lugares que estaban y en todas las ocasiones en las que se movían sus vidas eran discípulos misioneros. Ellos nos hacen ver que el mejor servicio que se puede hacer al mundo está en la proyección que nuestras vidas alcanzan cuando, a partir del encuentro con Cristo, salimos y presentamos un estilo y modo de vivir atrayente, que comunica vida, que nos compromete en la transformación del mundo con responsabilidad, que hace que despierte nuestra vida con inquietud hacia los más necesitados, hacia los alejados, hacia los que no conocen al Señor y desconocen lo que Él hace en nuestras vidas cuando le dejamos entrar en ellas.
Irradiar la fe a los demás
Los santos nos enseñan que, para vivir esas dimensiones que los llevaron a la santidad de modos diferentes, se requiere un encuentro con Jesucristo que nos haga:
1. Reconocerlo: Dios nos ha mostrado cómo nos ama en Jesucristo y nosotros respondemos con ese mismo amor construyendo la fraternidad desde la donación, el perdón, la renuncia y la ayuda al hermano. Un amor que se nos muestra en el Hijo de Dios que se hizo hombre, muerto y resucitado. Que ofrece la salvación a todos los hombres como un don de la gracia y de la misericordia de Dios. Una salvación que se realiza en la comunión con el único Absoluto, Dios, que se nos ha revelado y manifestado en Cristo, que comienza en esta vida y tiene su cumplimiento en la eternidad. ¿Reconoces al Señor que te ama? ¿Te reconoces en el Señor, en su amor?
2. Acogerlo-interiorizarlo: descubrir en Cristo la Buena Noticia, descubrir y vivir lo que nos dice el libro del Apocalipsis [«He aquí que hago nuevas todas las cosas» (Ap 21, 5)], requiere acoger conscientemente e interiorizar la novedad que trae a nuestra vida el Bautismo y vivir la vida según el Evangelio. Esto cambia nuestra vida, nos hace dar una versión nueva a la misma: convierte nuestra conciencia, las actividades en las que estamos, nuestras vidas y los ambientes concretos en los que nos movemos.
3. Anunciarlo: a Cristo hay que proclamarlo mediante el testimonio, desde la capacidad de comprensión y de aceptación, de comunión de vida y de destino con los demás, en la solidaridad con los esfuerzos de todos en todo aquello que existe de noble y bueno, irradiando con espontaneidad la fe que lleva valores más allá de los corrientes, que hace posible que los que rodean se pregunten ¿por qué son así? ¿Por qué viven de esta manera? ¿Quién los inspira? ¿Por qué están de nuestra parte, con nosotros? Pero también hay que hacer un anuncio explícito, claro e inequívoco de Jesucristo: de su nombre, de su doctrina, de su vida, de sus promesas, reino y misterio.
Con gran afecto, os bendice,
+Carlos Card. Osoro, arzobispo de Madrid
Alfa y Omega

'María, causa de nuestra alegría' - Fiesta de la Almudena 2017

No invites a tus amigos, sino a pobres y lisiados


Lectura del santo Evangelio según san Lucas 14, 12-14
En aquel tiempo, Jesús dijo a uno de los principales fariseos que lo había invitado:
«Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado.
Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos».
Palabra del Señor.

ÁNGELUS DEL PAPA: SEAMOS MANSOS Y HUMILDES DE CORAZÓN COMO JESÚS SIN BUSCAR HONORES

Como Jesús, que es manso y humilde de corazón, así debemos ser sus discípulos. Lo dijo el Papa Francisco al reflexionar en el XXXI domingo del tiempo ordinario sobre el Evangelio del día, ambientado en los últimos días de la vida del Señor en Jerusalén.
En sus últimos días el Maestro denuncia abiertamente algunos comportamientos negativos de los escribas y los fariseos, «Les gusta ocupar los primeros puestos en las comidas y los primeros asientos en las sinagogas; que los salude la gente por la calle y los llamen maestros » (vv.6-7), expresa el Señor. De este pasaje evangélico partió el Santo Padre para reflexionar haciendo el punto en algunos defectos frecuentes de las personas que detentan una autoridad, como aquel de exigir de los demás cosas,que inclusive pueden ser justas, pero que ellos no practican en primera persona.
De este modo el Obispo de Roma recordó que los discípulos de Jesús no debemos buscar títulos de honor, de autoridad o supremacía, sino que entre nosotros debe haber una actitud de hermanos. Y añadió, asimismo, que "si hemos recibido cualidades de nuestro Padre Celestial, debemos ponerlas al servicio de los hermanos, y no aprovecharlas para nuestra satisfacción personal".
El mal ejercicio de la autoridad – dijo también el Papa - no permite que la gente crezca, y crea un clima de desconfianza y hostilidad, mientras que, en cambio, la autoridad debería tomar precisamente su fuerza del buen ejemplo, que sirva para ayudar a los demás a practicar lo que es justo y debido, y para sostener en las pruebas a quienes se encuentran en el camino del bien.

domingo, 5 de noviembre de 2017

5 de noviembre: santa Ángela de la Cruz




Desde pequeñita fue alegre, devota y trabajadora. Sus problemas de salud le impidieron entrar en las Carmelitas Descalzas y las Hijas de la Caridad. Pasado el tiempo, y tras una profunda maduración espiritual fundamentada en la oración, fundó el Instituto de Hermanas de la Compañía de la Cruz, que se caracterizaban por el servicio a los pobres, «haciéndose pobre con el pobre para llevarlo a Cristo». Murió en 1932 y fue canonizada en 2003 en Madrid por san Juan Pablo II
Santa Ángela de la Cruz, más conocida como sor Ángela de la Cruz, nació en Sevilla en 1846. De pequeña era una niña alegre, devota y trabajadora. A los 13 años se tuvo que poner a trabajar y entró en un taller de zapatería. Tres años después, sor Ángela conoce al padre José Torres, un apoyo para su vida espiritual que le anima a madurar en su fe.
Tras un proceso de maduración espiritual, Ángela decide hacerse religiosa pero las Carmelitas Descalzas y las Hijas de la Caridad la rechazan por motivos de salud, así que, a pesar de no poder entrar como monja, Ángela continúa su vida de oración. Es estando en recogimiento, cuando ve una cruz vacía frente a la Cruz de Cristo crucificado, y recibe la inspiración de inmolarse junto a Jesús para la salvación de las almas. Esta inspiración presidirá toda su vida y la de sus hijas en la orden que iba a fundar.
Tras el suceso el padre José le manda escribir un diario espiritual. En él fue detallando su estilo de vida, que sería después el de sus hijas, cuando, en 1875, Ángela funde el Instituto de Hermanas de la Compañía de la Cruz, caracterizado por el servicio a los pobres «haciéndose pobre con el pobre para llevarlo a Cristo».
Las vocaciones crecen rápidamente así como las personas a las que tienen que atender. Pobres y ricos, todos estiman a las Hermanas de la Compañía de la Cruz. Son años de muchas fundaciones para Ángela, que morirá el 2 de marzo de 1932 a los 86 años de edad.
Fue beatificada en 1982 y canonizada por san Juan Pablo II el 4 de mayo de 2003 en la madrileña plaza de Colón.
José Calderero @jcalderero
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