viernes, 11 de noviembre de 2016

El Papa en Sta. Marta: ‘Dios es incapaz de no amar’


El papa Francisco, ha recordado hoy en la homilía de Santa Marta que Dios solo puede amar, no condena y su amor es nuestra victoria. 
Citando las palabras de san Pablo en la primer lectura, “si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?”, “si Dios nos salva, ¿quién nos condenará?”, el Santo Padre ha indicado que parece “la fuerza de esta seguridad de vencedor”, este don, el cristiano “lo tiene en las propias manos, como una propiedad”. El Papa ha asegurado que los cristianos podrían decir casi triunfantes: “¡Ahora nosotros somos los campeones!”
Pero –ha advertido– el sentido es otro. Somos vencedores “no porque tenemos este don en la mano, sino por otra cosa”. De este modo, el Papa ha precisado que es otra cosa la que “nos hace vencer o al menos si queremos rechazar la victoria siempre podremos vencer”. Es el hecho de que nada “podrá separarnos del amor de Dios, que es Jesucristo nuestro Señor”, ha explicado.
Y ha añadido: “no es que seamos vencedores sobre nuestros enemigos, sobre el pecado. ¡No! Estamos muy unidos al amor de Dios, que ninguna persona, ningún poder, nos podrá separar de este amor”. Asimismo, el Santo Padre ha subrayado que Pablo vio en el don algo más, lo que da el don: “es el don de la recreación, es el don de la regeneración en Cristo Jesús. Ha visto el amor de Dios. Un amor que no se puede explicar”.
Durante la homilía, el Pontífice ha subrayado que “cada hombre, cada mujer, puede rechazar el don”, preferir su vanidad, su orgullo y su pecado, pero “el don está”.
Por ello, ha asegurado que “el don es el amor de Dios, un Dios que no puede separarse de nosotros. Esa es la impotencia de Dios. Nosotros decimos: ‘Dios es poderoso, ¡puede hacer todo! Menos una cosa: ¡cansarse de nosotros!”
Igualmente ha indicado que en el Evangelio, esa imagen de Jesús que lloran en Jerusalén, nos hace entender este amor. “¡Jesús ha llorado! Lloró sobre Jerusalén y en ese llanto está toda la impotencia de Dios: su incapacidad de no amar, de nos cansarse de nosotros”, ha añadido.
Tal y como ha recordado, Jesús lloró sobre Jerusalén que mató a sus profetas, los que anunciaban la salvación. Y Dios dice a Jerusalén y a todos nosotros: “¡cuántas veces he querido recoger a tus hijos como una gallina con sus polluelos bajos sus alas y vosotros no habéis querido!” Así, el Papa ha observado que esta es “una imagen de ternura”.
Dios no puede no amar y esta es nuestra seguridad, ha indicado. “Yo puedo rechazar ese amor, puedo rechazarlo como lo hizo el buen ladrón, hasta el final de su vida. Pero allí lo esperaba ese amor. El más malo, el más blasfemador es amado por Dios con una ternura de padre, de papá”, ha asegurado el Pontífice.
Finalmente, ha concluido asegurando que Dios el Poderoso, el Creador, puede hacer todo, incluso llorar. “En este llando de Jesús sobre Jerusalén, en esas lágrimas, está todo el amor de Dios. Dios llora por mí, cuando me alejo; Dios llora por cada uno de nosotros; Dios llora por esos malvados, que hacen muchas cosas feas, tanto mal a la humanidad… Espero, no condena, llora. ¿Por qué? Porque ama”.


10 de noviembre: san León Magno



San León Magno fue Papa y es doctor de la Iglesia. Luchó incansablemente en la promoción del primado de Roma. Enseñó que la liturgia cristiana no es el recuerdo de tiempos pasados, sino la actualización de realidades invisibles que actúan en la vida de cada uno. Frenó la invasión de los hunos de Atila y evitó que Roma fuera quemada por los vándalos de Genserico
San León Magno nació en la Toscana a finales del siglo IV. En torno al año 430 fue nombrado diácono de la Iglesia de Roma, de la que llegó a ocupar un puesto importante. Diez años después de su nombramiento fue enviado a la Galia para poner paz en la región pero esta misión solo duró un año. El Papa Sixto III falleció y San León fue nombrado su sucesor.
San León fue nombrado Santo Padre el 29 de septiembre del año 440. Su pontificado duró más de 21 años y es recordado como uno de los más importantes de la historia de la Iglesia. Tuvo lugar en una época histórica sumamente difícil en la que predominaban las invasiones salvajes. Tuvo que hacer frente a las invasiones bárbaras, lo que no impidió que consiguiera aumentar la importancia y el prestigio de la Sede de Pedro. San León apoyó y promovió incansablemente el primado romano.
Hay dos episodios en la vida de san León que han contribuido a ensalzar su figura como hombre de paz y con gran autoridad moral y política. En el año 452, los hunos de Atila se acercaban a Roma arrasando todo a su paso. San León salió al encuentro del Atila y lo convenció para que no continuara su invasión, con la que ya había arrasado gran parte del norte de Italia. Atila accedió y así el Papa logró salvar el resto de Italia. Tres años después otra invasión acechaba de nuevo Roma. En esta ocasión san León, que salió para intentar convencer al invasor de que frenara su barbarie, no consiguió evitar que los vándalos de Genserico saquearan durante dos semanas la ciudad. Lo que sí evitó el Santo Padre es que la ciudad fuera incendiada y que fueran saqueadas las basílicas de San Pedro, San Pablo y San Juan, en las que estaban refugiadas gran parte de la población.
Pero san León no sólo salvó a Roma de los bárbaros, también salvó a los católicos de la herejía de Eutiques, que negaba la verdadera naturaleza humana del Hijo de Dios. Esta herejía fue combatida en el Concilio de Calcedonia que afirmó la unión de las naturalezas humana y divina en una única Persona, sin confusión ni separación.
Consciente del momento histórico en el que vivía y de la transición que estaba produciéndose de la Roma pagana a la cristiana -en un período de profunda crisis-, san León Magno supo estar cerca del pueblo y de los fieles con la acción pastoral y la predicación. Impulsó la caridad en una Roma afectada por las carestías, por la llegada de refugiados, por las injusticias y por la pobreza. Se enfrentó a las supersticiones paganas y a la acción de los grupos maniqueos. Vinculó la liturgia a la vida diaria de los cristianos: por ejemplo, uniendo la práctica del ayuno con la caridad y la limosna, sobre todo con motivo de las cuatro témporas, que marcan en el transcurso del año el cambio de las estaciones.
Una de las enseñanzas más importantes de san León Magno es que la liturgia cristiana no es el recuerdo de tiempos pasados, sino la actualización de realidades invisibles que actúan en la vida de cada uno.
San León murió el 10 de noviembre del año 461. Entonces fue sepultado junto a la tumba de San Pedro. Sus reliquias se conservan todavía hoy en uno de los altares de la Basílica de San Pedro en el Vaticano.
En 1754 un sucesor, Benedicto XIV, le nombró doctor de la Iglesia. San León fue el primer pontífice del que se conserva la predicación que hacía al pueblo, y también es el primero en la lista de los sucesores de Pedro que se puso el nombre de León. Posteriormente otros doce pontífices más utilizaron el mismo nombre.
Benedicto XVI / José Calderero @jcalderero


COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (17,26-37)




En este último período del año litúrgico, «la Iglesia nos hace reflexionar sobre el final».

San Pablo «muchas veces vuelve sobre esto y lo dice muy claramente: «La fachada de este mundo desaparecerá». Pero esto es otra cosa. Las lecturas hablan a menudo de destrucción, de final, de calamidad». 

El camino hacia el final es un sendero que debe recorrer cada uno de nosotros, cada hombre, toda la humanidad. Pero mientras lo recorremos «el Señor nos aconseja dos cosas. Dos cosas que son distintas según cómo vivimos. Porque es diferente vivir en el momento y vivir en el tiempo. El cristiano es, hombre o mujer, aquél que sabe vivir en el momento y sabe vivir en el tiempo».

El momento es lo que tenemos en la mano en el instante en el que vivimos. Pero no se debe confundir con el tiempo, porque el momento pasa. «Tal vez nosotros podemos sentirnos dueños del momento. Pero el engaño es creernos dueños del tiempo. El tiempo no es nuestro. El tiempo es de Dios». 

Ciertamente el momento está en nuestras manos y tenemos también la libertad de tomarlo como más nos guste. Es más, «podemos llegar a ser soberanos del momento. Pero del tiempo existe sólo un soberano: Jesucristo. Por ello el Señor nos aconseja: No os dejéis engañar. Muchos, en efecto, vendrán en mi nombre diciendo: Soy yo, y el tiempo está cerca. No vayáis detrás de ellos. No os dejéis engañar en la confusión».

¿Cómo es posible superar estos engaños? El cristiano, para vivir el momento sin dejarse engañar, debe orientarse con la oración y el discernimiento. «Jesús reprendía a los que no sabían discernir el momento». En la parábola de la higuera (cf. Marcos 13, 28-29), reprende a quienes son capaces de intuir la llegada del verano al ver florecer la higuera y no saben, en cambio, reconocer los signos de este «momento, parte del tiempo de Dios».

He aquí para qué sirve el discernimiento, «para conocer los signos auténticos, para conocer el camino que debemos seguir en este momento». La oración es necesaria para vivir bien este momento.

En cambio, en lo que respecta al tiempo, «del cual sólo el Señor es dueño», nosotros no podemos hacer nada. No existe, en efecto, una virtud humana que pueda servir para ejercitar algún poder sobre el tiempo. La única virtud posible para contemplar el tiempo «la debe regalar el Señor: es la esperanza».

Oración y discernimiento para el momento; esperanza para el tiempo: «de esta manera, el cristiano se mueve por este camino del momento, con la oración y el discernimiento. Pero deja el tiempo a la esperanza. El cristiano sabe esperar al Señor en cada momento; pero espera en el Señor al final de los tiempos. Hombre y mujer de momentos y de tiempo, de oración y discernimiento y de esperanza».

«Que el Señor nos dé la gracia de caminar con sabiduría. También ésta es un don: la sabiduría que en el momento nos conduce a orar y a discernir; y en el tiempo, que es mensajero de Dios, nos hace vivir con esperanza».
(Papa Francisco, homilía en santa Marta, 26 noviembre 2013)

EL QUE PRETENDA GUARDARSE SU VIDA LA PERDERÁ




Lectura del santo evangelio según san Lucas (17,26-37):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre: comían, bebían y se casaban, hasta el día que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos. 

Lo mismo sucedió en tiempos de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían; pero el día que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y acabó con todos. 

Así sucederá el día que se manifieste el Hijo del hombre. Aquel día, si uno está en la azotea y tiene sus cosas en casa, que no baje por ellas; si uno está en el campo, que no vuelva. 

Acordaos de la mujer de Lot. El que pretenda guardarse su vida la perderá; y el que la pierda la recobrará. 

Les digo esto: aquella noche estarán dos en una cama: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán; estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán.»

Ellos le preguntaron: «¿Dónde, Señor?»

Él contestó: «Donde se reúnen los buitres, allí está el cuerpo.»

Palabra del Señor

jueves, 10 de noviembre de 2016

Comentario del Papa Francisco del Evangelio según san Lucas (17,20-25):




El hecho de que Jesús hablase mucho del reino de Dios había convertido en «curiosos» también a los fariseos. Tanto que llegan a preguntarle: «¿Cuándo va a llegar el reino de Dios?». Y «Jesús respondeclaro: el reino de Dios no viene aparatosamente; ni dirán: “Está aquí” o “Está allí”, porque, mirad, el reino de Dios está en medio de vosotros».

En efecto, «cuando Jesús explicaba en las parábolas cómo es el reino de Dios, utilizaba siempre palabras serenas, tranquilas», y «figuras que decían que el reino de Dios está escondido». Así, Jesús compara el reino a «un mercader que busca perlas finas aquí y allá» o bien, a «otro que busca un tesoro escondido en la tierra». O decía que era «como una red que acoge a todos o como la semilla de mostaza, pequeñita, que luego llega a ser un árbol grande». 

En definitiva, «el reino de Dios no es un espectáculo». Precisamente «el espectáculo, muchas veces, es la caricatura del reino de Dios». En cambio, «el reino de Dios es silencioso, crece dentro; lo hace crecer el Espíritu Santo con nuestra disponibilidad». Pero «crece lentamente, silenciosamente».

En el relato de san Lucas, Jesús vuelve a retomar este discurso y pregunta: «¿Vosotros queréis ver el reino de Dios?». Y explica: «Os dirán: ¡está allá! o ¡está aquí! ¡No vayáis! ¡No les sigáis! Porque el reino de Dios vendrá como el fulgor del relámpago, en un instante». Sí, «se manifestará al instante, está dentro». Pero «pienso en cuántos son los cristianos que prefieren el espectáculo en vez del silencio del reino de Dios».

«¿Tú eres cristiano? ¡Sí! ¿tú crees en Jesucristo? ¡Sí! ¿crees en los sacramentos? ¡Sí! ¿crees que Jesús está allí y que ahora viene aquí? ¡Sí, sí, sí!». Y, entonces, «¿por qué no vas a adorarlo, por qué no vas a la Misa, por qué no comulgas, por qué no te acercas al Señor», para que su reino «crezca» dentro de ti? 

Por lo demás, «el Señor jamás dice que el reino de Dios es un espectáculo; es una fiesta, pero es distinto. Es una fiesta bellísima, una gran fiesta. Y el cielo será una fiesta, pero no un espectáculo». 

Sucede, a veces, «en las celebraciones de algunos sacramentos», especialmente en las bodas, que se tiende al espectáculo. Tanto que tenemos que preguntarnos: «¿Esta gente vino a recibir un Sacramento, a hacer fiesta como en Caná de Galilea, o vino hacer el espectáculo de la moda, de hacerse ver, de la vanidad?». 

En el lado opuesto está «la perseverancia de muchos cristianos que llevan adelante la familia: hombres, mujeres que se preocupan por sus hijos, que llegan a final de mes prácticamente sin dinero, pero oran». Y el reino de Dios «está allí, escondido en esa santidad de la vida cotidiana, esa santidad de todos los días». Porque «el reino de Dios no está lejos de nosotros, está cerca».

Precisamente la «cercanía es una de las características» del reino. Cercanía que quiere decir «todos los días». Por eso «Jesús aparta de la mente de los discípulos una imagen espectacular del reino de Dios». Y «cuando quiere hablar de los últimos tiempos, cuando vendrá en su gloria, el último día, dice: así será el Hijo del hombre en su día, como el fulgor del relámpago, pero primero es necesario que padezca mucho y sea reprobado por esta generación».

Del reino de Dios, por lo tanto, «forma parte también el sufrimiento, la cruz; la cruz cotidiana de la vida, la cruz del trabajo, de la familia». Así «el reino de Dios es humilde, como la semilla: humilde; pero se hace grande por el poder del Espíritu Santo». 

Y «a nosotros nos toca dejarlo crecer en nosotros, sin gloriarnos. Dejar que el Espíritu venga, nos cambie el alma y nos lleve adelante en el silencio, la paz, la quietud, la cercanía a Dios, a los demás, sin espectáculos». 

Pidamos al Señor «esta gracia de cuidar el reino de Dios que está dentro de nosotros y en medio de nosotros y de nuestras comunidades: cuidarlo con la oración, la adoración, el servicio de la caridad, silenciosamente».
(Papa Francisco, homilía en santa Marta del 13 de noviembre de 2014)

EL REINO DE DIOS ESTÁ DENTRO DE VOSOTROS



Lectura del santo evangelio según san Lucas (17,20-25):

En aquel tiempo, a unos fariseos que le preguntaban cuándo iba a llegar el reino de Dios Jesús les contestó: 

«El reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí; porque mirad, el reino de Dios está dentro de vosotros.»

Dijo a sus discípulos: 

«Llegará un tiempo en que desearéis vivir un día con el Hijo del hombre, y no podréis. Si os dicen que está aquí o está allí no os vayáis detrás. Como el fulgor del relámpago brilla de un horizonte a otro, así será el Hijo del hombre en su día. Pero antes tiene que padecer mucho y ser reprobado por esta generación.»

Palabra del Señor

«Santa María la Real de la Almudena, gracias por acompañarnos y abrirnos caminos de encuentro»


Varios miles de personas han abarrotado este miércoles por la mañana la plaza Mayor para celebrar la fiesta de Santa María la Real de la Almudena con una Misa solemne presidida por el arzobispo de Madrid. En su homilía [íntegra en este enlace], monseñor Carlos Osoro, ha dado las gracias a la patrona de la diócesis «por ofrecernos a tu Hijo Jesucristo, rostro vivo y auténtico de Dios y del hombre». «Sostienes en tus manos a Nuestro Señor recién nacido en Belén y nos lo ofreces a los hombres. Así, en esta postura, con esta fotografía, te han reconocido como Madre de Dios y Madre nuestra, como Madre de Madrid –como subraya el lema de este año–, todos los que habitan estas tierras. Gracias por acompañarnos y abrirnos caminos de encuentro, gracias por enseñarnos a derribar muros, a crear puentes que nos unan a todos, a no hacer una tierra donde unos descartamos a los otros», ha aseverado.
El cardenal electo ha pedido a la Virgen «que mire a todos los que formamos parte de esta Comunidad de Madrid, a cada uno de nosotros, con esos sus ojos misericordiosos» y que nos ayude a «cuidar la vida», a mirar como ella y a ver a su Hijo «en cada ser humano que es nuestro hermano». Como ha resaltado, «la vida hay que cuidarla siempre, desde el inicio hasta su término, siempre haciéndolo con ternura». «Cuidar la vida supone sembrar esperanza siempre. Un pueblo que cuida la vida es sembrador de esperanza. Un pueblo que cuida a los niños y a los ancianos, cuida a todos. María nos enseña a cuidar la Vida. Cuidó a Jesús desde el momento que estuvo en su vientre y lo cuidó cuando estaba en la Cruz. [...] En las bodas de Caná, cuando María vio que no había lo necesario para hacer la fiesta, se dirigió a su Hijo para pedirle que interviniera sin mirar quiénes estaban. Lo hacía para todos. Porque igual que Jesús dio la vida por todos los hombres, a su Madre la hizo Madre de todos. ¡Qué tradición más hermosa salir aquí, en Madrid, a la plaza Mayor, para pedir a la Madre de Madrid que nos cuide y nos enseñe a cuidarnos los unos a los otros!», ha añadido.
En esta línea, como ha recordado monseñor Osoro, hace falta tener la mirada de María para «vernos entre nosotros de otra manera, no como enemigos, sino como hermanos». «Enséñanos a mirar para rescatar, acompañar y proteger; a mirar a los que naturalmente miramos menos y lo necesitan más: a aquellos que están desamparados, solos o enfermos, a los que no tienen de qué vivir, a los que están en la calle, a los que no conocen a tu Hijo ni la ternura que tienes de Madre», ha pedido; para luego animar a aceptar la invitación que nos hace la Virgen a «encontrar a Jesús en cada ser humano», a «no permanecer indiferentes ante el hermano».
«Establezcamos tal comunión con Dios que podamos decir al unísono del corazón de María: "Hágase en mí según tu palabra", "aquí estoy", disponible para dejarte entrar en mi vida y poder llevar, a los hombres que encuentre en el camino, lo que tú me das. Señor Jesucristo, gracias por darme como Madre a tu Madre. Que con su intercesión cuidemos la vida de los hombres, regalemos tu mirada a todos sin excepción y veamos siempre a un hermano. Santa María la Real de la Almudena, ruega por nosotros», ha concluido el arzobispo de Madrid.

Texto completo de la catequesis del papa Francisco en la audiencia del miércoles 9 de noviembre de 2016


Queridos hermanos y hermanas, buenos días
La vida de Jesús, sobre todo en los tres años de su ministerio público, fue un incesante encuentro con personas. Entre ellas, unos lugares especiales han recibido los enfermos. ¡Cuántas páginas de los Evangelios narran estos encuentros! El paralítico, el ciego, el leproso, el endemoniado, e innumerables enfermos de todo tipo… Jesús se ha hecho cercano a cada uno de nosotros y les ha sanado con su presencia y el poder de su fuerza resanadora. Por lo tanto, no puede faltar, entre las obras de misericordia, la de visitar y asistir a las personas enfermas.
Junto a esta podemos incluir la de estar cerca a las personas que están en la cárcel. De hecho, tanto los enfermos como los presos viven una condición que limita su libertad. Y precisamente cuando nos falta, ¡nos damos cuenta de cuánto es preciosa! Jesús nos ha donado la posibilidad de ser libres a pesar de los límites de la enfermedad y de las restricciones. Él nos ofrece la libertad que proviene del encuentro con Él y del sentido nuevo que este encuentro lleva a nuestra condición personal.
Con estas obras de misericordia, el Señor nos invita a un gesto de gran humanidad: el compartir. Recordemos esta palabra: compartir. Quien está enfermo, a menudo se siente solo. No podemos esconder que, sobre todo en nuestros días, precisamente en la enfermedad se experimenta de forma más profunda la soledad que atraviesa gran parte de la vida.
Una visita puede hacer sentir a la persona enferma menos sola y ¡un poco de compañía es una buena medicina! Una sonrisa, una caricia, un apretón de manos son gestos sencillos, pero muy importantes para quien se siente abandonado.
¡Cuántas personas se dedican a visitar a los enfermos en los hospitales y en sus casas! Es una obra de voluntariado impagable. Cuando se hace en nombre del Señor, entonces se convierte también en expresión elocuente y eficaz de misericordia. ¡No dejemos solas a las personas enfermas! No impidamos que encuentren alivio, y nosotros así enriquecernos por la cercanía de quien sufre. Los hospitales son hoy verdaderas “catedrales del dolor” pero donde se hace evidente también la fuerza de la caridad que sostiene y siente compasión.  
Del mismo modo, pienso en los que están encerrados en la cárcel. Jesús tampoco les ha olvidado. Poniendo la visita a los presos entre las obras de misericordia, ha querido invitarnos, sobre todo, a no hacernos juez de nadie. Cierto, si uno está en la cárcel es porque se ha equivocado, no ha respetado la ley y la convivencia civil. Por eso están descontando su pena en la prisión. Pero cualquier cosa que un preso pueda haber hecho, él sigue siendo amado por Dios. ¿Quién puede entrar en la intimidad de su conciencia para entender qué siente? ¿Quién puede comprender el dolor y el remordimiento?
Es demasiado fácil lavarse las manos afirmando que se ha equivocado. Un cristiano está llamado a hacerse cargo, para que quien se haya equivocado comprenda el mal realizado y vuelva a sí mismo. La falta de libertad es sin duda una de las privaciones más grandes para el ser humano.
Si a esta se añade el degrado de las condiciones –a menudo privadas de humanidad– en la que estas personas viven, entonces realmente es el caso en el cual un cristiano se siente provocado a hacer de todo para restituirles su dignidad.
Visitar a las personas en la cárcel es una obra de misericordia que sobre todo hoy asume un valor particular por las diferentes formas de justicialismo a las que estamos sometidos. Nadie apunte contra nadie. Hagámonos todos instrumentos de misericordia, con actitudes de compartir y de respeto. Pienso a menudo en los presos… pienso a menudo, les llevo en el corazón.
Me pregunto qué les ha llevado a delinquir y cómo han podido ceder a las distintas formas de mal. Y también, junto a estos pensamientos siento que todos necesitan cercanía y ternura, porque la misericordia de Dios cumple prodigios. Cuántas lágrimas he visto correr por las mejillas de prisioneros que quizá nunca en la vida habían llorado; y esto solo porque se han sentido acogidos y amados.
Y no olvidemos que también Jesús y los apóstoles han experimentado la prisión. En los pasajes de la Pasión conocemos los sufrimientos a los que el Señor ha sido sometido: capturado, arrestado como un criminal, escarnecido, flagelado, coronado de espinas… Él, ¡el único Inocente! Y también san Pedro y san Pablo estuvieron en la cárcel (cfr Hch 12,5; Fil1,12-17).
El domingo pasado –que fue el domingo del Jubileo de los presos– por la tarde vinieron a verme un grupo de presos de Padua. Les pregunté qué harían al día siguiente, antes de volver a Padua. Me dijeron: “Iremos a la Prisión Mamertina para compartir la experiencia de san Pablo”. Es bonito, escuchar esto me ha hecho bien. Estos presos querían encontrar a Pablo prisionero. Es algo bonito, y me ha hecho bien. Y también allí, en la presión, han rezado y evangelizado. Es conmovedora la página de los Hechos de los Apóstoles en las que es contado el encarcelamiento de Pablo: se sentía solo y deseaba que alguno de los amigos le visitara (cfr 2 Tm 4,9-15). Se sentía solo porque la mayoría le había dejado solo… el gran Pablo.
Estas obras de misericordia, como se ve, son antiguas y también actuales. Jesús ha dejado lo que estaba haciendo para ir a visitar a la suegra de Pedro; una obra antigua de caridad. Jesús la ha hecho. No caigamos en la indiferencia, sino convirtámonos en instrumentos de la misericordia de Dios. Todos podemos ser instrumentos de la misericordia de Dios y esto hará nos más bien a nosotros que a los otros porque la misericordia pasa a través de un gesto, una palabra, una visita y esta misericordia es un acto para restituir la alegría y la dignidad a quien la ha perdido.

 Zenit

En la Iglesia nadie es extranjero



En un momento de extensión de la movilidad humana aún no hemos conseguido que nuestras comunidades cristianas sean un hogar habitable para quienes vienen de otros países. En nuestras parroquias seguimos utilizando el lenguaje ellos/nosotros y hay una brecha difusa que dificulta la integración eclesial de los inmigrantes. Bastantes de los niños que celebran la Primera Comunión son de procedencia extranjera, lo mismo que buena parte de la población joven. Sin embargo, no es habitual encontrar una parroquia en la que los catequistas o los miembros del Consejo Pastoral sean personas venidas de otros países. Ciertamente, las comunidades cristianas somos mucho más cerradas de lo que solemos pensar. Necesitamos abrirnos y recrear una identidad que se configura siempre en interrelación con los otros. El Papa, en su mensaje de este año, nos interpela señalando que los forasteros «amenazan la tranquilidad tradicional» de nuestras parroquias: somos convocadas en el Año de la Misericordia a practicar la cultura del encuentro y de la hospitalidad. Urge que revisemos nuestras prácticas pastorales y que nos empeñemos en otorgar a los hermanos inmigrantes el lugar central que les corresponde. Que la experiencia comunitaria cristiana ayude a recomponer la propia identidad, a celebrarla y a desplegar la plenitud de derechos y deberes en la tierra de acogida. La Iglesia ha de ser un hogar de puertas abiertas que invita a superar la visión asistencialista de las migraciones: incluso los ponemos al final de las peticiones, tras una letanía de situaciones de exclusión. Eso más que incluir, estigmatiza. Las hermanas y hermanos inmigrantes no son un problema sino una riqueza inmensa que rejuvenece. Finalmente, Francisco no se olvida de la emergencia que suponen los refugiados de hecho y de derecho. En España se han creado solo 50 plazas para realojarlos… ¡de un compromiso de 9.360! A pesar de la presión social, solo han sido reubicados ¡18 asilados provenientes de Italia! Como señala el Papa, «acoger al otro es acoger a Dios en persona» y ello siempre es fuente de esperanza y alegría. Por eso, quizá, nuestra sociedad anda tan falta de las dos.
José Luis Segovia
Vicario d
e Pastoral Social de la archidiócesis de Madrid

Papa: testimoniar la Misericordia en el mundo afianzados en el Jubileo que concluye

Haciendo hincapié en las obras de misericordia, en especial en las de visitar a los enfermos y a los encarcelados, el Papa Francisco invitó a los numerosos peregrinos de tantas partes del mundo a rogarle al Señor una fe grande para mirar la realidad con la mirada de Jesús y una caridad generosa para acercarnos a las personas con su corazón misericordioso:
«Que el pasar por la Puerta Santa recuerde a cada uno que sólo a través de Cristo es posible entrar en el amor y en la misericordia del Padre, que acoge y perdona a todos»
Vencer la indiferencia e impulsar el testimonio cristiano de la Misericordia y la divina ternura del Señor, también después de la clausura del Año Jubilar
Reiterando su exhortación a ser instrumentos de la misericordia del Señor que cumple maravillas, estando al lado de los enfermos y visitando a los encarcelados, el Obispo de Roma recordó que faltan pocos días para la clausura del Jubileo extraordinario de la Misericordia y exhortó a proseguir el camino que nos indica el Señor, afianzados en la gracia recibida a lo largo del Año Santo:
«Mientras nos acercamos a la conclusión del Año Jubilar de la Misericordia, demos gracias al Señor por todas las gracias que hemos recibido, como don de su divina ternura para con nosotros, y recemos para que con el poder del Espíritu Santo sostenga nuestros buenos propósitos y nuestras obras de caridad corporales y espirituales hacia todos aquellos que las necesitan.
Que este Jubileo nos ayude a vencer nuestra indiferencia y a compartir vida y esperanza con los que sufren y con lo que no tienen libertad.
Visitar a los enfermos y a los encarcelados les brinda consolación y aliento, para que no sientan la amargura de la soledad. Asimismo, esa visita regala al que la cumple tanta riqueza y lleva a agradecer a Dios por la gracia de la salud y de la libertad. Somos nosotros los que nos enriquecemos cuando nos acercamos a los que sufren, porque el que sufre despierta en nosotros la certeza de nuestra pequeñez y de la necesidad que tenemos de Dios y de los demás».
Al coincidir la fecha de su primera audiencia general de noviembre, el 9, con la de la fiesta de la Dedicación de la Basílica papal del Santísimo Salvador y de los Santos Juan Bautista y Juan Evangelista, conocida como San Juan de Letrán - «Madre y Cabeza» de todas las iglesias de Roma y del mundo y Catedral de Roma - el Papa invitó a rezar por el Sucesor de Pedro, asegurando su cercanía y oración a los enfermos y exhortando a los recién casados a transmitir la fe a sus hijos:
«Dirijo un saludo especial a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Hoy celebramos la Dedicación de la Basílica Lateranense, Catedral de Roma. Recen por el Sucesor del Apóstol Pedro, queridos jóvenes, para que confirme siempre a los hermanos en la fe. Sientan la cercanía del Papa en la oración, queridos enfermos, para afrontar la prueba de la enfermedad. Enseñen con sencillez la fe a sus hijos, queridos recién casados, alimentándola con el amor a la Iglesia y a sus Pastores».
(CdM – RV)
(from Vatican Radio)

martes, 8 de noviembre de 2016

Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer


Lectura del santo Evangelio según san Lucas 17, 7-10
En aquel tiempo, dijo el Señor:
-«Quien de vosotros, si tiene un criado labrando o pastoreando; le dice cuando vuelve del campo:
"En seguida, ven y ponte a la mesa"?
¿No le diréis más bien:
"Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú"?
¿Acaso tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid:
"Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer" ».
Palabra del Señor.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Osoro: “Es imposible entender los pontificados de Juan Pablo II y de Francisco, si no encontramos a Benedicto XVI”

"Las confesiones que da el Papa emérito le avalan, como puente, para poder decir que lo que está haciendo el Papa Francisco no sólo es necesario sino que él mismo, si hubiera sabido hacerlo, lo habría hecho". El arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, glosó esta noche, en el salón de actos del Arzobispado de Madrid, las "Últimas conversaciones" de Benedicto XVI, publicadas por el sello Mensajero, del Grupo de Comunicación Loyola.
"Este libro es la mejor presentación de quién es Benedicto XVI, y a la vez es un aval directo, explícito, de las líneas del pontificado del Papa Francisco", apuntó el neocardenal de Madrid, quien destacó la "delicadeza especial" de las palabras de Raztinger, quien "tuvo siempre claro que el amor al prójimo es algo importante"
"Es imposible entender los pontificados de Juan Pablo II y de Francisco, si no encontramos a Benedicto XVI", defendió Osoro, al igual que otro de los presentadores, el sacerdote y periodista Antonio Pelayo.
"Lo que más me ha sorprendido y emocionado es la extraordinaria libertad con la que Ratzinger habla de sí mismo y de su sucesor. Una extraordinaria libertad y una benevolencia especial con las personas a las que se refiere", destaca Pelayo, quien apuntó algunas de las anécdotas del Papa emérito.
"Ha escrito todos sus libros y discursos a lápiz y en taquigrafía. Con una caligrafía tan pequeña que sólo una señorita, Ingrid, era capaz de interpretar. Tiene un marcapasos, está prácticamente ciego del ojo izquierdo, no puede prescindir de la siesta", recalcó el periodista, quien apuntó que "se está preparando para morir, con una gran serenidad".
¿Quién supo de la renuncia de Benedicto XVI? Pelayo reveló que "sólo supo algo su hermano Georg , y unos días antes Ganswein. Y Sodano y Bertone lo supieron momentos antes bajo secreto pontificio, para que no se filtrara".
 Precisamente, uno de los puntos flacos fue el de su secretario de Estado. "En mi opinión, su mayor error fue confiar durante ocho años en el cardenal Bertone", incidió Antonio Pelayo, quien insistió en que "Benedicto XVI no tuvo demasiada suerte. Fue elegido después de un pontificado gigantesco, como fue el de Juan Pablo II. Y encima le ha llegado la 'desgracia' de ser sucedido por otro gigante, que está dejando al planeta absorto y conmovido por sus tomas de posición, su libertad y su compromiso".
Pero "me atrevo a afirmar que sin Benedicto ni el pontificado de Juan Pablo II llegara a ser lo que fue, ni el de Francisco pueda ser lo que está siendo", pues Ratzinger fue el principal colaborador de Juan Pablo II. "No hay gesto, ni discurso importante del Papa Francisco que no haya pasado antes por la mesa del papa Ratzinger". Otra muestra del "apoyo afectivo, efectivo y ministerial de Benedicto XVI a Francisco".
Finalmente, Ramón Alfonso Díaz, director editorial de Grupo de Comunicación Loyola, glosó algunos de los aspectos incluidos en el libro, de "lectura esclarecedora". "Es un viaje al interior de un hombre que abre su mente, su corazón y su fe". A sus 89 años, "Benedicto mantiene su lucidez y una memoria privilegiada".

Las Puertas Santas de las basílicas papales en Roma cierran este domingo



Este domingo, 13 de noviembre, será efectuado el cierre de las Puertas Santas de las basílicas papales en Roma. De este modo, san Juan de Letrán celebrará una misa a las 17.30. Mientras que Santa María la Mayor lo hará a las 18.00. San Pablo Extramuros celebrará las vísperas y la misa a las 17.00.
Y de la misma forma sucederá con todas las Puertas Santas abiertas en todo el mundo durante este Año Jubilar de la Misericordia.
La última Puerta en cerrar será la de la Basílica de San Pedro, el 20 de noviembre, solemnidad de Cristo Rey. De este modo concluirá el Jubileo de la Misericordia.
Según los datos oficiales de la página web de Jubileo, en este año han llegado a Roma más de 20 millones de peregrinos.
El papa Francisco deseaba que este Jubileo extraordinario se viviera en todas las iglesias locales y de ahí la decisión de abrir Puertas Santas por todos los rincones de la tierra.
En una carta previa a la apertura del Año Santo, el Pontífice recordaba que para vivir y obtener la indulgencia los fieles están llamados a realizar una breve peregrinación hacia la Puerta Santa, abierta en cada catedral o en las iglesias establecidas por el obispo diocesano y en las cuatro basílicas papales en Roma, “como signo del deseo profundo de auténtica conversión”. Igualmente dispuso que se pudiera ganar la indulgencia en los santuarios donde se abra la Puerta de la Misericordia y en las iglesias que tradicionalmente se identifican como Jubilares.
Además, subrayaba que es importante que este momento esté unido, ante todo, “al sacramento de la reconciliación” y a la “celebración de la santa eucaristía con una reflexión sobre la misericordia”. Es necesario acompañar estas celebraciones con “la profesión de fe” y con la oración por el Santo Padre y por sus intenciones.

 Zenit

Papa: La trata y la explotación de seres humanos es un crimen

El Papa Francisco recibió en audiencia en la Sala Clementina del Palacio Apostólico del Vaticano, el primer lunes de noviembre, a los casi 130 participantes en el Encuentro sobre la Trata de seres humanos, organizado por “Renate”, es decir la Red Europea de Congregaciones Religiosas que se dedica, precisamente, a luchar para erradicar la trata y la explotación de seres humanos.
Al darles su cordial bienvenida, el Pontífice afirmó que oportunamente su Segunda Asamblea se realiza en Roma, durante el Jubileo Extraordinario de la Misericordia, que constituye un tiempo de gracia en el que todos estamos invitados a entrar más profundamente en este misterio de Dios.
“Una de las más dolorosas de estas heridas abiertas es la trata de seres humanos, una moderna forma de esclavitud, que viola la dignidad, don de Dios, en tantos hermanos y hermanas nuestros y que constituye un verdadero crimen contra la humanidad. Mientras mucho se ha hecho para conocer la gravedad y la extensión del fenómeno, mucho más queda por hacer para que se eleve el nivel de conciencia en la opinión pública y para establecer una mejor coordinación de esfuerzos por parte de los gobiernos, de las autoridades judiciales, legislativas y de los agentes sociales”.
El Sucesor de Pedro añadió que uno de los desafíos de su trabajo de sensibilización, educación y coordinación es esa cierta indiferencia, e incluso complicidad, que representa esa tendencia por parte de muchos de mirar hacia otra parte, tal como él mismo ha escrito en su Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual; mientras poderosos intereses económicos y redes criminales van adelante con sus actividades.
El Pontífice les expresó su aprecio por este empeño a fin de acrecentar la conciencia social acerca de la dimensión de esta plaga, que afecta de modo especial a las mujeres y a los niños. Y volvió a agradecerles el fiel testimonio del Evangelio de la misericordia que realizan, como lo demuestra su empeño en la recuperación y rehabilitación de las víctimas, a la vez que les dijo textualmente:
“Su actividad en este ámbito nos recuerda los enormes y, con frecuencia, silenciosos esfuerzos que han hecho durante muchos años las congregaciones religiosas, especialmente femeninas, atendiendo a quienes han sido heridos en su dignidad y marcados por sus experiencias. De modo especial pienso en la contribución específica ofrecida por las mujeres para acompañar a otras mujeres y niños en un itinerario profundo y personal de curación y de reintegración”.
Llamándolos “queridos amigos y amigas”, el Santo Padre se despidió de los participantes en esta Asamblea de la Red Europea de Congregaciones Religiosas, que lucha contra la trata y la explotación de seres humanos, manifestando su confianza en que sus trabajos contribuirán a que se lleve a cabo un más eficaz testimonio del Evangelio, en una de las grandes “periferias” de nuestra sociedad contemporánea.
Encomiendo a todos ustedes y a todas las personas a las que sirven – les dijo el Papa Bergoglio– a la amorosa intercesión de María, Madre de la Misericordia, a la vez que de corazón les impartió su bendición apostólica como prenda de alegría y de paz en el Señor. Y mientras les aseguró que los recuerda en su oración, Francisco les pidió que, por favor, no se olviden de rezar por él.
(María Fernanda Bernasconi - RV).
(from Vatican Radio)

¿Sabes lo que hace falta para que tu encuentro con Dios cambie tu vida?


Me gusta pensar que Dios me quiere a mí como soy. Tal como soy. Me quiere santo a mi manera, según mi forma de ser. Con mis pasiones y tensiones. Con mis defectos y mis límites. Desde mi verdad más honda. Dios no quiere que imite y yo a veces me empeño en seguir a otros, en actuar como otros, en pensar como piensan otros.

El padre José Kentenich me habla del peligro de simplemente imitar a los santos: “Ni siquiera el revivir la vida de los santos está al resguardo de suscitar el desarrollo de un impersonalismo, de criar esclavos, borregos, no personalidades vigorosas”[1].

Quiero ser santo desde mi originalidad, desde lo que soy. Con vigor, sin frenos. Y desde ahí, anclado en Dios, plasmar el mundo que Dios pone a mis pies en la fuerza de su Espírit
u.
Y también decía: “El santo de la vida diaria es el hombre que, a partir de una actitud sobrenatural, tiene un logrado dominio sobre la vida cotidiana habitual”[2]. Dominar mi vida desde Dios.
¿Domino yo mi vida o la vida me acaba dominando? Quiero vivir plenamente desde lo que yo soy. Quiero decidir yo, actuar yo, optar yo. Desde lo que soy.

Dios me quiere tal como me ha creado. Respeta mi camino original. No quiere que sea como otros. Dios me llama desde lo que soy. Y me pide que le dé lo que tengo, lo que he recibido, lo que he conquistado. Y convierte mi agua en vino, mi torpeza en fuente, mi debilidad en su fuego.

Lo he visto tantas veces en mi propia vida… Cuando soy débil en Él, soy fuerte. Eso siempre me da paz y me conforta. Me sostiene y me llena de esperanza. Puede hacer milagros con mi vida si yo le dejo entrar. Si pronuncio mi sí. Si me abandono en sus manos.

Cuando me dejo encontrar por Él en medio de mi vida, de mi camino. En lo cotidiano, cuando menos lo espero. Ese encuentro que cambia mi vida.

Por eso me gustan los encuentros de Jesús con personas en el Evangelio. Esos encuentros en los que mira a los hombres en su belleza interior. En medio del camino, en lo alto de un árbol, arrodillados a sus pies.

Los ama en lo que son, en medio de su vida cotidiana. Le importa lo que sucede en su corazón. Se conmueve, tiembla. Abraza, consuela. Levanta, da esperanza. Mira en silencio, sostiene su debilidad. Y tras encontrarse con Jesús, sus vidas cambian para siempre.

Como la mía cuando me encontré con Él en el camino. Cuando me llamó por mi nombre. Ese nombre que ni yo mismo sabía. Y me vio como soy. Y me dijo cómo era. Y le creí. Y entonces comencé a seguir sus pasos.

Por eso me gusta detenerme en el milagro de Dios en el corazón de cada hombre. En mi propia vida. Jesús y yo nos vamos encontrando en la vida. Nos buscamos, a veces yo voy delante y Él me sigue. A veces yo le persigo y Él marca mis huellas.

Y algunas veces, las tengo marcadas en mi alma y en mi historia, nos alcanzamos. Y todo cambia. Se subió a mi barca un día y todo fue diferente. Le dije que sí entre lágrimas. Sin entender demasiado. Sí a lo que Él quisiera. Sí a dónde Él fuera. Y seguí anclado en su tierra, en su vida. Porque así es Jesús cuando se detiene ante mí, ante los hombres.

Me conmovió su mirada. Y me tocaron sus palabras. Desde entonces me acostumbré a ir a su paso.
Pero es verdad que no todo el que se encuentra con Jesús cambia de vida. Jesús curó a muchos, pero no a todos les cambió la vida esa curación. Habló a muchos, pero sólo unos cuantos lo siguieron y comenzaron a vivir de otra forma.

Juega un papel la libertad humana. Jesús necesita que yo quiera estar con Él para siempre. No todo el que se encuentra con Jesús cambia. No todo el que conoce a hombres santos quiere ser santo. Hace falta un sí del alma. Un sí fiel y continuado. Un sí sostenido en el tiempo. Un sí robusto y alegre.

¿Qué me ha sucedido a mí a lo largo de mi vida? Cada encuentro con Él me ayuda a crecer en la conversión de mi corazón. No basta un solo encuentro. Necesito volver a empezar cada día. Si no sucede, si no me cambia por dentro, todo se queda en un cambio superficial.


Es verdad que puedo hablar de Él, cumplir sus preceptos, predicar con pasión. Puedo vivir en la Iglesia, pero sólo le seguiré de lejos. Todo se juega en el encuentro frente a frente. Dios y yo. Le digo que sí. Le sigo. Lo amo.

CARLOS PADILLA ESTEBAN
Aleteia.