San
León Magno fue Papa y es doctor de la Iglesia. Luchó incansablemente en la
promoción del primado de Roma. Enseñó que la liturgia cristiana no es el
recuerdo de tiempos pasados, sino la actualización de realidades invisibles que
actúan en la vida de cada uno. Frenó la invasión de los hunos de Atila y evitó
que Roma fuera quemada por los vándalos de Genserico
San León Magno nació en la Toscana a finales del siglo IV. En
torno al año 430 fue nombrado diácono de la Iglesia de Roma, de la que llegó a
ocupar un puesto importante. Diez años después de su nombramiento fue enviado a
la Galia para poner paz en la región pero esta misión solo duró un año. El Papa
Sixto III falleció y San León fue nombrado su sucesor.
San León fue nombrado Santo Padre el 29 de septiembre del año
440. Su pontificado duró más de 21 años y es recordado como uno de los más
importantes de la historia de la Iglesia. Tuvo lugar en una época histórica
sumamente difícil en la que predominaban las invasiones salvajes. Tuvo que
hacer frente a las invasiones bárbaras, lo que no impidió que consiguiera
aumentar la importancia y el prestigio de la Sede de Pedro. San León apoyó y
promovió incansablemente el primado romano.
Hay dos episodios en la vida de san León que han contribuido a
ensalzar su figura como hombre de paz y con gran autoridad moral y política. En
el año 452, los hunos de Atila se acercaban a Roma arrasando todo a su paso.
San León salió al encuentro del Atila y lo convenció para que no continuara su
invasión, con la que ya había arrasado gran parte del norte de Italia. Atila
accedió y así el Papa logró salvar el resto de Italia. Tres años después otra
invasión acechaba de nuevo Roma. En esta ocasión san León, que salió para
intentar convencer al invasor de que frenara su barbarie, no consiguió evitar
que los vándalos de Genserico saquearan durante dos semanas la ciudad. Lo que
sí evitó el Santo Padre es que la ciudad fuera incendiada y que fueran
saqueadas las basílicas de San Pedro, San Pablo y San Juan, en las que estaban
refugiadas gran parte de la población.
Pero san León no sólo salvó a Roma de los bárbaros, también
salvó a los católicos de la herejía de Eutiques, que negaba la verdadera
naturaleza humana del Hijo de Dios. Esta herejía fue combatida en el Concilio
de Calcedonia que afirmó la unión de las naturalezas humana y divina en una
única Persona, sin confusión ni separación.
Consciente del momento histórico en el que vivía y de la
transición que estaba produciéndose de la Roma pagana a la cristiana -en un
período de profunda crisis-, san León Magno supo
estar cerca del pueblo y de los fieles con la acción pastoral y la predicación.
Impulsó la caridad en una Roma afectada por las carestías, por la llegada de
refugiados, por las injusticias y por la pobreza. Se enfrentó a las
supersticiones paganas y a la acción de los grupos maniqueos. Vinculó la
liturgia a la vida diaria de los cristianos: por ejemplo, uniendo la práctica
del ayuno con la caridad y la limosna, sobre todo con motivo de las cuatro
témporas, que marcan en el transcurso del año el cambio de las estaciones.
Una de las enseñanzas más importantes de san León Magno es que
la liturgia
cristiana no es
el recuerdo de tiempos pasados, sino la actualización de realidades invisibles
que actúan en la vida de cada uno.
San León murió el 10 de noviembre del año 461. Entonces fue
sepultado junto a la tumba de San Pedro. Sus reliquias se conservan todavía hoy
en uno de los altares de la Basílica de San Pedro en el Vaticano.
En 1754 un sucesor, Benedicto XIV, le nombró doctor de la
Iglesia. San León fue el primer pontífice del que se conserva la predicación
que hacía al pueblo, y también es el primero en la lista de los sucesores de
Pedro que se puso
el nombre de León. Posteriormente otros doce pontífices más utilizaron el mismo
nombre.
Benedicto
XVI / José Calderero @jcalderero
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