Este blog se crea con el objetivo de que todos los que formamos parte de de la comunidad cristiana, podamos expresar nuestras opiniones, consultar nuestras dudas y, sobre todo, ayudarnos unos a otros en este caminar con Jesús y hacia Jesús. Anímate y participa
miércoles, 28 de octubre de 2015
La audiencia general del último miércoles de octubre que el Papa Francisco celebró en una lluviosa Plaza de San Pedro ante miles de fieles y peregrinos de numerosos países, tuvo un carácter interreligioso para recordar juntos – tal como el mismo Pontífice explicó – el 50° aniversario de la Declaración del Concilio Vaticano II “Nostra ætate” sobre las relaciones de la Iglesia Católica con las religiones no cristianas.
Por esta razón, al dirigirse – hablando en italiano – a los numerosos fieles presentes el Santo Padre explicó que a estas audiencias semanales suelen asistir personas o grupos pertenecientes a otras religiones; mientras en esta ocasión su presencia era especial, en virtud del recuerdo de los cincuenta años transcurridos desde la promulgación de la Declaración Conciliar sobre las relaciones de la Iglesia Católica con las religiones no cristianas.
Y añadió que este tema fue de gran interés para el beato Papa Pablo VI, quien ya en la fiesta de Pentecostés del año anterior a la conclusión del Concilio, había instituido el Secretariadopara los no cristianos, actual Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso.
Francisco expresó su gratitud y calurosa bienvenida a las personas y a los grupos de diversas religiones, de modo especial – dijo – a los que vinieron desde lejos. Tras afirmar que elConcilio Vaticano II fue un tiempo extraordinario de reflexión, diálogo y oración para renovar la mirada de la Iglesia Católica sobre sí misma y sobre el mundo, el Papa Bergoglio destacó brevemente algunos puntos del mensaje siempre actual de la declaración “Nostra ætate”.
Entre ellos: la creciente interdependencia de los pueblos; la búsqueda del sentido de la vida, del sufrimiento y de la muerte; el origen y destino común de la humanidad; la unicidad de la familia humana; o las religiones como búsqueda de Dios o de lo absoluto en las diversas etnias y culturas.
Entre los tantos eventos e iniciativas que se llevaron a cabo en estos últimos cincuenta años, el Santo Padre destacó el Encuentro de Asís del 27 de octubre de 1986 querido por San Juan Pablo II, quien, además, hace treinta años se dirigía a los jóvenes musulmanes en Casablancadeseando que todos los creyentes en Dios favorecieran la amistad y la unión entre los hombres y los pueblos. Por esta razón afirmó que “la llama encendida en Asís, se ha extendido a todo el mundo y constituye un signo permanente de esperanza”.
El Obispo de Roma se refirió, con especial gratitud a Dios, a la trasformación que tuvo en estos cincuenta años la relación entre cristianos y judíos, en que la indiferencia y oposición, dejaron paso a la colaboración y a la benevolencia. “De enemigos y extraños – dijo – nos hemos vuelto amigos y hermanos”.
Francisco afirmó asimismo que el mundo exhorta a los creyentes a colaborar entre nosotros y con los hombres y mujeres de buena voluntad que no profesan religión alguna, pidiendo respuestas efectivas sobre temas tan diversos como la paz, el hambre, la miseria que aflige a millones de personas, la crisis ambiental, la violencia, especialmente la cometida en nombre de la religión, la corrupción, la degradación moral, las crisis de la familia, de la economía, de la finanza, y, sobre todo, de la esperanza.
Hacia el final de su catequesis el Papa dijo que el inminente Jubileo Extraordinario de la Misericordia, es una ocasión propicia para trabajar juntos en el ámbito de las obras de caridad, en el que cuenta especialmente la compasión y al que pueden unirse tantas personas que no se sienten creyentes o que están en busca de Dios y de la verdad.
(María Fernanda Bernasconi - RV).
Escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles
En aquel tiempo, subió Jesús a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios.
Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles: Simón, al que puso de nombre Pedro, y Andrés, su hermano, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago Alfeo, Simón, apodado el Celotes, Judas el de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor.
Bajó del monte con ellos y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.
Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados, y la gente trataba de tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos.
Palabra del Señor.
lunes, 26 de octubre de 2015
Las conclusiones del Sínodo y el color de mi cristal
Algunos titulares con los que se ha
informado de las conclusiones del Sínodo son un buen reflejo de la ideología
del informador. El Sínodo no es una batalla entre buenos y malos, los buenos
supuestamente los más conservadores y los malos los más abiertos. En el Sínodo
ha ocurrido algo parecido a lo que ocurrió durante el Concilio Vaticano II. En
el aula conciliar pronto quedaron de manifiesto dos tendencias, que se conocen
como la mayoría (en este caso renovadora) y la minoría conciliar. También en el
Sínodo han aparecido dos tendencias, cosa bastante normal en todo grupo humano.
El mismo Papa en su discurso final del Sínodo constató que lo que a unos
Obispos les parece “normal”, a otros les resulta “extraño”; lo que unos
consideran “violación de un derecho en una sociedad, puede ser un precepto
obvio e intangible en otra”.
Ya decía Tomás de Aquino que la
experiencia influye en la vivencia de la esperanza. Podemos añadir: y en la
vivencia y comprensión de la fe. Y mucho más en las conclusiones que de la fe
se derivan. De ahí que sea difícil, y cuanto más delicada es la materia, mas
difícil es ofrecer soluciones concretas válidas para todos. Lo concreto vale
para cada uno. Por eso el Papa, en su discurso, añadió que los “verdaderos
defensores de la doctrina no son los que defienden la letra, sino el espíritu,
no las ideas, sino la persona, no las fórmulas sino la gratuidad del amor de
Dios y su perdón”. Cuando las fórmulas y la doctrina se convierten en arma
arrojadiza o en elemento excluyente y condenatorio, dejan de ser católicas.
Lo que el Sínodo ha ofrecido al Papa
son unas conclusiones muy matizadas. Que dan pié a distintas soluciones. Hay
afirmaciones que suenan bastante bien. Por ejemplo, eso de dejar sentado que en
los divorciados vueltos a casar, “el Espíritu derrama sus dones y carismas para
el bien de todos”. O que las personas que se encuentran en esta situación deben
hacer un camino para integrarse más plenamente en la vida de la Iglesia. Del
documento puede deducirse que el momento de esta integración deben decidirlo
ellos en su “fuero interno”. El fuero interno es la conciencia. Y cada uno
puede preguntarse qué significa una integración “plena” en la vida de la
Iglesia.
Como ocurrió con el Vaticano II, las
conclusiones del Sínodo son un texto de compromiso, pero un compromiso que da
pasos adelante y permite avanzar. Así son las cosas en la Iglesia y así son las
cosas en materia doctrinal. Hay que actuar con cuidado para que todos puedan
sentirse dentro y en comunión con los demás. Benedicto XVI, en un famoso
discurso sobre la hermenéutica conciliar, no dijo que había que interpretar el
Concilio a la luz de la tradición. El mismo Concilio es tradición. Lo que
Benedicto XVI proponía era un equilibrio entre continuidad y alteridad. Estas
fueron sus palabras: “Precisamente en este conjunto de continuidad y
discontinuidad en diferentes niveles consiste la naturaleza de la verdadera
reforma”.
Nihil Obstat
¿Cómo reconocer a los discípulos de Jesús?
¿Cómo reconocer a los verdaderos
discípulos de Jesús? ¿Cuál es la manera más efectiva de incentivar a otros a
que también lo sigan? ¿Cómo sanar heridas y acabar con los enfrentamientos
violentos? Francisco sostiene que solo hay una respuesta para todos estos
interrogantes: el amor.
"El mundo está lacerado por las
guerras y la violencia, o herido por un difuso individualismo que divide a los
seres humanos y los enfrenta unos contra otros en pos del propio bienestar. En
diversos países resurgen enfrentamientos y viejas divisiones que se creían en
parte superadas.
A los cristianos de todas las
comunidades del mundo, quiero pedirles especialmente un testimonio de comunión
fraterna que se vuelva atractivo y resplandeciente. Que todos puedan admirar
cómo se cuidan unos a otros, cómo se dan aliento mutuamente y cómo se
acompañan: «En esto reconocerán que sois mis discípulos, en el amor que os
tengáis unos a otros» (Jn 13,35).
Es lo que con tantos deseos pedía Jesús
al Padre: «Que sean uno en nosotros […] para que el mundo crea» (Jn 17,21).
¡Atención a la tentación de la envidia! ¡Estamos en la misma barca y vamos
hacia el mismo puerto! Pidamos la gracia de alegrarnos con los frutos ajenos,
que son de todos."
Evangelii Gaudium (II. No a la guerra
entre nosotros)
Fuente: Reflejos de Luz Pastoral
“Sin oración no se puede hacer lo que la humanidad, la Iglesia y Dios pide en este momento”
“Los capellanes deben rezar. Sin
oración no se puede hacer lo que la humanidad, la Iglesia y Dios nos pide en
este momento” afirmó el Papa Francisco a los participantes del curso de
formación de los capellanes militares al derecho internacional
humanitarioorganizado por la Congregación para los Obispos, el Consejo
Pontificio Justicia y Paz y por el Consejo Pontificio para el Diálogo
interreligioso.
Durante la audiencia de este lunes en la
Sala Clementina, el Papa se ha referido a los capellanes que “han llegado de
diversos países para reflexionar juntos sobre algunos desafíos actuales del
derecho internacional humanitario, acerca de la protección de la dignidad
humana durante los conflictos armados no internacionales y los llamados
“nuevos” conflictos armados”.
“Se trata, lamentablemente, de un tema de
gran actualidad, especialmente si pensamos a la intensificación de la violencia
y a la multiplicación de teatros de guerra en diversas áreas del mundo, como
África, Europa y Oriente Medio”.
En el ámbito del curso de formación, el
Papa recordó que el intercambio de experiencias sobre cómo la misión de “acompañamiento espiritual de los miembros de las fuerzas
armadas y de sus familias puede contribuir a prevenir las violaciones del
derecho humanitario, con el objetivo de reducir el dolor y los sufrimientos que
la guerra siempre provoca, en quien la padece, pero también en quien la
combate”.
“La guerra, de hecho, desfigura los
vínculos entre hermanos, entre naciones; desfigura también a quien es testigo
de tales atrocidades. Muchos militares regresan después de las operaciones de
guerra o de las misiones para el restablecimiento de la paz con verdaderas
heridas interiores. La guerra puede dejarles una marca indeleble. La guerra, en realidad, deja siempre una marca indeleble. He
escuchado en este tiempo las historias de tantos obispos, que reciben en la
diócesis los soldados que se habían marchado para la guerra: cómo vuelven, con
estas heridas”.
Por lo tanto, el Obispo de Roma dijo que
es necesario preguntarse sobre “las modalidades adecuadas para curar las
heridas espirituales de los militares que, habiendo vivido la experiencia de la
guerra, han asistido a crímenes atroces. Estas personas y sus familias
requieren una atención
pastoral específica, una solicitud que les haga sentir la
cercanía maternal de la Iglesia”.
“El rol del capellán militar es aquel de
acompañarlos y sostenerlos en su camino, siendo para todos presencia consoladora y
fraterna.
Ustedes pueden derramar sobre las heridas de estas personas el bálsamo de la
Palabra de Dios que alivia los dolores e infunde esperanza; y pueden ofrecer la
gracia de la Eucaristía y de la Reconciliación, que nutre y regenera el alma
afligida”.
“En este período, en el cual estamos
viviendo una “tercera guerra mundial en partes”, ustedes están llamados a
alimentar en los militares y en sus familias la dimensión espiritual y ética,
que los ayude a afrontar las dificultades”.
Antes de impartir su bendición apostólica,
el Papa recordó a los capellanes la necesidad de la oración. “Los capellanes deben rezar. Sin oración no se puede hacer todo
lo que la humanidad, la Iglesia y Dios nos pide en este momento. Pregúntelo a
sus capellanes, pregúntelo a sí mismos: ¿cuánto tiempo al día doy a la oración?
La respuesta hará bien a todos”
(Mercedes De La Torre – Radio Vaticano).
BENDITO EL SEÑOR CADA DÍA
Del Salmo 67:
Nuestro Dios es un Dios que salva
Se levanta Dios, y se dispersan sus enemigos,
huyen de su presencia los que lo odian.
En cambio, los justos se alegran,
gozan en la presencia de Dios, rebosando de alegría
Nuestro Dios es un Dios que salva
Se levanta Dios, y se dispersan sus enemigos,
huyen de su presencia los que lo odian.
En cambio, los justos se alegran,
gozan en la presencia de Dios, rebosando de alegría
Nuestro Dios es un Dios
que salva
Padre de huérfanos, protector de viudas,
Dios vive en su santa morada.
Dios prepara casa a los desvalidos,
libera a los cautivos y los enriquece.
Dios vive en su santa morada.
Dios prepara casa a los desvalidos,
libera a los cautivos y los enriquece.
Nuestro Dios es un Dios
que salva
Bendito el Señor cada día,
Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación.
Nuestro Dios es un Dios que salva,
el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.
Bendito el Señor cada día,
Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación.
Nuestro Dios es un Dios que salva,
el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.
Nuestro Dios es un Dios
que salva
A esta, que es hija de Abrahán ¿no había que soltarla en sábado?
Lectura del santo evangelio según san Lucas 13, 10-17
Un sábado, enseñaba Jesús en una sinagoga.
Había una mujer que desde hacia dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y andaba encorvada, sin poderse enderezar.
Al verla, Jesús la llamó y le dijo:
-«Mujer, quedas libre de tu enfermedad.»
Le impuso las manos, y en seguida se puso derecha.
Y glorificaba a Dios.
Pero el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en sábado, dijo a la gente:
-«Seis días tenéis para trabajar; venid esos días a que os curen, y no los sábados.»
Pero el Señor, dirigiéndose a él, dijo:
-«Hipócritas: cualquiera de vosotros, ¿no desata del pesebre al buey o al burro y lo lleva a abrevar, aunque sea sábado?
Y a ésta, que es hija de Abrahán, y que Satanás ha tenido atada dieciocho años, ¿no había que soltarla en sábado?»
A estas palabras, sus enemigos quedaron abochornados, y toda la gente se alegraba de los milagros que hacía.
Palabra del Señor
domingo, 25 de octubre de 2015
"El Sínodo ha sido laborioso, pero un don de Dios, que traerá mucho fruto"."El Pueblo de Dios camina al paso de los últimos, como se hace en las familias"
Esta mañana, con la Santa Misa celebrada en la
Basílica de San Pedro, concluyó la Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los
Obispos sobre la familia. Invito a todos a dar gracias a Dios por estas tres
semanas de intenso trabajo, animado por la oración y por un espíritu de
verdadera comunión. Ha sido arduo, pero ha sido un verdadero don de Dios, que
seguramente traerá muchos frutos.
La palabra "sínodo" significa "caminar
juntos". Y aquella que hemos vivido ha sido la experiencia de la Iglesia
en camino, en camino especialmente con las familias del Pueblo santo de Dios
esparcido en todo el mundo. Por esto me ha impresionado la Palabra de Dios que
hoy nos sale al encuentro en la profecía de Jeremías: «Yo los hago venir del
país del Norte y los reúno desde los extremos de la tierra; hay entre ellos
ciegos y lisiados, mujeres embarazadas y parturientas: ¡es una gran asamblea la
que vuelve aquí!». Y el profeta agrega: «Habían partido llorando, pero yo los
traigo llenos de consuelo; los conduciré a los torrentes de agua por un camino
llano, donde ellos no tropezarán. Porque yo soy un padre para Israel» (31,8-9).
Esta Palabra de Dios nos dice que el primero en querer
caminar junto a nosotros, a querer hacer "sínodo" con nosotros, es
precisamente Él, nuestro Padre. Su "sueño", desde siempre y por
siempre, es el de formar un pueblo, de reunirlo, de guiarlo hacia la tierra de
la libertad y de la paz. Y este pueblo está hecho de familias: están «la mujer
embarazada y la parturienta»; es un pueblo que mientras camina lleva adelante
la vida, con la bendición de Dios.
Es un pueblo que no excluye a los pobres y a los
desfavorecidos, es más, los incluye: «entre ellos están el ciego y el lisiado»
- dice el Señor. Es una familia de familias, en la que quien enfrenta fatigas
no se encuentra marginado, dejado atrás, sino que logra seguir el paso de los
otros, porque este pueblo camina al paso de los últimos; como se hace en las
familias, y como nos enseña el Señor, que se ha hecho pobre con los pobres,
pequeño con los pequeños, último con los últimos. No lo ha hecho para excluir a
los ricos, a los grandes y a los que están primero, sino porque ésta es la
única forma para salvar también a ellos, para salvar a todos.
Les confieso que esta profecía del pueblo en camino la
he comparado también con las imágenes de los prófugos en marcha por las calles
de Europa, una realidad dramática de nuestros tiempos. Dios también les dice a
ellos: «Habían partido llorando, pero yo los traigo llenos de consuelo».
También estas familias tan sufrientes, desarraigadas de sus tierras, han estado
presentes con nosotros en el Sínodo, en nuestra oración y en nuestros trabajos,
a través de la voz de algunos de sus Pastores presentes en la Asamblea. Estas
personas en busca de dignidad, estas familias en busca de paz siguen
permaneciendo con nosotros, la Iglesia no las abandona, porque forman parte del
pueblo que Dios quiere liberar de la esclavitud y guiar hacia la libertad.
Por lo tanto, en esta Palabra de Dios, se refleja la
experiencia sinodal que hemos vivido. Que el Señor, por intercesión de la
Virgen María, nos ayude también a realizar las indicaciones surgidas en forma
de fraterna comunión.
¡Animo, levántate! Con la invitación del Evangelio el Papa clausura el Sínodo
Las tres
lecturas de este domingo nos presentan la compasión de Dios, su paternidad, que
se revela definitivamente en Jesús.
El profeta Jeremías, en pleno desastre
nacional, mientras el pueblo estaba deportado por los enemigos, anuncia que «el
Señor ha salvado a su pueblo, ha salvado al resto de Israel» (31,7). Y ¿por qué
lo hizo? Porque él es Padre (cf. v. 9); y como el Padre cuida de sus hijos, los
acompaña en el camino, sostiene a los «ciegos y cojos, lo mismo preñadas que
paridas» (31,8). Su paternidad les abre una vía accesible, una forma de
consolación después de tantas lágrimas y tantas amarguras. Si el pueblo
permanece fiel, si persevera en buscar a Dios incluso en una tierra extranjera,
Dios cambiará su cautiverio en libertad, su soledad en comunión: lo que hoy
siembra el pueblo con lágrimas, mañana lo cosechará con la alegría (cf. Sal
125,6 ).
Con el Salmo, también nosotros hemos
expresado la alegría, que es fruto de la salvación del Señor: «La boca se nos
llenaba de risas, la lengua de cantares» (v. 2). El creyente es una persona que
ha experimentado la acción salvífica de Dios en la propia vida. Y nosotros, los
pastores, hemos experimentado lo que significa sembrar con fatiga, a veces
llorando, y alegrarnos por la gracia de una cosecha que siempre va más allá de
nuestras fuerzas y de nuestras capacidades.
El pasaje de la Carta a los Hebreos nos ha
presentado la compasión de Jesús. También él «está envuelto en debilidades»
(5,2), para sentir compasión por quienes yacen en la ignorancia y en el error.
Jesús es el Sumo Sacerdote grande, santo, inocente, pero al mismo tiempo es el
Sumo Sacerdote que ha compartido nuestras debilidades y ha sido puesto a prueba
en todo como nosotros, menos en el pecado (cf. 4,15). Por eso es el mediador de
la nueva y definitiva alianza que nos da salvación.
El Evangelio de hoy nos remite
directamente a la primera Lectura: así como el pueblo de Israel fue liberado
gracias a la paternidad de Dios, también Bartimeo fue liberado gracias a la
compasión de Jesús que acababa de salir de Jericó. A pesar de que apenas había
emprendido el camino más importante, el que va hacia Jerusalén, se detiene para
responder al grito de Bartimeo. Se deja interpelar por su petición, se deja
implicar en su situación. No se contenta con darle limosna, sino que quiere
encontrarlo personalmente. No le da indicaciones ni respuestas, pero hace una pregunta:
«¿Qué quieres que haga por ti»? (Mc 10,51). Podría parecer una petición inútil:
¿Qué puede desear un ciego si no es la vista? Sin embargo, con esta pregunta,
hecha «de tú a tú», directa pero respetuosa, Jesús muestra que desea escuchar
nuestras necesidades. Quiere un coloquio con cada uno de nosotros sobre la
vida, las situaciones reales, que no excluya nada ante Dios. Después de la
curación, el Señor dice a aquel hombre: «Tu fe te ha salvado» (v. 52). Es
hermoso ver cómo Cristo admira la fe de Bartimeo, confiando en él. Él cree en
nosotros más de lo que nosotros creemos en nosotros mismos.
Hay un detalle interesante. Jesús pide a
sus discípulos que vayan y llamen a Bartimeo. Ellos se dirigen al ciego con dos
expresiones, que sólo Jesús utiliza en el resto del Evangelio. Primero le
dicen: «¡Ánimo!», una palabra que literalmente significa «ten confianza,
anímate». En efecto, sólo el encuentro con Jesús da al hombre la fuerza para
afrontar las situaciones más graves. La segunda expresión es «¡levántate!»,
como Jesús había dicho a tantos enfermos, llevándolos de la mano y curándolos.
Los suyos no hacen más que repetir las palabras de alentadoras y liberadoras de
Jesús, guiando hacia él directamente, sin sermones. Los discípulos de Jesús
están llamados a esto, también hoy, especialmente hoy: a poner al hombre en
contacto con la misericordia compasiva que salva. Cuando el grito de la
humanidad, como el de Bartimeo, se repite aún más fuerte, no hay otra respuesta
que hacer nuestras las palabras de Jesús y sobre todo imitar su corazón. Las
situaciones de miseria y de conflicto son para Dios ocasiones de misericordia.
Hoy es tiempo de misericordia.
Pero hay algunas tentaciones para los que
siguen a Jesús. El Evangelio de hoy destaca al menos dos. Ninguno de los
discípulos se para, como hace Jesús. Siguen caminando, pasan de largo como si
nada hubiera sucedido. Si Bartimeo era ciego, ellos son sordos: aquel problema
no es problema suyo. Este puede ser nuestro riesgo: ante continuos apuros, es
mejor seguir adelante, sin preocuparse. De esta manera, estamos con Jesús como
aquellos discípulos, pero no pensamos como Jesús. Se está en su grupo, pero se
pierde la apertura del corazón, se pierde la maravilla, la gratitud y el
entusiasmo, y se corre el peligro de convertirse en «habituales de la gracia».
Podemos hablar de él y trabajar para él, pero vivir lejos de su corazón, que
está orientado a quien está herido. Esta es la tentación: una «espiritualidad
del espejismo». Podemos caminar a través de los desiertos de la humanidad sin
ver lo que realmente hay, sino lo que a nosotros nos gustaría ver; somos
capaces de construir visiones del mundo, pero no aceptamos lo que el Señor pone
delante de nuestros ojos. Una fe que no sabe radicarse en la vida de la gente
permanece árida y, en lugar oasis, crea otros desiertos.
Hay una segunda tentación, la de caer en
una «fe de mapa». Podemos caminar con el pueblo de Dios, pero tenemos nuestra
hoja de ruta, donde entra todo: sabemos dónde ir y cuánto tiempo se tarda;
todos deben respetar nuestro ritmo y cualquier inconveniente nos molesta.
Corremos el riesgo de hacernos como aquellos «muchos» del Evangelio, que
pierden la paciencia y reprochan a Bartimeo. Poco antes habían reprendido a los
niños (cf. 10,13), ahora al mendigo ciego: quien molesta o no tiene categoría,
ha de ser excluido. Jesús, por el contrario, quiere incluir, especialmente a
quienes están relegados al margen y le gritan. Estos, como Bartimeo, tienen fe,
porque saberse necesitados de salvación es el mejor modo para encontrar a
Jesús.
Y, al final, Bartimeo se puso a seguir a
Jesús en el camino (cf. v. 52). No sólo recupera la vista, sino que se une a la
comunidad de los que caminan con Jesús. Queridos hermanos sinodales, hemos
caminado juntos. Les doy las gracias por el camino que hemos compartido con la
mirada puesta en el Señor y en los hermanos, en busca de las sendas que el
Evangelio indica a nuestro tiempo para anunciar el misterio de amor de la
familia. Sigamos por el camino que el Señor desea. Pidámosle a él una mirada
sana y salvada, que sabe difundir luz porque recuerda el esplendor que la ha
iluminado. Sin dejarnos ofuscar nunca por el pesimismo y por el pecado,
busquemos y veamos la gloria de Dios que resplandece en el hombre viviente.
Concluyó el Sínodo de los obispos sobre la vocación y misión de la Familia
Con
la aprobación del documento final concluyó el Sínodo de los obispos sobre la
vocación y misión de la Familia, en el Vaticano a las 18,46 de la tarde del 24
de octubre de 2015.
Fue
aprobado el documento final. Todos los 94 parágrafos han superado los 2/3 de
votos. Estas proposiciones servirán al Papa para escribir la Exhortación post
sinodal sobre la Vocación y Misión de la Familia en la Iglesia y el mundo
contemporáneo. El mismo Documento final elaborado y votado por los obispos será
publicado, dentro de poco, con las respectivas votaciones de cada uno de los 94
parágrafos.
Al
cierre de los trabajos Francisco habló a toda la asamblea de 270 personas,
agradeciendo al Señor y a todos. Subrayando la acción del Señor, explicó que el
haber puesto las dificultades de las familias delante del Señor es lo más
importante. jesuita Guillermo Ortiz, Raúl Cabrera
LA ALEGRÍA DE LA FE
Una
recomendación muy útil para avanzar por el camino espiritual, e incluso por el
camino de la existencia, es guardar memoria de lo vivido, de manera especial de
los momentos más recios, en los que todo parecía inclinado a la derrota, y de
manera providente se convirtió en experiencia de gracia y de favor, como cuenta
el profeta que le sucedió al pueblo de Israel en tiempos del exilio. “Gritad de
alegría por Jacob, regocijaos por el mejor de los pueblos; proclamad, alabad y
decid: El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel” (Jr 31, 7-8).
Cuando
se han vivido circunstancias aciagas, en las que no faltaron los trabajos, las
penosidades, y hasta las lágrimas, al recordar esos momentos difíciles de la
vida, si después se tornaron motivo de bendición, se comprenden muy bien las
expresiones del salmista: “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos
alegres” (Sal 125).
Tengo que reconocer que el salmo 125 lo hemos personalizado en
Buenafuente al recordar los años de penuria, ruinas y soledad, y al celebrar,
después, la afluencia de tantos amigos y de personas que desean vivir días de
oración, soledad, silencio, en medio de la naturaleza y en un ambiente de
austeridad. Hemos llegado a reconocer que este salmo es como nuestro himno, el
relato de nuestra biografía, la narración de una historia providente.
El
Evangelio nos cuenta la situación menesterosa, deprimida, marginal, hundida,
crónica, y hasta depresiva en la que vive el ciego de Jericó, fuera de la
ciudad, al margen del camino, pidiendo limosna, tendido en el suelo. Todo
parecía irremediable, acaso objeto de piedad y compasión. Y en esas
circunstancias, al paso de Jesús por el camino, todo cambia, y acontece lo más
inesperado: que aquel de quien se pensaba que era un hombre relegado, se
convierte en el prototipo de discípulo:
Jesús se detuvo y dijo: -«Llamadlo.»
Llamaron al ciego, diciéndole: _«Ánimo, levántate, que te llama.»
Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús.
Jesús le dijo: -«¿Qué quieres que haga por ti?»
El ciego le contestó: -«Maestro, que pueda ver.»
Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado.»
Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.
Llamaron al ciego, diciéndole: _«Ánimo, levántate, que te llama.»
Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús.
Jesús le dijo: -«¿Qué quieres que haga por ti?»
El ciego le contestó: -«Maestro, que pueda ver.»
Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado.»
Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.
El
ciego da un salto; hay que presupone que también de alegría, y según el
evangelista San Marcos, tiene un gesto muy significativo, abandonar el manto,
es decir, su identidad deprimida, para ponerse ante el Señor, y cara a cara con
la pregunta que cada uno podemos personalizar: “¿Qué quieres que haga por ti?”
Parece
que no hay respuesta más lógica que la del ciego: “Señor, que vea”. Pero ¿qué
significa ver? En el contexto del pasaje, debemos interpretar que es tener fe.
Por la fe, el ciego ve, y el ciego se convierte en discípulo, detrás de Jesús.
Ángel Moreno de Buenafuente
Curarnos de la ceguera
¿Qué podemos hacer cuando la fe se va apagando en nuestro corazón? ¿Es posible
reaccionar? ¿Podemos salir de la indiferencia? Marcos narra la curación del
ciego Bartimeo para animar a sus lectores a vivir un proceso que pueda cambiar
sus vidas.
No es difícil reconocernos en la figura de Bartimeo. Vivimos a veces
como «ciegos», sin ojos para mirar la vida como la miraba Jesús. «Sentados»,
instalados en una religión convencional, sin fuerza para seguir sus pasos.
Descaminados, «al borde del camino» que lleva Jesús, sin tenerle como guía de
nuestras comunidades cristianas.
¿Qué podemos hacer? A pesar de su ceguera, Bartimeo «se entera» de que, por
su vida, está pasando Jesús. No puede dejar escapar la ocasión y comienza a
gritar una y otra vez: «ten compasión de mí». Esto es siempre lo primero: abrirse
a cualquier llamada o experiencia que nos invita a curar nuestra vida.
El ciego no sabe recitar oraciones hechas por otros. Solo sabe gritar y
pedir compasión porque se siente mal. Este grito humilde y sincero,
repetido desde el fondo del corazón, puede ser para nosotros el comienzo de una
vida nueva. Jesús no pasará de largo.
El ciego sigue en el suelo, lejos de Jesús, pero escucha atentamente lo que
le dicen sus enviados: «¡Ánimo! Levántate. Te está llamando». Primero, se deja
animar abriendo un pequeño resquicio a la esperanza. Luego, escucha la llamada
a levantarse y reaccionar. Por último, ya no se siente solo: Jesús lo
está llamando. Esto lo cambia todo.
Bartimeo da tres pasos que van a cambiar su vida. «Arroja el manto» porque
le estorba para encontrarse con Jesús. Luego, aunque todavía se mueve entre
tinieblas, «da un salto» decidido. De esta manera «se acerca» a Jesús. Es lo
que necesitamos muchos de nosotros: liberarnos de ataduras que ahogan nuestra
fe; tomar, por fin, una decisión sin dejarla para más tarde; y ponernos
ante Jesús con confianza sencilla y nueva.
Cuando Jesús le pregunta qué quiere de él, el ciego no
duda. Sabe muy bien lo que necesita: «Maestro, que pueda ver». Es lo más
importante. Cuando uno comienza a ver las cosas de manera nueva, su vida se
transforma. Cuando una comunidad recibe luz de Jesús, se convierte.
José Antonio Pagola
Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.
Lectura del santo evangelio según
san Marcos 10,46-52
En
aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el
ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo
limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: - «Hijo de David,
Jesús, ten compasión de mí.»
Muchos
lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: - «Hijo de David, ten
compasión de mí.»
Jesús
se detuvo y dijo: - «Llamadlo.»
Llamaron
al ciego, diciéndole: - «Ánimo, levántate, que te llama.»
Soltó
el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: - «¿Qué quieres que
haga por ti?»
El
ciego le contestó: - «Maestro, que pueda ver.»
Jesús
le dijo: - «Anda, tu fe te ha curado.»
Y al
momento recobró la vista y lo seguía por el camino.
Palabra del Señor.
sábado, 24 de octubre de 2015
Homilía del Papa: Leer los signos de los tiempos fieles al Evangelio
“Los tiempos cambian y nosotros los
cristianos debemos cambiar continuamente”, con libertad y en la verdad de la
fe. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la
capilla de la Casa de Santa Marta.
El Pontífice reflexionó sobre el
discernimiento que la Iglesia debe hacer viendo los “signos de los tiempos”,
sin ceder a la comodidad del conformismo, sino dejándose inspirar por la
oración.
Los tiempos hacen lo que deben: cambian. Y
los cristianos deben hacer lo que quiere Cristo, a saber: evaluar los tiempos y cambiar con ellos, permaneciendo
“firmes en la verdad del Evangelio”. Lo que no se admite es el
tranquilo conformismo que, de hecho, hace que permanezcamos inmóviles.
Sabiduría cristiana
Inspirándose en un pasaje de la Carta de San Pablo a los Romanos, el Santo Padre explicó que el Apóstol predica con “mucha fuerza la libertad que
nos ha salvado del pecado”. Mientras el Evangelio relata que Jesús habla de los
“si
gnos de los tiempos” definiendo hipócritas a quienes saben comprenderlos
pero no hacen lo mismo con el tiempo del Hijo del Hombre.Dios nos ha creado libres y “para
tener esta libertad – afirmó el Papa – debemos abrirnos a la fuerza del Espíritu y entender bien qué cosa sucede dentro y fuera de nosotros”,
usando el “discernimiento”:
“Tenemos esta libertad para juzgar lo que
sucede fuera de nosotros. Pero para juzgar debemos conocer bien lo que sucede
fuera de nosotros. ¿Y cómo se puede hacer esto? ¿Cómo se puede hacer esto, que
la Iglesia llama ‘discernir los signos de los tiempos’? Los tiempos cambian. Es
precisamente de la sabiduría cristiana conocer estos cambios, conocer los
diversos tiempos y conocer los signos de los tiempos. Lo que significa una cosa
y lo que significa otra cosa. Y hacer esto sin miedo, con libertad”.
Silencio, reflexión y oración
El Papa Bergoglio reconoció que no es una cosa “fácil”, porque son demasiados los
condicionamientos externos que también afectan a los cristianos induciendo a
muchos a un más cómodo “no hacer”:
“Este es un trabajo que nosotros no solemos
hacer: nos conformamos, nos tranquilizamos con ‘me han dicho, he oído, la gente
dice, he leído…’. Así estamos tranquilos… ¿Pero cuál es la verdad? ¿Cuál es el
mensaje que el Señor quiere darme con aquel signo de los tiempos? Para entender
los signos de los tiempos, ante todo es necesario el silencio: hacer silencio y
observar. Y después reflexionar dentro de nosotros. Un ejemplo: ¿por qué hay
tantas guerras ahora? ¿Por qué ha sucedido algo? Y rezar… Silencio, reflexión y
oración. Sólo así podremos comprender los signos de los tiempos, y qué cosa
quiere decirnos Jesús”.
Libres en la verdad del Evangelio
Y comprender los signos de los tiempos no
es un trabajo exclusivo de una élite cultural. Jesús – recordó Francisco – no
dice “miren cómo hacen los universitarios, miren cómo hacen los doctores, miren
cómo hacen los intelectuales…”. Y subrayó que Jesús habla a los campesinos que,
“en su sencillez” saben “distinguir el trigo de la cizaña”:
“Los tiempos cambian y nosotros los
cristianos debemos cambiar continuamente. Debemos cambiar firmes en la fe en
Jesucristo, firmes en la verdad del Evangelio, pero nuestra actitud debe
moverse continuamente según los signos de los tiempos. Somos libres. Somos
libres por el don de la libertad que nos ha dado Jesucristo. Pero nuestro
trabajo es mirar qué cosa sucede dentro de nosotros, discernir nuestros
sentimientos, nuestros pensamientos; y ver qué cosa sucede fuera de nosotros y
discernir los signos de los tiempos. Con el silencio, con la reflexión y con la
oración ”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).
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