miércoles, 25 de marzo de 2015

Hágase en mí. Hermana Glenda

Anunciación del Señor

El Señor está en camino con nosotros para ablandar nuestro corazón y solo con un corazón humilde como el de María podemos acercarnos a Dios. Adán y Eva, cediendo a la seducción de Satanás, creyeron ser como Dios. Esa "soberbia suficiente" hace que se alejen del paraíso. Pero el Señor no los deja caminar solos porque les hace una promesa de redención y camina con ellos. El Señor acompañó la humanidad en este largo camino. Ha hecho un pueblo. Estaba con ellos. Y ha recordado que ese camino que comenzó con una desobediencia, termina con una obediencia, con el sí de María al anuncio del ángel.

El nudo que ha hecho Eva con su desobediencia, lo ha desatado María con su obediencia, es un camino en el cual las maravillas de Dios se multiplican.

El Señor está en camino con su pueblo. Y ¿por qué caminaba con su pueblo, con tanta ternura? Para ablandar nuestro corazón. Explícitamente Él lo dice: 'Yo haré de tu corazón de piedra un corazón de carne'. Ablandar nuestro corazón para recibir esa promesa que había hecho en el paraíso. Para un hombre ha entrado el pecado, para otro viene la salvación. Y este camino tan largo nos ayudó a otros nosotros a tener un corazón más humano, más cercano a Dios, no tan soberbio, no tan suficiente.

 (Cf Homilía de S.S. Francisco, 25 de marzo de 2014, en Santa Marta).


"¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo"

Evangelio según San Lucas 1,26-38.

El Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.

El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: "¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo".

Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.

Pero el Ángel le dijo: "No temas, María, porque Dios te ha favorecido.

Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; 
él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin".

María dijo al Ángel: "¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?".

El Ángel le respondió: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios.

También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes,porque no hay nada imposible para Dios".

María dijo entonces: "Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho". Y el Ángel se alejó.

martes, 24 de marzo de 2015

ARDENAL BAGNASCO: "INVOCAR EL NOMBRE DE DIOS PARA CORTAR GARGANTAS ES UNA BLASFEMIA QUE CLAMA AL CIELO Y A LA TIERRA"

El Cardenal Angelo Bagnasco, presidente de la Conferencia Episcopal Italiana (CEI), abrió ayer con un discurso la sesión del Consejo Permanente de la CEI.
El cardenal dedicó buena parte de su discurso al tema de la persecución de los cristianos:
“No podemos no quedarnos dolorosamente atónitos ante la persecución contra los cristianos, que crece y se hace más cruel. El mundo de la fe, del sentido común, el mundo de los humanos queda desconcertado y golpeado”.
Cuestionando los motivos de esta persecución, afirmó: “La razón, incluso antes de la fe, no puede sino condenar tanta barbarie y estudiada crueldad contra las minorías, especialmente contra los cristianos solo por ser cristianos. Y no puede dejar de condenar las estrategias locas y sangrientas que hacen ir hacia atrás el reloj de la historia".
"La religión nunca puede ser utilizada para matar o hacer violencia a invocar el nombre de Dios para cortar las gargantas es una blasfemia que está gritando al cielo y a la tierra”.
Por último, destacó: “Si bien sigue siendo una responsabilidad urgente el garantizar los derechos de la libertad religiosa en el mundo, una vez más instamos a Europa a hacer un serio examen de conciencia sobre el fenómeno de los occidentales que se alistan en los escuadrones de la muerte”.

Los obispos italianos viven hoy un momento especial de oración por los mártires, misioneros y laicos, de estos tiempos: "A todos ellos queremos hacer sentir la cercanía de nuestro amor y del de nuestras comunidades, y la gratitud inmensa por el ejemplo de su fe intrépida. ¡La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos!”.
News.Va

¿Cristianos? Sí, pero...

¿Cuántos se dicen cristianos pero no aceptan «el estilo» con el cual Dios quiere salvarnos? Son a quienes el Papa Francisco definió como «cristianos sí, pero...», incapaces de comprender que la salvación pasa por la cruz. Y Jesús en la cruz —explicó el Pontífice en la homilía de la misa que celebró en Santa Marta el martes 24 de marzo— es precisamente «el núcleo del mensaje de la liturgia de hoy».
En el pasaje evangélico de san Juan (8, 21-30), Jesús dice: «Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre...» y, anunciando su muerte en la cruz, recuerda la serpiente de bronce que Moisés hizo elevar «para curar a los israelitas en el desierto», como se lee en la primera lectura tomada del libro de los Números (21, 4-9). El pueblo de Dios esclavo en Egipto —explicó el Papa— había sido liberado: «Ellos habían visto verdaderos milagros. Y, cuando tuvieron miedo, en el momento de la persecución del faraón, cuando estuvieron ante el mar Rojo, vieron el milagro» que Dios había realizado para ellos. El «camino de liberación» comenzó con la alegría. Los israelitas «estaban contentos» porque fueron «liberados de la esclavitud», contentos porque «llevaban consigo la promesa de una tierra muy buena, una tierra sólo para ellos» y porque «ninguno de ellos había muerto» en la primera parte del viaje. También las mujeres estaban contentas porque tenían con ellas «las joyas de las mujeres egipcias».

Pero a un cierto punto, continuó el Pontífice, en el momento que «se alargaba el camino», el pueblo ya no soportó el viaje y «se cansó». Por ello comenzó a hablar «contra Dios y contra Moisés: ¿por qué nos han sacado de Egipto para morir en el desierto?». Comenzó «a criticar: a hablar mal de Dios, de Moisés», diciendo: «No tenemos ni pan ni agua, y nos da náuseas ese pan sin sustancia, el maná». Es decir, a los israelitas «les daban náuseas las ayudas de Dios, el don de Dios. Y, así, la alegría del comienzo de la liberación se convirtió en tristeza, en murmuración».
Probablemente preferían «un mago que con la varita mágica» los liberase y no un Dios que les hiciese caminar y que «en cierto modo» les hiciese «ganar la salvación» o, «al menos, merecerla en parte».
En la Escritura se ve «un pueblo descontento» y, destacó el Papa Francisco, «la crítica es una vía de salida de ese descontento». En su descontento «se desahogaban, pero no se daban cuenta de que con esa actitud envenenaban su alma». He aquí, entonces, la llegada de las serpientes, porque «así, como el veneno de las serpientes, en ese momento el pueblo tenía el alma envenenada».

También Jesús habla de la misma actitud, de «ese modo de ser no contento, no satisfecho». Refiriéndose a un pasaje que encontramos en los Evangelios de san Mateo (11, 17) y de san Lucas (7, 32), el Pontífice dijo: «Jesús, cuando habla de esta actitud dice: “¿Quién os entiende a vosotros? Sois como esos niños en la plaza: hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; os hemos cantado lamentaciones, y no habéis llorado. Entonces, ¿nada os satisface?”». Es decir, el problema «no era la salvación, la liberación», porque «todos la querían»; el problema era «el estilo de Dios: no gustaba el sonido de Dios para bailar; no gustaban las lamentaciones de Dios para llorar». Entonces, «¿qué querían?». Querían, explicó el Papa, obrar «según su pensamiento, elegir el propio camino de salvación». Pero ese camino «no conducía a nada».
Una actitud que encontramos aún hoy. Incluso «entre los cristianos», se preguntó el Papa Francisco, ¿cuántos están «un poco envenenados» de esta insatisfacción? Oímos decir: «Sí, verdaderamente, Dios es bueno, pero cristianos sí, pero...». Son los que, explicó, «no terminan de abrir el corazón a la salvación de Dios» y «piden siempre condiciones»; los que dicen: «Sí, sí, sí, yo quiero ser salvado, pero por este camino». Es así que «el corazón se envenena». Es el corazón de los «cristianos tibios», que tienen siempre algo de qué lamentarse: «“pero el Señor, ¿por qué me ha hecho esto?” –“pero te ha salvado, te ha abierto la puerta, te ha perdonado muchos pecados”– “Sí, sí, es verdad, pero...”». El israelita en el desierto decía: «Yo quisiera agua, pan, eso que me gusta, no esta comida tan ligera. Estoy hastiado». Y también nosotros «muchas veces decimos que estamos hastiados del estilo divino». Destacó el Papa Francisco: No aceptar el don de Dios con su estilo, ese es el pecado; ese es el veneno; lo que nos envenena el alma, te quita la alegría, no te deja seguir».
Y «¿cómo resuelve todo esto el Señor? Con el mismo veneno, con el mismo pecado»: es decir, «Él mismo toma sobre sí el veneno, el pecado y es elevado». Así sana «esta tibieza del alma, ese ser cristianos a medias», ese ser «cristianos sí, pero...». La curación, explicó el Papa, llega sólo «mirando la cruz», mirando a Dios que asume nuestros pecados: «mi pecado está allí». Sin embargo, «cuántos cristianos mueren en el desierto de su tristeza, de su murmuración, de su no querer el estilo de Dios». Esta es la reflexión para cada cristiano: mientras Dios «nos salva y nos muestra cómo nos salva», yo «no soy capaz de tolerar un poco un camino que no me gusta mucho». Es «ese egoísmo que Jesús reprochaba a su generación», la que decía acerca de Juan Bautista: «No, es un endemoniado». Y la que cuando vino el Hijo del hombre lo definió como un «comilón» y un «borracho». «¿Pero quién os entiende?» dijo el Papa añadiendo: «También yo, con mis caprichos espirituales ante la salvación que Dios me da, ¿quién me entiende?».
He aquí entonces la invitación a los fieles: «Miremos a la serpiente, el veneno ahí en el cuerpo de Cristo, el veneno de todos los pecados del mundo y pidamos la gracia de aceptar los momentos difíciles; de aceptar el estilo divino de salvación; de aceptar también esta comida tan ligera de la que se lamentaban los judíos»: la gracia, o sea, «de aceptar los caminos por los cuales el Señor me conduce hacia adelante». El Papa Francisco concluyó deseando que la Semana Santa «nos ayude a salir de esta tentación de llegar a ser “cristianos sí, pero...”».  

lunes, 23 de marzo de 2015

''Sólo en el crucifijo se encuentra la explicación del misterio de la enfermedad''

''No es fácil acercarse a un enfermo. Las cosas más bonitas de la vida y las cosa más miserables se reservan, se esconden. El amor más grande, uno intenta esconderlo por pudor, y las cosas que muestran nuestra miseria humana, también intentamos esconderlas por pudor''. Con estas palabras se dirigió el Papa a los enfermos que encontró en la Basílica del Jesús Nuevo y así explicó que para encontrar a un enfermo hay que ir hasta él, porque el pudor de la vida lo esconde. ''Cuando nos encontramos con enfermedades que marcan toda una vida -añadió- preferimos esconderlas, porque ir a encontrar al enfermo es ir a encontrar nuestra propia enfermedad, esa que llevamos dentro. Es tener la valentía de decirse a uno mismo, ''yo también tengo alguna enfermedad en el corazón, en el alma, en el espíritu. Yo también soy un enfermo espiritual''.
Francisco habló del misterio de la enfermedad. Cómo Dios nos ha creado para cambia el mundo y para dominar la Creación, pero cuando nos encontramos ante un enfermo al que se le impide todo esto, sólo nos podemos acercar a él si nos acostumbramos a mirar el Crucifijo, porque sólo ahí está la explicación de este fracaso humano, de esa enfermedad para toda la vida''.
''Si no podéis entender al Señor -dijo a los enfermos presentes- pido al Señor que os haga entender dentro del corazón que sois la carne viva de Cristo''. Asimismo, a los voluntarios Francisco les agradeció el que utilizaran su tiempo ''para acariciar la carne Cristo, sirviendo al Cristo Crucificado vivo'', y a los médicos y enfermeras por no hacer de su profesión un negocio, ya que ''cuando la medicina se transforma en comercio -añadió- pierde el núcleo de su vocación''. Por último pidió a todos los cristianos de la diócesis de Nápoles ''no olvidar lo que Jesús nos pidió y por lo que seremos juzgados: ''Estaba enfermo y me visitasteis''. ''Los enfermos sufren, reflejan el sufrimiento de Cristo, -finalizó- no hay que tener miedo de acercarse a Cristo que sufre''.

Donde no hay misericordia, no hay justicia, dijo el Papa

Donde no hay misericordia, no hay justicia, y tantas veces hoy el Pueblo de Dios sufre un juicio sin misericordia. Lo recordó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta.

Los rígidos tienen una doble vida

Al comentar las lecturas del día, y refiriéndose a otro pasaje evangélico, el Papa Bergoglio habló de las tres mujeres y los tres jueces: una mujer inocente, Susana; una pecadora, la adúltera, y una pobre viuda necesitada. Y explicó que las tres, según algunos Padres de la Iglesia, son figuras alegóricas de la Iglesia: la Iglesia Santa, la Iglesia pecadora y la Iglesia necesitada”.

“Los tres jueces son malos y corruptos – observó Francisco –. Y añadió que, ante todo, está el juicio de los escribas y de los fariseos que llevan a la adúltera ante Jesús. “Tenían dentro del corazón la corrupción de la rigidez”. Se sentían puros porque observaban la ley. “La ley dice esto, y se debe hacer esto”:

“Pero estos no eran santos, eran corruptos, corruptos porque una rigidez de ese tipo sólo puede ir adelante en una doble vida y estos que condenaban a estas  mujeres, después iban a buscarlas, por detrás, a escondidas, para divertirse un poco. Los rígidos son – uso el adjetivo que Jesús les daba a ellos – hipócritas: tienen doble vida. Aquellos que juzgan, pensemos en la Iglesia – las tres mujeres son figuras alegóricas de la Iglesia – aquellos que juzgan la Iglesia con rigidez, tienen doble vida. Con la rigidez ni siquiera se puede respirar”.

El Pueblo de Dios tantas veces no encuentra la misericordia

Después están los dos jueces ancianos que chantajean a una mujer, Susana, para que se conceda, pero ella resiste: “Eran jueces viciosos – subrayó el Papa – porque tenían la corrupción del vicio, en este caso la lujuria. Y se dice que cuando está este vicio de la lujuria con los años se vuelve más feroz, más malo”. En fin, está el juez interpelado por la pobre viuda. Este juez “no temía a Dios y no se preocupaba por los demás: no le importaba nada, sólo le daba importancia a sí mismo”: Era “un especulador, un juez que con su profesión de juzgar hacía negocios”. Estaba corrupto por el dinero y el prestigio”. Estos jueces  – dijo el Papa – el especulador, los viciosos y los rígidos, “no conocían una palabra, no conocían lo que era la misericordia”:



“La corrupción los llevaba lejos de entender la misericordia, el ser misericordiosos. Y la Biblia nos dice que en la misericordia está precisamente el justo juicio. Y las tres  mujeres – la santa, la pecadora y la necesitada, figuras alegóricas de la Iglesia – sufren de esta falta de misericordia. También hoy, el Pueblo de Dios, cuando encuentra a estos jueces, sufre un juicio sin misericordia, sea civil, o eclesiástico. Y donde no hay misericordia, no hay justicia. Cuando el Pueblo de Dios se acerca voluntariamente para pedir perdón, para ser juzgado, cuántas veces, cuántas veces encuentra a alguno de estos”.

Una de las palabras más bellas del Evangelio: “Tampoco yo te condeno”

Encuentra a los viciosos que “son capaces de tratar de explotarlos”, y éste “es uno de los pecados más graves”; encuentra a “los especuladores” que “no dan oxígeno a aquella alma, no dan esperanza”; y encuentra “a los rígidos que castigan en los penitentes aquello que esconden en su alma”. “Esto – dijo el Papa – se llama falta de misericordia”. Y concluyó diciendo:
“Sólo querría decir una de las palabras más bellas del Evangelio que a mí me conmueve tanto: ‘¿Ninguno te ha condenado?’ – ‘No, ninguno, Señor’ – ‘Tampoco yo te condeno’. No te condeno: una de las palabras más bellas porque está llena de misericordia”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).

Desde mi cruz hasta tu soledad


 
Desde mi cruz hasta tu soledad

Te escribo desde mi cruz a tu soledad,
a ti, que tantas veces me miraste sin verme
y me oíste sin escucharme.

A ti, que tantas veces prometiste
seguirme de cerca
y sin saber por qué te distanciaste
de las huellas que dejé en el mundo
para que no te perdieras.

A ti, que no siempre crees que estoy contigo,
que me buscas sin hallarme
y a veces pierdes la fe en encontrarme,
a ti, que a veces piensas que soy un recuerdo
y no comprendes que estoy vivo.

Yo soy el principio y el fin,
soy el camino para no desviarte,
la verdad para que no te equivoques
y la vida para no morir.

Mi tema preferido es el amor,
que fue mi razón para vivir y para morir.

Yo fui libre hasta el fin,
tuve un ideal claro
y lo defendí con mi sangre para salvarte.

Fui maestro y servidor,
soy sensible a la amistad
y hace tiempo que espero que me regales la tuya.

Nadie como yo conoce tu alma,
tus pensamientos, tu proceder,
y sé muy bien lo que vales.
Sé que quizás tu vida
te parezca pobre a los ojos del mundo,
pero Yo sé que tienes mucho para dar,
y estoy seguro que dentro de tu corazón
hay un tesoro escondido;
conócete a ti mismo
y me harás un lugar a mí.

Si supieras cuánto hace
que golpeo las puertas de tu corazón
y no recibo respuesta.

A veces también me duele que me ignores
y me condenes como Pilatos,
otras que me niegues como Pedro
y que otras tantas me traiciones como Judas.

Y hoy, te pido paciencia para tus padres,
amor para tu pareja,
responsabilidad para con tus hijos,
tolerancia para los ancianos,
comprensión para todos tus hermanos,
compasión para el que sufre,
servicio para todos.

Quisiera no volver a verte egoísta,
orgulloso, rebelde, disconforme, pesimista.

Desearía que tu vida fuera alegre,
siempre joven y cristiana.

Cada vez que flaquees, búscame y me encontrarás,
cada vez que te sientas cansado,
háblame, cuéntame.
Cada vez que creas que no sirves para nada
no te deprimas,
no te creas poca cosa,
no olvides que yo necesité de un asno
para entrar en Jerusalén
y necesito a tu pequeñez
para entrar en el alma de tu prójimo.

Cada vez que te sientas solo en el camino,
no olvides que estoy contigo.
No te canses de pedirme
que yo no me cansaré de darte,
no te canses de seguirme que yo
no me cansaré de acompañarte,
nunca te dejaré solo.

Aquí a tu lado me tienes,
estoy para ayudarte.



Edades del Hombre Alba 2015

Vete y no peques más.

Evangelio según San Juan 8,1-11.

Jesús fue al monte de los Olivos.
Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles.
Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos,
dijeron a Jesús: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio.
Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices?".
Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo.
Como insistían, se enderezó y les dijo: "El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra".
E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo.
Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí,
e incorporándose, le preguntó: "Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado?".
Ella le respondió: "Nadie, Señor". "Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante".

Las Moradas de santa Teresa. Diócesis de Ciudad Real

domingo, 22 de marzo de 2015

Evangelio, Crucifijo y testimonio de fe para quienes quieren conocer a Jesús.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!


En este quinto domingo de Cuaresma, el evangelista Juan nos llama la atención con un particular curioso: algunos “griegos”, judíos, llegados a Jerusalén para la fiesta de la Pascua, se dirigen al apóstol Felipe, y le dicen: “Queremos ver a Jesús” (Jn 12:21). En la ciudad santa, donde Jesús fue por última vez, hay mucha gente. 

Están los pequeños y los sencillos, que han acogido festivamente al profeta de Nazaret reconociendo en Él al Enviado del Señor. Están los sumos sacerdotes y los líderes del pueblo, que lo quieren eliminar porque lo consideran herético y peligroso. También hay personas, como esos “griegos”, que están curiosos de verlo y de saber más acerca de su persona y de las obras que Él ha realizado, la última de las cuales – la resurrección de Lázaro – ha causado mucha sensación.

“Queremos ver a Jesús”: estas palabras, al igual que muchas otras en los Evangelios, van más allá del episodio particular y expresan algo universal; revelan un deseo que atraviesa épocas y culturas, un deseo presente en los corazones de muchas personas que han oído hablar de Cristo, pero no lo han encontrado aún. “Yo deseo ver a Jesús”, así siente el corazón de esta gente.

Respondiendo indirectamente, en modo profético, a aquel pedido de poderlo ver, Jesús pronuncia una profecía que revela su identidad e indica el camino para conocerlo verdaderamente: “Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado”. (Jn 12,23). ¡Es la hora de la Cruz! Es la hora de la derrota de Satanás, príncipe del mal, y del triunfo definitivo del amor misericordioso de Dios. Cristo declara que será “levantado en alto sobre la tierra” (v. 32), una expresión con doble significado: “levantado” porque crucificado, y “levantado” porque exaltado por el Padre en la Resurrección, para atraer a todos a sí mismo y reconciliar a los hombres con Dios y entre sí. La hora de la Cruz, la más oscura de la historia, es también la fuente de salvación para todos los que creen en Él.

Continuando en la profecía sobre su Pascua ya inminente, Jesús usa una imagen sencilla y sugestiva, aquella del "grano de trigo" que caído en la tierra, muere para dar fruto (cfr. v. 24). En esta imagen encontramos otro aspecto de la Cruz de Cristo: el de la fecundidad. La cruz de Cristo es fecunda. La muerte de Jesús, de hecho, es una fuente inagotable de vida nueva, porque lleva en sí la fuerza regeneradora del amor de Dios. Inmersos en este amor por el Bautismo, los cristianos pueden convertirse en "granos de trigo" y dar mucho fruto, si al igual que Jesús, "pierden la propia vida" por amor a Dios y a los hermanos (cfr. v. 25).

Por esta razón, a aquellos que aún hoy "quieren ver a Jesús", a los que están en la búsqueda del rostro de Dios; a quien ha recibido una catequesis cuando era pequeño y luego no la ha profundizado más y quizás ha perdido la fe; a tantos que aún no han encontrado a Jesús personalmente... a todas estas personas podemos ofrecerles tres cosas: el Evangelio; el Crucifijo y el testimonio de nuestra fe, pobre pero sincera. El Evangelio: ahí podemos encontrar a Jesús, escucharlo, conocerlo. El Crucifijo: signo del amor de Jesús que se entregó por nosotros. Y luego, una fe que se traduce en gestos simples de caridad fraterna. Pero principalmente en la coherencia de vida: entre lo que decimos y lo que vivimos, coherencia entre nuestra fe y nuestra vida, entre nuestras palabras y nuestras acciones. Evangelio, Crucifijo y testimonio. Que la Virgen nos ayude a llevar estas tres cosas.
(Angelus domini…)

(Traducción del italiano: María Cecilia Mutual - RV)

ATRAÍDOS POR EL CRUCIFICADO


Un grupo de «griegos», probablemente paganos, se acercan a los discípulos con una petición admirable: «Queremos ver a Jesús». Cuando se lo comunican, Jesús responde con un discurso vibrante en el que resume el sentido profundo de su vida. Ha llegado la hora. Todos, judíos y griegos, podrán captar muy pronto el misterio que se encierra en su vida y en su muerte: «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».

Cuando Jesús sea alzado a una cruz y aparezca crucificado sobre el Gólgota, todos podrán conocer el amor insondable de Dios, se darán cuenta de que Dios es amor y solo amor para todo ser humano. Se sentirán atraídos por el Crucificado. En él descubrirán la manifestación suprema del Misterio de Dios.

Para ello se necesita, desde luego, algo más que haber oído hablar de la doctrina de la redención. Algo más que asistir a algún acto religioso de la Semana Santa. Hemos de centrar nuestra mirada interior en Jesús y dejarnos conmover, al descubrir en esa crucifixión el gesto final de una vida entregada día a día por un mundo más humano para todos. Un mundo que encuentre su salvación en Dios.

Pero, probablemente a Jesús empezamos a conocerlo de verdad cuando, atraídos por su entrega total al Padre y su pasión por una vida más feliz para todos sus hijos, escuchamos aunque sea débilmente su llamada: «El que quiera servirme que me siga, y donde esté yo, allí estará también mi servidor».

Todo arranca de un deseo de «servir» a Jesús, de colaborar en su tarea, de vivir solo para su proyecto, de seguir sus pasos para manifestar, de múltiples maneras y con gestos casi siempre pobres, cómo nos ama Dios a todos. Entonces empezamos a convertirnos en sus seguidores.

Esto significa compartir su vida y su destino: «donde esté yo, allí estará mi servidor». Esto es ser cristiano: estar donde estaba Jesús, ocuparnos de lo que se ocupaba él, tener las metas que él tenía, estar en la cruz como estuvo él, estar un día a la derecha del Padre donde está él.

¿Cómo sería una Iglesia «atraída» por el Crucificado, impulsada por el deseo de «servirle» solo a él y ocupada en las cosas en que se ocupaba él? ¿Cómo sería una Iglesia que atrajera a la gente hacia Jesús?

José Antonio Pagola


Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí.

Lectura del santo evangelio según san Juan 12,20-33
En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban:
- «Señor, quisiéramos ver a Jesús.»
Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús.
Jesús les contestó:
- «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre.
Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará.
Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre.»
Entonces vino una voz del cielo:
- «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo.»
La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel.
Jesús tomó la palabra y dijo:
- «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí.»
Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.
Palabra del Señor.

Oración para pedir buenos sacerdotes, de Pablo VI


¡Oh Jesús!, divino pastor de las almas,
que llamaste a los apóstoles para hacerlos
pescadores de hombres: atrae hacia ti
las almas ardientes y generosas de los jóvenes
para hacerlos tus seguidores y ministros.
 
Hazlos partícipes de tu sed de redención universal,
por la cual renuevas tu sacrificio sobre tus altares.
Descúbreles el horizonte del mundo entero donde
la silenciosa súplica de tantos hermanos pide la luz
de la verdad y el calor del amor, para que respondiendo
a tu llamado prolonguen aquí en la tierra tu misión,
edifiquen tu Cuerpo Místico, la Iglesia, y sean sal de la tierra
y luz del mundo.
 
Extiende, Señor, tu llamado a muchas almas
generosas e infúndeles el ansia de la perfección
evangélica y de la entrega al servicio de la Iglesia
y de los hermanos necesitados de asistencia y caridad. 
Amén.
 
Por Pablo VI
Oración publicada por Oleada Joven