lunes, 22 de abril de 2013

Dios cura todas tus enfermedades por San Agustín

Dios cura todas tus enfermedades. No temas, todas tus enfermedades están curadas. Dirás que son muy grandes, pero el Médico es aún más grande. Para un Médico todopoderoso no existe enfermedad incurable. Déjate, simplemente, cuidar, no rechaces su mano; él sabe lo que tiene que hacer. No te alegres tan sólo cuando actúa con dulzura, sino también cuando corta. Acepta el dolor del remedio pensando en la salud que te va a devolver.


Ved, hermanos, todo lo que los hombres soportan en sus enfermedades físicas y sólo para alargar su vida unos días. Tú, por lo menos, no sufras por un resultado dudoso: el que te ha prometido la salud no se puede equivocar. ¿Por que los médicos, a veces, se equivocan?. Porque no han creado el cuerpo que intentan curar. Pero Dios ha hecho tu cuerpo, Dios ha hecho tu alma. Sabe como ha de recrear lo que ha creado, sabe como reformar lo que ha formado. No tienes más que  abandonarte en sus manos de médico. Soporta, pues ,sus manos, oh alma, que le bendices y no olvidas sus beneficios: el cura todas tus enfermedades.

Aquel que te ha hecho para no estar nunca enfermo si has querido guardar siempre sus preceptos, ¿no te curará?. Aquel que ha hecho los ángeles y que, recreándote, te hará ser igual que ellos, ¿no te curará?. Aquel que ha hecho el cielo y la tierra, después de haberte hecho a su imagen, ¿no te curará?. Te curará, pero es necesario que tú consientas en ser curado. Él cura perfectamente a todo enfermo, pero no lo hace si el enfermo no se deja curar.

Tu salud es Cristo.

Enamorarse de Dios


¿Si podemos enamorarnos de personas y de cosas, si nuestro corazón queda prendado de una puesta de sol o de un paisaje tropical, por qué no nos vamos a poder enamorar de Dios? Dichosos aquellos que se enamoran radicalmente de Dios, porque su vida será una fuente inagotable de paz, de alegría y de felicidad. 

El amor a Dios es un mandato para todos los creyentes. No es especialidad o exclusividad de una cultura, época, edad o estado. Lo que importa es el amor, no la manera de expresar ese amor. 

Se puede amar en el silencio de una noche y en medio del bullicio del día. No dejamos de amar a los nuestros cuando trabajamos o cuando estamos de brazos cruzados, cuando sonreímos o cuando lloramos. Lo que importa es amar. 

Siempre que amamos a Dios lo debemos demostrar con la vida amando al hermano. Y al hermano también se le puede demostrar el amor de mil maneras. La mamá ama a su hijo cuando lo mece, cuando lo corrige o cuando lo lleva al médico.


 
El cristianismo se puede vivir de varias formas. Lo importante no es el modo que se elige, la vocación o profesión. Lo importante es ser y vivir lo que se cree, pues cualquier trabajo se pude hacer a la perfección o rayando la mediocridad. Y si uno es mediocre, no es por la profesión o vocación que se ejerce, sino por la talla de la propia persona.

Podemos sonreír a todo y en todo. Un poco de alegría vale más que todo el oro del mundo. Son innumerables los beneficios que acarrea una simple sonrisa: ahuyenta la tristeza, la melancolía, la depresión... La sonrisa rejuvenece, sana las heridas del pasado, abre horizontes al futuro y pone alas en el alma. La sonrisa es la mejor medicina para el cuerpo y para el alma. La alegría más auténtica nace del corazón. 

Consciente san Pablo de la importancia de la alegría, repetía machaconamente a los cristianos que siempre estuvieran alegres. No nos debe extrañar, pues, el consejo de la Madre Teresa a los matrimonios: "Sonrían". Quizá debamos repetir con Neruda: "Quítame el pan, si quieres, quítame el aire, pero no me quites tu sonrisa porque moriría".
P. Eusebio Gómez
 

El buen pastor

Volvamos al Evangelio, y a la palabra del pastor.

 "El buen pastor da su vida por la ovejas". Jesús insiste en esta característica esencial del verdadero pastor que es él mismo: "dar la propia vida". Lo repite tres veces, y al final concluye diciendo: "Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. 

Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre". Este es claramente el rasgo cualificador del pastor tal como Jesús lo interpreta en primera persona, según la voluntad del Padre que lo envió. 

La figura bíblica del rey-pastor, que comprende principalmente la tarea de regir el pueblo de Dios, de mantenerlo unido y guiarlo, toda esta función real se realiza plenamente en Jesucristo en la dimensión sacrificial, en el ofrecimiento de la vida. 

En una palabra, se realiza en el misterio de la cruz, esto es, en el acto supremo de humildad y de amor oblativo. Dice el abad Teodoro Studita: "Por medio de la cruz nosotros, ovejas de Cristo, hemos sido reunidos en un único redil y destinados a las eternas moradas." 
(Benedicto XVI, 29 de abril de 2012)

Sí, Jesucristo es nuestro buen Pastor. Él ha dado su vida y su sangre por nosotros, para redimirnos de nuestros pecados, para darnos vida eterna. Hemos sido comprados al precio de la sangre de Cristo -como nos dice san Pedro en su primera epístola (I Pe 1, 18-19). Por eso, sus ovejas "no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de su mano".

Pero, para ello, también nosotros tenemos que esforzarnos por ser ovejas buenas de este buen Pastor. Dejémonos, pues, apacentar y conquistar por Él siendo dóciles en el cumplimiento amoroso de su santísima voluntad sobre nosotros. Seamos buenas ovejas por nuestra fe y amor a Él, por la obediencia, la vida de gracia y la fidelidad sincera a sus mandamientos.

sábado, 20 de abril de 2013

Oración del Papa


1.El pulgar es el más cercano a ti. Así que empieza orando por quienes están más cerca de ti. Son las personas más fáciles de recordar. Orar por nuestros seres queridos es "una dulce obligación"

2.El siguiente dedo es el índice. Ora por quienes enseñan, instruyen y sanan. Esto incluye a los maestros, profesores, médicos y sacerdotes. Ellos necesitan apoyo y sabiduría para indicar la dirección correcta a los demás. Tenlos siempre presentes en tus oraciones.

3. El siguiente dedo es el más alto. Nos recuerda a nuestros líderes. Ora por el presidente, los congresistas, los empresarios, y los gerentes. Estas personas dirigen los destinos de nuestra patria y guían a la opinión pública.. Necesitan la guía de Dios.

4.El cuarto dedo es nuestro dedo anular. Aunque a muchos les sorprenda, es nuestro dedo más débil, como te lo puede decir cualquier profesor de piano. Debe recordarnos orar por los más débiles, con muchos problemas o postrados por las enfermedades. Necesitan tus oraciones de día y de noche. Nunca será demasiado lo que ores por ellos. También debe invitarnos a orar por los matrimonios.

5.Y por último está nuestro dedo meñique, el más pequeño de todos los dedos, que es como debemos vernos ante Dios y los demás. Como dice la Biblia "los últimos serán los primeros". Tu meñique debe recordarte orar por ti.. Cuando ya hayas orado por los otros cuatro grupos verás tus propias necesidades en la perspectiva correcta, y podrás orar mejor por las tuyas.!

martes, 16 de abril de 2013

ESCUCHAR Y SEGUIR A JESÚS

Era invierno. Jesús andaba paseando por el pórtico de Salomón, una de las galerías al aire libre, que rodeaban la gran explanada del Templo. Este pórtico, en concreto, era un lugar muy frecuentado por la gente pues, al parecer, estaba protegido contra el viento por una muralla
.
Pronto, un grupo de judíos hacen corro alrededor de Jesús. El diálogo es tenso. Los judíos lo acosan con sus preguntas. Jesús les critica porque no aceptan su mensaje ni su actuación. En concreto, les dice: "Vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas". ¿Qué significa esta metáfora?

Jesús es muy claro: "Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco; ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna". Jesús no fuerza a nadie. Él solamente llama. La decisión de seguirle depende de cada uno de nosotros. Solo si le escuchamos y le seguimos, establecemos con Jesús esa relación que lleva a la vida eterna.

Nada hay tan decisivo para ser cristiano como tomar la decisión de vivir como seguidores de Jesús. El gran riesgo de los cristianos ha sido siempre pretender serlo, sin seguir a Jesús. De hecho, muchos de los que se han ido alejando de nuestras comunidades son personas a las que nadie ha ayudado a tomar la decisión de vivir siguiendo sus pasos.

Sin embargo, ésa es la primera decisión de un cristiano. La decisión que lo cambia todo, porque es comenzar a vivir de manera nueva la adhesión a Cristo y la pertenencia a la Iglesia: encontrar, por fin, el camino, la verdad, el sentido y la razón de la religión cristiana.

Y lo primero para tomar esa decisión es escuchar su llamada. Nadie se pone en camino tras los pasos de Jesús siguiendo su propia intuición o sus deseos de vivir un ideal. Comenzamos a seguirle cuando nos sentimos atraídos y llamados por Cristo. Por eso, la fe no consiste primordialmente en creer algo sobre Jesús sino en creerle a él.
Cuando falta el seguimiento a Jesús, cuidado y reafirmado una y otra vez en el propio corazón y en la comunidad creyente, nuestra fe corre el riesgo de quedar reducida a una aceptación de creencias, una práctica de obligaciones religiosas y una obediencia a la disciplina de la Iglesia.

Es fácil entonces instalarnos en la práctica religiosa, sin dejarnos cuestionar por las llamadas que Jesús nos hace desde el evangelio que escuchamos cada domingo. Jesús está dentro de esa religión, pero no nos arrastra tras sus pasos. Sin darnos cuenta, nos acostumbramos a vivir de manera rutinaria y repetitiva. Nos falta la creatividad, la renovación y la alegría de quienes viven esforzándose por seguir a Jesús.
José Antonio Pagola

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Llama a seguir a Jesús. Pásalo.
21 de abril de 2013
4 Pascua (C)
Juan 10, 27-30

Homilía del Papa Francisco el tercer domingo de Pascua


1. En la Primera Lectura llama la atención la fuerza de Pedro y los demás Apóstoles. Al mandato de permanecer en silencio, de no seguir enseñando en el nombre de Jesús, de no anunciar más su mensaje, ellos responden claramente: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». Y no los detiene ni siquiera el ser azotados, ultrajados y encarcelados. Pedro y los Apóstoles anuncian con audacia, con parresia, aquello que han recibido, el Evangelio de Jesús. Y nosotros, ¿somos capaces de llevar la Palabra de Dios a nuestros ambientes de vida? ¿Sabemos hablar de Cristo, de lo que representa para nosotros, en familia, con los que forman parte de nuestra vida cotidiana? La fe nace de la escucha, y se refuerza con el anuncio.

2. Pero demos un paso más: el anuncio de Pedro y de los Apóstoles no consiste sólo en palabras, sino que la fidelidad a Cristo entra en su vida, que queda transformada, recibe una nueva dirección, y es precisamente con su vida con la que dan testimonio de la fe y del anuncio de Cristo. En el Evangelio, Jesús pide a Pedro por tres veces que apaciente su grey, y que la apaciente con su amor, y le anuncia: «Cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras» (Jn 21,18).

Esta es una palabra dirigida a nosotros, los Pastores: no se puede apacentar el rebaño de Dios si no se acepta ser llevados por la voluntad de Dios incluso donde no queremos, si no hay disponibilidad para dar testimonio de Cristo con la entrega de nosotros mismos, sin reservas, sin cálculos, a veces a costa incluso de nuestra vida. Pero esto vale para todos: el Evangelio ha de ser anunciado y testimoniado. Cada uno debería preguntarse: ¿Cómo doy yo testimonio de Cristo con mi fe? ¿Tengo el valor de Pedro y los otros Apóstoles de pensar, decidir y vivir como cristiano, obedeciendo a Dios? Es verdad que el testimonio de la fe tiene muchas formas, como en un gran mural hay variedad de colores y de matices; pero todos son importantes, incluso los que no destacan. En el gran designio de Dios, cada detalle es importante, también el pequeño y humilde testimonio tuyo y mío, también ese escondido de quien vive con sencillez su fe en lo cotidiano de las relaciones de familia, de trabajo, de amistad. Hay santos del cada día, los santos «ocultos», una especie de «clase media de la santidad», como decía un escritor francés, esa «clase media de la santidad» de la que todos podemos formar parte. Pero en diversas partes del mundo hay también quien sufre, como Pedro y los Apóstoles, a causa del Evangelio; hay quien entrega la propia vida por permanecer fiel a Cristo, con un testimonio marcado con el precio de su sangre. Recordémoslo bien todos: no se puede anunciar el Evangelio de Jesús sin el testimonio concreto de la vida. Quien nos escucha y nos ve, debe poder leer en nuestros actos eso mismo que oye en nuestros labios, y dar gloria a Dios. 


domingo, 14 de abril de 2013

Jesús aparece a los apóstoles

Queridos hermanos y hermanas, toda la vida del venerable Juan Pablo II se desarrolló en el signo de esta caridad, de la capacidad de entregarse de manera generosa, sin reservas, sin medida, sin cálculo. 

Lo que lo movía era el amor a Cristo, a quien había consagrado su vida, un amor sobreabundante e incondicional. Y precisamente porque se acercó cada vez más a Dios en el amor, pudo hacerse compañero de viaje para el hombre de hoy. [...] 

En la homilía con ocasión del XXV aniversario de su pontificado, confió que en el momento de la elección había sentido fuertemente en su corazón la pregunta de Jesús a Pedro: "¿Me amas? ¿Me amas más que estos...?"; y añadió: "Cada día se repite en mi corazón el mismo diálogo entre Jesús y Pedro. 

En espíritu, contemplo la mirada benévola de Cristo resucitado. Él, consciente de mi fragilidad humana, me anima a responder con confianza, como Pedro: "Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero". Y después me invita a asumir las responsabilidades que él mismo me ha confiado". Son palabras cargadas de fe y de amor, el amor de Dios, que todo lo vence. (Benedicto XVI, 29 de marzo de 2010).


San Juan nos narra en su evangelio la tercera aparición de Jesús a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos. Tiene muchos rasgos comunes con la primera pesca milagrosa que obró el Señor, en este mismo lago, allá al principio de su vida pública, cuando conquistó el corazón inquieto de aquellos pescadores: Pedro, Andrés, Santiago y Juan. Milagro que nos narra Lucas en el capítulo 5 de su evangelio.

Sin embargo, el ambiente descrito es muy distinto. La primera pesca milagrosa refleja un entorno colorido y vivamente realista. Casi hasta podemos ver el verde de las colinas de la Galilea y el mar intenso del mar de Tiberíades. Mientras que éste de ahora -en mi propia percepción, al menos- respira una atmósfera especial, como si estuviera envuelto en un halo sobrenatural, de misterio y de misticismo. Efectivamente, ¡así como los paisajes de Leonardo! O como esa experiencia de estar en medio de la niebla. 

Los discípulos han ido a pescar. Han bregado toda la noche. En vano. Como aquella primera pesca descrita por Lucas. De pronto, al amanecer, se presenta Jesús en la ribera del lago, a lo lejos, y les dice que echen la red a la derecha. Ellos obedecen, esta vez sin protestar, y capturan una cantidad inmensa de peces. Pero ahora ya no se admiran ni se postran a los pies de Jesús como entonces. Y, a pesar del milagro, siguen sin reconocer al Señor hasta que Juan, el apóstol predilecto, movido por la intuición propia del amor -que no por la visión corporal- exclama: "¡Es el Señor!". Pero siguen sin reconocerlo, como si estuviera envuelto en una densa niebla que ocultara su rostro.


Más significativa aún es la frase que aparece un poco más adelante: "Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era -añade san Juan- porque sabían bien que era el Señor". ¿Cómo es posible? ¡Lo tienen enfrente y siguen aún sin reconocerlo! Lo mismo que le sucedió a la Magdalena en el huerto la mañana de Pascua; lo mismo que les aconteció a los discípulos de Emaús; exactamente igual a lo que les pasó a los once en el Cenáculo. Lo estaban viendo, lo tenían delante... ¡y no eran capaces de reconocerlo! ¿Por qué?

A esto me refería yo cuando decía que era una especie de realismo sobrenatural, místico, -o "mágico" si queremos- en donde se mezcla lo visible y lo invisible en una misma realidad. Ven y no ven. Miran y no reconocen. Es esa especie de incerteza de "si será o no será el Señor"; ese titubeo de querer preguntar a Jesús si es Él en verdad; pero, al mismo tiempo, un respestuoso temor porque, en el fondo, saben que es Él...

Es una sensación muy extraña, pero estoy seguro de que todos la hemos experimentado en más de una ocasión. Sentimos presente a nuestro Señor en la oración, pero dudamos si es realmente Él, aunque la fe y el corazón nos invitan a no temer, sabiendo que es realmente Él. O cuando lo sentimos actuar en nuestra vida de mil maneras distintas: en un amanecer, en una experiencia hermosa, en una amistad, en un gesto de cariño o en una palabra de consuelo, en una bella sorpresa, en la solución inesperada de un problema... Sabemos que es Él, aunque no lo vemos con los ojos corporales.... ¡Así es la relación de Cristo con nosotros desde su resurrección de entre los muertos! Por eso quiso educar a sus apóstoles a vivir desde entonces en esta nueva dimensión.

Yo creo, en definitiva, que estas narraciones pascuales reflejan muy bien nuestra vida cristiana: tenemos que avanzar casi sin ver, como entre sombras, guiados sólo de la FE en Cristo resucitado y animados de una grandísima esperanza y de un amor muy encendido a Él. Es la única manera como podemos relacionarnos con Jesucristo desde que Él resucitó de entre los muertos. Y el único camino para poder "verle", experimentarle, gozar de su amor y entrar en su eternidad ya desde ahora, sin salir de este mundo. Pidámosle hoy esta gracia.
P.Sergio Córdova

martes, 9 de abril de 2013

La frescura del Evangelio


Dolores Aleixandre, biblistaDOLORES ALEIXANDRE, RSCJ
“Han ido a buscarte casi hasta el fin del mundo y ha sido un acierto: gracias por haber aceptado quedarte, sin poder volver a recoger tus cosas. Menos mal que los zapatos que llevas parecen cómodos…”.
Hermano Francisco: Nunca pensé que me dirigiría así a un papa, pero como en tu saludo inicial no nos llamaste “hijos e hijas”, sino “hermanos y hermanas”, siento que tengo permiso para hacerlo. Y me sale también un , aunque llenísimo de respeto, porque no me imagino llamando de usted a un hermano de verdad, y el vos argentino no me va a salir.
En el diario La Nación del 14 de marzo, he leído que tu elección “ha resultado balsámica, y me ha parecido un adjetivo perfecto para calificar lo que nos está pasando desde que nos saludaste desde el balcón, con aquel tono en el que se mezclaban la timidez y la confianza.
Primer efecto balsámico: te vemos distendido y hasta bromista (¡qué maravilla, un papa con sentido del humor…!), sin dar en ningún momento la impresión de estar abrumado por el peso de esa responsabilidad agobiante y desmesurada que los papas se han ido echando sobre los hombros, como si les tocara a ellos solos encargarse de toda la Iglesia universal. Como si no existieran los otros pastores, como si el Pueblo de Dios fuera un fardo con el que cargar y no una comunidad de hombres y mujeres capaces de iniciativa y con deseos de participar y de colaborar, como soñamos con el Concilio.
Tú, en cambio, estás consiguiendo comunicarnos la convicción de que ese camino que comienzas lo vas a hacer acompañado por todos nosotros. Qué manera tan franciscana por lo sencilla y tan ignaciana por su lucidez de señalar un nuevo estilo eclesial.
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¡SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO!

lunes, 8 de abril de 2013

Tengamos más coraje de dar testimonio en Cristo Resucitado


¡Queridos hermanos y hermanas! 

¡Buen día! En este domingo en el que concluye la octava de pascua, les renuevo mis mejores deseos de pascua con las mismas palabras de Jesús Resucitado: ¡Paz a ustedes!. No es un saludo y tampoco un simple deseo: es un don, más aún, un don precioso que Cristo le ofrece a sus discípulos después de haber pasado a través de la muerte y del infierno. 

Nos da la paz, como había prometido: “Les dejo la paz, les doy mi paz. No como la da el mundo, yo la doy a ustedes”. Esta paz es el fruto de la victoria del amor de Dios sobre el mal, es el fruto del perdón. Y es exactamente así: la verdadera paz, aquella profunda, viene de la experiencia que uno tiene de la misericordia de Dios. 

Hoy es el domingo de la Divina Misericordia -por voluntad del beato Juan Pablo II- que cerró los ojos en este mundo justamente en la vigilia de dicha fecha. 

El Evangelio de Juan nos refiere que Jesús se apareció dos veces a los apóstoles reunidos en el Cenáculo: la primera, la noche misma de la Resurrección, cuando no estaba Tomás, quien dijo: si no veo y no toco, no creo. 
La segunda vez, ocho días después, estaba también Tomás. Y Jesús se dirigió justamente a él, lo invitó a mirar las heridas y a tocarlas. Y Tomás exclamó: ¡Señor mío y Dios mío!. 

Jesús entonces dijo: Porque me has visto tú has creído; ¡bienaventurados quienes no me han visto y han creído!. 

¿Y quiénes eran estos que habían creído sin ver? Otros discípulos, otros hombres y mujeres de Jerusalén, que mismo no habiendo encontrado a Jesús resucitado, creyeron en el testimonio de los apóstoles y de las mujeres. 

Esta es una palabra muy importante sobre la fe, podemos llamarla la bienaventuranza de la fe. Beatos aquellos que no vieron y creyeron, esta es la bienaventuranza de la fe. 

En cada tiempo y lugar son bienaventurados quienes, a través de la palabra de Dios, proclamada en la Iglesia y testimoniada por los cristianos, creen que Jesucristo es el amor de Dios encarnado, la misericordia encarnada. ¡Y esto vale para cada uno de nosotros! 

A los apóstoles Jesús les donó, junto con su paz, el Espíritu Santo, para que pudieran difundir en el mundo el perdón de los pecados, aquel perdón que solamente Dios puede dar, y que ha costado la Sangre del Hijo.

La Iglesia es mandada por Cristo resucitado a transmitir a los hombres la remisión de los pecados, para así hacer crecer el reino del amor, sembrar la paz en los corazones, para que se afirme también en la relaciones, en la sociedad y en las instituciones.

Y el Espíritu de Cristo Resucitado expulsa el miedo del corazón de los apóstoles, los empuja a salir del Cenáculo para llevar el Evangelio. ¡Tengamos también nosotros más coraje de dar testimonio de la fe en Cristo Resucitado! ¡No debemos tener miedo de ser cristianos y de vivir como cristianos! 

¡Nosotros debemos tener este coraje de ir y anunciar a Cristo resucitado, porque Él es nuestra paz. Él ha traído la paz con su amor, con su perdón, con su sangre y con su misericordia!

Confiando siempre en la misericordia del Señor, porque Él siempre nos espera, nos ama, nos ha perdonado con su sangre y nos perdona cada vez que vamos a Él a pedir perdón. Tengamos confianza en su misericordia. 
Papa Francisco

sábado, 6 de abril de 2013

Fiesta de la Divina Misericordia


Como parte de las revelaciones de Jesús a la Santa Faustina sobre la Divina Misericordia, Jesús le pidió en diversas ocasiones que se dedicara una fiesta en honor a la Divina Misericordia y que esta fiesta fuera celebrada el domingo después de la Pascua.

Jesús habló por primera vez de instituir esta fiesta en 1931 en Plock, cuando comunicaba a Santa María Faustina su deseo de que pintara la imagen, “Yo deseo que haya una fiesta de la Misericordia. Quiero que la imagen que pintarás con el pincel sea solemnemente bendecida el primer domingo después de Pascua; ese domingo debe ser la fiesta de la Misericordia”.

En los años siguientes, Jesús repitió este deseo en 14 ocasiones, definiendo precisamente la posición de esta fiesta en el calendario litúrgico de la Iglesia, el motivo y el objetivo de instituirla, el modo de preparar y celebrarla, así como las gracias con ella vinculadas.

La elección del primer domingo después de Pascua tiene su profundo sentido teológico pues indica la estrecha unión entre el misterio pascual de Redención y la fiesta de la Misericordia. Los textos litúrgicos de ese día, del segundo domingo de Pascua, son concernientes a la institución del Sacramento de Penitencia, el Tribunal de la Divina Misericordia, de manera que van perfectamente con las peticiones de nuestro Señor.
Para seguir leyendo ir a http://www.tengoseddeti.org/article/fiesta-de-la-divina-misericordia/

LA PAZ NO TIENE PRECIO. PAPA FRANCISCO



La paz no se compra ni se vende: es un don de Dios. Y lo debemos pedir. Lo recordó el papa Francisco hoy por la mañana al hablar del estupor manifestado por los discípulos de Emaús ante de los milagros de Jesús. La ocasión fue el evangelio de Lucas, (24, 35-48), proclamado en la liturgia de la cotidiana misa matutina en la capilla de la Domus Santa Marta, con la presencia de empleados del Vaticano, que esta mañana fueron los responsables y trabajadores de la Tipografía Vaticana. 

“Los discípulos que fueron testigos de la curación del tullido y ahora ven a Jesús --dijo el pontífice- están un poco fuera de sí, no debido a una enfermedad mental: fuera de sí por el estupor” 

"¿Qué es este estupor?", se preguntó el papa. “Es algo --respondió el santo padre- que hace que estemos un poco fuera de nosotros por la alegría: esto es grande, muy grande. No es un mero entusiasmo, también los hinchas en el estadio se entusiasman cuando gana su equipo, ¿no? No, no es solamente entusiasmo, es algo más profundo: es el estupor que viene del encuentro con Jesús”. 

Este estupor, explicó el pontífice, es el inicio “del estado habitual del cristiano”. Seguramente --hizo notar- no podemos vivir siempre en el estupor, si bien esta condición deja “una huella en el alma: la consolación espiritual. Esto no obstante los problemas, los dolores, las enfermedades. 

“El último escalón de la consolación --dijo el papa- es la paz. Se inicia con el estupor, que es el tono menor. De este estupor y de esta consolación nace la paz”. 

El cristiano, incluso en las pruebas más dolorosas nunca pierde “la paz y la presencia de Jesús”, y con “un poco de coraje podemos decirle al Señor: `Señor dame esta gracia que es la huella del encuentro contigo: la consolación espiritual`”. Y sobre todo, subrayó, “no hay que perder nunca la paz”. Miremos al Señor, quien “sufrió tanto sobre la cruz, pero no perdió la paz. La paz, esta no es nuestra: no se vende ni se compra”. "Es un don de Dios que debemos pedir. En efecto, el estado del cristiano debe ser la consolación espiritual, a pesar de los problemas, dolores, enfermedades. 

El papa concluyó pidiendo la gracia de la consolación espiritual y de la paz, que «inicia con este estupor de alegría en el encuentro con Jesucristo». 


miércoles, 3 de abril de 2013

Como la Magdalena, pidamos la gracia de las lágrimas para ver a Cristo resucitado



En la breve homilía de la Misa de hoy que presidió en la Casa Santa Marta y meditando en el pasaje del Evangelio de la Magdalena, el Papa Francisco alentó a los fieles a pedirle a Dios la gracia de las lágrimas para poder ser capaces de ver a Cristo resucitado en este tiempo de Pascua. 

Ante algunos gendarmes del Vaticano y otras personas que laboran allí y que participaron en la Eucaristía, el Papa meditó sobre el pasaje en el que la mujer "pecadora" llora al ver el sepulcro vacío. 

El Papa dijo que la Magdalena es la mujer "de la cual Jesús dijo que ha amado mucho y por eso sus muchos pecados han sido perdonados". Sin embargo esta mujer debió "enfrentar la pérdida de todas sus esperanzas" al no ver a Jesús y por eso llora. 

"Todos nosotros en nuestra vida, hemos sentido la alegría, la tristeza, el dolor" pero "en los momentos más oscuros, ¿hemos llorado? ¿Hemos tenido esa bondad de las lágrimas que preparan los ojos para mirar, para ver al Señor?" 

Ante la Magdalena que llora, dijo luego el Papa, "podemos también pedir al Señor la gracia de las lágrimas. Es una bella gracia… Llorar pidiendo por todo: por el bien, por nuestros pecados, por las gracias, por la misma alegría" ya que "el llanto nos prepara para ver a Jesús". 

El Santo Padre indicó que es el Señor quien "nos da la gracia, a todos, de poder decir con nuestra vida ‘He visto al Señor’, no porque se haya aparecido, sino porque ‘lo he visto dentro del corazón’. Y este debe ser el testimonio de nuestra vida: ‘vivo así porque he visto al Señor’". 
Papa Francisco

María Magdalena


Santa María Magdalena, discípula del Señor, en los evangelios ocupa un lugar destacado.


San Lucas la incluye entre las mujeres que siguieron a Jesús después de haber sido "curadas de espíritus malignos y enfermedades", precisando que de ella "habían salido siete demonios". 

Magdalena está presente al pie de la cruz, junto con la Madre de Jesús y otras mujeres. Ella fue quien descubrió, la mañana del primer día después del sábado, el sepulcro vacío, junto al cual permaneció llorando hasta que se le apareció Jesús resucitado. 

La historia de María Magdalena recuerda a todos una verdad fundamental: discípulo de Cristo es quien, en la experiencia de la debilidad humana, ha tenido la humildad de pedirle ayuda, ha sido curado por él y lo ha seguido de cerca, convirtiéndose en testigo del poder de su amor misericordioso, más fuerte que el pecado y la muerte. 

(Benedicto XVI, 23 de julio de 2006). 

lunes, 1 de abril de 2013

Las 7 palabras de Cristo en la Cruz




Ante Cristo que yace en la Cruz, es momento propicio para traer a la memoria el testamento de sus últimas palabras. Cuando una persona nos deja, valoramos mucho más los últimos momentos de su vida, y los elevamos a acciones o recomendaciones ejemplares.
 
"Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen" (Lc 23: 34)

El Papa, en su primer rezo del Ángelus, nos dijo: “Dios nunca se cansa de perdonar. Nunca. Él jamás se cansa de perdonar, pero nosotros, a veces, nos cansamos de pedir perdón. No nos cansemos nunca, no nos cansemos nunca. Él es Padre amoroso que siempre perdona, que tiene ese corazón misericordioso con todos nosotros. Y aprendamos también nosotros a ser misericordiosos con todos” (Francisco, Ángelus 17 de marzo). Señor, ante tu cuerpo tendido en tierra, perdóname. No tengas en cuenta mi pecado.
 
"En verdad te digo: Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso" - (Lc 23: 43)

 Jesús, con su muerte, ha abierto las puertas del Paraíso, a la vez que nos indica a todos nuestro propio destino. Resuenan las palabras del Evangelio: «En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia, y no creísteis en él, mientras que los publicanos y las rameras creyeron en él” (Mt 21, 31-32). Señor, que nunca me cobije en mi pecado para no confiar en ti, que nunca juzgue a los otros para excusarme yo. Que por encima de todo pueda en mí siempre la confianza.
 
"Mujer, aquí tienes a tu hijo ... Aquí tienes a tu madre" - (Jn 19: 26-27)

 Con la muerte de Cristo, se inauguran las relaciones del nuevo pueblo de Dios. La Madre de Jesús, imagen de la Iglesia esposa, se convierte para nosotros en mediación entrañable para sentirnos hermanos de Jesús, hijos de Dios. “Deseo que el Espíritu Santo, por la plegaria de la Virgen, nuestra Madre, nos conceda a todos nosotros esta gracia: caminar, edificar, confesar a Jesucristo crucificado” (Homilía fin de Cónclave). A la vez, seamos custodios de María, como lo fue San José, como lo fue el discípulo amado. “Con la atención constante a Dios, abierto a sus signos, disponible a su proyecto, y no tanto al propio” (Homilía, inauguración del pontificado). Jesús, gracias por tu amor entrañable, por la mediación amorosa que nos dejas en tu Madre, y por la confianza que has depositado en nosotros para que la acojamos en nuestro corazón. Ten la seguridad de que la cuidaremos. Santa María del Desamparo, acepta la misión que te confía tu Hijo. Ruega por nosotros.

"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27, 46 y Mc 15, 34)

 Jesús reza el salmo 22, que si comienza con un grito de auxilio, termina con una experiencia de misericordia. “De ti viene mi alabanza en la gran asamblea, mis votos cumpliré ante los que le temen. Los pobres comerán, quedarán hartos, los que buscan al Señor le alabarán: «¡Viva por siempre vuestro corazón!»” (Sal 22, 26-27). Hoy hay muchas personas en extrema soledad, intemperie y pobreza. Tenemos la llamada para ser mediación de la ternura de Dios, para que nadie se sienta abandonado por Él. “Acoger con afecto y ternura a toda la humanidad, especialmente a los más pobres, los más débiles, los más pequeños; al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25,31-46). Entonces, también, podrán contar la experiencia de la bondad divina, la coherencia de nuestra fe. Una de las últimas palabras del Papa Benedicto XVI, fueron: “Me he sentido como San Pedro con los apóstoles en la barca en el lago de Galilea: el Señor nos ha dado muchos días de sol y de brisa suave, días en los que la pesca ha sido abundante; ha habido también momentos en los que las aguas se agitaban y el viento era contrario, como en toda la historia de la Iglesia, y el Señor parecía dormir. Pero siempre supe que en esa barca estaba el Señor y siempre he sabido que la barca de la Iglesia no es mía, no es nuestra, sino que es suya. Y el Señor no deja que se hunda; es Él quien la conduce, ciertamente también a través de los hombres que ha elegido, pues así lo ha querido. (…) Yo nunca me he sentido solo al llevar la alegría y el peso del ministerio petrino; el Señor me ha puesto cerca a muchas personas que, con generosidad y amor a Dios y a la Iglesia, me han ayudado y han estado cerca de mí” (Audiencia, 27 de febrero, 2013).
 
"Tengo sed" (Jn 19, 28)

 La sed de Jesús no es sed material.   Él se ha presentado como pozo de agua viva. Jesucristo en la Cruz muere de sed de amor, de sed de ti y de mí. Y ha convertido el gesto humilde de dar de beber en sacramento, y los que den aunque solo sea un vaso de agua por Cristo, tendrán su recompensa. Pero el agua que Él desea beber es el agua de la entrega de nuestras personas. “Debemos mantener viva en el mundo la sed de lo absoluto, sin permitir que prevalezca una visión de la persona humana unidimensional, según la cual el hombre se reduce a aquello que produce y a aquello que consume. Ésta es una de las insidias más peligrosas para nuestro tiempo” (Francisco a los líderes de diferentes religiones).Con el salmista te manifiesto, Señor: “Mi alma está sedienta de ti, como tierra reseca, agotada, sin agua” (Sal 62). “Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío. Mi alma tiene sed del Dios vivo, ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?” (Sal 42, 2-3). “Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed” (Jn 4, 15).
 
"Todo se ha cumplido" (Jn 19, 30)

 ¡Qué paz debe de brotar en el corazón cuando se tiene la seguridad de haber llevado a cabo la obra encomendada por Dios! Jesús la debió de sentir. San Pablo, quizá como eco de esta experiencia, dice de sí mismo: “He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe. Y desde ahora me aguarda la corona de la justicia que aquel Día me entregará el Señor, el justo Juez; y no solamente a mí, sino también a todos los que hayan esperado con amor su Manifestación. (2 Tm 4, 7-8). Y el Apóstol Santiago: “¡Feliz el hombre que soporta la prueba! Superada la prueba, recibirá la corona de la vida que ha prometido  el Señor a los que le aman” (Sant 1, 12). Señor, yo no puedo decir “todo está cumplido”, pero te pido que hagas conmigo tu voluntad, como Tú fuiste la voluntad de tu Padre.
 
 "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc 23, 46)

Es la última palabra de Jesús, en total abandono. Ante ella, me resuena el discurso del Papa Francisco a los cardenales: “Nunca nos dejemos vencer por el pesimismo, por esa amargura que el diablo nos ofrece cada día; no caigamos en el pesimismo y el desánimo: tengamos la firme convicción de que, con su aliento poderoso, el Espíritu Santo da a la Iglesia el valor de perseverar y también de buscar nuevos métodos de evangelización, para llevar el Evangelio hasta los confines de la tierra (cf. Hch 1,8). ¡Ánimo! La mitad de nosotros tenemos una edad avanzada: la vejez es – me gusta decirlo así – la sede de la sabiduría de la vida. Los viejos tienen la sabiduría de haber caminado en la vida, como el anciano Simeón, la anciana Ana en el Templo. Y justamente esta sabiduría les ha hecho reconocer a Jesús. Ofrezcamos esta sabiduría a los jóvenes: como el vino bueno, que mejora con los años, ofrezcamos esta sabiduría de la vida (Francisco, discurso a los cardenales). Amigos más jóvenes, sobre todo a vosotros, los niños, fijaos lo que dice la Biblia: “Seréis alimentados, en brazos seréis llevados y sobre las rodillas seréis acariciados. Como uno a quien su madre le consuela, así yo os consolaré” (Is 66, 12-13).


¡Que no se pierda en nosotros el fruto de tanto amor divino!

 Ángel Buenafuente