martes, 12 de febrero de 2013

Dichosos los invitados a la Cena del Señor


Hace unos días conversaba con una amiga sobre la importancia que tiene la Misa y ella me decía lo aburrida que le parecía porque, según ella, en la Misa siempre se repetía lo mismo… Este comentario de mi amiga no me sorprende, resulta que ella es evangélica y como es de suponer, no sabe lo que es la Santa Misa. Pero lo que me mueve a escribir esta pequeña reflexión, más que el comentario de una hermana evangélica que habla por desconocimiento, es el hecho de que esta misma actitud de apatía y dejadez existe entre muchos Católicos que sí deberían saber pues asisten a Misa cada domingo… Pero la realidad es que ellos no saben en dónde están… ni porqué están allí… ni lo qué está sucediendo ante sus ojos…

Tenemos que empezar por señalar que lo que decía mi amiga tiene algo de verdad – no la parte del aburrimiento – sino que la Misa siempre es igual… y es igual porque la celebración no es nuestra, sino de Jesús… La Misa es la plegaria que Jesús eleva al Padre en acción de gracias por nuestra redención… y aunque nosotros también estamos allí y participamos, lo hacemos solo como humildes invitados a la Cena del Señor.

Existe un escrito de San Justino Mártir que data del año 155 (¡fue escrito hace 1,850 años!) en donde el santo le explicaba al emperador Antonio Pío el culto que practicaban los cristianos en aquellas primeras comunidades. Cuando leemos este relato no podemos menos que sorprendernos… leer este relato es como leer la descripción de la Misa del domingo pasado… nuestra Misa es la misma celebración que Jesús instituyó hace dos mil años… y que practicaban los Apóstoles y junto a los primero cristianos…

Al comienzo de la Misa, a modo de preparación para lo que vamos a celebrar, lo primero que hacemos es reconocer que somos pecadores, y como tales, indignos de presentarnos ante la presencia de Dios… Entonces, después de pedir perdón por nuestras ofensas, nos disponemos a escuchar la Palabra de Dios y aunque siempre parezca igual, realmente no lo es… Cada domingo se leen cuatro lecturas de la Biblia – una del Antiguo Testamento, un Salmo, una del Nuevo Testamento y finalmente, una lectura de uno de los Evangelios – y si asistimos a Misa todos los domingos durante tres años, ¡habremos escuchado la Palabra Escrita de Dios casi en su totalidad!

La Misa es acción de gracias… es alabanza y es bendición… pero también es súplica y es sacrifico… por eso presentamos nuestras intenciones y necesidades, que sumadas a las de toda la Santa Iglesia se depositarán sobre el Altar para que Jesús interceda ante el Padre por nosotros al momento de su inmolación…

Es necesario que hagamos un pequeño paréntesis para entender algo… para Dios, el tiempo no existe… Dios es eterno… para Él no existe el ayer, el hoy o el mañana, sino que todo es un infinito presente. Y aunque Jesús se hizo carne y habitó entre nosotros… Él ya existía en la eternidad desde antes de su encarnación… y regresó a ella con su resurrección.

Para seguir leyendo:

http://www.tengoseddeti.org/article/dichosos-los-invitados-a-la-cena-del-senor/

lunes, 11 de febrero de 2013

Homilía de S.S. Juan Pablo II en la celebración del miércoles de ceniza


1. «Volved a mí de todo corazón: con ayuno, con llanto, con luto (...). Convertíos al Señor Dios vuestro» (Jl 2, 12-13). Con las palabras del antiguo profeta esta liturgia de la ceniza, precedida por la procesión penitencial, nos introduce en la Cuaresma, tiempo de gracia y regeneración espiritual. « Volved, convertíos...». Al comienzo de los cuarenta días, esta exhortación urgente tiene como finalidad establecer un diálogo singular entre Dios y el hombre. En presencia del Señor, que lo invita a la conversión, el hombre hace suya la oración de David, confesando humildemente sus pecados:
«Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa. Lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. Contra ti, contra ti sólo pequé, cometí la maldad que aborreces. Aparta de mi pecado tu vista, borra en mi toda culpa» (Sal 50, 3-6. 11).

2. El salmista no se limita a confesar sus culpas y a pedir perdón por ellas; espera que la bondad del Señor lo renueve, sobre todo interiormente: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme» (Sal 50, 12). Iluminado por el Espíritu sobre el poder devastador del pecado, pide transformarse en una criatura nueva; en cierto sentido, pide ser creado nuevamente.
Se trata de la gracia de la redención. Frente al pecado que desfigura el corazón del hombre, el Señor se inclina hacia su criatura para reanudar el diálogo salvífico y abrirle nuevas perspectivas de vida y esperanza. Especialmente durante el tiempo de Cuaresma, la Iglesia profundiza este misterio de salvación.
Al pecador que se interroga sobre su situación y sobre la posibilidad de obtener aún la misericordia de Dios, la liturgia responde hoy con las palabras del Apóstol, tomadas de la segunda carta a los Corintios: «Al que no había pecado, Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que nosotros, unidos a él, recibamos la justificación de Dios» (2 Co 5, 21). En Cristo se proclama y se ofrece a los creyentes el amor ilimitado del Padre celestial a todo hombre.

3. Aquí resuena el eco de cuanto Isaías anunciaba con anterioridad a propósito del Siervo del Señor: «Todos nosotros como ovejas erramos; cada uno marchó por su camino, y Dios descargó sobre él la culpa de todos nosotros (Is 53, 6).
Dios escucha las invocaciones de los pecadores que, junto con David, suplican: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro». Jesús, el Siervo sufriente, toma sobre sus hombros la cruz, que constituye el peso de todos los pecados de la humanidad y se encamina al Calvario para realizar con su muerte la obra de la redención. Jesús crucificado es el icono de la misericordia ilimitada de Dios por todos los hombres.
Para recordarnos que «con sus llagas hemos sido curados» (Is 53, 5), y suscitar en nosotros horror al pecado, la Iglesia nos invita a hacer con frecuencia, durante la Cuaresma, el ejercicio piadoso del vía crucis. Para nosotros, aquí en Roma, tiene gran importancia el del Viernes santo en el Coliseo, que nos brinda la oportunidad de palpar la gran verdad de la redención mediante la cruz, siguiendo idealmente las huellas de los primeros mártires en la Urbe.

4. «Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa... Un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias» (Sal 50, 11.19). ¡Es conmovedora esta invocación cuaresmal!
El hombre creado por Dios a su imagen y semejanza proclama: «Contra ti, contra ti sólo pequé; cometí la maldad que aborreces» (Sal 50, 6). Iluminado por la gracia de este tiempo penitencial, siente el peso del mal cometido y comprende que sólo Dios puede liberarlo. Pronuncia entonces, desde lo más profundo de su miseria, la exclamación de David: «Lava del todo mi delito; limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa; tengo siempre presente mi pecado». Oprimido por el pecado, implora la misericordia de Dios, apela a su fidelidad a la alianza, y le pide que cumpla su promesa: «Borra en mí toda culpa» (Sal 50, 11).

Al comienzo de la Cuaresma, oremos para que, en el tiempo «favorable» de estos cuarenta días, acojamos la invitación de la Iglesia a la conversión. Oremos para que, durante este itinerario hacia la Pascua, se renueve en la Iglesia y en la humanidad el recuerdo del diálogo salvífico entre Dios y el hombre, que nos propone la liturgia del miércoles de Ceniza.
Oremos para que los corazones se dispongan al diálogo con Dios. El tiene para cada uno una palabra especial de perdón y salvación. Que cada corazón se abra a la escucha de Dios, para redescubrir en su palabra las razones de la esperanza que no defrauda. Amén.
25 de febrero de 1998

domingo, 10 de febrero de 2013

CUARESMA


La Cuaresma es el tiempo litúrgico de conversión, que marca la Iglesia para prepararnos a la gran fiesta de la Pascua. Es tiempo para arrepentirnos de nuestros pecados y de cambiar algo de nosotros para ser mejores y poder vivir más cerca de Cristo.


La Cuaresma dura 40 días; comienza el Miércoles de Ceniza y termina el Domingo de Ramos, día que se inicia la Semana Santa. A lo largo de este tiempo, sobre todo en la liturgia del domingo, hacemos un esfuerzo por recuperar el ritmo y estilo de verdaderos creyentes que debemos vivir como hijos de Dios.

El color litúrgico de este tiempo es el morado que significa luto y penitencia. Es un tiempo de reflexión, de penitencia, de conversión espiritual; tiempo de preparación al misterio pascual.

La duración de la Cuaresma está basada en el símbolo del número cuarenta en la Biblia. En ésta, se habla de los cuarenta días del diluvio, de los cuarenta años de la marcha del pueblo judío por el desierto, de los cuarenta días de Moisés y de Elías en la montaña, de los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto antes de comenzar su vida pública, de los 400 años que duró la estancia de los judíos en Egipto.

En la Biblia, el número cuatro simboliza el universo material, seguido de ceros significa el tiempo de nuestra vida en la tierra, seguido de pruebas y dificultades.

La práctica de la Cuaresma data desde el siglo IV, cuando se da la tendencia a constituirla en tiempo de penitencia y de renovación para toda la Iglesia, con la práctica del ayuno y de la abstinencia. Conservada con bastante vigor, al menos en un principio, en las iglesias de oriente, la práctica penitencial de la Cuaresma ha sido cada vez más aligerada en occidente, pero debe observarse un espíritu penitencial y de conversión.

viernes, 8 de febrero de 2013

Dios es amor



La verdadera originalidad del Nuevo Testamento no consiste en nuevas ideas, sino en la figura misma de Cristo, que da carne y sangre a los conceptos: un realismo inaudito ...


 Cuando Jesús habla en sus parábolas del pastor que va tras la oveja descarriada, de la mujer que busca el dracma, del padre que sale al encuentro del hijo pródigo y lo abraza, no se trata sólo de meras palabras, sino que es la explicación de su propio ser y actuar. 



En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical. 

Poner la mirada en el costado traspasado de Cristo, del que habla Juan (cf. 19, 37), ayuda a comprender lo que ha sido el punto de partida de esta Carta encíclica: «Dios es amor» (1 Jn 4, 8). 


Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar.

-Benedicto XVI, Encíclica “Deus caritas est” (Dios es amor)

Cuando el dolor llega a nuestras vidas


Cuando el dolor llega a nuestras vidas algo tenemos que hacer para vivir con él. Y esto depende de cada uno.

1. Adopta una actitud positiva:

"La vida no es dejar que pase la tormenta. Es aprender a bailar en la lluvia." (Vivian Greene)
Si no eliges las pérdidas, sí puedes elegir la actitud con que las vives. Lo que te pasa a ti no siempre depende de ti, pero sí lo que pasa en ti. Tus actitudes son tuyas. Si nos dejamos llevar por la frustración, la tristeza, la impaciencia, la desesperación, nos hundimos.

2. Intégralo en tu historia:

Cuando aprendemos a ver todos los acontecimientos con fe, amor y confianza, desde la mirada Providente de Dios, la vida es bella. De esa manera podemos mirar con paz e indulgencia aún a las personas que nos hacen sufrir: "Así como los hombres malos usan mal de las criaturas buenas, así el Creador bueno usa bien de los hombres malos." (San Agustín)

El dolor se puede negar, se pueden buscar escapes, o puedes aceptarlo y llenarlo de sentido. Acepta tu historia, reconoce tu pena, tu debilidad o tu fracaso, no lo niegues, ni por vergüenza, ni por el sentimiento de culpa, ni por ningún otro motivo. Trata de encajar el golpe, de integrarlo en tu historia. Cada nota, aún las tristes y oscuras, son parte de tu música. Aceptarlas es aceptar tu verdad. Ten el coraje de aceptar tu pérdida y tus límites y de vivir con ellos. Que no te avergüence ser imperfecto. ¿Quién es perfecto sino sólo Dios?

"La verdad os hará libres" (Jn 8,32)

3. Comparte tu herida con Jesucristo. Confía en Él.

Ponte delante de un crucifijo y míralo, abrázalo fuerte, comparte tu herida con Él. 
Comportarnos con presunción y autosuficiencia no tiene sentido. Estos momentos son privilegiados para dejar a Dios ser Dios. Hay que ir con Él y gritarle: Señor, te necesito, confío en ti. "Extiende la mano desde arriba: defiéndeme, líbrame de las aguas caudalosas, de la mano de los extranjeros." (Sal 143

Al reconocer nuestra debilidad y necesidad de Dios, se abre la comunicación con Él. Me imagino el corazón misericordioso de Dios como una presa gigantesca que está esperando a que nosotros abramos la compuerta con una actitud de humildad y confianza; entonces Su amor se derrama en abundancia. 

La experiencia del amor de Dios es una invitación al abandono. Cuando palpamos Su misericordia crece la confianza, somos más fuertes. Constatamos que nuestra solidez no está en los propios recursos, sino en Su fidelidad. "Bendito el Señor, mi Roca, que adiestra mis manos para el combate, mis dedos para la pelea; mi bienhechor, mi alcázar, baluarte donde me pongo a salvo, mi escudo y mi refugio." (Sal 143)

Otras veces he hablado sobre ello, y no es todavía lo único que podría decirse, pero estos son tres elementos que considero determinantes a la hora de la tribulación.
De un artículo del P. Evaristo Sada

jueves, 7 de febrero de 2013

El Padre envió a su Hijo al mundo


El Padre no envió a su Hijo al mundo para condenarlo... No envió a Jesús al mundo para condenarte, para condenarme, sino para salvarlo, para salvarte, para salvarme.

Dios no condena a nadie. Se condena uno, después de despreciar todos los esfuerzos de Dios para salvarlo. Dios quiere que todos se salven, que tú te salves... Ésta es una decisión firmísima. Pero no puede obligar a nadie.

Para ello te ofrece: el sacramento del bautismo, la confesión, la Eucaristía, la gracia, el Espíritu Santo, la Iglesia, su Palabra, la Santísima Virgen. Todos esos elementos juntos son más suficientes para que un día estés en el cielo. 



Confío en Ti, porque eres fiel a tus promesas.

Siempre cumples. Tú no eres de los que dicen: claro que sí...pero siempre no. En contraste con lo que yo prometo. ¿Qué porcentaje de mis promesas a Dios y a los hombres he cumplido?

  • Prometiste: Yo estaré con vosotros...y lo has cumplido hasta hoy y sé que lo cumplirás hasta el fin. La fe me asegura tu presencia aunque te hagas el dormido o parezca que estoy solo. Tú cumples las promesas. 

  • Prometiste el ciento por uno y la vida eterna... Todos los que han dejado padres, madres, hijos, hermanos o hermanas, campos... han recibido y siguen recibiendo el ciento por uno y están esperando lo de la vida eterna, ¿Quién da más que Jesús?
    Prometiste el Espíritu Santo y lo enviaste. Cumpliste de forma ruidosa y luminosa (viento huracanado y lenguas de fuego) a los apóstoles la promesa del Consolador y comprendieron por qué les habías dicho: Os conviene que yo me vaya.

  • Prometiste que vendrás de nuevo, y lo cumplirás. Vendrás. Creo que vendrás a jugar a vivos y muertos. Espero ese día estar a tu derecha y escuchar que me dices: Ven, bendito de mi Padre, a tomar posesión del Reino de los cielos.

  • Prometiste dar el cielo al buen ladrón y se lo diste. Estamos seguros de que está contigo en el Paraíso. Prometiste resucitarnos en el último día y sabemos que lo cumplirás. Esta promesa anima nuestra esperanza. Resucitaremos como Tú y con un cuerpo semejante al tuyo. Y, a partir de entonces, no moriremos jamás.

  • Prometiste resucitar el tercer día y resucitaste. A pesar de que tus apóstoles no querían tu muerte, tuvieron que aceptarla, y aunque no creían en la resurrección, no tuvieron más remedio que aceptarla. Lo habías prometido.

  • Prometiste darnos a María como Madre y lo cumpliste. ¡Qué promesa y qué cumplimiento! No sólo cuidó de san Juan y de los apóstoles, sino de todos y cada uno de los hombres. Ha cuidado de mí. Yo sé que es mi Madre, me ayuda, me anima, me guía como la mejor de las madres.
    P. Mariano de Blas

  • martes, 5 de febrero de 2013

    Todo lo hago por Jesús. Madre Teresa de Calcuta

    El verdadero profeta sólo obedece a Dios


    VATICANO, 03 Feb. 13 / 10:58 am (ACI/EWTN Noticias).- En su mensaje previo al rezo del Ángelus, en la Plaza de San Pedro, el Papa Benedicto XVI aseguró que “el verdadero profeta no obedece a nadie más que a Dios y se pone al servicio de la verdad”.


    En relación al Evangelio de hoy, el Santo Padre recordó que los que escucharon a Jesús se cuestionaban “’¿No es este el hijo de José?’, que es como preguntarse: ¿qué aspiraciones puede tener un carpintero de Nazaret?”.

    El Papa señaló que “es verdad que Jesús es el profeta del amor, pero también el amor tiene su verdad. Es más, amor y verdad son dos nombres de la misma realidad, dos nombres de Dios”.

    “En la liturgia de hoy resuenan también estas palabras de san Pablo: ‘El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad’”.

    Benedicto XVI aseguró que “creer en Dios significa renunciar a los propios prejuicios y acoger el rostro concreto con el que Él se ha revelado: el hombre Jesús de Nazaret”.

    “Este camino conduce también a reconocerlo y a servirlo en los demás”, aseguró.

    El Papa señaló que “en esto la actitud de María es iluminante. ¿Quién más que ella tuvo familiaridad con la humanidad de Jesús? Pero jamás se escandalizó como los paisanos de Nazaret”.

    “Ella custodiaba en su corazón el misterio y supo acogerlo una y otra vez, cada vez más, en el camino de la fe, hasta la noche de la Cruz y a plena luz de la Resurrección”.

    Al concluir su reflexión, el Papa pidió “que María nos ayude a recorrer con fidelidad y con gozo este camino”.

    Papa Benedicto XVI

    lunes, 4 de febrero de 2013

    Presentación de Jesús en el Templo


    Queridos hermanos y hermanas: 

    1. Según el Evangelio de San Lucas, cuyos primeros capítulos nos narran la Infancia de Jesús, la Revelación del Espíritu Santo tuvo lugar no sólo en la Anunciación y en la Visitación de María a Isabel, como hemos visto en las anteriores catequesis, sino también en la Presentación del Niño Jesús en el templo (cf. Lc 2, 22-38). 

    2. Escribe el evangelista que “cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor” (Lc 2, 22). La presentación del primogénito en el templo y la ofrenda que lo acompañaba (cf. Lc 2, 24) como signo del rescate del pequeño israelita, que así volvía a la vida de su familia y de su pueblo, estaba prescrita, o al menos recomendada, por la Ley mosaica vigente en la Antigua Alianza (cf. Ex 13, 2. 12-13. 15; Lv 12, 6-8; Nm 18, 15). Los israelitas piadosos practicaban ese acto de culto. Según Lucas, el rito realizado por los padres de Jesús para observar la Ley fue ocasión de una nueva intervención del Espíritu Santo, que daba al hecho un significado mesiánico, introduciéndolo en el misterio de Cristo redentor. Instrumento elegido para esta nueva revelación fue un santo anciano, del que Lucas escribe: “He aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo” (Lc 2, 25). La escena tiene lugar en la ciudad santa, en el templo donde gravitaba toda la historia de Israel y donde confluían las esperanzas fundadas en las antiguas promesas y profecías. 

    3. Aquel hombre, que esperaba “la consolación de Israel”, es decir el Mesías, había sido preparado de modo especial por el Espíritu Santo para el encuentro con “el que había de venir”. En efecto, leemos que “estaba en él el Espíritu Santo”, es decir, actuaba en él de modo habitual y “le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor” (Lc 2, 26). 

    Según el texto de Lucas, aquella espera del Mesías, llena de deseo, de esperanza y de la íntima certeza de que se le concedería verlo con sus propios ojos, es señal de la acción del Espíritu Santo, que es inspiración, iluminación y moción. En efecto, el día en que María y José llevaron a Jesús al templo, acudió también Simeón, “movido por el Espíritu” (Lc 2, 27). La inspiración del Espíritu Santo no sólo le preanunció el encuentro con el Mesías; no sólo le sugirió acudir al templo; también lo movió y casi lo condujo; y, una vez llegado al templo, le concedió reconocer en el Niño Jesús, Hijo de María, a Aquel que esperaba.

    4. Lucas escribe que “cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, Simeón le tomó en brazos y bendijo a Dios” (Lc 2, 27-28).

    En este punto el evangelista pone en boca de Simeón el “Nunc dimittis”, cántico por todos conocido, que la liturgia nos hace repetir cada día en la hora de Completas, cuando se advierte de modo especial el sentido del tiempo que pasa. Las conmovedoras palabras de Simeón, ya cercano a “irse en paz”, abren la puerta a la esperanza siempre nueva de la salvación, que en Cristo encuentra su cumplimiento:“Han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel” (Lc 2, 30-32). Es un anuncio de la evangelización universal, portadora de la salvación que viene de Jerusalén, de Israel, pero por obra del Mesías-Salvador, esperado por su pueblo y por todos los pueblos.

    5. El Espíritu Santo, que obra en Simeón, está presente y realiza su acción también en todos los que, como aquel santo anciano, han aceptado a Dios y han creído en sus promesas, en cualquier tiempo. Lucas nos ofrece otro ejemplo de esta realidad, de este misterio: es la “profetisa Ana” que, desde su juventud, tras haber quedado viuda, “no se apartaba del templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones” (Lc 2, 37). Era, por tanto, una mujer consagrada a Dios y especialmente capaz, a la luz de su Espíritu, de captar sus planes y de interpretar sus mandatos; en este sentido era “profetisa” (cf. Ex 15, 20; Jc 4, 4; 2 R 22, 14). Lucas no habla explícitamente de una especial acción del Espíritu Santo en ella; con todo, la asocia a Simeón, tanto al alabar a Dios como al hablar de Jesús: “Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén” (Lc 2, 38). Como Simeón, sin duda también ella había sido movida por el Espíritu Santo para salir al encuentro de Jesús.

    6. Las palabras proféticas de Simeón (y de Ana) anuncian no sólo la venida del Salvador al mundo, su presencia en medio de Israel, sino también su sacrificio redentor. Esta segunda parte de la profecía va dirigida explícitamente a María: “Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a Ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones” (Lc 2, 34-35).

    No se puede menos de pensar en el Espíritu Santo como inspirador de esta profecía de la Pasión de Cristo como camino mediante el cual Él realizará la salvación. Es especialmente elocuente el hecho de que Simeón hable de los futuros sufrimientos de Cristo dirigiendo su pensamiento al Corazón de la Madre, asociada a su Hijo para sufrir las contradicciones de Israel y del mundo entero. Simeón no llama por su nombre el sacrificio de la Cruz, pero traslada la profecía al Corazón de María, que será “atravesado por una espada”, compartiendo los sufrimientos de su Hijo.

    7. Las palabras, inspiradas, de Simeón adquieren un relieve aún mayor si se consideran en el contexto global del “Evangelio de la Infancia de Jesús”, descrito por Lucas, porque colocan todo ese período de vida bajo la particular acción del Espíritu Santo. Así se entiende mejor la observación del evangelista acerca de la maravilla de María y José ante aquellos acontecimientos y ante aquellas palabras: “Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él” (Lc 2, 33).

    Quien anota esos hechos y esas palabras es el mismo Lucas que, como autor de los Hechos de los Apóstoles, describe el acontecimiento de Pentecostés: la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y los discípulos reunidos en el Cenáculo en compañía de María, después de la Ascensión del Señor al cielo, según la promesa de Jesús mismo. La lectura del “Evangelio de la Infancia de Jesús” ya es una prueba de que el evangelista era particularmente sensible a la presencia y a la acción del Espíritu Santo en todo lo que se refería al misterio de la Encarnación, desde el primero hasta el último momento de la vida de Cristo.

    S.S. Juan PabloII

    sábado, 2 de febrero de 2013

    ¿Cómo hablar de Dios? (IV). Benedicto XVI


    ¿Cómo hablar de Dios? (III). Benedicto XVI



    ¿Cómo hablar de Dios? ( I I ). Benedicto XVI


    Como hablar de Dios I



    EL BAUTISMO DEL SEÑOR



    Abrazar el dolor

    En el mundo que nos rodea se hace una distinción radical entre la alegría y el sufrimiento. La gente tiene tendencia a decir: "Cuando uno está contento no puede tener penas, y cuando uno tiene penas no puede estar alegre". De hecho, nuestra sociedad contemporánea hace todo lo posible por mantener separadas la alegría y la tristeza. El sufrimiento y el dolor han de evitarse a toda costa, porque son lo opuesto a la alegría y la felicidad que deseamos.

    La muerte, la enfermedad, las miserias humanas..., todo esto es menester quitarlo de la vista, porque nos aparta de la felicidad por la que luchamos. Son obstáculos en el camino que lleva a la meta de nuestra vida.



    La visión que Jesús nos ofrece presenta un fuerte contraste con esta visión mundana. Jesús mostró, tanto con su enseñanza como con su vida, que la verdadera alegría se oculta con frecuencia en medio del sufrimiento, y que la danza de la vida empieza con el dolor. Él dice : "Si el grano de trigo no muere, no puede dar fruto...El que no puede dar su vida no puede encontrarla; si el hijo del hombre no muere, no puede enviar al Espíritu".

    A los dos discípulos que estaban abatidos después de su pasión y su muerte, les dice Jesús: "¡Qué torpes sois y qué tardos para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que Cristo sufriera todo eso para entrar en su Gloria?".

    Aquí se revela un modo de vida completamente nuevo. Este es el modo en que puede abrazarse el dolor, no por el deseo del sufrimiento, sino por la certeza de que del dolor nacerá algo nuevo. Jesús llama a nuestros dolores "dolores de parto". Dice: "La mujer cuando está de parto  se siente angustiada, porque ha llegado su hora; pero cuando ya ha dado a luz al niño, no se acuerda más de la angustia por la alegría de que ha nacido un hombre en el mundo" (Jn 16,21).

    La cruz se ha convertido en el símbolo más poderoso de esta nueva visión. La cruz es un símbolo de muerte y de vida, de sufrimiento y de alegría, de fracaso y de victoria. La cruz es la que nos muestra el camino.

    Del libro: AQUÍ Y AHORA de Henri J. M. Nouwen