Este blog se crea con el objetivo de que todos los que formamos parte de de la comunidad cristiana, podamos expresar nuestras opiniones, consultar nuestras dudas y, sobre todo, ayudarnos unos a otros en este caminar con Jesús y hacia Jesús. Anímate y participa
martes, 5 de febrero de 2013
El verdadero profeta sólo obedece a Dios
VATICANO, 03 Feb. 13 / 10:58 am (ACI/EWTN Noticias).- En su mensaje previo al rezo del Ángelus, en la Plaza de San Pedro, el Papa Benedicto XVI aseguró que “el verdadero profeta no obedece a nadie más que a Dios y se pone al servicio de la verdad”.
En relación al Evangelio de hoy, el Santo Padre recordó que los que escucharon a Jesús se cuestionaban “’¿No es este el hijo de José?’, que es como preguntarse: ¿qué aspiraciones puede tener un carpintero de Nazaret?”.
El Papa señaló que “es verdad que Jesús es el profeta del amor, pero también el amor tiene su verdad. Es más, amor y verdad son dos nombres de la misma realidad, dos nombres de Dios”.
“En la liturgia de hoy resuenan también estas palabras de san Pablo: ‘El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad’”.
Benedicto XVI aseguró que “creer en Dios significa renunciar a los propios prejuicios y acoger el rostro concreto con el que Él se ha revelado: el hombre Jesús de Nazaret”.
“Este camino conduce también a reconocerlo y a servirlo en los demás”, aseguró.
El Papa señaló que “en esto la actitud de María es iluminante. ¿Quién más que ella tuvo familiaridad con la humanidad de Jesús? Pero jamás se escandalizó como los paisanos de Nazaret”.
“Ella custodiaba en su corazón el misterio y supo acogerlo una y otra vez, cada vez más, en el camino de la fe, hasta la noche de la Cruz y a plena luz de la Resurrección”.
Al concluir su reflexión, el Papa pidió “que María nos ayude a recorrer con fidelidad y con gozo este camino”.
Papa Benedicto XVI
lunes, 4 de febrero de 2013
Presentación de Jesús en el Templo
Queridos hermanos y hermanas:
1. Según el Evangelio de San
Lucas, cuyos primeros capítulos nos narran la Infancia de Jesús, la Revelación
del Espíritu Santo tuvo lugar no sólo en la Anunciación y en la Visitación de
María a Isabel, como hemos visto en las anteriores catequesis, sino también en
la Presentación del Niño Jesús en el templo (cf. Lc 2, 22-38).
2. Escribe el evangelista que
“cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de
Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor” (Lc 2, 22). La
presentación del primogénito en el templo y la ofrenda que lo acompañaba (cf.
Lc 2, 24) como signo del rescate del pequeño israelita, que así volvía a la
vida de su familia y de su pueblo, estaba prescrita, o al menos recomendada,
por la Ley mosaica vigente en la Antigua Alianza (cf. Ex 13, 2. 12-13. 15; Lv
12, 6-8; Nm 18, 15). Los israelitas piadosos practicaban ese acto de culto.
Según Lucas, el rito realizado por los padres de Jesús para observar la Ley fue
ocasión de una nueva intervención del Espíritu Santo, que daba al hecho un
significado mesiánico, introduciéndolo en el misterio de Cristo redentor.
Instrumento elegido para esta nueva revelación fue un santo anciano, del que
Lucas escribe: “He aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este
hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él
el Espíritu Santo” (Lc 2, 25). La escena tiene lugar en la ciudad santa, en el
templo donde gravitaba toda la historia de Israel y donde confluían las
esperanzas fundadas en las antiguas promesas y profecías.
3. Aquel hombre, que esperaba “la
consolación de Israel”, es decir el Mesías, había sido preparado de modo
especial por el Espíritu Santo para el encuentro con “el que había de venir”.
En efecto, leemos que “estaba en él el Espíritu Santo”, es decir, actuaba en él
de modo habitual y “le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería
la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor” (Lc 2, 26).
Según el texto de Lucas, aquella
espera del Mesías, llena de deseo, de esperanza y de la íntima certeza de que
se le concedería verlo con sus propios ojos, es señal de la acción del Espíritu
Santo, que es inspiración, iluminación y moción. En efecto, el día en que María
y José llevaron a Jesús al templo, acudió también Simeón, “movido por el
Espíritu” (Lc 2, 27). La inspiración del Espíritu Santo no sólo le preanunció
el encuentro con el Mesías; no sólo le sugirió acudir al templo; también lo
movió y casi lo condujo; y, una vez llegado al templo, le concedió reconocer en
el Niño Jesús, Hijo de María, a Aquel que esperaba.
4. Lucas escribe que “cuando los
padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre
Él, Simeón le tomó en brazos y bendijo a Dios” (Lc 2, 27-28).
En este punto el evangelista pone
en boca de Simeón el “Nunc dimittis”, cántico por todos conocido, que la
liturgia nos hace repetir cada día en la hora de Completas, cuando se advierte
de modo especial el sentido del tiempo que pasa. Las conmovedoras palabras de
Simeón, ya cercano a “irse en paz”, abren la puerta a la esperanza siempre
nueva de la salvación, que en Cristo encuentra su cumplimiento:“Han visto mis
ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz
para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel” (Lc 2, 30-32). Es un
anuncio de la evangelización universal, portadora de la salvación que viene de
Jerusalén, de Israel, pero por obra del Mesías-Salvador, esperado por su pueblo
y por todos los pueblos.
5. El Espíritu Santo, que obra en
Simeón, está presente y realiza su acción también en todos los que, como aquel
santo anciano, han aceptado a Dios y han creído en sus promesas, en cualquier
tiempo. Lucas nos ofrece otro ejemplo de esta realidad, de este misterio: es la
“profetisa Ana” que, desde su juventud, tras haber quedado viuda, “no se
apartaba del templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones” (Lc 2,
37). Era, por tanto, una mujer consagrada a Dios y especialmente capaz, a la
luz de su Espíritu, de captar sus planes y de interpretar sus mandatos; en este
sentido era “profetisa” (cf. Ex 15, 20; Jc 4, 4; 2 R 22, 14). Lucas no habla
explícitamente de una especial acción del Espíritu Santo en ella; con todo, la
asocia a Simeón, tanto al alabar a Dios como al hablar de Jesús: “Como se
presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los
que esperaban la redención de Jerusalén” (Lc 2, 38). Como Simeón, sin duda
también ella había sido movida por el Espíritu Santo para salir al encuentro de
Jesús.
6. Las palabras proféticas de
Simeón (y de Ana) anuncian no sólo la venida del Salvador al mundo, su
presencia en medio de Israel, sino también su sacrificio redentor. Esta segunda
parte de la profecía va dirigida explícitamente a María: “Éste está puesto para
caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a
Ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto
las intenciones de muchos corazones” (Lc 2, 34-35).
No se puede menos de pensar en el
Espíritu Santo como inspirador de esta profecía de la Pasión de Cristo como
camino mediante el cual Él realizará la salvación. Es especialmente elocuente
el hecho de que Simeón hable de los futuros sufrimientos de Cristo dirigiendo
su pensamiento al Corazón de la Madre, asociada a su Hijo para sufrir las
contradicciones de Israel y del mundo entero. Simeón no llama por su nombre el
sacrificio de la Cruz, pero traslada la profecía al Corazón de María, que será
“atravesado por una espada”, compartiendo los sufrimientos de su Hijo.
7. Las palabras, inspiradas, de
Simeón adquieren un relieve aún mayor si se consideran en el contexto global
del “Evangelio de la Infancia de Jesús”, descrito por Lucas, porque colocan
todo ese período de vida bajo la particular acción del Espíritu Santo. Así se
entiende mejor la observación del evangelista acerca de la maravilla de María y
José ante aquellos acontecimientos y ante aquellas palabras: “Su padre y su
madre estaban admirados de lo que se decía de Él” (Lc 2, 33).
Quien anota esos hechos y esas
palabras es el mismo Lucas que, como autor de los Hechos de los Apóstoles,
describe el acontecimiento de Pentecostés: la venida del Espíritu Santo sobre
los Apóstoles y los discípulos reunidos en el Cenáculo en compañía de María,
después de la Ascensión del Señor al cielo, según la promesa de Jesús mismo. La
lectura del “Evangelio de la Infancia de Jesús” ya es una prueba de que el
evangelista era particularmente sensible a la presencia y a la acción del
Espíritu Santo en todo lo que se refería al misterio de la Encarnación, desde
el primero hasta el último momento de la vida de Cristo.
S.S. Juan PabloII
sábado, 2 de febrero de 2013
Abrazar el dolor
En el mundo que nos rodea se hace una distinción radical entre la alegría y el sufrimiento. La gente tiene tendencia a decir: "Cuando uno está contento no puede tener penas, y cuando uno tiene penas no puede estar alegre". De hecho, nuestra sociedad contemporánea hace todo lo posible por mantener separadas la alegría y la tristeza. El sufrimiento y el dolor han de evitarse a toda costa, porque son lo opuesto a la alegría y la felicidad que deseamos.
La muerte, la enfermedad, las miserias humanas..., todo esto es menester quitarlo de la vista, porque nos aparta de la felicidad por la que luchamos. Son obstáculos en el camino que lleva a la meta de nuestra vida.

La visión que Jesús nos ofrece presenta un fuerte contraste con esta visión mundana. Jesús mostró, tanto con su enseñanza como con su vida, que la verdadera alegría se oculta con frecuencia en medio del sufrimiento, y que la danza de la vida empieza con el dolor. Él dice : "Si el grano de trigo no muere, no puede dar fruto...El que no puede dar su vida no puede encontrarla; si el hijo del hombre no muere, no puede enviar al Espíritu".
A los dos discípulos que estaban abatidos después de su pasión y su muerte, les dice Jesús: "¡Qué torpes sois y qué tardos para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que Cristo sufriera todo eso para entrar en su Gloria?".
Aquí se revela un modo de vida completamente nuevo. Este es el modo en que puede abrazarse el dolor, no por el deseo del sufrimiento, sino por la certeza de que del dolor nacerá algo nuevo. Jesús llama a nuestros dolores "dolores de parto". Dice: "La mujer cuando está de parto se siente angustiada, porque ha llegado su hora; pero cuando ya ha dado a luz al niño, no se acuerda más de la angustia por la alegría de que ha nacido un hombre en el mundo" (Jn 16,21).
La cruz se ha convertido en el símbolo más poderoso de esta nueva visión. La cruz es un símbolo de muerte y de vida, de sufrimiento y de alegría, de fracaso y de victoria. La cruz es la que nos muestra el camino.
Del libro: AQUÍ Y AHORA de Henri J. M. Nouwen
martes, 29 de enero de 2013
domingo, 27 de enero de 2013
DAR TESTIMONIO DE DIOS
Dice San Pablo: "Pero no aprecio en nada la vida [es
verdad], con tal de completar mi carrera y el misterio que recibí del Señor
Jesús: dar testimonio del mensaje de la gracia de Dios" (Hechos 20, 24).
Esto es lo que el Señor pone en mi corazón y lo que deseo
hacer siempre y de todos modos, en cualquier situación de este mundo.
Por eso, al leer esta página de los Hechos, me siento
profundamente conmovido y tocado, y os deseo a cada uno de vosotros que la
sintáis como vuestra propia autobiografía, que releáis vuestra vida desde ella
y podáis acercaros a las afirmaciones de Pablo, demasiado elevadas para mí.
Ninguno de nosotros está exento de culpa en lo relativo a quienes se pierden.
Pero sabemos que la misericordia del Señor es grande y debemos, por tanto, tratar
de ayudar con todas las fuerzas a los que se pierden.
Nuestra Iglesia es hoy un poco temerosa a la hora de ayudar a
quien se aleja. Es precisa en los establecimiento de los límites, pero no es
tan valerosa para extender la mano a quien está fuera de los límites.
En cambio, debemos dedicarnos a anunciar el reino de Dios y
el mensaje de la gracia de Dios, es
decir, de su misericordia a todos los que vuelven a Él.
El corazón de Dios es inmenso y "aunque la conciencia
nos acuse, Dios es más grande que nuestra conciencia y lo sabe todo" (I
Juan 3-20).
Somos verdaderamente misericordiosos si aprendemos a sufrir
con quien sufre, a gozar con quien goza, a practicar siempre y en las
circunstancias más desfavorables la ética del no hacer daño, la ética del no hacer
sufrir a nadie por causa de nuestro juicio.
Preguntémonos: ¿llevo a quienes están a mi alrededor el
mensaje de la misericordia de Dios? ¿Es
amado Jesús también por mi causa, o bien hay algunas personas que se alejan,
que no comprenden porque no consiguen percibir el rostro de Cristo
misericordioso?
Ciertamente, también Jesús fue fuerte y decidido, pero
prevaleció siempre en Él la misericordia y la acogida. Oremos, pues, para que
nuestra Iglesia crezca en el conocimiento de los grandes dones de misericordia
que se le conceden.
"Las alas de la libertad" de Carlo María Martini
"Las alas de la libertad" de Carlo María Martini
LA IGLESIA CATÓLICA
La Iglesia tiene su origen y realización en el destino eterno de Dios.
Fue preparada en la Antigua Alianza con la elección de Israel, signo de la reunión futura de todas las naciones.
Fundada por las palabras y las acciones de Jesucristo, fue realizada, sobre todo, mediante su muerte redentora y su Resurrección.
Más tarde, se manifestó como misterio de salvación mediante la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés.
Al final de los tiempos, alcanzará su consumación como asamblea celestial de todos los redimidos.
( Compendio 149 )
Isabel
sábado, 26 de enero de 2013
Creer en Dios siguiendo las huellas de Abraham
“Cuando afirmamos : "Creo en Dios", decimos, como Abraham: "Me fío de ti, confío en ti, Señor"
Decir "Creo en Dios" significa fundar en El mi vida, dejar que su palabra la oriente cada día en las opciones concretas, sin temor de perder algo de mí mismo.
Abraham, el creyente, nos enseña la fe, y, como extranjero en una tierra que no es la suya, nos muestra la verdadera patria. La fe nos hace peregrinos en la tierra, insertados en el mundo y en la historia, pero en camino hacia la patria celestial. Por lo tanto, creer en Dios nos hace portadores de valores que a menudo no coinciden con la moda y las opiniones del momento.En muchas sociedades, Dios se ha convertido en el "gran ausente" y en su lugar hay muchos ídolos, en primer lugar el deseo de poseer y el “yo" autónomo. E incluso los progresos, notables y positivos de la ciencia y la tecnología han dado a los seres humanos una ilusión de omnipotencia y autosuficiencia, y un creciente egocentrismo ha creado muchos desequilibrios en las relaciones entre las personas y en el comportamiento social”.
“Y, sin embargo, la sed de Dios no se ha extinguido y el mensaje del Evangelio sigue resonando a través de las palabras y las obras de muchos hombres y mujeres de fe. Abraham, el padre de los creyentes, sigue siendo el padre de muchos hijos que están dispuestos a seguir sus pasos y se ponen en camino obedeciendo a la llamada divina, confiando en la presencia benevolente del Señor y acogiendo su bendición para transformarse en bendición para todos. Es el mundo bendecido por la fe, al que todos estamos llamados, para caminar sin miedo siguiendo al Señor Jesucristo”.
Decir "Creo en Dios" nos conduce, entonces, “a partir, a salir continuamente de nosotros mismos al igual que Abraham, para llevar a la realidad cotidiana en que vivimos la certeza que viene de la fe: es decir, la certeza de la presencia de Dios en la historia, también hoy, una presencia que da vida y salvación”.
Benedicto XVI, 23 de enero de 2013
martes, 22 de enero de 2013
EL PECADO ORIGINAL
Para nuestros contemporáneos existen pecados populares e impopulares. Es popular por ejemplo la intemperancia en el placer. El glotón es un «gourmet», el borracho un «alegre beberrón», y cuando un hombre se oye llamar un Don Juan, se siente más halagado que insultado.
Pero el pecado original es claramente impopular. Tanto, que mucha gente lo resuelve de manera tajante negando su existencia, generalmente basándose en que es contrario a la justicia divina. Que Dios no nos castigaría por algo que en algún nebuloso tiempo remoto hicieron nuestros primeros padres. ¿Y se pretende afirmar que los bebés están tarados con el pecado original? ¿Bebés inocentes, puros, que acaban de nacer? ¡Imposible!
Es ésta una confusión de pensamiento increíble, que como siempre, se produce porque las buenas gentes no tienen ni idea de lo que están hablando. Tuvieron su poquito de clase de religión en el colegio y desde entonces no han aprendido nada o muy poco.
Dios creó a nuestros primeros padres perfectos. Por su rebelión perdieron esa perfección. Pero los padres imperfectos no pudieron engendrar más que hijos imperfectos. Y como este estado de imperfección es consecuencia de la rebelión de nuestros primeros padres, por eso hablamos de pecado original. El pecado original no es, pues, una culpa personal. Es «la falta de la Gracia sobrenatural», y ésta es un don gratuito de Dios. Dios no está obligado a concedérnoslo.
Nuestra culpa es impersonal, es «colectiva», algo así como si una familia sufre las consecuencias de que el padre haya disipado una fortuna en el juego, o una nación entera padece las secuelas de una guerra, porque un clan o un partido se ha metido en ella y la ha perdido. Y no creo que haya nadie capaz de disentir de que somos imperfectos. El bebé recién nacido, inocente y puro, es un saquito de egoísmo recién nacido inocente y puro. Es invidioso, celoso y tiene ataques de ira.
«Pero no sabe otra cosa», dice la madre indignada. Eso, precisamente. No sabe otra cosa. No es perfecto.
«Eso es humano», dice el papá. Eso. Precisamente. Ninguno de nosotros es perfecto. Dios quiere que volvamos a hacernos perfectos.
Con el sacramento del bautismo nos devuelven el don de Dios de la Gracia sobrenatural, perdida por nuestros primeros padres.
Pero nuestra naturaleza requiere la transformación constante por medio de la Gracia, un entrenamiento permanente y una vigilancia incesante. Estamos todos «torcidos» y el proceso de enderezamiento es largo y doloroso. ¡Este proceso se llama... vida!
El hombre que afirma: «Para mí no existe el pecado original», afirma en otras palabras: «Yo soy perfecto por naturaleza». Y esto es -por expresarlo con delicadeza- una afirmación un tanto atrevida.
| Autor: Louis de Wohl | Fuente: Conoze.com | |
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