viernes, 8 de septiembre de 2017

"Cuiden el primer paso de Dios hacia ustedes", el Papa a los Obispos de Colombia

La paz esté con ustedes
Así saludó el Resucitado a su pequeña grey después de haber vencido a la muerte, así consiéntanme que los salude al inicio de mi viaje.
Agradezco las palabras de bienvenida. Estoy contento porque los primeros pasos que doy en este País me llevan a encontrarlos a ustedes, obispos de Colombia, para abrazar en ustedes a toda la Iglesia colombiana y para estrechar a su gente en mi corazón de Sucesor de Pedro. Les agradezco muchísimo su ministerio episcopal, que les ruego continúen realizándolo con renovada generosidad. Un saludo particular dirijo a los obispos eméritos, animándolos a seguir sosteniendo, con la oración y con la presencia discreta, a la Esposa de Cristo por la cual se han entregado generosamente.
Vengo para anunciar a Cristo y para cumplir en su nombre un itinerario de paz y reconciliación. ¡Cristo es nuestra paz! ¡Él nos ha reconciliado con Dios y entre nosotros!
Estoy convencido de que Colombia tiene algo de original que llama fuertemente la atención: no ha sido nunca una meta completamente realizada, ni un destino totalmente acabado, ni un tesoro totalmente poseído. Su riqueza humana, sus vigorosos recursos naturales, su cultura, su luminosa síntesis cristiana, el patrimonio de su fe y la memoria de sus evangelizadores, la alegría gratuita e incondicional de su gente, la impagable sonrisa de su juventud, su original fidelidad al Evangelio de Cristo y a su Iglesia y, sobre todo, su indomable coraje de resistir a la muerte, no sólo anunciada sino muchas veces sembrada: todo esto se sustrae, digamos se esconde, a aquellos que se presentan como forasteros hambrientos de adueñársela y, en cambio, se brinda generosamente a quien toca su corazón con la mansedumbre del peregrino. Así es Colombia.
Por esto, como peregrino, me dirijo a su Iglesia. De ustedes soy hermano, deseoso de compartir a Cristo Resucitado para quien ningún muro es perenne, ningún miedo es indestructible, ninguna plaga es incurable.
No soy el primer Papa que les habla en su casa. Dos de mis más grandes Predecesores han sido huéspedes aquí: el beato Pablo VI, que vino apenas concluyó el Concilio Vaticano II para animar la realización colegial del misterio de la Iglesia en América Latina; y san Juan Pablo II en su memorable visita apostólica de 1986. Las palabras de ambos son un recurso permanente, las indicaciones que delinearon y la maravillosa síntesis que ofrecieron sobre nuestro ministerio episcopal constituyen un patrimonio para custodiar. Quisiera que cuanto les diga sea recibido en continuidad con lo que ellos han enseñado.
Custodios y sacramento del primer paso
«Dar el primer paso» es el lema de mi visita y también para ustedes este es mi primer mensaje. Bien saben que Dios es el Señor del primer paso. Él siempre nos primerea. Toda la Sagrada Escritura habla de Dios como exiliado de sí mismo por amor. Ha sido así cuando sólo había tinieblas, caos y, saliendo de sí, Él hizo que todo viniese a ser (cf. Gn 1.2,4); ha sido así cuando en el jardín de los orígenes Él se paseaba, dándose cuenta de la desnudez de su creatura (cf. Gn 3,8-9); ha sido así cuando, peregrino, Él se alojó en la tienda de Abraham, dejándole la promesa de una inesperada fecundidad (cf. Gn 18,1-10); ha sido así cuando se presentó a Moisés encantándolo, cuando ya no tenía otro horizonte que pastorear las ovejas de su suegro (cf. Ex, 3,1-2); ha sido así cuando no quitó de su mirada a su amada Jerusalén, aun cuando se prostituía en la vereda de la infidelidad (cf. Ez 16,15); ha sido así cuando migró con su gloria hacia su pueblo exiliado en la esclavitud (cf. Ez 10,18-19).
Y, en la plenitud del tiempo, quiso revelar el verdadero nombre del primer paso, de su primer paso. Se llama Jesús y es un paso irreversible. Proviene de la libertad de un amor que todo lo precede. Porque el Hijo, Él mismo, es la expresión viva de dicho amor. Aquellos que lo reconocen y lo acogen reciben en herencia el don de ser introducidos en la libertad de poder cumplir siempre en Él ese primer paso, no tienen miedo de perderse si salen de sí mismos, porque llevan la fianza del amor emanado del primer paso de Dios, una brújula que no les consiente perderse.
Cuiden pues, con santo temor y conmoción, ese primer paso de Dios hacia ustedes y, con su ministerio, hacia la gente que les ha sido confiada, en la conciencia de ser sacramento viviente de esa libertad divina que no tiene miedo de salir de sí misma por amor, que no teme empobrecerse mientras se entrega, que no tiene necesidad de otra fuerza que el amor.
Dios nos precede, somos sarmientos y no la vid. Por tanto, no enmudezcan la voz de Aquél que los ha llamado ni se ilusionen en que sea la suma de sus pobres virtudes o los halagos de los poderosos de turno quienes aseguran el resultado de la misión que les ha confiado Dios. Al contrario, mendiguen en la oración cuando no puedan dar ni darse, para que tengan algo que ofrecer a aquellos que se acercan constantemente a sus corazones de pastores. La oración en la vida del obispo es la savia vital que pasa por la vid, sin la cual el sarmiento se marchita volviéndose infecundo. Por tanto, luchen con Dios, y más todavía en la noche de su ausencia, hasta que Él no los bendiga (cf. Gn 32,25-27). Las heridas de esa cotidiana y prioritaria batalla en la oración serán fuente de curación para ustedes; serán heridos por Dios para hacerse capaces de curar.
Hacer visible su identidad de sacramento del primer paso de Dios
De hecho, hacer tangible la identidad de sacramento del primer paso de Dios exigirá un continuo éxodo interior. «No hay ninguna invitación al amor mayor que adelantarse en ese mismo amor» (San Agustín, De catechizandis rudibus, liber I, 4.7, 26: PL 40), y, por tanto, ningún ámbito de la misión episcopal puede prescindir de esta libertad de cumplir el primer paso. La condición de posibilidad para el ejercicio del ministerio apostólico es la disposición a acercarse a Jesús dejando atrás «lo que fuimos, para que seamos lo que no éramos» (Id., Enarr. in psal., 121,12: PL 36).
Les recomiendo vigilar no sólo individualmente sino colegialmente, dóciles al Espíritu Santo, sobre este permanente punto de partida. Sin este núcleo languidecen los rasgos del Maestro en el rostro de los discípulos, la misión se atasca y disminuye la conversión pastoral, que no es otra cosa que rescatar aquella urgencia de anunciar el Evangelio de la alegría hoy, mañana y pasado mañana (cf. Lc 13,33), premura que devoró el Corazón de Jesús dejándolo sin nido ni resguardo, reclinado solamente en el cumplimiento hasta el final de la voluntad del Padre (cf. Lc 9,58.62). ¿Qué otro futuro podemos perseguir? ¿A qué otra dignidad podemos aspirar?
No se midan con el metro de aquellos que quisieran que fueran sólo una casta de funcionarios plegados a la dictadura del presente. Tengan, en cambio, siempre fija la mirada en la eternidad de Aquél que los ha elegido, prontos a acoger el juicio decisivo de sus labios.
En la complejidad del rostro de esta Iglesia colombiana, es muy importante preservar la singularidad de sus diversas y legítimas fuerzas, las sensibilidades pastorales, las peculiaridades regionales, las memorias históricas, las riquezas de las propias experiencias eclesiales. Pentecostés consiente que todos escuchen en la propia lengua. Por ello, busquen con perseverancia la comunión entre ustedes. No se cansen de construirla a través del diálogo franco y fraterno, condenando como peste las agendas encubiertas. Sean premurosos en cumplir el primer paso, del uno para con el otro. Anticípense en la disposición de comprender las razones del otro. Déjense enriquecer de lo que el otro les puede ofrecer y construyan una Iglesia que ofrezca a este País un testimonio elocuente de cuánto se puede progresar cuando se está dispuesto a no quedarse en las manos de unos pocos. El rol de las Provincias Eclesiásticas en relación al mismo mensaje evangelizador es fundamental, porque son diversas y armonizadas las voces que lo proclaman. Por esto, no se contenten con un mediocre compromiso mínimo que deje a los resignados en la tranquila quietud de la propia impotencia, a la vez que domestica aquellas esperanzas que exigirían el coraje de ser encauzadas más sobre la fuerza de Dios que sobre la propia debilidad.
Reserven una particular sensibilidad hacia las raíces afro-colombianas de su gente, que tan generosamente han contribuido a plasmar el rostro de esta tierra.
Tocar la carne del cuerpo de Cristo
Los invito a no tener miedo de tocar la carne herida de la propia historia y de la historia de su gente. Háganlo con humildad, sin la vana pretensión de protagonismo, y con el corazón indiviso, libre de compromisos o servilismos. Sólo Dios es Señor y a ninguna otra causa se debe someter nuestra alma de pastores.
Colombia tiene necesidad de su mirada propia de obispos, para sostenerla en el coraje del primer paso hacia la paz definitiva, la reconciliación, hacia la abdicación de la violencia como método, la superación de las desigualdades que son la raíz de tantos sufrimientos, la renuncia al camino fácil pero sin salida de la corrupción, la paciente y perseverante consolidación de la «res publica» que requiere la superación de la miseria y de la desigualdad.
Se trata de una tarea ardua pero irrenunciable, los caminos son empinados y las soluciones no son obvias. Desde lo alto de Dios, que es la cruz de su Hijo, obtendrán la fuerza; con la lucecita humilde de los ojos del Resucitado recorrerán el camino; escuchando la voz del Esposo que susurra en el corazón, recibirán los criterios para discernir de nuevo, en cada incertidumbre, la justa dirección.
Uno de sus ilustres literatos escribió hablando de uno de sus míticos personajes: «No imaginaba que era más fácil empezar una guerra que terminarla» (Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, capítulo 9). Todos sabemos que la paz exige de los hombres un coraje moral diverso. La guerra sigue lo que hay de más bajo en nuestro corazón, la paz nos impulsa a ser más grandes que nosotros mismos. En seguida, el escritor añadía: «No entendía que hubiera necesitado tantas palabras para explicar lo que se sentía en la guerra, si con una sola bastaba: miedo» (ibíd., cap. 15). No es necesario que les hable de ese miedo, raíz envenenada, fruto amargo y herencia nefasta de cada contienda. Quiero animarlos a seguir creyendo que se puede hacer de otra manera, recordando que no han recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor; el mismo Espíritu atestigua que son hijos destinados a la libertad de la gloria a ellos reservada (cf. Rm 8,15-16).
Ustedes ven con los propios ojos y conocen como pocos la deformación del rostro de este País, son custodios de las piezas fundamentales que lo hacen uno, no obstante sus laceraciones. Precisamente por esto, Colombia tiene necesidad de ustedes para reconocerse en su verdadero rostro cargado de esperanza a pesar de sus imperfecciones, para perdonarse recíprocamente no obstante las heridas no del todo cicatrizadas, para creer que se puede hacer otro camino aun cuando la inercia empuja a repetir los mismos errores, para tener el coraje de superar cuanto la puede volver miserable a pesar de sus tesoros.
Los animo, pues, a no cansarse de hacer de sus Iglesias un vientre de luz, capaz de generar, aun sufriendo pobreza, las nuevas creaturas que esta tierra necesita. Hospédense en la humildad de su gente para darse cuenta de sus secretos recursos humanos y de fe, escuchen cuánto su despojada humanidad brama por la dignidad que solamente el Resucitado puede conferir. No tengan miedo de migrar de sus aparentes certezas en búsqueda de la verdadera gloria de Dios, que es el hombre viviente.
La palabra de la reconciliación
Muchos pueden contribuir al desafío de esta Nación, pero la misión de ustedes es singular. Ustedes no son técnicos ni políticos, son pastores. Cristo es la palabra de reconciliación escrita en sus corazones y tienen la fuerza de poder pronunciarla no solamente en los púlpitos, en los documentos eclesiales o en los artículos de periódicos, sino más bien en el corazón de las personas, en el secreto sagrario de sus conciencias, en el calor esperanzado que los atrae a la escucha de la voz del cielo que proclama «paz a los hombres amados por Dios» (Lc 2,14). Ustedes deben pronunciarla con el frágil, humilde, pero invencible recurso de la misericordia de Dios, la única capaz de derrotar la cínica soberbia de los corazones autorreferenciales.
A la Iglesia no le interesa otra cosa que la libertad de pronunciar esta Palabra. No sirven alianzas con una parte u otra, sino la libertad de hablar a los corazones de todos. Precisamente allí tienen la autonomía para inquietar, allí tienen la posibilidad de sostener un cambio de ruta.
El corazón humano, muchas veces engañado, concibe el insensato proyecto de hacer de la vida un continuo aumento de espacios para depositar lo que acumula. Precisamente aquí es necesario que resuene la pregunta: ¿De qué sirve ganar el mundo entero si queda el vacío en el alma? (cf. Mt 16,26).
De sus labios de legítimos pastores de Cristo, tal cual ustedes son, Colombia tiene el derecho de ser interpelada por la verdad de Dios, que repite continuamente: «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9). Es un interrogatorio que no puede ser silenciado, aun cuando quien lo escucha no puede más que abajar la mirada, confundido, y balbucir la propia vergüenza por haberlo vendido, quizás, al precio de alguna dosis de estupefaciente o alguna equívoca concepción de razón de Estado, tal vez por la falsa conciencia de que el fin justifica los medios.
Les ruego tener siempre fija la mirada sobre el hombre concreto. No sirvan a un concepto de hombre, sino a la persona humana amada por Dios, hecha de carne, huesos, historia, fe, esperanza, sentimientos, desilusiones, frustraciones, dolores, heridas, y verán que esa concreción del hombre desenmascara las frías estadísticas, los cálculos manipulados, las estrategias ciegas, las falseadas informaciones, recordándoles que «realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (Gaudium et spes, 22).
Una Iglesia en misión
Teniendo en cuenta el generoso trabajo pastoral que ya desarrollan, permítanme ahora que les presente algunas inquietudes que llevo en mi corazón de pastor, deseoso de exhortarles a ser cada vez más una Iglesia en misión. Mis Predecesores ya han insistido sobre varios de estos desafíos: la familia y la vida, los jóvenes, los sacerdotes, las vocaciones, los laicos, la formación. Los decenios transcurridos, no obstante el ingente trabajo, quizás han vuelto aún más fatigosas las respuestas para hacer eficaz la maternidad de la Iglesia en el generar, alimentar y acompañar a sus hijos.
Pienso en las familias colombianas, en la defensa de la vida desde el vientre materno hasta su natural conclusión, en la plaga de la violencia y del alcoholismo, no raramente extendida en los hogares, en la fragilidad del vínculo matrimonial y la ausencia de los padres de familia con sus trágicas consecuencias de inseguridad y orfandad. Pienso en tantos jóvenes amenazados por el vacío del alma y arrastrados en la fuga de la droga, en el estilo de vida fácil, en la tentación subversiva. Pienso en los numerosos y generosos sacerdotes y en el desafío de sostenerlos en la fiel y cotidiana elección por Cristo y por la Iglesia, mientras algunos otros continúan propagando la cómoda neutralidad de aquellos que nada eligen para quedarse con la soledad de sí mismos. Pienso en los fieles laicos esparcidos en todas las Iglesias particulares, resistiendo fatigosamente para dejarse congregar por Dios que es comunión, aun cuando no pocos proclaman el nuevo dogma del egoísmo y de la muerte de toda solidaridad. Pienso en el inmenso esfuerzo de todos para profundizar la fe y hacerla luz viva para los corazones y lámpara para el primer paso.
No les traigo recetas ni intento dejarles una lista de tareas. Con todo quisiera rogarles que, al realizar en comunión su gravosa misión de pastores de Colombia, conserven la serenidad. Bien saben que en la noche el maligno continúa sembrando cizaña, pero tengan la paciencia del Señor del campo, confiándose en la buena calidad de sus granos. Aprendan de su longanimidad y magnanimidad. Sus tiempos son largos porque es inconmensurable su mirada de amor. Cuando el amor es reducido el corazón se vuelve impaciente, turbado por la ansiedad de hacer cosas, devorado por el miedo de haber fracasado. Crean sobre todo en la humildad de la semilla de Dios. Fíense de la potencia escondida de su levadura. Orienten el corazón sobre la preciosa fascinación que atrae y hace vender todo con tal de poseer ese divino tesoro.
De hecho, ¿qué otra cosa más fuerte pueden ofrecer a la familia colombiana que la fuerza humilde del Evangelio del amor generoso que une al hombre y a la mujer, haciéndolos imagen de la unión de Cristo con su Iglesia, transmisores y guardianes de la vida? Las familias tienen necesidad de saber que en Cristo pueden volverse árbol frondoso capaz de ofrecer sombra, dar fruto en todas las estaciones del año, anidar la vida en sus ramas. Son tantos hoy los que homenajean árboles sin sombra, infecundos, ramas privadas de nidos. Que para ustedes el punto de partida sea el testimonio alegre de que la felicidad está en otro lugar.
¿Qué cosa pueden ofrecer a sus jóvenes? Ellos aman sentirse amados, desconfían de quien los minusvalora, piden coherencia limpia y esperan ser involucrados. Recíbanlos, por tanto, con el corazón de Cristo y ábranles espacios en la vida de sus Iglesias. No participen en ninguna negociación que malvenda sus esperanzas. No tengan miedo de alzar serenamente la voz para recordar a todos que una sociedad que se deja seducir por el espejismo del narcotráfico se arrastra a sí misma en esa metástasis moral que mercantiliza el infierno y siembra por doquier la corrupción y, al mismo tiempo, engorda los paraísos fiscales.
¿Qué cosa pueden dar a sus sacerdotes? El primer don es aquel de su paternidad que asegure que la mano que los ha generado y ungido no se ha retirado de sus vidas. Vivimos en la era de la informática y no nos es difícil alcanzar a nuestros sacerdotes en tiempo real mediante algún programa de mensajes. Pero el corazón de un padre, de un obispo, no puede limitarse a la precaria, impersonal y externa comunicación con su presbiterio. No se puede apartar del corazón del obispo la inquietud sobre dónde viven sus sacerdotes. ¿Viven de verdad según Jesús? ¿O se han improvisado otras seguridades como la estabilidad económica, la ambigüedad moral, la doble vida o la ilusión miope de la carrera? Los sacerdotes precisan, con necesidad y urgencia vital, de la cercanía física y afectiva de su obispo. Requieren sentir que tienen padre.
Sobre las espaldas de los sacerdotes frecuentemente pesa la fatiga del trabajo cotidiano de la Iglesia. Ellos están en primera línea, continuamente circundados de la gente que, abatida, busca en ellos el rostro del pastor. La gente se acerca y golpea a sus corazones. Ellos deben dar de comer a la multitud y el alimento de Dios no es nunca una propiedad de la cual se puede disponer sin más. Al contrario, proviene solamente de la indigencia puesta en contacto con la bondad divina. Despedir a la muchedumbre y alimentarse de lo poco que uno puede indebidamente apropiarse es una tentación permanente (cf. Lc 9,13).
Vigilen por tanto sobre las raíces espirituales de sus sacerdotes. Condúzcanlos continuamente a aquella Cesarea de Filipo donde, desde los orígenes del Jordán de cada uno, puedan sentir de nuevo la pregunta de Jesús: ¿Quién soy yo para ti? La razón del gradual deterioro que muchas veces lleva a la muerte del discípulo siempre está en un corazón que ya no puede responder: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios» (cf. Mt 16,13-16). De aquí se debilita el coraje de la irreversibilidad del don de sí, y deriva también la desorientación interior, el cansancio de un corazón que ya no sabe acompañar al Señor en su camino hacia Jerusalén.
Cuiden especialmente el itinerario formativo de sus sacerdotes, desde el nacimiento de la llamada de Dios en sus corazones. La nueva Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, recientemente publicada, es un valioso recurso, aún por aplicar, para que la Iglesia colombiana esté a la altura del don de Dios que nunca ha dejado de llamar al sacerdocio a tantos de sus hijos.
No descuiden, por favor, la vida de los consagrados y consagradas. Ellos y ellas constituyen la bofetada kerigmática a toda mundanidad y son llamados a quemar cualquier resaca de valores mundanos en el fuego de las bienaventuranzas vividas sin glosa y en el total abajamiento de sí mismos en el servicio. No los consideren como «recursos de utilidad» para las obras apostólicas; más bien, sepan ver en ellos el grito del amor consagrado de la Esposa: «Ven Señor Jesús» (Ap 22,20).
Reserven la misma preocupación formativa a sus laicos, de los cuales depende no sólo la solidez de las comunidades de fe, sino gran parte de la presencia de la Iglesia en el ámbito de la cultura, de la política, de la economía. Formar en la Iglesia significa ponerse en contacto con la fe viviente de la Comunidad viva, introducirse en un patrimonio de experiencias y de respuestas que suscita el Espíritu Santo, porque Él es quien enseña todas las cosas (cf. Jn 14,26).
Un pensamiento quisiera dirigir a los desafíos de la Iglesia en la Amazonia, región de la cual con razón están orgullosos, porque es parte esencial de la maravillosa biodiversidad de este País. La Amazonia es para todos nosotros una prueba decisiva para verificar si nuestra sociedad, casi siempre reducida al materialismo y pragmatismo, está en grado de custodiar lo que ha recibido gratuitamente, no para desvalijarlo, sino para hacerlo fecundo. Pienso, sobre todo, en la arcana sabiduría de los pueblos indígenas amazónicos y me pregunto si somos aún capaces de aprender de ellos la sacralidad de la vida, el respeto por la naturaleza, la conciencia de que no solamente la razón instrumental es suficiente para colmar la vida del hombre y responder a sus más inquietantes interrogantes.
Por esto los invito a no abandonar a sí misma la Iglesia en Amazonia. La consolidación de un rostro amazónico para la Iglesia que peregrina aquí es un desafío de todos ustedes, que depende del creciente y consciente apoyo misionero de todas las diócesis colombianas y de su entero clero. He escuchado que en algunas lenguas nativas amazónicas para referirse a la palabra «amigo» se usa la expresión «mi otro brazo». Sean por lo tanto el otro brazo de la Amazonia. Colombia no la puede amputar sin ser mutilada en su rostro y en su alma.
Queridos hermanos:
Los invito ahora a dirigirnos espiritualmente a Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, cuya imagen han tenido la delicadeza de traer de su Santuario a la magnífica Catedral de esta ciudad para que también yo la pudiera contemplar.
Como bien saben, Colombia no puede darse a sí misma la verdadera Renovación a la que aspira, sino que ésta viene concedida desde lo alto. Supliquémosla al Señor, pues, por medio de la Virgen.
Así como en Chiquinquirá Dios ha renovado el esplendor del rostro de su Madre, que Él siga iluminando con su celestial luz el rostro de este entero País y bendiga a la Iglesia de Colombia con su benévola compañía.
(from Vatican Radio)

"Huyamos de toda tentación de venganza", discurso del Papa a las autoridades de Colombia

Señor Presidente,
Miembros del Gobierno de la República y del Cuerpo Diplomático,
Distinguidas Autoridades,
Representantes de la sociedad civil,
Señoras y señores.

Saludo cordialmente al Señor Presidente de Colombia, Doctor Juan Manuel Santos, y le agradezco su amable invitación a visitar esta Nación en un momento particularmente importante de su historia; saludo a los miembros del Gobierno de la República y del Cuerpo Diplomático. Y, en ustedes, representantes de la sociedad civil, quiero saludar afectuosamente a todo el pueblo colombiano, en estos primeros instantes de mi Viaje Apostólico.
Vengo a Colombia siguiendo la huella de mis predecesores, el beato Pablo VI y san Juan Pablo II y, como a ellos, me mueve el deseo de compartir con mis hermanos colombianos el don de la fe, que tan fuertemente arraigó en estas tierras, y la esperanza que palpita en el corazón de todos. Sólo así, con fe y esperanza, se pueden superar las numerosas dificultades del camino y construir un País que sea Patria y casa para todos los colombianos.
Colombia es una Nación bendecida de muchísimas maneras; la naturaleza pródiga no sólo permite la admiración por su belleza, sino que también invita a un cuidadoso respeto por su biodiversidad. Colombia es el segundo País del mundo en biodiversidad y, al recorrerlo, se puede gustar y ver qué bueno ha sido el Señor (cf. Sal 33,9) al regalarles tan inmensa variedad de flora y fauna en sus selvas lluviosas, en sus páramos, en el Chocó, los farallones de Cali o las sierras como las de la Macarena y tantos otros lugares. Igual de exuberante es su cultura; y lo más importante, Colombia es rica por la calidad humana de sus gentes, hombres y mujeres de espíritu acogedor y bondadoso; personas con tesón y valentía para sobreponerse a los obstáculos.
Este encuentro me ofrece la oportunidad para expresar el aprecio por los esfuerzos que se hacen, a lo largo de las últimas décadas, para poner fin a la violencia armada y encontrar caminos de reconciliación. En el último año ciertamente se ha avanzado de modo particular; los pasos dados hacen crecer la esperanza, en la convicción de que la búsqueda de la paz es un trabajo siempre abierto, una tarea que no da tregua y que exige el compromiso de todos. Trabajo que nos pide no decaer en el esfuerzo por construir la unidad de la nación y, a pesar de los obstáculos, diferencias y distintos enfoques sobre la manera de lograr la convivencia pacífica, persistir en la lucha para favorecer la cultura del encuentro, que exige colocar en el centro de toda acción política, social y económica, a la persona humana, su altísima dignidad, y el respeto por el bien común. Que este esfuerzo nos haga huir de toda tentación de venganza y búsqueda de intereses sólo particulares y a corto plazo. Cuanto más difícil es el camino que conduce a la paz y al entendimiento, más empeño hemos de poner en reconocer al otro, en sanar las heridas y construir puentes, en estrechar lazos y ayudarnos mutuamente (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 67).
El lema de este País dice: «Libertad y Orden». En estas dos palabras se encierra toda una enseñanza. Los ciudadanos deben ser valorados en su libertad y protegidos por un orden estable. No es la ley del más fuerte, sino la fuerza de la ley, la que es aprobada por todos, quien rige la convivencia pacífica. Se necesitan leyes justas que puedan garantizar esa armonía y ayudar a superar los conflictos que han desgarrado esta Nación por décadas; leyes que no nacen de la exigencia pragmática de ordenar la sociedad sino del deseo de resolver las causas estructurales de la pobreza que generan exclusión y violencia. Sólo así se sana de una enfermedad que vuelve frágil e indigna a la sociedad y la deja siempre a las puertas de nuevas crisis. No olvidemos que la inequidad es la raíz de los males sociales (cf. ibíd., 202).
En esta perspectiva, los animo a poner la mirada en todos aquellos que hoy son excluidos y marginados por la sociedad, aquellos que no cuentan para la mayoría y son postergados y arrinconados. Todos somos necesarios para crear y formar la sociedad. Esta no se hace sólo con algunos de «pura sangre», sino con todos. Y aquí radica la grandeza y belleza de un País, en que todos tienen cabida y todos son importantes. En la diversidad está la riqueza. Pienso en aquel primer viaje de san Pedro Claver desde Cartagena hasta Bogotá surcando el Magdalena: su asombro es el nuestro. Ayer y hoy, posamos la mirada en las diversas etnias y los habitantes de las zonas más lejanas, los campesinos. La detenemos en los más débiles, en los que son explotados y maltratados, aquellos que no tienen voz porque se les ha privado de ella o no se les ha dado, o no se les reconoce. También detenemos la mirada en la mujer, su aporte, su talento, su ser «madre» en las múltiples tareas. Colombia necesita la participación de todos para abrirse al futuro con esperanza.
La Iglesia, en fidelidad a su misión, está comprometida con la paz, la justicia y el bien de todos. Es consciente de que los principios evangélicos constituyen una dimensión significativa del tejido social colombiano, y por eso pueden aportar mucho al crecimiento del País; en especial, el respeto sagrado a la vida humana, sobre todo la más débil e indefensa, es una piedra angular en la construcción de una sociedad libre de violencia. Además, no podemos dejar de destacar la importancia social de la familia, soñada por Dios como el fruto del amor de los esposos, «lugar donde se aprende a convivir en la diferencia y a pertenecer a otros» (ibíd., 66). Y, por favor, les pido que escuchen a los pobres, a los que sufren. Mírenlos a los ojos y déjense interrogar en todo momento por sus rostros surcados de dolor y sus manos suplicantes. En ellos se aprenden verdaderas lecciones de vida, de humanidad, de dignidad. Porque ellos, que entre cadenas gimen, sí que comprenden las palabras del que murió en la cruz —como dice la letra de vuestro himno nacional—.
Señoras y señores, tienen delante de sí una hermosa y noble misión, que es al mismo tiempo una difícil tarea. Resuena en el corazón de cada colombiano el aliento del gran compatriota Gabriel García Márquez: «Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera». Es posible entonces, continúa el escritor, «una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra» (Discurso de aceptación del premio Nobel, 1982).
Es mucho el tiempo pasado en el odio y la venganza... La soledad de estar siempre enfrentados ya se cuenta por décadas y huele a cien años; no queremos que cualquier tipo de violencia restrinja o anule ni una vida más. Y quise venir hasta aquí para decirles que no están solos, que somos muchos los que queremos acompañarlos en este paso; este viaje quiere ser un aliciente para ustedes, un aporte que en algo allane el camino hacia la reconciliación y la paz.
Están presentes en mis oraciones. Rezo por ustedes, por el presente y por el futuro de Colombia.

Entrevista al padre Darío Echeverri, Secretario General de la Comisión de Conciliación Nacional

En una Colombia que anhela la paz y la reconciliación, hay aún un gran disenso en relación al acuerdo de paz firmado definitivamente el pasado noviembre.  ¿Cuán frágil es este acuerdo?
Yo he dicho en repetidas ocasiones que este acuerdo con las FARC es un niño muy frágil pero es generador de esperanza. Es cierto, las fragilidades son muchas, la desconfianza que pesa sobre él es grande, la pedagogía no ha sido la mejor, pero es un “niño” frágil, que es el acuerdo del gobierno con las FARC para la terminación del conflicto armado, generador de grandes esperanzas de paz y reconciliación para los colombianos. Vale la pena darles todos los aportes críticos, sí, pero tratar de protegerlo y de realizar sobre el mismo una pedagogía que permita a la gente en las diferentes regiones del país comprenderlo, para con lo que es bueno construir paz desde las regiones. Esto es muy importante, y ojalá que el trabajo de Iglesia pueda aportarle al país esa la necesidad que el país tiene.
Precisamente hablando de pedagogía: ¿en qué consiste la iniciativa pedagógica para la reconciliación y la paz denominada Acciones Conscientes?
Estamos realizando una labor de toma de conciencia de lo que significa y las posibilidades que tendría una Colombia en paz y reconciliada. Para esto nos hemos acercado a las regiones y a las culturas, en Colombia la cultura de los afrodescendientes, de los indígenas, de los caribeños es muy importante, y tratamos de acercar para que la toma de conciencia de las posibilidades que nos ofrecen la paz y conciliación sean muy grandes. Entre otras acciones conscientes nos hemos acercado a las 26 zonas veredales en donde la guerrilla de las FARC se pre concentró e inició allí el proceso de reincorporación en la sociedad. Nosotros nos hemos acercado y trabajado con los sacerdotes y párrocos de esta región. Un trabajo que se hizo antes y después del plebiscito, en el día D 180 y estamos preparando un cuarto encuentro entre los párrocos y comunicadores sociales de estas zonas, en el día doscientos cuarenta. (ndr: en términos sencillos, el Día D marca el inicio para la fase de implementación del proceso de paz).
¿Cuál es la situación actual de los veredales, y  qué aceptación han tenido por parte de los campesinos vecinos y el trabajo de la iglesia católica allí?
Debo reconocer por una parte, que por parte del gobierno ha habido errores de improvisación muy grandes. Que de parte de las guerrillas ha habido un intento de respuesta que yo juzgaría como positivo. Y puedo decir que en las respuestas hay lugares en donde el proceso marcha bastante bien y hay un mutuo “tender la mano” de las comunidades campesinas a las comunidades de la guerrilla, dándoles una acogida fraterna, con el apoyo y el acompañamiento de la Iglesia. Pero también tengo que reconocer que en otros lugares las improvisaciones, las condiciones de infraestructuras, la desorganización misma de la guerrilla, ha hecho que haya una valoración negativa.
Sin embargo la tarea de la Iglesia no ha terminado. Vale la pena que a través de los párrocos y de la presencia pastoral de la Iglesia sirvamos, en primer lugar, a la defensa de los intereses de las comunidades campesinas que son muy frágiles. No tienen quién los defienda, y su mejor defensa proviene de su párroco y de la presencia de la iglesia.
Segundo, quién mejor que el párroco puede ser el interlocutor con los hombres de la guerrilla que todavía tienen mucho miedo y se sienten muy mal preparados para reincorporarse en la sociedad. De donde partieron y a la que ofendieron con su accionar guerrillero. Y en tercer lugar es el párroco de la iglesia quien puede tender puentes para que la verificación de las naciones unidas y de la comunidad internacional pueda ser efectiva.
Para los europeos es difícil entender la idiosincrasia de los colombianos y de la gente en esas realidades en donde están fijas las comunidades veredales. El párroco puede interferir para que se logre entender y cumplir efectivamente una misión de acompañamiento.
¿Cuáles son los próximos pasos son necesarios según usted, para la consolidación y el avance de la paz?
Sabe cuánta alegría y cuántas son las expectativas por la visita del Papa. No importa el acento argentino, pero que bueno que en español castellano pueda hablarles al alma de los colombianos de la reconciliación. Sin esa reconciliación los acuerdos escritos a nada nos conducirán. Y entonces, el próximo paso tras la venida del Papa es que retomemos los colombianos y la Iglesia católica sus enseñanzas, las directrices pastorales que él nos dará y que ayudarán a los colombianos a recorrer el camino de la construcción de la paz. Creo que eso es muy importante.
Ojalá el ELN entienda que es la aspiración de la Iglesia y de los colombianos, y que queremos que ellos, que  ellos que dicen que son hijos de la Iglesia y de la teología de la liberación, puedan ofrecer una cuota de responsabilidad, su palabra sobre la paz y la la reconciliación de los colombianos, su compromiso y con la justicia, y su reparación a las víctimas. Eso lo que queremos por eso estamos trabajando. 
(from Vatican Radio)

jueves, 7 de septiembre de 2017

El Papa, a los jóvenes: "No tengan miedo al futuro, atrévanse a soñar a lo grande"

Tras su primer discurso en Colombia, el Papa se dirigió a la catedral de Bogotá, donde le fueron entregadas las llaves de la ciudad. En la plaza Simón Bolívar, donde se sitúa el templo, una auténtica multitud esperaba a que el Papa fuera a saludarles. Bergoglio les bendijo brevemente, antes de entrar al templo, donde tuvo lugar una oración solemne. Y, después, comenzó "el lío".
Al entrar en la catedral, y durante diez minutos, el Papa se mantuvo en silencio, en oración profunda, ajeno a todo. Pensando solo frente al cuadro de la Virgen de Chiquinquirá, a la que posteriormente le puso un rosario de oro, el regalo del Pontífice a la patrona.
Tras la oración, Francisco se dirigió hacia el balcón principal del palacio cardenalicio, desde donde saludó a decenas de miles de jóvenes, cuyos ensordecedores gritos enardecieron aún más el empuje de un Papa que ya se siente en casa.
Así lo hizo saber en sus palabras, interrumpidas una y otra vez con risas, aplausos y gritos (¡Esta es la juventud del Papa!). Ahí salió el Papa catequista, haciendo participar una y otra vez a los jóvenes de un vibrante discurso en el que Bergoglio se presentó como "un peregrino de paz y esperanza" que "deseo vivir estos momentos de encuentro con alegría, dando gracias a Dios por todo el bien que ha hecho en esta nación".
"Y vengo también para aprender: sí, aprender de ustedes, de su fe, de su fortaleza ante la adversidad, porque ustedes saben que el obispo, y el cura, tienen que aprender de su pueblo. Por eso vengo a aprender, soy obispo y vengo a aprender", improvisó Francisco, recibiendo una de tantas ovaciones.
El Papa recordó que "han vivido momentos difíciles y oscuros, pero el Señor está cerca de ustedes, en el corazón de cada hijo o hija de este país". Porque "el Señor no es selectivo, no excluye a nadie. El Señor abraza a todos, y todos somos importantes y necesarios para él".
Esa es, para el Papa, "la verdad más importante: que Dios nos ama con amor de padre, y nos anima a seguir buscando y deseando la paz, aquella paz que es auténtica y duradera". Al ver la inmensidad de chicos y chicas que lo seguían, Francisco señaló que "tenía escrito que veía aquí a muchos jóvenes, pero... aunque tuviera los ojos vendados, sé que este lío solo lo pueden hacer los jóvenes".
"Mantened viva la alegría, es signo del corazón joven, del corazón que ha encontrado al Señor. Si mantienen viva la alegría con Jesús, nadie se las puede quitar, ¡nadie!", proclamó Bergoglio, quien insistió en la alegría, que es "suficiente para incendiar el mundo entero".
"¿Cómo no van a poder cambiar la sociedad?", señaló a los jóvenes. "No tengan miedo al futuro, atrévanse a soñar a lo grande. A ese sueño grande yo los invito". También, a "reconocer el sufrimiento de los otros". "Dejen que el sufrimiento de sus hermanos colombianos les abofetee y les movilice. Ayúdennos a los mayores a no acostumbrarnos al dolor y al abandono. Ayúdennos a esto, les necesitamos".
En ese momento, el Papa alertó del riesgo de "caer en una atmósfera de relativismo", aunque pidió "entender el dolor de los que han sufrido". Y es que "ustedes tienen la capacidad no sólo de juzgar y señalar desaciertos, sino esa otra capacidad hermosa y constructiva: la de comprender".
"Comprender incluso que, detrás de un error, que es error y no hay que maquillarlo, hay un sinfín de atenuantes o razones. Cuántos les necesita Colombia para ponerse en los zapatos de quienes no supieron hacerlo", pidió el Papa.
Los jóvenes, que son el vivo ejemplo de la "cultura del encuentro". "Ustedes pueden enseñarnos a los grandes que la cultura del encuentro no es pensar, vivir ni reaccionar todos del mismo modo. No, no es eso: la cultura del encuentro es saber que más allá de nuestras diferencias somos todos parte de algo grande que nos une y nos trasciende. Somos parte de este maravilloso país".
La juventud tiene, recordó el Papa, otra capacidad para hacer "algo muy difícil en la vida: perdonar. Perdonar a quienes nos han herido". "Ustedes nos ayudan en el intento de mirar adelante sin el lastre del odio, nos hacen ver todo el mundo que hay por delante, toda Colombia que quiere seguir adelante y desarrollándose, esa Colombia que los mayores se la debemos a ustedes".
"Precisamente por esta capacidad de perdonar, enfrentan el enorme desafío de ayudarnos a sanar nuestro corazón", prosiguió el Papa, quien pidió "estar dispuestos a darle a los otros una segunda oportunidad".
"Que sus ilusiones y proyectos oxigenen Colombia y le llenen de utopía saludable. Muévanse, arriesguen, miren la vida con una sonrisa nueva, vayan adelante, no tengan miedo, sólo así se animarán a descubrir el país que se esconde detrás de las montañas, el que no aparece en la preocupación cotidiana por estar tan lejos. Ese país que no se ve y que es parte de este cuerpo que nos necesita. Ustedes, jóvenes, son capaces de descubrir la Colombia profunda".
"Estoy seguro de que ustedes tienen el potencial necesario para construir la nación que siempre hemos soñado. Los jóvenes son la esperanza de Colombia y de la Iglesia, en su caminar y en sus pasos adivinamos los de Jesús, mensajero de la paz, aquél que siempre nos trae noticias buenas", culminó el Papa, quien concluyó dirigiéndose a todos los que "quieren ser portadores de esperanza".
"Que las dificultades no los opriman, que la violencia no los derrumbe, que el mal no los venza. Creemos que Jesús con su amor y misericordia, que permanecen para siempre, ha vencido el mal, el pecado y la muerte. ¿Lo repetimos? Solo basta salir a su encuentro. Salgan al encuentro de Jesús. Los invito al compromiso, no al cumplimiento, cumplo y miento (...). Salgan a ese compromiso en la renovación de la sociedad para que sea justa, estable, fecunda".
Jesús Bastante


Francisco vence a "Irma" y aterriza en Bogotá


 Ni siquiera un huracán puede con el Papa Francisco. Con puntualidad exquisita, pese a que durante las casi 13 horas de vuelo se pensó hasta en tres ocasiones en variar el recorrido por el paso de 'Irma', Bergoglio aterrizó en el aeropuerto de Bogotá, donde fue recibido por el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, su esposa, y al cardenal Rubén Salazar.
Más de 3.000 personas abarrotaban el área militar (Catam) del aeropuerto de Bogotá. Entre ellas, se encontraba el pequeño Emmanuel Rojas, nacido en 2004 durante el cautiverio de su madre, Clara Rojas, secuestrada por las FARC. Todo un signo de lo que nos espera en este viaje.
El Papa, sin apenas signos de cansancio, bajó de una tacada los escalones y mantuvo una entretenida conversación con Santos, antes desaludar al Episcopado en pleno, y abrazar a una veintena de niños que le esperaban, visiblemente emocionados.
Un Francisco sonriente, que compartió confidencias con la esposa de Santos, y asistió a las danzas típicos de Colombia mientras saludaba a miembros del Gobierno y empresarios del país. Enfermos, viudas, soldados, presos... representantes de ese inmenso mosaico que es Colombiaquisieron estar cerca de Francisco en sus primeros pasos por el país.
¡Bienvenido, Papa, bienvenido!, se escuchaba alrededor de la alfombra roja, antes de que Francisco subiera al papamóvil y se dirigiera a la bulliciosa Bogotá, escoltado por decenas de miles de fieles, hasta la Nunciatura Apostólica, donde residirá.
Bergoglio permanecerá cinco días en Colombia, donde visitará cuatro ciudades (Bogotá, Villavicencio, Medellín y Cartagena de Indias), y propondrá el diálogo como único modo de alcanzar la paz y la reconciliación en un país que, durante medio siglo, sufrió el flagelo del narcoterrorismo, y que ahora lucha por apuntalar la tan ansiada convivencia, pese a las dificultades.
Jesús Bastante

7 de septiembre: santa Regina, virgen y mártir



Los niños piden –al menos así lo hacían en tiempos pasados– a los mayores que les cuenten un cuento a la hora de dormir. La condescendencia de los que les quieren, procurando su buen sueño, les lleva a ilustrar su imaginación con historias que unas veces son solo producto del genio humano y otras… adornan la verdad de hechos ocurridos en la ordinariez de la vida con amplificaciones que hacen fantástica, amable y hasta apasionante la historia real. No sé si lo que se contó y nos ha llegado de Regina servirá para rellenar esos momentos previos al descanso nocturno de los pequeños; pero de lo que no me cabe duda es de que sí nos servirán –a los que nos llamamos adultos y nos juzgamos mayores muy responsables– para que detengamos un momento nuestro ardoroso caminar y demos vueltas al mensaje que transmite.
Regina es palabra latina que se vierte al castellano por Reina. Así se llamaba nuestra protagonista de hoy. Fue una francesita hija de padre romano y de madre gala. Era el tiempo del Imperio. Cuando tenía quince años conoció a Cristo y le entregó su corazón, se bautizó y decidió darle para siempre su virginidad.
Es hermosa en demasía. El prefecto romano se enamoró de ella al verla. En su presencia, Regina confiesa su fe. Desde este momento comienzan las dificultades para la fidelidad. Fue puesta en la cárcel y con una amenaza: al regreso del prefecto, que necesariamente ha de ausentarse, ella debe haber cambiado de religión o conocerá el furor romano.
Sucede a la vuelta del personaje lo previsible con la gracia de Dios. Ella se niega a sacrificar a los ídolos, llegan las torturas, los hierros arañan y cortan su carne. También hay prodigios del Cielo: se producen terremotos, se oyen voces celestiales… hasta una paloma se acerca para consolarla, darle ánimos y curarla.
El ejemplo es tan llamativo que la gente se convierte a centenares. Por fin, es degollada.
La candidez de la historia narrada, pletórica de elementos hiperbólicos y de adornos donados por la fantasía, expone un drama común y diario de mucha gente que bien merece la atención y el mimo del poeta, me refiero a todos esos que están dispuestos en serio a dar la vida por la fe que tienen y, llegado el momento, darla.
Archimadrid.org

«Colombia ya se merece la paz»


«Colombia ya se merece la paz», le confesó el Papa hace unos días al nuevo embajador mexicano. Una paz duradera y estable. Pero la visita de Francisco a ese país no tiene por objetivo «ratificar» el cuestionado acuerdo entre el Gobierno y la guerrilla de las FARC. Como explica un alto cargo de la Curia romana, «no va a bendecir a los del sí o a los del no». Él mira más allá. Quiere impulsar el inicio de un verdadero proceso de reconciliación, que incluya a todos. Para evitar cualquier instrumentalización, en estos días no se reunirá con líderes guerrilleros
Francisco aterrizó en Bogotá por la tarde de este miércoles, 6 de septiembre. En el área militar del aeropuerto tuvo lugar su ceremonia de bienvenida, encabezada por el presidente Juan Manuel Santos. Pero sus actividades oficiales comenzarán el jueves, con un saludo a las autoridades políticas del país en la Casa de Nariño, sede del Gobierno nacional. Allí mismo sostendrá una audiencia privada con el mandatario y seguirá su jornada con reuniones y actos públicos.
Aunque su agenda de actividades se extenderá hasta este domingo, con visitas a Medellín y Cartagena, la etapa más emblemática es la del viernes, en Villavicencio. «Será el día central, allí el Papa nos dirá que si queremos una reconciliación verdadera entre nosotros debemos iniciar por reconciliarnos con la naturaleza. Villavicencio es la puerta del llano, de la Orinoquia y de la Amazonía, allí el Papa va a decir que, si no respetamos los bienes naturales, vamos a una destrucción», asegura el arzobispo José Octavio Ruiz Arenas a Alfa y Omega.
El secretario del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización y colombiano de más alto rango en la Curia vaticana recordó que, en esa misma ciudad, el Pontífice se encontrará con víctimas y victimarios del conflicto. Allí, en la capital del Meta, el departamento donde se verificó el más alto índice de violencia por la guerrilla.
«[Donde se dieron] tantos secuestros, extorsiones, muertos, se van a encontrar y viendo la necesidad de perdón, de reconciliación, abrazados por el Papa, podrán tener esa esperanza de cambio. Villavicencio será fundamental y allí se dará la beatificación de dos sacerdotes, un obispo y un párroco que cayeron con el fruto de esa violencia política», agrega Ruiz Arenas.
Mártires de la violencia
Se trata de Jesús Emilio Jaramillo Monsalve, obispo de Arauca, asesinado por los guerrilleros del Ejército de Liberación Nacional el 2 de octubre de 1989 y de Pedro María Ramírez Ramos, el mártir de Armero, quien perdió la vida de modo violento el 10 de abril de 1948 durante la revuelta que siguió al homicidio del cacique local Jorge Eliecer Gaitán.
Aunque algunos exponentes del ELN (guerrilla todavía operativa) pidieron públicamente reunirse con Francisco para pedir perdón por el asesinato del obispo, la agenda papal no incluye encuentros privados ni con ellos, ni con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia –ahora reconvertidas en el partido político Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común–. «Precisamente para evitar una polarización. Ellos, los excombatientes, estarán seguramente en alguno de los actos, pero no habrá una palabra especial para ellos o un encuentro personal. De otra manera habría que atender a tantísima otra gente, por ejemplo las víctimas, que son la parte fundamental en este conflicto, a las que debemos ayudar y muchas de las cuales están en situaciones terribles», añade el funcionario vaticano. En definitiva –dice Ruiz Arenas–, el Papa «no va a ratificar, como tal, la firma del tratado con las FARC». Porque él «no pretende apoyar a los del sí o a los del no».
Una población dividida
Con esas palabras el arzobispo colombiano aborda uno de los puntos más candentes de la actualidad colombiana. Porque las negociaciones del Gobierno con los guerrilleros, que dieron como resultado un acuerdo para acabar con más de 50 años de conflicto, no son aceptadas por un sector importante de la población.
El presidente Santos se jugó buena parte de su capital político en el tratado de paz, pero perdió el plebiscito del 2 de octubre de 2016. Al final, decidió imponer la ejecución de los acuerdos por vía legislativa. En ese proceso su imagen pública quedó dañada, sobre todo a nivel interno. Sin importar el consenso internacional ni el premio Nobel de la Paz. En Colombia muchos le acusan de intentar usar la visita apostólica en su favor.
Por eso resulta significativa la aclaración de Ruiz Arenas: el Pontífice no va a bendecir un acuerdo de papel, sino a «impulsar la esperanza de que se logre la paz». «A reafirmarnos en la fe y en el compromiso, porque la paz es un don de Dios, pero debemos construirla a base de justicia, de solidaridad; cada uno de nosotros debe poner de su parte».
Demos el primer paso
La paz es una de las manifiestas prioridades del Papa. Él mismo se lo confió, pocos días atrás, el nuevo embajador de México ante la Santa Sede, Jaime del Arenal Fenochio. Durante una audiencia en el Vaticano, Bergoglio exclamó: «Colombia ya se merece la paz». Más que un deseo, un compromiso plasmado en el lema de su visita: Demos el primer paso.
El mismo Francisco comentó esa frase, en un videomensaje dirigido a los colombianos y transmitido por las televisiones del país. Dar el primer paso, dijo, es salir al encuentro del otro y extender la mano, dar un signo de paz. Una paz que Colombia busca y trabaja para conseguir desde hace mucho tiempo. «Una paz estable, duradera, para vernos y tratarnos como hermanos, nunca como enemigos. La paz nos recuerda que todos somos hijos de un mismo padre que nos ama y nos consuela», agregó. «También la Iglesia está llamada a esta tarea, a promover la reconciliación con el Señor y con los hermanos, y también la reconciliación con el medioambiente que es creación de Dios y que estamos explotando de una manera salvaje».
«Una regeneración espiritual»
En Medellín, la agenda pontificia pondrá el foco en la realidad de la Iglesia gracias el encuentro con sacerdotes, seminaristas, religiosos y grupos apostólicos. En Cartagena tendrá lugar el gran encuentro con los pobres gracias a los recorridos por uno de los barrios más pobres del país y el homenaje a san Pedro Claver, el siervo de los esclavos.
Para Guzmán Carriquiry Lecour, secretario de la Pontificia Comisión para América Latina del Vaticano, Colombia es un país apasionante, porque se trata de la «sede máxima de todas las contradicciones», un territorio con la mayor biodiversidad del mundo, con una geografía atormentada, receptáculo de etnias de todas procedencias, el lugar donde surgió el realismo mágico y 100 años de soledad. «Es un país donde aún está arraigada la tradicional cristiandad, pero también donde se vive una cultura de la violencia y una cultura del narcotráfico que plantea a la Iglesia el desafío de estar a la altura de una regeneración espiritual», advierte en diálogo con Alfa y Omega.
Hacer frente a la pobreza
«Es un pueblo –continúa Carriquiry– que requiere una reconciliación muy profunda para que los acuerdos de paz, que son un paso significativo y audaz, no queden reducidos a la fragilidad y a las ambiciones de poder de las familias de notables que gobiernan el país, sino que encuentren raíces profundas. Las causas de la violencia no se resuelven solamente con un acuerdo de paz si no se ataca el 50 % de la pobreza que sufren los colombianos, si no se ataca con inteligencia los amplios espacios de cultivo, industrialización y comercialización de la cocaína, y de la corrupción generalizada, si no se logra que los caminos de paz sean el objetivo nacional compartido por grandes convergencias políticas y populares de toda Colombia».
Andrés Beltramo Álvarez
Ciudad del Vaticano

Alfa y Omega

Francisco llega a la Nunciatura, donde le reciben con cantos y bailes


Con el horario del programa un poco atrasado debido a la gran cantidad de gente que le esperaba en las inmediaciones de la Nunciatura en Bogotá, el papa Francisco llegó en papamóvil procedente desde el aeropuerto de El Dorado, donde las autoridades del país le dieron la bienvenida.
En el exterior de la nunciatura apostólica en Bogotá, delante del portón, un grupo de niños con trajes folklóricos hizo una coreografía, otro grupo de jóvenes cantó al son de música y una banda de música centroamericana tocó en su honor.
El Pontífice recibió a dos instituciones: El IDIPRON es una entidad pública de la ciudad de Bogotá que atiende a niños, niñas, adolescentes y jóvenes en situación de vulnerabilidad social, habitantes de la calle o en riesgo de estarlo. También recibió a las Familias de la Misericordia (Famis) FAMIS de laicos y sacerdotes, que desean vivir la Misericordia, quienes trabajan en las periferias.
En medio de todo esto el Papa fue a rezar en la capilla de sede diplomática del Vaticano. Allí cenó y la comida fue preparada por la cocinera habitual de la institución. El Pontífice pernoctará en este edificio las cuatro noches que pasará en Colombia.
Hasta el domingo el papa visitará cuatro ciudades: Bogotá, Villavicencio, Medellín y Cartagena. En total celebrará tres misas y pronunciará 12 discursos.

Viaje a Colombia: el Papa Francisco en el vuelo pide oraciones por Venezuela


El papa Francisco pidió oraciones por su viaje a Colombia, para que el país vaya adelante en su camino de paz y solicitó también oraciones por Venezuela con cuyos obispos se reunirá.
Lo dijo al saludar a los periodistas al inicio del vuelo de Alitalia que partió este miércoles por la mañana desde Roma. El vuelo que le lleva a Colombia para una visita apostólica de cinco días llegará a Bogotá a las 16:30 locales (20:30 de Roma),
«Este viaje es un poco especial porque es un viaje para ayudar a Colombia a ir adelante en su camino de paz. Les pido también una oración por esto durante el viaje», dijo el Sucesor de Pedro.
«Quisiera decir que durante este vuelo sobrevolaremos Venezuela y pedirles que recen para que pueda haber un diálogo, para que el País encuentre una hermosa estabilidad y un diálogo con todos».
Las manifestaciones en Venezuela en contra y a favor del gobierno de Nicolás Maduro, han causado en los últimos cinco meses más de 120 muertos. Además, según la ONG Foro Penal, más de 5.000 personas han sido detenidas.
La crisis política venezolana se agravó con la elección de una asamblea constituyente controlada por el ejecutivo, dotada de poderes casi ilimitados y que se arrogó las prerrogativas del parlamento actual, en manos de la oposición desde las últimas elecciones libres.
Por su parte la Conferencia Episcopal de Venezuela, en su cuenta twitter señaló que el «Papa Francisco recibirá a los obispos Venezolanos este jueves 07 de septiembre, después de la misa en Bogotá».
Desde el avión se envió un telegrama al presidente Nicolás Maduro, como se hace con todos los jefes de Estado de los países que sobrevuela el vuelo papal.
El avión además hizo un pequeño desvío en su ruta debido al huracán Irma que está azotando Centroamérica y que llegará a Florida (EEUU) este próximo sábado.
Zenit

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (5,1-11)




“San Agustín repite una frase que siempre me ha impresionado. Dice: “Tengo miedo cuando pasa el Señor”. ¿Por qué? “Porque tengo miedo de que pase y no me dé cuenta”. Y el Señor pasa en nuestra vida como ha sucedido aquí, en la vida de Pedro, de Santiago, de Juan».

En este caso el Señor ha pasado en la vida de sus discípulos con un milagro. Pero «no siempre Jesús pasa en nuestra vida con un milagro». Aunque «se hace siempre oír. Siempre».

Ante el milagro de Jesús, «Simón, que era tan espontáneo, fue a Él: “Señor, aléjate de mí que soy pecador”. Lo sentía verdaderamente, porque él era así. ¿Y Jesús qué le dice? “No temas”».

«Bella palabra ésta, muchas veces repetida: “No tengáis miedo, no temáis”. Y después, y aquí está la promesa, le dice: “Te haré pescador de hombres”. Siempre el Señor, cuando llega a nuestra vida, cuando pasa por nuestro corazón, nos dice una palabra y nos hace una promesa: “Ve adelante, valor, no temas: ¡tú harás esto!”». Es «una invitación a seguirle». 

«Cuando oímos esta invitación y vemos que en nuestra vida hay algo que no funciona, debemos corregirlo» y debemos estar dispuestos a dejar cualquier cosa, con generosidad. Aunque «en nuestra vida haya algo de bueno, Jesús nos invita a dejarlo para seguirle más de cerca. Es como sucedió a los apóstoles, que dejaron todo, como dice el Evangelio: “Y sacando las barcas a tierra, dejaron todo y le siguieron”».

La vida cristiana, por lo tanto, «es siempre un seguir al Señor». Pero para seguirle primero hay que «oír qué nos dice»; y después hay que «dejar lo que en ese momento debemos dejar y seguirle».

Finalmente está la misión que Jesús nos confía. Él, en efecto, «jamás dice: “¡Sígueme!”, sin después decir la misión. Dice siempre: “Deja y sígueme para esto”». Así que, si «vamos por el camino de Jesús es para hacer algo. Ésta es la misión».

Es «una secuencia que se repite también cuando vamos a orar». De hecho «nuestra oración debe tener siempre estos tres momentos». Ante todo la escucha de la palabra de Jesús, una palabra a través de la cual Él nos da la paz y nos asegura su cercanía. Después, el momento de nuestra renuncia: debemos estar dispuestos a «dejar algo: “Señor, ¿qué quieres que deje para estarte más cerca?”. Tal vez en aquel momento no lo dice. Pero nosotros hagamos la pregunta, generosamente». Finalmente, el momento de la misión: la oración nos ayuda siempre a entender lo que «debemos hacer».

He aquí entonces la síntesis de nuestro orar: «Escuchar al Señor, tener el valor de despojarnos de algo que nos impide seguirle inmediatamente, y finalmente emprender la misión».


(Fuente: L’Osservatore Romano, 6 de septiembre de 2013)

EVANGELIO DE HOY: DEJANDO TODO, SIGUIERON A JESÚS




Lectura del santo Evangelio según san Lucas (5,1-11):

En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, estando Él a orillas del lago de Genesaret. Vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.

Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro, y echad las redes para pescar.»
Simón contestó: «Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.»

Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. 

Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.»

Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.

Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres.»
Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

Palabra del Señor