lunes, 28 de agosto de 2017

Que me conozca a mi mismo

Que me conozca a mi mismo


Señor Jesús, que me conozca a mi

y que te conozca a Ti,
Que no desee otra cosa sino a Ti.
Que me odie a mí y te ame a Ti.
Y que todo lo haga siempre por Ti.
Que me humille y que te exalte a Ti.
Que no piense nada más que en Ti.
Que me mortifique, para vivir en Ti.
Y que acepte todo como venido de Ti.
Que renuncie a lo mío y te siga sólo a Ti.
Que siempre escoja seguirte a Ti.
Que huya de mí y me refugie en Ti.
Y que merezca ser protegido por Ti.
Que me tema a mí y tema ofenderte a Ti.
Que sea contado entre los elegidos por Ti.
Que desconfíe de mí
y ponga toda mi confianza en Ti.
Y que obedezca a otros por amor a Ti.
Que a nada dé importancia sino tan sólo a Ti.
Que quiera ser pobre por amor a Ti.
Mírame, para que sólo te ame a Ti.
Llámame, para que sólo te busque a Ti.
Y concédeme la gracia
de gozar para siempre de Ti. Amén.

(Inspirada en el Libro X de las Confesiones)

Blog Reflejos de Luz

28 de agosto: san Agustín, obispo y doctor de la Iglesia


El más grande de los Padres de la Iglesia y uno de los hombres más fuera de serie de la humanidad fue, por su propio testimonio, «hijo de las lágrimas de su madre». Y si él lo afirma, ¿quién le quitará la razón? Era africano. Nació en una pequeña población de Numidia –la actual Argelia–, llamada Tagaste, de padre pagano y madre cristiana; el padre se llamaba Patricio y la madre lucía el nombre de Mónica, dechado de madres santas.
Dotado de ardiente imaginación y con un temperamento apasionado, sobresalía por su vivísima inteligencia. Gusta y saborea el triunfo en Cartago como entendido en literatura, elocuencia, arte y filosofía, pero aquel chorro de gloria le desvía de los principios cristianos que su madre le inculcó cuando era niño; se dejó arrastrar por el fresco y acariciante viento de las pasiones (vivió catorce años con una mujer, de la que tuvo un hijo, Adeodato), desviándose hacia los errores, entre ellos, el maniqueísmo, dejándose engañar por la aparente rectitud, pureza y austeridad que proclamaba. Lo dejó, defraudado, por ser un hombre hecho para la verdad, cuando se dio cuenta de que allí no estaba, como tampoco la vio entre los poetas, los retóricos ni en las antiguas teogonías.
Marcha a Roma, dejándose acompañar por su madre, en el 383. Abre en Milán una cátedra de elocuencia que él llamará luego «tienda de verbosidad y vanielocuencia». Escuchó a san Ambrosio y se aplicó al estudio de las Sagradas Escrituras. Llegó a verter lágrimas al escuchar el canto de los fieles que le traían la paz. Pero sigue atormentándole la búsqueda de la verdad que se acrecienta con las muchas incertidumbres descubiertas en el estudio de los filósofos académicos. Platón y Plotino le descubrieron insospechados horizontes, pero su cambio profundo se produjo cuando se entregó de lleno al estudio de san Pablo, derribándose el castillo de sus vanidades de modo definitivo.
En el 386 se entrega al estudio metódico –para que no hubiera lagunas– de las verdades cristianas, y se sintió ganado para la fe con la disposición de ser consecuente con la verdad sin reparar en lo costoso. Ahora entra la etapa de la meditación. Renuncia a la cátedra e inicia solo con su madre y algunos amigos el retiro de Casiciaco, cerca de Milán, entregándose a la contemplación; va descubriendo que solo vale la pena vivir para la verdad, el alma y Dios. Pone en ello toda su fogosidad temperamental. ¿Esfuerzo? Mucho. Entre lo humano y lo divino, entre la libertad y la gracia, entre la rebeldía de la carne y el anhelo del alma. Culmina con la recepción del bautismo administrado por san Ambrosio de Milán el 23 de abril del año 387.
Decide el regreso a África. En Ostia le sobreviene a Mónica la muerte. A su llegada a Tagaste se nota el cambio por la venta de todos sus bienes cuya cuantía distribuye entre los pobres; comienza con sus amigos a vivir retirado en la contemplación, la oración y el estudio; probablemente fue el germen de la futura regla monacal que lleva su nombre.
Fama de santidad aclamada por las voces de la gente. Se ordena como presbítero y en el año 396 sucede en el episcopado de Hipona a Valerio; en su casa episcopal establece el modo de vivir monacal. Su actividad como obispo es extremadamente grande. Atiende a sus fieles con dedicación sin límite; predica y polemiza, cuida de sus pobres, preside concilios. Da criterios acertados para la solución de problemas de sus fieles después de haberlos madurado en la oración y a la luz de la Escritura santa. De todas las iglesias locales, próximas y lejanas, le llueven preguntas y cuestiones de la más diversa índole, pidiendo luz y consejo para los problemas de fe más arduos. Tuvo que intervenir en la explicitación de la fe verdadera ante las dificultades filosófico-teológicas que planteaban las herejías, principalmente las del maniqueísmo, arrianismo, pelagianismo y priscilianismo rechazados, con claridad y fuerza, empleando un lenguaje apasionado y cálido, expresivo y personal que, a la vez que facilita el convencimiento, seduce.
El pensamiento moderno lo considera como principal portador e impulsor del pensamiento cristiano que lo lleva en su época a cimas jamás alcanzadas en temas antropológicos y soteriológicos, expresando con una gran claridad y precisión al tiempo que abre sorprendentes expectativas a la contemplación.
Entre la muchedumbre de sus escritos portadores del saber de su tiempo, se señalan como obras capitales Confesiones (genial historia de su vida narrada con la humildad de quien mascó el error y gozó de la misericordia divina, como primera autobiografía de la literatura universal), La ciudad de Dios (en donde explica la historia desde la perspectiva de la Providencia con ocasión de la invasión bárbara y la caída de la civilización occidental). Las obras teológicas son exposiciones clarificadoras de las polémicas, Sobre la Trinidad, Sobre la Libertad, Sobre la naturaleza y la gracia. Magistrales se muestran los comentarios a la Sagrada Escritura, entre otros, sus Comentarios a los Salmos, Comentarios al Génesis, los Tratados sobre san Juan, las Epístolas y los Sermones.
Insiste en la necesidad de la razón para llegar a penetrar en los dogmas de la fe, al tiempo que afirma y reconoce que la fe en sí misma ayuda a comprender. Pero tanto la fe como la razón encontrarán verdadera eficacia solo si están vivificadas por la caridad que las hará operantes.
Murió el genio con el santo el año 430.
Quizá por su intenso vivir humano, tan pleno de espíritu, se ha clamado por el recurso a él principalmente en los períodos de mayor oscuridad al contemplar la necesidad de firmeza y de doctrina.
Archimadrid.org

¡Ay de vosotros, guías ciegos!


Lectura del santo Evangelio según san Mateo 23, 13-22
En aquel tiempo, Jesús dijo:
«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el reino de los cielos!
Ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que quieren.
¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que viajáis por tierra y mar para ganar un prosélito, y cuando lo conseguís, lo hacéis digno de la “gehenna” el doble que vosotros!
¡Ay de vosotros, guías ciegos, que decís: “Jurar por el templo no obliga, jurar por el oro del templo sí obliga”! ¡Necios y ciegos! ¿Qué es más, el oro o el templo que consagra el oro?
O también: “Jurar por el altar no obliga, jurar por la ofrenda que está en el altar sí obliga” ¡Ciegos! ¿Qué es más , la ofrenda o el altar que consagra la ofrenda? Quien jura por el altar, jura por él y por quien habita en él; y quien jura por el cielo, jura por el trono de dios y también por el que está sentado en él».
Palabra del Señor.

domingo, 27 de agosto de 2017

Oración de Charles de Foucauld





Padre mío,

me abandono a Ti.
Haz de mí lo que quieras.

Lo que hagas de mí te lo agradezco,
estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo.
Con tal que Tu voluntad se haga en mí
y en todas tus criaturas,
no deseo nada más, Dios mío.

Pongo mi vida en Tus manos.
Te la doy, Dios mío,
con todo el amor de mi corazón,
porque te amo,
y porque para mí amarte es darme,
entregarme en Tus manos sin medida,
con infinita confianza,
porque Tu eres mi Padre.

Ángelus del Papa: Pedro centro visible de la Iglesia como quiso Jesús

«Queridos hermanos y hermanas, buenos días
El Evangelio de este domingo (Mt 16, 13-20) nos recuerda un pasaje clave del camino de Jesús con sus discípulos: el momento en el que Él quiere verificar hasta qué punto está su fe en Él. Primero, quiere saber qué piensa la gente de él. Y la gente piensa que Jesús es un profeta, cosa que es verdad, pero no recoge el centro de su Persona y no recoge el centro de su misión. Luego, les plantea a sus discípulos la pregunta que más lleva en su corazón: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy?» (v 15).
Con esa pregunta Jesús aparta decididamente a los Apóstoles de la masa, como diciendo, pero ustedes que están conmigo cada día y me conocen de cerca, ¿qué más perciben?
El Maestro se espera de los suyos una respuesta alta y distinta, con respecto a las de la opinión pública. Y, en efecto, precisamente esa respuesta brota del corazón de Simón Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (v.16) Simón Pedro encuentra en sus labios palabras más grandes que él, palabras que no nacen de sus capacidades naturales. ¡Quizá él no había ni estudiado primaria y es capaz de decir estas palabras, más fuertes que él!  Pero que le son inspiradas por el Padre celeste (cfr v.17), el cual revela al primero de los Doce la verdadera identidad de Jesús: Él es el Mesías, el Hijo enviado por dios para salvar a la humanidad. Y con esta respuesta, Jesús comprende que, gracias a la fe donada por el Padre, hay un fundamento sólido sobre el cual puede construir su comunidad, su Iglesia. Por ello le dice a Simón: tú Simón eres Pedro- es decir piedra, roca - y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (v 18).
También con nosotros, hoy, Jesús quiere seguir construyendo su Iglesia, esta casa con cimientos sólidos, donde sin embargo no faltan grietas, y que necesita constantemente ser reparada. Siempre: la Iglesia siempre necesita ser reformada, reparada, como en los tiempos de Francisco de Asís. Nosotros, ciertamente, no nos sentimos rocas, pero sólo pequeñas piedras. Sin embargo, ninguna piedra pequeña es inútil, aún más, en las manos de Jesús, la piedra más pequeña se vuelve preciosa, porque Él la recoge, la guarda con gran ternura, la talla con su Espíritu y la coloca en el lugar adecuado, que Él ha pensado desde siempre y donde puede ser útil para toda la construcción. Cada uno de nosotros es una piedra pequeña, pero en las manos de Jesús hace la construcción de la Iglesia.
Y todos nosotros nos convertimos en ‘piedras vivas’, porque cuando Jesús toma en la mano su piedra, la hace suya, llena de vida, llena de vida del Espíritu Santo, llena de vida gracias a su amor, y así tenemos un lugar y una misión en la Iglesia: ella – la Iglesia - es comunidad de vida, hecha de tantísimas piedras, todas diversas, que forman un edificio único en el signo de la fraternidad y de la comunión.
También el Evangelio de hoy nos recuerda que Jesús ha querido para su Iglesia también un centro visible de comunión en Pedro: también él, no es una piedra grande, es también una piedra pequeña, pero tomada por Jesús se vuelve centro de comunión, en Pedro y  en aquellos que le iban a suceder en la misma responsabilidad primacial, que desde los orígenes han sido identificados en los Obispos de Roma, la ciudad donde Pedro y Pablo han dado testimonio de la sangre.
Encomendémonos a María, Reina de los Apóstoles, Madre de la Iglesia. Ella estaba en el cenáculo, al lado de Pedro, cuando el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles y los impulsó a salir y a anunciar a todos que Jesús es el Señor. Hoy, nuestra Madre nos sostenga y nos acompañe con su intercesión, para que realicemos plenamente aquella unidad y aquella comunión por la cual Cristo y los Apóstoles han rezado y han dado la vida».
(Traducción del italiano: Cecilia de Malak)
(from Vatican Radio)

Confiar en Dios. Cardenal Juan José Omella.

Cuentan que un alpinista, desesperado por conquistar el Aconcagua, inició su travesía después de años de preparación. Pero quería la gloria sólo para él, por lo tanto subió sin compañeros.
Empezó su ascensión y, aunque se le fue haciendo tarde y no se preparó para acampar, decidió seguir su ruta decidido a alcanzar la cima. Oscureció. La noche cayó con gran pesadez. Todo era negro, sin ninguna visibilidad; no había luna y las estrellas estaban cubiertas por las nubes.
Subiendo por un acantilado, a sólo 100 metros de la cima, resbaló y se desplomó por los aires. Caía a una velocidad vertiginosa, sólo podía ver veloces manchas cada vez más oscuras que pasaban en la misma oscuridad tenía la terrible sensación de ser succionado por la gravedad.
Seguía cayendo. En esos angustiosos momentos, pasaron por su mente todos sus gratos y no tan gratos recuerdos. De repente sintió un tirón tan fuerte que casi lo partió en dos... ¡Sí! Como todo alpinista experimentado,había clavado estacas de seguridad con candados a una larguísima soga que lo sujetaba de la cintura.
En esos momentos de quietud, suspendido en el aire, no le quedó más que gritar: «¡Ayúdame, Dios mío!»
De repente una voz grave y profunda le contestó:
«¿Qué quieres que haga, hijo mío?»

«Sálvame, Dios mío.»
«¿Realmente crees que te puedo salvar?»
«Por supuesto, Señor.»
«Entonces corta la cuerda que te sostiene...»

Hubo un momento de silencio y quietud. El hombre reflexionó y se aferró más a la cuerda.
Días más tarde, cuentan que el equipo de rescate encontró colgado a un alpinista congelado, muerto, agarrado con fuerza, con las manos a una cuerda... A tan solo dos metros del suelo.
Que historia tan impresionante. Impresionante y reveladora. Confiar en Dios es abandonarse totalmente en sus manos. Pero, aunque eso lo vemos claro, sin embargo, cuando llega el momento queremos tener cierta seguridad de que todo irá bien. Jesús se abandonó en las manos del Padre antes de morir en la Cruz, pero tres días después resucitó y es el Señor de la Vida.
Cuando parece que todo se pone oscuro o nos viene en contra, cuando parece que empezamos a perder la paz os invito a orar con la hermosa oración del Padre Carlos de Foucauld, que empieza diciendo: «Padre, mío, me abandono a Ti, haz de mí lo que quieras, sea lo que sea te doy las gracias...». Ojalá hagamos nuestra esta invocación y poco a poco el Señor nos invada con su paz y su confianza.
Cardenal Juan José Omella

Arzobispo de Barcelona

El cardenal Re: Pablo VI tenía preparadas dos cartas de renuncia



El cardenal Giovanni Battista Re, dio a conocer que el papa Pablo VI tenía en su cajón dos cartas listas con su renuncia, en caso de que quedara inconsciente por alguna enfermedad o por algún evento inesperado.
El Código de derecho canónico vigente en esa época contemplaba que el Papa no podía renunciar sin la aceptación del Colegio Cardenalicio. La segunda carta por lo tanto invitaba al secretario de Estado de la Santa Sede para que convenza a los cardenales a aceptar su dimisión.
El prefecto emérito de la Congregación de los obispos, lo revela en una entrevista concedida a una revista de Bérgamo y retomada por el cotidiano Avvenire.
Por su parte el suplemento Vatican insider, del diario italiano La Stampa,  señala que Pablo VI se había sometido en noviembre de 1967 a una operación a la próstata con anestesia total, en una sala operatoria preparada en el departamento papal.
El cardenal precisa: “Las cartas me las ha mostrado el papa Juan Pablo II”, añade que si bien acabó siendo cardenal, su sueño “era ser párroco”.
Recuerda también a sus ‘seis Papas’: “Para abrir el Concilio fue necesario Juan XXIII, quien tenía gran confianza en Dios y en los hombres”; “Pablo VI fue el papa que simplificó la curia y quería simplificación e internacionalización de los cargos”; “el Papa Luciani me dijo que el papado era un peso demasiado grande para sus espaldas”; y Juan Pablo II, de quien el cardenal Re era estrecho colaborador. Para él, “controlaba la traducción de sus discursos. Un gran hombre y un gran santo”.
Y después el cardenal cita a Benedicto XVI, “un gran teólogo, una persona suave, con la fama de ser duro pero no es así. Es bueno y bondadoso, tiene una inteligencia extraordinaria”. Y concluye con Francisco: “el papa justo en el momento justo”.
En la entrevista le preguntan sobre el atentado de Ali Agca, pero el cardenal prefirió que sus respuestas fueran reservadas.
(ZENIT – Ciudad del Vaticano, Abr. 2017)

Santa Mónica – 27 de agosto


A esta madre santa le cupo la gloria de dar a luz a uno de los grandes santos y doctores de la Iglesia, Agustín, al que, con sus ardientes y emocionadas súplicas, rescató del mundo, instándole a volver los ojos a Dios. Es modelo y patrona de las madres cristianas.
De origen bereber, nació en Tagaste, actual Souk-Aharás, Argelia, el año 332. Después de recibir el bautismo en plena juventud, según la costumbre de la época, se sintió cada vez más inclinada a la vida de oración. A ella hubiera querido consagrar su existencia, pero sus padres la desposaron con Patricio, que además de ser pagano y mucho mayor que ella, nunca la respetó, sino que le infligió gravísimo maltrato durante treinta años. Era pronto a la ira, mujeriego, bebedor, ludópata, y tan insensible hacia lo espiritual que su temperamento violento se manifestaba a la primera de cambio. En medio de esta dramática espiral que presidía su hogar, Mónica acudía a misa diariamente y sobrellevaba los constantes atropellos con heroica paciencia. No queriendo exasperarlo en modo alguno, guardaba silencio o respondía con dulzura mostrando su buen carácter cuando la situación se tornaba insostenible.
Poco a poco, y a fuerza de dar testimonio con su vida, amparada en el amor de Dios, con oración y sacrificios fue venciendo la dureza del corazón de su esposo y se produjo lo que parecía un imposible: su conversión al cristianismo. Patricio se bautizó el año 371. Antes Mónica ya se había ganado a pulso la simpatía de su suegra, una mujer de agrio carácter y entrometida en las cuestiones de su hogar. Pero a Mónica aún le quedaba apurar otro cáliz, ya que de tres hijos nacidos en el matrimonio, una mujer y dos varones, Agustín iba a darle no pocos quebraderos de cabeza.
Patricio murió un año después de ser bautizado, y ella tuvo que lidiar en soledad con el tarambana de Agustín, que si bien era brillante en sus estudios y se había formado rigurosamente en Cartago, en su vida personal dejaba mucho que desear. Experto en filosofía, literatura y oratoria, pero completamente alejado de la fe, iba sumiéndose en un pozo cada vez más hondo para consternación de Mónica que sufría indeciblemente. Hubo una breve inflexión en la vida de Agustín que hizo pensar que le daría un giro definitivo. El hecho es que tras la muerte de su padre, enfermó, y temiendo seguir sus pasos pensó en hacerse católico; hasta recibió instrucción para ello. Pero en cuanto sanó, se involucró con los maniqueos y prosiguió dando tumbos.
Un día Mónica lo echó de casa sin contemplaciones al ver que no desistía de sus errores y falsedades contrarios a la verdadera religión. En un sueño vio que alguien se acercaba a consolarla en medio de su dolor por la pérdida espiritual de Agustín, y le aseguraba que volvería con ella. La interpretación de éste fue que su madre se haría maniquea como él. Pero Mónica respondió: «En el sueño no me dijeron, la madre irá a donde el hijo, sino el hijo volverá a la madre». Aunque Agustín quedó impresionado por la respuesta, aún tardó nueve años en convertirse.
El obispo de Tagaste, conmovido por los sacrificios y sufrimientos de Mónica, le había asegurado: «es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas». Ella continuó orando y llorando, pero también lo siguió con religiosa terquedad a Roma para rescatarlo de las malas influencias. Agustín, al ver que iba tras él, intentó esquivarla tomando un barco, pero cuando ella se percató de la maniobra, se embarcó en otra nave. Después, en Milán Mónica tomó contacto con san Ambrosio, cuya intervención sería decisiva para la conversión de Agustín el año 387. Abrazado por fin al cristianismo, el santo volvió con su madre. Antes de que le asaltara la última enfermedad, Mónica le había confiado: «Hijo, ya nada de este mundo me deleita. Ya no sé cuál es mi misión en la tierra ni por qué me deja Dios vivir, pues todas mis esperanzas han sido colmadas. Mi único deseo era vivir hasta verte católico e hijo de Dios. Dios me ha concedido más de lo que yo le había pedido, ahora que has renunciado a la felicidad terrena y te has consagrado a su servicio». Poco tiempo después, ese mismo año 387, hallándose unidos, murió en Ostia cuando Agustín estaba a punto de partir a África; él aseguraba que su madre le había engendrado dos veces.
Zenit

¿Qué decimos nosotros?

También hoy nos dirige Jesús a los cristianos la misma pregunta que hizo un día a sus discípulos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». No nos pregunta solo para que nos pronunciemos sobre su identidad misteriosa, sino también para que revisemos nuestra relación con él. ¿Qué le podemos responder desde nuestras comunidades?
¿Nos esforzamos por conocer cada vez mejor a Jesús o lo tenemos «encerrado en nuestros viejos esquemas aburridos» de siempre? ¿Somos comunidades vivas, interesadas en poner a Jesús en el centro de nuestra vida y de nuestras actividades o vivimos estancados en la rutina y la mediocridad?
¿Amamos a Jesús con pasión o se ha convertido para nosotros en un personaje gastado al que seguimos invocando mientras en nuestro corazón va creciendo la indiferencia y el olvido? Quienes se acercan a nuestras comunidades, ¿pueden sentir la fuerza y el atractivo que tiene para nosotros?
¿Nos sentimos discípulos de Jesús? ¿Estamos aprendiendo a vivir con su estilo de vida en medio de la sociedad actual o nos dejamos arrastrar por cualquier reclamo más apetecible para nuestros intereses? ¿Nos da igual vivir de cualquier manera o hemos hecho de nuestra comunidad una escuela para aprender a vivir como Jesús?
¿Estamos aprendiendo a mirar la vida como la miraba él?¿Miramos desde nuestras comunidades a los necesitados y excluidos con compasión y responsabilidad o nos encerramos en nuestras celebraciones, indiferentes al sufrimiento de los más desvalidos y olvidados: los que fueron siempre los predilectos de Jesús?
¿Seguimos a Jesús colaborando con él en el proyecto humanizador del Padre o seguimos pensando que lo más importante del cristianismo es preocuparnos de nuestra salvación? ¿Estamos convencidos de que el modo mejor de seguir a Jesús es vivir cada día haciendo la vida más humana y más dichosa para todos?
¿Vivimos el domingo cristiano celebrando la resurrección de Cristo? ¿Creemos en Jesús resucitado, que camina con nosotros lleno de vida? ¿Vivimos acogiendo en nuestras comunidades la paz que nos dejó en herencia a sus seguidores? ¿Creemos que Jesús nos ama con un amor que nunca acabará? ¿Creemos en su fuerza resucitadora? ¿Sabemos ser testigos del misterio de esperanza que llevamos dentro de nosotros?

José Antonio Pagola

Tu eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 16, 13-20
En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:
«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?».
Ellos contestaron:
«Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas».
Él les preguntó:
«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».
Jesús le respondió:
«¡ Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está los cielos.
Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.
Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».
Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.
Palabra del Señor.

Videomensaje del Papa por los 300 años de la coronación de Nuestra Señora de Czestochowa


Queridos peregrinos,
saludo a todos con gran afecto, especialmente a ustedes que han recorrido largo camino para llegar hoy, junto con los queridos hermanos Obispos y los sacerdotes, a la capital espiritual del País.
Si Czestochowa está en el corazón de Polonia, significa que Polonia tiene un corazón materno; significa que cada latido de vida se da junto a la Madre de Dios. A Ella  confían ustedes todo: el pasado, el presente, el futuro, las alegrías y las angustias de su vida personal y de aquellas de su amado País. Esto es muy hermoso.
Para mí es muy hermoso recordar haber hecho este camino con ustedes, el año pasado, cuando me puse bajo la mirada de la Madre, cuando puse mis ojos en aquellos de la Virgen, confiando a su corazón lo que estaba en mi corazón y en el de ustedes. Conservo viva y grata la memoria de aquellos momentos, la alegría de haber ido también yo peregrino a celebrar, bajo la mirada de la Madre, los 1050 años del bautismo de Polonia.
Hoy otra ocasión de gracia los reúne en gran número: hace trecientos años el Papa concedió colocar las coronas papales sobre la imagen de la Virgen de Jasna Gora, su Reina. Es un gran honor tener por Madre una Reina, la misma Reina de los Ángeles y de los Santos, que reina gloriosa en el cielo. Pero da aún más alegría el saber tener por Reina a una Madre, amar como una Madre a Aquella que llamamos Señora. La sagrada imagen muestra de hecho que María no es una Reina distante sentada en un trono, sino la Madre que abraza al Hijo y, con Él, a todos nosotros sus hijos. Es una Madre verdadera, con el rostro marcado, una Madre que sufre porque verdaderamente  se lleva al corazón los problemas de nuestra vida. Es una Madre cercana, que jamás nos pierde de vista; es una Madre tierna, que cada día nos lleva de la mano por el camino.
Esto es lo que les deseo experimentar en el solemne Jubileo que están celebrando:  que sea el momento favorable para sentir que ninguno de nosotros es huérfano, en este mundo de orfandad ninguno de nosotros es huérfano, porque cada uno tiene cerca a una Madre, Reina insuperable de ternura. Ella nos conoce y nos acompaña con su estilo típicamente materno: dócil y valiente al mismo tiempo; jamás invasivo y siempre perseverante en el bien; paciente frente al mal y activo en el promover la concordia.
Que la Virgen les dé la gracia de alegrarse juntos, como familia reunida alrededor de la Madre. En este espíritu de comunión eclesial, hecho aún más fuerte por el lazo único que une Polonia al sucesor de Pedro, les imparto de corazón la Bendición Apostólica. Y pido a todos ustedes, por favor, de rezar por mí.
Gracias
(from Vatican Radio)

sábado, 26 de agosto de 2017

Mensaje del cardenal Parolin a los católicos rusos



 “No teman –dijo el cardenal Pietro Parolin– sepan que están cerca del Papa y de la Iglesia universal, y traten de dar un gran testimonio de fe y amor en vuestra sociedad”.
Con estas palabras el secretario de Estado de la Santa Sede animó a los católicos rusos en el encuentro que tuvo con los sacerdotes católicos Kirill Gorbunov y Mikhail Fateev, de la archidiócesis católica de Moscú, el 22 de agosto de 2017, durante el viaje de cuatro días en Rusia. En este viaje se reunió con los más altos funcionarios del Estado y del patriarcado ortodoxo e hizo algunas confidencias sobre su sacerdocio. Traducimos del ruso.
“Quiero transmitir algo que puede parecer obvio, pero creo que puede ser significativo –dijo el Cardenal– y es tratar de no tener miedo y nunca desanimarse ante de las dificultades. (…) Si aspiramos a ser fieles al Señor, a amarlo y amarnos los unos a los otros, entonces el Señor estará con nosotros y nos ayudará”.
Y añadió: “Si estamos contentos con nuestra fe, nuestro encuentro con Cristo nos ayudará a dar respuestas a las preguntas de la gente y a los problemas de sus vidas”.
El Cardenal también hizo hincapié en que era importante “desarrollar la capacidad de dar testimonio”. Porque “de hecho cada uno tiene que mostrar a los demás la alegría de haber encontrado a Cristo, como indicó el papa Francisco. Ese encuentro puede realmente transformar toda nuestra vida, darle un significado profundo, a pesar de todos los problemas, de todos los sufrimientos que cada uno de nosotros debe enfrentar en esta vida.
Hay que ser testigos en esta sociedad, que ha heredado del pasado reciente el ateísmo, la indiferencia religiosa. Hay que mostrar a los otros que ser cristiano es bueno, eso es lo que llena la vida de significado”.
El cardenal Parolin respondió también a una pregunta sobre su vida sacerdotal diciendo que lamentaba la falta de tiempo para el trabajo pastoral: “Siempre he tratado de dar un carácter pastoral a la actividad diplomática que realizo. Pero, claramente tengo menos tiempo para esa”.
“Obviamente –continuó el cardenal italiano– como tengo más responsabilidades en la Curia Romana, al servicio del Papa, la oportunidad de consagrar el tiempo directamente a la actividad pastoral disminuye cada vez más. Aunque siempre me he esforzado por ello, porque fundamentalmente soy un sacerdote.
Creo que mi vocación es ser sacerdote. El hecho de que empezara a trabajar en la diplomacia de la Iglesia fue una coincidencia de circunstancias y no una elección consciente, como elegir el sacerdocio, ser siervo del Señor, pastor de la comunidad”.
El Cardenal confió que hacía “un gran esfuerzo para dedicar un cierto tiempo cada semana, cada mes” a las actividades pastorales. “Cuando eso sucede”, dijo, “lo hago con mucho agrado. Por ejemplo, recientemente he pasado diez días de vacaciones en las montañas para descansar y como no había una iglesia cerca, no había cura, por algún tiempo he cubierto con sus funciones. Por lo tanto sí, sucede …”.
Respondiendo a una pregunta sobre algún escritor espiritual o libro espiritual que sea importante para él, el Secretario de Estado dijo: “En cuanto a la espiritualidad, no tengo mucho tiempo para leer. Ahora leo por ejemplo los escritos de San Bernardo, y estos me ayudan en mi ministerio”.
ZENIT

26 de agosto: santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars, fundadora de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados


Los mayores, esos a los que se les ha dado en llamar el colectivo de la Tercera Edad, que ven el ocaso de sus vidas desde el crepúsculo teñido de rojas claridades malva, tienen hoy mucho que agradecer a Dios y bastantes de ellos también a las Hermanitas de los Ancianos Desamparados porque les cuidan, atienden, dan casa y ofrecen el calor de la familia que quizá perdieron o acaso les abandonó porque un día se les ocurrió pensar que de los viejos ya no se podía esperar mucho más, o que eran molestos con sus manías y achaques. Decía que ellos agradecen al buen Dios el testimonio y vida de unas personas, en este caso siempre mujeres, que han hecho de su existencia una ofrenda de caridad efectiva.
Logran hacer de sus casas un lugar agradable, tranquilo, limpio y ventilado; allí se reza, se come alimento sano, se proporcionan las medicinas pertinentes y, sobre todo, se derrocha cariño de las dos clases: humano y sobrenatural. Son un grupo de mujeres tocadas que están alegres, animosas, activas y optimistas porque es mucho lo que tienen que levantar; se les ve por las calles llamando a las puertas de las casas, en pareja, pidiendo mucho de lo que sobra o algo de lo que se usa; llevan con ellas a todos el recuerdo de la caridad. ¡Claro que son piadosas! Muy rezadoras… de la Virgen y del Sagrario sacan la entereza, la fuerza, el afecto o cariño, comprensión y paciencia que de continuo han de derrochar a raudales cuando charlan, limpian, lavan, planchan, cocinan para los ancianos o cuando tienen que animar a tanta juventud acumulada.
Teresa de Jesús, la catalana de Lérida, tuvo en lo humano muchas coincidencias con su homónima de Castilla; delicada de salud en el cuerpo y alma grande, espontánea y andariega, con gracejo agradable. En lo divino tuvieron de común el olvido de sí y, por amor a Dios, saber darse.
Nació en Aytona en 1843 en familia de payeses cristianos. Creció en un clima doméstico de trabajo honrado. Estudia en Lérida para maestra y enseñó en Argensola (Barcelona); allí la veían desplazarse cada semana a Igualada para confesarse.
El Padre Francisco Palau, tío abuelo suyo, está en trance de fundación de algo y la invita para que le ayude en el intento; pero Teresa ha pensado más en la vida religiosa donde podrá vivir en silencio y oración; por eso se hace clarisa entre las del convento de Briviesca, en Burgos, mientras que su hermana Josefa ingresa en Lérida en las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Pero la situación política de la segunda mitad del siglo xix es complicada y compleja, no permite el gobierno la emisión de votos. Se hace entonces Terciaria Franciscana y recupera algo de la actividad docente.
Cerca de su patria chica, en Huesca y Barbastro, un grupo de sacerdotes –con D. Saturnino López Novoa a la cabeza– piensa en una institución femenina que se dedicara a la atención de ancianos abandonados. Comprende Teresa que este es su campo y, arrastrando consigo a su hermana María y a otra paisana, comienza en «Pueyo» con una docena de mujeres y desde entonces es la cabeza, permaneciendo veinticinco años en el gobierno.
Desde Barbastro cambia a Valencia donde está la casa-madre de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados porque es la patrona de la ciudad quien da apellido a la Institución. Luego se extenderán por Zaragoza, Cabra y Burgos; llenarán de casas-asilo –que así le gusta a la madre que se llamen para resaltar el clima de familia– la geografía española y pasan las fronteras. Cuando muere Teresa de Jesús en Liria, el año 1897, llegan a 103 y deja tras de sí a más de un millar de Hermanitas para continuar su labor hasta siempre, porque siempre ancianos habrá y algunos de ellos quedarán desamparados.
No quiso ella canonizaciones. Lo dejó dicho y escrito por si hubiera dentro de la Congregación con el paso del tiempo Hermanitas canonizables. Mandó que no se gastara dinero en proponer a nadie la subida a los altares. Ese fue el motivo de que pasaran los años sin el intento de iniciar su proceso de beatificación; y el rapidísimo salto a la canonización se debió a la sensibilidad del pueblo y a las manifestaciones sobrenaturales que tan frecuentemente Dios quiso mandar.
Fue canonizada por el Papa Pablo VI en 1974.
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25 de agosto: san Luis, rey de Francia



«Más prefiero verte muerto, que en desgracia de Dios por el pecado mortal». En esta frase está resumida toda la táctica pedagógica de su madre. Fueron sólidos principios cristianos los que quiso transmitirle como preparación a la labor de rey que había de desempeñar en el futuro para buscar el bien común de su pueblo. Pero esto no quiere decir que se tratara de un pietismo –tan frecuente como inútil– consistente en acumular prácticas religiosas, sin más; ni de falsa religiosidad fundada en sensibilidades y consuelos; más bien fue todo lo contrario. El esmero de la formación consistió en inculcarle firmeza, espíritu de justicia y fortaleza basados en el amor a Dios por encima de todas las cosas y en una sólida piedad disciplinada, no abandonada al gusto del momento, ni a los vaivenes de los sentimientos, y mucho menos a merced de la conveniencia. La consecuencia fue un decidido aborrecimiento del pecado.
Y todo ello era necesario, porque las cosas van por otros derroteros en las cortes del siglo XIII en ellas se inspiran los humos del desorden y se cuecen turbulencias, tropelías, atropellos y traiciones a pesar de vivir en una etapa de grandes heroísmos cristianos.
Nació Luis el día 25 de abril de 1214, en Poissy. Fue rey de Francia a los 12 años, a la muerte de su padre, Luis VIII, aunque quedó bajo la regencia de su madre española Doña Blanca de Castilla, siendo por tanto primo de nuestro, también rey, san Fernando. Se casó Luis IX con Margarita, la hija del conde provenzal Ramón Berenguer, con quien tuvo once hijos.
Su reinado fue de los más completos y ejemplares del mundo occidental en su época. Tomó en serio aquello de que a la función de reinar le corresponde la noción de servicio y supo hacerlo de modo que el trono se obligara a tener más deberes que derechos. Queriendo eficazmente la paz para sus súbditos, pasa con bastante frecuencia por alto los informes que llegan a su mesa por el camino oficial del reino que con harta frecuencia están torcidos, son tendenciosos o llevan la marca de la manipulación y del ocultamiento. Además, llega a intervenir personalmente en la administración de la justicia. No es blando, cuando se trata de sofocar la rebelión de algunos de sus nobles apoyados por los ingleses; pero, en la victoria, supo tener misericordia con Hugo de Lusignan y con Raimundo de Tolosa; con los mismos ingleses vencidos fue igualmente magnánimo en la firma del tratado de París del 1259.
En el campo de las relaciones con la Iglesia quiso ser hijo fiel y lo logró. Medió en el pleito entre el papa y Federico II, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (1215-1250) y rey de Sicilia, que estaban enfrentados por la cuestión de las investiduras y las regalías. No dejó de usar mano dura con sus súbditos clérigos, cuando tuvo que corregir los abusos de autoridad en que incurrían con frecuencia. También protegió los templos y hasta facilitó la lucha contra la herejía.
La vida privada del rey mostró usos poco frecuentes por lo llamativo de las obras. Con su familia, fue especialmente cuidadoso en el punto de educar cristianamente a sus hijos de modo personal. Su piedad y devoción personal resultaba altamente llamativa. Construyó la Santa Capilla en su propia residencia y la preparó para depositar en ella, con el fin de venerarlas, reliquias que tuvo por auténticas y verdaderas, como el hierro de la lanza que atravesó el costado de Jesús, la corona de espinas y un trozo de la vera cruz. De la autenticidad tendrán que decidir los expertos; pero, desde luego, el rey pasaba largas horas de oración en su lugar de recogimiento. Quizá de ahí fue de donde sacó los gestos caritativos –los que andaban de boca en boca por su reino– de atender a pobres desarrapados, sentándolos a su propia mesa, lavando a algunos las heridas y a otros impedidos dándoles de comer con su propia mano.
Quizá al hombre de nuestra época le resulte difícil compaginar tales muestras de amor al prójimo con el otro tema que resta por mencionar: Las Cruzadas. No eran un juego de niños, ni un paseo militar. Dos veces movilizó a sus tropas e intervino de modo personal y directo en el intento de recuperar para la Cristiandad los Santos Lugares. Era el proyecto militar de la Edad Media, la oportunidad de manifestar fe y audacia. El paso de los siglos quizá no permita considerar en toda su grandeza aquella gesta que perteneció al espíritu del caballero cristiano, batiéndose con sacrificio por la cruz, pero eso sería anacronismo. La primera vez fue atendiendo al llamamiento que hizo el papa Inocencio IV en el concilio de Lyon, ya que los intentos anteriores habían pasado sin éxito. Luis IX embarcó en Marsella y llegó a Chipre, que se señaló como punto de reunión y partida; con 40.000 hombres conquista Damieta, pero se estrella en las proximidades de El Cairo; cae preso y, liberado, pasa cuatro años fortificando las plazas cristianas y visitando los Santos Lugares con profunda piedad. El papa Clemente IV alienta de nuevo el rescate de Tierra Santa; Luis pasa de Túnez a conquistar Cartago y hasta ese momento todo le va bien; pero ahora el enemigo principal es la peste que arrasa el campamento y hace imposible la prosecución de la lucha y de la gesta de conquista.
Cuidando personalmente a los apestados, se contagia y muere el 25 de agosto de 1270, musitando la palabra «Jerusalén». En esa ocasión, murieron también su hijo Juan Tristán, el Legado Pontificio y la flor y nata de su ejército. Sus restos se trasladaron en un primer momento a Sicilia y, posteriormente, al panteón de San Dionisio, en París.
Lo canonizó el papa Bonifacio VIII y los franceses quisieron asumirlo como Patrón.
¿No es verdad que la figura de un rey tan peculiar parece salida de una colección de bellos relatos que, en realidad, nunca existieron? Pero él y sus obras bien documentadas –narradas por Joinville en Histoire de Saint Louis, entre otros– están a disposición de la historia.
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No hacen lo que dicen

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Lectura del santo Evangelio según san Mateo 23, 1-12
En aquel tiempo, habló Jesús a la gente y a sus discípulos, diciendo:
En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen.
Lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar.
Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y agrandan las orlas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias en las plazas y que la gente los llame “rabbi”.
Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “rabbi”, porque uno solo es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos.
Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo.
No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías.
El primero entre vosotros será vuestro servidor.
El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
Palabra del Señor.