sábado, 29 de abril de 2017

Francisco y Tawadros firman Declaración Conjunta: “Esfuerzo común en la búsqueda de la unidad”

 Al finalizar el Encuentro entre el Papa Francisco y el Patriarca de los Coptos, Tawadros II, firmaron una Declaración Conjunta en la Sede del patriarcado de El Cairo.
En la declaración resaltan el privilegio de estar juntos en Egipto, “una señal de que nuestra relación es cada año más sólida, y de que seguimos creciendo en cercanía, fe y amor en Cristo nuestro Señor”.
Tawadros II y Francisco constatan que esta experiencia común de comunión antes de la separación reviste un significado especial para los esfuerzos actuales, encaminados a restaurar la plena comunión. “La mayor parte de las relaciones que existieron en los primeros siglos entre la Iglesia Católica y la Iglesia Copta Ortodoxa han continuado hasta nuestros días, escriben, a pesar de las divisiones, y han sido recientemente revitalizadas. Suponen un desafío para que intensifiquemos nuestros esfuerzos comunes y perseveremos en la búsqueda de la unidad visible en la diversidad, bajo la guía del Espíritu Santo”.
La Declaración Conjunta recuerda que, “cuando los cristianos oran juntos, se dan cuenta de que lo que los une es mucho más de lo que los divide”. Por eso, el anhelo de unidad se inspira en la oración de Cristo «que todos sean uno». En este sentido invitan a profundizar nuestras raíces comunes en la única fe apostólica.
“Intensifiquemos nuestra incesante oración por todos los cristianos de Egipto y de todo el mundo y, especialmente, por los de Oriente Medio. Las trágicas experiencias y la sangre derramada por nuestros fieles, que han sido perseguidos y asesinados por la única razón de ser cristianos, nos recuerdan aún más que el ecumenismo del martirio es el que nos une y nos anima en el camino hacia la paz y la reconciliación”, constatan.
(Renato Martinez – Radio Vaticano)
Texto completo de la Declaración Conjunta firmada por el Papa Francisco y Tawadros II
DECLARACIÓN FINAL DE SU SANTIDAD FRANCISCO Y SU SANTIDAD TAWADROS II
1.     Nosotros, Francisco, Obispo de Roma y Papa de la Iglesia Católica, y Tawadros II, Papa de Alejandría y Patriarca de la Sede de San Marcos, damos gracias a Dios en el Espíritu Santo porque nos ha concedido la gozosa oportunidad de encontrarnos una vez más para intercambiar nuestro abrazo fraternal y unirnos de nuevo en una misma oración. Damos gloria al Todopoderoso por los vínculos de fraternidad y amistad que unen la Sede de San Pedro y la Sede de San Marcos. El privilegio de estar juntos aquí en Egipto es una señal de que nuestra relación es cada año más sólida, y de que seguimos creciendo en cercanía, fe y amor en Cristo nuestro Señor. Damos gracias a Dios por este amado Egipto, «patria que vive dentro de nosotros», como solía decir Su Santidad el Papa Shenouda III, «el pueblo bendecido por Dios» (cf. Is 19,25), con su antigua civilización faraónica, su herencia griega y romana, su tradición copta y su presencia islámica. Egipto es el lugar donde la Sagrada Familia encontró refugio, tierra de mártires y santos.
2.     Nuestro profundo vínculo de amistad y fraternidad tiene su origen en la plena comunión que existía entre nuestras Iglesias en los primeros siglos y que se fue expresando de muchas maneras a través de los primeros Concilios Ecuménicos, remontándose al Concilio de Nicea en el año 325 y a la contribución del valeroso Padre de la Iglesia san Atanasio, que se ganó el título de «Defensor de la Fe». Nuestra comunión se manifestaba a través de la oración y de prácticas litúrgicas similares, de la veneración de los mismos mártires y santos, y a través del crecimiento y difusión del monaquismo, siguiendo el ejemplo del gran san Antonio, conocido como el Padre de todos los monjes.
Esta experiencia común de comunión antes de la separación reviste un significado especial para nuestros esfuerzos actuales, encaminados a restaurar la plena comunión. La mayor parte de las relaciones que existieron en los primeros siglos entre la Iglesia Católica y la Iglesia Copta Ortodoxa han continuado hasta nuestros días, a pesar de las divisiones, y han sido recientemente revitalizadas. Suponen un desafío para que intensifiquemos nuestros esfuerzos comunes y perseveremos en la búsqueda de la unidad visible en la diversidad, bajo la guía del Espíritu Santo.
3.     Recordamos con gratitud el histórico encuentro que tuvo lugar hace cuarenta y cuatro años entre nuestros predecesores, el Papa Pablo VI y el Papa Shenouda III, en un abrazo de paz y fraternidad, después de muchos siglos, cuando nuestros mutuos vínculos de amor no fueron capaces de expresarse a causa de la distancia que había surgido entre nosotros. La Declaración Común que firmaron el 10 de mayo de 1973 representó un hito en el camino del ecumenismo y sirvió como punto de partida para la Comisión para el Diálogo Teológico entre nuestras Iglesias, que ha dado muchos frutos y ha abierto el camino para un diálogo más amplio entre la Iglesia Católica y la entera familia de las Iglesias Ortodoxas Orientales. En esa Declaración, nuestras Iglesias reconocieron que, de acuerdo con la tradición apostólica, profesan «una misma fe en un solo Dios Uno y Trino» y «la divinidad del Unigénito Hijo Encarnado de Dios... Dios perfecto con respecto a su divinidad, y perfecto hombre con respecto a su humanidad». También se reconoció que «la vida divina nos es dada y alimentada a través de los siete sacramentos» y que «veneramos a la Virgen María, Madre de la Luz Verdadera», la «Theotokos».
4.     Con profunda gratitud recordamos nuestro encuentro fraterno en Roma, el 10 de mayo de 2013, y el establecimiento del 10 de mayo como el día en el que cada año profundizamos la amistad y la fraternidad entre nuestras Iglesias. Este renovado espíritu de cercanía nos ha permitido discernir una vez más que el vínculo que nos mantiene unidos lo recibimos de nuestro único Señor el día de nuestro Bautismo. Porque es a través del Bautismo que nos convertimos en miembros del único Cuerpo de Cristo que es la Iglesia (cf.1Co 12,13). Esta herencia común es la base de nuestra peregrinación hacia la plena comunión, a medida que crecemos en el amor y la reconciliación.
5.     Somos conscientes de que en esta peregrinación aún nos queda mucho camino por recorrer, sin embargo, no podemos ignorar lo mucho que ya hemos avanzado. Recordamos, en particular, el encuentro entre el Papa Shenouda III y san Juan Pablo II que, durante el Gran Jubileo del año 2000, vino a Egipto como peregrino. Estamos decididos a seguir sus pasos, movidos por el amor a Cristo, Buen Pastor, con la profunda convicción de que caminando juntos crecemos en la unidad. Que sepamos encontrar nuestra fuerza en Dios, fuente perfecta de comunión y amor.
6.     Este amor encuentra su expresión más profunda en la oración común. Cuando los cristianos oran juntos, se dan cuenta de que lo que los une es mucho más de lo que los divide. Nuestro anhelo de unidad se inspira en la oración de Cristo «que todos sean uno» (Jn 17,21). Profundicemos nuestras raíces comunes en la única fe apostólica, rezando juntos y buscando traducciones comunes de la Oración del Señor y también una fecha común para la celebración de la Pascua.
7.     Mientras caminamos hacia el día bendito en que finalmente podamos reunirnos en torno a la misma mesa Eucarística, podemos cooperar en muchas áreas y demostrar de manera tangible lo mucho que ya nos une. Podemos dar juntos un testimonio de los valores fundamentales como la santidad y la dignidad de la vida humana, la santidad del matrimonio y de la familia, y el respeto por toda la creación, que Dios nos ha confiado. Frente a muchos desafíos actuales como la secularización y la globalización de la indiferencia, estamos llamados a ofrecer una respuesta común cimentada en los valores del Evangelio y en los tesoros de nuestras respectivas tradiciones. A este respecto, nos sentimos animados a profundizar en el estudio de los Padres Orientales y Latinos, y a promover un fecundo intercambio en la vida pastoral, principalmente en la catequesis y en el mutuo enriquecimiento espiritual entre comunidades monásticas y religiosas.
8.     Nuestro testimonio cristiano compartido es una señal, llena de gracia, de reconciliación y esperanza para la sociedad egipcia y sus instituciones, una semilla plantada para que produzca frutos de justicia y de paz. Puesto que creemos que todos los seres humanos son creados a imagen de Dios, nos afanamos para que la tranquilidad y la concordia sean una realidad de la coexistencia pacífica entre cristianos y musulmanes, dando así testimonio de lo mucho que Dios desea la unidad y armonía de toda la familia humana y la igual dignidad de todo ser humano. Compartimos también la misma preocupación por el bienestar y el futuro de Egipto. Todos los miembros de la sociedad tienen el derecho y el deber de participar plenamente en la vida de la nación, pudiendo disfrutar de una ciudadanía plena y equitativa, y colaborar en la construcción de su país. La libertad religiosa, incluida la libertad de conciencia, arraigada en la dignidad de la persona, es la piedra angular de todas las demás libertades. Es un derecho sagrado e inalienable.
9.     Intensifiquemos nuestra incesante oración por todos los cristianos de Egipto y de todo el mundo y, especialmente, por los de Oriente Medio. Las trágicas experiencias y la sangre derramada por nuestros fieles, que han sido perseguidos y asesinados por la única razón de ser cristianos, nos recuerdan aún más que el ecumenismo del martirio es el que nos une y nos anima en el camino hacia la paz y la reconciliación. Porque como escribe san Pablo: «Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1Co 12, 26).
10.  El misterio de Jesús, que murió y resucitó por amor, está en el corazón de nuestro camino hacia la plena unidad. Una vez más, los mártires son quienes nos guían. En la Iglesia primitiva, la sangre de los mártires fue semilla de nuevos cristianos. Así también en nuestros días, la sangre de tantos mártires será semilla de unidad entre todos los discípulos de Cristo, signo e instrumento de comunión y paz para el mundo.
11.  En obediencia a la acción del Espíritu Santo que santifica a la Iglesia, la custodia a lo largo de los siglos y la conduce hacia la unidad plena, aquella unidad por la que oró Jesucristo:
Hoy, nosotros, Papa Francisco y Papa Tawadros II, para complacer al corazón del Señor Jesús, así como también al de nuestros hijos e hijas en la fe, declaramos mutuamente que, con una misma mente y un mismo corazón, procuraremos sinceramente no repetir el bautismo a ninguna persona que haya sido bautizada en algunas de nuestras Iglesias y quiera unirse a la otra. Esto lo confesamos en obediencia a las Sagradas Escrituras y a la fe de los tres Concilios Ecuménicos reunidos en Nicea, Constantinopla y Éfeso.
Pedimos a Dios nuestro Padre que nos guíe, con los tiempos y los medios que el Espíritu Santo elija, a la plena unidad en el Cuerpo místico de Cristo.
12.  Sigamos pues las enseñanzas y el ejemplo del apóstol Pablo, que escribe: «[Esforzaos] en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos» (Ef 4, 3-6).
(from Vatican Radio)

viernes, 28 de abril de 2017

El Imán de Al-Azhar: ‘Contra la violencia, sin distinción alguna’



El gran imán de la Universidad de Al-Azhar, Ahmed Al Tayyeb, en el ‘Global Peace Conference’, inició sus palabras invitando a todos a ponerse en pié y observar unos instantes de silencio por las víctimas del terrorismo en el mundo.
Un encuentro este, dijo, cuando “la paz se ha perdido”, “tantos países sufren la violencia” y “tantos prófugos buscan esta paz”. Recordó que muchos mueren en el desierto y en el mar. Una tragedia inmensa. Y precisó que considera que “la historia nunca conoció tragedias de tales dimensiones”.
Entre las causas de la violencia, señaló el imán, “está el comercio y tráfico de armas”. Esto en la época de las filosofías humanitarias, en que se predica la igualdad, con entes como las Naciones Unidas, y Ongs que defienden los derechos humanos.
Y se interrogó ¿Por qué la paz se ha vuelto un paraíso perdido? “La ignorancia de las sociedades por los valores divinos está en la raíz de esto”, aseguró.
El Imám pidió “limpiar la imagen de las religiones de visiones erradas” y pidió “no se juzgue a las religiones porque algunos la han interpretado de manera equivocada y derramando sangre”.
Señaló que el cristianismo no puede ser acusado de ser una religión de terrorismo porque se mató a gente en nombre de la cruz, ni los judíos porque asesinaron en nombre de su Dios. Ni a la civilización europea con la II Guerra con 70 millones de muertos, o a la civilización de Estados Unidos por la bomba de Hiroshima.
Ahmed Al Tayyeb le agradeció al Papa porque “él dijo que la religión islámica no es terrorismo, cuando algunos la acusaban”. Y subrayó que “Al-Azhar invita a fomentar la tolerancia y contra la violencia, sin distinción alguna”.
Pidió también “trabajar para proteger a la familia de las desviaciones científicas, delante de la destrucción del planeta, de la destrucción atea que diviniza lo humano”. Y Concluyó: “Pido a Dios Altísimo para que bendiga este encuentro para que todos podamos defender una cultura de paz y de hermandad”.
ZENIT

Texto completo de las palabras del papa Francisco en la Universidad de Al-Azhar


A continuación las palabras del papa Francisco en la Universidad de Al-Azhar.
“Al Salamò Alaikum!  (La paz sea con vosotros).
Es para mí un gran regalo estar aquí, en este lugar, y comenzar mi visita a Egipto encontrándome con vosotros en el ámbito de esta Conferencia Internacional para la Paz.
Agradezco al Gran Imán por haberla proyectado y organizado, y por su amabilidad al invitarme. Quisiera compartir algunas reflexiones, tomándolas de la gloriosa historia de esta tierra, que a lo largo de los siglos se ha manifestado al mundo como tierra de civilización y tierra de alianzas.
Tierra de civilización. Desde la antigüedad, la civilización que surgió en las orillas del Nilo ha sido sinónimo de cultura. En Egipto ha brillado la luz del conocimiento, que ha hecho germinar un patrimonio cultural de valor inestimable, hecho de sabiduría e ingenio, de adquisiciones matemáticas y astronómicas, de admirables figuras arquitectónicas y artísticas. La búsqueda del conocimiento y la importancia de la educación han sido iniciativas que los antiguos habitantes de esta tierra han llevado a cabo produciendo un gran progreso. Se trata de iniciativas necesarias también para el futuro, iniciativas de paz y por la paz, porque no habrá paz sin una adecuada educación de las jóvenes generaciones.
Y no habrá una adecuada educación para los jóvenes de hoy si la formación que se les ofrece no es conforme a la naturaleza del hombre, que es un ser abierto y relacional.
La educación se convierte de hecho en sabiduría de vida cuando consigue que el hombre, en contacto con Aquel que lo trasciende y con cuanto lo rodea, saque lo mejor de sí mismo, adquiriendo una identidad no replegada sobre sí misma. La sabiduría busca al otro, superando la tentación de endurecerse y encerrarse; abierta y en movimiento, humilde y escudriñadora al mismo tiempo, sabe valorizar el pasado y hacerlo dialogar con el presente, sin renunciar a una adecuada hermenéutica.
Esta sabiduría favorece un futuro en el que no se busca la prevalencia de la propia parte, sino que se mira al otro como parte integral de sí mismo; no deja, en el presente, de identificar oportunidades de encuentro y de intercambio; del pasado, aprende que del mal sólo viene el mal y de la violencia sólo la violencia, en una espiral que termina aislando. Esta sabiduría, rechazando toda ansia de injusticia, se centra en la dignidad del hombre, valioso a los ojos de Dios, y en una ética que sea digna del hombre, rechazando el miedo al otro y el temor de conocer a través de los medios con los que el Creador lo ha dotado.1
Precisamente en el campo del diálogo, especialmente interreligioso, estamos llamados a caminar juntos con la convicción de que el futuro de todos depende también del encuentro entre religiones y culturas. En este sentido, el trabajo del Comité mixto para el Diálogo entre el Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso y el Comité de Al-Azhar para el Diálogo representa un ejemplo concreto y alentador. El diálogo puede ser favorecido si se conjugan bien tres indicaciones fundamentales: el deber de la identidad, la valentía de la alteridad y la sinceridad de las intenciones.
El deber de la identidad, porque no se puede entablar un diálogo real sobre la base de la ambigüedad o de sacrificar el bien para complacer al otro. La valentía de la alteridad, porque al que es diferente, cultural o religiosamente, no se le ve ni se le trata como a un enemigo, sino que se le acoge como a un compañero de ruta, con la genuina convicción de que el bien de cada uno se encuentra en el bien de todos. La sinceridad de las intenciones, porque el diálogo, en cuanto expresión auténtica de lo humano, no es una estrategia para lograr segundas intenciones, sino el camino de la verdad, que merece ser recorrido pacientemente para transformar la competición en cooperación.
Educar, para abrirse con respeto y dialogar sinceramente con el otro, reconociendo sus derechos y libertades fundamentales, especialmente la religiosa, es la mejor manera de construir juntos el futuro, de ser constructores de civilización. Porque la única alternativa a la barbarie del conflicto es la cultura del encuentro. Y con el fin de contrarrestar realmente la barbarie de quien instiga al odio e incita a la violencia, es necesario acompañar y ayudar a madurar a las nuevas generaciones para que, ante la lógica incendiaria del mal, respondan con el paciente crecimiento del bien: jóvenes que, como árboles plantados, estén enraizados en el terreno de la historia y, creciendo hacia lo Alto y junto a los demás, transformen cada día el aire contaminado de odio en oxígeno de fraternidad.
En este desafío de civilización tan urgente y emocionante, cristianos y musulmanes, y todos los creyentes, estamos llamados a ofrecer nuestra aportación: «Vivimos bajo el sol de un único Dios misericordioso. […] Así, en el verdadero sentido podemos llamarnos, los unos a los otros, hermanos y hermanas […], porque sin Dios la vida del hombre sería como el cielo sin el sol».2
Salga pues el sol de una renovada hermandad en el nombre de Dios; y de esta tierra, acariciada por el sol, despunte el alba de una civilización de la paz y del encuentro. Que san Francisco de Asís, que hace ocho siglos vino a Egipto y se encontró con el Sultán Malik al Kamil, interceda por esta intención.
Tierra de alianzas. Egipto no sólo ha visto amanecer el sol de la sabiduría, sino que su tierra ha sido también iluminada por la luz multicolor de las religiones. Aquí, a lo largo de los siglos, las diferencias de religión han constituido «una forma de enriquecimiento mutuo del servicio a la única comunidad nacional».3
Creencias religiosas diferentes se han encontrado y culturas diversas se han mezclado sin confundirse, reconociendo la importancia de aliarse para el bien común. Alianzas de este tipo son cada vez más urgentes en la actualidad. Para hablar de ello, me gustaría utilizar como símbolo el «Monte de la Alianza» que se yergue en esta tierra.
El Sinaí nos recuerda, en primer lugar, que una verdadera alianza en la tierra no puede prescindir del Cielo, que la humanidad no puede pretender encontrar la paz excluyendo a Dios de su horizonte, ni tampoco puede tratar de subir la montaña para apoderarse de Dios (cf. Ex 19,12).
Se trata de un mensaje muy actual, frente a esa peligrosa paradoja que persiste en nuestros días, según la cual por un lado se tiende a reducir la religión a la esfera privada, sin reconocerla como una dimensión constitutiva del ser humano y de la sociedad y, por el otro, se confunden la esfera religiosa y la política sin distinguirlas adecuadamente.
Existe el riesgo de que la religión acabe siendo absorbida por la gestión de los asuntos temporales y se deje seducir por el atractivo de los poderes mundanos que en realidad sólo quieren instrumentalizarla. En un mundo en el que se han globalizado muchos instrumentos técnicos útiles, pero también la indiferencia y la negligencia, y que corre a una velocidad frenética, difícil de sostener, se percibe la nostalgia de las grandes cuestiones sobre el sentido de la vida, que las religiones saben promover y que suscitan la evocación de los propios orígenes: la vocación del hombre, que no ha sido creado para consumirse en la precariedad de los asuntos terrenales sino para encaminarse hacia el Absoluto al que tiende.
Por estas razones, sobre todo hoy, la religión no es un problema sino parte de la solución: contra la tentación de acomodarse en una vida sin relieve, donde todo comienza y termina en esta tierra, nos recuerda que es necesario elevar el ánimo hacia lo Alto para aprender a construir la ciudad de los hombres.
En este sentido, volviendo con la mente al Monte Sinaí, quisiera referirme a los mandamientos que se promulgaron allí antes de ser escritos en la piedra.4 En el corazón de las «diez palabras» resuena, dirigido a los hombres y a los pueblos de todos los tiempos, el mandato «no matarás» (Ex 20,13).
Dios, que ama la vida, no deja de amar al hombre y por ello lo insta a contrastar el camino de la violencia como requisito previo fundamental de toda alianza en la tierra. Siempre, pero sobre todo ahora, todas las religiones están llamadas a poner en práctica este imperativo, ya que mientras sentimos la urgente necesidad de lo Absoluto, es indispensable excluir cualquier absolutización que justifique cualquier forma de violencia. La violencia, de hecho, es la negación de toda auténtica religiosidad.
Como líderes religiosos estamos llamados a desenmascarar la violencia que se disfraza de supuesta sacralidad, apoyándose en la absolutización de los egoísmos antes que en una verdadera apertura al Absoluto. Estamos obligados a denunciar las violaciones que atentan contra la dignidad humana y contra los derechos humanos, a poner al descubierto los intentos de justificar todas las formas de odio en nombre de las religiones y a condenarlos como una falsificación idolátrica de Dios: su nombre es santo, él es el Dios de la paz, Dios salam. 5
Por tanto, sólo la paz es santa y ninguna violencia puede ser perpetrada en nombre de Dios porque profanaría su nombre. Juntos, desde esta tierra de encuentro entre el cielo y la tierra, de alianzas entre los pueblos y entre los creyentes, repetimos un «no» alto y claro a toda forma de violencia, de venganza y de odio cometidos en nombre de la religión o en nombre de Dios. Juntos afirmamos la incompatibilidad entre la fe y la violencia, entre creer y odiar.
Juntos declaramos el carácter sagrado de toda vida humana frente a cualquier forma de violencia física, social, educativa o psicológica. La fe que no nace de un corazón sincero y de un amor auténtico a Dios misericordioso es una forma de pertenencia convencional o social que no libera al hombre, sino que lo aplasta. Digamos juntos: Cuanto más se crece en la fe en Dios, más se crece en el amor al prójimo.
Sin embargo, la religión no sólo está llamada a desenmascarar el mal sino que lleva en sí misma la vocación a promover la paz, probablemente hoy más que nunca.6
Sin caer en sincretismos conciliadores,7  nuestra tarea es la de rezar los unos por los otros, pidiendo a Dios el don de la paz, encontrarnos, dialogar y promover la armonía con un espíritu de cooperación y amistad. Como cristianos «no podemos invocar a Dios, Padre de todos los hombres, si nos negamos a conducirnos fraternalmente con algunos hombres, creados a imagen de Dios».8
Más aún, reconocemos que inmersos en una lucha constante contra el mal, que amenaza al mundo para que «no sea ya ámbito de una auténtica fraternidad», «a los que creen en la caridad divina les da la certeza de que abrir a todos los hombres los caminos del amor y esforzarse por instaurar la fraternidad universal no son cosas inútiles».9
Por el contrario, son esenciales: En realidad, no sirve de mucho levantar la voz y correr a rearmarse para protegerse: hoy se necesitan constructores de paz, no provocadores de conflictos; bomberos y no incendiarios; predicadores de reconciliación y no vendedores de destrucción.
Asistimos perplejos al hecho de que, mientras por un lado nos alejamos de la realidad de los pueblos, en nombre de objetivos que no tienen en cuenta a nadie, por el otro, como reacción, surgen populismos demagógicos que ciertamente no ayudan a consolidar la paz y la estabilidad.
Ninguna incitación a la violencia garantizará la paz, y cualquier acción unilateral que no ponga en marcha procesos constructivos y compartidos, en realidad, sólo beneficia a los partidarios del radicalismo y de la violencia.
Para prevenir los conflictos y construir la paz es esencial trabajar para eliminar las situaciones de pobreza y de explotación, donde los extremismos arraigan fácilmente, así como evitar que el flujo de dinero y armas llegue a los que fomentan la violencia. Para ir más a la raíz, es necesario detener la proliferación de armas que, si se siguen produciendo y comercializando, tarde o temprano llegarán a utilizarse.
Sólo sacando a la luz las turbias maniobras que alimentan el cáncer de la guerra se pueden prevenir sus causas reales. A este compromiso urgente y grave están obligados los responsables de las naciones, de las instituciones y de la información, así como también nosotros responsables de cultura, llamados por Dios, por la historia y por el futuro a poner en marcha –cada uno en su propio campo– procesos de paz, sin sustraerse a la tarea de establecer bases para una alianza entre pueblos y estados. Espero que, con la ayuda de Dios, esta tierra noble y querida de Egipto pueda responder aún a su vocación de civilización y de alianza, contribuyendo a promover procesos de paz para este amado pueblo y para toda la región de Oriente Medio.
Al Salamò Alaikum!  (La paz esté con vosotros).
ZENIT

«Es muy importante que el Papa venga. No tiene miedo»


«Es muy importante que el Papa venga después de los atentados de hace dos semanas. Significa que no tiene miedo – afirma el padre Rafic Greiche, portavoz de la Iglesia católica en Egipto–. Trae un mensaje de paz y esperanza, consuelo y solidaridad», que transmitirá el viernes al papa copto ortodoxo Tawadros II, líder espiritual de un 10 % de los egipcios. A continuación, ambos rezarán en la catedral de San Marcos, golpeada por un atentado en Navidad.
Los ataques del Domingo de Ramos contra dos iglesias coptas y, una semana después, contra el monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí han hecho de la seguridad una de las grandes preocupaciones del viaje. Pero no han arredrado al Papa. Francisco viajará en un coche cerrado pero no blindado, y para la Misa del sábado con la pequeña comunidad católica –menos del 1 % del país– se ha elegido el estadio de la Fuerza Aérea, más seguro y con capacidad para unas 30.000 personas.
La tercera vertiente del viaje es la visita de Francisco y del patriarca Bartolomé I, el viernes, a la Universidad de Al-Azhar. Allí participarán en la Conferencia Internacional sobre la Paz, la tercera gran cita organizada por la institución académica de referencia en el mundo suní en dos meses.
Al-Azhar vuelve a apostar por el diálogo con la Iglesia. Lo interrumpió en 2011 cuando Benedicto XVI pidió protección para los cristianos egipcios, después del atentado de aquel Año Nuevo junto a una iglesia en Alejandría. Luego llegó la Primavera Árabe, la caída de Hosni Mubarak y el breve Gobierno de Mohamed Morsi y los Hermanos Musulmanes.
En este proceso de acercamiento es clave el concepto de ciudadanía, que resalta la comunidad nacional por encima de la religiosa. «Enfatiza que los cristianos somos ciudadanos de pleno derecho, parte de este país. Entre los musulmanes, por la influencia de los salafistas y los fundamentalistas, a veces esto no se reconoce». El padre Greiche afirma que este diálogo continuará, tal vez con otro encuentro antes de que el año acabe. «La visita del Papa es el comienzo, no el final».

Cristianos y musulmanes: construyen Egipto… juntos
Un misionero en Bangladés ayudado por los musulmanes: «Nosotros te protegemos»

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (6,1-15)




“Jesús está en medio de la gente, la acoge, le habla, la atiende, le muestra la misericordia de Dios; en medio de ella elige a los Doce Apóstoles para estar con Él y sumergirse como Él en las situaciones concretas del mundo. 

Y la gente le sigue, le escucha, porque Jesús habla y actúa de un modo nuevo, con la autoridad de quien es auténtico y coherente, de quien habla y actúa con verdad, de quien dona la esperanza que viene de Dios, de quien es revelación del Rostro de un Dios que es amor. Y la gente, con alegría, bendice a Dios...

«No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para toda esta gente». Pero Jesús no se desanima: pide a los discípulos que hagan sentarse a la gente en comunidades de cincuenta personas, eleva los ojos al cielo, reza la bendición, parte los panes y los da a los discípulos para que los distribuyan. Es un momento de profunda comunión: la multitud saciada por la palabra del Señor se nutre ahora por su pan de vida. Y todos se saciaron, apunta el Evangelista.

En la Misa, también nosotros estamos alrededor de la mesa del Señor, de la mesa del Sacrificio eucarístico, en la que Él nos dona de nuevo su Cuerpo, hace presente el único sacrificio de la Cruz. Es en la escucha de su Palabra, alimentándonos de su Cuerpo y de su Sangre, como Él hace que pasemos de ser multitud a ser comunidad, del anonimato a la comunión. 

La Eucaristía es el Sacramento de la comunión, que nos hace salir del individualismo para vivir juntos el seguimiento, la fe en Él. Entonces todos deberíamos preguntarnos ante el Señor: ¿cómo vivo yo la Eucaristía? ¿La vivo de modo anónimo o como momento de verdadera comunión con el Señor, pero también con todos los hermanos y las hermanas que comparten esta misma mesa? ¿Cómo son nuestras celebraciones eucarísticas? 

Un último elemento: ¿de dónde nace la multiplicación de los panes? La respuesta está en la invitación de Jesús a los discípulos: compartir. ¿Qué comparten los discípulos? Lo poco que tienen: cinco panes y dos peces. Pero son precisamente esos panes y esos peces los que en las manos del Señor sacian a toda la multitud. 

Y son justamente los discípulos, perplejos ante la incapacidad de sus medios y la pobreza de lo que pueden poner a disposición, quienes acomodan a la gente y distribuyen —confiando en la palabra de Jesús— los panes y los peces que sacian a la multitud. Y esto nos dice que en la Iglesia, pero también en la sociedad, una palabra clave de la que no debemos tener miedo es «solidaridad», o sea, saber poner a disposición de Dios lo que tenemos, nuestras humildes capacidades, porque sólo compartiendo, sólo en el don, nuestra vida será fecunda, dará fruto. Solidaridad: ¡una palabra malmirada por el espíritu mundano!

El Señor distribuye para nosotros el pan que es su Cuerpo, Él se hace don. Y también nosotros experimentamos la «solidaridad de Dios» con el hombre, una solidaridad que jamás se agota, una solidaridad que no acaba de sorprendernos: Dios se hace cercano a nosotros, en el sacrificio de la Cruz se abaja entrando en la oscuridad de la muerte para darnos su vida, que vence el mal, el egoísmo y la muerte. 

Jesús se da a nosotros en la Eucaristía, comparte nuestro mismo camino, es más, se hace alimento, el verdadero alimento que sostiene nuestra vida también en los momentos en los que el camino se hace duro, los obstáculos ralentizan nuestros pasos. Y en la Eucaristía el Señor nos hace recorrer su camino, el del servicio, el de compartir, el del don, y lo poco que tenemos, lo poco que somos, si se comparte, se convierte en riqueza, porque el poder de Dios, que es el del amor, desciende sobre nuestra pobreza para transformarla. 

Así que preguntémonos, al adorar a Cristo presente realmente en la Eucaristía: ¿me dejo transformar por Él? ¿Dejo que el Señor, que se da a mi, me guíe para salir cada vez más de mi pequeño recinto, para salir y no tener miedo de dar, de compartir, de amarle a Él y a los demás? 

Hermanos y hermanas: seguimiento, comunión, compartir. Oremos para que la participación en la Eucaristía nos provoque siempre: a seguir al Señor cada día, a ser instrumentos de comunión, a compartir con Él y con nuestro prójimo lo que somos. Entonces nuestra existencia será verdaderamente fecunda. Amén”.

(De la homilía del Papa Francisco el 30-5-2013)

EVANGELIO DE HOY: QUE NADA SE PIERDA



Lectura del santo evangelio según san Juan (6,1-15):


En aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del mar de Galilea, o de Tiberíades. Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos. Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos.

Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos y, al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe:
«¿Con qué compraremos panes para que coman estos?».

Lo decía para probarlo, pues bien sabía Él lo que iba a hacer.
Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo».

Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?».

Jesús dijo: «Decid a la gente que se siente en el suelo».

Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; solo los hombres eran unos cinco mil.

Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado. 

Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se pierda».

Los recogieron y llenaron doce canastos con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. 

La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: «Este es verdaderamente el Profeta que va a venir al mundo».

Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña Él solo.

Palabra del Señor


jueves, 27 de abril de 2017

Francisco envia un videomensaje a Egipto, antes de su viaje



El papa Francisco ha enviado un videomensaje al pueblo de Egipto, pocos días antes de su viaje programado para este viernes 28 y sábado 29. Allí el Pontífice participará también a un congreso interreligioso por la paz convocado por la universidad de Al Azhar, el principal centro sunita del mundo.
“Deseo –dice el Santo Padre– que esta visita sea como un abrazo de consuelo y de aliento para todos los cristianos de Oriente Medio; un mensaje de amistad y de estima para todos los habitantes de Egipto y de la Región; un mensaje de fraternidad y de reconciliación para todos los hijos de Abraham, de manera particular para el mundo islámico, en el que Egipto ocupa un lugar destacado” .
“Espero también que contribuya eficazmente al diálogo interreligioso con el mundo islámico y al diálogo ecuménico con la venerada y amada Iglesia Copto-Ortodoxa”.
A continuación el mensaje:
Querido pueblo de Egipto: ¡Al Salamò Alaikum! La paz esté con vosotros.
Con el corazón lleno de gratitud y rebosante de alegría visitaré dentro de pocos días vuestra amada Patria: cuna de civilización, don del Nilo, tierra de sol y hospitalidad, donde vivieron patriarcas y profetas, y donde Dios, Clemente y Misericordioso, Todopoderoso y Único, hizo resonar su voz.
Me siento realmente feliz de ir como amigo, como mensajero de paz y como peregrino al País que, hace dos mil años, dio refugio y hospitalidad a la Sagrada Familia, que huía de las amenazas del Rey Herodes (cf. Mt 2,1-16).
Me siento honrado de visitar la tierra en la que habitó la Sagrada Familia. Los saludo cordialmente y les agradezco la invitación para visitar Egipto, al que llaman «Umm il Dugna» / Madre del Universo.
Agradezco vivamente al señor Presidente de la República, a su santidad el Patriarca Tawadros II, al gran imán de Al-Azhar y al patriarca Copto-Católico por su invitación.
Doy las gracias a cada uno de vosotros que me reciben en vuestro corazón. Mi agradecimiento también a todas las personas que han trabajado, y están trabajando, para hacer posible este viaje.
Deseo que esta visita sea como un abrazo de consuelo y de aliento para todos los cristianos de Oriente Medio; un mensaje de amistad y de estima para todos los habitantes de Egipto y de la Región; un mensaje de fraternidad y de reconciliación para todos los hijos de Abrahán, de manera particular para el mundo islámico, en el que Egipto ocupa un lugar destacado.
Espero también que contribuya eficazmente al diálogo interreligioso con el mundo islámico y al diálogo ecuménico con la venerada y amada Iglesia Copto-Ortodoxa.
Nuestro mundo, desgarrado por la violencia ciega –que también ha golpeado el corazón de vuestra querida tierra– tiene necesidad de paz, de amor y de misericordia. Tiene necesidad de agentes de paz y de personas libres y liberadoras, de gente valiente que sepa aprender del pasado para construir el futuro sin encerrarse en prejuicios.
Tiene necesidad de constructores de puentes de paz, de diálogo, de fraternidad, de justicia y de humanidad.
Queridos hermanos egipcios, jóvenes y ancianos, mujeres y hombres, musulmanes y cristianos, ricos y pobres…, les abrazo cordialmente y pido a Dios Todopoderoso que les bendiga y proteja vuestro País de todo mal. Por favor, recen por mí. ¡Shukran wa Tahiahì! Gracias y ¡viva Egipto!

A la misa del Papa en Egipto asistirán también ortodoxos y musulmanes

La preparación de la visita del Papa Francisco a Egipto “procede según lo planeado”, y la espera de la llegada del obispo de Roma “no es sólo para los cristianos, sino que afecta a todo el país”.
Lo confirma a la Agencia Fides Anba Antonios Aziz Mina, obispo copto católico emérito de Guizeh. Según Anba Antonios, una señal del interés de la visita papal se verá por la participación multiforme que se producirá en la misa celebrada por el Papa Francisco el sábado 29 de abril a las 10 de la mañana, en el estadio de la aeronáutica militar, en las afueras de El Cairo.
“Precedentemente” explica Anba Antonios “la misa se iba a celebrar en una estructura cubierta en el centro de El Cairo. Peor ha sido necesario un cambio de planes no sólo porque el estadio se puede gestionar mejor a nivel de seguridad, sino también para garantizar un mayor número de plazas disponibles para los que deseen participar.
Los fieles católicos podrían ser al máximo unos 5-6 mil, y ese estadio puede albergar más de 20 mil personas. Vendrán muchos coptos ortodoxos y cristianos de otras Iglesias y comunidades eclesiales, e incluso musulmanes, así como las delegaciones oficiales, tanto religiosas como civiles”. A su llegada, para saludar a los fieles y a todos los presentes, el Papa Francisco hará un recorrido por el estadio en golf car.

(ZENIT – Roma, 27 Abr. 2017).-

Evangelizar desde la belleza



Cuando el Papa dice que el cristianismo no crece por proselitismo, sino por atracción, alude a la via pulchritudinis en sentido amplio. 
El mensaje de salvación del Evangelio es bello, la conversión de vida que produce el encuentro con Cristo es bella. De esta experiencia surgió una estrecha alianza de la Iglesia con el arte, que los últimos pontífices están esforzándose por restaurar. 
Pero más allá de recuperar la interlocución con los artistas, el reto es volver a experimentar la fe no como carga sino como acontecimiento liberador que hace la vida más plena. 
Lo mejor de nuestra civilización tiene fundamentos cristianos, desde nuestro reconocimiento de unos derechos humanos universales, a la idea de que la cárcel debe ser un lugar de reinserción, no solo de castigo. 
Pero toda esa historia hay que conocerla. Y seguir escribiéndola, conscientes de que, en la medida en que vivamos la fe de forma atractiva, otros se interesarán por Jesús. No sorprende así que el Encuentro Madrid –organizado por el movimiento laical Comunión y Liberación– y la Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada –un referente para los religiosos– hayan coincidido en proponer el tema de la belleza. O lo que es lo mismo: la necesidad de proponer al mundo un cristianismo atractivo.
Alfa y Omega

27 de abril: Nuestra Señora de Montserrat


León XIII la proclamó patrona de las diócesis catalanas, ratificando una realidad histórica afirmada por sucesivas generaciones. Fue la primera imagen española distinguida con la coronación canónica, en el año 1881.
Probablemente no es la advocación de Montserrat la más antigua de las imágenes de Nuestra Señora en España. Pero consta que ya en el siglo IX se le rendía culto en una pequeña ermita que cedió el padre de Wifredo el Velloso al monasterio de Ripoll, junto con otras tres ermitas más. El famoso abad Oliva dará impulso a la devoción medio siglo más tarde y la dotará del servicio de una pequeña comunidad monástica.
Es cierto que la fábula y los buenos deseos del enfervorizado pueblo ha creado, como tantas veces sucede con los santos, una leyenda en torno a la imagen que algunos –así quedó escrito– supusieron esculpida en madera por san Lucas (al que otros hicieron igualmente pintor), con las herramientas de san José, tomando por modelo a la Virgen María y traída por san Pedro a Barcelona.
Acercándonos más a la posible verdad, parece que la imagen la escondieron los cristianos en una cueva de la montaña, cuando hubo peligro, y su encuentro en tiempos de la Reconquista dio origen a la actual devoción, al monumental templo y al monasterio. Románica del siglo XII; dorada; policromada; hierática en su trono como reina; con el Niño en sus rodillas, protegido por la mano izquierda y en la derecha una esfera; con la derecha bendice el Niño también, manteniendo una piña en la izquierda. De color negro, que se asegura tal por el humo de los siglos con tanta vela. ¡La Moreneta!
Está entre las más señaladas vírgenes negras. La devoción se extendió más y más en la península, pasó al centro de Europa al presidir la capilla palatina de la corte del emperador Carlos V en Viena, se hizo presente en Italia, y se extendió por Oriente, al paso que estuvo presente en los proyectos de conquista y expansión de la corona catalano-aragonesa. Cuando se descubre el Nuevo Mundo, ya no solo son tallas de madera, sino templos, pueblos y ciudades quienes veneran su nombre.
En Montserrat la visitaron poderosos: príncipes, reyes, emperadores, princesas, reinas, obispos, santos, los de leyes, los de ciencia, de armas y de letras.
Pasó a los libros en teatros, novelas y poemas con Cervantes, Lope de Vega, Goethe, Schiller y más, que escribiendo, ni la olvidan, ni la dejan.
Pero los no célebres, el pueblo sencillo, los fieles de toda la vida, las muchedumbres, han seguido consagrándole sus hijos, continúan dedicándole sonrisas, van a ofrecerle las lágrimas, acuden implorando protección, agradecen sus favores y gozan con sus consuelos. Honrándola, saben que honran a la Madre de Dios y ese culto cobra infinitud, porque el Dios y Padre común queda honrado en la Madre del Hijo que es la Esposa del Espíritu. La «llena de gracia», la mejor de las criaturas.
Así no sorprende la configuración peculiar del entorno que ayuda a la grandiosidad del majestuoso templo, con el culto atendido por los monjes benedictinos, cuyo canto suaviza la escolanía siempre renovada de los niños y jóvenes del entorno. Allí sigue habiendo gracias –unas sensibles, otras ocultas– mientras los monjes rezan, se entregan al estudio, investigan y difunden el saber por el mundo.
Archimadrid.org

COMENTARIO AL EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (3,31-36) POR SAN JUAN CRISÓSTOMO, PADRE DE LA IGLESIA:




«El que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra...» Juan dice que habla de la tierra: se refería al hombre y a cuanto pertenecía a él. Y si habla algunas cosas divinas es porque está iluminado por Dios, como dice el Apóstol: "No soy yo, sino la gracia de Dios que está conmigo" ( 1Cor 15,10). Luego San Juan es de tierra y habla de la misma. Y si algo divino habéis oído de Juan, es porque ha sido inspirado y no porque lo ha recibido.

«El que viene del cielo –Cristo- está por encima de todos.» Esto es: Viene del Padre. De dos maneras "está sobre todos": primeramente sobre toda la humanidad, de la que procede antes de que ella pecase; y en segundo lugar según la altura del Padre, la cual comparte.

«De lo que ha visto y ha oído da testimonio, y nadie acepta su testimonio.» Cuando concibes la palabra que vas a pronunciar, quieres decir la cosa y la misma concepción de la cosa que constituye ya el verbo en tu mente. Así como tienes tú en tu mente la palabra que hablas, y ella está en ti, así Dios concibió su Palabra o, lo que es lo mismo, engendró al Hijo. Por lo tanto, siendo la palabra el Hijo de Dios, el Hijo nos ha hablado, no su palabra, sino la del Padre; quiso hablarnos lo que el Verbo del Padre hablaba. San Juan explicó cómo ocurrió esto y cómo debió suceder.

Había dicho San Juan: "Y lo que vio y oyó, testifica", como explicando para que no fueran consideradas falsas las cosas que Jesucristo dijese, porque habían de ser pocos los que creerían. Por esto añade: «Y nadie acepta su testimonio.», esto es, pocos; pues tenía discípulos que recibían su testimonio... Y asimismo manifiesta la insensibilidad de los judíos, como se había dicho en el principio del Evangelio: "Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron", porque especialmente los judíos eran los que le pertenecían.

«El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz.»... manifiesta que no de otra manera puede alguno dejar de creer en Cristo, sino llamando mentiroso a Dios que le envió, porque no habla cosa alguna que no corresponda al Padre. Y esto es lo que añade: «El que Dios envió habla las palabras de Dios, porque no da el Espíritu con medida.»

«El que Dios envió habla las palabras de Dios, porque no da el Espíritu con medida.» Espíritu quiere decir aquí la acción del Espíritu Santo, y quiere significar que todos nosotros recibimos las acciones del Espíritu Santo con su medida. Mas Jesucristo recibió la gracia del Espíritu Santo; ¿cómo, pues, podrá nadie creerle digno de sospecha? Nada dice que no sea de Dios, ni del Espíritu... fundamenta y confirma su doctrina en el Padre y en el Espíritu. 

«El que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él.» No dice aquí que es bastante creer en el Hijo para obtener la vida eterna, puesto que El dice en otro lugar: "No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos" ( Mt7,21). Y además, refiriéndose a la blasfemia contra el Espíritu Santo, la juzga suficiente por sí sola para llevar al infierno. 

Y si alguno cree en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, no pensemos que esto es bastante para alcanzar la salvación. Necesitamos también de una vida buena y de costumbres rectas. 

Además, conociendo que muchos no se dejan llevar tanto por la promesa de los beneficios como por el riesgo de sufrimientos terribles, concluye su discurso diciendo: "Mas el que no da crédito al Hijo, la ira de Dios estará sobre él". Véase cómo refiere al Padre lo que dice respecto del castigo, porque no dijo que la ira del Hijo de Dios (aun cuando éste sea juez), sino que citó al Padre como juez... Y no dijo "estará con él", sino "sobre él", dando a conocer que nunca se separará de él. Y para que no se crea que habla de la muerte temporal, dijo: "No verá la vida".
(S. Juan Crisóstomo, Sobre el Evangelio de san Juan)

EVANGELIO DE HOY: QUIEN CREE EN CRISTO POSEE LA VIDA ETERNA





Lectura del santo evangelio según san Juan (3,31-36):

El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra pertenece a la tierra y habla de la tierra. El que vino del cielo da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie recibe su testimonio. 

El que recibe su testimonio certifica que Dios es veraz. 

El que Dios envió dice las palabras de Dios, porque Dios le da el Espíritu sin medida. 

El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos. 

El que cree en el Hijo tiene Vida eterna. El que se niega a creer en el Hijo no verá la Vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él. 

Palabra del Señor

miércoles, 26 de abril de 2017

26 de abril: san Isidoro, obispo y doctor de la Iglesia


Sevilla está de fiesta con la celebración de su santo y cultísimo arzobispo Isidoro. Eran los tiempos en donde se aunaban con el mismo apasionamiento los vivos deseos de los reyes y pastores para lograr la unidad patria. Se pensaba que el medio había de ser la común fe cristiana; pero la dificultad estribaba en que, mientras el rey Leovigildo era arriano, la muchedumbre de los súbditos era fiel a la doctrina romana con Leandro, el campeón de la fe. Hasta la conversión de Recaredo hubo momentos de crisis como la muerte el Hermenegildo y el destierro más o menos voluntario de Leandro a Constantinopla.
Isidoro provenía de una familia hispanorromana cuyos cuatro hijos han pasado a los altares: Leandro, Fulgencio, Florentina y el benjamín Isidoro, que debió de nacer en Sevilla alrededor del año 560, cuando ya sus padres se habían asentado después del abandono de Cartagena por no poder soportar la dominación de los bizantinos de Justiniano.
Lo educó y apadrinó su hermano Leandro, obispo de la metrópoli hispalense desde el 578. Este buen arzobispo había fundado una escuela donde se impartían las enseñanzas de griego, hebreo y latín, pudiendo pasar después al monasterio los alumnos más aventajados, si se mostraban dispuestos a soportar una vida de mayor rigor ascético.
Este fue el caso de Isidoro. Monje ejemplar por su ascetismo y observante, llegó a ser abad y escribió para sus monjes un código de leyes –regla– que pusieran orden en la vida monacal; cuidó con paciencia y empeño promover la alabanza a Dios, el trabajo manual necesario para la supervivencia y organizando un magnífico estudio donde los pergaminos, códices y libros fueran considerados casi sagrados. Allí se leía y copiaba tanto a los Padres antiguos como a los escritores profanos, y se cuidaba enfáticamente el estudio de la Sagrada Escritura.
Sucedió a su hermano en la sede de Sevilla en el 601. Presidió el concilio de Sevilla del año 619 y el IV de Toledo en el 633, que –entre otras cosas– sirvió para unificar la disciplina litúrgica hispánica, organizar la vida religiosa y cuidar sus instituciones.
Por propio testimonio, se conoce su pensamiento sobre lo que debería ser el obispo para tener solidez de doctrina teológica: entre sus principales deberes menciona el estudio de la Sagrada Escritura y leer las vidas de los santos; para atender a sus fieles, había de ser hombre de intensa oración, ejercitar especialmente la caridad con los necesitados y hacer visita anual a los fieles.
Se ocupó de la formación del clero que le ayudaba en el cuidado pastoral, fundando una escuela catedralicia; propició la vida en común de su presbiterio, dando él mismo ejemplo, y dictó normas para ayudar a cuidar la castidad, como la de procurar que las mujeres que atendieran a los clérigos fueran «personas sin ninguna sospecha».
Isidoro fue uno de los hombres sabios que abarcó todas las ramas del saber de su tiempo. Entre sus numerosas obras, tienen contenido teológico Sententiarum libri III, contra Iudaeos, Quaestiones adversus Iudaeos et ceteros infideles; de su producción bíblica merecen destacarse Quaestiones in Vetus Testamentum, Proemiorum libri unus, De ortu et obitu patrum, De numeris y Allegoriae quaedam Sacrae Scripturae; sobre liturgia y disciplina eclesiástica sobresalen De ecclesiasticis officiis y Regula Monachorum; obras históricas son Crónica maiora, Historia Gothorum, De viris illustribus y De haeresibus; otros escritos profanos son Differentiarum libri duo, Synonimorum libri duo, De natura rerum y De ordine creaturarum, verdadera enciclopedia de las ciencias antiguas. De todos modos, la estrella de todos sus escritos es Etymologiae, con veinte libros.
Su producción literaria no tiene mucho de original; aprovecha todas las fuentes de carácter tanto eclesiástico como civil, religioso y pagano. Pero la difusión que tuvo su pluma es lo que le proporciona verdadera importancia en la cultura europea, por haber llegado a ser el vehículo de transmisión del saber al ponerse como texto obligado en las escuelas medievales. Su estilo es sobrio y sencillo al tiempo que preciso y transparente.
Esta luminaria de piedad y saber, que fue linterna para poder palpar en muchos siglos tenebrosos, murió muy anciano el 4 de abril del 636. Dante escribirá en la Divina Comedia que en el Paraíso «vio llamear el espíritu ardiente de Isidoro».
Archimadrid.org

EVANGELIO DE HOY: VOSOTROS SOIS LA SAL DE LA TIERRA Y LA LUZ DEL MUNDO




Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,13-16):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. 

Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.

Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.»

Palabra del Señor