viernes, 10 de febrero de 2017

La ley del corazón


Sirácide 15, 16-21: “Delante del hombre están la muerte y la vida”Salmo 118: “Dichoso el que cumple la voluntad del Señor”Corintios 2, 6-10: “Por el Espíritu, Dios nos revela lo mas profundo”San Mateo 5, 17-17: “Han oído que se dijo a los antiguos, pero yo les digo…”
Ahora está de moda hacer leyes. Cada quien se inventa la suya y llega una nueva autoridad y proclama nuevas leyes. Parecería que las leyes son para servir a los gobernantes y no para custodiar la vida, la dignidad y los derechos humanos. ¡Pobre constitución tan violada, pisoteada y despreciada! Hay quienes han hecho leyes de acuerdo a sus caprichos e ideologías, otros pretenden establecer nuevas constituciones de acuerdo a sus propios intereses. ¿Para qué hacer nuevas leyes que nunca serán observadas? Nos hemos olvidado de lo más importante: la ley del corazón. Mientras haya corrupción en nuestro corazón, ninguna ley será suficiente.
¿Qué pensará Jesús de nuestra forma de vivir y de actuar en relación con la ley? Sus palabras revelan la gran tensión que sus propuestas provocan en los diferentes grupos de su tiempo. Hay quienes alegremente dicen que toda la ley está superada y que ahora se podría vivir con libertad dejando en el pasado toda la ley que habían dado Moisés y los profetas. Otro grupo, en cambio, se aferra a la ley y entiende que Jesús es un cumplidor de la ley y que exige a sus nuevos adeptos sigan al pie de la letra todas las prescripciones y la interpretación minuciosa que los fariseos hacen de la ley. ¿Cristo quiere abolir la ley? No, Cristo quiere encontrar el verdadero sentido de la ley y darle su justo valor. No propone la ley por la ley, sino nos propone ir más allá, al interior de hombre y a su relación con Dios y con sus hermanos, con la naturaleza, para descubrir el gran valor que tiene esa ley. Resume su propuesta afirmando que la ley está basada en una “verdadera justicia”, si no, pierde su sentido. Las leyes que en un principio fueron establecidas para protección de los más débiles, para el cuidado de los pequeños, de pronto se fueron tornando en una carga insoportable y en un pretexto más para la sumisión y la esclavitud. Así la ley en lugar de dar dignidad a la persona, la esclaviza.
Cristo propone la verdadera libertad del corazón y no un libertinaje que justifique las acciones más irracionales al amparo de la ley. Cristo mira el corazón del hombre y en él quiere poner una nueva vitalidad y una nueva ley basada en la justicia y en el amor. Nos habla de unas relaciones que se centran en el reconocimiento de cada persona como hija de Dios y como heredera del Reino. Atrás quedan el formalismo y el legalismo que cosifican a las personas y las someten al yugo de leyes sustentadas en el capricho de unos cuantos. Y después de centrarnos en esta justicia que debe ser mayor que la de los escribas y fariseos, Cristo nos presenta varios casos en que se deforma la ley, casos que no quedan en el ayer ni el olvido, sino que son muy actuales. No hace una relación exhaustiva de casos en que se infringe la ley, sino simplemente nos llama la atención en ejemplos que suceden todos los días y que muchas veces ni cuenta nos damos del desprecio que estamos haciendo a las personas. El pasaje de este día nos centra en el respeto a la vida de la persona, en la sinceridad de las relaciones y en el valor de la palabra.
Cristo fundamenta su propuesta en el respeto a la vida de las personas. Muy lejos de los que estos días escuchamos con preocupación: actos demenciales que rompen con la armonía de la comunidad y que destruyen vidas de personas inocentes, nuevas leyes que destrozan la vida y la naturaleza. ¿Qué sucede con nuestra humanidad? ¿Hasta dónde seremos capaces de llegar? Hay quienes proponen la pena de muerte o castigos más severos como solución, pero mientras no nos descubramos como hermanos y como hijos de Dios, mientras el hombre o el poder sean el único parámetro de la ley, se seguirá despreciando la vida de los pequeños y se seguirá cegando impunemente vidas inocentes. Cristo va más allá y nos pide, no sólo el respeto a la vida, sino también a la dignidad de la persona, no podemos vivir en el odio, en el insulto y la descalificación. Cuando odiamos, nosotros mismos estamos perdiendo la esencia misma de nuestra identidad.
Frente a un mundo de desenfreno habla Cristo de la sexualidad y del divorcio. No se puede mirar al otro o la otra sólo como objeto de placer. Mientras las relaciones no estén fundadas en la aceptación del otro, con toda su dignidad y con todos sus derechos, las relaciones serán solamente superficiales, utilizarán a las personas y se llegará a los extremos de los abusos, la trata de personas o la esclavitud sexual. Cristo nos propone la verdadera exigencia del amor que nace en las personas que realmente se aman. Nuestra sociedad necesita hombres y mujeres que sepan vivir, testimoniar y defender el proyecto del amor indisoluble. Personas que vayan más allá de la búsqueda del placer irresponsable, jóvenes que se arriesguen a vivir la plenitud de un amor fiel, responsable y comprometido.
Frente a un mundo de mentira, Cristo nos habla del valor de la palabra. Si en aquellos tiempos la palabra necesitaba ser reforzada con juramentos, ahora necesita documentos y papeles que la hagan creíble. Pero ni así: encontramos acomodaciones, subterfugios, letras chiquitas o pactos no cumplidos. La mentira y la corrupción invaden las relaciones. Y Cristo nos exige que le demos su verdadero valor a la palabra. Él que es la palabra hecha carne, la Palabra hecha relación, nos pide que nosotros seamos coherentes con lo que hablamos. No habrá leyes que puedan superar las mentiras cuando se han adueñado del corazón. Necesita el hombre descubrir su relación íntima con la verdad y defenderla siempre y en todas partes para ser fiel a su propia vocación.
En resumen hoy Cristo nos llama a que miremos nuestro corazón: no puede un corazón dividido por el odio, por la mentira, por el placer, presentarse dignamente ante Dios. Está falseando la relación porque no ofrece toda su persona. Quizás estemos creando un mundo ficticio con leyes acomodadas a nuestros caprichos y no concorde con la voluntad de Dios y con el respeto a la persona. Quizás hemos dejado en el olvido leyes fundamentales. ¿Qué queda hoy en nuestro corazón? Sigamos meditando las palabras de Jesús: “Si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos”.
Señor, que prometiste venir y hacer tu morada en los corazones rectos y sinceros, concédenos descubrir los caminos de la verdad, del amor y de nuestra propia dignidad, que nos lleven a vivir en tu presencia. Amén.
Zenit

10 de febrero: santa Escolástica, virgen


A falta de fuentes históricas fiables, la tradición considera que Santa Escolástica, hermana de San Benito, al que acompañó durante toda su vida monástica, nació en Nursia (Italia) alrededor del año 480. Una Italia que en aquellas fechas acababa de ser invadida por los bárbaros.
Un día, San Benito partió hacia Roma, con el objetivo de conocer la cultura clásica; durante un tiempo nada se supo de él, hasta que un día Escolástica, que había ingresado en una comunidad religiosa, oyó hablar de su hermano: éste era ermitaño que vivía en el monte, entregado a la oración y al ayuno. Al cabo de unos años, se le localizó en el monasterio de Monte Cassino, donde redactaba una regla de vida monacal que, con el tiempo, se extendería por toda Europa.
Los dos hermanos mantenían interminables conversaciones sobre las verdades de Cristo. Cierto día, que Santa Escolástica adivinó que iba ser el último en el que ambos iban a coincidir, pidió a su hermano rezar toda la noche. Cuanta la tradición que San Benito vio descender el alma de su hermana hasta Dios en forma de paloma. Era el año 543.
J.M. Ballester Esquivias(@jmbe12)
Alfa y Omega

COMENTARIO AL EVANGELIO DE HOY (Mc 7, 31-37) POR BENEDICTO XVI:


“Queridos hermanos y hermanas:

En el centro del Evangelio de hoy (Mc 7, 31-37) hay una pequeña palabra, muy importante. Una palabra que —en su sentido profundo— resume todo el mensaje y toda la obra de Cristo. El evangelista san Marcos la menciona en la misma lengua de Jesús, en la que Jesús la pronunció, y de esta manera la sentimos aún más viva. Esta palabra es «Effetá», que significa: «ábrete». 

Veamos el contexto en el que está situada. Jesús estaba atravesando la región llamada «Decápolis», entre el litoral de Tiro y Sidón y Galilea; una zona, por tanto, no judía. Le llevaron a un sordomudo, para que lo curara: evidentemente la fama de Jesús se había difundido hasta allí. Jesús, apartándolo de la gente, le metió los dedos en los oídos y le tocó la lengua; después, mirando al cielo, suspiró y dijo: «Effetá», que significa precisamente: «Ábrete». 

Y al momento aquel hombre comenzó a oír y a hablar correctamente (cf. Mc 7, 35). He aquí el significado histórico, literal, de esta palabra: aquel sordomudo, gracias a la intervención de Jesús, «se abrió»; antes estaba cerrado, aislado; para él era muy difícil comunicar; la curación fue para él una «apertura» a los demás y al mundo, una apertura que, partiendo de los órganos del oído y de la palabra, involucraba toda su persona y su vida: por fin podía comunicar y, por tanto, relacionarse de modo nuevo.

Pero todos sabemos que la cerrazón del hombre, su aislamiento, no depende sólo de sus órganos sensoriales. Existe una cerrazón interior, que concierne al núcleo profundo de la persona, al que la Biblia llama el «corazón». Esto es lo que Jesús vino a «abrir», a liberar, para hacernos capaces de vivir en plenitud la relación con Dios y con los demás. Por eso decía que esta pequeña palabra, «Effetá» —«ábrete»— resume en sí toda la misión de Cristo. 

Él se hizo hombre para que el hombre, que por el pecado se volvió interiormente sordo y mudo, sea capaz de escuchar la voz de Dios, la voz del Amor que habla a su corazón, y de esta manera aprenda a su vez a hablar el lenguaje del amor, a comunicar con Dios y con los demás. 

Por este motivo la palabra y el gesto del «Effetá» han sido insertados en el rito del Bautismo, como uno de los signos que explican su significado: el sacerdote, tocando la boca y los oídos del recién bautizado, dice: «Effetá», orando para que pronto pueda escuchar la Palabra de Dios y profesar la fe. Por el Bautismo, la persona humana comienza, por decirlo así, a «respirar» el Espíritu Santo, aquel que Jesús había invocado del Padre con un profundo suspiro, para curar al sordomudo. 

Nos dirigimos ahora en oración a María santísima (...): Que su maternal intercesión nos obtenga experimentar cada día, en la fe, el milagro del «Effetá», para vivir en comunión con Dios y con los hermanos.
(Benedicto XVI, Ángelus del 9-9-2012)

TODO LO HA HECHO BIEN




Lectura del santo evangelio según san Marcos (7,31 37):

En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga la mano. Él, apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua.

Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá» (esto es, «ábrete»).

Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente.

Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos.

Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

Palabra del Señor

jueves, 9 de febrero de 2017

Francisco en Sta. Marta: “Dios hizo a la mujer para que tuviéramos una madre”


El papa Francisco en su homilía de este jueves en la misa matutina que celebró en Residencia Santa Marta, prosiguió la reflexiones sobre la Creación y las lecturas del Libro del Génesis, recordando que el Señor había plasmado todos los animales, pero el hombre no encontraba en ellos la compañía adecuada, estaba solo.
Por ello el Señor le sacó una costilla a Adán y formó a la mujer, que el hombre reconoció como carne de su carne. “Pero, antes de verla la había soñado” recordó el Pontífice, y precisó que “para comprender a una mujer, antes hay que soñarla”, señalando la riqueza que la mujer aporta a la armonía de la Creación.
“Cuando falta la mujer, falta la armonía. Solemos decir, hablando que ‘ésta es una sociedad con una marcada actitud masculina ¿no? Falta la mujer”. Dicen: “Sí, sí: la mujer está para lavar los platos, para hacer…”. “No, no, no –respondió el Papa– la mujer está para traer armonía. Sin la mujer no hay armonía”. Porque el hombre y la mujer “no son iguales, no son uno superior al otro: no. Sólo que el hombre no trae armonía. Es ella la que trae esa armonía, que nos enseña a acariciar, a amar con ternura y que hace del mundo una cosa bella».
El Pontífice indicó que la mujer con la armonía trae la capacidad de enamorarse, y contó que en una audiencia mientras saludaba a la gente, le preguntó a una pareja que celebraba 60 años de matrimonio, quién de los dos había tenido más paciencia: “Y ellos me miraban, se miraban a los ojos, nunca olvidaré esos ojos. Luego volvieron y me dijeron, los dos juntos: ‘estamos enamorados’. Después de 60 años, esto significa una sola carne. Y esto es lo que trae la mujer: la capacidad de enamorarse. La armonía al mundo”.
“La funcionalidad no es el objetivo de la mujer. Es verdad que la mujer tiene que hacer cosas, y hace como todos hacemos, cosas”, señaló el Pontífice, pero “el objetivo de la mujer es brindar la armonía”. Por ello “explotar a las personas es un crimen de lesa humanidad, es verdad. Pero explotar a una mujer es más: es destruir la armonía que Dios ha querido dar al mundo”.
Recordando el Evangelio de Marcos que habla de la mujer sirio-fenicia y de su valentía como madre, el Papa dijo que le gusta pensar que Dios creó a la mujer para que todos tuviéramos una madre.
“Dios nos ha dado un gran don, es la mujer” y aún más porque “la mujer es la armonía, es la poesía, es la belleza. Sin ella el mundo no sería tan bello, no sería armonioso. Y me gusta pensar –pero es algo personal– que Dios ha creado a la mujer para que todos nosotros tuviéramos una madre”.
ZENIT

800 millones de Lázaros



Somos cómplices y víctimas de un sistema desalmado que genera graves injusticias, desigualdades y mucha alienación personal
La parábola del hombre rico y el pobre Lázaro centra el mensaje del Papa para la Cuaresma de este año. El primero –dice Francisco– representa «la «opulencia», el «lujo exagerado», pero también a la persona incapaz de ver las necesidades del otro. ¿Un rico desalmado? Nos convendría no juzgar muy severamente. El domingo se celebra la Jornada de Manos Unidas, que recuerda que 800 millones de personas pasan hambre en el mundo, mientras en España un tercio de los alimentos termina en el cubo de la basura. La analogía es demasiado hiriente.
Sabemos –nos lo recuerda, si no, Manos Unidas– que el planeta puede abastecer a toda la humanidad. Que el problema está en los sistemas de producción y comercialización de los alimentos, convertidos en un producto con el que los mercados especulan a costa de la vida de muchos. Entramos así en una dimensión global que a un ciudadano español de a pie tal vez le venga muy grande. Pero Manos Unidas nos dice también que cada uno de nosotros es parte de ese engranaje; cómplices, por tanto, aunque también víctimas de un sistema desalmado (una «economía que mata», dice el Papa) que genera graves injusticias y desigualdades, y dosis nada desdeñables de alienación personal.
La Cuaresma –escribe Francisco– es «una fuerte llamada a la conversión», a volver los ojos a Dios y a abrir «nuestro corazón al otro». Esa conversión tiene una dimensión social. Adoptar estilos de vida más sobrios se ha convertido en una de las primeras formas de solidaridad, porque la voracidad en el norte alimenta terribles formas de explotación en el sur. Pero el Papa ha aludido también a la necesidad de compromiso político. Al dirigirse el sábado a representantes de empresas focolares de Economía de Comunión, les advirtió de que «un empresario que es solamente un buen samaritano cumple solo la mitad de su deber: cura a las víctimas de hoy, pero no reduce las de mañana». Es necesario además implicarse para cambiar unas reglas del juego injustas, aunque ahora podamos pensar que el reto nos viene muy grande.
Alfa y Omega

El Papa admite que en el Vaticano «hay corrupción» y una «atmósfera mundana y principesca»


Francisco ha recibido a los 60 integrantes de la revista jesuita La Civiltà Cattolica con motivo de la publicación de su número 4.000. En el próximo número, se publicarán unas respuestas del Papa a los superiores religiosos en las que les pide que le ayuden a combatir la mundanidad y el clericalismo en la Iglesia
«¡Permanezcan en mar abierto! El católico no debe tener miedo del mar abierto, no debe buscar reparo en puertos seguros. Ustedes como jesuitas eviten aferrarse a certezas y seguridades»: fue la invitación que dirigió el Papa Francisco a los a 60 integrantes de la revista jesuita La Civiltà Cattolica, recibidos en audiencia, en la mañana de este 9 de febrero, en ocasión del número 4.000 de esta revista quincenal que cuenta con 167 años de historia.
El Papa les recordó que en su navegación van «en la barca de Pedro». «Este vínculo al Pontífice es, desde siempre, una característica esencial de vuestra revista», encargada por Pío IX a la Compañía de Jesús para estar «al servicio directo de la Sede Apostólica». Y exclamó: «¡Rememos al servicio de la Iglesia, rememos juntos! Es este el vínculo entre ustedes y yo». En este sentido, el Pontífice les agradeció que «siempre han acompañado cada pasaje fundamental de mi Pontificado» con la publicación de las Encíclicas y Exhortaciones Apostólicas, «dando siempre una fiel interpretación».
La misión de La Civiltà Cattolica es ser católica, sin ser «de sacristía»: «Una revista es verdaderamente católica solo si posee la mirada de Cristo sobre el mundo y lo transmite y da testimonio». Por eso, recordando la felicitación que les ha enviado con motivo del número 4.000, ha explicado que debería ser «al mismo tiempo puente y frontera».
Inquietos, incompletos e imaginativos
Para seguir adelante y profundizar sobre el «diseño constitucional» de la revista, el Vicario de Cristo usó tres palabras: la «inquietud», que ayuda a no ser estériles, con la certeza de la fe que debe ser el motor de la investigación; el ser «incompletos» porque deben ser escritores de pensamiento abierto, incompleto; y finalmente, «imaginación» porque «el pensamiento rígido no es divino» y «la sabiduría del discernimiento rescata la necesaria ambigüedad de la vida».
«El pensamiento de la Iglesia –prosiguió– debe recuperar genialidad y entender cada vez mejor cómo el hombre se comprende hoy para desarrollar y profundizar su propia enseñanza».
Edición en español
Esta celebración de la veterana publicación católica coincide con el lanzamiento de sus versiones en español, inglés, francés y coreano. Y también con la publicación, en su próximo número, de las respuestas del Santo Padre a las preguntas de varios superiores de órdenes y congregaciones religiosas en un encuentro celebrado el 25 de noviembre.
En su respuestas, adelantadas este jueves por Corriere della Sera, Francisco admite que en el Vaticano «hay corrupción» y una «atmósfera mundana y principesca» que no afecta solo a los cardenales –llamados príncipes de la Iglesia–. «Basta ser clericales». Los religiosos –añadió– «tienen que contribuir a destruir este ambiente nefasto», que es «lo peor en la organización de la Iglesia».
A pesar de todo ello, el Pontífice subrayó que vive «en paz». Cuando hay un problema –contó– se lo encomienda a san José, cuya imagen durmiente tiene en su habitación. «Yo duermo bien. Duermo seis horas y rezo. Esta paz es un regalo del Señor» que recibió al ser elegido Papa.
Las críticas «hacen bien»
También le ayuda un poco de «pasotismo», aunque ¬–subrayó– «nunca lavarse las manos» como Poncio Pilato, que tiene muchos imitadores en la Iglesia. «Un superior que se lava las manos no es padre y no ayuda», insistió. En este sentido, tampoco le molestan las críticas, que «hacen bien» si «sirven para crecer».
Sobre los abusos sexuales por parte de sacerdotes y religiosos a menores y la pederastia, el Papa subraya que esta «es una enfermedad» y, «en el caso de que estén implicados curas o religiosos, está calro que está presente el diablo, que destroza la obra de Jesús a través de quien la tendría que anunciar».
Por eso, pide que se preste atención a verificar la madurez afectiva de los candidatos a la vida sacerdotal o religiosa, y que en el caso de que hayan sido rechazados por otra institución, se averigüe con profundidad el porqué.
El adelanto de la conversación en el Corriere della Sera incluye, además, una reflexión del Pontífice sobre las penitencias físicas, como el cilicio. «Cuando entré en el noviciado de los jesuitas, me dieron el cilicio. Esta bien el cilicio, pero atención: no tiene que ayudarme a demostrar que soy bueno y fuerte. La verdadera ascesis tiene que hacerme más libre».
Agencias
Alfa y Omega

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS (7,24-30)




El Evangelio de Marcos presenta hoy la figura de la mujer «de lengua griega y de origen siro-fenicio» que suplica a Jesús «que expulse el demonio de su hija». 

La mujer, dirigiéndose a Jesús, es «valiente», como lo es toda «madre desesperada» que «ante la salud de un hijo», está dispuesta a hacer de todo. «Le habían dicho que existía un hombre bueno, un profeta», y así fue a buscar a Jesús, a pesar de que «no creía en el Dios de Israel».

Por el bien de su hija «no tuvo vergüenza de la mirada de los apóstoles». Y se acercó a Jesús para suplicarle que ayudara a su hija que estaba poseída por un espíritu impuro. 

A su petición Jesús respondió que había venido «ante todo para las ovejas de la casa de Israel». Y se lo «explica con un lenguaje duro», diciéndole: «Deja que se sacien primero los hijos. No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». 

La mujer no respondió a Jesús «con su inteligencia, sino con sus entrañas de madre, con su amor». Y dijo: «Pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños». Queriendo decir: «Dame estas migajas a mí». 

Impresionado por su fe «el Señor hizo un milagro». Y, así, «al llegar a su casa, se encontró a la niña acostada en la cama, y el demonio se había marchado».

Es, en esencia, la historia de una madre que «se había expuesto al riesgo de hacer un mal papel, pero insistió» por amor a su hija. Viniendo «del paganismo y de la idolatría, encontró la salud para su hija»; y para sí misma «encontró al Dios viviente». Su camino «es el camino de una persona de buena voluntad que busca a Dios y lo encuentra». Por su fe «el Señor la bendice». 

Pero es también la historia de mucha gente que aún hoy «recorre este camino». Y «el Señor espera» a estas personas, movidas por el Espíritu Santo. «Cada día en la Iglesia del Señor hay personas que recorren este camino, silenciosamente, para encontrar al Señor», precisamente «porque se dejan conducir por el Espíritu Santo». 

«Recorramos el camino de la mujer cananea, de esa mujer pagana, acogiendo la Palabra de Dios que fue sembrada en nosotros y que nos conducirá a la salvación».

Los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños



Lectura del santo Evangelio según san Marcos 7, 24-30
En aquel tiempo, Jesús fue a la región de Tiro.
Entró en una casa procurando pasar desapercibido, pero no logró ocultarse.
Una mujer que tenía una hija poseída por un espíritu impuro se enteró enseguida, fue a buscarlo y se le echó a los pies.
La mujer era pagana, una fenicia de Siria, y le rogaba que echase el demonio de su hija.
Él le dijo:
«Deja que coman primero los hijos. No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».
Pero ella replicó:
«Señor; pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños».
Él le contestó:
«Anda, vete, que por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija».
Al llegar a su casa, se encontró a la niña echada en la cama; el demonio se había marchado.
Palabra del Señor.

miércoles, 8 de febrero de 2017

“La Iglesia es el cuerpo donde se alimenta y se sostiene la esperanza”, el Papa en la catequesis

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El miércoles pasado hemos visto que San Pablo, en la Primera Carta a los Tesalonicenses, exhorta a permanecer arraigados en la esperanza de la resurrección (Cfr. 5,4-11), con esa bella palabra “estaremos siempre con el Señor”. En el mismo contexto, el Apóstol muestra que la esperanza cristiana no tiene sólo un aspecto personal, individual, sino comunitario, eclesial. Todos nosotros esperamos. Todos nosotros tenemos esperanza, pero también comunitariamente.
Por esto, la mirada es enseguida extendida por Pablo a todas las realidades que componen la comunidad cristiana, pidiéndoles de orar los unos por los otros y de sostenerse recíprocamente. Ayudarse recíprocamente. Pero no solo ayudarse en las necesidades, en las tantas necesidades de la vida cotidiana, sino ayudarnos en la esperanza, sostenernos en la esperanza. Y no es casualidad que comience justamente haciendo referencia a quienes les es confiada la responsabilidad y la guía pastoral. Son los primeros en ser llamados a alimentar la esperanza, y esto no porque sean mejores que los demás, sino en virtud de un ministerio divino que va más allá de sus propias fuerzas. Por tal motivo, tienen más que nunca la necesidad del respeto, de la comprensión y del apoyo benévolo de todos.
La atención luego es puesta en los hermanos con mayor riesgo de perder la esperanza, de caer en la desesperación. Pero, nosotros siempre tenemos noticias de gente que cae en la desesperación y hace cosas feas, ¿no? La des-esperanza los lleva a estas cosas feas. Se refiere a quien está desanimado, a quien es débil, a quien se siente abatido por el peso de la vida y de las propias culpas y no logra más levantarse. En estos casos, la cercanía y el calor de toda la Iglesia debe hacerse todavía más intensa y amorosa, y deben asumir la forma exquisita de la compasión, que no es tener piedad: la compasión es padecer con el otro, sufrir con el otro, acercarme a quien sufre… una palabra, una caricia, pero que salga del corazón, esto es la compasión. Tienen necesidad de la solidaridad y de la consolación. Esta es más importante que nunca: la esperanza cristiana no puede prescindir de la caridad genuina y concreta. El mismo Apóstol de los gentiles, en la Carta a los Romanos, afirma con el corazón en la mano: «Nosotros, los que somos fuertes – que tenemos la fe, la esperanza o no tenemos tantas dificultades – debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles y no complacernos a nosotros mismos» (15,1). Sobrellevar, sobrellevar las debilidades de los demás. Este testimonio luego no permanece cerrado dentro de los confines de la comunidad cristiana: resuena con todo su vigor también fuera, en el contexto social y civil, como una llamada a no crear muros sino puentes, a no intercambiar el mal con el mal, a vencer el mal con el bien, la ofensa con el perdón: el cristiano jamás puede decir, me las pagaras. ¡Jamás! Esto no es un gesto cristiano. La ofensa se vence con el perdón; para vivir en paz con todos. ¡Esta es la Iglesia! Y esto es lo que obra la esperanza cristiana, cuando asume los lineamientos fuertes y al mismo tiempo tiernos del amor. Y el amor es fuerte y tierno. Es bello.
Se comprende entonces que no se aprende a esperar solos. Nadie aprende a esperar solo. No es posible. La esperanza, para alimentarse, necesita necesariamente de un “cuerpo”, en el cual los diferentes miembros se sostengan y se animen recíprocamente. Esto entonces quiere decir que, si esperamos, es porque muchos de nuestros hermanos y hermanas nos han enseñado a esperar y han tenido viva nuestra esperanza. Y entre ellos, se distinguen los pequeños, los pobres, los sencillos, los marginados. Sí, porque no conoce la esperanza quien se cierra en su propio bienestar: espera solamente en su bienestar y esto no es esperanza: es seguridad relativa; no conoce la esperanza quien se cierra en su propia satisfacción, quien se siente siempre bien… Los que esperan son en cambio aquellos que experimentan cada día la prueba, la precariedad y el propio límite. Son estos nuestros hermanos los que nos dan el testimonio más bello, más fuerte, porque permanecen firmes en la confianza en el Señor, sabiendo que, más allá de la tristeza, de la opresión y de la inevitabilidad de la muerte, la última palabra será la suya, y será una palabra de misericordia, de vida y de paz. Quien espera, espera escuchar un día esta palabra: “Ven, ven a mí, hermano; ven, ven a mí, hermana, por toda la eternidad”.
Queridos amigos, si – como hemos dicho – la morada natural de la esperanza es un “cuerpo” solidario, en el caso de la esperanza cristiana este cuerpo es la Iglesia, mientras que el soplo vital, el alma de esta esperanza es el Espíritu Santo. Sin el Espíritu Santo no se puede tener esperanza. Es por eso que el Apóstol Pablo nos invita al final a invocarlo continuamente. Si no es fácil creer, mucho menos lo es esperar. Es más difícil esperar que creer. Es más difícil. Pero cuando el Espíritu Santo habita en nuestros corazones, es Él quien nos hace entender que no debemos temer, que el Señor está cerca y se preocupa por nosotros; y es Él quien modela nuestras comunidades, en una perene Pentecostés, como signos vivos de esperanza para la familia humana. Gracias.
(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)
(from Vatican Radio)

El mensaje de Cuaresma va a la raíz del problema: ‘vivir solo para sí mismo’


“La parábola del rico y Lázaro citada por el papa Francisco en el mensaje para Cuaresma de este año no es una parábola solamente para los ricos, pero para todos los hombres, porque todo hombre puede caer en esto aunque tenga nada, porque para el cristiano ‘el Cielo’ es el otro”.  Y mientras “Sartre decía: ‘el otro es el infierno’, el Papa y el Evangelio en cambio dice ‘el otro es un don’”.
Lo indicó Mons. Segundo Tejado subsecretario delegado del dicasterio de Desarrollo humano integral, conversando este martes con ZENIT, al margen de la presentación del mensaje de cuaresma en la Sala de Prensa de la Santa Sede, que este año inicia el primer de marzo y que lleva por título “La palabra es un don. El otro es un don”.
Aseguró así que Papa en su mensaje para la Cuaresma de este año “va a la raíz del problema”. Cuál es la raíz del problema “lo dice San Pablo, Cristo ha muerto por los hombres para que el hombre no viva más para sí mismo. Allí está el punto: vivir para sí mismo es una maldición”.
“En cierto sentido Sartre tenía razón -señalo Mons. Tejado- porque el otro te amenaza, de alguna manera te quitará algo de tu autonomía, de tu tiempo libre. En cambio decir que el otro es un don es abrirse a una dimensión vertical. Porque el Otro con la ‘O’ mayúscula es Dios mismo, el don de los dones”.
Señaló así que “vivir para sí mismo como sucede en esta parábola del rico y Lazaro, lleva a que uno no vea a los otros. El rico este, al que uno le llama rico, era un hombre lleno de sí mismo, que no ve a Lazaro en su puerta, tiene una ocasión para salvarse y no lo ve”. Y por eso en el más allá dice: “Manden a alguno para que le avise a mis hermanos, que el otro que está a mi puerta es una oportunidad para salvarme”.
El subsecretario delegado del dicasterio de Desarrollo humano integral, citando a la presentación del documento para la cuaresma hecha minutos antes por Mons. Dal Toso señaló que “es equivocado cuando alguien piensa: las personas que tengo a mi alrededor son para mí, mis bienes son para mí, la naturaleza es para mí y no me importa destrozarla. Es esa raíz en el corazón del hombre que la pascua viene a destruir”.
Precisó además que “el otro no es solamente el pobre, como si fuera una categoría impersonal. El otro es tu mujer, es tu hijo, tu compañero de trabajo, tu vecino, el que está deprimido, que tiene problemas económicos, que tiene un problema en familia, un luto, y a veces pasamos a su lado y ni nos damos cuenta, pasamos a su lado, porque estamos concentrados otro centro: no es Cristo, no es el otro somos nosotros mismos”.
“Si yo tengo a Dios como mi don y si el otro para mi es Cristo, el pobre, o mi hijo o mi cuñado me abro a una dimensión eterna que es pascual”, señaló.
Y sobre la tentación de ver en el mensaje una idea política, precisó que “Evangelio no es una casuística para los problemas actuales, es como un comodín, ya que el Evangelio da la respuesta a todos los problemas actuales. Está la Palabra de Dios como un don. Es la llave para entender todo lo que pasa en el mundo”.
Zenit

Nigeria, en manos del terror. Jornada Internacional de Oración y Reflexión contra la Trata de Personas


[Publicada en el número 881 el 15 de mayo de 2014] Mientras el mundo entero exhibe carteles que piden el regreso de las más de doscientas niñas secuestradas en un colegio del noreste de Nigeria, aquí en España, en una casa cualquiera de una ciudad cualquiera, Natasha recuerda la pesadilla por la que están pasando las pequeñas. Hace dos años, fue ella la secuestrada
Llega al aeropuerto de Barajas con pasaporte y permiso de residencia falsos. Tiene 20 años y viene de Nigeria. Sus documentos no engañan a la policía y queda retenida en la sala de rechazados, en espera de su devolución al país de origen.
Recibe entonces una llamada. Es una abogada, contratada por quienes le han organizado el viaje, que le recomienda pedir asilo. Lo hace, y es trasladada a otra sala para ser entrevistada como solicitante de asilo.
Allí, Natasha rechaza la ayuda de la abogada contratada y se acoge a la gratuita que ofrece la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR). A ellos les cuenta su historia: cuatro meses antes estaba en su hogar, junto a sus padres, cuando unos hombres armados la secuestraron. Llegó a una casa llena de mujeres, en un lugar que no conoce ni sabe localizar en el mapa, y allí permaneció cuatro meses encerrada y convertida en esclava sexual. Después, inició el viaje que la lleva directa a la sala del aeropuerto de Barajas.
Las autoridades no consideran creíble el testimonio de la joven y deciden denegar el asilo, pero la petición por parte de CEAR de una medida cautelarísima por riesgo vital de la joven si regresa, le permite quedarse en España. Llega así a Proyecto Esperanza, la respuesta de la Congregación de Religiosas Adoratrices al problema de la trata de mujeres en España, y recibe la ayuda y atención que necesita.
«Los informes médicos», explica a Alfa y Omega la coordinadora de Proyecto Esperanza, Marta González, «revelan todos los síntomas de haber sido sometida a hechos traumáticos que coinciden con su relato».
El caso de Natasha -hoy recuperada y esperando la resolución sobre su petición de asilo- es excepcional por la forma en que se produce, recalcan desde Proyecto Esperanza. Ella fue secuestrada en Edo -un Estado del sur de Nigeria que fue, en su día, origen de la esclavitud-, pero la mayoría de las mujeres que llegan a Europa desde allí ha sido víctima, no del secuestro, sino de falsas promesas de trabajo o prosperidad.
Teniendo en cuenta que Nigeria es un país rico en materias primas, pero con 105 millones de personas en condiciones de pobreza extrema (sobre un total de cerca de 170 millones), según el último informe del World Factbook, de la CIA, la posibilidad de un futuro mejor es el mejor reclamo para engañar a las chicas jóvenes.
Escondidas tras los árboles
El caso que ha puesto a Nigeria en el foco mediático, el de las más de 200 niñas secuestradas por Boko Haram, ocurrió, en cambio, en el noreste del país, de mayoría musulmana. La escuela donde las niñas fueron raptadas era la única abierta en Chibok, en el Estado de Borno, donde el resto de colegios había cerrado sus puertas precisamente por miedo a los ataques. Y es que, si con algo quiere acabar Boko Haram, es con la educación que ellos denominan occidental.
Desde octubre del pasado año, setenta profesores y más de cien alumnos han sido asesinados en el Estado de Borno, donde se han quemado más de 800 aulas, según recoge el último informe de Amnistía Internacional.
Con una tasa de escolarización notablemente más baja que en el resto del país y con el 67,4% de las niñas casadas antes de los 15 años -este porcentaje desciende al 10,8% en el sur-, asistir al colegio en el noreste de Nigeria es exponer la vida.
«Me apuntaron a la cabeza con un arma y me dijeron que, si mi prima no dejaba de llorar, nos matarían a las dos», recuerda Godiya Usman, una joven que consiguió escapar tras el secuestro y que ha contado su testimonio al diario The Guardian. «Cada vez que llegábamos a un pueblo, comenzaban a disparar a los vecinos y quemar las casas. Le dije a mi prima que teníamos que saltar del camión aprovechando el desconcierto». Godiya escapó, pero lo hizo en solitario porque el resto de niñas no se atrevió a seguir sus pasos. Se internó en la selva entre lágrimas y corrió hasta encontrar a un grupo de padres en misión de rescate.
La incapacidad del Gobierno para hacer frente al terror de Boko Haram y el futuro que espera a estas jóvenes si no son rescatadas -ser esclavas sexuales y domésticas de los miembros de Boko Haram, o convertirse en mercancía para vender en los mercados del África subsahariana-, desespera a unos padres que se sienten solos en la lucha por sus hijas.
Mientras la comunidad internacional ofrece ayuda excepcional para encontrar a las niñas, parece olvidar que, más allá del colegio de Chibok, más allá incluso de las fronteras nigerianas, el tráfico de seres humanos y la esclavitud es una realidad que afecta a 29,8 millones de personas en todo el mundo (mujeres y niños en su mayoría), según el último informe de Naciones Unidas. Muchos niños y niñas, muchas natashas por las que nadie ha levantado un cartel con el Devolvednos a nuestras niñas.
Rosa Cuervas-Mons
Alfa y Omega

Beatificación en Japón de Justo Takayama, 'El samurai de Cristo'


La Iglesia católica en Japón celebra hoy la beatificación de Justo Takayama Ukon (1552-1615), conocido como el 'Samurai de Cristo', un señor feudal que se convirtió al catolicismo y tuvo que huir del país a causa de su fe, renunciando a su estatus y riquezas.
La solemne ceremonia y Misa de beatificación se celebran en Osaka y será presidida por el cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, y será retransmitida en directo por la televisión japonesa.
El Papa Francisco firmó el decreto de beatificación en enero de 2016 y la Iglesia japonesa se ha estado preparando durante todo un año para este evento que había pedido se celebrase en Japón.
Takayama nació en 1552, tres años después de la llegada de San Francisco Javier al Japón. Cuando tenía 12 años, su padres se convirtió al catolicismo, y Ukon fue bautizado también con el nombre de Justo por el padre jesuita Gaspare di Lella.
Los Takayama eran daimios, es decir, miembros de la clase señorial y gobernante de la época. Los daimios tenían vastas propiedades y el derecho a formar ejércitos y contratar samuráis. Dado su estatus, los Takayama apoyaron la labor misionera en Japón, protegiendo a los cristianos japoneses y a los misioneros jesuitas.
En 1587, cuando Takayama Ukon contaba 35 años, el canciller de Japón, Toyotomi Hideyoshi, comenzó una persecución contra los cristianos, expulsando a los misioneros y forzando a los católicos japoneses a abandonar su fe. Aunque muchos daimios eligieron abandonar el catolicismo, Takayama y su padre escogieron, por el contrario, abandonar sus tierras y sus honores y conservar su fe. Eligieron, en consecuencia, la pobreza y perder todo. En 1597 tuvo lugar la ejecución de 26 católicos, misioneros y japoneses nativos, que fueron crucificados el 5 de febrero. A pesar de las amenazas, Takayama rechazó abandonar su fe, deseando vivir como cristiano hasta su muerte. Cuando el shogun Tokugawa Ieyasu prohibió definitivamente el cristianismo en 1614, Takayama partió al exilio.
Condujo a un grupo de 300 católicos a Filipinas, que se establecieron en Manila. Llegaron en diciembre y, dos meses después, fallecía Takayama, debilitado por la persecución sufrida en Japón.
Como logotipo para la beatificación se ha escogido el diseño de la hermana Esther Kitazume, de las Pías Discípulas del Divino Maestro. Reproduce las siete estrellas redondas del emblema de la familia Takayama, con la cruz y tres anillos en el fondo. Las siete estrellas indican la familia de Ukon pero también los siete sacramentos y los siete dones del Espíritu Santo. La cruz es el signo de la ofrenda de la vida de Ukon.
OMPRESS

LO QUE HACE IMPURO AL HOMBRE ES LO QUE SALE DE SU CORAZÓN




Lectura del santo evangelio según san Marcos (7,14-23):

En aquel tiempo, llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo:

«Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre».

Cuando dejó a la gente y entró en casa, le pidieron sus discípulos que les explicara la parábola. Él les dijo:

«También vosotros seguís sin entender? ¿No comprendéis? Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón sino en el vientre y se echa en la letrina».

(Con esto declaraba puros todos los alimentos). Y siguió:

«Lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro».

Palabra del Señor

Homilía del Papa: Dios nos ha dado el ADN de hijos

 El hombre hecho a imagen de Dios, señor de la tierra y flanqueado por una mujer a la que amar. Son los tres grandes dones que Dios dio al hombre en el acto de la Creación sobre los que el Papa Francisco centró su homilía de la Misa matutina celebrara en la capilla de la Casa de Santa Marta. El Pontífice pidió la gracia de poder custodiar estos dones y llevarlos adelante con el empeño de cada día.
“Señor, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él?”. “Verdaderamente lo has hecho poco menos que un Dios, de gloria y de honor lo has coronado”. La reflexión del Santo Padre comenzó a partir del Salmo 8 y por el relato del Génesis propuesto por la Liturgia del día, para exaltar la admiración por la “ternura” y el “amor” de Dios que, en la Creación, “ha dado todo al hombre”.
Dios nos ha dado el ADN de hijos, a Su imagen
Tres son los grandes dones que el Papa subrayó partiendo de la identidad:
“Ante todo, nos ha dado el ‘ADN’, es decir, nos ha hecho hijos, nos ha creado a Su imagen, a Su imagen y semejanza, como Él. Y cuando uno tiene un hijo, no puede ir para atrás: el hijo está hecho, está allí. E independientemente de que se le asemeje mucho o poco, se asemeja al padre, a veces no, pero es hijo; ha recibido la identidad. Y si el hijo llega a ser bueno, el padre se siente orgulloso de aquel hijo, ¿no? ‘Pero, mira, ¡qué bueno!’. Y si es un poco feo, el padre dice: ‘¡Es bello!’, porque el padre es así. Siempre. Y si es malo, el padre lo justifica, lo espera… Jesús nos ha enseñado cómo un padre sabe esperar a los hijos. Nos ha dado esta identidad de hijo: hombre y mujer; debemos añadir: hijos. Somos ‘como dioses’, porque somos hijos de Dios”.
La Tierra está encomendada al hombre para que la custodie con su trabajo
El segundo don de Dios en la Creación es, según Francisco, una “tarea”: “Nos ha dado toda la Tierra”, para “dominar” y  “subyugar”, como reza el Génesis. Es, por tanto, una “realeza” la que ha sido donada al hombre, añadió el Papa, porque Dios no lo quiere “esclavo” sino “señor”, “rey”, pero con una tarea:
“Así como Él ha trabajado en la Creación, nos ha dado a nosotros el trabajo, nos ha dado el trabajo de llevar adelante la Creación. No destruirla; sino hacerla crecer, cuidarla, custodiarla y hacer que se la lleve adelante. Nos ha dado todo. Es curioso, pienso yo: pero no nos dado el dinero. Tenemos todo. ¿El dinero quién nos lo ha dado? No lo sé. Dicen las abuelas que el diablo entra por los bolsillos: puede ser… podemos pensar en quien ha dado el dinero… Ha dado toda la Creación para custodiarla y llevarla adelante: éste es el don. Y, finalmente, ‘Dios creó al hombre a Su imagen, hombre y mujer los creó’”.
Volviendo a recorrer el relato del Génesis, el Obispo de Roma propuso el tercer y último don, el amor, a partir del hombre y de la mujer.
El amor: el tercer don de Dios en la Creación
“Hombre y mujer los creó. No es bueno que el hombre viva solo. E hizo a la compañera”, explicó el Papa Bergoglio. Dios amor da al hombre el amor y un “diálogo de amor” debe haber sido el primero entre el hombre y la mujer, imaginó Francisco. Y completó su mirada sobre la Creación con la siguiente invocación final:
“Agradezcamos al Señor por estos tres regalos que nos ha dado: la identidad, el don-deber y el amor. Y pidamos la gracia de custodiar esta identidad de hijos, de trabajar sobre el don que nos ha dado y llevar adelante con nuestro trabajo este don, y la gracia de aprender cada día a amar más”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).
(from Vatican Radio)