martes, 27 de diciembre de 2016

COMENTARIO AL EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (20,2-8) POR SAN JUAN PABLO II




Entre los que recibieron el anuncio de María Magdalena estaban Pedro y Juan (cf. Jn 20,3-8). Ellos se acercaron al sepulcro no sin titubeos, tanto más cuanto que Marta les había hablado de una sustracción del cuerpo de Jesús del sepulcro (cf. Jn 20,2). 

Llegados al sepulcro, también ellos lo encontraron vacío. Terminaron creyendo, tras haber dudado no poco, porque, como dice Juan, “hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos” (Jn 20,9).

Digamos la verdad: el hecho era asombroso para aquellos hombres que se encontraban ante cosas demasiado superiores a ellos. La misma dificultad, que muestran las tradiciones del acontecimiento. al dar una relación de ello plenamente coherente, confirma su carácter extraordinario y el impacto desconcertante que tuvo en el ánimo de los afortunados testigos. 

La referencia “a la Escritura” es la prueba de la oscura percepción que tuvieron al encontrarse ante un misterio sobre el que sólo la Revelación podía dar luz.

Sin embargo, he aquí otro dato que se debe considerar bien: si el “sepulcro vacío” dejaba estupefactos a primera vista y podía incluso generar una cierta sospecha, el gradual conocimiento de este hecho inicial, como lo anotan los Evangelios, terminó llevando al descubrimiento de la verdad de la resurrección.

En efecto, se nos dice que las mujeres, y sucesivamente los Apóstoles, se encontraron ante un “signo” particular: el signo de la victoria sobre la muerte. Si el sepulcro mismo cerrado por una pesada losa, testimoniaba la muerte, el sepulcro vacío y la piedra removida daban el primer anuncio de que allí había sido derrotada la muerte.

Para las mujeres y para los Apóstoles el camino abierto por “el signo” se concluye mediante el encuentro con el Resucitado: entonces la percepción aún tímida e incierta se convierte en convicción y, más aún, en fe en Aquel que “ha resucitado verdaderamente”. Así sucedió a las mujeres que al ver a Jesús en su camino y escuchar su saludo, se arrojaron a sus pies y lo adoraron (cf. Mt 28,9). 

Así le pasó especialmente a María Magdalena, que al escuchar que Jesús le llamaba por su nombre, le dirigió antes que nada el apelativo habitual: Rabbuní, ¡Maestro! (Jn 20,16) y cuando Él la iluminó sobre el misterio pascual corrió radiante a llevar el anuncio a los discípulos: “¡He visto al Señor!” (Jn 20,18). 

Lo mismo ocurrió a los discípulos reunidos en el Cenáculo que la tarde de aquel “primer día después del sábado”, cuando vieron finalmente entre ellos a Jesús, se sintieron felices por la nueva certeza que había entrado en su corazón: “Se alegraron al ver al Señor” (cf. Jn 20,19-20).
¡El contacto directo con Cristo desencadena la chispa que hace saltar la fe!
(De la catequesis de San Juan Pablo II el 1-02-1989)

EVANGELIO DE HOY: VIO Y CREYÓ




Lectura del santo evangelio según san Juan (20,2-8):

El primer día de la semana, María Magdalena echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.»

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró.

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

Palabra del Señor

lunes, 26 de diciembre de 2016

"Silencio" de Scorsese, una obra maestra del cine espiritual


 Probablemente junto con "El árbol de la vida" de Terrence Malick nos encontremos con una de las películas de más densidad teológica en perspectiva cristiana. Lo que la coloca al lado de obras maestras de la altura de Dreyer, Bresson o Tarkovski.
El apropiado "silencio" antes de su estreno ha generado una expectativa en crítica y público que no defrauda. Para los más alejados de la fe resultará una película extraña, inquietante y con probabilidad incómodamente confesante. A los creyentes que esperan una película de vida de santos misioneros y mártires les resultará decepcionante por ambigua y falta de luz cegadora, de una conversión tumbativa. Pero al que quiera pensar y creer, quizás le sumerja en un silencio habitado.
Scorsese es un cristiano anómalo, en cierta forma un cristiano oculto. Por este motivo cuando el arzobispo Paul Moore, tras comentar y defender su película "La última tentación de Cristo" (1988), le regaló la novela de Endô, le estaba y nos estaba haciendo un gran servicio. El proyecto de hacer una película de "Silencio" ha acompañado al director de "Malas calles" (1973), "Taxi Driver" (1976), "Toro salvaje" (1980), "Casino" (1995), "Gangs of New York" (2002), "La invención de Hugo" (2011) y "El lobo de Wall Street" (2013) durante casi 30 años. Ha sido un tiempo tanto de controversias legales como de maduración estética y espiritual.
"Silencio" dura dos horas y cuarenta minutos. Se trata de una peregrinación espiritual que sigue fielmente a la novela. El director está mucho más preocupado por transmitir la experiencia espiritual que por crear una atmósfera afectiva para la narración fílmica, lo que exige al espectador adentrarse entre las nieblas y barros en el drama humano al que Dios asiste aparentemente silencioso.
Scorsese es un director de dramas con personajes torturados que andan buscando la luz. El Jesucristo de "La última tentación" no era una excepción. El Charlie de "Malas calles", el boxeador Jake LaMotta de "Toro salvaje", la peripecia de la joven viuda en "Alicia ya no vive aquí" (1974), o el prometedor abogado Newland Archer de "La edad de la inocencia" (1993) siguen el modelo de seres torturados, inadaptados entre el cielo y la tierra. Tras esta tensión trágica, en Scorsese late, tanto como en los autores que adapta, una búsqueda espiritual que se hace temática no solo en su filmación del libro del cristiano ordodoxo-heterodoxo Nikos Kazantzakis, sino también en "Kundun" (1997) desde el budismo y de nuevo con el P. Rodrigo, todo un arquetipo del cristianismo trágico unamuniano.
La factura fílmica es excepcional. La representación del Japón medieval con sus brumas entre la noche y fe, el barro de la pobreza de una sociedad injusta y violenta, el oscuro mar que amenaza como el poder despótico. Lo fétido no se huele pero se siente. La secuencia magistral de la tortura y muerte de los campesinos cristianos, crucificados en la orilla del mar que les ahoga y asesina, es de una contención estética que permite erizar la piel.
La actuación del aparentemente superficial Spiderman, Andrew Garfield, en el papel del padre jesuita protagonista resulta más que una sorpresa agradable. Como ya ha demostrado en "Hasta el último hombre" (2016) de Mel Gilson se trata de un actor que tiene algo de los modelos bressonianos, un rostro capaz de mostrar un misterio. Issei Ogata en el papel del gobernador militar Inoue, escondido bajo la apariencia de un viejo samurái resulta de una gran potencia dramática a la altura de los personajes inolvidables de Akira Korosawa, viejo amigo de Scorsese. El director italonorteamericano apareció haciendo de Vincent Van Gogh en "Los sueños de Akira Korosawa" (1990). La presencia-ausencia del personaje del padre Ferreira, contenido y enigmático Liam Neeson en su aportación, resulta un factor agregador de sentido. Yôsuke Kubozuka en el papel del infiel y fiel Kichijiro cumple con creces su papel de espejo del protagonista. Mientras que el padre Garpe interpretado por Adam Driver supone un contrapunto para el seguro liderazgo de P. Rodrigo.
El drama interno del protagonista supone una transfiguración. El punto de partida es la generosa disposición del misionero que viene a evangelizar y cambiar el mundo bajo la bandera de Jesucristo. El primer giro vendrá ante el reconocimiento de la fe sencilla y valiente martirio de los pobres campesinos japoneses, los cristianos ocultos y verdaderos. El segundo giro de tuerca vendrá tras el denso y casi cómplice silencio de Dios, un Dios que calla ante el sufrimiento de los inocentes. La rosca apretará a fondo en la comprobación de la debilidad, cuando la confianza en sí mismo salta por los aires ante el miedo a la tortura en sí y en los otros, los pequeños hermanos. Y justo allí en medio del más radical silencio se oirá una palabra...
No es una casualidad que en un tiempo de densificación del dolor de los pobres, de fuerte secularización silenciosa de dioses, de renovada persecución fundamentalista de los distintos la actualidad de "Silencio" nos resulte inquietante. Scorsese se ha sabido aupar en la potencia de la obra de Endô para realizar una meditación espiritual sobre el rostro de Dios presente en Jesucristo. Desde este rostro se verifica toda mediación humana que antes que salvar necesita ser salvada. La apostasía en un paso para la purificación de la fe, la duda es una puerta para la confianza, el sufrimiento un crisol innecesario pero sobrevenido que hace descansar el pie en la definitiva roca firme.
Como creador el director añade en su obra algo más que un artesano de adaptaciones. El final de Scorsese, en su sutileza, será más rotundo y occidental, que el final de la novela de Endô. Que solo sea por este final añadido, vale la pena el camino. El infiel jesuita y su fiel sirviente Kichijiro se unen por fin. La última vuelta en un minúsculo símbolo dejado por una mujer.
La historia del cristianismo en Japón he de ser comprendida desde los "kakure kirishitans", la iglesia de las catacumbas. Entre finales del siglo XVI y el año 1865 los cristianos fueron perseguidos y prohibidos en el llamado período Edo de la historia de Japón, un período de estabilidad muy marcado por la defensa de su propia tradición y estructura social. Tras la llegada de los primeros misioneros con San Francisco Javier (1549), de la mano de portugueses y españoles, y tras un tiempo de acogida, el cristianismo fue visto como una amenaza de conquista de la mano de las potencias occidentales. El ejemplo de Filipinas y América era una confirmación.
Tras algunos episodios de persecución como los 26 mártires de Nagasaki (1597) y periodos de calma se instaura la prohibición en la que 5000 cristianos fueron exterminados. La rebelión campesina-cristiana de Shimabara fue sofocada con la muerte de 37.000 rebeldes y la destrucción de las iglesias, la expulsión de los misioneros y la desaparición de los japoneses cristianos que eran obligados a apostatar pisando los "fumie" pequeñas imágenes de Cristo y de la Virgen María. Durante dos siglos se mantuvo oculto un cristianismo organizado en pequeñas cofradías presentes entre la población campesina y sin ningún contacto con las iglesias. Este cristianismo popular y sincretista sobrevivió en pequeños núcleos hasta que en 1865, tras la legalización del cristianismo, 15 japoneses cristianos ocultos aparecieron en una iglesia para europeos de las afueras de Nagasaki, allí salieron a la luz los cristianos de las catacumbas en Japón.
En 1966, Endô, el mejor novelista católico de Japón, publicó su obra Silencio. Fue un éxito enorme y el cristianismo en Japón, con poco más de un millón de fieles, se convirtió en motivo de debate y discusión. Dos millones de ejemplares vendidos, diferentes premios y la traducción a todas las lenguas de gran difusión hicieron del texto la obra más reconocida de su autor.
Endô influido por la cultura de los grandes escritores católicos franceses Mauriac, Claudel y Bernanos escribe desde un compromiso cristiano a la vez que desde la intersección de la identidad cultural japonesa y las influencias de Occidente. Su novela sobre la inculturación del cristianismo en el Japón largamente medieval adquiere una nueva actualidad en el tiempo de la secularización y en un momento del mundo donde la persecución de los cristianos se acentúa.
El contraste de sus dos protagonistas, el padre Sebastián Rodrigo y el cristiano Kichijirö, una especie de Judas japonés, representa el contrapunto de dos mundos: Oriente y Occidente. El misionero jesuita llega con su compañero Francisco Garrpe buscando al padre Ferreira, su antiguo maestro y formador, del que corre el rumor que ha apostatado. Su desembarco clandestino desde Macao, donde conoce a un Kichijirö borracho y ensimismado, a las islas de la zona de Nagasaki le lleva a ponerse en contacto con los grupos de campesinos cristianos ocultos. Allí conoce su fe y su papel de misionero se despliega en una mezcla de fidelidad a Jesús, servicio a aquellos cristianos pobres y perseguidos junto con una cierta y sospechosa arrogancia.
La peripecia de ficción basada en la historia real sirve a Endô para profundizar en cuestiones esenciales como la debilidad de la naturaleza humana, la fidelidad de los pequeños y sencillos, el silencio de Dios, la centralidad de Jesucristo, la inculturación de la fe, la violencia y la persecución, el poder de la imagen como sacramento y la fuerza oculta de la gracia divina.
(Peio Sánchez Rodríguez).
Religión digital

26 de diciembre: san Esteban, diácono y protomártir


Fue la primera muerte por Cristo después que resucitó. Resultó inesperada, violenta, envidiosa, cruel; calificativos que podrían completarse con gloriosa, inocente, ejemplar, fuerte, valiente. La muerte del protomártir provocó sorpresa y miedo en Jerusalén con el consiguiente afán de huida –cosa de instinto– de los cristianos que se desparramaron por los alrededores.
Esteban fue el abanderado de los mártires que en el calendario son los que más figuran por ser más abundante esta categoría entre los santos; fue el diácono quien señaló el camino a los demás mártires, el que inauguró el martirologio.
Se cumplió en él la advertencia del Señor; no había nada de extraordinario en su muerte, entraba en el guión: «como corderos en medio de lobos… os azotarán en las sinagogas… el discípulo no está por encima de su maestro, ni el siervo por encima de su señor… no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma… dichosos cuando os injurien y os persigan por causa de mi nombre… bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia». Así habían comenzado ya el programa los Apóstoles «gozosos de haber sufrido por el nombre de Jesús», pero no habían llegado a tanto. Era claro que Jesús les había dicho «Seréis mis testigos». ¿No quiere decir eso la palabra mártir?
Esteban fue llamado para colaborar de modo directo al ministerio apostólico, sirviendo las mesas. Se habían quejado los neocristianos procedentes de los judíos de lengua griega porque no se atendían suficientemente a sus viudas. Los Apóstoles habían pensado que unos varones sensatos, prudentes, activos y llenos de caridad debían ser incorporados al servicio del apostolado y dedicarse a la atención de las mesas de modo principal. Eligieron a siete y Esteban era uno de ellos.
Judíos de la sinagoga de los libertos procedentes de aquellos judíos que Pompeyo había llevado a Roma, originarios de Cirene y de Alejandría, y que al conseguir la libertad regresaron a la tierra de sus mayores, seguían formando un colectivo problemático y difícil. Se habían unido a otros alejandrinos, cirenenses, y asiáticos para disputar con Esteban; no están a su altura. Hay una confabulación contra el diácono para presentar testigos falsos y llevarlo al Sanedrín –se repetía la manera de hacer ya harto conocida– donde le acusarían falsamente de proferir blasfemias contra Dios y contra Moisés.
Lo esperaron estos fanáticos judíos, querían encontrarlo a solas en uno de los muchos vericuetos o callejuelas estrechas de Jerusalén, con la intención de dañar porque la secta de los cristianos estaba dando que hablar demasiado y se llevaba a mucha gente; los sacerdotes decían que era una humillación para el pueblo. Acorralaron a Esteban y le increparon por su fe en el crucificado; ante el Sanedrín comenzó a hablar Esteban con un diálogo que, más que defensa, es catequesis donde se toma pie de lo común antiguo para llegar a la salvación realizada por Jesucristo, que es lo nuevo. No era aquel hombre interpelado un extraño, un alienígena, ni un advenedizo; hablaban un lenguaje común, pero la sintonía no podía darse, estaban en ondas distintas. Predica desafiante la verdad y aquello no lo soportaron sus oyentes por sus pasiones exacerbadas.
Lapidación era la pena a los blasfemos y blasfemia interpretaron de Estaban cuando les habló de cielos abiertos, y de Jesucristo reinante junto al trono de Dios. Le tiraron todas las piedras que había, pedrada tras pedrada fue muriendo, a pesar de que «su cara les pareciera un ángel». Testigos hubo de cargo; aquel joven Saulo que por poca edad –no por falta de ganas– no pudo tirar; solo cooperó guardando las ropas de los lapidadores que necesitaban facilidad de movimientos para arrojar los terribles proyectiles manuales pétreos. Es hecho conocido que la misma Escritura Santa, dura por clara, dice que «Saulo aprobaba su muerte».
Como el ser precede al actuar, Esteban era cristiano y actuó como tal, el modelo era Cristo a quien amaba y desea imitar. Esteban terminó con la súplica «Señor, Jesús, recibe mi espíritu» y, como no sabía hacer otra cosa, repitió la actitud interna y la misma súplica externa del Salvador crucificado: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado».
Debió de contar el episodio martirial el mismo Pablo, testigo ocular, a Lucas, que trabajó años junto a él y lo dejó escrito en su libro Hechos de los Apóstoles. Bien pudo ser la mismísima conversión de Pablo el fruto maduro del martirio de Esteban.
Infomadr

El Dios de las cosas pequeñas



Leí esta expresión en una estupenda entrevista que le hicieron a Chema Caballero, en la que hablaba de la recuperación de los niños soldado de Sierra Leona. Me encantó. Estamos en pleno Adviento y esperamos a ese Dios de las cosas pequeñas: del vaso de leche que se toman los niños antes de ir al cole. De un detalle en el trabajo con algún compañero. De hacer esa llamada pendiente. De esa oración que hago por alguien que lo necesita, como un guiño al cielo. De la honradez y la transparencia en lo cotidiano. De perdonar alguna ofensa que me hicieron.
Todas estas cosas son tan pequeñas y tan grandes a la vez… Todo está en ese «espacio interior del mundo», en una expresión de Rilke tan querida para Etty Hillesum (fallecida en un campo de concentración); expresión que es aún más bonita en alemán porque constituye una sola palabra, sin división, sin escisión: Weltinnenraum. Cosas que son pequeñas pero que un día darán fruto, como la semilla. Como el pesebre de Belén. Porque lo importante, como subraya con frecuencia el Papa, es «generar procesos, y no ocupar espacios». Aquí, eso pequeño de lo que hablamos es la misión que llevamos juntos los alumnos, los profesores, las familias, las hermanas, la gente… Un día fructificará, pero ya está brotando. Educar es ayudar a un pueblo a ser protagonista de su propio desarrollo, a vivir con dignidad, a ponerse en pie, a fortalecer el tejido social, a crear estructuras más justas, a hacer más posible esa vida buena (que no buena vida) como decía el Papa en noviembre en su discurso a los movimientos populares.
Un día vino Ritong. Es un chaval que tiene 18 años y que está en primero de Secundaria (tendría que tener 12 años). Ha tenido que dejar los estudios varias veces por falta de medios, porque es huérfano, y se busca la vida como puede. Su frase más repetida es «quiero estudiar». Gracias a una beca, Ritong está estudiando y la verdad es que con muchísimo interés y ganas de aprender. Una frase que he oído más veces, de la boca de Numbi, de Antoinette, de Mangala, de Misenga, de Louis, de Mujinga… esa frase está preñada de futuro y esperanza.
Hace dos años apareció por aquí el señor Banza, un importante ingeniero informático de Kolwezi. Me contó que había estudiado en nuestra escuela de Kafakumba (un medio rural muy, muy apartado) y me dijo: «Yo quiero ayudar, porque a mí la escuela me dio mucho de lo que soy hoy». Viene dos veces por semana y nos está ayudando a implantar la sección Comercial-Informática. Y el otro día, para que no me olvidara de esta cadena ininterrumpida de solidaridad, de coraje y de entrega, vino un chaval y me dijo: «Yo de mayor quiero ser como el señor Banza».
Victoria Braquehais
Religiosa de la Pureza de María. Misionera en la República Democrática del Congo
Alfa y Omega

COMENTARIO AL EVANGELIO SEGÚN SAN MAYEO POR EL PAPA FRANCISCO


 

“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy la liturgia recuerda el testimonio de san Esteban. Elegido por los Apóstoles, junto con otros seis, para la diaconía de la caridad, es decir para asistir a los pobres, los huérfanos y las viudas en la comunidad de Jerusalén, se convirtió en el primer mártir de la Iglesia. 

Con su martirio, Esteban honra la venida al mundo del Rey de los reyes, da testimonio de Él y ofrece como don su vida, como lo hacía en el servicio a los más necesitados. Y así nos muestra cómo vivir en plenitud el misterio de la Navidad.

El Evangelio de esta fiesta cita una parte del discurso de Jesús a sus discípulos en el momento en que los envía en misión. Dice entre otras cosas: «Seréis odiados por todos a causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el final, se salvará» (Mt10, 22). 

Estas palabras del Señor no turban la celebración de la Navidad, sino que le quitan ese falso revestimiento dulzón que no le pertenece. Nos hacen comprender que en las pruebas aceptadas a causa de la fe, la violencia es derrotada por el amor, la muerte por la vida. 

Y para acoger de verdad a Jesús en nuestra existencia y prolongar la alegría de la Noche santa, el camino es precisamente el indicado por este Evangelio, es decir, dar testimonio de Jesús en la humildad, en el servicio silencioso, sin miedo de ir a contracorriente y de pagar en primera persona. 

Y si bien no todos están llamados, como san Esteban, a derramar la propia sangre, a cada cristiano, sin embargo, se le pide ser coherente en toda ocasión con la fe que profesa. Y la coherencia cristiana es una gracia que debemos pedir al Señor. Ser coherentes, vivir como cristianos y no decir: «soy cristiano», y vivir como pagano. La coherencia es una gracia que debemos pedir hoy.

Seguir el Evangelio es ciertamente un camino exigente, pero hermoso, muy hermoso, y quien lo recorre con fidelidad y valentía recibe el don prometido por el Señor a los hombres y las mujeres de buena voluntad. Como cantaban los ángeles el día de Navidad: «¡Paz! ¡Paz!». Esta paz donada por Dios es capaz de tranquilizar la conciencia de aquellos que, a través de las pruebas de la vida, saben acoger la Palabra de Dios y se comprometen en observarla con perseverancia hasta el final (cf. Mt10, 22).

Hoy, hermanos y hermanas, recemos de modo particular por quienes son discriminados, perseguidos y asesinados por el testimonio que dan de Cristo. Quisiera decir a cada uno de ellos: si lleváis esta cruz con amor, habéis entrado en el misterio de la Navidad, habéis entrado en el corazón de Cristo y de la Iglesia.

Recemos, además, para que, gracias también al sacrificio de estos mártires de hoy —son muchos, muchísimos—, se refuerce en todas las partes del mundo el compromiso por reconocer y asegurar concretamente la libertad religiosa, que es un derecho inalienable de toda persona humana.

Queridos hermanos y hermanas, os deseo que viváis con serenidad las fiestas navideñas. Que san Esteban, diácono y primer mártir, nos sostenga en nuestro camino de cada día, que esperamos coronar, al final, en la jubilosa asamblea de los santos en el Paraíso”. (Papa Francisco, Ángelus del 26-12-2014)

EVANGELIO DE HOY: EL QUE PERSEVERE HASTA EL FINAL SE SALVARÁ




Lectura del santo evangelio según san Mateo (10,17-22):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: 

«No os fiéis de la gente, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes, por mi causa; así daréis testimonio ante ellos y ante los gentiles. 

Cuando os arresten, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en su momento se os sugerirá lo que tenéis que decir; no seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros. 

Los hermanos entregarán a sus hermanos para que los maten, los padres a los hijos; se rebelarán los hijos contra sus padres, y los matarán. Todos os odiarán por mi nombre; el que persevere hasta el final se salvará.»

Palabra del Señor

domingo, 25 de diciembre de 2016

Papa: Sólo con la paz es posible un futuro más próspero para todos

 En la Solemnidad de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo, el Papa Francisco dirigió su Mensaje navideño e impartió su Bendición Urbi et Orbi, es decir a la ciudad de Roma y al mundo entero.
Al felicitar a los miles de fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro el Papa Bergoglio dijo que en este día de alegría “todos estamos llamados a contemplar al Niño Jesús, que devuelve la esperanza a cada hombre sobre la faz de la tierra”. Y con su gracia – dijo – “demos voz y cuerpo a esta esperanza, testimoniando la solidaridad y la paz. Feliz Navidad a todos”.
Tras recordar que en esta ocasión la Iglesia revive el asombro de la Virgen María, de San José y de los pastores de Belén, contemplando al Niño que ha nacido, a Jesús, el Salvador, el Pontífice explicó que el poder de este Niño, Hijo de Dios, no es el poder de este mundo, basado en la fuerza y en la riqueza, sino en el poder del amor, que es “poder de servicio que instaura en el mundo su reino de justicia y de paz”.
Al destacar que el anuncio del nacimiento de Jesús estuvo acompañado por el canto de los ángeles, el Papa dijo que este anuncio – “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios ama” – hoy recorre toda la tierra, con el deseo de llegar a todos los pueblos, especialmente a los que se ven afectados por la guerra y los conflictos, y que sienten con fuerza este deseo de paz.
De ahí que haya pedido: Paz a los hombres y a las mujeres de la martirizada Siria, sobre todo en la ciudad de Alepo; paz para Tierra Santa, elegida y predilecta por Dios son su deseo de que puedan recobrar unidad y concordia IrakLibia y Yemen. Paz para las diferentes regiones de África, de modo especial para Nigeria.  Paz para Sudán del Sur y la República Democrática del Congo. Paz para quienes sufren aún a causa del conflicto en Ucrania oriental.
Asimismo, el Papa pidió concordia para el querido pueblo colombiano y la amada Venezuela. Paz para todos los que afrontan sufrimientos en el mundo, a causa de peligros e injusticias, con su mirada hacia Myanmar
El Santo Padre también invocó la paz para quienes han perdido a algún ser querido a causa del terrorismo. Paz  de manera eficaz y concreta para quienes están abandonados y excluidos, para los que sufren hambre; para los prófugos, los emigrantes y refugiados, sin olvidar a quienes son objeto de la trata de personas.
Paz para los pueblos que sufren por las ambiciones económicas de unos pocos y la avaricia voraz del dios dinero que lleva a la esclavitud. Paz para quienes están marcados por el malestar social y económico, y para los que sufren las consecuencias de los terremotos u otras catástrofes naturales.
Antes de impartir su bendición, el Santo Padre Francisco pidió paz para los niños – precisamente en el día en que Dios se hace niño – y paz sobre la tierra a todos los hombres de buena voluntad, que cada día trabajan, con discreción y paciencia, en la familia y en la sociedad, para construir un mundo más humano y justo, sostenidos por la convicción de que sólo con la paz es posible un futuro más próspero para todos.

Mensaje de Navidad. ¡Cuida al niño que nace en ti!


Querido Amigo:
“Nos ha nacido un Niño, un Hijo se nos ha dado”. Estas palabras de las Escrituras se refieren, sin duda, al nacimiento de Jesús en Belén, nacido de la Virgen María. La Iglesia escoge este texto para acompañarnos en la contemplación del Misterio de la Navidad.
Sin mermar el sentido cristológico del pasaje, cada uno de nosotros, sin embargo, podemos aplicarnos, y precisamente por el nacimiento de Dios hecho hombre, el anuncio de los ángeles a los pastores, y descubrir que todos llevamos dentro un niño, el ser más tierno, sensible, humano, limpio, hermoso, frágil, divino, hechura del Creador, llamado a vivir con Él, a ser de Él, a ser Él.
Jesús llegó a decir que de los que se hacen como niños es el reino de los cielos, y aplicó la bienaventuranza a los limpios y humildes de corazón. Solo los que protegen su inocencia y tienen los ojos de luz, los que se admiran por la bondad y la belleza de la creación, nos adelantan el reino de Dios.
Si yo llevo en mi carne la imagen del Primogénito, y si cada ser humano tiene la dignidad de hijo de Dios, la Navidad me invita a recuperar la alegría por mi identidad, que me desvela el Niño Jesús de Belén.
En otro momento, Jesús dirá a sus discípulos: “Dejad que los niños se acerquen a mí”. Y los ángeles cuidan de manera especial a los que son y se hacen como niños. Santa Teresa del Niño Jesús nos enseña la espiritualidad de la llamada infancia espiritual, que nos invita a entrar en relación con el Hijo de María como quienes juegan y conviven juntos.
Me estremece el olvido de la verdad que me define y que es el título de mi mayor dignidad: “Soy hijo de Dios”, y nunca podré matar al niño que llevo en mí, reflejo del Emmanuel.
Cuando este año, como tantos otros, celebré la Eucaristía en la cueva de los pastores con el grupo de peregrinos, y teníamos ante el altar la imagen del Niño Jesús, no solo me emocionaba la realidad sacramental, al contemplar en una fusión de planos el Pan Santo y al Niño de Belén, sino que me sobrecogía la vivencia al descubrirme carne del Cuerpo de Cristo. Y era consciente de la gran diferencia entre venerar y adorar la realidad que se me mostraba fuera de mí, y convivir de manera inconsciente con la sacramentalidad que llevaba en mi propio interior, cuando de ello dependía la sinceridad de mi adoración a la Eucaristía y al Niño de Belén.
Hagamos homenaje al Hijo de María en el Misterio de la Navidad, que nace en nosotros, y tratémonos como realidad sagrada. ¡Feliz Navidad!
Ángel Moreno de Buenafuente

Un Dios cercano


La Navidad es mucho más que todo ese ambiente superficial y manipulado que se respira estos días en nuestras calles. Una fiesta mucho más honda y gozosa que todos los artilugios de nuestra sociedad de consumo.
Los creyentes tenemos que recuperar de nuevo el corazón de esta fiesta y descubrir detrás de tanta superficialidad y aturdimiento el misterio que da origen a nuestra alegría. Tenemos que aprender a «celebrar» la Navidad. No todos saben lo que es celebrar. No todos saben lo que es abrir el corazón a la alegría.
Y, sin embargo, no entenderemos la Navidad si no sabemos hacer silencio en nuestro corazón, abrir nuestra alma al misterio de un Dios que se nos acerca, alegrarnos con la vida que se nos ofrece y saborear la fiesta de la llegada de un Dios Amigo.
En medio de nuestro vivir diario, a veces tan aburrido, apagado y triste, se nos invita a la alegría. «No puede haber tristeza cuando nace la vida» (León Magno). No se trata de una alegría insulsa y superficial. La alegría de quienes están alegres sin saber por qué. «Tenemos motivos para el júbilo radiante, para la alegría plena y para la fiesta solemne: Dios se ha hecho hombre y ha venido a habitar entre nosotros» (Leonardo Boff). Hay una alegría que solo la pueden disfrutar quienes se abren a la cercanía de Dios y se dejan atraer por su ternura.
Una alegría que nos libera de miedos, desconfianzas e inhibiciones ante Dios. ¿Cómo temer a un Dios que se nos acerca como niño? ¿Cómo rehuir a quien se nos ofrece como un pequeño frágil e indefenso? Dios no ha venido armado de poder para imponerse a los hombres. Se nos ha acercado en la ternura de un niño a quien podemos acoger o rechazar.
Dios no puede ser ya el Ser «omnipotente» y «poderoso» que nosotros sospechamos, encerrado en la seriedad y el misterio de un mundo inaccesible. Dios es este niño entregado cariñosamente a la humanidad, este pequeño que busca nuestra mirada para alegrarnos con su sonrisa.
El hecho de que Dios se haya hecho niño dice mucho más de cómo es Dios que todas nuestras cavilaciones y especulaciones sobre su misterio. Si supiéramos detenernos en silencio ante este niño y acoger desde el fondo de nuestro ser toda la cercanía y la ternura de Dios, quizá entenderíamos por qué el corazón de un creyente debe estar transido de una alegría diferente estos días de Navidad.
José Antonio Pagola

Francisco lleva personalmente a Benedicto XVI sus felicitaciones navideñas


El papa Francisco fue este viernes por la tarde al monasterio Mater Ecclesiae en los jardines del Vaticano para llevar personalmente sus felicitaciones navideñas a Benedicto XVI. “El gesto es parte de la simplicidad de la relación entre el Papa y el Papa emérito”, se lee una comunicación interna de Radio Vaticano.
El primero de los encuentros públicos fue el 23 de marzo de 2013 en en Castel Gandolfo, donde Benedicto XVI y Francisco rezaron juntos algunos momentos.
Un mes y medio despuñes, el 5 de julio de 2013, Benedicto XVI volvió a estar junto a Francisco durante la inauguración de un monumento a San Miguel en los jardines del Vaticano.
El 22 de febrero de 2014, durante el consistorio para crear nuevos cardenales, fue la primera vez en la historia en que dos papas estaban en la basílica de san Pedro.
La canonización de Juan Pablo II y Juan XXIII en la plaza de San Pedro, el 27 de abril de 2014, fue otra de las ocasiones.
Dos meses más tarde, el 28 de septiembre, invitado por Francisco, Benedicto XVI regresó a la plaza de San Pedro, donde asistió al encuentro con los ancianos. El Papa emérito apareció en un buen estado de ánimo, a pesar de caminar muy lentamente y con la ayuda de un bastón.
Siempre por invitación de Francisco, Benedicto XVI estuvo de nuevo en la plaza de San Pedro el 19 de octubre de 2014, fecha concelebró el rito de beatificación del Papa Pablo VI.
También en el 2015, el papa emérito regresó a la basílica de San Pedro, donde asistió al consistorio en la que Francisco creó 20 nuevos cardenales el 14 de febrero.
A finales de 2015, Benedicto XVI cruzó por la Puerta Santa de la Misericordia de la basílica de San Pedro, abierta por Francisco para el Jubileo, el 8 de diciembre.
El 20 de noviembre de 2016, Francisco fue a la Monasterio Mater Ecclesia, donde fue recibido por el Papa emérito con los nuevos cardenales creados en el consistorio de ese mismo día.
(ZENIT – Ciudad del Vaticano)

Paja sucia, barro, orina y estiércol. ¿Quién querría habitar ahí?


Es en tu debilidad, en tu pobreza, donde se va a desarrollar tu felicidad. Si le dejas entrar, Cristo será fuerte en ti
Hace tiempo conocí a un chico que, en un bar, en un momento de calentón, golpeó a otro con un vaso en la cara. La Policía le llevó al calabozo. Al entrar le quitaron todo: las gafas, el reloj, la alianza… se quedó sin nada. En ese momento de debilidad total tenía dos caminos: desesperarse, o dar la mano a Dios y confiar. Este chico optó por dar la mano a Cristo, y rezó. Entonces la paz entró en su corazón, empezó a ver a sus compañeros y comenzó a preguntarles. Pronto vio a un joven que estaba muy asustado y con mucho frío. Se quitó la chaqueta y se la dio. Dejó a Cristo vencer en su debilidad, y ahora sabe que Dios existe.
La siguiente historia, en cambio, me llegó hace un par de días: de nuevo se trataba de un chico, que comenzó a compartirme uno de los momentos más duros de su vida. Fue el día en que le llamaron con una inesperada noticia: su padre había muerto de repente. Impactado, se puso en camino pero, minutos más tarde, recibe una nueva llamada: no había sido una muerte cualquiera. Su padre se había suicidado. Miles de preguntas se agolpaban en su cabeza, mientras la culpabilidad se apoderaba de él. En su debilidad, abrió la puerta al mal: desconfianza, juicios, una lluvia angustiosa de porqués… Su vida se transformó en una auténtica pesadilla. Desesperado, un día entró en una iglesia. Allí había una imagen de la Piedad: la Virgen sostenía el cuerpo sin vida de su Hijo. Se acercó a la imagen y, agarrando la mano de Cristo, le pidió ayuda. Le pidió que le diese paz, que le diese todo lo que él no había podido darse a sí mismo. A los pocos instantes, un amor fuerte le invadió, todo en su interior se calmó y ya no volvió a tener culpabilidad. Cristo le hizo ver el amor que siempre había existido entre este padre y este chico. Desaparecieron los miedos y las pesadillas, la confianza le hizo recuperar la paz y el amor perdidos. Desde entonces no ha vuelto a querer ser palacio, sino cuadra.
¿Poder con todo?
Si buscas el significado de cuadra, todos los diccionarios, con palabras más o menos técnicas, te señalarán que es el lugar donde se guardan los animales. ¿Te imaginas ese sitio? No, no, con más realismo… ¿Qué hay allí? Paja sucia, barro, orina y estiércol. ¿Quién querría habitar ahí?
Una de las cosas que siempre nos han enseñado es la importancia de ser fuerte y poder con todo. Nos encantaría ser palacios fortificados, capaces de hacer frente a toda imperfección, pero, en el fondo de nosotros, sabemos que somos débiles y frágiles. ¿Cuántas noches te acuestas con el peso de tus errores, de tus miedos…? ¿Cuántas veces eres incapaz de controlar tus impulsos, como la ira, el egoísmo o la soberbia…, a pesar de todas las promesas que te has hecho de cambiar?
La debilidad aparece una y otra vez en nuestra vida. Puedes ocultarla, o puedes retomar la lucha con renovado empeño; sin embargo, la debilidad, tercamente, no se cansa de llamar a nuestra puerta. Nuevos fracasos, nuevos reveses… El palacio con su fortaleza se desmorona, y aparece otra vez la cuadra que llevamos en nuestro interior.
¿Y qué hacer? Es en tu debilidad, en tu pobreza, donde se va a desarrollar tu felicidad. Cuando sientas una situación de debilidad se te van a ofrecer dos caminos: uno es el del mal, en el que abrirás una puerta a la desconfianza, a la duda, a los juicios, al rencor… El otro camino es el del bien, donde abres la puerta al perdón, al amor, a la misericordia, a la comprensión.
Te ama tal y como eres
Muchas veces, porque te sientes débil, crees que estás abocado a dejarte llevar por el mal, pero eso no es cierto. En tu mano está la decisión. Puedes dejarte arrastrar por el miedo… o puedes dejar que sea la confianza en Cristo la que guíe tu vida. Porque, aunque tú no puedas, Él sí puede. Si le dejas entrar, Cristo será fuerte en ti.
En ese momento ya no tendrás miedo a ser una cuadra, porque, en esa cuadra que se siente débil, es donde va a nacer el Dios-con-nosotros. Él no busca lo perfecto, sino lo enamorado.
Y esto es lo que somos, una cuadra pobre y débil, pero es ahí donde quiere nacer nuestro Dios, es ahí donde te dice que te ama tal y como eres, y que viene a salvarte. Él solo te pide que te cuadres, te dice que, para vivir estos días de Navidad, solo necesitas hacerte cuadra. Puede que en algún momento sientas que te enciende la ira, o que te arrastra el juicio… No creas que está todo perdido, no quieras mirar hacia otro lado, ¡mira a Cristo! Porque en tu debilidad es donde Él va a ser fuerte. Sé valiente, cierra la puerta al mal y da la mano a Cristo. Esta Navidad Él te invita a vivir desde la oración y el amor.
Pero solo es una invitación. Depende de ti la respuesta. Ante tu debilidad, ¿abrirás la puerta al mal o se la abrirás al bien? ¿Quién se hará fuerte en ti?
Vive de Cristo.
Sor María Leticia de Cristo Crucificado
Maestra de novicias de las dominicas de Lerma

«Queridos niños de Alepo: ¡No tengáis miedo! Dios no os olvida»



Desde que en la primera semana de Adviento el Pequealfa lanzó su campaña para enviar felicitaciones de Navidad a los niños de Alepo, hemos recibido de toda España –¡e incluso de Italia, Ecuador y Polonia!– cerca de 1.800 cartas, tarjetas y dibujos, que pronto estarán camino de Siria. Ofrecemos aquí una selección.

«En Navidad Jesús nace en nuestros corazones. Celebremos esta gran ocasión juntos. Deseo que encontréis la felicidad con Jesús en estos tiempos difíciles. Os deseo lo mejor. ¡Feliz 2017! Os deseo que la fe os ayude a seguir adelante. Incluso si no estáis en vuestro mejor momento, espero que el espíritu de la Navidad esté en vuestro corazón». 
Ana, 11 años

«Cuando escuché que estabais sufriendo mucho me dio un ataque en el corazón y sentí la guerra de vuestro país en mi alma y me dio pena y rompí a llorar. Yo estoy rezando mucho por vosotros. Yo estoy haciendo sacrificios para que os vaya bien, me da pena que estéis en guerra. No quiero que muráis. Yo tengo fe y quiero ayudaros. Cuando vosotros sufrís, yo también. Tenéis fe en vuestros corazones y podéis hacer cosas grandes para sobrevivir, pero si no tenéis fe, la valentía se va de vosotros. Seguid teniendo fe, porque así tenéis a Dios más cerca de vosotros. Tened confianza porque se acerca la Navidad y el Salvador (Jesús) va a llegar otra vez a la tierra y nos va a salvar porque ¡Él es Dios! Vosotros sois mis hermanos. Os quiero mucho».