jueves, 22 de diciembre de 2016

El Poderoso ha hecho obras grandes por mí



Lectura del santo Evangelio según san Lucas 1, 46-56

En aquel tiempo, María dijo:
«Proclama mi alma la grandeza del Señor, “se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava”.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: “su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”.
Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia” - como lo había prometido a “nuestros padres” - en favor de Abrahán y su descendencia por siempre».
María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.
Palabra del Señor.

El Papa en la audiencia: «Que la Navidad sea un encuentro personal con el Señor»


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hemos iniciado hace poco un camino de catequesis sobre el tema de la esperanza, muy apropiado para el tiempo del Adviento. A guiarnos hasta ahora ha sido el profeta Isaías. Hoy, a pocos días de la Navidad, quisiera reflexionar de modo más específico sobre el momento en el cual, por así decir, la esperanza ha entrado en el mundo, con la encarnación del Hijo de Dios. El mismo profeta Isaías había preanunciado el nacimiento del Mesías en algunos pasajes: «Miren, la joven está embarazada y dará a luz un hijo, y lo llamará con el nombre de Emanuel» (7,14); y también – en otro pasaje – «Saldrá una rama del tronco de Jesé y un retoño brotará de sus raíces» (11,1). En estos pasajes se entre ve el sentido de la Navidad: Dios cumple la promesa haciéndose hombre; no abandona a su pueblo, se acerca hasta despojarse de su divinidad. De este modo Dios demuestra su fidelidad e inaugura un Reino nuevo, que dona una nueva esperanza a la humanidad. Y ¿cuál es esta esperanza? La vida eterna.
Cuando se habla de la esperanza, muchas veces se refiere a lo que no está en el poder del hombre y que no es visible. De hecho, lo que esperamos va más allá de nuestras fuerzas y nuestra mirada. Pero el Nacimiento de Cristo, inaugurando la redención, nos habla de una esperanza distinta, una esperanza segura, visible y comprensible, porque está fundada en Dios. Él entra en el mundo y nos dona la fuerza para caminar con Él – Dios camina con nosotros en Jesús –, caminar con Él hacia la plenitud de la vida; nos da la fuerza para estar de una manera nueva en el presente, a pesar de ser difícil. Entonces, esperar para el cristiano significa la certeza de estar en camino con Cristo hacia el Padre que nos espera. La esperanza jamás está detenida, la esperanza siempre está en camino y nos hace caminar. Esta esperanza, que el Niño de Belén nos dona, ofrece una meta, un destino bueno en el presente, la salvación para la humanidad, la bienaventuranza para quien se encomienda a Dios misericordioso. San Pablo resume todo esto con la expresión: «Solamente en la esperanza hemos sido salvados» (Rom 8,24). Es decir, caminando de este modo, con esperanza, somos salvados. Y aquí podemos hacernos una pregunta, cada uno de nosotros: ¿yo camino con esperanza o mi vida interior está detenida, cerrada? ¿Mi corazón es un cajón cerrado o es un cajón abierto a la esperanza que me hace caminar? No solo, con Jesús. Una buena pregunta por hacernos.
En las casas de los cristianos, durante el tiempo de Adviento, se prepara el pesebre, según la tradición que se remonta a San Francisco de Asís. En su simplicidad, el pesebre transmite esperanza; cada uno de los personajes está inmerso en esta atmósfera de esperanza.
Antes que nada notamos el lugar en el cual nace Jesús: Belén. Un pequeño pueblo de Judea donde mil años antes había nacido David, el pastor elegido por Dios como rey de Israel. Belén no es una capital, y por esto es preferida por la providencia divina, que ama actuar a través de los pequeños y los humildes. En aquel lugar nace el “hijo de David” tan esperado, Jesús, en el cual la esperanza de Dios y la esperanza del hombre se encuentran.
Luego, miramos a María, Madre de la esperanza. Con su “si” ha abierto a Dios la puerta de nuestro mundo: su corazón de joven estaba lleno de esperanza, completamente animada por la fe; y así Dios la ha elegido y ella ha creído en su palabra. Ella que por nueve meses ha sido el arca de la nueva y eterna Alianza, en la gruta contempla al Niño y ve en Él el amor de Dios, que viene a salvar a su pueblo y a la entera humanidad. Junto a María estaba José, descendiente de Jesé y de David; también él ha creído en las palabras del ángel, y mirando a Jesús en el pesebre, piensa que aquel Niño viene del Espíritu Santo, y que Dios mismo le ha ordenado de llamarlo así, “Jesús”. En este nombre está la esperanza para todo hombre, porque mediante este hijo de mujer, Dios salvará a la humanidad de la muerte y del pecado. Por esto es importante mirar el pesebre: detenerse un poco y mirar y ver cuanta esperanza hay en esta gente.
Y también en el pesebre están los pastores, que representan a los humildes y a los pobres que esperaban al Mesías, el «consuelo de Israel» (Lc 2,25) y la «redención de Jerusalén» (Lc 2,38). En aquel Niño ven la realización de las promesas y esperan que la salvación de Dios llegue finalmente para cada uno de ellos. Quien confía en sus propias seguridades, sobre todo materiales, no espera la salvación de Dios. Pero fijemos esto en la cabeza: nuestras propias seguridades no nos salvaran. Las propias seguridades no nos salvaran, solamente la seguridad que nos salva es aquella de la esperanza en Dios, aquella que nos salva, aquella fuerte. Y aquella que nos hace caminar en la vida con alegría, con ganas de hacer el bien, con las ganas de ser felices para toda la eternidad. Los pequeños, los pastores, en cambio confían en Dios, esperan en Él y se alegran cuando reconocen en este Niño el signo indicado por los ángeles (Cfr. Lc 2,12).
Y justamente ahí está el coro de los ángeles que anuncia desde lo alto el gran designio que aquel Niño realiza: «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él» (Lc 2,14). La esperanza cristiana se expresa en la alabanza y en el agradecimiento a Dios, que ha inaugurado su Reino de amor, de justicia y de paz.
Queridos hermanos y hermanas, en estos días, contemplando el pesebre, nos preparamos para el Nacimiento del Señor. Será verdaderamente una fiesta si acogemos a Jesús, semilla de esperanza que Dios siembra en los surcos de nuestra historia personal y comunitaria. Cada “si” a Jesús que viene es un germen de esperanza. Tengamos confianza en este germen de esperanza, en este sí: “Si Jesús, tú puedes salvarme, tú puedes salvarme”. ¡Feliz Navidad de esperanza para todos!
Renato Martinez/Radio Vaticano

Mensaje de Navidad 2016 del cardenal arzobispo de Madrid

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Nos vamos acercando a Belén


Nos vamos acercando a Belén... ya sentimos el olor de la llegada de Jesús... podemos saborear su cercanía... y con María, nos disponemos a hacer silencio para escucharle... DIOS hablará por primera vez con labios de hombre... y llorará...!!!
Cuando venga mi Hijo,
me callaré.
Si él es la Palabra
yo ¿qué?...
Belén está ya cerca,
casi se ve.
Se acaba la tarea
que comencé.
Porque cuando en mis brazos
nacido esté,
el “hágase” que dije
repetiré.
Y ya no diré nada.
Ya ¿para qué?
Si él es la Palabra
me callaré.
—José Luis Martín Descalzo
Fuente: Tengo sed de Ti.

«No es momento de palabras piadosas». Hay situaciones que «no podemos comprender»


No es tiempo de «palabras elocuentes y bonitas», sino más bien de «oración silenciosa», de «estar simplemente con la gente», reflexionaba el arzobispo de Berlín tras el atentado del lunes
«Es de noche en Berlín», decía el arzobispo, Heiner Koch, en un encuentro de oración al día siguiente del atentado que costó la vida a una docena de personas y heridas de consideración a cerca de 50. «No es momento de palabras piadosas», sino de reconocer que hay situaciones que «no podemos comprender», añadía ante la canciller Merkel, varios ministros y centenares de fieles en la llamada iglesia del recuerdo, templo luterano que conserva las huellas de los bombardeos de la II Guerra Mundial.
El terrorismo ha golpeado Alemania al comienzo de las fiestas navideñas, y también de lo que se anuncia ya como una larguísima campaña electoral hasta septiembre, con el corrosivo debate sobre la acogida a los refugiados que impulsó la canciller, especialmente en 2015, año en que el país recibió a más de un millón de solicitantes de asilo, la mayoría procedentes de Siria, Irak y Afganistán. Desde la populista y xenófoba Alternativa por Alemania se ha hablado de «los muertos de Merkel». De ahí que, en su primera reacción pública, el cardenal Marx, arzobispo de Múnich y presidente del episcopado alemán, resaltara que «en estos momentos difíciles para la ciudad de Berlín y para nuestro país es importante que estemos juntos como sociedad, que nos mantengamos unidos».
Tiempo para «la oración silenciosa»
La noticia del atentado sorprendió a monseñor Koch en Leipzig, a unos 200 kilómetros al sur de la capital. Lo primero que hizo fue hablar por teléfono con sus colaboradores y enviar a capellanes a los hospitales para atender a los heridos y a sus familiares.
«Naturalmente, en Berlín temíamos que algo así pudiera pasar», pero igualmente «el atentado ha provocado una fuerte conmoción», decía el prelado este martes en declaraciones a Dom Radio, emisora del Arzobispado de Colonia.
«Experimentamos aquí nuestra propia impotencia» y la incapacidad de encontrar sentido a unos hechos frente a los que «no es posible decir nada». Lo que sí pedía el arzobispo es «no ceder a la ira», aunque tampoco «trivializar los hechos», puesto que la gente tiene miedo y necesita comprender lo ocurrido.
Preguntado por la cercanía de la Navidad, Koch resaltaba que «realmente celebramos una noche. Era de noche en Belén, no solo en el sentido de la hora del día, sino también una noche de la impotencia y la desposesión del pueblo de Israel. Y en medio de esa noche ha venido Dios». «Hoy, igual que entonces, es de noche en Berlín».
Estos momentos de dificultad y desconcierto –afirmaba el prelado– «no son para las palabras elocuentes y bonitas», sino más bien para «la oración silenciosa». Y para «simplemente acompañar». «Igual que Dios permaneció entre nosotros, ahora debemos estar simplemente con la gente».
Ricardo Benjumea
Alfa y Omega

Monseñor Viganò invita a dejarse sorprender por Dios para comunicar la Buena Nueva


El prefecto de la Secretaría para la Comunicación, monseñor Dario Edoardo Viganò, ha presidido este lunes en el Altar de la Cátedra de la Basílica de San Pedro, la celebración de la Misa navideña, con numerosos empleados del dicasterio. Además –informa Radio Vaticana– han concelebraron unos veinte sacerdotes, entre los cuales Monseñor Lucio Ruiz, secretario del Dicasterio para la Comunicación; el padre Giuseppe Costa, director de la Librería Editorial Vaticana, y el padre Andrzej Majewski, director de los Programas de Radio Vaticano.
En su homilía, el prefecto ha pedido que «nos dejemos sorprender por Dios para poder comunicar al mundo la Buena Nueva de su Misericordia». Además, ha reflexionado sobre las figuras propuestas por las Lecturas del día, que muestran que «nada es imposible para quien se encomienda al Señor».
Deteniéndose en la misión de quien está llamado en la Santa Sede a comunicar la Buena Noticia de la Misericordia de Dios, monseñor Viganò ha desarrollado su homilía como «una peregrinación ideal siguiendo las huellas de los personajes propuestos por la Palabra de Dios».
Por otro lado, el prefecto ha recordado que «Dios que nos visita y pide que lo escuchemos, incluso cuando se revela de manera sorprendente, o fuera de nuestros esquemas e incluso en tiempos no previstos por nosotros». Y ha señalado que el Papa Francisco repite que «la oración es una llave que abre el corazón de Dios».
Al mismo tiempo ha precisado que «en estos oasis, en estos refugios del espíritu», el Señor «nos revela lo que desea de nosotros», «para responder a su llamada». Si no escuchamos, se ha preguntado, «¿cómo podemos dar una respuesta?». Una buena regla de comunicación: «escuchar, para entender y responder de modo sensato».
Monseñor Viganò ha exhortado a los empleados de la Secretaría para la Comunicación a «sentirse como dones recíprocos, o chispas de belleza», tanto «en el trabajo como en la propia familia».
«Se nos pide compromiso – ha añadido – respeto de las reglas, superación de las inevitables dificultades y tentaciones» que nos producen «fatigas, incomprensiones y decepciones, pero que nos hacen encontrar el camino de la fidelidad a Dios, a su llamada».
Zenit

COMENTARIO AL EVANGELIO DE SAN LUCAS (1,39-45) POR SANTA TERESA DE CALCUTA



“Después que María fue visitada por el ángel, se puso rápidamente en camino a casa de su prima Isabel, la cual también esperaba un hijo. Y el niño que había de nacer, Juan Bautista, saltó de gozo en el vientre de Isabel. ¡Qué maravilla! ¡El Dios todopoderoso, para anunciar la venida de su Hijo, escogió a un niño que había de nacer!

María, a través del misterio de la Anunciación y de la Visitación, representa el modelo de vida que deberíamos llevar. Primero acogió a Jesús en su existencia; seguidamente, compartió lo que había recibido. 

Cada vez que recibimos la Santa Comunión, Jesús, el Verbo, se hace carne en nuestra vida –don de Dios, al mismo tiempo bello, gracioso, singular. Esta fue la primera Eucaristía: María ofrece a su Hijo en ella, en quien Él había puesto el primer altar. María, la única que podía afirmar con una confianza absoluta: «Esto es mi cuerpo», a partir de ese primer momento ofreció su propio cuerpo, su fuerza, todo su ser, para la formación del Cuerpo de Cristo.

Nuestra Madre la Iglesia ha elevado, delante del rostro de Dios, a un gran honor a las mujeres proclamando a María Madre de la Iglesia.

El regocijo y el gozo eran la fuerza de Nuestra Señora. Fue su hijo quien hizo de ella la presurosa sirvienta de Dios, porque desde que entró en ella «se fue a toda prisa». Solamente el gozo podía darle la fuerza para marchar a toda prisa más allá de las colinas de Judea y convertirse en la servidora de su prima. 

Esto sirve igualmente para nosotros; igual que ella debemos ser siervos del Señor y cada día, después de la santa comunión, apresurarnos para ir más allá de las dificultades que nos encontremos al ofrecer con todo nuestro corazón nuestro servicio a los pobres. Dar Jesús a los pobres en tanto que siervas del Señor.

El gozo es la oración, el gozo es la fuerza, el gozo es el amor, es una red de amor gracias a la cual podréis alcanzar a las almas. «Al que da de buena gana lo ama Dios» (2Co 9,7). El que da gozosamente, da más. 

Si en el trabajo encontráis dificultades y las aceptáis con gozo, con una amplia sonrisa, en esto, como en muchas otras cosas, daréis prueba de que vuestras obras son buenas y el Padre será glorificado en ellas. La mejor manera de mostrar vuestro agradecimiento a Dios y a los hombres es aceptándolo todo con gozo. Un corazón gozoso proviene de un corazón que arde en amor”.

(De “El amor más grande”, de Santa Teresa de Calcuta)

LO QUE HA DICHO EL SEÑOR SE CUMPLIRÁ (EVANGELIO DE HOY)



Lectura del santo evangelio según san Lucas (1,39-45):


En aquellos días, María se levantó y puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y, levantando la voz exclamó:

«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!
¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá».

Palabra del Señor


Cercanía del Papa Francisco con el pueblo ruso por el asesinato del embajador en Turquía

El Papa Francisco envió un telegrama de pésame a través del Cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado Vaticano, al Presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, tras el asesinato ayer, en Ankara (Turquía), del embajador ruso en ese país, Andrei Karlov.
“Su Santidad, el Papa Francisco ha recibido con profunda tristeza la noticia del acto de violencia en Ankara, se lee en el mensaje, que ha causado la muerte del embajador Andrei Karlov. El Pontífice da su más sentido pésame a cuantos lloran su pérdida y, en especial a los familiares del difunto Embajador. Al mismo tiempo, que encomienda el alma del fallecido a Dios Todopoderoso, el Papa Francisco, le asegura, al entero pueblo de la Federación Rusa, sus oraciones y su solidaridad espiritual en estos momentos”.
Por otra parte, esta mañana, el Secretario Vaticano para las Relaciones con los Estados, Mons. Richard Gallagher, se comunicó telefónicamente con el Embajador ruso ante la Santa Sede, Alexander Avdeev, para expresarle sus condolencias por el asesinato del Embajador.
(Renato Martinez – Radio Vaticano)
(from Vatican Radio)

“Que la locura homicida no encuentre más espacios en nuestro mundo”. Pésame del Papa por el atentado en Berlín

“Me uno a todas las personas de buena voluntad comprometidas en que la locura homicida del terrorismo no encuentre más espacios en nuestro mundo”, lo dice el Papa Francisco a través del Secretario de Estado Vaticano, el Cardenal Pietro Parolin, en un telegrama de pésame enviado al Arzobispo de Berlín Mons. Heiner Koch, con motivo del atentado contra un mercadillo de Navidad en el centro de Berlín, a última hora de la tarde de ayer, en el que resultaron fallecidas 12 personas y heridas 45.
“El Santo Padre ha recibido con profunda consternación las noticias del terrible acto de violencia sucedido en Berlín – se lee en el telegrama – en el cual, además del considerable número de heridos, han encontrado la muerte muchas personas. Asimismo, Su Santidad manifiesta su participación en el luto de los familiares expresándoles su compasión y asegurándoles cercanía en su dolor. En sus oraciones confía a los difuntos a la misericordia de Dios al que suplica también la curación de los heridos. Igualmente, el Santo Padre da las gracias a los servicios de socorro y de seguridad por los esfuerzos realizados. El Papa Francisco se une a todas las personas de buena voluntad comprometidas en que la locura homicida del terrorismo no encuentre más espacios en nuestro mundo. Para ello, Su Santidad implora de Dios Padre misericordioso el consuelo, la protección y la bendición consoladora”.

(Renato Martinez – Radio Vaticano)

martes, 20 de diciembre de 2016

El cristianismo vivo de Juan XXIII



Mientras las corrientes intelectuales europeas comprometidas con la izquierda impregnaban la atmósfera de la sociedad española de estimulantes perspectivas, los primeros años sesenta hacían resonar también la conciencia de los católicos. Un nuevo Papa, de breve pontificado, de extraordinaria capacidad de comunicación y de una lucidez valiente, bondadosa y humilde, iluminó el compromiso de los cristianos con los hombres y las condiciones inviolables de su dignidad. La voz de Juan XXIII llegó justo a tiempo, cuando la crítica al régimen de Franco hallaba fácil anclaje en el espíritu de quienes heredaban una derrota completa o una victoria falseada en la guerra civil. Pero había de encontrar muchas más dificultades para abrirse paso entre los que vivían, inflexibles, en la ensoñación gloriosa de la «cruzada».
Con Juan XXIII, el nacionalcatolicismo empezó a perder no solo el apoyo de algunos sectores de la Iglesia española, sino que sufrió el abierto rechazo y la misericordiosa reprobación del sucesor de San Pedro, cuya antipatía al franquismo era bien conocida desde tiempo atrás. El magisterio eclesiástico no se retractaba, en verdad, de ninguna de sus históricas manifestaciones sobre la cuestión obrera, la justicia social, la legitimidad de la propiedad privada, los derechos de los católicos o su responsabilidad en una vida terrenal que había de guiarse por la existencia de Dios. Era precisamente esa lealtad a lo que la Iglesia había proclamado desde la Rerum novarum de León XIII la que permitía ahora encauzar las tareas pastorales con la reafirmación de la doctrina y la repulsa de cualquier exégesis que pudiera ponerse al servicio de un proyecto nacionalcatólico.
Desde luego, toda idea que vulnerara la universalidad de la persona, que legitimase su exclusión por opiniones políticas o que silenciara la violencia ejercida contra la dignidad sagrada del hombre, quedaba incursa en la condena del nuevo Papa. Así la Iglesia se desprendía del pesado fardo de su complicidad con situaciones heredadas de los años de incansables guerras, totalitarismos y vejaciones del individuo y reclamaba el derecho de la religión a tomar partido contra la dictadura.
Como agua vivificante, como inspiración del Espíritu, las palabras de Juan XXIII sembraron ilusión y esperanza en los corazones de quienes habían sido educados en el mensaje de Jesús. Provocaron contrariedad solamente en quienes habían extraviado su fe en la encrucijada de la historia y en los que habían perdido la caridad en la dureza de las persecuciones sufridas o en la muda indignidad de la injusticia tolerada. En 1961, la encíclica Mater et Magistra proclamó: «la doctrina de Cristo une, en efecto, la tierra con el cielo, ya que considera al hombre completo, alma y cuerpo, inteligencia y voluntad, y le ordena elevar su mente desde las condiciones transitorias de esta vida terrena hasta las alturas de la vida eterna». Tal exigencia no implicaba -nunca lo ha implicado en el pensamiento católico- la despreocupación por lo que suceda en esta vida mortal, ni mucho menos la demanda de conformidad de los humildes ante el sufrimiento. Lo que se recordaba con claridad era el fundamento de la condición humana: disponer de un alma eterna y de una conciencia moral basada en la trascendencia del hombre, en su universal y personal contacto permanente con el Creador.
Un mundo nuevo había brotado setenta años después de la publicación de la Rerum novarum. Pero las bases sobre las que se erguía la civilización cristiana y la ética del catolicismo seguían en pie, debiendo reconducirse tras el desaliento y la confusión de las décadas que siguieron a la Gran Guerra. Por ejemplo, la urgencia de denunciar la escandalosa distribución de la riqueza, cuando el impulso del progreso técnico ofrecía tantas opciones de bienestar. Por ejemplo, el requerimiento a los gobernantes a comprometerse con el bien común, lo único que les legitimaba de acuerdo con la doctrina política clásica del catolicismo. Por ejemplo, la advertencia de que en las condiciones de trabajo, más allá de la remuneración salarial, debía asegurarse que «le sea posible al hombre asumir la responsabilidad de lo que hace y perfeccionarse a sí mismo».
Según Juan XXIII el cristianismo era liberación sustancial del hombre de tal modo que la tarea de promoción de la doctrina evangélica significaba un verdadero acto de emancipación: «El hombre es necesariamente fundamento, causa y fin de todas las instituciones sociales; el hombre, repetimos, en cuanto es sociable por naturaleza y ha sido elevado a un orden sobrenatural». Todos los creyentes estaban obligados a organizar su vida pública conforme a los principios éticos proclamados y a orientar siempre sus actos a la defensa de la dignidad humana. Y ello suponía una determinada concepción del hombre como criatura de Dios, y se fundamentaba en la existencia de un orden moral universal, contrario a toda manifestación de relativismo. Lo que defendía era «una ley moral objetiva, superior a la realidad externa y al hombre mismo, absolutamente necesaria y universal y, por último, igual para todos».
El incumplimiento de ese principio general había tenido consecuencias funestas en la conducta de tantos hombres, y tantos cristianos entre ellos, que dieron la espalda a sus obligaciones para con los demás. Tres meses antes de morir Juan XXIII publica la Pacem in terris , su testamento doctrinal dirigido a todas las personas de buena voluntad comprometidas en la promoción de la paz y pronto convertido en la biblia de la oposición católica en España. Aquellos prodigiosos años sesenta devolvían al mensaje cristiano su primitiva frescura y su esencia liberadora empujando a los católicos a colocarse en una primera línea de combate por una verdadera reconciliación. No solo la de los españoles como ciudadanos, sino la de los hombres de España con los fundamentos de su civilización. Una civilización cristiana que no debía confundirse con el nacionalcatolicismo y que habría de dar sustancia ideológica y perfección moral a nuestra comunidad.
Fernando García de Cortázar/Domingos con Historia/ABC
Alfa y Omega

El Papa invita a «encontrar un momento para detenernos» para descubrir el verdadero sentido de la Navidad



Contemplar el Pesebre nos ayuda a «entrar en la verdadera Navidad, la de Jesús, que se acerca –el Dios con nosotros, cercano a nosotros–», dijo Francisco en el último Ángelus dominical de Adviento
Último Ángelus dominical de Adviento en la plaza de San Pedro. «El próximo domingo será Navidad. En esta semana tratemos de encontrar un momento para detenernos, para estar un poco en silencio, e imaginar a la Virgen y a San José mientras van a Belén», aconseja el Papa. Tiempo para imaginar «el camino, la fatiga, pero también la alegría, la conmoción, y luego su ansiedad por encontrar un lugar, su preocupación…».
Haciendo esto, «nos ayuda mucho el Pesebre» para «entrar en la verdadera Navidad, la de Jesús, que se acerca –el Dios con nosotros, cercano a nosotros–, para recibir la gracia de esta fiesta, que es una gracia de cercanía, de amor, de humildad y de ternura», dijo Francisco al término de la oración mariana, en la recordó también «el diálogo en la República Democrática del Congo» y pidió rezar para que «se desarrolle con serenidad, para evitar todo tipo de violencia y por el bien del país».
Previamente, al comentar el pasaje evangélico del día, el Papa recordó que María y José «han sido los primeros en acoger a Jesús mediante la fe», y ellos por tanto «nos introducen en el misterio de la Navidad. María nos ayuda a colocarnos en actitud de disponibilidad para acoger al Hijo de Dios en nuestra vida concreta, en nuestra carne. José nos insta a buscar siempre la voluntad de Dios y a seguirla con total confianza».
A ese mismo «Dios que se acerca yo le abro la puerta –al Señor– cuando siento una inspiración interior, cuando siento que me pide hacer algo más por los demás, cuando me llama a la oración», añadió el Papa. «Dios-con-nosotros, Dios que se acerca. Que este anuncio de esperanza, que se cumple en Navidad, lleve a cumplimiento la espera de Dios también en cada uno de nosotros, en toda la Iglesia, y en tantos pequeños que el mundo desprecia, pero que Dios ama y a los cuales se acerca».
Alfa y Omega

20 de Diciembre: santo Domingo de Silos, monje

Domingo de Silos fue pastor durante su juventud y posteriormente, tras ser elevado al presbiterado, se retiró a la vida eremítica. Hacia el año 1030 ingresó en el monasterio benedictino de San Millán de la Cogolla (La Rioja) y, después de desempeñar el cargo de maestro de novicios, el abad Sancho le encomendó la misión de restablecer el priorato de Santa María, cerca de su villa natal de Cañas.
De vuelta a la abadía de San Millán fue nombrado prior, cargo desde el cual se enemistó con García V el de Nájera, rey de Navarra, al negarse a entregarle los tesoros del monasterio que el monarca navarro pretendía con el pretexto de haber sido donados por sus antepasados. Por este motivo tuvo que abandonar San Millán y expatriarse en Burgos, donde por sus dotes intelectuales y de trabajo se atrajo las simpatías del obispo de Burgos y de Fernando I el Magno, rey de Castilla y de León, que le propuso para restaurar el monasterio de San Sebastián de Silos (Burgos), fundado por Fernán González, con el cargo de abad.
Tras tomar las riendas del mismo en 1041, Domingo levantó la iglesia románica y el claustro, y organizó el scriptorium o sala de copistas, donde se creó una de las más completas y ricas bibliotecas de la España medieval. Considerado ya en vida como un santo, a su muerte recibió culto como tal; el monasterio que guarda sus restos tomó su advocación, denominándose en lo sucesivo Santo Domingo de Silos.
J.M. Ballester Esquivias (@jmbe12)
Alfa y Omega

Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo


Lectura del santo Evangelio según san Lucas 1,26-38

En el mes sexto, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María.
El ángel, entrando en su presencia, dijo:
«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».
Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.
El ángel le dijo:
- «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin».
Y María dijo al ángel:
- «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?»
El ángel le contestó:
- «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, “porque para Dios nada hay imposible”».
María contestó:
- «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».
Y el ángel se retiró.
Palabra del Señor.

Contagien la alegría y la paz del Evangelio y cuiden a los abuelos. Tarea del Papa a los chicos de la Acción Católica italiana

 «La Navidad se acerca y me alegra encontrarlos para este momento de intercambio de felicitaciones»…Contagien su alegría a todos - en especial a los abuelos -  anunciado el amor y la ternura de Jesús, fue la invitación del Papa Francisco, con su cordial bienvenida a los chicos y chicas de la Acción Católica italiana.
Recordando el anuncio del ángel a los pastores: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor» (Lc 2,10-11), el Santo Padre señaló que la alegría se multiplica compartiéndola y testimoniándola en todas nuestras relaciones: en familia, en la escuela, en la parroquia, en todas partes.
Con el lema que tienen para este año, «rodeados de alegría», que en italiano «Circondati di allegría» - se presta a un juego de palabras, que recuerda la imagen del circo, el Papa destacó que la alegría es contagiosa y les asignó la tarea de hablar con sus abuelos y de escucharlos, animándolos también a seguir impulsando la paz y la solidaridad:
«Anunciando a todos el amor y la ternura de Jesús, se vuelven apóstoles de la alegría del Evangelio ¡Y la alegría es contagiosa! ¿Es verdad? ¿Están de acuerdo?
Quisiera darles una tarea. Esta alegría contagiosa hay que compartirla con todos, pero en especial – y ésta es la tarea - con los abuelos. ¡Piensen bien en esto: esta alegría hay que compartirla con todos, pero en especial con los abuelos! Hablen a menudo con sus abuelos; también ellos tienen esta alegría contagiosa. Pregúntenles tantas cosas, escúchenlos, ellos tienen la memoria de la historia, la experiencia de la vida. Y para ustedes éste será un gran don que los ayudará en su camino. También ellos tienen necesidad de escucharlos a ustedes - también ellos tienen necesidad de escucharlos a ustedes - tienen necesidad de comprender sus aspiraciones, sus esperanzas. He aquí la tarea que les doy: hablar con los abuelos, escuchar a los abuelos. Los ancianos tienen la sabiduría de la vida.
¡Para no olvidar, repitamos juntos la tarea: hablar con los abuelos, escuchar a los abuelos! ¡Chicos y chicas, todos juntos!...
¡Pero qué débiles que están! ¡Más fuerte!...
¡El próximo año les preguntaré sobre esto, sobre lo que hicieron!
Es contagioso también vuestro compromiso por la paz. También este año han querido enlazar la palabra ‘paz’ con la palabra ‘solidaridad’, con una iniciativa en favor de sus coetáneos de un barrio marginal de Nápoles. Es un gesto bueno, que indica el estilo con el que quieren anunciar el rostro de Dios que es amor. Que el Señor bendiga este proyecto vuestro de bien».
(CdM – RV)
(from Vatican Radio)