sábado, 12 de noviembre de 2016

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (18,1-8)


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
La parábola evangélica que acabamos de escuchar contiene una enseñanza importante: «Es preciso orar siempre sin desfallecer». Por lo tanto, no se trata de rezar alguna vez, cuando tengo ganas. No, Jesús dice que hay que «rezar siempre, sin desfallecer». Y presenta el ejemplo de la viuda y del juez.

El juez es un personaje poderoso, llamado a dar una sentencia según la Ley de Moisés. Por esto la tradición bíblica recomendaba que los jueces fuesen personas temerosas de Dios, dignas de fe, imparciales e incorruptibles (cf. Ex 18, 21). 

Pero este juez «ni temía a Dios ni respetaba a los hombres» (v. 2). Era un juez inicuo, sin escrúpulos, que no tenía en cuenta la ley sino que hacía lo que quería, según su interés. A él se dirige una viuda para obtener justicia. 

Las viudas, junto con los huérfanos y los extranjeros, eran las categorías más débiles de la sociedad. Los derechos que les aseguraba la Ley podían ser pisoteados con facilidad porque, al ser personas solas y sin defensa, difícilmente podían hacerse valer: una pobre viuda, allí, sola, nadie la defendía, podían ignorarla, incluso no ofrecerle justicia. Así también el huérfano, así el extranjero, el inmigrante: en esa época era muy fuerte esta problemática. 

Ante la indiferencia del juez, la viuda recurre a su única arma: continuar insistentemente a importunarlo, presentándole su petición de justicia. Y precisamente con esta perseverancia alcanza el objetivo. El juez, en efecto, a un cierto punto la escucha, no por misericordia, ni porque la conciencia se lo impone; sencillamente admite: «Como esta viuda me causa molestia, le voy hacer justicia para que no venga continuamente a importunarme».

De esta parábola Jesús saca una doble conclusión: si la viuda logra convencer al juez deshonesto con sus peticiones insistentes, cuánto más Dios, que es Padre bueno y justo, «hará justicia a sus elegidos, que están clamando a Él día y noche»; y además no «les hará esperar mucho tiempo», sino que actuará «con prontitud».

Por esto Jesús exhorta a rezar «sin desfallecer». Todos experimentamos momentos de cansancio y de desaliento, sobre todo cuando nuestra oración parece ineficaz. Pero Jesús nos asegura: a diferencia del juez deshonesto, Dios escucha con prontitud a sus hijos, si bien esto no significa que lo haga en los tiempos y en las formas que nosotros quisiéramos. 

La oración no es una varita mágica. Ayuda a conservar la fe en Dios, a encomendarnos a Él incluso cuando no comprendemos la voluntad. 

En esto, Jesús mismo —¡que oraba mucho!— es un ejemplo para nosotros. La carta a los Hebreos recuerda que «habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente». A primera vista esta afirmación parece inverosímil, porque Jesús murió en la cruz. Sin embargo, la carta a los Hebreos no se equivoca: Dios salvó de verdad a Jesús de la muerte dándole sobre ella la completa victoria, pero el camino recorrido para obtenerla pasó a través de la muerte misma.

La referencia a las súplicas que Dios escuchó remiten a la oración de Jesús en Getsemaní. Asaltado por la angustia inminente, Jesús ora al Padre que lo libre del cáliz amargo de la Pasión, pero su oración está invadida por la confianza en el Padre y se entrega sin reservas a su voluntad: «Pero —dice Jesús— no sea como yo quiero, sino como quieras tú» (Mt 26, 39). 

El objeto de la oración pasa a un segundo plano; lo que importa ante todo es la relación con el Padre. He aquí lo que hace la oración: transforma el deseo y lo modela según la voluntad de Dios, sea cual fuera, porque quien reza aspira ante todo a la unión con Dios, que es Amor misericordioso.

La parábola termina con una pregunta: «Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?». Y con esta pregunta nos alerta a todos: no debemos renunciar a la oración incluso si no se obtiene respuesta. 

La oración conserva la fe, sin la oración la fe vacila. Pidamos al Señor una fe que se convierta en oración incesante, perseverante, como la da la viuda de la parábola, una fe que se nutre del deseo de su venida. Y en la oración experimentamos la compasión de Dios, que como un Padre viene al encuentro de sus hijos lleno de amor misericordioso.
(Papa Francisco, catequesis del 25 de mayo de 2016)

ORAR SIEMPRE SIN DESANIMARSE





Lectura del santo evangelio según san Lucas (18,1-8):

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: 

«Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: "Hazme justicia frente a mi adversario." 

Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: "Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara."»

Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?»

Palabra del Señor

Viernes de la Misericordia. El Papa va al encuentro de sacerdotes que han dejado el ministerio


La tarde del viernes 11 de noviembre el Papa Francisco dejó la Casa de Santa Marta en el Vaticano para dirigirse hasta Ponte di Nona, barrio en la periferia de Roma. En un departamento, el Papa encontró a 7 familias formadas por jóvenes que a lo largo de los últimos años han dejado el sacerdocio.  El Santo Padre ha querido ofrecer un signo de cercanía y afecto a estos jóvenes que han cumplido una elección a menudo no compartida por sus hermanos sacerdotes y familiares.
Después de diversos años dedicados al ministerio sacerdotal desarrollado en las parroquias se ha dado el caso que, soledad, incomprensión y cansancio por el gran compromiso de responsabilidad pastoral, han puesto en crisis la elección inicial del sacerdocio de estos jóvenes, que luego han vivido meses y años de incertidumbre y de dudas que a menudo los han llevado a pensar haber cumplido, con el sacerdocio, la elección equivocada. De aquí su decisión de dejar el presbiterado y formar una familia.  
Cerrando el Año de la Misericordia el Papa Francisco ha querido encontrar a estos jóvenes: cuatro de la diócesis de Roma, donde han sido párrocos en diversas parroquias de la ciudad; uno de Madrid y otro de Latinoamérica, residentes en Roma, mientras que el último proviene de Sicilia. La inesperada entrada del Obispo de Roma en la habitación estuvo enmarcada por un gran entusiasmo: los niños han rodeado a Francisco para abrazarlo, y sus padres no han podido contener la emoción.  La visita del Santo Padre ha sido muy apreciada por todos los presentes que han podido sentir no el juicio del Papa por su elección, sino su cercanía y afecto. Mientras el tiempo transcurría rápidamente, el Papa escuchaba sus historias y seguía con atención las consideraciones acerca de los procedimientos jurídicos de los casos individuales.  Su palabra paternal ha asegurado a todos sobre su amistad y la certeza de su interés personal.
De esta manera, una vez más, el Santo Padre ha pretendido dar una señal de misericordia a quien vive en situación de malestar espiritual o material, poniendo en evidencia la exigencia que ninguno se sienta privado del amor y de la solidaridad de los Pastores.
(RC-RV)
(from Vatican Radio)

Homilía del Papa en Santa Marta: El amor cristiano es concreto

El amor cristiano es concreto, no es el amor “suave” de una telenovela. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta. El Pontífice advirtió ante esas ideologías e intelectualismos que “descarnan a la Iglesia”, reafirmando que el criterio del amor cristiano es “la Encarnación del Verbo”.
Un diálogo de amor entre el  pastor y su Esposa, la Iglesia
El Papa Bergoglio, inspirándose en la Primera Lectura del día, correspondiente a un pasaje de la Segunda Carta de San Juan Apóstol, se detuvo en la naturaleza del amor cristiano. Y recordó ante todo que el mandamiento que hemos recibido del Señor es el de “caminar en el amor”. A la vez que se preguntó ¿de qué amor se trata? De ahí que haya observado que esta palabra “es usada hoy” para tantas cosas. Se habla de amor en una novela o en una telenovela, de amor teórico.
El criterio del amor cristiano es la Encarnación del Verbo
“¿Cuál es, por tanto – volvió a preguntarse el Pontífice “el criterio del amor cristiano?”. El criterio del amor cristiano – subrayó Francisco – “es la Encarnación del Verbo”. Y quien niega esto, quien no lo reconoce –  fue su admonición – “¡es el anticristo!”:
“Un amor que no reconoce que Jesús ha venido en la Carne, en la Carne, no es el amor que Dios nos manda. Es un amor mundano, es un amor filosófico, è un amor abstracto, es un amor un poco decaído, es un amor suave. ¡No! El criterio del amor cristiano es la Encarnación del Verbo. Quien dice que el amor cristiano es otra cosa, ¡es el anticristo! Que no reconoce que el Verbo ha venido en la Carne. Y ésta es nuestra verdad: Dios ha enviado a su Hijo, se ha encarnado y ha hecho una vida como la nuestra. Amar como ha amado Jesús; amar como nos ha enseñado Jesús; amar tras el ejemplo de Jesús; amar, caminando por el camino de Jesús. Y el camino de Jesús es dar la vida”.
“El único modo de amar como ha amado Jesús  – prosiguió explicando el Papa – es salir continuamente del propio egoísmo y ponerse al servicio de los demás”. Sí, porque el amor cristiano “es un amor concreto, porque la presencia de Dios en Jesucristo es concreta”.
Las ideologías sobre el amor descarnan a la Iglesia
Por esta razón el Santo Padre advirtió ante quien va más allá de esta “doctrina de la carne”, de la Encarnación:
“Este ir más allá es un misterio: es salir del Misterio de la Encarnación del Verbo, del Misterio de la Iglesia. Porque la Iglesia es la comunidad en torno a la presencia de Cristo, que va más allá. Esa palabra tan fuerte, ¿no? Quien va proagon, quien camina más allá. Y de allí nacen todas las ideologías: las ideologías sobre el amor, las ideologías sobre la Iglesia, las ideologías que quitan a la Iglesia la Carne de Cristo. ¡Estas ideologías descarnan a la Iglesia! ‘Sí, yo soy católico; sí soy cristiano; yo amo a todo el mundo con un amor universal’… Pero es tan etéreo. Un amor está siempre adentro, es concreto y no va más allá de esta doctrina de la Encarnación del Verbo”.
Francisco también advirtió que “quien quiere amar, no como ama Cristo a su esposa, la Iglesia, con la propia carne y dando la vida, ama ideológicamente”. Y dijo que este modo de “hacer teorías, ideologías, incluso propuestas de religiosidad que quitan la Carne a Cristo, que quitan la Carne a la Iglesia, van más allá y arruinan a la comunidad, arruinan a la Iglesia”.
El amor cristiano es concreto, evitar los intelectualismos
Por último el Papa dijo que “si comenzamos a teorizar sobre el amor” llegaremos a la “transformación” de aquello que Dios “ha querido con la Encarnación del Verbo, llegaremos a un Dios sin Cristo, a un Cristo sin Iglesia y a una Iglesia sin pueblo. Todo en este proceso de descarnar a la Iglesia”:
“Oremos al Señor para que nuestro caminar en el amor jamás  – ¡jamás! – haga de nosotros un amor abstracto. Sino que el amor sea concreto, con las obras de misericordia, que toca la Carne de Cristo allí, de Cristo Encarnado. Es por esto que el diácono Lorenzo ha dicho: ‘Los pobres son el tesoro de la Iglesia!’. ¿Por qué? ¡Porque son la carne sufriente de Cristo! Pidamos esta gracia de no ir más allá y no entrar en este proceso, que tal vez seduce a tanta gente, intelectualizar, ideologizar este amor, descarnando a la Iglesia, descarnando el amor cristiano. Y no llegar al triste espectáculo de un Dios sin Cristo, de un Cristo sin Iglesia y de una Iglesia sin pueblo”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).
(from Vatican Radio)

viernes, 11 de noviembre de 2016

El Papa en Sta. Marta: ‘Dios es incapaz de no amar’


El papa Francisco, ha recordado hoy en la homilía de Santa Marta que Dios solo puede amar, no condena y su amor es nuestra victoria. 
Citando las palabras de san Pablo en la primer lectura, “si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?”, “si Dios nos salva, ¿quién nos condenará?”, el Santo Padre ha indicado que parece “la fuerza de esta seguridad de vencedor”, este don, el cristiano “lo tiene en las propias manos, como una propiedad”. El Papa ha asegurado que los cristianos podrían decir casi triunfantes: “¡Ahora nosotros somos los campeones!”
Pero –ha advertido– el sentido es otro. Somos vencedores “no porque tenemos este don en la mano, sino por otra cosa”. De este modo, el Papa ha precisado que es otra cosa la que “nos hace vencer o al menos si queremos rechazar la victoria siempre podremos vencer”. Es el hecho de que nada “podrá separarnos del amor de Dios, que es Jesucristo nuestro Señor”, ha explicado.
Y ha añadido: “no es que seamos vencedores sobre nuestros enemigos, sobre el pecado. ¡No! Estamos muy unidos al amor de Dios, que ninguna persona, ningún poder, nos podrá separar de este amor”. Asimismo, el Santo Padre ha subrayado que Pablo vio en el don algo más, lo que da el don: “es el don de la recreación, es el don de la regeneración en Cristo Jesús. Ha visto el amor de Dios. Un amor que no se puede explicar”.
Durante la homilía, el Pontífice ha subrayado que “cada hombre, cada mujer, puede rechazar el don”, preferir su vanidad, su orgullo y su pecado, pero “el don está”.
Por ello, ha asegurado que “el don es el amor de Dios, un Dios que no puede separarse de nosotros. Esa es la impotencia de Dios. Nosotros decimos: ‘Dios es poderoso, ¡puede hacer todo! Menos una cosa: ¡cansarse de nosotros!”
Igualmente ha indicado que en el Evangelio, esa imagen de Jesús que lloran en Jerusalén, nos hace entender este amor. “¡Jesús ha llorado! Lloró sobre Jerusalén y en ese llanto está toda la impotencia de Dios: su incapacidad de no amar, de nos cansarse de nosotros”, ha añadido.
Tal y como ha recordado, Jesús lloró sobre Jerusalén que mató a sus profetas, los que anunciaban la salvación. Y Dios dice a Jerusalén y a todos nosotros: “¡cuántas veces he querido recoger a tus hijos como una gallina con sus polluelos bajos sus alas y vosotros no habéis querido!” Así, el Papa ha observado que esta es “una imagen de ternura”.
Dios no puede no amar y esta es nuestra seguridad, ha indicado. “Yo puedo rechazar ese amor, puedo rechazarlo como lo hizo el buen ladrón, hasta el final de su vida. Pero allí lo esperaba ese amor. El más malo, el más blasfemador es amado por Dios con una ternura de padre, de papá”, ha asegurado el Pontífice.
Finalmente, ha concluido asegurando que Dios el Poderoso, el Creador, puede hacer todo, incluso llorar. “En este llando de Jesús sobre Jerusalén, en esas lágrimas, está todo el amor de Dios. Dios llora por mí, cuando me alejo; Dios llora por cada uno de nosotros; Dios llora por esos malvados, que hacen muchas cosas feas, tanto mal a la humanidad… Espero, no condena, llora. ¿Por qué? Porque ama”.


10 de noviembre: san León Magno



San León Magno fue Papa y es doctor de la Iglesia. Luchó incansablemente en la promoción del primado de Roma. Enseñó que la liturgia cristiana no es el recuerdo de tiempos pasados, sino la actualización de realidades invisibles que actúan en la vida de cada uno. Frenó la invasión de los hunos de Atila y evitó que Roma fuera quemada por los vándalos de Genserico
San León Magno nació en la Toscana a finales del siglo IV. En torno al año 430 fue nombrado diácono de la Iglesia de Roma, de la que llegó a ocupar un puesto importante. Diez años después de su nombramiento fue enviado a la Galia para poner paz en la región pero esta misión solo duró un año. El Papa Sixto III falleció y San León fue nombrado su sucesor.
San León fue nombrado Santo Padre el 29 de septiembre del año 440. Su pontificado duró más de 21 años y es recordado como uno de los más importantes de la historia de la Iglesia. Tuvo lugar en una época histórica sumamente difícil en la que predominaban las invasiones salvajes. Tuvo que hacer frente a las invasiones bárbaras, lo que no impidió que consiguiera aumentar la importancia y el prestigio de la Sede de Pedro. San León apoyó y promovió incansablemente el primado romano.
Hay dos episodios en la vida de san León que han contribuido a ensalzar su figura como hombre de paz y con gran autoridad moral y política. En el año 452, los hunos de Atila se acercaban a Roma arrasando todo a su paso. San León salió al encuentro del Atila y lo convenció para que no continuara su invasión, con la que ya había arrasado gran parte del norte de Italia. Atila accedió y así el Papa logró salvar el resto de Italia. Tres años después otra invasión acechaba de nuevo Roma. En esta ocasión san León, que salió para intentar convencer al invasor de que frenara su barbarie, no consiguió evitar que los vándalos de Genserico saquearan durante dos semanas la ciudad. Lo que sí evitó el Santo Padre es que la ciudad fuera incendiada y que fueran saqueadas las basílicas de San Pedro, San Pablo y San Juan, en las que estaban refugiadas gran parte de la población.
Pero san León no sólo salvó a Roma de los bárbaros, también salvó a los católicos de la herejía de Eutiques, que negaba la verdadera naturaleza humana del Hijo de Dios. Esta herejía fue combatida en el Concilio de Calcedonia que afirmó la unión de las naturalezas humana y divina en una única Persona, sin confusión ni separación.
Consciente del momento histórico en el que vivía y de la transición que estaba produciéndose de la Roma pagana a la cristiana -en un período de profunda crisis-, san León Magno supo estar cerca del pueblo y de los fieles con la acción pastoral y la predicación. Impulsó la caridad en una Roma afectada por las carestías, por la llegada de refugiados, por las injusticias y por la pobreza. Se enfrentó a las supersticiones paganas y a la acción de los grupos maniqueos. Vinculó la liturgia a la vida diaria de los cristianos: por ejemplo, uniendo la práctica del ayuno con la caridad y la limosna, sobre todo con motivo de las cuatro témporas, que marcan en el transcurso del año el cambio de las estaciones.
Una de las enseñanzas más importantes de san León Magno es que la liturgia cristiana no es el recuerdo de tiempos pasados, sino la actualización de realidades invisibles que actúan en la vida de cada uno.
San León murió el 10 de noviembre del año 461. Entonces fue sepultado junto a la tumba de San Pedro. Sus reliquias se conservan todavía hoy en uno de los altares de la Basílica de San Pedro en el Vaticano.
En 1754 un sucesor, Benedicto XIV, le nombró doctor de la Iglesia. San León fue el primer pontífice del que se conserva la predicación que hacía al pueblo, y también es el primero en la lista de los sucesores de Pedro que se puso el nombre de León. Posteriormente otros doce pontífices más utilizaron el mismo nombre.
Benedicto XVI / José Calderero @jcalderero


COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (17,26-37)




En este último período del año litúrgico, «la Iglesia nos hace reflexionar sobre el final».

San Pablo «muchas veces vuelve sobre esto y lo dice muy claramente: «La fachada de este mundo desaparecerá». Pero esto es otra cosa. Las lecturas hablan a menudo de destrucción, de final, de calamidad». 

El camino hacia el final es un sendero que debe recorrer cada uno de nosotros, cada hombre, toda la humanidad. Pero mientras lo recorremos «el Señor nos aconseja dos cosas. Dos cosas que son distintas según cómo vivimos. Porque es diferente vivir en el momento y vivir en el tiempo. El cristiano es, hombre o mujer, aquél que sabe vivir en el momento y sabe vivir en el tiempo».

El momento es lo que tenemos en la mano en el instante en el que vivimos. Pero no se debe confundir con el tiempo, porque el momento pasa. «Tal vez nosotros podemos sentirnos dueños del momento. Pero el engaño es creernos dueños del tiempo. El tiempo no es nuestro. El tiempo es de Dios». 

Ciertamente el momento está en nuestras manos y tenemos también la libertad de tomarlo como más nos guste. Es más, «podemos llegar a ser soberanos del momento. Pero del tiempo existe sólo un soberano: Jesucristo. Por ello el Señor nos aconseja: No os dejéis engañar. Muchos, en efecto, vendrán en mi nombre diciendo: Soy yo, y el tiempo está cerca. No vayáis detrás de ellos. No os dejéis engañar en la confusión».

¿Cómo es posible superar estos engaños? El cristiano, para vivir el momento sin dejarse engañar, debe orientarse con la oración y el discernimiento. «Jesús reprendía a los que no sabían discernir el momento». En la parábola de la higuera (cf. Marcos 13, 28-29), reprende a quienes son capaces de intuir la llegada del verano al ver florecer la higuera y no saben, en cambio, reconocer los signos de este «momento, parte del tiempo de Dios».

He aquí para qué sirve el discernimiento, «para conocer los signos auténticos, para conocer el camino que debemos seguir en este momento». La oración es necesaria para vivir bien este momento.

En cambio, en lo que respecta al tiempo, «del cual sólo el Señor es dueño», nosotros no podemos hacer nada. No existe, en efecto, una virtud humana que pueda servir para ejercitar algún poder sobre el tiempo. La única virtud posible para contemplar el tiempo «la debe regalar el Señor: es la esperanza».

Oración y discernimiento para el momento; esperanza para el tiempo: «de esta manera, el cristiano se mueve por este camino del momento, con la oración y el discernimiento. Pero deja el tiempo a la esperanza. El cristiano sabe esperar al Señor en cada momento; pero espera en el Señor al final de los tiempos. Hombre y mujer de momentos y de tiempo, de oración y discernimiento y de esperanza».

«Que el Señor nos dé la gracia de caminar con sabiduría. También ésta es un don: la sabiduría que en el momento nos conduce a orar y a discernir; y en el tiempo, que es mensajero de Dios, nos hace vivir con esperanza».
(Papa Francisco, homilía en santa Marta, 26 noviembre 2013)

EL QUE PRETENDA GUARDARSE SU VIDA LA PERDERÁ




Lectura del santo evangelio según san Lucas (17,26-37):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre: comían, bebían y se casaban, hasta el día que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos. 

Lo mismo sucedió en tiempos de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían; pero el día que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y acabó con todos. 

Así sucederá el día que se manifieste el Hijo del hombre. Aquel día, si uno está en la azotea y tiene sus cosas en casa, que no baje por ellas; si uno está en el campo, que no vuelva. 

Acordaos de la mujer de Lot. El que pretenda guardarse su vida la perderá; y el que la pierda la recobrará. 

Les digo esto: aquella noche estarán dos en una cama: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán; estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán.»

Ellos le preguntaron: «¿Dónde, Señor?»

Él contestó: «Donde se reúnen los buitres, allí está el cuerpo.»

Palabra del Señor

jueves, 10 de noviembre de 2016

Comentario del Papa Francisco del Evangelio según san Lucas (17,20-25):




El hecho de que Jesús hablase mucho del reino de Dios había convertido en «curiosos» también a los fariseos. Tanto que llegan a preguntarle: «¿Cuándo va a llegar el reino de Dios?». Y «Jesús respondeclaro: el reino de Dios no viene aparatosamente; ni dirán: “Está aquí” o “Está allí”, porque, mirad, el reino de Dios está en medio de vosotros».

En efecto, «cuando Jesús explicaba en las parábolas cómo es el reino de Dios, utilizaba siempre palabras serenas, tranquilas», y «figuras que decían que el reino de Dios está escondido». Así, Jesús compara el reino a «un mercader que busca perlas finas aquí y allá» o bien, a «otro que busca un tesoro escondido en la tierra». O decía que era «como una red que acoge a todos o como la semilla de mostaza, pequeñita, que luego llega a ser un árbol grande». 

En definitiva, «el reino de Dios no es un espectáculo». Precisamente «el espectáculo, muchas veces, es la caricatura del reino de Dios». En cambio, «el reino de Dios es silencioso, crece dentro; lo hace crecer el Espíritu Santo con nuestra disponibilidad». Pero «crece lentamente, silenciosamente».

En el relato de san Lucas, Jesús vuelve a retomar este discurso y pregunta: «¿Vosotros queréis ver el reino de Dios?». Y explica: «Os dirán: ¡está allá! o ¡está aquí! ¡No vayáis! ¡No les sigáis! Porque el reino de Dios vendrá como el fulgor del relámpago, en un instante». Sí, «se manifestará al instante, está dentro». Pero «pienso en cuántos son los cristianos que prefieren el espectáculo en vez del silencio del reino de Dios».

«¿Tú eres cristiano? ¡Sí! ¿tú crees en Jesucristo? ¡Sí! ¿crees en los sacramentos? ¡Sí! ¿crees que Jesús está allí y que ahora viene aquí? ¡Sí, sí, sí!». Y, entonces, «¿por qué no vas a adorarlo, por qué no vas a la Misa, por qué no comulgas, por qué no te acercas al Señor», para que su reino «crezca» dentro de ti? 

Por lo demás, «el Señor jamás dice que el reino de Dios es un espectáculo; es una fiesta, pero es distinto. Es una fiesta bellísima, una gran fiesta. Y el cielo será una fiesta, pero no un espectáculo». 

Sucede, a veces, «en las celebraciones de algunos sacramentos», especialmente en las bodas, que se tiende al espectáculo. Tanto que tenemos que preguntarnos: «¿Esta gente vino a recibir un Sacramento, a hacer fiesta como en Caná de Galilea, o vino hacer el espectáculo de la moda, de hacerse ver, de la vanidad?». 

En el lado opuesto está «la perseverancia de muchos cristianos que llevan adelante la familia: hombres, mujeres que se preocupan por sus hijos, que llegan a final de mes prácticamente sin dinero, pero oran». Y el reino de Dios «está allí, escondido en esa santidad de la vida cotidiana, esa santidad de todos los días». Porque «el reino de Dios no está lejos de nosotros, está cerca».

Precisamente la «cercanía es una de las características» del reino. Cercanía que quiere decir «todos los días». Por eso «Jesús aparta de la mente de los discípulos una imagen espectacular del reino de Dios». Y «cuando quiere hablar de los últimos tiempos, cuando vendrá en su gloria, el último día, dice: así será el Hijo del hombre en su día, como el fulgor del relámpago, pero primero es necesario que padezca mucho y sea reprobado por esta generación».

Del reino de Dios, por lo tanto, «forma parte también el sufrimiento, la cruz; la cruz cotidiana de la vida, la cruz del trabajo, de la familia». Así «el reino de Dios es humilde, como la semilla: humilde; pero se hace grande por el poder del Espíritu Santo». 

Y «a nosotros nos toca dejarlo crecer en nosotros, sin gloriarnos. Dejar que el Espíritu venga, nos cambie el alma y nos lleve adelante en el silencio, la paz, la quietud, la cercanía a Dios, a los demás, sin espectáculos». 

Pidamos al Señor «esta gracia de cuidar el reino de Dios que está dentro de nosotros y en medio de nosotros y de nuestras comunidades: cuidarlo con la oración, la adoración, el servicio de la caridad, silenciosamente».
(Papa Francisco, homilía en santa Marta del 13 de noviembre de 2014)

EL REINO DE DIOS ESTÁ DENTRO DE VOSOTROS



Lectura del santo evangelio según san Lucas (17,20-25):

En aquel tiempo, a unos fariseos que le preguntaban cuándo iba a llegar el reino de Dios Jesús les contestó: 

«El reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí; porque mirad, el reino de Dios está dentro de vosotros.»

Dijo a sus discípulos: 

«Llegará un tiempo en que desearéis vivir un día con el Hijo del hombre, y no podréis. Si os dicen que está aquí o está allí no os vayáis detrás. Como el fulgor del relámpago brilla de un horizonte a otro, así será el Hijo del hombre en su día. Pero antes tiene que padecer mucho y ser reprobado por esta generación.»

Palabra del Señor

«Santa María la Real de la Almudena, gracias por acompañarnos y abrirnos caminos de encuentro»


Varios miles de personas han abarrotado este miércoles por la mañana la plaza Mayor para celebrar la fiesta de Santa María la Real de la Almudena con una Misa solemne presidida por el arzobispo de Madrid. En su homilía [íntegra en este enlace], monseñor Carlos Osoro, ha dado las gracias a la patrona de la diócesis «por ofrecernos a tu Hijo Jesucristo, rostro vivo y auténtico de Dios y del hombre». «Sostienes en tus manos a Nuestro Señor recién nacido en Belén y nos lo ofreces a los hombres. Así, en esta postura, con esta fotografía, te han reconocido como Madre de Dios y Madre nuestra, como Madre de Madrid –como subraya el lema de este año–, todos los que habitan estas tierras. Gracias por acompañarnos y abrirnos caminos de encuentro, gracias por enseñarnos a derribar muros, a crear puentes que nos unan a todos, a no hacer una tierra donde unos descartamos a los otros», ha aseverado.
El cardenal electo ha pedido a la Virgen «que mire a todos los que formamos parte de esta Comunidad de Madrid, a cada uno de nosotros, con esos sus ojos misericordiosos» y que nos ayude a «cuidar la vida», a mirar como ella y a ver a su Hijo «en cada ser humano que es nuestro hermano». Como ha resaltado, «la vida hay que cuidarla siempre, desde el inicio hasta su término, siempre haciéndolo con ternura». «Cuidar la vida supone sembrar esperanza siempre. Un pueblo que cuida la vida es sembrador de esperanza. Un pueblo que cuida a los niños y a los ancianos, cuida a todos. María nos enseña a cuidar la Vida. Cuidó a Jesús desde el momento que estuvo en su vientre y lo cuidó cuando estaba en la Cruz. [...] En las bodas de Caná, cuando María vio que no había lo necesario para hacer la fiesta, se dirigió a su Hijo para pedirle que interviniera sin mirar quiénes estaban. Lo hacía para todos. Porque igual que Jesús dio la vida por todos los hombres, a su Madre la hizo Madre de todos. ¡Qué tradición más hermosa salir aquí, en Madrid, a la plaza Mayor, para pedir a la Madre de Madrid que nos cuide y nos enseñe a cuidarnos los unos a los otros!», ha añadido.
En esta línea, como ha recordado monseñor Osoro, hace falta tener la mirada de María para «vernos entre nosotros de otra manera, no como enemigos, sino como hermanos». «Enséñanos a mirar para rescatar, acompañar y proteger; a mirar a los que naturalmente miramos menos y lo necesitan más: a aquellos que están desamparados, solos o enfermos, a los que no tienen de qué vivir, a los que están en la calle, a los que no conocen a tu Hijo ni la ternura que tienes de Madre», ha pedido; para luego animar a aceptar la invitación que nos hace la Virgen a «encontrar a Jesús en cada ser humano», a «no permanecer indiferentes ante el hermano».
«Establezcamos tal comunión con Dios que podamos decir al unísono del corazón de María: "Hágase en mí según tu palabra", "aquí estoy", disponible para dejarte entrar en mi vida y poder llevar, a los hombres que encuentre en el camino, lo que tú me das. Señor Jesucristo, gracias por darme como Madre a tu Madre. Que con su intercesión cuidemos la vida de los hombres, regalemos tu mirada a todos sin excepción y veamos siempre a un hermano. Santa María la Real de la Almudena, ruega por nosotros», ha concluido el arzobispo de Madrid.

Texto completo de la catequesis del papa Francisco en la audiencia del miércoles 9 de noviembre de 2016


Queridos hermanos y hermanas, buenos días
La vida de Jesús, sobre todo en los tres años de su ministerio público, fue un incesante encuentro con personas. Entre ellas, unos lugares especiales han recibido los enfermos. ¡Cuántas páginas de los Evangelios narran estos encuentros! El paralítico, el ciego, el leproso, el endemoniado, e innumerables enfermos de todo tipo… Jesús se ha hecho cercano a cada uno de nosotros y les ha sanado con su presencia y el poder de su fuerza resanadora. Por lo tanto, no puede faltar, entre las obras de misericordia, la de visitar y asistir a las personas enfermas.
Junto a esta podemos incluir la de estar cerca a las personas que están en la cárcel. De hecho, tanto los enfermos como los presos viven una condición que limita su libertad. Y precisamente cuando nos falta, ¡nos damos cuenta de cuánto es preciosa! Jesús nos ha donado la posibilidad de ser libres a pesar de los límites de la enfermedad y de las restricciones. Él nos ofrece la libertad que proviene del encuentro con Él y del sentido nuevo que este encuentro lleva a nuestra condición personal.
Con estas obras de misericordia, el Señor nos invita a un gesto de gran humanidad: el compartir. Recordemos esta palabra: compartir. Quien está enfermo, a menudo se siente solo. No podemos esconder que, sobre todo en nuestros días, precisamente en la enfermedad se experimenta de forma más profunda la soledad que atraviesa gran parte de la vida.
Una visita puede hacer sentir a la persona enferma menos sola y ¡un poco de compañía es una buena medicina! Una sonrisa, una caricia, un apretón de manos son gestos sencillos, pero muy importantes para quien se siente abandonado.
¡Cuántas personas se dedican a visitar a los enfermos en los hospitales y en sus casas! Es una obra de voluntariado impagable. Cuando se hace en nombre del Señor, entonces se convierte también en expresión elocuente y eficaz de misericordia. ¡No dejemos solas a las personas enfermas! No impidamos que encuentren alivio, y nosotros así enriquecernos por la cercanía de quien sufre. Los hospitales son hoy verdaderas “catedrales del dolor” pero donde se hace evidente también la fuerza de la caridad que sostiene y siente compasión.  
Del mismo modo, pienso en los que están encerrados en la cárcel. Jesús tampoco les ha olvidado. Poniendo la visita a los presos entre las obras de misericordia, ha querido invitarnos, sobre todo, a no hacernos juez de nadie. Cierto, si uno está en la cárcel es porque se ha equivocado, no ha respetado la ley y la convivencia civil. Por eso están descontando su pena en la prisión. Pero cualquier cosa que un preso pueda haber hecho, él sigue siendo amado por Dios. ¿Quién puede entrar en la intimidad de su conciencia para entender qué siente? ¿Quién puede comprender el dolor y el remordimiento?
Es demasiado fácil lavarse las manos afirmando que se ha equivocado. Un cristiano está llamado a hacerse cargo, para que quien se haya equivocado comprenda el mal realizado y vuelva a sí mismo. La falta de libertad es sin duda una de las privaciones más grandes para el ser humano.
Si a esta se añade el degrado de las condiciones –a menudo privadas de humanidad– en la que estas personas viven, entonces realmente es el caso en el cual un cristiano se siente provocado a hacer de todo para restituirles su dignidad.
Visitar a las personas en la cárcel es una obra de misericordia que sobre todo hoy asume un valor particular por las diferentes formas de justicialismo a las que estamos sometidos. Nadie apunte contra nadie. Hagámonos todos instrumentos de misericordia, con actitudes de compartir y de respeto. Pienso a menudo en los presos… pienso a menudo, les llevo en el corazón.
Me pregunto qué les ha llevado a delinquir y cómo han podido ceder a las distintas formas de mal. Y también, junto a estos pensamientos siento que todos necesitan cercanía y ternura, porque la misericordia de Dios cumple prodigios. Cuántas lágrimas he visto correr por las mejillas de prisioneros que quizá nunca en la vida habían llorado; y esto solo porque se han sentido acogidos y amados.
Y no olvidemos que también Jesús y los apóstoles han experimentado la prisión. En los pasajes de la Pasión conocemos los sufrimientos a los que el Señor ha sido sometido: capturado, arrestado como un criminal, escarnecido, flagelado, coronado de espinas… Él, ¡el único Inocente! Y también san Pedro y san Pablo estuvieron en la cárcel (cfr Hch 12,5; Fil1,12-17).
El domingo pasado –que fue el domingo del Jubileo de los presos– por la tarde vinieron a verme un grupo de presos de Padua. Les pregunté qué harían al día siguiente, antes de volver a Padua. Me dijeron: “Iremos a la Prisión Mamertina para compartir la experiencia de san Pablo”. Es bonito, escuchar esto me ha hecho bien. Estos presos querían encontrar a Pablo prisionero. Es algo bonito, y me ha hecho bien. Y también allí, en la presión, han rezado y evangelizado. Es conmovedora la página de los Hechos de los Apóstoles en las que es contado el encarcelamiento de Pablo: se sentía solo y deseaba que alguno de los amigos le visitara (cfr 2 Tm 4,9-15). Se sentía solo porque la mayoría le había dejado solo… el gran Pablo.
Estas obras de misericordia, como se ve, son antiguas y también actuales. Jesús ha dejado lo que estaba haciendo para ir a visitar a la suegra de Pedro; una obra antigua de caridad. Jesús la ha hecho. No caigamos en la indiferencia, sino convirtámonos en instrumentos de la misericordia de Dios. Todos podemos ser instrumentos de la misericordia de Dios y esto hará nos más bien a nosotros que a los otros porque la misericordia pasa a través de un gesto, una palabra, una visita y esta misericordia es un acto para restituir la alegría y la dignidad a quien la ha perdido.

 Zenit

En la Iglesia nadie es extranjero



En un momento de extensión de la movilidad humana aún no hemos conseguido que nuestras comunidades cristianas sean un hogar habitable para quienes vienen de otros países. En nuestras parroquias seguimos utilizando el lenguaje ellos/nosotros y hay una brecha difusa que dificulta la integración eclesial de los inmigrantes. Bastantes de los niños que celebran la Primera Comunión son de procedencia extranjera, lo mismo que buena parte de la población joven. Sin embargo, no es habitual encontrar una parroquia en la que los catequistas o los miembros del Consejo Pastoral sean personas venidas de otros países. Ciertamente, las comunidades cristianas somos mucho más cerradas de lo que solemos pensar. Necesitamos abrirnos y recrear una identidad que se configura siempre en interrelación con los otros. El Papa, en su mensaje de este año, nos interpela señalando que los forasteros «amenazan la tranquilidad tradicional» de nuestras parroquias: somos convocadas en el Año de la Misericordia a practicar la cultura del encuentro y de la hospitalidad. Urge que revisemos nuestras prácticas pastorales y que nos empeñemos en otorgar a los hermanos inmigrantes el lugar central que les corresponde. Que la experiencia comunitaria cristiana ayude a recomponer la propia identidad, a celebrarla y a desplegar la plenitud de derechos y deberes en la tierra de acogida. La Iglesia ha de ser un hogar de puertas abiertas que invita a superar la visión asistencialista de las migraciones: incluso los ponemos al final de las peticiones, tras una letanía de situaciones de exclusión. Eso más que incluir, estigmatiza. Las hermanas y hermanos inmigrantes no son un problema sino una riqueza inmensa que rejuvenece. Finalmente, Francisco no se olvida de la emergencia que suponen los refugiados de hecho y de derecho. En España se han creado solo 50 plazas para realojarlos… ¡de un compromiso de 9.360! A pesar de la presión social, solo han sido reubicados ¡18 asilados provenientes de Italia! Como señala el Papa, «acoger al otro es acoger a Dios en persona» y ello siempre es fuente de esperanza y alegría. Por eso, quizá, nuestra sociedad anda tan falta de las dos.
José Luis Segovia
Vicario d
e Pastoral Social de la archidiócesis de Madrid

Papa: testimoniar la Misericordia en el mundo afianzados en el Jubileo que concluye

Haciendo hincapié en las obras de misericordia, en especial en las de visitar a los enfermos y a los encarcelados, el Papa Francisco invitó a los numerosos peregrinos de tantas partes del mundo a rogarle al Señor una fe grande para mirar la realidad con la mirada de Jesús y una caridad generosa para acercarnos a las personas con su corazón misericordioso:
«Que el pasar por la Puerta Santa recuerde a cada uno que sólo a través de Cristo es posible entrar en el amor y en la misericordia del Padre, que acoge y perdona a todos»
Vencer la indiferencia e impulsar el testimonio cristiano de la Misericordia y la divina ternura del Señor, también después de la clausura del Año Jubilar
Reiterando su exhortación a ser instrumentos de la misericordia del Señor que cumple maravillas, estando al lado de los enfermos y visitando a los encarcelados, el Obispo de Roma recordó que faltan pocos días para la clausura del Jubileo extraordinario de la Misericordia y exhortó a proseguir el camino que nos indica el Señor, afianzados en la gracia recibida a lo largo del Año Santo:
«Mientras nos acercamos a la conclusión del Año Jubilar de la Misericordia, demos gracias al Señor por todas las gracias que hemos recibido, como don de su divina ternura para con nosotros, y recemos para que con el poder del Espíritu Santo sostenga nuestros buenos propósitos y nuestras obras de caridad corporales y espirituales hacia todos aquellos que las necesitan.
Que este Jubileo nos ayude a vencer nuestra indiferencia y a compartir vida y esperanza con los que sufren y con lo que no tienen libertad.
Visitar a los enfermos y a los encarcelados les brinda consolación y aliento, para que no sientan la amargura de la soledad. Asimismo, esa visita regala al que la cumple tanta riqueza y lleva a agradecer a Dios por la gracia de la salud y de la libertad. Somos nosotros los que nos enriquecemos cuando nos acercamos a los que sufren, porque el que sufre despierta en nosotros la certeza de nuestra pequeñez y de la necesidad que tenemos de Dios y de los demás».
Al coincidir la fecha de su primera audiencia general de noviembre, el 9, con la de la fiesta de la Dedicación de la Basílica papal del Santísimo Salvador y de los Santos Juan Bautista y Juan Evangelista, conocida como San Juan de Letrán - «Madre y Cabeza» de todas las iglesias de Roma y del mundo y Catedral de Roma - el Papa invitó a rezar por el Sucesor de Pedro, asegurando su cercanía y oración a los enfermos y exhortando a los recién casados a transmitir la fe a sus hijos:
«Dirijo un saludo especial a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Hoy celebramos la Dedicación de la Basílica Lateranense, Catedral de Roma. Recen por el Sucesor del Apóstol Pedro, queridos jóvenes, para que confirme siempre a los hermanos en la fe. Sientan la cercanía del Papa en la oración, queridos enfermos, para afrontar la prueba de la enfermedad. Enseñen con sencillez la fe a sus hijos, queridos recién casados, alimentándola con el amor a la Iglesia y a sus Pastores».
(CdM – RV)
(from Vatican Radio)

martes, 8 de noviembre de 2016

Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer


Lectura del santo Evangelio según san Lucas 17, 7-10
En aquel tiempo, dijo el Señor:
-«Quien de vosotros, si tiene un criado labrando o pastoreando; le dice cuando vuelve del campo:
"En seguida, ven y ponte a la mesa"?
¿No le diréis más bien:
"Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú"?
¿Acaso tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid:
"Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer" ».
Palabra del Señor.