viernes, 23 de septiembre de 2016

23 de septiembre: san Pío de Pietrelcina, religioso capuchino


Es común el vicio de hablar mucho de lo que se sabe poco. Está claro que los que padezcan de insuficiente información sobre un tema estén desautorizados para asegurar algo que no conocen con profundidad en ese ámbito del saber, por muy peritos que sean de otras ciencias, y que la veracidad de sus afirmaciones no quede garantizada. Digo esto porque no es infrecuente oír que hoy no hay santos. Los afirmantes son en ocasiones personas religiosas, aunque con no mucha formación, o bien gente que no suele gastar los suelos de las iglesias. Y lo dicen entre la ironía, el lamento y la desilusión. Algunos –los irónicos–, porque la pretendida carencia de santos con hechos prodigiosos en sus vidas les sirve de disculpa y apoyo para mantener su poca disposición a ser buenos cristianos, y de disculpa para seguir viviendo al estilo agnóstico, como si Dios no existiera. Otros –los del lamento–, porque bien quisieran poder exhibir un buen número de personas entre los contemporáneos que sirvieran como puntos de referencia incuestionables para la fe. Finalmente, los de la desilusión querrían contar con algún botón de muestra en que apoyarse y llegar a descabalgar de la increencia a los que la montan. Contemplar la figura del padre Pío, religioso capuchino, de nuestros días, sacerdote humilde, predicador, y maravillosamente adornado con fenómenos místicos y prodigios inexplicables, les servirá a todos.
Francesco Forgione nació en Pietralcina, pueblecito de la provincia de Benevento (Italia) el 25 de mayo de 1887, se hizo capuchino el 6 de enero de 1903 y se ordenó sacerdote el 10 de agosto de 1910. Residió casi todo el tiempo de su vida sacerdotal en San Giovanni Rotondo –al este de Italia– hasta su muerte ocurrida el 23 de setiembre de 1968.
El día 2 de mayo de 1999, acabándose el segundo milenio cristiano y cuando ya cae a la Tierra la vetusta Estación Mir por obsoleta, se reunió en Roma la mayor multitud de fieles conocida para asistir a la ceremonia de beatificación que realizaría el Papa Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro y que podía seguirse por la televisión del mundo. De esta manera se ha cumplido el vaticinio del propio padre Pío, que llegó a decir que su persona atraería más fieles «muerto que en vida»; y eso que su santuario es visitado anualmente, hasta el momento, por más de siete millones de peregrinos. En la ceremonia de beatificación se reunió toda clase de personas de Italia, Europa y América. Estaban presentes las más altas autoridades del Estado y del Gobierno italiano y el cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede.
¿Qué hizo en su vida el Padre Pío para ser tan venerado y para aglutinar a gente tan diversa? La respuesta es clara: llenar su vida de Dios; todo lo que salió hacia el prójimo, tanto lo que se conoce de extraordinario como lo que no pasa de vulgar, no es más que la consecuencia de esa plenitud de fidelidad.
Fue un estigmatizado. Desde la mañana del 20 de setiembre de 1918, en que recibió el don celeste reservado solo a los místicos, llevó en su cuerpo las heridas sufridas por Cristo clavado en la cruz. Las dos manos, los dos pies y el tórax del Padre Pío las llevaron –dolientes y sangrantes– por lo que dura medio siglo.
Pero este fenómeno místico tan llamativo no impedía el ejercicio habitual de su ministerio sacerdotal, sino que más bien lo animaba y alimentaba: predicación, confesiones, ánimo a las almas para subir, liturgia bien realizada y vivida. Oración, penitencia y mucha expiación.
Sus ochenta y un años de vida dieron para mucho más en hechos prodigiosos. Vaticinó el futuro en varias ocasiones; una de ellas –poco mencionada por sus biógrafos– bien la conocía el papa que le elevaba a los altares, porque al mismo Juan Pablo II, cuando solo era un simple sacerdote, le predijo en 1946 que llegaría a papa, que sufriría una violencia física (el atentado de Alí Agca), aunque no moriría por ella.
Pero también tuvo visiones de ángeles y de ánimas.
Además, fue repetidas veces bilocado cuando aún vivía; bien se sabe que el don de la bilocación consiste en dejarse ver por distintas personas al mismo tiempo en diversos y distantes lugares; una de ellas tuvo lugar a dos tripulantes de un bombardero americano durante la Segunda Guerra Mundial con el aviso de que no dejaran caer su carga destructora sobre San Giovanni Rotondo, cosa que se cumplió.
Otro de los fenómenos inexplicables, durante la vida del padre Pío, fue la falta de apetito y de sueño. ¿Cómo podrían explicarse los médicos que pudiera vivir con las escasas cien calorías que ingería cada día?
Ha dejado a la humanidad como testamento, además del Hospital Casa Alivio del Sufrimiento, los Grupos de oración: asociaciones de laicos, reconocidas por la Santa Sede, que hoy se encuentran esparcidas por los cinco continentes. Se trata de fieles que se reúnen bajo la guía de un sacerdote para formarse espiritualmente y llevar una vida cristiana coherente, en obediencia al propio obispo. En el mundo hay más de tres mil grupos con medio millón largo de miembros.
Muchas curaciones se le han atribuido, entre ellas la de la prestigiosa psiquiatra polaca Wanda Poltawska, pero no fue la única; la milagrosa recuperación de una grave enfermedad de Consiglia de Martino ha sido reconocida oficialmente por la Iglesia.
No faltó en la homilía de la pontifical de la beatificación una alusión a lo que supuso el fenómeno estigmático en la vida del Padre Pío: fueron «dones singulares» que suponían «una participación en la Pasión» y llevaban consigo «sufrimientos interiores y místicos» que le permitieron llegar a tener «una experiencia plena y constante de los padecimientos del Señor».
Entre los dones que Juan Pablo II recibió de la Orden Capuchina, había una preciosa reliquia consistente en un estuche que contenía, en marco de plata, uno de los paños con los que el padre Pío enjugaba la sangre que manaba de sus heridas.
Aunque para tener fe y vivir según ella no nos hacen falta más milagros que los del Evangelio, agradecemos rendidamente a Dios que también hoy se prodigue su bondad en algunos hombres y mujeres cuya vida deje boquiabiertos a los listillos de la ciencia, imposibilitados para explicar lo inexplicable, y ponga en pie a los buenos cristianos tanto para no ceder en lo que debe mantenerse con firmeza como para comunicar al mundo confiadamente dónde esta la verdad.
Archimadrid.org

Una catequesis nueva


Un grupo de catequistas de Madrid participa este fin de semana en el Jubileo de los catequistas en Roma. Es el arranque de un curso en el que se estudiará como renovar la catequesis en Madrid para evangelizar mejor a niños y adultos
La archidiócesis de Madrid va a estudiar durante este curso cómo renovar la catequesis de iniciación cristiana de niños y adultos para dotarla de un sentido más evangelizador. Según Manuel Bru, delegado de Catequesis de Madrid, «se va a renovar tanto el itinerario catequético como los materiales que se están utilizando». Y en esta dinámica de cambio «se va a repensar de nuevo todo: las edades de cada tramo catequético, las temáticas, los métodos para la transmisión de la fe…», al estilo de propuesta del Papa Francisco en Evangelii gaudium de replantear «costumbres, estilos, horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial» para evangelizar mejor el mundo de hoy.
Para llevar esto a cabo, la Delegación de Catequesis ha organizado un grupo de trabajo de expertos muy variado: procedentes del entorno académico, como la Universidad San Dámaso o la Universidad de Salamanca, o las congregaciones religiosas con mayor trayectoria en el campo de la transmisión de la fe, como los Salesianos o el Instituto San Pío X de los hermanos de La Salle. El equipo lo completarán catequistas que ejercen hoy su misión en Madrid.
Dos van a ser las claves principales de la renovación: el catequista y la prioridad de la Palabra de Dios. «Hasta ahora –explica Manuel Bru–, la catequesis en España ha reproducido en general el recorrido que sigue el Catecismo de la Iglesia católica: credo, vida moral y oración. Pero hoy en Europa, para responder al contexto sociológico actual, el camino de la catequesis se está invirtiendo, para partir de textos de la Palabra de Dios». El motivo es que «hoy la mayoría de los catecúmenos no son niños que han recibido la fe en su familia o adultos con una buena formación previa, sino todo lo contrario. En un entorno tan secularizado como el nuestro, hay que empezar la catequesis por el primer anuncio, que en el caso de los niños supone incluso fomentar el despertar religioso».
De este modo, el principio de la catequesis «no puede ser el Catecismo, sino el Evangelio, como ha sucedido siempre en la historia de la Iglesia. No podemos atiborrar de primeras a los niños con una información que no les llega, sino que debemos despertar en ellos la inquietud religiosa, y eso se hace con la Palabra de Dios, con el Evangelio», explica Manuel. Por eso, uno de los instrumentos que valorará este grupo de trabajo es el Oratorio de Niños Pequeños, una herramienta de formación y oración «muy valorada por catequistas y sacerdotes de sensibilidades muy diversas».
El catequista, esencial
La segunda clave para la renovación de la catequesis es el catequista. Se buscará trascender el modelo catequético profesor-alumno, y se ofrecerá a los catequistas formación intelectual, espiritual y habilidades comunicativas. En primer lugar, la Delegación ofrecerá este año un Curso de catequética con diez bloques temáticos que abordarán el lenguaje, la metodología, la relación entre catequesis y compromiso, la interioridad, la catequesis familiar… El curso consiste en 26 sesiones de dos horas, los jueves de 17 a 19 horas, en el salón de actos de Alfa y Omega, con la posibilidad de seguirlo online.
Además, la Delegación pondrá a disposición de parroquias, arciprestazgos y vicarías cursos de entre tres y ocho sesiones para desarrollar en lugares, días y horarios elegidos por los interesados. Y ofrece también a los catequistas un curso especial de pedagogía catequética, para adquirir habilidades de comunicación eficaz y sobre dinámica de grupos. Este esfuerzo se completará con tres tandas de ejercicios espirituales (en febrero, marzo y abril), y diferentes encuentros de catequistas por vicarías.
Juan Luis Váquez Diaz-Mayordomo

Turkson: "El Papa quiere que la Iglesia abandone la teoría de la guerra justa"


"La no violencia: un estilo de política para la paz". Éste será el título del mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de la Paz de 2017. Al elegirlo el pontífice ha dado "un reconocimiento muy fuerte" a la iniciativa dentro de la Iglesia católica de que ésta se aleje de la teoría de la "guerra justa". Así lo subrayó el cardenal Peter Turkson en una entrevista al National Catholic Reporter.
En abril tuvo lugar en el Vaticano una conferencia, organizada por el Pontificio Consejo Justicia y Paz y Pax Christi Internacional, que acordó que no hay ninguna justificación nunca para la guerra. Dicha conferencia publicó un manifiesto que exigió "que la Iglesia Católica [desarrollara] y [considerara] el cambio hacia una perspectiva de paz justa basada en la no violencia del Evangelio". Reclamó incluso que el Papa plasmara el marco de referencia de la "paz justa" en una encíclica. Según Turkson, al tomar la no violencia como título para su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, Francisco ha dado un fuerte respaldo a este movimiento que busca el repudio a la teología de la "guerra justa". "Estamos dando un reconocimiento muy fuerte a la conferencia y a las cosas que fueron discutidas y dichas allí", afirmó el cardenal.
La teoría de la "guerra justa" fue pensada, en sus orígenes, para que fuera más difícil que se emprendieran conflictos bélicos. Sin embargo, las condiciones para que una contienda fuera considerada ética se han distorsionado en el mundo actual. Es algo sobre lo cual ha llamado la atención el pontífice, según el cardenal. Incluso si se alegaran la autodefensa, la disuasión de un agresor o la protección de inocentes como motivos para ir a una guerra, "el Papa Francisco diría que "No paras una agresión al convertirte en un agresor"."No paras un conflicto al incitar otro conflicto. No paras una guerra al empezar otra guerra", parafraseó el cardenal al pontífice.
Frente a las posibles reservas de que la Iglesia estuviera promoviendo una utopía al reemplazar la "guerra justa" con la "paz justa", Turkson recordó que se trata de adoptar el mismo enfoque de no violencia que predicó Jesús. "La gente piensa que es utópico, pero así fue Jesús", dijo. Citó como evidencia aquello de que el cristiano ha de volver la otra mejilla. "¿Merece la pena seguir lo que nuestro Maestro nos enseñó?", preguntó el cardenal. "Lo que nos enseñó es la no violencia".
Y es que, según Turkson, la no violencia del Evangelio puede traducirse a políticas concretas en las guerras de hoy día. En este sentido, el cardenal apuntó a varias medidas diplomáticas y económicas que podrían servir para parar las agresiones. Por ejemplo, el fin del tráfico de armas. "Los grandes instrumentos de guerra vienen de factoría y industrias que fabrican armas y algunos de estos ya se están usando en teatros bélicos" como Nigeria, denunció. Esto significa que "hay gente enriqueciéndose con el tráfico de armas", un factor agravante en los conflictos de hoy que fácilmente, dada la voluntad necesaria, se podría cortar de raíz.
(Cameron Doody)

COMENTARIO DE BENEDICTO XVI SOBRE EL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (9, 18 -22)



En el evangelio de hoy vemos representados como dos modos distintos de conocer a Cristo. 

El primero consistiría en un conocimiento externo, caracterizado por la opinión corriente. A la pregunta de Jesús: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?», los discípulos responden: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas». Es decir, se considera a Cristo como un personaje religioso más de los ya conocidos. 

Después, dirigiéndose personalmente a los discípulos, Jesús les pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro responde con lo que es la primera confesión de fe: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». La fe va más allá de los simples datos... y es capaz de captar el misterio de la persona de Cristo en su profundidad.

Pero la fe no es fruto del esfuerzo humano, de su razón, sino que es un don de Dios (...) Tiene su origen en la iniciativa de Dios, que nos desvela su intimidad y nos invita a participar de su misma vida divina. 

La fe no proporciona solo alguna información sobre la identidad de Cristo, sino que supone una relación personal con Él, la adhesión de toda la persona, con su inteligencia, voluntad y sentimientos, a la manifestación que Dios hace de sí mismo. 

Así, la pregunta de Jesús: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?», en el fondo está impulsando a los discípulos a tomar una decisión personal en relación a Él. Fe y seguimiento de Cristo están estrechamente relacionados. 

Y, puesto que supone seguir al Maestro, la fe tiene que consolidarse y crecer, hacerse más profunda y madura, a medida que se intensifica y fortalece la relación con Jesús, la intimidad con Él. También Pedro y los demás apóstoles tuvieron que avanzar por este camino, hasta que el encuentro con el Señor resucitado les abrió los ojos a una fe plena. 

(...) También hoy Cristo se dirige a vosotros con la misma pregunta que hizo a los apóstoles: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Respondedle con generosidad y valentía (...). Decidle: ‘Jesús, yo sé que Tú eres el Hijo de Dios que has dado tu vida por mí. Quiero seguirte con fidelidad y dejarme guiar por tu palabra. Tú me conoces y me amas. Yo me fío de ti y pongo mi vida entera en tus manos. Quiero que seas la fuerza que me sostenga, la alegría que nunca me abandone’.

En su respuesta a la confesión de Pedro, Jesús habla de la Iglesia: «Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». ¿Qué significa esto? Jesús construye la Iglesia sobre la roca de la fe de Pedro, que confiesa la divinidad de Cristo. Sí, la Iglesia no es una simple institución humana, como otra cualquiera, sino que está estrechamente unida a Dios (...) No se puede separar a Cristo de la Iglesia, como no se puede separar la cabeza del cuerpo (cf. 1Co 12,12). La Iglesia no vive de sí misma, sino del Señor. Él está presente en medio de ella, y le da vida, alimento y fortaleza.

(...) Seguir a Jesús en la fe es caminar con Él en la comunión de la Iglesia. No se puede seguir a Jesús en solitario. Quien cede a la tentación de ir «por su cuenta» o de vivir la fe según la mentalidad individualista, que predomina en la sociedad, corre el riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo, o de acabar siguiendo una imagen falsa de Él. 

Tener fe es apoyarse en la fe de tus hermanos, y que tu fe sirva igualmente de apoyo para la de otros. Os pido, queridos amigos, que améis a la Iglesia, que os ha engendrado en la fe, que os ha ayudado a conocer mejor a Cristo, que os ha hecho descubrir la belleza de su amor. 

Para el crecimiento de vuestra amistad con Cristo es fundamental reconocer la importancia de vuestra gozosa inserción en las parroquias, comunidades y movimientos, así como la participación en la Eucaristía de cada domingo, la recepción frecuente del sacramento del perdón, y el cultivo de la oración y meditación de la Palabra de Dios.

De esta amistad con Jesús nacerá también el impulso que lleva a dar testimonio de la fe en los más diversos ambientes, incluso allí donde hay rechazo o indiferencia. No se puede encontrar a Cristo y no darlo a conocer a los demás. Por tanto, no os guardéis a Cristo para vosotros mismos. Comunicad a los demás la alegría de vuestra fe. El mundo necesita el testimonio de vuestra fe, necesita ciertamente a Dios. (...)

Que todos en la Iglesia, pastores y fieles, nos acerquemos cada día más al Señor, para que crezcamos en santidad de vida y demos así un testimonio eficaz de que Jesucristo es verdaderamente el Hijo de Dios, el Salvador de todos los hombres y la fuente viva de su esperanza. Amén.
(Benedicto XVI, homilía del 21 de agosto de 2011)

Y VOSOTROS, ¿QUIÉN DECÍS QUE SOY YO?




Lectura del santo evangelio según san Lucas (9,18-22):

Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?»

Ellos contestaron: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.»

Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»

Pedro tomó la palabra y dijo: «El Mesías de Dios.»

Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día.»

jueves, 22 de septiembre de 2016

El Papa a los periodistas: ‘No soplen sobre el fuego de la destrucción, promuevan la cultura del encuentro’



“Hay pocas profesiones que tienen tanta influencia en la sociedad como la del periodismo” con un rol de gran importancia y responsabilidad porque “escriben el primer borrador de la historia”. Lo indicó este jueves el papa Francisco al recibir hoy en el Vaticano a una delegación del Orden de los periodistas de Italia.
Deseó por ello que el periodismo “sea un instrumento de construcción, un factor de bien común, un acelerador de procesos de reconciliación, que rechace la tentación de fomentar el choque con un lenguaje que sople sobre el fuego de las divisiones, y más bien favorezca la cultura del encuentro”.
Y si bien reconoció que la critica es legítima, y añadió “también necesaria”, puntualizó que “el periodismo no puede volverse un arma de destrucción de personas o peor aún de los pueblos”. Añadió que tampoco “debe alimentar el miedo delante de los cambios o fenómenos, como las migraciones forzadas por la guerra o por el hambre”.
El Santo Padre si bien señaló que la prensa escrita y televisiva pierden relevancia ante los nuevos medios digitales, especialmente entre los jóvenes, “los periodistas cuando tienen profesionalidad permanecen una columna portante, un elemento fundamental para la vitalidad de una sociedad libre y pluralista”.
Un cambio el registrado en los medios digitales, explicó, que llevó también a la Santa Sede “a vivir un proceso de renovación del sistema comunicativo” y del cual “la Secretaría para la comunicación será el natural punto de referencia”.
El Santo Padre quiso compartir así una reflexión sobre el ‘qué y ‘cómo’ en la profesión de los periodistas puede mejorar la sociedad en al que vivimos.
Reflexiones merecerían una jornada de retiro, lo que reconoció “no es fácil en el ámbito periodístico, una profesión que vive continuos ‘tiempos de entrega’ y ‘fecha de cierre de edición’”.
Y ayudando a hacer una reflexión el Papa se detuvo en tres elementos: Amar la verdad, una cosa fundamental para todos, especialmente para los periodistas; vivir con profesionalidad, algo que va más allá de las leyes y reglamentos; y respetar la dignidad humana, que es mucho más difícil de lo que se puede pensar a primera vista.
Amar la verdad, quiere decir no solamente afirmar, pero vivir la verdad, dar testimonio de ella con el propio trabajo, dijo, y precisó que “la cuestión no es ser creyentes o no creyentes. La cuestión es ser honesto con sí mismo y con los otros”. Puntualizó además que “no siempre es fácil llegar a la verdad, o por lo menos acercarse a esa”. Y que en la vida “no todo es blanco o negro” y también en el periodismo “es necesario saber discernir entre los matices de gris en los eventos que es necesario narrar”. Y pidió “nunca decir o escribir en conciencia, algo que no sea verdadero”.
El segundo punto que señaló el Pontífice es vivir con profesionalidad, “más allá de lo que está escrito en los códigos de deontología, sin someterse a los intereses de parte. Por ello “la vocación del periodismo” es a través de la búsqueda de la verdad “hacer crecer la dimensión social del hombre, favorecer la construcción de una verdadera ciudadanía”.
El Pontífice en sus palabras indicó que es necesario para ello una sociedad democrática y recordó como las dictaduras de cualquier ‘color’, intentaron siempre apoderarse de los medios de comunicación e imponer nuevas reglas a la profesión periodística.
Y sobre el respetar la dignidad humana, lo que es importante en todas las profesiones, subrayó que es “de manera particular en el periodismo”, porque detrás de una simple narración “hay sentimientos, emociones, en definitiva, la vida de las personas”.
Recordó también como él ha hablado muchas veces de los chismorreos como ‘terrorismo’, y que esto vale para las personas individuales, en la familia o en el trabajo, y “mucho más para los periodistas”. Además porque “un artículo se publica hoy y mañana es sustituido por otro, pero la vida de una persona injustamente difamada puede ser destruida para siempre”.
(ZENIT – Ciudad del Vaticano)

El Papa: «la vanidad es la osteoporosis del alma»



«La vanidad es enmascarar la propia vida. Y esto enferma el alma, porque enmascara la propia vida para aparentar, para fingir», lo dijo el Papa Francisco en su homilía de la misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta.
Dos inquietudes
El Evangelio del día presenta al rey Herodes inquieto porque, después de haber asesinado a Juan Bautista, ahora se siente amenazado por Jesús, dijo el Obispo de Roma. Estaba preocupado como el padre, Herodes el Grande, después de la visita de los Reyes Magos. «Existe en nuestra alma – afirmó el Papa – la posibilidad de tener dos inquietudes: una buena, que es la inquietud que nos da el Espíritu Santo y hace que el alma esté inquieta para hacer cosas buenas», y existe – agregó el Pontífice – «la mala inquietud, esa que nace de una conciencia sucia». Y los dos Herodes resolvían sus inquietudes matando, iban adelante pasando «sobre los cadáveres de la gente»:
«Esta gente que ha hecho tanto mal, que hace del mal y tiene la conciencia sucia y no puede vivir en paz, porque vive con una irritación continua, en una urticaria que no lo deja en paz… Esta gente he hecho del mal, pero el mal tiene siempre la misma raíz, cualquier mal: la codicia, la vanidad y el orgullo. Y los tres no te dejan la conciencia en paz; estos tres no dejan entrar la sana inquietud del Espíritu Santo, sino te llevan a vivir así: inquietos, con miedo. Codicia, vanidad y orgullo son las raíces de todos los males».
La vanidad, osteoporosis del alma
La primera Lectura del día es del libro de Eclesiastés aborda el personaje de Cohélet y habla de la vanidad: «La vanidad que nos infla. La vanidad que no tiene larga vida, porque es como una burbuja de jabón. La vanidad que no nos da una verdadera ganancia. ¿Qué ganancia obtiene el hombre por toda la fatiga con la cual se abruma? Se preocupa por aparentar, por fingir, por parecer. Esta es la vanidad. Si queremos podemos decir simplemente: “La vanidad es enmascarar la propia vida. Y esto enferma al alma, porque enmascara la propia vida para aparentar, para aparecer, y todas las cosas que hace son para fingir, por vanidad, pero al final ¿Qué cosa gana? La vanidad es como una osteoporosis del alma: los huesos desde afuera parecen buenos, pero dentro están todos corroídos. La vanidad nos lleva al engaño”».
La apariencia, pero la verdad es otra
Como los farsantes «marcan las cartas» para ganar – señaló el Papa – y luego «esta victoria es aparente, no es verdadera. Esta es la vanidad: vivir para fingir, vivir para aparentar, vivir para aparecer. Y esto inquieta al alma». San Bernardo – recuerda el Pontífice – dice una palabra fuerte a los vanidosos. «Piensa en aquello que tú serás. Serás alimento de los gusanos. Y todo este enmascarar la vida es una mentira, porque te comerán los gusanos y no serás nada». Pero, ¿Dónde está la fuerza de la vanidad? Animados por la soberbia hacia a las maldades, no permite una equivocación, no permite que se vea un error, cubre todo, todo se cubre:
«Cuanta gente conocemos nosotros que aparenta… ¡Pero qué buena persona! Va a Misa todos los domingos. Da grandes ofrendas a la Iglesia. Esto es lo que se ve, pero la osteoporosis es la corrupción que tienen dentro. Existe gente así – pero también ¡hay gente santa! – que hace esto. La vanidad es esto: te hace parecer con un rostro de “estampita” y luego tu verdad es otra. Y ¿Dónde está nuestra fuerza y la seguridad, nuestro refugio? Lo hemos leído en el salmo: “Señor tú has sido para nosotros un refugio de generación en generación”. ¿Por qué? Y antes del Evangelio hemos recordado las palabras de Jesús: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Esta es la verdad, no la máscara de la vanidad. Que el Señor nos libere de estas tres raíces de todos los males: la codicia, la vanidad y el orgullo. Pero sobre todo de la vanidad, que nos hace mucho mal».
Renato Martinez/Radio Vaticano

A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas?


Lectura del santo Evangelio según san Lucas 9, 7-9
En aquel tiempo, el tetrarca Herodes se enteró de lo que pasaba y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos; otros en cambio, que había aparecido Elías, y otros que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.
Herodes se decía:
«A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas?».
Y tenía ganas de verlo.
Palabra del Señor.

Texto completo de la catequesis del Papa en la audiencia del 21 de septiembre de 2016


El papa Francisco realizó la audiencia en la plaza de San Pedro y centró la catequesis en la misericordia de Dios. A continuación el texto completo.
“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hemos escuchado el pasaje del Evangelio de Lucas (6,36-38) del cual es tomado el lema de este Año santo extraordinario: Misericordiosos como el Padre. La expresión completa es: «Sean misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso» (v. 36). No se trata de un slogan, sino de un compromiso de vida.
Para comprender bien esta expresión, podemos confrontarla con aquella paralela del Evangelio de Mateo, donde Jesús dice: «Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo» (5,48). En el llamado discurso de la montaña, que inicia con las Bienaventuranzas, el Señor enseña que la perfección consiste en el amor, cumplimiento de todos los preceptos de la Ley.
En esta misma perspectiva, San Lucas precisa que la perfección es el amor misericordioso: ser perfectos significa ser misericordiosos. ¿Una persona que no es misericordiosa es perfecta? ¡No! ¿Una persona que no es misericordiosa es buena? ¡No! La bondad y la perfección radican en la misericordia.
Seguro, Dios es perfecto. Entretanto si lo consideramos así, se hace imposible para los hombres alcanzar esta absoluta perfección. En cambio, tenerlo ante los ojos como misericordioso, nos permite comprender mejor en que consiste su perfección y nos impulsa a ser como Él, llenos de amor, compasión y misericordia.
Pero me pregunto: ¿Las palabras de Jesús son reales? ¿Es de verdad posible amar como ama Dios y ser misericordiosos como Él? Si miramos la historia de la salvación, vemos que toda la revelación de Dios es un incesante e inagotable amor de los hombres: Dios es como un padre o como una madre que ama con un amor infinito y lo derrama con abundancia sobre toda criatura.
La muerte de Jesús en la cruz es el culmen de la historia de amor de Dios con el hombre. Un amor talmente grande que solo Dios lo puede realizar. Es evidente que, relacionado con este amor que no tiene medidas, nuestro amor siempre será imperfecto.
Pero, ¡cuando Jesús nos pide ser misericordiosos como el Padre, no piensa en la cantidad! Él pide a sus discípulos convertirse en signo, canales, testigos de su misericordia. Y la Iglesia no puede dejar de ser sacramento de la misericordia de Dios en el mundo, en todos los tiempos y hacia toda la humanidad. Todo cristiano, por lo tanto, está llamado a ser testigo de la misericordia, y esto sucede en el camino a la santidad.
¡Pensemos en tantos santos que se volvieron misericordiosos porque se dejaron llenar el corazón con la divina misericordia! Han dado cuerpo al amor del Señor derramándolo en las múltiples necesidades de la humanidad que sufre. En este florecer de tantas formas de caridad es posible reconocer los reflejos del rostro misericordioso de Cristo.
Nos preguntamos: ¿Qué significa para los discípulos ser misericordiosos? Y esto lo explica Jesús con dos verbos: “perdonar” (v. 37) y “donar” (v. 38). La misericordia se expresa sobre todo en el perdón: “No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados” (v. 37). Jesús no pretende alterar el curso de la justicia humana, entretanto recuerda a los discípulos que para tener relaciones fraternas es necesario suspender los juicios y las condenas. De hecho, es el perdón el pilar que sostiene la vida de la comunidad cristiana, porque en ella se manifiesta la gratuidad del amor con el cual Dios nos ha amado primero.
¡El cristiano debe perdonar! Pero ¿Por qué? Porque ha sido perdonado. Todos nosotros que estamos aquí, hoy, en la Plaza, todos nosotros, hemos sido perdonados. No hay ninguno de nosotros, que en su vida, no haya tenido necesidad del perdón de Dios. Y porque nosotros hemos sido perdonados, debemos perdonar.
Y lo recitamos todos los días en el Padre Nuestro: “Perdona nuestros pecados; perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores”. Es decir, perdonar las ofensas, perdonar tantas cosas, porque nosotros hemos sido perdonados de tantas ofensas, de tantos pecados. Y así es fácil perdonar. Si Dios me ha perdonado, ¿por qué no debo perdonar a los demás? ¿Soy más grande que Dios? ¿Entienden esto?
Este pilar del perdón nos muestra la gratuidad del amor de Dios, que nos ha amado primero. Juzgar y condenar al hermano que peca es equivocado. No porque no se quiera reconocer el pecado, sino porque condenar al pecador rompe la relación de fraternidad con él y desprecia la misericordia de Dios, que en cambio no quiere renunciar a ninguno de sus hijos.
No tenemos el poder de condenar a nuestro hermano que se equivoca, no estamos por encima él: al contrario tenemos el deber de llevarlo nuevamente a la dignidad de hijo del Padre y de acompañarlo en su camino de conversión.
A su Iglesia, a nosotros, Jesús nos indica también un segundo pilar: “donar”. Perdonar es el primer pilar; donar es el segundo pilar. «Den, y se les dará […] con la medida con que ustedes midan también serán medidos» (v. 38).
Dios dona muy por encima de nuestros méritos, pero será todavía más generoso con cuantos aquí en la tierra serán generosos. Jesús no dice que cosa sucederá a quienes no donan, pero la imagen de la “medida” constituye una exhortación: con la medida del amor que damos, seremos nosotros mismos a decidir cómo seremos juzgados, como seremos amados. Si observamos bien, existe una lógica coherente: ¡en la medida con la cual se recibe de Dios, se dona al hermano, y en la medida con la cual se dona al hermano, se recibe de Dios!
El amor misericordioso es por esto la única vía que es necesario seguir. Tenemos todos mucha necesidad de ser un poco misericordiosos, de no hablar mal de los demás, de no juzgar, de no “desplumar” a los demás con las críticas, con las envidias, con los celos.
Tenemos que perdonar, ser misericordiosos, vivir nuestra vida en el amor y donar. Este amor permite a los discípulos de Jesús no perder la identidad recibida de Él, y de reconocerse como hijos del mismo Padre. En el amor que ellos practican en la vida se refleja así aquella Misericordia que no tendrá jamás fin (Cfr. 1 Cor 13,1-12).
Pero no se olviden de esto: misericordia y don; perdón y don. Así el corazón crece, crece en el amor. En cambio, el egoísmo, la rabia, vuelve al corazón pequeño, pequeño, pequeño, pequeño y se endurece como una piedra. ¿Qué cosa prefieren ustedes? ¿Un corazón de piedra? Les pregunto, respondan: “No”. No escucho bien… “No”. ¿Un corazón lleno de amor? “Si”. ¡Si prefieren un corazón lleno de amor, sean misericordiosos!”.

Día mundial del Alzheimer. Cercanía y amor misericordioso: llamamiento del Papa

Hacer resonar en el mundo el eco del amor divino, para vendar las heridas de la humanidad con el bálsamo de su misericordia, alentó el Papa a los numerosos peregrinos que participaron en su audiencia general.
En el día dedicado en todo el mundo a las personas que padecen Alzheimer, a sus familiares y al personal sanitario que atiende a los pacientes, el Papa Francisco dirigió un llamamiento a expresar nuestra cercanía con la solicitud de María, la ternura de Jesús y los ojos del amor:
«Hoy es la XXIII Jornada mundial del Alzheimer, con el tema «Acuérdate de mí». Invito a todos los presentes a ‘acordarse’, con la solicitud de María y con la ternura de Jesús Misericordioso, de cuantos sufren esta enfermedad y de sus familiares, para hacerles sentir nuestra cercanía.
Oremos también por las personas que están al lado de los enfermos, sabiendo percibir sus necesidades, aún las más imperceptibles, porque las ven con los ojos del amor».
El Santo Padre alentó a los peregrinos jubilares a abrir sus vidas al don de la misericordia del Señor, para compartirlo con todos. Y saludó con especial alegría a los que llegaron desdeTurquía:
«Con especial alegría saludo a los peregrinos turcos: a los fieles de la Arquidiócesis de Esmirna, encabezados por su Pastor, Mons. Lorenzo Piretto. Queridos hermanos y hermanas, esta experiencia de gracia los ayude a permanecer firmes en la fe y a testimoniar el evangelio de la misericordia en la vida de cada día. Les aseguro mi oración y con afecto los bendigo a ustedes y a sus familias».
El Santo Padre renovó para todos su exhortación a las obras de misericordia:
«En este año de la Misericordia, acojamos con fe el amor del Señor en nuestra vida y caminemos con valentía por la senda del perdón y del don que Jesús nos propone.
Con sus obras de misericordia, hagan resplandecer cada vez más en el mundo el rostro misericordioso de Jesús.
Queridos amigos, ser misericordiosos quiere decir saber tender la mano, ofrecer una sonrisa, cumplir un gesto de amor hacia cuantos están en la necesidad. Cuando somos generosos, nunca faltan las bendiciones de Dios.»
El Papa reiteró su anhelo de que la peregrinación jubilar y el pasar por la Puerta Santa alimente la fe, dé un renovado impulso a la esperanza y haga fecunda la caridad, en especial hacia los hermanos más necesitados.
Antes de llegar a la Plaza de San Pedro, el Papa saludó y bendijo en el Aula Pablo VI a los enfermos, que debido a la lluvia siguieron desde allí la audiencia general.
En la fiesta de San Mateo, Apóstol y Evangelista, el Obispo de Roma recordó  su generosa respuesta a la llamada de Cristo y su ejemplo, en las palabras que dedicó a los jóvenes, a los enfermos  y a los recién casados:
«Hoy es la Fiesta de San Mateo, Apóstol y Evangelista. Que su conversión sea ejemplo para ustedes, queridos jóvenes, para vivir la vida con los criterios de la fe. Que su mansedumbre los sostenga a ustedes, queridos enfermos, cuando el sufrimiento parece insoportable: Que su seguimiento al Salvador, les recuerde a ustedes, queridos recién casados, la importancia de la oración en la historia matrimonial que han emprendido».
(CdM – RV)
(from Vatican Radio)

miércoles, 21 de septiembre de 2016

HOMILÍA DEL PAPA FRANCISCO SOBRE EL EVANGELIO DE HOY: 

«Celebramos la fiesta del apóstol y evangelista san Mateo. Celebramos la historia de una conversión. Él mismo, en su evangelio, nos cuenta cómo fue el encuentro que marcó su vida, él nos introduce en un “juego de miradas” que es capaz de transformar la historia.

Un día, como otro cualquiera, mientras estaba sentado en la mesa de recaudación de los impuestos, Jesús pasaba, lo vio, se acercó y le dijo: «“Sígueme”. Y él, levantándose, lo siguió».

Jesús lo miró. Qué fuerza de amor tuvo la mirada de Jesús para movilizar a Mateo como lo hizo; qué fuerza han de haber tenido esos ojos para levantarlo. Sabemos que Mateo era un publicano, es decir, recaudaba impuestos de los judíos para dárselos a los romanos. 

Los publicanos eran mal vistos, incluso considerados pecadores, y por eso vivían apartados y despreciados de los demás. Con ellos no se podía comer, ni hablar, ni orar. Eran traidores para el pueblo: le sacaban a su gente para dárselo a otros. Los publicanos pertenecían a esta categoría social.

Y Jesús se detuvo, no pasó de largo precipitadamente, lo miró sin prisa, lo miró con paz. Lo miró con ojos de misericordia; lo miró como nadie lo había mirado antes. Y esa mirada abrió su corazón, lo hizo libre, lo sanó, le dio una esperanza, una nueva vida como a Zaqueo, a Bartimeo, a María Magdalena, a Pedro y también a cada uno de nosotros. 

Aunque no nos atrevemos a levantar los ojos al Señor, Él siempre nos mira primero. Es nuestra historia personal; al igual que muchos otros, cada uno de nosotros puede decir: yo también soy un pecador en el que Jesús puso su mirada. 

Los invito, que hoy en sus casas, o en la iglesia, cuando estén tranquilos, solos, hagan un momento de silencio para recordar con gratitud y alegría aquellas circunstancias, aquel momento en que la mirada misericordiosa de Dios se posó en nuestra vida. Su amor nos precede, su mirada se adelanta a nuestra necesidad. 

Él sabe ver más allá de las apariencias, más allá del pecado, más allá del fracaso o de la indignidad. Sabe ver más allá de la categoría social a la que podemos pertenecer. Él ve más allá de todo eso. Él ve esa dignidad de hijo, que todos tenemos, tal vez ensuciada por el pecado, pero siempre presente en el fondo de nuestra alma. Es nuestra dignidad de hijo. Él ha venido precisamente a buscar a todos aquellos que se sienten indignos de Dios, indignos de los demás. Dejémonos mirar por Jesús, dejemos que su mirada recorra nuestras calles, dejemos que su mirada nos devuelva la alegría, la esperanza, el gozo de la vida.

Después de mirarlo con misericordia, el Señor le dijo a Mateo: «Sígueme». Y Mateo se levantó y lo siguió. Después de la mirada, la palabra. Tras el amor, la misión. Mateo ya no es el mismo; interiormente ha cambiado. El encuentro con Jesús, con su amor misericordioso, lo transformó. Y allá atrás quedó el banco de los impuestos, el dinero, su exclusión. 

Antes él esperaba sentado para recaudar, para sacarle a los otros, ahora con Jesús tiene que levantarse para dar, para entregar, para entregarse a los demás. Jesús lo miró y Mateo encontró la alegría en el servicio. Para Mateo, y para todo el que sintió la mirada de Jesús, sus conciudadanos no son aquellos a los que «se vive», se usa, se abusa. La mirada de Jesús genera una actividad misionera, de servicio, de entrega. Sus conciudadanos son aquellos a quien Él sirve. Su amor cura nuestras miopías y nos estimula a mirar más allá, a no quedarnos en las apariencias o en lo políticamente correcto.

Jesús va delante, nos precede, abre el camino y nos invita a seguirlo. Nos invita a ir lentamente superando nuestros preconceptos, nuestras resistencias al cambio de los demás e incluso de nosotros mismos. Nos desafía día a día con una pregunta: ¿Crees? ¿Crees que es posible que un recaudador se transforme en servidor? ¿Crees que es posible que un traidor se vuelva un amigo? ¿Crees que es posible que el hijo de un carpintero sea el Hijo de Dios? Su mirada transforma nuestras miradas, su corazón transforma nuestro corazón. Dios es Padre que busca la salvación de todos sus hijos. 

Dejémonos mirar por el Señor en la oración, en la Eucaristía, en la Confesión, en nuestros hermanos, especialmente en aquellos que se sienten dejados, más solos. Y aprendamos a mirar como Él nos mira. Compartamos su ternura y su misericordia con los enfermos, los presos, los ancianos, las familias en dificultad. Una y otra vez somos llamados a aprender de Jesús que mira siempre lo más auténtico que vive en cada persona, que es precisamente la imagen de su Padre». 

(Papa Francisco, homilía del 21-9-2015)

21 de septiembre: san Mateo, Apóstol y evangelista



Fue piedra de escándalo para los fariseos y el pueblo. Tenía un oficio nada agradecido; recaudaba impuestos. Y ¡cómo va a agradar al paisano que le tomen su dinero para el fisco! Mucho menos si el cliente es judío y, además, si sabe bien que su contribución va a las arcas romanas y servirá para que sigan dominándoles. Y esto humillaba sobremanera al pequeño, pero soberbio pueblo. Además, él era un jefe, porque parece ser que el cuerpo de recaudadores gozaba de alguna organización, cosa propia, por otra parte, de cualquier actividad que mueve dinero. Se llamaba Leví.
La llamada que le hizo Jesús al apostolado rompía los esquemas de los israelitas piadosos y temerosos de Dios que no habían sido todavía capaces de soltar las amarras de los prejuicios sociales. Porque aquel recaudador estaba considerado a la altura que tenían las prostitutas. Pero él dejó de pronto su puesto, abandonó gozoso los dineros en la mesa y se marchó con el joven rabí; aquel abandono tenía el corte de lo definitivo. Después se confirmará su alternativa en la ladera de la Montaña.
Cuando el Señor marchó al cielo, Mateo se quedó en Palestina predicando a los judíos que Jesús vivía después que murió. Como los primeros cristianos son de la ciudad y sus contornos, va cuidando a la comunidad que surge vigorosa y agradecida. Llega el momento de notar las necesidades nuevas que poco a poco van apareciendo y decide poner por escrito los hechos y dichos de Jesús.
Va a ser el primer evangelista. Recoge las parábolas y sus explicaciones, los discursos, los milagros, los gestos y los mandatos; se recrea en recalcar a los que leerán aquellos pergaminos que Dios no rechaza a los pecadores, sino que los buscó siempre con verdadero apasionamiento y asegura de modo firme y seguro que Jesús llama a todos a su lado para que formen parte del Reino. Y lo hizo en arameo, la lengua vulgar que hablaba Jesús, aunque la versión que nos ha llegado está en griego; allí quedaba resumida la enseñanza de Pedro y Pablo, la de la primitiva Iglesia que estaba balbuceando y se abría paso –con dificultades– entre los judíos, y ya comenzaba a asentarse también entre los paganos.
Sus fieles son principalmente judíos. No rehúye hablar del culto, de las fiestas y mencionará los Libros Sagrados, a Moisés y a los profetas; y, lo que es más, se apoyará en ellos para afirmar que Jesús es el Mesías porque en Él se cumplen las antiguas profecías: la genealogía, su nacimiento de madre virgen, la pasión redentora, la muerte afrentosa con bienes espirituales universales. La misma resurrección de Jesús entra dentro del plan previsto por Dios afirmando que es, definitivamente, el prometido a los Patriarcas y recordado por los profetas. Ya no hay que esperar a otro.
Da una explicación congruente para aclarar por qué Jesús renunciaba a que en público se le llamara Mesías; y es que habían cambiado su misión confundiéndola con una esperanza temporal, política y terrena; solo en algunos pocos –piadosos y santos– se conservaba la verdadera esperanza de salvación que Él traía.
Siempre tuvo la preocupación de transmitir con absoluta fidelidad lo que Jesús hizo y dijo, dejando en penumbra su propia persona de testigo privilegiado, hasta el punto de dar la sensación al lector de que es un miembro gris del colegio apostólico por no transmitirse de él ninguna pregunta, ni queja, ni expresión, ni gesto. Hablará de la Iglesia, fundamentada sobre Pedro, como único camino, y de la necesidad del bautismo para ser cristiano y llegar a la salvación. Probablemente, Mateo tenía impresa en el alma, por su antigua profesión, «ir al grano y dejarse de cuentos».
A partir de estos datos, nada más se sabe como cierto. Entra el amplio e ilimitado campo de la leyenda múltiple diciendo cosas más verosímiles que ciertas. La que prosperó más lo hace presente en Etiopía a donde marchó desde Egipto; dice que confirmó su doctrina con milagros como la curación de una hija del rey etíope Egipo, que se convirtió con toda su familia; y dice también que murió mártir mientras celebraba la Eucaristía a manos del rey Hirtaco y sus sicarios por no conseguir casarse con Epigenia, la hija curada de su antecesor, que había consagrado a Dios su virginidad por consejo de Mateo.
Archimadrid.org

Carlos Osoro organiza la "Fiesta del Perdón y la Misericordia" en Madrid


Los días 22, 23 y 24 de septiembre tendrá lugar en Madrid la Fiesta del Perdón y la Misericordia; tres días de encuentros festivos y culturales, de oración y de celebraciones sacramentales en la plaza de la catedral de la Almudena para extender el abrazo de la Iglesia a todo el mundo y recibir la inmensa gracia de este Año Jubilar de la Misericordia.
Coincidiendo con la recta final del Año de la Misericordia y en el marco de los trabajos del Plan Diocesano de Evangelización, el Arzobispado invita a participar en la Fiesta del Perdón y la Misericordia. En su programación, cuenta con proyecciones de cine, conciertos musicales, teatro, talleres, así como encuentros y momentos de anuncio delperdón y la misericordia divina, de oración y de celebración, fundamentalmente del sacramento de la Reconciliación. Tres días de fiesta para «poner los ojos en Jesús y acoger de nuevo lo que desde lo más profundo de su corazón nos regala: su amor infinito, su ternura entrañable», afirma el arzobispo de Madrid, monseñor Carlos Osoro.
Los días 22, 23 y 24, a las 20:00 horas, habrá un momento especial de cantos, testimonios y encuentros, mientras sacerdotes estarán disponibles para celebrar el sacramento de la Reconciliación con todos los que lo deseen. Las confesiones se atenderán en diferentes idiomas.
El jueves 22 de septiembre a las 21:30 horas, en la plaza de la Armería (entre la catedral de la Almudena y el Palacio Real), se instalará una inmensa pantalla para disfrutar de unatarde-noche de cine al aire libre con la proyección de la película Cartas de la Madre Teresa, protagonizada por Juliet Stevenson. Esla última cinta que se ha estrenado sobre la Santa recientemente canonizada; ha sido ganadora del premio del público en el Festival del Sedona y del premio a la mejor actriz y director en el Festival Mirabile Dictu del Vaticano.
Inspirados en la vida y obra de madre Teresa, los participantes de la Fiesta del Perdón y la Misericordia que lo deseen pueden llevar la tarde del jueves 22 alimentos no perecederos que recogerán los voluntarios y se donarán a Banco de Solidaridad, una asociación que asiste a familias en situación de necesidad.
El viernes 23, tras la Fiesta del Perdón, donde habrá cantos y testimonios, a las 21:00 horas, en el interior de la catedral de la Almudena, tendrá lugar el concierto Su amor infinito y su ternura entrañable. Música con orquesta, coro y la participación del coro rociero El Encuentro. Será una tarde-noche conmovedora. Entre pieza y pieza, se leerán hermosos textos sobre la misericordia.
El sábado 24, a lo largo de todo el día, se desarrollará la Fiesta del Perdón y la Misericordia. Por la mañana, están invitadas a participar especialmente las familias. Habrá para ellas diferentes actividades: a las 12:00 horas, un encuentro festivo; a las 12:30 horas, una suelta de globos con los deseos de los más pequeños; a las 12:45 horas, unespectáculo de magia y diferentes actividades; a las 13:15 horas, un flashmob y a las 19:00 horas, un taller de flamenco para bailar todos juntos.
La tarde-noche del sábado 24, los jóvenes del grupo de teatro Áncora representarán el musical Los miserables. Una adaptación de la obra de Víctor Hugo que, gracias a las imponentes voces y a la interpretación de los cincuenta miembros del grupo, nos hará disfrutar de esta gran historia que nos habla de perdón y misericordia.
«En este Año de la Misericordia, queremos cantar desde el corazón a todo Madrid que siempre, a pesar de que la oscuridad y las dificultades de la vida, siempre, Dios hace salir el Sol. Es la historia de un hombre que ve con odio al mundo, a Dios, sintiéndose profundamente miserable, que se encuentra con uno que es diferente, que no lo juzga, que se abaja hasta su miseria para levantarle y decirle: Yo te Amo y tras encontrar a Jesús a través de un sacerdote, se levanta y comienza una nueva vida, sembrando amor», explica Fran Pérez, director del musical.
Durante este «tiempo de gracia», los participantes en la Fiesta del Perdón y la Misericordia pueden obtener la indulgencia jubilar al realizar la peregrinación a la Puerta Santa en la catedral de la Almudena o en las iglesias establecidas por el obispo diocesano y en las cuatro basílicas papales en Roma, como signo del deseo profundo de auténtica conversión. Es necesario, asimismo, recibir el perdón de los pecados -esto puedes ser unos días antes o después de haber realizado la peregrinación-, comulgar, hacer la profesión de fe (recitación del credo) en el templo jubilar y rezar por las intenciones del Papa.
¿Quieres ser voluntario en la Fiesta del Perdón y la Misericordia? Inscríbete en el siguiente enlace.

Sígueme. Él se levantó y lo siguió


Lectura del santo Evangelio según san Mateo 9, 9-13
En aquel tiempo, vio Jesús al pasar a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo:
«Sígueme».
Él se levantó y lo siguió.
Y, estando en la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos.
Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos:
«¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?»
Jesús lo oyó y dijo:
«No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos.
Andad, aprended lo que significa "misericordia quiero y no sacrificios": que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores».
Palabra del Señor.