lunes, 23 de mayo de 2016

PARA DIOS TODO ES POSIBLE


Evangelio según San Marcos 10,17-27.
Cuando Jesús se puso en camino, un hombre corrió hacia Él y, arrodillándose, le preguntó: "Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?".
Jesús le dijo: "¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno. Tú conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no perjudicarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre".
El hombre le respondió: "Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud".
Jesús lo miró con amor y le dijo: "Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme".
Él, al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes.
Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: "¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!".
Los discípulos se sorprendieron por estas palabras, pero Jesús continuó diciendo: "Hijos míos, ¡Qué difícil es entrar en el Reino de Dios!. Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios".
Los discípulos se asombraron aún más y se preguntaban unos a otros: "Entonces, ¿quién podrá salvarse?".
Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: "Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para Él todo es posible".

domingo, 22 de mayo de 2016

“Dios es una familia de tres Personas que se aman tanto que conforman una sola cosa”, el Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!
Hoy, fiesta de la Santísima Trinidad, el Evangelio de San Juan nos presenta una parte del largo discurso de adiós, pronunciado por Jesús poco antes de su pasión. En este discurso Él explica a los discípulos las verdades más profundas que le conciernen; y así viene delineada la relación entre Jesús, el Padre y el Espíritu. Jesús sabe estar cercano a la realización del diseño del Padre, que se cumplirá con su muerte y resurrección; por eso quiere asegurar a los suyos que no los abandonará, porque su misión será prolongada por el Espíritu Santo. Será el Espíritu quien prolongue la misión de Jesús, es decir, a guiar la Iglesia hacia adelante.
Jesús revela en qué consiste esta misión. Ante todo el Espíritu nos guía a entender las muchas cosas que Jesús mismo tiene aún por decir (cfr. Jn 16,12). No se trata de doctrinas nuevas o especiales, sino de una plena comprensión de todo lo que el Hijo ha oído del Padre y que ha dado a conocer a los discípulos (cfr v. 15). El Espíritu nos guía en las nuevas situaciones existenciales con una mirada dirigida a Jesús y, al mismo tiempo, abierta a los eventos y al futuro. Él nos ayuda a caminar en la historia firmemente enraizados en el Evangelio y también con una dinámica fidelidad a nuestras tradiciones y costumbres.
Pero  el misterio de la Trinidad nos habla también de nosotros, de nuestra relación con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. De hecho, mediante el Bautismo, el Espíritu Santo nos ha insertado en el corazón y en la vida misma de Dios, que es comunión de amor. Dios es una “familia” de tres Personas que se aman tanto que conforman una sola cosa. Esta “familia divina” no está cerrada en sí misma, sino que es abierta, se comunica en la creación y en la historia y ha entrado en el mundo de los hombres para invitar a todos a formar parte de ella. El horizonte trinitario de comunión envuelve a todos y nos estimula a vivir en el amor y en el compartir fraterno, seguros que allí donde hay amor, allí está Dios.
Nuestro haber sido creados a imagen y semejanza de Dios- comunión nos llama a comprendernos a nosotros mismos como seres-en-relación y a vivir las relaciones interpersonales en la solidaridad y en el amor recíproco. Tales relaciones se desarrollan, ante todo, en el ámbito de nuestras comunidades eclesiales, para que siempre cada vez sea más evidente la imagen de la Iglesia icono de la Trinidad. Pero también se desarrollan en toda otra relación social, desde la familia hasta las amistades o el ambiente de trabajo - todo: son ocasiones concretas que nos son ofrecidas para construir relaciones humanas cada vez más ricas, capaces de respeto recíproco y de amor desinteresado.
La fiesta de la Santísima Trinidad nos invita a comprometernos en los eventos cotidianos para ser levadura de comunión, de consolación y de misericordia. En esta misión, estamos sostenidos por la fuerza que nos dona el Espíritu Santo: ella cura la carne de la humanidad herida por la injusticia, por el atropello, el odio y la avidez. La Virgen María, en su humildad, ha acogido la voluntad del Padre y ha concebido al Hijo por obra del Espíritu Santo. Que ella, espejo de la Trinidad, nos ayude a reforzar nuestra fe en el Misterio trinitario y a encarnarla con elecciones y actitudes de amor y de unidad.
(MTC / RC - RV).

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD. DIOS ES SINODAL


Al hilo de las últimas lecturas litúrgicas del Tiempo Pascual, he ido guardando en la memoria las declaraciones de Jesús a sus discípulos, y cómo les aseguraba que Él no hacía nada por su cuenta, ni tampoco hablaba por su cuenta, sino que hacía lo que le había visto hacer a su Padre, y hablaba de lo que había oído a su Padre: “El Hijo no puede hacer nada por su cuenta sino lo que viere hacer al Padre. Lo que hace este, eso mismo hace también el Hijo” (Jn 5, 19).
Y más adelante, el evangelista San Juan reitera la comunicación del Maestro: “Yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía” (Jn 7, 28). Jesús hace y dice en relación estrecha con su Padre: «Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada». (Jn 8, 28-29).

Y en este contexto, cuando Jesús adelanta la noticia de la efusión del Espíritu Santo, y la misión a la que será enviado, se descubre que ni Jesús ni el Paráclito actúan por libre. “Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibirá y tomará de lo mío y os lo anunciará” (Jn 16, 12-15).
Estas declaraciones implican que, al igual que quien ve al Hijo ve al Padre, según palabras de Jesús al apóstol Felipe, quien escucha a Jesús, acoge la Palabra de Dios; y a quien la recibe, se le da poder para ser hijo de Dios, por adopción. Y quien abre su oído al Espíritu, a quien escucha es al Señor que lo envía.
Las personas divinas se comunican de tal manera entre sí, que no cabe relacionarse en verdad con el Padre al margen del Hijo, ni con el Hijo, excluyendo al Espíritu, sino que el obsequio que hagamos a uno se lo hacemos a la Trinidad Santa, y la recepción de la revelación divina, manifestada en las Escrituras, y en el propio corazón, significa la receptividad del don divino total, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
El mensaje evangélico aún llega a más, cuando afirma: “No podéis decir que amáis a Dios a quien no veis, si no amáis al prójimo a quien veis”. Y en otro momento dice Jesús: “Lo que hagáis a uno de estos mis pequeños, a Mí me lo hacéis”. Con lo que descubrimos que no solo la Trinidad vive en la unidad, sino que la humanidad está en íntima relación con la Santa Trinidad, de tal forma que el trato mutuo, desde la fe, se convierte en posibilidad de amor trinitario, lo mismo que la relación con el Hijo es relación con el Padre, gracias a quien nos abre al amor de Dios y al prójimo, el Espíritu Santo.

Por gracia somos una misma cosa en Dios, y lo mismo que se comunican las divinas Personas en la Trinidad Santa, cuando tratamos con el Padre lo hacemos con el Hijo y con el Espíritu Santo; y cuando nos tratamos entre nosotros, aunque no lo sepamos, estamos tratando con Dios de la forma más inmediata. No porque nos arroguemos dignidad pretenciosa, sino porque la Trinidad se siente amada en nosotros.
Ángel Moreno de Buenafuente

EL ESPÍRITU SANTO LES ENSEÑARÁ. Abrirnos al misterio de Dios

A lo largo de los siglos, los teólogos han realizado un gran esfuerzo por acercarse al misterio de Dios formulando con diferentes construcciones conceptuales las relaciones que vinculan y diferencian a las personas divinas en el seno de la Trinidad. Esfuerzo, sin duda, legítimo, nacido del amor y el deseo de Dios.
Jesús, sin embargo, no sigue ese camino. Desde su propia experiencia de Dios, invita a sus seguidores a relacionarse de manera confiada con Dios Padre, a seguir fielmente sus pasos de Hijo de Dios encarnado, y a dejarnos guiar y alentar por el Espíritu Santo. Nos enseña así a abrirnos al misterio santo de Dios.
Antes que nada, Jesús invita a sus seguidores a vivir como hijos e hijas de un Dios cercano, bueno y entrañable, al que todos podemos invocar como Padre querido. Lo que caracteriza a este Padre no es su poder y su fuerza, sino su bondad y su compasión infinita. Nadie está solo. Todos tenemos un Dios Padre que nos comprende, nos quiere y nos perdona como nadie.
Jesús nos descubre que este Padre tiene un proyecto nacido de su corazón: construir con todos sus hijos e hijas un mundo más humano y fraterno, más justo y solidario. Jesús lo llama "reino de Dios" e invita a todos a entrar en ese proyecto del Padre buscando una vida más justa y digna para todos empezando por sus hijos más pobres, indefensos y necesitados.
Al mismo tiempo, Jesús invita a sus seguidores a que confíen también en él: "No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios; creed también en mí". Él es el Hijo de Dios, imagen viva de su Padre. Sus palabras y sus gestos nos descubren cómo nos quiere el Padre de todos. Por eso, invita a todos a seguirlo. Él nos enseñará a vivir con confianza y docilidad al servicio del proyecto del Padre.
Con su grupo de seguidores, Jesús quiere formar una familia nueva donde todos busquen "cumplir la voluntad del Padre". Ésta es la herencia que quiere dejar en la tierra: un movimiento de hermanos y hermanas al servicio de los más pequeños y desvalidos. Esa familia será símbolo y germen del nuevo mundo querido por el Padre.
Para esto necesitan acoger al Espíritu que alienta al Padre y a su Hijo Jesús: "Vosotros recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros y así seréis mis testigos". Éste Espíritu es el amor de Dios, el aliento que comparten el Padre y su Hijo Jesús, la fuerza, el impulso y la energía vital que hará de los seguidores de Jesús sus testigos y colaboradores al servicio del gran proyecto de la Trinidad santa."

José Antonio Pagola

HOY, FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD. REFLEXIÓN ESPIRITUAL: «LUZ, RESPLANDOR Y GRACIA EN LA TRINIDAD Y POR LA TRINIDAD»




Siempre resultará provechoso esforzarse en profundizar el contenido de la antigua tradición, de la doctrina y la fe de la Iglesia católica, tal como el Señor nos la entregó, tal como la predicaron los apóstoles y la conservaron los santos Padres. 

En ella, efectivamente, está fundamentada la Iglesia, de manera que todo aquel que se aparta de esta fe deja de ser cristiano y ya no merece el nombre. 

Existe, pues, una Trinidad, santa y perfecta, de la cual se afirma que es Dios en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que no tiene mezclado ningún elemento extraño o externo, que no se compone de uno que crea y de otro que es creado, sino que toda ella es creadora, es consistente por naturaleza y su actividad es única. El Padre hace todas las cosas a través del que es su Palabra, en el Espíritu Santo. De esta manera queda a salvo la unidad de la santa Trinidad. 

Así, en la Iglesia se predica un solo Dios, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. Lo trasciende todo, en cuanto Padre, principio y fuente; lo penetra todo, por su Palabra; lo invade todo, en el Espíritu Santo. San Pablo, hablando a los corintios acerca de los dones del Espíritu, lo reduce todo al único Dios Padre, como al origen de todo, con estas palabras: 

Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de servicios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. El Padre es quien da, por mediación de aquel que es su Palabra, lo que el Espíritu distribuye a cada uno. Porque todo lo que es del Padre es también del Hijo; por esto, todo lo que da el Hijo en el Espíritu es realmente don del Padre. 

De manera semejante, cuando el Espíritu está en nosotros, lo está también la Palabra, de quien recibimos el Espíritu, y en la Palabra está también el Padre, realizándose así aquellas palabras: El Padre y yo vendremos a fijar en él nuestra morada. Porque donde está la luz, allí está también el resplandor; y donde está el resplandor, allí está también su eficiencia y su gracia esplendorosa. 

Es lo que nos enseña el mismo Pablo en su segunda carta a los Corintios, cuando dice: La gracia de Jesucristo el Señor, el amor de Dios y la participación del Espíritu Santo estén con todos vosotros. Porque toda gracia o don que se nos da en la Trinidad se nos da por el Padre, a través del Hijo, en el Espíritu Santo. 

Pues así como la gracia se nos da por el Padre, a través del Hijo, así también no podemos recibir ningún don si no es en el Espíritu Santo, ya que hechos partícipes del mismo poseemos el amor del Padre, la gracia del Hijo y la participación de este Espíritu.


De las Cartas de san Atanasio, obispo (Carta 1 a Serapión, 28-30: PG 26, 594-595. 599). Fuente: News.va

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO DE HOY: San Juan 16,12-15.




“Jesús dice a los discípulos: el Espíritu Santo «os guiará hasta la verdad» (Jn 16, 13), siendo Él mismo «el Espíritu de la Verdad» (…)


¿Cuál es, entonces, la acción del Espíritu Santo en nuestra vida y en la vida de la Iglesia para guiarnos a la verdad? Ante todo, recuerda e imprime en el corazón de los creyentes las palabras que dijo Jesús, y, precisamente a través de tales palabras, la ley de Dios —como habían anunciado los profetas del Antiguo Testamento— se inscribe en nuestro corazón y se convierte en nosotros en principio de valoración en las opciones y de guía en las acciones cotidianas; se convierte en principio de vida.

Se realiza así la gran profecía de Ezequiel: «Os purificaré de todas vuestras inmundicias e idolatrías, y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo... Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos» (36, 25-27). En efecto, es del interior de nosotros mismos de donde nacen nuestras acciones: es precisamente el corazón lo que debe convertirse a Dios, y el Espíritu Santo lo transforma si nosotros nos abrimos a Él.

El Espíritu Santo, luego, como promete Jesús, nos guía «hasta la verdad plena» (Jn 16, 13); nos guía no sólo al encuentro con Jesús, plenitud de la Verdad, sino que nos guía incluso «dentro» de la Verdad, es decir, nos hace entrar en una comunión cada vez más profunda con Jesús, donándonos la inteligencia de las cosas de Dios. Y esto no lo podemos alcanzar con nuestras fuerzas. Si Dios no nos ilumina interiormente, nuestro ser cristianos será superficial. (…) 

Preguntémonos: ¿estoy abierto a la acción del Espíritu Santo, le pido que me dé luz, me haga más sensible a las cosas de Dios? Esta es una oración que debemos hacer todos los días: «Espíritu Santo haz que mi corazón se abra a la Palabra de Dios, que mi corazón se abra al bien, que mi corazón se abra a la belleza de Dios todos los días»… Invoquemos todos los días al Espíritu Santo, así el Espíritu Santo nos acercará a Jesucristo.
(Papa Francisco, catequesis del 15 de mayo de 2013)

EL ESPÍRITU SANTO LES ENSEÑARÁ


Evangelio según San Juan 16,12-15.

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

"Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora.
Cuando venga el Espíritu de la Verdad, Él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo.

Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes.


Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: 'Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes'."

sábado, 21 de mayo de 2016

"Amor de Dios, amor humano. El misterio de la Trinidad". Reflexión del jesuita Juan Bytton

Jn 16:12-15
En el Evangelio del domingo de la Santísima Trinidad escuchamos de boca de Jesús: “Cuando venga el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad plena” (v 13). Nunca ha sido fácil expresar en lenguaje humano lo de Dios. Pero fue él quien quiso “habitar entre nosotros” (Jn 1:14) expresándose en nuestro lenguaje. Por tanto, basta que llevemos a la acción la dinámica trinitaria de comunión de amor para que este misterio, en su gratuidad, se vuelva comunicación.  
La Trinidad es Dios y “la Gloria de Dios es que el hombre viva” (San Ireneo). La Trinidad es el horizonte del amor, y por tanto de la solidaridad, del respeto y de la dignidad, de todo aquello que tiene raíces divinas. Encontramos en las Escrituras este aliento de Jesús, esta comunidad de Dios que integra amor y comunión en el compromiso de los creyentes. El amor humano es la parábola de aquel divino. 
El Evangelio de Mateo nos muestra un ejemplo de la Trinidad donándose: “Vayan y hagan discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28:19). Así termina este Evangelio y así comienza la aventura de los seguidores de Jesús. Una promesa que parte de un envío y un envío que parte de un misterio.
Jesús usa nombres de familia: Padre e Hijo. En esa raíz de familiaridad divina, encuentra fundamento nuestra humanidad: las raíces familiares, culturales e históricas son aquellas que nos dan identidad. Amor fraterno que hace al mundo respirar futuro. Por eso, el misterio de la Trinidad se vuelve oscuro y absolutamente incomprensible cuando somos parte de una sociedad que discrimina, que valora lo superfluo y glorifica el éxito individual. Cuando somos actores inertes de matanzas sangrientas que buscan falsamente reivindicar voces olvidadas. Cuando somos cómplices del dominio de una ley de mercado que descarta lo no útil y acumula lo que no le pertenece. Si entramos a fondo en el “Por qué” de estas situaciones, entraremos a fondo en el “Para qué” del misterio de la Trinidad.
En todo aquello que implique a Dios y al ser humano, hay algo de los dos que busca ser  expresado. De parte de Dios, desde el momento mismo de la creación: “Hagamos adam (la condición humana) a nuestra imagen y semejanza” (Gn 1:26). Y de parte del ser humano, la respuesta a vivir dignamente en el amplio horizonte de nuestra fraternidad (1 Jn 4). Dios no es soledad. La paz y la justicia no se consiguen caminando solos. La fe es, ante todo, un deseo de encuentro. Somos creados y creadas de amor para amar.  
Jesús hace lo que el amor le permite hacer. Enseña a amar, a descubrir con el “próximo” que somos una misma sangre, con responsabilidad compartida y fraternidad recibida. Sí, Jesús tiene razón cuando nos dice: “El Espíritu dirá lo que oye y les anunciará el futuro” (v 13). Horizonte humano que es comunidad de amor trinitario.
  


COMENTARIO AL EVANGELIO DE MARCOS (10,13-16), POR BENEDICTO XVI


“Jesús había dicho a sus discípulos que, para entrar en el reino de Dios, deberían hacerse como niños. Él mismo, que abraza al mundo entero, se hizo niño para salir a nuestro encuentro, para llevarnos hacia Dios. 

Para reconocer a Dios debemos abandonar la soberbia que nos ciega, que quiere impulsarnos lejos de Dios, como si Dios fuera nuestro competidor. Para encontrar a Dios es necesario ser capaces de ver con el corazón. 

Debemos aprender a ver con un corazón de niño, con un corazón joven, al que los prejuicios no obstaculizan y los intereses no deslumbran. Así, en los niños que con ese corazón libre y abierto reconocen a Dios, la Iglesia ha visto la imagen de los creyentes de todos los tiempos, su propia imagen”.

(De la homilía del 16 de marzo de 2008 de Benedicto XVI)

EL REINO DE DIOS ES DE LOS QUE LO ACEPTAN COMO UN NIÑO




Lectura del santo evangelio según san Marcos (10,13-16):




En aquel tiempo, le acercaban a Jesús niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban.



Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo:

 «Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. 


Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él.»



Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos.

viernes, 20 de mayo de 2016

MI CORAZÓN SE ALEGRA EN EL SEÑOR


"Anda, come tu pan con alegría y bebe contento tu vino, porque Dios ya ha aceptado tus obras".

Si queremos explicar estas palabras en su sentido obvio e inmediato, diremos, con razón, que nos parece justa la exhortación del Eclesiastés, de que, llevando un género de vida sencillo y adhiriéndonos a las enseñanzas de una fe recta para con Dios, comamos nuestro pan con alegría y bebamos contentos nuestro vino, evitando toda maldad en nuestras palabras y toda sinuosidad en nuestra conducta, procurando, por el contrario, hacer objeto de nuestros pensamientos todo aquello que es recto, y procurando, en cuanto nos sea posible, socorrer a los necesitados con misericordia y liberalidad; es decir, entregándonos a aquellos afanes y obras en que Dios se complace. 

Pero la interpretación mística nos eleva a consideraciones más altas y nos hace pensar en Aquel pan celestial y místico, que baja del cielo y da la vida al mundo; y nos enseña asimismo a beber contentos el vino espiritual que manó del costado del que es la vid verdadera, en el tiempo de su pasión salvadora. 

Acerca de los cuales dice el Evangelio de nuestra salvación: Jesús tomó pan, dio gracias, y dijo a sus santos discípulos y apóstoles: "Tomad y comed, esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros para el perdón de los pecados." Del mismo modo, tomó el cáliz, y dijo: "Bebed todos de él, éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados." 

En efecto, los que comen de este pan y beben de este vino se llenan verdaderamente de alegría y de gozo y pueden exclamar: Has puesto alegría en nuestro corazón. 

Además, la Sabiduría divina en persona, Cristo, nuestro salvador, se refiere también, creo yo, a este pan y este vino, cuando dice en el libro de los Proverbios: Venid a comer de mi pan y a beber el vino que he mezclado, indicando la participación sacramental del que es la Palabra. 

Los que son dignos de esta participación tienen en toda sazón sus ropas, es decir, las obras de la luz, blancas como la luz, tal como dice el Señor en el Evangelio: Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo. 

Y tampoco faltará nunca sobre su cabeza el ungüento rebosante, es decir, el Espíritu de la verdad, que los protegerá y los preservará de todo pecado.

Del comentario de san Gregorio de Agrigento, obispo, sobre el libro del Eclesiastés (Libro 8, 6: PG 98,1071-1074)


Homilía del Papa: comprensión para los pecadores, sin negociar nunca la verdad

Enunciar una verdad de Dios, sin dejar de lado la comprensión ante la debilidad humana. Como nos enseña Jesús en el Evangelio, señaló el Papa Francisco, en la Misa matutina en la Casa de Santa Marta. Recordando las palabras del Señor a los fariseos, sobre el adulterio, el Obispo de Roma reiteró que Cristo supera la visión humana que quisiera reducir la visión de Dios a una «ecuación casuística».
Evocando las trampas que narra el Evangelio, en las que los fariseos y los doctores de la ley intentan hacer caer a Jesús, para minar su autoridad y credibilidad entre la gente, el Papa reflexionó, con la lectura del día, sobre la trampa que los fariseos le tienden, preguntándole si es lícito al hombre divorciarse de su mujer.
Verdad, no casuística
El Papa Francisco la define «trampa de la casuística», tramada por un «grupito de teólogos iluminados», convencidos de que tienen «toda la ciencia y la sabiduría del pueblo de Dios». Insidia de la que Jesús sale yendo más allá, a la plenitud del matrimonio, dijo el Santo Padre, recordando que ya lo había hecho en el pasado con los saduceos, sobre la mujer que había tenido siete maridos, pero que en la resurrección no será esposa de ninguno, porque en el cielo- asegura Jesús – no hay ni mujer ni marido.
En ese caso, Cristo se refirió a la «plenitud escatológica» del matrimonio. Mientras que con los fariseos «va a la plenitud de la armonía de la creación»: «Dios los creó hombre y mujer», «los dos serán una sola carne»:
«Ya no son dos, sino una sola carne. Por lo tanto, “el hombre no separe lo que Dios ha unido”. Tanto en el caso del Levirato, como en éste, Jesús responde desde la verdad abrumadora, desde la verdad contundente - ¡ésta es la verdad! – ¡desde la plenitud siempre! Y Jesús nunca negocia la verdad. Y ellos, ese grupito de teólogos iluminados, negociaban siempre la verdad, reduciéndola a la casuística. Jesús no negocia la verdad. Ésta es la verdad sobre el matrimonio, no hay otra».
Verdad y comprensión
«Pero Jesús es tan misericordioso, es tan grande, que nunca, nunca, nunca les cierra la puerta a los pecadores», dijo una vez más el Papa, añadiendo que por ello, no se limita a enunciar la verdad de Dios, sino que les recuerda a los fariseos lo que Moisés estableció en la ley. Y cuando ellos le repiten que Moisés permitió redactar una declaración de divorcio, Cristo les responde que esa norma había sido escrita «debido a la dureza del corazón de ustedes». Ello quiere decir que Jesús distingue siempre entre la verdad y la «debilidad humana», «sin giros de palabras»:
«En este mundo en el que vivimos, con esta cultura de lo provisorio, esta realidad de pecado es tan fuerte. Pero Jesús, recordando a Moisés, nos dice: ‘está la dureza del corazón, está el pecado, algo se puede hacer: el perdón, la comprensión, el acompañamiento, la integración, el discernimiento de estos casos… Pero siempre… ¡pero la verdad no se vende nunca!’ Y Jesús es capaz de decir esta verdad tan grande y al mismo tiempo ser tan comprensivo con los pecadores, con los débiles».
Perdonar no es una ecuación
«Éstas son las dos cosas que Jesús nos enseña: la verdad y la comprensión», volvió a señalar el Papa Francisco, haciendo hincapié en que es lo que los «teólogos iluminados» no logran hacer, porque están encerrados en la trampa de la «ecuación matemática», del «¿se puede?» o «¿no se puede?». Y por lo tanto son «incapaces, tanto de horizontes grandes, como de amor» hacia la debilidad humana. Baste ver – concluyó el Papa - «la delicadeza» con la que Jesús trata a la adúltera, que iba a ser lapidada: «Yo tampoco te condeno, anda y de ahora en adelante no vuelvas a pecar»:
«Que Jesús nos enseñe a tener con el corazón, una gran adhesión a la verdad, y también con el corazón una gran comprensión y acompañamiento a todos nuestros hermanos que están en dificultad. Y éste es un don, esto lo enseña el Espíritu Santo, no esos doctores iluminados, que para enseñarnos necesitan reducir la plenitud de Dios a una ecuación casuística ¡Que el Señor nos dé esta gracia!»
(CdM – RV)

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO DE HOY


 "Al inicio del libro del Génesis, el primer libro de la Biblia, como coronación del relato de la creación se dice: «Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó...»

La imagen de Dios es la pareja matrimonial: el hombre y la mujer; no sólo el hombre, no sólo la mujer, sino los dos. Esta es la imagen de Dios: el amor, la alianza de Dios con nosotros está representada en esa alianza entre el hombre y la mujer. 

Y esto es hermoso. Somos creados para amar, como reflejo de Dios y de su amor. Y en la unión conyugal el hombre y la mujer realizan esta vocación... Cuando un hombre y una mujer celebran el sacramento del matrimonio, Dios, por decirlo así, se «refleja» en ellos, imprime en ellos los propios rasgos y el carácter indeleble de su amor. El matrimonio es la imagen del amor de Dios por nosotros. 

También Dios, en efecto, es comunión: las tres Personas del Padre, Hijo y Espíritu Santo viven desde siempre y para siempre en unidad perfecta. Y es precisamente este el misterio del matrimonio: Dios hace de los dos esposos una sola existencia. La Biblia usa una expresión fuerte y dice «una sola carne», tan íntima es la unión entre el hombre y la mujer en el matrimonio. 

Este es el misterio del matrimonio: el amor de Dios que se refleja en la pareja que decide vivir juntos. Por esto el hombre deja su casa, la casa de sus padres y va a vivir con su mujer y se une tan fuertemente a ella que los dos se convierten —dice la Biblia— en una sola carne.

(…) Sabemos bien cuántas dificultades y pruebas tiene la vida de dos esposos... Lo importante es mantener viva la relación con Dios, que es el fundamento del vínculo conyugal. Y la relación auténtica es siempre con el Señor. Cuando la familia reza, el vínculo se mantiene. Cuando el esposo reza por la esposa y la esposa reza por el esposo, ese vínculo llega a ser fuerte; uno reza por el otro. 

Es verdad que en la vida matrimonial hay muchas dificultades, muchas; que el trabajo, que el dinero no es suficiente, que los niños tienen problemas. Muchas dificultades. Y muchas veces el marido y la mujer llegan a estar un poco nerviosos y riñen entre ellos. Pelean, es así, siempre se pelea en el matrimonio, algunas veces vuelan los platos. 

Pero no debemos ponernos tristes por esto, la condición humana es así. Y el secreto es que el amor es más fuerte que el momento en que se riñe, por ello aconsejo siempre a los esposos: no terminar la jornada en la que habéis peleado sin hacer las paces. ¡Siempre!... Es suficiente un pequeño gesto, una caricia, y adiós. Y ¡hasta mañana! Y mañana se comienza otra vez. 

Esta es la vida, llevarla adelante así, llevarla adelante con el valor de querer vivirla juntos. Y esto es grande, es hermoso. La vida matrimonial es algo hermoso y debemos custodiarla siempre, custodiar a los hijos. 

Otras veces he dicho en esta plaza una cosa que ayuda mucho en la vida matrimonial. Son tres palabras que se deben decir siempre, tres palabras que deben estar en la casa: permiso, gracias y perdón.Permiso: para no ser entrometido en la vida del cónyuge. Permiso, ¿qué te parece? Permiso, ¿puedo? Gracias: dar las gracias al cónyuge; gracias por lo que has hecho por mí, gracias por esto... Y como todos nosotros nos equivocamos, esa otra palabra que es un poco difícil de pronunciar, pero que es necesario decirla: Perdona. 

Con estas tres palabras, con la oración del esposo por la esposa y viceversa, con hacer las paces siempre antes de que termine la jornada, el matrimonio irá adelante" (Papa Francisco, catequesis del 2 de abril de 2014).

DIOS LOS CREÓ HOMBRE Y MUJER Y BENDIJO SU UNIÓN


Lectura del santo evangelio según san Marcos (10,1-12):

En aquel tiempo, Jesús se marchó a Judea y a Transjordania; otra vez se le fue reuniendo gente por el camino, y según costumbre les enseñaba.

Se acercaron unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: «¿Le es licito a un hombre divorciarse de su mujer?»

Él les replicó: «¿Qué os ha mandado Moisés?»

Contestaron: «Moisés permitió divorciarse, dándole a la mujer un acta de repudio»

Jesús les dijo: «Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación, Dios "los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne." De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.»

En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo.

Él les dijo: «Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio.»

Homilía del Papa: enriquecerse explotando a los trabajadores es pecado mortal


Los que se enriquecen explotando a la gente con el trabajo son como sanguijuelas: es pecado mortal, advirtió el Papa Francisco, en la Misa matutina en la Casa de Santa Marta.
Ricos chupasangre de los pobres
La primera lectura del día, de la Carta de Santiago, es una firme advertencia para los ricos que acumulan dinero explotando a la gente. Tras señalar que «las riquezas en sí mismas son buenas», pero que son «relativas, no una cosa absoluta», el Papa explicó que se equivocan los que siguen la denominada «teología de la prosperidad», según la cual «Dios te hace ver que andas en justicia, si te da tantas riquezas». El problema no es el de atacar las riquezas, porque no se puede servir a Dios y a las riquezas, añadió también el Obispo de Roma, explicando que se pueden volver «cadenas», que quitan la libertad de seguir a Jesús. Como dice Santiago: «sepan que el salario que han retenido a los que trabajaron en sus campos está clamando, y el clamor de los cosechadores ha llegado a los oídos del Señor del universo» (Carta de Santiago 5, 4)
«Cuando las riquezas se logran con la explotación de la gente, esos ricos que explotan: explotan el trabajo de la gente y la pobre gente se vuelve esclava. Pensemos en lo que ocurre hoy, aquí y en todo el mundo, ocurre lo mismo. ‘Quiero trabajar’ – ‘Bien, te hacen un contrato. De septiembre a junio’. Sin posibilidad de pensión, sin seguro sanitario… En junio, lo suspenden y en julio y agosto tiene que comer aire. Y, en septiembre, te lo vuelven a dar. Los que hacen esto son verdaderas sanguijuelas y viven de la sangría de la gente, que esclavizan con el trabajo».
La explotación laboral es pecado mortal
El Papa Francisco recordó lo que le dijo una joven, que había encontrado un trabajo de 11 horas al día, por 659 euros en negro. Y le dijeron: ‘si te gusta bien, si no vete. Hay otros detrás de ti, hay cola’. Y haciendo hincapié en el clamor de la gente esclavizada, en el grito de justicia que llega al Señor, subrayó la actualidad de la esclavitud laboral, «hoy es una verdadera esclavitud». No es algo del pasado, en lugares lejanos – ya no se va a África para vender esclavos en América. No. Ocurre en nuestras ciudades: hay traficantes que tratan a la gente con el trabajo sin justicia:
«Ayer, en la audiencia, meditamos sobre el rico Epulón y Lázaro. Este rico estaba en su mundo, no se daba cuenta de que detrás de la puerta de su casa había alguien que tenía hambre. Pero esto es peor. Ese rico, por lo menos, no se daba cuenta y dejaba que el otro se muriera de hambre. Esto es peor: ¡esto es hambrear a la gente con su trabajo por mi provecho! Vivir de la sangre de la gente. Y esto es pecado mortal. Es pecado mortal. Se necesita tanta penitencia, tanta restitución para convertirse de este pecado».
Jesús nos dice aún hoy que no hay que acumular riquezas esclavizando a los trabajadores
El Santo Padre invitó a meditar sobre la explotación que esclaviza a los trabajadores, drama tristemente actual:
«Pensemos en este drama de hoy: la explotación de la gente, la sangre de esta gente que se vuelve esclava, los traficantes de personas y no sólo los que trafican con las prostitutas y los niños en el trabajo de menores, sino en ese tráfico, digamos más ‘civilizado’: ‘Yo te pago hasta aquí, sin vacaciones, sin seguro sanitario, sin… todo en negro… ¡Pero me vuelvo rico!’ Que el Señor nos haga comprender hoy aquella sencillez que Jesús nos dice en el Evangelio de hoy: es más importante un vaso de agua en nombre de Cristo, que todas las riquezas acumuladas con la explotación de la gente».
(CdM - RV)