lunes, 21 de marzo de 2016

"Están de enhorabuena en la capital vasca" Monseñor Elizalde, un hombre de Dios


Su sonrisa permanente refleja ese rostro que quiere Francisco para la Iglesia


En un país cainita como España, es extraño que exista una persona de la que todo el mundo hable bien. Y si nos referimos a alguien de Iglesia, ni les cuento. Y bueno, ya si es un obispo, apaga y vámonos.

Al hombre de quien voy a hablarles lo conozco desde hace varios años. He compartido con él retiros espirituales, convivencias, trabajo en la televisión, entrevistas, tertulias, varias conversaciones, dudas... He tenido el placer de haber sido catequista durante unos meses en su equipo de pastoral de Roncesvalles y, sobre todo, he tenido la suerte de ser su amigo.
Estos días entre Navarra y Vitoria se ha estado moviendo un hombre, un sacerdote para ser más concretos, que responde a esa extraña raza de personas hacia la que todo el mundo tiene buenas palabras. Hablo del nuevo obispo de Vitoria.
Juan Carlos Elizalde, ahora Monseñor Juan Carlos (¡qué raro suena!), es el reflejo en nuestra Iglesia de aquellas palabras que resonaron en el bautismo de su fundador: "Tú eres mi hijo amado". Y no por casualidad es éste su lema episcopal. Porque sencillamente así se siente cualquiera que converse unos minutos con Juan Carlos.
Reside en él esa extraña capacidad que tienen algunos hombres muy ocupados, pero geniales, de hacer sentir a su interlocutor que no tienen otra cosa mejor en el mundo que escuchar sus problemas y su vida.

Humilde y cercano, con una sonrisa permanente, refleja ese rostro que quiere Francisco para la Iglesia. El rostro de una Iglesia que acoge, que no condena, que perdona y que ante toda situación sabe ver las circunstancias personales de cada individuo. Quedó claro su estilo cuando, en la alocución final de su ordenación episcopal, afirmó que quería que los pobres, parados, inmigrantes y marginados sean el corazón de la Iglesia de Vitoria.

Están de suerte en la capital vasca con el obispo que les ha tocado. Y con el que les podía tocar, también. Pues, como confirmaron varios medios, en la terna también estaba Mikel Garciandia, otro grande de nuestra diócesis, una de las mejores cabezas (y corazón) que tenemos en Navarra.

Para finalizar, no me equivoco al creer que, desde ahora, las cartas pastorales que pueda escribir Juan Carlos avivarán en muchos de nosotros el interés por leer la opinión semanal de un obispo. Sencillamente porque con él nunca es "el mismo rollo de siempre". Él llega, toca y, lo más importante, anima a seguir creyendo.
Amigos y amigas de Vitoria, sigan a este hombre, léanle, conózcanle y, si tienen la oportunidad, hablen personalmente con él. Porque en ese momento estarán delante de un Hombre de Dios.


Alejandro Palacios

Lunes Santo: Betania - La casa de los amigos

LUNES SANTO
“Venid, y al mismo tiempo que ascendemos al monte de los Olivos, salgamos al encuentro de Cristo que vuelve hoy de Betania y por propia voluntad se apresura hacia su venerable y dichosa pasión para poner fin al misterio de la salvación de los hombres”. (San Andrés de Creta)
LA CASA
Siempre me resulta significativa la referencia a Betania en los días previos a la Pasión del Señor, y el que Jesús escogiera ese recinto amigo. Así lo señala el Cuarto Evangelio: “Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien habla resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con Él a la mesa” (Jn 12, 1).
Betania significa la “casa del amigo”. Si además hacemos imaginariamente el recorrido que Jesús hizo a diario los días últimos de su vida terrena, deberemos pasar por Betfagué, que significa “la casa de los higos”; y si escuchamos la orden que el Maestro dio a dos de sus discípulos, de que buscaran a Fulano para que les dejara la casa para celebrar la cena pascual, descubrimos una reiteración evidente de espacios domésticos.
La ley de Moisés mandaba celebrar la Pascua juntos todos los de casa, y si eran pocos, que invitaran a los vecinos, pero se debía celebrar en familia, en el recinto íntimo.
Al inicio de la Semana Santa, los cristianos recibimos la invitación de Jesús a reunirnos como familia, en los recintos comunitarios para celebrar los días santos que fundamenta nuestra fe, la memoria de la última Cena, de la Pasión y Resurrección de Jesucristo.
¿Has programado ya dónde celebrar estos días? La fe no se puede vivir de manera aislada. Bastante intemperie sufrimos para que no arriesguemos también la experiencia de pertenencia al grupo de los discípulos de Jesús.
¿Cuál será tu Betania? O si quieres, te pregunto de otra manera: ¿Estás dispuesto a ser anfitrión, casa, espacio familiar, pertenencia en los próximos días santos?
En Betania aconteció que a Jesús le lavó y perfumó los pies la mujer pecadora, y en el Cenáculo, el Maestro se pondrá a los pies de los discípulos para lavarles los pies. Desde una lectura icónica, el Maestro repite el gesto de la mujer, y expresa su amor a los discípulos de manera entrañable.

El año de la Misericordia, Betania es recinto donde se aprende a servir con amor, y a tener los gestos más sensibles y afectivos con Jesús, y con quienes hoy son sacramento suyo, a quienes también deberemos lavar los pies.
Ángel Moreno de Buenafuente

A los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre


Evangelio según San Juan 12,1-11.


Seis días antes de la Pascua, Jesús volvió a Betania, donde estaba Lázaro, al que había resucitado. 

Allí le prepararon una cena: Marta servía y Lázaro era uno de los comensales. 

María, tomando una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, ungió con él los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa se impregnó con la fragancia del perfume. 

Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dijo: 
"¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?". 

Dijo esto, no porque se interesaba por los pobres, sino porque era ladrón y, como estaba encargado de la bolsa común, robaba lo que se ponía en ella. 

Jesús le respondió: "Déjala. Ella tenía reservado este perfume para el día de mi sepultura. 

A los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre". 

Entre tanto, una gran multitud de judíos se enteró de que Jesús estaba allí, y fueron, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado. 

Entonces los sumos sacerdotes resolvieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos se apartaban de ellos y creían en Jesús, a causa de él. 

domingo, 20 de marzo de 2016

«Nunca os dejéis robar a Dios, ni dejéis que de este mundo se robe a Dios» D. Carlos Osoro


La catedral de Santa María la Real de la Almudena ha acogido hoy el inicio de las celebraciones de Semana Santa, con la Eucaristía de Domingo de Ramos. Pasadas las 11:30 horas, el arzobispo de Madrid ha bendecido las palmas de numerosos fieles congregados en la entrada de la calle Bailén, junto a la Puerta de la Misericordia. «Otra forma de estar en el mundo y en esta historia se nos ofrece a través de Jesucristo», ha dicho monseñor Osoro, antes de iniciar la procesión hacia la entrada principal pidiendo que, «como la muchedumbre que acompañaba a Jesús, acompañemos también con júbilo al Señor».
En su homilía, el prelado ha incidido en que «humillarse es ante todo el estilo de Dios en quien creemos y que nos reúne a todos nosotros esta mañana». «Nunca, nunca, os dejéis robar a Dios, ni dejéis que de este mundo se robe a Dios. Habéis visto, el pueblo [...], descubrieron algo distinto en Jesús y lo siguieron», ha señalado. El Señor –ha añadido– debe tener un lugar en los corazones de cada uno pero también debe permitirse su «presencia pública», porque «engendra paz, engendra fraternidad, engendra utopías realizables».
En esta línea, monseñor Osoro ha recordado que el encuentro con Dios, «con este faro luminoso de vida», genera alegría. Como se ha visto en el relato de la Pasión y en el Evangelio leído antes de la bendición de las palmas, hay «un pueblo alegre» que «descubre que la alegría está en Jesús». «No os dejéis robar la alegría», ha aseverado.

Por último, ha animado a descubrir «por qué entra Jesús en Jerusalén o mejor, cómo entra: la multitud lo aclama como Rey», «¿pero qué tipo de Rey es?» «No está rodeado de símbolos de fuerza», sino que va montado en un asno, sin corte alrededor; «no entra para recibir honores reservados a los poderes de este mundo», sino para «ser humillado», trae «un rostro que ama incondicionalmente a los hombres y que nos invita a tener ese rostro».
Archimadrid

Domingo de Ramos en la iglesia de San Antón de Mensajeros de la Paz.Monseñor Aguirre recordó a "los millones de crucificados en los calvarios del mundo"

El Padre Ángel exigió a los políticos "humanidad y justicia ante la vergüenza de los refugiados"
 Ramos y palmas por todos "los crucificados del mundo". Ésa fue la idea principal que aglutinó la celebración del domingo de Ramos en la madrileña iglesia de San Antón de Mensajeros de la paz. El presidente de la eucaristía, monseñor Juan José Aguirre, obispo de Bangassou, recordó " a los millones de crucificados en los calvarios del mundo", mientras el padre Ángel exigía "humanidad y justicia ante la vergüenza de los refugiados".
La celebración comenzó con una procesión por las calles del barrio de Chueca de la borriquilla de San Antón, entre palmas y ramos y música interpretada por la banda de música de Morata de Tajuña. Tras la procesión, la eucaristía, en un templo a rebosar. Una celebración sentida y profunda. Con llamadas a la conciencia de la gente y del mundo tanto del padre Ángel como del obispo de Bangassou (Centroáfrica).
El fundador de Mensajeros de la Paz leyó una parábola actualizada del buen samaritano y, además de exigir "justicia ante la vergüenza de los refugiados", aseguraba que "su drama nos encoge el corazón y avergüenza a Europa". Y terminó pidiendo a los políticos que "no pasen de largo ante los tirados en las cunetas del exilio y que, como acaba de pedir el Papa, abran sus corazones y las puertas de sus países a los refugiados que llaman a ellas".
En la misma línea se pronunció, en su homilía, el obispo español, misionero en Centroáfrica. "Vengo del corazón mismo de África, donde trabajo desde hace 28 años, en la diócesis de Bangassou, que es como la mitad de Andalucía".
Y, para ilustrar sobre su diócesis a los presentes, monseñor Aguirre explicaba que "allí vivimos todo el año las llagas y la pasión de Cristo. Centroáfrica está crucificada durante todo el año, con continuas experiencias de cruz y de resurrección, como las que acabamos de escuchar en la lectura del Evangelio de la pasión".
El prelado señaló que "entre las personas que insultaban, maltrataban, pegaban y crucificaban a Jesús no había ninguna mujer". Quizás porque "la Iglesia, allá en mi diócesis africana y también aquí, está cimentada en las mujeres". Por eso las mujeres son las primeras que acuden a la llamada del misionero, para "escuchar la palabra de Dios bajo el árbol de la comunidad, que une el cielo y la tierra".
Monseñor Aguirre también subrayó la idea de que, en toda la pasión, de la boca de Jesús sólo salen palabras de perdón. Y algo parecido sucede en Centroáfrica, donde "hemos vivido y seguimos viviendo momentos de guerra civil, de muerte y de sufrimiento". Pero con experiencias de perdón, como la de la mujer que no quiso conocer al hombre que mandó matar a su marido, "para no tener que odiarlo toda la vida".
También recordó el obispo comboniano la visita del Papa a Centroáfrica. "Una visita mágica, que eliminó barreras e hizo caer líneas rojas, porque, como yo mismo le aconsejé, nos habló mucho de perdón. De un perdón sin condiciones y gratuito".
Huyendo de aquel infierno, algunos centroafricanos "huyeron del país, cruzando el desierto, para llegar a Europa". Pero sólo unos pocos, porque "la mayoría no tiene el dinero suficiente para hacerlo". Y de ahí que la inmensa mayoría de los refugiados africanos se queden en el interior africano, en los países limítrofes de Sudán o del Congo. "Hay miles en Centroáfrica y los acogemos a todos y les damos tierras para trabajar, a pesar de que somos el segundo país más pobre del mundo".
Desde África y, hoy, desde Siria y desde otro países, sigue llegando un rio de refugiados, a los que Europa les da con la puerta en las narices y quiere impedirles el paso. Ante este drama, monseñor Aguirre pedía dos cosas. Primero, "¡que alguien haga algo para detener al Isis y a los miserables que crearon ese monstruo que siembra muerte y destrucción!". Y, en segundo lugar, solicitaba acogida total, con fronteras abiertas, sin concertinas ni alambradas, para todos los refugiados.
Para los que vienen del Oriente Medio y para los que llegan procedentes de África y se topan con las vallas de Ceuta y Melilla y tienen que permanecer hacinados y en pésimas condiciones en los alrededores de Tánger, como denuncia su arzobispo, monseñor Agrelo. "Hay sitio para todos. Tenemos que acogerlos sin aspavientos y sin condiciones, porque son nuestros hermanos", concluyó monseñor Aguirre.
Y la gente asentía desde los bancos de la iglesia de San Antón, convertida para la ocasión en el templo de los ramos y palmas levantados para reclamar justicia con los refugiados y con los emigrantes, que buscan asilo en la rica Europa sin entrañas de misericordia.

(José M. Vidal)

“Aprendamos a renunciar por amor y sigamos el camino del servicio”, el Papa el Domingo de Ramos

«¡Bendito el que viene en nombre del Señor!» (Cf. Lc 19,38), gritaba la muchedumbre de Jerusalén acogiendo a Jesús. Hemos hecho nuestro aquel entusiasmo, agitando las palmas y los ramos de olivo hemos expresado la alabanza y el gozo, el deseo de recibir a Jesús que viene a nosotros. Del mismo modo que entró en Jerusalén, desea también entrar en nuestras ciudades y en nuestras vidas. Así como lo ha hecho en el Evangelio, cabalgando sobre un simple pollino, viene a nosotros humildemente, pero viene «en el nombre del Señor»: con el poder de su amor divino perdona nuestros pecados y nos reconcilia con el Padre y con nosotros mismos. 
Jesús está contento de la manifestación popular de afecto de la gente, y ante la protesta de los fariseos para que haga callar a quien lo aclama, responde: «si estos callan, gritarán las piedras» (Lc 19,40). Nada pudo detener el entusiasmo por la entrada de Jesús; que nada nos impida encontrar en él la fuente de nuestra alegría, de la alegría auténtica, que permanece y da paz; porque sólo Jesús nos salva de los lazos del pecado, de la muerte, del miedo y de la tristeza.
Sin embargo, la Liturgia de hoy nos enseña que el Señor no nos ha salvado con una entrada triunfal o mediante milagros poderosos. El apóstol Pablo, en la segunda lectura, sintetiza con dos verbos el recorrido de la redención: «se despojó» y «se humilló» a sí mismo (Fil 2,7.8). Estos dos verbos nos dicen hasta qué extremo ha llegado el amor de Dios por nosotros. Jesús se despojó de sí mismo: renunció a la gloria de Hijo de Dios y se convirtió en Hijo del hombre, para ser en todo solidario con nosotros pecadores, él que no conoce el pecado. Pero no solamente esto: ha vivido entre nosotros en una «condición de esclavo» (v. 7): no de rey, ni de príncipe, sino de esclavo. Se humilló y el abismo de su humillación, que la Semana Santa nos muestra, parece no tener fondo.
El primer gesto de este amor «hasta el extremo» (Jn 13,1) es el lavatorio de los pies. «El Maestro y el Señor» (Jn 13,14) se abaja hasta los pies de los discípulos, como solamente hacían lo siervos. Nos ha enseñado con el ejemplo que nosotros tenemos necesidad de ser alcanzados por su amor, que se vuelca sobre nosotros; no puede ser de otra manera, no podemos amar sin dejarnos amar antes por él, sin experimentar su sorprendente ternura y sin aceptar que el amor verdadero consiste en el servicio concreto.

Pero esto es solamente el inicio. La humillación que sufre Jesús llega al extremo en la Pasión: es vendido por treinta monedas y traicionado por un beso de un discípulo que él había elegido y llamado amigo. Casi todos los otros huyen y lo abandonan; Pedro lo niega tres veces en el patio del templo. Humillado en el espíritu con burlas, insultos y salivazos; sufre en el cuerpo violencias atroces, los golpes, los latigazos y la corona de espinas desfiguran su aspecto haciéndolo irreconocible. Sufre también la infamia y la condena inicua de las autoridades, religiosas y políticas: es hecho pecado y reconocido injusto. Pilato lo envía posteriormente a Herodes, y este lo devuelve al gobernador romano; mientras le es negada toda justicia, Jesús experimenta en su propia piel también la indiferencia, pues nadie quiere asumirse la responsabilidad de su destino. Y pienso en tanta gente, en tantos migrantes, en tantos prófugos, en tantos refugiados, a aquellos de los cuales muchos no quieren asumirse la responsabilidad de su destino. El gentío que apenas unos días antes lo aclamaba, transforma las alabanzas en un grito de acusación, prefiriendo incluso que en lugar de él sea liberado un homicida. Llega de este modo a la muerte en cruz, dolorosa e infamante, reservada a los traidores, a los esclavos y a los peores criminales. La soledad, la difamación y el dolor no son todavía el culmen de su anonadamiento. Para ser en todo solidario con nosotros, experimenta también en la cruz el misterioso abandono del Padre. Sin embargo, en el abandono, ora y confía: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46).
Suspendido en el patíbulo, además del escarnio, afronta también la última tentación: la provocación a bajar de la cruz, a vencer el mal con la fuerza, y a mostrar el rostro de un Dios potente e invencible. Jesús en cambio, precisamente aquí, en el culmen del anonadamiento, revela el rostro auténtico de Dios, que es misericordia. Perdona a sus verdugos, abre las puertas del paraíso al ladrón arrepentido y toca el corazón del centurión. Si el misterio del mal es abismal, infinita es la realidad del Amor que lo ha atravesado, llegando hasta el sepulcro y los infiernos, asumiendo todo nuestro dolor para redimirlo, llevando luz donde hay tinieblas, vida donde hay muerte, amor donde hay odio.
Nos pude parecer muy lejano a nosotros el modo de actuar de Dios, que se ha humillado por nosotros, mientras a nosotros nos parece difícil olvidarnos un poco de nosotros mismos. Él renunció a sí mismo por nosotros; ¡Cuánto nos cuesta a nosotros renunciar a alguna cosa por él y por los otros! Pero si queremos seguir al Maestro, más que alegrarnos porque el viene a salvarnos, estamos llamados a elegir su camino: el camino del servicio, de la donación, del olvido de uno mismo. Podemos aprender este camino deteniéndonos en estos días a mirar el Crucifijo, es la “cátedra de Dios”. Los invito en esta semana a mirar frecuentemente esta “cátedra de Dios”, para aprender el amor humilde, que salva y da la vida, para renunciar al egoísmo, a la búsqueda del poder y de la fama. Estamos atraídos por las miles vanas ilusiones del aparentar, olvidándonos de que «el hombre vale más por lo que es que por lo que tiene» (Gaudium et spes, 35); con su humillación, Jesús nos invita a purificar nuestra vida. Volvamos a él la mirada, pidamos la gracia de entender al menos algo de su anonadación por nosotros; y así, en silencio, contemplemos el misterio de esta semana. Reconozcámoslo como Señor de esta semana.

Domingo de Ramos. Pregón


PREGÓN DE SEMANA SANTA
Alza tu voz, tierra bendecida, aplaudan los árboles del bosque la llegada de su Creador, entonen los hijos de los hombres el Hosanna, y los prados alfombren la calzada para nuestro Dios, para Aquél que llega humilde y cabalgando sobre un borrico.

Olivares de Jerusalén, prestadnos vuestros ramos para rendir homenaje a quien se aproxima a dar su vida voluntariamente, a derramar su amor como aceite que cura, que unge, que perfuma, y consagra a todos los hijos de los hombres.
Jesús de Nazaret ha decidido venir a ti, ciudad santa, para cumplir un proyecto divino, manifestar la misericordia de Dios, y ofrecer a todos los hombres el testimonio de hacerse uno de tantos, para salvar a todos.
Huerto de Getsemaní, hoy eres testigo del paso de tu Señor. Muy pronto quedarás consagrado con el sudor y la sangre de quien sentirá el escalofrío de la mentira, la traición y el abandono; pero tú seguirás siendo fiel, e intentarás cubrir con tus sombras la intemperie más amarga del Nazareno.
Cómo quisiera tener la certeza de que no aplaudo hoy en falso, de que mi canto no es hueco cuando entono: “¡Bendito el que vine en el nombre del Señor!”
Falda del Monte de los Olivos, escabel del Monte sobre el que ascendió el Señor a lo más alto del cielo, rinde tu homenaje al Salvador y Mesías, no escondas alacranes ni víboras que envenenan y matan, como fueron el testimonio falso, la intriga y la violencia de los poderosos contra quien pasó haciendo el bien.
Pórtico de los días santos, de la Semana Mayor, del Misterio Pascual, Domingo de Ramos, no hay tiempo que perder, todo se precipita, es urgente disponerse a los acontecimientos y estar prevenido, para no perecer por inadvertencia.
Señor Jesús, estos días te retiraste a Betania, volviste al recinto amigo, al lugar franco, donde te dejaste amar, ungir, besar, gestos que me gustaría que fueran los míos, pero me duele reconocerme en tus discípulos que se quedaron paralizados por el miedo, se durmieron en la hora terrible, y huyeron espantados por la presencia de los que te prendieron en medio del Huerto de los Olivos.
Que tu Pasión no sea inútil, que no me justifique en mi debilidad para no dejarme mirar por ti; que aunque sea de lejos, te siga, y que en algún momento tus ojos me devuelvan la seguridad de que es mejor volver, comenzar de nuevo, que rendirse.
Señor, acepta mi deseo, un tanto avergonzado, porque tantas otras veces te he expresado sentimientos nobles, como Pedro, y como él, también he perecido negándote. Que los ramos del olivar te aplaudan, te consuelen, te rindan homenaje, y a mi concédeme siempre tu mirada, la que te pido que extiendas sobre todos los humanos.

¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!
Ángel Moreno de Buenafuente

¿Qué hace Dios en una cruz?

Según el relato evangélico, los que pasaban ante Jesús crucificado sobre la colina del Gólgota se burlaban de él y, riéndose de su impotencia, le decían: «Si eres Hijo de Dios, bájate de la cruz». Jesús no responde a la provocación. Su respuesta es un silencio cargado de misterio. Precisamente porque es Hijo de Dios permanecerá en la cruz hasta su muerte.

Las preguntas son inevitables: ¿Cómo es posible creer en un Dios crucificado por los hombres? ¿Nos damos cuenta de lo que estamos diciendo? ¿Qué hace Dios en una cruz? ¿Cómo puede subsistir una religión fundada en una concepción tan absurda de Dios?

Un «Dios crucificado» constituye una revolución y un escándalo que nos obliga a cuestionar todas las ideas que los humanos nos hacemos de un Dios al que supuestamente conocemos. El Crucificado no tiene el rostro ni los rasgos que las religiones atribuyen al Ser Supremo.

El «Dios crucificado» no es un ser omnipotente y majestuoso, inmutable y feliz, ajeno al sufrimiento de los humanos, sino un Dios impotente y humillado que sufre con nosotros el dolor, la angustia y hasta la misma muerte. Con la Cruz, o termina nuestra fe en Dios, o nos abrimos a una comprensión nueva y sorprendente de un Dios que, encarnado en nuestro sufrimiento, nos ama de manera increíble.

Ante el Crucificado empezamos a intuir que Dios, en su último misterio, es alguien que sufre con nosotros. Nuestra miseria le afecta. Nuestro sufrimiento le salpica. No existe un Dios cuya vida transcurre, por decirlo así, al margen de nuestras penas, lágrimas y desgracias. Él está en todos los Calvarios de nuestro mundo.

Este «Dios crucificado» no permite una fe frívola y egoísta en un Dios omnipotente al servicio de nuestros caprichos y pretensiones. Este Dios nos pone mirando hacia el sufrimiento, el abandono y el desamparo de tantas víctimas de la injusticia y de las desgracias. Con este Dios nos encontramos cuando nos acercamos al sufrimiento de cualquier crucificado.


Los cristianos seguimos dando toda clase de rodeos para no toparnos con el «Dios crucificado». Hemos aprendido, incluso, a levantar nuestra mirada hacia la Cruz del Señor, desviándola de los crucificados que están ante nuestros ojos. Sin embargo, la manera más auténtica de celebrar la Pasión del Señor es reavivar nuestra compasión. Sin esto, se diluye nuestra fe en el «Dios crucificado» y se abre la puerta a toda clase de manipulaciones. Que nuestro beso al Crucificado nos ponga siempre mirando hacia quienes, cerca o lejos de nosotros, viven sufriendo.
José Antonio Pagola

BENDITO EL QUE VIENE EN EL NOMBRE DEL SEÑOR


De los Sermones de San Andrés de Creta, Obispo (PG 97, 990-994)

Venid, y al mismo tiempo que ascendemos al monte de los Olivos, salgamos al encuentro de Cristo, que vuelve hoy de Betania y, por propia voluntad, se apresura hacia su venerable y dichosa pasión, para llevar a plenitud el misterio de la salvación de los hombres.

Porque Él va libremente hacia Jerusalén. Ea, pues, corramos a una con quien se apresura a su pasión, e imitemos a quienes salieron a su encuentro. Y no para extender por el suelo, sino para prosternarnos nosotros mismos, con la disposición más humillada de que seamos capaces y con el más limpio propósito, de manera que acojamos al Verbo que viene, y así logremos captar a aquel Dios que nunca puede ser totalmente captado por nosotros.

Alegrémonos, pues, porque se nos ha presentado mansamente el que es manso y que asciende sobre el ocaso de nuestra ínfima vileza, para venir hasta nosotros y convivir con nosotros, de modo que pueda, por su parte, llevarnos hasta la familiaridad con Él.

Así es como nosotros deberíamos prosternarnos a los pies de Cristo, no poniendo bajo sus pies nuestras túnicas o unas ramas inertes, que muy pronto perderían su verdor, su fruto y su aspecto agradable, sino revistiéndonos de su gracia.

Repitamos cada día aquella sagrada exclamación que los niños cantaban, mientras agitamos los ramos espirituales del alma: Bendito el que viene, como rey, en nombre del Señor.

sábado, 19 de marzo de 2016

La cadena de la nueva esclavitud. "El eslabón que hace posibles y fuertes los demás, es el de los ciegos"


El último eslabón lo forman los que humillan, los que acosan, los que pegan hasta magullar, fracturar, mutilar y matar.
El penúltimo lo integran los que encubren, los que justifican, los que mienten, los que legislan, los que mandan, en resumen, los que garantizan que el último eslabón cumpla sin riesgos su misión humanitaria.
Un tercer eslabón, esencial para que la cadena no se rompa, es el de los que financian. Los tales, aunque sepan muy bien qué es lo que se va a hacer con el dinero que asignan a los que han de humillar y acosar a los pobres, a los que magullan sus cuerpos, fracturan sus huesos, mutilan sus miembros, o los empujan a la muerte, jamás dirán que pagan para eso, jamás reconocerán que pagan para no ver echado en su portal al mendigo cubierto de llagas, y fingirán ignorar que ese dinero es una fábrica de dolor y de muerte.
Y el primero de todos, el indispensable, el que hace posibles y fuertes los demás eslabones, es el de los ciegos: una sociedad desinformada, engañada, distraída, indiferente... Sin ella, los negreros no tendrían un minuto de futuro. Esa ceguera hace posible que se llenen de esclavos los caminos de la tierra, y que negocien con el dolor de los pobres las mafias que se reparten los cometidos en los demás eslabones de la cadena.

 (Santiago Agrelo, arzobispo de Tánger)

HOY, FIESTA DE SAN JOSÉ: FELICITACIÓN, REFLEXIÓN ESPIRITUAL Y ORACIÓN


Queridos amigos, la Iglesia se alegra hoy celebrando la fiesta de San José. News.va desea felicitar a todos los amigos y amigas que llevan el nombre del santo que tanto y tan bien cuidó a Jesús cuando era niño.

Les ofrecemos una reflexión espiritual tomada de los sermones de san Bernardino de Siena, presbítero: 
«PROTECTOR Y CUSTODIO FIEL»
Cuando la gracia divina elige a alguien para un oficio singular o para ponerle en un estado preferente, le concede todos aquellos carismas que son necesarios para el ministerio que dicha persona ha de desempeñar.

Esta norma se ha verificado de un modo excelente en san José, que hizo las veces de padre de nuestro Señor Jesucristo y que fue verdadero esposo de la Reina del universo y Señora de los ángeles.

José fue elegido por el eterno Padre como protector y custodio fiel de sus principales tesoros, esto es, de su Hijo y de su Esposa, y cumplió su oficio con insobornable fidelidad. Por eso le dice el Señor: Eres un empleado fiel y cumplidor; pasa al banquete de tu Señor.
Si relacionamos a José con la Iglesia universal de Cristo, ¿no es este el hombre privilegiado y providencial, por medio del cual la entrada de Cristo en el mundo se desarrolló de una manera ordenada y sin escándalos?

Si es verdad que la Iglesia entera es deudora a la Virgen Madre por cuyo medio recibió a Cristo, después de María es san José a quien debe un agradecimiento y una veneración singular.

José viene a ser el broche del antiguo Testamento, broche en el que fructifica la promesa hecha a los patriarcas y los profetas. Sólo él poseyó de una manera corporal lo que para ellos había sido mera promesa. 
No cabe duda de que Cristo no sólo no se ha desdicho de la familiaridad y respeto que tuvo con él durante su vida mortal como si fuera su padre, sino que la habrá completado y perfeccionado en el cielo. [...]

Acuérdate de nosotros, bienaventurado José, e intercede con tu oración ante Aquél que pasaba por hijo tuyo; intercede también por nosotros ante la Virgen, tu esposa, madre de Jesús que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

JOSÉ HIZO LO QUE LE HABÍA MANDADO EL ÁNGEL DEL SEÑOR



Lectura del santo evangelio según san Mateo (1,16.18-21.24a):

Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera:

María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo:

- «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de los pecados.»

Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor.

Palabra del Señor

viernes, 18 de marzo de 2016

El secreto de Jesús para vivir en tiempos difíciles

Vivimos tiempos difíciles.
De eso no hay ninguna duda.
En el Evangelio de Mateo, Capítulo 24, Jesús predice la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70 d. C. y también profetiza sobre el fin del mundo. Los expertos difieren sobre a qué acontecimiento se refiere en diferentes puntos del texto.
Pero dejando a un margen los detalles, en Mateo 24 Jesús habla de lo que sucede en tiempos agitados y cómo deberían responder los cristianos.
Hace poco, uno de los versículos de este capítulo se me quedó clavado en la mente.
Jesús dice: “Por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará” (24:12).
En otras palabras, los momentos difíciles pueden hacer que se enfríe la llama de la caridad en nuestros corazones,
Jesús continúa: “Pero el que persevere hasta el fin, éste será salvo” (24:13).
¿El que persevere en qué?
En el amor.
El que persevere en el amor será salvado.
Dios nos pide, incluso cuando vivimos tiempos de desacuerdo, difíciles y revueltos, que perseveremos en el amor.
Es obra del diablo que la palabra “amor” suene tan “cursi” hoy en día. Cuando la gente escucha una exhortación en favor del amor a menudo responden enojados insistiendo en la necesidad de ser sensatos.
Necesitamos protegernos a nosotros mismos y a nuestros seres queridos. Tenemos que luchar contra el mal y proclamar la verdad desde las azoteas.
Cierto.
Pero entonces, ¿de qué forma saber cómo es el auténtico amor?
El amor real, el amor ágape, es como Jesús.
Jesús no era un “cursi”. Él hablaba con la verdad por delante. Ponía a todo el mundo incómodo. Pero también compartía la comida con los pecadores y les invitaba a seguirle. Interactuó y debatió con los escribas y los fariseos, hasta su amargo final.
No se rindió y se marchó, tampoco les arrojó piedras desde lejos. Jesús se acercó a sus enemigos. Nunca se daba por vencido, sin importar la vehemencia o la intensidad con la que discrepara del punto de vista de otra persona.
Jesús se mezcló con sus “enemigos”. Permitió que Judas siguiera en su círculo más cercano hasta el último momento de su traición.
Lo hizo, presuntamente, porque es lo que haría un cristiano de verdad, pero también porque quería demostrarnos que nuestro amor debería extenderse a los demás hasta que no haya vuelta atrás, hasta el último momento.
Jesús fue el ejemplo de cómo responder ante las difíciles circunstancias derivadas de su llamamiento al amor a nuestros enemigos.
Lo hizo para mostrarnos que nuestro amor, enraizado al amor de Cristo, puede tener un papel fundamental a la hora de convertir a los enemigos en amigos de Dios.
Y luego también hay otra razón por la que Jesús nos dice que amemos a nuestros enemigos…
Jesús nos dice que amemos a nuestros enemigos porque sabe que la respuesta natural del ser humano ante la maldad y los tiempos difíciles es que nuestro amor se enfríe. Y cuanto más se enfría nuestro amor, más cerca estamos del infierno, tanto más alejados del amor de Dios.
Cuando nuestro amor se enfría en la presencia de la maldad, nos convertimos en el mismo mal que despreciamos, el mismo mal que Dios detesta.
Pero Dios no quiere que nos convirtamos en el mal que Él aborrece, incluso si esto sucede en el mismo proceso de lucha contra el mal. Jesús quiere que seamos como él.
Así que avivemos las llamas de nuestro amor cristiano haciendo exactamente lo contrario a lo que nos dice nuestro instinto humano: amar a nuestros enemigos.

Amemos a nuestros enemigos en vez de permitir que se enfríe nuestro amor.
Aleteia

Los relatos evangélicos de la Pasión sin detalles de los sufrimientos. "Lo más importante de los relatos de la Pasión es el final: la proclamación de la Resurrección"

La meditación de la Pasión del Señor es una práctica de la piedad cristiana, provechosa en todo tiempo pero muy especialmente en el llamado precisamente de Pasión. Sin embargo, el lector moderno puede sentirse decepcionado al leer los relatos evangélicos, porque su enfoque no coincide con el de los evangelistas.

El lector moderno está acostumbrado a los relatos y las imágenes de desgracias o de crímenes que difunden los medios de comunicación, relatos sensacionalistas y truculentos, y esperaría algo por el estilo en los evangelios de la Pasión. Incluso sin morbosidad, por devoción, el lector cristiano quisiera conocer los detalles de los sufrimientos de nuestro Redentor, y no los encuentra en los evangelios. Busca entonces comentarios históricos que los describan, pero no bastan.

Hay que situarse en el punto de vista de los apóstoles y los evangelistas y en la actitud de la primera generación cristiana. No tenían necesidad de que les explicaran en qué consistía la ejecución de la pena de crucifixión. Podían imaginarse muy bien lo que le hicieron a Jesús, pero no consideraban decoroso explicitarlo, ni con palabras ni con imágenes. La representación tal vez más antigua de Jesús en la cruz es un relieve de talla de madera en la puerta de la basílica de Santa Sabina, en Roma, del siglo V. Los cristianos no se atrevieron a representar al crucificado hasta que, cristianizado el imperio, la cruz era una joya en la corona de los emperadores. Antes, representaban la pasión y resurrección con simbolismos bíblicos, como Jonás saliendo del vientre de la ballena, o Daniel en el foso de los leones.
Lo que urgía a los primeros predicadores cristianos, ante el hecho histórico de todos conocido de la muerte en cruz del Señor, no era describir cómo se realizó, sino proclamar que después había resucitado, y que aquella muerte no fue un fallo en el plan divino de salvación, sino que estaba previsto y anunciado en las Escrituras. Así se expresa en el kerygma, el núcleo sintético de la buena noticia, tal como se lee en la predicación de Pedro y Pablo en los Hechos de los Apóstoles, o en las cartas paulinas; por ejemplo, 1 Corintios 15,3-4: "Cristo murió por nuestros pecados, como decían ya las Escrituras, y fue sepultado, y resucitó al tercer día, como decían ya las Escrituras".
Así, en los relatos evangélicos de la Pasión no se describen con todos los pormenores las torturas que le aplicaron (que es lo que el lector moderno espera), sino tan solo aquellos detalles que se podían encontrar anunciados en las Escrituras, principalmente en los cantos del Siervo de Yahvé, de la segunda parte del libro de Isaías, y en algunos pasajes de los salmos del justo sufriente: que todos lo abandonaron, que fue contado entre los malhechores, que los soldados se repartieron sus vestidos y echaron suerte sobre su túnica, o que no le rompieron ningún hueso. Detalles todos que no son los que más interesan al lector actual.
Lo más importante de los relatos de la Pasión es el final: que terminan con la proclamación de la Resurrección. Los evangelistas no cayeron en la trampa de presentar a Jesús resucitando, sino resucitado. Desde el día de Pascua los apóstoles proclaman que el crucificado vive, y que les hace vivir a ellos con una vida nueva. Sabemos que antes de la redacción de los cuatro evangelios canónicos circularon algunos primeros escritos, como por ejemplo colecciones de parábolas, o de disputas con los rabinos y fariseos, o de sentencias pronunciadas por el Maestro en distintas ocasiones y agrupadas en forma fácil de memorizar. Pero seguramente no existió nunca un relato de la Pasión sola, que no terminara y culminara en la Resurrección.
Nosotros estamos acostumbrados a la lectura litúrgica, que en la Semana Santa quiere seguir día por día y casi hora por hora lo que entonces sucedió, y así el Viernes Santo se lee la Pasión hasta la sepultura, y hasta la vigilia del domingo de Pascua no se continúa con la Resurrección, pero en los evangelios no se separaban.

El Cristo Majestad de las pinturas románicas expresa una visión de fe cuando, a diferencia de las imágenes góticas y sobre todo barrocas, hiperrealistas, vela (sin negarlos) los detalles cruentos y presenta a Jesucristo reinando desde la cruz, con corona no de espinas sino de rey, con manto real, y a veces hasta con casulla sacerdotal. Aquellos artistas, y los fieles que contemplaban sus obras, no desconocían la realidad de los sufrimientos del Redentor, pero por encima de lo que la visión material ofrecía, se elevaban a una visión de fe sobre el porqué y el final de la Pasión.
El relato de la Pasión según Juan abunda en esta visión de fe. No oculta la realidad material, pero presenta a Jesús glorioso en la Pasión y hasta en la cruz. La escena de Getsemaní, más que un prendimiento, en Juan es una entrega voluntaria, después de hacer retroceder a los que iban a prenderle. Ante Pilatos, se comporta con la mayor dignidad, como si fuera él quien juzga al gobernador romano. Desde la cruz, toma sus disposiciones sobre su madre y el discípulo, dice que todo se ha cumplido y, cuando quiere, "entrega el espíritu": exhala su último aliento, o sea, muere, pero a la vez Juan sugiere que desde la cruz emite el Espíritu, que da la verdadera vida. En los evangelios sinópticos, el reino de Dios se establecerá plenamente en el fin del mundo, con la segunda venida de Jesucristo. En las cartas paulinas, se da ya en este mundo, en la Iglesia. En Juan, en la cruz.

(Hilari Raguer osb).

"No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino porque blasfemas, ya que, siendo hombre, te haces Dios".



Evangelio según San Juan 10,31-42. 


Los judíos tomaron piedras para apedrearlo. 

Entonces Jesús dijo: "Les hice ver muchas obras buenas que vienen del Padre; ¿Por cuál de ellas me quieren apedrear?". 

Los judíos le respondieron: "No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino porque blasfemas, ya que, siendo hombre, te haces Dios". 

Jesús les respondió: "¿No está escrito en la Ley: Yo dije: Ustedes son dioses? 

Si la Ley llama dioses a los que Dios dirigió su Palabra -y la Escritura no puede ser anulada- 
¿Cómo dicen: 'Tú blasfemas', a quien el Padre santificó y envió al mundo, porque dijo: "Yo soy Hijo de Dios"? 

Si no hago las obras de mi Padre, no me crean; 

pero si las hago, crean en las obras, aunque no me crean a mí. Así reconocerán y sabrán que el Padre está en mí y yo en el Padre". 

Ellos intentaron nuevamente detenerlo, pero él se les escapó de las manos. 

Jesús volvió a ir al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había bautizado, y se quedó allí. 

Muchos fueron a verlo, y la gente decía: "Juan no ha hecho ningún signo, pero todo lo que dijo de este hombre era verdad". 

Y en ese lugar muchos creyeron en él.