sábado, 16 de enero de 2016

No he venido a llamar a los justos, sino a pecadores


Lectura del santo evangelio según San Marcos 2, 13-17
En aquel tiempo, Jesús salió de nuevo a la orilla del mar; toda la gente acudía a él y les enseñaba.
Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dice:
-«Sígueme.»
Se levantó y lo siguió.
Sucedió que, mientras estaba él sentado a la mesa en casa, de Leví, muchos publicanos y pecadores se sentaban con Jesús y sus discípulos, pues eran ya muchos los que los seguían.
Los escribas de los fariseos, al ver que comía con pecadores y publicanos, decían a sus discípulos:
-«¿Por qué come con publicanos y pecadores?».
Jesús lo oyó y les dijo:
-«No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a pecadores».
Palabra del Señor.

viernes, 15 de enero de 2016

EL PECADO NOS PARALIZA, LA MISERICORDIA DE DIOS NOS SANA

«Cuatro personas llevan en una camilla a un paralítico a la presencia de Jesús, que, al ver su fe, dice al paralítico: "Hijo, tus pecados quedan perdonados". 
Al obrar así, Jesús muestra que quiere sanar, ante todo, el espíritu. El paralítico es imagen de todo ser humano al que el pecado impide moverse libremente, caminar por la senda del bien, dar lo mejor de sí. 
En efecto, el mal, anidando en el alma, ata al hombre con los lazos de la mentira, la ira, la envidia y los demás pecados, y poco a poco lo paraliza. Por eso Jesús, suscitando el escándalo de los escribas presentes, dice primero: "Tus pecados quedan perdonados", y sólo después, para demostrar la autoridad que le confirió Dios de perdonar los pecados, añade: "Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa", y lo sana completamente. 
 El mensaje es claro: el hombre, paralizado por el pecado, necesita la misericordia de Dios que Cristo vino a darnos, para que, sanados en el corazón, toda nuestra existencia pueda renovarse. 
 También hoy la humanidad lleva en sí los signos del pecado que le impide progresar con agilidad en los valores de fraternidad, justicia y paz, a pesar de los propósitos hechos en solemnes declaraciones. ¿Por qué? ¿Qué es lo que entorpece su camino? ¿Qué es lo que paraliza este desarrollo integral? 
 Sabemos bien que, en el plano histórico, las causas son múltiples y el problema es complejo. Pero la palabra de Dios nos invita a tener una mirada de fe y a confiar, como las personas que llevaron al paralítico, a quien sólo Jesús puede curar verdaderamente. (…)
Sólo el amor de Dios puede renovar el corazón del hombre, y la humanidad paralizada sólo puede levantarse y caminar si sana en el corazón. El amor de Dios es la verdadera fuerza que renueva al mundo. 
 Invoquemos juntos la intercesión de la Virgen María para que todos los hombres se abran al amor misericordioso de Dios, y así la familia humana pueda sanar en profundidad de los males que la afligen». 

Benedicto XVI, Ángelus del 19 de febrero de 2006

Santo Padre, enséñanos a rezar.

Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.


Sal 88, 16-17. 18-19 

Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.
Dichoso el pueblo que sabe aclamarte: 
caminará, oh Señor, a la luz de tu rostro; 
tu nombre es su gozo cada día, 
tu justicia es su orgullo.
Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.
Porque tú eres su honor y su fuerza, 
y con tu favor realzas nuestro poder. 
Porque el Señor es nuestro escudo 
y el Santo de Israel nuestro rey.
Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.

El Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados.



Lectura del santo evangelio según San Marcos 2, 1-12
Cuando a los pocos días entró Jesús en Cafarnaún, se supo que estaba en casa.
Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Y les proponía la palabra.
Y vinieron trayéndole un paralítico llevado entre cuatro y, como no podían presentárselo por el gentío, levantaron la techumbre encima de donde él estaba, abrieron un boquete y descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dice al paralítico:
-«Hijo, tus pecados quedan perdonados».
Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros:
-«Por qué habla este así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, sino solo uno, Dios?».
Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les dijo:
-«¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico "tus pecados te son perdonados" o decir: "Levántate, coge la camilla y echa a andar"?
Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados-dice al paralítico-: ”Te digo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa” ».
Se levantó, cogió inmediatamente la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo:
-«Nunca hemos visto una cosa igual».
Palabra del Señor.

jueves, 14 de enero de 2016

El número de cristianos muertos por su fe aumenta en un 60 por ciento

Corea del Norte e Irak, los países más peligrosos en 2015
El número de cristianos muertos por su fe ha aumentado en más de un 60% en todo el mundo entre el 1 de noviembre de 2014 y el 31 de octubre de 2015, periodo en el que se ha duplicado el número de iglesias atacadas, según se desprende de la Lista Mundial de la Persecución 2016, un estudio publicado anualmente por la organización sin ánimo de lucro Puertas Abiertas que analiza el nivel de persecución religiosa a la que se ven sometidos los cristianos a nivel mundial, que registra un incremento de 2,8 puntos respecto a la lista de 2015.
Así, mientras la Lista Mundial de la Persecución de 2015 (1 de noviembre 2013-31 octubre 2014) recogió un total de 4.344 cristianos muertos por su fe y 1.062 iglesias atacadas, la LMP de este año recoge 7.100 cristianos muertos por su fe y 2.406 iglesias atacadas, lo que supone un incremento del 63% en el número de muertes conocidas y del 127% en el número de iglesias atacadas conocidas.
Los mayores incidentes se han producido en países del África subsahariana, donde grupos terroristas islamistas como Boko Haram, Séléka, ADF-NALU y Al-Shabaab están activos, y en los que destaca el elevado número de muertes acaecidas en Nigeria (4.028 muertes y 198 iglesias atacadas), RCA (1.269 fallecidos y 131 ataques), Chad (750 muertes y 10 ataques), RDC (467 muertes y 13 ataques), Kenia (225 muertes) y Camerún (114 muertes y 10 ataques).
En el caso de Nigeria, el estudio alerta de que muchos datos "aún no han sido estudiados en profundidad" por lo que las cifras pueden ser más elevadas y añade que, del total de víctimas, 2.500 se atribuyen a Boko Haram y más de 1.500 a los pastores Fulani, mientras que al menos 30.000 cristianos han sido desplazados por la violencia sólo en el estado de Taraba. En relación a la República Centroafricana, el número de muertes (1.269) e iglesias atacadas (131) comprende el periodo que va de enero a abril de 2015, "de modo que los números reales para el periodo completo de la investigación son probablemente mucho más altos".

Puertas Abiertas precisa que esto ocurre también con la situación de Siria e Irak, ya que los incidentes conocidos no representan un registro completo de los actos violentos que han afectado a los cristianos en el periodo de un año y añaden que, durante el periodo de investigación, se han sucedido los informes de profanaciones de iglesias, especialmente en áreas controladas por el Estado Islámico.

Homilía del Papa Francisco: Nuestra victoria es la fe


La fe vence siempre, porque transforma en victoria incluso la derrota, pero no es una cosa “mágica”, es una relación personal con Dios que no se aprende en los libros porque es un don de Dios, un don que hay que pedir. Son los conceptos que expresó el Papa Franciscoen su homilía de la Misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta.

La primera lectura tomada del Libro de Samuel relata la derrota del Pueblo  de Dios por obra de los filisteos: “La matanza fue muy grande” – dijo el Papa – y recordó que el pueblo perdió todo, “incluso la dignidad”. Francisco se preguntó qué consecuencia tuvo esta derrota. Y afirmó que el pueblo, “lentamente se había alejado del Señor, vivía mundanamente, incluso con los ídolos que tenía”. Iba al Santuario de Silo, pero “como si fuera una costumbre cultural”, porque había perdido su relación filial con Dios. ¡No adoraba a Dios! – prosiguió  Francisco –. “Y el Señor los dejó solos”. El pueblo usa incluso el Arca de Dios para vencer la batalla, pero como si fuera una cosa “un poco mágica”.

“En el Arca – recordó asimismo el Pontífice – estaba la Ley, la Ley que ellos no observaban y de la que se habían alejado”. ¡Ya no tenían “una relación personal con el Señor! – dijo –. Se habían olvidado de Dios que los había salvado”. Y fueron derrotados, treinta mil israelíes muertos, y los filisteos, los dos hijos de Elí, toman el Arca de Dios, eran “aquellos sacerdotes delincuentes que explotaban a la gente en el Santuario de Silo”, y mueren.

“Una derrota total” –  afirmó el Papa –. Y añadió: “Un pueblo que se aleja de Dios termina así”. Cuenta con un Santuario, pero el corazón no está con Dios, no sabe adorar a Dios: “Cree en Dios, pero en un Dios un poco brumoso, lejano, que no entra en el corazón, por lo que se obedecen sus Mandamientos. ¡Esta es la derrota!”. Pero el Evangelio del día, en cambio, nos habla de una victoria:
“En aquel tiempo fue a ver a Jesús un leproso que le suplicaba de rodillas – precisamente en un gesto de adoración – y le decía: ‘Si quieres, puedes purificarme’. Desafía al Señor diciendo: ‘Yo soy un derrotado en la vida – el leproso era un derrotado, porque no podía hacer vida común, era siempre ‘descartado’, puesto a parte – ¡pero tú puedes transformar esta derrota en victoria!’. Es decir: ‘Si quieres, puedes purificarme’. Ante esto Jesús tuvo compasión, tendió la mano, lo tocó y le dijo: ‘¡Yo lo quiero! ¡Estás purificado!’. Así, sencillamente: esta batalla terminó en dos minutos con la victoria; aquella otra, toda la jornada, con la derrota. Aquel hombre tenía algo que impulsaba a ir hacia Jesús y lanzarle aquel desafío. ¡Tenía fe!”.
El Apóstol Juan dice que la victoria sobre el mundo es nuestra fe
“Nuestra fe vence, ¡siempre!”, dijo el Papa y añadió:
“La fe es victoria. La fe. Como este hombre: ‘Si quieres, puedes hacerlo’. Los derrotados de la  Primera Lectura rezaban a Dios, llevaban el Arca, pero no tenían fe. Se habían olvidado de Él. Este tenía fe y cuando se pide con fe, el mismo Jesús nos ha dicho que se mueven las montañas. Somos capaces de mover una montaña de una parte a otra: la fe es capaz de esto. El mismo Jesús nos ha dicho: ‘Todo lo que le pidan al Padre en mi nombre, les será dado. Pidan y les será dado; llamen y se les abrirá’. Pero con fe. Y ésta es nuestra victoria”.
El Santo Padre Francisco concluyó su homilía con la siguiente oración:
“Pidamos al Señor que nuestra oración tenga siempre aquella raíz de fe, que nazca de la fe en Él. La gracia de la fe: es un don la fe. No se aprende en los libros. Es un don que te da el Señor, pero pídelo: ‘¡Dame la fe!’. ‘¡Creo, Señor!’ dijo aquel hombre que pedía a Jesús que curara a su hijo: ‘Te pido Señor, aumenta mi poca fe’. La oración con la fe… y es curado. Pidamos al Señor la gracia de rezar con fe, de tener la seguridad de que cada cosa que le pedimos a Él nos será dada, con esa seguridad que nos da la fe. Y esta es nuestra victoria: ¡nuestra fe!”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).


“Crecer misericordiosos como el Padre”, Mensaje del Papa para el Jubileo de los Jóvenes

 “Mantengan la esperanza en el Señor, con valentía para ir contra corriente y así poder sentir el gozo de ser sus testigos”, es el aliento del Papa Francisco en su mensaje a los chicos y chicas que se preparan a celebrar el Jubileo de los Jóvenes en el marco del Año de la Misericordia. En su mensaje publicado la mañana de este jueves 14 de enero, el Santo Padre invitó a los jóvenes “a aspirar a grandes ideales, a preparar el corazón para poder meditar las palabras del Señor y vivir intensamente este Año Santo”.
El evento es organizado por el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización en colaboración con el Servicio nacional italiano de pastoral juvenil. El 23 de abril estará dedicado a la peregrinación de la Misericordia. Los diversos grupos de jóvenes partirán de Castel Sant’Angelo y recorrerán la Vía de la Conciliación, en un camino penitencial, leyendo la Palabra de Dios y meditando. Una vez llegados a la Plaza de San Pedro podrán recibir el Sacramento de la Reconciliación, después, entrarán en la Basílica por la Puerta Santa para la profesión de fe en el Altar de la Confesión junto a la tumba de San Pedro.
A lo largo de su Jubileo, los jóvenes podrán visitar las plazas y lugares más significativos de Roma donde se colocarán una serie de instalaciones explicativas de las siete obras de misericordia corporales y espirituales y algunos testigos de la caridad les hablarán de cómo traducir la misericordia en actos concretos.

(Renato Martinez – Radio Vaticano) 

EL BIEN ES CONTAGIOSO



“Queridos hermanos y hermanas,

El evangelista san Marcos nos relata la acción de Jesús contra todo tipo de mal, en beneficio de los que sufren en el cuerpo y en el espíritu: endemoniados, enfermos, pecadores... Él se presenta como Aquél que combate y vence el mal donde quiera que lo encuentre.

En el Evangelio de hoy esta lucha afronta un caso emblemático, porque el enfermo es un leproso. La lepra es una enfermedad contagiosa que no tiene piedad, que desfigura a la persona, y que era símbolo de impureza: el leproso tenía que estar fuera de los centros habitados e indicar su presencia a los que pasaban. Era marginado por la comunidad civil y religiosa. Era como un muerto ambulante. 

El episodio de la curación del leproso tiene lugar en tres breves pasos: la invocación del enfermo, la respuesta de Jesús y las consecuencias de la curación prodigiosa.

El leproso suplica a Jesús «de rodillas» y le dice: «Si quieres, puedes limpiarme». Ante esta oración humilde y confiada, Jesús reacciona con una actitud profunda de su espíritu: la compasión. Y «compasión» es una palabra muy profunda: compasión significa «padecer-con-el otro». El corazón de Cristo manifiesta la compasión paterna de Dios por ese hombre, acercándose a él y tocándolo. 

Y este detalle es muy importante. Jesús «extendió la mano y lo tocó... la lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio» (v. 41-42). La misericordia de Dios supera toda barrera y la mano de Jesús tocó al leproso… Jesús, toma de nosotros nuestra humanidad enferma y nosotros de Él su humanidad sana y capaz de sanar. Esto sucede cada vez que recibimos con fe un Sacramento: el Señor Jesús nos «toca» y nos dona su gracia. En este caso pensemos especialmente en el Sacramento de la Reconciliación, que nos cura de la lepra del pecado. 

Una vez más el Evangelio nos muestra lo que hace Dios ante nuestro mal: Dios no viene a «dar una lección» sobre el dolor; no viene tampoco a eliminar del mundo el sufrimiento y la muerte; viene más bien a cargar sobre sí el peso de nuestra condición humana, a conducirla hasta sus últimas consecuencias, para liberarnos de modo radical y definitivo. Así Cristo combate los males y los sufrimientos del mundo: haciéndose cargo de ellos y venciéndolos con la fuerza de la misericordia de Dios. 

A nosotros, hoy, el Evangelio de la curación del leproso nos dice que si queremos ser auténticos discípulos de Jesús estamos llamados a llegar a ser, unidos a Él, instrumentos de su amor misericordioso, superando todo tipo de marginación. 

Para ser «imitadores de Cristo» ante un pobre o un enfermo, no tenemos que tener miedo de mirarlo a los ojos y de acercarnos con ternura y compasión, y de tocarlo y abrazarlo. He pedido a menudo a las personas que ayudan a los demás que lo hagan mirándolos a los ojos, que no tengan miedo de tocarlos; que el gesto de ayuda sea también un gesto de comunicación: también nosotros tenemos necesidad de ser acogidos por ellos. Un gesto de ternura, un gesto de compasión...

Yo os pregunto: vosotros, ¿cuándo ayudáis a los demás, los miráis a los ojos? ¿Los acogéis sin miedo de tocarlos? ¿Los acogéis con ternura? Pensad en esto: ¿cómo ayudáis? ¿A distancia o con ternura, con cercanía? Si el mal es contagioso, lo es también el bien. Por lo tanto, es necesario que el bien abunde en nosotros, cada vez más. Dejémonos contagiar por el bien y contagiemos el bien”. 

(Papa Francisco, Ángelus del 5 de febrero de 2015).

La lepra se le quitó, y quedó limpio


Lectura del santo evangelio según San Marcos 1,40-45
En aquel tiempo, se acerca a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:
-«Si quieres, puedes limpiarme.»
Compadecido, extendió la mano y lo tocó, diciendo:
-«Quiero: queda limpio.»
La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.
Él lo despidió, encargándole severamente:
-«No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu, purificación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio ».
Pero, cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun así acudían a él de todas partes.
Palabra del Señor.


miércoles, 13 de enero de 2016

La curación de la suegra de Pedro

La obra salvadora de Cristo, no se agota con su persona durante su vida terrena; ésta prosigue mediante la Iglesia, sacramento del amor y de la ternura de Dios hacia los hombres.

Al enviar en misión a sus discípulos, Jesús les confiere una doble misión: anunciar el Evangelio de la salvación y sanar a los enfermos. Fiel a esta enseñanza, la Iglesia siempre ha considerado la asistencia a los enfermos como parte integrante de su misión.

"Los pobres y los que sufren, los tendrán siempre”, advierte Jesús. Y la Iglesia continuamente les encuentra en la calle, considerando a las personas enfermas como una vía privilegiada para encontrar a Cristo, para acogerlo y servirlo.

Curar a un enfermo, acogerlo y servirlo es servir a Cristo, el enfermo es la carne de Cristo.

Esto sucede en nuestro tiempo, cuando a pesar de las diversas adquisiciones de la ciencia, el sufrimiento interior y físico de las personas despierta fuertes interrogantes sobre el sentido de la enfermedad y del dolor, y sobre el porqué de la muerte.

Son preguntas existenciales a las cuales la acción pastoral de la Iglesia debe responder a la luz de la fe, teniendo delante de los ojos al Crucifico, en el cual aparece todo el misterio de salvación de Dios padre, que por amor de los hombres no escatimó a su propio Hijo.

Por lo tanto cada uno de nosotros está llamado a llevar la luz del evangelio y la fuerza de la gracia a quienes sufren y a todos aquellos que los asisten, familiares, médicos, enfermeros, para que el servicio al enfermo sea realizado cada vez con más humanidad, con dedicación generosa, con amor evangélico, y con ternura. 

(Homilía de S.S. Francisco,  8 de febrero de 2015).

Jesús, puerta de Misericordia. Arzobispo de Barcelona.


Mirando desde el Tibidabo la ciudad de Barcelona, he observado una gran urbe y he pensado que el corazón de las personas que la habitan se puede ganar con el mismo amor que en cualquier rincón del planeta. Bajando a la ciudad he pensado que estamos en el Año de la Misericordia, que es precisamente un año único para poner a prueba nuestra estima, que se manifiesta en lo más tierno que tenemos los hombres y las mujeres en nuestro interior, como es el amor, la comprensión, el perdón y la capacidad de volver a empezar.

En mi camino de regreso a casa, cerca de la Catedral, me han preguntado dónde está la Puerta de la Misericordia en este Jubileo al que hemos sido llamados por el papa Francisco. Me ha parecido que lo que debía responder no es sólo dónde está el portalón que da acceso al templo, sino que el hecho de cruzarlo es dar un paso más allá...Debemos cruzar la puerta del amor que representa el Señor.

En el Antiguo Testamento, la primera manifestación de Dios al pueblo de Israel se revela a Moisés diciendo: “Yahveh, Yahveh, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad” (Ex 34,6). La misericordia es el primer atributo de Dios, seguido inmediatamente de la compasión. Es un Dios que se nos presenta desde la benevolencia, desde el amor y la ternura que muestra siempre el don gratuito, puesto que éste se expresa queriendo visceralmente, dándolo todo, ofreciéndolo todo, sin esperar nada a cambio. A lo largo del Antiguo Testamento hallamos muchas expresiones de la misericordia de Dios: en la compasión por todas las criaturas, en la acogida de quien ha pecado, proclamando que el amor misericordioso de Dios es para siempre. Por eso, la benevolencia de Dios se nos presenta, se nos hace cercana y nos ilumina a través de Jesús y su Evangelio, “porque Él es la puerta que nos conduce hacia el Padre”. A través de los relatos de san Lucas, la misericordia de Dios se hace misericordia humana en Jesús. Esto es lo que distingue a los cristianos en su forma de entender a los hombres como prójimos y como hermanos. Por eso el Evangelio nos dice: “Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo” (Lc 6,36).

Lo que hay que traspasar en el año de la misericordia es la puerta del Cristo que nos lleva a Dios Padre. Y la Puerta Santa tiene que ser ese signo que, una vez traspasado, haga que nuestro corazón vaya de lo humano a lo divino, recordando la cita de Gregorio de Niza en su tratado de las bienaventuranzas: “Si el nombre de misericordioso se atribuye a Dios, ¿a qué te invita Jesús cuando te pide que seas misericordioso si no es a ser Dios?” “[...] Si, efectivamente, la escritura proclama a Dios misericordioso y la verdadera beatitud es Dios en sí mismo, es evidente que el hombre que se hace misericordioso se convierte en Dios”.
Desde la ciudad he mirado el Tibidabo y he vuelto a pensar que los corazones de los hombres y las mujeres deberían estar abiertos a esta misericordia que nos hace cruzar la puerta de los corazones de nuestros hermanos vecinos, la puerta de la Catedral como signo, la Puerta de Cristo como transformación de nuestra vida.
+ Juan José Omella
Arzobispo de Barcelona

La misericordia es el nombre de Dios, dijo el Papa en la catequesis

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy iniciamos las catequesis sobre la misericordia según la perspectiva bíblica, para aprender sobre la misericordia al escuchar aquello que Dios mismo nos enseña con su Palabra. Iniciamos por el Antiguo Testamento, que nos prepara y nos conduce a la revelación plena de Jesucristo, en el cual se realiza la revelación de la misericordia del Padre.

En las Sagradas Escrituras, el Señor es presentado como “Dios misericordioso”. Este es su nombre,  a través del cual nos revela, por así decir, su rostro y su corazón. Él mismo, como narra el Libro del Éxodo, revelándose a Moisés  se autodefinió como: «El Señor, Dios misericordioso y bondadoso, lento para enojarse, y pródigo en amor y fidelidad» (34,6). También en otros textos encontramos esta fórmula, con alguna variación, pero siempre la insistencia está puesta en la misericordia y en el amor de Dios que no se cansa nunca de perdonar (cfr Gn 4,2; Gl 2,13; Sal 86,15; 103,8; 145,8; Ne 9,17). Veamos juntos, una por una, estas palabras de la Sagrada Escritura que nos hablan de Dios.

El Señor es “misericordioso”: esta palabra evoca una actitud de ternura como la de una madre con su hijo. De hecho, el término hebreo usado en la Biblia hace pensar a las vísceras o también en el vientre materno. Por eso, la imagen que sugiere es aquella de un Dios que se conmueve y se enternece por nosotros como una madre cuando toma en brazos a su niño, deseosa sólo de amar, proteger, ayudar, lista a donar todo, incluso a sí misma. Esa es la imagen que sugiere este término. Un amor, por lo tanto, que se puede definir en sentido bueno “visceral”.

Después está escrito que el Señor es “bondadoso, en el sentido que hace gracia, tiene compasión y, en su grandeza, se inclina sobre quien es débil y pobre, siempre listo para acoger, comprender, perdonar. Es como el padre de la parábola del Evangelio de Lucas (cfr Lc15,11-32): un padre que no se cierra en el resentimiento por el abandono del hijo menor, sino al contrario continúa a esperarlo, lo ha generado, y después corre a su encuentro y lo abraza, no lo deja ni siquiera terminar su confesión, como si le cubriera la boca, qué grande es el amor y la alegría por haberlo reencontrado; y después va también a llamar al hijo mayor, que está indignado y no quiere hacer fiesta, el hijo que ha permanecido siempre en la casa, pero viviendo como un siervo más que como un hijo, y también sobre él el padre se inclina, lo invita a entrar, busca abrir su corazón al amor, para que ninguno quede excluso de la fiesta de la misericordia. La misericordia es una fiesta.

De este Dios misericordioso se dice también que es lento para enojarse”, literalmente, “largo de respiro”, es decir, con el respiro amplio de la paciencia y de la capacidad de soportar. Dios sabe esperar, sus tiempos no son aquellos impacientes de los hombres; Es como un sabio agricultor que sabe esperar, da tiempo a la buena semilla para que crezca, a pesar de la cizaña (cfr Mt 13,24-30).

Y por último, el Señor se proclama grande en el amor y en la fidelidad”. ¡Qué hermosa es esta definición de Dios! Aquí está todo. Porque Dios es grande y poderoso, pero esta grandeza y poder se despliegan en el amarnos, nosotros así pequeños, así incapaces. La palabra “amor”, aquí utilizada, indica el afecto, la gracia, la bondad. No es un amor de telenovela. Es el amor que da el primer paso, que no depende de los méritos humanos sino de una inmensa gratuidad. Es la solicitud divina que nada la puede detener, ni siquiera el pecado, porque sabe ir más allá del pecado, vencer el mal y perdonarlo.
Una “fidelidad” sin límites: he aquí la última palabra de la revelación de Dios a Moisés. La fidelidad de Dios nunca falla, porque el Señor es el Custodio que, como dice el Salmo, no se adormenta sino que vigila continuamente sobre nosotros para llevarnos a la vida:

«El no dejará que resbale tu pie:
¡tu guardián no duerme!
No, no duerme ni dormita
el guardián de Israel.
[...]
El Señor te protegerá de todo mal
y cuidará tu vida.
El te protegerá en la partida y el regreso,
ahora y para siempre» (121,3-4.7-8).

Y este Dios misericordioso es fiel en su misericordia. Y Pablo dice algo bello: si tú, delante a Él, no eres fiel, Él permanecerá fiel porque no puede renegarse a sí mismo, la fidelidad en la misericordia es el ser de Dios. Y por esto Dios es totalmente y siempre confiable. Una presencia sólida y estable. Es esta la certeza de nuestra fe. Y luego, en este Jubileo de la Misericordia, confiemos totalmente en Él, y experimentemos la alegría de ser amados por este “Dios misericordioso y bondadoso, lento para enojarse y grande en el amor y en la fidelidad”.
(Traducción por Mercedes De La Torre – Radio Vaticano).

Francisco: la oración cambia a la Iglesia, no los Papas

 La oración hace milagros e impide que el corazón se endurezca, olvidando la piedad. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Misa de la mañana celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta. “La oración de los fieles  – dijo el Santo Padre  – cambia la Iglesia: no somos nosotros, los Papas, los obispos, los sacerdotes” quienes llevamos adelante la Iglesia, sino “los Santos”, dijo.
Podemos ser personas de fe y haber perdido el sentido de la piedad bajo las cenizas del juicio y de las críticas a ultranza. La historia que relata la página de la Biblia que el Pontífice comentó en esta ocasión ofrece un gran ejemplo. Los protagonistas son Ana – una mujer angustiada a causa de su esterilidad que suplica llorando a Dios que le dé un hijo  – y un sacerdote, Elí, que la observa distraídamente desde lejos, sentado en un banco del templo.
La “apuesta” de la oración
La escena descrita en el libro de Samuel refiere primero las palabras angustiadas de Ana y después los pensamientos del sacerdote, que al no lograr oír nada juzga con malévola superficialidad el mudo diálogo de la mujer: para él es sólo “una borracha”. Y en cambio, como después sucederá, aquel llanto incontenible está a punto de obtener de Dios el milagro pedido:
“Ana rezaba en su corazón y se movían sólo los labios, si bien la voz no se oía. Este es el coraje de una mujer de fe que con su dolor, con sus lágrimas, pide al Señor la gracia. Tantas buenas mujeres son así en la Iglesia, ¡tantas!, que van a rezar como si fuera una apuesta… Pensemos sólo en una grande, Santa Mónica, que con sus lágrimas logró obtener la gracia de la conversión de su hijo, San Agustín. Tantas cosas son así”.
Luchar de rodillas
Elí, el sacerdote, es “un pobre hombre” hacia el cual – admitió textualmente el Papa Francisco – “tengo cierta simpatía” porque “también en mí encuentro defectos que me acercan a él y me permiten comprenderlo bien”. “Con cuánta facilidad  – dijo también el Papa – nosotros juzgamos a las personas, con cuánta facilidad les faltamos el respeto al decir: ‘¿Pero qué cosa tendrá en su corazón? No lo sé, pero yo no digo nada…’”. Cuando “falta la piedad en el corazón, siempre se piensa mal” y no se comprende a quien, en cambio, reza “con dolor y con angustia” y “encomienda aquel dolor y angustia al Señor”:
“Esta oración la ha conocido Jesús en el Huerto de los Olivos, cuando era tanta la angustia y tanto el dolor que sudó sangre. Y no reprochó al Padre: ‘Padre, si tú quieres quítame esto, pero que se haga tu voluntad’. Y Jesús ha respondido por el mismo camino de esta mujer: la docilidad. A veces, nosotros rezamos, pedimos al Señor, pero tantas veces no sabemos llegar precisamente a aquella lucha con el Señor, a las lágrimas, a pedir, a pedir la gracia”.
Los fieles santos, no los Papas
El Papa recordó la historia de un hombre de Buenos Aires quien teniendo a su hija de nueve años internada en fin de vida, fue a ver a la Virgen de Luján y transcurrió toda la noche aferrado a la verja del Santuario pidiendo la gracia de la curación. Y a la mañana siguiente, al regresar al hospital, la encontró curada:
“La oración hace milagros. También hace milagros a quienes son cristianos, ya sean fieles laicos, sacerdotes, obispos, que han perdido la piedad. La oración de los fieles cambia a la Iglesia: no somos nosotros, los Papas, los obispos, los sacerdotes, las religiosas quienes llevamos adelante la Iglesia. ¡Son los santos! Y los santos son estos, como aquella mujer. Los santos son aquellos que tienen el coraje de creer que Dios es el Señor que puede hacer todo”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).

Curó a muchos enfermos de diversos males


Lectura del santo evangelio según San Marcos 1, 29-39
En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés.
La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, e inmediatamente le hablaron de ella. Él se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles.
Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.
Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron en su busca y, al encontrarlo, le dijeron:
-«Todo el mundo te busca.»
Él les respondió:
- «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido.»
Así recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios
Palabra del Señor.