jueves, 5 de noviembre de 2015

Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida.


Sal 26, 1. 4. 13-14 

Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida.
El Señor es mi luz y mi salvación, 
¿a quién temeré? 
El Señor es la defensa de mi vida, 
¿quién me hará temblar?
Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida.
Una cosa pido al Señor, 
eso buscaré: 
habitar en la casa del Señor 
por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor, 
contemplando su templo.
Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida.
Espero gozar de la dicha del Señor 
en el país de la vida. 
Espera en el Señor, sé valiente, 
ten ánimo, espera en el Señor.
Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida.


LOS ÁNGELES DE DIOS SE ALEGRAN POR UN SOLO PECADOR QUE SE CONVIERTE

 Evangelio según San Lucas 15,1-10.

Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo.
Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: "Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos".

Jesús les dijo entonces esta parábola:

"Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla?

Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría,
y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: "Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido".

Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse".

Y les dijo también: "Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla?

Y cuando la encuentra, llama a sus amigas y vecinas, y les dice: "Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que se me había perdido".

Les aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte".

miércoles, 4 de noviembre de 2015

“En la familia se aprende y se vive el amor y el perdón mutuo”. Catequesis del Papa

En su catequesis de la audiencia general que el Papa Francisco celebró el primer  miércoles de noviembre en la Plaza de San Pedro, y en la que participaron varios miles de fieles y peregrinos de numerosos países, el Obispo de Roma se refirió a la familia como ámbito en el que aprender a vivir el don y el perdón recíproco, sin el cual ningún amor puede ser duradero.

Hablando en italiano Francisco recordó ante todo que la reciente Asamblea del Sínodo de los Obispos reflexionó a fondo sobre la vocación y la misión de la familia en la vida de la Iglesia y de la sociedad contemporánea.

El Santo Padre afirmó que se trató de un evento de gracia, al término del cual los Padres Sinodales le entregaron el texto que contiene sus conclusiones. Texto que, como dijo elPontífice, ha querido que se publicara para hacer partícipes a todos del trabajo de dos años sobre este tema. Y añadió que él mismo debe meditar aún sobre sus conclusiones.

Sin embargo, teniendo en cuenta que mientras tanto la vida no se detiene, y de modo especial la vida de las familias, que están siempre en camino y que sieguen escribiendo continuamente en las páginas de la vida concreta la belleza del Evangelio en su propio ámbito, Francisco dijo a los presentes: “En un mundo que a veces se vuelve árido de vida y de amor, ustedes cada día hablan del gran don que son el matrimonio y la familia”.

Por esta razón, el Papa dedicó su catequesis a subrayar este aspecto, a saber, que la familia es una gran palestra de entrenamiento al don y al perdón recíproco, sin el cual ningún amor puede durar mucho tiempo.

Entre otros aspectos, el Santo Padre destacó que no es posible vivir sin perdonarse las recíprocas equivocaciones debidas a la fragilidad humana,  y volvió a destacar que el secreto para que la familia se vuelva cada vez más sólida, para curar las heridas, reside, precisamente, en no permitir que concluya la jornada sin pedir disculpas, sin que los esposos, los padres y los hijos hagan las paces. De manera que si aprendemos a vivir de este modo en la familia, lo haremos también afuera y por doquier.

Del Sínodo el Pontífice dijo que reavivó nuestra esperanza sobre el hecho de que forma parte de la vocación y de la misión de la familia la capacidad de perdonar y de perdonarse, porque la práctica del perdón no sólo salva a las familias de la división, sino que las hace capaces de ayudar a la sociedad a ser menos mala y cruel.

Y concluyó afirmando que verdaderamente las familias cristianas pueden hacer mucho por la sociedad de hoy y por la Iglesia. “Por esta razón – dijo el Papa – deseo que en el Jubileo de la Misericordia las familias redescubran el tesoro del perdón recíproco”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).


martes, 3 de noviembre de 2015

Jesús se fió de Judas

El último escándalo, que ha saltado por los aires en el Vaticano, hace temblar a quienes se fían del papa. De la misma manera y en la misma medida en que hace disfrutar a los que no quieren ver ni en pintura al papa Francisco. Y para que no le falte ningún matiz de interés a esta macabra historia, hay quienes aseguran que los mismos que llevaron a Benedicto XVI a la renuncia de su cargo, terminarán mandando a la Patagonia al papa Bergoglio.
Yo no sé si el actual obispo de Roma está o no está acertado en el nombramiento de los cargos de confianza para el buen gobierno de la Iglesia. Lo que sí sé con seguridad es que, en la ya larga historia del cristianismo, el primer desorientado, en esto de nombrar cargos de confianza para el dinero, fue Jesús de Nazaret. O sea, que el origen de los desaciertos - en el espinoso asunto de la economía - empezó pronto en la Iglesia.
La cosa empezó el día que Jesús escogió a los doce apóstoles. Y sabemos que entre ellos ya había un traidor. Era Judas. De este hombre, se pensó, durante mucho tiempo, que entregó a Jesús porque no estaba de acuerdo con la bondad y el perdón que predicaba el Nazareno. Judas, se ha dicho mil veces, pertenecía a los “zelotas”, los revolucionarios de aquel tiempo, que querían, a toda costa, echar a los romanos de Palestina y ser ellos los liberadores de la opresión que soportaba el sufrido pueblo. Estas ideas estaban de moda en los años 60 del siglo pasado. Por eso, Paris se quedó pasmada el día que, en 1969, Oscar Cullmann pronunció en la Sorbona su famosa conferencia:”Jesús y los revolucionarios de su tiempo”.
Hoy sabemos que todo aquello no pasó de ser un alarde de imaginación. Ni en tiempo de Jesús había “zelotas”. Ni lo de “Iscariote” tiene que ver nada con “sicario”. Ni Judas fue el primer revolucionario político en la historia del cristianismo. El asunto es más simple. Y tiene más que ver con lo que pasa ahora por todas partes. Judas “era un ladrón” (Jn 12, 6).Un ladrón que se las daba de “socialista”, que se escandalizó cuando una buena mujer, María, “tomando una libra de perfume de nardo auténtico de mucho precio, le ungió los pies a JesúsA (Jn 12, 3). Judas se puso entonces a defender a los pobres. Como si los pobres le importaran a él. Cuando, en realidad, lo que le importaba era el dinero que, como encargado de la bolsa, sacaba de ella, para su propio provecho. Por eso, cuando llegó el momento oportuno, se fue derecho a los sumos sacerdotes y les hizo la propuesta: “¿Cuánto estáis dispuestos a darme si os lo entrego?” (Mt 26, 15). Judas preparó el negocio. Pero quería “la mordida”. Como se sigue haciendo hasta el día de hoy. Y todo terminó como sabemos: injusticia, muerte y suicidio.

¿Y ahora nos llevamos las manos a la cabeza y aplaudimos al traidor o pensamos que se nos hunde el papa que tenemos? Ni un traidor hunde al papa, ni cuatro fanáticos del templo se van a salir con las suyas. Lo de Jesús es mucho más profundo y tiene un recorrido que no imaginamos. Por eso, lo que hace falta de verdad no es que Francisco se hunda o Francisco acierte. Lo que hace falta es que tomemos en serio el Evangelio, que es lo que quiere Francisco. Y los que sobran son los curas, que ahora como los sacerdotes de entonces, lo que quieren es la ganancia y vivir a sus anchas

Homilía del Papa: Mirándolo a Él, creyendo en Él, somos salvados por Él

“Hoy recordamos a los hermanos Cardenales y Obispos fallecidos en el curso de este año. En esta
tierra han amado a la Iglesia, su esposa, y nosotros rezamos para que en Dios puedan gozar de la alegría plena, en la comunión de los santos”.

Con estas palabras el Papa Francisco comenzó su homilía de la Santa Misa celebrada, el primer martes de noviembre en la Basílica Vaticana, que como todos los años se lleva a cabo en sufragio de los Cardenales y Obispos fallecidos durante los últimos doce meses.

El Obispo de Roma invitó a repensar “con gratitud también en la vocación de estos Ministros sagrados, tal como lo indica la misma palabra que hace referencia – dijo – a la acción de administrar, es decir servir. Y añadió que mientras pedimos para ellos el premio prometido a los “siervos buenos y fieles”, estamos llamados a renovar la elección de servir en la Iglesia:

“Nos lo pide el Señor, quien como un siervo lavó los pies a sus discípulos más estrechos, para que como hizo Él lo hagamos también nosotros”.  Dios – dijo el Papa Bergoglio – fue el primero que nos ha servido. El ministro Jesús, venido para servir y no para ser servido, no puede dejar de ser, a su vez, un Pastor dispuesto a dar la vida por las ovejas. Y añadió que “quien sirve y da, parece un perdedor ante los ojos del mundo”. Pero en realidad, “precisamente perdiendo la vida, la encuentra – prosiguió diciendo Francisco – porque una vida que se despoja de sí misma, perdiéndose en el amor, imita a Cristo: vence la muerte y da vida al mundo. Quien sirve, salva. Al contrario, quien no vive para servir, no sirve para vivir”.

En su homilía Francisco destacó que el Evangelio nos recuerda precisamente esto, que “Dios ha amado tanto al mundo”, como dice Jesús. Y afirmó que se trata, verdaderamente, de un amor tan concreto, tan concreto que ha tomado sobre sí nuestra muerte. Y que para salvaros, nos ha alcanzado allí donde nosotros habíamos ido a parar, alejándonos de Dios dador de vida: en la muerte, en un sepulcro sin salida. Y añadió: “Es éste el abajamiento que el Hijo de Dios ha  realizado, inclinándose como un siervo hacia nosotros para asumir todo lo que es nuestro, hasta abrirnos de par en par las puertas de la vida”.

Después de recordar que en el Evangelio Cristo se compara con la “serpiente elevada”, imagen que remite al episodio de las serpientes venenosas que en el desierto atacaban al pueblo en camino; el Santo Padre prosiguió destacando que los israelitas mordidos por la serpiente no morían si miraban a la serpiente de bronce que Moisés, por orden de Dios, había colocado sobre un asta. De modo que una serpiente salvaba de las serpientes. A lo que Francisco añadió: “La misma lógica está presente en la cruz, a la que Cristo se refiere hablando con Nicodemo. Su muerte nos salva de nuestra muerte”.

Y al destacar que en el desierto las serpientes procuraban una muerte dolorosa, precedida por el miedo y causada por las dentelladas venenosas, Francisco agregó que también ante nuestros ojos la muerte se presenta oscura y angustiante. “Así como la experimentamos – dijo recordando cuanto se lee en la Escritura –  ha entrado en el mundo por envidia del diablo. Pero Jesús no ha escapado de ella, sino que la ha tomado plenamente sobre sí, con todas sus contradicciones. Mientras ahora nosotros – prosiguió – “mirándolo a Él, creyendo en Él, somos salvados por Él”.

“Este estilo de Dios, que nos salva sirviéndonos y anonadándose, tiene mucho que enseñarnos. Nosotros esperaríamos una victoria divina triunfante; Jesús, en cambio, nos muestra una victoria humildísima. Levantado sobre la cruz, deja que el mal y la muerte se vuelquen contra Él, mientras sigue amando. Para nosotros es difícil aceptar esta realidad”.

El Papa Francisco concluyó su homilía destacando que se trata de un misterio, de esta extraordinaria humildad, cuyo secreto está en la fuerza del amor. Por esta razón – añadió – en la Pascua de Jesús vemos junto a la muerte su remedio, lo cual es posible gracias al gran amor con que Dios nos ha amado, gracias al amor humilde que se abaja para el servicio que sabe asumir la condición del siervo.
“Mientras ofrecemos esta Misa por nuestros queridos hermanos Cardenales y Obispos – dijo el Papa Francisco al concluir su homilía – pedimos para nosotros aquello a lo que nos exhorta el apóstol Pablo, a saber: dirigir el pensamiento a las cosas de allá arriba, no a las de la tierra; al amor de Dios y al prójimo, más que a nuestras necesidades”.

“Que sea suficiente para nuestra vida la Pascua del Señor, para estar libres de los afanes de las cosas +efímeras, que pasan y se desvanecen en la nada. Que nos baste Él, en quien están la vida, la salvación, la resurrección y la alegría. Entonces seremos siervos según su corazón: no funcionarios que prestan servicio, sino hijos que dan la vida por el mundo”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).



lunes, 2 de noviembre de 2015

Vida para los muertos

Días de los Santos y Difuntos. Recuerdo y amor para nuestros muertos. Oración en la esperanza de quienes nos sabemos mortales

MI ADIÓS A LO QUE MUERE
Escribo para dar
mi adiós a lo que muere.
Pero Tú eres eterno. Agárrame mi nada.
Toma mis manos
y tomarás mi muerte entre las tuyas.
Morir
será abrir más los ojos
y negarme a la nada por el Todo.
Colgado del vacío de los años
estoy cayendo ya sobre tus hombros
casi apoyando en ti mi propia muerte.
Lo dejo todo. Tú eres
mi Dios, mi misteriosa herencia,
mi suelo, Vida mía, Vida
eterna.
Jesús Mauleón

CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS. PAPA FRANCISCO 2014

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Ayer celebramos la solemnidad de Todos los santos, y hoy la liturgia nos invita a conmemorar a los fieles difuntos. Estas dos celebraciones están íntimamente unidas entre sí, como la alegría y las lágrimas encuentran en Jesucristo una síntesis que es fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza.

En efecto, por una parte la Iglesia, peregrina en la historia, se alegra por la intercesión de los santos y los beatos que la sostienen en la misión de anunciar el Evangelio; por otra, ella, como Jesús, comparte el llanto de quien sufre la separación de sus seres queridos, y como Él y gracias a Él, hace resonar su acción de gracias al Padre que nos ha liberado del dominio del pecado y de la muerte.

Entre ayer y hoy muchos visitan el cementerio, que, como dice esta misma palabra, es el «lugar del descanso» en espera del despertar final. Es hermoso pensar que será Jesús mismo quien nos despierte. Jesús mismo reveló que la muerte del cuerpo es como un sueño del cual Él nos despierta. Con esta fe nos detenemos —también espiritualmente— ante las tumbas de nuestros seres queridos, de cuantos nos quisieron y nos hicieron bien. Pero hoy estamos llamados a recordar a todos, incluso a aquellos a quien nadie recuerda. Recordamos a las víctimas de las guerras y de la violencia; a tantos «pequeños» del mundo abrumados por el hambre y la miseria; recordamos a los anónimos, que descansan en el osario común. Recordamos a los hermanos y a las hermanas asesinados por ser cristianos; y a cuantos sacrificaron su vida para servir a los demás. Encomendamos especialmente al Señor a cuantos nos dejaron durante este último año.

La tradición de la Iglesia siempre ha exhortado a rezar por los difuntos, en particular ofreciendo por ellos la celebración eucarística: es la mejor ayuda espiritual que podemos dar a sus almas, especialmente a las más abandonadas. El fundamento de la oración de sufragio se encuentra en la comunión del Cuerpo místico. Como afirma el Concilio Vaticano ii, «la Iglesia de los viadores, teniendo perfecta conciencia de la comunión que reina en todo el Cuerpo místico de Jesucristo, ya desde los primeros tiempos de la religión cristiana guardó con gran piedad la memoria de los difuntos» (Lumen gentium, 50).

El recuerdo de los difuntos, el cuidado de los sepulcros y los sufragios son testimonios de confiada esperanza, arraigada en la certeza de que la muerte no es la última palabra sobre la suerte humana, puesto que el hombre está destinado a una vida sin límites, cuya raíz y realización están en Dios. A Dios le dirigimos esta oración: 

«Dios de infinita misericordia, encomendamos a tu inmensa bondad a cuantos dejaron este mundo por la eternidad, en la que tú esperas a toda la humanidad redimida por la sangre preciosa de Cristo, tu Hijo, muerto en rescate por nuestros pecados. No tengas en cuenta, Señor, las numerosas pobrezas, miserias y debilidades humanas cuando nos presentemos ante tu tribunal a fin de ser juzgados para la felicidad o para la condena. Dirige a nosotros tu mirada piadosa, que nace de la ternura de tu corazón, y ayúdanos a caminar por la senda de una completa purificación. Que no se pierda ninguno de tus hijos en el fuego eterno del infierno, en donde no puede haber arrepentimiento. Te encomendamos, Señor, las almas de nuestros seres queridos, de las personas que murieron sin el consuelo sacramental o no tuvieron ocasión de arrepentirse ni siquiera al final de su vida. Que nadie tema encontrarse contigo después de la peregrinación terrena, con la esperanza de ser acogido en los brazos de tu infinita misericordia. Que la hermana muerte corporal nos encuentre vigilantes en la oración y cargados con todo el bien que hicimos durante nuestra breve o larga existencia. Señor, que nada nos aleje de ti en esta tierra, sino que todo y todos nos sostengan en el ardiente deseo de descansar serena y eternamente en ti. Amén» (Padre Antonio Rungi, pasionista, Oración por los difuntos).


Con esta fe en el destino supremo del hombre, nos dirigimos ahora a la Virgen, que padeció al pie de la cruz el drama de la muerte de Cristo y después participó en la alegría de su resurrección. Que ella, Puerta del cielo, nos ayude a comprender cada vez más el valor de la oración de sufragio por los difuntos. Ellos están cerca de nosotros. Que nos sostenga en la peregrinación diaria en la tierra y nos ayude a no perder jamás de vista la meta última de la vida, que es el paraíso. Y nosotros, con esta esperanza que nunca defrauda, sigamos adelante.

En la casa de mi Padre hay muchas estancias


Lectura del santo evangelio según san Juan 14, 1-6
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así; ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino. »
Tomás le dice:
-«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?»
Jesús le responde:
-«Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí.»
Palabra del Señor.

Su modo de vivir y de morir es ejemplo contagioso de fidelidad al Evangelio de Jesús, dijo el Papa en Angelus de Todos los Santos

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y buena fiesta!
En la celebración de hoy, fiesta de Todos los Santos, sentimos particularmente viva la realidad de la comunión de los santos, nuestra gran familia, formada por todos los miembros de la Iglesia, ya sea los que somos todavía peregrinos en la tierra, como aquellos inmensamente más, que ya la han dejado y se han ido al Cielo. Estamos todos unidos, todos, y esto se llama la comunión de los santos, es decir, la comunidad de todos los bautizados.
En la liturgia, el Libro del Apocalipsis se refiere una característica esencial de los santos, y dice así: ellos son personas que pertenecen totalmente a Dios. Los presenta como una multitud inmensa de “elegidos”, vestidos de blanco y marcados por el “sello de Dios” (cfr 7,2-4.9-14). Mediante este último particular, con lenguaje alegórico se subraya que los santos pertenecen a Dios en modo pleno y exclusivo, son su propiedad. Y ¿qué significa llevar el sello de Dios en la propia vida y en la propia persona? Nos lo dice también el apóstol Juan: significa que en Jesucristo nos hemos transformado verdaderamente en los hijos de Dios (cfr 1 Jn 3,1-3).
¿Somos conscientes de este gran don? ¡Todos nosotros, hijos de Dios! ¿Recordamos que en el Bautismo hemos recibido el “sello” de nuestro Padre celeste y nos hemos transformado en sus hijos? Para decirlo en modo simple: ¡llevamos el apellido de Dios! Nuestro apellido es Dios, porque somos hijos de Dios. ¡Aquí está la raíz de la vocación a la santidad!  Y los santos que hoy recordamos son precisamente aquellos que han vivido en la gracia de su Bautismo, han conservado íntegro el “sello” comportándose como hijos de Dios, tratando de imitar a Jesús; y ahora han alcanzado la meta, porque finalmente “ven a Dios así como Él es”.
Una segunda característica propia de los santos es que son ejemplos para imitar.  Pero prestemos atención, no solamente aquellos canonizados, sino  también los santos, por así decir, “de la puerta al lado” que con la gracia de Dios, se han esforzado por practicar el Evangelio en su vida ordinaria. No están canonizados. De estos santos hemos encontrado tantos también nosotros; quizás hemos tenido alguno en familia, o bien entre los amigos y los conocidos. Debemos estarles agradecidos, y sobre todo debemos estar agradecidos a Dios que nos los ha dado, que nos los puso cerca, como ejemplos vivos y contagiosos del modo de vivir y de morir en la fidelidad al Señor Jesús y a su Evangelio. Pero, ¡cuánta gente buena hemos conocido en la vida! Y conocemos. Y nosotros decimos: “esta persona es un santo”. Lo decimos, nos viene espontáneamente. Estos son los santos de “la puerta al lado”, aquellos no canonizados pero que viven con nosotros.
Imitar sus gestos de amor y de misericordia es un poco como perpetuar su presencia en este mundo. Y, en efecto, aquellos gestos evangélicos son los únicos que resisten a la destrucción de la muerte: un acto de ternura, una ayuda generosa, un tiempo dedicado a escuchar, una visita, una palabra buena, una sonrisa… Ante nuestros ojos estos gestos pueden parecer insignificantes, pero a los ojos de Dios son eternos, porque el amor y la compasión son más fuertes que la muerte.
La Virgen María, Reina de Todos los Santos, nos ayude a confiarnos más de la gracia de Dios, para caminar con impulso en el camino de la santidad. A nuestra Madre confiamos nuestro compromiso cotidiano, y le rogamos también por nuestros queridos difuntos, en la íntima esperanza de reencontrarnos un día, todos juntos, en la comunión gloriosa del Cielo.
Llamamiento por la dolorosa situación de República Centroafricana: Abrirá la Puerta Santa de la catedral de Bangui
Los dolorosos episodios que en estos últimos días han intensificado la delicada situación de la República Centroafricana, suscitan en mi ánimo viva preocupación. Hago un llamado a las partes involucradas para que se ponga fin a este ciclo de violencias. Estoy espiritualmente cercano a los Padres Combonianos de la parroquia Nuestra Señora de Fátima en Bangui, que acogen numerosos refugiados. Expreso mi solidaridad a la Iglesia, a las otras confesiones religiosas y a la entera nación Centroafricana, tan duramente extenuada mientras realizan todo tipo de esfuerzo para superar las divisiones y retomar el camino de la paz. Para manifestar la cercanía orante de toda la Iglesia a esta nación tan afligida y atormentada y exhortar a todos los centroafricanos a ser siempre más testigos de misericordia y de reconciliación, el domingo 29 de noviembre tengo intención de abrir la puerta santa de la catedral de Bangui, durante el Viaje Apostólico que espero poder realizar a aquella nación.
Palabras del Papa después de la oración del Ángelus

“Pidamos la gracia de la santidad para ser instrumentos de la misericordia de Dios”, el Papa en la Misa de Todos los Santos




En el Evangelio hemos escuchado a Jesús que enseñaba a sus discípulos y a la gente reunida sobre la colina del lago de Galilea (Cfr. Mt 5,1-12). La palabra del Señor resucitado y vivo indica también a nosotros, hoy, el camino para alcanzar la verdadera felicidad, el camino que conduce al Cielo. Es un camino difícil de comprender por qué va contra corriente, pero el Señor nos dice que quien va por este camino es feliz, tarde o temprano alcanza la felicidad.
“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. Podemos preguntarnos, ¿cómo puede ser feliz una persona pobre de corazón, cuyo único tesoro es el Reino de los cielos? Pero la razón esta propio aquí: que teniendo el corazón vacío y libre de tantas cosas mundanas, esta persona está en “espera” del Reino de los Cielos.
“Bienaventurados los que ahora lloran, porque serán consolados”. ¿Cómo pueden ser felices aquellos que lloran? Es más, quién en la vida nunca ha experimentado la tristeza, la angustia, el dolor, no conocerá jamás la fuerza de la consolación. En cambio, pueden ser felices cuantos tienen la capacidad de conmoverse, la capacidad de sentir en el corazón el dolor que hay en sus vidas y en la vida de los demás. ¡Ellos serán felices! Porque la compasiva mano de Dios Padre los consolará y los acariciará.
“Bienaventurados los mansos”. Y nosotros al contrario, ¡cuántas veces somos impacientes, nerviosos, siempre listos a lamentarnos! Hacia los demás tenemos tantas pretensiones, pero cuando nos tocan, reaccionamos alzando la voz, como si fuéramos dueños del mundo, mientras que en realidad todos somos hijos de Dios. En cambio, pensemos en aquellas mamas y en aquellos papas que son tan pacientes con sus hijos, que “los hacen enloquecer”. Este es el camino del Señor: el camino de la humidad y de la paciencia. Jesús ha recorrido este camino: desde pequeño ha soportado la persecución y el exilio; y después, de adulto, las calumnias, los engaños, las falsas acusaciones en los tribunales; y todo lo ha soportado con humildad. Ha soportado por amor a nosotros incluso la cruz.

“Bienaventurados los que tiene hambre y sed de justicia, porque serán saciados”. Si, aquellos que tienen un fuerte sentido de la justicia, y no solo hacia los demás, sino sobre todo hacia ellos mismos, estos serán saciados, porque están listos para recibir la justicia más grande, aquella que solo Dios puede dar.
Y luego, “bienaventurados los misericordiosos, porque encontraran misericordia”. Felices los que saben perdonar, que tiene misericordia por los demás, que no juzgan todo ni a todos, sino que buscan ponerse en el lugar de los otros. El perdón es la cosa de lo cual todos tenemos necesidad, nadie está excluido. Por eso al inicio de la Misa nos reconocemos por aquello que somos, es decir pecadores. Y no es un modo de decir, una formalidad: es un acto de verdad. “Señor, aquí estoy, ten piedad de mi”. Y si sabemos dar a los demás el perdón que pedimos para nosotros, somos bienaventurados. Como decimos en el “Padre Nuestro”: Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
“Bienaventurados los constructores de paz, porque serán llamados hijos de Dios”. Miremos el rostro de aquellos que van por ahí sembrando cizaña: ¿son felices? Aquellos que buscan siempre la ocasión para engañar, para aprovecharse de los demás, ¿son felices? No, no pueden ser felices. En cambio, aquellos que cada día, con paciencia, buscan sembrar la paz, son artesanos de paz, de reconciliación, ellos son bienaventurados, porque son verdaderos hijos de nuestro Padre del Cielo, que siembra siempre y solo paz, al punto que ha enviado al mundo su Hijo como semilla de paz para la humanidad.
Queridos hermanos y hermanas, este es el camino de la santidad, y es el mismo camino de la felicidad. Es el camino que ha recorrido Jesús, es más, es Él mismo este camino: quien camina con Él y pasa a través de Él entra en la vida, en la vida eterna. Pidamos al Señor la gracia de ser personas sencillas y humildes, la gracia de saber llorar, la gracia de ser humildes, la gracia de trabajar por la justicia y la paz, y sobre todo la gracia de dejarnos perdonar por Dios para convertirnos en instrumentos de su misericordia.
Así han hecho los Santos, que nos han precedido en la patria celestial. Ellos nos acompañan en nuestra peregrinación terrena, nos animan a ir adelante. Su intercesión nos ayude a caminar en la vía de Jesús, y obtenga la felicidad eterna para nuestros hermanos y hermanas difuntos, para los que ofrecemos esta Misa. Así sea.
(Traducción del italiano, Renato Martinez - Radio Vaticana)

domingo, 1 de noviembre de 2015

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

Bienaventurados
A los santos los llamamos “bienaventurados”, y el Sermón del Monte que pronunció Jesús es una referencia evangélica para cuantos desean unirse a la larga procesión de los que, vestidos con túnicas blancas, siguen al Cordero, a Cristo glorioso.
A veces el texto del evangelista san Mateo se emplea para dictaminar quiénes son entre nosotros los justos, y quiénes los que se apartan del canon evangélico, recurso indebido, pues no nos pertenece juzgar a nadie, ni siquiera a nosotros mismos.
Sin duda que cada uno de los títulos por los que a algunos Dios los llamará “benditos”, se pueden aplicar a Jesucristo. Él es el Santo, el Bendito, el que nos ha mirado con corazón limpio, y se ha despojado de su rango, tomando la condición humilde de nuestra naturaleza. Jesús de Nazaret es el manso, el pacífico. Él ha padecido el juicio injusto, y ha sido perseguido hasta el extremo de ser condenado a muerte.
En Jesucristo tenemos el modelo de santidad, y es Él quien nos produce la sana emulación cuando nos invita al seguimiento, a tomar nuestra cruz y a ir detrás de Él, no como adeptos, sino como discípulos y verdaderos amigos suyos.
La santidad es una vocación bautismal, y a la vez un fruto por haber vivido la misericordia. En otro lugar del mismo Evangelio de san Mateo, se nos ofrece el veredicto divino, que eleva a bienaventurados a todos los que han practicado la misericordia con sus prójimos, aunque no lo hayan hecho por ser bautizados.
Si el verdaderamente Bendito es Jesucristo, también es el Misericordioso. En Él se nos revela el rostro de la misericordia divina. Quienes deseen seguir al Señor como discípulos y amigos suyos, tienen en las “Bienaventuranzas”, y en las “Obras de Misericordia” el código que deben seguir.
Tú y yo tenemos la llamada a ser felices, dichosos, y el Evangelio nos revela la forma de serlo ya en esta vida, de forma paradójica, porque los que pierden, ganan; los que lloran, reirán; los que se dan y se niegan a sí mismo por amor, se afirman. La prueba la tenemos en el Crucificado, Resucitado.
Una pauta para vivir la vocación esencial cristiana es creer en la persona de Jesucristo por habernos encontrado con Él, mantenernos confiados en su Palabra, y entregados al bien hacer por amor.

Y hoy, además, felicidades, porque también es tu santo, tu fiesta.
Ángel Moreno de Buenafuente

El evangelio propone un camino de felicidad

1. Un estilo de vida. Ser pobre o caminar en la lógica del don; saliendo de la propia tierra y tendiendo la mano al otro en quien percibimos la presencia de Dios. Sufrir por amor hacia el otro herido en su dignidad como persona por la miseria, el abandono, la injusticia o el desprecio. Dichosos los que lloran en las desgracias y las humillaciones de la vida, porque Dios está con ellos amándolos y, ocurra lo que ocurra, mantendrán la confianza. Felices los misericordiosos por que la compasión y el compromiso por liberar a los otros de sus dolencias y marginación manifiestan que Dios misericordioso está y actúa en ellos.
Dichosos los limpios de corazón -los que no son hipócritas sino consecuentes con lo que creen- porque siguen la conducta de Jesucristo, testigo fiel de Dios. Dichosos los que construyen la paz en sus familias, en su trabajo y en la sociedad, porque están colaborando al proyecto de un mundo fraterno que anhelamos todos en el fondo de nuestros corazones. Felices los perseguidos porque se comprometen de verdad en establecer una sociedad más justa donde todas las personas puedan tener una vida digna y satisfacer sus derechos fundamentales.
2. Una forma de vivir, no prioritariamente a cumplimiento de prácticas religiosas. No quiere decir que éstas carezcan de sentido, sino que deben ser expresión y ayuda para fomentar y mantener una conducta. En la conducta histórica de Jesús encontramos gestos sacramentales; por ejemplo comidas con los pobres, la última cena, lavar los pies a sus discípulos; esos gestos eran significativos porque manifestaban y ratificaban el talante que caracterizó a dicha conducta: movido a compasión, fue pobre, curó enfermos, derribó muros de separación, defendió la dignidad de todos, y por esa causa entregó su propia vida. En las canonizaciones de santos, la Iglesia quiere resaltar ejemplos de mujeres y de hombres que intentaron recrear en su propia vida la conducta de Jesús.
3. Jesucristo es Palabra que a todo ser humano ilumina. Son innumerables las personas, religiosas o no, que ignorando sin culpa el evangelio y la Iglesia, buscan a Dios con un corazón sincero y siguiendo el dictamen de su conciencia tratan de ser honradas, construir un mundo en paz y en justicia. Procediendo en la lógica del amor y de la gratuidad también son testigos de Dios revelado en Jesucristo, "Padre misericordioso" que a todos y a todo da vida y aliento. La Iglesia es el signo e instrumento de esa unión íntima con Dios que une a toda la humanidad, y va tomando cuerpo en la historia. Los santos ya no caben en el calendario y por eso celebramos con alegría la fiesta de "todos los santos.

Jesús Espeja 

Creer en el cielo

En esta fiesta cristiana de «Todos los Santos», quiero decir cómo entiendo y trato de vivir algunos rasgos de mi fe en la vida eterna. Quienes conocen y siguen a Jesucristo me entenderán. Creer en el cielo es para mí resistirme a aceptar que la vida de todos y de cada uno de nosotros es solo un pequeño paréntesis entre dos inmensos vacíos. Apoyándome en Jesús, intuyo, presiento, deseo y creo que Dios está conduciendo hacia su verdadera plenitud el deseo de vida, de justicia y de paz que se encierra en la creación y en el corazón da la humanidad.

Creer en el cielo es para mí rebelarme con todas mis fuerzas a que esa inmensa mayoría de hombres, mujeres y niños, que solo han conocido en esta vida miseria, hambre, humillación y sufrimientos, quede enterrada para siempre en el olvido. Confiando en Jesús, creo en una vida donde ya no habrá pobreza ni dolor, nadie estará triste, nadie tendrá que llorar. Por fin podré ver a los que vienen en las pateras llegar a su verdadera patria.

Creer en el cielo es para mí acercarme con esperanza a tantas personas sin salud, enfermos crónicos, minusválidos físicos y psíquicos, personas hundidas en la depresión y la angustia, cansadas de vivir y de luchar. Siguiendo a Jesús, creo que un día conocerán lo que es vivir con paz y salud total. Escucharán las palabras del Padre: Entra para siempre en el gozo de tu Señor.

No me resigno a que Dios sea para siempre un «Dios oculto», del que no podamos conocer jamás su mirada, su ternura y sus abrazos. No me puedo hacer a la idea de no encontrarme nunca con Jesús. No me resigno a que tantos esfuerzos por un mundo más humano y dichoso se pierdan en el vacío. Quiero que un día los últimos sean los primeros y que las prostitutas nos precedan. Quiero conocer a los verdaderos santos de todas las religiones y todos los ateísmos, los que vivieron amando en el anonimato y sin esperar nada.

Un día podremos escuchar estas increíbles palabras que el Apocalipsis pone en boca de Dios: «Al que tenga sed, yo le daré a beber gratis de la fuente de la vida». ¡Gratis! Sin merecerlo. Así saciará Dios la sed de vida que hay en nosotros.

José Antonio Pagola

Bienaventuranzas


Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 1-12a

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles:

- «Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.

Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.

Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios.

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.»

Palabra del Señor.