miércoles, 29 de julio de 2015

Ofrecer la vida, elegir el amor

En 1895, Teresa de Lisieux tomó una decisión importante que iba a afectar a su propia vida pero, también, a su mundo más próximo, a sus hermanas de comunidad. Una decisión que, finalmente y de modo insospechado para ella, iba a traspasar los muros de su convento, las fronteras de la cristiandad de su Francia natal e incluso los límites de la Iglesia Católica.
Parece desproporcionado y, sin embargo, es real. No hay nada que tenga más fuerza que una vida entregada, una vida hecha de tiempo y carne, de gestos concretos y esfuerzo, de elecciones cotidianas y opciones trabajadas. Teresa decidió ofrecer lo más valioso que tenía: a sí misma, su propia vida y regalárselo a la misericordia o, como decía ella, al «amor misericordioso de Dios», para que la repartiera.
No ocultó las muchas batallas que libró consigo misma para que el sí que daba, fuera un sí con toda su vida. Y, en cambio, intuyó que vivir de ese modo, cogida por el amor y entregada a él, era formar parte de una onda expansiva que no tenía límites.
Tenía experiencia de la misericordia, de lo que es capaz de despertar la bondad divina en los seres humanos. De cómo mueve y transforma, y de cómo cura, porque Teresa había permitido que la misericordia labrase su interior y había aceptado la purificación continua del amor, al elegir la gratuidad como su modo de ser en el mundo.
Su propia vida le decía que el amor es lo que hace dignos a los seres humanos y lo único que los hace santos al modo del único santo: Jesús. Por eso, escribía: «Sé también que el fuego del amor tiene mayor fuerza santificadora que el del purgatorio. Sé que Jesús no puede desear para nosotros sufrimientos inútiles».
Así es como Teresa tomó la decisión de ofrecer su vida: desde la experiencia del desproporcionado amor de Dios. Hablando a Jesús, decía: «Déjame que te diga que tu amor llega hasta la locura... ¿Cómo quieres que, ante esa locura, mi corazón no se lance hacia ti? ¿Cómo va a conocer límites mi confianza...?».
Esa confianza le dio alas para comprometer toda su vida, para poder decir: hago «ofrenda de mí misma», una ofrenda de amor. Teresa había comprendido que lo único que agrada a Dios es el amor, que ese es su modo de comunicarse y el camino humano para unirse a Él. Por eso, escribía dirigiéndose a Dios: «Creo que te sentirías feliz si no tuvieses que reprimir las oleadas de infinita ternura que hay en ti».
Quien vive con un Dios así, que –como decía Juan de la Cruz– «el lenguaje que más oye solo es el callado amor», entiende que aprender esa lengua es el camino de vida verdadera. Desde esa experiencia, escribirá Teresa: «No quiero acumular méritos para el cielo, quiero trabajar solo por tu amor».
Esa es la ofrenda que hace ella: elegir cada día el amor. Y entiende que hay que elegirlo allí donde uno se encuentra y haciendo lo que tiene a mano, en vez de soñar con lo que no está al alcance. Por eso, le habla a su hermana Celina de amar buscando «pequeñas ocasiones, naderías que agradan a Jesús… una sonrisa, una palabra amable cuando tendría ganas de callarme o de mostrar un semblante enojado».
Teresa llevó al extremo el amor que sentía por Jesús, dándole concreción en su vida. Eligió ser amable, es decir, hacer agradable la vida, facilitar las cosas, mostrar afecto, colaborar abiertamente con todos los que le rodeaban pero, especialmente, con aquellas personas que no podían devolverle la amabilidad. Prefirió estar con «los pobres, los lisiados, los ciegos y los paralíticos» de los que hablaba Jesús, con aquellos que tenían carencias poco agradables y no podían «pagar» su afecto.
Por todo esto –y más que desvela una lectura profunda del mismo–, el «acto de ofrenda al amor misericordioso» que escribe Teresa, dos años antes de morir, es un testamento de amor y una confesión de fe en el Dios entrañable del que hablaba Jesús.
Solo a ese Dios podía Teresa entregar su vida, sabiendo que Él la uniría a la suya, entregada por todos. Solo a ese Dios podía decirle: «Quiero, Amado mío, renovarte esta ofrenda con cada latido de mi corazón y un número infinito de veces, hasta que las sombras se desvanezcan y pueda yo decirte mi amor en un cara a cara eterno».

 Religión digital

“No tengan miedo al matrimonio, Cristo los acompaña con su gracia”. Mons. Paglia comenta el Tweet del Papa

Queridos jóvenes, no tengan miedo del matrimonio: Cristo acompaña con su gracia a los esposos que permanecen unidos a él”. Escribe esta mañana el Papa Francisco en su cuenta oficial de Twitter @Pontifex, seguido por más de 22 millones de usuarios en todo el mundo. Sobre la exhortación del Santo Padre a los jóvenes de hoy y a menos de tres meses del inicio del Sínodo sobre la Familia, el Presidente del Pontificio Consejo para la Familia, el Arzobispo Vincenzo Paglia, explica las palabras del Pontífice ante los micrófonos de Radio Vaticano, el servicio es de nuestro compañero Alessandro Gisotti.
R.- Como muchas veces sucede, el Papa Francisco ha acertado. Todos nosotros, en proximidad del Sínodo, sabemos cuántos problemas giran alrededor de este tema del matrimonio, de la familia. Pero el núcleo de fondo es exactamente este: lamentablemente muchos jóvenes tienen miedo de casarse, no porque ellos sean – como decir – peores de ayer, ¡absolutamente no! Existe una cultura que induce a tener miedo, que provoca este desconcierto sobre las decisiones definitivas por lo cual es fácil retroceder. El Papa Francisco repite a los jóvenes hoy: “!NO tengan miedo!”. Es interesante ver que esta afirmación se repite en la Biblia 365 veces, una al día. Entonces, diría que esta insistencia cotidiana debe ser el coro que debe resonar en el corazón y en la mente de los jóvenes porque – de verdad – si se está unido a Jesús, el matrimonio, la unión para siempre, logra dar esta estabilidad que en cambio una sociedad demasiado liquida lo impide.
P.- Es muy bello que el Papa Francisco utilice el tweet, para animar a los jóvenes, es decir una “modalidad joven” que viene justamente usada por la juventud, entonces es una modalidad para conectarse con quienes escuchan.
R.- Si justamente, en este sentido todavía una vez más se percibe a un Papa que sale de los esquemas ordinarios, un poco pomposos y solemnes para hacerse cercano a todos. En definitiva, el Papa Francisco cuando nos pide “salir” no lo dice solo en palabras, lo dice también con los hechos y también con este pequeño y extraordinario medio que es el tweet, que de todos modos logra tocar un poco la mente y el corazón. ¡Esperamos de verdad que llegue al corazón con este tweet!
P.- ¿Qué cosa puede hacer la Iglesia para evidenciar la belleza del matrimonio en un periodo en el cual, tal vez la cultura muestra más los peligros y las dificultades de formar una familia?
R.- Sí, creo yo que la Iglesia tiene un tesoro en este campo: un tesoro espiritual, humanístico, de una increíble riqueza. Pienso que sea poco conocido y tal vez también olvidado. Hoy se tiene necesidad de sacarlo fuera, y representar el matrimonio y la familia no como una opción simplemente por sí misma, sino como el modo para cambiar el mundo. El matrimonio y la familia no es una opción cerrada en el círculo de los propios afectos: es una opción para la sociedad, para el mundo.
(Renato Martinez - RV)


"Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en Mí, aunque hubiere muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en Mí no morirá para siempre".

En el episodio de Betania. Lágrimas derramadas por las hermanas Marta y María junto a su hermano Lázaro, muerto y puesto ya hace cuatro días en la sepultura. También Jesús llora. Pero de aquellas lágrimas del Amigo Divino saltan destellos de victoria, que son el primer anuncio del misterio de la Pascua.

¡Oh, qué palabras las que se dijeron Jesús y Marta! La seguridad de la Resurrección y de la vida garantizada a la humanidad redimida toda entera por virtud de la sangre de Cristo.

"Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en Mí, aunque hubiere muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en Mí no morirá para siempre". 

En realidad, la Pascua —cuyo anuncio solemne tuvo lugar en Betania— está toda aquí: celebración perenne y renovada del misterio de Cristo, Rey glorioso e inmortal de los pueblos y de los siglos, consuelo y alimento para toda la humanidad, por Él redimida y reservada al triunfo de sus destinos eternos, y también a los triunfos pacíficos dentro de la humana convivencia y de la ordenada prosperidad sobre la Tierra.


MENSAJE PASCUAL DE SU SANTIDAD JUAN XXIII .

La resurrección de Lázaro. San Agustín

Este relato del evangelio se ha hecho tan célebre por ser tan grande milagro, que ni aun infiel hay que no haya oído hablar de la resurrección de Lázaro; ¿cuánto más conocido no será de los fieles, cuando ni los infieles han podido ignorarlo? Y, sin embargo, cuando se lee, el alma parece como que asiste a una escena siempre nueva. No está fuera de lo razonable que repitamos nosotros lo que solemos decir sobre la resurrección esta; ni debe daros fastidio, me parece, lo que yo diga; al fin, más veces oís leerlo que comentarlo; porque, si acontece leerlo fuera de un sábado o de un domingo, no se predica. Lo digo para que no torzáis el rostro ahora que vamos a decir algo, ni salga nadie con un «Ya otras veces dijo eso»; también lo ha leído el diácono más veces, y lo habéis oído con gusto. Atención, pues.

 Enséñanos el santo evangelio haber Jesucristo resucitado tres muertos: a la hija del príncipe de la sinagoga, pues, habiéndosele dicho que se hallaba enferma de gravedad, fue a su casa, donde la encontró muerta; le dijo: Muchacha, levántate; yo te lo mando, y se levantó.
Otro es un joven llevado ya fuera de las puertas de la ciudad y amargamente llorado por su madre viuda; él lo vio, mandó que se detuviesen los que le llevaban y dijo: Joven, levántate; yo te lo mando; y el muerto se sentó y comenzó a hablar, y se le devolvió a su madre.

El tercero es este Lázaro al que acabamos de ver con los ojos de la fe muriendo y resucitando en virtud de un prodigio mucho mayor que los anteriores y blanco de una gracia extraordinaria, pues llevaba cuatro días muerto y ya hedía; con todo, fue resucitado.

¿Qué significan estos tres muertos? Algo, sin duda; los milagros del Señor son palabras de sentido misterioso. Tres géneros de muerte hallamos en los pecados de los hombres. Traed a la memoria estos tres muertos. Había primeramente muerto aquella doncella en su casa; aún no había sido alzado su cadáver; al joven habíanle sacado fuera de las puertas de la ciudad; Lázaro ya estaba sepultado y oprimido bajo la mole de piedra. ¿Cuáles son, pues, los tres géneros de muerte que hay en los pecados? 
Digo: si uno consintió en su corazón el mal deseo, resolviendo ceder a la suavidad de sus halagos, está ya muerto. Nadie lo sabe, aún no fue sacado fuera; es muerte secreta, en su casa, en su cuarto; pero muerte. Nadie diga que no cometió adulterio si determinó cometerle; si ha consentido a la delectación que le impulsaba blandamente a cometerlo, ya lo cometió; él es adúltero, ella casta. Preguntad a Dios, y él os responderá sobre esta muerte doméstica, interior, de la muerte en el lecho, lechos de los que leemos: Compungíos en el silencio de vuestros lechos de las cosas que andáis meditando en vuestros corazones. Oye la sentencia del resucitador en punto a este morir: Quien a una mujer casada mira para desearla, adulteró ya con ella en su corazón, si bien no llevó aún a efecto la fornicación corporal. Más a las veces le mira el Señor, y se arrepiente de haber determinado hacerlo, de haber consentido; en su lecho ha muerto y en su lecho resucita.


Pero, si ejecuta lo pensado, ya la muerte se puso en marcha, ya salió fuera; mas por el arrepentimiento se le da fin, y el muerto llevado a enterrar es devuelto a la vida. Pero si a la consumación de la obra se allega la costumbre, ya hiede y tiene encima de sí la losa de la mala costumbre; mas ni aun a éste le abandona Cristo; poderoso es para resucitarle también, aunque llora. Hemos oído, cuando se leía el evangelio, haber Cristo llorado a Lázaro. Los oprimidos por la costumbre están aprisionados, y Cristo brama para resucitarlos. Mucho, en efecto, los increpa la palabra divina, mucho les grita la Escritura, y también es mucho lo que yo grito para ser oído y felicitarme de la resurrección de este Lázaro.

Quitad, dice, la piedra, pues ¿cómo puede resucitar el consuetudinario si no se le quita el peso de la costumbre? Clamad, ligadle, acusadle, removed la piedra; cuando veáis a uno de ésos, no queráis daros tregua; es cosa trabajosa, mas el trabajo ese remueve la piedra. Aquel cuya voz traspasa los corazones sea el que grite: Lázaro, sal fuera; esto es, vive, sal del sepulcro, muda la vida, da fin a la muerte. Y el muerto salió atado con las vendas; porque, si bien el consuetudinario cesa de pecar, todavía es reo de lo pasado, y necesario es que ruegue y haga penitencia por lo hecho, no por lo que hace, pues ya no lo hace; está vivo, no lo hace, pero aún está ligado por las cosas que hizo. Luego es a los ministros de la Iglesia, por medio de los cuales se imponen las manos a los penitentes, a los que dice Cristo: Desatadle y dejadle ir. Dejadle, desatadle: Lo que desatéis en la tierra, desatado quedará en el cielo. (Quien me hubiese oído ya esto que ahora dije y lo recordaba, imagínese estar leyendo lo que entonces escribió; y quien no lo había oído, escríbalo ahora en su corazón para leerlo cuando guste.)
(San Agustín, Obras Completas, XXIII, Sermones (3º), BAC, Madrid, 1983, Pág. 270-273)



Creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios

Lectura del santo evangelio según san Juan 11, 19-27
En aquel tiempo, muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús:
-«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.»
Jesús le dijo:
-«Tu hermano resucitará.»
Marta respondió:
-«Sé que resucitará en la resurrección del último día.»
Jesús le dice:
-«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mi, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»
Ella le contestó:
-«Si, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»

Palabra del Señor

martes, 28 de julio de 2015

HACE DOS AÑOS, EL PAPA FRANCISCO EN RÍO CON LOS JÓVENES: "QUIERO QUE LA IGLESIA SALGA A LA CALLE"





Queridos amigos, falta un año para el inicio de la Jornada Mundial de la Juventud de Cracovia, en Polonia, y este domingo, después de rezar el Ángelus, el Papa Francisco fue el primero en inscribirse oficialmente en la JMJ.
Y hace dos años, el Papa Francisco participaba en la Jornada Mundial de la Juventud de Río de Janeiro 2013. Un momento especial fue el encuentro con los jóvenes argentinos en la Catedral de San Sebastián, el 25 de julio. El Papa afirmó: “Quiero que la Iglesia salga a la calle”, e invitó a los jóvenes a salir con la ya famosa expresión: "Quiero lío”.
Les ofrecemos este vídeo para recordar este momento y este deseo del Papa.
News.va

LA MESA DE LA CREACIÓN


En el ciclo “B” del Tiempo Ordinario, por ser el año en el que se proclama el evangelio de San Marcos, que es el más breve de los textos evangélicos, a partir de este domingo se leerá el capítulo sexto del evangelio de San Juan.
Las palabras de Jesús en el evangelio son a la vez llamada de atención y profecía de la situación actual, cuando les advierte a los discípulos, después de dar de comer a la multitud: -«Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie.».
El papa Francisco, quien acaba de regalarnos la comprometedora carta encíclica: “Laudato sí”, nos señala en ella: “Sabemos que se desperdicia aproximadamente un tercio de los alimentos que se producen, y « el alimento que se desecha es como si se robara de la mesa del pobre” (Francisco, Laudato Sí 50). Esta denuncia nos obliga a cada uno, y no solo a las instituciones políticas o económicas.

Escuchamos hoy la orden que da Eliseo a su criado cuando recibe la ofrenda de veinte panes de cebada: «Dáselos a la gente, que coman. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará.» Entonces el criado se los sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor. (2 Re 4, 44)”. La imagen coincide con el gesto de Jesús ante la multitud, con los cinco panes de cebada: “Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado” (Jn 6, 11). 

Deberíamos sentir por un lado, la responsabilidad sobre la administración de los bienes y por otro lado, el escándalo por la cultura del consumismo y del despilfarro, cuando tantos pasan hambre.

Al meditar la Palabra, nos tendría que invadir la compasión, como a Jesús, y movernos a introducir en nuestros hábitos, al tiempo que la austeridad, la opción de compartir, sintiendo el grito de los más pobres. “Los ojos de todos te están aguardando, tú les das la comida a su tiempo; abres tú la mano, y sacias de favores a todo viviente” (Sal 144).
Los textos bíblicos que hoy se proclaman, si los leemos en clave material tienen una dimensión social, que no deberemos obviar: hay una gran necesidad de pan en el mundo. Y también contienen una dimensión sacramental, al interpretarlos en clave eucarística, como lo hace el Papa en su encíclica: “La Eucaristía une el cielo y la tierra, abraza y penetra todo lo creado. El mundo que salió de las manos de Dios vuelve a él en feliz y plena adoración. En el Pan eucarístico, « la creación está orientada hacia la divinización, hacia las santas bodas, hacia la unificación con el Creador mismo ».167 Por eso, la Eucaristía es también fuente de luz y de motivación para nuestras preocupaciones por el ambiente, y nos orienta a ser custodios de todo lo creado” (Ls 236).

Seamos solidarios, a la vez que contemplativos. Participemos en la mesa santa, a la vez que compartimos el pan cotidiano.
Ángel Moreno de Buenafuente

Yo quiero vivir el hoy


Me decía un amigo con humor: He trabajado toda la vida con intensidad para después jubilarme y tener tiempo para los amigos, viajar a otros países, comer con calma y beber buenos vinos. Ahora ya tengo dinero y tiempo, pero con tanto trabajar he destrozado mi salud de tal manera que ya no puedo viajar, ni comer, ni beber. He tenido éxito en los negocios, pero he hecho el peor de todos los negocios con mi vida.

Esto me confirma en lo que hace unos años trato de vivir con sencillez y humildad. Vivir el presente y atender a lo cotidiano de la vida. Para ello trato de ser fiel a la vida cotidiana en todas sus manifestaciones, en la atención a cada momento y a cada persona, sin quedar absorbido por sueños y ritmos que me agitan y me sacan del día a día y de aquella persona que tengo delante de mí, sin dejarme tiempo para el encuentro en el que se rehacen las personas y las tareas.

Cada vez veo más claramente, que es una trampa trabajar para vivir bien en el futuro, sin tener, aquí y ahora, buenas relaciones con aquellas personas con las que estoy, sean familiares, amigos y amigas, personas con las que ocasional y puntualmente me encuentro, como por ejemplo aquellas con las que comparto este mes de julio en México. Ya no me dejo llevar y arrastrar con impaciencia por la agenda, pues he constatado que eso me hacer perder el tacto y la sensibilidad necesaria para estar con las personas, asumir los sucesos de cada día y vivir esperanzadamente el futuro posible, que no tanto el deseado.

Es por eso que para mí cada persona, cada encuentro, cada día… son únicos, y no leña para quemar y así alumbrar el futuro. A medida que la vida y cada detalle cobran su valor, me siento unificado en mi vida y vivo en paz y, de esta forma, puedo pasar de una situación a otra, del dolor a la risa, del trabajo al canto, porque cada segundo está situado en una corriente de vida que alimenta y unifica desde dentro los instantes, tanto los dolorosos como los alegres.

Así trato de vivir el tiempo al ritmo del evangelio en el que cada detalle cuenta: “el vaso de agua dado al servidor, el abrazo al niño que se abre paso entre los adultos para ver qué pasa, la falta de vino en una boda, el perfume de nardo en la cabeza, un hombre rico que se sube a una higuera del camino para ver al hombre del que todo el mundo habla…”

Para mí, pues, vivir el hoy, el aquí ahora, me lleva a asumir con responsabilidad y solidaridad el paso de la vida, lo que hacerme cargo de lo que me pasa cada día, asumirla responsable y solidariamente,
muy lejos de la búsqueda del disfrute y del gozo del presente, al que descaradamente se nos invita, por diversos modos y medios, en la sociedad del bullicio y el descarte.

Si quieres ejercitarte en vivir el hoy, desde la cotidianidad, te invito a participar en el encuentro, que tendrá lugar en Segovia, “Desafíos de humanización”, promovido por este servicio de Animación comunitaria por un Mundo Mejor.
Nacho. Fuente: Religión digital

El Señor es compasivo y misericordioso.

Sal 102, 6-7. 8-9. 10-11. 12-13
El Señor es compasivo y misericordioso.
El Señor hace justicia 
y defiende a todos los oprimidos; 
enseñó sus caminos a Moisés 
y sus hazañas a los hijos de Israel.
El Señor es compasivo y misericordioso.
El Señor es compasivo y misericordioso, 
lento a la ira y rico en clemencia;
no está siempre acusando 
ni guarda rencor perpetuo.
El Señor es compasivo y misericordioso.
No nos trata como merecen nuestros pecados 
ni nos paga según nuestras culpas. 
Como se levanta el cielo sobre la tierra, 
se levanta su bondad sobre sus fieles.
El Señor es compasivo y misericordioso.
Como dista el oriente del ocaso, 
así aleja de nosotros nuestros delitos. 
Como un padre siente ternura por sus hijos, 
siente el Señor ternura por sus fieles.

El Señor es compasivo y misericordioso.

Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será al fin del tiempo

Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 36-43
En aquel tiempo, Jesús dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle:
-«Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.»
Él les contestó:
-«El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles.
 
Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será al fin del tiempo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga. »

Palabra del Señor

lunes, 27 de julio de 2015

¿Políticos en actos religiosos? Depende

La profesión de fe comienza con un verbo conjugado en primera persona del singular: “yo creo”. El sujeto de este verbo es cada persona individual que recita el Credo. Porque la fe es un acto personalísimo, del que solo yo soy responsable. Nadie puede creer por mí. Ni siquiera la Iglesia. El creer es un acto, una actitud que me concierne personalmente. Sin duda, el acto de fe es también un acto eclesial, en la medida en que los otros creyentes lo recitan igual que yo. Pero aunque lo lógico sea recitar la profesión de fe en común, formando Iglesia, cada uno es responsable de la fe profesada.

De ahí que la fe tenga necesariamente que ser un acto libre. En la medida en que hay presión, en esta misma medida la fe se empequeñece o se infantiliza. Si la presión se convierte en coacción, hasta el punto de que sin esa presión yo no recitaría el Credo, la fe desaparece. El acto que estoy haciendo será cualquier cosa menos un acto de fe. Puede ser un acto social, un acto político, un acto interesado, pero no un acto de fe. Religiosamente es una pura ficción. Y la ficción es la negación de la fe.

En la España actual hay políticos no católicos que se niegan a asistir a actos religiosos en los que era habitual la presencia de las personas que representaban a las instituciones civiles. A la luz de la fe como acto personal y libre, eso debería ser lo normal. Ningún católico debería escandalizarse por la actitud de tales políticos. Cosa distinta es que un representante político considere que, por cortesía, debe asistir a algún acto religioso o cultural, ya que entre sus votantes se encuentran, sin duda, algunos de los que participan “de buena fe” en tal acto. Pero cuando el político participa por cortesía en un acto religioso no lo hace en tanto que creyente, sino como solidario con los creyentes que en el acto participan, manifestando así el respeto que le merecen todas las creencias.

Sería bueno que unos y otros tuviéramos clara esta doble dimensión, la religiosa y la social. En España es cada vez más habitual la convivencia con personas de distinta fe, de distinta religión y de distinta ideología. Si uno tiene un amigo de otra confesión cristiana o de otra religión, lo lógico, si es invitado, es que participe en aquellos actos que son significativos e importantes para su amigo (una boda, un funeral). Al hacerlo no compromete para nada su fe. Pero, desde su fe, precisamente porque es libre y personal, comprende que haya otras personas con distinta fe que merecen un respeto y, si son amigos suyos, merecen que les apoye en aquellos actos que son importantes para ellos.

Martín Gelabert Ballester

domingo, 26 de julio de 2015

Carta abierta a Sor Lucía Caram

"No debemos perder nuestra independencia por una ideología"

Para nuestra vocación es necesaria la vivencia del silencio y de la vida oculta y discreta .
Querida Hermana: Por los medios de comunicación todos conocemos tu labor en el mundo fuera de la clausura y tus dotes para la comunicación. Y como son actividades que realizas abiertamente, nosotras, que también somos monjas dominicas de clausura, queremos reflejar cómo vivimos nuestra vocación de forma activa desde una vida escondida en Dios.
La propia vocación de clausura indica que es una forma de vida cristiana radical, que recuerda que lo importante para los bautizados es el Reino de Dios y por tanto, Jesucristo. Nuestra vocación sirve para enseñar que también el silencio y la soledad son fructíferos y que la Iglesia, como cuerpo de Cristo, tiene muchos miembros, cada uno de los cuales están llamados a realizar su función. La nuestra consiste en la escucha y en la atención, que hoy en día son más necesarias que nunca; para ello es necesaria la vivencia del silencio y de la vida oculta y discreta, que es lo que vienen buscando quienes acuden a nuestro torno, porque ven otra forma de vida diferente.
Podemos comprender nuestra vocación de clausura a través de la experiencia de San Antonio abad, el primer monje o ermitaño, que quiso retirarse al desierto cuando comprendió el Evangelio, que la única riqueza es Cristo. Pero, a pesar de retirarse al desierto, no se escondió de quienes lo buscaban para pedirle consejo. Así debemos ser también nosotras poniendo en práctica el lema de nuestra orden: Contemplata aliis tradere (transmitir a los otros lo que hemos contemplado); no guardamos para nosotras lo que hemos experimentado y recibido, sino que compartimos desde nuestra pobreza con quienes se acercan a nuestro monasterios.
Y la gente que viene a visitarnos para consultarnos, para pedirnos oración, consuelo y remedios materiales urgentes valora, con la percepción de la gente sencilla, que nuestra vocación consiste en mostrar que lo único importante para cualquier cristiano es Jesucristo. Por eso nosotras, como Orden de Predicadoras, estamos llamadas a predicar desde el silencio y la oración sólo a Cristo muerto y resucitado, no a predicar nada más, ni hablar de otros asuntos que pertenecen al ámbito de los laicos y seglares, de manera que cada miembro de la Iglesia realicemos nuestra vocación para el bien común de todo el cuerpo, lo que significa que no invadamos terrenos o hagamos tareas que, como no son propias de nuestra misión, pueden causarnos daño a nosotras mismas y a la Orden, además de a toda la Iglesia, pues como cuerpo que es, sufre cuando uno de sus miembros se daña.
Por eso es tan importante que siempre hagamos lo que estamos llamadas a ser, porque así repercutirá para todo el cuerpo de la Iglesia; igual que si no realizamos lo que estamos llamadas a ser y hacer, nos dispersamos, nos mundanizamos, nos alienamos, no solamente nosotras, sino todo el cuerpo al que pertenecemos. También es importante hacerse todo a todos, porque hemos de integrar y atender a cualquier persona, no a algunos solamente según nuestros gustos o intereses particulares. Para esto también son importantes los métodos que usamos, de manera que nunca perdamos nuestra libertad ni nuestra independencia en favor de un grupo o de una ideología en detrimento de otros.
En este sentido he tenido con dolor que escuchar de ti y ver actitudes en ti que desdicen de una persona, y más de una religiosa, ya que dividimos a los hermanos en lugar de dar ejemplo de integración y de acogida.
Termino con un último consejo desde mi experiencia de ser una hermana de tu Orden: Nuestra misión y vocación necesita espacios de relación comunitaria y con Dios, cuidando las relaciones fraternas con las demás hermanas, la comunión con todas. Si dices al mundo que monja de clausura, no. Monja de silencio, no...de obediencia, no ¿qué es lo que queda de consagrada?
Afectuosamente, 
Sor María Pilar Cano, OP

Fuente: Religión Digital

DIOS EN EL SUFRIMIENTO.

Todos nuestros sufrimientos, pérdidas y despedidas: sean de los seres queridos y de las cosas que hemos amado o sean las pérdidas propias que limitan cada vez más nuestra fuerza física, nos colocan ante la realidad de la muerte, que es el resumen de todas limitaciones.
Pueden ser leídas desde una mirada que no ve sino absurdo y sinsentido en la existencia humana. O podemos entenderlas desde la hondura de una espiritualidad de la entrega, como confianza en Dios y parte de su misteriosa pedagogía hacia la salvación
Nuestras pérdidas, nuestros sufrimientos, pueden enseñarnos algo más de nosotros mismos, de los demás y de Dios, pues ayudan a que el individuo se detenga, mire hacia atrás de otro modo y examine distinguiendo entre lo accidental y lo esencial, entre lo que vale la pena y lo que es pura apariencia.
Los sufrimientos nos preparan para hacernos más amigos de nuestras sombras y de las muertes que nos habitan y que a menudo le ocultamos a los demás, porque para ser plenamente humanos hemos de mirar la totalidad de lo que somos.
Necesitamos del proceso espiritual que nos permita afrontar desde Dios aquello que nos arrancará de nuestros amores para vivirlos definitivamente desde el Amor.
Un proceso espiritual que tiene que llevarnos a acoger el tiempo que llega, con sus quiebras y disminuciones, y descubrirlo como tiempo de Dios, que quiere hacernos más suyos.
Y haciendo que la vida fluya de nosotros hacia los otros pasando el relevo y aprendiendo a morir, con la esperanza de un nuevo comienzo que dejamos en las manos de los demás, con confianza.
La disminución total es "saberse por entero en las manos de Dios y aceptar que toda la iniciativa es suya", como  dijo el P. Arrupe.
Necesitamos la oración:
Como decía santa Teresa de Jesús "Orar es tratar de amistad, estando muchas veces a solas con Quien sabemos nos ama"
Jesús hace vida de oración, ora con el Padre, ora por nosotros y nos enseña a orar al Padre. Orar para conocernos mejor: "Jamás nos acabamos de conocer si no intentamos conocer a Dios", san Juan de la Cruz.
Hablarle como Padre, pedirle como Padre, contarle nuestros sufrimientos y pedirle remedio para ellos.
Santa Teresa decía: Cuando miramos hacia dentro y encontramos a Dios, consuela mucho ver que encontramos con quien hablar y entender que nos oye y los sentimientos de ternura que nos despierta"
"Si estáis con trabajos o tristes, miradle camino al huerto o miradle cargado con la cruz, miraros a Él con unos ojos tan hermosos y piadosos y olvidará sus dolores para consolar los vuestros, solo porque os vais con Él a consolar y porque volvéis la cabeza a mirarle"
Mirar a Jesús
Jesús en la angustia de su pasión abrió su corazón y su ser a la acción de Dios y por eso su cruz es para los cristianos icono de que somos barro y fragilidad, dolor y muerte. Pero también es signo de que estamos de determinación y resistencia, de entrega. Porque la cruz es camino que conduce a ganar, el derecho a tener voz cuando pase la guerra, a ser luz para los pueblos y sus gentes.
"En la muerte, como en un océano, vienen a confluir nuestras disminuciones bruscas y graduales... Superemos la muerte descubriendo a Dios en ella. Y lo divino se hallará instalado en el corazón de nosotros mismos; en el último reducto que parecía escapársele... Cristo ha vencido a la muerte, no sólo reprimiendo sus desafueros, sino embotando su aguijón. En virtud de la resurrección nada hay que mate necesariamente, sino que todo en nuestras vidas es susceptible de convertirse en contacto bendito de las manos divinas  y en bendita influencia de la voluntad de Dios... Tal es el hecho que domina toda explicación y toda discusión.*
Precisamente, la resurrección de Jesús dice que todo es susceptible de convertirse en bondad. Encontrar a Dios en el sufrimiento para rendir la vida ante el Misterio, en actitud de entrega: "Tomad, Señor y recibid"

* Pierre TEILHARD DE CHARDIN. Escritos Esenciales

El pan de Dios es Jesús mismo, dijo Francisco en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este domingo (Jn 6, 1-15) presenta el gran signo de la multiplicación de los panes, en la narración del evangelista Juan. Jesús se encuentra en la orilla del lago de Galilea, y está rodeado por “una gran multitud”, atraída por los “signos que hacía curando a los enfermos” (v. 2).

En Él actúa el poder misericordioso de Dios, que cura todo mal del cuerpo y del espíritu. Pero Jesús no es un sanador, es también maestro: en efecto sube al monte y se si sienta, en la típica actitud del maestro cuando enseña: sube sobre aquella “cátedra” natural creada por su Padre celestial. Llegado a este punto Jesús, que sabe bien lo que está por hacer, pone a la prueba a sus discípulos.

¿Qué hacer para dar de comer a toda aquella gente? Felipe, uno de los Doce, hace un rápido cálculo: organizando una colecta, se podrán recoger, al máximo, doscientos denarios para comprar el pan que, sin embargo, no alcanzaría para dar de comer a cinco mil personas.


Los discípulos razonan en términos de “mercado”, pero Jesús, a la lógica del comprar, sustituye aquella otra lógica, la lógica del dar. Las dos lógicas, ¿no? La del comprar y la del dar. Y he aquí que Andrés, otro de los Apóstoles, hermano de Simón Pedro, presenta a un muchacho que pone a disposición todo lo que tiene: cinco panes y dos pescados; pero ciertamente – dice Andrés – son nada para aquella gente (Cfr. v. 9).

Pero Jesús esperaba precisamente esto. Ordena a los discípulos que hagan sentar a la gente, después tomó aquellos panes y aquellos pescados, dio gracias al Padre y los distribuyó (Cfr. v. 11). Estos gestos anticipan aquellos de la Última Cena, que dan al pan de Jesús su significado más verdadero.

El pan de Dios es Jesús mismo. Tomando la Comunión con Él, recibimos su vida en nosotros y llegamos a ser hijos del Padre celestial y hermanos entre nosotros. Tomando la Comunión nos encontramos con Jesús, realmente vivo y resucitado. Participar en la Eucaristía significa entrar en la lógica de Jesús, la lógica de la gratuidad, de la participación. Y por más pobres que seamos, todos podemos dar algo. “Tomar la Comunión” también significa tomar de Cristo la gracia que nos hace capaces de compartir con los demás lo que somos y lo que tenemos.

La multitud está sorprendida por el prodigio de la multiplicación de los panes; pero el don que Jesús ofrece es plenitud de vida para el hombre hambriento. Jesús sacia no sólo el hambre material, sino aquella más profunda, el hambre de sentido de la vida, el hambre de Dios.

Frente al sufrimiento, a la soledad, a la pobreza y a las dificultades de tanta gente, ¿qué podemos hacer nosotros? Lamentarse no resuelve nada, pero podemos ofrecer lo poco que tenemos. Como aquel muchacho. Ciertamente tenemos alguna hora de tiempo, algún talento, alguna competencia... ¿Quién de nosotros no tiene sus “cinco panes y dos pescados”? Todos tenemos.

Si estamos dispuestos a ponerlos en las manos del Señor, bastarán para que en el mundo haya un poco más de amor, de paz, de justicia y, sobre todo, de alegría. ¡Cuán necesaria es la alegría en el mundo! Dios es capaz de multiplicar nuestros pequeños gestos. Gestos de solidaridad y hacernos partícipes de su don.
Que nuestra oración sostenga el empeño común para que jamás falte a nadie el Pan del cielo que da la vida eterna y lo necesario para una vida diga, y para que se afirme la lógica del compartir y del amor. Que la Virgen María nos acompañe con su intercesión maternal.
(Traducción de María Fernanda Bernasconi - RV).

«EN TODA ESTA LUCHA ME SIENTO REBOSANDO DE ALEGRÍA» San Juan Crisóstomo.

Nuevamente vuelve Pablo a hablar de la caridad, para atemperar la aspereza de su reprensión.

Pues, después que los ha reprendido y les ha echado en cara que no lo aman coma él los ama, sino que, separándose de su amor, se han juntado a otros hombres perniciosos, por segunda vez, suaviza la dureza de su reprensión, diciendo: Dadnos amplio lugar en vuestro corazón, esto es: "Amadnos"

El favor que pide no es en manera alguna gravoso, y es un favor de más provecho para el que lo da que para el que lo recibe. Y no dice: "Amadnos", sino: Dadnos amplio lugar en vuestro corazón, expresión que incluye un matiz de compasión. "¿Quién -dice- nos ha echado fuera de vuestra mente? ¿Quién nos ha arrojado de ella? ¿Cuál es la causa de que nos sintamos al estrecho entre vosotros?". Antes había dicho: Vosotros estáis encogidos por dentro, y ahora aclara el sentido de esta expresión, diciendo: Dadnos amplio lugar en vuestro corazón, añadiendo este nuevo motivo para atraérselos. Nada hay, en efecto, que mueva tanto a amar como el pensamiento, por parte de la persona amada, de que aquel que la ama desea en gran manera verse correspondido. 

Ya os tengo dicho -añade- que os llevo tan en el corazón, que estamos unidos para vida y para muerte. Muy grande es la fuerza de este amor, pues que, a pesar de sus desprecios, desea morir y vivir con ellos. 
"Porque os llevamos en el corazón, mas no de cualquier modo, sino del modo dicho". Porque puede darse el caso de uno que ame pero rehúya el peligro; no es éste nuestro caso. Me siento lleno de ánimos. ¿De qué ánimos? "De los que vosotros me proporcionáis: porque os habéis enmendado y me habéis consolado así con vuestras obras." Esto es propio del que ama, reprochar la falta de correspondencia a su amor, pero con el temor de excederse en sus reproches y causar tristeza. Por esto, dice: Me siento lleno de ánimos y rebosando de alegría. 

De las homilías de san Juan Crisóstomo, obispo, sobre la segunda carta a los Corintios (Homilía 14,1-2: PG 61, 497-499)
Fuente: News.va