miércoles, 17 de junio de 2015

Papa Francisco: Custodiemos el corazón del “rumor pagano”

Que el cristiano aprenda a custodiar el corazón de las “pasiones” y de los “rumores mundanos”, para estar atento y recibir en todo momento la gracia de Dios. Es la reflexión que hizo el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta.
Hay un “momento favorable” para recibir el don gratuito de la gracia de Dios y ese momento es “ahora”. El cristiano – dijo el Santo Padre – debe ser consciente de esto y, por lo tanto, tener el corazón preparado para recibir ese don, con un corazón libre “del rumor mundano” que, además, es el “rumor del diablo”.

Comprender el tiempo de Dios

Francisco se inspiró en las lecturas de la liturgia del día. De San Pablo destacó que subraya que “no hay que recibir en vano la gracia de Dios”, que se manifiesta – según afirma el Apóstol – “ahora”. Lo que significa – observó el Papa –  que “en cada tiempo el Señor nos vuelve a dar la gracia”, el “don que es gratuito”. De ahí que haya exhortado a recibirlo, estando atentos a lo que también indica Pablo cuando dice: “Por nuestra parte, a nadie damos motivo de escándalo”:

“Es el escándalo del cristiano que se dice cristiano, incluso que va a la iglesia, va los domingos a Misa, pero no vive como cristiano, vive como mundano o como pagano. Y cuando una persona es así, escandaliza. Cuántas veces hemos oído en nuestros barrios, en los negocios: ‘Mira, aquel o aquella, todos los domingos va a Misa y después hace esto, esto, esto, esto…’. Y la gente se escandaliza. Es lo que dice Paolo: ‘No recibir en vano’. ¿Y cómo debemos recibir? Ante todo es el ‘momento favorable’, dice. Nosotros debemos estar atentos para entender el tiempo de Dios, cuando Dios pasa por nuestro corazón”.

Un corazón libre de pasiones

Y el umbral de esta atención – explicó Francisco – el cristiano lo alcanza si se pone en condición de “custodiar el corazón”, “alejando todo rumor que no viene del Señor”, alejando, sugiere, las “cosas que nos quitan la paz”. Un corazón liberado de las “pasiones”, las que en el pasaje evangélico  – nota el Papa – Jesús sintetiza en el “ojo por ojo” volteando la perspectiva con el hecho de “poner la otra mejilla”:

“Estar libre de pasiones y tener un corazón humilde, un corazón dócil. El corazón es custodiado por la humildad, por la mansedumbre, jamás por las luchas, por las guerras. ¡No! Esto es el rumor: rumor mundano, rumor pagano o rumor del diablo. El corazón en paz. ‘No dar motivo de escándalo a nadie para que no sea criticado nuestro ministerio’, dice Pablo, pero también habla del ministerio del testimonio cristiano, para que no sea criticado”.

Sabios y benévolos

Custodiar el corazón para ser de Dios siempre, como dice San Pablo, “en las tribulaciones, en las necesidades, en las angustias, en las adversidades, en las prisiones, en los tumultos, en las fatigas, en las vigilias y en los ayunos”:
“Pero son cosas feas todas estas, ¿y yo debo custodiar mi corazón para recibir la gratuidad y el don de Dios? ¡Sí! ¿Y cómo lo hago? Prosigue Pablo: ‘Con pureza, con sabiduría, con magnanimidad, con benevolencia, con espíritu de santidad’. La humildad, la benevolencia, la paciencia, que sólo mira a Dios, y tiene el corazón abierto al Señor que pasa”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).

Pequeñas semillas

Vivimos ahogados por las malas noticias. Emisoras de radio y televisión, noticiarios y reportajes descargan sobre nosotros una avalancha de noticias de odios, guerras, hambres y violencias, escándalos grandes y pequeños. Los «vendedores de sensacionalismo» no parecen encontrar otra cosa más notable en nuestro planeta.
La increíble velocidad con que se difunden las noticias nos deja aturdidos y desconcertados. ¿Qué puede hacer uno ante tanto sufrimiento? Cada vez estamos mejor informados del mal que asola a la humanidad entera, y cada vez nos sentimos más impotentes para afrontarlo.
La ciencia nos ha querido convencer de que los problemas se pueden resolver con más poder tecnológico, y nos ha lanzado a todos a una gigantesca organización y racionalización de la vida. Pero este poder organizado no está ya en manos de las personas sino en las estructuras. Se ha convertido en «un poder invisible» que se sitúa más allá del alcance de cada individuo.
Entonces, la tentación de inhibirnos es grande. ¿Qué puedo hacer yo para mejorar esta sociedad? ¿No son los dirigentes políticos y religiosos quienes han de promover los cambios que se necesitan para avanzar hacia una convivencia más digna, más humana y dichosa?
No es así. Hay en el evangelio una llamada dirigida a todos, y que consiste en sembrar pequeñas semillas de una nueva humanidad. Jesús no habla de cosas grandes. El reino de Dios es algo muy humilde y modesto en sus orígenes. Algo que puede pasar tan desapercibido como la semilla más pequeña, pero que está llamado a crecer y fructificar de manera insospechada.
Quizás necesitamos aprender de nuevo a valorar las cosas pequeñas y los pequeños gestos. No nos sentimos llamados a ser héroes ni mártires cada día, pero a todos se nos invita a vivir poniendo un poco de dignidad en cada rincón de nuestro pequeño mundo. Un gesto amistoso al que vive desconcertado, una sonrisa acogedora a quien está solo, una señal de cercanía a quien comienza a desesperar, un rayo de pequeña alegría en un corazón agobiado... no son cosas grandes. Son pequeñas semillas del reino de Dios que todos podemos sembrar en una sociedad complicada y triste, que ha olvidado el encanto de las cosas sencillas y buenas.

José Antonio Pagola

LA COSECHA

(Ez 17, 22-24; Sal 91; 2Co 5, 6-10; Mc 4, 26-34)
Siempre da alegría ir al campo para recoger el fruto del trabajo fatigoso que ha supuesto la siembra. El labrador mira el campo dorado de mieses, y aunque siempre espera mayor fruto, es el momento de cantar, pues el llanto se ha convertido en fiesta.
En los textos bíblicos que hoy nos propone la Liturgia de la Palabra, se puede observar cómo el dolor y la ofrenda están ligados al proceso de la fecundidad y del fruto: -«Arrancaré una rama del alto cedro y la plantaré. De sus ramas más altas arrancaré una tierna y la plantaré en la cima de un monte elevado; la plantaré en la montaña más alta de Israel, para que eche brotes y dé fruto y se haga un cedro noble” (Ez 17, 22-23).
A su vez, el Evangelio asegura que el fruto no depende totalmente de la voluntad del sembrador: «El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola” (Mc 4, 26-27).
De estos dos principios, del esfuerzo, a veces penoso, que supone disponer la tierra, cortar la rama e injertarla, y hacer la sementera, y del don gratuito de la recogida de los frutos, se deriva la esperanza y el gozo en el camino espiritual.
El proyecto de vida se parece al proceso de la semilla. De nosotros depende que seamos tierra buena, arada, descantada, abonada; pero del Creador depende el incremento y los frutos, y gracias a la misericordia divina, nos sorprendemos, tantas veces, con el resultado centuplicado comparado con nuestra ofrenda.
¡Cuántas veces el desgarro? que suponen la ofrenda y la siembra, tanto que hasta nos puede hacer pensar si será inútil, pasado el tiempo, produce el himno de alabanza y la experiencia de la generosidad de Dios!
Es bueno dejar actuar a Dios en el alma, que el Espíritu, en el silencio y la oscuridad de la noche elabore el fruto. Son horas inciertas, difíciles, porque la mente aventura la posibilidad de desgracia, de esterilidad y de pérdida del esfuerzo.
Se nos pide la confianza. Por nuestra parte, ser tierra profunda que guarde la semilla de la Palabra. Por parte del Espíritu, que fecunde nuestra esperanza, y nos permita el aliento de los frutos. El Consejo del Apóstol es oportuno: “Siempre tenemos confianza, aunque sabemos que, mientras sea el cuerpo nuestro domicilio, estamos desterrados lejos del Señor. Caminamos sin verlo, guiados por la fe” (2Co 5, 6).

Ángel Moreno de Buenafuente

viernes, 12 de junio de 2015

PAPA FRANCISCO: DIOS VIENE EN NUESTRA AYUDA CUANDO LO INVOCAMOS

"«Misericordiosos como el Padre» es el lema del Año Santo. En la misericordia tenemos la prueba de cómo Dios ama. Él da todo sí mismo, por siempre, gratuitamente y sin pedir nada a cambio. Viene en nuestra ayuda cuando lo invocamos. 

Es bello que la oración cotidiana de la Iglesia inicie con estas palabras: «Dios mío, ven en mi auxilio; Señor, date prisa en socorrerme» (Sal 70,2). 

El auxilio que invocamos es ya el primer paso de la misericordia de Dios hacia nosotros. Él viene a salvarnos de la condición de debilidad en la que vivimos. Y su auxilio consiste en permitirnos captar su presencia y cercanía. Día tras día, tocados por su compasión, también nosotros llegaremos a ser compasivos con todos".

"Francisco, obispo de Roma, siervo de los siervos de Dios, a cuantos lean esta carta: gracia, misericordia y paz".

(De la Bula Misericordiae Vultus -El rostro de la misericordia-, mediante la que el Papa convocó el Jubileo de la Misericordia el pasado 11 de abril).

jueves, 11 de junio de 2015

El Papa recuerda que la persona humana está en peligro

Ante la inminente presentación, el próximo jueves 18 de junio a las 11.00 de la mañana, en el Aula Nueva del Sínodo, de la Encíclica del Papa titulada “Laudato si, sobre el cuidado de la casa común”, en que Francisco aborda diversos temas relacionados con el medio ambiente, vamos a recordar algunos de los conceptos que el Santo Padre ya expresó al respecto.


En efecto, en el pasado el Papa Francisco ha hablado con frecuencia sobre el medio ambiente y la responsabilidad humana a través de homilías, conferencias de prensa y mensajes para expresar sus puntos de vista. Preparando la recepción y promulgación de la Encíclica sobre este tema, podría ser útil volver a leer esas reflexiones. Para ayudar a este objetivo les ofrecemos algunas de ellas ordenadas en torno a cinco hilos conductores que se pueden identificar en sus palabras.

El progreso económico, las nuevas tecnologías y el sistema financiero

¿Cómo afectan a los seres humanos y el medio ambiente? Los Papas han hablado de ecología humana, estrechamente ligada a la ecología medioambiental.  
“La persona humana está en peligro: esto es cierto, la persona humana hoy está en peligro; ¡he aquí la urgencia de la ecología humana!”. Lo decía el Papa Francisco en su catequesis de la audiencia general del 5 de junio de 2013.
El valor inherente y la dignidad de cada ser contra la cultura del descarte
Benedicto XVI recordó varias veces que esta tarea que nos ha encomendado Dios Creadorrequiere percibir el ritmo y la lógica de la creación. Nosotros en cambio nos guiamos a menudo por la soberbia de dominar, poseer, manipular, explotar; no la “custodiamos”, no la respetamos, no la consideramos como un don gratuito que hay que cuidar.
Estamos perdiendo la actitud del estupor, de la contemplación, de la escucha de la creación; y así ya no logramos leer en ella lo que Benedicto XVI llama “el ritmo de la historia de amor de Dios con el hombre”. ¿Por qué sucede esto? Porque pensamos y vivimos de manera horizontal, nos hemos alejado de Dios, ya no leemos sus signos. Lo decía el Santo Padre Francisco en aquella misma audiencia general.

Un debate abierto con todos los hombres de buena voluntad

En esa misma audiencia general del año 2013 el Papa Bergoglio afirmaba: “Invito a todos a reflexionar sobre el problema de la pérdida y del desperdicio del alimento a fin de identificar vías y modos que, afrontando seriamente tal problemática, sean vehículo de solidaridad y de compartición con los más necesitados”.

Una nueva forma de vida

“En definitiva, la naturaleza está a nuestra disposición, y nosotros estamos llamados a administrarla responsablemente”, tal como lo escribió el Papa Francisco en su  Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, del 1º de enero de 2014.
El Creador y las criaturas: la Biblia y la tradición de la Iglesia
“Cuando hablamos de medio ambiente, de la creación, mi pensamiento – decía el Papa Bergoglio en su catequesis del 5 de junio de 2013 – se dirige a las primeras páginas de laBiblia, al libro del Génesis, donde se afirma que Dios puso al hombre y a la mujer en la tierra para que la cultivaran y la custodiaran”. Y me surgen las preguntas: ¿qué quiere decir cultivar y custodiar la tierra? ¿Estamos verdaderamente cultivando y custodiando la creación? ¿O bien la estamos explotando y descuidando?”.
“Cultivar y custodiar la creación – afirmaba – es una indicación de Dios dada no sólo al inicio de la historia, sino a cada uno de nosotros; es parte de su proyecto; quiere decir hacer crecer el mundo con responsabilidad, transformarlo para que sea un jardín, un lugar habitable para todos”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).


Que los cristianos sirvan gratuitamente, homilía del Papa

Camino, servicio, gratuidad
(RV).- “Camino, servicio, gratuidad”. Son las tres palabras en torno a las cuales el Papa Francisco desarrolló su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta. El Pontífice subrayó que un discípulo está llamado a caminar para servir y anunciar el Evangelio  gratuitamente, venciendo el engaño de que “la salvación viene de las riquezas”.
El Evangelio de la Salvación
“Camino, servicio, gratuidad”. El Santo Padre articuló su homilía sobre estos tres puntos, comentando el pasaje del Evangelio del día, en que Jesús envía a los discípulos a anunciar la Buena Nueva. Y recordó que el Señor los envía a hacer un camino que no es “un paseo”, sino que los envía con “un mensaje: anunciar el Evangelio, salir para llevar la Salvación, el Evangelio de la Salvación”.
Llevar la Buena Nueva a través de un recorrido interior
El Papa Bergoglio explicó que la tarea que Jesús da a los discípulos es llevar la Buena Noticia. Mientras si un discípulo se queda detenido y no sale, no da a los demás lo que ha recibido en el Bautismo, no es un verdadero discípulo de Jesús, puesto que le falta el carácter misionero, le falta salir de sí mismo para llevar algo bueno a los demás”:
“El recorrido del discípulo de Jesús es ir más allá para llevar esta buena noticia. Pero hay otro recorrido del discípulo de Jesús: el recorrido interior, el recorrido dentro de sí, el recorrido del discípulo que busca al Señor todos los días en la oración, en la meditación. También ese recorrido el discípulo debe hacerlo, porque si no busca siempre a Dios, el Evangelio que lleva a los demás será un Evangelio débil, diluido, sin fuerza”.
Un discípulo de Jesús que no sirve no es cristiano

“Este doble recorrido  – dijo el Papa– es el doble camino que Jesús quiere de sus discípulos”. Después está la segunda palabra: “Servir”. “Un discípulo que no sirve a los demás  – añadió Francisco – no es cristiano. El discípulo debe hacer lo que Jesús ha predicado en aquellas dos colonias del cristianismo: las Bienaventuranzas y después el ‘protocolo’ sobre el cual nosotros seremos juzgados, Mateo, (capítulo) 25”. Estas dos columnas – advirtió el Santo Padre – “son el marco propio del servicio evangélico”:
El servicio a Cristo en los demás
“Si un discípulo no camina para servir no sirve para caminar. Si su vida no es para el servicio, no sirve para vivir como cristiano. Y allí se encuentra la tentación del egoísmo: ‘Sí, yo soy cristiano, para mí estoy en paz, me confieso, voy a Misa, cumplo los mandamientos’. ¡Pero el servicio! A los demás: el servicio a Jesús en el enfermo, en el encarcelado, en el hambriento, en el desnudo. ¡Lo que Jesús nos ha dicho que debemos hacer porque Él está allí! El servicio a Cristo en los demás”.
Servir gratuitamente, contrastar el engaño de las riquezas
La tercera palabra es “gratuidad”. “Gratuitamente han recibido, gratuitamente den”, es la admonición de Jesús. “El camino del servicio es gratuito – subrayó Francisco  – porque hemos recibido la salvación gratuitamente, pura gracia: ninguno de nosotros ha comprado la salvación, ninguno de nosotros la ha merecido. Es pura gracia del Padre en Jesucristo, en el sacrificio de Jesucristo”:
“Es triste cuando se encuentran a cristianos que se olvidan de esta Palabra de Jesús: ‘Gratuitamente han recibido, gratuitamente den’. Es triste cuando se encuentran comunidades cristianas, ya sean parroquias, congregaciones religiosas, diócesis, independientemente de las comunidades cristianas que sean, que se olvidan de la gratuidad,  porque detrás de esto y debajo de esto está el engaño  (de presumir) que la salvación viene de las riquezas, del poder humano”.
Tres palabras – reafirmó el Papa  – “camino como un envío para anunciar. Servicio: la vida del cristiano no es para sí mismo, sino para los demás, como fue la vida de Jesús. Y tercera: “gratuidad. Nuestra esperanza está en Jesucristo que nos envía así una esperanza que no decepciona jamás”. Pero – advirtió – “cuando la esperanza está en la propia comodidad en el camino o la esperanza está en el egoísmo de buscar las cosas para sí mismos y no para servir a los demás, o cuando la esperanza está en las riquezas o en las pequeñas seguridades mundanas, todo esto se derrumba. El Señor mismo lo hace caer”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).


miércoles, 10 de junio de 2015

UN CORAZÓN PARA CULTIVAR Y CUSTODIAR TODO LO CREADO

Dentro de muy pocos días el Papa Francisco nos va a dar a conocer una nueva Encíclica sobre Ecología. Y este viernes celebramos en toda la Iglesia la fiesta del Sagrado Corazón. ¿Qué tienen que ver aparentemente cuestiones tan diferentes como son una Encíclica sobre Ecología y la fiesta del Sagrado Corazón? Os he de decir que mucho. Los cristianos decimos en el Credo así: “Creo en Dios Padre todopoderoso, Creador de cielo y tierra, de todo lo visible e invisible”. En la Biblia, en sus primeras páginas, se nos dice que el hombre y la mujer fueron creados y puestos en la tierra por Dios para que cultivasen y custodiasen la tierra (cf. Gn 2, 15). ¿Cómo ser cultivadores y custodios? No se puede hacer más que con amor, atención, pasión y dedicación. Contemplando el corazón de Cristo, descubrimos los rasgos que hacen posible cultivar  y custodiar, y así hacer ver, con obras y palabras,  las huellas de la bondad, de la belleza y de Dios en todo lo creado. Ello nos hace abrir nuestra vida a la alabanza y a la oración, con el salmista: “Del Señor es la tierra y cuanto la llena, / el orbe y todos sus habitantes: / él la fundó sobre los mares, / él la afianzó sobre los ríos. / ¿Quién puede subir al monte del Señor? / ¿Quién puede estar en el recinto sacro?/ El hombre de manos inocentes y puro corazón, / que no confía en los ídolos/ ni jura contra el prójimo en falso. / Ese recibirá la bendición del Señor, /le hará justicia el Dios de salvación. / Esta es la generación que busca al Señor, / que busca tu rostro, Dios de Jacob. (Sal 24, 1-6).
        
    Nuestro Señor Jesucristo, con su vida y con sus obras, nos ha dicho que todo es de Dios, todo lo hizo Él. De ahí su invitación a poner en el centro de la creación al ser humano, a reverenciar a todo ser humano y a todo lo que puso Dios al servicio de todos los hombres. Custodiar y reverenciar la creación entera es un mandato del Señor. No podemos usar el mundo y todo lo que Dios ha creado abusando de ello, como si se tratase simplemente de un material para nuestro obrar y querer. Toda la creación es un don que nos ha sido encomendado a todos los hombres. Es necesario y urgente que nos tomemos la tarea de convertirlo en un jardín de Dios y por ello también en un jardín del hombre. ¿Hemos asumido cada uno de nosotros ese compromiso? Estemos abiertos a escuchar y ver las múltiples formas de abuso que hacemos los hombres en la tierra, con nosotros mismos y con todo lo creado. Con estos abusos robamos al hombre y nos quedamos con lo que ha puesto Dios a su servicio. Escuchemos en estos momentos de la historia el gemido de la creación del que San Pablo nos habla en la Carta a los Romanos. En este sentido, se puede entender aquello de que “la creación espera con impaciencia la revelación de los hijos de Dios” (Rm 8, 22). Solamente el Corazón de Cristo, trasplantado a cada uno de los hombres, nos hará ver, el vínculo estrecho e inseparable entre desarrollo, necesidad humana y salvaguarda de la creación.
            Defender la creación. No hay que hacerlo por ser útil para nosotros, sino por sí misma. La creación es un don del Creador. Toda ella tiene las huellas de Dios. La familia humana necesita tener “casa”. Esa “casa” es la tierra en la que habitamos. Y  Dios nos encarga mantenerla, cuidarla, habitarla con creatividad y responsabilidad. Y para ello es necesario que el ser humano -centro de la creación- tenga el Corazón de Cristo.  Con ello quiero decir que la tierra no sea considerada de manera egoísta, para intereses de grupo, pues todos los hombres tienen derecho a obtener el beneficio que nos hace ser cada día más personas, y por tanto, con un corazón con las medidas del corazón de Cristo, que ama, promueve, alienta, regala misericordia, hace partícipes a todos, no descarta a nadie, crea la cultura del encuentro. Todos los hombres hemos de estar incluidos en el destino universal de los bienes de la creación. El desarrollo y el equilibrio ecológico en todas las dimensiones, también la ecología humana, hay que buscarlo entre todos, de tal manera que fortalecer la alianza entre el ser humano y el medio ambiente solamente es posible si los hombres somos reflejo del amor de Dios. Para ello, hagamos trasplante de corazón.
            Jesucristo nos enseña que descuidar el medio ambiente en el que Dios ha querido que los hombres vivamos alcanza a toda la tierra y a todos los hombres. El descuido ecológico ambiental y humano daña la convivencia humana y traiciona la dignidad del hombre, violando los derechos más fundamentales de la persona. Todos estamos llamados a proveer y salvaguardar las condiciones morales de una auténtica ecología humana que nos hará vivir la ecología ambiental. Esto solo se puede realizar  si el hombre hace un trasplante de corazón, acogiendo en su vida el Corazón de Cristo. No puedo ni debo entrar en cuestiones técnicas, pero sí ofrecer el impulso que nos lleve a asumir responsabilidades y dar respuestas. Por eso os invito a redescubrir el rostro del Creador y nuestra responsabilidad ante Él por su creación. Él nos ha dado unas capacidades para asumir un estilo de vida que marque una manera nueva de relacionarnos los hombres y de vivir en este jardín que hizo Dios para nosotros, que es todo lo creado.
            Abordemos siempre el problema ecológico desde Dios. Fue el Espíritu creador quien creó todo lo que existe y lo renueva sin cesar, como nos lo dicen las primeras páginas del libro del Génesis. La fe en el Espíritu creador pertenece al contenido esencial del Credo cristiano. Las ciencias modernas de la naturaleza nos dicen que la materia tiene una estructura matemática que está llena de espíritu, está estructurada inteligentemente. Nosotros creemos que esta estructura inteligente procede del Espíritu creador y que nos lo dio  a nosotros. Aquí está el fundamento de nuestra responsabilidad  respecto a la tierra y al hombre. Nada de lo creado es propiedad nuestra, nada podemos explotar según intereses y deseos personales o de grupo. En el corazón de Jesucristo, Dios manifiesta al hombre unas orientaciones a las que debemos atenernos como administradores que somos de la creación. La Iglesia tiene que explicar el credo cristiano en su integridad, transmitir el mensaje de salvación que incluye cultivar y custodiar la creación, es decir, defender la tierra, el agua, el aire que son dones que pertenecen a todos, pero también debe proteger al ser humano contra la destrucción de sí mismo. La fe en Dios Cr eador y la atención que tiene que tener el ser humano nos lo regala Cristo cuando dejamos que su Corazón entre en nosotros. Entonces no hay autodestrucción del hombre ni destrucción de la obra de Dios.
            Defender la creación y al hombre mismo nos hace ver que ecología humana y ecología ambiental han de ser un compromiso de todos los cristianos. El problema decisivo está en la capacidad moral de una ecología global que también respeta la vida desde el inicio hasta la muerte natural. No se puede defender la ecología ambiental y destruir la ecología humana. El libro de la naturaleza es uno e indivisible en todo lo que concierne al desarrollo humano integral. Urge hacer trasplante de corazón.
            Con gran afecto, os bendice:  
                                     +Carlos, Arzobispo de Madrid

De musulmán a cristiano: “Tu enfermedad se llama Cristo y no tiene remedio”

“Tu enfermedad se llama Cristo y no tiene remedio. Nunca podrás curarte”, le dijo su tío a modo de “sentencia de muerte”. Fue el 22 de diciembre del 2000, cuando Mohammed al-Sayyid al-Moussawi, hoy Joseph Fadelle, se encontró encañonado por su propio tío y algunos de sus hermanos debido a conversión del Islam al Cristianismo. 

La historia comenzó en 1987, cuando el joven sayyid (título nobiliario) al-Moussawi, fue enviado al servicio militar, donde conoció a Massoud, un campesino de edad madura con quien se vio obligado a compartir su dormitorio, algo que él rechazó ya que el hombre era cristiano. Para Mohammed, los cristianos eran inferiores, impuros y compartir el espacio con uno de ellos lo ponía en peligro. 

Con el paso del tiempo y en este compartir con su compañero de cuarto, su visión de los cristianos fue cambiando, lo que lo llevó a profundizar en las raíces mismas de la fe católica, provocándole una crisis existencial que removió los cimientos de sus creencias y, finalmente, lo llevó a su conversión al cristianismo. 

Entonces pasó de ser el favorito del clan familiar, nacido en una de las familias chiítas más importantes de Irak y miembro de la realeza de su pueblo a ser un perseguido y refugiado, amenazado de muerte hasta hoy por su propia familia. 

“Yo vengo de una tribu donde mi padre era el líder y yo debí haber sido el líder después de él”, contó Fadelle para explicar el contraste de su vida anterior con la actual, alejada de su cultura y familia tras su conversión. 

En la religión musulmana, la conversión al cristianismo o a cualquier otra religión es motivo de castigo, incluso la muerte. 

Pese a las persecuciones que sufrió, sobrevivió a todo ello y de esta experiencia nació el libro “El precio a pagar”, que presentó a fines de mayo en el salón Fresno del Centro de Extensión de la Pontificia Universidad Católica de Chile, en una actividad organizada por la Editorial LMH (Leer Más Hoy) y cuya venta superó las 50 mil copias en 2010. 

“Estoy aquí por el gran amor que le tengo a Jesucristo”, dijo al inicio de su testimonio durante la conferencia realizada por el lanzamiento de la quinta edición del libro que narra su historia. 

La obra se ha convertido en una herramienta pastoral, narrando su proceso desde la comprensión del Corán y la religión musulmana hasta el descubrimiento del cristianismo y la fe católica a través de la lectura de la Biblia. 

Este libro y su propia historia son también una denuncia del drama de los cristianos perseguidos en Irak y otro países de la región, quienes deben esconderse, pagar impuestos adicionales y sufrir toda clase de amenazas y peligros debido a su fe. 

“Si quieres cruzar el río, debes comer el Pan de Vida” 

Mohammed pasó un tiempo estudiando el Corán, a pedido del cristiano como condición a entregarle una Biblia. Este proceso, que le provocó una crisis profunda debido a la falta de respuestas que encontró frente a sus interrogantes sobre su religión y la persona de Mahoma, culminó con un sueño que no logró comprender en un inicio. 

En su sueño, veía a un hombre parado al otro lado de un angosto río que le parecía amable y sentía un fuerte deseo de ir hacia él, pero cuando intentaba cruzar el río se quedaba paralizado y no lograba pasar al otro lado. Entonces el hombre lo toma y le ayuda, y al llegar junto a él le dice “Si quieres cruzar el río, debes comer el Pan de Vida”. 

Lo que a Mohammed le pareció solo un sueño, se convirtió en la clave que dio paso a una revolución interior que dura hasta hoy, cuando por fin su amigo cristiano le entregó una Biblia. El joven la abrió casualmente en el Libro de Juan, donde encontró las mismas palabras que no habían tenido significado para él en un comienzo: El Pan de Vida. 

Una vez bautizado, después de 13 largos y angustiosos años, Mohammed al-Sayyid al-Moussawi tomó el nombre de Joseph Fadelle. 

No solo él, sino su esposa e hijos son hoy musulmanes conversos, lo que los pone en peligro. Ellos debieron huir de Irak, primero a Jordania y más tarde a Francia, donde residen actualmente.
Fuente: Archidiócesis de Madrid

La última palabra

La «identidad cristiana» encuentra su fuerza en el testimonio y no conoce ambigüedad: por ello el cristianismo no puede ser «aguado», no puede esconder su ser «escandaloso» y trasformado en una «bonita idea» para quien siempre tiene necesidad de «novedad». Y atención también a la tentación de la mundanidad, propia de quien «ensancha la conciencia» en tal medida que en ella quepa todo. Lo afirmó el Papa en la misa que celebró el martes 9 de junio, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta, recordando que «la última palabra de Dios se llama “Jesús” y nada más».
«La liturgia de hoy nos habla de la identidad cristiana», destacó el Papa Francisco, proponiendo inmediatamente la cuestión central: «¿Cuál es esta identidad cristiana?». Refiriéndose a la primera lectura del día (2 Cor 1, 18-22), el Papa recordó que «Pablo comienza contando a los Corintios las cosas vividas, algunas persecuciones», y «el testimonio que dieron de Jesucristo». Y, en concreto, les escribe: «Es motivo de orgullo para mí —es decir yo me enorgullezco de mi identidad cristiana— que haya sido así. Y Dios es testigo de que nuestra palabra hacia vosotros es “sí”, es decir nosotros os hablamos de nuestras identidad, la que es».
«Para llegar a esa identidad cristiana —explicó el Papa Francisco— nuestro Padre, Dios, nos hizo recorrer un largo camino de historia, siglos y siglos, con figuras alegóricas, con promesas, alianzas, y así hasta el momento de la plenitud de los tiempos, cuando envió a su Hijo nacido de mujer». Se trata, por lo tanto, de «un largo camino». Y, afirmó el Papa, «también nosotros debemos hacer en nuestra vida un largo camino, para que nuestra identidad cristiana sea fuerte y dé testimonio». Un camino, precisó, «que podemos definir de la ambigüedad a la identidad auténtica».
Así, pues, en la carta a los Corintios el apóstol escribe que «la palabra que os dirigimos no es sí y no, ambigua». En efecto, añade Pablo, «el Hijo de Dios, Jesucristo, que fue anunciado entre vosotros... no fue sí y no, sino que en Él sólo hubo sí». He aquí, entonces, dijo el Pontífice que «nuestra identidad está precisamente en imitar, en seguir a este Cristo Jesús, que es el “sí” de Dios para nosotros». Y «esta es nuestra vida: caminar todos los días para reforzar esta identidad y dar testimonio de ella, paso a paso, pero siempre hacia el “sí”, no con ambigüedad».

«Es verdad», reconoció luego el Pontífice, «está el pecado y el pecado nos hace caer, pero nosotros tenemos la fuerza del Señor para levantarnos y seguir adelante con nuestra identidad». Pero, añadió, «yo diría también que el pecado es parte de nuestra identidad: somos pecadores, pero pecadores con fe en Jesucristo». En efecto, «no es sólo una fe de conocimiento» sino «una fe que es un don de Dios y que ha entrado en nosotros desde Dios». Así, explicó el Papa, «es Dios mismo quien nos confirma en Cristo. Y nos ha conferido la unción, nos ha impreso el sello, el adelanto, la prenda del Espíritu en nuestro corazón». Sí, repitió el Papa Francisco, «es Dios quien nos da este don de la identidad» y «el problema es ser fiel a esta identidad cristiana y dejar que el Espíritu Santo, que es precisamente la garantía, la prenda en nuestro corazón, nos conduzca hacia adelante en la vida».
«Somos personas que no vamos detrás de una filosofía», afirmó también el Pontífice porque «tenemos un don, que es nuestra identidad: somos ungidos, tenemos impreso en nosotros el sello y tenemos dentro de nosotros la garantía, la garantía del Espíritu». Y «el Cielo comienza aquí, es una identidad hermosa que se refleja en el testimonio». Por esto, añadió, «Jesús nos habla del testimonio como el lenguaje de nuestra identidad cristiana» cuando dice: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?». Se refiere al pasaje evangélico de san Mateo propuesto hoy por la liturgia (5, 13-16).
Cierto, continuó el Papa, «la identidad cristiana, porque somos pecadores, es también tentada, es tentada, sufre la tentación —las tentaciones siempre están— y puede ir tras ella, puede debilitarse y puede perderse». ¿Pero cómo puede ser esto? «Yo pienso —sugirió el Pontífice— que se puede ir tras ello principalmente por dos caminos».
El primero, explicó, es «el de pasar del testimonio a las ideas» y esto es «aguar el testimonio». Como si se dijese: «Pues sí, soy cristiano, el cristianismo es esto, una bonita idea, yo rezo a Dios». Así «del Cristo concreto, porque la identidad cristiana es concreta —lo leemos en las Bienaventuranzas; esta realidad concreta está también en el capítulo 25 de san Mateo—, pasamos a esta religión un poco soft, en el aire y en el camino de los gnósticos». Detrás, en cambio, «está el escándalo: esta identidad cristiana es escandalosa». Como consecuencia «la tentación es decir “no, no, sin escándalo; la cruz es un escándalo; que Dios se haya hecho hombre» es «otro escándalo» y se deja a un lado; es decir, buscamos a Dios «con estas espiritualidades cristianas un poco etéreas, vagas». En tal medida, afirmó el Papa, que «están los agnósticos modernos y te proponen esto, esto: no, la última palabra de Dios es Jesucristo, no hay otra».
«Por este camino», continuó el Papa Francisco, están también «los que siempre necesitan la novedad de la identidad cristiana: olvidaron que fueron elegidos, ungidos, que tienen la garantía del Espíritu, y buscan: “¿Dónde están los videntes que nos comunican hoy la carta que la Virgen nos mandará a las 4 de la tarde?”. Por ejemplo, ¿no? Y viven de esto». Pero «esto no es identidad cristiana. La última palabra de Dios se llama “Jesús” y nada más».
«Otro camino para dar un paso atrás en la identidad cristiana es la mundanidad», continuó el Papa. Es decir «ensanchar tanto la conciencia que allí dentro entra todo: “Sí, nosotros somos cristianos, pero esto sí…”, no sólo moralmente, sino también humanamente». Porque «la mundanidad es humana, y así la sal pierde el sabor». He aquí porqué, explicó el Papa, «vemos comunidades cristianas, incluso cristianos, que se llaman cristianos, pero no pueden y no saben dar testimonio de Jesucristo». Y «así la identidad va hacia atrás, va hacia atrás y se pierde» y es «este nominalismo mundano lo que nosotros vemos todos los días».
«En la historia de la salvación —dijo el Papa Francisco— Dios, con su paciencia de Padre, nos condujo de la ambigüedad a la certeza, a la realidad concreta de la encarnación y la muerte redentora de su Hijo: esta es nuestra identidad». Y «Pablo se enorgullece de esto: Jesucristo, hecho hombre; Dios, el Hijo de Dios, hecho hombre y muerto por obediencia». Sí, destacó el Pontífice, Pablo «se enorgullece de esto» y «esta es la identidad y allí está el testimonio». Es «una gracia que debemos pedir al Señor: que siempre nos dé este regalo, este don de una identidad que no busque acomodarse a las cosas que le harían perder el sabor de la sal».
Antes de continuar la celebración eucarística, el Papa Francisco no dejó de destacar que también esta es «un “escándalo”». Es más, concluyó: «Me permito decir que es “un doble escándalo”». Primero, explicó, «porque es el “escándalo” de la cruz: Jesús que entrega su vida por nosotros, el Hijo de Dios». Y luego «el “escándalo” que nosotros cristianos celebramos la memoria de la muerte del Señor y sabemos que aquí se renueva esa memoria». Así, precisamente la celebración eucarística «es un testimonio de nuestra identidad cristiana».


lunes, 8 de junio de 2015

Un millón de niños y niñas en el mundo están en prisiones o detenidos


Naciones Unidas advierte que más de un millón de niños, niñas y jóvenes en todo el mundo se encuentran privados de libertad, en comisarías, prisiones o centros de reclusión para menores. La mayoría no tiene antecedentes y han sido acusados por delitos leves o por delitos que en adultos no lo son, como dormir en la calle. Además, el 59 por ciento de los menores internados no ha recibido sentencia a pesar de estar retenidos, denuncia la ONU. 

Por su parte, Misiones Salesianas ha lanzado este miércoles la campaña ‘IN-Justicia Juvenil’ para alertar de la realidad que viven estos niños, niñas y jóvenes. “Existen alternativas a la entrada del niño o niña a la cárcel o a un reformatorio. El gran desafío es entender que para acabar con la violencia necesitamos ser capaces de transformar el corazón del agresor y dejar de pensar en la venganza”, explica la portavoz de la organización, Ana Muñoz. "Transformar a los jóvenes, niños y niñas con problemas con la ley a través de la educación es la propuesta que los misioneros salesianos llevan a cabo en países como Sierra Leona, Filipinas, El Salvador, India o Brasil", señalan en un comunicado. 

"Los menores que son privados de libertad ven cómo sus derechos son violados sistemáticamente. Muchos niños y niñas son tratados como delincuentes cuando en realidad lo que necesitan es un poco de apoyo y asistencia social. El envío de un menor a la cárcel o a un reformatorio debería ser uno de los últimos recursos, sin embargo, en muchos lugares, es un procedimiento habitual", aseguran desde Misiones Salesianas. Por ejemplo, en Kenya, más de 1.800 menores están privados de libertad por estar en una situación de desamparo o viviendo en las calles, otros 500 por no estar bajo el control paterno y cerca de 600 por mendigar. 

“Mi vida en la cárcel de Pademba Road (Freetown) fue una continua tortura. Estuve en una celda con delincuentes comunes adultos. Sólo tomaba una taza de té negro sin azúcar y un plato de arroz. Los otros presos me quitaban los panecillos del desayuno y la yuca del arroz. Por la noche no podía dormir porque tenía que abanicar a los macho boys, y si lo hacía era en cuclillas. Por la mañana, me ocupaba de limpiar la lata donde hacíamos nuestras necesidades. Pero lo peor fueron los abusos sexuales de los que fui víctima durante dos largos años. Lo denuncié, pero nadie me escuchó. Era un niño de 14 años”. Ésta es la experiencia de Johny en Sierra Leona. Su delito, dormir en la calle.
Fuente: Archidiócesis de Madrid

El origen de Corpus Christi

Teresa ilumina Ávila