jueves, 16 de abril de 2015

GUSTAD Y VED QUÉ BUENO ES EL SEÑOR


Del Salmo 33

Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca.
Gustad y ved qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a Él.
Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha
Los ojos del Señor miran al justo
y sus oídos escuchan su clamor;
Pero el Señor rechaza a los que hacen el mal
para borrar su recuerdo de la tierra.
Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha

El Señor está cerca del que sufre
y salva a los que están abatidos.
Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias.
Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha

El justo padece muchos males,
pero el Señor lo libra de ellos.
El Señor rescata a sus servidores,
y los que se refugian en Él no serán castigados.
Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha

El que cree en el Hijo tiene Vida eterna.



Evangelio según San Juan 3,31-36.

El que viene de lo alto está por encima de todos. 


El que es de la tierra pertenece a la tierra y habla de la tierra. 

El que vino del cielo da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie recibe su testimonio.

El que recibe su testimonio certifica que Dios es veraz.

El que Dios envió dice las palabras de Dios, porque Dios le da el Espíritu sin medida.

El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos.

El que cree en el Hijo tiene Vida eterna. 

El que se niega a creer en el Hijo no verá la Vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él.

Juan Pablo II, Discurso durante la visita al Santuario de la Divina Misericordia.


Nada necesita el hombre como la divina Misericordia: ese amor que quiere bien, que compadece, que eleva al hombre, por encima de su debilidad, hacia las infinitas alturas de la santidad de Dios. [...] El mensaje de la divina Misericordia ... [es] un mensaje claro e inteligible para todos. Cada uno puede venir acá, contemplar este cuadro de Jesús misericordioso, su Corazón que irradia gracias, y escuchar en lo más íntimo de su alma lo que oyó la beata. «No tengas miedo de nada. Yo estoy siempre contigo» (Diario, cap. II).

Y, si responde con sinceridad de corazón: «¡Jesús, confío en ti!», encontrará consuelo en todas sus angustias y en todos sus temores. En este diálogo de abandono se establece entre el hombre y Cristo un vínculo particular, que genera amor. Y «en el amor no hay temor —escribe san Juan—; sino que el amor perfecto expulsa el temor» (1Jn 4, 18). [...]

Siempre he apreciado y sentido cercano el mensaje de la divina Misericordia. Es como si la historia lo hubiera inscrito en la trágica experiencia de la segunda guerra mundial. En esos años difíciles fue un apoyo particular y una fuente inagotable de esperanza, no sólo para los habitantes de Cracovia, sino también para la nación entera. Ésta ha sido también mi experiencia personal, que he llevado conmigo a la Sede de Pedro y que, en cierto sentido, forma la imagen de este pontificado.

Doy gracias a la divina Providencia porque me ha concedido contribuir personalmente al cumplimiento de la voluntad de Cristo, mediante la institución de la fiesta de la divina Misericordia. Aquí, ante las reliquias de la beata Faustina Kowalska, doy gracias también por el don de su beatificación. Pido incesantemente a Dios que tenga «misericordia de nosotros y del mundo entero».


«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia » (Mt 5, 7).

miércoles, 15 de abril de 2015

El Papa a los intelectuales: vínculo matrimonial y familiar no es tema secundario

La catequesis de hoy está dedicada a la diferencia y a la complementariedad entre el hombre y la mujer. El libro del Génesis insiste en que ambos son imagen y semejanza de Dios. No sólo el hombre por su parte, no sólo la mujer por su parte, sino también la pareja. La diferencia entre ellos no es para competir o para dominar, sino para que se dé esa reciprocidad necesaria para la comunión y para la generación, a imagen y semejanza de Dios. En esta complementariedad está basada la unión matrimonial y familiar para toda la vida, sostenida por la gracia de Dios. El ser humano está hecho para la escucha y la ayuda mutua”.
El Santo Padre especificó que estamos hechos para escucharnos y ayudarnos mutuamente, y es por ello que sin el enriquecimiento recíproco, ya sea en el pensamiento como en la acción, en los afectos y el trabajo, como también en la fe, ninguno puede entender en profundidad que significa ser hombre y mujer.
Reconociendo los aportes de la cultura moderna que ha abierto nuevos espacios y libertades para el enriquecimiento de la comprensión de la diferencia entre hombre y mujer, Papa Bergoglio puso en guardia sobre las dudas y el escepticismo: “me pregunto si la llamadateoría del género no sea también expresión de una frustración y de una resignación, dirigida más a cancelar la diferencia sexual que a confrontarse con ella”.
“La eliminación de las diferencias – subrayó el Papa – es el problema, no la solución”.
De ahí la exhortación a los intelectuales, a no abandonar este tema “como si se hubiera convertido en secundario” en relación al compromiso en favor de una sociedad más libre y justa. Y la indicación de dos puntos que deben comprometernos con urgencia:
“Para superar las dificultades de esta unión, me gustaría indicar dos puntos que nos comprometen con urgencia: Tenemos que hacer mucho más en favor de la mujer, primer punto. No sólo para que sea más reconocida, sino para que su voz tenga un peso real, una autoridad efectiva en la sociedad y en la Iglesia. Segundo punto, me pregunto si la crisis de fe en el Padre no estará también relacionada con la crisis de la alianza entre el hombre y la mujer. De aquí nace la responsabilidad de la Iglesia y de todos los creyentes de redescubrir la belleza del diseño creador de Dios, que imprime también su imagen en el vínculo del hombre y la mujer.
Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos venidos de España, México, Argentina, Ecuador y otros países latinoamericanos. Queridos hermanos y hermanas, cuando el hombre y la mujer juntos colaboran con el designio divino, la tierra se llena de armonía y confianza. Que Dios les bendiga. Muchas gracias”. 
(GM – RV)

Redescubrir la belleza del designio creador de Dios, Francisco en su catequesis

La familia: varón y mujer
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
La catequesis de hoy está dedicada a un aspecto central del tema de la familia: aquel del gran don que Dios ha dado a la humanidad con la creación del hombre y de la mujer y con el sacramento del Matrimonio. Esta catequesis y la próxima tratan sobre la diferencia y la complementariedad entre el hombre y la mujer, que están al vértice de la creación divina; las dos que seguirán después serán sobre otros temas del Matrimonio.
Iniciamos con un breve comentario del primer relato de la creación, en el Libro del Génesis. Aquí leemos que Dios, después de haber creado el universo y todos los seres vivientes, creó la obra maestra, es decir, el ser humano, que hizo a su propia imagen: “Lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer”. (Gen 1,27). Así dice el Libro del Génesis.
Como todos sabemos, la diferencia sexual está presente en tantas formas de vida, en la larga escala de los vivientes. Pero sólo en el hombre y en la mujer ésta lleva en sí la imagen y la semejanza de Dios: ¡el texto bíblico lo repite por tres veces en dos versículos (26-27)!: ¡Hombre y mujer son imagen y semejanza de Dios! Esto nos dice que no sólo el hombre por su parte es imagen de Dios, no sólo la mujer por su parte es imagen de Dios, sino también el hombre y la mujer, como pareja, son imagen de Dios. La diferencia entre hombre y mujer no es para la contraposición o la subordinación, sino para la comunión y la generación, siempre a imagen y semejanza de Dios.
La experiencia nos lo enseña: para conocerse bien y crecer armónicamente el ser humano tiene necesidad de la reciprocidad entre hombre y mujer. Cuando esto no sucede, se ven las consecuencias. Estamos hechos para escucharnos y ayudarnos recíprocamente. Podemos decir que sin enriquecimiento recíproco en esta relación – en el pensamiento, en la acción, en los afectos y en el trabajo, también en la fe – los dos no pueden ni siquiera entender profundamente que significa ser hombre y ser mujer.
La cultura moderna y contemporánea ha abierto nuevos espacios, nuevas libertades y nuevas profundidades para el enriquecimiento de la comprensión de esta diferencia. Pero también ha introducido muchas dudas y mucho escepticismo. Por ejemplo, yo me pregunto si la así llamada teoría del género no es también expresión de una frustración y de una resignación que punta a cancelar la diferencia sexual porque no sabe más confrontarse con ella. Nos arriesgamos a dar un paso atrás. La remoción de la diferencia, en efecto, es el problema no la solución. Para resolver sus problemas de relación, el hombre y la mujer deben en cambio hablarse más, escucharse más, conocerse más, quererse más. Deben tratarse con respeto y cooperar con amistad. Con estas bases humanas, sostenidas por la gracia de Dios, es posible proyectar la unión matrimonial y familiar para toda la vida. El vínculo matrimonial y familiar es una cosa seria, lo es para todos, no sólo para los creyentes. Quisiera exhortar a los intelectuales a no abandonar este tema, como si se hubiera transformado en secundario, por el compromiso a favor de una sociedad más libre y más justa.
Dios ha confiado la tierra a la alianza del hombre y de la mujer: su fracaso aridece el mundo de los afectos y oscurece el cielo de la esperanza. Las señales ya son preocupantes, y las vemos. Quisiera indicar, entre las muchas, dos puntos que yo creo que deben empeñarnos con más urgencia.
El primero. Indudablemente debemos hacer mucho más a favor de la mujer, si queremos volver a dar más fuerza a la reciprocidad entre hombres y mujeres. Es necesario, de hecho, que la mujer no sólo sea más escuchada, sino que su voz tenga un peso real, una autoridad reconocida, en la sociedad y en la Iglesia. El mismo modo con el cual Jesús ha considerado a la mujer - pero leamos el Evangelio eh, es así - en un contexto menos favorable del nuestro - porque en aquel tiempo la mujer estaba en segundo lugar, ¿no? Y Jesús la ha considerado de una manera que da una luz potente, que ilumina un camino que lleva lejos, del cual hemos recorrido solamente un pedacito. Todavía no hemos entendido en profundidad cuáles son las cosas que nos puede dar el genio femenino, qué puede dar a la sociedad y también a nosotros, la mujer. Quizás, ver las cosas con otros ojos que complementan el pensamiento de los hombres. Es un camino para recorrer con más creatividad y más audacia.
Una segunda reflexión concierne el tema del hombre y de la mujer creados a imagen de Dios. Me pregunto si la crisis de confianza colectiva en Dios, que nos hace tanto mal, nos hace enfermar de resignación a la incredulidad y al cinismo, no esté también conectada a la crisis de la alianza entre hombre y mujer. En efecto, el relato bíblico, con el gran fresco simbólico sobre el paraíso terrestre y el pecado original, nos dice precisamente que la comunión con Dios se refleja en la comunión de la pareja humana y la pérdida de la confianza en el Padre celestial genera división y conflicto entre hombre y mujer.
De aquí viene la gran responsabilidad de la Iglesia, de todos los creyentes, y ante todo de las familias creyentes, para redescubrir la belleza del designio de Dios también en la alianza entre el hombre y la mujer. La tierra se llena de armonía y de confianza cuando la alianza entre el hombre y la mujer se vive en el bien. Y si el hombre y la mujer la buscan juntos entre ellos y con Dios, sin dudas la encuentran. Jesús nos alienta explícitamente a testimoniar esta belleza, que es la imagen de Dios. Gracias.

(Traducción del italiano: María Cecilia Mutual - RV)

Recuperar la otra memoria histórica en el V Centenario de Santa Teresa

“Qué fuerza tiene con Vos, Señor, un suspiro nacido de las entrañas”, oraba Sta. Teresa. La oración, profundamente emocional, y por ello verdadera; se sentía unida a Dios, desde su ser mujer; por eso le hablaba con sus entrañas. El vínculo con Dios podía ser emocional; campo abonado de mujeres, es parte de la subjetividad femenina. Rehabilita la emoción y el sentimiento para Dios, para la vida. Las entrañas, como vehículo de relación con Dios. Entrañas de millones de mujeres que hoy son campo de batalla de los varones donde se extermina su dignidad ante nuestra indiferencia. 
 Rompió el techo de cristal de las mujeres en su tiempo. Defiende la necesidad y el derecho de las mujeres a una vida interior de altura. Lucha contra las normas que la han constreñido, así como contra los “ideales de mujer” con los que la han definido: “No quiero bobaliconas” –decía. Rompe con la identidad que se le ha dado de fuera. Hace una lectura crítica de la razón imperante; y bien que se lo recordaban: “fémina contumaz inquieta y andariega”. Su tiempo le otorgaba una identidad a la baja; “pretenden hacernos andar como pollo trabado a los que vuelan como águilas con las mercedes que nos hace Dios”. Teresa a través de la oración  construye una conciencia reflexiva sobre su propia identidad y conoce profundamente a Dios, profundamente la vida. Abierta al amor y a la belleza, con un corazón vivo, que siente, capaz de fecundarse siempre.  “Aprovéchame a mi también ver campo agua y flores, en estas cosas hallo yo memoria del criador; digo que me despertaban y recogían y servían de libro”.  Está claro, cuando te haces una con Cristo, te abres a la comunión de la vida; entonces, la luz viene de la vida misma.
El cuerpo de las mujeres como lugar de oración, como lugar de la dignidad humana. Me alienta a ello esa voluntad de Teresa de visualizar y corporaliza lo divino.
Privadas las mujeres de la universidad; se pusieron barrotes en los claustros; si por perfección era, ¿por qué privarles de las rejas a los varones? Ella hizo otra universidad: Convirtió en autoconocimiento su propia proximidad con la profundidad del misterio de Dios; antes de convencernos que ese conocimiento era valioso para todos, varones y mujeres. Enseñaba: “El conocimiento propio es el pan con que todos los manjares se han de comer por delicados que sean”. Con gran conciencia de su debilidad que no niega (“mujer soy al fin flaca y ruin”) rompe sus muros, parte de sus propias fronteras para alcanzar la de los otros al ocuparse de Dios, en el interior de sí misma; en esa necesidad de auto clarificación, como mujer que oficialmente no sabía. Alza su voz para nombrarse como criatura de Dios con capacidad para recibir todos sus dones y sabiduría: “Que no sea esclava de nadie vuestra voluntad”.
Muchas mujeres salen en sus obras, con admirada gratitud; supo recibir la grandeza de las otras, un puntazo para nosotras ahora ¡Habla de mujeres cuando nos habla de Dios y, nos habla de Dios cuando habla de mujeres!  
Pocas obras históricas retratan mejor la vida de las mujeres en esa época. La atroz vida e infamante que hoy se repite y atraviesa nuestra sociedad.  Fue una disidente, inquieta y comprometida en una época de miedo y persecuciones.
Revaloriza el espacio femenino privado, el trabajo doméstico donde, durante siglos, se recluye a las mujeres; ella lo visibiliza como espacio abierto a Dios. Introdujo su propia lectura al acontecer de Dios. “Pues hermanas, entended que si es a la cocina, Dios anda entre los pucheros”. Un aviso a navegantes. Dios también juega en nuestro campo. Los pucheros, la cocina, lugar donde se relega a millones de mujeres, lo invoca como lugar donde acaece todo el misterio de Dios.
No habitó exclusivamente el “espacio femenino” ni la clausura. Gran negociadora y con capacidad de comunicación, concertó licencias, compraventas, estableció relaciones de diversa índole. Su voz era escuchada en decisiones importantes. Estaba en el mundo, por tanto en el tiempo, por tanto en la historia, rompiendo el techo de cristal de las mujeres en terreno negado por la cultura patriarcal. No cabe la exclusión en la aventura humana; tampoco en la iglesia, que no es un campo abierto para la experiencia integral de las mujeres en ella. ¿En la celebración de su V Centenario se interrogaron sobre esto? Si no lo hacemos será “un disparate huir de la luz para andar siempre tropezando”.

“Entre los pucheros anda el Señor.” Tanto vale el trabajo intelectual como el trabajo doméstico; tanto vale para Dios como la propia liturgia. Tanto vale y tanto debería valer para nuestra propia sociedad (pucheros, costura, plancha cuidados, aseos, cultivo de la tierra, limpieza) lugar de mujeres, todo invisibilizado por nuestra sociedad. Este espíritu de Teresa tendría que suponer en la iglesia un cambio radical de la concepción y de la participación de las mujeres, y la presencia en todos los ministerios de la iglesia; que se elimine el lenguaje que minusvalora a las mujeres, y a veces las veja, incluso en la liturgia. Ella lo sabía bien: “Basta ser mujer para caérseme las alas”.
Sería un gran homenaje a Santa Teresa una nueva comprensión de la vida humana, varón y mujer, que se encuentran y reconocen en el Amor de Dios, que se encuentran y respetan en todas las sociedades. 
¿Se contentaba, para sus monjas, con hablar y vivir la experiencia de Dios? ¿Quería más para las mujeres? “Conviene mucho no apocar los deseos” –decía. Formaliza un pacto entre mujeres que se reconocen como interlocutoras, sororidad, se llama ahora Reconocerse en otras mujeres. Un modo, en que los ecos de lo personal es religioso y lo religioso es personal, llamando a la perfección la vivencia femenina.
Descorrió el velo de los prejuicios Modificó claramente la manera de encarar el mundo y su propia vida. Ella es un vestigio de la presencia de las mujeres en el proceso histórico. “Que fuerza tiene con Vos, Señor, un suspiro nacido de las entrañas”.
Su vida y su obra desbordan los sueños más ambiciosos de una Teresa de Jesús preocupada por ser útil a la iglesia de su tiempo y que interpela y urge a la actual, sobre la presencia de las mujeres en la misma, y a nuestra sociedad por la exclusión que sigue ejerciendo. Escuchemos a Teresa: “¿No basta Señor que nos tiene el mundo acorraladas, que no hagamos cosa que valga nada por vos en público, ni osemos hallar algunas verdades que lloramos en secreto, si no que no nos habíais de oír petición tan justa?  No lo creo Señor, de vuestra bondad y justicia. Veo los tiempos de manera que no es razón desechar ánimos virtuosos y fuertes aunque sean de mujeres. No aborrecisteis Señor cuando andabais en el mundo a las mujeres, antes las favorecisteis con mucha piedad. Dad ya luz a estas tinieblas”.
No es bueno convertir esta cita en una anécdota, porque al fin y al cabo, “este árbol también está plantado en las mesmas aguas de la vida”

María Isabel Serrano Gonzalez


martes, 14 de abril de 2015

La Iglesia debe administrar sus riquezas con generosidad, el Papa en su homilía

Una comunidad renacida en el Espíritu Santo busca la armonía y es paciente en los

sufrimientos. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta.

Además, el Santo Padre advirtió asimismo que los cristianos no deben acumular riquezas, sino ponerlas al servicio de quien tiente necesidad, tal como hacía la primera comunidad guiada por los Apóstoles.

¿Qué frutos aporta el Espíritu Santo a una comunidad? En su homilía Francisco se detuvo en el pasaje de los Hechos de los Apóstoles que describe la vida de la primera comunidad cristiana.

Armonía y bien común, signos de una comunidad renacida

El Papa Bergoglio destacó los dos signos del “renacimiento en una comunidad”. Y dijo que el primero es la armonía:

“La comunidad renacida o de aquellos que renacen en el Espíritu tiene esta gracia de la unidad, de la armonía. El único que puede darnos la armonía es el Espíritu Santo, porque también él es la armonía entre el Padre y el Hijo, es el don que hace la armonía. El segundo signo es el bien común, o sea: ‘En efecto ninguno entre ellos estaba necesitado, ninguno consideraba de su propiedad aquello que les pertenecía, estaba al servicio de la comunidad. Sí, algunos eran ricos, pero al servicio. Estos son los dos signos de una comunidad que vive en el Espíritu”.

El don de la paciencia en las dificultades

Éste – destacó el Papa – es un pasaje “curioso”, porque “inmediatamente después comienzan” los problemas en el seno de la comunidad, como por ejemplo, el ingreso de Ananías y Safiraque tratan de “estafar a la comunidad”:

“Estos son los patrones de los benefactores que se acercan a la Iglesia, entran para ayudarla y para usar a la Iglesia para sus propias especulaciones, ¿no? Después están las persecuciones que fueron anunciadas por Jesús. La última de las bienaventuranzas de Mateo: ‘Bienaventurados cuando los insulten, y los persigan a causa mía… Alégrense’. Y se leen tantas persecuciones de esta comunidad así. Jesús promete esto, promete tantas cosas bellas, la paz, la abundancia: ‘Tendrán cien veces más con las persecuciones’”.

En la “primera comunidad renacida del Espíritu Santo – recordó Francisco – sucede esto: la pobreza, el bien común, pero también los problemas, adentro y afuera”. Problemas adentro, como “aquella pareja de especuladores, y afuera, con las persecuciones”. Pero Pedro dice a la comunidad que no se sorprenda por estas persecuciones, porque “el fuego purifica el oro”. Y la comunidad renacida del Espíritu Santo es purificada precisamente “en medio de las dificultades y de las persecuciones”.

Por lo tanto, hay un tercer signo de una comunidad renacida: “la paciencia en el soportar: soportar los problemas, soportar las dificultades, soportar las murmuraciones, las calumnias, soportar las enfermedades, soportar el dolor” de la pérdida de un propio ser querido.

No acumular las riquezas, sino administrarlas para el bien común

La comunidad cristiana – dijo también el Santo Padre – “hace ver que ha renacido en el Espíritu Santo cuando es una comunidad que busca la armonía”, no la división interna; “cuando busca la pobreza”, “no la acumulación de riquezas para sí, porque las riquezas son para el servicio”. Y cuando “no se enoja inmediatamente ante las dificultades o se siente ofendida”, sino que es paciente como Jesús:
En esta segunda semana de Pascua, durante la que celebramos los misterios pascuales, nos hará bien pensar en nuestras comunidades, diocesanas, parroquiales, familiares o tantas otras, y pedir la gracia de la armonía que es más que la unidad – la unidad armoniosa, la armonía, que es el don del Espíritu – y pedir la gracia de la pobreza – no de la miseria, de la pobreza: ¿Qué significa? Que si yo tengo lo que tengo, debo administrarlo bien por el bien común y con generosidad – y pedir la gracia de la paciencia, de la paciencia”.
Que el Señor – concluyó diciendo el Papa – “nos haga comprender a todos que no sólo cada uno de nosotros ha recibido esta gracia en el Bautismo de renacer en el Espíritu, sino también nuestras comunidades”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).

EL SEÑOR REINA, VESTIDO DE MAJESTAD



Del Salmo 92: 

El Señor reina, vestido de majestad

El Señor reina, vestido de majestad, 
el Señor, vestido y ceñido de poder.

El Señor reina, vestido de majestad

Así está firme el orbe y no vacila. 
Tu trono está firme desde siempre, 
y Tú eres eterno.

El Señor reina, vestido de majestad

Los ríos hacen resonar sus voces, 
Señor, los ríos hacen resonar su fragor. 
Pero más fuerte que las aguas impetuosas, 
más fuerte que el oleaje del mar, 
es el Señor en las alturas.

El Señor reina, vestido de majestad

Tus mandatos son fieles y seguros; 
la santidad es el adorno de tu casa, 
Señor, por días sin término.

El Señor reina, vestido de majestad


Porque nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre


Lectura del santo evangelio según san Juan (3,5a.7b-15):

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu.»

Nicodemo le preguntó: «¿Cómo puede suceder eso?»

Le contestó Jesús: «Y tú, el maestro de Israel, ¿no lo entiendes? Te lo aseguro, de lo que sabemos hablamos; de lo que hemos visto damos testimonio, y no aceptáis nuestro testimonio. Si no creéis cuando os hablo de la tierra, ¿cómo creeréis cuando os hable del cielo? 

Porque nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en Él tenga vida eterna.»

lunes, 13 de abril de 2015

Francisco en Santa Marta: la valentía de anunciar a Jesucristo

En la homilía de este lunes, el Santo Padre invitó a pedir el Espíritu, que la Iglesia tenga el valor de hablar con franqueza y decir las cosas con libertad


El camino de la Iglesia es el de la “franqueza”, “decir las cosas, con libertad”. Estas son las palabras del papa Francisco durante la celebración matutina de la Santa Misa en la capilla de la Casa Santa Marta. El Santo Padre mencionó además que, como lo experimentaron los apóstoles después de la resurrección de Jesús, solo el Espíritu Santo es capaz de cambiar nuestra actitud, la historia de nuestra vida y darnos valor.
 “No podemos callar lo que hemos visto y oído”. El Pontífice desarrolló su homilía de este lunes, a partir de esta afirmación de Pedro y Juan, tomada de los Hechos de los Apóstoles, en la Primera Lectura.
El papa Francisco recordó que Pedro y Juan, después de haber realizado un milagro, habían sido encarcelados y amenazados por los sacerdotes para que no hablasen más en el nombre de Jesús, pero ellos siguen adelante y cuando vuelven donde los hermanos les animan a proclamar la Palabra de Dios “con franqueza”. Y, piden al Señor para que dirija “la mirada a sus amenazas” y conceda “a sus siervos” que “no huyan”, “para proclamar con toda franqueza” su Palabra.
“También hoy el mensaje de la Iglesia es el mensaje del camino de la franqueza, del camino del valor cristiano. Estos dos, sencillos --como dice la Biblia-- sin formación, tuvieron el valor. Una palabra que puede traducirse como 'valor', 'franqueza', 'libertad para hablar', 'no tener miedo de decir las cosas'... Es una palabra que tiene muchos significados, en el original. La parresía, aquella franqueza... Y del temor pasaron a la 'franqueza', a decir las cosas con libertad”.
A continuación, el Santo Padre reflexionó sobre el pasaje del Evangelio de hoy que narra el diálogo “un poco misterioso entre Jesús y Nicodemo”, sobre el “segundo nacimiento”, sobre “tener una vida nueva, diferente de la primera”.
El Pontífice subrayó que también en esta historia, “en este itinerario de la franqueza”, el “verdadero protagonista” es “precisamente el Espíritu Santo”, "porque Él es el único capaz de darnos esta gracia de la valentía de anunciar a Jesucristo”.
"Y esta valentía del anuncio es lo que nos distingue del simple proselitismo. Nosotros no hacemos publicidad para tener más 'socios' en nuestra 'sociedad espiritual', ¿no? Esto no sirve. No sirve, no es cristiano. Lo que el cristiano hace es anunciar con valentía y el anuncio de Jesucristo provoca, a través del Espíritu Santo, el asombro que nos hace avanzar”.
El verdadero protagonista de todo esto, insistió, es el Espíritu Santo. Cuando Jesús habla de “nacer de nuevo”, dijo, nos hace entender que es “el Espíritu el que nos cambia, el que viene de cualquier parte, como el viento: escuchemos su voz”. Y, prosiguió, “solo el Espíritu es capaz de cambiar nuestra actitud”, de “cambiar la historia de nuestra vida, cambiar nuestra pertenencia”.
Es el Espíritu, recordó, el que “da esta fuerza a estos hombres sencillos y sin formación”, como Pedro y Juan, “esta fuerza para anunciar a Jesucristo hasta el testimonio último: el martirio”.
“El camino del valor cristiano es una gracia que da el Espíritu Santo. Hay tantos caminos que podemos tomar, que también nos dan una cierta valentía. '¡Pero mira que valiente, la decisión que tomó! Y mira este, mira como hizo bien este plan, como organizó las cosas, ¡que bueno!': Esto ayuda, pero es un instrumento de otra cosa más grande: el Espíritu. Si no hay el Espíritu, podemos hacer tantas cosas, tanto trabajo, pero no sirve de nada”.
La Iglesia, añadió el papa Francisco, después de Pascua “nos prepara para recibir al Espíritu Santo”. Para ello, fue su exhortación final, ahora, “en la celebración del misterio de la muerte y resurrección de Jesús, podemos recordar toda la historia de la salvación” y “pedir la gracia para recibir el Espíritu para que nos dé la verdadera valentía de anunciar a Jesucristo”.
(13 de abril de 2015) © Innovative Media Inc.



Conversión y bautismo

El anuncio de la Palabra de Dios tiende a la conversión cristiana, es decir, a la adhesión plena y sincera a Cristo y a su Evangelio mediante la fe. La conversión es un don de Dios, obra de la Trinidad; es el Espíritu que abre las puertas de los corazones, a fin de que los hombres puedan creer en el Señor y « confesarlo » (cf. 1 Cor 12, 3). De quien se acerca a él por la fe, Jesús dice: « Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae » (Jn 6, 44).

La conversión se expresa desde el principio con una fe total y radical, que no pone límites ni obstáculos al don de Dios. Al mismo tiempo, sin embargo, determina un proceso dinámico y permanente que dura toda la existencia, exigiendo un esfuerzo continuo por pasar de la vida « según la carne » a la « vida según el Espíritu (cf. Rom 8, 3-13). La conversión significa aceptar, con decisión personal, la soberanía de Cristo y hacerse discípulos suyos.

La Iglesia llama a todos a esta conversión, siguiendo el ejemplo de Juan Bautista que preparaba los caminos hacia Cristo, « proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados » (Mc 1, 4), y los caminos de Cristo mismo, el cual, « después que Juan fue entregado, marchó ... a Galilea y proclamaba la Buena Nueva de Dios: "El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" » (Mc 1, 14-15).


Hoy la llamada a la conversión, que los misioneros dirigen a los no cristianos, se pone en tela de juicio o pasa en silencio. Se ve en ella un acto de « proselitismo »; se dice que basta ayudar a los hombres a ser más hombres o más fieles a la propia religión; que basta formar comunidades capaces de trabajar por la justicia, la libertad, la paz, la solidaridad. Pero se olvida que toda persona tiene el derecho a escuchar la « Buena Nueva » de Dios que se revela y se da en Cristo, para realizar en plenitud la propia vocación. La grandeza de este acontecimiento resuena en las palabras de Jesús a la Samaritana: « Si conocieras el don de Dios » y en el deseo inconsciente, pero ardiente de la mujer: « Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed » (Jn 4,10.15).

Los Apóstoles, movidos por el Espíritu Santo, invitaban a todos a cambiar de vida, a convertirse y a recibir el bautismo. Inmediatamente después del acontecimiento de Pentecostés, Pedro habla a la multitud de manera persuasiva « Al oír esto, dijeron con el corazón compungido a Pedro y a los demás Apóstoles: "¿Qué hemos de hacer, hermanos?" Pedro les contestó: "Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo" » (Act 2, 37-38). Y bautizó aquel día cerca de tres mil personas. Pedro mismo, después de la curación del tullido, habla a la multitud y repite: « Arrepentíos, pues, y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados » (Act 3, 19).

La conversión a Cristo está relacionada con el bautismo, no sólo por la praxis de la Iglesia, sino por voluntad del mismo Cristo, que envió a hacer discípulos a todas las gentes y a bautizarlas (cf. Mt 28, 19); está relacionada también por la exigencia intrínseca de recibir la plenitud de la nueva vida en él: 

« En verdad, en verdad te digo: —dice Jesús a Nicodemo— el que no nazca del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios » (Jn 3, 5). En efecto, el bautismo nos regenera a la vida de los hijos de Dios, nos une a Jesucristo y nos unge en el Espíritu Santo: no es un mero sello de la conversión, como un signo exterior que la demuestra y la certifica, sino que es un sacramento que significa y lleva a cabo este nuevo nacimiento por el Espíritu; instaura vínculos reales e inseparables con la Trinidad; hace miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.
CARTA ENCÍCLICA  REDEMPTORIS MISSIO 
DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II

«Te lo aseguro, el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios.»

Lectura del santo evangelio según san Juan 3, 1-8
Había un fariseo llamado Nicodemo, jefe judío. Éste fue a ver a Jesús de noche y le dijo:
- «Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él.»
Jesús le contestó:
- «Te lo aseguro, el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios.»
Nicodemo le pregunta:
- «¿Cómo puede nacer un hombre, siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer? »
Jesús le contestó:
- «Te lo aseguro, el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: "Tenéis que nacer de nuevo"; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu.»

Palabra del Señor.