domingo, 12 de enero de 2014

“Se abrieron para Él los cielos”, el Papa antes de la oración del Ángelus

Palabras del Papa antes de la oración mariana del Ángelus:Queridos hermanos y hermanas,hoy es la fiesta del Bautismo del Señor, y esta mañana he bautizado a treinta y dos recién nacidos. Agradezco con ustedes al Señor por estas criaturas y por cada nueva vida. Cada niño que nace es un don de alegría y esperanza, y cada niño que es bautizado es un prodigio de la fe y una fiesta para la familia de Dios.
La página del Evangelio de hoy subraya que cuando Jesús recibió el bautismo de Juan en el río Jordán, “se abrieron para Él los cielos” (Mt 3,16). Esto realiza las profecías. De hecho, hay un invocación que la liturgia nos hace repetir en el tiempo de Adviento: “ ¡Si tú abrieras el cielo y descendieras!” (Is 63,19). Si los cielos quedan cerrados, nuestro horizonte en esta vida terrena es oscuro, sin esperanza. En cambio, celebrando la Navidad, la fe, una vez más, nos ha dado la certeza de que los cielos se han abierto con la venida de Jesús. Y en el día del Bautismo de Cristo todavía contemplamos los cielos abiertos. La manifestación del Hijo de Dios en la tierra marca el comienzo del gran tiempo de la misericordia, después que el pecado había cerrado los cielos, elevando como una barrera entre el ser humano y su Creador. ¡Con el nacimiento de Jesús los cielos se abren! Dios nos dá en Cristo la garantía de un amor indestructible. Desde cuando el Verbo es hizo carne es pues posible ver los cielos abiertos. Ha sido posible para los pastores de Belén, para los Magos de Oriente, para el Bautista, para los Apóstoles de Jesús, para San Esteban, el primer mártir, que exclamó: “¡Contemplo los cielos abiertos!” (At 7,56). Y es posible también para cada uno de nosotros, si nos dejamos invadir por el amor de Dios, que nos es donado la primera vez en el Bautismo, por medio del Espíritu Santo. ¡Dejémonos invadir por el amor de Dios! ¡Este el gran tiempo de la misericordia! ¡No nos olvidemos!
Cuando Jesús recibió el Bautismo de penitencia de Juan el Bautista, solidarizando con el pueblo penitente – Él sin pecado y sin necesidad de conversión - Dios Padre hizo sentir su voz en el cielo: “¡Éste es mi Hijo amado en quien me complazco! (v 17). Jesús recibe la aprobación del Padre celeste, que ha lo enviado justamente para que acepte compartir nuestra condición, nuestra pobreza. Compartir es el verdadero modo de amar. Jesús no se separa de nosotros, nos considera hermanos y comparte con nosotros. Y así nos hace hijos, junto con Él, de Dios Padre. Ésta es la revelación y la fuente del verdadero amor. Y este es el gran tiempo de la misericordia.
¿No les parece que en nuestro tiempo haya necesidad de un suplemento de comunión fraterna y de amor? ¿No les parece que todos tenemos necesidad de un suplemento de caridad? No aquella que se conforma de la ayuda improvisada que no involucra, no pone en juego, sino de aquella caridad que comparte, que se hace cargo del malestar y del sufrimiento del hermano. ¡Cuál sabor adquiere la vida, cuando se deja inundar por el amor de Dios!
Pidamos a la Virgen Santa que nos sostenga con su intercesión en nuestro compromiso de seguir a Cristo en la vía de la fe y de la caridad, la vía trazada por nuestro Bautismo.

Después del Ángelus el Santo Padre dirigió un saludo a todos los presentes y dedicó unas palabras a los padres que bautizan a sus hijos y dijo que este sacramento ayude a los progenitores a “redescubrir la belleza de la fe y a volver en modo nuevo a los Sacramentos y a la comunidad”.


(traducción Cecilia Mutual)

De la vergüenza al perdón


Hay momentos en los que miramos, en serio, el fondo de nuestras almas. Descubrimos, entonces, luces y sombras, generosidad y egoísmo, justicia y traiciones. Las zonas claras no eliminan el peso y la pena que nos produce descubrir zonas oscuras.


Al ver zonas negativas, al reconocer nuestro pecado, sentimos una pena intensa. Surge un sincero sentimiento de vergüenza. Hacemos propias palabras como las escritas por un Papa, Pablo VI, desde lo más íntimo de su corazón, al reconocer que su vida estaba "cruzada por una trama de míseras acciones, que sería preferible no recordar, son tan defectuosas, imperfectas, equivocadas, tontas, ridículas (...). Pobre vida débil, enclenque, mezquina, tan necesitada de paciencia, de reparación, de infinita misericordia" (Pablo VI, "Meditación ante la muerte").

Sí: hay hechos que quisiéramos no recordar. Hay cobardías que nos apartaron del hermano. Hay avaricias que impidieron a nuestras manos compartir el pan y el dinero con quien lo necesitaba verdaderamente.

Cuando el dolor es sincero y sano, cuando llega a ser un arrepentimiento auténtico y humilde, somos capaces de abrir el alma y presentarla a un Dios que desea simplemente una cosa: derramar en nosotros el bálsamo de su misericordia.

Entonces caminamos desde la vergüenza hacia el perdón. Sólo el enfermo que descubre su mal acude al médico. Sólo quien reconoce sus miserias invoca a Dios para pedir, de rodillas, misericordia.

La respuesta del Padre, lo sabemos, es una: su Hijo en una Cruz que perdona los pecados, que destruye egoísmos, que supera injusticias, que devuelve paz a los corazones, que abre las puertas de los cielos en el sacramento de la confesión.

Con su Sangre derramada quedan borrados los pecados del mundo. Basta simplemente con ponerse, como mendigos de misericordia, a sus pies, para decirle: "¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!" (Lc 18,13).



P. Fernando Pascual

sábado, 11 de enero de 2014

LOS MISTERIOS DEL BAUTISMO DEL SEÑOR. De los sermones de san Máximo de Turín, obispo

Nos refiere el texto evangélico que el Señor acudió al Jordán para bautizarse y que allí mismo quiso verse consagrado con los misterios celestiales. [...] No faltará quien diga: ¿Por qué quiso bautizarse, si es santo?» Escucha. Cristo se hace bautizar, no para santificarse con el agua, sino para santificar el agua y para purificar aquella corriente con su propia purificación y mediante el contacto de su cuerpo. Pues la consagración de Cristo es la consagración completa del agua.

Y así, cuando se lava el Salvador, se purifica toda el agua necesaria para nuestro bautismo, y queda limpia la fuente, para que pueda luego administrarse a los pueblos que habían de venir a la gracia de aquel baño. Cristo, pues, se adelanta mediante su bautismo, a fin de que los pueblos cristianos vengan luego tras él con confianza.

Así es como entiendo yo el misterio: Cristo precede, de la misma manera que la columna de fuego iba delante a través del mar Rojo, para que los hijos de Israel siguieran intrépidamente su camino; y fue la primera en atravesar las aguas, para preparar la senda a los que seguían tras ella. Hecho que, como dice el Apóstol, fue un símbolo del bautismo. Y en un cierto modo aquello fue verdaderamente un bautismo, cuando la nube cubría a los israelitas y las olas les dejaban paso.

Pero todo esto lo llevó a cabo el mismo Cristo Señor que ahora actúa, quien, como entonces precedió a través del mar a los hijos de Israel en figura de columna de fuego, así ahora, mediante el bautismo, va delante de los pueblos cristianos con la columna de su cuerpo. Efectivamente, la misma columna, que entonces ofreció su resplandor a los ojos de los que la seguían, es ahora la que enciende su luz en los corazones de los creyentes: entonces, hizo posible una senda para ellos en medio de las olas del mar; ahora, corrobora sus pasos en el baño de la fe.
Fuente: News.va

viernes, 10 de enero de 2014

Papa Francisco: La Iglesia está llena de cristianos convencidos a medias


“La Iglesia está llena de cristianos derrotados”, cristianos “convencidos a medias”. Sin embargo, “la fe lo puede todo” y “vence al mundo”, pero hay que tener la valentía de confiarse al Señor: es lo que ha afirmado Papa Francisco en la Misa de esta mañana celebrada en Santa Marta.
 
En el centro de la homilía del Papa, la cita de la primera Lectura de San Juan, en la que el Apóstol “insiste” en “la palabra que para él es la expresión de la vida cristiana”: “permanecer en el Señor” para amar a Dios y al prójimo. Este “permanece en el amor” de Dios es obra del Espíritu Santo y de nuestra fe y produce un efecto concreto:
 
“El que permanece en Dios, el que ha sido generado por Dios, el que permanece en el amor vence al mundo y la victoria es nuestra fe. Por nuestra parte, la fe. Por parte de Dios, este ‘permanecer’, el Espíritu Santo, que hace esta obra de gracia. Por nuestra parte, la fe. ¡Es fuerte! Y esto es lo que ha vencido al mundo: ¡nuestra fe! ¡Nuestra fe lo puede todo! ¡Es victoria! Y sería bello que esto lo repitiésemos, también a nosotros mismos, porque muchas veces somos cristianos derrotados. La Iglesia está llena de cristianos derrotados, que no creen en esto, que la fe es victoria, que no viven esta fe, porque si no se vive esta fe, llega la derrota y vence el mundo, el príncipe del mundo”.
 
Jesús, recuerda el Papa, alabó mucho la fe de la hemorroísa, de la cananea o del ciego de nacimiento y decía que quien tiene la fe de un grano de mostaza puede mover montañas: “Esta fe, afirma, nos pide dos actitudes: confesar y confiarnos”. Antes que nada “confesar”.
 
“La fe es confesar a Dios, pero el Dios que se nos ha revelado a nosotros, desde el tiempo de nuestros padres hasta ahora: el Dios de la historia. Esto es lo que hacemos todos los días al recitar el Credo. Una cosa es recitar el Credo con el corazón y otra como loros, ¿no? Creo, creo en Dios, creo en Jesucristo, creo… ¿Creo en lo que digo? ¿Esta confesión de fe es verdadera o la digo de memorieta porque se debe decir? ¡O me creo la mitad? ¡Confesar la fe! ¡Toda, no una parte! ¡Toda” Y esta fe hay que custodiarla toda, como nos ha llegado a nosotros, por el camino de la tradición: ¡toda la fe! ¿Y cómo puedo saber si confieso bien la fe? hay un signo: el que confiesa bien la fe, toda la fe, tiene la capacidad de adorar, adorar a Dios”.
 
“Nosotros sabemos como pedir a Dios, como darle gracias, prosiguió el Papa, pero adorar a Dios, alabarlo ¡es algo más! Solo quien tiene esta fe fuerte es capaz de adorar” Y Papa Francisco añade: “Me atrevo a decir que el termómetro de la vida de la Iglesia es un poco bajo en esto”: hay poca capacidad de adorar, “no tenemos mucha, algunos sí…”. Y esto “porque en la confesión de la fe nosotros no estamos convencidos, o nos convencemos a mitad”. Por tanto, destaca el Papa, la primera actitud es la de confesar la fe y custodiarla. La otra actitud es “confiarse”.
 
“El hombre y la mujer que tiene fe se confía al Dios: ¡se confía! Pablo, en un momento de oscuridad de su vida, decía: ‘Sé bien en quien me he confiado’. ¡A Dios! ¡Al Señor Jesús! Confiarse: y esto nos lleva a la esperanza. Así como la confesión de la fe nos lleva a la adoración y a la alabanza a Dios, el confiarse a Dios nos lleva a una actitud de esperanza. Hay muchos cristianos con una esperanza aguada, no fuerte: una esperanza débil ¿Por qué? Porque no tienen la fuerza y la valentía de confiarse al Señor. Pero si nosotros los cristianos creemos confesando la fe, también custodiando, custodiando la fe y confiándonos a Dios, al Señor, seremos cristianos vencedores. Y esta es la victoria que ha derrotado al mundo: ¡nuestra fe!
 

jueves, 9 de enero de 2014

El amor cristiano es concreto y generoso, no es el de las telenovelas, dijo el Papa en su homilía

El amor cristiano tiene siempre la característica de ser “concreto”. Por tanto, es un amor que “está más en las obras que en las palabras”, está “más en el dar que en el recibir”. Lo dijo esta mañana el Papa Francisco en la homilía de la Misa celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta.


Ninguna sensiblería: o es un amor altruista y solícito, que se arremanga y mira a los pobres, que prefiere dar más que recibir, o no tiene nada que ver con el amor cristiano. El Papa Francisco fue neto sobre la cuestión y se dejó guiar en su reflexión ante todo por las palabras contenidas en la primera Carta de Juan, en la que el Apóstol insiste en repetir: “Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y el amor de él es perfecto en nosotros”. A la vez que observó que la experiencia de la fe, está precisamente en este “doble permanecer”:

“Nosotros en Dios y Dios en nosotros: ésta es la vida cristiana. No permanecer en el espíritu del mundo, no permanecer en la superficialidad, no permanecer en idolatría, no permanecer en vanidad. No, no: permanecer en el Señor. Y Él retribuye esto: Él permanece en nosotros. Pero, primero, permanece Él en nosotros. Tantas veces lo echamos y nosotros no podemos permanecer en Él. Es el Espíritu el que permanece”.

Una vez aclarada la dinámica del espíritu que mueve el amor cristiano, el Papa Francisco pasó a considerar la carne. “Permanecer en el amor” de Dios, afirmó, no es tanto un éxtasis del corazón, “una cosa bella que sentimos”:

“¡Miren que el amor del que habla Juan no es el amor de las telenovelas! No, es otra cosa. El amor cristiano tiene siempre una cualidad: la concreción. El amor cristiano es concreto. El mismo Jesús, cuando habla del amor, nos habla de cosas concretas: dar de comer a los hambrientos, visitar a los enfermos y tantas cosas concretas. El amor es concreto. La concreción cristiana. Y cuando no existe esta concreción, se puede vivir un cristianismo de ilusiones, porque no se comprende bien dónde está el centro del mensaje de Jesús. Este amor no llega a ser concreto: es un amor de ilusiones, como estas ilusiones que tenían los discípulos cuando, viendo a Jesús, creían que era un fantasma”.

El “fantasma” es aquel que precisamente – en el episodio del Evangelio – los discípulos vislumbran maravillados y temerosos que va hacia ellos caminando sobre el mar. Pero su estupor nace de una dureza del corazón, porque – como dice el mismo Evangelio – “no habían comprendido” la multiplicación de los panes que había tenido lugar poco antes. “Si tú tienes el corazón endurecido – comentó el Papa Francisco –no puedes amar y piensas que el amor es eso de figurarse cosas. No, el amor es concreto”. Y esta concreción, añadió, se funda en dos criterios:

“El primer criterio: amar con las obras, no con las palabras. ¡A las palabras se las lleva el viento! Hoy estoy, mañana no estoy. El segundo criterio de concreción es que en el amor es más importante dar que recibir. El que ama da, da... Da cosas, da vida, se da a sí mismo a Dios y a los demás. En cambio quien no ama, quien es egoísta, siempre trata de recibir, siempre trata de tener cosas, tener ventajas. Permanecer con el corazón abierto, no como era el de los discípulos, que estaba cerrado, que no entendían nada: permanecer en Dios y Dios permanece en nosotros; permanecer en el amor”.

(María Fernanda Bernasconi – RV).

Con los Sacramentos Dios nos comunica su gracia y el Bautismo nos sumerge en Cristo fuente de vida, reitera el Papa Francisco


Con Jesús, en la Iglesia, portadores de una esperanza nueva, que nadie puede apagar, perdonando y reconociendo en los pobres el rostro del Señor que nos visita. En la primera audiencia general del 2014, con el abrazo de miles de peregrinos también en esta ocasión en la Plaza de San Pedro, el Obispo de Roma anunció que a partir de hoy comienza una serie de catequesis sobre los Sacramentos, empezando por el Bautismo. Señalando que «los Sacramentos prolongan en la historia la acción salvífica de Cristo», y que «Cristo con la fuerza del Espíritu Santo regenera continuamente a la comunidad cristiana y la envía al mundo para llevar a todos la salvación con palabras y gestos, con la predicación y los Sacramentos», el Papa Francisco, reanudó, después de la pausa navideña, las citas semanales para la audiencia general y deseó a todos ¡feliz año nuevo y buena peregrinación!

¡No se dejen robar la identidad cristiana!, alentó el Santo Padre. Y así como en su alocución central en italiano, también en sus saludos a los peregrinos de lengua española y a los de tantas partes del mundo, el Obispo de Roma invitó a acoger cada día la gracia del Bautismo para hacerlo fructificar y ser cada vez más «signos del amor de Dios para todos». Tras hacer hincapié en que «los Sacramentos, son el centro de la fe cristiana» y en que por medio de ellos «Dios comunica su gracia, se hace presente y actúa en nuestra vida», el Papa Bergoglio, destacó la feliz coincidencia del próximo domingo, en que celebramos la fiesta del Bautismo del Señor.

«El Bautismo es el sacramento sobre el que se fundamenta nuestra fe y nos hace miembros vivos de Cristo y de su Iglesia. No es un simple rito o un hecho formal, es un acto que afecta en profundidad la existencia. Por él, nos sumergimos en la fuente inagotable de vida, que proviene de la muerte de Jesús. Así podemos vivir una vida nueva, de comunión con Dios y con los hermanos». Una vez más, el Papa invitó también a recordar y celebrar la fecha del Bautismo, anunciando con nuestra vida la Buena Noticia, siguiendo a Jesús y permaneciendo en la Iglesia, con nuestros límites y fragilidades, gracias a los Sacramentos.

Palabras del Papa en español: 

Queridos hermanos y hermanas:
Hoy comenzamos una serie de catequesis sobre los sacramentos, que son el centro de la fe cristiana, por los que Dios comunica su gracia, se hace presente y actúa en nuestra vida. Los siete sacramentos de la Iglesia prolongan en la historia la acción salvífica y vivificante de Cristo, con la fuerza del Espíritu Santo.
El Bautismo es el sacramento sobre el que se fundamenta nuestra fe y nos hace miembros vivos de Cristo y de su Iglesia. No es un simple rito o un hecho formal, es un acto que afecta en profundidad la existencia. Por él, nos sumergimos en la fuente inagotable de vida, que proviene de la muerte de Jesús. Así podemos vivir una vida nueva, de comunión con Dios y con los hermanos. Aunque muchos no tenemos el mínimo recuerdo de la celebración de este sacramento, estamos llamados a vivir cada día aspirando a la vocación que en él recibimos.

Si seguimos a Jesús y permanecemos en la Iglesia, con nuestros límites y fragilidades, es gracias a los sacramentos por los que nos convertimos en nuevas creaturas y somos revestidos de Cristo.

martes, 7 de enero de 2014

Poner a prueba nuestro corazón para escuchar a Jesús, pide el Papa al reanudar la celebración de la misa matutina


El cristiano sabe vigilar sobre su corazón para distinguir lo que viene de Dios y lo que viene de los falsos profetas. Es cuanto afirmó el Papa Francisco esta mañana en su homilía, al reanudar la celebración de la Misa matutina en la capilla de la Casa de Santa Marta, tras las festividades navideñas. El Santo Padre reafirmó que el camino de Jesús es el del servicio y de la humildad. Un camino que todos los cristianos están llamados a seguir.

“Permanezcan en el Señor”. El Papa Francisco desarrolló su homilía partiendo de esta exhortación del Apóstol Juan, contenida en la Primera lectura. Un “consejo de vida”, observó, que Juan repite de modo “casi obsesivo”. Y explicó que el Apóstol indica “una de las actitudes del cristiano que quiere permanecer en el Señor: conocer qué sucede en el propio corazón”. Por esto advierte que no hay que dar fe a todo espíritu, sino poner “a prueba a los espíritus”. Es necesario, evidenció el Santo Padre, saber “discernir los espíritus”, discernir si una cosa nos hace “permanecer en el Señor o nos aleja de Él”. “Nuestro corazón – añadió – siempre tiene deseos, tiene ganas, tiene pensamientos”. Pero se preguntó si “estos deseos son del Señor o si algunos de estos nos alejan del Señor.” He aquí entonces, dijo, que el Apóstol Juan nos exhorta a “poner a la prueba” lo que pensamos y deseamos:

“Si esto va en la línea del Señor, así irás bien, si no, no va… Poner a prueba los espíritus para probar si provienen verdaderamente de Dios, porque muchos falsos profetas han venido al mundo. Profetas o profecías o propuestas: ‘¡Yo tengo ganas de hacer esto!’. Pero esto no te lleva al Señor, te aleja de Él. Por esto es necesaria la vigilancia. El cristiano es un hombre o una mujer que sabe vigilar su corazón. Y tantas veces nuestro corazón, con tantas cosas que van y vienen, parece un mercado de barrio: de todo, tú encuentras de todo allí... ¡Y no! Debemos tantear – esto es del Señor y esto no es – para permanecer en el Señor”.

¿Cuál es, por tanto, el criterio para entender si una cosa viene de Cristo o del anticristo? San Juan – afirmó el Papa – tiene una idea clara, “simple”: “Cada espíritu que reconoce a Jesucristo, venido en la carne, es de Dios. Cada espíritu que no reconoce a Jesús no es de Dios: es el espíritu del anticristo”. Pero ¿qué significa, por tanto, “reconocer que el Verbo ha venido en la carne?”. Quiere decir – observó Francisco – “reconocer el camino de Jesucristo”, reconocer que Él, “siendo Dios, se ha abajado, se ha humillado” hasta la “muerte de cruz”:

“Ese es el camino de Jesucristo: el abajamiento, la humildad, la humillación también. Si un pensamiento, si un deseo te lleva por ese camino de humildad, de abajamiento, de servicio a los demás, es de Jesús. Pero si te lleva por el camino de la suficiencia, de la vanidad, del orgullo, por el camino de un pensamiento abstracto, no es de Jesús. Pensemos en las tentaciones de Jesús en el desierto: las tres propuestas que hace el demonio a Jesús son propuestas que querían alejarlo de este camino, el camino del servicio, de la humildad, de la humillación, de la caridad. Pero la caridad hecha con su vida, ¿no? A las tres tentaciones Jesús dice no: ‘¡No, éste no es mi camino!’”.

Por último, el Pontífice invitó a todos a pensar precisamente en lo que sucede en nuestro corazón. En lo que pensamos y sentimos, en lo que queremos y en probar a los espíritus. “¿Yo pongo a prueba lo que pienso, lo que quiero, lo que deseo? – se preguntó el Papa – ¿o tomo todo?”:

“Tantas veces, nuestro corazón es un camino, pasan todos por allí… Poner a la prueba. ¿Y elijo siempre las cosas que vienen de Dios? ¿Sé cuáles son aquellas que vienen de Dios? ¿Conozco el verdadero criterio para discernir mis pensamientos, mis deseos? Pensemos esto y no olvidemos que el criterio es la Encarnación del Verbo. El Verbo ha venido en la carne: ¡Éste es Jesucristo! Jesucristo que se ha hecho hombre, Dios hecho hombre, se ha abajado, se ha humillado por amor, para servirnos a todos nosotros. Y que el Apóstol Juan nos conceda esta gracia de conocer qué sucede en nuestro corazón y tener la sabiduría de discernir lo que viene de Dios y lo que no viene de Dios”.

(María Fernanda Bernasconi – RV).

lunes, 6 de enero de 2014

LOS MAGOS DE ORIENTE


«Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra» (Mateo 2, 11).

Mi buen Jesús... hoy, día que celebramos Tu epifanía a todos los hombres... y día en que te visitaron los «magos de Oriente» para llevarte sus dones... yo también me acerco a Ti para entregarte lo poco que tengo...

En este día, te entrego el «oro» de lo poco que poseo, con la conciencia de que lo tengo porque Tú me lo has dado... te entrego mis pensamientos y mis acciones... mi trabajo, mi esfuerzo y mi cansancio... en fin, te entrego mi vida para que Tú la dirijas como y hacia donde Tú quieras hacerlo...

Te entrego el «incienso» de mis oraciones... las dichas con fervor... y aquellas que, por la prisa, en ocasiones he repetido sin poner todo mi corazón en ellas... las dichas ante el Sagrario y las dichas en el automóvil, mientras conduzco... te entrego mis horas ante Ti en el Santísimo... y las Eucaristías a las que he asistido a encontrarme contigo... te entrego cada Rosario... cada Novena... y cada oración que te he ofrecido... para que Tú, mi Señor, las multipliques y las hagas dar fruto...

Te entrego, también, la «mirra» de mis dificultades y problemas... de mis angustias y pesares... te entrego mis momentos de ansiedad, cuando buscaba con urgencia Tu Paz... te ofrezco mis miserias... mis momentos de dudas... mis miedos y temores... te entrego las tormentas que he encontrado y de las que Tú me has permitido salir... te entrego cada cruz... cada sufrimiento... cada tribulación... para que Tú, Dios mío, las guardes en Tú Sacratísimo Corazón...

Por último, mi amado Jesús... te pido que bendigas a cada uno de los amigos que nos visitan en este pequeño rinconcito que tenemos aquí... derrama sobre ellos y sus familias Tus Gracias... llénalos de Tu Amor... y concédeles Tu Paz... para que vivan, hoy y siempre, unidos a Ti...
De Tengo sed de Ti

Solemnidad de la Epifanía del Señor - Reflexión Espiritual de los sermones de san León Magno


Solemnidad de la Epifanía del Señor - Reflexión Espiritual de los sermones de san León Magno, papa: “Dios ha manifestado su salvación en todo el mundo”

La misericordiosa providencia de Dios, que ya había decidido venir en los últimos tiempos en ayuda del mundo que perecía, determinó de antemano la salvación de todos los pueblos en Cristo. De estos pueblos se trataba en la descendencia innumerable que fue en otro tiempo prometida al santo patriarca Abrahán, descendencia que no sería engendrada por una semilla de carne, sino por la fecundidad de la fe [...]. 

Que todas las naciones, en la persona de los tres Magos, adoren al Autor del universo, y que Dios sea conocido, no ya sólo en Judea, sino también en el mundo entero [...]. Como profetizó Isaías, el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban en tierra de sombras, y una luz les brilló. También a propósito de ellos dice el propio Isaías al Señor: Naciones que no te conocían te invocarán, un pueblo que no te conocía correrá hacia ti. [...]

Esto se ha realizado, lo sabemos, en el hecho de que tres magos, llamados de su lejano país, fueron conducidos por una estrella para conocer y adorar al Rey del cielo y de la tierra. La docilidad de los magos a esta estrella nos indica el modo de nuestra obediencia, para que, en la medida de nuestras posibilidades, seamos servidores de esa gracia que llama a todos los hombres a Cristo.
Fuente: News va.

domingo, 5 de enero de 2014

La navidad nos revela el amor inmenso de Dios por la humanidad, dijo el Papa en Ángelus, en el que anunció su peregrinación a Tierra el próximo mayo

El prólogo del Evangelio de San Juan propone el significado más profundo de la Navidad de Jesús. Él es la Palabra de Dios que se hizo hombre y que ha puesto su " tienda", su morada entre hombres, afirmó el Obispo de Roma en su Reflexión previa a la oración del Ángelus. “El Evangelista escribe: "El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn 1,14). ¡En estas palabras, que nunca dejan de sorprendernos, está todo el cristianismo! ¡Dios se hizo mortal, frágil como nosotros, compartió nuestra condición humana, excepto el pecado, ha entrado en nuestra historia, se volvió plenamente Dios-con-nosotros! El nacimiento de Jesús, entonces, nos muestra que Dios ha querido unirse a todos los hombres y mujeres, a cada uno de nosotros, para comunicarnos su vida y su alegría”.
Del inmenso amor de Dios por la humanidad deriva el entusiasmo, la esperanza de nosotros los cristianos, que en nuestra pobreza sabemos que somos amados, visitados, acompañados por Dios; y miramos al mundo y la historia como el lugar donde caminar con Él y entre nosotros, hacia los cielos nuevos y la tierra nueva, explicó el Vicario de Cristo. Manifestando que “por cuanto la historia humana y la de cada uno de nosotros pueda estar marcada por las dificultades y debilidades, la fe en la Encarnación nos dice que Dios es solidario con el hombre y su historia. ¡Esta cercanía de Dios al hombre, a cada hombre, es un regalo que nunca tiene ocaso! Aquí está la buena noticia de la Navidad: la luz divina que llenó los corazones de la Virgen María y de San José, y guió los pasos de los pastores y los magos, brilla para nosotros hoy”.
El Sucesor de Pedro dijo que todos nosotros deberíamos apresurarnos para recibir la gracia que Él nos ofrece. Sin embargo –explicó que “tantas veces lo rechazamos, preferimos permanecer en la cerrazón de nuestros errores y en la angustia de nuestros pecados. ¡Pero Jesús no se da por vencido y nunca deja de ofrecerse a sí mismo y de ofrecer su gracia que nos salva! Éste es un mensaje de salvación, antiguo y siempre nuevo. Y estamos llamados a testimoniar con alegría este mensaje del Evangelio de la vida y de la luz, de la esperanza y del amor”.
Peregrinación del Papa a Tierra Santa
Tierra Santa es meta de peregrinación de Francisco, Obispo de Roma, del 24 al 26 de mayo, con el fin de conmemorar el histórico encuentro entre Pablo VI y el Patriarca Atenágoras sucedido hace 50 años un 5 de enero. Junto al Santo Sepulcro se celebrará un encuentro ecuménico con todos los representantes de las Iglesias cristianas de Jerusalén. Junto al Patriarca Bartolomeo de Constantinopla. El Papa pidió se rece por esta peregrinación. jesuita Guillermo Ortiz -RV

viernes, 3 de enero de 2014

Anunciar el Evangelio con dulzura y amor como Jesús, Papa Francisco en la Chiesa del Gesú, en el corazón de Roma

«El centro de la Compañía de Jesús es Cristo y su Iglesia». «Los jesuitas queremos ser condecorados con el nombre de Jesús, militando bajo el estandarte de su Cruz y ello quiere decir tener los mismos sentimientos de Cristo. Significa pensar como Él; amar como Él; ver como Él; caminar como Él. Significa hacer lo que Él ha hecho y con sus mismos sentimientos, con los sentimientos de su Corazón». Son palabras del Papa Francisco en su homilía de este viernes, en la Chiesa del Gesú, donde fue para celebrar la misa en el día de la fiesta litúrgica del Santo Nombre de Jesús, fiesta titular de la Compañía de Jesús. Una celebración que fue también en acción de gracias por la inscripción en el libro de los santos de Pedro Fabro, sacerdote de la Compañía de Jesús y primer compañero de San Ignacio de Loyola, el pasado 17 de diciembre. Concelebraron con el Papa sus compañeros jesuitas presentes en Roma. Esta es la tercera vez que Francisco visita esta iglesia querida por san Ignacio de Loyola, Fundador de la Compañía de Jesús, en el corazón de Roma.
En la histórica iglesia romana tan ligada a la vida de su fundador, Francisco, primer Papa jesuita, celebró la fiesta litúrgica de San Ignacio de Loyola, con los jesuitas, de forma privada, el pasado 31 de julio. Así como también, se detuvo en ella en el marco de su visita también de forma privada al Centro Astalli de Roma, que es la sede italiana del Servicio Jesuita para los Refugiados, el pasado 10 de septiembre.

"EL DOBLE PRECEPTO DE LA CARIDAD" SAN AGUSTÍN


De los tratados de san Agustín, obispo, sobre el evangelio de san Juan


Vino el Señor mismo, como doctor en caridad, rebosante de ella compendiando, como de él se predijo, la palabra sobre la tierra, y puso de manifiesto que tanto la ley como los profetas radican en los dos preceptos de la caridad. Recordad conmigo, hermanos, aquellos dos preceptos. Pues, en efecto; tienen que seros en extremo familiares no sólo veniros a la memoria cuando ahora os los recordamos, sino que deben permanecer siempre grabados en vuestros corazones. 

Nunca olvidéis que hay que amar a Dios y al prójimo: a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser; y al prójimo como a sí mismo. El amor de Dios es el primero en la jerarquía del precepto, pero el amor al prójimo es el primero en el rango de la acción. ~
Pero tú, que todavía no ves a Dios, amando al prójimo haces méritos para verlo; con el amor al prójimo aclaras tu pupila para mirar a Dios, como sin lugar a dudas dice Juan: Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. ~

Comienza, pues, por amar al prójimo. Parte tu pan con el hambriento~ ¿Qué será lo que consigas si haces esto? ~ Al amar a tu prójimo y cuidarte de él, vas haciendo tu camino. ¿Y hacia dónde caminas sino hacia el Señor Dios ~ Es verdad que no hemos llegado todavía hasta nuestro Señor, pero sí que tenemos con nosotros al prójimo. Ayuda, por tanto, a aquel con quien caminas, para que llegues hasta aquel con quien deseas quedarte para siempre.
Fuente: News.va

Un solo propósito: la caridad

Un par de veces al mes paso por un lugar donde siempre está parado el mismo mendigo. Eso no es nada raro. En mi país, en cada luz de tráfico hay alguien pidiendo limosna. Pero ese mendigo particular tiene algo que me llama. Es como si me dijera, “Mírame, ¡qué yo puedo ser Jesús!”


Me confieso culpable, hasta ahora solamente he bajado el vidrio y le he dado un dólar. Lo hago cada vez que paso… pero en mi corazón sé que eso no es suficiente. Y es que mirándole, cobra vida ese pasaje donde Jesús nos dice: «Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme». Jesús no espera una “limosna” de mí, Él espera que le dé más, que le dé mi vida.
San Basilio Magno dijo una vez,
Óyeme cristiano que no ayudas al pobre: tú eres un verdadero ladrón. El pan que no necesitas le pertenece al hambriento. Los vestidos que ya no usas le pertenecen al necesitado. El calzado que ya no empleas le pertenece al descalzo. El dinero que gastas en lo que no es necesario es un robo que le estás haciendo al que no tiene con que comprar lo que necesita. Si pudiendo ayudar no ayudas, eres un verdadero ladrón.
Por eso, mi propósito de año nuevo es ir más allá de reconocer el rostro de Cristo en el necesitado. Cuando llegue el día de encontrarme frente a frente con Él, no bastará decirle que lo vi con hambre si no le di de comer…
Fuente: Tengo sed de Ti

En urgencias


Marta Chacón,
 también llamada Cordelia, me envía esta bellísima historia. Su autora es médico y ha trabajado como pediatra algunos años. Además es una notable escritora
.

31 de diciembre, diez y pico de la noche. Llevo más de doce horas viendo niños en la urgencia. Queda ya muy poco para el año nuevo. A ver si nos dan un respiro y podemos cenar...
Pues no. Un bebé llora en la sala de espera. Me asomo y les indico que pasen, con la idea de terminar cuanto antes.
Son jóvenes, muy jóvenes, obviamente extranjeros. Magrebíes, árabes o así. El padre me explica:
―Nos volvemos a casa, pero ha empezado a llorar y no conseguimos calmarlo. No sabemos qué le pasa.
La madre, una chiquilla con enormes ojos oscuros, sonríe y dice algo que no puedo entender, porque la sonrisa me ha dejado pasmada.
Le pido que repita.
―No llora nunca, no parece que tenga hambre, no sé lo qué es.
Empiezo con la ronda de preguntas: ¿embarazo y parto normal? Se miran, sonríen, ella con esa sonrisa que parece como si hubiera salido el sol. Él con una media sonrisa que le llega hasta los ojos, con un puntito de picardía, como si supiera algo que los demás no saben. Es evidente que se quieren, que él no la trata con ese desprecio teñido de agresividad que frecuentemente emplean en su tierra con las mujeres.
―Sí, todo normal.
Miro al niño, que ahora se ha quedado dormido, y tiene la cabeza redondita como los niños nacidos por cesárea. No digo nada, no sé por qué.
―¿Come bien? Sí ¿Hace pis y caca? Sí ¿Duerme sus horas? Sí ¿Qué edad tiene? Seis días. Desnúdelo, por favor.
El niño desnudito en la camilla sigue durmiendo, no se ha despertado al quitarle la ropa. La piel color canela, mata de pelo negro en la cabeza. Las pestañas tiemblan al ritmo de su respiración. Auscultación normal. El cordón limpio, a punto de caerse. Les doy instrucciones para cuando se caiga. Tripa normal, caderas normales. Oídos normales. Le miro los dedos de los pies y las manos. A veces, cuando la madre tiene el pelo largo, se enreda en un dedito y puede causar problemas. Nada.
―Todo está bien, no le veo nada.
Les explico que no deben preocuparse, que la exploración es toda normal, que patatín, que patatán, que pueden volver si hay algo nuevo que les alarme.
La chiquilla me dice:
―Está tranquilo desde que hemos entrado. Igual solo quería verte. Anda, cógelo un poquito mientras me pongo el abrigo.
Y me da el niño.
Ante una desfachatez semejante, mi reacción habitual hubiera sido bastante cáustica. No sé por qué, simplemente cojo al niño y lo acuno. Abre los ojos y me mira, no con esa mirada desenfocada de los recién nacidos. Me mira hasta dentro, y me ve. Es el vivo retrato de su madre, incluidos los ojos, oscuros que no grises, dulces, profundos. Me ahogo en esos ojos que me prometen felicidad sin límites. Amor. Vida.
María me coge al Niño despacito, me sonríe de nuevo, y se vuelve para marcharse.
El padre me da las gracias y me desea feliz año nuevo.
Y yo me quedo sentada en la silla como si me hubiera caído un rayo.

jueves, 2 de enero de 2014

A la hora del Ángelus el Papa invitó a poner nuestras esperanzas con confianza filial en las manos de María, Madre del Redentor


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y buen año!
Al inicio del nuevo año dirijo a todos ustedes las felicitaciones de paz y de todo bien. Mi deseo es el de la Iglesia, ¡es el deseo cristiano! No está ligado al sentido un poco mágico y un poco fatalista de un nuevo ciclo que inicia. Nosotros sabemos que la historia tiene un centro: Jesucristo, encarnado, muerto y resucitado, que está vivo entre nosotros; y tiene un fin: el Reino de Dios, Reino de paz, de justicia, de libertad en el amor; y tiene una fuerza que la mueve hacia aquel fin, y la fuerza es el Espíritu Santo.

Todos nosotros tenemos al Espíritu Santo que hemos recibido en el Bautismo. Y Él nos impulsa a ir hacia adelante en el camino de la vida cristiana, en el camino de la historia, hacia el Reino de Dios. Este Espíritu es el poder del amor que ha fecundado el seno de la Virgen María; y es el mismo que anima los proyectos y las obras de todos los artífices de la paz.
Donde hay un hombre o una mujer constructores de paz allí está precisamente el Espíritu Santo que los ayuda, los impulsa a construir la paz. 

Dos caminos que se cruzan hoy, fiesta de María Santísima Madre de Dios y Jornada Mundial de la Paz. Hace ocho días resonó el anuncio angélico: “Gloria a Dios y paz a los hombres”; hoy lo acogemos nuevamente de la Madre de Jesús, que «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2, 19), para hacer de él nuestro empeño en el curso del año que se abre.

El tema de esta Jornada Mundial de la Paz es «Fraternidad, fundamento y camino para la paz». Fraternidad. Siguiendo las huellas de mis Predecesores, a partir de Pablo VI, he desarrollado el tema en un Mensaje, ya difundido y que hoy entrego a todos idealmente. En la base está la convicción de que somos todos hijos del único Padre celestial, formamos parte de la misma familia humana y compartimos un destino común. De aquí deriva para cada uno la responsabilidad de trabajar a fin de que el mundo se convierta en una comunidad de hermanos que se respetan, se aceptan en su diversidad y se cuidan recíprocamente. También estamos llamados a darnos cuenta de las violencias y de las injusticias presentes en tantas partes del mundo y que no pueden dejarnos indiferentes e inmóviles: se necesita el empeño de todos para construir una sociedad verdaderamente más justa y solidaria.

Ayer recibí una carta de un señor, quizás de uno de ustedes, que contándome una tragedia familiar, sucesivamente listaba tantas tragedias y guerras hoy en el mundo. Y me preguntaba: ¿Qué sucede hoy en el mundo, que está llevando a hacer todo? Y decía, en fin, es hora de detenerse. También yo creo que nos hará bien detenernos en este camino de violencia y buscar la paz.

Hermanos y hermanas, hago mías las palabras de este hombre: ¿Qué sucede en el corazón de los hombres? ¿Qué sucede en el corazón de la humanidad? ¡Es hora detenerse!

Desde cada rincón de la tierra, hoy los creyentes elevan su oración para pedir al Señor el don de la paz y la capacidad de llevarla a cada ambiente. Que en este primer día del año, el Señor nos ayude a encaminarnos todos con más decisión por los caminos de la justicia y de la paz. Comenzamos en casa ¡eh! Justicia y paz en casa. Entre nosotros ¡eh! Se comienza en casa y después se va adelante, a toda la humanidad, pero debemos comenzar en casa. 

Que el Espíritu Santo obre en los corazones, disuelva las cerrazones y las durezas y nos conceda que nos enternezcamos ante la debilidad del Niño Jesús. La paz, en efecto, requiere la fuerza de la mansedumbre, la fuerza no violenta de la verdad y del amor.

En las manos de María, Madre del Redentor, ponemos con confianza filial nuestras esperanzas. A ella, que extiende su maternidad a todos los hombres, encomendamos el grito de paz de las poblaciones oprimidas por la guerra y por la violencia, para que el coraje del diálogo y de la reconciliación prevalezca sobre las tentaciones de venganza, de prepotencia, de corrupción. A Ella le pedimos que el Evangelio de la fraternidad, anunciado y testimoniado por la Iglesia, hable a cada conciencia y derrumbe los muros que impiden a los enemigos reconocerse hermanos.

ER RV