domingo, 24 de noviembre de 2013

El Papa Francisco a las comunidades de clausura: “María es la mujer de la espera y de la esperanza que nunca flaquea”

 “María es la madre de la esperanza y de ella nació la enseñanza de mirar al futuro con esperanza”. Este fue el mensaje que el Papa Francisco entregó este jueves por la tarde a las monjas benedictinas camaldulenses del Aventino de Roma, en ocasión de su visita al monasterio de San Antonio Abad, en la Jornada de las Claustrales, dedicada a todas las comunidades de clausura. Dio la bienvenida al Santo Padre la abadesa, Sor Michela Porcellato, luego el Pontífice celebró con la Comunidad las Vísperas.

Francisco, dirigiéndose a las religiosas, celebró a la Virgen María, imagen de la esperanza cristiana, que conocía y amaba a Jesús como ninguna otra criatura, y con quien estableció un vínculo de parentesco, incluso antes de dar a luz:

“Se convierte en discípula y madre de su Hijo en el momento que acoge las palabras del Ángel y dice: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra". Este "hágase en mí" no es sólo aceptación, sino también apertura al futuro: ¡es esperanza! ¡Este "hágase en mí" es esperanza!”

María es la Madre de la esperanza. A las monjas que le escuchan, y a la abadesa, el Papa recuerda todos los “sí” de la vida de María, desde la Anunciación, que son, de hecho, "el icono más expresivo de la esperanza cristiana":

“María no sabía cómo podía ser madre, pero se confió totalmente al misterio que iba a cumplirse, y se ha convertido en la mujer de la espera y de la esperanza”.

El Papa da cuenta de la María de Belén para el nacimiento de Jesús; la María, en Jerusalén para la presentación en el templo. María es consciente de cómo la misión y la identidad de aquel Hijo, que se hizo Maestro y Mesías, supera su ser madre y al mismo tiempo puede generar temor, así como las palabras de Simeón y su profecía de dolor. "Y sin embargo - dijo el Papa - ante todas estas dificultades y sorpresas del plan de Dios, la esperanza de la Virgen nunca flaquea".

“Esto nos dice que la esperanza se nutre de la escucha, la contemplación, la paciencia, para que los tiempos del Señor maduren”.

Incluso cuando María se convierte en la dolorosa al pie de la cruz, afirmó Francisco, su esperanza no cede, sino que la sostiene en la "espera vigilante de un misterio, mayor del dolor que está por cumplirse".

“Todo parece realmente acabado; cualquier esperanza podría decirse apagada. También ella, en ese momento, podría haber dicho, si no hubiera recordado las promesas de la Anunciación: "¡Esto no es cierto! ¡He sido engañada!". Y no lo hizo”.

María creyó. Su fe le ha hecho esperar con esperanza en el futuro de Dios. Una esperanza, que según el Santo Padre, hoy el hombre no logra tener.

“Muchas veces pienso: "¿Sabemos esperar el mañana de Dios, o queremos el hoy, el hoy, el hoy?". El futuro de Dios es para ella el amanecer de aquel día, el primero de la semana. Nos hará bien pensar en la contemplación, en el abrazo del hijo con la madre”.

En conclusión, observando aquella "lámpara encendida en el sepulcro de Jesús", que "es la esperanza de la madre", y en ese momento también "la esperanza de la humanidad", el Papa preguntó:

“¿... en los monasterios esta lámpara todavía está encendida? ¿En los monasterios se espera en el futuro de Dios?”

“María es, pues, el testimonio sólido de la esperanza -dijo el Obispo de Roma-, presente en cada momento de la historia de la salvación:

“Ella, la madre de la esperanza, nos sostiene en los momentos de oscuridad, de dificultad, de desaliento, de derrota aparente, en las verdaderas derrotas humanas. Que María, nuestra esperanza, nos ayude a hacer de nuestra vida una ofrenda grata al Padre Celestial, un regalo alegre para nuestros hermanos, una actitud que siempre mire hacia el futuro”.

ER RV

"Tenemos en común una cosa: el deseo de Dios", el Papa a los catecúmenos

Queridos catecúmenos, Este momento conclusivo del Año de la Fe, los encuentra aquí reunidos, con sus catequistas y familiares, en representación también de tantos otros hombres y mujeres que están cumpliendo, en diversas partes del mundo, su mismo camino de fe. Espiritualmente estamos todos unidos en este momento.
Vienen de muchos países diferentes, de tradiciones culturales y experiencias diferentes. Y sin embargo, esta tarde sentimos de tener entre nosotros tantas cosas en común. Sobretodo tenemos una: el deseo de Dios.

Este deseo es evocado por las palabras del salmista: “Como la cierva busca corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo vendré y veré el rostro de Dios?” ¡Cuánto es importante mantener vivo este deseo, este anhelo de encontrar al Señor y hacer experiencia de Él, hacer experiencia de su amor, hacer experiencia de su misericordia! Si viene a faltar la sed del Dios viviente, la fe corre el riesgo de convertirse en rutinaria, corre el riesgo de apagarse, como un fuego que no es reavivado. Corre el riesgo de volverse rancia, sin sentido.

El pasaje del Evangelio, cfr Jn 1,35-42, nos ha mostrado que Juan Bautista indica a Jesús, a sus discípulos, como el Cordero de Dios. Dos de ellos siguen al Maestro, y luego, a su vez, se convierten en “mediadores” que permiten a otros encontrar al Señor, conocerlo y seguirlo.

Hay tres momentos en este pasaje que llaman a la experiencia del catecumenado. En primer lugar, está la escucha. Los dos discípulos han escuchado el testimonio del Bautista. También ustedes, queridos catecúmenos, han escuchado a aquellos que les han hablado de Jesús y les han propuesto seguirlo, convirtiéndose en sus discípulos a través del Bautismo. En el tumulto de tantas voces que resuenan alrededor de nosotros y dentro de nosotros, ustedes han escuchado y acogido la voz que les indicaba a Jesús como el único que puede dar pleno sentido a nuestra vida.
El segundo momento es el encuentro. Los dos discípulos encuentran al Maestro y permanecen con Él. Después de haberlo encontrado, advierten inmediatamente algo nuevo en su corazón: la exigencia de transmitir su alegría también a los otros, para que también ellos puedan encontrarlo.
Andrés, en efecto, encuentra a su hermano Simón y lo conduce a Jesús. ¡Cuánto nos hace bien contemplar esta escena! Nos recuerda que Dios no nos ha creado para estar solos, cerrados en nosotros mismos, sino para poder encontrarlo a Él y para abrirnos al encuentro con los otros. 

Dios, en primer lugar, viene hacia cada uno de nosotros. ¡Y esto es maravilloso, Él viene a nuestro encuentro! En el Biblia Dios aparece siempre como aquel que toma la iniciativa del encuentro con el hombre: es Él quien busca al hombre, y por lo general, lo busca justamente mientras el hombre hace la experiencia amarga y trágica de traicionar a Dios y huir de Él. Dios no espera a buscarlo: ¡lo busca enseguida! ¡Es un buscador paciente nuestro Padre! Él nos precede y nos espera siempre. No se cansa de esperarnos. No se aleja de


nosotros, sino que tiene la paciencia de esperar el momento oportuno para el encuentro con cada uno de nosotros. Y cuando ocurre el encuentro, no es nunca un encuentro apresurado, porque Dios desea permanecer por mucho tiempo con nosotros para sostenernos, para consolarnos, para donarnos su alegría.
Dios se apresura para encontrarnos, pero nunca se apresura para dejarnos. Se queda con nosotros. Como nosotros lo anhelamos a Él y lo deseamos, así también Él tiene el deseo de estar con nosotros, porque nosotros le pertenecemos a Él, somos “cosa” suya, somos sus criaturas. También Él, podemos decir, tiene sed de nosotros, de encontrarnos. Nuestro Dios es un Dios sediento por nosotros. Este es el corazón de Dios… ¡es bello sentir esto!
La última parte del pasaje es caminar. Los dos discípulos caminan hacia Jesús y luego hacen un trecho de camino junto a Él. Es una enseñanza importante para todos nosotros. La fe es un camino con Jesús…Recuerden siempre esto, la fe es un camino con Jesús y es un camino que dura toda la vida. Al final estará. Ciertamente, en algunos momentos de este camino nos sentimos cansados y confundidos. Pero la fe nos da la certeza de la presencia constante de Jesús en cada situación, también la más dolorosa o difícil de entender. Estamos llamados a caminar para entrar siempre más adentro del misterio del amor de Dios, que nos sobrepasa y nos permite vivir con serenidad y esperanza.
Queridos catecúmenos, hoy ustedes inician el camino del catecumenado. Les deseo recorrerlo con alegría, seguros del sostén de toda la Iglesia, que los mira con mucha confianza. María, la discípula perfecta, los acompaña: ¡Es bello sentirla como nuestra Madre en la fe! Los invito a custodiar el entusiasmo del primer momento que les hizo abrir los ojos a la luz de la fe; a recordar, como el discípulo amado, el día, la hora en la cual por primera vez permanecieron con Jesús, sintieron su mirada sobre ustedes. No se olviden nunca esta mirada de Jesús, sobre ti, sobre ti, sobre ti... ¡No se olviden nunca esa mirada, es una mirada de amor! Y así estarán siempre seguros del amor fiel del Señor. Él es fiel, estén seguros! ¡Él no los traicionará jamás! (Traducción del italiano: Griselda Mutual y Mariana Puebla – RV)



sábado, 23 de noviembre de 2013

De los sermones de san Agustín, obispo

El justo se alegra con el Señor, espera en él, y se felicitan los rectos de corazón. [...] Esto es aún sólo una promesa. Porque, mientras sea el cuerpo nuestro domicilio, estamos desterrados lejos del Señor. Caminamos sin verlo, guiados por la fe. Guiados por la fe, no por la clara visión. ¿Cuándo llegaremos a la clara visión? Cuando se cumpla lo que dice Juan: Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. [...]

Ahora amamos en esperanza. Por esto, dice el salmo que el justo se alegra con el Señor. Y añade, en seguida, porque no posee aún la clara visión: y espera en él. Sin embargo, poseemos ya desde ahora las primicias del Espíritu, que son como un acercamiento a aquel a quien amamos, como una previa gustación, aunque tenue, de lo que más tarde hemos de comer y beber ávidamente.

¿Cuál es la explicación de que nos alegremos con el Señor, si él está lejos? Pero en realidad no está lejos. Tú eres el que hace que esté lejos. Ámalo, y se te acercará; ámalo, y habitará en ti. El Señor está cerca. Nada os preocupe. ¿Quieres saber en qué medida está en ti, si lo amas? Dios es amor.


Me dirás: "¿Qué es el amor?" El amor es el hecho mismo de amar. Ahora bien, ¿qué es lo que amamos? El bien inefable, el bien benéfico, el bien creador de todo bien. Sea él tu delicia, ya que de él has recibido todo lo que te deleita. Al decir esto, excluyo el pecado, ya que el pecado es lo único que no has recibido de él. Fuera del pecado, todo lo demás que tienes lo has recibido de él.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

EL PAPA: DIOS NO SE CANSA DE PERDONAR, NOSOTROS NO DEBEMOS CANSARNOS DE PEDIRLE PERDÓN EN LA CONFESIÓN


En primer lugar, debemos recordar que el protagonista del perdón de los pecados es el Espíritu Santo. Él es el protagonista. En su primera aparición a los Apóstoles en el Cenáculo, -hemos escuchado- Jesús resucitado hizo el gesto de soplar sobre ellos, diciendo: "Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”. (Jn 20:22 -23). Jesús, transfigurado en su cuerpo, ahora es el hombre nuevo, que ofrece los dones de Pascua fruto de su muerte y resurrección: ¿y cuáles son estos dones? La paz, la alegría, el perdón de los pecados, la misión, pero sobre todo dona al Espíritu Santo que todo esto es la fuente. Del Espíritu Santo vienen todos estos dones. El aliento de Jesús, acompañado de las palabras con las que comunica el Espíritu, indica la transmisión de la vida, la nueva vida regenerada por el perdón. 
Pero antes de hacer el gesto de soplar y donar el Espíritu, Jesús muestra sus heridas en sus manos y el costado: estas heridas representan el precio de nuestra salvación. El Espíritu Santo nos trae el perdón de Dios "pasando por "las llagas de Jesús. Estas llagas que Él ha querido conservar. También en este tiempo, en el cielo, Él muestra al Padre las heridas con las que nos ha redimido. Y por la fuerza de estas llagas son perdonados nuestros pecados. Así que Jesús dio su vida por nuestra paz, por nuestra alegría, por la gracia de nuestra alma, para el perdón de nuestros pecados. Y esto es muy bonito, mirar a Jesús así.
Y vengamos al segundo elemento: Jesús da a los Apóstoles el poder de perdonar los pecados. ¿Pero cómo es esto? Porque es un poco difícil entender como un hombre puede perdonar los pecados. Jesús da el poder. La Iglesia es depositaria del poder de las llaves: para abrir, cerrar, para perdonar. Dios perdona a cada hombre en su misericordia soberana, pero Él mismo quiso que los que pertenezcan a Cristo y a su Iglesia, reciban el perdón a través de los ministros de la Comunidad. A través del ministerio apostólico la misericordia de Dios me alcanza, mis pecados son perdonados y se me da la alegría. De este modo, Jesús nos llama a vivir la reconciliación incluso en la dimensión eclesial, comunitaria. Y esto es muy hermoso. La Iglesia, que es santa y a la vez necesitada de penitencia, nos acompaña en nuestro camino de conversión toda la vida. La Iglesia no es la dueña del poder de las llaves: no es dueña, sino que es sierva del ministerio de misericordia y se alegra siempre que puede ofrecer este regalo divino.

Muchas personas, quizá no entienden la dimensión eclesial del perdón, porque domina siempre el individualismo, el subjetivismo, y también nosotros cristianos sufrimos esto. Por supuesto, Dios perdona a todo pecador arrepentido, personalmente, pero el cristiano está unido a Cristo, y Cristo está unido a la Iglesia. Y para nosotros cristianos hay un regalo más, y hay también un compromiso más: pasar humildemente a través del ministerio eclesial. ¡Y eso tenemos que valorizarlo! Es un don, pero es también una curación, es una protección y también la seguridad de que Dios nos ha perdonado. Voy del hermano sacerdote y digo: "Padre, he hecho esto..." "Pero yo te perdono: es Dios quien perdona y yo estoy seguro, en ese momento, que Dios me ha perdonado. ¡Y esto es hermoso! Esto es tener la seguridad de lo que siempre decimos: "¡Dios siempre nos perdona! ¡No se cansa de perdonar!". Nunca debemos cansarnos de ir a pedir perdón. "Pero, padre, me da vergüenza ir a decirle mis pecados...". "¡Pero, mira, nuestras madres, nuestras mujeres, decían que es mejor sonrojarse una vez, que mil veces tener el color amarillo, eh!" Tú te sonrojas una vez, te perdona los pecados y adelante...

Finalmente, un último punto: el sacerdote instrumento para el perdón de los pecados. El perdón de Dios que se nos da en la Iglesia, se nos transmite a través del ministerio de un hermano nuestro, el sacerdote; también él un hombre que, como nosotros, necesita la misericordia, se hace realmente instrumento de misericordia, dándonos el amor sin límites de Dios Padre. También los sacerdotes deben confesarse, incluso los obispos: todos somos pecadores. ¡Incluso el Papa se confiesa cada quince días, porque el Papa es también un pecador! Y el confesor siente lo que yo le digo, me aconseja y me perdona, porque todos tenemos necesidad de este perdón. A veces se oye a alguien que dice que se confiesa directamente con Dios... Sí, como decía antes, Dios siempre te escucha, pero en el Sacramento de la Reconciliación envía un hermano para traerte el perdón, la seguridad del perdón, en nombre de la Iglesia.


El servicio que presta el sacerdote como ministro, por parte de Dios, para perdonar los pecados, es muy delicado, es un servicio muy delicado y requiere que su corazón esté en paz; que el sacerdote tenga el corazón en paz, que no maltrate a los fieles, sino que sea apacible, benevolente y misericordioso; que sepa sembrar esperanza en los corazones y, sobre todo, que sea consciente de que el hermano o la hermana que se acerca al sacramento de la Reconciliación busca el perdón y lo hace como se acercaban tantas personas a Jesús, para que las curara. El sacerdote que no tiene esta disposición de ánimo es mejor que hasta que no se corrija, no administre este Sacramento. Los fieles penitentes tienen el deber ¿no? Tienen el derecho. Nosotros tenemos el derecho, todos los fieles de encontrar en los sacerdotes los servidores del perdón de Dios.

¿Queridos hermanos y hermanas, como miembros de la Iglesia, -pregunto-somos conscientes de la belleza de este don que Dios mismo nos da? ¿Sentimos la alegría de esta curación, de esta atención maternal que la Iglesia tiene para nosotros? ¿Sabemos valorarla con simplicidad? No olvidemos que Dios nunca se cansa de perdonarnos; mediante el ministerio del sacerdote nos estrecha en un nuevo abrazo que nos regenera y nos permite levantarnos de nuevo y reanudar el camino. Porque ésta es nuestra vida: continuamente levantarse y seguir adelante. ¡Gracias!

DEBEMOS HACER FRUCTIFICAR LOS DONES QUE DIOS NOS DA

Como la gente seguía escuchando, añadió una parábola, porque estaba cerca de Jerusalén y ellos pensaban que el Reino de Dios iba a aparecer de un momento a otro.


El les dijo: "Un hombre de familia noble fue a un país lejano para recibir la investidura real y regresar en seguida. Llamó a diez de sus servidores y les entregó cien monedas de plata a cada uno, diciéndoles: 'Háganlas producir hasta que yo vuelva'.

Pero sus conciudadanos lo odiaban y enviaron detrás de él una embajada encargada de decir: 'No queremos que este sea nuestro rey'.
Al regresar, investido de la dignidad real, hizo llamar a los servidores a quienes había dado el dinero, para saber lo que había ganado cada uno. El primero se presentó y le dijo: 'Señor, tus cien monedas de plata han producido diez veces más'. 'Está bien, buen servidor, le respondió, ya que has sido fiel en tan poca cosa, recibe el gobierno de diez ciudades'.



Llegó el segundo y le dijo: 'Señor, tus cien monedas de plata han producido cinco veces más'. A él también le dijo: 'Tú estarás al frente de cinco ciudades'.


Llegó el otro y le dijo: 'Señor, aquí tienes tus cien monedas de plata, que guardé envueltas en un pañuelo. Porque tuve miedo de ti, que eres un hombre exigente, que quieres percibir lo que no has depositado y cosechar lo que no has sembrado'. 



El le respondió: 'Yo te juzgo por tus propias palabras, mal servidor. Si sabías que soy un hombre exigentes, que quiero percibir lo que no deposité y cosechar lo que no sembré, ¿por qué no entregaste mi dinero en préstamo? A mi regreso yo lo hubiera recuperado con intereses'. 


Y dijo a los que estaban allí: 'Quítenle las cien monedas y dénselas al que tiene diez veces más'. '¡Pero, señor, le respondieron, ya tiene mil!'. Les aseguro que al que tiene, se le dará; pero al que no tiene, se le quitará aún lo que tiene. En cuanto a mis enemigos, que no me han querido por rey, tráiganlos aquí y mátenlos en mi presencia". 

Después de haber dicho esto, Jesús siguió adelante, subiendo a Jerusalén.

Evangelio según San Lucas 19,11-28.
Jesús utiliza aquí las monedas como símbolo de los dones que Dios nos ha dado a cada uno. 

Esta parábola nos hace reflexionar sobre cómo empleamos los dones recibidos de Dios; un día -el de nuestra muerte- nos preguntará cómo los hemos utilizado. 
En el período de ausencia del amo (nuestra vida, el tiempo que Dios nos concede), los primeros dos siervos multiplican sus monedas (hacen fructificar los dones que Dios les ha dado), mientras que el tercero prefiere esconder las suyas y devolverlas intactas al señor. 
A su regreso, el señor juzga su obra: alaba a los dos primeros, y el tercero es expulsado a las tinieblas, porque escondió por temor los dones que Dios le había dado, encerrándose en sí mismo y no poniéndolos al servicio de los demás.
News.va Español

martes, 19 de noviembre de 2013

Que Dios nos enseñe a respetar a los abuelos, en su memoria está el fruto de un pueblo, afirma el Papa

Un pueblo que “no respeta a los abuelos” carece de memoria y por lo tanto de futuro. Fue la enseñanza que ofreció esta mañana el Papa Francisco en su homilía de la Misa celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta. El Obispo de Roma comentó la vicisitud bíblica del anciano Eleazar, que eligió el martirio para ser coherente con su fe en Dios y para dar testimonio de rectitud a los jóvenes.

Elegir la muerte, en lugar de salvarse, con la ayuda de amigos complacientes, con tal de no traicionar a Dios y también para no mostrar a los jóvenes que, en el fondo, la hipocresía puede volverse útil, aunque se trate de renegar la propia fe. Todo esto se encuentra en la vicisitud del noble Eleazar, figura bíblica del Libro de los Macabeos propuesta en la liturgia del día, que a los verdugos que querían obligarlo a la abjura prefiere el martirio, el sacrificio de su vida antes que una salvación arrancada con la hipocresía. “Este hombre – observó el Papa – ante la elección entre la apostasía y la fidelidad no duda”, rechazando “esa actitud de fingir, de fingir piedad, de fingir religiosidad…”. Es más, en lugar de pensar en sí mismo “piensa en los jóvenes”, en lo que su acto de coraje podrá dejarles como recuerdo:

“La coherencia de este hombre, la coherencia de su fe, pero también la responsabilidad de dejar una herencia noble, una herencia verdadera. Nosotros vivimos en un tiempo en el que los ancianos no cuentan. Es feo decirlo, pero se descartan, ¡eh! Porque dan fastidio. Los ancianos son los que nos traen la historia, nos traen la doctrina, nos traen la fe y nos la dan en herencia. Son los que, como el buen vino envejecen, tienen esta fuerza dentro para darnos una herencia noble”.

Francisco también recordó una historia que escuchó cuando era chico. Protagonista es una familia – “papá, mamá, tantos niños” – y el abuelo, que cuando tomaba la sopa “se ensuciaba la cara”. Fastidiado, el papá explica a los hijos porqué el abuelo se comporta así. Por eso compra una mesita donde aislar a su padre. Ese mismo papá, un día regresa a su casa y ve a uno de sus hijos que juega con la madera. “¿Qué haces?”, le pregunta. “Una mesita”, responde el niño. “¿Y para qué?”. “Para ti, papá, para cuando tú te vuelvas viejo como el abuelo”:


“Esta historia me ha hecho tanto bien, toda la vida. Los abuelos son un tesoro. La Carta a los hebreos... nos dice: ‘Acuérdense de sus mayores, que les han predicado, aquellos que les han predicado la Palabra de Dios. Y considerando su fin, imiten su fe’. La memoria de nuestros antepasados nos lleva a la imitación de la fe. Verdaderamente la vejez tantas veces es un poco fea, ¡eh! Por las enfermedades que trae y todo esto, pero la sabiduría que tienen nuestros abuelos es la herencia que nosotros debemos recibir. Un pueblo que no custodia a los abuelos, un pueblo que no respeta a los abuelos, no tiene futuro, porque no tiene memoria, ha perdido la memoria”.
“Nos hará bien – comentó el Papa Francisco hacia el final de su homilía – pensar en tantos ancianos y ancianas, tantos que están en casas para ancianos, y también en tantos – es fea la palabra, pero digámosla – abandonados por sus familiares. Son el tesoro de nuestra sociedad”:
“Oremos por nuestros abuelos, nuestras abuelas, que tantas veces han tenido un papel heroico en la transmisión de la fe en tiempo de persecución. Cuando papá y mamá no estaban en casa y también cuando tenían ideas extrañas, que la política de aquel tiempo enseñaba, han sido las abuelas las que han transmitido la fe. Cuarto mandamiento: es el único que promete algo a cambio. Es el mandamiento de la piedad. Ser piadoso con nuestros antepasados. Pidamos hoy la gracia a los viejos Santos - Simeón, Ana, Policarpo y Eleazar - a tantos viejos Santos: pidamos la gracia de custodiar, escuchar y venerar a nuestros antepasados, a nuestros abuelos”.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Jesús nos ayuda a no tener miedo frente a guerras y desastres naturales, dice el Papa


Al presidir hoy el rezo del Ángelus en la Plaza de San Pedro, el Papa Francisco aseguró que:
“El Señor también nos ayuda a no tener miedo: frente a las guerras, a las revoluciones, pero también a las calamidades naturales, a las epidemias, Jesús nos libera del fatalismo y de las falsas visiones apocalípticas”. 

El Santo Padre recordó que “el Evangelio de este domingo consiste en la primera parte de un razonamiento de Jesús: el de los últimos tiempos. Jesús lo pronuncia en Jerusalén, cerca del templo; y la idea se la da precisamente la gente que hablaba del templo y de su belleza. ¡Porque era bello aquel templo!”. 

“Entonces Jesús dijo: ‘Esto que ven, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida’. Naturalmente le preguntan: ¿cuándo sucederá esto?, ¿cuáles serán los signos? Pero Jesús dirige la atención de estos aspectos secundarios – ¿cuándo será?, ¿cómo será? – la dirige a las verdaderas cuestiones”, que son dos, señaló el Papa.

El primero, indicó, es “no dejarse engañar por falsos mesías y no dejarse paralizar por el miedo. Segundo: vivir el tiempo de la espera como tiempo del testimonio y de la perseverancia. Y nosotros estamos en este tiempo de la espera, de la espera de la venida del Señor”. 

“Esta alocución de Jesús es siempre actual, también para nosotros que vivimos en el Siglo XXI. Él nos repite: ‘Miren, no se dejen engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre’”. 

Francisco aseguró que esta “es una invitación al discernimiento. Esta virtud cristiana de comprender dónde está el Espíritu del Señor y dónde está el mal espíritu”.
“También hoy, en efecto, hay falsos ‘salvadores’, que tratan de sustituir a Jesús: líderes de este mundo, santones, también brujos, personajes que quieren atraer a sí las mentes y los corazones, especialmente de los jóvenes. Jesús nos pone en guardia: ‘¡No los sigan!’. ‘¡No los sigan!’”. 

El Papa indicó que el aspecto de vivir en el tiempo de espera de la venida del Señor “nos interpela precisamente como cristianos y como Iglesia: Jesús preanuncia pruebas dolorosas y persecuciones que sus discípulos deberán padecer, por su causa. Sin embargo asegura: ‘Pero no perecerá ni un cabello de su cabeza’. ¡Nos recuerda que estamos totalmente en las manos de Dios!”. 

“Las adversidades que encontramos por nuestra fe y nuestra adhesión al Evangelio son ocasiones de testimonio; no deben alejarnos del Señor, sino impulsarnos a abandonarnos aún más en Él, en la fuerza de su Espíritu y de su gracia”.

A continuación el Papa exhortó a pensar juntos “en tantos hermanos cristianos que sufren persecuciones a causa de su fe. ¡Hay tantos! Quizá más que en los primeros siglos. Jesús está con ellos”. 

“También nosotros estamos unidos a ellos con nuestra oración y nuestro afecto. También sentimos admiración por su coraje y su testimonio. Son nuestros hermanos y hermanas que en tantas partes del mundo sufren a causa de ser fieles a Jesucristo. Los saludamos de corazón y con afecto”. 

Al final, dijo el Santo Padre, “Jesús hace una promesa que es garantía de victoria: ‘Con su perseverancia salvarán sus almas’. ¡Cuánta esperanza en estas palabras! Son un llamamiento a la esperanza y a la paciencia, a saber esperar los frutos seguros de la salvación, confiando en el sentido profundo de la vida y de la historia: las pruebas y las dificultades forman parte de un designio más grande; el Señor, dueño de la historia, lleva todo a su cumplimiento”.

“¡A pesar de los desórdenes y de los desastres que turban al mundo, el designio de bondad y de misericordia de Dios se cumplirá!”. 

“Esta es nuestra esperanza”, indicó el Papa. “Ir así, por este camino, en el designio de Dios que se cumplirá. Es nuestra esperanza”. 

“Este mensaje de Jesús nos hace reflexionar sobre nuestro presente y nos da la fuerza para afrontarlo con coraje y esperanza, en compañía de la Virgen, que camina siempre con nosotros”, concluyó.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Las palabras del Papa Francisco que perturban a los católicos

Versión española de un artículo de Vittorio Messori: el amor de un católico al papa está más allá de la sintonía persona


Por cuanto me ocupo, en libros y periódicos, de cosas católicas desde la época de Pablo VI, ocurre que no pocas personas –quizás desconcertadas o confundidas- insisten en pedirme opiniones sobre los primeros meses del nuevo pontificado. Suelo salir del paso diciendo algo que parafrasea la respuesta dada a los periodistas en el avión de regreso de Brasil, precisamente por el Papa Bergoglio: “¿Quién soy yo para juzgar?”. Si estamos obligados a no juzgar a los demás – palabras del Evangelio – tanto menos juzgaremos a un pontífice elegido, según los creyentes, por el Espíritu Santo.

Ciertamente, hubo siglos en los cuales al parecer los hombres llegaron a sustituir al Paráclito: cónclaves simoníacos o dirigidos por las grandes potencias de la época, con candidaturas y vetos impuestos por la política. Y sin embargo quienes conocen realmente la historia de la Iglesia – condición que no es propia de quienes son demasiado superficiales –, quienes saben percibir la dinámica de “larga duración” a lo largo de veinte siglos, terminan sorprendiéndose al descubrir que San Pablo parece realmente tener razón cuando afirma que omnia cooperantur in bonum, todo coopera con el bien, también el bien de la Iglesia, que en materia de fe no está guiada únicamente por Cristo, sino también ciertamente por el “cuerpo místico“.



En todo caso, estando en nuestra época, no se trata de confiar a pesar de todo en una Providencia que a veces puede parecernos incomprensible. No es así, ya que para todos es evidente la calidad humana de aquellos que en las últimas décadas han tenido el rol de pontífices romanos. Si nos centramos únicamente en la sucesión de esta postguerra, tenemos las figuras de Pacelli, Roncalli, Montini, Luciani, Wojtyla, Ratzinger y ahora Bergoglio. ¿Quién, por alejado o contrario a la Iglesia que sea, podrá negar que se trata de personalidades de insólito relieve, unidas por la misma fe y por el mismo compromiso en su función, pero con grandes diferencias de carácter, distintas historias y culturas, distintos estilos pastorales? Y es éste precisamente el punto que para muchos, incluso católicos, parece no estar claro:

independientemente de quién sea el hombre que ha llegado al papado y cuáles sean nuestras consonancias o disonancias humorales en relación con el mismo, siempre será el sucesor de Pedro, responsable y guardián de la ortodoxia, por lo tanto un hombre de Dios que no sólo se debe aceptar, sino también hay que rezar por él y obedecerlo con respeto y amor filial.



FIESTA DE NUESTRA SEÑORA DE LA SALUD: ORACIONES POR LOS ENFERMOS


Hoy, sábado 16 de noviembre, la Orden de los Siervos de los Enfermos (religiosos Camilos) celebra la fiesta de Nuestra Señora de la Salud. Un aniversario importante para todos los enfermos y sus asistentes, que subraya el compromiso en la asistencia a los que sufren por parte de los religiosos Camilos, que como su fundador, San Camilo de Lellis, veneran profundamente a la Virgen María, invocándola como “Salud de los enfermos”. Es una ocasión especial para todos los herederos de San Camilo; fue el gigante de la caridad, de hecho, a elegir la Virgen María Salus Infirmorum como patrona de toda la Orden. 


Justo dentro de la iglesia de Santa María Magdalena en Campo Marzio, en Roma, donde se encuentra también la Casa General de los Camilos, está custodiada la preciosa pintura del siglo XVI de la Virgen y el Niño . De un artista desconocido, la pintura fue donada a la iglesia de María Magdalena por una noble romana en 1619, después de que sus oraciones por la curación de la enfermedad frente a la pintura fueran escuchadas milagrosamente.

Queridos amigos, les proponemos que nos unamos un momento en oración por los enfermos; si tienen algún amigo o familiar enfermo, pueden compartir estas oraciones con ellos: 


Tu que del triste mortal,
eres salud y esperanza, 
de tu Hijo, Virgen alcanza
la curación de mi mal, 
y si este bien corporal 
no conviene al alma mía,
dame paciencia, ¡oh María!, 
hasta que llegue el momento
en que de males exento 
goce la Eterna Alegría.
Amén 


DE news.va.es

La oración del hombre es la debilidad de Dios, dice el Papa en su homilía

La oración del hombre es la debilidad de Dios. Lo afirmó el Papa durante la Misa matutina presidida en la capilla de la Casa de Santa Marta el sábado 16 de noviembre. 

El Papa centró su homilía en el Evangelio en el que Jesús invita a rezar sin cesar, relatando la parábola de la viuda que pide con insistencia a un juez inicuo que se le haga justicia. 

De este modo, dijo Francisco, “Dios hace y hará justicia a sus elegidos, que gritan día y noche hacia Él”, como sucedió con Israel guiado por Moisés fuera de Egipto:
“Cuando Moisés clama le dice: ‘He sentido el llanto, el lamento de mi pueblo’. El Señor escucha. Y en la primera Lectura hemos escuchado lo que hizo el Señor, esa Palabra omnipotente: ‘Del Cielo viene como un guerrero implacable’. Cuando el Señor toma la defensa de su pueblo es así: es un guerrero implacable y salva a su pueblo. Salva, renueva todo: ‘Toda la creación fue modelada de nuevo en la propia naturaleza como antes. ‘El Mar Rojo se convierte en un camino sin obstáculos… y aquellos a los que tu mano protegía, pasaron con todo el pueblo’”.
 

El Señor – prosiguió diciendo el Papa – “ha escuchado la oración de su pueblo, porque ha sentido en su corazón que sus elegidos sufrían” y los salva de modo poderoso:
“Ésta es la fuerza de Dios. ¿Y cuál es la fuerza de los hombres? ¿Cuál es la fuerza del hombre? Esta de la viuda: llamar al corazón de Dios, llamar, pedir, lamentarse de tantos problemas, tantos dolores y pedir al Señor la liberación de estos dolores, de estos pecados, de estos problemas. La fuerza del hombre es la oración y también la oración del hombre humilde es la debilidad de Dios. 

El Señor es débil sólo en esto: es débil con respecto a la oración de su pueblo”.
“El culmen de la fuerza de Dios, de la salvación de Dios – explicó el Papa – está “en la Encarnación del Verbo”. Y dirigiéndose a los canónigos de San Pedro les recordó que su “trabajo es precisamente llamar al corazón de Dios”, “rezar, rezar al Señor por el pueblo de Dios”. Y los canónigos de San Petro, “precisamente en la Basílica más cercana al Papa” a donde llegan todas las oraciones del mundo, recogen estas oraciones y las presentan al Señor: este “es un servicio universal, un servicio de la Iglesia”:
 

“Ustedes son como la viuda: rezar, pedir, llamar al corazón de Dios, cada día. Y la viuda no se adormecía jamás cuando hacía esto, era valerosa. Y el Señor escucha la oración de su pueblo. Ustedes son representantes privilegiados del pueblo de Dios en esta tarea de rezar al Señor, por tantas necesidades de las Iglesia, de la humanidad, de todos. Les agradezco este trabajo. Recordemos siempre que Dios tiene fuerza, cuando él quiere que cambie todo. ‘Todo fue modelado de nuevo’, dice. Él es capaz de modelar todo de nuevo, pero también tiene una debilidad: nuestra oración; su oración universal cercana al Papa en San Pedro. Gracias por este servicio y vayan adelante así por el bien de la Iglesia”.
(María Fernanda Bernasconi – RV).

Día de la Tolerancia

El papa en Santa Marta: `La curiosidad mundana nos aleja de la sabiduría de Dios`

El papa Francisco ha comentado la primera lectura del día de hoy, del Libro de la Sabiduría: "El estado de ánimo del hombre y de la mujer espiritual", del verdadero cristiano y de la verdad cristiana vive "en la sabiduría del Espíritu Santo. Y esta sabiduría le lleva adelante con este espíritu inteligente, santo, único y múltiple, sutil, ágil".

 "Esto es caminar -precisó el santo padre- en la vida con este espíritu: el Espíritu de Dios, que nos ayuda a juzgar, a tomar decisiones según el corazón de Dios. Y este espíritu nos da paz, ¡siempre! Es el espíritu de paz, el espíritu de amor, es espíritu de fraternidad. Y la sanidad es precisamente esto. Lo que Dios le pide a Abraham, `Camina en mi presencia e sé intachable`, es esto: esta paz. Ir bajo el movimiento del Espíritu de Dios y de esta sabiduría. Y ese hombre y esa mujer que caminan así, se puede decir que son un hombre y una mujer sabios. Un hombre sabio y una mujer sabia, porque se mueven bajo la movimiento de la paciencia de Dios". 

Asimismo, ha querido subrayar que en el Evangelio nos encontramos delante de otro espíritu, contrario a este de la sabiduría de Dios: el espíritu de curiosidad". 
El santo padre lo ha explicado así: "Es cuando nosotros queremos apropiarnos de los proyectos de Dios, del futuro, de las cosas; conocer todo, tener todo en la mano... Los fariseos preguntaron a Jesús: `¿cuándo vendrá el Reino de Dios?` ¡Curiosos! Querían conocer la fecha, el día... El espíritu de curiosidad nos aleja de la sabiduría, porque solamente interesan los detalles, las noticias, las pequeñas noticias de cada día. ¿Y cómo se hará esto? Y el cómo: ¡es el espíritu del cómo! Y el espíritu de la curiosidad no es un buen espíritu: es el espíritu de la dispersión, de alejarse de  Dios, el espíritu de hablar demasiado. Y Jesús también va a decirnos una cosa interesante: este espíritu de curiosidad, que es mundano, nos lleva a la confusión". 

Y para explicar cómo funciona esta confusión, el santo padre ha insistido: "la curiosidad nos empuja a querer sentir que el Señor está aquí o allá, o nos hace decir: `Pero yo conozco un vidente, una vidente, que recibe cartas de la Virgen, mensajes de la Virgen".
 A lo que el papa ha comentado: "Pero mira, la Virgen es madre ¡eh! y nos ama a todos nosotros. Pero no es un jefe de correos, para enviar mensajes todos los días". Por ello, ha afirmado que "estas novedades nos alejan del Espíritu Santo, alejan de la paz y de la sabiduría, de la gloria de Dios, de la belleza de Dios".

 Porque Jesús - ha subrayado el papa - dice que el Reino de Dios no es para llamar la atención: es para la sabiduría. "¡El Reino de Dios está en medio de vosotros!", dice Jesús: es "esta acción del Espíritu Santo, que nos da la sabiduría, que nos da la paz. El Reino de Dios no viene en la confusión, como Dios habló al profeta Elías en el viento, en la tormenta" sino que habló "en la suave brisa, la brisa de la sabiduría".

Para finalizar, el santo padre ha nombrado a Santa Teresa del Niño Jesús  cuando "decía que ella se paraba siempre delante del espíritu de curiosidad. Cuando hablaba con otra hermana y esta hermana contaba una historia, algo de la familia, de la frente, algunas veces pasaba a otro argumento y ella quería conocer el final de la historia. 
Pero sentía que eso no era el Espíritu de Dios, porque era un espíritu de dispersión, de curiosidad. El Reino de Dios está en medio de vosotros: no busquéis cosas raras, no busquéis novedades con esta curiosidad mundana. Dejemos que el Espíritu nos lleve adelante, con esa sabiduría que es una suave brisa. Este es el Espíritu del Reino de Dios, del que nos habla Jesús".


En las manos seguras de Dios

En las manos de Dios. Allí está nuestra seguridad: son manos llagadas por amor, que nos guían por el camino de la vida y no por los de la muerte, donde, en cambio, nos conduce la envidia. Es éste el sentido de la reflexión que propuso el Papa Francisco el martes 12 de noviembre.
La primera lectura, observó el Santo Padre introduciendo la homilía, recuerda que Dios «creó al hombre para la incorruptibilidad» (cf. Sab 2, 23-3,9). Él «nos creó y Él es nuestro Padre. Nos hizo bellos como Él, más bellos que los ángeles; más grandes que los ángeles. Pero por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo».
La envidia: una palabra muy clara —destacó el Pontífice—, que nos hace comprender la lucha que tuvo lugar entre «este ángel», el diablo y el hombre. El primero «no podía, en efecto, soportar que el hombre fuese superior a él; que precisamente en el hombre y en la mujer estuviese la imagen y semejanza de Dios. Por esto hizo la guerra» y emprendió un camino «que lleva a la muerte. Así entró la muerte en el mundo».
En realidad, prosiguió el Obispo de Roma, «todos hacemos experiencia de la muerte». ¿Cómo se explica? «El Señor —respondió— no abandona su obra», como explica el texto del libro sapiencial: «Las almas de los justos, en cambio, están en las manos de Dios». Todos «debemos pasar por la muerte. Pero una cosa es pasar esta experiencia a través de la pertenencia a las manos del diablo y otra cosa es pasar por las manos de Dios».
«A mí —confesó— me gusta escuchar estas palabras: estamos en las manos de Dios. Pero desde el inicio. La Biblia nos explica la creación usando una hermosa imagen: Dios que con sus manos nos forma del barro, de la arcilla, a su imagen y semejanza. Fueron las manos de Dios las que nos crearon: el Dios artesano».
Dios, por lo tanto, no nos ha abandonado. Y precisamente en la Biblia se lee lo que Él dice a su pueblo: «Yo he caminado contigo». Dios se comporta —destacó el Papa— como «un papá con el hijo que le lleva de la mano. Son precisamente las manos de Dios las que nos acompañan en el camino». El Padre nos enseña a caminar, a ir «por el camino de la vida y de la salvación». Y más: «Son las manos de Dios que nos acarician en el momento del dolor, que nos consuelan. Es nuestro Padre quien nos acaricia, quien tanto nos quiere. Y también en estas caricias muchas veces está el perdón».
Una cosa «que a mí me hace bien —dijo una vez más el Pontífice— es pensar: Jesús, Dios trajo consigo sus llagas. Las muestra al Padre. Éste es el precio: las manos de Dios son manos llagadas por amor. Y esto nos consuela mucho. Muchas veces hemos escuchado decir: no sé a quién confiarme, todas las puertas están cerradas, me confío a las manos de Dios. Y esto es hermoso porque allí estamos seguros», custodiados por las manos de un Padre que nos quiere.
Las manos de Dios, continuó el Santo Padre, «nos curan incluso de nuestros males espirituales. Pensemos en las manos de Jesús cuando tocaba a los enfermos y les curaba. Son las manos de Dios. Nos cura. Yo no logro imaginar a Dios que nos da una bofetada. No me lo imagino: nos regaña sí, porque lo hace; pero nunca nos lastima, nunca. Nos acaricia. Incluso cuando debe regañarnos lo hace con una caricia, porque es Padre».
«Las almas de los justos están en las manos de Dios», repitió el Pontífice concluyendo: «Pensemos en las manos de Dios que nos creó como un artesano. Nos dio la salud eterna. Son manos llagadas. Nos acompañan en el camino de la vida. Confiémonos a las manos de Dios como un niño se entrega en las manos de su papá». Son manos seguras.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Aceptar la Cruz

San Pablo le decía a los Corintios: «Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios»...

Estas palabras de Pablo tienen especial relevancia en nuestro tiempo... miremos a nuestro alrededor y notaremos que todo en la sociedad nos empuja a soltar nuestras cruces... y a buscar la vida “fácil”... la vida sin dolor... sin sufrimiento... sin responsabilidades... sin consecuencias... nos han vendido esta idea subjetiva donde todo vale, lo importante es “ser feliz”... sin embargo, la felicidad prometida nunca llega... porque la verdadera felicidad está en Dios...


En este día, te invito a aceptar esa cruz que te ha tocado cargar... si es pesada, pídele al Señor la fortaleza para llevarla con alegría... si es dolorosa, pídele la gracia de unir tu sufrimiento al Suyo... si te causa angustia o temor, pídele encontrar la paz en medio de tu situación... sobre todo, pídele que te ayude a cargarla con Amor... consciente de que caminas junto de Él... y que buscas hacer su Voluntad...
 De "Tengo sed de Ti"

Cuando nos reprocha, Dios nos acaricia y jamás nos hiere, dice el Papa en su homilía

Encomendémonos a Dios como un niño se encomienda en las manos de su papá. Es cuanto afirmó el Papa Francisco en la Mesa matutina celebrada en la Casa de Santa Marta. El Papa reafirmó que el Señor jamás nos abandona y subrayó que incluso cuando nos reprocha, Dios no nos da una bofetada sino una caricia.
“Dios ha creado al hombre para la incorruptibilidad”, pero “por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo”. 

El Papa comentó en su homilía la Primera Lectura, correspondiente a un pasaje del Libro de la Sabiduría que recuerda nuestra creación. La envidia del diablo, afirmó, ha hecho que comenzara esta guerra, “este camino que termina con la muerte”. Y reafirmó que esta última “ha entrado en el mundo y hacen experiencia de ella aquellos que le pertenecen”. 

Es una experiencia que todos hacemos:
Todos debemos pasar por la muerte, pero una cosa es pasar por esta experiencia con una pertenencia al diablo y otra cosa es pasar por esta experiencia de la mano de Dios. Y a mí me gusta sentir esto: “Estamos en las manos de Dios”, pero desde el inicio. La Biblia nos explica la creación, usando una imagen bella: Dios que, con sus manos nos hace del fango, de la tierra a su imagen y semejanza. Han sido las manos de Dios que nos han creado: ¡el Dios artesano, eh! Como un artesano nos ha hecho. Estas manos del Señor… Las manos de Dios, que no nos han abandonado.
 


La Biblia, prosiguió explicando el Papa, narra que el Señor dice a su pueblo: “Yo he caminado contigo, como un papá con su hijo, llevándolo de la mano”. Son precisamente las manos de Dios, añadió, “las que nos acompañan en el camino”:
Nuestro Padre, como un Padre con su hijo, nos enseña a caminar; nos enseña a ir por el camino de la vida y de la salvación. Son las manos de Dios que nos acarician en los momentos del dolor, nos consuelan. ¡Es nuestro Padre quien nos acaricia! Nos quiere tanto. Y también en estas caricias, tantas veces, está el perdón. Una cosa que a mí me hace bien pensarla. Jesús, Dios, ha llevado consigo sus llagas: las hace ver al Padre. Éste es el precio: ¡las manos de Dios son manos llagadas por amor! Y esto nos consuela tanto.

Tantas veces, prosiguió diciendo Francisco, oímos decir de personas que no saben en quien confiar: “¡Me encomiendo en las manos de Dios!”. Y observó que esto “es bello” porque “allí estamos seguros: es la máxima seguridad, porque es la seguridad de nuestro Padre que nos quiere”. “Las manos de Dios – comentó – también nos curan de nuestras enfermedades espirituales”:

 Pensemos en las manos de Jesús, cuando tocaba a los enfermos y los curaba… Son las manos de Dios: ¡nos curan! ¡Yo no me imagino a Dios dándonos una bofetada! No me lo imagino. ¡Reprochándonos, sí me lo imagino, porque lo hace! Pero jamás, jamás, nos hiere. ¡Jamás! Nos acaricia. También cuando debe reprocharnos lo hace con una caricia, porque es Padre. “Las almas de los justos están en las manos de Dios”. Pensemos en las manos de Dios, que nos ha creado como un artesano, nos ha dato la salud eterna. Son manos llagadas y nos acompañan en el camino de la vida. Encomendémonos en las manos de Dios, como un niño se encomienda en la mano de su papá. ¡Esa es una mano segura!

 (María Fernanda Bernasconi – RV).