Este blog se crea con el objetivo de que todos los que formamos parte de de la comunidad cristiana, podamos expresar nuestras opiniones, consultar nuestras dudas y, sobre todo, ayudarnos unos a otros en este caminar con Jesús y hacia Jesús. Anímate y participa
miércoles, 20 de febrero de 2013
Comunión con Dios
El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar?
Cuando me asaltan los malvados
para devorar mi carne,
ellos, enemigos y adversarios,
tropiezan y caen.
Si un ejército acampa contra mí,
mi corazón no tiembla;
si me declaran la guerra,
me siento tranquilo.
Una cosa pido al Señor,
eso buscaré:
habitar en la casa del Señor
por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor,
contemplando su templo.
Él me protegerá en su tienda
el día del peligro;
me esconderá en lo escondido de su morada,
me alzará sobre la roca.
Y así levantaré la cabeza
sobre el enemigo que me cerca;
en su tienda sacrificaré
sacrificios de aclamación:
cantaré y tocaré para el Señor.
Escúchame, Señor,
que te llamo;
ten piedad, respóndeme.
Oigo en mi corazón:
«Buscad mi rostro».
Tu rostro buscaré, Señor.
No me escondas tu rostro.
No rechaces con ira a tu siervo,
que tú eres mi auxilio;
no me deseches, no me abandones,
Dios de mi salvación.
Si mi padre y mi madre me abandonan,
el Señor me recogerá.
Señor, enséñame tu camino,
guíame por la senda llana,
porque tengo enemigos.
No me entregues a la saña de mi adversario,
porque se levantan contra mí testigos falsos,
que respiran violencia.
Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor.
martes, 19 de febrero de 2013
Cuaresma, tiempo de conversión
Como cada año, en el primer Domingo de
Cuaresma, se presenta el evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto.
Fue a partir de este pasaje que el papa centró su enseñanza, recordando que “al
comenzar su ministerio público, Jesús tuvo que desenmascarar y rechazar las
falsas imágenes del Mesías que el tentador le proponía”.
Hoy, dijo,
“estas tentaciones son también imágenes falsas del hombre, que en todo tiempo
socavan la conciencia, disfrazándose de propuestas convenientes y eficaces,
incluso buenas”.
En el relato de los evangelistas Mateo y Lucas, se
presentan tres tentaciones de Jesús, “cuyo núcleo central consiste siempre en
instrumentalizar a Dios para los propios intereses, dando más importancia al
éxito o a los bienes materiales”, explicó el papa.
De esta manera,
continuó, “Dios se vuelve secundario, se reduce a un medio, al final se
convierte en irreal, ya no importa, se desvanece”. Ante esto el catequista
universal preguntó a los fieles: “En los momentos decisivos de la vida (..) ¿o
bien queremos seguir el yo, o a Dios? ¿El interés individual o el verdadero
Bien, aquello que es realmente bueno?”
A fin de vivir a salvo del
tentador, Benedicto XVI recordó que Jesús, “es la mano que Dios ha tendido al
hombre, a la oveja perdida, para que vuelva a salvo (..) no tengamos miedo de
afrontar también nosotros la lucha contra el espíritu del mal: lo importante es
lo que lo hacemos con Él, con Cristo, el vencedor”.
BenedictoXVI
domingo, 17 de febrero de 2013
Vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis
A menudo, en nuestra oración, nos encontramos ante el silencio de Dios, experimentamos una especie de abandono, nos parece que Dios no escucha y no responde. Pero este silencio de Dios, como le sucedió también a Jesús, no indica su ausencia.
El cristiano sabe bien que el Señor está presente y escucha, incluso en la oscuridad del dolor, del rechazo y de la soledad.
Jesús asegura a los discípulos y a cada uno de nosotros que Dios conoce bien nuestras necesidades en cualquier momento de nuestra vida.
Él enseña a los discípulos: "Cuándo recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis" (Mateo, 6, 7-8).
Un corazón atento, silencioso, abierto es más importante que muchas palabras. Dios nos conoce en la intimidad, más que nosotros mismos, y nos ama: y saber esto debe ser suficiente.
Benedicto XVI
¡Gracias por todo, Santo Padre!
El testimonio del Papa también nos alienta y conmueve, pero sobre todo nos abre a la esperanza.
Él no hace otra cosa sino buscar ser fiel al Señor Jesús que lo llamó como Pedro a remar mar adentro, y esta decisión manifiesta en su humildad, realismo y su amor por la Iglesia. En última instancia no deja de ser el testigo de la fe, que abraza la Cruz de Cristo, ofreciéndonos ahora el servicio de la oración y el sufrimiento escondido. Con ello nos da una lección de honestidad y libertad, que de una personalidad como la suya podíamos esperar.
La enseñanza que nos deja, con la firmeza de maestro, es de una admirable amplitud de horizontes: la confianza absoluta en Jesucristo, la claridad en la visión de los rasgos de nuestra cultura, la valoración del patrimonio del que somos herederos y el horizonte definitivo de nuestra existencia en el amor de Dios. Dios es amor, nos recordó en su primera encíclica y el consejo de creer en la caridad que genera caridad, en su último mensaje para la cuaresma.
Unámonos en oración por él y pidamos al Espíritu Santo que asista a los cardenales en la elección del próximo representante de Cristo en la tierra.
"Queridos hermanos y hermanas: después del gran Papa Juan Pablo II, los señores cardenales me han elegido a mí, un simple y humilde trabajador de la viña del Señor." (Benedicto XVI 19 de abril de 2005)
Fuente: Catholic.net
La Cuaresma nos orienta hacia la vida eterna
Adán fue
expulsado del Paraíso terrenal, símbolo de la comunión con Dios; ahora, para
volver a esta comunión y por consiguiente a la verdadera vida, la vida eterna,
hay que atravesar el desierto, la prueba de la fe. No solos, sino con Jesús. Él
—como siempre— nos ha precedido y ya ha vencido el combate contra el espíritu
del mal. Este es el sentido de la Cuaresma, tiempo litúrgico que cada año nos
invita a renovar la opción de seguir a Cristo por el camino de la humildad para
participar en su victoria sobre el pecado y sobre la muerte.
Desde esta
perspectiva se comprende también el signo penitencial de la ceniza, que se
impone en la cabeza de cuantos inician con buena voluntad el itinerario
cuaresmal. Es esencialmente un gesto de humildad, que significa: reconozco lo
que soy, una criatura frágil, hecha de tierra y destinada a la tierra, pero
hecha también a imagen de Dios y destinada a él. Polvo, sí, pero amado,
plasmado por su amor, animado por su soplo vital, capaz de reconocer su voz y
de responderle; libre y, por esto, capaz también de desobedecerle, cediendo a
la tentación del orgullo y de la autosuficiencia.
He aquí el pecado, enfermedad
mortal que pronto entró a contaminar la tierra bendita que es el ser humano.
Creado a imagen del Santo y del Justo, el hombre perdió su inocencia y ahora
sólo puede volver a ser justo gracias a la justicia de Dios, la justicia del
amor que —como escribe san Pablo— "se ha manifestado por medio de la fe en
Cristo" (Rm 3, 22).
La
segunda lectura, el llamamiento de san Pablo a dejarse reconciliar con Dios
(cf. 2 Co 5, 20), contiene uno de los célebres pasajes paulinos que
reconduce toda la reflexión sobre la justicia hacia el misterio de Cristo.
Escribe san Pablo: "Al que no había pecado —o sea, a su Hijo hecho
hombre—, Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que viniéramos a ser justicia
de Dios en él" (2 Co 5, 21). En el corazón de Cristo, esto es, en
el centro de su Persona divino-humana, se jugó en términos decisivos y
definitivos todo el drama de la libertad. Dios llevó hasta las consecuencias
extremas su plan de salvación, permaneciendo fiel a su amor aun a costa de
entregar a su Hijo unigénito a la muerte, y una muerte de cruz.
Queridos
hermanos y hermanas, la Cuaresma ensancha nuestro horizonte, nos orienta hacia
la vida eterna. En esta tierra estamos de peregrinación, "no tenemos aquí
ciudad permanente, sino que andamos buscando la del futuro", dice la carta
a los Hebreos (Hb 13, 14). La Cuaresma permite comprender la relatividad
de los bienes de esta tierra y así nos hace capaces para afrontar las renuncias
necesarias, nos hace libres para hacer el bien. Abramos la tierra a la luz del
cielo, a la presencia de Dios entre nosotros. Amén.
Benedicto XVI
viernes, 15 de febrero de 2013
miércoles, 13 de febrero de 2013
Miércoles de Ceniza
Hoy comienza la Cuaresma… y durante los próximo 40 días debemos –al menos, a eso nos invita la Iglesia– esforzarnos más en la oración… renunciar a algunas cosas… y practicar la limosna… para que lo entiendas mejor, piensa que Dios tiene regalos maravillosos que darte… pero para poder recibirlos debes hacer espacio dentro de tu casa… dentro de tu corazón… de eso se trata este tiempo, de hacer espacio para las gracias y bendiciones que Él tiene guardadas para ti…
La oración es la forma de comunicarnos con Él… es un diálogo, no un monólogo, así que debemos dejar espacios de silencio donde sea Él quien nos hable… el escritor francés Georges Bernanos dijo: “De repente experimenté el silencio como una presencia. En el corazón de ese silencio estaba él, que es él mismo silencio, paz y serenidad”… lo que más me gusta de su explicación es que dice “experimenté”… a Dios hay que experimentarlo, hay que sentirlo, hay que dejarlo actuar en nuestra vida… mucha gente no lo conoce realmente porque no le ha experimentado… la Cuaresma es un tiempo especial para volvernos hacia Dios y comenzar –o profundizar, según sea el caso– nuestra relación con Él… a eso le llamamos “conversión”…
Una de las palabras que más escuchamos durante la Cuaresma es “ayuno”… esto es la privación de algún alimento en algunos días de la semana… por ejemplo: no comer carne los viernes… la idea del ayuno es renunciar a algo que nos gusta con el propósito de ofrecerle ese pequeño sacrificio a Dios… puedes pensarlo como una forma de decirle a tu mente, a tu cuerpo y a tu corazón que para ti, lo espiritual es más importante y va primero que lo físico o material… aunque la Iglesia nos exhorta a no comer carne los viernes, puedes hacer muchas clases de ayudo… por ejemplo, puedes privarte del café o de los postres o de ir al cine o de ver la tele o de cualquier otra cosa, lo importante es que te cueste un poco…
La otra forma de crecer espiritualmente durante la Cuaresma es la limosna… fíjate, en el punto anterior hablábamos de ayunar o privarnos de algunas cosas que nos gustan… pues la limosna es llevar ese sacrificio un poco más allá… por ejemplo, imagina que en lugar de comerte un pedazo de carne, decides comer una ensalada… o en lugar de ir al cine, te quedas en casa leyendo un buen libro (te recomiendo la Biblia, ninguno mejor en este tiempo de Cuaresma)… pues la idea es que la diferencia que dejaste de gastar en el pedazo de carne o la entrada al cine se la des a los más necesitados… así no sólo estás privándote de algo que te gusta, sino que estás siendo solidario con aquellos menos privilegiados que tú…
Durante estos 40 días hablaremos de muchas cosas y estoy seguro que abundaremos un poco más sobre la oración, el ayuno y la limosna… por ahora les deseo que este Miércoles de Ceniza puedan experimentar la presencia del Dios vivo en sus vidas… y experimentándolo, deseen volver su corazón totalmente a Él…
De Tengo Sed de Ti
martes, 12 de febrero de 2013
Dichosos los invitados a la Cena del Señor
Hace unos días conversaba con una amiga sobre la importancia que tiene la Misa y ella me decía lo aburrida que le parecía porque, según ella, en la Misa siempre se repetía lo mismo… Este comentario de mi amiga no me sorprende, resulta que ella es evangélica y como es de suponer, no sabe lo que es la Santa Misa. Pero lo que me mueve a escribir esta pequeña reflexión, más que el comentario de una hermana evangélica que habla por desconocimiento, es el hecho de que esta misma actitud de apatía y dejadez existe entre muchos Católicos que sí deberían saber pues asisten a Misa cada domingo… Pero la realidad es que ellos no saben en dónde están… ni porqué están allí… ni lo qué está sucediendo ante sus ojos…
Tenemos que empezar por señalar que lo que decía mi amiga tiene algo de verdad – no la parte del aburrimiento – sino que la Misa siempre es igual… y es igual porque la celebración no es nuestra, sino de Jesús… La Misa es la plegaria que Jesús eleva al Padre en acción de gracias por nuestra redención… y aunque nosotros también estamos allí y participamos, lo hacemos solo como humildes invitados a la Cena del Señor.
Existe un escrito de San Justino Mártir que data del año 155 (¡fue escrito hace 1,850 años!) en donde el santo le explicaba al emperador Antonio Pío el culto que practicaban los cristianos en aquellas primeras comunidades. Cuando leemos este relato no podemos menos que sorprendernos… leer este relato es como leer la descripción de la Misa del domingo pasado… nuestra Misa es la misma celebración que Jesús instituyó hace dos mil años… y que practicaban los Apóstoles y junto a los primero cristianos…
Al comienzo de la Misa, a modo de preparación para lo que vamos a celebrar, lo primero que hacemos es reconocer que somos pecadores, y como tales, indignos de presentarnos ante la presencia de Dios… Entonces, después de pedir perdón por nuestras ofensas, nos disponemos a escuchar la Palabra de Dios y aunque siempre parezca igual, realmente no lo es… Cada domingo se leen cuatro lecturas de la Biblia – una del Antiguo Testamento, un Salmo, una del Nuevo Testamento y finalmente, una lectura de uno de los Evangelios – y si asistimos a Misa todos los domingos durante tres años, ¡habremos escuchado la Palabra Escrita de Dios casi en su totalidad!
La Misa es acción de gracias… es alabanza y es bendición… pero también es súplica y es sacrifico… por eso presentamos nuestras intenciones y necesidades, que sumadas a las de toda la Santa Iglesia se depositarán sobre el Altar para que Jesús interceda ante el Padre por nosotros al momento de su inmolación…Es necesario que hagamos un pequeño paréntesis para entender algo… para Dios, el tiempo no existe… Dios es eterno… para Él no existe el ayer, el hoy o el mañana, sino que todo es un infinito presente. Y aunque Jesús se hizo carne y habitó entre nosotros… Él ya existía en la eternidad desde antes de su encarnación… y regresó a ella con su resurrección.
Para seguir leyendo:
http://www.tengoseddeti.org/article/dichosos-los-invitados-a-la-cena-del-senor/
lunes, 11 de febrero de 2013
Homilía de S.S. Juan Pablo II en la celebración del miércoles de ceniza
1. «Volved a mí de todo corazón: con ayuno, con llanto, con luto (...). Convertíos al Señor Dios vuestro» (Jl 2, 12-13). Con las palabras del antiguo profeta esta liturgia de la ceniza, precedida por la procesión penitencial, nos introduce en la Cuaresma, tiempo de gracia y regeneración espiritual. « Volved, convertíos...». Al comienzo de los cuarenta días, esta exhortación urgente tiene como finalidad establecer un diálogo singular entre Dios y el hombre. En presencia del Señor, que lo invita a la conversión, el hombre hace suya la oración de David, confesando humildemente sus pecados:
«Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa. Lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. Contra ti, contra ti sólo pequé, cometí la maldad que aborreces. Aparta de mi pecado tu vista, borra en mi toda culpa» (Sal 50, 3-6. 11).
2. El salmista no se limita a confesar sus culpas y a pedir perdón por ellas; espera que la bondad del Señor lo renueve, sobre todo interiormente: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme» (Sal 50, 12). Iluminado por el Espíritu sobre el poder devastador del pecado, pide transformarse en una criatura nueva; en cierto sentido, pide ser creado nuevamente.
Se trata de la gracia de la redención. Frente al pecado que desfigura el corazón del hombre, el Señor se inclina hacia su criatura para reanudar el diálogo salvífico y abrirle nuevas perspectivas de vida y esperanza. Especialmente durante el tiempo de Cuaresma, la Iglesia profundiza este misterio de salvación.
Al pecador que se interroga sobre su situación y sobre la posibilidad de obtener aún la misericordia de Dios, la liturgia responde hoy con las palabras del Apóstol, tomadas de la segunda carta a los Corintios: «Al que no había pecado, Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que nosotros, unidos a él, recibamos la justificación de Dios» (2 Co 5, 21). En Cristo se proclama y se ofrece a los creyentes el amor ilimitado del Padre celestial a todo hombre.
3. Aquí resuena el eco de cuanto Isaías anunciaba con anterioridad a propósito del Siervo del Señor: «Todos nosotros como ovejas erramos; cada uno marchó por su camino, y Dios descargó sobre él la culpa de todos nosotros (Is 53, 6).
Dios escucha las invocaciones de los pecadores que, junto con David, suplican: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro». Jesús, el Siervo sufriente, toma sobre sus hombros la cruz, que constituye el peso de todos los pecados de la humanidad y se encamina al Calvario para realizar con su muerte la obra de la redención. Jesús crucificado es el icono de la misericordia ilimitada de Dios por todos los hombres.
Para recordarnos que «con sus llagas hemos sido curados» (Is 53, 5), y suscitar en nosotros horror al pecado, la Iglesia nos invita a hacer con frecuencia, durante la Cuaresma, el ejercicio piadoso del vía crucis. Para nosotros, aquí en Roma, tiene gran importancia el del Viernes santo en el Coliseo, que nos brinda la oportunidad de palpar la gran verdad de la redención mediante la cruz, siguiendo idealmente las huellas de los primeros mártires en la Urbe.
4. «Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa... Un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias» (Sal 50, 11.19). ¡Es conmovedora esta invocación cuaresmal!
El hombre creado por Dios a su imagen y semejanza proclama: «Contra ti, contra ti sólo pequé; cometí la maldad que aborreces» (Sal 50, 6). Iluminado por la gracia de este tiempo penitencial, siente el peso del mal cometido y comprende que sólo Dios puede liberarlo. Pronuncia entonces, desde lo más profundo de su miseria, la exclamación de David: «Lava del todo mi delito; limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa; tengo siempre presente mi pecado». Oprimido por el pecado, implora la misericordia de Dios, apela a su fidelidad a la alianza, y le pide que cumpla su promesa: «Borra en mí toda culpa» (Sal 50, 11).
Al comienzo de la Cuaresma, oremos para que, en el tiempo «favorable» de estos cuarenta días, acojamos la invitación de la Iglesia a la conversión. Oremos para que, durante este itinerario hacia la Pascua, se renueve en la Iglesia y en la humanidad el recuerdo del diálogo salvífico entre Dios y el hombre, que nos propone la liturgia del miércoles de Ceniza.
Oremos para que los corazones se dispongan al diálogo con Dios. El tiene para cada uno una palabra especial de perdón y salvación. Que cada corazón se abra a la escucha de Dios, para redescubrir en su palabra las razones de la esperanza que no defrauda. Amén.
25 de febrero de 1998
domingo, 10 de febrero de 2013
CUARESMA
La Cuaresma es el tiempo litúrgico de conversión, que marca la Iglesia para prepararnos a la gran fiesta de la Pascua. Es tiempo para arrepentirnos de nuestros pecados y de cambiar algo de nosotros para ser mejores y poder vivir más cerca de Cristo.
La Cuaresma dura 40 días; comienza el Miércoles de Ceniza y termina el Domingo de Ramos, día que se inicia la Semana Santa. A lo largo de este tiempo, sobre todo en la liturgia del domingo, hacemos un esfuerzo por recuperar el ritmo y estilo de verdaderos creyentes que debemos vivir como hijos de Dios.
El color litúrgico de este tiempo es el morado que significa luto y penitencia. Es un tiempo de reflexión, de penitencia, de conversión espiritual; tiempo de preparación al misterio pascual.
La duración de la Cuaresma está basada en el símbolo del número cuarenta en la Biblia. En ésta, se habla de los cuarenta días del diluvio, de los cuarenta años de la marcha del pueblo judío por el desierto, de los cuarenta días de Moisés y de Elías en la montaña, de los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto antes de comenzar su vida pública, de los 400 años que duró la estancia de los judíos en Egipto.
En la Biblia, el número cuatro simboliza el universo material, seguido de ceros significa el tiempo de nuestra vida en la tierra, seguido de pruebas y dificultades.
La práctica de la Cuaresma data desde el siglo IV, cuando se da la tendencia a constituirla en tiempo de penitencia y de renovación para toda la Iglesia, con la práctica del ayuno y de la abstinencia. Conservada con bastante vigor, al menos en un principio, en las iglesias de oriente, la práctica penitencial de la Cuaresma ha sido cada vez más aligerada en occidente, pero debe observarse un espíritu penitencial y de conversión.
viernes, 8 de febrero de 2013
Dios es amor
Cuando Jesús habla en sus parábolas del pastor que va tras la oveja descarriada, de la mujer que busca el dracma, del padre que sale al encuentro del hijo pródigo y lo abraza, no se trata sólo de meras palabras, sino que es la explicación de su propio ser y actuar.
En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical.
Poner la mirada en el costado traspasado de Cristo, del que habla Juan (cf. 19, 37), ayuda a comprender lo que ha sido el punto de partida de esta Carta encíclica: «Dios es amor» (1 Jn 4, 8).
Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar.
-Benedicto XVI, Encíclica “Deus caritas est” (Dios es amor)
Cuando el dolor llega a nuestras vidas
Cuando el dolor llega a nuestras vidas algo tenemos que hacer para vivir con él. Y esto depende de cada uno.
1. Adopta una actitud positiva:
"La vida no es dejar que pase la tormenta. Es aprender a bailar en la lluvia." (Vivian Greene)
Si no eliges las pérdidas, sí puedes elegir la actitud con que las vives. Lo que te pasa a ti no siempre depende de ti, pero sí lo que pasa en ti. Tus actitudes son tuyas. Si nos dejamos llevar por la frustración, la tristeza, la impaciencia, la desesperación, nos hundimos.
2. Intégralo en tu historia:
Cuando aprendemos a ver todos los acontecimientos con fe, amor y confianza, desde la mirada Providente de Dios, la vida es bella. De esa manera podemos mirar con paz e indulgencia aún a las personas que nos hacen sufrir: "Así como los hombres malos usan mal de las criaturas buenas, así el Creador bueno usa bien de los hombres malos." (San Agustín)
El dolor se puede negar, se pueden buscar escapes, o puedes aceptarlo y llenarlo de sentido. Acepta tu historia, reconoce tu pena, tu debilidad o tu fracaso, no lo niegues, ni por vergüenza, ni por el sentimiento de culpa, ni por ningún otro motivo. Trata de encajar el golpe, de integrarlo en tu historia. Cada nota, aún las tristes y oscuras, son parte de tu música. Aceptarlas es aceptar tu verdad. Ten el coraje de aceptar tu pérdida y tus límites y de vivir con ellos. Que no te avergüence ser imperfecto. ¿Quién es perfecto sino sólo Dios?
"La verdad os hará libres" (Jn 8,32)
3. Comparte tu herida con Jesucristo. Confía en Él.
Ponte delante de un crucifijo y míralo, abrázalo fuerte, comparte tu herida con Él.
Comportarnos con presunción y autosuficiencia no tiene sentido. Estos momentos son privilegiados para dejar a Dios ser Dios. Hay que ir con Él y gritarle: Señor, te necesito, confío en ti. "Extiende la mano desde arriba: defiéndeme, líbrame de las aguas caudalosas, de la mano de los extranjeros." (Sal 143
Al reconocer nuestra debilidad y necesidad de Dios, se abre la comunicación con Él. Me imagino el corazón misericordioso de Dios como una presa gigantesca que está esperando a que nosotros abramos la compuerta con una actitud de humildad y confianza; entonces Su amor se derrama en abundancia.
La experiencia del amor de Dios es una invitación al abandono. Cuando palpamos Su misericordia crece la confianza, somos más fuertes. Constatamos que nuestra solidez no está en los propios recursos, sino en Su fidelidad. "Bendito el Señor, mi Roca, que adiestra mis manos para el combate, mis dedos para la pelea; mi bienhechor, mi alcázar, baluarte donde me pongo a salvo, mi escudo y mi refugio." (Sal 143)
Otras veces he hablado sobre ello, y no es todavía lo único que podría decirse, pero estos son tres elementos que considero determinantes a la hora de la tribulación.
De un artículo del P. Evaristo Sada
jueves, 7 de febrero de 2013
El Padre envió a su Hijo al mundo
El Padre no envió a su Hijo al mundo para condenarlo... No envió a Jesús al mundo para condenarte, para condenarme, sino para salvarlo, para salvarte, para salvarme.
Dios no condena a nadie. Se condena uno, después de despreciar todos los esfuerzos de Dios para salvarlo. Dios quiere que todos se salven, que tú te salves... Ésta es una decisión firmísima. Pero no puede obligar a nadie.
Para ello te ofrece: el sacramento del bautismo, la confesión, la Eucaristía, la gracia, el Espíritu Santo, la Iglesia, su Palabra, la Santísima Virgen. Todos esos elementos juntos son más suficientes para que un día estés en el cielo.
Confío en Ti, porque eres fiel a tus promesas.
Siempre cumples. Tú no eres de los que dicen: claro que sí...pero siempre no. En contraste con lo que yo prometo. ¿Qué porcentaje de mis promesas a Dios y a los hombres he cumplido?
Prometiste: Yo estaré con vosotros...y lo has cumplido hasta hoy y sé que lo cumplirás hasta el fin. La fe me asegura tu presencia aunque te hagas el dormido o parezca que estoy solo. Tú cumples las promesas.
Prometiste el ciento por uno y la vida eterna... Todos los que han dejado padres, madres, hijos, hermanos o hermanas, campos... han recibido y siguen recibiendo el ciento por uno y están esperando lo de la vida eterna, ¿Quién da más que Jesús?
Prometiste el Espíritu Santo y lo enviaste. Cumpliste de forma ruidosa y luminosa (viento huracanado y lenguas de fuego) a los apóstoles la promesa del Consolador y comprendieron por qué les habías dicho: Os conviene que yo me vaya.
Prometiste que vendrás de nuevo, y lo cumplirás. Vendrás. Creo que vendrás a jugar a vivos y muertos. Espero ese día estar a tu derecha y escuchar que me dices: Ven, bendito de mi Padre, a tomar posesión del Reino de los cielos.
Prometiste dar el cielo al buen ladrón y se lo diste. Estamos seguros de que está contigo en el Paraíso. Prometiste resucitarnos en el último día y sabemos que lo cumplirás. Esta promesa anima nuestra esperanza. Resucitaremos como Tú y con un cuerpo semejante al tuyo. Y, a partir de entonces, no moriremos jamás.
Prometiste resucitar el tercer día y resucitaste. A pesar de que tus apóstoles no querían tu muerte, tuvieron que aceptarla, y aunque no creían en la resurrección, no tuvieron más remedio que aceptarla. Lo habías prometido.
Prometiste darnos a María como Madre y lo cumpliste. ¡Qué promesa y qué cumplimiento! No sólo cuidó de san Juan y de los apóstoles, sino de todos y cada uno de los hombres. Ha cuidado de mí. Yo sé que es mi Madre, me ayuda, me anima, me guía como la mejor de las madres.
P. Mariano de Blas
martes, 5 de febrero de 2013
El verdadero profeta sólo obedece a Dios
VATICANO, 03 Feb. 13 / 10:58 am (ACI/EWTN Noticias).- En su mensaje previo al rezo del Ángelus, en la Plaza de San Pedro, el Papa Benedicto XVI aseguró que “el verdadero profeta no obedece a nadie más que a Dios y se pone al servicio de la verdad”.
En relación al Evangelio de hoy, el Santo Padre recordó que los que escucharon a Jesús se cuestionaban “’¿No es este el hijo de José?’, que es como preguntarse: ¿qué aspiraciones puede tener un carpintero de Nazaret?”.
El Papa señaló que “es verdad que Jesús es el profeta del amor, pero también el amor tiene su verdad. Es más, amor y verdad son dos nombres de la misma realidad, dos nombres de Dios”.
“En la liturgia de hoy resuenan también estas palabras de san Pablo: ‘El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad’”.
Benedicto XVI aseguró que “creer en Dios significa renunciar a los propios prejuicios y acoger el rostro concreto con el que Él se ha revelado: el hombre Jesús de Nazaret”.
“Este camino conduce también a reconocerlo y a servirlo en los demás”, aseguró.
El Papa señaló que “en esto la actitud de María es iluminante. ¿Quién más que ella tuvo familiaridad con la humanidad de Jesús? Pero jamás se escandalizó como los paisanos de Nazaret”.
“Ella custodiaba en su corazón el misterio y supo acogerlo una y otra vez, cada vez más, en el camino de la fe, hasta la noche de la Cruz y a plena luz de la Resurrección”.
Al concluir su reflexión, el Papa pidió “que María nos ayude a recorrer con fidelidad y con gozo este camino”.
Papa Benedicto XVI
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