jueves, 6 de diciembre de 2012

CREEMOS EN DIOS

En nuestra generación parece que el hombre se ha olvidado de Dios, pero sin embargo, el hombre tiene un deseo inmenso de Dios, y lo demuestra en las distintas manifestaciones de su vida diaria. En la búsqueda continua de algo nuevo, ya que lo que tiene y con lo que se divierte no le llega a satisfacer del todo. En el vacío que nota en su vida, en ese continuo querer aparentar esa felicidad y esa alegría que no le llena por dentro.

Dios nos ha creado por Él y para Él, nos ama con todas sus fuerzas y espera lo mismo de nosotros. Tener fe plena en Dios es abandonarnos totalmente en su amor, aceptar todas nuestras alegrías y nuestras preocupaciones, tener plena confianza en que Él vela por nosotros.

Pero, ¿nosotros tenemos verdadera fe?, ¿nos abandonamos totalmente al amor de Dios?.
Muchos de nosotros tenemos una gran necesidad de dios en nuestra vida, verdaderamente amamos a Dios y es del todo cierto que sabemos que nos ama, a cada uno de nosotros personalmente.
Pero, en los momentos difíciles de nuestra existencia, ¿tenemos la misma confianza en Dios?,¿recurrimos a Él para que nos ayude?, ¿o procuramos salir del problema sólo con nuestras propias fuerzas? ¿tenemos la misma sensación de su proximidad o lo notamos lejos y oculto?  

Si nos ocurre esto último, quizás no tenemos toda la fe que deberíamos en el amor de Dios, porque no nos abandonamos a Él. Deberíamos dedicar más rato a la oración, a la lectura y meditación de la Palabra de Dios. O dedicar un rato al día a estar simplemente con Él.

Y si el momento es tan duro que se oscurece todo, tenemos que tener la seguridad de que Él está a nuestro lado y quizás con ese problema que estamos teniendo nos quiere comunicar algo y debemos estar más atentos que nunca a lo que sucede a nuestro alrededor.

Y tampoco debemos olvidarnos de nuestros hermanos en la fe, debemos amarlos, pero de verdad, no sólo con palabras sino también con obras, estar siempre disponibles, rezar por ellos, preocuparnos de sus problemas y acudir a ellos cuando vemos que necesitan ayuda.
Y También "saber" recurrir a ellos cuando somos nosotros los que necesitamos su amor.

Todos estamos unidos en nuestro amor a Dios, juntos ofrecemos al Señor nuestras ofrendas en la Eucaristía y juntos estamos caminando en la senda del Señor.

Señor, ayúdanos en este caminar hacia Ti.
H. de Carmen.

martes, 4 de diciembre de 2012

De Bach y Berlioz a Ratzinger


Javier nos ha mandado un artículo muy interesante de Olegario González de Cardedal, teólogo. :

"En los últimos decenios, cuando han tenido lugar coloquios sobre el cristianismo entre filósofos o científicos por un lado y teólogos por otro; aquellos siempre querían tener como dialogante a Ratzinger, no a otros teólogos más liberales o exponentes de la última moda teológica. Sabían que con él tenían delante a alguien que tomaba en serio los artículos duros del Credo cristiano. 

En el cristianismo hay tres o cuatro afirmaciones en las cuales consiste y sin las cuales perece. Estas tienen que ser presentadas a los no cristianos con delicadeza pero sin rebozo. Sería una traición ofrecerles solo aquellos aspectos de la vida cristiana que les pueden agradar. No se trata de proponer solo el hecho aislado de la cruz, que entonces sería insoportable; pero tampoco de guardar silencio sobre ella y sobre aquellos artículos del Credo que chocan con la mentalidad dominante. 

Si es verdad que la religión es una vocal y la historia es una consonante, y uniendo las dos se forman las sílabas, podríamos decir que uniendo los hechos y experiencias originarias en torno a Jesús con la experiencia y esperanza de cada generación tendríamos la consonancia sintáctica que es la fe cristiana. Consonancia de testimonio y de razón, de inteligencia y de libertad, de amor y de esperanza. 

Benedicto XVI acaba de publicar La infancia de Jesús, último volumen de su trilogía sobre Jesucristo. T. S. Eliot comienza y cierra el segundo de sus Cuatrocuartetos con esta afirmación que ya encontramos en los presocráticos y en el Nuevo Testamento: «En mi comienzo está mi fin. En mi fin está mi comienzo». Ratzinger cerraba el tomo segundo de su obra hablando del fin: la resurrección. Los evangelistas han descrito el inicio (infancia) de Jesús desde su final (resurrección). Cuando tuvieron la experiencia de que aquel, a quien los hombres habían crucificado, Dios lo había resucitado, les fue inevitable preguntarse por el sentido de todo lo que habían vivido con Jesús y sobre todo a pensar quién era y desde dónde venía para que Dios hubiera actuado así con él. Y comienza un proceso de relectura de lo vivido, hasta llegar al mismo nacimiento de Jesús. Una convicción anima todo el proceso: la unidad personal del sujeto. Dios no ha incrustado su acción de buenas a primeras en alguien sin cualificación para tal misión y sin una relación especial con él. El que ha resucitado es el mismo que ha muerto en la cruz, el que ha predicado el Reino, el que ha nacido en Belén. Y concluyen: este a quien Dios ha resucitado es su Hijo. Y el que nace en Belén es ese mismo Hijo encarnado.

Los Evangelios nacen de tres fuentes, sin las cuales no son inteligibles: la memoria viva de las palabras y de los hechos de Jesús, la experiencia de la iglesia que nace y crece, la relectura del Antiguo Testamento hecha desde la convicción de que en cuanto anuncio anticipado del Mesías prometido por Dios se había cumplido en Cristo.

No son biografías en el sentido científico moderno del término. Presuponen los hechos relatados, ya que aún perduran testigos que pueden acreditar o desacreditar lo que los evangelistas y Pablo narran. Escriben no desde la sospecha sino desde la confianza, con la alegría de saber que llevan entre sus manos vasijas de barro, un tesoro que ofrecen a los demás. Estos tres elementos tienen que ser tenidos en cuenta a la hora de leer los Evangelios y a la hora de utilizarlos como fuente para el conocimiento de Jesús. Con estos criterios escribe Ratzinger su libro. Pero, ¿es serio dedicar un libro a estudiar la infancia de Jesús? ¿No es la infancia un mero tránsito hacia la juventud y madurez? ¿Tiene sentido hablar de la infancia del Hijo eterno de Dios compartiendo nuestra encarnadura en el seno de una mujer, nuestro nacimiento y nuestros primeros pasos? ¿Son los relatos de Navidad algo más que « cuentos de navidad » ? Los Dickens como literatos y los Schleiermacher como filósofos, ¿no los han desmitificado para siempre? Reducirlos a mito o mera poesía es la eterna tentación del hombre ante la condescendencia divina. Han suscitado tanta poesía y tanta música porque son mucho más que eso. No nos atrevemos a creer que Dios, siendo bueno de verdad, quiera compartir destino con nosotros, que sea Enmanuel. El Dios cristiano no es simplemente el dios de los deístas, motor inmóvil o relojero que de una vez para siempre dio cuerda al mundo. Lo que afirman los Evangelios y repite Ratzinger es que Dios se ha insertado en un mundo que es su creación y actúa por medio de ella, colaborando con el hombre y siendo hombre. 

La dignidad de la naturaleza no se consuma enfrentándose a Dios su creador desde una hipotética autonomía sino sirviéndole para llevar a cabo su designio salvífico. Y este es el sentido del milagro. Dios se inserta en el mundo para ayudar al hombre. Así se entiende la encarnación como nueva creación del Espíritu, haciendo surgir la humanidad de Jesús en el seno de María, lo mismo que en el Génesis vemos surgir todo desde la nada por la fuerza del Espíritu. Así se entiende también la resurrección como anticipación al corazón de la historia de la recreación gloriosa del final. Concepción virginal, encarnación y resurrección consuman así el milagro originario que es la creación: Dios dándose en su amor y libertad creadora hasta el extremo de la carne.
Atreverse a hablar absolutamente en serio de la infancia de Jesús es atreverse a hablar absolutamente en serio de Dios hecho hombre, del hombre niño en su desvalimiento y de la nueva forma de ser persona desde esa nueva creación en Cristo. No nacieron de la ingenuidad el Oratorio de Navidad de Bach (1723), las Veintemiradas al niño Jesús de Messiaen (1944), ni la Infancia de Jesús de Berlioz (1854). A éste debemos los españoles especial agradecimiento. Oyéndole vivió lo que llama «El hecho extraordinario» —su conversión— el filósofo García Morente, alma de la Facultad de Filosofía en la nueva Ciudad Universitaria (Madrid). Él escribe: «Oía un trozo de Berlioz titulado “La infancia de Jesús”. Tuvo un efecto fulminante en mi alma. Ese es Dios, ese es el verdadero Dios, Dios vivo; esa es la Providencia viva —me dije a mí mismo—. Ese es Dios que entiende a los hombres, que vive con los hombres, que sufre con ellos, que los da aliento y los trae la salvación».
Olegario González de Cardedal, teólogo".

sábado, 1 de diciembre de 2012

Adviento por Benedicto XVI


Volvamos a escuchar la primera antífona de esta celebración vespertina, que se presenta como apertura del tiempo de Adviento y que resuena como antífona de todo el Año Litúrgico: «Anunciad a todos los pueblos: Dios viene, nuestro Salvador». Al inicio de un nuevo ciclo anual, la liturgia invita a la Iglesia a renovar su anuncio a todos los pueblos y lo resume en dos palabras: «Dios viene». Esta expresión tan sintética contiene una fuerza de sugestión siempre nueva. 

Detengámonos un momento a reflexionar: no usa el pasado--Dios ha venido-- ni el futuro, --Dios vendrá--, sino el presente: «Dios viene». Si prestamos atención, se trata de un presente continuo, es decir, de una acción que siempre tiene lugar: está ocurriendo, ocurre ahora y ocurrirá una vez más. En cualquier momento, «Dios viene». 

El verbo «venir» se presenta como un verbo «teológico», incluso «teologal», porque dice algo que tiene que ver con la naturaleza misma de Dios. Anunciar que «Dios viene» significa, por lo tanto, anunciar simplemente al mismo Dios, a través de uno de sus rasgos esenciales y significativos: es el «Dios-que-viene». 

Adviento invita a los creyentes a tomar conciencia de esta verdad y a actuar coherentemente. Resuena como un llamamiento provechoso que tiene lugar con el pasar de los días, de las semanas, de los meses: ¡Despierta! ¡Recuerda que Dios viene! ¡No vino ayer, no vendrá mañana, sino hoy, ahora! El único verdadero Dios, el Dios de Abraham, de Isaac y Jacob» no es un Dios que está en el cielo, desinteresándose de nosotros y de nuestra historia, sino que es el Dios-que-viene. 

Es un Padre que no deja nunca de pensar en nosotros, respetando totalmente nuestra libertad: desea encontrarnos, visitarnos, quiere venir, vivir en medio de nosotros, permanecer en nosotros. Este «venir» se debe a su voluntad de liberarnos del mal y de la muerte, de todo aquello que impide nuestra verdadera felicidad, Dios viene a salvarnos. 

Los Padres de la Iglesia observan que el «venir» de Dios --continuo y por así decir, connatural con su mismo ser-- se concentra en las dos principales venidas de Cristo, la de su Encarnación y la de su regreso glorioso al fin de la historia (Cf. Cirilo de Jerusalén, «Catequesis» 15, 1: PG 33,870). El tiempo de Adviento vive entre estos dos polos. En los primeros días se subraya la espera de la última venida del Señor, como demuestran también los textos de la celebración vespertina de hoy.

Al acercarse la Navidad, prevalecerá por el contrario la memoria del acontecimiento de Belén, para reconocer en él la «plenitud del tiempo». Entre estas dos venidas, «manifestadas», hay una tercera, que san Bernardo llama «intermedia» y «oculta»: tiene lugar en el alma de los creyentes y tiende una especie de puente entre la primera y la última. 

«En la primera --escribe san Bernardo--, Cristo fue nuestra redención en la última se manifestará como nuestra vida, en ésta será nuestro descanso y nuestro consuelo» (Disc. 5 sobre el Adviento, 1). 

Para la venida de Cristo que podríamos llamar «encarnación espiritual», el arquetipo es María. Como la Virgen conservó en su corazón al Verbo hecho carne, así cada una de las almas y toda la Iglesia están llamadas en su peregrinación terrena a esperar a Cristo que viene, y a acogerlo con fe y amor siempre renovados.

La Liturgia del Adviento subraya que la Iglesia da voz a esa espera de Dios profundamente inscrita en la historia de la humanidad, una espera a menudo sofocada y desviada hacia direcciones equivocadas. Cuerpo místicamente unido a Cristo Jefe, la Iglesia es sacramento, es decir, signo e instrumento eficaz de esa espera de Dios. 

De una forma que sólo Él conoce, la comunidad cristiana puede abreviar la venida final, ayudando a la humanidad a salir al encuentro del Señor que viene. Y esto lo hace antes que nada, pero no sólo, con la oración. Las «obras buenas» son esenciales e inseparables a la oración, como recuerda la oración de este primer domingo de Adviento, con la que pedimos al Padre Celestial que suscite en nosotros «la voluntad de salir al encuentro de Cristo, con las buenas obras».

Desde este punto de vista, el Adviento es más adecuado que nunca para convertirse en un tiempo vivido en comunión con todos aquellos --y gracias a Dios son muchos—que esperan en un mundo más justo y más fraterno. 

Este compromiso por la justicia puede unir en cierto sentido a los hombres de cualquier nacionalidad y cultura, creyentes y no creyentes. Todos de hecho están animados por un anhelo común, aunque sea distinto por sus motivaciones, hacia un futuro de justicia y de paz. 

¡La paz es la meta a la que aspira toda la humanidad! Para los creyentes «paz» es uno de los nombres más bellos de Dios, quien quiere el entendimiento entre todos sus hijos, como he tenido la oportunidad de recordar en mi peregrinación de estos días pasados a Turquía. 

Un canto de paz resonó en los cielos cuando Dios se hizo hombre y nació de una mujer, en la plenitud de los tiempos (Cf. Gálatas 4, 4).

Comencemos pues este nuevo Adviento --tiempo que nos regala el Señor del tiempo--, despertando en nuestros corazones la espera del Dios-que-viene y la esperanza de que su nombre sea santificado, de que venga su reino de justicia y de paz, y que se haga su voluntad así en el cielo como en la tierra. 

Dejémonos guiar en esta espera por la Virgen María, madre del Dios-que-viene, Madre de la Esperanza, a quien celebraremos dentro de unos días como Inmaculada: que nos conceda la gracia de ser santos e inmaculados en el amor cuando tenga lugar la venida de nuestro Señor Jesucristo, a quien, con el Padre y el Espíritu Santo, se alabe y glorifique por los siglos de los siglos. Amén.

[Traducción del original italiano realizada por Zenit

miércoles, 28 de noviembre de 2012

CREER


Creer es una palabra que podemos definir como la plena confianza en alguien, todos tenemos amigos con quienes fácilmente nos abrimos, confiamos en ellos y ponemos en ellos lo más escondido de nuestro corazón. Creer es en cierto sentido algo natural desde la perspectiva humana. 

En la primera catequesis sobre la fe, el Papa ha hecho estas preguntas: ¿qué es creer hoy? ¿qué sentido tiene vivir? ¿Hay un futuro para el hombre, para nosotros y para las nuevas generaciones? ¿En qué dirección orientar las elecciones de nuestra libertad para un resultado bueno y feliz de la vida? ¿Qué nos espera tras el umbral de la muerte?

La fe no es aprenderse el catecismo de memoria, no es un trabajo intelectual de verdades sobre Dios, es un acto donde libremente pongo mi confianza en Dios. La fe es no desesperarse ante la maldad del hombre, sino es creer que Dios puede transformar toda esclavitud, empezando por la mía. En estás palabras del Papa, la fe es "confiarme a Dios con la actitud del niño, quien sabe que todas sus dificultades, todos sus problemas están asegurados". 

Todos tenemos que meditar esto más seguido, todos en nuestra vida nos encontramos con problemas e incluso "situaciones a veces dramáticas", pero no hay que olvidar que "creer cristianamente significa este abandonarme con confianza en el sentido profundo que me sostiene a mí y al mundo, ese sentido que nosotros no tenemos capacidad de darnos, sino sólo de recibir como don, y que es el fundamento sobre el que podemos vivir sin miedo." 

"La fe es don de Dios, pero es también acto profundamente libre y humano." Con razón tenemos que pedir con insistencia ¡Credo Domine, adauge nobis fidem! en esta peregrinación de la vida, en la oscuridad, en el desierto y con las llagas abiertas. La fe es una aceptación con el que nuestra mente y nuestro corazón dicen su «sí» a Dios. Y este «sí» transforma la vida, abre el camino hacia una plenitud de significado, la hace nueva, rica de alegría y de esperanza fiable. 

En nosotros tiene que empezar la búsqueda de la fe, la confianza absoluta y la familiaridad con Dios en sus sacramentos, para poder convertirnos en un "libro abierto que narre la experiencia de la vida nueva". 
Mariano Hernández

domingo, 25 de noviembre de 2012

Te buscamos Señor, en el camino.

Te buscamos, Señor, en el camino,
necesitamos tu presencia a nuestro lado.
Qué las lágrimas vienen constantemente
a nuestros ojos.
y tu mirada es el consuelo
para esta oscuridad que nos envuelve esta noche.

Te buscamos, Señor, en nuestras horas,
aguardamos aquí
tu gesto y tu palabra.
Que el silencio sepulta
los cantos de la aurora ya perdida
en este cementerio
sin estrellas que alarguen
nuestra vigilia hacia la luz.

En la meta, Señor, te encontraremos.
Esperamos beber de tu costado
y calmar esta sed que nos ahoga.
Que estamos muy cansados y en agobios
por este largo caminar y a oscuras
y ya sólo esperamos reclinar
la cabeza en tu pecho,
que se prolonguen más los sueños y fecunden.
Amén.

Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación.

El cristiano debe aprovecharse de este mundo, pero no servirse de este mundo. ¿En qué consiste esto?. En poseer como sino se poseyera.

Es eso lo que dice san Pablo: Hermanos, el momento es apremiante....Desde ahora, los que lloran como si no lloraran; los que están alegres, como si no lo estuvieran; los que compran como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él; porque la representación de este mundo se termina. Quiero que os ahorréis preocupaciones.

El que está libre de preocupaciones espera con confianza la venida de su Señor. Porque ¿ama uno a su Señor si teme su venida?.
Hermanos míos, ¿no nos avergonzamos de esto?. Le amamos ¿y tememos su venida?. Verdaderamente le amamos ¿o es que más bien amamos nuestros pecados?.

Odiemos, pues, nuestros pecados, y amemos a Aquel que ha de venir.

El Señor vino una primera vez y volverá para juzgar la tierra; entonces encontrará llenos de alegría a todos los que creyeron en su primera venida.
San Agustín

sábado, 24 de noviembre de 2012

Cristo Rey por el papa Juan XXIII

En la fiesta de hoy, la de Cristo Rey, yo siento algo en el fondo de mi alma que la conduce a la severidad. La palabra del Evangelio no ha cambiado, sino que resuena de un confín al otro del mundo y encuentra el camino de los corazones.
Peligros y dolores, prudencias y perspicacias humanas, todo debe reducirse a un cántico de amor; en una renovada y suplicante invitación dirigida a todos los hombres para que deseen y se esfuercen en instaurar el reino de Cristo:


"Reino de verdad y de vida; 
reino de santidad y de gracia;
reino de justicia, de amor y de paz".


En todo el mundo hay un fervor de obras y trabajos para construir y resanar; y para que resplandezca más viva la luz sobrenatural sobre el hombre.
De ello son prueba las reuniones y congresos internacionales de diversa temática y amplitud que ofrecen el espectáculo de un espíritu nuevo que va penetrando en el ánimo de los políticos y economistas, de los científicos y de los literatos.

Queridos hijos: Que por ello sea ejemplar la aplicación de cada uno de vosotros, de todos nosotros, para hacer penetrar y renovar en los individuos, en las familias y en la sociedad el esplendor del rostro de Jesús.

Nuestro Señor Jesucristo, al ofrecerse como víctima inmaculada y pacífica sobre el altar de la Cruz, ha traído al hombre el abrazo del Padre celestial y ha abierto los caminos del verdadero progreso que eleva y santifica las civilizaciones humanas.
Con estos sentimientos de confianza, pidiendo a Dios que disipe de los horizontes de la convivencia internacional las nubes nefastas, se derrama sobre esta reunión dominical del "Angelus" y sobre las personas queridas de cada uno de vosotros, la bendición apostólica: prenda de gracia, aliento en las penas y dificultades de la vida, augurio de gran alegría.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Jesucristo, creo que contigo todo lo puedo.


Porque creo en tus promesas. Si Tú has dicho: "Todo lo que orando pidiereis, lo obtendréis", es porque dices la verdad. Los que se atreven a creer son los hombres y mujeres que logran todo en el mundo. Quiero ser uno le ellos.

En realidad nos has dado la clave para obtener todo, la fe, pero no la usamos sino medianamente. En nuestra oración, en nuestro trato contigo, no nos fiamos plenamente de Ti. Por eso no somos más ricos, más santos, más apóstoles. Hombres y mujeres de poca fe. Ese reproche nos cae como un saco de piedras en la cabeza.

Tan cierto es que nada puedo sin Ti como que contigo lo puedo todo. Estar seguro de esta verdad es honrarte, pues te agrada mucho que confiemos en Ti y es al mismo tiempo disponer de la omnipotencia de Dios. Dios se complace en prestar su omnipotencia en los que confían en Él. Tú puedes ser uno de ellos.

Somos más peritos en usar la inteligencia que en utilizar la fe. La inteligencia ve, mide, pesa, cuenta y saca las conclusiones de su estudio. La fe no mide, no cuenta, simplemente se agarra de la mano de Dios omnipotente y realiza los milagros. 
P. Mariano de Blas

lunes, 19 de noviembre de 2012

Benedicto XVI: Jesús nos recuerda que todo pasa pero la palabra de Dios no cambia



En sus palabras previas al rezo del Ángelus, frente a los miles de fieles reunidos en la Plaza de San Pedro, el Papa Benedicto XVI recordó a los fieles que “todo pasa –nos recuerda el Señor–, pero la Palabra de Dios no cambia, y frente a ella cada uno de nosotros es responsable del propio comportamiento”. 

El Santo Padre destacó el carácter “escatológico” del Evangelio de hoy, en el que Jesús se refiere a los últimos tiempos, y destacó que “Jesús no describe el fin del mundo, y cuando usa imágenes apocalípticas, no se comporta como un ‘vidente’”. 

“Al contrario, Él quiere sustraer a sus discípulos de toda época de la curiosidad por las fechas, las previsiones, y en cambio, quiere darles una clave de lectura profunda, esencial y, sobre todo, indicar la vía justa sobre la cual caminar, hoy y mañana, para entrar en la vida eterna”. 

El Papa dijo que este pasaje bíblico sea “probablemente el texto más difícil de los Evangelios”. 

“Esta dificultad deriva, tanto del contenido como del lenguaje: en efecto, se habla de un futuro que supera nuestras categorías, y por esto Jesús utiliza imágenes y palabras tomadas del Antiguo Testamento, pero, sobre todo, coloca un nuevo centro, que es Él mismo, el misterio de su persona y de su muerte y resurrección”. 

Benedicto XVI subrayó que el “Hijo del hombre” que, de acuerdo al Evangelio “viene entre nubes con gran poder y gloria”, es Jesús, “que une el presente con el futuro; las antiguas palabras de los profetas han encontrado, finalmente, un centro en la persona del Mesías nazareno: es Él el verdadero acontecimiento que, en medio de los trastornos del mundo, permanece el punto firme y estable”. 

“Sabemos que en la Biblia la Palabra de Dios está en el origen de la creación: todas las criaturas, a partir de los elementos cósmicos – sol, luna, firmamento – obedecen a la Palabra de Dios, existen en cuanto “llamados” por ella. Este poder creador de la Palabra divina se ha concentrado en Jesucristo, Verbo hecho carne, y pasa también a través de sus palabras humanas, que son el verdadero ‘firmamento’ que orienta el pensamiento y el camino del hombre en la tierra”. 

El Santo Padre indicó que “tampoco en nuestros tiempos faltan calamidades naturales, ni lamentablemente, guerras y violencias”, y por ello “también hoy tenemos necesidad de un fundamento estable para nuestra vida y nuestra esperanza, tanto más a causa del relativismo en el que estamos inmersos”. 

“Que la Virgen María nos ayude a acoger este centro en la Persona de Cristo y en su Palabra”, concluyó. 

¿Cuándo rezar? ¿Cómo orar?. Come, reza, ama.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Creo Señor, pero aumenta mi fe.

Sabes  Señor que creo en Ti, que te amo, que confío en Ti, que te cuento mis cosas y mis problemas, que te doy las gracias por todo lo bueno que hay en mi vida y en la vida de los demás, y que te pido perdón por todas las veces que te defraudo y no correspondo a tu amor.

También sabes que cuando mi vida no va mal, me siento muy unida  a Ti y que te siento tan cerca, tan cerca, que casi puedo tocarte.

También sabes que cuando llegan los problemas, ya no te siento tan cerca, sé que estás a mi lado conmigo, cuidándome, dándome fuerzas, pero sufro porque me siento sola, es como cuando las nubes tapan al Sol. El Sol está ahí, detrás de la nubes, pero no notamos su calor.
Así me pasa a mi Señor, sé que estás ahí, pero no te siento y me desanimo. Sé que me estarás diciendo igual que a los apóstoles: "¡Mujer de poca fe, ¿por qué has dudado?!."

Por eso Señor, necesito que me aumentes la fe y más en este año de la Fe, en el que yo tengo que dar más  ejemplo a los demás. ¿Cómo lo voy hacer Señor, si Tú no me ayudas?
¡Señor Jesús, aumenta mi fe!
H. de Carmen.

Ya decía santo Tomás de Aquino que la fe es "menos cierta" que el conocimiento porque las verdades de la fe "trascienden el entendimiento del hombre".

viernes, 16 de noviembre de 2012

Oración a Jesús

Te damos gracias, Jesús,
porque nos propones tu amistad;
te damos gracias
porque, con independencia
de lo que hagamos o podemos hacer,
tu nos ofreces
una relación verdadera y real contigo,
de la que depende
cualquier relación verdadera con los demás.

Te pedimos, Señor,
que aceptemos tu ofrecimiento
que no lo rechacemos
ni lo consideremos algo evidente,
porque es un don excepcional que nos propones.

Te pedimos, Señor,
que te manifiestes a nosotros
diciéndonos lo que somos,
revelándonos la verdad sobre nosotros mismos,
para que podamos gustar la alegría del evangelio.

Te rogamos, Señor,
que nos salves,
que nos des tu Espíritu de verdad,
tú que vives y reinas
con el Padre y el Espíritu
por los siglos de los siglos.
Amén
Cardenal Martini

jueves, 15 de noviembre de 2012

Creo en Dios


Creo en Ti, Señor. Creo que existes, que vives, que eres amor. Creo que eres la misericordia infinita y que la manifiestas a raudales en tantos acontecimientos de nuestra vida.

Creo que eres el camino seguro que lleva al cielo, y que no hay otro. No hay otro cielo ni otro camino que lleve al mismo.

Creo que eres la verdad de la vida y de las cosas. Eres también la vida de todos los seres, eres mi vida... Vida plena, vida eterna...

Creo que has formado los cielos y la tierra, con todo su ornato. Si en Ti no creyera, todo sería destrucción, desorden, caos. Creo en Ti, Señor.

Crecer en la fe es crecer en el amor. Por eso, porque creo en Ti con toda mi mente, te amo con todo mi corazón. Creer es fiarse, es tomar la mano del amado y, sin soltarla, caminar juntos siempre, durante las horas de desierto y las horas de primavera.

Te gusta, Señor, que tengamos fe en Ti: "Tu fe te ha salvado", y te apena mucho nuestra falta de fe: "Hombres de apoca fe, ¿porqué habéis dudado?"

Quiero ser un hombre o una mujer que se fía de Ti totalmente, que camina por la vida no con la seguridad de sus pies o de su mente sino con la seguridad de su Dios.

Tu Humanidad ha sido glorificada y está junto a Dios. Eres un Dios Hombre para siempre con una humanidad glorificada y, como eres hombre, nos has elevado hasta el trono de Dios, buscando hacernos semejantes a Ti.
Todo lo ha puesto Dios bajo tus pies. Eres el rey del universo no sólo como Dios sino también como hombre. Pero al mismo tiempo has elevado a la naturaleza humana hasta el trono de Dios, la has divinizado.

Tu amor va mucho más allá de lo que pidiéramos imaginar o anhelar. La frase "seréis como dioses" se realizará. San Juan lo confirma: "Seremos semejantes a Él porque lo verismos al cual es." ¿Qué mas podías hacer por nosotros, por mí?

Por eso, el no corresponder a tanto amor, el dar la espalda a semejante bondad representa una ingratitud tan grande como el universo. Aún desconozco la altura, la anchura y la profundidad de semejante amor. Si yo conociera, si yo creyera en semejante amor...
P. Mariano de Blas

lunes, 12 de noviembre de 2012

Como el niño


Como el niño que no sabe dormirse
sin cogerse a la mano de su madre,
así mi corazón viene a ponerse
sobre tus manos, al caer la tarde.

...
Como el niño que sabe que alguien vela
su sueño de inocencia y esperanza,
así descansará mi alma segura
sabiendo que eres tú quien nos aguarda.

Tú endulzarás mi última amargura,
tú aliviarás el último cansancio,
tú cuidarás los sueños de la noche,
tú borrarás las huellas de mi llanto.

Tú nos darás mañana nuevamente
la antorcha de la luz y la alegría,
y, por las horas que te traigo muertas,
tú me darás una mañana viva. Amén.

-Himno de las Completas, Liturgia de las Horas


Esta tarde, cuando el día ya va de caída y la noche se siente cercana... abramos nuestro corazón al Amor y la Paz que solamente el Señor nos puede dar... y que mejor manera de acercarnos a Él que de la mano de su Santísima Madre...
De "Tengo sed de Ti"

La viuda pobre del Evangelio es un modelo de fe


Durante el tradicional rezo del Ángelus en la Plaza de San Pedro, el papa Benedicto XVI centró su reflexión en los pasajes de las dos viudas pobres que presenta la Liturgia de la Palabra de hoy, presentándolas como “modelo de fe” para el creyente. 

Y esto lo explicó haciendo ver que ambas viudas --la que encontró Elías en el Primer Libro de los Reyes (17,10-16), y la que dejó su ofrenda en el templo de Jerusalén (Marcos 12, 41-44)--, eran mujeres muy pobres, que desde su misma condición demostraron una gran fe en Dios. 

Refiriéndose a la primera de ellas, recordó cómo en Sidón, hasta donde había llegado el profeta por orden de Dios, la viuda fue interpelada por Elías quien le pidió compartir el agua y la harina que era su único sustento. En un acto de confianza –y de misericordia--, le dio de comer confiando en la promesa de que si compartía, en su mesa no faltarían los alimentos. 

Luego el papa pasó a explicar la acción de la viuda de la ofrenda en el templo, quien nunca imaginó que su gesto oculto fuese visto por el propio Hijo de Dios, y usado como enseñanza in situ para la formación progresiva que le daba a sus discípulos. Bastó una palabra del Maestro para que se entendiera a cabalidad lo hecho por la viuda pobre frente a los demás, que depositaban muchas monedas: "esta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir" (Mc. 12,44). 

Ante el ejemplo de estas dos gigantes de la escritura, el papa comparó sus vidas con la actitud de quien “basa su vida en Dios, en su Palabra, y confía plenamente en Él”. Recordó que la viudez, así como la orfandad son presentados en la Biblia como objeto de la protección de Dios. Sin embargo, esta situación no es suficiente –ni menos justificación--, para no responderle a Dios, quien “siempre exige nuestra libre aceptación de la fe, que se expresa en el amor a Él y al prójimo”, ya que --añadió, “nadie es tan pobre que no pueda donar algo”. 

Finalmente, enseñó que las viudas de los dos relatos no solo dieron prueba de su fe, sino que cumplieron con un acto de caridad; fueron creyentes que dieron testimonio de la “unidad inseparable de la fe y de la caridad, y entre el amor a Dios y el amor al prójimo”. 

Y no quiso despedirse sin presentar nuevamente a la Virgen María como “el ejemplo perfecto de alguien que se entrega por completo confiando en Dios”, y le encomendó los esfuerzos que cada creyente hará en este Año de la fe, por reforzar la confianza en Dios y en su Palabra. 
Benedicto XVI