El que
es Dios verdadero nace como hombre verdadero, sin que falte nada a la
integridad de su naturaleza humana, conservando la totalidad de la esencia que
le es propia y asumiendo la totalidad de nuestra esencia humana. Y, al decir
nuestra esencia humana, nos referimos a la que fue plasmada en nosotros por el
Creador, y que él asume para restaurarla. [...]
Tomó la condición de esclavo, pero libre de la
sordidez del pecado, ennobleciendo nuestra humanidad sin mermar su divinidad,
porque aquel anonadamiento suyo — por el cual, él, que era invisible, se hizo
visible, y él, que es el Creador y Señor de todas las cosas, quiso ser uno más
entre los mortales— fue una dignación de su misericordia, no una falta de
poder. [...]
Y, así, el Hijo de Dios hace su entrada en la
bajeza de este mundo, bajando desde el trono celestial, sin dejar la gloria que
tiene junto al Padre, siendo engendrado en un nuevo orden de cosas.
En un nuevo orden de cosas, porque el que era
invisible por su naturaleza se hace visible en la nuestra, el que era
inaccesible a nuestra mente quiso hacerse accesible, el que existía antes del
tiempo empezó a existir en el tiempo, el Señor de todo el universo, velando la
inmensidad de su majestad, asume la condición de esclavo, el Dios impasible e inmortal
se digna hacerse hombre pasible y sujeto a las leyes de la muerte. [...]
Ni Dios sufre cambio alguno con esta dignación de
su piedad, ni el hombre queda destruido al ser elevado a esta dignidad. Cada
una de las dos naturalezas realiza sus actos propios en comunión con la otra, a
saber, la Palabra realiza lo que es propio de la Palabra, y la carne lo que es
propio de la carne.
En cuanto que es la Palabra, brilla por sus
milagros; en cuanto que es carne, sucumbe a las injurias. Y así como la Palabra
retiene su gloria igual al Padre, así también su carne conserva la naturaleza
propia de nuestra raza.
La misma y única persona, no nos cansaremos de
repetirlo, es verdaderamente Hijo de Dios y verdaderamente hijo del hombre. Es
Dios, porque en el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a
Dios, y la Palabra era Dios; es hombre, porque la Palabra se hizo carne y
acampó entre nosotros.
De las cartas de san León Magno, papa
(Carta 28, a Flaviano, 3-4: PL 54, 763-767)
De las cartas de san León Magno, papa
(Carta 28, a Flaviano, 3-4: PL 54, 763-767)
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