Para mantener la paz el "medio más eficaz" se
encuentra en la "certeza de ser amados por Dios". Así lo aseguró el
padre Raniero Cantalamessa en la Tercera Predicación de Adviento, realizada
ante el Papa y la Curia Romana, dedicada al tema "la paz, fruto del
Espíritu".
El predicador de la Casa
Pontificia asegura que “la paz fruto del Espíritu es distinta de la paz don de
Dios y de la paz como tarea en la que trabajar”. Recordando el título del
mensaje del papa Juan Pablo II para la Jornada mundial de la paz de 1984 decía:
“La paz nace de un corazón nuevo” y Francisco de Asís, mandando a sus hermanos
por el mundo, les aconsejaba: “La paz que anunciáis con la boca, tenedla sobre
todo en vuestros corazones”.
Y así asegura que “la paz
interior o del corazón ha ocupado a lo largo de los siglos a todos los grandes
buscadores de Dios”. La esperanza de esta paz eterna ha marcado toda la
liturgia de los difuntos. Expresiones como “Pax”, “In pace Christi”,
“Requiescat in pace” son las más frecuentes en las tumbas de los cristianos y
en las oraciones de la Iglesia. La Jerusalén celeste, con alusión a la etimología
del nombre, es definitiva “beata pacis visio”[1], beata visión de paz, aseguró.
Hablando sobre la concepción de
San Agustín de la paz interior como la adhesión a la voluntad de Dios, asegura
que encuentra una confirmación y una profundización en los místicos. Y
cita al maestro Eckhart cuando escribe: “Nuestro Señor dice: ‘Sólo tendréis paz
en mí’ (cfr. Jn 16, 33). Cuanto más se penetra en Dios, más nos adentramos en
la paz. El que tiene su yo en Dios tiene la paz, el que tiene su yo fuera de
Dios no tiene la paz”[2]. “No se trata, por lo tanto, sólo de cumplir con la
voluntad de Dios, sino de no tener otra voluntad que la Dios, morir
completamente a la propia voluntad. La misma cosa se lee, en forma de
experiencia vivida, en Santa Ángela de Foligno: “Más adelante, la bondad de
Dios me concedió la gracia de hacer de dos cosas una sola, tanto que no puedo
querer otra cosa, sino lo que Él quiere. […] Ya no me hallo más ahora como
solía hallarme, sino que fui conducida a una gran paz en la cual vivo con Él y estoy
contenta de cualquier cosa”[3].
Recordó también a San Ignacio
de Loyola y su “doctrina de la santa indiferencia”. Consiste en ponerse en un
estado de disposición total a aceptar la voluntad de Dios, renunciando, desde
el principio, a cualquier preferencia personal, al igual que una balanza
dispuesta a inclinarse del lado donde el peso será mayor. La experiencia de paz
interior se convierte así en el principal criterio en todo discernimiento. Hay
que considerar que es conforme a la voluntad de Dios, la elección, que después
de una prolongada ponderación y oración, viene acompañada por una mayor paz del
corazón.
Finalmente el padre
Cantalamessa habla del testamento que nos ha dejado Santa Teresa de Ávila, el
que asegura que es muy útil para repetirnos cada vez que tenemos que recobrar
la paz en el corazón: “Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se
muda; la paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene nada le falta. Sólo Dios
basta”.
Concluye esta tercera
predicación de Adviento, deseando que el nacimiento del Señor, Santo Padre,
Venerables padres, hermanos y hermanas, sea realmente para nosotros, como decía
san León Magno, ¡“el nacimiento de la paz”![4] De las tres dimensiones de la
paz: aquella entre el cielo y la tierra, aquella entre todos los pueblos y
aquella en nuestros corazones.
P. Cantalamessa
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