lunes, 16 de octubre de 2017

Elogio al silencio por Manuel María Bru


Cuando a un sabio y santo sacerdote como es Juan Esquerda Bifet, al que tuve la suerte de tener como profesor de Teología Espiritual en Burgos, le contaba hace años de mi trabajo pastoral en los medios de comunicación social, me dijo: «Adelante, sigue con esa labor callada». Recuerdo que en seguida le contesté: «Bueno, callada, callada, precisamente no es». Y me sonrió. Con el transcurrir de los años me he dado cuenta de mi error. La comunicación, incluso la comunicación social, se construye mucho más desde la prodigalidad de los silencios –no los huidizos y cobardes– que desde la prodigalidad de las palabras.
Explicaba Benedicto XVI que «el silencio es parte integrante de la comunicación y sin él no existen palabras con densidad de contenido. En el silencio escuchamos y nos conocemos mejor a nosotros mismos; nace y se profundiza el pensamiento, comprendemos con mayor claridad lo que queremos decir o lo que esperamos del otro; elegimos cómo expresarnos».
Y explicaba el nuevo Premio Nobel de Literatura, Kazuo Ishiguro, en su obra Los inconsolables, que «el silencio puede ser revelador de que se están fraguando ideas muy profundas, de que se está haciendo acopio de las más hondas energías». Sus novelas viajan por los elocuentes silencios del alma de sus personajes, y las llevadas al séptimo arte permiten además ese camino proveyendo armoniosamente silencios y palabras. La buena literatura y el buen cine demuestran estéticamente la veracidad de la afirmación del Papa Francisco de que el tiempo es superior al espacio. Y a veces las palabras solo llenan espacios, mientras los silencios vertebran los tiempos.
Como ocurrió en la España de 1981, asistimos a un exceso de dimes y diretes, de réplicas y contrarréplicas, de palabras que se embrollan y se convierten en armas arrojadizas. En aquel entonces yo aprendí el valor del silencio. Siendo muy joven me alejé del ruido de la gran ciudad y en la Facultad de Teología de Burgos, que ahora cumple 50 años, descubrí el valor del estudio, de la oración y de la escucha al otro en silencio. Allí descubrí el valor de la prudencia, de la moderación, y el poder benigno de la palabra pensada en silencio, frente al poder maligno de la palabra atiborrada de sinsentidos y articulada sin silencios.
Tampoco hoy es hora de muchas palabras, ya se muestren expresamente como confrontación, ya se camuflen falsamente bajo mascara de diálogo. Es más bien la hora de la conciencia, sin miedo al silencio, para parar a tiempo la ignominia.
Manuel María Bru
Alfa y Omega

16 de octubre: santa Margarita María de Alacoque, virgen


Durante el reinado de Luis XIV, rey que adelantó su mayoría de edad y comenzó a reinar con 14 años, en un convento de Francia, se gestó por la monja Margarita María la reacción a la demoledora obra del libro Augustinus escrito por el holandés obispo de Yprès que propició una auténtica revolución contra la piedad cristiana y la obediencia al Papa.
El obispo se llamaba Cornelio Jansenio; murió en 1638; su principal obra Augustinus se publicó dos años después de su muerte y se condenó el 31 de mayo de 1653. Murió arrepentido de sus errores y en el seno de la Iglesia, pero la muerte había impedido su retractación pública. El contenido de su pensamiento era que Dios no había querido tanto a los hombres como para morir por todos ellos, presentándolo frío, lejano, impasible ante la conducta buena o mala de los hombres que obran el bien o el mal de modo irresistible; un juez más que un padre. Las consecuencias para la piedad cristiana fueron desastrosas: desde el desprecio de la oración hasta el olvido práctico de los sacramentos.
Margarita nació en Lauthecourt el 22 de julio de 1647. Estudió interna en las clarisas de Charolles; enfermó y atribuyó a la Virgen María su milagrosa curación de una parálisis. Pasa una juventud llena de vitalidad, amante del bullicio, con abundante vida social y hambrienta de afectos. Con veintidós años y después de comulgar tomó la decisión de hacerse religiosa. Lo comunica a su familia con el ruego añadido de que se ocupen de desilusionar a los pretendientes; el obispo aprueba la decisión y le permite que añada el nombre de María al suyo propio.
Ingresa en el monasterio de las salesas en Paray-le-Monial el 25 de mayo de 1671; profesa en la Orden de la Visitación de Nuestra Señora el 6 de noviembre del 1672. Se distingue muy pronto por su amor a Jesucristo en la Eucaristía; en los años 1673-1674 tuvo visiones de Cristo, que le mostraba su compasivo y sangrante corazón, abismo insondable de amor a los hombres, que fundamentan la devoción católica del Sagrado Corazón de Jesús.
Entiende Margarita que esa comunicación privada es un querer divino no solo para ella. Lo expone a la superiora y a las autoridades eclesiásticas competentes a las que resulta tan extraño todo el asunto que la mandan examinar por «personas doctas»; el resultado fue que la tratan de visionaria, indican la prohibición de esos gustos tan fuera de lugar y mandan que le den de comer sopas. A partir de este momento, parte de su cruz será obedecer y permanecer en sus deseos. Solo el padre Claudio de la Colombière, que ha llegado como superior a la casa que en la ciudad tienen los jesuitas, la entenderá y la animará, cuando le abra el alma en unos ejercicios espirituales que predicó a las salesas.
Exteriormente, Margarita es una hermana en la que se puede confiar; monja de apariencia gris, siempre enferma, muy tímida, algo medrosa pero apta para cualquier trabajo que se le encomienda. Fue enfermera, profesora de las alumnas de familias distinguidas que vivían en el colegio, maestra de novicias, y propuesta para superiora.
La octava del Corpus Christi del 1675 tiene una aparición del Sagrado Corazón de Jesús que le dice: «Mira este Corazón que tanto ha amado a los hombres y que nada ha perdonado hasta consumirse y agotarse para demostrarles su amor; y, en cambio, no recibe de la mayoría más que ingratitudes por sus irreverencias, sacrilegios y desacatos en este sacramento de amor. Pero lo que me es todavía más sensible es que obren así hasta los corazones que de manera especial se han consagrado a Mí. Por esto te pido que el primer viernes después de la octava del Corpus se celebre una fiesta especial para honrar a mi Corazón, comulgando en ese día y reparando las ofensas que he recibido en el augusto sacramento del altar. Te prometo que mi Corazón derramará en abundancia las bendiciones de su divino amor sobre cuantos le tributen este homenaje y trabajen en propagar aquella práctica».
Después de la experiencia tenida, no deja de promover la devoción al Sagrado Corazón de Jesús con todos los medios que tiene a su alcance: por carta, persona a persona, refiriendo gracias, favores y carismas, distribuyendo pequeñas estampillas, escribiendo al capellán del rey Luis XIV para pedirle que le consagre su persona, su familia y su palacio. Intenta y consigue la aprobación para celebrar la Misa del Sagrado Corazón. Comunica el querer de Dios de modo especial a las monjas y a los sacerdotes. La devoción sale de Paray-le-Monial a las comunidades de salesas en Dijon, Moulins, Saumur; luego, Lyon y Marsella; después, Europa y América. El resultado de esta actividad es una explosión de fervor y un deseo de buscar la santidad. No lo consiguió sin obstáculos enconados por quienes estaban inficionados de jansenismo y por los que consideraban innecesaria una nueva práctica de piedad.
La devoción al Corazón de Jesús que propaga Margarita no es un chorreón de sentimientos ni está apoyada en emotividades tan dulzonas como pasajeras. Ella entiende que el amor a Jesucristo sufriente en el Huerto ha de expresarse en acompañar, expiar y reparar las ofensas de todos los tiempos; es participar en el dolor, angustia, soledad y abandono que sufrió Jesús por los pecados de la humanidad. Se resuelve en deseos de fidelidad y de purificación personal, en búsqueda continua de la Eucaristía para acompañarle, en deseos vivos de comunión, y en la necesidad de vivir muriendo hecha pedazos por glorificar a Dios y salvar a los hombres, contrarrestando la obra destructora del pecado. Por eso su mensaje al mundo cristiano son prácticas sencillas, firmes, llenas de fe, al alcance de cualquiera: Misa, comuniones frecuentes, visitas, oración y horas santas.
Murió el 17 de octubre del 1690.
El papa Benedicto XV la canonizó el 13 de mayo de 1920. En la bula de canonización se hace mención explícita de la promesa de la perseverancia final a quienes comulguen los nueve primeros viernes de mes seguidos.
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COMENTARIO AL EVANGELIO DE LUCAS (11,37-41) POR SAN AMBROSIO, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA





«Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato». Como veis, nuestros cuerpos son llamados aquí con los nombres de objetos de tierra y frágiles, que una simple caída puede romper. Y los íntimos sentimientos del alma son llamados por expresiones y gestos del cuerpo, tal como lo que encierra el interior de una copa se deja ver por fuera. .. Ved, pues, que no es el exterior de una copa o de un plato lo que nos ensucia el interior.

Como buen maestro, Jesús os ha enseñado cómo limpiar las manchas de nuestro cuerpo, diciendo: “Más bien dad como limosna lo que tenéis y todo le demás será puro en vosotros” ¡Veis bien cuántos remedios hay! La misericordia nos purifica. La palabra de Dios también nos purifica, tal como está escrito: «Vosotros estáis ya limpios gracias a la palabra que os he anunciado» (Jn 15,3)…

Es el punto de partida de un buen pasaje: el Señor nos invita a buscar la simplicidad y condena el estar ligado a lo que es superfluo y ramplón. Los fariseos, a causa de su fragilidad, son comparados, y no sin razón, a la copa y al plato: observan escrupulosamente puntos que no tienen ninguna utilidad para nosotros, y olvidan aquello donde se encuentra el fruto de nuestra esperanza. Cometen, pues, una gran falta, despreciando lo mejor. Y sin embargo, también a esta falta se le ha prometido el perdón si viene detrás de la misericordia y la limosna.

(Comentario al evangelio de Lucas, 7, 100-102)

EVANGELIO DE HOY: PURIFICAR EL CORAZÓN





Lectura del santo evangelio según san Lucas (11,37-41):

En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar, un fariseo lo invitó a comer a su casa. Él entró y se puso a la mesa. 

Como el fariseo se sorprendió al ver que no se lavaba las manos antes de comer, el Señor le dijo: 

«Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades. ¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Dad limosna de lo de dentro, y lo tendréis limpio todo.»

Palabra del Señor

El Papa en la misa de canonizaciones: «Dios nos invita a celebrar la fiesta del amor con Él»


La parábola que hemos escuchado nos habla del Reino de Dios como un banquete de bodas (cf. Mt 22,1-14). El protagonista es el hijo del rey, el esposo, en el que resulta fácil entrever a Jesús. En la parábola no se menciona nunca a la esposa, pero sí se habla de muchos invitados, queridos y esperados: son ellos los que llevan el vestido nupcial. Esos invitados somos nosotros, todos nosotros, porque el Señor desea «celebrar las bodas» con cada uno de nosotros. Las bodas inauguran la comunión de toda la vida: esto es lo que Dios desea realizar con cada uno de nosotros. Así pues, nuestra relación con Dios no puede ser sólo como la de los súbditos devotos con el rey, la de los siervos fieles con el amo, o la de los estudiantes diligentes con el maestro, sino, ante todo, como la relación de la esposa amada con el esposo. En otras palabras, el Señor nos desea, nos busca y nos invita, y no se conforma con que cumplamos bien los deberes u observemos sus leyes, sino que quiere que tengamos con él una verdadera comunión de vida, una relación basada en el diálogo, la confianza y el perdón.
La vida cristiana es una historia de amor con Dios
Esta es la vida cristiana, una historia de amor con Dios, donde el Señor toma la iniciativa gratuitamente y donde ninguno de nosotros puede vanagloriarse de tener la invitación en exclusiva; ninguno es un privilegiado con respecto de los demás, pero cada uno es un privilegiado ante Dios. De este amor gratuito, tierno y privilegiado nace y renace siempre la vida cristiana. Preguntémonos si, al menos una vez al día, manifestamos al Señor nuestro amor por él; si nos acordamos de decirle cada día, entre tantas palabras: «Te amo Señor. Tú eres mi vida». Porque, si se pierde el amor, la vida cristiana se vuelve estéril, se convierte en un cuerpo sin alma, una moral imposible, un conjunto de principios y leyes que hay que mantener sin saber porqué. En cambio, el Dios de la vida aguarda una respuesta de vida, el Señor del amor espera una respuesta de amor. En el libro del Apocalipsis, se dirige a una Iglesia con un reproche bien preciso: «Has abandonado tu amor primero» (2,4). Este es el peligro: una vida cristiana rutinaria, que se conforma con la «normalidad», sin vitalidad, sin entusiasmo, y con poca memoria. Reavivemos en cambio la memoria del amor primero: somos los amados, los invitados a las bodas, y nuestra vida es un don, porque cada día es una magnífica oportunidad para responder a la invitación.
Todos somos invitados "al banquete del Señor"
Pero el Evangelio nos pone en guardia: la invitación puede ser rechazada. Muchos invitados respondieron que no, porque estaban sometidos a sus propios intereses: «Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios», dice el texto (Mt 22,5). Una palabra se repite: sus; es la clave para comprender el motivo del rechazo. En realidad, los invitados no pensaban que las bodas fueran tristes o aburridas, sino que sencillamente «no hicieron caso»: estaban ocupados en sus propios intereses, preferían poseer algo en vez de implicarse, como exige el amor. Así es como se da la espalda al amor, no por maldad, sino porque se prefiere lo propio: las seguridades, la autoafirmación, las comodidades… Se prefiere apoltronarse en el sillón de las ganancias, de los placeres, de algún hobby que dé un poco de alegría, pero así se envejece rápido y mal, porque se envejece por dentro; cuando el corazón no se dilata, se cierra. Y cuando todo depende del yo ―de lo que me parece, de lo que me sirve, de lo que quiero― se acaba siendo personas rígidas y malas, se reacciona de mala manera por nada, como los invitados en el Evangelio, que fueron a insultar e incluso a asesinar (cf. v. 6) a quienes llevaban la invitación, sólo porque los incomodaban.
Dios nunca pierde la esperanza de que aceptemos su invitación
Entonces el Evangelio nos pregunta de qué parte estamos: ¿de la parte del yo o de la parte de Dios? Porque Dios es lo contrario al egoísmo, a la autorreferencialidad. Él –nos dice el Evangelio―, ante los continuos rechazos que recibe, ante la cerrazón hacia sus invitados, sigue adelante, no pospone la fiesta. No se resigna, sino que sigue invitando. Frente a los «no», no da un portazo, sino que incluye aún a más personas. Dios, frente a las injusticias sufridas, responde con un amor más grande. Nosotros, cuando nos sentimos heridos por agravios y rechazos, a menudo nutrimos disgusto y rencor. Dios, en cambio, mientras sufre por nuestros «no», sigue animando, sigue adelante disponiendo el bien, incluso para quien hace el mal. Porque así actúa el amor; porque sólo así se vence el mal. Hoy este Dios, que no pierde nunca la esperanza, nos invita a obrar como él, a vivir con un amor verdadero, a superar la resignación y los caprichos de nuestro yo susceptible y perezoso.
Vestir el "hábito del amor" para asistir al banquete
El Evangelio subraya un último aspecto: el vestido de los invitados, que es indispensable. En efecto, no basta con responder una vez a la invitación, decir «sí» y ya está, sino que se necesita vestir un hábito, se necesita el hábito de vivir el amor cada día. Porque no se puede decir «Señor, Señor» y no vivir y poner en práctica la voluntad de Dios (cf. Mt 7,21). Tenemos necesidad de revestirnos cada día de su amor, de renovar cada día la elección de Dios. Los santos hoy canonizados, y sobre todo los mártires, nos señalan este camino. Ellos no han dicho «sí» al amor con palabras y por un poco de tiempo, sino con la vida y hasta el final. Su vestido cotidiano ha sido el amor de Jesús, ese amor de locura con que nos ha amado hasta el extremo, que ha dado su perdón y sus vestiduras a quien lo estaba crucificando. También nosotros hemos recibido en el Bautismo una vestidura blanca, el vestido nupcial para Dios. Pidámosle, por intercesión de estos santos hermanos y hermanas nuestros, la gracia de elegir y llevar cada día este vestido, y de mantenerlo limpio. ¿Cómo hacerlo? Ante todo, acudiendo a recibir el perdón del Señor sin miedo: este es el paso decisivo para entrar en la sala del banquete de bodas y celebrar la fiesta del amor con él.
(from Vatican Radio)

domingo, 15 de octubre de 2017

Ávila celebra el primer Año Jubilar Teresiano

En medio de una gran expectación, y tras escuchar el Decreto de concesión por parte del Papa Francisco del Año Jubilar Teresiano, a las 18:40 horas Mons. García Burillo, Obispo de Ávila, abría el cerrojo de la verja izquierda del Convento de Santa Teresa de Jesús.
Las campanas repicaban jubilosas, mientras comenzaban los sones del himno de España. Honores para la apertura "histórica" de una Puerta Santa por donde pasarán miles de peregrinos que busquen ganar el Jubileo en este Año Santo.
A los pies de la puerta, una inscripción recuerda la frase de Santa Teresa en su libro "Castillo Interior", también conocido como "Las Moradas": "La puerta a este castillo es la oración". "No es algo mágico", como recordaba el Prior del Convento, el Padre David Jiménez. "No es que se nos perdonen los pecados implemente cruzando el umbral. Pero es un paso que nos recuerda que el mejor modo de acceder a Dios es a través de la oración, como hacía Teresa".
Abría Mons. García Burillo la Puerta Santa con una llave realizada expresamente para este momento. En su empuñadura, una moneda de plata fundida con la propia llave, que muestra en relieve el "Éxtasis de Santa Teresa", de Bernini, que se conserva en el Vaticano. Lleva, asimismo, la inscripción que la destaca como la llave de la Puerta Santa del Año Jubilar Teresiano.
Tras la apertura, el Obispo de Ávila y las distintas autoridades civiles (entre las que se encontraban el Alcalde de la ciudad, así como la Presidenta de las Cortes de Castilla y León, y la Subdelegada del Gobierno de la Comunidad Autónoma, se han dirigido hacia la capilla del nacimiento, para realizar una oración ante Santa Teresa. Acto seguido, cada uno de ellos ha depositado en la urna allí presente una oración o un deseo para este primer Año Jubilar Teresiano. Mons. García Burillo, en su oración, ha pedido a Santa Teres , "madre nuestra, que concedas a cada peregrino en este Año Jubilar la alegría de seguir a tu Hijo y servir a nuestros hermanos más humildes".
Tras ello, han dado comienzo las solemnes Vísperas, presididas por el propio Prelado abulense, y con la presencia del Cabildo Catedralicio y la comunidad del Carmelo. Al término de las mismas, se ha procedido al traslado de la imagen de Santa Teresa hasta la Catedral, donde permanecerá hasta su participación en la Eucaristía de este 15 de octubre, con la que se inaugurará oficialmente el Año Jubilar Teresiano.

No se puede conservar la doctrina sin hacerla progresar



Los titulares sobre la contundente afirmación del Papa Francisco en cuanto al rechazo absoluto a la pena de muerte, que en lo sucesivo debe expresar la doctrina de la Iglesia, han hecho que pase inadvertido el conjunto del importante discurso que ha pronunciado con motivo del 25 aniversario del Catecismo de la Iglesia Católica. Un discurso en plena continuidad con la enseñanza de Benedicto XVI y san Juan Pablo II, que subraya que la Tradición es una realidad viva, y que la «custodia» y el «progreso» de la doctrina, son dos tareas encomendadas a la Iglesia por su propia naturaleza.
Francisco recuerda las palabras de san Juan Pablo II en la Constitución Fidei Depositum con la que aprobaba el nuevo Catecismo, cuando afirmaba que éste debía «tener en cuenta las explicitaciones de la doctrina que en el curso de los tiempos el Espíritu Santo ha sugerido a la Iglesia… es necesario, además, que ayude a iluminar con la luz de la fe las situaciones nuevas y los problemas que en el pasado todavía no habían surgido».
Recordemos aquí la formulación, tan querida para Benedicto XVI, de un proceso de «novedad en la continuidad» que describe el camino del sujeto único de la Iglesia a lo largo de la historia. En su primer gran discurso a la Curia Romana, en diciembre de 2005, el papa Ratzinger reconocía que «el concilio Vaticano II, con la nueva definición de la relación entre la fe de la Iglesia y ciertos elementos esenciales del pensamiento moderno, revisó o incluso corrigió algunas decisiones históricas, pero en esta aparente discontinuidad mantuvo y profundizó su íntima naturaleza y su verdadera identidad. La Iglesia, tanto antes como después del Concilio, es la misma Iglesia una, santa, católica y apostólica en camino a través de los tiempos».
Al celebrar un cuarto de siglo de vigencia del Catecismo, Francisco ha señalado su importancia como instrumento esencial para presentar la enseñanza de siempre, y así permitir el crecimiento en la comprensión de la fe, pero también porque pretende acercar a nuestros contemporáneos a una Iglesia que no deja de presentar la fe como respuesta a la existencia humana en cada momento histórico particular. En este sentido ha subrayado que el «depósito de la fe» no puede entenderse como algo estático, afirmando que «la Palabra de Dios no puede ser conservada en naftalina como si se tratara de una vieja manta que hay que proteger contra los parásitos». Por el contrario, «la Palabra de Dios es una realidad dinámica, siempre viva, que progresa y crece porque tiende a un cumplimiento que los hombres no pueden detener».
Por cierto, esta formulación también nos hace pensar en una de las ideas más fecundas de John Henry Newman, «el desarrollo» de la doctrina. La Iglesia sólo puede conservarse explicitando sus riquezas, y abandonando ciertas fórmulas superadas para reconquistar un universo nuevo. La Iglesia cambia, decía Newman, para seguir siendo ella misma. Y Francisco acaba de decir: «no se puede conservar la doctrina sin hacerla progresar», porque como afirma la Constitución Dei Verbum, «Dios no cesa de hablar con la Esposa de su Hijo», y nosotros, en cada tiempo y lugar, debemos escuchar esa voz en la unidad de la Iglesia presidida por Pedro, para que nuestra fe no se vuelva árida e insignificante, para que nuestra existencia eclesial pueda progresar con el mismo entusiasmo de los inicios, y así afrontar las circunstancias nuevas de la historia por inquietantes que nos parezcan.
José Luis Restán
Alfa y Omega

15 de octubre: santa Teresa de Jesús


Hoy celebramos la fiesta de Santa Teresa de Jesús, la gran reformadora del siglo XVI que ostenta el título de Doctora de la Iglesia. En su autobiografía, empieza diciendo, «yo, mujer boba y sin letras», que es una confesión de humildad pero también la constatación de que, aunque considerada ahora como una gran maestra en teología mística, no se había dedicado al estudio (no tenía títulos). El Evangelio hace referencia a cómo Dios no revela sus misterios a los sabios de este mundo sino a los sencillos de corazón. Y el conocimiento del amor de Dios es lo que, verdaderamente nos hace sabios.
Cuando varios siglos más tarde Edith Stein, leyó el Libro de la vida de Santa Teresa, confesó al acabarlo: «aquí está la verdad». Parece que empezó sólo anochecer y no pudo dejar su lectura hasta la mañana siguiente. Entonces Edith era atea y, conocer a Santa Teresa supuso un encuentro decisivo para pedir su incorporación a la Iglesia. Ahora la veneramos como Santa Teresa Benedicta de la Cruz.
La experiencia de Edith señala uno de los motivos por los que celebramos la memoria de los santos: en la vida de ellos se nos refleja el evangelio vivo. Un santo no es un héroe, ni siquiera una persona que ha realizado una gran obra a los ojos del mundo, aunque santa Teresa realizó una auténtica proeza reformando el Carmelo y fundando monasterios (diecisiete) por toda España. Un santo es alguien en quien la vida de Jesucristo se transparenta. Todo él está movido por esa misma vida que se le ha comunicado por la gracia.
En el salmo de hoy rezamos: «Cantaré eternamente las misericordias del Señor». Imagino que han seleccionado este porque era una frase que le gustaba mucho repetir a Santa Teresa. También expresa en qué consiste la vida de un santo: cantar, con la vida, con las palabras, con todo el ser, la misericordia que Dios ha tenido con él. Somos amados por Dios y, en la medida en que no ocultamos ese amor sino que permitimos que se manifieste, nuestra vida se torna más radiante. Estamos más alegres y somos signo de esperanza para los demás.
Santa Teresa no realizó una reforma según la lógica de este mundo. En su época algunos conventos estaban muy lejos del ideal que había movido a fundarlos. Ella propuso una austeridad que resultaba dura y, sin embargo, no le faltaron seguidoras. También ella promovió junto a san Juan de la Cruz, la reforma de la rama masculina de la orden. Si tuvo éxito (aunque vivió intensas tribulaciones y no le faltaron detractores) fue porque irradiaba el amor y la santidad de Dios que, en ella, iba unida a una grandísima alegría. Pero no la encontraba en la molicie ni en las comodidades sino en Jesucristo al que contemplaba en su humanidad. Dios se hizo hombre para salvarnos y, a través de su humanidad accedemos a Dios. De la misma manera, a través de la humanidad transfigurada de los santos, nosotros seguimos acercándonos al Señor.
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Los invitados a la boda

Invitación


Jesús conocía muy bien cómo disfrutaban los campesinos de Galilea en las bodas que se celebraban en las aldeas. Sin duda, él mismo tomó parte en más de una. ¿Qué experiencia podía haber más gozosa para aquellas gentes que ser invitados a una boda y poder sentarse con los vecinos a compartir juntos un banquete de fiesta?
Este recuerdo vivido desde niño ayudó a Jesús más tarde a comunicar su experiencia de Dios de una manera nueva y sorprendente. Según él, Dios está preparando un banquete final para todos sus hijos, pues a todos los quiere ver sentados junto a él disfrutando para siempre de una vida plenamente dichosa.
Podemos decir que Jesús entendió su vida entera como el ofrecimiento de una gran invitación en nombre de Dios a esa fiesta final. Por eso Jesús no impone nada a la fuerza, no presiona a nadie. Anuncia la Buena Noticia de Dios, despierta la confianza en el Padre, enciende en los corazones la esperanza. A todos les ha de llegar su invitación.
¿Qué ha sido de esta invitación de Dios? ¿Quién la anuncia? ¿Quién la escucha? ¿Dónde se habla en la Iglesia de esta fiesta final? Satisfechos con nuestro bienestar, sordos a lo que no sean nuestros intereses inmediatos, ¿no necesitamos ya de Dios? ¿Nos estamos acostumbrando poco a poco a vivir sin necesidad de alimentar una esperanza última?
Jesús era realista. Sabía que la invitación de Dios puede ser rechazada. En la parábola de "los invitados a la boda" se habla de diversas reacciones de los invitados. Unos rechazan la invitación de manera consciente y rotunda: "No quisieron venir". Otros responden con absoluta indiferencia: "No hicieron caso". Les importan más sus tierras y negocios.
Pero, según la parábola, Dios no se desalienta. Por encima de todo habrá una fiesta final. El deseo de Dios es que la sala del banquete se llene de invitados. Por eso hay que ir a los "cruces de los caminos", por donde caminan tantas gentes errantes, que viven sin esperanza y sin futuro. La Iglesia ha de seguir anunciando con fe y alegría la invitación de Dios proclamada en el Evangelio de Jesús.

El Papa Francisco está preocupado por una predicación que se obsesiona "por una transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas que se intentan imponer a fuerza de insistencia". El mayor peligro está, según él, en que ya "no será propiamente el Evangelio lo que se anuncie, sino algunos acentos doctrinales o morales que proceden de determinadas opciones ideológicas. El mensaje correrá el riesgo de perder su frescura y dejará de tener olor a Evangelio".
José Antonio Pagola

COMENTARIO DE BENEDICTO XVI AL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (22,1-14)





La liturgia de este domingo nos propone una parábola que habla de un banquete de bodas al que muchos son invitados... 

Jesús en el Evangelio nos habla de la respuesta que se da a la invitación de Dios —representado por un rey— a participar en su banquete (cf. Mt 22, 1-14). Los invitados son muchos, pero sucede algo inesperado: rehúsan participar en la fiesta, tienen otras cosas que hacer; más aún, algunos muestran despreciar la invitación. 

Dios es generoso con nosotros, nos ofrece su amistad, sus dones, su alegría, pero a menudo nosotros no acogemos sus palabras, mostramos más interés por otras cosas, ponemos en primer lugar nuestras preocupaciones materiales, nuestros intereses. La invitación del rey encuentra incluso reacciones hostiles, agresivas. 

Pero eso no frena su generosidad. Él no se desanima, y manda a sus siervos a invitar a muchas otras personas. El rechazo de los primeros invitados tiene como efecto la extensión de la invitación a todos, también a los más pobres, abandonados y desheredados. Los siervos reúnen a todos los que encuentran, y la sala se llena: la bondad del rey no tiene límites, y a todos se les da la posibilidad de responder a su llamada. 

Pero hay una condición para quedarse en este banquete de bodas: llevar el vestido nupcial. Y al entrar en la sala, el rey advierte que uno no ha querido ponérselo y, por esta razón, es excluido de la fiesta. 

Quiero detenerme un momento en este punto con una pregunta: ¿cómo es posible que este comensal haya aceptado la invitación del rey y, al entrar en la sala del banquete, se le haya abierto la puerta, pero no se haya puesto el vestido nupcial? ¿Qué es este vestido nupcial? 

El vestido nupcial... es la caridad, el amor... Y este vestido está tejido simbólicamente con dos elementos, uno arriba y otro abajo: el amor a Dios y el amor al prójimo. Todos estamos invitados a ser comensales del Señor, a entrar con la fe en su banquete, pero debemos llevar y custodiar el vestido nupcial, la caridad, vivir un profundo amor a Dios y al prójimo.

(De la homilía del 9 de octubre de 2011)

EVANGELIO DE HOY: MUCHOS SON LOS LLAMADOS Y POCOS LOS ESCOGIDOS




Lectura del santo evangelio según san Mateo (22,1-14):

En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: 

«El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. 

Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: "Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda." 

Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. 

Luego dijo a sus criados: "La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda." 
Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. 

Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?" El otro no abrió la boca. 

Entonces el rey dijo a los camareros: "Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes." Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.»

sábado, 14 de octubre de 2017

Monseñor Marto: «Fátima es anuncio de misericordia para un mundo herido»



Este viernes se celebra el centenario de la sexta y última aparición de la Virgen en Cova de Iría y del milagro del sol. 200.000 peregrinos lo celebran en el santuario
El 13 de octubre de 1917 llovía en Cova de Iría. Entre 50.000 y 70.000 personas esperaban expectantes la última aparición de la Virgen, que había prometido a los pastorcitos Lucía, Francisco y Jacinta un milagro para que todos creyeran. Cuando llegó la Señora, las nubes se dispersaron y salió el sol. Mientras los niños videntes veían a María, a san José y al Niño Jesús, el astro rey bailó a la vista de todos.
Muchos, aterrorizados, pensaron que había llegado el fin del mundo. El incrédulo periodista Avelino da Almeida, corresponsal del periódico laicista O século, afirmó luego: «¡Yo lo he visto, yo lo he visto!».
Este viernes, son unos 200.000 fieles los que se han congregado en Fátima para el centenario de la última aparición. La homilía de la Misa, presidida por monseñor António Marto, obispo de Leiría-Fátima, giró en torno a tres ejes: «Fátima como reflejo de la luz y la belleza de Dios que nos invita a la fe y la adoración; Fátima como anuncio de misericordia para el mundo herido y Fátima como mensaje de paz».
La reina de la paz pide colaboración
Monseñor Marto presidió también el rosario y la Eucaristía del jueves por la noche en el santuario. «Hoy queremos confiar a la intercesión de la Virgen Madre, Nuestra Señora del Rosario de Fátima –afirmó–, nuestros anhelos más íntimos, las esperanzas y dolores de la humanidad herida, los problemas del mundo y, de modo particular, la grande causa de la paz entre los pueblos».
Subrayó que la Virgen se presentó, en Cova de Iría, como «madre de misericordia y reina de la paz, que acompaña los sufrimientos de sus hijos y les ofrece su Corazón Inmaculado como refugio y garantía de triunfo del amor en los dramas de la historia, y pide su colaboración con el rezo del rosario».
Más devoción a los pastorcitos
El Centenario de las apariciones comenzó el 27 de noviembre de 2016, y se prolongará hasta el 26 de noviembre de este año. Uno de sus momentos centrales fue la canonización de los beatos Francisco y Jacinta Marto, los dos pastores más jóvenes, primos de Lucía, que fallecieron en 1918 y 1919 respectivamente.
Papa que dispensara de la obtención de un milagro para la canonización de los pastorcitos, a lo que el Pontífice le pidió que se procurase seguir la vía normal. Finalmente, se obtuvo el milagro.
La canonización ha dado un nuevo protagonismo, dentro del conjunto de Fátima, a la devoción a los santos no mártires más jóvenes de la historia. «Hoy hay colas diarias para visitar sus tumbas», afirma el obispo en otra entrevista al periódico Voz de Fátima.
Cambio de registro
En la misma conversación, monseñor Marto ha explicado que en este centenario se buscaba «cambiar de registro de los simples aspectos devocionales» o el énfasis sobre los secretos «a la belleza del mensaje en su integridad». Este ha sido el eje central de un trabajo pastoral previo que ha durado siete años, y que ha conseguido demostrar que Fátima no es, como pensaban algunos, «una especie de subcultura».
Junto a esta visión «global y armónica» del mensaje, el Centenario ha servido para «profundizar en la dimensión mística de la vivencia de la fe, como los pastorcitos, que nos enseñan hoy a vivir la fe de forma más amorosa, transformadora de la vida». Y, por último, la dimensión profética del mensaje nos ayuda a «abrirnos a los problemas de hoy, sobre todo cuando el Papa Francisco habla de una tercera guerra mundial por partes y de los grandes problemas como los refugiados, los sintecho, los cristianos perseguidos…».
En este sentido, el obispo se muestra realista. «No vamos a conseguir mantener siempre este tono de fiesta», reconoce, aunque sí se compromete a «continuar promoviendo el estudio del mensaje y apostar por su divulgación». Recuerda que, siendo un conjunto de apariciones muy proféticas, «tiene una vocación histórico-universal, acompañando a cada generación» con un lenguaje renovado.
María Martínez López
Alfa y Omega

«El ejemplo de la Santa sugiere cómo afrontar las dificultades de la vida»



El obispo de Ávila, Jesús García Burillo, abrirá este sábado la Puerta Santa en el convento de Santa Teresa, pistoletazo de salida para el primer Año Teresiano ordinario de la historia, que según el privilegio concedido a la diócesis hace apenas unos meses por la Santa Sede, se celebrará los años en que el 15 de octubre coincida con un domingo. El presidente de la Conferencia Episcopal, el cardenal Ricardo Blázquez, presidirá al día siguiente, festividad de la Santa, la Misa de apertura jubilar en la plaza del Mercado Chico, celebración que recordará a los grandes actos del V Centenario. Monseñor García Burillo advierte sin embargo de que este Año Santo va a ser menos de fastos que de recogimiento interior y búsqueda personal. Se trata de dar continuidad a la labor divulgativa que se hizo entonces para seguir expandiendo «la presencia espiritual de la Santa en la Iglesia y en la sociedad», facilitando que cada peregrino pueda empaparse de la espiritualidad de la primera doctora de la Iglesia. En la programación destaca la oferta de cuatro rutas teresianas de unos 100 kilómetros de distancia cada una, que recorren todos los rincones de la provincia. Camina con determinación es, de hecho, el lema de este Año Santo.
Las condiciones para ganar la indulgencia plenaria son muy heterogéneas: oír Misa tranquilamente en uno de los nueve templos jubilares (cumpliendo las condiciones habituales)… ¡o caminar en peregrinación 100 kilómetros a pie o más!
Queremos potenciar el camino. Uno de los objetivos es presentar a santa Teresa como andariega. Queremos animar a que la gente se ponga en marcha, como hizo ella a los 20 años de su vida, que fueron los más difíciles, cuando se lanzó al camino puro y duro para llevar a cabo las fundaciones. Vemos además que en la actualidad a muchos jóvenes y adultos les gusta caminar o participar en carreras. Es la cultura de ahora. Así que esto no es poner las cosas difíciles, ¡al contrario! El Señor es quien concede las gracias jubilares y nosotros no somos nadie para poner condiciones gravosas. Lo que sí tenemos es que ofrecer caminos de experiencia para que el peregrino se pueda llenar de la espiritualidad teresiana.
¿Por eso las nuevas rutas para peregrinos?
Hemos ofrecido cuatro rutas en el interior de la diócesis, una de ellas en conexión con Alba de Tormes (Salamanca), donde murió santa Teresa. Y está la ruta del confesor, que sigue el viaje que hizo san pedro de Alcántara para ir al encuentro con la Santa en Ávila. O la ruta de la salud, que parte de Becedas y Barco de Ávila; la de los caminos y las posadas, que sale del Tiétar (Sotillo de la Adrada) y sigue por Cebreros, las Navas… En las cuatro rutas se está preparando fundamentalmente la acogida, de modo que, en cada lugar, haya albergues o espacios de acogida. Esa es la invitación que he lanzado a los párrocos y a los alcaldes. Con ello se pretende también llevar el Año Santo a los pueblos más pequeños de la provincia, que se sientan partícipes, y que no todo quede reducido a la ciudad de Ávila, sino que toda la diócesis se ponga en movimiento.
Para enfermos y presos basta para obtener la indulgencia con leer una de las cuatro obras de la Santa.
Queremos que se lea a santa Teresa. No es una lectura sencilla, pero es importante invitar a la gente a entrar con cierta profundidad en su obra, en la que, aparte de esos modismos tan simpáticos del siglo XV y XVI, descubrimos cómo afronta todas las situaciones de su vida, las dificultades, las relaciones humanas…
¿Y esto de ganar la indulgencia haciendo diez horas de oración según el modelo teresiano? ¿Es esta una propuesta al alcance de cualquiera?
Los carmelitas y las carmelitas sobre todo, pero no solo ellos, tienen formulas sencillas de oración y experiencias que pueden servir. Aunque hay ya muchos funcionando, promover esos grupos de oración es uno de los objetivos del Año Teresiano. La oración es un camino para la interiorización; no hay posibilidad de emprender una respuesta valiente, plasmada en un camino exterior, si no hay una experiencia de vida interior fuerte. Esa vida interior es la que te capacita para tomar decisiones. El ejemplo y la lectura de la Santa fortalecen mucho, ofrecen ideas y sugerencias para afrontar las dificultades y las realidades de la vida con la mejor disposición.
R.B.

Los nueve templos jubilares
  • Catedral del Salvador (Ávila)
  • Convento de santa Teresa (Ávila)
  • Convento de la Encarnación (Ávila)
  • Convento de San José (Ávila)
  • Real monasterio de Santo Tomás (Ávila)
  • Convento de la Inmaculada y San José (Arenas de San Pedro)
  • Convento de Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz (Duruelo)
  • Convento del Amor Misericordioso y de la Madre de Dios (Piedrahíta)
  • Convento de La Anunciación Madres Carmelitas Descalzas (Alba de Tormes)

El Papa reflexiona sobre la pena de muerte en el Catecismo de la Iglesia Católica



Al cumplirse los 25 años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, el Papa Francisco hizo una reflexión sobre la importancia de este texto y sobre la pena de muerte.
El Santo Padre hizo esta reflexión ante cientos de participantes en un encuentro promovido por el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización por el 25º aniversario de la firma de la Constitución Apostólica ‘Fidei Depositum’ por San Juan Pablo II, un texto que acompañó la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica en 1992.
«En este horizonte de pensamiento quiero hacer referencia a un tema que debería encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica un espacio más adecuado y coherente con estas finalidades concretas», dijo el Papa en el aula nueva del Sínodo en el Vaticano.
«Pienso, de hecho, en la pena de muerte. Esta problemática no puede ser reducida a un mero recuerdo de enseñanza histórica sin hacer emerger no solo el progreso en la doctrina y obra de los últimos Pontífices, sino también en la cambiante consciencia del pueblo cristiano, que rechaza una actitud concordante ante una pena que socava en gran medida la dignidad humana».
Aunque no lo mencionó, es importante recordar que el punto 2267 del Catecismo indica que «la enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye, supuesta la plena comprobación de la identidad y de la responsabilidad del culpable, el recurso a la pena de muerte, si esta fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas».
Al respecto y en su reflexión, el Santo Padre resaltó que «se debe afirmar con fuerza que la sentencia a pena de muerte es una medida deshumana que humilla».
«Es en sí misma contraria al Evangelio porque con ella se decide voluntariamente una vida humana que es siempre sagrada a los ojos del Creador y de la que Dios solo, en un último análisis, es verdadero juez y garante», agregó.
Francisco manifestó que «a ninguno le puede ser quitada no solo la vida, tampoco la misma posibilidad de un rescate moral y existencial que vuelva a favor de la comunidad».
El Pontífice aprovechó para reconocer que también «en el Estado Pontificio», en alguna ocasión, «se ha hecho recurso a este extremo y deshumano remedio, descuidando que debe primar la misericordia sobre la justicia».
Esto fue en parte a que «la preocupación por conservar íntegros los poderes y las riquezas materiales habían llevado a sobrestimar el valor de la ley, impidiendo ir en profundidad en la comprensión del Evangelio»”.
A este respecto señaló que «la defensa de la dignidad de la vida humana desde el primer instante de la concepción hasta la muerte natural siempre ha encontrado en la enseñanza de la Iglesia su voz coherente y autorizada».
Nuevos desafíos para la humanidad
El Obispo de Roma aseguró que «la tradición es una realidad viva, y solo una visión parcial puede pensar en el ‘depósito de la fe’ como algo estático. La Palabra de Dios no puede ser conservada en naftalina como si se tratase de una vieja manta para protegernos de los parásitos».
«La Palabra de Dios es una realidad dinámica, siempre viva, que progresa y crece porque es atraída hacia un cumplimiento que los hombres no pueden parar».
«No se puede conservar la doctrina sin progreso, ni puede estar ligada a la lectura rígida e inmutable sin humillar la acción del Espíritu Santo».
A su vez subrayó que San Juan Pablo II «deseó y quiso el Concilio no para condenar los errores, sino sobre todo para permitir que la Iglesia alcanzase al final a presentar con un lenguaje renovado la belleza de su fe en Jesucristo«.
«Custodiar» y «proseguir» es «lo que compete a la Iglesia por su misma naturaleza, para que la verdad impresa en el anuncio del Evangelio de parte de Jesús pueda alcanzar su plenitud hasta el fin de los siglos».
Se trata de una misión que atañe a todos los cristianos, que deben acercarse «a los hombres y mujeres de nuestro tiempo para permitir que descubran la inagotable riqueza de la persona de Jesucristo».
Sobre el Catecismo explicó que «constituye un instrumento importante no solo porque presenta a los creyentes la enseñanza de modo que se crezca en la comprensión de la fe, sino también y sobre todo, porque tiene la intención de acercarse a nuestros contemporáneos, con sus nuevas y diversas problemáticas, a la Iglesia, comprometida en presentar la fe como la respuesta significativa para la existencia humana en este particular momento histórico».
Expresó también que no es suficiente «encontrar un lenguaje nuevo para expresar la fe de siempre» sino que existe una urgencia, «ante los nuevos desafíos y perspectivas que se abren para la humanidad», de que «la Iglesia pueda expresar la novedad del Evangelio de Cristo».
A su parecer, «conocer a Dios» «no es en primer lugar un ejercicio teórico de la razón humana, sino un deseo inextinguible impreso en el corazón de toda persona».
«Nuestro Catecismo se pone a la luz del amor como una experiencia de conocimiento, de confianza y de abandono al misterio».
ACI/Álvaro de Juana