miércoles, 27 de septiembre de 2017

Monseñor Casaldáliga: "Preferiría que no hubiese independencia (en Cataluña). No es un proceso natural. No tiene sentido"


Fue sempre como un junco pequeño y delgado, pero son salud de hierro y nervios de acero. Hoy, a sus 89 años, Don Pedro Casaldáliga(Balsereny, 1928), el obispo-poeta de los marginados sigue siendo un junco, pero doblado por el Parkinson. Desde su silla de ruedas administra sus silencios y economiza sus palabras, que, de vez en cuando, siguen fluyendo como dardos proféticos: lacónicos y justos. No quiere la independencia catalana, pide a los jóvenes que pasen a la acción y asegura que Francisco es "una bendición de Dios".
Don Pedro, ¿le gusta recibir visitas?
Algunas, sí
¿Como catalán y Premio de Cataluña, qué opina del procés?
Vamos a ver qué pasa con la independencia. Preferiría que no la hubiese. Hay personas sensatas que van a enfocar la cosa de forma diferente. No es un proceso natural. No tiene sentido.
¿Conoció a Tarancón?
Sí, cuando yo era seminarista en Barbastro y él, obispo en Solsona. Fue una figura digna y con vocación de intermediario en aquel momento difícil en España.
¿De dónde le viene la esperanza y la fuerza a pesar de todo?
Contando con alguien.
¿Quién es ese alguien?
Solo podía ser Él.
¿Qué alimenta su esperanza?
La Resurrección de Cristo.
Si pudiera cambiar una sola cosa en el mundo, ¿cuál sería?
Que todo el que tenga poder se ponga en el lugar cierto: la vida.
¿Y qué cambiaría en la Iglesia católica?
Poner el poder en manos del pueblo. De lo contrario, se convierte en un problema. En la Iglesia, lo esencial es dar la vida por los demás y la dedicación evangélica a las Bienaventuranzas.
¿Tuvo problemas con la jerarquía?
Sí, los tuve.
¿Qué hizo y qué hacer en esos casos?
Continuar firmes al lado de los pobres y dar testimonio siempre.
¿Mandaría abrir los templos las 24 horas?
Sí, para que el pueblo entre, duerma, coma y rece, si quiere.
Un consejo para los jóvenes
Que sigan siendo rebeldes con esperanza, a pesar de la desesperanza. Y siempre al lado de los pobres y excluidos. Hemos estado años hablando de concienciación. Se acabó ese tiempo. Es la hora de actuar y de responder a llamadas concretas.
¿Qué le dice al Padre Ángel que vino a verlo desde Madrid?
Que siga siendo un profeta y vele por la paz, que se va viviendo y es un proceso.
¿Qué piensa del Papa Francisco?
Una bendición de Dios.
¿Es usted, como él, una bendición De Dios?
Todos somos bendiciones de Dios, si estamos a la escucha y si apostamos por el intercambio y el diálogo. Porque el problema es cómo vivir la vida diaria en medio de este mundo violento.

¿Se arrepiente de algo?
De no tener bastante actitud de diálogo.
¿De qué se siente más orgulloso?
De la mucha gente que sigue acompañándome en la caminhada y de haber entregado mi vida a  los excluidos, a los marginados, a los pequeños.
¿Sus santos preferidos?
San Francisco de Asís (cuando fue a Roma, quiso ir a Asís y a ver al padre Arrupe, pero no pudo).
¿Y sus poetas?
Antonio Machado, San Juan De la Cruz (su Cántico espiritual va por delante), Espriu, Neruda y Maragall.
Muchas gracias, Don Pedro.
De nada. Ya hemos hablado. Ahora se trata de hacer.
José M. Vidal, Sao Felix do Araguaia

Cáritas lanza la campaña Compartiendo el viaje para disipar el miedo al extranjero


Lo reconocía el Papa abiertamente el pasado viernes al dirigirse a los responsables europeos en pastoral de Migracionesla xenofobia ha penetrado también dentro de la propia Iglesia. Esto es lo que quiere contrarrestar la campaña Compartiendo el viaje, lanzada este miércoles por Cáritas Internationalis. A lo largo de los dos próximos años, el objetivo es promover «oportunidades y espacios para que los migrantes y las comunidades se reúnan y aprendan unos de otros». «A través de Compartiendo el viaje esperamos disipar el miedo» e «inspirar a las comunidades para que establezcan relaciones con los refugiados y migrantes», explicaba el máximo responsable de la institución, el cardenal Luis Antonio Tagle, arzobispo de Manila.
Cáritas Española asume la coordinación de la campaña en España, en contacto estrecho con Cáritas Europa y en colaboración con el resto de integrantes de la red eclesial Migrantes con derechos, integrada también por CONFER, Justicia y Paz, el Secretariado de la Comisión Episcopal de Migraciones y el Sector Social de la Compañía de Jesús. El reto es llegar a cada parroquia y a comunidad católica. «Muchas veces tenemos dificultades en ser sociedad acogedora», reconoce a este semanario un responsable de Cáritas. «Si cada persona, incluidos sacerdotes, se encontrara cara a cara con inmigrantes y conociera sus historias, las cosas cambiarían mucho», añade.
Promover esos contactos es una forma de dar respuesta a la petición del Papa el pasado viernes, cuando animó a las Iglesias europeas a contemplar la llegada de «tantos hermanos y hermanas en la fe» como una oportunidad que las enriquece, y a afrontar el diálogo con personas de otras culturas y religiones como ocasión para «dar un testimonio concreto de la fe cristiana en la caridad y en el profundo respeto por otras expresiones religiosas».
Pero además de acción, Cáritas Española quiere impulsar también la reflexión teológica. Se trata de reflexionar sobre los 20 puntos de actuación que ha presentado la Santa Sede para resaltar su fundamento evangélico. «A veces se presentan como opinables determinadas cuestiones de doctrina social que, en realidad, pertenecen íntegramente al depósito de la fe», explican desde Cáritas. «Por eso la situación a veces cambia mucho de unas diócesis a otras». Ahora, con estos 20 puntos como marco de actuación común para toda la Iglesia, «ya nadie podrá decir que esto no va con él».
R. B.
Alfa y Omega

«Jamás firmaré un indulto a un abusador»



«Debemos metérnoslo en la cabeza: es una enfermedad, una ruina para la humanidad». Sin medias tintas, el Papa cargó una vez más contra abusos sexuales en la Iglesia. Lo hizo ante miembros de la Comisión para la Tutela de los Menores del Vaticano. Un discurso improvisado, en el cual denunció omisiones, reconoció fallos propios y ratificó su voluntad de actuar con «tolerancia cero». Francisco dejó claro que la lucha contra ese flagelo aún tiene capítulos pendientes. Y mandó un mensaje a algunos eclesiásticos que preferirían relajar las normas o cambiar protocolos que consideran demasiado rígidos
La mañana del 21 de septiembre, en su biblioteca del Palacio Apostólico, el Pontífice concedió el primer encuentro con los miembros de la Comisión para la Tutela de los Menores del Vaticano desde que él mismo lo creó, en 2014. Una cita largamente ansiada, sobre todo por algunas víctimas. Entre ellas Marie Collins, una mujer irlandesa que estuvo presente, aunque en marzo pasado renunció a trabajar en la comisión tras denunciar bloqueos y falta de colaboración de la Curia. Una de sus quejas fue la falta de atención por parte del Papa.
Tras aquella crisis, Collins fue recibida por Francisco y las cosas parecieron encaminarse. Pero el Papa tenía varias cosas que decir a colaboradores y eclesiásticos. Aprovechó la oportunidad y habló improvisando con los presentes, aunque ya existía un texto preparado que había sido anticipado a la prensa.
«Vergüenza» de toda la Iglesia
El discurso preparado era transparente. Calificaba a la crisis de los abusos como una «experiencia muy dolorosa» y manifestaba la «vergüenza» de toda la Iglesia. Consideraba esos actos como «pecados horribles, completamente opuestos» a las enseñanzas de Cristo. Garantizaba la aplicación de las «más firmes medidas» a quienes han abusado de los hijos de Dios, sanciones que se pondrán en práctica en todos los niveles y a todas las personas que trabajan en las instituciones eclesiásticas.
Además, precisaba que la responsabilidad primordial de este flagelo recae en los obispos, los sacerdotes y los religiosos, quienes deben tener una «protección vigilante» de todos los niños, jóvenes y adultos vulnerables. Por ello, insistía, la Iglesia aplicará siempre e irrevocablemente una política de «tolerancia cero».
Cada una de estas palabras forma parte del pensamiento de Francisco. Por eso, él mismo las entregó por escrito a los miembros de la comisión. Pero no las pronunció. En cambio, quiso centrarse en otros aspectos propios de la discusión sobre el tratamiento que la Curia romana y los obispos del mundo dan a los abusos sexuales.
La Iglesia ha llegado tarde
Primero fue explícito al reconocer que la Iglesia llegó tarde a atender estos delitos. «Tal vez la antigua práctica de mover gente, que no resolvió el problema, adormiló las conciencias», subrayó, estigmatizando la añeja costumbre de cambiar de parroquia a los sacerdotes que han sido denunciados. Y destacó el trabajo de clérigos como el cardenal Sean O’Malleyarzobispo de Boston y presidente de la comisión, gracias a los cuales el problema salió a la luz.
Precisó también que los procesos judiciales por abusos seguirán bajo la competencia de la Congregación para la Doctrina de la Fe. «Esto lo digo porque algunos me piden que vayan directamente al fuero jurisdiccional de la Santa Sede, la Rota Romana y la Signatura Apostólica, pero este problema es grave y es grave que algunos hayan perdido la conciencia sobre esto», siguió. Así respondió a algunos cardenales que, con insistencia, le han recomendado cambiar a los responsables de juzgar los casos de abuso por considerar que la Doctrina de la Fe es demasiado rígida. El debate sobre este punto generó tensiones al interior de la Curia romana en los últimos meses, pero el mismo Papa, de este modo, enterró la diatriba.
Luego anticipó una medida sin precedentes. Reveló su decisión de no recibir recursos si un abuso contra menores está probado. «Si existen las pruebas basta, es definitivo», ratificó. Es decir, prácticamente estableció que en los casos extremos no proceda la apelación, algo inédito incluso en los sistemas judiciales más rigurosos. Porque, aclaró, «existe la tentación de parte de los abogados de rebajar la pena».
Incluso fue más allá. Tras recordar que un condenado puede dirigirse al Papa para obtener un indulto, constató: «Yo nunca he firmado uno de esos y nunca lo firmaré. Espero que quede claro». Entonces reconoció un error suyo. Habló de «un sacerdote de la diócesis de Crema» (en Italia) al cual le dio una sanción «más suave» por petición del obispo y que, luego, «volvió a caer». Se trata de Mauro Inzoli, un alto exponente del movimiento Comunión y Liberación. En 2012 la Doctrina de la Fe lo condenó a la pérdida del estado clerical, pero algunos cardenales abogaron por él ante Francisco. El Papa confió y le permitió mantenerse como sacerdote, aunque con un ministerio reducido. Al final, el clérigo no cumplió el veto de celebrar y poco tiempo después volvió a ser denunciado. También fue condenado por la justicia civil italiana.
La noticia enfadó particularmente al Pontífice, quien pidió proceder de inmediato a su expulsión del sacerdocio, pero los jueces vaticanos le hicieron ver que era necesario conducir un nuevo proceso judicial. Así se hizo. Tras él, fue hallado culpable y dimitido de su estado clerical.
Este caso dejó sus lecciones: «Ya aprendí», confesó Bergoglio. De ahí su renovada convicción por la «tolerancia cero». Lo explicó sin dudar: «Simplemente porque la persona que hace esto, sea hombre o mujer, está enferma. Es una enfermedad. Hoy él se arrepiente, sigue adelante, lo perdonamos, pero después de dos años recae. Debemos metérnoslo en la cabeza: esta es una enfermedad».
Andrés Beltramo Álvarez
Ciudad del Vaticano
Alfa y Omega

27 de septiembre: san Vicente de Paúl, fundador.


Vicente de Paúl y Moras era de ascendencia española; nació en las Landas en 1581. Este hombre, mezcla de aragonés y francés, llevará su impronta de aldeano en sus empresas. El estudiante de los franciscanos de Dax que se avergonzaba de que su padre fuera cojo, se mostrará cuando sea adulto como un campesino gascón prudente y casi lento, tozudo impenitente, silencioso, muy dado a la caridad y lleno de esperanzas. Fue el tercero de seis hermanos y se le inculcó en la familia una profunda devoción mariana.
Parece que hizo estudios universitarios entre Tolosa y Zaragoza. Se acercó al sacerdocio en 1600 y desde entonces pretendió situarse bien en la vida, dedicándose a buscar cargos eclesiásticos; pero se le torcieron todas las gestiones. En Túnez, cuando marchaba a reclamar una herencia que pertenecía a la familia, estuvo cautivo casi por tres años llenos de sufrimiento. Va a Roma a peregrinar y a intentar conseguir una prebenda, pero como le abandona el personajillo curial Montorio de quien se había fiado, aquello terminó en fracaso. Para colmo de desdichas, a su regreso de la Ciudad Eterna es culpado injustamente de robo. Al no faltarle tampoco problemas internos por atravesar una larga racha de terribles tentaciones, entra en picado hundimiento anímico que le lleva a buscar un modesto retiro donde piensa rumiar su amargura por el fracaso múltiple. Pero parece que aquellas frustraciones humanas estaban previstas y escritas en el guión de su vida. Allí, a los pies del crucifijo, vino la luz y recobró energía el espíritu, decidiendo consagrar por entero su vida a los pobres mientras otros, muy listos, inteligentes, educados y finos dedican su tiempo a disputar contra jansenistas, protestantes e incrédulos. Con la ayuda del Oratorio de Bérulle, se produce –a través de la oración intensa y de la penitencia– el cambio de «humor negro» por la amabilidad espontánea y sincera.
Capellán y limosnero de la reina Margarita de Valois, visita y atiende personalmente a los pobres por los arrabales de París. Consuela e instruye a las almas y remedia algo el hambre del cuerpo.
Párroco rural en Clichy y Chatillon les Dombes, se dedica a restaurar material y espiritualmente aquellas parroquias hundidas por el abandono y la herejía; las cosas estaban tan mal que Vicente quema sus energías intentando restaurar la comunión mensual.
Bérulle lo trae y lo lleva. Hace que sea el preceptor de la familia Gondí, que pertenece a la aristocracia francesa, tiene grandes posesiones rurales y podrá apoyarle en sus obras de caridad. Se encontró Vicente a ocho mil colonos que necesitaban de todo; topó con gente descreída inficionada por la herejía que se había hecho anticlerical, con un sacerdote que no sabe la fórmula de la absolución y con ignorantes faltos de atención espiritual; estuvo con el viejo que nunca hizo buena confesión por vergüenza y con los amancebados; descubrió una juventud ahuyentada por los escándalos de los eclesiásticos y a niños que nunca aprendieron a rezar…
Ante este panorama decide abandonar y marcharse a Chatillon, pero Bérulle le frena; le hace ver que solo queda ponerse a rezar y a trabajar. Funda La Congregación de la Misión: sacerdotes seculares dispuestos a predicar misiones por los campos ayudando a los párrocos; la tozudez de Vicente conseguirá la aprobación del arzobispo de París en 1626 y en 1632 la del papa Urbano VIII, en contra del querer de Bérulle. Funda varias Cofradías de la Caridad. Es nombrado capellán de las galeras reales y esto le abre puertas para organizar más misiones y sacar adelante un hospital. Se encarga como capellán de la dirección espiritual de las Salesas donde, con la autorización de la madre Chantal, toma a su cargo la dirección de la colaboradora que será su brazo derecho, Luisa de Marillac.
La actividad que desarrolla parece imposible de abarcar. Forma con clases doctrinales y pastorales a sus sacerdotes y aspirantes e introduce la práctica de Ejercicios espirituales previos a la ordenación sacerdotal que Roma mandará como obligatorios más tarde.
Amplía el campo de las misiones del campo a las misiones en las ciudades.
Richelieu le ha puesto en su punto de mira; nombra obispos para sus diócesis a los mejores sacerdotes que están en torno a Vicente y a él le facilita medios para fundar el seminario de San Lázaro.
Como pasara con los sacerdotes, también las Cofradías de la Caridad se extienden a los suburbios incipientes de las ciudades. Ahora quien coordina esta actividad apostólica y caritativa bajo la dirección de Monsieur Vicent es Luisa de Marillac; con las Damas de la Caridad monta escuelas para niños expósitos, se encarga de la atención de los heridos en los campos de batalla, del Hospital de París y del Asilo del Nombre de Jesús e incluso se atreverán a meterse en Polonia para atender las regiones devastadas por la guerra a petición de la reina polaca.
En su preocupación por mejorar el clero francés, procurándole la formación conveniente y desestimando a los candidatos indignos, no todo fue fácil; incluso le vino bien la ayuda de la reina española Ana de Austria, porque más de una vez se enfrentó con el cardenal Giulio Nazarino para evitar favoritismos en la distribución de los cargos eclesiásticos y, además, había que alentar a los teólogos de la Sorbona que luchaban contra el jansenismo y contra el galicismo, que era un cáncer en la Iglesia.
Desde el cuartel general de San Lázaro envió misioneros a Túnez, Argel, Madagascar y Argelia; no se mantuvo indiferente a los problemas de Irlanda perseguida por Cromwell y proyectaba la expansión a Toledo y Canadá cuando muere el 27 de septiembre de 1660.
Fue canonizado en 1737 y en 1885 nombrado patrón de las obras de caridad; esas que exigen atender los cuerpos y que, si son verdaderas, cuidan más y mejor de las almas.
Archimadrid.org

«El Papa quiere que la Iglesia española se implique a fondo con los inmigrantes»


La CEE ha desempeñado un papel protagonista en la elaboración de un documento que fija líneas de actuación comunes para los episcopados de todo el mundo. Francisco sigue muy de cerca la situación en España
Son 20 puntos de acción que fijan prioridades pastorales y criterios de actuación comunes en todas las Iglesias locales. Desde el establecimiento de corredores humanitarios hasta mayores facilidades para la reagrupación familiar, se ofrece un amplio catálogo de medidas que pretende al mismo tiempo influir en la elaboración de los dos pactos mundiales sobre refugiados y migrantes previstos para 2018. En este sentido, la Santa Sede quiere que los episcopados realicen abiertamente labores de lobby o incidencia en defensa de las personas obligadas a abandonar su hogar, de modo que las preocupaciones de la Iglesia queden reflejadas en el documento final que se apruebe en Nueva York.
El Papa se refirió a estos 20 puntos durante el encuentro celebrado el pasado viernes con responsables de pastoral de Migraciones de Europa, tras reconocer su preocupación por el avance de la xenofobia en Europa. Desde España, asistieron el obispo de Astorga y presidente de la Comisión Episcopal de Migraciones, Juan Antonio Menéndez, y el director del Secretariado, José Luis Pinilla, junto a algunos delegados diocesanos.
El catálogo es el resultado de un proceso de consultas a nivel mundial en el que la Conferencia Episcopal Española desempeñó un papel protagonista. El primer borrador fue elaborado por representantes de tres episcopados por continente; por parte europea, los de Italia, Hungría y España.
El resultado es un texto con «propuestas muy concretas dentro de «un plan muy estructurado» que abarca el fenómeno de las migraciones desde una perspectiva global, destaca el jesuita José Luis Pinilla. Estamos, afirma, ante «el proyecto estratégico y de actuación que la Iglesia se da para los próximos años», y que busca tanto «garantizar derechos» como «promover una integración eficaz». «No se trata solo de traer a España a refugiados de forma segura –aclara–, sino de ofrecer también propuestas concretas para su acogida e integración». En este sentido, las autoridades españolas saben que van a encontrar en la Iglesia «una voz crítica», pero también un socio «dispuesto a ayudar».
La mano tendida se dirige también «al resto de la sociedad civil», añade Pinilla. Hay varias propuestas dirigidas a «contactar con instancias culturales y religiosas» tanto a nivel nacional como diocesano. En muchos casos, son criterios que se vienen aplicando ya desde hace tiempo, pero que, por voluntad expresa del Papa, adquieren de algún modo un rango de oficialidad.
Toca ahora a cada diócesis adaptar estas propuestas a sus circunstancias y necesidades particulares. Pero «es importante que ahora tengamos un marco común para todos».
Lo que José Luis Pinilla tiene claro es que el Papa seguirá de cerca lo que pase en España. «He visto en él un conocimiento muy profundo de la realidad de las migraciones en nuestro país, y quiere que la Iglesia se implique a fondo, sobre todo donde las personas migrantes están más heridas».
Ricardo Benjumea

Medidas «eficaces y acreditadas»
Los materiales que se han preparado desde la sección de Migrantes y Refugiados, perteneciente al nuevo Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, están ya en poder de conferencias episcopales, Cáritas de todo el mundo y otras organizaciones católicas que trabajan con migrantes con el objetivo de ofrecer una respuesta integral y tangible desde la Iglesia al problema y necesidades de migrantes y refugiados. Son 20 medidas «eficaces y acreditadas» para dar respuesta a uno de los mayores retos mundiales en la actualidad. A continuación, algunas de las propuestas:
Acoger
– Pedir a los estados que prohíban cualquier forma de expulsión arbitraria y colectiva. Es necesario respetar el principio de no devolución.
– Exhortar a los estados y a otros actores a ampliar el número y las formas de vías jurídicas alternativas para una migración y reasentamiento seguro y voluntario: corredores humanitarios, visados por razones humanitarias…
-Animar a los estados a adoptar una perspectiva de seguirar ncional que otorgue prioridad a la seguridad de las personas y a los derechos de los migrantes.
Proteger
-Animar a los estados que tienen importantes flujos migratorios de trabajadores a adoptar políticas y prácticas que protejan a aquellos ciudadanos que deciden emigrar
-Reclamar que se adopten políticas nacionales que protejan contra la explotación, el trabajo forzoso o la trata de seres humanos.
-Concienciar de la necesidad de políticas nacionales que permitan a los migrantes, solicitantes de asilo y refugiados valorizar sus capacidades y talentos.
-Exigir que se haga frente a la situación de vulnerabilidad de los menores no acompañados o separados de su familia. Y que se respete la Convención de los Derechos del Niño.
-Reclamar la adopción de medidas que favorezcan el acceso a la educación y a la protección social.
Promover
-Animar a los estados a adoptar normas, practicas y políticas que faciliten la integración: trabajo, acceso a clases de lengua y costumbres…
-Defender que se preserve la identidad de la familia, independientemente de su condición migratoria: reunificación.
-Pedir más ayudas para los estados que más acogen.
-Exhortar a los gobiernos a defender y garantizar la libertad religiosas de los migrantes y refugiados.
Integrar
-Reclamar leyes y disposiciones constitucionales que garanticen la ciudadanía a todas las personas nacidas en territorio nacional, así como el rápido acceso a la ciudadanía a todos los refugiados.
-Promover que los gobiernos adopten políticas y programas que ofrezcan una visión positiva de los migrantes y refugiados, y de la solidaridad con ellos.
-Animar a los estados a adoptar políticas y procedimientos que faciliten la reinserción en sus países a los que se acogen a programas de repatriación voluntaria.
F.O.
Alfa y Omega

Pastoral Universitaria reanuda las actividades del bocadillo solidario


Este miércoles, 27 de septiembre, se reanudará una de las actividades tradicionales de Pastoral Universitaria: el bocadillo solidario. Se trata de invitar a jóvenes universitarios a salir a dar comida y compañía a personas sin hogar por el centro de Madrid.
Dará comienzo a las 20:00 horas en la iglesia de las Calatravas, sede de Cáritas universitaria (c/Alcalá, 25 – metro Sevilla y Sol). Los voluntarios aportarán lo que puedan –pan, embutido, queso, fruta…- y prepararán bocadillos, al tiempo que se distribuirán por grupos. A las 20:30 horas saldrán por diferentes itinerarios. Regresarán a las 21:45 horas para una puesta en común. La actividad, que se desarrolla todos los miércoles del curso lectivo, concluirá a las 20:00 horas.
Infomadrid

COMENTARIO AL EVANGELIO DE HOY, SEGÚN SAN LUCAS (9,1-6) POR BENEDICTO XVI:




En el Evangelio de hoy, Jesús toma la iniciativa de enviar a los doce apóstoles en misión (cf. Mc 6, 7-13). En efecto, el término «apóstoles» significa precisamente «enviados, mandados». Su vocación se realizará plenamente después de la resurrección de Cristo, con el don del Espíritu Santo en Pentecostés. 

Sin embargo, es muy importante que desde el principio Jesús quiere involucrar a los Doce en su acción: es una especie de «aprendizaje» en vista de la gran responsabilidad que les espera. El hecho de que Jesús llame a algunos discípulos a colaborar directamente en su misión, manifiesta un aspecto de su amor: esto es, Él no desdeña la ayuda que otros hombres pueden dar a su obra; conoce sus límites, sus debilidades, pero no los desprecia; es más, les confiere la dignidad de ser sus enviados. 

Jesús los manda de dos en dos y les da instrucciones, que el evangelista resume en pocas frases. La primera se refiere al espíritu de desprendimiento: los apóstoles no deben estar apegados al dinero ni a la comodidad. 

Jesús además advierte a los discípulos de que no recibirán siempre una acogida favorable: a veces serán rechazados; incluso puede que hasta sean perseguidos. Pero esto no les tiene que impresionar: deben hablar en nombre de Jesús y predicar el Reino de Dios, sin preocuparse de tener éxito. El éxito se lo dejan a Dios. 

… Los enviados de Dios a menudo no son bien recibidos. Este es el caso del profeta Amós, enviado por Dios a profetizar en el santuario de Betel (…) Amasías, sacerdote de Betel, ordena a Amós que se marche. Él responde que no ha sido él quien ha elegido esta misión, sino que el Señor le ha enviado precisamente allí. Por lo tanto, ya se le acepte o rechace, seguirá profetizando, predicando lo que Dios dice y no lo que los hombres quieren oír decir. 

Y este sigue siendo el mandato de la Iglesia: no predica lo que quieren oír decir los poderosos. Y su criterio es la verdad y la justicia aunque esté contra los aplausos y contra el poder humano. 

Igualmente, en el Evangelio Jesús advierte a los Doce que podrá ocurrir que en alguna localidad sean rechazados. En tal caso deberán irse a otro lugar, tras haber realizado ante la gente el gesto de sacudir el polvo de los pies, signo que expresa el desprendimiento en dos sentidos: desprendimiento moral —como decir: el anuncio os ha sido hecho, vosotros sois quienes lo rechazáis—; y desprendimiento material —no hemos querido y nada queremos para nosotros-.

La otra indicación muy importante del pasaje evangélico es que los Doce no pueden conformarse con predicar la conversión: a la predicación se debe acompañar, según las instrucciones y el ejemplo de Jesús, la curación de los enfermos; curación corporal y espiritual. Habla de las sanaciones concretas de las enfermedades, habla también de expulsar los demonios, o sea, purificar la mente humana, limpiar, limpiar los ojos del alma que están oscurecidos por las ideologías y por ello no pueden ver a Dios, no pueden ver la verdad y la justicia. 

Esta doble curación corporal y espiritual es siempre el mandato de los discípulos de Cristo. Por lo tanto la misión apostólica debe siempre comprender los dos aspectos de predicación de la Palabra de Dios y de manifestación de su bondad con gestos de caridad, de servicio y de entrega. 

(…) Jesús instruyó, preparó, formó a sus discípulos, también mediante el «aprendizaje» misionero, para que fueran capaces de asumir la responsabilidad apostólica en la Iglesia. En la comunidad cristiana éste es siempre el primer servicio que ofrecen los responsables: a partir de los padres, que en la familia cumplen la misión educativa con los hijos; pensemos en los párrocos, que son responsables de la formación en la comunidad; en todos los sacerdotes, en los distintos ámbitos de trabajo: todos viven una dimensión educativa prioritaria; y los fieles laicos… están involucrados en el servicio formativo con los jóvenes o los adultos… o comprometidos en ambientes civiles y sociales, siempre con una fuerte atención en la formación de las personas. 

El Señor llama a todos, distribuyendo diversos dones para diversas tareas en la Iglesia… Dios llama: es necesario escuchar, acoger, responder. Como María: «Heme aquí, que se cumpla en mí según tu palabra» (cf. Lc 1, 38)…

Permaneced firmes en la fe, arraigados en Cristo mediante la Palabra y la Eucaristía; sed gente que ora para estar siempre unidos a Cristo, como sarmientos a la vid, y al mismo tiempo id, llevad su mensaje a todos, especialmente a los pequeños, a los pobres, a los que sufren. En cada comunidad quereos entre vosotros; no estéis divididos, sino vivid como hermanos, para que el mundo crea que Jesús está vivo en su Iglesia y el Reino de Dios está cerca… para que vuestra comunidad se renueve en la fe y dé de ella claro testimonio con las obras de la caridad. Amén.

(Benedicto XVI, homilía del 15 de julio de 2012)

EVANGELIO DE HOY: SE PUSIERON EN CAMINO PARA ANUNCIAR EL EVANGELIO





Lectura del santo evangelio según san Lucas (9,1-6):

En aquel tiempo, Jesús reunió a los Doce y les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades.

Luego los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos, diciéndoles: 

«No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco llevéis túnica de repuesto. Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si alguien no os recibe, al salir de aquel pueblo sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa.»

Ellos se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando el Evangelio y curando en todas partes.

Palabra del Señor

martes, 26 de septiembre de 2017

"Los clérigos debemos estar razonablemente callados y no emitir opiniones que van más allá de la política"


La crisis en Cataluña ha llegado, para quedarse, a la Iglesia. El último en pronunciarse, hasta la fecha, ha sido el arzobispo de Toledo y primado de España, Braulio Rodríguez, quien ha criticado el escrito de más de 300 sacerdotes llamando al referéndum, y ha instado a los religiosos a "estar razonablemente callados" para no dividir a los fieles.
Así, antes de inaugurar el curso en el Seminario de Toledo, el prelado subrayó que "los clérigos debemos estar razonablemente callados y no emitir opiniones que van un poco más allá de la política, aunque ellos piensen que no, y que pueden dividir a los miembros de la Iglesia".
"Seguro que "ellos (los sacerdotes catalanes) dirán que son los problemas que están viviendo sus fieles, pero es que los demás fieles también estamos sufriendo lo mismo", añadió el primado, quien reconoció la necesidad de "ir resolviendo entre todos estas dificultades", recordando que España "es la nación más antigua de Europa".
Por otra parte, desde la Conferencia Episcopal, que este martes celebra su Comisión Permanente de otoño, en la que debatirán sobre la situación entre Cataluña y el resto de España, se sigue la cuestión con preocupación y prudencia. Ya el pasado viernes su presidente, Ricardo Blázquez, llamó a la "sensatez", en la línea de lo expresado por la Conferencia Tarraconense y por el cardenal de Barcelona, Juan José Omella, con motivo de la Mercè.
Un Omella que, según pudo saber RD, acudió este viernes a la sede de la CEE en Madrid para preparar la Comisión Permanente. Como es obvio, los obispos abordarán el referéndum del 1-O aunque fuentes oficiales no han sabido aclarar si finalmente habrá o no una nota pública durante la rueda de prensa de este jueves.
En todo caso, el portavoz de la CEE, José María Gil Tamayo, será preguntado sobre el particular, que ha sido incluido en el orden del día a últim ahora. La CEE tampoco ha querido opinar sobre la carta de los curas catalanes, considerando que "los sacerdotes dicen lo que quieren" y recuerdan que los curas pertenecen a una diócesis de la que el último y único responsable es su obispo, pero en ningún caso la CEE, informa Efe.
La Casa de la Iglesia tampoco ha querido pronunciarse sobre la queja remitida desde el Ministerio de Exteriores español al Vaticano por dicho comunicado, aduciendo que no la CEE como tal no ha recibido ningún cuestionamiento.
Jesús Bastante

Beato Pablo VI, 26 de septiembre


“Un pontífice, defensor de la verdad y de la vida humana, a menudo incomprendido. Sostuvo firmemente la barca de la Iglesia, a la que amó hasta el fin, dándole un renovado impulso con las directrices del Concilio Vaticano II”.
Hoy se celebra a san Cosme y san Damián, y también, entre otros, a Pablo VI. Giovanni B. Montini nació en Concesio, cercana a Brescia, Italia, el 26 de septiembre de 1897. Su padre Giorgio, de gran influjo en su vida, era abogado y periodista, y estaba implicado en la política. Su madre, Giuditta, comprometida en acciones sociales, pertenecía a la Acción católica. El beato fue un niño de frágil salud, sensible, tímido y juguetón, el mediano de tres varones que crecieron rodeados de cariño y de grandes valores espirituales. Muy pequeño escribió: «Mamá, seré siempre bueno, valiente y obediente; rezo a Dios por ti y quiero ser tu consuelo». Su familia fue un gran pilar para él.
Ingresó en el Seminario de Brescia a los 19 años, pero su delicada salud le obligó a estudiar como alumno externo. Fue ordenado en 1920 y partió a Roma para proseguir formándose. Tenía dotes diplomáticas y dos años más tarde se integró en la Secretaría de Estado. En 1923 lo nombraron secretario del nuncio de Varsovia, misión que su escasa salud le impidió culminar, y al regresar a Roma nuevamente volvió a la Secretaría de Estado, una responsabilidad que no deseaba para sí. En 1931 se ocupó de la cátedra de Historia Diplomática en la Academia Diplomática y fue asistente del futuro papa Pío XII, quien sucesivamente lo nombró director de asuntos eclesiásticos internos, Pro-secretario de Estado y arzobispo de Milán. En 1958 Juan XXIII lo ascendió al cardenalato y le eligió como asistente.
En estos años había configurado una recia personalidad, muy alejada de la tristeza e incertidumbre que a veces se le achacó. A su excelente formación filosófico-teológica se unía su interés por la poesía y las artes plásticas, la literatura, novela, ensayo, teatro…; era un gran lector y buen conocedor del pensamiento francés. Admiraba a Vito Fornari y a J. Herni Newman. Sus preferidos eran Pascal y Bernanos. Había difundido la cultura cristiana a través de publicaciones diversas, como la revista Studium, y había sido traductor de algunas obras. Estuvo directamente implicado en situaciones dramáticas; convivió con refugiados y presos de guerra a quienes ayudó: «Yo he sentido el doloroso problema de los refugiados; yo he sufrido la angustia de tantos seres desarraigados… ». Personas cercanas a él perdieron la vida combatiendo en el frente: «La guerra hace del mundo un sepulcro destapado». Conocía los problemas de los obreros y estaba al tanto de las sombras que internamente poblaban la Iglesia. Había experimentado instantes de soledad: «Atravieso días de tensión, en los que temo no saber conservar la calma ni responder a las crecientes llamadas de tantas, menudas, exigentes ocupaciones. Con frecuencia esto me pone triste y no siempre soy cortés… Mucho que hacer y pocos colaboradores», confió humildemente a sus padres en 1942.
Como Pastor de Milán había luchado por revitalizar el espíritu religioso y salido en busca de los alejados de la fe. Añadía la experiencia acumulada en los distintos viajes que había efectuado sumándose a la visión que le proporcionaba el Concilio Vaticano II. Así, cuando a sus 66 años el 21 de junio de 1963 fue elegido pontífice, pudo trazar un programa de acción en el que estaban presentes la paz y solidaridad sociales, la unidad de los cristianos y el diálogo con los no creyentes. En la Ecclesiam suam dejó claro por donde quería llevar la barca. Un itinerario con tres frentes: espiritual, moral y apostólico. Presente en ellos la conciencia, la renovación y el diálogo, los grandes capítulos de la encíclica.
A la muerte de Juan XXIII manifestó: «No miremos hacia atrás, no le miremos a él, sino al horizonte que él ha abierto delante del camino de la Iglesia y de la historia…». Y con esta visión el flamante pontífice asumía la grave responsabilidad que recaía sobre él, rubricando en la intimidad ese instante de su elección hecho un mar de lágrimas. De inmediato tomó las riendas del Concilio y llevó a buen puerto la herencia que el «papa bueno» le dejó. Su gobierno pontifical no fue fácil. Lo intuyó al ser elegido: «la predicción de Cristo hacia Pedro (‘Otro te ceñirá’) era un presagio de martirio, de dolor y de sangre…». En 1972 manifestó: «Tengo la sensación de que por cualquier grieta ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios. Ahí está la duda, la problemática, la inquietud, la insatisfacción, la confrontación».
Debió contrarrestar fuertes respuestas de grupos tradicionalistas contrarios a las directrices emanadas del Concilio. Hubo disensiones, críticas feroces, sobre todo tras la publicación del Credo del Pueblo de Dios y de la Humanae vitae. En un momento dado se barajó su dimisión, pero se mantuvo firme. Defendió la verdad incansablemente y, entre otras acciones, renovó y modernizó la Iglesia, logró que los fieles colaborasen más activamente en la vida de la misma, contribuyó a la reestructuración de las instituciones vaticanas, prosiguió impulsando el diálogo ecuménico, visitó todos los continentes, y legó al mundo grandes encíclicas, como la Populorum progressio y la Evangelii Nuntiandi o la citada Humanae vitae. En 1975 publicó la exhortación apostólica Gaudete in Domino, señal de que la alegría anidaba en su corazón.
En abril de 1978 sufrió visiblemente por el secuestro y asesinato de su amigo, el político Aldo Moro. Su salud no era buena, y puede que este hecho contribuyera a minarla. Meditaba: «¿Quién soy? ¿Qué queda de mí? ¿ dónde voy?… Creo, Señor. Se acerca la hora… He amado a la Iglesia… Pero desearía que la Iglesia lo supiera, y que yo tuviese, a fuerza de decirlo, como una confidencia del corazón…». Y su corazón se detuvo el 6 de agosto de 1978, festividad de la Transfiguración. Juan Pablo II alabó «su prudencia y valentía, así como su constancia y paciencia en el difícil período posconciliar de su pontificado»; dijo que supo «conservar una tranquilidad y un equilibrio providencial incluso en los momentos más críticos…». El papa Francisco lo beatificó el 19 de octubre de 2014.
Alfa y Omega

La falsa leyenda negra de Junípero Serra


El religioso franciscano fundó nueve misiones al otro lado del Atlántico y luchó para que la sociedad nativa avanzara. Sin embargo, hace poco una estatua erigida en su honor fue decapitada en California
Los héroes no son solo aquellos que, espada y escudo en mano, luchan una cruenta batalla sabedores de sus escasas posibilidades de victoria. En muchas ocasiones, los ídolos no necesitan armas ni armadura. El vivo ejemplo de ello fue Junípero Serra, un fraile franciscano que -allá por el siglo XVIII- dejó atrás a su querida España y recorrió casi 10.000 kilómetros en barco hasta México para versar a los nativos en las artes, las ciencias y el comercio.
Olvidándose de su seguridad y bienestar personal, Serra fundó además nueve misiones en el Nuevo Mundo dedicadas por completo a garantizar el bienestar de los indígenas. Fue, en definitiva, un gran hombre con un enorme listado de buenas acciones. Las mismas que, allá por el año 2015, le llevaron a ser canonizado por el Papa Francisco.
La de Junípero Serra es una historia de bondad. Aunque no debían opinar lo mismo los exaltados que, hace menos de una semana, decapitaron y pintaron de rojo una estatua levantada en su honor cerca de la Antigua Misión de Santa Bárbara.
Por desgracia, este denigrante asalto no ha sido una excepción. El pasado 23 de agosto, por ejemplo, fue también atacada una efigie del religioso ubicada en la ciudad de Los Ángeles (California). Otro tanto ocurrió en 2015 cuando, pocas jornadas después de que nuestro protagonista fuese canonizado, unos vándalos derribaron varias de sus esculturas y pintaron sobre su lápida las palabras «Santo del genocidio».
Y es que, a día de hoy son muchos los nativos que -tal y como explica José A. Sanz en «Cruces y flechas»- consideran que el religioso fue «un carcelero» que «construyó auténticos campos de concentración» y obligó «a los indios a convertirse al catolicismo». Todo falsedades, en palabras del mismo autor: «No hay evidencia alguna para afirmar que, en tiempos de Serra, hubiera conversiones forzadas de indios al catolicismo; no hay evidencia alguna que muestre que Serra fuera personalmente cruel con los indios; durante la presidencia de Serra no hubo tal destrucción de los pueblos indígenas».
La visión más cruel de este fraile contrasta también con el hecho de que, a día de hoy, este héroe patrio es el único honrado con una estatua en el Capitolio de Washington.
Triste salida de España
La villa de Petra, en la isla de Mallorca, fue la urbe que vio nacer al futuro evangelizador el 24 de noviembre de 1713. Así lo afirma el también religioso del XVIII Francisco Palou (amigo inseparable de nuestro protagonista) en su obra Relación histórica de la vida y apostólicas tareas del V. P. Fray Junípero Serra.
El autor señala además que «fueron sus padres Antonio Serra y Margarita Ferrer, humildes labrados, honrados, devotos, y de exemplares costumbres» los que instruyeron a Miguel José (pues ese era su verdadero nombre) «en el santo temor de Dios». La infancia de nuestro protagonista, por tanto, se forjó en base a la religión. Así lo deja claro el cronista, quien señala que «desde luego que empezó a andar, [comenzó] a frequentar la Iglesia y Convento de San Bernardino».
Su paso por aquella escuela le granjeó, en palabras de Palou, grandes conocimientos en «la latinidad, de la que salió perfectamente instruido». Pronto quedó claro que poseía aptitudes más que claras para la filosofía y que se sentía atraído por la religión. Por ello, y a la edad de 15 años, empezó a asistir a las clases del convento de San Francisco de Palma.
«Sintiéndose llamado por la vocación religiosa, al año siguiente viste el hábito franciscano en el convento de Jesús, extramuros de la ciudad. El 15 de septiembre de 1731 emite los votos religiosos, cambiando el nombre de Miguel José por el de Junípero», explicaba el fallecido Salustiano Vicedo en su dossier Beato Junípero Serra (1713-1784), Apóstol de Sierra Gorda y California.
A partir de entonces se dedicó al estudio y a la docencia. Tarea en la que destacó sobremanera formando a decenas de discípulos. Y así permaneció hasta 1741.
Con todo, su paso por la tarima le duró poco. Ansioso de predicar en el Nuevo Mundo, Serra no pudo contener la alegría cuando le informaron de que, finalmente, se había aceptado su petición para cruzar el Atlántico y unirse al Colegio de Misioneros de San Fernando (en México). La felicidad inicial, no obstante, le duró poco. Y es que, aquello implicaba alejarse de sus padre. Al final nuestro protagonista no tuvo valor para decirles la verdad. «Visitó á sus ancianos padres, despidiéndose y tomado la bendición de ellos para volverse, respecto á haber concluido su tarea; á quienes; dexó asimismo ignorantes de su determinación, quedando por esto mas oculta», añade Palou.
Los horrores del viaje
El 13 de abril de 1749 Serra partió hacia Málaga rumbo a Cádiz. Este viaje ha sido, en cierto modo, olvidado por la historia. Sin embargo, fue más importante de lo que dejan entrever las crónicas. ¿La razón? Que, durante el trayecto, el fraile tuvo un enfrentamiento con el capitán del bajel que podría haber dado con sus huesos en el mar.
En palabras de Palou, presente en el viaje, aquel sujeto era un «hereje protervo» que no dudó en provocar a los religiosos durante las quince jornadas que estuvieron en el barco. Siempre según sus escritos, el marino atacó durante todo el trayecto a la religión «hablando inglés o algo de portugués» (pues no sabía español) y leyendo pasajes de la Biblia que consideraba inadecuados.
Serra, por su parte, no evitó el conflicto durante aquellas jornadas. «Como nuestro Fray Junípero era tan instruido y versado en el dogma y las sagradas escrituras, […] intentaba que percibiera su error», añade Palou. El enfrentamiento, en principio dialéctico, terminó desquiciando al capitán, quien llegó a «ponerle un puñal a a la garganta con intenciones (al parecer) de quitarle la vida». Sin embargo, parece que desistió cuando el español le señaló que «si no nos ponía en Málaga, nuestro rey pediría al de Inglaterra por nosotros, y su cabeza lo pagaría».
En cualquier caso, Serra arribó sano y salvo a Cádiz y, desde allí, partió hasta Veracruz (en México). A este lugar llegó tras una travesía de 99 jornadas.
Por desgracia, su suplicio no acabó cuando pisó México. Y es que, en su camino al Colegio de Misioneros de San Fernando tuvo un percance que le dejó marcado de por vida. «Se hincharon los pies a […] Junipero, de suerte que llegó á una Hacienda sin poderse tener; atribuyeronlo á picadas de zancudos por la mucha comezón que sentía, […] Le amaneció ensangrentado todo con cuyo motivo se le hizo una llaga […] le duró toda la vida», añade Palou. Ni eso podría con nuestro protagonista, decidido a continuar su labor evangelizadora y civilizadora.
Labor civilizadora
Como bien señala Vicedo en su dossier sobre este personaje, Serra permaneció seis meses en el Colegio de Misioneros de San Fernando. Pasado este tiempo dirigió sus pasos hacia la llamada Sierra Gorda (en Querétaro, México). Allí, según Palou, fueron recibidos calurosamente por los nativos de las diferentes misiones. Palabras que acaban radicalmente con la extendida idea de que los indígenas odiaban la labor de los cristianos.
Una vez en la zona, nuestro protagonista se dedicó en primer lugar a aprender la lengua de los lugareños y a dar a conocer entre ellos la religión cristiana. «Intentó imprimir en sus tiernos corazones la devoción al Señor», completa el cronista en su extensa obra.
Pero esa no fue su única labor. «Para que los indios tuviesen qué comer y vestir […] agenció por medio de sindico el aumento de bueyes, vacas, bestias, y ganado menor de pelo y lana, maíz, y frixol para poner en corriente alguna siembra, en lo qual se gastó no solo el sobrante de los 300 pesos […] que daba S. M. á cada Ministro para su manutencion, sino también la limosna que se podía conseguir por misas, y la que ofrecían algunos bienhechores», explica Palou.
En poco tiempo consiguió también aumentar las cosechas que daban de comer a los indios. Algo que logró, entre otras cosas, «aparatando [a los indios] de toda la ociosidad en la que se habían criado», organizándolos y enseñándoles técnicas avanzadas de cultivo. Por si fuera poco, también les ayudó a construir granjas y talleres.
La labor, sin duda, ayudó a los nativos a avanzar. «Fue tal la transformación realizada en aquella zona montañosa que, de un erial infructuoso, sus valles se transformaron en fecundo vergel. Y unos indios semisalvajes y ariscos, quedaron convertidos en sociables ciudadanos, instruidos en los diferentes campos de la actividad humana de aquellos tiempos», añade, en este caso, Vicedo.
El mayor defensor de la labor de Serra era Palou, pues entendía -en palabras de Sanz- que «era un modelo de misionero y que su plan de misiones era el único remedio para que los indios tuvieran un futuro».
Durante aquella vorágine civilizadora fue requerida la presencia de Serra en San Saba (Texas). Más concretamente, en una misión que había sido arrasada a base de flechas por los apaches. El fraile (para entonces «Presidente de los misioneros») aceptó, pero finalmente se canceló su partida. Por ello, y en palabras de Vicedo, «se dedicó a dar misiones populares por todo el Territorio de la Nueva España» durante un año.
Primera expedición
Mientras Serra evangelizaba medio México, la situación internacional se recrudecía. Ejemplo de ello es que, en 1767, los jesuitas fueron expulsados de todos los territorios españoles. Una decisión que dejó vacías sus misiones en la Baja California y obligó a franciscanos como Serra a asentarse en ellas. «Salimos el día 12 de marzo de dicho año, habiendo anochecido ya», añade Palou, quien viajó junto a Junípero.
Por si esta situación no fuese ya lo suficientemente peliaguda para España (la cual se arriesgaba a perder una buena parte de las misiones en la Baja California), un año después de que Serra arribara a su nuevo puesto llegaron informes de que los rusos buscaban colonizar el noroeste americano. Un desastre para los intereses de nuestra corona en la zona.
¿Cuál fue la solución ofrecida por los españoles? Adelantarse a sus competidores. «El Visitador Real José de Gálvez propuso al gobernador una expedición a Monterrey», explica Matt A. Casado en California hispana: Descubrimiento, colonización y anexión por los Estados Unidos. Sin embargo, sabía que le sería imposible colonizar solo con las armas, por lo que hizo llamar a Serra.
La expedición partió el 10 de abril de 1769 en dirección a Monterrey bajo el mando de Gaspar de Portolá. El viaje fue más duro que cualquiera de los anteriores en los que había participado Serra. Los episodios que vivieron aquellos hombres así lo atestiguan. El 28 de mayo, por ejemplo, los nativos trataron de detener el avance de los soldados españoles por las bravas a la altura de una zona llamada la Cieneguilla, aunque los nuestros los dispersaron a base de tiros al aire.
«Fray Junípero era entusiasta, pero no ciego. Sabía que en cualquier momento los indios se podían convertir en una amenaza», añade Sanz. Lo cierto es que no le faltaba razón. Y así que claro el 27 de junio cuando, de la nada, aparecieron dos grupos de nativos armados con arcos y flechas que se ubicaron en los flancos de la expedición. Los nuestros se pusieron en guardia pensando que les tocaría defenderse hasta la muerte. Pero no sucedió nada. Según explicó Serra en sus memorias, los indios se dedicaron a dar alaridos hasta que se cansaron y se marcharon.
A primeros de julio la expedición arribó al puerto de San Diego, donde nuestro protagonista fundó la primera misión de la Alta California, la de San Diego de Alcalá.
La estructura social y militar que se generó alrededor de esta misión sería más que revolucionaria. De esta forma lo explican, al menos, Fernando Martínez Laínez y Carlos Canales en su obra Banderas Lejanas. La exploración, conquista y defensa por España del territorio de los actuales Estados Unidos: «[Allí] se hubo de destinar seis soldados. Así nació un sistema muy eficaz que luego fue copiado en toda California en aquellos lugares donde no había un presidio que diese protección inmediata a los misioneros. Consistía en dotar de una pequeña unidad militar a cada asentamiento en el que los religiosos y los indios cristianizados cultivaban la tierra y producían alimentos».
Vicedo recuerda en su dossier que las relaciones con los nativos no fueron todo lo amables que nuestro protagonista hubiera querido. Aunque ni las tensiones ni los robos perpetrados por los indios le impidieron continuar su labor civilizadora.
Tampoco se rindió cuando su campamento fue atacado ni cuando los alimentos se agotaron y Portolá ordenó la retirada.
«Sus ruegos lograron que se aplazara la retirada y, en el ínterin, llegó el barco con nuevos recursos», añade Vicedo. Al final, la tenacidad mostrada por Serra y sus deseos de cristianización hicieron que pudiese formar su segunda misión (la de San Carlos de Borromeo) en Monterrey allá por 1771. «Hizo la fundación del establecimiento con misa cantada y demás ceremonias de costumbre», añade Palou en su obra.
Otras misiones
Tras estas dos primeras, Junípero Serra fundó otras tres misiones más: la de San Antonio de Padua (1771), la de San Gabriel Arcángel (1771) y la de San Luis Obispo de Tolosa (1772).
La creación de la última de esta lista (auspiciada por el lugarteniente de Portolá, Pedro Fages) fue particularmente feliz para los nativos. «Serra convenció a Fages para que le dejara algunos hombres y así poder fundar una nueva misión, que recibió el 1 de septiembre de 1772 el nombre de San Luis Obispo de Tolosa. La amistad de los indios, agradecidos por [una] matanza de osos que Fages había llevado a cabo un año antes, garantizó el éxito del nuevo asentamiento», añaden Laínez y Canales en su obra.
En los años siguientes, el número de misiones creadas por Junípero Serra aumentó hasta un total de nueve. Así lo explica Palou en su libro, en el que se señala además que el fraile se desvivió para llevar víveres a las mismas con el objetivo de que ningún nativo pasase hambre.
Entre todas ellas destacó la creación de una misión ubicada a medio camino entre las regiones de Los Ángeles y San Diego. Su levantamiento comenzó en 1774, cuando el fraile Fermín Luasén y un comandante llamado Francisco Ortega fueron enviados a la actual zona de San Juan Capistrano con el objetivo de fundar un centro religioso.
La labor de los mismos, que en principio se desarrolló sin problema alguno, tuvo que ser detenida repentinamente cuando recibieron órdenes de regresar al punto de partida por culpa de un ataque nativo.
La misión (todavía sin fundar) quedó totalmente abandonada. Sin embargo, poco después partió hacia la zona Junípero Serra para continuar el trabajo. Lo hizo, además, junto a dos misioneros (fray Pablo Mugartegui y fray Gregorio Amurrio), un cabo y diez soldados.
«Llegaron al sitio en donde hallaron enarbolada [una] cruz [dejada por Ortega] y desenterraron las campanas, a cuyo repique acudieron los gentiles muy festivos de ver que volvían a su tierra los padres. Hizóse una enramada, y puesto el altar dijo en él el venerable padre presidente la primera misa. Deseoso de que se adelantase la obra, tomó el trabajo de pasar su reverencia a la misión de San Gabriel a fin de traer algunos neófitos para ayuda de la obra, algún socorro de víveres para todos y el ganado vacuno que ya estaba», añade Palou.
Debemos suponer que el monje pasó sus últimos días feliz por el buen trabajo realizado a lo largo y ancho del continente americano. «Cuando el misionero murió en la misión de Carmel [en 1784], las exequias fúnebres que se hicieron fueron impresionantes. Tras la muerte de fray Junípero, el padre Fermín Francisco Lasuén quedó como director de las misiones, y con él tuco que coordinarse Fages», completan los divulgadores históricos españoles.
A la tumba, nuestro protagonista se llevó también el odio de algunos gobernadores de California que le impidieron realizar más fácilmente su tarea y la leyenda negra que se generó a su alrededor. Un mito imposible de entender atendiendo a su currículum civilizador.
Falsa leyenda negra
La historia de Junípero Serra nos habla de bondad y de piedad. Así lo demuestra el que fuera beatificado por Juan Pablo II en 1988 y, posteriormente, canonizado por el Papa Francisco allá por 2015. Este último señaló durante una de sus homilías que el misionero había tenido que lidiar con la dura mentalidad de los conquistadores que viajaban hasta el otro lado del mundo.
«Aprendió a gestar y a acompañar la vida de Dios en los rostros de los que iba encontrando haciéndolos sus hermanos. Junípero buscó defender la dignidad de la comunidad nativa, protegiéndola de cuantos la habían abusado. Abusos que hoy nos siguen provocando desagrado, especialmente por el dolor que causan en la vida de tantos», explicó hace dos años el Sumo Pontífice.
Sin embargo, ni su pasado misionero ni su reconocimiento internacional han servido para acallar a aquellos que creen que participó en el genocidio que los españoles cometieron en América. En 2015, por ejemplo, algunas asociaciones nativas cargaron frontalmente contra su memoria aprovechando su canonización.
Una de ellas fue «Mexica Movement», defensora de la «liberación americana de los europeos». Esta, a través de uno de sus representantes (Olin Tezcatlipoca) declaró a la cadena CNN que Junípero Serra había «planificado el genocidio». La afirmación es una de las más benévolas, ya que el grupo ha llegado a señalar que el religioso «era un racista que cometió crímenes inmorales y genocidas contra nuestra gente».
El grupo también ha tildado, a lo largo de los últimos años, a las misiones de Serra de ser realmente campos de concentración para los nativos. Una teoría que suscribió posteriormente Andrew Salas (presidente tribal de la nación Kizh) en la cadena BBC: «Eran campos de exterminio para mi gente. Ellos sirvieron de esclavos para erigir algunos de los ejemplos más bellos de la arquitectura del estado de California, que no eran más que una fachada de los insalubres campos de la muerte».
Estos grupos son partidarios también de que los nativos eran obligados a vivir en las misiones fundadas por los españoles en unas condiciones de absoluta insalubridad. Además, no señalan que los españoles repartían comida a diario entre los indios y les protegían de sus enemigos en estas instalaciones. Para contrarrestar esta muestra de solidaridad explican que muchos pueblos no tenían más remedio que alojarse allí debido a que eran las únicas zonas en las que había alimento.
Asociaciones como «Mexica Movement» también esgrimen que los misioneros (así como los soldados españoles) solían azotar a los nativos cuando se comportaban de una manera inadecuada. En este sentido, cargan contra Serra arguyendo que envió una carta en 1780 en la que afirmaba que no tenía problemas de conciencia por ello debido a que era «el método que se usa en todo el mundo, ha sido practicado por todos los santos misioneros, y es recomendado por las autoridades civiles».
Sin embargo, se olvidan de señalar que aquella era una práctica tristemente habitual y que, a su vez, también la sufrían los soldados españoles fugitivos. Por si fuera poco, no hay evidencias de que el mismo fraile fuera el que empuñara el cuero.
A fray Junípero también se le reprocha el haber fundado un sistema de misiones que acabó con una buena parte de la civilización indígena. En este caso, de lo que no se acuerdan los mencionados grupos es de episodios como el acaecido a mediados de julio de 1776. Durante aquellos días, Serra pidió clemencia para un grupo de nativos que había atacado un asentamiento español.
«Fray Junípero tenía buenas razones para pedir clemencia por los indios […] que habían destruido la misión de San Diego. Se lo dijo a Teodoro de Croix, primer comandante general de las Provincias Internas (carta del 22 de agosto de 1778): esos rebeldes y asesinos eran sus hijos, engendrados en Cristo».
Manuel P. Villatoro/ABC