miércoles, 14 de junio de 2017

En busca de un método para transmitir la fe con éxito



Los mayores expertos europeos en transmisión de la fe se han reunido en Madrid para hablar sobre la relación entre familia, parroquia y catequesis
¿Qué han hecho mal los padres y los abuelos que ven cómo sus hijos y nietos viven sus días sin querer saber nada de Dios, quizá sin una abierta contraposición pero sí con indisimulada indiferencia? ¿Hay algún método que asegure que los niños que hacen la Primera Comunión se apunten a poscomunión? ¿Cómo conseguir que el sacramento de la Confirmación no sea el sacramento del adiós a la parroquia durante muchos años, a veces para siempre?
En realidad «el debate sobre los métodos no tiene objeto», asegura Joel Molinario, del Instituto Catequético de París, «porque la crisis de la transmisión de la fe no es una crisis de los métodos, sino una crisis de la tradición, de la herencia recibida, de la autoridad». En definitiva, de la familia. Los tiempos han cambiado y si antes bastaba aprender el Catecismo, «esto ya no funciona de manera evidente». Así lo ha constatado el Congreso del Equipo Europeo de Catequesis, que del 31 de mayo al 5 de junio en Madrid, abordó el tema La familia, entre la educación cristiana y la propuesta de fe. La organización corrió a cargo del Instituto Superior San Pío X, vinculado a los hermanos de La Salle.
El dolor de padres y abuelos
En el congreso participaron los mayores expertos europeos en catequesis, como Dominique Foyer, de la Universidad Católica de Lille, que dice que «hoy escuchamos el lamento de los padres o abuelos que descubren que no han logrado transmitir la herencia dogmática, ética y simbólica que caracteriza a su fe. Y nos preguntamos qué es lo que no va bien, o no va en absoluto, en la transmisión».
La respuesta está en los actores principales de la catequesis: parroquia y familia. Para el presidente de la Asociación Italiana de Catequesis, Salvatore Currò, la catequesis que se ha dado hasta ahora en las parroquias «debe renovarse», porque «se ha quedado en el registro de la comprensión doctrinal del mensaje cristiano», unos conocimientos «que pivotan más sobre lo cognitivo que sobre lo afectivo, debido al componente racionalista e iluminista de nuestra tradición cultural».
Según Curró, la solución está en mirar a la familia, cómo transmiten la fe las familias creyentes: «Hay que preguntarse si toda la catequesis no debería modularse sobre el registro afectivo de la experiencia familiar, donde se da un entrenamiento a algunas prácticas, sin tener que entender siempre su sentido, pero porque se advierte que son soporte del amor y del crecimiento, y donde se da la experiencia de sentirse amados por Dios, sobre una base sensible y afectiva».
Engendrar cristianos, no adoctrinarlos
Esta renovación de la catequesis está en línea con lo que defiende el Papa Francisco en Amoris laetitia, una propuesta que «no está preocupada tanto por los contenidos de la fe como por la experiencia de Dios, y la confianza de que Él siempre está cercano a nuestras vidas», como señala Antonio Ávila del Instituto Superior de Pastoral, de la Universidad Pontificia de Salamanca. En esta tesitura, «el pontificado actual se inclina porque la experiencia de la fe, la gozosa alegría del Evangelio» vivida en la familia, donde «los niños pueden comprender, no intelectualmente sino vitalmente, que lo que el adulto vive». Se trataría entonces de «una catequesis de engendramiento, no de adoctrinamiento», aun a riesgo de que «pueda resultar insuficiente a la hora de mantener la fe en un mundo como el actual».
El lugar en que Dios habita
Y si la parroquia es una de las claves esenciales en la transmisión de la fe, la otra es la familia. «Hay que guiar a las familias hacia la comprensión y práctica de su propia sacramentalidad», afirma Caroline Dollard, representante de la Conferencia Episcopal de Inglaterra y Gales. Sin embargo, en la práctica, muchas de las familias que se acercan a la Iglesia por diversos motivos, sobre todo para pedir un sacramento –bautizo de un hijo, Primera Comunión…,– «están desconectadas de su historia de fe y de la práctica, algunas de ellas por dos o tres generaciones», y lo más grave es que el modelo habitual de acompañamiento que les ofrece la Iglesia «consiste en apartar a los niños y adolescentes de sus padres y de sus hogares en cuanto a su educación religiosa», de modo que la educación en la fe sería algo así como «una tarea de profesionales» que se da en la parroquia y no en la familia.
Aprovechar el bautizo de los hijos
Por eso, hay que volver a enganchar a las familias. Por ejemplo, aprovechando el bautizo de los hijos. Para el polaco Andrzej Kicinski, de la Universidad Católica de Lublin, «hoy, por desgracia, no podemos dar por sentado que los padres pidan el Bautismo por motivos de fe», pero sin embargo las catequesis prebautismales pueden «ayudar a los padres a profundizar y a ser conscientes de que el Bautismo se celebra en la fe de la Iglesia», lo que en numerosas ocasiones «activa en los padres las ganas de ser sujetos activos de la catequesis».
Si se hace bien y se sigue el proceso, más adelante la familia podrá convertirse «en el lugar de oración cristiana, un lugar en el que Dios habita», gracias a «la lectura de la Palabra de Dios, la participación en la Eucaristía, el perdón recíproco, incluso con el sello del sacramento de la Reconciliación, la bendición de la familia, las fiestas de cumpleaños, las peregrinaciones, los retiros, las tradiciones asociadas con la Navidad…». Solo así podrá arraigar una verdadera vida espiritual familiar que, si falta en la celebración de la Primera Comunión, hará a la familia «prisioneros de una ceremonia que en realidad no entienden».
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Alfa y Omega

El Corpus, a las claras


Fernando Redondo Benito, vicepresidente de la Junta pro Corpus de Toledo, afirma que durante estos días de preparación y celebración del Corpus Christi, «nos encontramos con muchos mensajes equívocos y erróneos que pueden trastocar nuestra mirada de lo verdaderamente esencial: nuestra fe en la Eucaristía, nuestra fe en “el Misterio que constituye el corazón de la Iglesia” (Benedicto XVI)»
Debemos dejar claro que el Corpus no es una celebración ajena a la Iglesia católica, sino que es una celebración de la Iglesia católica; el Corpus no es una celebración única de Toledo, sino de la Iglesia universal; el Corpus se celebra en Toledo, pero no es exclusiva de Toledo; esta celebración dirige todos los sentidos a la Eucaristía, y no a los toldos, a las flores, a los adornos, aunque enriquecen y engalanan esta fiesta; esta celebración hace de Toledo una manifestación única, ciertamente, pero siempre al servicio de la Eucaristía.
Los mensajes son equívocos. Desde aquellos que quieren erradicar y eliminar toda simbología y presencia católica –los que querrían llegar a la reformulación de una famosa expresión, «todo con la Iglesia pero sin la Iglesia»– cuando precisamente es una celebración católica, a otros que denominan esta celebración como un producto.
Es cierto que en el Corpus participan los toledanos. Encontramos una respuesta global de la ciudadanía toledana, que se acerca a esta celebración para engrandecerla, para cooperar, para entregar su trabajo y colaboración. Sin los toledanos, esta celebración quedaría más mermada, puesto que son ellos los que acompañan con fe en el recorrido, los que llegan con sus plegarias ante Jesús Sacramentado, los que guardan respeto y silencio a su paso, poniéndose de rodillas o haciendo la señal de la Cruz.
El Corpus llena Toledo, pero no lo podemos reducir a Toledo, porque esta celebración nos abre el camino hacia todos los hermanos, todas las periferias, viviéndolo con toda la fraternidad católica, porque hablar del Corpus es manifestarla particularmente en la caridad.
No confundamos la parte con el todo
Otro equívoco es confundir la parte con el todo. La Custodia de Arte, con toda su riqueza artística e histórica, es la parte, porque Jesús Sacramentado es el Todo. Es muy habitual comprobar esa equivocación, porque totalizamos con la Custodia, como si no tuviera nada más. En el Corpus nos encontramos con Alguien, no con algo; la Custodia porta a Alguien, no es algo. No confundamos la parte con el todo, sino acerquémonos al Todo, al centro de la Custodia, donde verdaderamente está presente Jesucristo.
Los habituales equívocos y confusiones que nos transmiten durante estos días nos llevan a presentar «la urgente necesidad» para que esta fiesta cuente con muchas declaraciones, no sabemos muy bien si internacionales o interplanetarias, en una conjunción de voluntades erróneas. Por la propia naturaleza de la Iglesia, que es católica, podemos afirmar que la celebración del Corpus ya es universal, también misionera y apostólica. No necesita declaraciones ni nombramientos complementarios. No debemos encorsetar al Corpus Christi, porque esta celebración es Vida, esta celebración es litúrgica y eucarística, y no debe ser otra cosa.
Hagamos que acercándonos al Corpus, a las claras, podamos vivir una conversión que nos invita a la alegría del Evangelio, que nos invita a vivir la procesión eucarística con un gesto que responda al mandato de Jesús. Como señalaba el Papa Francisco en el Corpus del año 2016, «un gesto para hacer memoria de él; un gesto para dar de comer a la muchedumbre actual; un gesto para partir nuestra fe y nuestra vida como signo del amor de Cristo por esta ciudad y por el mundo entero».
Fernando Redondo Benito, Vicepresidente de la Junta pro-Corpus de Toledo
Alfa y Omega

Las 10 actitudes a poner en práctica, según Cáritas, para el Día de Caridad


Con motivo de esta Jornada, las 70 Cáritas Diocesanas del país rinden cuentas públicas de su actividad durante el último año
Llamados a ser comunidad es la propuesta que lanza Cáritas a toda la comunidad cristiana y al conjunto de la ciudadanía en el Día de Caridad, que, como cada año, se celebra el domingo 18 de junio, festividad el Corpus Christi.
Con esta invitación, se quiere poner de relieve la importancia de que todas las personas podamos vivir en común en la misma casa, en la Tierra común que nos acoge a todos, con los mismos derechos y dignidad, que pertenecen a todos los seres humanos por igual.
Cultivar la acogida y el intercambio
La campaña institucional de Cáritas, que cuenta con dos momentos de especial intensidad en Navidad y en Corpus Christi, llama la atención sobre la necesidad de colaborar en la realización «de una comunidad humana plural, donde seamos capaces de reconocer la riqueza que cada persona aporta en la construcción de la sociedad, cultivando la actitud de acogida y el intercambio enriquecedor, a fin de crear una convivencia más fraternal y solidaria». Como se señala en los materiales editados para esta jornada, «se trata de vivir la cultura del encuentro», en palabras del Papa Francisco.
Eva Sanmartín, coordinadora de la campaña institucional, asegura que «la acogida y la apertura a los demás, lejos del miedo que sólo nos lleva a ver riesgos y peligros, son una oportunidad para descubrir el rostro de Dios en cada hermano y hermana, para celebrar en comunión los dones y riquezas que nos regala a cada uno para poner al servicio de la construcción del bien común, que es de todos».
Revisar nuestras actitudes hacia los migrantes
Para poner de manifiesto la importancia de esa vida comunitaria en el momento presente, Cáritas pone el foco en el drama de la movilidad humana que viven hoy en día millones de personas que se ven obligadas abandonar sus hogares para asegurar sus vidas o sus derechos básicos. A ese respecto, se hace una invitación en clave personal a revisa nuestras actitudes hacia las personas migrantes que conviven con nosotros, en nuestros mismos barrios y comunidades.
«¿Te has preguntado cómo son sus vidas, cuáles son sus sentimientos, sus sueños?», se interroga en el díptico editado para el Día de Caridad, al tiempo que se invita «a practicar el encuentro y la acogida con otras personas, a ti, a tu grupo o comunidad, a conocer la vida de los otros, su historia, su camino, ponerse en su lugar, saber qué necesitan, compartir».
Derechos «menguantes»
Junto a la acogida, el Día de Caridad sirve también para que cada una de las 70 Cáritas Diocesanas de todo el país rindan cuentas de su actividad anual y de la evolución de la realidad social de las personas vulnerables a las que acompañan en sus respectivos territorios y que, en términos generales, confirman un panorama de derechos «menguantes» ante la crisis económica y un aumento de las restricciones para el acceso a derechos sociales.
Valores y actitudes a poner en práctica
La mejor manera de responder a la llamada a ser comunidad de seres humanos iguales en derechos y dignidad, bajo el techo de la casa común que es la Creación, pasa por poner en práctica estos valores y actitudes:
1. Hacer comunidad, buscar siempre el bien común, ser participativo.
2. Compartir y vivir sencillamente.
3. Hacer un consumo responsable.
4. Ser cooperativo.
5. Tener un compromiso solidario trabajando por la justicia y los derechos para todos.
6. El dinero no rige mi vida.
7. El bien del ser humano es lo primero.
8. Afán de servicio y gratuidad.
9. Cuidado y religación con la Madre Naturaleza.
10. Cultivar la propia profundidad, la espiritualidad, la trascendencia.
Cáritas

No he venido a abolir, sino a dar plenitud



Lectura del santo Evangelio según san Mateo 5, 17-19
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos».
Palabra del Señor.

Mensaje del Papa Francisco para la primera Jornada Mundial de los Pobres


No amemos de palabra sino con obras». Con esta exhortación el Papa Francisco titula su primer Mensaje para la Jornada Mundial de los Pobres, que él mismo instituyó al concluir el Jubileo de la Misericordia, estableciendo que se celebre el domingo que precede la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo. Y que en 2017 será el 19 de noviembre.
«Quise ofrecer a la Iglesia la Jornada Mundial de los Pobres, para que en todo el mundo las comunidades cristianas se conviertan cada vez más y mejor en signo concreto del amor de Cristo por los últimos y los más necesitados», escribe el Santo Padre que inspira el título de su mensaje en las palabras del apóstol Juan, que son un «imperativo que ningún cristiano puede ignorar» y han transmitido hasta nuestros días el mandamiento de Jesús: «Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras» (1 Jn 3,18).
El Papa Francisco recuerda la preocupación de la Iglesia por los pobres, siguiendo la enseñanza de Jesús, desde el Apóstol Pedro y los primeros cristianos. Y que «si bien ha habido ocasiones en las que los cristianos no han escuchado completamente este llamamiento, dejándose contaminar por la mentalidad mundana», «el Espíritu Santo no ha dejado de exhortarlos a fijar la mirada en lo esencial».
«Ha suscitado, en efecto, hombres y mujeres que de muchas maneras han dado su vida en servicio de los pobres», recuerda el Santo Padre, para luego añadir: «cuántas páginas de la historia, en estos dos mil años, han sido escritas por cristianos que con toda sencillez y humildad, y con el generoso ingenio de la caridad, han servido a sus hermanos más pobres. Entre ellos destaca el ejemplo de Francisco de Asís, al que han seguido muchos santos a lo largo de los siglos».
Con su Mensaje, el Papa Francisco invita a toda la Iglesia y a los hombres y mujeres de buena voluntad «a mantener, en esta jornada, la mirada fija en quienes tienden sus manos clamando ayuda y pidiendo nuestra solidaridad. Son nuestros hermanos y hermanas, creados y amados por el Padre celestial. Esta Jornada tiene como objetivo, en primer lugar, estimular a los creyentes para que reaccionen ante la cultura del descarte y del derroche, haciendo suya la cultura del encuentro».
Asimismo el Obispo de Roma dirige su invitación «a todos, independientemente de su confesión religiosa, para que se dispongan a compartir con los pobres a través de cualquier acción de solidaridad, como signo concreto de fraternidad. Dios creó el cielo y la tierra para todos; son los hombres, por desgracia, quienes han levantado fronteras, muros y vallas, traicionando el don original destinado a la humanidad sin exclusión alguna».
El Mensaje del Papa Francisco para la primera Jornada Mundial de los Pobres se hizo público, en la Oficina de Prensa de la Santa Sede,  el mismo día en que está fechado, en el Vaticano: 13 de junio de 2017, Memoria de San Antonio de Padua.
En la presentación, intervinieron Mons. Rino Fisichella, presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización y Mons. José Octavio Ruiz Arenas, secretario del mismo Consejo.
(CdM – RV)

martes, 13 de junio de 2017

¿Recibe la Iglesia Católica 11.000 millones del Estado? Respuesta categórica de la Iglesia: "Es falso"


La Iglesia no recibe dinero del Estado. El dinero de la casilla de la Renta es el 0,7% de los impuestos de aquellos que la marcan libremente. Estos datos son de acceso público, los notifica el Ministerio de Hacienda y se difunden desde la página de la Conferencia Episcopal y de Xtantos. En los últimos años el importe obtenido oscila en torno a los 250 millones de euros.
Solo con hacer algunas búsquedas podemos encontrar informaciones falsas sobre miles de millones de
Ante el rumor que certifican muchos medios de comunicación de que la Iglesia recibe 11.000 millones de euros del Estado hay que ser categórico: es falso.
¿Tiene la Iglesia otras asignaciones del Estado?
No. La Iglesia no tiene ninguna asignación del Estado. Incluso la X de la Iglesia en la declaración de la renta no es una asignación de Estado, sino del contribuyente. Si nadie marcara la X, la Iglesia no recibiría ningún dinero.
¿De dónde sale la cifra de los 11.000 millones de euros que la Iglesia recibe del Estado?
Las asociaciones que han dado este titular han imputado a la Iglesia como institución ingresos que no le corresponden. Por ejemplo, ¿Recibe Cáritas o Manos Unidas subvenciones del Estado? Sí, para el desempeño de su labor asistencial. ¿Es eso un ingreso para la Iglesia? No. ¿A dónde se destinan los fondos de esas subvenciones? Como en cualquier otro caso al desarrollo de la actividad que contemple dicha subvención a partir de proyectos concretos. ¿Recibiría Cáritas esa subvención si no fuera una ONG de la Iglesia? Sí.
Esta misma lógica injusta la han aplicado a los conciertos de colegios y hospitales, residencias de ancianos, restauración del patrimonio, programas de atención de todo tipo... Cada una de estas actividades gestionadas por personas que de alguna manera pertenecen a la Iglesia, reciben en libre concurrencia, transparencia y publicidad las ayudas o subvenciones que el Estado destina al desarrollo de sus actividades. Exactamente del mismo modo que si no tuvieran vinculación con la Iglesia. Ese dinero no lo recibe la Iglesia en abstracto sino que se reciben para el desempeño y desarrollo de esas acciones concretas y que, además, suponen un grandísimo beneficio para toda la sociedad.
(Conferencia Episcopal Española)

Tanto amó Dios al mundo



En esta solemnidad la liturgia nos anima a alabar a Dios por sus obras en favor nuestro y, ante todo, por cómo es Él. Se nos invita a contemplar lo más íntimo de Dios, que es la unidad en la trinidad, máxima comunión de vida y de amor.
El acceso a Dios a través de su Palabra y de su obra
Lo primero que viene a la cabeza a muchos cuando llega el momento de pensar en la Trinidad es que estamos ante una realidad que parece fundamental en la fe cristiana, pero que, al mismo tiempo, es uno de los elementos más complicados de comprender racionalmente. Sin embargo, un acercamiento a lo que la Palabra de Dios nos presenta hoy puede resultar iluminador, no solo para saber algo sobre Dios, sino también para comprender con mayor hondura al hombre, creado a imagen y semejanza de ese Dios trino.
Toda la Sagrada Escritura nos habla de Dios. Él mismo se nos revela a través de su Palabra y se manifiesta como creador del universo y salvador de los hombres. En la primera lectura de hoy, tomada del libro del Éxodo, escuchamos algo fundamental acerca de la esencia de Dios. En ese pasaje ocurre algo excepcional: Dios pronuncia su propio nombre en presencia de Moisés: «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad» (Ex 34, 6). A través de estas palabras descubrimos que el nombre de Dios es compasión, misericordia, clemencia y lealtad.
Pero para comprender a Dios es oportuno acudir también a su modo de obrar en la historia. Dice el primer versículo del Evangelio que «tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna». La primera afirmación es, por lo tanto, referente al inmenso amor de Dios con el hombre. El mismo san Juan se refiere a Dios como Amor (1Jn 4, 8). Sabemos que, para que exista el amor, ha de haber una relación con alguien. Y para que exista esa relación, ha de haber una apertura. Por consiguiente, si Dios ama con tanta fuerza, su búsqueda por el hombre y su apertura hacia él es máxima. Así nos lo revela la historia de la salvación. Frente a la imagen de un Dios tremendamente distante con el hombre, encerrado en sí mismo y autosuficiente, la Escritura pone ante nosotros a un Dios que es ante todo vida que tiende a comunicarse y busca constantemente establecer el máximo vínculo con el hombre, sin menoscabar por ello su naturaleza divina. Así lo muestran las palabras como compasivomisericordioso o rico en clemencia, del libro del Éxodo. El que da el amor no pierde nada, sino todo lo contrario. Y Dios ha mostrado su amor en modo máximo entregando a su Hijo único para que nosotros tengamos vida eterna. En esta entrega de Dios por medio de su Hijo interviene toda la Trinidad: el Padre, que nos da lo que más ama; el Hijo, que se abaja entregándose por nosotros; el Espíritu Santo, que es precisamente el vínculo firme y duradero de amor entre el Padre y el Hijo, y que se nos da en plenitud.
Conocer a Dios y al hombre
Ciertamente, estamos ante imágenes y conceptos de una gran belleza. Sin embargo, llegados a este punto, corremos el riesgo de pensar que estos razonamientos, pensados y elaborados a lo largo de siglos en la Escritura, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia, poco tienen que ver con nuestras situaciones y problemas reales cotidianos. Sin embargo, acceder algo al conocimiento de Dios implica desvelar también el misterio del hombre. Así pues, si afirmamos que Dios es unidad en relación, la persona humana, creada a su imagen y semejanza, es un espejo de esa manera de ser. Esto quiere decir que estamos llamados a entrar en relación con otras personas y a amar a los demás. Y en concreto a vivir la misericordia, la clemencia y la lealtad. Asimismo, observamos que si Jesús es Hijo, en constante relación con el Padre, también nosotros necesitamos tener al Dios Padre como referencia y orientación última de nuestro ser y actuar. La comprensión cristiana de Dios uno y trino tiene consecuencias igualmente para la dimensión social del hombre. Frente al individualismo y la autosuficiencia, el saber que Dios es relación y que ha inscrito en nosotros un deseo de apertura hacia los demás nos permite entender que solo viviremos en plenitud si permanecemos en comunión con los demás.
Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia adjunto de Madrid

El día que la Virgen anunció la muerte próxima de los pastorcitos Francisco y Jacinta



«Quiero que recéis el rosario y aprendáis a leer», anunció la Virgen de Fátima a los tres pastorcitos el 13 de junio de 1917, hace 100 años. También anunció que «pronto» se llevaría a Francisco y Jacinta al cielo. «¿Quedo aquí solita?», preguntó Lucía. «No hija. Yo nunca te dejaré», respondió la Señora
Lucía dos Santos y los santos Francisco y Jacinta Marto llevaban un mes esperando que llegara el 13 de junio de 1917. La Señora, que se les había aparecido el 13 de mayo en Cova de Iría, les había dicho que volvería ese día.
A pesar de las primeras incomprensiones y en particular de los intentos de la madre de Lucía de que la niña se desdijera de lo que había contado, ese día esperaban junto a los pastorcitos, en el campo, unas 50 o 60 personas.
«Después de rezar el rosario –contó Lucía años después en sus memorias– vimos de nuevo el reflejo de la luz que se aproximaba, y que llamábamos relámpago, y en seguida a Nuestra Señora sobre la encina, todo como en mayo».
Los espectadores notaron que mientras los pastorcitos dialogaban con la Virgen, la luz del sol se oscureció. Otros dijeron que la copa de la encina, cubierta de brotes, pareció curvarse como bajo un peso, un poco antes de que Lucía hablara.
«– ¿Usted qué es lo que me quiere? – pregunté –continúa el relato–.
– Quiero que vengáis aquí el día 13 del mes que viene, que recéis el rosario y que aprendáis a leer. Después diré lo que quiero.
Pedí la cura para un enfermo.
– Si se convierte, se curará durante el año.
– Quería pedirle que nos llevara para el Cielo.
– Sí; Jacinta y Francisco me los llevo en breve. Pero tú quedas aquí algún tiempo más. Jesús quiere servirse de ti para hacerme conocer y amar. El quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. [A quien la abrace, promete la salvación; y serán queridas de Dios estas almas, como flores puestas por Mi adornando su Trono].
– ¿Quedo aquí solita? – pregunté, con pena.
– No, hija. ¿Y tú sufres mucho? No desanimes. Yo nunca te dejaré. Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios.
Fue en el momento en el que dijo estas últimas palabras cuando abrió las manos y nos comunicó, por segunda vez, el reflejo de esa luz inmensa. En ella nos veíamos como sumergidos en Dios. Jacinta y Francisco parecían estar en la parte de esa luz que se elevaba hacia el Cielo y yo en la que se esparcía sobre la tierra. Enfrente de la palma de la mano derecha de Nuestra Señora, estaba un corazón rodeado de espinas que parecían estar clavadas. Comprendimos que era el Inmaculado Corazón de María, ultrajado por los pecados de la humanidad, que quería reparación.»
Alfa y Omega

13 de junio: san Antonio de Padua, confesor y doctor de la Iglesia


Es el popularísimo santo que se ha sabido granjear la simpatía del pueblo cristiano; no solo las mozas casaderas le miran con ojos suplicantes, también quienes han perdido objetos cuyo uso se precisa elevan preces para que él los haga encontradizos, y su intercesión llega a extenderse ya a cualquier necesidad. Es que su polifacética y rica vida da para eso y mucho más; si te interesa puedes seguir leyendo. La biografía más antigua es Assidua. Los datos que se dan sobre su nacimiento e infancia son de lo más impreciso. Por conjeturas, llega uno solo a la aproximación que deja unos márgenes entre el 1188 al 1195. Nació en Lisboa, cerca de la catedral, y lo bautizaron al octavo día, con el nombre de Hernando. Dice el relator que el primogénito siempre estuvo adornado de una bondad natural y que mostraba inclinación a una piedad acentuada, llamando la atención el cariño a la Virgen María; Surio se desvive en poner de relieve su compasión por los pobres. Todo lo aprendió en la escuela de la catedral, porque no había muchas posibilidades más en aquel tiempo. ¡Ah, otra cosa digna de resaltar! Tuvo unas tentaciones terribles, muy por encima de lo corriente; pero se sabe que –con la gracia de Dios– puso los medios que estaban a su alcance para rechazarlas y no ceder.
Ingresó en el convento de San Vicente de Fora, donde estuvo dos años. Luego, cuando tenía diecisiete, pasó a Coimbra; allí trabajó duramente, rezó a gusto y estudió mucha teología; sobre todo, mostró preferencia por la Sagrada Escritura; pero en el relato de su vida se da a entender que en el monasterio no había buen ambiente, con una vida monacal repleta de intrigas y defecciones que rompían el modo clásico de un convento ideal. Los tiempos no estaban para muchas bromas, porque tanto el prior, como el convento, la diócesis y el mismo reino estaban en entredicho. Le dieron el encargo de hospedero; este encargo le valió que pudiera tener contactos con los franciscanos del eremitorio de San Antonio de Olivares, de Coimbra; incluso estuvo presente, y recibió los cuerpos –considerados como reliquias– de los primeros mártires franciscanos de Marruecos, cuya visión le removió por dentro y le llevó a desear morir así por Jesucristo; como los frailes menores venían con frecuencia a pedir limosna al monasterio, les fue abriendo poco a poco el corazón hasta llegar a exponerles su deseo de cambio con tal de que lo destinaran a tierras de infieles.
La razón de que Hernando se llame Antonio viene por su entrada en el eremitorio que lo había de mandar en 1220 a Marruecos ya como franciscano. No hubo demasiada suerte; todo el invierno tuvo que pasarlo en cama muy enfermo y, cuando lo repatriaban para que recuperara fuerzas, una tempestad lo lleva a Sicilia; allí lo recibieron en el convento de Mesina que, por aquellos días, se preparaba para asistir al capítulo convocado por el fundador. Se vio a Antonio en Asís el 20 de mayo de 1221; se puso a disposición y lo mandaron al eremitorio de Monte Paolo, en busca de una ansiadísima soledad; todo el día lo pasaba en la cueva con el alimento de solo un trozo de pan y un vaso de agua; para regresar por la noche al eremitorio, era tal su debilidad que necesitaba la ayuda de otro fraile en quien pudiera apoyarse.
Le mandaron predicar un sermón ante franciscanos y dominicos en el 1221, sustituyendo fortuitamente a un predicador en Forli; el impacto que causaron sus palabras fue de tamaño real. Inmediatamente el superior se dio cuenta de que estaba desperdiciando una lumbrera en aquellos tiempos de tanta herejía y tan necesitados de doctrina. Por eso lo mandó a predicar por la Romaña, infectada de herejes cátaros; en Rímini, como los herejes no escuchaban la predicación de la sana doctrina, tuvo que recurrir al milagro; se puso a predicar a los peces, y todos los que quisieron pudieron verlos sacando las agallas del agua y escuchar con quietud y orden la predicación de aquel frailecillo franciscano.
Francisco de Asís, el fundador, lo nombró profesor de teología para sus frailes santos, pero incultos; con ello, se presenta a Antonio como el primer profesor de la orden franciscana, que hasta entonces, para servir al Señor, solo había pretendido atender al corazón, dejando de lado la cabeza.
Pero hay otra faceta más en el amplísimo abanico de líneas en la vida de Antonio. El papa tocó a rebato por el acoso de la herejía albigense en Francia; quiso convocar a todos los capaces por santidad y ciencia para que contribuyeran a extirpar aquella especie de cáncer. Por eso fue Antonio a Montpelier, a Toulouse, Le Puy, Bouges y Limoges; dicen que armonizó siempre la clara doctrina con la bondad de la persuasión.
Elegido ministro general de los franciscanos en el capítulo de Asís reunido por fray Elías el 30 de mayo de 1227. Después tuvo que pisar Galicia y Sevilla, residiendo en Lisboa.
También se puso a escribir por mandato del cardenal de Ostia que le encomendó poner en papel sermones para todas las fiestas, los santos y los domingos del año; para eso se encerró en el convento de Arcella, en Padua. Le dio tiempo, además, para comentar el Salterio y redactar otros opúsculos.
Hacía bien eso de predicar; además era su hobby. Quiso predicar los cuarenta días de la cuaresma, encontrándose hidrópico. Aquello fue un espectáculo con la gente amontonándose después de los sermones, queriendo cortar un pedazo de su pobre hábito; hubo que tomar medidas por razones de seguridad física y de orden público, haciendo que saliera escoltado al finalizar cada intervención.
Su última casa estuvo en Camposampiero, gozando de la frondosidad de los árboles, del piar de los pájaros y de la brisa fresca; fue la oportunidad de dar rienda suelta a su exquisito amor a la naturaleza –criatura de Dios– tan propio del buen sentir franciscano.
Recibió los sacramentos al empeorar su enfermedad. Tuvo un éxtasis y cantó a la Virgen. Así se murió el 13 de junio de 1231.
La aclamación popular de su santidad no hubo tiempo, ni fuerza, ni ganas de pararla. Y no digamos nada sobre los milagros probados junto a su sepulcro. Tanto que el papa Gregorio IX lo canonizó antes de que pasara un año desde su muerte.
Pío XII lo nombró doctor de la Iglesia el 16 de enero de 1946.
Con razón se le invoca tanto, ¿no? A un santo que resucita muertos, cura enfermedades, goza de bilocación, habla a los peces, convierte herejes, aligera a los ricos a favor de los pobres, busca novios, habla con sencillez al Niño Jesús –una imagen de san Antonio que no lleve al Niño no es de san Antonio– y ayuda a encontrar las cosas perdidas, bien vale la pena acudir a él y cobijarse bajo su influencia. ¿Que no te lo crees? ¡Inténtalo!
Archimadrid.org

COMENTARIO AL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 5, 13-18, POR EL PAPA FRANCISCO




En el Evangelio de este domingo, que está inmediatamente después de las Bienaventuranzas, Jesús dice a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5, 13.14). Esto nos maravilla un poco si pensamos en quienes tenía Jesús delante cuando decía estas palabras. ¿Quiénes eran esos discípulos? Eran pescadores, gente sencilla... Pero Jesús les mira con los ojos de Dios, y su afirmación se comprende precisamente como consecuencia de las Bienaventuranzas. Él quiere decir: si sois pobres de espíritu, si sois mansos, si sois puros de corazón, si sois misericordiosos... seréis la sal de la tierra y la luz del mundo.

Para comprender mejor estas imágenes, tengamos presente que la Ley judía prescribía poner un poco de sal sobre cada ofrenda presentada a Dios, como signo de alianza. La luz, para Israel, era el símbolo de la revelación mesiánica que triunfa sobre las tinieblas del paganismo

Los cristianos, nuevo Israel, reciben, por lo tanto, una misión con respecto a todos los hombres: con la fe y la caridad pueden orientar, consagrar, hacer fecunda a la humanidad. Todos nosotros, los bautizados, somos discípulos misioneros y estamos llamados a ser en el mundo un Evangelio viviente: con una vida santa daremos «sabor» a los distintos ambientes y los defenderemos de la corrupción, como lo hace la sal; y llevaremos la luz de Cristo con el testimonio de una caridad genuina. 
Pero si nosotros, los cristianos, perdemos el sabor y apagamos nuestra presencia de sal y de luz, perdemos la eficacia. ¡Qué hermosa misión la de dar luz al mundo! Es una misión que tenemos nosotros. ¡Es hermosa! Es también muy bello conservar la luz que recibimos de Jesús, custodiarla, conservarla. El cristiano debería ser una persona luminosa, que lleva luz, que siempre da luz. Una luz que no es suya, sino que es el regalo de Dios, es el regalo de Jesús. Y nosotros llevamos esta luz. Si el cristiano apaga esta luz, su vida no tiene sentido: es un cristiano sólo de nombre, que no lleva la luz, una vida sin sentido. Pero yo os quisiera preguntar ahora: ¿cómo queréis vivir? ¿Como una lámpara encendida o como una lámpara apagada? ¿Encendida o apagada? ¿Cómo queréis vivir? [la gente responde: ¡Encendida!] ¡Lámpara encendida! Es precisamente Dios quien nos da esta luz y nosotros la damos a los demás. ¡Lámpara encendida! Ésta es la vocación cristiana.

Ángelus, Domingo 9 de febrero de 2014

Vosotros sois la luz del mundo


Lectura del santo Evangelio según san Mateo 5, 13-18

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».
Palabra del Señor.

Papa: El consuelo es un don de Dios y un servicio a los demás

 El consuelo es un don de Dios y un servicio a los deSanto Padre en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa MartaFrancisco añadió que para experimentar el consuelo hay que tener un corazón abierto, es decir, el corazón de los pobres de espíritu, y no el corazón cerrado de los injustos.
más. De modo que nadie puede consolarse a sí mismo autónomamente, puesto que de lo contrario termina mirándose al espejo. Es el concepto que transmitió el
El Papa Bergoglio reflexionó acerca del significado del consuelo al que se refiere San Pablo. Y dijo que su primera característica es el hecho de no ser “autónomo”:
“La experiencia del consuelo, que es una experiencia espiritual, siempre tiene necesidad de una alteridad para ser plena: nadie puede consolarse a sí mismo, nadie. Y quien trata de hacerlo, termina mirándose al espejo, se mira al espejo, trata de alterarse a sí mismo, de aparecer. Se consuela con estas cosas cerradas que no lo dejan crecer y el aire que respira es ese aire narcisista de la autorreferencialidad. Éste es el consuelo falseado que no deja crecer. Y esto no es el consuelo, porque está cerrado, le falta una alteridad”.
En el Evangelio – recordó el Papa – se encuentra a tanta gente así. Por ejemplo, los Doctores de la Ley, “llenos de su propia suficiencia”, el rico Epulón que vivía de fiesta en fiesta pensando que así se sentía consolado, o el que mejor expresa esta actitud que corresponde a la oración del fariseo ante el altar que dice: “Te doy gracias, porque no soy como los demás”. “Este se miraba al espejo – notó Francisco –, “miraba su propia alma falseada de ideologías y agradecía al Señor”. Por tanto, Jesús hace ver esta posibilidad de ser gente que con este modo de vivir “jamás llegará a la plenitud, al máximo a la ‘ampulosidad’”, es decir, a la vanagloria.
El consuelo, para que sea verdadero, tiene necesidad de una alteridad. Ante todo se recibe porque “es Dios quien consuela”, quien da este “don”. Después, el verdadero consuelo madura también en otra alteridad, la de consolar a los demás. “El consuelo es un estado de paso del don recibido al servicio donado”, explicó el Santo Padre:
“El consuelo verdadero tiene esta doble alteridad: es don y servicio. Y así, si yo dejo entrar el consuelo del Señor como don es porque tengo necesidad de ser consolado. Estoy  necesitado: para ser consolado es necesario reconocer que se está necesitado. Sólo así el Señor viene, nos consuela y nos da la misión de consolar a los demás. Y no es fácil tener el corazón abierto para recibir el don y hacer el servicio, las dos alteridades que hacen posible el consuelo”.
Por lo tanto – dijo el Papa – se necesita un corazón abierto y para serlo se debe tener “un corazón feliz”. Y precisamente el Evangelio del día, de las Bienaventuranzas, dice “quiénes son los felices, quiénes son los bienaventurados”:
“Los pobres, el corazón se abre con una actitud de pobreza, de pobreza de espíritu. Los que saben llorar, los mansos, la mansedumbre del corazón; los hambrientos de justicia, los que luchan por la justicia; los que son misericordiosos, los que tienen misericordia a los demás; los puros de corazón; los agentes de paz y los que son perseguidos por la justicia, por el amor a la justicia. Así el corazón se abre y el Señor viene con el don del consuelo y la misión de consolar a los demás”.
En cambio son “cerrados” los que se sienten “ricos de espíritu, es decir, “suficientes”, “los que no tienen necesidad de llorar porque se sienten justos”, los violentos que no saben qué es la mansedumbre, los injustos que realizan injusticias, los que carecen de misericordia, y que jamás tienen necesidad de perdonar porque no sienten que deban ser perdonados, “aquellos sucios de corazón”, los “operadores de guerras” y no de paz y aquellos que jamás son criticados o perseguidos porque no les importa de las injusticias hacia las demás personas. “Estos  – dijo el Papa al concluir – tienen un corazón cerrado”: no son felices porque no puede, obtener el don del consuelo para después dárselo a los demás.
(María Fernanda Bernasconi - RV).
(from Vatican Radio)

lunes, 12 de junio de 2017

A imagen de Dios – La Santísima Trinidad


Éxodo 34, 4-6. 8-9: “Yo soy el Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente”
Daniel 3: “Bendito seas para siempre, Señor”
II Corintios 13, 11-13: “Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con ustedes”
San Juan 3, 16-18: “Dios envió a su Hijo para el que el mundo se salvara”
Todavía con el corazón sorprendido por tanta bondad de personas de las tres diócesis: Morelia, San Cristóbal e Irapuato, voy poco a poco asimilando cada uno de la multitud de detalles que se conjugaron en mi llegada a Irapuato. Frente a mí tengo una de las ofrendas que me presentaron como representativa de esta diócesis: un triptico del año de la fe que enmarcado entre los símbolos de la diócesis y de la Iglesia, se abre para manifestar en el centro una imagen de la Santísima Trinidad. Todo gira en torno a esta imagen y así nos señala que todo, todo de verdad, debe estar centrado en torno a nuestro Dios Uno y Trino, amor, relación, comunidad. Es lo que da sentido a nuestra vida, a nuestra actividad, a nuestros sueños y afanes.
Con frecuencia el hombre busca modelos o referencias que den sentido a su persona. Y cuando el hombre mira en lo más profundo de su interior para analizar su propio ser, descubre que lleva esa referencia inscrita en lo más profundo de ser: una referencia al Ser Superior, al Creador. A este fondo inalcanzable de nuestro propio ser responde la palabra “Dios”. Dios significa esto: la profundidad última de nuestra vida, la fuente de nuestro ser, la meta de todo nuestro esfuerzo. No es un tapa-huecos, no el fantasma que asusta y condiciona, ni tampoco una manera fácil de explicar el mundo. Es la realidad y relación más profunda del hombre que descubre la grandeza de su propio “yo” pleno y abierto a compartir, a relacionarse y a vivir en plenitud. Así, nuestro propio ser expresa la experiencia que nosotros tenemos de Dios. Por eso me fascina esta manifestación de nuestro Dios: Uno y Trino, Relación y Amor que nos presenta Jesús. ¡Qué lejos del Dios justiciero y vengador que aparece en muchos momentos en el Antiguo Testamento! Y sin embargo, hay muchos que viven con estas caricaturas de la imagen de un Dios lejano, aislado, terrible e inquisidor y así lo viven en sus vidas.
Dios uno y trino es amor, es su primera y más grande expresión. Y a eso estamos llamados todos los cristianos. Cristo nunca intentó dar explicaciones de cómo el Padre y Él eran uno solo. No formuló doctrina para que nos quedara muy clara esa unidad de tres Personas; simplemente habló del amor que hay entre ellos y de su deseo de que este mismo amor haya entre todos los hombres. Es el ideal de toda persona y de la Iglesia: poner en el centro a la Trinidad, al Dios uno y Trino. Así evitaremos la tentación de un autoritarismo o de una anarquía. Si Dios es comunión y amor, el hombre encontrará su verdadero sentido, uniendo al mismo tiempo la importancia y dignidad de la persona junto con la importancia y dignidad de la comunión. Cuántos individuos, esgrimiendo el derecho de la persona, pasan por encima de la comunidad, pero también cuántas dictaduras y gobiernos, arguyendo el bien común, atropellan los derechos individuales. Solamente el modelo de la Trinidad nos permite encontrar un sano y fecundo equilibrio entre persona y comunidad. Juntos crecen, juntos son fecundados y juntos crean una verdadera imagen del Dios Trino.
Desde pequeños nos enseñamos a iniciar nuestro día y nuestra actividad, “En nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, porque queremos indicar que todo nuestro ser tiende a buscar a nuestro Dios. A veces al expresar el nombre “Santísima Trinidad”, podríamos tener la impresión de estarnos refiriendo a una entidad abstracta, inmóvil y lejana. Por las palabras de Jesús podremos experimentar que no es así: es un dinamismo de amor continuo entre las personas de la Trinidad y una fuente de amor inagotable hacia el hombre: “Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna”. El hombre encuentra su plenitud al ser amado por Dios, nos llena de alegría el participar del amor Divino, del amor de Jesús que se entrega hasta el fin. El amor conyugal, el amor fraternal y el amor de familia tienen su más rico modelo en el Dios Trino y Uno, que ama y que da vida plena. La experiencia de este Dios, que es unidad y comunión inseparable, nos permite superar el egoísmo para encontrarnos plenamente en el servicio al otro. Así la experiencia que tenemos de nuestro Dios es una fuente inagotable de vida, dinamismo y compromiso. No puede verdaderamente creer en Dios quien está segando la vida del hermano, quien se encierra en sí mismo y rompe la comunión, quien vive apático frente a los hermanos. La experiencia de nuestro Dios Uno y Trino que nos invita a participar de su misma vida y nos compromete seriamente en la construcción de un mundo de acuerdo a nuestra fe: una fe comunitaria, de amor y participación.
San Juan nos ofrece hoy las palabras precisas donde encontramos el centro y eje de toda nuestra vida cristiana: “Tanto amó Dios al mundo…”. Esa es la Buena Noticia: somos hijos de un Papá Dios que nos ama, somos hermanos de un Hijo Mayor, Jesús, que da la vida por nosotros, y estamos habitados por el Espíritu que es vida y santidad. Ahí está la buena y gran noticia. Si esto lo comprendiéramos y lo viviéramos no podríamos vivir tristes ni permitir que nuestros hermanos vivieran tristes, solos o abandonados. Es doloroso comprobar que muchas veces los que nos decimos creyentes no somos capaces de descubrir y experimentar esta fe como una auténtica fuente de vida, y nos contentamos con ir sobreviviendo, cargando con nuestra existencia a más no poder. Nos olvidamos de ese Dios cercano, familia, comunidad, que toma la iniciativa para amarnos, que se entrega sin condiciones, con plenitud y lealtad y que sostiene y anima nuestra vida.
Hoy, al celebrar a la Santísima Trinidad, debemos cuestionarnos seriamente si somos esa imagen de amor, de entrega y unidad que es nuestro Dios. Si hemos vencido los miedos, ambiciones y discriminaciones hacia los hermanos que también son hijos del mismo Padre, hermanos del mismo Jesús y templos del mismo Espíritu. Es un gran cuestionamiento también sobre la forma de educar y vivir en la familia. La Santísima Trinidad es el modelo de educación, integración y amor familiar.
Santísima Trinidad, concédenos experimentar el gran Amor del Padre, la entrega incondicional de Hijo, y la fuerza y vitalidad del Espíritu Santo. Amén.
ZENIT