martes, 13 de junio de 2017

¿Recibe la Iglesia Católica 11.000 millones del Estado? Respuesta categórica de la Iglesia: "Es falso"


La Iglesia no recibe dinero del Estado. El dinero de la casilla de la Renta es el 0,7% de los impuestos de aquellos que la marcan libremente. Estos datos son de acceso público, los notifica el Ministerio de Hacienda y se difunden desde la página de la Conferencia Episcopal y de Xtantos. En los últimos años el importe obtenido oscila en torno a los 250 millones de euros.
Solo con hacer algunas búsquedas podemos encontrar informaciones falsas sobre miles de millones de
Ante el rumor que certifican muchos medios de comunicación de que la Iglesia recibe 11.000 millones de euros del Estado hay que ser categórico: es falso.
¿Tiene la Iglesia otras asignaciones del Estado?
No. La Iglesia no tiene ninguna asignación del Estado. Incluso la X de la Iglesia en la declaración de la renta no es una asignación de Estado, sino del contribuyente. Si nadie marcara la X, la Iglesia no recibiría ningún dinero.
¿De dónde sale la cifra de los 11.000 millones de euros que la Iglesia recibe del Estado?
Las asociaciones que han dado este titular han imputado a la Iglesia como institución ingresos que no le corresponden. Por ejemplo, ¿Recibe Cáritas o Manos Unidas subvenciones del Estado? Sí, para el desempeño de su labor asistencial. ¿Es eso un ingreso para la Iglesia? No. ¿A dónde se destinan los fondos de esas subvenciones? Como en cualquier otro caso al desarrollo de la actividad que contemple dicha subvención a partir de proyectos concretos. ¿Recibiría Cáritas esa subvención si no fuera una ONG de la Iglesia? Sí.
Esta misma lógica injusta la han aplicado a los conciertos de colegios y hospitales, residencias de ancianos, restauración del patrimonio, programas de atención de todo tipo... Cada una de estas actividades gestionadas por personas que de alguna manera pertenecen a la Iglesia, reciben en libre concurrencia, transparencia y publicidad las ayudas o subvenciones que el Estado destina al desarrollo de sus actividades. Exactamente del mismo modo que si no tuvieran vinculación con la Iglesia. Ese dinero no lo recibe la Iglesia en abstracto sino que se reciben para el desempeño y desarrollo de esas acciones concretas y que, además, suponen un grandísimo beneficio para toda la sociedad.
(Conferencia Episcopal Española)

Tanto amó Dios al mundo



En esta solemnidad la liturgia nos anima a alabar a Dios por sus obras en favor nuestro y, ante todo, por cómo es Él. Se nos invita a contemplar lo más íntimo de Dios, que es la unidad en la trinidad, máxima comunión de vida y de amor.
El acceso a Dios a través de su Palabra y de su obra
Lo primero que viene a la cabeza a muchos cuando llega el momento de pensar en la Trinidad es que estamos ante una realidad que parece fundamental en la fe cristiana, pero que, al mismo tiempo, es uno de los elementos más complicados de comprender racionalmente. Sin embargo, un acercamiento a lo que la Palabra de Dios nos presenta hoy puede resultar iluminador, no solo para saber algo sobre Dios, sino también para comprender con mayor hondura al hombre, creado a imagen y semejanza de ese Dios trino.
Toda la Sagrada Escritura nos habla de Dios. Él mismo se nos revela a través de su Palabra y se manifiesta como creador del universo y salvador de los hombres. En la primera lectura de hoy, tomada del libro del Éxodo, escuchamos algo fundamental acerca de la esencia de Dios. En ese pasaje ocurre algo excepcional: Dios pronuncia su propio nombre en presencia de Moisés: «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad» (Ex 34, 6). A través de estas palabras descubrimos que el nombre de Dios es compasión, misericordia, clemencia y lealtad.
Pero para comprender a Dios es oportuno acudir también a su modo de obrar en la historia. Dice el primer versículo del Evangelio que «tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna». La primera afirmación es, por lo tanto, referente al inmenso amor de Dios con el hombre. El mismo san Juan se refiere a Dios como Amor (1Jn 4, 8). Sabemos que, para que exista el amor, ha de haber una relación con alguien. Y para que exista esa relación, ha de haber una apertura. Por consiguiente, si Dios ama con tanta fuerza, su búsqueda por el hombre y su apertura hacia él es máxima. Así nos lo revela la historia de la salvación. Frente a la imagen de un Dios tremendamente distante con el hombre, encerrado en sí mismo y autosuficiente, la Escritura pone ante nosotros a un Dios que es ante todo vida que tiende a comunicarse y busca constantemente establecer el máximo vínculo con el hombre, sin menoscabar por ello su naturaleza divina. Así lo muestran las palabras como compasivomisericordioso o rico en clemencia, del libro del Éxodo. El que da el amor no pierde nada, sino todo lo contrario. Y Dios ha mostrado su amor en modo máximo entregando a su Hijo único para que nosotros tengamos vida eterna. En esta entrega de Dios por medio de su Hijo interviene toda la Trinidad: el Padre, que nos da lo que más ama; el Hijo, que se abaja entregándose por nosotros; el Espíritu Santo, que es precisamente el vínculo firme y duradero de amor entre el Padre y el Hijo, y que se nos da en plenitud.
Conocer a Dios y al hombre
Ciertamente, estamos ante imágenes y conceptos de una gran belleza. Sin embargo, llegados a este punto, corremos el riesgo de pensar que estos razonamientos, pensados y elaborados a lo largo de siglos en la Escritura, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia, poco tienen que ver con nuestras situaciones y problemas reales cotidianos. Sin embargo, acceder algo al conocimiento de Dios implica desvelar también el misterio del hombre. Así pues, si afirmamos que Dios es unidad en relación, la persona humana, creada a su imagen y semejanza, es un espejo de esa manera de ser. Esto quiere decir que estamos llamados a entrar en relación con otras personas y a amar a los demás. Y en concreto a vivir la misericordia, la clemencia y la lealtad. Asimismo, observamos que si Jesús es Hijo, en constante relación con el Padre, también nosotros necesitamos tener al Dios Padre como referencia y orientación última de nuestro ser y actuar. La comprensión cristiana de Dios uno y trino tiene consecuencias igualmente para la dimensión social del hombre. Frente al individualismo y la autosuficiencia, el saber que Dios es relación y que ha inscrito en nosotros un deseo de apertura hacia los demás nos permite entender que solo viviremos en plenitud si permanecemos en comunión con los demás.
Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia adjunto de Madrid

El día que la Virgen anunció la muerte próxima de los pastorcitos Francisco y Jacinta



«Quiero que recéis el rosario y aprendáis a leer», anunció la Virgen de Fátima a los tres pastorcitos el 13 de junio de 1917, hace 100 años. También anunció que «pronto» se llevaría a Francisco y Jacinta al cielo. «¿Quedo aquí solita?», preguntó Lucía. «No hija. Yo nunca te dejaré», respondió la Señora
Lucía dos Santos y los santos Francisco y Jacinta Marto llevaban un mes esperando que llegara el 13 de junio de 1917. La Señora, que se les había aparecido el 13 de mayo en Cova de Iría, les había dicho que volvería ese día.
A pesar de las primeras incomprensiones y en particular de los intentos de la madre de Lucía de que la niña se desdijera de lo que había contado, ese día esperaban junto a los pastorcitos, en el campo, unas 50 o 60 personas.
«Después de rezar el rosario –contó Lucía años después en sus memorias– vimos de nuevo el reflejo de la luz que se aproximaba, y que llamábamos relámpago, y en seguida a Nuestra Señora sobre la encina, todo como en mayo».
Los espectadores notaron que mientras los pastorcitos dialogaban con la Virgen, la luz del sol se oscureció. Otros dijeron que la copa de la encina, cubierta de brotes, pareció curvarse como bajo un peso, un poco antes de que Lucía hablara.
«– ¿Usted qué es lo que me quiere? – pregunté –continúa el relato–.
– Quiero que vengáis aquí el día 13 del mes que viene, que recéis el rosario y que aprendáis a leer. Después diré lo que quiero.
Pedí la cura para un enfermo.
– Si se convierte, se curará durante el año.
– Quería pedirle que nos llevara para el Cielo.
– Sí; Jacinta y Francisco me los llevo en breve. Pero tú quedas aquí algún tiempo más. Jesús quiere servirse de ti para hacerme conocer y amar. El quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. [A quien la abrace, promete la salvación; y serán queridas de Dios estas almas, como flores puestas por Mi adornando su Trono].
– ¿Quedo aquí solita? – pregunté, con pena.
– No, hija. ¿Y tú sufres mucho? No desanimes. Yo nunca te dejaré. Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios.
Fue en el momento en el que dijo estas últimas palabras cuando abrió las manos y nos comunicó, por segunda vez, el reflejo de esa luz inmensa. En ella nos veíamos como sumergidos en Dios. Jacinta y Francisco parecían estar en la parte de esa luz que se elevaba hacia el Cielo y yo en la que se esparcía sobre la tierra. Enfrente de la palma de la mano derecha de Nuestra Señora, estaba un corazón rodeado de espinas que parecían estar clavadas. Comprendimos que era el Inmaculado Corazón de María, ultrajado por los pecados de la humanidad, que quería reparación.»
Alfa y Omega

13 de junio: san Antonio de Padua, confesor y doctor de la Iglesia


Es el popularísimo santo que se ha sabido granjear la simpatía del pueblo cristiano; no solo las mozas casaderas le miran con ojos suplicantes, también quienes han perdido objetos cuyo uso se precisa elevan preces para que él los haga encontradizos, y su intercesión llega a extenderse ya a cualquier necesidad. Es que su polifacética y rica vida da para eso y mucho más; si te interesa puedes seguir leyendo. La biografía más antigua es Assidua. Los datos que se dan sobre su nacimiento e infancia son de lo más impreciso. Por conjeturas, llega uno solo a la aproximación que deja unos márgenes entre el 1188 al 1195. Nació en Lisboa, cerca de la catedral, y lo bautizaron al octavo día, con el nombre de Hernando. Dice el relator que el primogénito siempre estuvo adornado de una bondad natural y que mostraba inclinación a una piedad acentuada, llamando la atención el cariño a la Virgen María; Surio se desvive en poner de relieve su compasión por los pobres. Todo lo aprendió en la escuela de la catedral, porque no había muchas posibilidades más en aquel tiempo. ¡Ah, otra cosa digna de resaltar! Tuvo unas tentaciones terribles, muy por encima de lo corriente; pero se sabe que –con la gracia de Dios– puso los medios que estaban a su alcance para rechazarlas y no ceder.
Ingresó en el convento de San Vicente de Fora, donde estuvo dos años. Luego, cuando tenía diecisiete, pasó a Coimbra; allí trabajó duramente, rezó a gusto y estudió mucha teología; sobre todo, mostró preferencia por la Sagrada Escritura; pero en el relato de su vida se da a entender que en el monasterio no había buen ambiente, con una vida monacal repleta de intrigas y defecciones que rompían el modo clásico de un convento ideal. Los tiempos no estaban para muchas bromas, porque tanto el prior, como el convento, la diócesis y el mismo reino estaban en entredicho. Le dieron el encargo de hospedero; este encargo le valió que pudiera tener contactos con los franciscanos del eremitorio de San Antonio de Olivares, de Coimbra; incluso estuvo presente, y recibió los cuerpos –considerados como reliquias– de los primeros mártires franciscanos de Marruecos, cuya visión le removió por dentro y le llevó a desear morir así por Jesucristo; como los frailes menores venían con frecuencia a pedir limosna al monasterio, les fue abriendo poco a poco el corazón hasta llegar a exponerles su deseo de cambio con tal de que lo destinaran a tierras de infieles.
La razón de que Hernando se llame Antonio viene por su entrada en el eremitorio que lo había de mandar en 1220 a Marruecos ya como franciscano. No hubo demasiada suerte; todo el invierno tuvo que pasarlo en cama muy enfermo y, cuando lo repatriaban para que recuperara fuerzas, una tempestad lo lleva a Sicilia; allí lo recibieron en el convento de Mesina que, por aquellos días, se preparaba para asistir al capítulo convocado por el fundador. Se vio a Antonio en Asís el 20 de mayo de 1221; se puso a disposición y lo mandaron al eremitorio de Monte Paolo, en busca de una ansiadísima soledad; todo el día lo pasaba en la cueva con el alimento de solo un trozo de pan y un vaso de agua; para regresar por la noche al eremitorio, era tal su debilidad que necesitaba la ayuda de otro fraile en quien pudiera apoyarse.
Le mandaron predicar un sermón ante franciscanos y dominicos en el 1221, sustituyendo fortuitamente a un predicador en Forli; el impacto que causaron sus palabras fue de tamaño real. Inmediatamente el superior se dio cuenta de que estaba desperdiciando una lumbrera en aquellos tiempos de tanta herejía y tan necesitados de doctrina. Por eso lo mandó a predicar por la Romaña, infectada de herejes cátaros; en Rímini, como los herejes no escuchaban la predicación de la sana doctrina, tuvo que recurrir al milagro; se puso a predicar a los peces, y todos los que quisieron pudieron verlos sacando las agallas del agua y escuchar con quietud y orden la predicación de aquel frailecillo franciscano.
Francisco de Asís, el fundador, lo nombró profesor de teología para sus frailes santos, pero incultos; con ello, se presenta a Antonio como el primer profesor de la orden franciscana, que hasta entonces, para servir al Señor, solo había pretendido atender al corazón, dejando de lado la cabeza.
Pero hay otra faceta más en el amplísimo abanico de líneas en la vida de Antonio. El papa tocó a rebato por el acoso de la herejía albigense en Francia; quiso convocar a todos los capaces por santidad y ciencia para que contribuyeran a extirpar aquella especie de cáncer. Por eso fue Antonio a Montpelier, a Toulouse, Le Puy, Bouges y Limoges; dicen que armonizó siempre la clara doctrina con la bondad de la persuasión.
Elegido ministro general de los franciscanos en el capítulo de Asís reunido por fray Elías el 30 de mayo de 1227. Después tuvo que pisar Galicia y Sevilla, residiendo en Lisboa.
También se puso a escribir por mandato del cardenal de Ostia que le encomendó poner en papel sermones para todas las fiestas, los santos y los domingos del año; para eso se encerró en el convento de Arcella, en Padua. Le dio tiempo, además, para comentar el Salterio y redactar otros opúsculos.
Hacía bien eso de predicar; además era su hobby. Quiso predicar los cuarenta días de la cuaresma, encontrándose hidrópico. Aquello fue un espectáculo con la gente amontonándose después de los sermones, queriendo cortar un pedazo de su pobre hábito; hubo que tomar medidas por razones de seguridad física y de orden público, haciendo que saliera escoltado al finalizar cada intervención.
Su última casa estuvo en Camposampiero, gozando de la frondosidad de los árboles, del piar de los pájaros y de la brisa fresca; fue la oportunidad de dar rienda suelta a su exquisito amor a la naturaleza –criatura de Dios– tan propio del buen sentir franciscano.
Recibió los sacramentos al empeorar su enfermedad. Tuvo un éxtasis y cantó a la Virgen. Así se murió el 13 de junio de 1231.
La aclamación popular de su santidad no hubo tiempo, ni fuerza, ni ganas de pararla. Y no digamos nada sobre los milagros probados junto a su sepulcro. Tanto que el papa Gregorio IX lo canonizó antes de que pasara un año desde su muerte.
Pío XII lo nombró doctor de la Iglesia el 16 de enero de 1946.
Con razón se le invoca tanto, ¿no? A un santo que resucita muertos, cura enfermedades, goza de bilocación, habla a los peces, convierte herejes, aligera a los ricos a favor de los pobres, busca novios, habla con sencillez al Niño Jesús –una imagen de san Antonio que no lleve al Niño no es de san Antonio– y ayuda a encontrar las cosas perdidas, bien vale la pena acudir a él y cobijarse bajo su influencia. ¿Que no te lo crees? ¡Inténtalo!
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COMENTARIO AL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 5, 13-18, POR EL PAPA FRANCISCO




En el Evangelio de este domingo, que está inmediatamente después de las Bienaventuranzas, Jesús dice a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5, 13.14). Esto nos maravilla un poco si pensamos en quienes tenía Jesús delante cuando decía estas palabras. ¿Quiénes eran esos discípulos? Eran pescadores, gente sencilla... Pero Jesús les mira con los ojos de Dios, y su afirmación se comprende precisamente como consecuencia de las Bienaventuranzas. Él quiere decir: si sois pobres de espíritu, si sois mansos, si sois puros de corazón, si sois misericordiosos... seréis la sal de la tierra y la luz del mundo.

Para comprender mejor estas imágenes, tengamos presente que la Ley judía prescribía poner un poco de sal sobre cada ofrenda presentada a Dios, como signo de alianza. La luz, para Israel, era el símbolo de la revelación mesiánica que triunfa sobre las tinieblas del paganismo

Los cristianos, nuevo Israel, reciben, por lo tanto, una misión con respecto a todos los hombres: con la fe y la caridad pueden orientar, consagrar, hacer fecunda a la humanidad. Todos nosotros, los bautizados, somos discípulos misioneros y estamos llamados a ser en el mundo un Evangelio viviente: con una vida santa daremos «sabor» a los distintos ambientes y los defenderemos de la corrupción, como lo hace la sal; y llevaremos la luz de Cristo con el testimonio de una caridad genuina. 
Pero si nosotros, los cristianos, perdemos el sabor y apagamos nuestra presencia de sal y de luz, perdemos la eficacia. ¡Qué hermosa misión la de dar luz al mundo! Es una misión que tenemos nosotros. ¡Es hermosa! Es también muy bello conservar la luz que recibimos de Jesús, custodiarla, conservarla. El cristiano debería ser una persona luminosa, que lleva luz, que siempre da luz. Una luz que no es suya, sino que es el regalo de Dios, es el regalo de Jesús. Y nosotros llevamos esta luz. Si el cristiano apaga esta luz, su vida no tiene sentido: es un cristiano sólo de nombre, que no lleva la luz, una vida sin sentido. Pero yo os quisiera preguntar ahora: ¿cómo queréis vivir? ¿Como una lámpara encendida o como una lámpara apagada? ¿Encendida o apagada? ¿Cómo queréis vivir? [la gente responde: ¡Encendida!] ¡Lámpara encendida! Es precisamente Dios quien nos da esta luz y nosotros la damos a los demás. ¡Lámpara encendida! Ésta es la vocación cristiana.

Ángelus, Domingo 9 de febrero de 2014

Vosotros sois la luz del mundo


Lectura del santo Evangelio según san Mateo 5, 13-18

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».
Palabra del Señor.

Papa: El consuelo es un don de Dios y un servicio a los demás

 El consuelo es un don de Dios y un servicio a los deSanto Padre en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa MartaFrancisco añadió que para experimentar el consuelo hay que tener un corazón abierto, es decir, el corazón de los pobres de espíritu, y no el corazón cerrado de los injustos.
más. De modo que nadie puede consolarse a sí mismo autónomamente, puesto que de lo contrario termina mirándose al espejo. Es el concepto que transmitió el
El Papa Bergoglio reflexionó acerca del significado del consuelo al que se refiere San Pablo. Y dijo que su primera característica es el hecho de no ser “autónomo”:
“La experiencia del consuelo, que es una experiencia espiritual, siempre tiene necesidad de una alteridad para ser plena: nadie puede consolarse a sí mismo, nadie. Y quien trata de hacerlo, termina mirándose al espejo, se mira al espejo, trata de alterarse a sí mismo, de aparecer. Se consuela con estas cosas cerradas que no lo dejan crecer y el aire que respira es ese aire narcisista de la autorreferencialidad. Éste es el consuelo falseado que no deja crecer. Y esto no es el consuelo, porque está cerrado, le falta una alteridad”.
En el Evangelio – recordó el Papa – se encuentra a tanta gente así. Por ejemplo, los Doctores de la Ley, “llenos de su propia suficiencia”, el rico Epulón que vivía de fiesta en fiesta pensando que así se sentía consolado, o el que mejor expresa esta actitud que corresponde a la oración del fariseo ante el altar que dice: “Te doy gracias, porque no soy como los demás”. “Este se miraba al espejo – notó Francisco –, “miraba su propia alma falseada de ideologías y agradecía al Señor”. Por tanto, Jesús hace ver esta posibilidad de ser gente que con este modo de vivir “jamás llegará a la plenitud, al máximo a la ‘ampulosidad’”, es decir, a la vanagloria.
El consuelo, para que sea verdadero, tiene necesidad de una alteridad. Ante todo se recibe porque “es Dios quien consuela”, quien da este “don”. Después, el verdadero consuelo madura también en otra alteridad, la de consolar a los demás. “El consuelo es un estado de paso del don recibido al servicio donado”, explicó el Santo Padre:
“El consuelo verdadero tiene esta doble alteridad: es don y servicio. Y así, si yo dejo entrar el consuelo del Señor como don es porque tengo necesidad de ser consolado. Estoy  necesitado: para ser consolado es necesario reconocer que se está necesitado. Sólo así el Señor viene, nos consuela y nos da la misión de consolar a los demás. Y no es fácil tener el corazón abierto para recibir el don y hacer el servicio, las dos alteridades que hacen posible el consuelo”.
Por lo tanto – dijo el Papa – se necesita un corazón abierto y para serlo se debe tener “un corazón feliz”. Y precisamente el Evangelio del día, de las Bienaventuranzas, dice “quiénes son los felices, quiénes son los bienaventurados”:
“Los pobres, el corazón se abre con una actitud de pobreza, de pobreza de espíritu. Los que saben llorar, los mansos, la mansedumbre del corazón; los hambrientos de justicia, los que luchan por la justicia; los que son misericordiosos, los que tienen misericordia a los demás; los puros de corazón; los agentes de paz y los que son perseguidos por la justicia, por el amor a la justicia. Así el corazón se abre y el Señor viene con el don del consuelo y la misión de consolar a los demás”.
En cambio son “cerrados” los que se sienten “ricos de espíritu, es decir, “suficientes”, “los que no tienen necesidad de llorar porque se sienten justos”, los violentos que no saben qué es la mansedumbre, los injustos que realizan injusticias, los que carecen de misericordia, y que jamás tienen necesidad de perdonar porque no sienten que deban ser perdonados, “aquellos sucios de corazón”, los “operadores de guerras” y no de paz y aquellos que jamás son criticados o perseguidos porque no les importa de las injusticias hacia las demás personas. “Estos  – dijo el Papa al concluir – tienen un corazón cerrado”: no son felices porque no puede, obtener el don del consuelo para después dárselo a los demás.
(María Fernanda Bernasconi - RV).
(from Vatican Radio)

lunes, 12 de junio de 2017

A imagen de Dios – La Santísima Trinidad


Éxodo 34, 4-6. 8-9: “Yo soy el Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente”
Daniel 3: “Bendito seas para siempre, Señor”
II Corintios 13, 11-13: “Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con ustedes”
San Juan 3, 16-18: “Dios envió a su Hijo para el que el mundo se salvara”
Todavía con el corazón sorprendido por tanta bondad de personas de las tres diócesis: Morelia, San Cristóbal e Irapuato, voy poco a poco asimilando cada uno de la multitud de detalles que se conjugaron en mi llegada a Irapuato. Frente a mí tengo una de las ofrendas que me presentaron como representativa de esta diócesis: un triptico del año de la fe que enmarcado entre los símbolos de la diócesis y de la Iglesia, se abre para manifestar en el centro una imagen de la Santísima Trinidad. Todo gira en torno a esta imagen y así nos señala que todo, todo de verdad, debe estar centrado en torno a nuestro Dios Uno y Trino, amor, relación, comunidad. Es lo que da sentido a nuestra vida, a nuestra actividad, a nuestros sueños y afanes.
Con frecuencia el hombre busca modelos o referencias que den sentido a su persona. Y cuando el hombre mira en lo más profundo de su interior para analizar su propio ser, descubre que lleva esa referencia inscrita en lo más profundo de ser: una referencia al Ser Superior, al Creador. A este fondo inalcanzable de nuestro propio ser responde la palabra “Dios”. Dios significa esto: la profundidad última de nuestra vida, la fuente de nuestro ser, la meta de todo nuestro esfuerzo. No es un tapa-huecos, no el fantasma que asusta y condiciona, ni tampoco una manera fácil de explicar el mundo. Es la realidad y relación más profunda del hombre que descubre la grandeza de su propio “yo” pleno y abierto a compartir, a relacionarse y a vivir en plenitud. Así, nuestro propio ser expresa la experiencia que nosotros tenemos de Dios. Por eso me fascina esta manifestación de nuestro Dios: Uno y Trino, Relación y Amor que nos presenta Jesús. ¡Qué lejos del Dios justiciero y vengador que aparece en muchos momentos en el Antiguo Testamento! Y sin embargo, hay muchos que viven con estas caricaturas de la imagen de un Dios lejano, aislado, terrible e inquisidor y así lo viven en sus vidas.
Dios uno y trino es amor, es su primera y más grande expresión. Y a eso estamos llamados todos los cristianos. Cristo nunca intentó dar explicaciones de cómo el Padre y Él eran uno solo. No formuló doctrina para que nos quedara muy clara esa unidad de tres Personas; simplemente habló del amor que hay entre ellos y de su deseo de que este mismo amor haya entre todos los hombres. Es el ideal de toda persona y de la Iglesia: poner en el centro a la Trinidad, al Dios uno y Trino. Así evitaremos la tentación de un autoritarismo o de una anarquía. Si Dios es comunión y amor, el hombre encontrará su verdadero sentido, uniendo al mismo tiempo la importancia y dignidad de la persona junto con la importancia y dignidad de la comunión. Cuántos individuos, esgrimiendo el derecho de la persona, pasan por encima de la comunidad, pero también cuántas dictaduras y gobiernos, arguyendo el bien común, atropellan los derechos individuales. Solamente el modelo de la Trinidad nos permite encontrar un sano y fecundo equilibrio entre persona y comunidad. Juntos crecen, juntos son fecundados y juntos crean una verdadera imagen del Dios Trino.
Desde pequeños nos enseñamos a iniciar nuestro día y nuestra actividad, “En nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, porque queremos indicar que todo nuestro ser tiende a buscar a nuestro Dios. A veces al expresar el nombre “Santísima Trinidad”, podríamos tener la impresión de estarnos refiriendo a una entidad abstracta, inmóvil y lejana. Por las palabras de Jesús podremos experimentar que no es así: es un dinamismo de amor continuo entre las personas de la Trinidad y una fuente de amor inagotable hacia el hombre: “Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna”. El hombre encuentra su plenitud al ser amado por Dios, nos llena de alegría el participar del amor Divino, del amor de Jesús que se entrega hasta el fin. El amor conyugal, el amor fraternal y el amor de familia tienen su más rico modelo en el Dios Trino y Uno, que ama y que da vida plena. La experiencia de este Dios, que es unidad y comunión inseparable, nos permite superar el egoísmo para encontrarnos plenamente en el servicio al otro. Así la experiencia que tenemos de nuestro Dios es una fuente inagotable de vida, dinamismo y compromiso. No puede verdaderamente creer en Dios quien está segando la vida del hermano, quien se encierra en sí mismo y rompe la comunión, quien vive apático frente a los hermanos. La experiencia de nuestro Dios Uno y Trino que nos invita a participar de su misma vida y nos compromete seriamente en la construcción de un mundo de acuerdo a nuestra fe: una fe comunitaria, de amor y participación.
San Juan nos ofrece hoy las palabras precisas donde encontramos el centro y eje de toda nuestra vida cristiana: “Tanto amó Dios al mundo…”. Esa es la Buena Noticia: somos hijos de un Papá Dios que nos ama, somos hermanos de un Hijo Mayor, Jesús, que da la vida por nosotros, y estamos habitados por el Espíritu que es vida y santidad. Ahí está la buena y gran noticia. Si esto lo comprendiéramos y lo viviéramos no podríamos vivir tristes ni permitir que nuestros hermanos vivieran tristes, solos o abandonados. Es doloroso comprobar que muchas veces los que nos decimos creyentes no somos capaces de descubrir y experimentar esta fe como una auténtica fuente de vida, y nos contentamos con ir sobreviviendo, cargando con nuestra existencia a más no poder. Nos olvidamos de ese Dios cercano, familia, comunidad, que toma la iniciativa para amarnos, que se entrega sin condiciones, con plenitud y lealtad y que sostiene y anima nuestra vida.
Hoy, al celebrar a la Santísima Trinidad, debemos cuestionarnos seriamente si somos esa imagen de amor, de entrega y unidad que es nuestro Dios. Si hemos vencido los miedos, ambiciones y discriminaciones hacia los hermanos que también son hijos del mismo Padre, hermanos del mismo Jesús y templos del mismo Espíritu. Es un gran cuestionamiento también sobre la forma de educar y vivir en la familia. La Santísima Trinidad es el modelo de educación, integración y amor familiar.
Santísima Trinidad, concédenos experimentar el gran Amor del Padre, la entrega incondicional de Hijo, y la fuerza y vitalidad del Espíritu Santo. Amén.
ZENIT

12 de junio: san Onofre, anacoreta


El anacoreta Onofre fue el maestro de unos cuantos solitarios que llegaron a hacer escuela en la Tebaida. Por eso no era infrecuente el abandono de la soledad por un tiempo para ir a ver a Onofre, quien, además de tener fama de santo, sabía todo sobre las dificultades y grandezas de la vida en soledad. En aquella ocasión, el abad Pafnucio –morador de una cueva del desierto egipcio– fue a verlo, pero lo encontró ya moribundo. Lo atendió como pudo en las últimas horas; cuando Onofre murió, Pafnucio se puso a rezar piadosamente unos salmos como él había visto hacer en casos semejantes; luego se puso a arañar la tierra para hacer un hoyo, colocó el cuerpo muerto y fue poco a poco cubriéndolo con piedras para defenderlo de los animales.
Allí mismo donde la civilización faraónica había florecido siglos antes, ahora, en las primeras centurias del cristianismo, los monjes pueblan el despoblado y viven en solitario su intensa experiencia interior y espiritual.
Si Pafnucio no hubiera escrito la vida de Onofre, es seguro que no conoceríamos a este personaje originalísimo, que mataba el tiempo rezando, vivificaba el desierto con la penitencia, y miraba al cielo plagado de estrellas para bendecir a Dios por sus bondades.
A nuestra sociedad, tan superficial como comodona, lo profundo le sabe a raro, y los compromisos definitivos o las decisiones comprometedoras de por vida no están de moda. Onofre, sin embargo, nos ofrece un testimonio admirable de profundidad interior capaz de abarcar todo su paso por la tierra.
Se dedicó a la oración y, después de orar, a dar buen consejo a quien se lo requería. ¿Nada más? Y… nada menos: dejar que el alma rebose amor de Dios para que otros puedan descubrirlo y amarlo; dejarse afectar desde el centro de la propia personalidad por la Gracia y contagiarla a otros como la gran curación, la gran salud, la gran salvación, el gran remedio y el gran gozo.
Si en la Iglesia no existieran estos absolutos testimonios del Absoluto, todo sería aún más relativo de lo que es. ¡Y estaríamos buenos!
Gracias, san Onofre, por liberarnos –con tus setenta años de anacoreta en el desierto– de tantos y tantos relativismos estériles.
Archimadrid.org

«La religión bien entendida protege el cerebro; si se pervierte, causa terrorismo»




La espiritualidad, el ejercicio físico y mental y la dieta son, según Joaquín Fuster, factores claves para «envejecer con una buena salud cerebral»
Su hermano Valentín ha elevado el apellido Fuster al máximo exponente en el ámbito de la cardiología mundial. Joaquín, catalán de nacimiento y estadounidense de adopción, ha mantenido alto el listón del linaje en otra disciplina: la neurociencia. Profesor de Psiquiatría y Neurobiología del Comportamiento en la Universidad de California, en Los Ángeles, y todo un referente en el estudio de la corteza prefrontal, este reconocido investigador busca ahora dar solidez científica a los conocimientos que se tienen desde hace años sobre qué hacer para envejecer con una buena salud cerebralRealizar ejercicio físico y cognitivo, comer bien y practicar la espiritualidad en sentido amplio son, según explica a ABC, condiciones básicas para proteger el cerebro de las enfermedades neurodegenerativas.
¿Cómo podemos cuidar nuestra salud cerebral?
Aunque no hay estudios científicos solventes al respecto. Sí podemos decir que hay tres factores que ayudan a que nuestro cerebro envejezca bien. Una dieta equilibrada, practicar regularmente ejercicio físico y cognitivo, y ejercitar la espiritualidad, son condiciones que impactan positivamente en la salud de nuestro cerebro.
¿A qué se refiere cuando habla de espiritualidad?
La espiritualidad se ejercita practicando una religión, yoga u otras actividades de meditación que nos hacen conocernos mejor a nosotros mismos. Cuanto más nos conozcamos a nosotros mismos, mejor podremos manejar nuestra salud cerebral.
Entonces.. ¿podemos decir que la religión tiene un efecto protector para el cerebro?
Efectivamente. Podemos decir que la religión, bien entendida, cuando se basa en los derechos humanos, tiene un efecto positivo y protector, pero en situaciones de relaciones sociales adversas o de conflicto político puede pervertirse ese efecto. El terrorismo es una perversión de la religión.
¿Está concienciada la población de que la salud cerebral de pende de una buena dieta y de realizar ejercicio de forma regular ?
Las personas lo saben pero todavía hay mucho camino por recorrer en este sentido.
¿La dieta mediterránea nos protege?
La dieta mediterránea, sin duda, es una buena dieta y es saludable, lo que pasa es que la gente come demasiado. Lo que se come es importante, pero cómo se come también. En España comer es una función social. Hay tendencia a alimentarse hablando unos con otros. Ahí es cuando se cae en el exceso. Hay dos cuestiones vitales para mí a la hora de alimentarse. Una es la moderación y otra la tolerancia. El vino, por ejemplo, puede ser un buen cardioprotector si se toma con moderación. Si se abusa de él, es fuente de azúcar y también un veneno para el cerebro.
Que los niños coman frente al ordenador o el móvil tampoco ayuda.
Efectivamente. Como he dicho, las circunstancias en las que se come influyen y mucho. La vulgarización de la informática en los niños ha perjudicado. El uso de estas maquinitas durante las comidas ha ido en detrimento de uno de los mayores valores que teníamos que es la familia. Hay muchos niños, desgraciadamente, que no comen con su familia.
Usted es el presidente del Comité Asesor Científico de la Barcelona Brain Health Iniciative (BBHI), proyecto impulsado por la Obra Social La Caixa que arranca ahora para prevenir enfermedades neurológicas. ¿Qué es lo realmente innovador de la iniciativa?
Que el ejercicio físico y una buena alimentación previenen enfermedades y ayudan a afrontar mejor la vejez ya se sabía. Lo que gracias a la BBHI se conseguirá es dar una base científica a todos estos conocimientos que se tienen sobre qué hacer para cumplir años protegiendo nuestro cerebro al máximo. Gracias a las conclusiones científicas que se alcancen podremos elaborar pautas y hacer intervenciones controladas.
Algunos científicos apuestan por la creación de nuevas células en el cerebro adulto.
Sí, es un asunto controvertido. Confío más en que se pueda favorecer la creación de conexiones entre las células existentes. Así, podremos potenciar la plasticidad y la elasticidad cerebral, algo básico para proteger al cerebro.
Esther Armora/ABC
Alfa y Omega

La gran aportación científica de un sacerdote salesiano que «descubrió» la Patagonia



La llegada de la orden salesiana a la Patagonia a fines del siglo XIX, además de aportar a la evangelización, entregó los primeros y únicos registros visuales de la zona en esa época, por los cuales el mundo pudo conocer el extremo sur de América y sus habitantes.
Las fotografías, libros y películas del P. Alberto María de Agostini (1883-1960) permitieron, entre otras cosas, el estudio de los glaciares del extremo austral del continente americano, así como el de su población nativa.
El sacerdote misionero, documentalista, geógrafo y montañero, llegó en 1910 a Punta Arenas, en el extremo sur de Chile, a los 27 años, para integrarse a la labor misionera de la orden salesiana.
«Las misiones salesianas tuvo dos propósitos principales: civilizar y evangelizar siguiendo el eje de Don Bosco de guiar al hombre a formarse ‘Buen Cristiano y Honesto Ciudadano’», explicó Salvatore Cirillo Dama, Director del Museo Salesiano Maggiorino Borgatello.
Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que el P. Agostini manifestara su pasión por la exploración y finalmente su superior, monseñor Fagnano, le dio la misión de investigar la Patagonia.
«Forjó así su vida de religioso salesiano viendo en su misión la vocación de detectar en ella, más que una tarea la presencia de la grandeza y belleza de Dios», dijo Cirillo a ACI Prensa.
Sus logros
Durante más de treinta años, el P. Agostini exploró los macizos montañosos de Tierra del Fuego y la Patagonia Austral, internándose por los rincones más apartados de la región, entre fiordos, ríos, valles y cumbres.
Para Cirillo, uno de los aspectos sobresalientes de la obra de Agostini fue «su propósito de confirmar desde la realidad los contenidos del sueño descrito por Don Bosco en 1874, que revela  la Patagonia en sus riquezas, grandiosidad del territorial». 
En el fondo, fue un esfuerzo por «testimoniar la tierra elegida para asentar las primeras misiones salesianas».
En esta aventura, De Agostini conoció estrechamente las etnias australes hoy extintas, especialmente los selknam, cuyas fotografías y registros de alta calidad constituyen un testimonio único y de inmenso valor documental y patrimonial.
Cuando los salesianos llegaron a la Patagonia en 1887, el conflicto entre colonos e indígenas por la ocupacin de los campos para la ganadería ovina estaba en pleno desarrollo.
«Solo los salesianos con escritos, como fue el caso del P. De Agostini, y con la obras de las misiones aminoraron o retardaron la tragedia de su desaparición (de los indígenas) que resultó ser inevitable», sostuvo el director del Museo Salesiano Maggiorino Borgatello. 
Entre los logros más importantes de este misionero se destacan sus expediciones a través de la cordillera Darwin al sur de Tierra del Fuego y la primera travesía realizada a la vertiente oriental del gran Campo de Hielo Sur.
Asimismo, el P. Agostini inició el reconocimiento del macizo del Paine, que hoy constituye el destino turístico más importante de Chile y uno de los mejores lugares del mundo para la práctica del senderismo.
En 1943, el sacerdote logró un hito en la historia del andinismo al conseguir ascender el monte San Lorenzo, el segundo más alto de la Patagonia.
Después de 30 años de exploración en esta zona, el P. Agostini regresó a Italia y llevó al viejo continente todas sus recopilaciones.
En 1955, regresó a la Patagonia y con 72 años logró ascender el monte el más alto de Tierra del Fuego, el Monte Sarmiento.
«Para la ciencia De Agostini sigue siendo el referente de una naturaleza prístina», sostuvo Cirillo, y «para muchos andinistas que  ecorren la zona de la cordillera significa emular sus hazañas o enfrentar el desafío de encontrar nuevas rutas».
El legado del P. Agostini es de un valor incalculable y desde 1965 se le reconoce con un parque natural que lleva su nombre, el tercero más grande de Chile, ubicado en la Región de Magallanes y la Antártica Chilena, lugar donde vivió su vocación de sacerdote y explorador.
ACI/Bárbara Bustamante

Bienaventurados los pobres de espíritu


Lectura del santo Evangelio según san Mateo 5, 1-12
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados los mansos , porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier moco por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros».
Palabra del Señor.

Evangelizar en la ciudad

La evangelización no es una forma de publicidad religiosa, sino que consiste primero en un testimonio de la fe dado en la convivencia
En la ciudad transcurre la vida del 80 % de los españoles. Otras estructuras más amplias nos afectan: tenemos empleo –o no– en buena parte por políticas nacionales; nuestras empresas venden sus productos –o no– según logren insertarse en la competencia global; la seguridad social se administra según autonomías. Pero nuestra convivencia directa con otras personas ocurre en la ciudad.
Viviendo en Madrid, a veces sufrimos dos espejismos propios de las grandes ciudades. El primero consiste en entender lo local primero, en clave mayor que la misma ciudad. Así tienden a proponérnoslo los medios: la palabra del alcalde se toma como indicación de lo que haría su partido de llegar al Gobierno nacional. La ciudad queda entonces desdibujada por arriba en nuestra mirada: no evaluamos en realidad políticas municipales (si ayudan o no a la concreta convivencia urbana) sino indicios de políticas nacionales.
El segundo espejismo es el opuesto. Como esta ciudad es tan grande, nos movemos solo por algunas zonas: donde vivimos, donde trabajamos, quizás el centro o lo que haga de centro para nosotros… No vemos el conjunto de la ciudad, con sus equilibrios y desequilibrios. Es lo que podríamos llamar el desdibujamiento por abajo de la mirada.
Lo propiamente municipal es más visible, curiosamente, en las ciudades pequeñas y medianas. Sin embargo, en todos los casos la unidad de convivencia es la ciudad entera. Si se nos vuelve invisible porque solo apreciamos indicios de políticas mayores, ello constituye ya un déficit. Y si se ha fragmentado en nuestra mirada, y solo nos interesan aquellos ámbitos en que vivimos nosotros, tenemos otro déficit.
De hecho, el salto es fácil de unos ámbitos a unos modos de vida: dejan de interesarnos también las personas que viven en la calle o los muchachos africanos pidiendo a la puerta del supermercado, aunque estén en nuestros mismos lugares. Nuestra ciudad acaba siendo los que se parecen a nosotros, los que viven de la misma manera.
Esto no se refiere solo a situación social. Se extiende con facilidad a las edades: se nos hace difícil comprender el mundo de los niños y jóvenes incluso del mismo barrio. Y se nos escapa la ciudad de los ancianos, sin reflejos para esquivar una bicicleta mal llevada o con dificultades para acciones ordinarias. Así podemos seguir con algunos discapacitados físicos o psíquicos, que como son distintos a nosotros ya no entran del todo en nuestra ciudad.
Esto resulta relevante para la comunicación de la fe. La evangelización no es asunto primeramente mediático, alguna forma de publicidad religiosa. No es que ello esté mal; pero la evangelización consiste primero en un testimonio de la fe dado en la convivencia. Por eso la ciudad constituye un lugar básico de la evangelización cristiana, desde los mismos comienzos en los apóstoles.
La ciudad como unidad de convivencia
El primer paso para los católicos de una Iglesia en salida consiste entonces en rehacer dentro de nosotros la ciudad como unidad de convivencia. Ocuparnos de la ciudad en sí misma: contribuir a que la convivencia entre clases, religiones y culturas, grupos etarios, grados de habilidad y deshabilidad, crezcan en vez de disminuirse hasta formar un archipiélago de guetos. Ir a los diferentes, vivir con ellos para vivir con todos. «Me hice todo para todos», dice san Pablo, el apóstol de ciudades por excelencia.
El segundo paso, por supuesto, consiste en dar un testimonio de la fe que el otro pueda comprender, esto es, en un lenguaje que sea tan suyo –que lo escucha–, como nuestro –que lo hablamos–. Y viceversa, recibir su testimonio, para aprender también de sus modos de vivir y de creer. El diferente tiene mucho que enseñarnos, justo por diferente, por no sabido, porque su vida es tan distinta a la nuestra. Esa conversación, que requiere fraguar lenguajes comunes, constituye una razón de fondo por la que evangelizar en la ciudad implica reconstruirla como unidad de convivencia real.
Raúl González Fabre, SJ
Director de entreParéntesis
Alfa y Omega

domingo, 11 de junio de 2017

«La comunidad cristiana puede transformarse en un reflejo de la comunión con la Trinidad»



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Las Lecturas bíblicas de este domingo, fiesta de la Santísima Trinidad, nos ayudan a entrar en el misterio de la identidad de Dios. La segunda Lectura, presenta las palabras que san Pablo dirige a la comunidad de Corinto: «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes» (2 Cor 13,13). Esta bendición del apóstol es fruto de su experiencia personal del amor de Dios, aquel amor que Cristo resucitado le ha revelado, que ha transformado su vida y lo ha empujado a llevar el Evangelio a la población. A partir de esta experiencia suya de gracia, Pablo puede exhortar a los cristianos con estas palabras: «alégrense, trabajen para alcanzar la perfección, anímense unos a otros, vivan en armonía y en paz». La comunidad cristiana, aun con todos los límites humanos, puede transformarse en un reflejo de la comunión con la Trinidad, de su bondad y de su belleza. Pero esto –como el mismo Pablo da testimonio– pasa necesariamente a través de la experiencia de la misericordia de Dios, de su perdón.
Es lo que sucede a los judíos en el camino del éxodo. Cuando el pueblo infringió la alianza, Dios se presentó a Moisés en la nube para renovar aquel pacto, proclamando el propio nombre y su significado: «El Señor es un Dios compasivo y bondadoso, lento para enojarse y pródigo en amor y fidelidad» (Ex 34,6). Este nombre expresa que Dios no está alejado y encerrado en sí mismo sino que es Vida que quiere comunicarse, es apertura, es Amor que rescata al hombre de la infidelidad. Dios es «misericordioso», «piadoso» y «rico de gracia» porque se ofrece a nosotros para colmar nuestros límites y nuestras faltas, para perdonar nuestros errores, para volvernos a llevar al camino de la justicia y de la verdad. Esta revelación de Dios llegó a su cumplimiento en el Nuevo Testamento gracias a la palabra de Cristo y a su misión de salvación. Jesús nos ha manifestado el rostro de Dios, Uno en la sustancia y Trino en las personas; Dios es todo y sólo Amor, en una relación subsistente que todo crea, redime y santifica: Padre e Hijo y Espíritu Santo.
También Evangelio de hoy pone en escena a Nicodemo, el cual, aun ocupando un lugar importante en la comunidad religiosa y civil de ese tiempo, no ha dejado de buscar a Dios. No pensó: ya llegué, ¡no! No dejó de buscar a Dios. Y ahora ha percibido el eco de su voz en Jesús. En el diálogo nocturno con el Nazareno, Nicodemo comprende finalmente que es ya buscado y esperado por Dios, que es amado personalmente por Él. Dios siempre nos busca antes, nos espera antes, nos ama antes. Es como la flor del almendro, así dice el profeta: florece antes.
En efecto, así le habla Jesús: «Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna». ¿Qué es la vida eterna? Es el amor desmedido y gratuito del Padre que Jesús ha donado en la cruz, ofreciendo su vida por nuestra salvación. Este amor, con la acción del Espíritu Santo, ha irradiado una luz nueva sobre la tierra y en cada corazón humano que lo acoge; una luz que revela los ángulos oscuros, las durezas que nos impiden llevar los frutos buenos de la caridad y de la misericordia.
Que la Virgen María nos ayude a entrar siempre más, con todo nosotros mismos, en la Comunión trinitaria, para vivir y dar testimonio del amor que da sentido a nuestra existencia.
Traducción: RV