martes, 2 de mayo de 2017

Mons. Lucio Ruíz: “La ternura es el método fundamental de la comunicación del Papa Francisco”



El secretario de la Secretaria pro Communicatione de la Santa Sede, Monseñor Lucio Adrián Ruíz, abrió el 30 de abril en Madrid, la segunda jornada del iCongreso 2017 con una ponencia sobre el estilo comunicativo del Papa Francisco.
El congreso que se realizó este sábado 29 y el domingo 30 de abril fue enfocado en la estrategia y planificación en la evangelización digital y contó con doce talleres.
El secretario del dicasterio para la comunicación del Vaticano señaló que el método esencial de la comunicación del Pontífice es la ternura, e indicó que “el Papa da importancia al proceso profesional y organizativo de la comunicación”. Es necesario, según Ruiz, adaptar las estructuras al “medio cambiante y dinámico” para que la evangelización afronte adecuadamente los desafíos del mundo actual.
Mons. Lucio recordó que no se debe confundir la comunicación con las nuevas tecnologías. Se trata de comprender la mentalidad que está detrás de ella: “No es el móvil que está allí, en un lugar concreto, sino que su lógica está en la cabeza de las personas”. Ruiz apuntó que características principales del contexto actual son la difusión masiva de los smartphones, de las fotografías de alta definición que pueden ser compartidas en tiempo real y la conectividad siempre y en todo lugar.
Con referencia a lo que la Santa Sede hace al respecto, Mons. Lucio apuntó la unión, en 2015, de los nueve organismos comunicativos del Vaticano, que confluyeron en la actual Secretaria pro Communicatione (Secretaría para la Comunicación). Este órgano busca producir un nuevo sistema comunicativo a la vez que focalizar y comprender los distintos públicos a los que se dirige su mensaje.
El Magisterio de la Misericordia del Papa Francisco
Para Mons. Lucio Ruíz, el estilo comunicativo del Santo Padre equivale a su magisterio de misericordia, que se refleja en cinco puntos. En primer lugar, la “proximidad”: la comunicación del Papa procura ser cercana, obedeciendo a la lógica de la Encarnación; Dios se hizo hombre para estar con ellos y salvarlos. También el estilo del Pontífice se caracteriza por el “encuentro”, dispuesto a dialogar con los hombres y mujeres de hoy, con sus problemas y necesidades. En tercer lugar, la comunicación del sucesor de Pedro está guiada por la “gratuidad”: ofrecer al otro el mensaje, sin pensar en si lo merece o lo pide. Esto se refleja en un cuarto punto, la comunicación de la “misericordia”, que Mons. Lucio quizo centrarlo en el ofrecimiento del perdón y la sanación de las relaciones con los demás. Por último, el estilo comunicativo del actual pontífice se caracteriza por la “esperanza”: Francisco quiere que la Iglesia no se sume a la tendencia de solo publicar malas noticias; debe buscar señalar el bien y las soluciones a los problemas.
Todo esto obedece al método fundamental de la comunicación de Francisco, que según Mons. Ruiz, es la ternura. Esta se ve reflejada en el lenguaje de los gestos: los propios valores se reflejan más y mejor con el lenguaje corporal. El secretario del dicasterio para comunicación advirtió, no obstante, que evangelizar en las redes no se trata de compartir fotos bonitas de los gestos del Papa con un mensaje; sino de vivir cada uno esa ternura que él refleja. Para ello, es necesario una ascesis personal que conduzca a la coherencia entre la fe que se profesa y la conducta diaria; y, sobre todo, la influencia de Dios en cada uno, que se descubre en la oración.

2 de mayo: san Atanasio, obispo y doctor de la Iglesia


Este personaje inflexible, protagonista de más de medio siglo de la historia de la Iglesia, personifica la perseverancia en la lucha de la ortodoxia frente a la herejía de Arrio.
Desde la paz de Constantino hasta la aceptación de Teodosio como religión oficial pasaron muchas cosas. El primero se convirtió; con él se puso fin a la persecución sangrienta de los que profesaban la fe cristiana; pero el emperador continuó con adherencias paganas –siguió ostentando (es solo un detalle) el título de Pontifex Maximus– y pagana seguía siendo la corte, la sociedad y la cultura, las costumbres y las instituciones tradicionalmente orientadas al culto a los ídolos.
Hubo muchos que se acercaron al bautismo cristiano por cálculo y oportunismo sin hacerse una idea exacta de lo que debía suponer la nueva fe para el cambio de sus vidas. Como, de hecho, seguir a Cristo y ser en serio de los suyos supone posponer todo, llegaron los conflictos al pretender ser cristianos manteniendo una vida al estilo pagano, amándose a sí mismos; comenzó a colarse un cristianismo rebajado, condescendiente, contemporizador. Por otra parte, los emperadores bizantinos quieren manejar la Iglesia, empleándola como fuerza para sus planes políticos, apoyados por cortesanos que quieren medrar. Además, está el acreditado saber de la prestigiosa cultura griega al que todos quieren rendir culto y no todos entienden. Se producen tensiones entre Occidente y Oriente. Y para colmo de males, Arrio ha rebajado al Verbo a nivel de criatura. En ese entorno es donde se sitúa Atanasio con su realismo evangélico. Ahora se verá por qué la Historia le ha aplicado el calificativo de «Grande».
Nació en Alejandría (Egipto) al final del siglo III. Lo hizo clérigo Alejandro –el arzobispo de Alejandría que luego será santo–, lo formó en la sana doctrina, le ordenó lector de su catedral, después será diácono y secretario suyo.
Ya en el año 320, un concilio provincial en Alejandría con los obispos de Egipto y Libia condenó a Arrio por sus extrañas doctrinas divulgadas entre teólogos y con aire de maestro. Era un párroco experto en Sagrada Escritura, de unos sesenta años, majestuoso, alto y fuerte, lleno de ambición por anhelar sentarse en la sede de Alejandría.
¿Qué enseñaba? Casi nada: Que el Verbo encarnado no es igual al Padre; que solo es la primera y más maravillosa criatura; que está entre Dios Creador y la creación manchada; que es hijo adoptivo de Dios y no de su misma naturaleza, aunque creador del mundo. De este modo destruía la doctrina revelada sobre la Trinidad, aniquilaba la cristología, anulaba la Encarnación y no había Redención, que se efectuaba solo –decía Arrio– por la doctrina y el ejemplo de Cristo. Aquella doctrina era imposible de conciliar con la verdadera fe. El filo peligroso era que solo los intelectuales podían comprender su maldad por los conceptos y terminología empleada; pero los errores que contenía no podían soportarse desde la Revelación. Tuvo que intervenir la Iglesia en defensa de la fe cristiana.
Arrio llegó a granjearse la amistad de muchos obispos con su inmensa actividad política y literaria, principalmente de Eusebio de Nicomedia, creando una situación desequilibrante, con dificultades graves, en aquella zona del Imperio, y haciendo que tanto el papa Silvestre, como el emperador Constantino se viesen forzados a tomar parte. Enviaron al prestigioso obispo de Córdoba, Osio, y convocaron el concilio de Nicea (325) para explicitar la fe en Cristo. Atanasio dio la medida de su fe, de sus conocimientos teológicos y filosóficos, con sagacidad y dialéctica. Esta parte terminó con el destierro de Arrio, después de proclamar la fe en la divinidad de Cristo, consubstancial al Padre.
Pero, cuando lo nombraron metropolitano de Alejandría a la muerte de Alejandro, se pusieron de pie todas las intrigas de los arrianos –Eusebio de Nicomedia, los melecianos, Gregorio, Jorge de Capadocia– y los intereses de los emperadores –Constantino, Constantino el Joven, Constante, Juliano el Apóstata y Valente– que buscaban el apoyo del arrianismo, siempre más flexible con el poder temporal. Atanasio fue desterrado por cinco veces; de cuarenta y cinco años de obispo, pasó diecisiete de destierro: dos en Tréveris, siete en Roma y el resto en las cuevas del desierto egipcio. Fue, sin fisuras, el bastión de la fe de la Iglesia en Cristo, mientras que el arrianismo tomaba carta de ciudadanía en todo el Imperio, que estuvo en esta clarificación de la cristología balanceándose entre los sínodos de Alejandría, Nicea, Sárdica, y los contrasínodos de Tiro, Antioquía, Filiópolis, Arlés, Aquileya y Milán.
Sus obras teológicas, la exégesis bíblica, los escritos de espiritualidad y las cartas proporcionan un material considerable. En algunas de ellas se muestra duro, poco compasivo, desconsiderado y hasta hiriente con sus adversarios; pero tampoco ellos fueron con él excesivamente delicados cuando le acusaron ante el emperador de haber asesinado al obispo Arsenio, después de haberle cortado una mano, intentando desviar los bienes materiales que habían de engrosar las arcas imperiales en provecho propio –menos mal que Arsenio salió de su retiro monástico en el desierto y pudo desmentirse toda la calumniosa trama–, ni cuando pagaron dinero a una prostituta para que declarase que Atanasio había intentado violarla.
La apasionada exclamación del cardenal Newman sobre este pastor docto y santo –quizás después de haber rezado muchas veces el Símbolo Atanasiano– es clara: «Este hombre extraordinario es, después de los Apóstoles, el instrumento principal del que Dios se sirve para dar a conocer la Verdad al mundo».
Y es que la fe no es moneda de cambio; hay obligación de defenderla aunque cueste la vida; el cristiano sabe que es preciso resistir con firmeza inquebrantable ante las amenazas, coacciones, los halagos y destierros.
Archimadrid.org

Congo: nuestra confianza está en la cruz



La República Democrática del Congo es el segundo país más grande de África, está rodeada de nueve países, consta de 26 provincias y tiene unos 79 millones de habitantes.
Desde septiembre de 2016 el país vive una situación muy delicada, que se agravó en diciembre por la negativa del presidente Joseph Kabila a dejar el poder, como indica la Constitución. Durante tres meses, la Conferencia Episcopal Nacional del Congo (CENCO) ha mediado en el conflicto con el fin de llegar a una solución pacífica y de organizar unas elecciones creíbles, pospuestas a diciembre de 2017. Dichas negociaciones giran en torno al Acuerdo de San Silvestre (31 de diciembre).
Pero el 28 de marzo la CENCO se retiró como mediadora, puesto que no hay resultados y lo que se estaba viendo es que el proceso se alargaba inútilmente sin llegar a formar un Gobierno de transición ni a nombrar un responsable del Comité Nacional de Seguimiento del Acuerdo (CNSA). Esto provocó, el pasado 5 de abril, la comparecencia de Joseph Kabila en el Congreso.
Dos días después se nombró primer ministro a Bruno Tshibala, que había sido expulsado del principal partido opositor (UDPS) en el mes de febrero y que en diciembre estuvo un mes en prisión. Del 10 al 24 de abril la oposición convocó manifestaciones pacíficas de protesta pero, de momento, no se han podido realizar ya que, el día que empezaban, el Gobierno desplegó un importantísimo dispositivo militar y policial con fuertes y claras amenazas y la prohibición de manifestarse. Aun así, hubo más de 80 arrestos en distintas ciudades del país. Ya se habla de la posibilidad de un Tercer Diálogo bajo los auspicios de la Unión Africana y, en el aire, el temor a que el censo electoral –que ya ha empezado–, no sirva para organizar las elecciones, sino para organizar un referéndum destinado a perpetuar al presidente en el poder.
Por otra parte, el país tiene dos focos de conflicto muy difíciles. La zona del este, por el comercio de minerales y los intereses económicos y estratégicos de los países vecinos (que además son aliados de los EE. UU. en el control de esa zona del continente), y la provincia del Kasai Central, con el conflicto de las milicias de Kamwina Nsapu que, desde que empezó, se ha cobrado miles de muertos y desplazados de guerra, al menos 23 fosas comunes y el asesinato de dos expertos de la ONU el pasado mes de marzo. Y en todo el país hay una crisis tremenda, no solo de falta de comida –y el hambre es desgarradora–, sino de educación, sanidad, carreteras, servicios…
Como dijo el Papa el Viernes Santo, nuestra confianza está en la cruz, con la esperanza de que ella transforme nuestros corazones endurecidos en corazones de carne capaces de soñar, de perdonar y de amar, y transforme esta noche tenebrosa de la cruz en el alba fulgurante de la Resurrección.
Victoria Braquehais
Religiosa de la Pureza de María. Misionera en la República Democrática del Congo

Porque necesitamos reconciliarnos



La edición número 22 de Las Edades del Hombre reúne durante el año 2017, distribuidas en tres templos de la segoviana Cuéllar, cerca de un centenar de obras de arte sacro propiedad de diócesis, museos y particulares bajo el título Reconciliare. Entre los autores representados se encuentran a Juan de Juni, El Greco, Gil de Siloé o Pedro y Alonso Berruguete
Durante la restauración de las tres yeserías mudéjares que adornan las tumbas del presbiterio de la iglesia de San Esteban, en Cuéllar, se descubrieron cinco bulas en el enterramiento de Isabel de Zuazo. «Alguna pertenece a las Cruzadas y hay otra que es de la rendición de Granada. Las compró esta mujer para llegar al cielo cuanto antes sin pasar por el purgatorio», afirma el comisario de la exposición y delegado diocesano de Patrimonio de Segovia, Miguel Ángel Barbado. Este gesto de piedad de la dama inspiró a los sacerdotes y autoridades de Cuéllar a proponer el tema de la reconciliación como hilo conductor de la 22 edición de Las Edades del Hombre, que durante todo el 2017 podrá verse en tres templos diferentes de la localidad segoviana.
La muestra, que ofrece un recorrido por cuatro capítulos que se corresponden con la historia de reconciliación entre Dios y el hombre, tiene como objetivo «destacar la urgente necesidad de perdón en una época lacerada por divisiones, guerras, odios fraticidas y la terrible lacra del terrorismo», apuntó el obispo de Segovia, monseñor César Franco, durante la inauguración que tuvo el 24 de abril y a la que acudió la reina Sofía.
A través de 96 piezas clásicas –fundamentalmente barrocas– y contemporáneas –hay incluso una fotografía del Papa Francisco en oración en Auschwitz– Reconciliare muestra una doble realidad: «La mirada positiva, es decir, que la misericordia de Dios es más grande que el pecado, y la realista, que no podemos ocultar el mal, la división y el odio existentes», afirma el comisario. Destaca el tríptico del Descendimiento, del pintor flamenco Ambrosius Benson (siglo XVI), que preside el templo de San Martín, pieza trasladada desde la capilla de la Piedad de la catedral segoviana. O La oración en el huerto de El Greco, cuadro traído desde el museo diocesano de Cuenca. «Yo también destacaría la Expulsión del Paraíso, un grafito contemporáneo sobre papel de Joaquín Risueño, que pintó tras un comentario de su mujer, que finalmente falleció de cáncer. Un día fueron a pasear y ella le reconoció que se sentía “expulsada del Paraíso”», añade Barbado. Toda la información de la exposición, que incluso tiene una app para el móvil, en reconciliare.es.
Cristina Sánchez Aguilar
@csanchezaguilar

No fue Moisés, sino que es mi Padre el que da el verdadero pan del cielo


Lectura del santo Evangelio según san Juan 6, 30-35

En aquel tiempo, en gentío dijo a Jesús:
- «¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: "Pan del cielo les dio a comer"».
Jesús les replicó:
- «En verdad, en verdad os digo: no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo».
Entonces le dijeron:
- «Señor, danos siempre de este pan».
Jesús les contestó:
- «Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cr
ee en mí nunca tendrá sed».
Palabra del Señor.

lunes, 1 de mayo de 2017

Venezuela: llamada del Papa Francisco a negociar una solución




 Al término de una audiencia con unos 70.000 miembros de la Acción Católica italiana que festejan sus 150 años al lado de él, en la plaza de San Pedro, este domingo 30 de abril de 2017, el Papa Francisco ha dirigido diferentes mensajes, antes de la oración mariana y pascual del Regina Caeli.
Su primer mensaje ha sido para el Venezuela : “No cesan de llegar nuevas noticias dramáticas en relación a la situación del Venezuela y de los grandes enfrentamientos, con un gran número de  muertos, heridos y de prisioneros”: “Me uno al dolor de las familias de las víctimas, por las cuales aseguro mi oración, dirijo una sincera llamada al Gobierno y a toda la sociedad venezolana, para que se evite toda clase de violencia, que los derechos humanos sean respetados, y que se busquen soluciones negociadas a la grave crisis humanitaria, social, política y económica que está agotando al pueblo.”
El Papa ha invitado a los católicos a orar por esta intención, añadiendo también un pensamiento por la situación en la República de Macedonia: “Confiamos a la Santa Virgen María la intención de la paz, de la reconciliación y de la democracia en este querido país. Y oremos por todos los países que atraviesan grandes dificultades, pienso en particular estos días en la República de Macedonia.”
El papa Francisco ya había evocado la situación en Venezuela en la conferencia de prensa en el avión que le había llevado, el sábado 29 de abril de El Cairo a Roma.
Taducción de Raquel Anillo

El Papa a los católicos de Egipto: «En medio de tantos profetas de destrucción, sed una fuerza positiva»



Francisco les invita a superar el negativismo general y ser «sembradores de esperanza»
El último encuentro del Papa en Egipto tuvo un carácter familiar e íntimo aunque participaban millar y medio de personas. Francisco se reunió con unos quinientos sacerdotes, setecientas religiosas y un centenar de religiosos en el campo de futbol del seminario de Al-Maadi, donde los más orgullosos eran, lógicamente, los 30 seminaristas.
Francisco comenzó su discurso revelándoles una prioridad de su corazón: «daros las gracias por vuestro testimonio y por todo el bien que hacéis cada día trabajando en medio de numerosos retos y, a menudo, con pocos consuelos».
Es lo habitual en países con problemas y donde los católicos son una minoría pero, en realidad, comparada con otros países de Oriente Medio, la situación de Egipto no es tan mala. Quizá la característica específica es un cierto clima de pesimismo.
El Papa es consciente de las dificultades reales y también de las psicológicas, por eso mencionaba ambas en el pasaje central de su discurso a los católicos egipcios, una pequeña comunidad de 270.000 personas, prácticamente invisible al lado de los diez millones de coptos, a su vez minoría junto a 90 millones de musulmanes.
En tono realista pero a la vez vigoroso, Francisco les ha dicho que «en medio de tantos motivos para desanimarse, de tantos profetas de destrucción y de condena, de tantas voces negativas y desesperadas, sed una fuerza positiva; sed la luz y la sal de esta sociedad».
Es una tarea difícil, pero es la vocación marcada por Jesús en el Evangelio, que el propio san Marcos trajo a las tierras de Alejandría, la gran capital cultural del mundo en aquellos momentos.
Animándoles a no dejarse oprimir bajo el peso de una grandeza pasada que testimonian las pirámides, el Papa les ha insistido en que los católicos deben ser en este país «la locomotora que empuja el tren hacia adelante, llevándolo hacia la meta. Sed sembradores de esperanza, constructores de puentes y artífices de diálogo y de concordia».
En un plano más práctico, y hablando a personas dedicadas enteramente a Dios, Francisco les ha enumerado siete tentaciones «que las personas consagradas encuentran cada día en su camino».
En primer lugar y con toda claridad les ha dicho que una persona dedicada a evangelizar «no puede dejarse arrastrar por la desilusión y el pesimismo». Y debe ser generosa, debe «saber ser padre cuando los hijos la tratan con gratitud pero, sobre todo, cuando no son agradecidos».
«La tentación del “faraonismo”»
Les ha alertado, en segundo lugar contra «la tentación de quejarse continuamente», típica de ambientes clericales, lo mismo que las tentaciones de «la murmuración y la envidia».
Con un juego de palabras les ha puesto en guardia frente a «la tentación del ‘faraonismo’, es decir, de endurecer el corazón y cerrarlo al Señor», como el faraón del tiempo de Moisés, que no dejaba marchase a sus esclavos judíos.
La palabra «copto» significa «egipcio», y un buen resumen de su vocación especifica es, según Francisco, «ser coptos -es decir, arraigados en vuestras nobles y antiguas raíces- y ser católicos –es decir, parte de la Iglesia una y universal-, como un árbol que cuanto más enraizado está en la tierra, más alto crece hacia el cielo».
Era un texto para meditar durante las próximas décadas, tanto en su enseñanza como en el espaldarazo final del Papa: «Os tendré presentes en mi corazón y en mis oraciones. ¡Ánimo y adelante! ‘Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría’. Y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí».

Juan Vicente Boo. El Cairo (ABC)

1 de mayo: san José Obrero


Se cristianizó una fiesta que había sido hasta el momento la ocasión anual del trabajador para manifestar sus reivindicaciones, su descontento y hasta sus anhelos. Fácilmente se observaba en las grandes ciudades un paro general y con no menos frecuencia se podían observar las consecuencias sociales que llevan consigo la envidia, el odio y las bajas pasiones repetidamente soliviantadas por los agitadores de turno. En nuestro Occidente se aprovechaba también ese momento para lanzar reiteradas calumnias contra la Iglesia, que era frecuentemente presentada como fuerza aliada con el capitalismo y, en consecuencia, como enemiga de los trabajadores.
Fue después de la época de la industrialización cuando tomó cuerpo la fiesta del trabajo. Las grandes masas obreras han salido perjudicadas con el cambio y aparecen extensas masas de proletarios. También hay otros elementos que ayudan a echar leña al fuego del odio: la propaganda socialista-comunista de la lucha de clases.
Era entonces una fiesta basada en el odio de clases con el ingrediente del odio a la religión. Calumnia dicha por los que, en su injusticia, quizá tengan vergüenza de que en otro tiempo fuera la Iglesia la que se ocupó de prestar asistencia a sus antepasados en la cama del hospital en que murieron; o quizá lanzaron esas afirmaciones aquellos que, un tanto frágiles de memoria, olvidaron que los cuidados de la enseñanza primera los recibieron de unas monjas que no les cobraban a sus padres ni la comida que recibían por caridad; o posiblemente repetían lo que oían a otros sin enterarse de que son la Iglesia aquellas y aquellos que, sin esperar ningún tipo de aplauso humano, queman sus vidas ayudando en todos los campos que pueden a los que aún son más desafortunados en el ancho mundo, como Calcuta, territorios africanos pandemiados de sida, o tierras americanas plenas de abandono y de miseria; allí estuvieron y están, dando del amor que disfrutan, ayudando con lo que tienen y con lo que otros les dan, consolando lo que pueden y siendo testigos del que enseñó que el amor al hombre era la única regla a observar. Y son bien conscientes de que han sido siempre y son hoy los débiles los que están en el punto próximo de mira de la Iglesia. Quizá sean inconscientes, pero el resultado obvio es que su mala propaganda daña a quien hace el bien, aunque con defectos, y, desde luego, deseando mejorar.
El día 1 de mayo del año 1955, el Papa Pío XII, instituyó la fiesta de San José Obrero. Una fiesta bien distinta que ha de celebrarse desde el punto de partida del amor a Dios y de ahí pasar a la vigilancia por la responsabilidad de todos y de cada uno al amplísimo y complejo mundo de la relación con el prójimo basada en el amor: desde el trabajador al empresario y del trabajo al capital, pasando por poner de relieve y bien manifiesta la dignidad del trabajo –don de Dios– y del trabajador –imagen de Dios–, los derechos a una vivienda digna, a formar familia, al salario justo para alimentarla y a la asistencia social para atenderla, al ocio y a practicar la religión que su conciencia le dicte; además, se recuerda la responsabilidad de los sindicatos para el logro de mejoras sociales de los distintos grupos, habida cuenta de las exigencias del bien de toda la colectividad y se aviva también la responsabilidad política del gobernante. Todo esto incluye ¡y mucho más! la doctrina social de la Iglesia porque se toca al hombre al que ella debe anunciar el Evangelio y llevarle la Salvación; así mantuvo siempre su voz la Iglesia, y quien tenga voluntad y ojos limpios lo puede leer sin tapujos ni retoques en Rerum novarum, Mater et magistra, Populorum progressio, Laborem exercens, Solicitudo rei socialis, entre otros documentos. Dar doctrina, enseñar dónde está la justicia y señalar los límites de la moral; recordar la prioridad del hombre sobre el trabajo, el derecho a un puesto en el tajo común, animar a la revisión de comportamientos abusivos y atentatorios contra la dignidad humana… es su cometido para bien de toda la humanidad; y son principios aplicables al campo y a la industria, al comercio y a la universidad, a la labor manual y a la alta investigación científica, es decir, a todo el variadísimo campo donde se desarrolle la actividad humana.
Nada más natural que fuera el titular de la nueva fiesta cristiana José, esposo de María y padre en funciones de Jesús, el trabajador que no lo tuvo nada fácil a pesar de la nobilísima misión recibida de Dios para la salvación definitiva y completa de todo hombre; es uno más del pueblo, el trabajador nato que entendió de carencias, supo de estrecheces en su familia y las llevó con dignidad, sufrió emigración forzada, conoció el cansancio del cuerpo por su esfuerzo, sacó adelante su responsabilidad familiar; es decir, vivió como vive cualquier trabajador y, probablemente, tuvo dificultades laborales mayores que muchos de ellos; se le conoce en su tiempo como José «el artesano» y a Jesús se le da el nombre descriptivo de «el hijo del artesano». Y, por si fuera poco, los designios de Dios cubrían todo su compromiso.
Fiesta sugiere honra a Dios, descanso y regocijo. Pues, ¡ánimo! Honremos a Dios santificando el trabajo diario con el que nos ganamos el pan, descansemos hoy de la labor y disfrutemos la alegría que conlleva compartir lo nuestro con los demás.
Archimadrid.org

«El trabajador no es un simple recurso humano»


Este lunes, 1 de mayo, se celebra el Día del Trabajo, cuyo patrono es san José obrero. El cardenal arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, ha aprovechado su alocución dominical en COPE para recordar que «el trabajo es mucho más que un factor de producción y el trabajador no es un simple recurso humano».
En su mensaje, el purpurado incide en que, «desde su nacimiento, el hombre y la mujer son convocados a un divino diálogo amoroso que durará toda la vida y que culminará en abrazo definitivo» y, en ese camino, «surge la posibilidad de desarrollar un proyecto personal, vivido como convocatoria singular y como tarea», donde el trabajo «juega un papel muy relevante».
«El quehacer humano es el instrumento de santificación cotidiano por excelencia. Y de ahí que el abuso sobre el trabajador, la ausencia de trabajo o su precarización no sean simplemente un ilícito laboral o la violación de un derecho; constituyen un pecado grave porque pretenden alejar al hombre de su vocación», agrega.
Vocación, principio de vida
El cardenal Osoro, que grabó el mensaje desde Roma –donde participó en el II Congreso Internacional de Acción Católica–, subraya que «esta reflexión no es tarea de especialistas sino que incumbe a toda la comunidad cristiana» y lanza tres propuestas:
En primer lugar, «urge integrar la vida de fe con la experiencia cotidiana del trabajo (incluso en la dolorosa situación de ausencia de empleo)». «Precisamos –continúa– desarrollar un auténtico Evangelio del trabajo que parta de la categoría de vocación como un auténtico principio de vida. Sabiendo que “la razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios” (GS 19)».
En segundo lugar, «no podemos olvidar la prioridad del trabajo sobre el resto de factores del proceso productivo», ni que este «tiene una íntima vinculación con el plan de Dios sobre el género humano». «Comprender la grandeza de la dignidad del trabajo humano exige reconocer previamente la primacía de la persona sobre cualquier otra dimensión de la economía», añade; para luego pedir que se visibilice «la imagen de un Dios creador en cada hombre o mujer que trabajan, invitados a interactuar responsablemente con la naturaleza y a ser agentes de cambio en la historia».
«Resultan intolerables los niveles de desempleo (especialmente elevados entre nuestros jóvenes), o la circunstancia de que contar con un trabajo no siempre garantice una vida digna para el trabajador y su familia. La Iglesia apuesta no por cualquier trabajo, sino por un trabajo “libre, creativo, participativo y solidario” (EG 191), justamente remunerado y en el que el ser humano exprese y acrecienta la dignidad de su vida», asevera.
Por último, el arzobispo de Madrid señala que «hay que devolver al trabajo el ser un instrumento de la gracia del Señor que divinice y santifique la existencia personal y comunitaria». «El trabajo hecho con Dios y por Dios es obra humana que se torna divina. Las personas podemos dar a nuestras acciones, incluso a aquellas más rutinarias o aparentemente irrelevantes, un valor trascendente y sobrenatural. En el quehacer encontramos el anuncio anticipado de los nuevos cielos y la nueva tierra», concluye.

Trabajad no por el alimento que perece, sino por el que perdura para la vida eterna


Lectura del santo Evangelio según san Juan 6, 22-29
Después de que Jesús hubo saciado a cinco mil hombres, sus discípulos lo vieron caminando sobre el mar.
Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del mar notó que allí no había habido más que una barca y que Jesús no había embarcado con sus discípulos, sino que sus discípulos se habían marchado solos.
Entretanto, unas barcas de Tiberíades llegaron cerca del sitio donde habían comido el pan después que el Señor había dado gracias. Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús.
Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron:
«Maestro, ¿cuándo has venido aquí?»
Jesús les contestó:
«En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios».
Ellos le preguntaron:
«Y, ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?».
Respondió Jesús:
«La obra de Dios es Esta: que creáis en el que él ha enviado».
Palabra del Señor.

domingo, 30 de abril de 2017

Acoger la fuerza del Evangelio



Dos discípulos de Jesús se van alejando de Jerusalén. Caminan tristes y desolados. Cuando lo han visto morir en la cruz, en su corazón se ha apagado la esperanza que habían puesto en él. Sin embargo continúan pensando en él. No lo pueden olvidar. ¿Habrá sido todo una ilusión?
Mientras conversan y discuten de todo lo vivido, Jesús se acerca y se pone a caminar con ellos. Sin embargo, los discípulos no lo reconocen. Aquel Jesús en el que tanto habían confiado y al que habían amado con pasión les parece ahora un caminante extraño.
Jesús se une a su conversación. Los caminantes lo escuchan primero sorprendidos, pero poco a poco algo se va despertando en su corazón. No saben exactamente qué les está sucediendo. Más tarde dirán: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Los caminantes se sienten atraídos por las palabras de Jesús. Llega un momento en que necesitan su compañía. No quieren dejarle marchar: «Quédate con nosotros». Durante la cena se les abrirán los ojos y lo reconocerán. Este es el gran mensaje de este relato: cuando acogemos a Jesús como compañero de camino, sus palabras pueden despertar en nosotros la esperanza perdida.
Durante estos años, muchas personas han perdido su confianza en Jesús. Poco a poco se les ha ido convirtiendo en un personaje extraño e irreconocible. Todo lo que saben de él es lo que pueden reconstruir, de manera parcial y fragmentaria, a partir de lo que han escuchado a predicadores y catequistas.
Sin duda, la homilía de los domingos cumple una tarea insustituible, pero resulta claramente insuficiente para que las personas de hoy puedan entrar en contacto directo y vivo con el Evangelio. Tal como se lleva a cabo, ante un pueblo que ha de permanecer mudo, sin exponer sus inquietudes, interrogantes y problemas, es difícil que logre regenerar la fe vacilante de tantas personas que buscan, a veces sin saberlo, encontrarse con Jesús.
¿No ha llegado el momento de instaurar, fuera del contexto de la liturgia dominical, un espacio nuevo y diferente para escuchar juntos el Evangelio de Jesús? ¿Por qué no reunirnos laicos y presbíteros, mujeres y hombres, cristianos convencidos y personas que se interesan por la fe, a escuchar, compartir, dialogar y acoger el Evangelio de Jesús?

Hemos de dar al Evangelio la oportunidad de entrar con toda su fuerza transformadora en contacto directo e inmediato con los problemas, crisis, miedos y esperanzas de la gente de hoy. Pronto será demasiado tarde para recuperar entre nosotros la frescura original del Evangelio. Hoy es posible. Esto es lo que se pretende con la propuesta de los Grupos de Jesús.

III Domingo de Pascua
Lc 24, 13-35
José Antonio Pagola

Emaús: de la decepción a la alegría



La resurrección del Señor va más allá de ser un acontecimiento único en la historia. La victoria de Cristo sobre la muerte tiene consecuencias para nuestra vida. Dicho de otra manera, Jesús no resucitó solo para Él. Este domingo se incide en uno de los frutos de la resurrección: la alegría. El episodio de los discípulos de Emaús nos refiere algo con lo que podemos identificarnos: tener ilusión por algo. Al igual que para realizar actividades en la vida cotidiana necesitamos un aliciente, el nacimiento y la extensión de la Iglesia también están en relación con la alegría de los discípulos. Se nos habla de una conversión a la alegría. Con frecuencia, al hablar de conversión se piensa únicamente en su aspecto arduo, de desprendimiento y de renuncia. Sin embargo, la conversión cristiana es ante todo pasar de la tristeza a la alegría.
Emaús y nosotros
Es necesario hacerse cargo por un instante de la situación que vivían estas personas, que habían acompañado a Jesús durante cierto tiempo. Tras haber visto al Señor crucificado y abandonado, se alejaban de Jerusalén completamente decepcionadas. También nosotros podemos tender a alejarnos del lugar de la muerte y de la resurrección de Cristo. Cuando se nos presenta el dolor, el sufrimiento, la injusticia y el miedo podemos hacer a Dios, en cierta medida, responsable del mismo y huir de él. A menudo decimos, como estos discípulos: «Nosotros esperábamos que él [nos] iba a liberar…» de todo lo que nos aflige. Con la forma verbal «esperábamos» estamos diciendo que hemos perdido cualquier esperanza. Y esto es dramático, tanto si se produce de forma individual como social. ¿Qué salida hay a esta situación? El camino que propone el Evangelio es tan sencillo como revivir la experiencia de los discípulos de Emaús: necesitamos aprender de la enseñanza de Jesús, escuchándola y leyéndola a la luz del misterio pascual, para que inflame nuestro corazón, aporte luz a nuestra mente y, de este modo, seamos capaces de dar sentido a todo lo que nos ocurre.
La Eucaristía y el testimonio
Es preciso sentarse a la mesa con el Señor. No es casualidad que este pasaje contenga la estructura de la celebración eucarística. En la primera parte de la Misa escuchamos la Palabra de Dios a través de la lectura de la Sagrada Escritura; en la segunda, se realiza la liturgia eucarística y la comunión con Cristo, presente en el sacramento de su cuerpo y de su sangre.
El siguiente paso que dan los discípulos es volverse a Jerusalén. Sienten la necesidad de contar la gran experiencia del encuentro con Jesús vivo. Cuando uno tiene gran ilusión por algo tiende a comunicarlo a los demás. Y este es el fundamento de la evangelización: un acontecimiento que cambia la vida y que tengo necesidad de comunicar a los demás. Solo así se puede ser testigo. El volver a Jerusalén implica la conversión a la vida comunitaria. Jerusalén es el lugar donde se encontraban reunidos los once. El desánimo les ha llevado a alejarse de la comunidad y a continuar su vida de manera independiente. Estos discípulos comprenden, tras el encuentro con el Señor, que no es posible vivir la fe de manera solitaria.
Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia adjunto de Madrid

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (24,13-35)






“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de este domingo, que es el tercer domingo de Pascua, es el de los discípulos de Emaús. Estos eran dos discípulos de Jesús, los cuales, tras su muerte y pasado el sábado, dejan Jerusalén y regresan, tristes y abatidos, hacia su aldea, llamada precisamente Emaús. 

A lo largo del camino Jesús resucitado se les acercó, pero ellos no lo reconocieron. Viéndoles así tristes, les ayudó primero a comprender que la pasión y la muerte del Mesías estaban previstas en el designio de Dios y anunciadas en las Sagradas Escrituras; y así vuelve a encender un fuego de esperanza en sus corazones.

Entonces, los dos discípulos percibieron una extraordinaria atracción hacia ese hombre misterioso, y lo invitaron a permanecer con ellos esa tarde. Jesús aceptó y entró con ellos en la casa. Y cuando, estando en la mesa, bendijo el pan y lo partió, ellos lo reconocieron, pero Él desapareció de su vista, dejándolos llenos de estupor. 

Tras ser iluminados por la Palabra, habían reconocido a Jesús resucitado al partir el pan, nuevo signo de su presencia. E inmediatamente sintieron la necesidad de regresar a Jerusalén, para referir a los demás discípulos esta experiencia, que habían encontrado a Jesús vivo y lo habían reconocido en ese gesto de la fracción del pan. 

El camino de Emaús se convierte así en símbolo de nuestro camino de fe: las Escrituras y la Eucaristía son los elementos indispensables para el encuentro con el Señor. También nosotros llegamos a menudo a la misa dominical con nuestras preocupaciones, nuestras dificultades y desilusiones... 

La vida a veces nos hiere y nos marchamos tristes, hacia nuestro «Emaús», dando la espalda al proyecto de Dios. Nos alejamos de Dios. Pero nos acoge la Liturgia de la Palabra: Jesús nos explica las Escrituras y vuelve a encender en nuestros corazones el calor de la fe y de la esperanza, y en la Comunión nos da fuerza. 

Palabra de Dios, Eucaristía. Leer cada día un pasaje del Evangelio. Recordadlo bien: leer cada día un pasaje del Evangelio, y los domingos ir a recibir la comunión, recibir a Jesús. Así sucedió con los discípulos de Emaús: acogieron la Palabra; compartieron la fracción del pan, y, de tristes y derrotados como se sentían, pasaron a estar alegres. 

Siempre, queridos hermanos y hermanas, la Palabra de Dios y la Eucaristía nos llenan de alegría. Recordadlo bien. Cuando estés triste, toma la Palabra de Dios. Cuando estés decaído, toma la Palabra de Dios y ve a la misa del domingo a recibir la comunión, a participar del misterio de Jesús. Palabra de Dios, Eucaristía: nos llenan de alegría. 

Por intercesión de María santísima, recemos a fin de que cada cristiano, reviviendo la experiencia de los discípulos de Emaús, especialmente en la misa dominical, redescubra la gracia del encuentro transformador con el Señor, con el Señor resucitado, que está siempre con nosotros. 

Siempre hay una Palabra de Dios que nos da la orientación después de nuestras dispersiones; y a través de nuestros cansancios y decepciones hay siempre un Pan partido que nos hace ir adelante en el camino”.
(Papa Francisco, Regina Coeli del 4 de mayo de 2014)

RECONOCIERON A JESÚS AL PARTIR EL PAN




Lectura del santo evangelio según san Lucas (24,13-35):

Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?». 

Ellos se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: «Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».

Él les dijo: «¿Qué?».

Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. 

Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».

Entonces Él les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a Él en todas las Escrituras.

Llegaron cerca de la aldea adonde iban y Él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero Él desapareció de su vista.

Y se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».

Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor

El Papa a los Consagrados de Egipto: “Sean motivo de salvación para todos, sobre todo para los últimos”

Beatitudes,
queridos hermanos y hermanas:
Al Salamò Alaikum! / La paz esté con ustedes.
«Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo. Cristo ha vencido para siempre la muerte. Gocemos y alegrémonos en él».
Me siento muy feliz de estar con ustedes en este lugar donde se forman los sacerdotes, y que simboliza el corazón de la Iglesia Católica en Egipto. Con alegría saludo en ustedes, sacerdotes, consagrados y consagradas de la pequeña grey católica de Egipto, a la «levadura» que Dios prepara para esta bendita Tierra, para que, junto con nuestros hermanos ortodoxos, crezca en ella su Reino (cf. Mt 13,13).
Deseo, en primer lugar, darles las gracias por su testimonio y por todo el bien que hacen cada día, trabajando en medio de numerosos retos y, a menudo, con pocos consuelos. Deseo también animarlos. No tengan miedo al peso de cada día, al peso de las circunstancias difíciles por las que algunos de ustedes tienen que atravesar. Nosotros veneramos la Santa Cruz, que es signo e instrumento de nuestra salvación. Quien huye de la Cruz, escapa de la resurrección. «No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien darles el reino» (Lc 12,32).
Se trata, por tanto, de creer, de dar testimonio de la verdad, de sembrar y cultivar sin esperar ver la cosecha. De hecho, nosotros cosechamos los frutos que han sembrado muchos otros hermanos, consagrados y no consagrados, que han trabajado generosamente en la viña del Señor. Su historia está llena de ellos.
En medio de tantos motivos para desanimarse, de numerosos profetas de destrucción y de condena, de tantas voces negativas y desesperadas, sean una fuerza positiva, sean la luz y la sal de esta sociedad, la locomotora que empuja el tren hacia adelante, llevándolo hacia la meta, sed sembradores de esperanza, constructores de puentes y artífices de diálogo y de concordia.
Todo esto será posible si la persona consagrada no cede a las tentaciones que encuentra cada día en su camino. Me gustaría destacar algunas significativas. Ustedes las conocen porque estas tenciones han sido bien descritas por los primeros monjes en Egipto.
1- La tentación de dejarse arrastrar y no guiar. El Buen Pastor tiene el deber de guiar a su grey (cf. Jn 10,3-4), de conducirla hacia verdes prados y a las fuentes de agua (cf. Sal 23). No puede dejarse arrastrar por la desilusión y el pesimismo: «Pero, ¿qué puedo hacer yo?». Está siempre lleno de iniciativas y creatividad, como una fuente que sigue brotando incluso cuando está seca. Sabe dar siempre una caricia de consuelo, aun cuando su corazón está roto. Saber ser padre cuando los hijos lo tratan con gratitud, pero sobre todo cuando no son agradecidos (cf. Lc 15,11-32). Nuestra fidelidad al Señor no puede depender nunca de la gratitud humana: «Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mt 6,4.6.18).
2- La tentación de quejarse continuamente. Es fácil culpar siempre a los demás: por las carencias de los superiores, las condiciones eclesiásticas o sociales, por las pocas posibilidades. Sin embargo, el consagrado es aquel que con la unción del Espíritu transforma cada obstáculo en una oportunidad, y no cada dificultad en una excusa. Quien anda siempre quejándose en realidad no quiere trabajar. Por eso el Señor, dirigiéndose a los pastores, dice: «fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes» (Hb 12,12; cf. Is 35,3).
3- La tentación de la murmuración y de la envidia. ¡Esta es fea eh! El peligro es grave cuando el consagrado, en lugar de ayudar a los pequeños a crecer y de regocijarse con el éxito de sus hermanos y hermanas, se deja dominar por la envidia y se convierte en uno que hiere a los demás con la murmuración. Cuando, en lugar de esforzarse en crecer, se pone a destruir a los que están creciendo, y cuando en lugar de seguir los buenos ejemplos, los juzga y les quita su valor. La envidia es un cáncer que destruye en poco tiempo cualquier organismo: «Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir» (Mc 3,24-25). De hecho, «por envidia del diablo entró la muerte en el mundo» (Sb 2,24). Y la murmuración es el instrumento y el arma.
4- La tentación de compararse con los demás. La riqueza se encuentra en la diversidad y en la unicidad de cada uno de nosotros. Compararnos con los que están mejor nos lleva con frecuencia a caer en el resentimiento, compararnos con los que están peor, nos lleva, a menudo, a caer en la soberbia y en la pereza. Quien tiende siempre a compararse con los demás termina paralizado. Aprendamos de los santos Pedro y Pablo a vivir la diversidad de caracteres, carismas y opiniones en la escucha y docilidad al Espíritu Santo.
5- La tentación del «faraonismo», ¡Estamos en Egipto!... es decir, de endurecer el corazón y cerrarlo al Señor y a los demás. Es la tentación de sentirse por encima de los demás y de someterlos por vanagloria, de tener la presunción de dejarse servir en lugar de servir. Es una tentación común que aparece desde el comienzo entre los discípulos, los cuales —dice el Evangelio— «por el camino habían discutido quién era el más importante» (Mc 9,34). El antídoto a este veneno es: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9,35).
6- La tentación del individualismo. Como dice el conocido dicho egipcio: «Después de mí, el diluvio». Es la tentación de los egoístas que por el camino pierden la meta y, en vez de pensar en los demás, piensan sólo en sí mismos, sin experimentar ningún tipo de vergüenza, más bien al contrario, se justifican. La Iglesia es la comunidad de los fieles, el cuerpo de Cristo, donde la salvación de un miembro está vinculada a la santidad de todos (cf. 1Co 12,12-27; Lumen gentium, 7). El individualista es, en cambio, motivo de escándalo y de conflicto.
7- La tentación del caminar sin rumbo y sin meta. El consagrado pierde su identidad y acaba por no ser «ni carne ni pescado». Vive con el corazón dividido entre Dios y la mundanidad. Olvida su primer amor (cf. Ap 2,4). En realidad, el consagrado, si no tiene una clara y sólida identidad, camina sin rumbo y, en lugar de guiar a los demás, los dispersa. Vuestra identidad como hijos de la Iglesia es la de ser coptos —es decir, arraigados en vuestras nobles y antiguas raíces— y ser católicos —es decir, parte de la Iglesia una y universal—: como un árbol que cuanto más enraizado está en la tierra, más alto crece hacia el cielo.
Queridos consagrados, hacer frente a estas tentaciones no es fácil, pero es posible si estamos injertados en Jesús: «Permanezcan en mí, y yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí» (Jn 15,4). Cuanto más enraizados estemos en Cristo, más vivos y fecundos seremos. Así el consagrado conservará la maravilla, la pasión del primer encuentro, la atracción y la gratitud en su vida con Dios y en su misión. La calidad de nuestra consagración depende de cómo sea nuestra vida espiritual.
Egipto ha contribuido a enriquecer a la Iglesia con el inestimable tesoro de la vida monástica. Los exhorto, por tanto, a sacar provecho del ejemplo de san Pablo el eremita, de san Antonio Abad, de los santos Padres del desierto y de los numerosos monjes que con su vida y ejemplo han abierto las puertas del cielo a muchos hermanos y hermanas; de este modo, también ustedes serán sal y luz, es decir, motivo de salvación para ustedes mismos y para todos los demás, creyentes y no creyentes y, especialmente, para los últimos, los necesitados, los abandonados y los descartados.
Que la Sagrada Familia los proteja y los bendiga a todos, a su País y a todos sus habitantes. Desde el fondo de mi corazón deseo a cada uno de ustedes lo mejor, y a través de ustedes saludo a los fieles que Dios ha confiado a su cuidado. Que el Señor les conceda los frutos de su Espíritu Santo: «Amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí» (Ga 5,22-23).
Los tendré siempre presentes en mi corazón y en mis oraciones. Ánimo y adelante, guiados por el Espíritu Santo. «Este es el día en que actúo el Señor, sea nuestra alegría». Y por favor, no se olviden de rezar por mí.
(from Vatican Radio)