domingo, 4 de diciembre de 2016

“Comprenderemos plenamente quién es el Espíritu Santo solamente en el paraíso”


El padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, ha realizado esta mañana en el Vaticano la primera predicación de Adviento en la que ha reflexionado sobre lo que quiere decir “Creo en el Espíritu Santo”. Así, ha iniciado explicado que la mayor novedad del post Concilio, en la teología y en la vida de la Iglesia, tiene un nombre precioso: el Espíritu Santo. 
El Espíritu Santo, ha explicado, no es un pariente pobre de la Trinidad. No es un simple “modo de actuar” de Dios, una energía o un fluido que atraviesa el universo como pensaban los estoicos; es una “relación subsistente”, por lo tanto una persona.
Por otro lado, el predicador ha recordado que el año que viene se celebra el 50º aniversario del inicio, en la Iglesia católica, de la Renovación Carismática. “Es uno de los muchos signos –el más evidente por la inmensidad del fenómeno– del despertar del Espíritu y de los carismas en la Iglesia”, ha asegurado. Al respecto ha precisado que el Concilio había allanado el camino a su acogida, hablando en la Lumen gentium, de la dimensión carismática de la Iglesia.
De este modo, Cantalamessa ha señalado que después del Concilio se multiplicaron los tratados sobre el Espíritu Santo. Y en los últimos años –ha observado– estamos asistiendo a un paso decidido hacia delante en esta dirección. En esta línea, el padre Raniero ha proseguido la predicación analizando la “teología del tercer artículo”, que hace referencia al artículo del credo sobre el Espíritu Santo.  Tal corriente –ha explicado– no quiere sustituir a la teología tradicional, sino más bien estar a su lado y vivificarla.
En el credo actual, “se parte de Dios Padre y creador, de Él se pasa al Hijo y a su obra redentora, y finalmente al Espíritu Santo operante en la Iglesia”. En la realidad, ha precisado, “la fe sigue el camino inverso”. Fue la experiencia pentecostal del Espíritu “que llevó a la Iglesia a descubrir quién era verdaderamente Jesús y cuál había sido su enseñanza”.
En otras palabras, “en el orden de la creación y del ser, todo parte del Padre, pasa por el Hijo y llega a nosotros en el Espíritu; en el orden de la redención y del conocimiento, todo comienza con el Espíritu Santo, pasa por el Hijo Jesucristo y vuelve al Padre”.
Esto no significa, ha advertido, que el credo de la Iglesia no sea perfecto o que deba ser reformado. “Es la forma de leerlo que de vez en cuando es útil cambiar, para rehacer el camino con el que se ha formado”, ha aconsejado el predicador.
A continuación, ha anticipado que intentará en las tres meditaciones de Adviento, “proponer reflexiones sobre algunos aspectos de las acciones del Espíritu Santo, partiendo justamente del tercer artículo del credo que se refiere a esto”.
De este modo ha planteado tres preguntas. Primero, ¿qué vida da el Espíritu Santo? Respuesta: da la vida divina, la vida de Cristo. “Una vida sobre-natural, no una super-vida natural”, ha precisado. Segundo, ¿dónde nos da tal vida? Respuesta: en el bautismo, que es presentado de hecho como un “renacer del Espíritu”, en los sacramentos, en la palabra de Dios, en la oración, en la fe, en el sufrimiento aceptado en unión con Cristo. Tercero, ¿cómo nos da la vida, el Espíritu? Respuesta: haciendo morir las obras de la carne.
Prosiguiendo con la reflexión, ha explicado que lo que distingue al Espíritu Santo del Padre y del Hijo. Lo que lo distingue del Padre es que procede de él y lo que lo distingue del Hijo es que procede del Padre no por generación, sino por espiración.
El Espíritu Santo –ha explicado– quedará siempre el Dios escondido, también si logramos conocer los efectos. Él es como el viento: no se sabe de dónde viene y adonde va, pero se ven los efectos cuando pasa. Es como la luz que ilumina todo lo que está delante, quedando esa escondida. Por esto, ha observado el padre Raniero, es la persona menos conocida y amada de los Tres, a pesar de que sea el Amor en persona. “Nos resulta más fácil pensar en el Padre y en el Hijo como “personas”, pero es más difícil para el Espíritu”, ha advertido.  Por esta razón, ha asegurado que “comprenderemos plenamente quién es el Espíritu Santo solamente en el paraíso”.

¿De dónde viene el calendario de Adviento?


«Mamá, papá, ¿es ya Navidad?». La espera no es fácil… En respuesta a esta pregunta y para ayudar a los hijos a ser pacientes y a preparar su corazón para la venida de Jesús, las familias cristianas alemanas rivalizaron en imaginación a partir de finales del siglo XIX: en ciertos hogares, se practicaban 24 muescas en una vela y dejaban que la vela consumiera una muesca por día, o bien pedían a los niños que depositaran cada día en la cuna vacía del portal una brizna de paja… y el día de Navidad, depositaban al niño Jesús. En otras casas se trazaban con tiza 24 líneas sobre el marco de una puerta y, cada día, los niños borraban una.
Los padres tuvieron la idea de mostrar en su casa, o distribuir entre los niños, una imagen piadosa por día hasta la Navidad. Pero es a un hombre llamado Georg Lang (1881-1974), hijo de un pastor protestante, a quien se le atribuye la invención del primer calendario de cartón, el Adventskalender.
Cuando era niño, su madre tuvo la maravillosa idea de sujetar a un cartón rígido 24 galletitas en forma de cacahuete, llamadas Wibele, que se disfrutaban día a día durante el Adviento hasta la Navidad.
Ya de adulto, su hijo, inspirado por esta costumbre, recreó la idea en una imprenta que dirigía usando dos láminas de cartón rígidas. Una de ellas constaba de 24 ventanas, y la otra de 24 imágenes que se correspondían con las ventanas.
Así nacía el calendario de Adviento moderno. A principios del siglo XX, el calendario impreso empieza a extenderse poco a poco por toda Alemania y luego a Europa.
Un siglo más tarde, continúa atrayendo a niños y adultos, en formas cada vez más variadas e inesperadas, más o menos espirituales o comerciales.
La palabra Adviento viene del latín adventus, que significa ‘llegada, advenimiento’. El periodo de Adviento comienza el cuarto domingo anterior a Navidad. El inicio del Adviento marca también la entrada en un nuevo año litúrgico.
Aleteia

Cartas desde Alepo: «En catequesis nos enseñan a perdonar»


Myriam y Catia tienen 12 años y están sufriendo la guerra en Alepo. «Cuando dejamos nuestra casa por la guerra, los maristas nos acogieron», cuenta la primera
Para Myriam, de 12 años, el centro de los maristas en Alepo «es como mi segundo hogar». Va desde los 3 años, y conoce a todos los hermanos, animadores y catequistas. «Ahora formo parte de su grupo scout, el Champagnat, y también participo en un programa educativo para adolescentes». Además, estudia 1º de Secundaria en un colegio. «Muchos años he sido la primera de la clase. Sueño con ser una cantante mundialmente famosa».
Antes, esta niña y su familia vivían en un barrio de Alepo que se llama Jabal al Saydeh, que significa «el monte de Nuestra Señora» –en honor a la Virgen María–. «Íbamos los domingos a la parroquia», y su madre y ella participaban en el coro. Pero, en 2011, empezó la guerra. «El Sábado Santo de 2013 los terroristas entraron en nuestro barrio y nosotros dejamos nuestra casa. Los maristas nos acogieron en la suya, junto con otras 30 familias». Eso hizo que, a pesar de todo, «sintiéramos mucha seguridad».
También está segura con sus padres: «Cuando empiezan los bombardeos, me agarro a ellos porque siento que nos van a proteger. Tres primos míos murieron en los combates. No quiero que nadie más de mi familia sufra daños. Le pido a Jesús que proteja a mi familia; y aprender bien las lecciones» en el colegio.
Catia, otra niña de su edad que también participa en las actividades del centro de los maristas, también teme por su familia. «Tengo dos hermanos que están en el servicio militar en las zonas de combate». Al hacerse mayores han tenido que entrar en el Ejército. «Pienso en ellos todo el rato», dice ella. Sin embargo, «siento que Dios me quiere mucho, que está cerca de mí y protege a mi familia».
«La paz es posible»
Myriam y su familia ya no viven en el centro de los maristas. Sus padres trabajan, y por eso ella y su hermana, Joelle, ayudan en casa, «sobre todo cuando hay que subir el agua. Gracias a Dios, los maristas nos dan cada semana 500 litros de agua». Es un bien muy escaso desde que los bombardeos acabaron con las estaciones de bombeo. «Vivimos en un 5º piso y hay que llevar bidones de diez o 15 litros para llenar el depósito que tenemos».
A Myriam le da miedo que, «cuando termine esta guerra, empiece otra nueva». Por eso, pide a todos los niños de España: «Rezad a Dios para que esta guerra se acabe» para siempre. Y añade: «Quiero dejaros un hueco en mi vida y en mi corazón».
Catia es más optimista. Piensa que «la paz es posible», y tiene la esperanza de que llegue pronto. ¡Basta de sufrimiento y de muerte!», dice. Y nos cuenta que, cuando va a catequesis a su parroquia, «nos hablan de la misericordia. Nos enseñan que tenemos que perdonar y no hacer daño a los demás». Por eso, en vez de pedir a los lectores del Pequealfaalgo para sí misma, lo que espera de vosotros es que «os améis como Jesús nos amó».
María Martínez López
Alfa Y Omega

EL TOCÓN

Quizá la razón del adorno de un abeto o de un pino con luces y espumillón, que poco a poco se impone en el tiempo de Adviento y Navidad, sea el deseo de producir un clima festivo y hogareño, cálido, sin un sentido explícito religioso. Algunos enfrentan esta costumbre con la del belén, representación del portal o del pesebre, que también se llama “nacimiento.”
Si la tradición más moderna del árbol de Navidad puede parecernos que obedece a un motivo social y cultural un tanto ajeno al acontecimiento cristiano de la Navidad, sin embargo, el árbol en la Biblia está estrechamente relacionado con la venida del Hijo de Dios al mundo.

Desde el árbol del Paraíso, y las distintas alusiones a cuanto se hace con la madera – el arca de Noé, el arca de la Alianza, la vara de Moisés - hasta la cita explícita de los árboles – la encina de Mambré, el tronco de Jesé -, todo apunta al árbol genealógico del que nació Jesús, y al árbol de la Cruz en el que murió.

Desde la resonancias bíblicas, el árbol florecido e iluminado trae a la memoria el vástago de Jesé, el tocón del que nace la estirpe del Mesías, el fruto bendito de la Mujer bendita, que al comerlo, a diferencia del que ofreció Eva, nos da vida.
Acércate al árbol del que nos viene la salvación.
Ángel Moreno de Buenafuente

RECORRER CAMINOS NUEVOS

Por los años 27 o 28 apareció en el desierto en torno al Jordán un profeta original e independiente que provocó un fuerte impacto en el pueblo judío: las primeras generaciones cristianas lo vieron siempre como el hombre que preparó el camino a Jesús.
Todo su mensaje se puede concentrar en un grito: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos». Después de veinte siglos, el papa Francisco nos está gritando el mismo mensaje a los cristianos: abrid caminos a Dios, volved a Jesús, acoged el Evangelio.
Su propósito es claro: «Busquemos ser una Iglesia que encuentra caminos nuevos». No será fácil. Hemos vivido estos últimos años paralizados por el miedo. El papa no se sorprende: «La novedad nos da siempre un poco de miedo porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos y planificamos nuestra vida». Y nos hace una pregunta a la que hemos de responder: «¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas que han perdido capacidad de respuesta?».
Algunos sectores de la Iglesia piden al papa que acometa cuanto antes diferentes reformas que consideran urgentes. Sin embargo, Francisco ha manifestado su postura de manera clara: «Algunos esperan y me piden reformas en la Iglesia, y debe haberlas. Pero antes es necesario un cambio de actitudes».
Me parece admirable la clarividencia evangélica del papa. Lo primero no es firmar decretos reformistas. Antes es necesario poner a las comunidades cristianas en estado de conversión y recuperar en el interior de la Iglesia las actitudes evangélicas más básicas. Solo en ese clima será posible acometer de manera eficaz y con espíritu evangélico las reformas que necesita urgentemente la Iglesia.
El mismo Francisco nos está indicando todos los días los cambios de actitudes que necesitamos. Señalaré algunos de gran importancia.
Poner a Jesús en el centro de la Iglesia: «Una Iglesia que no lleva a Jesús es una Iglesia muerta».
No vivir en una Iglesia cerrada y autorreferencial: «Una Iglesia que se encierra en el pasado traiciona su propia identidad».
Actuar siempre movidos por la misericordia de Dios hacia todos sus hijos: no cultivar «un cristianismo restauracionista y legalista que lo quiere todo claro y seguro, y no halla nada».
Buscar una Iglesia pobre y de los pobres. Anclar nuestra vida en la esperanza, no «en nuestras reglas, nuestros comportamientos eclesiásticos, nuestros clericalismos».
José Antonio Pagola

COMENTARIO AL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (3,1-12) POR BENEDICTO XVI:


«Queridos hermanos y hermanas:
El Evangelio de este segundo domingo de Adviento nos presenta la figura de san Juan Bautista, el cual, según una célebre profecía de Isaías (cf. 40, 3), se retiró al desierto de Judea y, con su predicación, llamó al pueblo a convertirse para estar preparado para la inminente venida del Mesías. 

San Gregorio Magno comenta que el Bautista «predica la recta fe y las obras buenas... para que la fuerza de la gracia penetre, la luz de la verdad resplandezca, los caminos hacia Dios se enderecen y nazcan en el corazón pensamientos honestos tras la escucha de la Palabra que guía hacia el bien» (Hom. in Evangelia, XX, 3: CCL 141, 155). 

El precursor de Jesús, situado entre la Antigua y la Nueva Alianza, es como una estrella que precede la salida del Sol, de Cristo, es decir, de Aquel sobre el cual —según otra profecía de Isaías— «reposará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor» (Is 11, 2).

En el tiempo de Adviento, también nosotros estamos llamados a escuchar la voz de Dios, que resuena en el desierto del mundo a través de las Sagradas Escrituras, especialmente cuando se predican con la fuerza del Espíritu Santo. 

De hecho, la fe se fortalece cuanto más se deja iluminar por la Palabra divina, por «todo cuanto —como nos recuerda el apóstol san Pablo— fue escrito en el pasado... para enseñanza nuestra, para que con la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza» (Rm 15, 4).

El modelo de la escucha es la Virgen María: «Contemplando en la Madre de Dios una existencia totalmente modelada por la Palabra, también nosotros nos sentimos llamados a entrar en el misterio de la fe, con la que Cristo viene a habitar en nuestra vida. San Ambrosio nos recuerda que todo cristiano que cree, concibe en cierto sentido y engendra al Verbo de Dios en sí mismo» (Verbum Domini, 28).

Queridos amigos, «nuestra salvación se basa en una venida», escribió Romano Guardini (La santa notte. Dall'Avvento all'Epifania, Brescia 1994, p. 13). «El Salvador vino por la libertad de Dios... Así la decisión de la fe consiste... en acoger a Aquel que se acerca» (ib., p. 14). «El Redentor —añade— viene a cada hombre: en sus alegrías y penas, en sus conocimientos claros, en sus dudas y tentaciones, en todo lo que constituye su naturaleza y su vida» (ib., p. 15).

A la Virgen María, en cuyo seno habitó el Hijo del Altísimo, y que el miércoles próximo, 8 de diciembre, celebraremos en la solemnidad de la Inmaculada Concepción, pedimos que nos sostenga en este camino espiritual, para acoger con fe y con amor la venida del Salvador».
(Benedicto XVI, Ángelus del 5-12-2010)

PREPARAD EL CAMINO DEL SEÑOR




Lectura del santo evangelio según san Mateo (3,1-12):

Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.»

Éste es el que anunció el profeta Isaías, diciendo: «Una voz grita en el desierto: "Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos."»

Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados; y él los bautizaba en el Jordán.

Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizará, les dijo: «¡Camada de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones, pensando: "Abrahán es nuestro padre", pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras. Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego. 

Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga.»

Palabra del Señor

viernes, 2 de diciembre de 2016

El segundo relicario más importante del mundo está en Madrid


«Es el mejor relicario del mundo, después del que tiene el Santo Padre en Roma, pero ese no es visitable, y el de la Encarnación, sí». Monseñor Joaquín Abad, capellán mayor del Real Monasterio de la Encarnación, no ahorraba este miércoles calificativos para resaltar la importancia de una estancia única en la que se custodian reliquias de más de mil santos, mártires, vírgenes y confesores desde tiempos de la Iglesia primitiva, como santa Inés, hasta los más recientes del siglo XX. Y la colección –dijo– sigue aumentando.
El sacerdote intervino en la presentación del libro El Relicario del Real Monasterio de la Encarnación, editado por Patrimonio Nacional, como broche final a la celebración del IV centenario del monasterio. La mayor parte de sus reliquias y de sus 740 relicarios fueron legadas por la reina Margarita de Austria. La esposa de Felipe III encargó a los mejores arquitectos de la época la construcción de este lugar y se lo encomendó a las agustinas recoletas para que rezaran permanentemente ante esas reliquias. La primera priora fue la propia fundadora de la orden, Mariana de San José, una de las grandes místicas del Siglo de Oro.
Alfredo Pérez de Armiñán, presidente de Patrimonio Nacional, agradeció la labor de custodia que han realizado estas monjas durante cuatro siglos y resaltó los vínculos de varios monasterios con la monarquía española, que aún hoy se mantienen bajo la figura de los Reales Patronatos.
María Leticia Sánchez, responsable de la edición del libro, puso el acento en la enorme riqueza artística de esta colección, a pesar de las pérdida de obras durante la Guerra de la Independencia, la Desamortización y la Guerra Civil. Uno de los problemas con los que se encontró Patrimonio fue que de muchas de las más de 7.000 piezas artísticas que constituyen el conjunto «prácticamente no había documentación». Durante tres años se llevó a cabo una labor de inventario, que ahora se ve coronada con este libro. De todas las piezas que se conservan –confesó Sánchez–, su favorita es una carta de santa Teresa que conservaba la madre Mariana de San José.
Los santos son de carne y hueso
¿Pero cuál es la razón que llevó a conservar todas estas reliquias y exponerlas a la veneración? «Como del Señor no tenemos reliquias, sino solo su sepulcro vacío, los cristianos se han acercado a Tierra Santa como a un quinto evangelio», explicó Joaquín Martín Abad. Eso incluye también a los mártires de los primeros siglos. Los primeros cristianos tomaron sus reliquias para celebrar la Eucaristía, porque nos acercan al primer mártir, que fue Cristo».
Las reliquias de los santos –añadió– nos hacer ver además que «los santos no tienen huesos de santos, como los de las confiterías, sino huesos como los nuestros. Es decir, no están hechos de harina de otro costal. Son como nosotros. Simplemente, al final permanecieron fieles a Nuestro Señor. Y esto significa que también nosotros podemos ser santos».
Ricardo Benjumea
Alfa y Omega

HOMILÍA DEL PAPA FRANCISCO SOBRE EL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (9,27-31)




La oración es «un grito» que no teme «molestar a Dios», «hacer ruido», como cuando se «llama a una puerta» con insistencia. He aquí, según el Papa Francisco, el significado de la oración dirigida al Señor con espíritu de verdad y con la seguridad de que Él puede escucharla de verdad.

En su homilía, el Papa centró la atención ante todo en una palabra contenida en el pasaje del Evangelio «que nos hace pensar: el grito». Los ciegos, que seguían al Señor, gritaban para ser curados. «También el ciego a la entrada de Jericó gritaba y los amigos del Señor querían hacerle callar», recordó el Santo Padre. Pero ese hombre «pidió una gracia al Señor y la pidió gritando», como diciendo a Jesús: «¡Hazlo! ¡Yo tengo derecho a que Tú hagas esto!».

«El grito es aquí un signo de la oración. Jesús mismo, cuando enseñaba a rezar, decía que se hiciera como un amigo inoportuno que, a medianoche, iba a pedir un trozo de pan y un poco de pasta para los huéspedes». Con insistencia, «como la viuda con el juez corrupto. No lo sé, tal vez esto suena mal, pero rezar es un poco como molestar a Dios para que nos escuche». 

Es el Señor mismo quien lo dice, sugiriendo rezar «como el amigo a medianoche, como la viuda al juez». Por lo tanto, rezar «es atraer los ojos, atraer el corazón de Dios hacia nosotros». Y eso es precisamente lo que hicieron también los leprosos del Evangelio, que se acercaron a Jesús para decirle: «Si Tú quieres, puedes curarnos. Y lo hicieron con una cierta seguridad».

«Así, Jesús nos enseña a rezar». Nosotros, habitualmente presentamos al Señor nuestra petición «una, dos o tres veces, pero no con mucha fuerza: y luego me canso de pedirlo y me olvido de pedirlo». En cambio, los ciegos de los que habla Mateo en el pasaje evangélico «gritaban y no se cansaban de gritar». En efecto, dijo además el Papa, «Jesús nos dice: ¡pedid! Pero también nos dice: ¡Llamad a la puerta! Y quien llama a la puerta hace ruido, incomoda, molesta».

Precisamente «éstas son las palabras que Jesús usa para decirnos cómo debemos rezar». Pero éste es también «el modo de oración de los necesitados que vemos en el Evangelio». Así, los ciegos «se sienten seguros de pedir al Señor la salud», de tal manera que el Señor pregunta: «¿Creéis que yo puedo hacer esto?». Y le responden: «Sí, Señor. ¡Creemos! ¡Estamos seguros!».

He aquí, las dos actitudes de la oración: «es expresión de una necesidad y es segura». La oración «es necesaria siempre. La oración, cuando pedimos algo, es expresión de una necesidad: necesito esto, escúchame Señor». Además, «cuando es auténtica, es segura: escúchame, creo que Tú puedes hacerlo, porque Tú lo has prometido». En efecto, explicó el Pontífice, «la auténtica oración cristiana está cimentada en la promesa de Dios. Él lo ha prometido».Es con esta seguridad que «nosotros decimos al Señor nuestras necesidades. Pero seguros de que Él puede hacerlo».

Por lo demás, cuando rezamos, es el Señor mismo quien nos pregunta: «¿Tú crees que yo puedo hacer esto?». Un interrogante del que brota la pregunta que cada uno debe hacerse a sí mismo: «¿Estoy seguro de que Él puede hacerlo? ¿O rezo un poco pero no sé si Él lo puede hacer?». La respuesta es que «Él puede hacerlo», incluso «el cuándo y el cómo lo hará no lo sabemos». Precisamente «ésta es la seguridad de la oración».

Por lo que se refiere luego a la «necesidad» específica que motiva nuestra oración, es necesario presentarla «con verdad al Señor: soy ciego, Señor, tengo esta necesidad, esta enfermedad, este pecado, este dolor». Así Él «escucha la necesidad, pero escucha que nosotros pedimos su intervención con seguridad».

El Papa Francisco reafirmó, como conclusión, la importancia de pensar siempre «si nuestra oración es expresión de una necesidad y es segura»: es «expresión de una necesidad porque nos decimos la verdad a nosotros mismos», y es «segura porque creemos que el Señor puede hacer lo que pedimos». Fuente: L’Osservatore Romano, 13-12-2013

QUE OS SUCEDA CONFORME A VUESTRA FE




Lectura del santo evangelio según san Mateo (9,27-31):
En aquel tiempo, dos ciegos seguían a Jesús, gritando:

«Ten compasión de nosotros, hijo de David».

Al llegar a la casa se le acercaron los ciegos, y Jesús les dijo:
«¿Creéis que puedo hacerlo?».

Contestaron:
«Sí, Señor».

Entonces les tocó los ojos, diciendo:
«Que os suceda conforme a vuestra fe».

Y se les abrieron los ojos. Jesús les ordenó severamente:
«¡Cuidado con que lo sepa alguien!».

Pero ellos, al salir, hablaron de Él por toda la comarca.
Palabra del Señor

Papa: Reconocer las propias resistencias contra la gracia

Todos tnemos en el corazón resistencias contra la gracia: es necesario encontrarlas y pedir ayuda al Señor, reconociéndonos pecadores. Es la exhortación del Papa en su homilía de la misa matutina celebrada el 1º de diciembre en la capilla de la Casa de Santa Marta, durante la primera semana de Adviento.
Francisco se detuvo a considerar las resistencias escondidas por las palabras vacías, justificativas o acusatorias. El Santo Padre advirtió ante el “gatopardismo espiritual”, o sea la disponibilidad a cambios de fachada, para conservar, oportunistamente intacto, el privilegio de quien dice que todo cambiará para que después no cambie nada.
“Que tu gracia venza las resistencias del pecado”. A partir de esta oración propuesta en la Colecta del día el Pontífice se refirió a las resistencias que impiden ir adelante y que siempre han existido en la vida cristiana. Francisco propuso una distinción entre los diversos tipos de resistencias. Están las “resistencias abiertas, que nacen de la buena voluntad”, como la de Saulo que se resistía a la gracia, pero “convencido de hacer la voluntad de Dios”. Es el mismo Jesús quien le dice que se detenga y Saulo se convierte. “Las resistencias abiertas – dijo el Papa – son sanas”, en el sentido de que “están abiertas a la gracia para convertirse”. Y añadió que, en efecto, todos somos pecadores.
Para el Papa Bergoglio “las resistencias escondidas” son las más peligrosas porque son las que no se dejan ver. “Cada uno de nosotros tiene su propio estilo de resistencia escondida a la gracia”. Pero es necesario encontrarla “y ponerla delante del Señor, a fin de que Él nos purifique”. Es la resistencia de la que Esteban acusaba a los Doctores de la Ley: resistir al Espíritu Santo mientras quería aparecer como si estuvieran buscando la gloria de Dios. A Esteban  decir esto le costó la vida:
“Estas resistencias escondidas, que todos tenemos, ¿de qué naturaleza son? Siempre vienen para detener un proceso de conversión. ¡Siempre! Es detener, no es luchar contra. ¡No, no! Es estar detenido; sonreír, tal vez, pero tú no pasas. Resistir pasivamente, de modo escondido. Cuando hay un proceso de cambio en una institución, en una familia, escucho decir: ‘Pero, hay resistencias allí… ¡Pero gracias a Dios! Porque si no estuvieran, la cosa no sería de Dios. Cuando están estas resistencias es el diablo el que las siembra allí, para que el Señor no vaya adelante”.
El Obispo de Roma se refirió a tres tipos de resistencias escondidas. Está la resistencia de las “palabras vacías”. Y para darla a entender se remontó al Evangelio en el que Jesús afirma que no quien diga “Señor, Señor” entrará en el Reino de los cielos. Como en la Parábola de los dos hijos a los que el Padre envía a la viña: uno dice “no”, y después va, mientras el otro dice “sí”, pero no va:
“Decir sí, todo sí, muy diplomáticamente; pero es ‘no, no, no’. Tantas palabras: ‘Sí, sí, sí; ¡cambiaremos todo! ¡Sí!’, para no cambiar nada, ¿no? Allí está el ‘gatopardismo’ espiritual: aquellos que dicen a todo sí, pero que es todo no. Es la resistencia de las palabras vacías”.
Después está la resistencia “de las palabras justificativas”, es decir, cuando una persona se justifica continuamente, “siempre hay una razón para oponer”: “No, eso lo hizo aquel”. Cuando hay tantas justificaciones, “no está el buen perfume de Dios” – dijo el Papa – sino “el feo olor del diablo”. “El cristiano no tiene necesidad de justificarse”, aclaró Francisco. “Ha sido justificado por la Palabra de Dios”. Por tanto – explicó – se trata de resistencia de las palabras “que tratan de justificar mi posición para no seguir aquello que el Señor me indica”.
Y después está la resistencia “de las palabras acusatorias”: cuando se acusan a los demás para no verse a sí mismos, no se tiene necesidad de conversión y así se resiste a la gracia como evidencia la Parábola del fariseo y del publicano. Por tanto  – añadió el Papa Bergoglio al concluir – cuando hay resistencias no hay que tener miedo, sino pedir ayuda al Señor reconociéndose pecadores:
“Yo les diré que no tengan miedo cuando cada uno de ustedes, cada uno de ustedes, encuentra que en su corazón hay resistencias. Pero decirlo claramente al Señor: ‘Mira, Señor, yo trato de cubrir esto, de hacer esto para no dejar entrar tu palabra’. Y decir esta palaba tan bella, ¿no? “Señor, con gran fuerza, socórreme. Que tu gracia venza las resistencias del pecado”. Las resistencias son siempre un fruto del pecado original que nosotros tenemos. ¿Es feo tener resistencias? No, ¡es bello! Lo feo es tomarlo como defensa contra la gracia del Señor. Tener resistencias es normal; es decir: ‘Soy pecador, ¡ayúdame Señor!’. Preparémonos con esta reflexión a la próxima Navidad”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).
(from Vatican Radio)

jueves, 1 de diciembre de 2016

Carta del arzobispo de Madrid: Protagonistas de la historia fraguada por la esperanza



¿Cómo es tu vida de Adviento y de preparación de la Navidad? María se nos presenta en nuestra vida y en la historia como el icono en el que hemos de fijar la mirada
Al concluir el Año de la Misericordia, el Papa Francisco nos ha regalado la carta apostólica Misericordia et misera. Son dos palabras que dan el retrato verdadero de Dios. San Agustín usaba estas palabras para comentar el encuentro entre Jesús y la adúltera. Aquella mujer que había perdido toda esperanza, que solamente esperaba la muerte, y experimenta el gran misterio del amor de Dios cuando viene al encuentro de los hombres. Junto a esta mujer comprendemos hasta dónde llega el abrazo del perdón de Dios. Cuando cada uno nos situamos arrepentidos delante de la misericordia de Dios, su abrazo es tan real que iniciamos para nosotros y para todos los hombres una nueva época, la época de la esperanza, que lo es de misericordia.
En la encíclica Spe salvi, el Papa Benedicto XVI nos decía que «en esperanza fuimos salvados». «Según la fe cristiana, la redención, la salvación, no es simplemente un dato de hecho. Se nos ofrece la salvación en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino» (Spe salvi, 1). Ante los grandes vacíos que tiene esta cultura que engendra grandes desesperanzas o sustitutivos de la esperanza que hunden aún más al ser humano, seamos personas con esperanza y de esperanza.
Al iniciar el Adviento, me atrevo a invitaros a vivir un tiempo de esperanza, fraguado por el inicio de un camino nuevo, el mismo que recorrió la Santísima Virgen María. A Ella Dios le pidió permiso para entrar en su vida. Veamos esta realidad en la descripción que se hace de la visita del ángel Gabriel, con cuatro expresiones: «Alégrate llena de gracia, el Señor está contigo»; «has encontrado gracia ante Dios»; «porque para Dios nada hay imposible», y «aquí está la esclava del Señor» (cf. Lc 1, 26-38).
Para vivir y dar esperanza tenemos que recorrer esas etapas de la mano de María: demos permiso a Dios para entrar en nuestra vida, quiere que optemos y decidamos; creamos en su promesa; entremos en una gran conversación; aboquémonos a realizar un compromiso con Dios para darle rostro humano, así es posible que el ser humano conozca la esperanza. Santa María contuvo en su vida a Dios mismo, fue vasija solo para Dios, así le dio rostro humano. Y por Ella conocimos al Dios verdadero, a Jesucristo. Siguiendo su camino, podemos «llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza» (Spe, salvi, 3).
En Spe salvi hay de trasfondo una pregunta que Dios nos sigue haciendo a todos los hombres: «¿Dónde estás?»… «Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo y me escondí». La confesión de Adán puede ser la misma que muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo siguen haciendo. Y la respuesta es la desnudez: estoy sin fe, sin esperanza y sin amor. No me fío más que de mí mismo o de otros parecidos a mí mismo. No me abro a nada ni a nadie. Estoy sin esperanza. Pues escapado de Dios, habiéndolo dejado fuera de mí mismo, habiéndolo arrinconado, estoy sin el Amor. Fuera del amor de Dios, el ser humano es un desconocido, ni se entiende a sí mismo ni entiende a los demás.
Frente a esta respuesta está la de la Santísima Virgen María, llena de fe, amor y esperanza en Dios. Ella nos regala un camino de Adviento diferente y nos prepara a celebrar la Navidad, a dar rostro a Dios como Ella mismo lo hizo. Ella nos dice a todos nosotros con el salmista: «Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas» (Sal 97). Y, ¿cómo es ese cántico nuevo? ¿Cómo es tu vida de Adviento y de preparación de la Navidad? O lo que es lo mismo: «¿Dónde estás, María?». Estoy viviendo en y desde la fe, en y desde la esperanza, y en y desde el amor. ¡Qué belleza adquiere la persona de la Virgen María en la Anunciación! Es la belleza del ser humano que se abre totalmente a Dios para dale rostro. Es la hermosura de quien decide poner todo lo que es y tiene al servicio de Dios y, precisamente por eso, al servicio de los hombres. María se nos presenta en nuestra vida y en la historia como el icono en el que hemos de fijar la mirada para vivir el Adviento. Contemplad a María en estas tres dimensiones que organizan su existencia y que han de proporcionarnos la vivencia de este tiempo:
1. Contempla a María como mujer de fe. Es la mujer de la adhesión absoluta a Dios. ¿Cómo iba a entrar Dios en su vida si Ella hubiese tenido algún resquicio cerrado a Dios? ¿Cómo le iba a decir el ángel Gabriel: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo», si en Ella no hubiera una confianza absoluta en Dios? María es el ser humano plenamente confiado y adherido a Dios. La apertura constante a Dios, el permanecer en diálogo abierto con Él es fuente inagotable de confianza en quien sabemos que nos ama.
2. Contempla a María como mujer de esperanza. Ella tiene experiencia cercana de Dios: «“No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús” […] “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?” […] El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra». Dios es quien da y es la esperanza. María, recipiente abierto a Dios, tiene meta, tiene seguridad en quien es el que da la salvación y la liberación. Ella tiene esperanza porque no solamente ha conocido a Dios, sino que le ha dado rostro humano. A las razones que Dios le había concedido como gracia en su vida, María añade y se abre plenamente a las razones que Dios le da para vivir. Y así la esperanza aumenta y crece. Una esperanza que crece en la oración, en el diálogo sincero, abierto y prolongado con Dios.
3. Contempla a María como la mujer que dio rostro al Amor. Sin amor el ser humano es un desconocido. Nadie puede vivir sin amor. Pero no vale cualquier amor para construir la vida. En María se da la explosión más grande del Amor de Dios. Ella concibe en su seno, por obra del Espíritu Santo, a Dios mismo y le da rostro humano. Por Ella hemos conocido el Amor de Dios en concreto. De alguna manera, quien desee aprender a regalar el Amor de Dios, tiene que fijarse en María para ver cómo Ella lo hizo. Regalar este amor no está exento de trabajo y de dificultades que a veces hacen sufrir. Pero es en el trabajo, en el actuar, en la entrega de la vida y en el aguante ante la dificultad, donde se aprende a vivir en la esperanza. Que pueda decir que estoy, como María, viviendo con fe, esperanza y amor. Y lo estoy aprendiendo en su propia escuela y teniéndola a Ella como Maestra. Escuela donde la apertura a Dios es total, se habla con Dios, se trabaja dando la vida para que los demás la tengan y donde el sacrificio es parte integrante de la existencia humana, porque solamente dando la vida se alcanza la Vida.
Con gran afecto, os bendice,
+Carlos Card. Osoro Sierra, arzobispo de Madrid
Alfa y Omega

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO DE HOY:





Jesús afirma: «No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos». Y continúa: «En aquél día muchos dirán: “Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre y en tu nombre hemos echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?”». Pero a estos responderá: «Nunca os he conocido. Alejaos de mí, los que obráis la iniquidad».

Porque «estos hablan, hacen», pero les falta «otra actitud, que es precisamente la base, que es precisamente el fundamento de hablar, de hacer»: falta «escuchar». En efecto, Jesús continúa: «El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica...». Por lo tanto, «el binomio hablar-hacer no es suficiente», incluso puede engañar. 

El binomio correcto es otro: «escuchar y hacer, poner en práctica». De hecho Jesús dice: «El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca». 

En cambio «el que escucha estas palabras mías y no las hace suyas, las deja pasar, o sea, no escucha verdaderamente y no las pone en práctica, será como aquel hombre que edificó sobre arena».

Esta es la clave para reconocer a los falsos profetas: «Por sus frutos los conoceréis». Es decir, dijo el Papa, «por su actitud: muchas palabras, hablan, hacen prodigios, hacen cosas grandes pero no tienen el corazón abierto para escuchar la Palabra de Dios». Son estos «los pseudocristianos, los pseudopastores», que «hacen cosas buenas», pero «les falta la roca».

La oración colecta del día proclama: «Tú jamás abandonas a quien se confía a la roca de tu amor». A estos «pseudocristianos», en cambio, les falta precisamente «la roca del amor de Dios, la roca de la Palabra de Dios». Y, añadió el Papa Francisco, «sin esta roca no pueden profetizar, no pueden construir: fingen, porque al final todo se derrumba».

Se trata, dijo el Papa, de los «pseudopastores, los pastores mundanos, los pastores o cristianos que hablan mucho» —tal vez porque «tienen miedo del silencio»— y que «hacen quizás mucho». Incapaces de actuar a partir «de la escucha», obran a partir de sí mismos, «no a partir de Dios».

Por lo tanto, resumió el Pontífice, «uno que solamente habla y hace no es un verdadero profeta, no es un verdadero cristiano, y al final se derrumbará todo», porque «no está sobre la roca del amor de Dios, no está “cimentado en roca”». 

En cambio, «uno que sabe escuchar y tras escuchar hace, con la fuerza de la palabra de otro, no de la suya», este «permanece firme como la roca: aunque sea una persona humilde, que no parece importante», es grande. Y «¡cuántos de estos grandes hay en la Iglesia!» destacó el Papa añadiendo: «¡Cuántos obispos grandes, cuántos sacerdotes grandes, cuántos fieles grandes hay que saben escuchar y tras escuchar hacen!».

El Papa Francisco presentó también un ejemplo de nuestros días recordando la figura de Teresa de Calcuta, quien «escuchaba la voz del Señor: no hablaba y en el silencio supo escuchar» y, por lo tanto, obrar. «Hizo mucho» aseguró el Pontífice. Y, como la casa construida sobre roca, «no se derrumbó ni ella ni su obra». A partir de su testimonio se comprende que «los grandes saben escuchar y tras escuchar hacen, porque su confianza y su fuerza» están «sobre la roca del amor de Jesucristo».

El Papa concluyó su meditación uniéndola a la celebración eucarística y recordó cómo la liturgia utiliza «el altar de piedra, fuerte, firme» como «símbolo de Jesús». En ese altar Jesús se hace «débil, es un trozo de pan» que se da a todos. Que el Señor que «se hizo débil» para hacernos fuertes, «nos acompañe en esta celebración —deseó el Papa Francisco— y nos enseñe a escuchar y hacer» partiendo «de la escucha y no de nuestras palabras».

Fuente: L’Osservatore Romano, 25 de junio de 2015

EL QUE ESCUCHA MI PALABRA Y LA PONE EN PRÁCTICA ENTRARÁ EN EL REINO DE LOS CIELOS




Lectura del santo evangelio según san Mateo (7,21.24-27):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.

El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca.

El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande».

Palabra del Señor

PAPA FRANCISCO EXPLICA: CADA MOMENTO DE LA SANTA MISA HACE REFERENCIA A LA MISERICORDIA DE DIOS




-“Misericordia et misera” – 5

Queridos todos, seguimos leyendo juntos la carta “Misericordia et misera” que el Papa Francisco dirige a todos los católicos. Después del Jubileo, el Papa nos invita a mirar hacia delante para seguir viviendo con fidelidad, alegría y entusiasmo la riqueza de la misericordia divina:

“En primer lugar, estamos llamados a celebrar la misericordia. Cuánta riqueza contiene la oración de la Iglesia cuando invoca a Dios como Padre misericordioso. En la liturgia, la misericordia no sólo se evoca con frecuencia, sino que se recibe y se vive. 

Desde el inicio hasta el final de la celebración eucarística, la misericordia aparece varias veces en el diálogo entre la asamblea orante y el corazón del Padre, que se alegra cada vez que puede derramar su amor misericordioso. 

Después de la súplica inicial de perdón, con la invocación «Señor, ten piedad», somos inmediatamente confortados: «Dios omnipotente tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna». Con esta confianza la comunidad se reúne en la presencia del Señor, especialmente en el día santo de la resurrección. 

Muchas oraciones «colectas» se refieren al gran don de la misericordia. En el periodo de Cuaresma, por ejemplo, oramos diciendo: «Señor, Padre de misericordia y origen de todo bien, que aceptas el ayuno, la oración y la limosna como remedio de nuestros pecados; mira con amor a tu pueblo penitente y restaura con tu misericordia a los que estamos hundidos bajo el peso de las culpas». 

Después nos sumergimos en la gran plegaria eucarística con el prefacio que proclama: «Porque tu amor al mundo fue tan misericordioso que no sólo nos enviaste como redentor a tu propio Hijo, sino que en todo lo quisiste semejante al hombre, menos en el pecado». 

Además, la plegaria eucarística cuarta es un himno a la misericordia de Dios: «Compadecido, tendiste la mano a todos, para que te encuentre el que te busca». «Ten misericordia de todos nosotros», es la súplica apremiante que realiza el sacerdote, para implorar la participación en la vida eterna".